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Padre Damián Montes: “No hace justicia a la Iglesia confundir dogma con doctrina”

Viernes, 10 de enero de 2020

captura_de_pantalla_2016-12-01_a_las_14.12.58“No digamos con tanta facilidad que algo doctrinal no se puede discutir”

“No es dogmática la liturgia ni dogmático el celibato de los sacerdotes”

“El Catecismo actual es de 1997, y se han enmendado, por autorización del Papa Francisco, algunos artículos”

“La cuestión del ‘Limbo’ es un ejemplo clarísimo de que las cosas se pueden cambiar”

Para los fanáticos católicos:

No es bueno ni hace justicia a la Iglesia confundir dogma con doctrina. Lo inmutable con lo cambiante.

Las cuestiones dogmáticas en la Iglesia, asumidas como principios innegables, son muy pocas. Se trata, básicamente, de las palabras del Credo, las cuatro afirmaciones dogmáticas referidas a María y alguna otra afirmación que podemos situar en la antropología teológica. En definitiva, las cuestiones cerradas a discusión son verdaderamente pocas y, lo cierto, es que no son foco de interés social en este momento.

Todo lo demás, insisto, todo lo demás, pertenece al ámbito doctrinal, que exige ser interpretado a la luz de tres grandes fuentes (Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio), pero que está abierto a la discusión y al estudio teológico; esto es, al cambio. De hecho, muchas, muchísimas cuestiones doctrinales han cambiado con el paso de los siglos.

Por tanto, no digamos con tanta facilidad que algo doctrinal no se puede cambiar ni discutir porque esa afirmación es falsa. Desde el inicio ha habido, gracias a Dios, un espacio para la disidencia, muy necesario para la acción del Espíritu que renueva su Iglesia.

Uno de los primeros ejemplos lo encontramos ya en la Biblia: Pedro y Pablo discutiendo si era necesario estar circuncidado para ser cristiano. Para Pedro la circuncisión era cuestión de doctrina verdadera porque los apóstoles estaban circuncidados, Jesús estaba circuncidado y había venido para salvar a los circuncidados (para salvar a los judíos, pueblo de Israel). Pablo, por su parte, argumenta que Jesús vino para todos, también para los gentiles (los no circuncidados). Finalmente deciden en el llamado “primer concilio de Jerusalén” que no será necesaria la circuncisión para ser cristiano. La doctrina cambió en un punto que parecía inmutable. Pongamos algún ejemplo más:

El Catecismo actual es de 1997, y se han enmendado, por autorización del papa, algunos artículos. Uno de ellos, el artículo 2267 sobre la pena de muerte, se ha modificado para declarar esta práctica “inadmisible”. Es decir, que este “inadmisible” llega en 2018 por el papa Francisco después de una larguísima historia donde se contemplaba la pena de muerte en algún caso extremo y como “tutela del bien común” (artículo antes de la enmienda). Que nadie se ponga nervioso ante esta verdad: este artículo ha cambiado.

Otro ejemplo sonado, anterior al mencionado, fue la negación del Limbo, por Benedicto XVI, y podríamos seguir con la lista… Ejemplos clarísimos de que las cosas se pueden cambiar y la doctrina del catecismo también. Porque toda ella no es dogmática.

No es dogmático que el papa vista de blanco (pues sólo viste así desde 1566) y por ello en el futuro podría vestir pantalones. No es dogmática la liturgia, que se celebró primero en arameo y hebreo, más tarde en griego, después en latín y dando la espalda a la asamblea desde el siglo III y sólo desde 1970 en la lengua de cada comunidad. No es dogmático el celibato de los sacerdotes, que se determinó obligatorio sólo a partir del siglo XVI. Y, sin detenerme, porque es inviable e imposible en este clima de crispación que vivimos, sólo apunto que no son dogmáticos los temas de mayor fricción y debate. Y porque no son dogmáticos, sino doctrinales, pueden cambiar. Lo verdaderamente preocupante es que muchas personas ponen su fe en lo doctrinal. Os lo cuento con otro ejemplo que me entristece recordar:

Al poco tiempo de haber sido elegido Francisco como Papa, una señora me dijo –“padre, este Papa me va a quitar la fe”-. Yo le pregunté, –“Señora, ¿dónde ha puesto usted su fe?-. Me dijo que el Papa anterior era un Papa de verdad, y no este, que llevaba zapatos negros. Le volví a preguntar: “¿Dónde ha puesto usted su fe?”. No me contestó. Era evidente que la tenía puesta en lo accesorio, en los zapatos del papa, que debían ser rojos y a saber en qué otra serie de aspectos.

