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«Cuestiones sobre el Credo de Nicea 1700 años después», por José Arregi

viernes, 20 de junio de 2025
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De su blog Umbrales de luz:

Amigo, amiga, tienes en tus manos un libro lúcido y atrevido, a la altura de su título provocador: Le Credo de Nicée est-il toujours croyable ? (¿Es creíble todavía el Credo de Nicea?). Paul Fleuret, “biblista descalzo” y “cristiano laico en éxodo” según sus palabras, nos ofrece un análisis documentado, conciso y límpido de la enmarañada evolución por la que el profeta Jesús de Nazaret se convirtió en divinidad celeste eterna encarnada en forma de hombre.

En el año 325, hace 1700 años, el emperador romano Constantino convocó un concilio en su palacio estival de Nicea, hoy Turquía. Los obispos allí reunidos solo representaban a las Iglesias cristianas derivadas de la tradición petrino-paulina, y de entre ellas casi exclusivamente a las de la parte oriental del imperio, presididas por los obispos de Alejandría y Constantinopla, de lengua y cultura griegas. La Iglesia judeo-cristiana había desaparecido prácticamente, y otras, como las Iglesias gnósticas, habían sido condenadas y marginadas por los obispos de la corriente mayoritaria. En Nicea, el emperador, recién “convertido” a la fe cristiana por razones más políticas que religiosas, impuso el dogma que habría de ser vinculante para todas las Iglesias, con el fin de garantizar mejor la unidad del imperio: “Jesús es el Hijo único y eterno de Dios encarnado, consustancial del Padre”. Quienes –como el sacerdote alejandrino Arrio– rechazaron el dogma fueron desterrados.

Muchos podrían preguntarse qué interesan esas cuestiones al mundo en que vivimos: cuando la especie que llamamos Sapiens es arrastrada por una asfixiante carrera global suicida; cuando la humanidad, por impotencia o inconsciencia, parece dispuesta a sacrificar la vida buena y feliz a la codicia inhumana de unos pocos; cuando grandes imperios dictatoriales vuelven a imponerse; cuando avanzamos sin rumbo ni freno hacia una tierra desconocida e inquietante donde el Homo Sapiens será sometido a la máquina; cuando los tecno-magnates que devastan la Tierra, en su loca huida adelante, ya proyectan colonizar la Luna y Marte; cuando los horrores sin fin de Gaza, de Haití o de Sudán reflejan cada día, urbi et orbi, el abismo que nos puede devorar a todos, incluidos los más poderosos…, ¿tiene sentido ocuparse todavía del dogma de Nicea?

Otros muchos, católicos observantes y cristianos en general, protestarán entre desconcertados e irritados: cuando el mundo naufraga, cuando los hombres y las mujeres necesitan más que nunca un suelo firme para seguir caminando, ¿no es este libro una provocación excesiva? Es más, ¿no constituye una alta traición? ¿No viene a socavar los fundamentos mismos no solo de la Iglesia Católica Romana, del Credo más antiguo de todas las Iglesias? Si dejamos de creer en el dogma de Nicea, ¿qué podremos ofrecer al mundo?, ¿dónde encontraremos palabras de vida eterna?, ¿en quién descansaremos?

Pero hay que advertir: las enormes amenazas que se ciernen sobre el mundo actual y estas preguntas e inquietudes formuladas por muchos católicos de la mejor voluntad tienen un punto en común: el miedo. El miedo era también el denominador común del mundo imperial y de la Iglesia de Nicea. No el miedo razonable, mecanismo fundamental de la vida que nos alerta ante un peligro real: el miedo a un salto en el vacío, a un depredador, a los grandes poderes que someten, a quienes se mueven por convicciones irracionales, a personas e instituciones que usan la imagen de un dios omnipotente y arbitrario para controlar y dominar… Sin esos miedos no podríamos sobrevivir ni un solo día. Hay también, sin embargo, muchos miedos irracionales que imaginan peligros y enemigos inexistentes: el miedo a perder prestigio, poder o riqueza, o la unidad del imperio o de la Iglesia, o el control de la verdad y de las conciencias, o la imagen de un dios omnipotente y providente, o la garantía del cielo eterno… O el miedo al otro, a lo diferente, a lo nuevo. Esos miedos irracionales nos encogen y nos encierran en nosotros mismos, nos incapacitan para confiar, imaginar y crear. Nos vuelven enemigos de nosotros mismos y de los demás, enemigos de la tolerancia y de la libertad fraterna, de la confianza creativa, de la vida inspirada.

El miedo a la división del imperio y a la pérdida de poder llevó al emperador a imponer los términos exactos del Símbolo o Credo común de todas las Iglesias. El miedo llevó a los obispos a identificar la fe creadora en Jesús con la adhesión mental a una idea filosófica, y a condenar a quienes lo rechazaban. El miedo inspiró excomuniones, destierros, quemas de herejes, cruzadas, inquisiciones y guerras de religión. El miedo irracional es el origen de los males del mundo y de la Iglesia de hoy. Es imprescindible, pues, la lucidez para detectar esos miedos y la osadía para delatarlos.

