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Archivo para Lunes, 8 de diciembre de 2014

Santa María de nuestra Liberación

Lunes, 8 de diciembre de 2014

2006_the_nativity_story_0045María de Nazaret, esposa prematura de José el carpintero,
aldeana de una colonia siempre sospechosa,
campesina anónima de un valle del Pirineo,
rezadora sobresaltada de la Lituania prohibida, indiecita masacrado de El Quiché,
favelada de Río de Janeiro,
negra segregada en el Apartheid,
harijan de la India,
gitanilla del mundo;
obrera sin cualificación, madre soltera, monjita de clausura;
niña, novia, madre, viuda, mujer.

Cantadora de la Gracia que se ofrece a los pequeños,
porque sólo los pequeños saben acogerla;
profetisa de la Liberación que solamente los pobres conquistan,
porque sólo los pobres pueden ser libres:
queremos crecer como tú,
queremos orar contigo,
queremos cantar tu mismo Magníficat.

Enséñanos a leer la Biblia -leyendo a Dios-
como tu corazón la sabía leer,
más allá de la rutina de las sinagogas
y a pesar de la hipocresía de los fariseos.

Enséñanos a leer la Historia
-leyendo a Dios, leyendo al hombre-
como la intuía tu fe,
bajo el bochorno de Israel oprimido,
frente a los alardes del Imperio Romano.

Enséñanos a leer la Vida
-leyendo a Dios, leyéndonos-
como la iban descubriendo tus ojos, tus manos, tus dolores, tu esperanza.

Enséñanos aquel Jesús verdadero,
carne de tu vientre, raza de tu pueblo, Verbo de tu Dios;
más nuestro que tuyo, más del pueblo que de casa,
más del mundo que de Israel, más del Reino que de la Iglesia.
Aquel Jesús que, por el Reino del Padre, se arrancó de tus brazos de madre
y se entregó a la muchedumbre,
solo y compasivo, poderoso y servidor, amado y traicionado,
fiel ante los sueños del Pueblo,
fiel contra los intereses del Templo,
fiel bajo las lanzas del Pretorio,
fiel hasta la soledad de la muerte

Enséñanos a llevar ese Jesús verdadero
por los callados caminos del día a día,
en la montaña exultante de las celebraciones,
junto a la prima Isabel,
y a la faz de nuestros pueblos abatidos que, a pesar de todo, Lo esperan.

María nuestra del Magníficat,
queremos cantar contigo,
¡María de nuestra Liberación!

Contigo proclamamos la grandeza del Señor, que es el único grande,
y en ti nos alegramos contigo, porque, a pesar de todo, Él nos salva.

Contigo cantamos, María, exultantes de gratuidad,
porque Él se fija en los insignificantes;
porque su poder se derrama sobre nosotros en forma de amor;
porque Él es siempre fiel,
igual en nuestras diversidades,
único para nuestra comunión,
de siglo en siglo, de cultura en cultura, de persona en persona;
porque su brazo interviene históricamente
-por intermedio de nuestros brazos, inseguros pero libres-
y porque un día intervendrá, definitivamente Él;
porque es Él quien desbarata los proyectos de las transnacionales
y sostiene la fe de los pequeños
que se organizan para sobrevivir humanamente;
porque vacía de lucros los cofres de los capitalistas
y abre espacios comunitarios
para el plantío, la educación y la fiesta
en favor de los desheredados;
porque derriba de su trono a todos los dictadores
y sostiene la marcha de los oprimidos
que rompen estructuras en busca de la Liberación;
porque sabe personar a su sierva, la Iglesia,
siempre infiel creyéndose señora,
siempre amada escogida, sin embargo,
por causa de la Alianza que El hizo un día con la sangre de Jesús.

María de Nazaret, cantadora del Magníficat, servidora de Isabel:
¡quédate también con nosotros, que está por llegar el Reino!;
quédate con nosotros, María,
con la humildad de tu fe, capaz de acoger la Gracia;
quédate con nosotros,
con el Verbo que iba creciendo en ti,
humano y Salvador, judío y Mesías, Hijo de Dios e hijo tuyo,
nuestro Hermano,
Jesús.