Evidentemente, los fanáticos de la doctrina, perderán la fe y se enfadarán muchísimo cuando cambie lo que daban por cierto e inmutable (y no es ningún secreto que la doctrina cambia). Por el contrario, si ponemos la fe en Dios y sólo en Él, que es donde tiene que estar, nada ni nadie (ningún cambio de doctrina tampoco) podrá tumbar nuestra fe. La diferencia es que unos viven el cambio como una profunda traición, herejía, amenaza, etc… y otros como acción del Espíritu, que va sugiriendo en cada momento cómo quiere que sea su Iglesia a la luz de los signos de los tiempos.

Me posiciono en este segundo grupo, sin titubeos. Lejísimos del fanatismo, pero muy consciente de vivir en comunión; y por eso soy paciente y asumo el momento y la doctrina que me toca vivir. Pero mi fe no se daña absolutamente nada si mañana la Iglesia decide, por ejemplo, que las mujeres puedan servir con el ministerio de “párroco”; muy al contrario, se fortalece.

Esta es la aventura y lo que mantiene viva mi esperanza; que las cosas pueden cambiar.

Fuente Religión Digital

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Reformular a la iglesia: un camino urgente y necesario

Viernes, 23 de noviembre de 2018

jeans-patch-13202589“Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido viejo y la rotura se hace más grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres, y ya no servirán más ni el vino ni los odres. ¡A vino nuevo, odres nuevos!” (Mc 2, 21-22).

“¡A vino nuevo, odres nuevos!” (Mc 2, 22)

Stefano Cartabia, Oblato,
Uruguay

ECLESALIA, 08/06/18.- Es este el icono evangélico que, a mi manera de ver, mejor muestra la situación actual de la iglesia y del cristianismo. Por todos lados se pide renovación y desde muchos lugares surgen experiencias renovadoras o intentos de renovación. Es la frescura de la espiritualidad que se abre camino entre los senderos casi desiertos de una religión en agonía: ¡Es el vino nuevo que se hace presente para regalarnos el amor y celebrar la vida! Pero insistimos en poner este vino nuevo en odres viejos. Ese es el drama de la iglesia: aferrada a los odres de la doctrina y sus obsoletas estructuras no sabe aprovechar ni disfrutar del vino nuevo. A menudo no sabe que hacer con este vino nuevo y se desperdicia.

Necesitamos odres nuevos para este vino espumante y gracioso, un vino lleno de vida y de burbujas, un vino de buen cuerpo y robusto. Un vino con tanta fuerza que va rompiendo sin piedad los odres desgastados y rajados. Es el vino nuevo que pide reformular al cristianismo y a la iglesia.

Reformular a la iglesia”: propuesta un tanto atrevida y arriesgada. Fiel a mi sentir y mi conciencia siento también que es un camino necesario, urgente e imprescindible. También porque, por un lado, ya se está dando. Se está dando naturalmente, a partir de la base, de la gente común, de los laicos. Y también por algunos que otros gestos del Papa Francisco. Pero, en general, la jerarquía parece “no saber” o hacer la vista gorda. Así, también, la teología “oficial” y el magisterio.

Acompaño a muchas personas y grupos que ya no se sienten reflejados en esta iglesia. Muchos se alejan paulatinamente buscando otras fuentes de agua viva y no cisternas agrietadas (Jer 2, 13). Otros resisten e intentan el cambio desde dentro.

