Archivo

Entradas Etiquetadas ‘Dogma’

«Cuestiones sobre el Credo de Nicea 1700 años después», por José Arregi

viernes, 20 de junio de 2025
Comentarios desactivados en «Cuestiones sobre el Credo de Nicea 1700 años después», por José Arregi

De su blog Umbrales de luz:

Amigo, amiga, tienes en tus manos un libro lúcido y atrevido, a la altura de su título provocador: Le Credo de Nicée est-il toujours croyable ? (¿Es creíble todavía el Credo de Nicea?). Paul Fleuret, “biblista descalzo” y “cristiano laico en éxodo” según sus palabras, nos ofrece un análisis documentado, conciso y límpido de la enmarañada evolución por la que el profeta Jesús de Nazaret se convirtió en divinidad celeste eterna encarnada en forma de hombre.

En el año 325, hace 1700 años, el emperador romano Constantino convocó un concilio en su palacio estival de Nicea, hoy Turquía. Los obispos allí reunidos solo representaban a las Iglesias cristianas derivadas de la tradición petrino-paulina, y de entre ellas casi exclusivamente a las de la parte oriental del imperio, presididas por los obispos de Alejandría y Constantinopla, de lengua y cultura griegas. La Iglesia judeo-cristiana había desaparecido prácticamente, y otras, como las Iglesias gnósticas, habían sido condenadas y marginadas por los obispos de la corriente mayoritaria. En Nicea, el emperador, recién “convertido” a la fe cristiana por razones más políticas que religiosas, impuso el dogma que habría de ser vinculante para todas las Iglesias, con el fin de garantizar mejor la unidad del imperio: “Jesús es el Hijo único y eterno de Dios encarnado, consustancial del Padre”. Quienes –como el sacerdote alejandrino Arrio– rechazaron el dogma fueron desterrados.

Muchos podrían preguntarse qué interesan esas cuestiones al mundo en que vivimos: cuando la especie que llamamos Sapiens es arrastrada por una asfixiante carrera global suicida; cuando la humanidad, por impotencia o inconsciencia, parece dispuesta a sacrificar la vida buena y feliz a la codicia inhumana de unos pocos; cuando grandes imperios dictatoriales vuelven a imponerse; cuando avanzamos sin rumbo ni freno hacia una tierra desconocida e inquietante donde el Homo Sapiens será sometido a la máquina; cuando los tecno-magnates que devastan la Tierra, en su loca huida adelante, ya proyectan colonizar la Luna y Marte; cuando los horrores sin fin de Gaza, de Haití o de Sudán reflejan cada día, urbi et orbi, el abismo que nos puede devorar a todos, incluidos los más poderosos…, ¿tiene sentido ocuparse todavía del dogma de Nicea?

Otros muchos, católicos observantes y cristianos en general, protestarán entre desconcertados e irritados: cuando el mundo naufraga, cuando los hombres y las mujeres necesitan más que nunca un suelo firme para seguir caminando, ¿no es este libro una provocación excesiva? Es más, ¿no constituye una alta traición? ¿No viene a socavar los fundamentos mismos no solo de la Iglesia Católica Romana, del Credo más antiguo de todas las Iglesias? Si dejamos de creer en el dogma de Nicea, ¿qué podremos ofrecer al mundo?, ¿dónde encontraremos palabras de vida eterna?, ¿en quién descansaremos?

Pero hay que advertir: las enormes amenazas que se ciernen sobre el mundo actual y estas preguntas e inquietudes formuladas por muchos católicos de la mejor voluntad tienen un punto en común: el miedo. El miedo era también el denominador común del mundo imperial y de la Iglesia de Nicea. No el miedo razonable, mecanismo fundamental de la vida que nos alerta ante un peligro real: el miedo a un salto en el vacío, a un depredador, a los grandes poderes que someten, a quienes se mueven por convicciones irracionales, a personas e instituciones que usan la imagen de un dios omnipotente y arbitrario para controlar y dominar… Sin esos miedos no podríamos sobrevivir ni un solo día. Hay también, sin embargo, muchos miedos irracionales que imaginan peligros y enemigos inexistentes: el miedo a perder prestigio, poder o riqueza, o la unidad del imperio o de la Iglesia, o el control de la verdad y de las conciencias, o la imagen de un dios omnipotente y providente, o la garantía del cielo eterno… O el miedo al otro, a lo diferente, a lo nuevo. Esos miedos irracionales nos encogen y nos encierran en nosotros mismos, nos incapacitan para confiar, imaginar y crear. Nos vuelven enemigos de nosotros mismos y de los demás, enemigos de la tolerancia y de la libertad fraterna, de la confianza creativa, de la vida inspirada.

El miedo a la división del imperio y a la pérdida de poder llevó al emperador a imponer los términos exactos del Símbolo o Credo común de todas las Iglesias. El miedo llevó a los obispos a identificar la fe creadora en Jesús con la adhesión mental a una idea filosófica, y a condenar a quienes lo rechazaban. El miedo inspiró excomuniones, destierros, quemas de herejes, cruzadas, inquisiciones y guerras de religión. El miedo irracional es el origen de los males del mundo y de la Iglesia de hoy. Es imprescindible, pues, la lucidez para detectar esos miedos y la osadía para delatarlos.