*

Pedro Casaldáliga

Virgen de Guadalupe 58

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Lunes, 8 de diciembre de 2014

4grm_cLeído en Koinonia:

Génesis 3,9-15.20

 Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer

Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre:

– “¿Dónde estás?”

Él contestó:

“Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.”

El Señor le replicó:

– “¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?”

Adán respondió:

– “La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí.

El Señor dijo a la mujer:

– “¿Qué es lo que has hecho?”

Ella respondió:

– “La serpiente me engañó, y comí.”

El Señor Dios dijo a la serpiente:

“Por haber hecho eso, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón.”

El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

Salmo responsorial: 97

 

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado /
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R.

Efesios 1,3-6.11-12

 

Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.

Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.

 

Lucas 1,26-38

 

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.”

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:

“No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.”

Y María dijo al ángel:

“¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?”

El ángel le contestó:

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.”

María contestó:

“Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.”

Y la dejó el ángel.

Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy (8 de Diciembre de 1977)

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“Inmaculada por ser de Dios”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Lunes, 8 de diciembre de 2014

luciara_virgenDe su blog Nihil Obstat:

La fiesta de la Inmaculada Concepción puede ser una buena ocasión para aclarar un malentendido que todavía se da entre muchos creyentes. Me refiero a la confusión extendida en la mentalidad común entre inmaculada concepción y virginidad de María. Supuestamente, María no tendría pecado por ser virgen. Esta confusión avala la falsa idea de que el pecado original consistiría en la relación sexual de Adán con Eva y fomenta una concepción negativa de la sexualidad en la vida cristiana. Convendría que los cristianos no difundiéramos estas ideas que luego sirven para ridiculizar la fe por parte de los enemigos de la fe.

El dogma de la Inmaculada Concepción es reciente. Los padres griegos lo ignoran y ha sido rechazado por grandes figuras como san Bernardo y santo Tomás de Aquino. Precisamente el argumento que daba Tomás de Aquino para no aceptar la Inmaculada Concepción ayudó a precisar el sentido del dogma. María, decía Tomás, necesitaba ser redimida, como cualquier otro ser humano. Por tanto, es inaceptable toda comprensión del misterio de María que dé a entender que ella no necesitaba de Cristo por no tener pecado. La declaración dogmática proclamada por Pío IX deja claro que María fue redimida con la más perfecta de las redenciones: con gracia previniente y elevante.

En la pureza de María irradia la santidad de Dios, el único santo. Así lo que ocurre con ella podría entenderse como un signo que indica a todos los cristianos donde está su meta: en vivir santos e inmaculados delante de Dios por el amor. La virginidad de María es otra cosa: es la “otra cara”, el correlato humano de la afirmación de fe en la divinidad del niño que ella lleva en su seno. Es un modo de decir que el niño que nace de María, siendo hijo de los hombres y, por tanto, tan humano como cualquier otro, a diferencia de todos los otros humanos, sólo tiene por Padre a Dios. No se puede confundir, por tanto, el dogma de la Inmaculada con el misterio de la virginidad de María. Son dos misterios relacionados, pero distintos. En María, la razón de ser inmaculada no es ser virgen, sino ser de Dios.

En cualquier caso, conviene dejar claro que todos los dogmas marianos son teológicamente correctos y legítimos sólo cuando pueden entenderse cristológicamente. Estos dogmas tienen su importancia en la medida en que en ellos se debaten cuestiones cristológicas. Es lo que sucedió en el Concilio de Éfeso cuando se debatió la verdadera Encarnación de Dios con ayuda del título “Madre de Dios”. Así y todo, hay que procurar que ni los dogmas marianos ni ningún otro, ni tampoco las manifestaciones de la piedad popular, impidan el acceso al centro y a la clave de toda fe, que es el misterio de Cristo.