En fin: algo se mueve y se está moviendo, que la jerarquía lo sepa o no, lo quiera o no. Quiero dar mi aporte en este sentido. ¿Por qué reformular? Me pareció el termino más correcto: respetuoso del pasado y audaz con el futuro. Hubiera podido usar “renovar”: pero hablar de renovación en muchos casos no tiene toda la profundidad necesaria. A menudo el “renovar” se esfuma y diluye como una simple mano de pintura sobre un revoque en ruina. Reformular es más contundente: mantiene la esencia y a la vez permite enterrar definitivamente algunos aspectos y dar cabida a otros.

Unas premisas que me parecen importantes:

  • Escribo desde el amor a la iglesia. La iglesia me dio vida y me ayudó a crecer y a madurar. En la historia de la iglesia y del cristianismo hay una riqueza infinita que también contribuyó a alimentar grandes valores humanos: arte, literatura, poesía, educación, espiritualidad, arquitectura… Estoy muy agradecido por todo eso. Eso mismo me empuja a ser transparente, directo, incisivo en mis apuntes y mi compartir. Mis “criticas” (en realidad no quieres ser tales) – a veces contundentes – están formuladas con la intención de construir y aportar para que la iglesia sea realmente signo e instrumento del Reino de Dios en el mundo de hoy y vehículo de autentica espiritualidad.
  • Uno de los ejes de mis criticas será la jerarquía y el nivel institucional de la iglesia. No tengo nada personal con ningún representante oficial de la jerarquía, más allá de no compartir a menudo posturas y modelos de iglesia; y a veces no puedo evitar esbozar una sonrisa frente a evidentes signos de búsqueda de poder y privilegios, incoherencias y apariencias. Nada personal con nadie, más allá de sentirme marginado y excluido no raras veces. Más aún: hacia la gran mayoría de sacerdotes y obispos que conozco tengo un profundo afecto y estima. Todas personas entregadas a sus ministerios, generosas, autenticas. El blanco de mis criticas es el “sistema” jerárquico e institucional. “Sistema” – dígase lo mismo por la sociedad civil – tanto más difícil de descifrar y desmantelar cuanto más invisible, oculto e impersonal es. “Sistema” difícil de quebrar cuanto más se ampara en una supuesta autoridad divina: nada más peligroso que el fanatismo religioso. La historia enseñó y enseña. Cada “sistema” está obviamente hecho y sostenido por personas concretas, pero va también más allá y se pierde en algo indefinido e intocable. Es la experiencia común cuando para un tramite civil te derivan de ventanilla en ventanilla sin que nadie pueda dar con un responsable y un rostro concreto. Experiencia común cuando en la iglesia te dicen “que siempre se hizo así” y nadie sabe fundamentar y dar respuestas coherentes.
  • Este compartir no deja de ser una reflexión abierta, sin ninguna pretensión ni intentos polémicos. Estoy feliz con mi silencio, feliz con mi gente amada y amante. Feliz con el Dios de la Vida que me sonríe en cada cosa. Sereno y en paz desde el Silencio que me habita. No busco aprobación ni aplausos. Simple y sencillamente comparto desde el Amor que es y que somos. Me gustaría que mi escrito fuera tomado así y que se pudiera leer sin prejuicios. Sin duda habrá varias cosas que a muchos les rechinarán: no hay problema. Solo invito a una simple operación, que vale por este escrito, como por todo: no tiren todo por uno o más puntos que no comparten. Sepan rescatar lo que si comparten. Tal vez empiecen por ahí, con actitud positiva y abierta. Anoten con humildad y sencillez los puntos que comparten y los que no.
  • Tal vez a algunos pueda surgir impetuosa la rebelde pregunta: ¿quién es este que se atreve a “reformular a la iglesia”? Pregunta lícita, tal vez. Respondo: nadie. Por eso me atrevo a hacerlo. Es la suprema libertad de la nada.

Mi propuesta para reformular a la iglesia pasa por siete caminos. Siete. Número no casual. Número de la plenitud que ya somos y a las cual estamos llamados.