Este libro es un ejercicio singular de lucidez y de osadía. No era fácil reunir en tan pocas páginas toda la información esencial sobre una historia extremadamente compleja, en la frontera entre la historia, la exégesis bíblica, la filosofía y la teología, y ofrecer a la vez los criterios fundamentales para una relectura actual “creíble” de los dogmas cristológicos. El autor lo logra brillantemente en estas páginas concisas y profundas, claras y hondas. Mi más sincera enhorabuena a Paul Fleuret.

Como para él, también para nosotros el Símbolo o Credo que seguimos recitando y los dogmas cristológicos que siguen presentándose como líneas rojas de la “fe verdadera” se han vuelto increíbles e impredicables en su literalidad. Están ligados a una cosmovisión geocéntrica, jerárquica y patriarcal, y a una filosofía que distingue dos mundos (el físico y el metafísico). Ya no podemos concebir a Dios como entidad supramundana y extrínseca, substancia en sí, personal y antropomórfica, que interviene, se revela y se encarna en el mundo de manera puntual o definitiva cuando quiere. Necesitamos nuevas metáforas para decir el misterio indecible de cuanto es: Realidad fontal, Aliento cósmico, Creatividad universal, Eros que todo lo atrae, Amor que en todo se da y se crea sin cesar…

Tampoco, en consecuencia, podemos concebir a Jesús como Hijo único y eterno de Dios, de la misma substancia del Padre, sola encarnación plena de Dios en el cosmos. Tampoco podemos afirmar que sea el hombre perfecto –una contradicción en los términos–, ni siquiera el más perfecto –¿quién puede medirlo y de qué sirve comparar?–. Pero somos sus discípulos y es nuestro modelo de ser humano inspirado, bueno y feliz, libre, fraterno y sanador. Es para nosotros la figura de lo que somos y queremos ser. Todos los hombres y mujeres somos Cristos en camino, como el mismo Jesús, pero él es para nosotros, sus seguidores, el icono y la metáfora encarnada del Aliento vital, de la Creatividad universal, de lo humano o de lo divino, del mundo liberado hacia el que queremos caminar.

Queremos vivir y decir nuestra fe en coherencia con la visión de la realidad y de la vida que consideramos más razonable, justa y plenificante, feliz: una visión holística, ecológica, feminista, fraterno-sororal, a un tiempo mística y política. Queremos caminar, descalzos y en éxodo, con Jesús y con todos los hombres y mujeres inspiradas del pasado y del presente, más allá de Iglesias, dogmas y fronteras confesionales. Nos inspira en particular la figura de Jesús, más allá de su mera historia documentada y más allá de todo Credo cerrado. Nos inspiran su libertad profética, su compasión sanadora, su esperanza activa y liberadora, su fraternidad-sororidad universal y sus sabias enseñanzas, entendiéndolas y expresándolas de manera iluminadora y creativa para el mundo de hoy. “No tengáis miedo, nos dice. No os hace cristos humanos o divinos, El aliento vital, como el agua de la fuente, el sentido de las palabras o el espíritu de la letra nunca se repiten ni se dejan atrapar. No os hace Cristos lo que creéis, sino lo que confiáis y creáis. Levantaos y caminad. Inventad, cread. Osad”.

José Arregi, Aizarna, 10 de abril de 2025

(Publicado como prólogo del libro : Paul Fleuret, Le Credo de Nicée est-il toujours croyable ?, Karthala, 2025)

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, General , , ,

“La verdad nos hace libres, el credo súbditos”, por Beto Vargas.

jueves, 29 de mayo de 2025
Comentarios desactivados en “La verdad nos hace libres, el credo súbditos”, por Beto Vargas.

HijoUnigénitodeDiosnacidodelPadreantesdetodoslossiglosDiosdeDiosLuzdeLuzDiosverdaderodeDiosverdaderoengendradonocreadodelamismanaturalezaqueelPadreporélfueronhechastodaslascosas - 1De su blog Dios en minúscula:

La memoria de Jesús no es dogmática

Quien se acerca al nuevo testamento como un manual religioso para el catolicismo del siglo XXI difícilmente puede captar la ironía de tantas de sus expresiones respecto a las autoridades de la época, o la carga de resistencia frente al poder político, religioso y económico del momento en que surge el cristianismo y se expande por el imperio romano. Los evangelios, las cartas de Pablo, el sermón a los hebreos o el Apocalipsis, tienen en muchas de sus páginas expresiones que proponen una contracultura, valores distintos y distantes de los propuestos por Roma, por las élites Judías o por las alucinantes religiones griegas. El más pertinente ejemplo es que en el primer evangelio escrito, por un autor al que llamamos Marcos, en la ejecución de Jesús tenemos a un centurión romano que al verlo morir declara que verdaderamente ese hombre era hijo de dios. Siendo un militar romano debía por mandato practicar la religión imperial y declarar que el César era hijo de dios.

Hoy en día, el catolicismo como religión que se arroga el derecho de considerar suyos aquellos textos y cuyas facciones más conservadoras se deliran opuestas al orden establecido por proferir juicios a diestra y siniestra en todo lo relacionado con la reproducción humana, en realidad es una religión inofensiva para quienes manejan los hilos del poder, irrelevante para quienes crean y usan a su favor las reglas del mercado, e inconsecuente para quienes hacen algún intento de oponerse a la crueldad de «los jefes de las naciones». Si bien el Papa Francisco ha sido uno de los pontífices de los últimos siglos que con mayor vehemencia ha señalado las estructuras que oprimen y despojan de derechos y dignidad a tantos seres humanos en el planeta, hacer ese tipo de declaraciones lo ha convertido en el objeto de odio de una parte de sus hermanos en el episcopado, en el clero y en la feligresía; con lo cual se refuerza el que seamos percibidos como una religión inofensiva, irrelevante, inconsecuente. Y se lo debemos, al menos en parte, a Nicea.

