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«En el corazón de la Trinidad». II Domingo de Cuaresma. 20 febrero, 2016

domingo, 21 de febrero de 2016
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En el corazón de la Trinidad.

“Unos ocho días después de estas palabras, tomando consigo a Pedro, a Juan y a Santiago, subió al monte a orar
(Lc 9, 28)

Pongámonos en el lugar de los discípulos. Nos encontramos en el corazón del evangelio de Lucas: en el corazón del camino de nuestra vida. ¿De dónde venimos? ¿Qué ha sucedido hasta ahora? ¿Qué sucedió “hace ocho días?

Venimos de seguir a Jesús. De haber respondido un día a su invitación a ir con él. De recorrer con él, en la alegría de las Bienaventuranzas, los caminos de Galilea. De escuchar de sus labios la Buena Noticia de la cercanía de Dios, de verla hecha realidad en sus gestos. De haber sido enviadas, enviados por él a anunciar esta buena nueva y a curar por todas partes. De haber vuelto a su lado, felices, a contarle todo lo que hemos hecho. De haberle reconocido como el Señor de nuestra vida, “el Cristo de Dios”. Un camino de intimidad creciente, de alegría que se expande, de salvación que se extiende.

Pero “hace ocho días”, toda esta luz pareció oscurecerse de golpe. Palabras oscuras salieron de la boca del Maestro: palabras que anuncian rechazo por parte de los poderosos, persecución y muerte. Sufrimiento para él y sufrimiento para quienes queramos seguir con él. Como si la muerte de Juan el Bautista a manos de Herodes proyectara ahora su sombra sobre todos nosotros y sobre el camino que tenemos por delante.

En medio de esta zozobra, hoy sucede algo extraordinario. Jesús “nos toma consigo” y sube al monte a orar. Este verbo, “tomar”, es el que había empleado el ángel para quitar a José todas sus dudas: “No temas tomar a María, tu mujer…”. Más adelante, José “tomó a María, su mujer, y al niño y huyó a Egipto”. Y el Jueves Santo veremos a Jesús tomar en sus manos el pan que es su cuerpo, que es Él mismo. Hoy es Jesús quien nos toma consigo. “Nos toma”, porque allí donde va a conducirnos jamás podríamos llegar por nuestro propio pie. “Tomando consigo a Pedro, a Juan y a Santiago, subió al monte a orar”. El texto no dice “subieron”, sino “subió”: Es Jesús quien sube. Nosotros, nosotras vamos en sus brazos, vamos incorporadas a Él.

Y aquí, en el monte, sucede lo extraordinario: la oración de Jesús, llevándonos a nosotras dentro de sí. Y de pronto nos descubrimos sumergidas en el corazón mismo del misterio de Dios. Nos envuelve una nube, símbolo del Espíritu Santo, que también a María la había “envuelto con su sombra”). Y escuchamos la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado. Escuchadle. Como si nos dijera: “Esta gloria, esta luz que envuelve a mi Hijo y a vosotras con Él, ES la verdad. Esta es la realidad. Escuchad sus palabras, esas que os desconciertan, y seguidle en su camino hacia la cruz (en el lenguaje bíblico, “escuchar” es sinónimo de “obedecer”. Id con Él. Y no tengáis miedo: atravesaréis con él, la persecución, el sufrimiento y la muerte. Todo se oscurecerá. Pero esa oscuridad no tendrá la última palabra.

Cristo Jesús, tómame contigo.
Padre Bueno, hazme escuchar tu voz.
Espíritu Santo, envuélveme en tu aliento.
Me entrego a Ti, oh Santa Trinidad.

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Alabar

sábado, 20 de febrero de 2016
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Del blog Nova Bella:

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“…alabar a Dios es derretirse a sus pies

en palabras de admiración y de amor…

la alabanza forma parte esencial del amor.

Señor mío y Dios mío,

enséñame a encontrar toda mi alegría en alabarte,

es decir,

repetirte sin fin que te amo infinitamente .

*

Carlos de Foucauld

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Perpetua ilusión

viernes, 19 de febrero de 2016
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Del blog Nova Bella:

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Tu eres el siempre abierto
Nada es monotonía en lo divino
Andar por tu vereda es la sorpresa
Eres paso y morada
Eres gozo de andar paz de reposo
Y perpetua ilusión de la promesa.

*

Juan Bautista Bertrán

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El ser humano, obra de arte divina

jueves, 18 de febrero de 2016
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De su blog Nihil Obstat:

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Si Dios crea por amor (como decíamos en un post reciente), hace sólo lo que le agrada, no aquello que no tiene más remedio que hacer. Ninguna circunstancia, ninguna realidad previa es condicionante de su actuación. Obra con soberana libertad. El ser humano es una maravilla a los ojos de Dios, porque al crearlo, Dios ha hecho lo que le gustaba. Una verdadera obra de arte, en definitiva. Esa es la palabra griega que utiliza Ef 2,10 para decir lo que es el ser humano: un “poiema” de Dios, una obra de arte divina. Estamos relacionados con Dios como una pintura con el pintor, una pieza de cerámica con el ceramista, un libro con su autor. Esto indica una relación muy estrecha y muy positiva.

Dios al crear al ser humano hizo su mejor obra de arte. Y, como le ocurre a todo artista cuando hace una obra maestra, debió quedarse sorprendido, maravillado, admirado. Nosotros somos un deleite, un placer para Dios (cf. Prov 8,31). Cuando él nos mira se llena de alegría, se sorprende agradablemente al ver esa estupenda maravilla salida de sus manos. Esa mirada positiva de Dios sobre cada uno de nosotros, debería ayudarnos a vernos a nosotros mismos con la misma mirada de Dios, sobre todo en los momentos difíciles y complicados. Yo no puedo hundirme bajo el peso de mis fracasos cuando sé que Dios me mira de esa manera y me ve como la mejor de sus maravillas.

*

Martín Gelabert Ballester, OP

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«Cosas de hombres y de mujeres», por Gema Juan, OCD

miércoles, 17 de febrero de 2016
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21113250998_5e5a5a6778_mDe su blog Juntos Andemos:

Eso decía Gandhi, que avisaba de que Dios no ha creado las fronteras, que eso es cosa de hombres y de mujeres. Cosas de seres humanos que han olvidado lo que les define: la humanidad.

Teresa de Jesús decía que es «gran bestialidad (no) saber qué cosa somos», desconocer nuestra humanidad, olvidar que todos los seres humanos son dignos, iguales, merecedores de una vida buena sin excepción. «No entendemos la gran dignidad de nuestra alma» –decía ella–, no entendemos que somos «como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal»: fuertes, preciosos y luminosos.

Resulta una bestialidad –diría Teresa– que la fuerza, la excelencia y la luz se utilicen para cosas tan poco humanas como dibujar líneas que matan, fronteras que deciden a un lado la vida y a otro la muerte o que inventan cifras, cuotas de existencia.

¿Quiénes somos? Teresa lo vuelve a preguntar, porque ve que «no nos entendemos, ni sabemos lo que deseamos, ni atinamos lo que pedimos». Con dolor, decía: «Ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, qué mal tan incurable!». Y con conciencia de la ceguera, añadía: «¡Oh codicia del género humano, que aun tierra piensas que te ha de faltar!».

Poner fronteras, contar el número de los que caben, desalojar, impedir entrar, evaluar los costes, analizar la desestabilización, preservar la identidad… son solo formas diferentes de resolver profundos problemas del mismo modo: mirando hacia otro lado.

«Esa codicia del género humano» que quiere asegurar su pedazo de tierra y con ella su seguridad, hace olvidar algo que también dice Teresa, orando con dolor y preocupación: «Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia».

Hechura de Dios, sin excepción. Nadie está fuera de la fuente originaria de la vida: eso elimina cualquier diferencia y debería eliminar cualquier desigualdad.

Si hay tanta semejanza entre los seres humanos, se entiende la pregunta que lanzaba una conocida actriz, hablando del éxodo sirio: «¿Cuántos podríamos decir con honestidad que en su posición no haríamos lo mismo, enfrentados al miedo, la pérdida de esperanza y a una evidente falta de voluntad política internacional para acabar con el conflicto?».

Ahora se trata del conflicto sirio, pero será inevitable seguir hablando de tantos que siguen abiertos, con la violencia armada o la violencia sigilosa del hambre, que resume las carencias esenciales. Violencias que provocan éxodos, que alientan el tráfico de personas y que son alimentadas por la codicia humana, que olvida y no quiere ver.

Antes, el nobel Soljenitsin, superviviente de los campos de castigo soviéticos, decía que no se habla ni actúa de la misma manera, desde un barracón, en condiciones inhumanas, bajo vejaciones continuas y amenaza de muerte, que desde el cuarto caliente y ordenado en el que, mucho más tarde, escribía sus libros.

Tal vez, sea necesario recordar estas reflexiones y recordar con Teresa que la tierra que pisamos no es nuestra, sino recibida; la tierra y todo lo demás que, por el mero hecho de haber nacido en una latitud y en un ambiente propicio, se puede lograr.

Y recordar sus palabras, que atañen a todos: «Aquellos bienes no son suyos, sino que se los dio el Señor como a mayordomos suyos, para que partan a los pobres, y que les han de dar estrecha cuenta del tiempo que lo tienen sobrado en el arca, suspendido y entretenido a los pobres, si ellos están padeciendo».