  • Camino jurídico-institucional
  • Camino teológico-doctrinal
  • Camino interior-espiritual
  • Camino artístico-poético
  • Camino realista-antropológico
  • Camino ecuménico-dialógico
  • Camino pastoral-misionero

Camino jurídico-institucional

La iglesia institución es uno de los grandes obstáculos para el hombre moderno y, a menudo, también para el creyente. Las instituciones en general están en crisis y están mal vistas. Muchas veces con razón: toda institución con el pasar del tiempo pierde el espíritu originario que la suscitó y se enreda en una sinfín de incoherencias: “hacer carrera”, corrupción, fanatismo, exterioridad, legalismo. No es necesario poner ejemplos para la iglesia, me parece.

La institución iglesia va repensada y reformulada. Muchas veces se tiene la impresión que la iglesia sigue más el derecho canónico que el evangelio, se preocupa más de cumplir con sus reglas y normas que de atender al Espíritu, defender doctrinas que acompañar al ser humano en su búsqueda y dolor.

Con todo esto no se quiere negar que cierto nivel institucional y jurídico sea necesario, al contrario. Lo necesitamos por nuestra existencia concreta y frágil, marcada muchas veces por el egoísmo. Pero no podemos permitir que lo institucional sofoque al genuino Espíritu –hecho muy recurrente lamentablemente–.

Repensar lo jurídico-institucional en la iglesia significa reformular sus propios fundamentos a partir de la evolución de la humanidad y de los logros de estos siglos en el campo de los derechos humanos, la antropología, la psicología, la sociología, la espiritualidad.

La iglesia institución funciona casi como una monarquía. El Papa, amparado por el derecho, puede hacer prácticamente cualquier cosa. Así los obispos en sus diócesis. Todo organismo eclesial es simplemente “consultivo”. En un mundo que, después de tanto sufrir, logró en su mayoría el modelo democrático y participativo, una visión de iglesia monárquica o casi es inaceptable. Y esto, más allá de las fallas de los sistemas democráticos y su – sin duda – posible y necesaria mejoría.

Obviamente en la iglesia se habla de comunión. Hasta existe una propia eclesiología de comunión. Hay experiencias muy lindas y positivas en este sentido: pero casi siempre a partir de la base. Comunión sí, pero si decide la jerarquía y como decide: ¡Qué extraña comunión!

¿Dónde fundamenta la iglesia esta proceder muy poco evangélico?

En una lectura parcial, interesada y superficial de los evangelios y en un criterio tautológico, es decir, que se explica en sí mismo.

Simplificando, el razonamiento es el siguiente: la iglesia afirma que su autoridad le viene de la Palabra de Dios. ¿Y quién afirma lo que es Palabra de Dios y la interpreta? La iglesia.

Algo así no es transparente y no resiste a la critica de la razón y a la autonomía del ser humano que es uno de los grandes logros de la modernidad. No reconocer la autonomía del ser humano y de las leyes del universo supondría relegar a “Dios” en un cuarto aislado e inaccesible y quedarse en un oscurantismo, esclavos de creencias.

Hay aún más: muchas leyes eclesiásticas se fundamentan en interpretaciones de pasajes evangélicos. En dichas interpretaciones muchas veces no hay coherencia ni igual criterio.

Las doctrinas del Papado, del pecado original y de la indisolubilidad del matrimonio por ejemplo se fundamentan en muy pocos versículos e interpretados literalmente o casi.

Las preguntas se hacen solas: ¿Por qué algunos versículos se toman al pie de la letra o se interpretan rígidamente y otros no? ¿El criterio de interpretar el mensaje evangélico en su conjunto no vale para estos versículos? Parece que hay distintos criterios de interpretación, según convengan o menos al poder establecido o a la necesidad o menos de confirmar tesis teológicas y doctrinales. Un camino hacia una mayor coherencia y autenticidad es necesario.