Esa presencia del cristianismo como una fuerza de resistencia a la cultura imperial y de propuesta de valores contrarios o al menos distintos a los proclamados desde Roma venía precisamente de esas formas de predicación y testimonio de las primeras generaciones cristianas, para las que afirmar el mesianismo de Jesús, su condición de hijo de dios, o su entrega salvífica en la cruz, no tenía implicaciones metafísicas ni ontológicas porque aquellas palabras estaban muy lejos de ser parte de su jerga o de sus preocupaciones, sino que tenía implicaciones directas sobre su cotidianidad, su forma de ser parte de la sociedad, y su forma de acercarse a los otros y vincularse con ellos.La memoria de Jesús no es dogmática, mucho menos filosófica, es comunitaria y sacramental. Al señor resucitado lo vemos en las hermanas y hermanos con quienes compartimos la vida y partimos el pan.

Llegado el tiempo en el que se convoca el concilio de Nicea – un concilio organizado desde las élites imperiales – ya el cristianismo había salido de las catacumbas y se había convertido en una especie de sociedad paralela con incidencia en esas élites. Fue entonces cuando disminuyó el ímpetu evangelizador y aumentó el afán político y el complejo intelectual. En estas clases dominantes había una fascinación por las escuelas y corrientes filosóficas, por las discusiones y debates argumentativos, por las doctrinas de aquella «religión altamente intelectualizada» como llamaba Jaeger a la filosofía griega. Y el cristianismo, que había surgido contando historias de semillas y de lámparas, de ovejas y tesoros, de un mesías esclavo, que lavaba los pies de sus discípulas y discípulos, no tenía credenciales para aspirar a convertirse en una corriente realmente relevante en el imperio, a menos que todo su discurso tuviera las características que fascinaban a las gente importantes del imperio. Y así lo hicieron.

Décadas de discusiones filosóficas sobre los títulos de Jesús, su naturaleza, su origen/no origen, o la lógica de su obra salvífica fueron mutilando paulatinamente la fuerza transformadora de la buena nueva en un articulado que distrajo la atención de los recién inventados teólogos católicos por los próximos 17 siglos. Las palabras del Centurión romano ya no implicaban ninguna amenaza para el poder imperial porque habían sido elevadas a un plano en el que no se contradecían con la realidad política.Pero además, desde allí la validaban y la canonizaban. Aunque con un par de reveses, a la vuelta de unos años el imperio ya no perseguía cristianos, sino que los fabricaba por la fuerza y con ello legitimaba su poder como algo dado desde el cielo. De modo que entre la predicación cristiana y el credo no solamente no hay un avance en la profundización del misterio, aunque les guste decir eso a los teólogos del dogma, sino que en efecto hay una desactivación de todo aquello que en el evangelio pudiera ser percibido como una forma de resistencia, como una propuesta de transformación, como un intento de dios por hacerlo todo nuevo.

nicea - 2Poco importaba entonces lo que Jesús habría dicho sobre lo que hacen los «Jefes de las naciones» porque pronto cristo sería convertido en rey (ya no crucificado sino entronizado), pantocrátor, engendrado y de la misma naturaleza que el padre. Y poco importaba ya que Jesús hubiera llamado «hipócritas» a los jefes religiosos, porque ahora lo crucial es que los jefes religiosos afirmen la «hipóstasis». El evangelio fue proclamado como una fuerza de liberación, que ponía a los cristianos en una actitud distinta frente a la ley religiosa de la religión madre, frente a las formas de relación y valores de la cultura del imperio, frente a las concepciones de ser humano de las mitologías. El Credo, por su parte, los devolvía a la obediencia, desplazando hacia la metafísica todo lo transgresor de Jesús, y elevando hacia los cielos todo lo que había sido predicado para transformar la tierra. Si la verdad nos hace libres, el credo de Nicea nos hizo súbditos de nuevo.

Hoy, que son tiempos de tiranos, de jefes de las naciones que están exterminando, segregando y oprimiendo, y que a la vez el catolicismo se reviste de nostalgia para celebrar 17 siglos ya de aquellos primeros momentos en los que se hizo relevante como religión mayoritaria para el mismo poder contra el que hablaron los profetas y los apóstoles, no habría mejor celebración que hacer lo necesario para volver a ser una fe peligrosa desde la paz y la alegría: ofensiva desde la bendición de los simples y los pequeños, relevante desde la transformación de las formas de convivir y practicar la solidaridad y consecuente en que se disuelvan todas las estructuras que hacen que nos parezcamos tanto a eso que Jesús nos pidió nunca ser.

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, General , , , , ,

“Roma locuta, causa finita“, por Eduardo de la Serna

jueves, 25 de agosto de 2022
Comentarios desactivados en “Roma locuta, causa finita“, por Eduardo de la Serna

28945BC5-FD0E-4938-BA38-CC8B9263D2CADe su blog Un oído en el Evangelio y otro en el Pueblo: 

Sectores tradicionalistas De la Iglesia van de cacería de «palabras romanas» para después de conseguirlas hablar de «comunión y fidelidad».