Este libro es un ejercicio singular de lucidez y de osadía. No era fácil reunir en tan pocas páginas toda la información esencial sobre una historia extremadamente compleja, en la frontera entre la historia, la exégesis bíblica, la filosofía y la teología, y ofrecer a la vez los criterios fundamentales para una relectura actual “creíble” de los dogmas cristológicos. El autor lo logra brillantemente en estas páginas concisas y profundas, claras y hondas. Mi más sincera enhorabuena a Paul Fleuret.

Como para él, también para nosotros el Símbolo o Credo que seguimos recitando y los dogmas cristológicos que siguen presentándose como líneas rojas de la “fe verdadera” se han vuelto increíbles e impredicables en su literalidad. Están ligados a una cosmovisión geocéntrica, jerárquica y patriarcal, y a una filosofía que distingue dos mundos (el físico y el metafísico). Ya no podemos concebir a Dios como entidad supramundana y extrínseca, substancia en sí, personal y antropomórfica, que interviene, se revela y se encarna en el mundo de manera puntual o definitiva cuando quiere. Necesitamos nuevas metáforas para decir el misterio indecible de cuanto es: Realidad fontal, Aliento cósmico, Creatividad universal, Eros que todo lo atrae, Amor que en todo se da y se crea sin cesar…

Tampoco, en consecuencia, podemos concebir a Jesús como Hijo único y eterno de Dios, de la misma substancia del Padre, sola encarnación plena de Dios en el cosmos. Tampoco podemos afirmar que sea el hombre perfecto –una contradicción en los términos–, ni siquiera el más perfecto –¿quién puede medirlo y de qué sirve comparar?–. Pero somos sus discípulos y es nuestro modelo de ser humano inspirado, bueno y feliz, libre, fraterno y sanador. Es para nosotros la figura de lo que somos y queremos ser. Todos los hombres y mujeres somos Cristos en camino, como el mismo Jesús, pero él es para nosotros, sus seguidores, el icono y la metáfora encarnada del Aliento vital, de la Creatividad universal, de lo humano o de lo divino, del mundo liberado hacia el que queremos caminar.

Queremos vivir y decir nuestra fe en coherencia con la visión de la realidad y de la vida que consideramos más razonable, justa y plenificante, feliz: una visión holística, ecológica, feminista, fraterno-sororal, a un tiempo mística y política. Queremos caminar, descalzos y en éxodo, con Jesús y con todos los hombres y mujeres inspiradas del pasado y del presente, más allá de Iglesias, dogmas y fronteras confesionales. Nos inspira en particular la figura de Jesús, más allá de su mera historia documentada y más allá de todo Credo cerrado. Nos inspiran su libertad profética, su compasión sanadora, su esperanza activa y liberadora, su fraternidad-sororidad universal y sus sabias enseñanzas, entendiéndolas y expresándolas de manera iluminadora y creativa para el mundo de hoy. “No tengáis miedo, nos dice. No os hace cristos humanos o divinos, El aliento vital, como el agua de la fuente, el sentido de las palabras o el espíritu de la letra nunca se repiten ni se dejan atrapar. No os hace Cristos lo que creéis, sino lo que confiáis y creáis. Levantaos y caminad. Inventad, cread. Osad”.

José Arregi, Aizarna, 10 de abril de 2025

(Publicado como prólogo del libro : Paul Fleuret, Le Credo de Nicée est-il toujours croyable ?, Karthala, 2025)

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“Retornar al Concilio de Nicea”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 20 de mayo de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

El aniversario del Concilio de Nicea de 325 – hace 1700 años – no es solo una conmemoración institucional, la celebración del primer Concilio Ecuménico convocado por el primer Emperador cristiano, Constantino. Es también algo más.

Porque fue en ese gran Concilio donde se expresó el Credo, el llamado Símbolo Niceno, que luego se completaría en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano del 381.

Y es sobre esta última fórmula de la fe cristiana que se abrirá la escisión entre las Iglesias destinada a ampliarse progresivamente y hacerse definitiva en el Gran Cisma de 1054, cuando el Papa León IX -¡atención al nombre!- y el Patriarca de Constantinopla Miguel I Cerulario se excomulgaron mutuamente y dieron inicio a la escisión entre la Iglesia occidental (católica) y la Iglesia oriental (ortodoxa), que a pesar de siglos de intentos, y aparte de la unión virtual de Ferrara-Florencia de 1438-39, aún no se ha superado.

No fue la Iglesia ortodoxa la que se separó de la Iglesia católica sino, en rigor histórico, al contrario. Fue en Occidente donde surgió la alteración del Credo que está en el centro del cisma: la adición del «Filioque» («y del Hijo») al «ex Patre» («del Padre») del Credo niceno-constantinopolitano, insertada en el symbolum fidei del Concilio de Toledo de 589 para combatir la herejía arriana durante el reino visigodo de España.

La idea de que el divino Pneuma procede «también del Hijo» nunca había sido una alternativa a la fórmula trinitaria tan cuidadosamente calibrada a la que habían llegado las grandes mentes teológicas griegas que, en los concilios ecuménicos de los siglos IV y V, habían discutido la procesión del Espíritu Santo.