La iglesia, si quiere ofrecer al mundo una palabra autentica, debe poder abrirse a un dialogo a 360 grados con sus críticos y con todo el mundo. Tiene que poder ofrecer argumentos validos anclados en la experiencia y en la razón, no en una supuesta autoridad recibida de Dios (fideísmo) y de la cual es imposible un comprobante.

Otros ejemplos pueden esclarecer: la elección del Papa y los obispos y el magisterio. La elección del Papa es sumamente anti-democrática y no tiene en cuenta la eclesialidad. El Papa elige los cardenales que, a su vez, elegirán al Papa sucesivo. No hay ninguna forma de participación del pueblo. Y ni que decir, que los cardenales son todos varones. Obviamente se fundamenta todo esto bíblicamente. Fundamento que no existe por supuesto y que se intenta crear estirando y manipulando los textos.

La elección de los obispos es sumamente autoritaria y falta total de transparencia. El rol de los nuncios es fundamental y muchas veces el Nuncio de turno no conoce fehacientemente la realidad. Las consultas son parciales y envueltas en un oscuro misterio. Los informes que llegan a Roma no se conocen y también están rodeados de misterio. Por no decir que también acá juegan simpatías, acuerdos, etcétera…

El pueblo cristiano, la enorme mayoría de los cristianos, prácticamente no tiene ninguna voz en la elección de sus pastores. Lo mismo se puede decir, tal vez matizando un poco, de los párrocos.

El magisterio está también envuelto en una sacralidad que no tiene. Con Francisco – sus palabras, gestos y pedidos de perdón– quedó claro, por ejemplo, que la doctrina de la infalibilidad papal no se puede sostener. La jerarquía exige obediencia al magisterio: no se puede pensar ni opinar distinto. Por lo menos “oficialmente”. Se crea así una brecha hipócrita terrible. Varios obispos y sacerdotes (y , mucho más, catequistas y laicos) no concuerdan con las posturas “oficiales” de la iglesia pero no se atreven a expresarlo y,  menos, a ponerlas arriba del tapete. Sería muchos más honesto, humanizador y evangélico que el magisterio pierda su carácter absoluto y dogmático para volverse abierto, dialogante y orientativo.

En la práctica concreta en definitiva, lo que se vive en la iglesia, es autoritarismo y no autoridad. La autoridad, bien lo sabemos, no se impone, sino que se reconoce. Y la jerarquía sigue exigiendo obediencia y fidelidad en detrimento de la libertad de conciencia. El evangelio es también testigo clarividente de todo eso, pero la jerarquía hace oídos sordos. A Jesús se le reconoce autoridad, él no la exige en ningún momento. La gente misma le reconoce a Jesús cierta autoridad por su coherencia de vida. El “principio autoridad” de la iglesia tiene que dejar lugar al “principio autenticidad”, como afirma el teólogo italiano Vito Mancuso.

La autenticidad de una vida es reconocida por la gente sin necesidad de imponer ningún tipo de autoridad. Todo esto conduce al respeto de la conciencia, cosa afirmada por el catecismo pero muy poco practicada por la jerarquía. “La conciencia es el nucleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (1795. El texto reenvía al documento conciliar Gaudium et Spes 16). Sigue –de manera menos violenta pero más oculta y perniciosa– cierta inquisición: la libertad de pensamiento que también la iglesia reconoce en sus documentos, en la práctica no es reconocida. Roma controla los obispos, los obispos se sienten controlados y controlan a los sacerdotes, los sacerdotes se sienten controlados y controlan a los laicos… ¡terrible circulo vicioso y tan poco evangélico!

¿Se puede ser cristiano así? Ya di mi respuesta, como podrán imaginar. Obviamente todo este planteamiento – supongo – no le gustará mucho a la jerarquía: su poder está amenazado. Y siempre buscarán respaldo en la tradición y en la subjetiva suposición de que su autoridad viene de Dios. Hasta que se escudan en este argumento todo sincero dialogo es imposible. También porque este “dios” del cual vendría su autoridad, ha muerto. O, tal vez, nunca ha existido. Todo esto está profundamente unido al segundo camino.