Con frecuencia «Roma habla» y la causa no es «finita» sino que cambia y vuelve a cambiar.

La centralidad de la obediencia olvida que la obediencia primera es a la conciencia y luego al Evangelio del Reino.

El dicho que encabeza estas reflexiones es casi un apotegma [tomado del sermón 131.10 de san Agustín, pero referido a los judíos], que “como corresponde, se formula en latín”. Significa que, puesto que “Roma” (= el Vaticano) ha hablado sobre un tema, ya no hay nada más que decir. El tema está terminado. Por más que la milenaria historia de la Iglesia lo ha desmentido y sigue desmintiendo, sin embargo, en ciertos ambientes eclesiales, se sigue esperando la palabra definitiva de Roma que ya no se modificará… Hasta que se modifique por el peso de la realidad.

Habitualmente suelen pronunciarlo los sectores más conservadores o tradicionalistas de la Iglesia, los que, con frecuencia, no se caracterizan por su libertad para avanzar con la osadía impulsada por el Espíritu Santo; por el contrario, suelen atarse a la ley, (por ejemplo, al Código de Derecho Canónico, o a momentos de la historia leídos sin ninguna mediación hermenéutica). Hijos o hijas del temor necesitan la seguridad que les da la ley, o la “madre” Iglesia que les da la seguridad necesaria para la vida sin zozobras. El miedo al error, por ejemplo, o a no hacer “lo debido” los o las paraliza hasta que “Roma habla” y, entonces, los o las invade una extraña paz. En ocasiones, además, algunas o algunos, después de que “Roma ha hablado”, “militan” la obediencia, la fidelidad, la “estricta observancia”, y – puesto que – según dicen – el tema está concluido por la “palabra romana” – levantan banderas religiosas de unidad, comunión, carismas, además de las mencionadas…

Se podría analizar el tema en su complejidad y preguntarnos si antes no han roto la unidad o la comunión las actitudes y acciones subrepticias, ocultas o demás mientras salen de cacería de la esperada palabra romana, luego de la cual respiran aliviados o aliviadas, y, ahora sí, visiblemente, pretenden exhibir a “los otros” como artífices de la desunión o la falta de unidad y comunión…

Por otro lado, podríamos hacer referencia a lo que Pedro Casaldáliga llamó “una rebelde fidelidad”, o – más todavía – a que muchos dudamos claramente que la “causa, realmente sea, finita”.

Empecemos señalando que nuestra primera fidelidad ha de ser a nuestra conciencia, el ámbito primero e ineludible de la obediencia. Pero luego de esta, es evidente que la obediencia fundamental y primera ha de ser al Evangelio del Reino. Obediencia que debe también “Roma”, algo que – no pocas veces – ha manifestado desconocer, aunque en ocasiones pida perdones 500 o 1000 años después.

Obedecer remite, etimológicamente (tanto en el latín como en el griego) a la audición. Se trata de una reacción ante lo que se ha escuchado (ob-audire). Una reacción acorde a lo escuchado.

Pero es importante destacar que – teniendo todo esto en cuenta – ciertamente no es lo mismo cuando la obediencia se aplica a ministros ordenados, a religiosos y religiosas y a laicos y laicas. Las y los religiosos, por ejemplo, profesan un “voto” de obediencia. Esta es a un “superior” o “superiora” (sic) y hace referencia, ciertamente, al carisma fundacional de la orden o congregación. De todos modos, ha de señalarse que, carismáticamente, no es lo mismo la obediencia entre los jesuitas que entre los franciscanos, por ejemplo. Se ha de señalar, claramente, que los votos (castidad, pobreza y obediencia) son constitutivos de la vida religiosa, aunque ciertamente estos hayan de entenderse teológicamente y antropológicamente además de carismáticamente (nunca fundamentalistamente). Otra es la obediencia de los ministros ordenados, presbíteros y diáconos, al obispo (“¿prometes respeto y obediencia?”). en este caso no se trata de un voto sino una promesa y, además, ligada al respeto. Pero no debe descuidarse lo ya dicho: también el obispo debe “respeto y obediencia” a la comunidad eclesial (también el obispo de Roma, ciertamente). Si un obispo “mandara” algo contrario al decir y sentir eclesial, ciertamente nadie estaría obligado a “obedecerlo”. Finalmente, la obediencia laical ciertamente se despliega según el propio carisma del laicado. Veamos:

Es sabido que se solía decir que había una Iglesia docente y una Iglesia discente (catecismo de Pio X [1905], nros. 181-192), es decir, una Iglesia que enseña y una que recibe la enseñanza, una que manda y una que obedece. La imagen piramidal que esto implica indicaba que el laicado debe “obedecer” a la Iglesia jerárquica. Dejamos de lado esta imagen de las y los laicos como “menores de edad” (los mismos que merecen ser alimentados con papilla, como sería un catecismo, y a quienes se les da la comunión en la boca). Esta eclesiología quedó felizmente detonada con el Concilio Vaticano II, aunque muchas y muchos que esperan que “Roma” hable, se resisten a sepultar.