Cuando Teresa habla de la presencia permanente de Jesús, une esa presencia a un modo muy concreto de vivir: «Querer tanto para su prójimo como para sí». Da qué pensar y da una razón imperiosa para querer menos para uno mismo: que llegue a haber para los demás. Y enlaza con lo que el Papa Francisco ha recordado: que los refugiados –y todo sufriente– son la carne de Cristo que pide acogida. Una acogida concreta que requiere criterio y responsabilidad y, también, valor.

La fuerza para acoger a Cristo, a los sufrientes de mil rostros, la da el mismo Jesús que –dice Teresa– «no hace diferencia de Él a nosotros», que ha adelantado su «Sí», para que no haya excusa para hacer diferencias. Y no ir solos, sino «hacerse espaldas», juntarnos «para procurar más su honra y gloria y algún provecho de las almas».

«Entender en obras de caridad y esperar en la misericordia de Dios, que nunca falta a los que en Él esperan», es lo que aconseja Teresa. Mirar de frente y tender la mano a quien necesita un poco de humanidad y confiar en Dios.

Obrar y confiar. También, y sobre todo, eso son cosas de hombres y de mujeres.

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Un cuadro, un hombre y Dios

martes, 16 de febrero de 2016
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Del blog de Henry Nouwen:

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«Un encuentro aparentemente insignificante con un cartel representando un detalle de El Regreso del Hijo Pródigo de Rembrandt hizo que comenzara una larga aventura espiritual que me llevaría a entender mejor mi vocación y a obtener nueva fuerza para vivirla. Los protagonistas de esta aventura son un cuadro del s. XVII y su autor, una parábola del s. I y su autor, y un hombre del s. XX en busca del significado de la vida.

Un día fui a visitar a mi amiga Simone Landrien al pequeño centro de documentación de la comunidad. Mientras halábamos, mis ojos dieron con un gran cartel colgado en su puerta. Vi a un hombre vestido con un enorme manto rojo tocando tiernamente los hombros de un muchacho desaliñado que estaba arrodillado ante él. No podía apartar la mirada. Me sentí atraído por la intimidad que había entre las dos figuras, el cálido rojo del manto del hombre, el amarillo dorado de la túnica del muchacho, y la misteriosa luz que envolvía a ambos. Pero fueron sobre todo las manos, las manos del anciano, la manera como tocaban los hombros del muchacho, lo que me trasladó a un lugar donde nunca había estado antes.

La primera vez que vi El Regreso del Hijo Pródigo, acababa de terminar un viaje agotador de seis semanas dando conferencias por los Estados Unidos, lanzando un llamamiento a las comunidades cristianas para que hicieran todo lo posible por prevenir la violencia y la guerra en América Central. Estaba realmente cansado, tanto que casi no podía andar. Me sentía preocupado, solo, intranquilo y muy necesitado. Durante todo el viaje me había sentido como un guerrero fuerte y valeroso luchando incansablemente por la justicia y la paz, capaz de hacer frente sin miedo al oscuro mundo. Pero ahora me sentía vulnerable como un niño pequeño que quiere gatear hasta el regazo de su madre y llorar.

Tan pronto como las multitudes que me alababan o me criticaban se alejaron, experimenté una soledad devastadora y fácilmente podía haberme rendido a las seductoras voces que me prometían descanso físico y emocional.

Este era mi estado la primera vez que me encontré con El Regreso del Hijo Pródigo de Rembrandt colgado de la puerta del despacho de Simone. Mi corazón dio un brinco cuando lo vi. Tras mi largo viaje, aquel tierno abrazo de padre e hijo expresaba todo lo que yo deseaba en aquel momento. De hecho, yo era el hijo agotado por los largos viajes; quería que me abrazaran; buscaba un hogar donde sentirme a salvo. Yo no era sino el hijo que vuelve a casa; y no quería ser otra cosa. Durante mucho tiempo había ido de un lado a otro: enfrentándome, suplicando, aconsejando y consolando. Ahora sólo quería descansar en un lugar que pudiera sentirlo mío, un lugar donde pudiera sentirme como en casa.

.. Me había puesto en contacto con algo dentro de mí que reposa más allá de los altibajos de una vida atareada, algo que representa el anhelo progresivo del espíritu humano, el anhelo por el regreso final, por un sólido sentimiento de seguridad, por un hogar duradero. Mientras seguía ocupado con mucha gente, envuelto en innumerables asuntos, y presente en multitud de lugares,… El Regreso del Hijo Pródigo estaba conmigo y seguía dando un significado mayor a mi vida espiritual. El anhelo por un hogar duradero que había llegado a mi conciencia gracias al cuadro de Rembrandt, crecía más fuerte y más profundamente convirtiendo al pintor en un fiel compañero y guía.»

*

Henri Nouwen.
El Regreso del Hijo Pródigo. Fragmentos del prólogo.

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No tentarás al Señor, tu Dios

domingo, 14 de febrero de 2016
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¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!
Él es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.
No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Por eso, no triunfarán los malvados en el juicio,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.

*

Salmo 1

***

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.

Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.

Entonces el diablo le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.»

Jesús le contestó:

– «Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre»».

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:

«Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo

Jesús le contestó:

«Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto»».

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras»».

Jesús le contestó:

«Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios»».

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

*

Lucas 4, 1-13

(tomado del canal de youtube de José L. Garcia Mallada )

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«Identificar las tentaciones». 1 Cuaresma – C (Lucas 4,1-13)

domingo, 14 de febrero de 2016
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1-CUAR-267x300Según los evangelios, las tentaciones experimentadas por Jesús no son propiamente de orden moral. Son planteamientos en los que se le proponen maneras falsas de entender y vivir su misión. Por eso, su reacción nos sirve de modelo para nuestro comportamiento moral, pero, sobre todo, nos alerta para no desviarnos de la misión que Jesús ha confiado a sus seguidores.

Antes que nada, sus tentaciones nos ayudan a identificar con más lucidez y responsabilidad las que puede experimentar hoy su Iglesia y quienes la formamos. ¿Cómo seremos una Iglesia fiel a Jesús si no somos conscientes de las tentaciones más peligrosas que nos pueden desviar hoy de su proyecto y estilo de vida?

En la primera tentación, Jesús renuncia a utilizar a Dios para «convertir» las piedras en panes y saciar así su hambre. No seguirá ese camino. No vivirá buscando su propio interés. No utilizará al Padre de manera egoísta. Se alimentará de la Palabra viva de Dios, solo «multiplicará» los panes para alimentar el hambre de la gente.

Esta es probablemente la tentación más grave de los cristianos de los países ricos: utilizar la religión para completar nuestro bienestar material, tranquilizar nuestras conciencias y vaciar nuestro cristianismo de compasión, viviendo sordos a la voz de Dios que nos sigue gritando ¿dónde están vuestros hermanos?

En la segunda tentación, Jesús renuncia a obtener «poder y gloria» a condición de someterse como todos los poderosos a los abusos, mentiras e injusticias en que se apoya el poder inspirado por el «diablo». El reino de Dios no se impone, se ofrece con amor, solo adorará al Dios de los pobres, débiles e indefensos.

En estos tiempos de pérdida de poder social es tentador para la Iglesia tratar de recuperar el «poder y la gloria» de otros tiempos pretendiendo incluso un poder absoluto sobre la sociedad. Estamos perdiendo una oportunidad histórica para entrar por un camino nuevo de servicio humilde y de acompañamiento fraterno al hombre y a la mujer de hoy, tan necesitados de amor y de esperanza.

En la tercera tentación, Jesús renuncia a cumplir su misión recurriendo al éxito fácil y la ostentación. No será un Mesías triunfalista. Nunca pondrá a Dios al servicio de su vanagloria. Estará entre los suyos como el que sirve.

Siempre será tentador para algunos utilizar el espacio religioso para buscar reputación, renombre y prestigio. Pocas cosas son más ridículas en el seguimiento a Jesús que la ostentación y la búsqueda de honores. Hacen daño a la Iglesia y la vacían de verdad.

José Antonio Pagola

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«El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado». Domingo 1º de Cuaresma

domingo, 14 de febrero de 2016
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17-cuaresmaC1 cerezoLeído en Koinonia:

Deuteronomio 26, 4-10: Profesión de fe del pueblo escogido.
Salmo responsorial: 90.
Está conmigo, Señor, en la tribulación.
Romanos 10, 8-13Profesión de fe del que cree en Jesucristo.
Lucas 4, 1-13: El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado.

Análisis

El texto “mi padre era un arameo errante”, fue motivo de arduas discusiones entre los estudiosos hace muchos años. Hoy parece que las aguas se han aquietado. Se afirmó —el gran biblista alemán G. von Rad— que estamos ante un “credo primitivo”, pronunciado en el santuario de Guilgal en la liturgia, y que representa el corazón histórico de Israel. Todo el Hexateuco, sigue diciendo, se formula a partir de este texto. Hoy tenemos muchos elementos para cuestionar su antigüedad, y podemos pensar que otros “credos” (como quizás el de Núm 20,14b-16) son más antiguos. Por otra parte, el esquema opresión-clamor-liberación es muy característico del autor deuteronomista (particularmente del libro de los Jueces) como para pensar en una pura originalidad. La importancia de la tierra, como lugar del descanso, tierra dada por Yahvé también es muy importante en el deuteronomista por lo que no parece fácil seguir sosteniendo lo que von Rad decía. Sin embargo hay un elemento que es característico de los credos israelitas, y no debiera discutirse, y es su dimensión histórica. El Dios de Israel es un Dios que se revela en la historia de su pueblo, en la de ayer y la de hoy. En este sentido es muy importante notar, por un lado los usos de las primeras personas del singular, y los plurales: el orante se planta personalmente ante Dios (“mi padre”, “traigo”…) pero cuando debe hacer memoria de su pecado y la intervención salvadora de Dios recurre al plural: “nos maltrataron”, “nos oprimieron”, “nos impusieron servidumbre”, “clamamos”, “escuchó nuestra voz”… “nos trajo”). Ese cambio de personas puede resumirse diciendo “mi padre era Israel, por lo tanto nosotros somos Israel”.