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“Hermana nuestra”, por Gema Juan OCD

Lunes, 8 de diciembre de 2014

cerezo-corazondemariaDe su blog Juntos Andemos:

En la Galilea del siglo I, pobre y explotada, agitada políticamente y desestimada en lo religioso, sucedieron cosas admirables. Allí, una mujer, María de Nazaret, se convirtió en testigo de algo inmenso: testigo de la entrañable misericordia de Dios. De lo que es y hace ese Dios. De sus costumbres y maneras, de su tendencia a adelantarse y a tomar la iniciativa para bendecir y hacer bien.

María era una mujer de pueblo, y nada más. Su mínima densidad social muestra lo que Dios ve, en qué se fija; y su vida corriente revela cómo ese Dios se abre paso en la historia concreta de los hombres y mujeres, de cualquier época.

Teresa de Lisieux, que sabía poca cosa de crítica textual o de cuestiones historiográficas, intuía algo de todo esto, cuando se sentía atraída por María, al imaginarla mezclándose con las demás mujeres y andando por la vía común. Creía que la «llena de gracia» había vivido pobremente, sin «éxtasis, ni raptos, ni sonoros milagros», y le cantaba: «Tú me haces comprender que no es cosa imposible caminar tras tus huellas».

Cada año, vuelve la «fiesta de la gracia de María», la fiesta que celebra que estuvo envuelta, anticipadamente, en el amor y la fidelidad de Dios. Y celebramos lo que esa gracia especial descubre: que eso es lo que quiere hacer Dios, el camino que quiere recorrer con todos los seres humanos: envolver la vida de todos en ese amor absoluto.

Pero María era, también, una mujer libre y con capacidad de decisión. No se vio forzada por Dios, ni por su gracia anticipada. Y, cuando el Espíritu llamó a su vida, no dio un paso adelante porque no le quedara otro remedio. Dijo: «que se cumpla en mí tu Palabra», y lo hizo desde su fe y su libertad. Así es como pudo el Espíritu crear en ella una vida nueva.

Cuando el Espíritu de Dios encuentra abierta la puerta de la libertad humana y de la confianza, crea, realiza algo nuevo, algo que será un fruto para los demás. Ese es el modo de actuar del Espíritu de Dios, que en María se hace especialmente transparente.

Celebrar la Inmaculada es recordar que hay una buena noticia para todos los seres humanos y es mantener la esperanza en esta tierra. Es revivir la acción poderosa de Dios, poderosa en el amor y fuerte en la fidelidad. Pero conlleva un riesgo: el de perder de vista lo que la Iglesia, con paciencia y profundidad, ha logrado recuperar de María de Nazaret. Todo aquello que llevó a Pablo VI a llamar a la Madre de Jesús, «verdadera hermana nuestra».

Devolver a María su humanidad, en nada disminuye su grandeza. Muestra su hondura –la que puede alcanzar el ser humano– y su inmensa capacidad, su ser imagen de Dios, en definitiva. Y revela la presencia creadora, la fuerza de la Palabra cuando es acogida.

Los escuetos relatos bíblicos dejan el rastro que se puede seguir para acercarse a María. ¿Qué sucedió? Nadie lo sabe exactamente. María aceptó la palabra que Dios le dirigió, dio fe a la presencia del Espíritu y respondió libremente: así se hizo carne Dios.

La magnitud del misterio, no disipa el rigor de la historia ni trastoca mágicamente las circunstancias. Más bien, desvela cómo lo grande se realiza a través de lo pequeño.

La decisión de María cambió la historia de la humanidad, pero tuvo para ella consecuencias graves y la llevó a recorrer un camino difícil. Si conoció la inmensa alegría que nace de vivir con el ancla echada en Dios y de la fe compartida, también vivió la más larga y dolorosa soledad.

Teresa de Jesús recordaba a María al pie de la cruz y decía que estaba allí «no dormida». Hablaba de una mujer despierta en el mundo, consciente del dolor y de las fosas de desesperanza que pueden tragarse a la humanidad, a la vista de la injusticia. Porque lo que María veía era a su hijo, que había sido repudiado sin haber hecho nada malo, hasta el punto de ser torturado y condenado a muerte por los poderes del momento.