Camino teológico-doctrinal

Desde la teología surge la doctrina y desde la doctrina se exigen maneras de vivir, de entender la vida, de comportarse. Después de los primeros concilios ecuménicos la doctrina fue marcando el camino del cristianismo y la vida concreta de muchas personas.

La teología y la doctrina de la iglesia, después de los primeros siglos de frescura y mística, fueron empapando la vida del cristiano. La iglesia, unida al poder político, fue desarrollando la teología y la doctrina a partir del imperio y se fue estableciendo con las características propias de un imperio/estato: poder legislativo, ejecutivo, judicial. La liturgia misma tiene una importante derivación imperial… ¿y tiene que ver con el evangelio?

Ahora bien: al leer el evangelio uno no se ve apabullado por disquisiciones teológicas ni oprimido por pesadas doctrinas. Al contrario: trasluce en cada pagina libertad y frescura. Notamos a un Jesús amante de la vida, hombre libre, preocupado por hacer el bien y revelar el rostro misericordioso del Padre.

Todo esto obviamente –no soy tan ingenuo– no significa que teología y doctrina no tengan su lugar y no sean también importantes. La teología… ¡hasta me gusta! Significa volver a priorizar la experiencia y la vida por encima de la teología y la doctrina: criterio clave en todo camino espiritual y criterio usado por el mismo Jesús. Sin duda la teología y la doctrina católica marcaron una época y tuvieron sus logros y sus importantes aportes. Leer más…

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“La doctrina cambia”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Viernes, 13 de noviembre de 2015

catecismo 2º grado_1a.De su blog Nihil Obstat:

Con ocasión del Sínodo dedicado a la familia se ha repetido, desde distintos ámbitos, que “la doctrina no cambia”. A este respecto conviene hacer alguna precisión, pues la doctrina sí cambia. Lo que se mantiene es la fe. Hay que distinguir entre doctrina de la Iglesia y fe de la Iglesia. Durante mucho tiempo fue doctrina eclesial que quienes morían sin recibir el bautismo no podían conseguir la salvación, incluidos los niños que no habían podido cometer pecado alguno. A este respecto la Comisión Teológica Internacional ha declarado: “la afirmación según la cual los niños que mueren sin Bautismo sufren la privación de la visión beatífica ha sido durante mucho tiempo doctrina común de la Iglesia, que es algo distinto de la fe de la Iglesia”.

Ejemplo significativo de cambio doctrinal lo tenemos en estas dos diferentes y aparentemente contrapuestas afirmaciones de los Concilios de Florencia y del Vaticano II. Florencia sostiene que fuera de la Iglesia no hay salvación, añadiendo explícitamente que los judíos, herejes y cismáticos, y también los paganos, “irán al fuego eterno aparejado para el diablo y sus ángeles, a no ser que antes de su muerte se unieren con la Iglesia”. Sin embargo, Vaticano II deja claro que los que ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia “pueden conseguir la salvación eterna”. Más aún, que Dios “no niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios”.

¿Más ejemplos? A propósito del sacramento de la penitencia, la praxis de los primeros siglos se limitaba a una sola celebración durante toda la vida, pues se consideraba incomprensible que un bautizado se alejase de Cristo; o a lo sumo se permitía una segunda celebración de la penitencia, pero se dejaba para el final de la vida, porque ya una tercera era del todo inconcebible. Tras el Concilio de Trento la Iglesia recomienda la confesión frecuente. En los primeros siglos las segundas nupcias eran desaconsejadas y prácticamente hasta el Concilio Vaticano II se consideraba al matrimonio como un remedio para la concupiscencia y su finalidad era la procreación de los hijos. Hoy ya se dice claramente que el matrimonio encuentra su fin y su sentido en el amor.

Hay tres criterios que se refuerzan mutuamente y no solo explican, sino que promueven la renovación en la doctrina: uno, el mejor conocimiento de las Sagradas Escrituras y de la Tradición y, junto con ese conocimiento, una interpretación más adecuada de las mismas; dos, la escucha atenta de los signos de los tiempos y, junto a esta escucha, un mejor conocimiento de la naturaleza humana; y tres, el mismo Magisterio que, muchas veces gracias a la ayuda de la teología, va ofreciendo pautas de mejora y de adaptación a las nuevas necesidades pastorales.