Tradicionalmente esto no ha tenido dificultad, pues desde siempre la tradición cristiana ha heredado con toda naturalidad esa visión según la cual nuestra fe es una respuesta a la intervención de Dios en la historia. Siempre nos ha parecido «natural» que Dios intervenga en el mundo con hechos milagrosos para decirnos algo, o para hacer algo con su pueblo. A Dios siempre lo hemos pensado como un vecino del piso de arriba, pero como un vecino que puede bajar en cualquier momento, y de hecho está siempre pendiente de nosotros. HOY es muy problemática esta visión, porque no forma parte ya de la cosmovisión moderna entender la realidad cósmica como dos pisos: el nuestro y el de Dios. Como sugiere el título del libro de Lenaers, «No hay un Dios ahí arriba». El Dios altísimo, el dios en lo alto del cielo… ha pasado a ser una frase hecha, con sabor añejo, o rancio, que ya no se sabe bien qué significa, porque en nuestra visión moderna actual no hay dos pisos, ni creemos estar conviviendo con vecinos del segundo piso que puedan bajar a éste en cualquier momento.

Hay además un nuevo problema respecto a la historia. Esas intervenciones de Dios en la historia, bien registradas en la Biblia, están siendo cuestionadas por la arqueología científica. No es el lugar para exponerlo aquí, pero puede ser una buena recomendación para la propia formación el estudiar el tema del «nuevo paradigma arqueológico bíblico»: hay toda una nueva visión –documentada, científica, arqueológica– sobre la historicidad de hechos principales que narra la biblia, y que desde siempre creímos literalmente históricos. En realidad no es nada nuevo, pues ya hace mucho tiempo que sabemos que Moisés no escribió el Pentateuco, o que Jesús no nació el 25 de diciembre ni en Belén… pero hay nuevos datos muy llamativos sobre otros elementos cuya historicidad sería decisiva. (Véase la revista VOICES (http://eatwot.net/VOICES) y tómese su último número –en línea, gratuito–; ofrece un buen material de lectura para iniciarse en el tema).

La Iglesia nos propone el Salmo 91 (90) por ser, precisamente, el que utilizará el diablo en la tentación. Quizá para que podamos ver cómo «sacar un texto de contexto puede ser diabólico»… No es unánime la opinión de frente a qué tipo de Salmo nos encontramos, y esto condiciona la interpretación. Unos piensan en un diálogo litúrgico, otros en una homilía sapiencial.

Luego de la sección teológica de la carta a los romanos (caps 1-8) y antes de la sección parenética (caps. 12-15), Pablo introduce un paréntesis sobre Israel (caps. 9-11). Paréntesis que no es ajeno a la totalidad de la misma ya que desde el comienzo nos dijo que la salvación es para todos, pero “primero para los judíos” (1,16; 2,10). Sin embargo, sus “hermanos de raza” demoran en reconocer a Cristo, y Pablo manifiesta su dolor por ello; de todos modos lo ve como un tiempo pedagógico de Dios para dar oportunidad a la conversión de los paganos. Después -quizá movidos por los celos- todo Israel se salvará (11,26). Pero esto no exime de responsabilidad a los judíos ya que miran la justicia que les viene de ellos mismos y no la que viene de Dios. La iniciativa de Dios (gracia) es uno de los temas centrales de la teología paulina, y es grave creer que de nosotros depende. Ese es el motivo, además, por el que Pablo abunda en citas de la Escritura en esta unidad. Este es el marco del párrafo que hoy nos propone la liturgia. Es evidente, y el manejo de los textos lo confirma, que Pablo es consciente de estar polemizando.

Parece que la fuente Q –en la que el evangelio de Lucas se inspira– expresó en tres tentaciones tomadas de las tentaciones del pueblo en el desierto, las tentaciones que tuvo Jesús en su ministerio, al menos las dos últimas aparecen destacadas. Allí donde Israel no supo hacer la voluntad de Dios, Jesús surge fiel, verdadero “Hijo” como ya el Bautismo lo había mostrado. Esto confirma la intención cristológica del relato, y también su probable intencionalidad polémica con el Israel de su tiempo.

Dado que la primera hace referencia a la “palabra de Dios”, la segunda a lo político y la tercera al Templo, algunos han pensado que se estaría ante una triple tentación profética, real y sacerdotal, pero no parece que eso esté en juego aquí. Sólo la tentación real aparece clara, mientras que la profética y más aún la sacerdotal no se revelan, y más aún, parecen muy improbables. Las respuestas apuntan en otra dirección.

En el relato de Lucas, a diferencia del de Juan, Jesús va del desierto a la ciudad, y en la ciudad comienza su ministerio, como en la ciudad culminará todo para desde allí comenzar, siempre conducido por el Espíritu el tiempo nuevo de la Iglesia. En la primera tentación, el diablo no discute que Jesús sea el Hijo de Dios, lo da por supuesto, y lo tienta a convertir en pan una piedra ya que lógicamente tiene hambre. Más que un “nuevo pueblo”, Jesús es “hijo de Dios”, “el Hijo de Dios”. ¿Por qué Jesús no obra el milagro? Porque los milagros que Jesús hace son siempre para los otros, como la multiplicación de los panes: allí Jesús mismo se preocupa: “denles ustedes de comer” (9,13). La segunda es la tentación de poder (exousía) política. En tiempos donde todo el mundo conocido está sometido al imperio romano, se puede ver de un golpe de vista todo: el imperio mismo es diabólico y perverso. E idólatra. La tercera tentación no sólo tiene como característica que ocurre en Jerusalén, sino también que el diablo cita la Escritura. La Escritura mal citada, o mal leída, también puede ser diabólica, o idolátrica. Por otra parte, Jesús deja muy claro que su ministerio es para otros, no para él. No es salvarse a sí mismo, como tampoco en la cruz: “si eres… sálvate” (23,35.37.39).

Como dos rabinos, Jesús y el diablo discuten con citas bíblicas. Y nos queda claro que es falso servidor de Dios el que se sirve de su ministerio en su propio provecho, que no es propio de los fieles a Dios reclamar milagros ya que Dios puede salvar sin necesidad de estas obras “maravillosas” o “teatrales”. Jesús nos muestra -con su vida- el camino de la obediencia de hijo conducido por el espíritu.

Comentario

El evangelio de Lucas, nos pone a Jesús en paralelo con el pueblo de Israel. En las mismas circunstancias en las que el pueblo fue infiel, Jesús sale adelante; y para resaltar el paralelo entre ambas situaciones, el evangelista recurre al desierto y a citas del Deuteronomio. Allí donde Israel cayó, allí Jesús sale adelante. Más que un acontecimiento es una plataforma, un programa: unidos a Jesús nada tenemos que temer, sólo el amor cuenta. Deberíamos aprovechar la Cuaresma para revisar cuántos desencuentros, cuántas infidelidades, cuántas injusticias… Pero, al revisarlas, corregirlas; es que la Cuaresma es tiempo de conversión, y conversión significa caminar, camino de vuelta al Padre.

Mientras el pueblo de Israel, en la tentación, no fue fiel y cedió, ahora nos encontramos a Jesús en la misma situación, en la misma tentación. ¡Y triunfa! Jesús aparece en el Evangelio de hoy como el que vence la tentación. Porque es posible vencerla. Muchas voces, de dentro y de fuera buscan separarnos de Dios, de sus proyectos, de sus caminos. Pero hay una voz más fuerte, más firme, que puede vencer esas otras voces si disponemos el corazón para escucharla. Hace falta tener un oído muy fino, un silencio atento, un corazón dócil. Leer más…

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Dom 14.2.16. El Diablo de (= que tentó a) Jesús.

domingo, 14 de febrero de 2016
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49_bDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 1 Cuaresma, ciclo C. Es el domingo del Diablo, que quiere apoderarse de Jesús No era un diablo cualquiera (=un demonio) , sino el Diablo, Uno y Falso, en contra de Dios que es Uno y Verdadero.

Como sabe bien la tradición judía (y luego la cristiana), Diablo sólo hay Uno, y es el anti-Dios; demonios, en cambio, hay casi infinitos, tantos como seres humanos, pues cada hombre tiene su ángel, pero también su demonio, su “yo deformado”, de manera la historia verdadera de cada ser humano culmina allí donde el ángel que lleva dentro de sí destruye (aniquila) a su demonio.

Ésta es una historia compleja y profunda, que ha sido revelada por las Escrituras, pero que nuestro mundo parece olvidarla,
quedando así a merced de sus propios demonios, que no son los que aparecen en las películas, casi siempre simplistas, de exorcismos, sin otros mucho peligrosos. El Nuevo Testamento ha distinguido con toda precisión:

‒ Los hombres normales tenemos “demonios”, y en nuestra tradición eclesiástica muchos son demonios sexuales de tercera categoría… De todas formas, hay algunos demonios más profundo: de destrucción psíquica, de posesión mental, de destrucción humana contra los que luchó Jesús y contra los debe luchar su iglesia. Pero el Diablo en sí sólo se ha revelado por Jesús.