El siglo XXI está lleno de Galileas. Lugares desechados, en el tercer mundo y en el primero. Poblados de chabolas, barrios deprimidos, ciudades arrasadas por las guerras, países hundidos bajo dictaduras, de la mano de un hombre o del puño del dinero. Y está, todavía, lleno de mujeres que no pueden levantar la cabeza como lo hizo María: con libertad y dignidad.

Su Cántico es el canto de una mujer verdadera y por eso puede tender la mano a quienes habitan en esos lugares. Su gracia se hace solidaria y se extiende por generaciones, como la misericordia de Dios, que deshace el camino de los poderosos y endereza a los hundidos.

Esta mujer es María Inmaculada, «verdadera hermana nuestra». La mujer de fe, que reclama y sostiene en los creyentes la confianza en Dios, la fe que puede hacer que sigan sucediendo cosas admirables en todas las Galileas.

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8.12.14. “Inmaculada. Una Mujer, la humanidad entera”

Lunes, 8 de diciembre de 2014

inmaculada-concepcin-de-santa-mara-virgen-3-638Del blog de Xabier Pikaza:

Casi todos los años, en este entorno de Adviento, con ocasión de la fiesta de María sin Pecado (8.11) he venido presentando una reflexión sobre María Inmaculada, destacando sus rasgos humanos, femeninos y cristianos. Este año 2014 lo hago de un modo especial, retomando un capítulo de un libro sobre el Camino de María (¡Santa María de la Carne! Jn 1, 14), en la Biblia y en la Iglesia.

Éstas son sus ideas centrales:

1) Los hombres nacemos en un mundo de pecado y no podemos superarlo sólo con nuestras fuerzas. En esa línea, el pecado original es la existencia perturbada y destruida de los hombres, en clave histórica y social. Corremos el riesgo de destruir el futuro de la vida, de matarnos unos a otros. En un plano individual, el pecado se expresa como incapacidad de realizarnos como personas. Para ser personas en plenitud nos ha creado Dios; pero nosotros quedamos en caminos, perturbados en los tres aspectos primordiales de la propia vida: nacimiento, realización y muerte. En un plano social, nacemos en un mundo manchado, un mundo que nos marca ya desde el principio, introduciéndonos en sus redes de poder, mentira y egoísmo. En ese aspecto, el pecado constituye una experiencia (y una realidad) fundacional: nacemos desde un fondo o «seno» mundano de pecado

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2) Como María, la madre de Jesús:
‒ Ser Inmaculada no significa no equivocarse,
sino poder equivocarse de una forma creadora, superando los errores, aprendiendo de las equivocaciones, manteniendo siempre un camino sincero de búsqueda, en diálogo, en humanidad. Ser Inmaculada no significa no ser discutida, pues los testimonios de los evangelios, de un modo o de otro, suponen y afirman que María lo ha sido, como hemos visto en la segunda parte de este libro sino ser discutida y discutir en un camino abierto al diálogo más hondo, a la fraternidad más intensa, superando los enfrentamientos destructores.

‒ Ser Inmaculada no significa mantenerse alejada de los problemas, sino entrar en ellos con buena intención, con capacidad de aprendizaje, en un camino mesiánico. María ha sido Inmaculada habiendo nacido en un contexto de suma violencia, en condiciones hambre y de guerra. Ha sido Inmaculada pudiendo incluso haber sido “violada” (como he puesto de relieve al estudiar el evangelio de Marcos 6, 3: ¿no es éste el Hijo de María?). Ha sido Inmaculada negando incluso el mensaje de Jesús (¡no creyendo en él…!), pero maneniendo siempre un camino de fidelidad que ha desembocado en la Iglesia.

A muchos puede bastarles eso para situar el tema en la liturgia y vida de la Iglesia… Otros podrán seguir leyendo. Buen día de la Inmaculada a Todos. María, unida a Juan Bautista de quien he tratado ayer, es la figura principal del Adviento cristiano. Así aparecen con Cristo en el retablo del juicio del ábside de la Catedral Vieja de Salamanca (figura 2).Buen día para la “inmaculadas”, para las “conchas”, para todas y todos los que nos sentimos vinculados a la aventura creadora de María

1. Origen: Humanidad en pecado, Inmaculada.

FLC21536En el fondo del dogma de la Inmaculada Concepción, que la Iglesia católica definió el año 1854 por intuición creyente de los fieles más que por razones conceptuales de la teología, hallamos un dato primordial de todo pensamiento antropológico cristiano: María es ante todo una persona. Ella ha sido concebida y nace como creatura de Dios, dentro del tiempo de la historia, como he comenzado a decir en la primera parte de este libro, cuyo tema reanudo y completo aquí.