Una breve nota sobre el laicado: antes del concilio, y del despliegue de la teología post-conciliar, era habitual presentar a los laicos y laicas como aquellas y aquellos que “no son” … No son religiosos, no son ministros ordenados. No están dirigidos a la perfección (vida religiosa), no son los que deben “conducir” (ministros ordenados), son quienes deben ser enseñados. Modelo de esta eclesiología eran aquellos laicos o laicas cuyo sentido estaba dado por actuar bajo la enseñanza de la jerarquía (ieros – arjé, “principio sagrado”, sic). Los modernos estudios teológicos y bíblicos llevaron a la teología (y al Concilio) a entender la Iglesia como “pueblo de Dios”, una comunidad ya no “jerárquica” sino circular (o poliédrica, como le gusta decir al papa Francisco). Un pueblo en medio de los pueblos implica la urgencia (como la levadura en medio de la masa) de “encarnarse” en la historia, en los sindicatos, la empresa, la educación, la política, los medios de comunicación, etc. Pero no como “obedientes” a una orden superior (al estilo de los antiguos partidos cristianos, empresarios cristianos, etc.) sino como fermento. Quizás hoy la pregunta no sea tanto cuál es el rol o el ser del laicado, sino el de los ministros ordenados. Pero es otro tema.

Decenas de comunidades religiosas, movimientos o instituciones laicales nacidas en la historia, han debido, con resistencias y creatividades, modelarse según la nueva vida eclesial del postconcilio. Curiosamente, hay quienes en nombre de la fidelidad se han resistido y resisten a aquel que “hace nuevas todas las cosas” (ver Ap 21,5). El ejemplo de lo ocurrido con las carmelitas descalzas ciertamente es significativo (curiosamente, en todo el proceso de renovación y división del Carmelo, “Roma” habló varias veces y se desdijo otras tantas) y – como ocurre tantas veces – hoy asistimos a dos grupos bastante diferentes entre sí y cada una afirma y se sienten las “herederas del verdadero espíritu y carisma de Teresa”. Debemos decir, además, que, en este caso, “Roma”, en lugar de ser garante de la unidad, fue artífice de la división.

Muchas palabras entran en cuestión cuando de “obediencia” se trata. Para empezar, una palabra que se escucha y ante la que se reacciona. Pero una palabra que debe “pesarse”, ya que una es la palabra que pronuncia nuestra conciencia, otra la palabra de Dios en las Escrituras, otra la palabra que la Iglesia ha pronunciado de un modo comunitario y universal (un Concilio, por ejemplo), etc. Los llamados “lugares teológicos”, codificados por Melchor Cano (1509 – 1560) pueden ser un buen punto de partida de esta “jerarquía” de “palabras”. Pero no es posible – sería teológicamente insustancial – ignorar el presente. La historia es el ámbito donde se pronuncia (o se encarna) la “palabra”. Es evidente que una palabra sabiamente pronunciada ayer, ha de mirar sabiamente el hoy antes de ser “escuchada” y “obedecida”. El fundamentalismo, una especie de “suicidio del pensamiento”, conduce a una obediencia que está lejos de la libertad, lejos de la vida y lejos de una verdadera “escucha”. Seguir “ciegamente” los textos bíblicos, conduce a una evidente deshumanización y, además, manifiesta un Dios bastante diferente al que Jesús en su vida y palabras eligió revelar. Y, ciertamente, es evidente que, si hemos de “interpretar” a los nuevos tiempos los viejos textos bíblicos, no es menos evidente que hemos de interpretar, adaptados a esos mismos nuevos tiempos, los carismas fundacionales, por ejemplo. “Roma” podrá hablar – ¡tantas veces movida por el temor, por el “siempre se hizo así” o por ideologías siempre conservadoras, cuando no por otras razones menos sanctas todavía! (y algunas canonizaciones son expresión evidente de esto) – pero, ciertamente, antes, es indispensable escuchar lo que “el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2-3). “Roma habló” al hablar de Iglesia docente e Iglesia discente (algo que fue aceptado durante todo el s. XX hasta el Concilio) pero luego “Roma habló” otras palabras. Si de unidad y comunión se trata, no es esto en torno a una “palabra” fija sino en torno a un pueblo de Dios vivo, a una unidad “perijorética” (comunión en la diversidad y el amor). La comunión incluye las diferencias en la gestación de la unidad. Sin diferencias se trataría de “uniformidad”, que es algo bastante diferente… y dudosamente evangélico. Habrá quienes, desde el temor, o desde ideologías esclerosadas, salen de cacería en búsqueda de “palabras romanas”, pero habrá quienes desde el amor (que vence al temor, como se sabe; ver 1 Jn 4,18) eligen la osada escucha del Espíritu. Creo que ya sé dónde elijo estar.

Foto tomada de https://archive.org/details/CatecismoMayorDeSanPoX/mode/2up

 

Espiritualidad , , , , ,

La ética ha desplazado al dogma

sábado, 6 de febrero de 2021
Comentarios desactivados en La ética ha desplazado al dogma

1489687188320Juan Zapatero Ballesteros
Sant Feliú de Llobregat (Barcelona).