‒ Como Hijo de Dios (Dios en persona sobre el mundo), Jesús ha debido enfrentarse con el Diablo, es decir, con el Anti-Dios, el Jefe de todos los demonios, como dicen con toda precisión Mc 1, 12-13, Mt 4, 1-11 y Lc 4, 1-13, que es, con el pasaje de la cruz y de la pascua, el más profundo del Nuevo Testamento.
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‒ Los demonios de ese Diablo de Jesús dominan y enloquecen a los hombres y mujeres que se dejan poseer por ellos (siendo en gran medida chivos expiatorios de una sociedad que expresa en ellos su potencial diabólico), para así enfrentarse contra el Diablo en persona. Era Todo-Dios, pero pudo convertirse en Todo-Diablo, porque se arriesgó a penetrar en su hondura, para allí vencerlo con su amor creador. Así descubrió Jesús que el auténtico Diablo y sus demonios se sitúan en el plano del Pan/Capital, del Poder/Opresión y de la Ideología/Mentira (en principio de tipo religioso)

Se sabía ya que hay Diablo-Uno y demonios-infinitos en el Antiguo Testamento. Pero sólo en (por) Jesús se ha desvelado en toda su fuerza el Diablo, como el Anti-Dios, que es en realidad el Anti-Cristo.

Nunca se había revelado con esa claridad, nadie lo había visto con esa hondura, ni Platón ni Confucio, ni Zoroastro ni Buda… Sólo Jesús lo ha visto, sólo Jesús ha luchado de esa forma contra él, no contra un demonio de segunda o tercera categoría, sino contra el mismo Diablo.

Este Diablo de Jesús es Uno, y son al mismo tiempo Tres, como ha puesto de relieve con claridad escalofriante el autor del Apocalipsis. No es un demonio particular, es lo Diabólico, el mismo anti-Dios. Sólo allí donde Dios se revela con toda claridad se alza y eleva también el Diablo, Aquello/Aquel que es opuesto a Dios. Sólo Jesús lo ha visto de esa forma, como muestran sus tres tentaciones:
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‒ El Diablo (lo contrario a Dios) es el pan convertido en (=destruido por el) Dinero, los bienes del mundo que se vuelven Capital, para así dominar sobre todo lo que existe. Ésta es la Primera Persona del Diablo, la Mamona (como sabe Mt 6, 24: No podéis servir a Dios ya a Mamona).

‒ La Segunda Persona del Diablo es el Poder, convertido en dominio que esclaviza: “Todo esto te daré…”. No es poder para dar y compartir, sino para dominar y destruir. Es el Poder que convierte a todos los demás en siervos, destruyendo la libertad, condenando a todos a la esclavitud. Éste es el Segundo Diablo.

‒ La Tercera Persona del Diablo es la Ilusión Religiosa, la verdad hecha Mentira: “Tírate del templo y vendrán los ángeles de los milagros a salvarte…”. Ésta es la magia y el engaño de la ideología, que quiere dominar y destruirlo todo a través de un dominio religioso pervertido…

Con esto debería bastar para leer el texto de Lc 4, 1-13, y entenderlo, cada uno desde su propio lugar o circunstancia. Así lo presentaré a continuación, para ofrecer después una historia inicial del Diablo y sus demonios, que presentaré como un “torso”, sin profundizar en ella, sin sacar las consecuencias.

Más adelante, otro día, retomaré el hilo conductor del tema para aclarar en lo posible parte de ese gran ovillo del Diablo y sus Demonios dentro de nuestra historia. Buen domingo a todos, buena Cuaresma .
Imágenes de Blake… Representación medieval.

Texto: El Diablo, las tentaciones de Jesús: Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.
Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.» Jesús le contestó: «Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre»».

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.»Jesús le contestó: «Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto»».

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras»». Jesús le contestó: «Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios»».

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

El Diablo y los demonios, introducción temática

Demonios, un dato cultural y antropológico

Los demonios (del griego daimón, con diminutivo en daimonion) constituyen uno de los elementos más constantes de la religiosidad antigua. Se supone que arriba puede haber un Dios fundante, Padre de los dioses y principio de la vida de este mundo. O también puede pensarse que hay un tipo de divinidad abarcadora, que se identifica con el ritmo de equilibrio y movimiento del conjunto de este cosmos. Pero al lado de ese Dios-divinidad suele extenderse un mundo de poderes sobrehumanos, de númenes, de dioses o de espíritus, que influyen en la vida de los hombres de una forma benéfica o perversa.

Éste es el campo en que se mueven los «daimones». Se trata de poderes que actúan y se expresan en los planos más diversos de la realidad, entre las fuerzas de este cosmos: en la fuente, el árbol o la piedra, el bosque o la montaña sagrada. Pero se desvelan especialmente en los hombres: en su excitación poética o su enfermedad, en su poder o su impotencia.

Originariamente esos espíritus-daimones no son malos. Carecen de carácter moral y se harán buenos o malos según las circunstancias. Esa distinción moral de los espíritus parece introducida por los persas y después por los judíos. Sea como fuere, estos demonios llenan el espacio intermedio entre Dios y los hombres (la tierra). Leer más…

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Las tentaciones de Jesús. Primer Domingo de Cuaresma. Ciclo C

domingo, 14 de febrero de 2016
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Tentacion jesusDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El primer domingo de Cuaresma se dedica siempre a recordar el episodio de las tentaciones de Jesús. También los evangelios sinópticos abren la vida pública de Jesús con ese famoso episodio. Es un relato programático, para que el lector del evangelio sepa desde el primer momento cómo orienta Jesús su actividad y los peligros que corre en ella. Para eso, enfrentan a Jesús con Satanás, que encarna a todas las fuerzas de oposición al plan de Dios, y que intentará apartar a Jesús de su camino.

            Marcos habla de ellas de forma escueta y misteriosa: “En seguida el Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, y Satanás lo ponía a prueba; estaba con las fieras y los ángeles le servían” (Mc 1,12-13). Tenemos los datos básicos que recogerán todos los evangelios (menos Juan, que no habla de las tentaciones): lugar (desierto), duración (40 días), la prueba. Pero Mc no habla del ayuno ni concreta en qué consistían las tentaciones; y el servicio de los ángeles es continuo durante esos días.

            Mateo y Lucas, utilizando una tradición paralela, han completado el relato de Marcos con las tres famosas tentaciones que todos conocemos; al mismo tiempo, presentan a Jesús ayunando durante esos cuarenta días (igual que Moisés en el Sinaí) y relegan el servicio de los ángeles al último momento.

            Las tentaciones empalman directamente con el episodio del bautis­mo y explican cómo entiende Jesús lo que dijo en ese momento la voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. ¿Significa esto que la vida de Jesús vaya a ser cómoda y maravillosa como la de un príncipe?

1ª tentación: utilizar el poder en beneficio propio

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.

Jesús le contestó:

—Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre«.

Partiendo del hecho normal del hambre después de cuarenta días de ayuno, la primera tentación es la de utilizar el poder en beneficio propio. Es la tentación de las necesidades imperiosas, la que sufrió el pueblo de Israel repetidas veces durante los cuarenta años por el desierto. Al final, cuando Moisés recuerda al pueblo todas las penalidades sufridas, le explica por qué tomó el Señor esa actitud: “(Dios) te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3). En la experiencia del pueblo se han dado situaciones contrarias de necesidad (hambre) y superación de la necesidad (maná). De ello debería haber aprendido dos cosas. La primera, a confiar en la providencia. La segunda, que vivir es algo mucho más amplio y profundo que el simple hecho de satisfacer las necesidades primarias. En este concepto más rico de la vida es donde cumple un papel la palabra de Dios como alimento vivificador. En realidad, el pueblo no aprendió la lección. Su concepto de la vida siguió siendo estrecho y limitado. Mientras no estuviesen satisfechas las necesidades primarias, carecía de sentido la palabra de Dios.

Lo que acabo de decir refleja el gran problema teológico de fondo. En la práctica, la tentación se deja de sutilezas y va a lo concreto: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús, el nuevo Israel, no necesita quejarse del hambre, ni murmurar como el pueblo, ni acudir a Moisés. Es el Hijo de Dios. Puede resolver el problema fácilmente, por sí mismo. Pero Jesús, el nuevo Israel, demuestra que tiene aprendida desde el comienzo esa lección que el pueblo no asimiló durante años: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”.

En realidad, la enseñanza de Jesús en esta primera tentación es tan rica que resulta imposible reducirla a una sola idea. Está el aspecto evidente de no utilizar su poder en beneficio propio. Está la idea de la confianza en Dios. Pero quizá la idea más importante, expresada de forma casi subliminar, es esa visión amplia y profunda de la vida como algo que va mucho más allá de la necesidad primaria y se alimenta de la palabra de Dios.

2ª tentación: Tener, aunque haya que arrastrarse

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:

—Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.

Jesús le contestó:

—Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto».

La segunda tentación no es la tentación provocada por la necesidad urgente, sino por el deseo de tener todo el poder y la gloria del mundo. ¿Es esto malo, tratándose del Mesías? Los textos proféticos y algunos Salmos hablaban de su dominio cada vez mayor, universal, concedido por Dios. Pero Satanás parte de un punto de vista muy distinto, propio de la mentalidad apocalíptica: el mundo presente es malo, no está en manos de Dios, sino en las suyas; es él quien lo domina y entrega su poder a quien quiere. Solo pone como condición que se postren ante él, que lo reconozcan como dios. Jesús se niega a ello, citando de nuevo un texto del Deuteronomio: “Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, a él solo darás culto”.

El relato es tan fantástico que cabe el peligro de no advertir su tremenda realidad. El ansia de poder y de gloria lo percibimos continuamente (mucho más en España en tiempos de elecciones y de formación de gobierno), y también queda clara la necesidad de arrastrarse para conseguir ese poder. Pero este peligro no es solo de políticos, banqueros y grandes empresarios. Todos nos creamos a menudo pequeños ídolos ante los que nos postramos y damos culto.