María no pertenece al despliegue (positivo o negativo) de Dios, no es tampoco una apariencia, sombra de la tierra que deslumbra en un momento y luego pierde su fulgor, diluida en el gran mar de lo divino. Tampoco es un momento pasajero del gran círculo de vida en que las almas siempre giran en el tiempo hasta que un día consigan liberarse de sus ataduras temporales. María no es tampoco un momento del gran río de las cosas donde todo se desliza sin llegar nunca a su meta. Ella ha surgido desde Dios como persona finita y diferente, dentro de la historia.

Pues bien, naciendo desde Dios, María nace al mismo tiempo dentro de la historia de los hombres, inmersa en un proceso que conforme a la doctrina de la Iglesia, inspirada en la Escritura (cf. Gén 3, Rom 5), se encuentra perturbado, estropeado por la fuerza del pecado. Por eso decimos que los hombres nacen (emergen, se despliegan) como miembros de una humanidad que, aun recibiendo el impulso de la gracia de Dios, parece empeñada en destruirse, como sabe el Vaticano II:

Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios pero no le glorificaron como a Dios. Oscurecieron su estúpido corazón y prefirieron servir a la creatura, no al Creador (cf. Rom 1,21-25). Lo que la revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su Santo Creador… Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas… (Gaudium et Spes 13).

Esta es la condición del hombre. Desde el mismo comienzo (ab exordio historiae) vive internamente dividido. (a) Es hijo de Dios, está invitado a la herencia de la vida. (b) Surge y se despliega en un campo de pecado. Esto es lo que el dogma de la Iglesia ha precisado desde antiguo cuando habla del pecado original: hay en nuestra vida una tragedia muy particular que está fundada en la misma opción humana. No es tragedia haber nacido, no somos hijos de un pecado de los dioses (de una división intradivina). Ni es tragedia el vivir, ni la materia ni la vida es mala. Mala es un tipo de vida oscurecida por los mismos hombres.

‒ En perspectiva sincrónica, el pecado original pertenece al hombre en su conjunto; es de «adam», la humanidad entera. Es totalmente secundario decir si al principio de esa humanidad había sólo un ser humano (una pareja) o existían múltiples parejas. La palabra de la Biblia afirma que el pecado pertenece al conjunto de la humanidad. No es un hombre aislado el que se pierde, es la misma humanidad, manchada y pervertida en su camino y en sus propias estructuras de vida compartida. La humanidad como tal está quebrada, se hace incapaz de tender hacia el futuro que Dios le ha prometido (al paraíso). Por eso, los que nacen en esa humanidad nacen en riesgo, en peligro de perderse.

‒ La tradición cristiana afirma que el pecado se transmite por herencia, pero en sentido cultural, no biologista, como a veces ha pensado cierta teología que en el fondo ha interpretado ya la misma forma «vital» (sexual) de de la “concepción” como si fuera en sí pecado. Entender así el problema del hombre sería contrario a la herencia judía del evangelio y al primitivo cristianismo, que nunca ha condenado el sexo como tal, y situaría el origen de la vida humana en un plano biológico (animal). Los animales evolucionan a través de mutaciones transmitidas por herencia biológica. Los hombres, en cambio, propagan su verdad y vida humana a través de la cultura. Lo que ellos transmiten humanamente, en clave de realización antropológica, es más que una existencia material; extienden y propagan unas formas de entender y realizar la propia vida, unas posibilidades humanas de existencia. En ese plano debe situarse el tema del pecado original .