Solo el Padre es el principio sin principio – arché ànarchos – de las otras dos personas trinitarias, la única fuente – peghé – del Hijo y del Espíritu Santo, que por lo tanto procede solo del Padre. Sin embargo, por razones menos auténticamente teológicas que políticas, la nueva fórmula fue adoptada por el papado de la época de Carlomagno y se convirtió en la base del frágil principio de legitimidad del Sacro Imperio Romano, en contraposición al sólido principio del Imperio Romano de Bizancio.

Desde entonces, se han escrito miles y miles de páginas para justificar el Filioque, creando una tradición teológica propia, que como tal ya no puede ser erradicada del patrimonio doctrinal de la Iglesia católica.

Precisamente por eso, volver a los orígenes, a Nicea, rendir homenaje al primer y puro Credo, más allá de siglos de beligerancia dogmática, tiene un significado literalmente desarmante en un momento histórico y político en el que el desarme ecuménico es prioritario para la paz no solo del cristianismo, sino del mundo.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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El Consejo Mundial de las Iglesias (CMI) celebrará el 1700 aniversario del Concilio de Nicea

viernes, 8 de septiembre de 2023
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IMG_0352El Consejo Mundial de Iglesias (CMI) está planeando un año de actividades en 2025 para conmemorar el 1700 aniversario del primer Concilio Ecuménico de Nicea, que tuvo lugar en el año 325 y fue un momento clave en la historia de la religión cristiana y para el camino ecuménico actual.

“El aniversario constituye una oportunidad de celebrar y reflexionar sobre la misión de efusión del amor trino de Dios y las implicaciones que esto tiene para el testimonio y el servicio común de las iglesias, y es la ocasión de preguntarnos una vez más, con una mirada nueva y junto con otras personas, qué significa Nicea para nosotros hoy”. dijo el secretario general del CMI, Rev. Prof. Dr. Jerry Pillay.

El primer Concilio Ecuménico fue una reunión de obispos cristianos en Nicea (hoy İznik, en la actual Türkiye) que fue un primer intento de llegar a un consenso en la Iglesia a través de una asamblea que representara a toda la cristiandad.

“En aquel momento, como ahora, el llamado a la unidad se lanzó en el contexto de un mundo convulso, desigual y dividido”, recordó Pillay.

En el centro de las actividades del CMI en 2025 estará la celebración de la Sexta Conferencia Mundial de Fe y Constitución.

La conferencia, organizada por la Comisión de Fe y Constitución del CMI, reunirá a líderes de las iglesias y especialistas en teología para abordar las numerosas cuestiones que plantean desafíos para las iglesias hoy en día y para reafirmar el deseo de unidad visible de la iglesia en el marco de una inmensa diversidad y de contextos cambiantes.

Las conferencias mundiales sobre Fe y Constitución se han celebrado en momentos clave de la historia del movimiento ecuménico. La primera de estas conferencias se celebró en 1927 en Lausana (Suiza), y el movimiento Fe y Constitución fue una de las corrientes que condujeron a la creación del CMI en 1948.

En su conmemoración del aniversario de Nicea, el CMI tiene previsto centrarse en tres cuestiones principales: la fe, la unidad y la misión. Pillay señaló que esta sería una oportunidad para que la comunidad de iglesias del CMI reafirmara, manteniendo una tensión creativa, su vocación de llamarse mutuamente a la unidad visible y de aspirar a la unidad de toda la humanidad.

Al mismo tiempo”, dijo Pillay, “el aniversario nos impulsa a sacar a la luz aquellas prácticas de discipulado que responden a la asociación de la iglesia con los poderes imperiales, y que requieren una intensa autorreflexión”.

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El año 2025 marca también el centenario de la celebración en Estocolmo de la Conferencia Cristiana Universal sobre la Vida y el Trabajo. Descrita en ocasiones como la “Nicea de la ética”, fue la primera expresión organizada a gran escala del movimiento ecuménico del siglo XX tras la destrucción provocada por la Primera Guerra Mundial. Junto con el movimiento Fe y Constitución, contribuyó a la creación del CMI en 1948.

El aniversario de Nicea se reflejará en los planes y actividades de todos los programas del CMI, incluyendo tanto las actividades temáticas como las actividades organizadas conjuntamente con los asociados ecuménicos, las iglesias miembros, las Comuniones Cristianas Mundiales, y las asociaciones e instituciones teológicas.

Está previsto organizar seminarios en línea sobre temas relacionados, fomentar las contribuciones de personas jóvenes del mundo académico y estudiantil, e invitar a las iglesias locales a celebrar el aniversario presencialmente o en línea.

“De este modo, la celebración de Nicea 2025 creará una oportunidad para promover la idea de que las iglesias están llamadas a cultivar una visión teológica ecuménica para la peregrinación de justicia, reconciliación y unidad que sea dialógica, mutuamente enriquecedora e innovadora, como encomendó la 11ª Asamblea del CMI en Karlsruhe en 2022”, afirmó Pillay.

Más información sobre Nicea 2025 (en inglés)

Fuente Consejo Mundial de las Iglesias

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