3ª tentación: pedir pruebas que corroboren la misión encomendada.

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras».

Jesús le contestó:

—Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios».

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

En 1972, cuando todavía estaba permitido llegar hasta el pináculo del Templo de Jerusalén, tuve ocasión de contemplar la impresionante vista de las murallas de Herodes prolongándose en la caída del torrente Cedrón. Una de las pocas veces en mi vida en las que he sentido vértigo. En ese escenario sitúa Satanás a Jesús para invitarlo a que se tire, confiando en que los ángeles vendrán a salvarlo.

Esta tentación se presta a interpretaciones muy distintas. Podríamos considerarla la tentación del sensacionalismo, de recurrir a procedimientos extravagantes para tener éxito en la actividad apostólica. La multitud congregada en el templo contempla el milagro y acepta a Jesús como Hijo de Dios. Pero esta interpretación olvida un detalle importante: el tentador nunca hace referencia a esa hipotética muchedumbre, lo que propone ocurre a solas entre Jesús y los ángeles de Dios.

Por eso considero más exacto decir que la tentación consiste en pedir pruebas que corroboren la misión encomendada. Nosotros no estamos acostumbrado a esto, pero es algo típico del Antiguo Testamento, como recuerdan los ejemplos de Moisés (Ex 4,1‑7), Gedeón (Jue 6,36‑40), Saúl (1 Sam 10,2‑5) y Acaz (Is 7,10‑14). Como respuesta al miedo y a la incertidumbre espontáneos ante una tarea difícil, Dios concede al elegido un signo milagroso que corrobore su misión. Da lo mismo que se trate de un bastón mágico (Moisés), de dos portentos con el rocío nocturno (Gedeón), de una serie de señales diversas (Saúl), o de un gran milagro en lo alto del cielo o en lo profundo de la tierra (Acaz). Lo importante es el derecho a pedir una señal que tranquilice y anime a cumplir la tarea.

            Jesús, a punto de comenzar su misión, tiene derecho a un signo parecido. Basándose en la promesa del Salmo 91,11‑12 (“a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; te llevarán en volandas para que tu pie no tropiece en la piedra”), el tentador le propone una prueba espectacular y concreta: tirarse del alero del templo. Así quedará claro si es o no el Hijo de Dios.

            Sin embargo, Jesús no acepta esta postura, y la rechaza citando de nuevo un texto del Deuteronomio: “No tentarás al Señor tu Dios” (Dt 6,16). La frase del Deuteronomio es más explícita: “No tentaréis al Señor, vuestro Dios, poniéndolo a prueba, como lo tentasteis en Masá”. ¿Qué ocurrió en Masá? Lo cuenta el libro de los Números en el c.17,1-7: el pueblo, durante la marcha por el desierto, se queja por falta de agua para beber. Y en esta queja se esconde un problema mucho más grave que el de la sed: la auténtica tentación consiste en dudar de la presencia y la protección de Dios: «¿Está o no está con nosotros el Señor?» (v.7). En el fondo, cualquier petición de signos y prodigios encubre una duda en la protección divina. Jesús confía plenamente en Dios, no quiere signos ni los pide. Su postura supera con mucho incluso la de Moisés.

            Cuando termina el relato de las tentaciones, Lucas añade que “el tentador lo dejó hasta otro momento”. Ese momento será al final de la vida de Jesús, cuando esté crucificado.

Nuestras tentaciones

Las tentaciones tienen también un valor para cada uno de nosotros y para toda la comunidad cristiana. Sirven para analizar nuestra actitud ante las necesidades, miedos y apetencias y nuestro grado de interés por Dios.

1) La necesidad primaria: afecto, comprensión.

2) ¿Está Dios en medio de nosotros?

3) La tentación de tener.

4) La tentación del dejarse arrastrar, dejar hacer a los demás, callar.

1ª lectura: recordar nuestra historia con gratitud (Deuteronomio 26, 4-10)

            El texto del Deuteronomio recoge la oración que pronuncia el israelita cuando, después de la cosecha, ofrece a Dios las primicias de los frutos. Va recordando la historia del pueblo, desde Jacob (“mi padre era un arameo errante”), la opresión de Egipto, la liberación y el don de la tierra. En el contexto de la cuaresma, esta lectura nos invita a pensar en los beneficios recibidos de Dios y a ser generosos con él. El agradecimiento a Dios es más importante incluso que la mortificación cuaresmal.

Dijo Moisés al pueblo:

—El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios:

            «Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado«.

            Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios».

2ª lectura: confesar al Señor e invocarlo (Romanos 10, 8-13)

            En este breve pasaje Pablo comenta dos frases de la Escritura, aplicándolas al tema de la salvación personal (1ª cita) y de toda la humanidad (2ª cita). ¿Cómo se alcanza la salvación? Confesando que Jesús es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos. Algo que estamos tan acostumbrados a repetir que no valoramos rectamente. A mediados del siglo I, confesar a Jesús como Señor (Kyrios), cuando el Emperador romano era considerado el único Kyrios (César), suponía mucho valor. Y confesar que Dios lo había resucitado podía provocar más sonrisas y escepticismo del que podemos imaginar.

            La segunda cita «Nadie que cree en él quedará defraudado» la interpreta Pablo de forma revolucionaria. Para un judío, estas palabras sólo podrían aplicarse a los judíos, al pueblo elegido. Ellos serían los único en no quedar defraudados. En cambio Pablo la aplica a toda la humanidad, judíos y griegos. Cualquiera que invoca el nombre del Señor alcanzará la salvación.

Hermanos:

La Escritura dice:

«La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón».

Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos. Porque, si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación.

Dice la Escritura:

«Nadie que cree en él quedará defraudado».

Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará».

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I Domingo de Cuaresma 13 febrero, 2016

domingo, 14 de febrero de 2016
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cuaresmaIdom2016

“Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Lc 4, 3

Tras la fuerte e íntima experiencia de su propio Bautismo, Jesús se dirige al desierto. Acaba de conocer quién es, su identidad: “Tú eres mi Hijo amado”. Hijo y Mesías, Hijo y enviado, el Ungido.

Por la fragilidad de su condición humana necesita tiempo, espacio, pensar, asimilar su identidad y, en función de ella, reorientar su vida. Se retira al silencio y a la soledad del desierto. Con el paso de los días y lejos de las distracciones exteriores, es ahí, en la quietud del desierto, de su desierto, en medio de la nada, en su noche cuando le asaltan los temores y la voz de su ego: “si eres hijo de Dios…” Reto que también le acompañará en la Cruz: “si eres hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la cruz”.

Lo es. Es Hijo de Dios, y además, Amado. Sentir esa certeza en lo más profundo de su ser es lo que le lleva a permanecer, al igual que en la cruz hasta el final, en la soledad del desierto, en su noche, en la nada. Y sin embargo, esa misma permanencia le agudiza la escucha de la Palabra llenándole de confianza y seguridad, agarrándose a ella una y otra vez, y mirando cara a cara a sus temores: “Está escrito…”.

Jesús escucha la Palabra, la acoge en su corazón, la pronuncia con sus labios y la cumple por medio de sus acciones. Interesante y difícil tarea la que nos propone para, al menos, estos cuarenta largos días de Cuaresma que comenzamos. Podemos prestar especial atención a nuestra manera de escuchar la Palabra, de escuchar las palabras de quienes nos rodean, reflexionar sobre el valor que damos a nuestras propias palabras e interrogarnos cuántas veces rompemos el Silencio pronunciando palabras absurdas.

Dios Trinidad, nuestro corazón está alegre
porque sabe que tú lo escuchas y lo miras.
Ojalá tu Palabra se sienta escuchada y acogida por nuestro corazón.
Ojalá nuestros labios no la corrompan al pronunciarla.
Ojalá nuestras acciones sean reflejo suyo.
Amén.

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Resulta, que Dios está desnudo

viernes, 12 de febrero de 2016
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naked-jesus

No puedo dejaros así,
dejaros de la mano tan a oscuras,
por aquí,
seguid a mis palabras, un momento…..
Los que echáis un borrón de tinta sobre la estampa de una muchacha
con los senos al aire;
mis religiosos murmuradores,
dejar de tejer vuestro ganchillo de censuras.
Oh mi venenosas y dulces viejecitas beatas,
ya tenéis edad para comprender.
Qué fácil es verle cuando no se hace daño.
Resulta, que Dios está desnudo
el que no quiera verle, que no mire.

*

GLORIA FUERTES
Obras incompletas.

Michelangelo-risen-Christ-with-original(Cristo de Miguel Ángel antes y después de la censura)

***

 

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«Catadora de vino», por Dolores Aleixandre

jueves, 11 de febrero de 2016
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Fondo-blog-460x250De su blog Un Grano de Mostaza:

Hace unos cuantos años un colega jesuita dijo delante de mí: “Dolores es la Corín Tellado de la teología”. Me fastidió un poco, la verdad, y no solo por la impertinencia, sino también por la posible “pertinencia” de su opinión: me estaba recordando que lo mío no es el “alto pensamiento teológico”, sino el intento de hablar de las cosas de Dios en el lenguaje de todos los días; que soy una escritora “de vuelo corto”, una cuentacuentos a lo divino.