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Somos Iglesia: “La Iglesia debe superar la brecha entre doctrina y realidad”

Martes, 13 de octubre de 2015

media.media.8da8cf18-68f9-410e-b07f-7b26fff02711.normalizedEl portavoz de la organización de católicos laicos “Somos Iglesia”, Christian Weisner, propone que el Sínodo replantee su actitud hacia las parejas de hecho, los curas casados y los homosexuales. En una entrevista con Deutsche Welle, Weisner subraya que la Iglesia debe superar la brecha entre doctrina y realidad.

Señor Weisner, ¿qué espera del Sínodo de la Familia con respecto a los temas del matrimonio y de la familia?

Christian Weisner: La verdadera meta del Sínodo es determinar cómo la gente de hoy puede vivir mejor el Evangelio. Las relaciones económicas, la globalización, los refugiados, la obligación de tener que adaptar la vida familiar a la vida laboral son los grandes retos. Actualmente son polémicos sobre todo los temas sexuales, por ejemplo, la pregunta sobre si personas divorciadas que han vuelto ha contraer matrimonio deberían recibir la comunión o no. Por un lado, queremos atraer de nuevo a las personas al cristianismo y a las iglesias, queremos darles la oportunidad de vivir su fe. Por otro, nuestra Iglesia tiene reglas sexuales tan estrictas que ahuyenta a las personas. Este dilema entre la doctrina tradicional y la realidad debe ser resuelto. Tengo la esperanza de que el Sínodo supere esta brecha.

DW: ¿Qué hay de las personas que atraviesan una crisis matrimonial, de los sacerdotes que se sienten desbordados por el celibato, de los homosexuales? ¿Se trata de pobres pecadores a los que la Iglesia puede dictar cómo tienen que vivir?

En primer lugar, debemos superar la fijación exagerada de la doctrina católica en el pecado. Si, tras una profunda crisis, una pareja casada se separa, emprende un nuevo comienzo con nuevas parejas y crea un nuevo hogar para los hijos, es decir una familia patchwork, entonces se debería ver lo positivo de esto. Si personas homosexuales mantienen una relación de pareja responsable, eso es algo bueno. La Iglesia no debería negarles la bendición.

Si bien el concepto del matrimonio ha cambiado, la indisolubilidad del matrimonio no está realmente a debate. ¿Está la Iglesia atrapada en su dogmatismo?

La indisolubilidad del matrimonio se tiene que entender en el contexto histórico. Jesús se opuso a que solo el hombre se pudiera separar de la mujer antes de que hubiera sido expedida el acta de divorcio. En cierto modo, Jesús quería alcanzar condiciones igualitarias para el hombre y la mujer. Ese es el mensaje principal de la indisolubilidad del matrimonio.

¿Cómo define usted la familia?

Se puede hablar de una familia cuando personas de diferentes generaciones conviven de forma responsable.

¿Es suficiente que la Iglesia trate a los homosexuales con misericordia, como dicta el catecismo?

Eso es lo mínimo que se le puede exigir. Sé que algunos curas -por ejemplo en África- ni siquiera cumplen esta demanda. En cerca de 80 países en el mundo la homosexualidad está penalizada, y en algunos casos incluso es castigada con la pena de muerte. Sería muy importante que la Iglesia católica intercediera en contra de la criminalización de la homosexualidad a nivel mundial. Probablemente el reconocimiento de parejas homosexuales será diferente dependiendo del trasfondo cultural. Sin embargo, sabemos que el papa Francisco aboga por la descentralización. Es decir que el desarrollo de la doctrina religiosa debe ser compatible con las diferentes culturas. Necesitamos diversidad dentro del cristianismo.