ECLESALIA, 25/01/21.- Cada año, durante los días 18 al 25 de enero, se celebra el Octavario de Plegaria por la Unión de las Iglesias Cristianas que se disgregaron desde hace siglos; unas desde más atrás, otras más tarde. En todos los casos fue una cuestión dogmática, acompañada también de una actitud disciplinar casi siempre, la que motivó el enfrentamiento y, a la postre, la ruptura. Las acusaciones, fundamentadas en puntos de vista diferentes según cada una de las partes, tenían siempre su punto de arranque en uno u otro texto del Evangelio. Concretamente, Roma siempre puso el “Tú eres Pedro y sobre esta piedra…” (Mt 16, 13-20), apoyada además por el deseo de Jesús a los suyos “Que todos sean uno…” (Ju 17,21), en el discurso de despedida, según el evangelista Juan. Aunque, a decir verdad, en el caso del protestantismo fue la corrupción de la propia Iglesia católica, la que impulsó a Lutero a dar el golpe definitivo de ruptura. Sin llegar a este extremo, cabe recordar que, ya desde los primeros tiempos de la Iglesia, las grandes disputas que surgían estaban motivadas casi de manera constante por cuestiones de dogma. Cabe decir que los concilios se encargaron de evitar la división o la ruptura, aún peor, en momentos en que el crecimiento y la expansión de la Iglesia era uno de los objetivos primeros, aprovechando el apoyo y favor de emperadores y mandatarios. Todo ello fue provocando que los aspectos de compromiso fueran quedando poco a poco más al margen; oscurecidos por las “verdades de fe” que iban surgiendo de los concilios.

En medio de una sociedad secularizada, para la que la religión en general, y las iglesias cristianas en particular, no cuenta prácticamente nada, van surgiendo y avanzando grupos de personas cristianas, comunidades populares y de base, etc., que van dejando cada vez más el dogma de lado para abrazar el compromiso como opción preferencial. Muchos de ellos son comunidades y grupos nuevos, aunque también otros vienen ya de épocas anteriores, concretamente de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, en que el restauracionismo se impuso de manera general; en la mayoría de los casos con imposiciones férreas de silencio y prohibición de enseñar. Pero, paradojas de la vida, aquellos teólogos otrora denostados son los que en estos momentos abren camino y sirven de fundamento a todos estos grupos de vanguardia que dejan totalmente de lado un dogma trasnochado y tedioso, junto a un tipo de moral esclavizante, para hacer de la ética del Evangelio su mejor signo de pertenencia.

Solamente una cosa al hilo de lo referido hace un momento: sería interesante puntualizar que le religión y las iglesias cristianas no cuentan ya para la sociedad de nuestro tiempo no por una cuestión de animadversión sin más; sino porque las creencias, las ideas, los dogmas de aquellas y también muchos de los principios de su moral no dan respuesta o la dan de manera bastante desenfocada a las preguntas y cuestiones más acuciantes de la mayoría de hombres y mujeres que forman esta sociedad de nuestro tiempo.

Por tanto, ya no es la dogmática, la liturgia, la rúbrica, etc., lo que interesa a todos aquellos grupos y personas que van descubriendo día a día que Jesús, su palabra y su testimonio, nada tienen que ver con todo eso, y sí, en cambio y mucho, con la vida de las gentes, de todas, pero de manera especial de quienes más sufren las consecuencias de las tragedias y del mal de los hombres. Porque ya no es la fe en Jesús lo que les mueve y les impulsa a actuar, sino el seguimiento tras Él, contribuyendo desde y con su compromiso a hacer cada día un poco más efectivo su Reino, en el que todas y todos tengan cabida, siendo los más pobres quienes al final acudirán al sentirse de verdad invitados (Mt 22,2-14).

Pues, tal y como escribe un teólogo de nuestros días, la pertenencia de la persona al grupo de los llamados por Jesús no viene dada por la fe que profesa en Él, sino por su opción de cara a seguirlo. El “Ven y sígueme” que de manera más que constante sale en los Evangelios. Y, por tanto, no serán precisamente los dogmas cristológicos, ni otros tampoco por supuesto, los que marcarán la ortodoxia o la heterodoxia del creyente, sino su opción por los hambrientos, sedientos, presos, desnudos, enfermos, etc., (Mt 25,31-46). Porque, al final, es la ética y el comportamiento, lo único que de verdad vale la pena de cara a unir a hombres y mujeres, por encima precisamente de creencias, entre otros, que, a la postre, suelen ser las que más inciden a la hora de crear secta y división.

¿Qué mejor propósito de cara a unir esfuerzos que el que tienen por objetivo el bien de las personas, especialmente de las que se encuentran más necesitadas? Y, ¿qué mayor desgracia que el enfrentamiento entre personas, grupos y comunidades carentes de entrega y de compromiso?.

  (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Espiritualidad , , ,

«La violencia religiosa hunde sus raíces en el ‘sacrificio’ y en el ‘dogma'», por José María Castillo.

martes, 22 de agosto de 2017
Comentarios desactivados en «La violencia religiosa hunde sus raíces en el ‘sacrificio’ y en el ‘dogma'», por José María Castillo.

Olmo Calvo. 18/08/2017 Barcelona. Catalunya Atentado terrorista. La Rambla por la manana. Olmo Calvo. Homenaje a las victimas de Barcelona.

«La ‘religión de Jesús’ es única y exclusivamente la ‘religión de la bondad'»

«Las religiones, enseñadas y vividas como debe ser, mejoran las conductas de la gente»

(José M. Castillo, teólogo).- Nos preocupa más el hecho de la violencia y sus aterradoras consecuencias, que las causas que originan y justifican la mentalidad y las ideas que llevan a los terroristas a matar con la conciencia del deber cumplido. Y es evidente que, si no atajamos las causas y la mentalidad que la justifica, por más policías que tengamos, la violencia terrorista seguirá campando a sus anchas. Quienes pierden el miedo a que los maten, matarán a otros.

Como es lógico, un fenómeno humano de estas dimensiones, no se puede desentrañar en un breve artículo como éste. Por eso me limito a decir algo sobre una de las causas que motivan la violencia. Me refiero a la religión.