Me encanta que haya otras mujeres teólogas más capacitadas para reflexionar en profundidad y debatir con rigor temas más arduos, pero mis estudios académicos están almacenados en algún rincón de la memoria que visito con poca frecuencia. La especulación teológica me ha dejado casi siempre fría y en cambio, en cuanto abro la Biblia, me arde el corazón. Ahí encuentro a quien quiero parecerme en mi tarea de biblista: a Sara, por ejemplo, la primera mujer que “hizo teología” y que la inauguró afirmando de Dios algo que elevaba la risa y el humor a una categoría casi teologal: “El Señor me ha hecho reír, y todos los que se enteren reirán conmigo” (Gen 21,6).

También me atrae Noemí, la Job en femenino, que se atrevió a hablar de Dios con nombres terribles que expresaban queja y rebeldía: el Señor es “el que me ha vaciado”, “el que me ha vuelto amarga”… (Rut 1,21) Ella no lo sabía, pero estaba abriendo la puerta a todos los que necesitan expresar ante Dios sus quejas, sus reproches y hasta su ira, seguros de que no le ofende que derramemos ante Él con libertad todo aquello que desborda nuestro corazón. Por cierto: frente a los 42 capítulos de Job, a Noemí le bastan dos versos para decir más o menos lo mismo.

Los sirvientes de las bodas de Caná me enseñan también mucho sobre el oficio teológico y Juan 2,9 ofrece un dato precioso sobre ellos: “El maestresala probó el vino nuevo sin saber su procedencia (sólo lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua)”. Lo mismo que ellos, me gustaría ser una especie de camarera con delantal que ha probado el Vino, tiene la suerte de saber por qué es el mejor que nadie haya probado nunca y lo va ofreciendo de acá para allá.

Y que dedica tiempo a buscar palabras que despierten en otros el deseo de conocer más al Gran Copero.

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«Reconocer el pecado». 5 Tiempo ordinario – C (Lucas 5,1-11)

domingo, 7 de febrero de 2016
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5-TO-CEl relato de «la pesca milagrosa» en el lago de Galilea fue muy popular entre los primeros cristianos. Varios evangelistas recogen el episodio, pero solo Lucas culmina la narración con una escena conmovedora que tiene por protagonista a Simón Pedro, discípulo creyente y pecador al mismo tiempo.

Pedro es un hombre de fe, seducido por Jesús. Sus palabras tienen para él más fuerza que su propia experiencia. Pedro sabe que nadie se pone a pescar al mediodía en el lago, sobre todo si no ha capturado nada por la noche. Pero se lo ha dicho Jesús y Pedro confía totalmente en él: «Apoyado en tu palabra, echaré las redes».

Pedro es, al mismo tiempo, un hombre de corazón sincero. Sorprendido por la enorme pesca obtenida, «se arroja a los pies de Jesús» y con una espontaneidad admirable le dice: «Apártate de mí, que soy pecador». Pedro reconoce, ante todos, su pecado y su absoluta indignidad para convivir de cerca con Jesús.

Jesús no se asusta de tener junto a sí a un discípulo pecador. Al contrario, si se siente pecador, Pedro podrá comprender mejor su mensaje de perdón para todos y su acogida a pecadores e indeseables. «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres». Jesús le quita el miedo a ser un discípulo pecador y lo asocia a su misión de reunir y convocar a hombres y mujeres de toda condición a entrar en el proyecto salvador de Dios.

¿Por qué la Iglesia se resiste tanto a reconocer sus pecados y confesar su necesidad de conversión? La Iglesia es de Jesucristo, pero ella no es Jesucristo. A nadie puede extrañar que en ella haya pecado. La Iglesia es «santa» porque vive animada por el Espíritu Santo de Jesús, pero es «pecadora» porque no pocas veces se resiste a ese Espíritu y se aleja del evangelio. El pecado está en los creyentes y en las instituciones; en la jerarquía y en el pueblo de Dios; en los pastores y en las comunidades cristianas. Todos necesitamos conversión.

Es muy grave habituarnos a ocultar la verdad pues nos impide comprometernos en una dinámica de conversión y renovación. Por otra parte, ¿no es más evangélica una Iglesia frágil y vulnerable que tiene el coraje de reconocer su pecado, que una institución empeñada inútilmente en ocultar al mundo sus miserias? ¿No son más creíbles nuestras comunidades cuando colaboran con Cristo en la tarea evangelizadora, reconociendo humildemente sus pecados y comprometiéndose a una vida cada vez más evangélica? ¿No tenemos mucho que aprender también hoy del gran apóstol Pedro reconociendo su pecado a los pies de Jesús?

José Antonio Pagola

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«Dejándolo todo, le siguieron». Domingo 7 de febrero de 2016. Domingo 5º Ordinario.

domingo, 7 de febrero de 2016
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13-ordinario5 (C) cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 6, 1-2a. 3-8: Aquí estoy, mándame.
Salmo responsorial: 137: Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
1Corintios 15, 1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Lucas 5, 1-11: Dejándolo todo, lo siguieron.

El autor de la primera lectura ubica la escena en un tiempo concreto, año 740 a.C. que corresponde a la muerte del rey Osías (740 a.C). El relato se divide en dos partes: la visión (vv. 1-4) y la reacción del profeta (vv. 5-8). Una tercera parte, que ha sido excluida en nuestro texto litúrgico (vv. 9-13), cuenta la misión que recibe el profeta. Realmente todo el capítulo 13 forma una unidad literaria. Por su similitud con los relatos de vocación de Jeremías y Ezequiel, que tienen estas mismas tres partes, algunos consideran este relato como de vocación. Sin embargo, el contenido nos lleva a pensar en un relato de misión.

La escena comienza a desarrollarse probablemente en el templo de Jerusalén, donde el profeta recibe la visión de una liturgia celeste. El profeta ve a Yahvé con los rasgos de un rey, ejerciendo su poder. También sobresale un lenguaje de plenitud expresado en frases como “el ruedo de su manto llenaba el templo”, “su gloria llena la tierra toda”… Los serafines (serafín = ardiente), seres alados de fuego, que no son todavía los ángeles de la tradición posterior, están por encima del rey, en actitud de servicio. Los serafines entonan el canto del «santo, santo, santo». La santidad de Dios se hace visible a través de su gloria, y la gloria de Dios se manifiesta a través de sus obras en la creación y de sus acciones liberadoras a favor de su pueblo.

En los vv. 5-7 se nos muestra la reacción de Isaías ante la visión, poniendo el acento en la impureza de sus labios y los de su pueblo. Se siente perdido por que tal vez no habló en el momento que lo debía hacer, esto lo hace impuro e incapacitado para ejercer su vocación de hablar en le nombre de Yahvé. La exclamación angustiosa que expresa conversión es atendida con un serafín quien a través de un carbón encendido toca su boca para que le sean perdonados sus pecados. Isaías entonces está habilitado de nuevo como profeta, no sólo para hablar sino para escuchar la voz de Dios que busca un profeta. Pasando de la angustia del pecado a la seguridad de estar acreditado para hacer de profeta, responde de inmediato “aquí me tienes”, manifestando así su disponibilidad y pertenencia absoluta a la voluntad del Señor.

Todo el capítulo 15 de 1 Corintios tiene como eje temático la resurrección de Jesucristo, puesta en duda en el v.12: “¿cómo dice alguno que no hay resurrección de los muertos?”. Al comenzar el capítulo Pablo recuerda la Buena Nueva como el mejor regalo entregado a la comunidad de Corinto, regalo que fue recibido y mantenido con fidelidad a las palabras anunciadas. Aparece claro que el elemento común a los cristianos de todos los pueblos, culturas y tradiciones es la palabra de Dios. El contenido de la Buena Nueva lo describe Pablo citando un fragmento del primer credo cristiano que tiene como protagonista a Cristo, como testimonio de solidaridad, su muerte por nuestros pecados, como punto de referencia, las Escrituras, como respuesta solidaria humana, su sepultura, como intervención directa de Dios, su resurrección, como testigos de la resurrección, a todos los que se les apareció. El Dios de la Vida y la vida de nuestro pueblo es la razón de ser de toda vocación cristiana, que es vocación a defender y acrecentar la vida. «Para que tengan Vida y Vida en abundancia».

En el evangelio de hoy nos encontramos con un diálogo entre Jesús y Pedro, sencillo y profundo a la vez, diálogo que podríamos hacer nuestro en medio de las aguas tempestuosas de este mundo mientras nos esforzamos en nadar contra corriente. Pedro, por el oficio, era el experto en lugares y horas precisas para pescar. Sabía que en la noche y con las aguas tranquilas se pesca mejor, eso había estado haciendo toda la noche ¡y no habían cogido ni un pececito! Pero llega Jesús que sin ser pescador le dice sencillamente, que eche las redes para pescar…

Pedro, el experto, pudo haber dicho que no, que no era ni la hora ni el lugar para pescar y todo hubiera quedado ahí. Pero no, calla su experiencia y sabiduría (“hemos pasado toda la noche bregando”); reconoce su fracaso y desilusión (“no hemos cogido nada”), y “en nombre de Jesús echa las redes”. Y ya conocemos el final del relato: ¡una pesca maravillosa! Cuando Jesús le pide a Pedro que “reme mar adentro” lo está invitando a una aventura que lo lleva más allá de las playas cotidianas en busca de un horizonte mucho más amplio. Y Pedro cree en la palabra de Jesús.

Éste es el verdadero milagro: creer cuando todo parece ilógico. La abundante pesca y las redes llenas de peces son sólo la consecuencia de la fe. Todos los relatos de milagros en el evangelio comienzan con la fe o la suscitan, es la condición para ver la acción de Jesús. Cuando no la hay, Jesús simplemente se va a la otra orilla como veremos en las próximas semanas. Si creemos en Jesús entonces se realiza el milagro!