Fuente Religión Digital

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Fernando Sebastián: “La Iglesia no va a abdicar de su doctrina, como algunos desean”

Miércoles, 22 de octubre de 2014

sebastianSigue la resaca del Sínodo. Ante las grandes expectativas de algunos que al final han dado paso a más de lo mismo , resuenan las chirriantes y homófobas palabras del  cardenal Sebastián que leemos en Religión Digital. Buena muestra de ello es la satisfacción que mostraba el presidente de la Conferencia Episcopal Polaca, Stanisław Gądecki, encuadrado en el bloque más conservador, tras el giro radical de los textos referidos a la homosexualidad, o el cardenal Kasper, frente a por ejemplo la decepción que abiertamente reconocía sentir el obispo de Amberes, Johan Bonny, que hace poco más de un mes reclamaba en una carta abierta una mayor apertura a las personas homosexuales, o el arzobispo católico de Westminster y presidente de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, Vincent Nichols, según el cual el documento aprobado no ha llegado todo lo lejos que hubiera sido deseable.

“Comulgar no es un capricho, requiere penitencia y conversión”

“La pastoral a homosexuales debe ser como la de cualquier otro que tiene un problema dentro”

El cardenal Fernando Sebastián, uno de los participantes en el Sínodo de los Obispos, ha asegurado a quienes desean que la Iglesia “abdique de su doctrina” que “lo van a desear inútilmente”, en referencia a los dos temas que ha abordado la Asamblea Extraordinaria del Sínodo sobre los divorciados que se han vuelto a casar y la pastoral a los homosexuales.

A los que temen que la Iglesia abdique de su doctrina, les digo que no tengan ese temor y a los que lo desean, les digo que lo van a desear inútilmente”, ha subrayado en declaraciones a la COPE recogidas por Europa Press.

Concretamente, sobre la pastoral a homosexuales, Sebastián ha remarcado que debe ser “como la de cualquier otro que tiene un problema dentro” con “benignidad, comprensión, para ayudar pero reafirmando la visión cristiana del matrimonio” que, según ha recordado, es “la alianza de amor irreductible entre varón y mujer”. “Eso nadie lo ha puesto en duda ni ha estado sometido a ningún riesgo en ningún momento”, ha precisado.

Además, sobre los divorciados que se han vuelto a casar, ha subrayado que querer comulgar no puede ser un capricho para acompañar al niño en su comunión” sino que significa “volver a la comunión espiritual de la Iglesia”. En todo caso, ha apuntado que a estas personas hay que ofrecerles “con comprensión y benignidad” un “itinerario de penitencia y conversión”. “Algunos podrán reconstruir el primer matrimonio, otros no, y en cada caso la Iglesia tendrá que ver“, ha añadido.

En todo caso, ha afirmado que incluso en estos dos asuntos, se han obtenido más de cien votos a favor de los participantes del Sínodo, es decir, casi los dos tercios, “un consenso muy amplio”.

En cualquier caso, ha señalado que este no es el problema que la familia tiene sino que es más grave el gran número de bautizados que no se casa, que se unen en parejas de hecho, que se casan por lo civil y viven felizmente fuera de la Iglesia“.

Sobre el debate durante el Sínodo, Sebastián ha asegurado que ha sido “mucho más apacible” de como se ha “pintado”, con “diferencias y contrastes, pero sin acritudes, polémicas o crispación“. Durante las reuniones, según ha puntualizado, ha reinado una “gran voluntad de comprensión y de búsqueda común, más que de confrontación“.

El cardenal ha admitido que el documento de trabajo presentado el pasado lunes quedaba “un poco desequilibrado en favor de la voluntad de acercamiento”, tanto, según ha indicado, “que algunos interpretaron que la Iglesia quería hacer transformaciones radicales hasta de la propia doctrina”.

Sebastián ha explicado que esto “nunca ha sido verdad” pues en ningún momento ha habido ninguna blandura en la transmisión de la doctrina”. El texto, según ha agregado, quedó “equilibrado y completado” en la segunda relación, a su juicio, un reflejo “mucho más adecuado” del Sínodo. (RD/EP)

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