Se dice que los terroristas, por más que les laven el cerebro y los droguen, le pierden el miedo a la muerte porque saben que morir matando por la religión, eso es lo que les abre las pertas del paraíso para gozar sin fin. ¿Qué pueden hacer las fuerzas de seguridad del Estado ante un sujeto que lleva en lo más hondo de sí mismo semejante convicción?

Y es que, según creo, no hemos pensado a fondo que la misma base del cristianismo es un asesinato, la muerte inocente del hijo de Dios (W. Burkert). No olvidemos nunca que «el sacrificio es la forma más antigua de la acción religiosa» (H. Kühn), como ha demostrado sobradamente la paleontología y sus ciencias afines. Así que está más que demostrado que lo primero, en la historia del «hecho religioso», no es Dios, sino el sacrificio: matar una vida. En realidad, «Dios es un producto tardío en la historia de la religión» (G. van der Leeuw).

Por eso, no nos debería sorprender que, analizando pacientemente el Antiguo Testamento, «en cerca de mil pasajes se habla de que la ira de Yahvé se enciende y castiga con la muerte y la ruina» (R. Schwager; J. A. Estrada).

No es posible analizar aquí este fenómeno más despacio. Sólo quiero indicar que, como es sabido, en el islam, el yihad es «un concepto problemático» (J. J. Tamayo). Porque, como ya señaló Abu al-Mawduli, este concepto justifica la guerra santa en la idea de que el Islam es un sistema integral que tiene como objetivo eliminar los demás sistemas falsos en el mundo.

Pero, en la religión, es determinante no sólo «el sacrificio», sino además «el dogma». Esta palabra designaba, en la Antigüedad, los «decretos imperiales» a los que cabe otra respuesta que el sometimiento incondicional. Someter sobre todo la mente. Es verdad que en el N.T este concepto no es fundamental. Pero, a medida que el cristianismo se fue organizando como «institución religiosa», inevitablemente el «dogma» fue ganando en importancia y presencia en la sociedad y en la vida de los fieles.

El Magisterio de la Iglesia precisó y delimitó las verdades que han de ser aceptadas como verdades «de fe divina y católica»: no sólo las que se contienen en la palabra de Dios, sino que además son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ya sea en un concilio ecuménico, en una definición papal o por el Magisterio ordinario como tales verdades de fe (Conc. Vaticano I. DH 3041).

Un dogma tiene que reunir estas condiciones. No todo lo que se dice en los sermones, en los catecismos, en una encíclica… es «dogma de fe». Cosa que es lamentable y desconcierta a mucha gente.

En cualquier caso, lo más importante, cuando hablamos de este asunto, es insistir en que está bien comprobado que las religiones, cuando son enseñadas y vividas como debe ser, mejoran las conductas de la gente. Y, por lo que se refiere a un cristiano (como es mi caso), lo que veo con más claridad y seguridad es que el Evangelio nos enseña que Jesús se dio cuenta y defendió, hasta la muerte, la grandiosa afirmación del profeta Oseas (6, 6): «Misericordia quiero y no sacrificios». La «religión de Jesús» es única y exclusivamente la «religión de la bondad», de la paz, del bien, que lucha contra el sufrimiento.

Fuente Religión Digital

Biblia, Budismo, Cristianismo (Iglesias), General, Hinduísmo, Islam, Judaísmo , , , , , , , ,

Jesús, ¿Hijo de Dios, humano y divino? Una relectura del dogma

martes, 11 de abril de 2017
Comentarios desactivados en Jesús, ¿Hijo de Dios, humano y divino? Una relectura del dogma

En esta ocasión os traigo la interesante conferencia de José Arregui Jesús, ¿Hijo de Dios, humano y divino? Una relectura del dogma.

Los dogmas no son algo fijo, con el mismo significado a lo largo de los siglos. Cada cultura tiene su propia cosmología y tiene derecho a interpretar lo indecible con sus propias palabras. ¿Qué querían decir en la cultura semita del tiempo de Jesús con la expresión de Hijo de Dios? ¿Qué realidad hay más allá de las palabras?

Fuente Blog de la Comunidad Anawin

Cine/TV/Videos, Cristianismo (Iglesias), General , , , , ,

«¿Dogmas de fe sobre la familia?», por José María Castillo, teólogo

sábado, 11 de octubre de 2014
Comentarios desactivados en «¿Dogmas de fe sobre la familia?», por José María Castillo, teólogo

dogmaLeído en su blog Teología sin Censura:

¿Existen dogmas de fe sobre la familia? Por tanto, ¿se puede afirmar, con toda seguridad, que en la fe de la Iglesia existen verdades dogmáticas, que son indiscutibles y que, en consecuencia, no es lícito poner en duda en ningún caso ni se pueden modificar sea cual sea la finalidad por la que se pretendan cambiar?

Para responder a esta pregunta, lo primero ha de ser – como es lógico – precisar qué es lo que entendemos los católicos cuando hablamos de “dogmas de fe”. Tomo la respuesta a esta cuestión de la última edición del gran volumen de Teología Dogmática de Gerhard Ludwig Müller (Barcelona, Herder, 2009, pp. 78-79), actualmente cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Según afirma acertadamente este cardenal, para saber lo que es un “dogma de fe”, tenemos que recurrir a la definición que formuló el concilio Vaticano I (1870) en la Constitución Dogmática sobre la Fe Católica (cap. 3º):”Deben creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o tradicional (“in verbo Dei scripto vel tradito”), y son propuestas por la Iglesia para ser creías como divinamente reveladas, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal magisterio” (DENZINGER-HÜNERMANN, n. 3011).