Claro, la cosa no es tan sencilla, se necesita una fe muy grande dada por Dios. Pidamos esa fe para que igual que Pedro, creamos en Jesús, obedezcamos su palabra, rememos mar adentro y echemos las redes para pescar, entonces, veremos otro milagro en nuestras vidas y en nuestra comunidad.

Y es que ser discípulos de Jesús exige confiar en su palabra. La misión a la que Jesús nos quiere enviar es osada y, hoy por hoy, con pocas probabilidades de éxito. Jesús quiere contar con nosotros y nosotras para el proyecto de Reino. Jesús convoca a los Apóstoles para que sean pescadores de personas, por eso toda vocación exige «remar mar adentro» para abandonar las seguridades de la orilla, tener un horizonte ilimitado asumir responsabilidades y meterse en una gran obra: el servicio al Reinado de Dios, es decir, una utopía de la que serán beneficiaros todos los hombres y mujeres del mundo.

Sin que desmerezca el oficio de los pescadores, lo que le propone Jesús a Pedro es una superación en el oficio que hasta ahora había desempeñado: pescar hombres y mujeres para el Reino es una empresa más noble y difícil que pescar peces, es algo más milagroso que la pesca que acaban de hacer.

Pero algunos llamados a esta nueva labor son también invitados a “dejarlo todo” para seguir a Cristo. Los necesita dedicados a tiempo completo, dedicándole a esta “misión” todas las fuerzas. Pescar hombres y mujeres para el Reino exige renunciar a todo lo demás y asumir a Jesús como única posesión. La misión a la que se llama exige desprenderse por completo, para apegarse totalmente a Jesús. En el relato de hoy se van con Jesús, que vale mucho más que las dos barcas llenas de pescados que les acaba de regalar. Dejan esa abundante pesca que los había admirado tanto porque comprenden que la vocación compromete al ser humano en un trabajo que está por encima de los trabajos humanos ordinarios. La vocación–misión es una invitación a colaborarle a Dios, un trabajo milagroso. Oremos hoy por aquellos que dejándolo todo se han ido tras el Señor. Leer más…

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Dom 7.2.16. Arriésgate ya, no tengas miedo

domingo, 7 de febrero de 2016
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pescamilagrosaDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 5. Ciclo C. Lc 5, 1-11. Este es el evangelio de la nueva Pesca, tras la noche inútil. Evangelio de Pedro y de la Iglesia, de todos los cristianos.

Simón (a quien Jesús llamará después Pedro) y sus compañeros aparecen como pescadores cansados, tras una noche en blanco, pero que se arriesgan a iniciar de nuevo la tarea de la pesca, en un mar más profundo.

Hay dos barcas, con al menos cuatro pescadores, que arreglan las redes vacías pero estropeadas al sol de la mañana, mientras Jesús habla en la orilla a la gente. No les queda más que reparar los daños de la noche. No tienen ya faena

Vuelven de haber trabajado la noche entera, no han conseguido nada. Pero Jesús les pide que vuelvan, que inicien la tarea mar adentro, en lugares que no habían explorado todavía. Las palabras de Jesús a Simón y a sus compañeros son significativas:

‒ Les dice en griego (en la versión conservada por Lucas) epanagage eis to bathos, que significa que avancen (que naveguen y se arriesguan) más al interior (en zona más profunda de aguas, sin miedo a quedar lejos de la orilla).

‒ La traducción latina que se ha hecho tradicional dice duc in altum: lleva el barco a más hondura (altura), profundiza, elévate…, no te quedes pasmado donde estás. Esta traducción ha hecho fortuna y se utiliza como signo de llamada vocacional, dirigida no sólo a Pedro, sino a todos los cristianos: ¡Hay profundidades y alturas que debes explorar aún!
barca
‒ La versión castellana (rema mar adentro) pone de relieve el esfuerzo personal de los pescadores que se supone que han de remar (en teoría podían navegar a vela)… Éste es el Jesús que les lleva a remar, que les invita a esforzarse tras la noche inútil.

Simón y sus compañeros han de ser unos arriesgados, incluso aventurados por creer en Jesús y cumplir su encargo. Jesús les pide imaginación y esfuerzo, les lleva a nuevos mares… y asumen la tarea, y van a cuerpo, sin demora.

Desde ese fondo quiero interpretar esta historia de Jesús pescador y Pedro, las dos barcas con los compañeros, la historia de la iglesia, y en especial de los papas, en las reflexiones que siguen, tras la cita del texto.

Retomo el pulso y tarea de la historia, desde el pasado de Jesús y desde el presente de la iglesia, diciéndole a Francisco-Pedro: Duc in Altum, arriésgate ya, no tengas miedo…

Retomo esa tarea diciéndome, diciéndote lo mismo, pues todos en la Iglesia son (somos) de alguna forma Pedro y Papa, con sus compañeros, las dos barcas de la orilla… que han de estar dispuestas a levar el ancla con su esperanza. Buen domingo.

Texto: Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

san pedro el pescador
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.»

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

1. EL TEXTO EN LA HISTORIA. SIETE DATOS DE FONDO

Este pasaje, de de fondo histórico, refleja la historia del cristianismo primitivo, desde la perspectiva de Pedro y de sus primeros compañeros; al mismo tiempo ofrece una parábola de la situación tarea de la Iglesia en el momento actual. Éstos son siete datos de su historia:

1. Se llamaba Simón (nombre hebreo-arameo, como Simeón, el segundo hijo de Jacob, pero helenizado en forma de Simón)… y era de Betsaida, de oficio pescador, casado en Cafarnaúm (y viviendo posiblemente en la casa de su suegra, sin autonomía laboral). Tenía un hermano llamado Andrés, también de nombre helenizado. Debía ser hombre de cierto carácter.

2. Había sido discípulo de Juan Bautista (Jn 1, 36-42) donde Jesús le encontró probablemente, y le atrajo para su misión de Reino. Eso significa que era un hombre entrenado en cuestiones de “espíritu” o de religión. Había aceptado como Jesús la visión espiritual y de juicio de Juan Bautista (los bautista, penitentes…), pero se convirtió a Jesús (o con Jesús)… en un camino de conversiones que siguió a lo largo de su vida.

3. El Evangelio de Marcos (Mc 1, 16-42) ha recreado la vocación de este Simón y de sus tres compañeros (Andrés y los dos zebedeos) de un modo típico, en un contexto de pesca y playa. Es posible que esa recreación tenga un fondo histórico. Pedro y sus compañeros siguieron de algún modo pescando durante el tiempo del mensaje de Jesús… Jesús les conoció también en la playa, y ellos le enseñaron tareas de pesca.

4. Jesús llamó a Simón de un modo especial y le apellidó Pedro (Kefas, Roca…), quizá de un modo irónico… confiándole una tarea especial de firmeza en el comienzo de su tarea… Pero Pedro dejó a Jesús… en el momento de su detención en Getsemaní y le negó después ante una mujer insistente en el patio del sacerdote (Mc 15). Tenía, sin duda, iniciativas y propuestas, pero también vacilaciones; quiso el poder (cf. Mc 8), no le parecían buenas algunas ideas de Jesús, que llegó a llamarle “Satanás”, aunque le conservó a su lado.

5. Pedro creyó en Jesús tras su crucifixión e inició (con las mujeres y con otros discípulos) el camino de la Iglesia, ofreciendo el mensaje en especial a los judíos. Así le va Pablo, que mantiene con él una relación tirante pero de reconocimiento mutuo. Era un hombres convencido de Jesús, pero tuvo que irse convirtiendo (es decir, tuvo que ir precisando su visión del evangelio) en una historia larga de encuentros y desencuentros con Pablo (y con Santiago, el hermano de Jesús). No tuvo miedo a equivocarse, y, quizá por eso, parece que acabó terminó acertando, y de esa forma llegó hasta Roma, donde le mataron por los disturbios que surgían en torno al recuerdo y tarea de Jesús.

6. Pedro asumió por tanto la misión a los gentiles, en una línea cercana a la de Pablo…, aunque con ciertos matices distintos, por lo que tuvieron diferencias, que aparecen reflejadas en Gal 2 y Hch 15. Pero al fin asumió la tarea de Pablo, interpretando así el evangelio como misión universal, para lo que vino a Roma, que era un buen sitio entonces plantar el evangelio.

7. Cuando más tarde el Evangelio de Mateo quiso “centrar” la Iglesia, y buscar una figura que pudiera ser vínculo de unión entre las iglesias aún divididas, se fijó en Pedro, y rehízo el texto de su “confesión”, con la promesa de Jesús “Tú eres un pedrusco (petros), pero sobre esta roca (petra) fundaré mi iglesia… Te daré la llaves… (Mt 18) Leer más…

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Isaías y Pedro: Dos vocaciones muy distintas. Domingo 5º. Ciclo C.

domingo, 7 de febrero de 2016
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20131016_1668203955Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Después del fracaso en Nazaret (que leímos el domingo pasado), Lucas presenta a Jesús predicando y haciendo milagros en Cafarnaúm e incluso más al sur, en las sinagogas de Judea. Pero la liturgia dominical no lee nada de esto (Lc 4,34-44), sino que pasa a la vocación de los primeros discípulos. Así titulan este episodio la mayoría de las Biblias, aunque el relato de Lucas podríamos titularlo, con más razón, “La vocación de Pedro”.

                A propósito de la visita de Jesús a Nazaret vimos que Lucas se basa en el evangelio de Marcos, pero lo modifica para enfocar el episodio de forma nueva. Hoy ocurre lo mismo con la vocación de los primeros discípulos. Para comprender el relato de Lucas conviene recordar el de Marcos.

El escueto relato de Marcos sobre la vocación de los primeros discípulos

Caminando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban las redes al lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: “Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres”. Al punto, dejando las redes, le siguieron. Un trecho más adelante vio a Santiago de Zebedeo y a su hermano Juan, que arreglaban las redes en la barca. Inmediatamente los llamó. Y ellos dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron con él.

                El relato, que cambiará la vida de los protagonistas, no puede ser más breve. Parecen simples notas para ser desarrolladas por Marcos en su comunidad. Dos parejas de hermanos, un lago, unas redes, una barca, el padre de dos de ellos, unos jornaleros. En este ambiente tan sencillo y cotidiano, Jesús se encuentra por primera vez con estos cuatro muchachos, los llama, y ellos lo siguen dejándolo todo. Una reacción que desconcierta a cualquier lector atento.

La versión de Lucas

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara, un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:

– «Remad mar adentro, y echada las redes para pescar

Simón contestó:

«Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo:

– «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.»

 Y es que el asombro- se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón:

– «No temas; desde ahora serás pescador de hombres

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Los tres cambios que introduce Lucas

  1. El primero pretende hacer más comprensible el seguimiento de los discípulos. No es la primera vez que se encuentran con él. Jesús ya ha estado antes en Cafarnaúm, incluso ha comido en casa de Simón y ha curado a su suegra. Luego ha seguido su vida de predicador itinerante y solitario, pero, cuando vuelve a Cafarnaúm, no es un desconocido. Es un maestro famoso y la gente se agolpa para escucharle. El lector no se extraña de que lo sigan.
  2. Si el primer cambio tiene su lógica, el segundo nos desconcierta: mientras Marcos cuenta la vocación de cuatro discípulos, Lucas centra su atención en Pedro, hasta el punto de que ni siquiera nombra a su hermano Andrés. Jesús sube a la barca de Simón, le pide que se aleje un poco de tierra; con él dialoga después de hablar a la multitud, ordenándole adentrarse en el lago y echar las redes; y Simón Pedro es el único que reacciona arrojándose a los pies de Jesús y reconociéndose pecador. Aunque luego se menciona a Santiago y Juan, que también seguirán a Jesús, las palabras finales y decisivas las dirige Jesús solo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”.
  3. El tercero consiste en reforzar la importancia de Jesús. No se limita a pasear por el lago (como cuenta Marcos) sino que está predicando a la gente, que se agolpa a su alrededor hasta el punto de necesitar subirse a una barca. Luego, Simón le da el título de “Maestro” y le obedece, volviendo a pescar, aunque parece absurdo. Finalmente, Simón cae de rodillas y lo reconoce como un personaje santo, no un pobre pecador como él. La vocación de los discípulos supone un mayor conocimiento de Jesús.

               

¿Qué pretende decirnos Lucas con estos cambios?

                La finalidad del primero es clara: hacer más comprensible el seguimiento de los discípulos.

                El segundo pretende poner de relieve la figura de Pedro. Lo mismo hace Lucas al final de su evangelio, cuando pone en boca de los discípulos estas palabras: “Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34). Simón protagonista al comienzo y al final del evangelio de Lucas. Es posible que algunos cristianos, basándose en el duro ataque de Pablo a Pedro en Antioquía (contado en la carta a los Gálatas), pusiesen en discusión su autoridad, y Lucas quisiera ponerla a salvo.

                El tercer cambio nos recuerda que cualquier vocación sirve para conocer mejor a Jesús. El relato de Marcos dice que Jesús no es un francotirador cuya obra desaparecerá con su muerte; quiere y busca colaboradores que continúen su misión. Lucas añade el aspecto de la enseñanza y la autoridad. Pero sugiere también algo mucho mayor: es un personaje santo, que provoca en Simón un sentimiento de indignidad. Para comprender este aspecto hay que recordar la vocación de Isaías, primera lectura de este domingo.

El relato de la vocación de Isaías (1ª lectura)

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro, diciendo: “¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!” Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.  

                Yo dije: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.”

                Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: “Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.”

                Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: “¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?”

                Contesté: “Aquí estoy, mándame.”

               

                Retrocedamos ocho siglos, al 739 a.C., año de la muerte del rey Ozías. En ese momento sitúa Isaías su vocación. Pero la cuenta de un modo muy distinto. En ese encuentro inicial con Dios lo que más le llama la atención es su majestad y soberanía, que destaca mediante tres contrastes. El primero con Ozías, muerto; del rey mortal se pasa al rey inmortal. El segundo, con los serafines, a los que describe detenidamente, mientras de Dios solo puede decir que “la orla de su manto llenaba el templo”. El tercero, con Isaías, que se siente impuro ante el Señor. Tenemos tres binomios que subrayan la soberanía de Dios (vida-muerte, invisibilidad-visibilidad, santidad-impureza). Todo esto, enmarcado en un terremoto que hace temblar los umbrales y llena de humo el templo.

                Basándose en la queja de Isaías (“soy un hombre de labios impuros”), un serafín purifica sus labios, como símbolo de la purificación de toda la persona. Por eso, la consecuencia final no es que Isaías ya tiene los labios puros, sino que “ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado”. Cuando Dios pregunte “¿A quién mandaré? ¿Quién irá de mi parte?”, Isaías podrá ofrecerse voluntariamente: “Aquí estoy, mándame”.

La vocación de Isaías y la vocación de Simón

                Lucas, gran conocedor del Antiguo Testamento, parece ofrecer en su relato de la vocación de Simón Pedro una relectura de la vocación de Isaías. Al menos es interesante advertir las diferencias.

                El escenario. La vocación de Isaías tiene lugar en el ámbito sagrado del templo, con Dios en un trono alto y excelso, rodeado de serafines. La de Pedro, en una barca dentro del lago, rodeado de los compañeros y jornaleros.

                La persona que llama. En el caso se Isaías se subraya la majestad y santidad de Dios. A Jesús se lo presenta inicialmente de forma muy humana, aunque capaz de congregar a una multitud y de convencer a Pedro para que vuelva a pescar. Solo después de la pesca advertirá Pedro que se encuentra ante un personaje excepcional.

                La reacción inicial del llamado. En ambos casos el protagonista se siente pecador. La reacción de Isaías es más trágica (“estoy perdido”) porque parte de la idea de que nadie puede ver a Dios y seguir con vida. Pedro se reconoce simplemente ante un personaje sagrado junto al cual no puede estar (“apártate de mí”).

                La preparación del enviado. A Isaías, un serafín lo purifica como paso previo para poder realizar su misión. Jesús no realiza nada parecido con Pedro. La forma de prepararse es seguir a Jesús. “Dejándolo todo lo siguieron”.

                La misión. La liturgia ha suprimido la parte final del relato de Isaías, donde recibe la desconcertante misión de endurecer el corazón del pueblo judío y cegar sus ojos; la misión principal de Isaías consistirá en transmitir un mensaje durísimo. En cambio, la de Pedro será positiva, “pescador de hombres”.

                La reacción final del elegido. Aquí no hay diferencia. En ambos casos se advierte la misma disponibilidad, aunque en los discípulos se subraya que lo dejan todo para seguir a Jesús.

Sugerencia final

                Según cuenta el evangelio de Juan, en cierta ocasión comentó Jesús a los discípulos: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”. Es de los pocos casos en los que Jesús da una orden. En una época como la nuestra, en la que la crisis de vocaciones es tan fuerte, convendría recordar y poner en práctica este mandato del Señor.

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Gracias, Señor

jueves, 4 de febrero de 2016
Comentarios desactivados en Gracias, Señor

Del blog de la Communion Béthanie:

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Gracias, Señor, por esto, es decir todo.
Cuanto más pienso en eso más reconozco que es verdad.
Me diste más de lo que podía imaginar.
Me hiciste con tanto amor
más allá de lo que habría podido pedirte.
Simplemente olvido decirte gracias,
demasiado ocupado en mí, por mi pequeño problema.
No veo más lo esencial.
Y lo esencial, eres tu quien me lo diste:
la felicidad de existir.

Gracias por la vida, gracias por lo que soy.
No te debo nada, sé que todo es gratuito.
Estoy aún más molesto.
Es por eso que simplemente me tomo un tiempo
para ponerme en acción de gracias.
Mis palabras se hacen silencio y mi corazón vuela.
No has perdido la oportunidad con la felicidad que me das.
Esto se llama vida y me pertenece.

Gracias.

Gracias por los cantos de esperanza,
Gracias por las grandes corazonadas,
Gracias por la simple presencia,
Gracias por los días de felicidad,
Gracias por las manos que se tienden,
Gracias por el regalo de las horas,
Gracias por El dios que nos reúne,
Y gracias por el amor en nuestros corazones.

***

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Capturar a Dios

miércoles, 3 de febrero de 2016
Comentarios desactivados en Capturar a Dios
Del blog de Henri Nouwen:
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 «Muchas veces nos sentimos un tanto desilusionados cuando buscamos en nuestra vida una respuesta a la pregunta de Dios. Nos quedamos solo con títulos de libros, nombres de personas o algunos viejos acontecimientos. Todo parece ser un tanto pobre y superficial.

No podemos capturar a Dios en títulos, nombres o hechos, pero muchas son las cosas que nos señalan a Dios.

Por lo tanto, solo aquel que busca a Dios en la oración, solo aquel que busca el silencio, es quien puede reconocer a Dios en tantas pequeñas ideas, tantos encuentros, tantos sucesos en el camino

*
Henri Nouwen
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***

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