Por tanto, para que una afirmación religiosa sea “dogma de fe”, no basta que esa afirmación se encuentre en la Biblia o sea presentada en la tradición más seria y auténtica de la Iglesia. Además de eso, es indispensable que tal afirmación sea propuesta para ser creída por el “juicio solemne” de la Iglesia. Tal juicio solemne sería una “definición dogmática” de un Concilio ecuménico o de un papa. En cuanto al “magisterio ordinario”, tendría que ser una verdad, aceptada como verdad revelada por Dios por la Iglesia universal, cosa que en este caso no sucede, dadas las muchas dudas y teorías opuestas que existen entre los católicos, precisamente en los numerosos y discutidos asuntos relativos a la famila.

Por tanto, los problemas relativos a los modelos de familia no son, ni pueden ser, dogmas de fe. En consecuencia, el Sínodo tiene – desde el punto de vista dogmático – entera libertad para deliberar y decidir lo que crea más conveniente para el bien de los seres humanos, de la sociedad y de la Iglesia.

En consecuencia, quienes echan mano de los dogmas de la Iglesia, para limitar la libertad de los participantes en el sínodo a la hora de tomar sus decisiones, hacen lo mismo que haría quien echase mano de una solemne mentira para imponer sus propias ideas o sus propias conveniencias. El sínodo, por tanto, puede perfectamente decidir lo que considere más conveniente para resolver los problemas relativos a los divorciados, a los homosexuales, al celibato de los sacerdotes o a la ordenación sacerdotal de las mujeres. En todo caso, quien tenga sus propias convicciones sobre los asuntos mencionados, que las presente como propias, pero que nunca tenga el atrevimiento de afirmar que eso pertenece a la fe de la Iglesia o que en ningún caso se puede hacer.

General, Iglesia Católica , , , , ,

El Centro de Gravedad.

martes, 10 de junio de 2014
Comentarios desactivados en El Centro de Gravedad.

Del blog À Corps… À Coeur:

centredegravitc3a91

 

Me reprochas por situar el centro de gravedad de la fe cristiana en el futuro en lugar de situarla en el drama redentor de la muerte y resurrección de Jesucristo. El reproche es justo… ¡Pero es Jesús mismo quien sitúa el centro de gravedad de la fe cristiana en el futuro! No hago sino conformarme con ello como lo hacían el cristianismo primitivo y San Pablo, y como debemos hacerlo nosotros mismos/as. El centro de gravedad de la fe cristiana no es el drama redentor de nuestra dogmática, sino la llegada del Reino de Dios en nuestro corazón y en el mundo. La naturaleza del cristianismo está constituida por la predicación de Jesús del Reino que está próximo, no por la teoría de la redención de san Agustín. Lo que debe ocuparnos ante todo, es el Reino de Dios.

*
Albert Schweitzer, carta del 11 de julio de 1952 a Maurice Carrez

centre-de-gravitc3a9

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , , , , , , , , , , ,

Recordatorio

Cristianos Gays es un blog sin fines comerciales ni empresariales. Todos los contenidos tienen la finalidad de compartir, noticias, reflexiones y experiencias respecto a diversos temas que busquen la unión de Espiritualidad y Orientación o identidad sexual. Los administradores no se hacen responsables de las conclusiones extraídas personalmente por los usuarios a partir de los textos incluidos en cada una de las entradas de este blog.

Las imágenes, fotografías y artículos presentadas en este blog son propiedad de sus respectivos autores o titulares de derechos de autor y se reproducen solamente para efectos informativos, ilustrativos y sin fines de lucro. Por supuesto, a petición de los autores, se eliminará el contenido en cuestión inmediatamente o se añadirá un enlace. Este sitio no tiene fines comerciales ni empresariales, es gratuito y no genera ingresos de ningún tipo.

El propietario del blog no garantiza la solidez y la fiabilidad de su contenido. Este blog es un espacio de información y encuentro. La información puede contener errores e imprecisiones.

Los comentarios del blog estarán sujetos a moderación y aparecerán publicados una vez que los responsables del blog los haya aprobado, reservándose el derecho de suprimirlos en caso de incluir contenidos difamatorios, que contengan insultos, que se consideren racistas o discriminatorios, que resulten obscenos u ofensivos, en particular comentarios que puedan vulnerar derechos fundamentales y libertades públicas o que atenten contra el derecho al honor. Asimismo, se suprimirá aquellos comentarios que contengan “spam” o publicidad, así como cualquier comentario que no guarde relación con el tema de la entrada publicada. no se hace responsable de los contenidos, enlaces, comentarios, expresiones y opiniones vertidas por los usuarios del blog y publicados en el mismo, ni garantiza la veracidad de los mismos. El usuario es siempre el responsable de los comentarios publicados.

Cualquier usuario del blog puede ejercitar el derecho a rectificación o eliminación de un comentario hecho por él mismo, para lo cual basta con enviar la solicitud respectiva por correo electrónico al autor de este blog, quien accederá a sus deseos a la brevedad posible.

Este blog no tiene ningún control sobre el contenido de los sitios a los que se proporciona un vínculo. Su dueño no puede ser considerado responsable.