Según eso, nuestra herencia cultural humana está manchada. Quiero entender esa palabra de manera muy extensa: cultura es aquello que desborda el nivel de la naturaleza interpretada en forma de necesidad vital o material (mecanicista). En ese aspecto ella trasciende nuestras posibilidades físico-biológicas. En ese plano de creatividad (donde también es posible la destrucción histórica) viene a situarnos el pecado. Aquí donde se expresa y se realiza de verdad nuestra existencia.

Con su posibilidad de creación nueva y pecado, la cultura configura todos los aspectos de la vida del hombre sobre el mundo. Cultura es la manera de buscar a Dios y rechazarlo; cultura son las formas de existencia social, las estructuras económico-políticas, la experiencia fundante de la vida. Sólo en ese nivel el hombre puede realizarse verdaderamente como humano, es decir, como persona: ser que es libre, responsable de sí mismo, abierto en gratuidad hacia los otros, partiendo de la gracia original del misterio (de Dios). Pues bien, conforme al testimonio de la Iglesia, esa cultura primordial que debería hallarse abierta hacia la vida y realización de las personas se encuentra “manchada”, por culpa de la misma actuación humana.

Los hombres nacemos en un mundo de pecado y no podemos superarlo sólo con nuestras fuerzas.

En esa línea, el pecado original es la existencia perturbada y destruida de los hombres, en clave histórica y social. Corremos el riesgo de destruir el futuro de la vida, de matarnos unos a otros. En un plano individual, el pecado se expresa como incapacidad de realizarnos como personas. Para ser personas en plenitud nos ha creado Dios; pero nosotros quedamos en caminos, perturbados en los tres aspectos primordiales de la propia vida: nacimiento, realización y muerte. En un plano social, nacemos en un mundo manchado, un mundo que nos marca ya desde el principio, introduciéndonos en sus redes de poder, mentira y egoísmo. En ese aspecto, el pecado constituye una experiencia (y una realidad) fundacional: nacemos desde un fondo o «seno» mundano de pecado .

El pecado original no es una pequeña nota de carácter moralista, sino nuestra forma de vida sobre el mundo: La manera en que acogemos (transmitimos), realizamos y acabamos la existencia. En esa línea, el NT nos advierte que estamos «bajo el signo insuperable del pecado»: hemos destruido el camino de la vida y por nosotros mismos no podemos ya encontrarlo y realizarlo. Dios nos creó para ser personas y nosotros nos hacemos seres de violencia y muerte. Eso es el pecado.

Pues bien, sobre ese fondo del pecado original, la Biblia afirma que Jesús, Hijo de Dios, ha desplegado su vida sin pecado. Nació en el mundo y recibió su herencia dura y conflictiva, pero surgió y se fue educando (madurando) siempre en gracia. En gracia respondió al asumir su propia vida y realizarse, en camino de Reino. Por eso se dice que fue tentado en todo «como nosotros, pero no tuvo pecado» (cf. Heb 4,15). En esa línea, partiendo del AT y fundándose en su propia experiencia de la gracia pascual, la Iglesia ha visto que en el fondo de la historia de pecado original (de la que surge Jesucristo) existe también una corriente poderosa de gracia y esperanza. Dios iba actuando ya en el mismo camino de la historia israelita, preparando la llegada de Jesús (cf. 2 Cor 5,21). Dios iba ofreciendo germen y principio de vida en la misma entraña de la historia, preparando así la llegada del mesías. En el campo de esa preparación encontramos a María.

En esa línea se sitúa, el “dogma” de la Inmaculada Concepción (año 1854), que he presentado ya en la primera parte de este libro, pero que ahora debo precisar. Ese dogma forma parte de la experiencia pascual de la Iglesia católica, que descubre y concretiza en María un elemento clave de su experiencia antropológica: Por don de Dios, los hombres pueden superar y superan el pecado, viviendo de esa forma en comunión de Vida con la vida fundante de Dios, tal como se expresa en Jesucristo. El “dogma” de la Inmaculada pertenece no sólo al proceso de realización personal de María, que así va desplegando su camino en santidad, sino al proceso de maduración social de Israel y de la humanidad. En general, la Iglesia se ha fijado sólo en el primer aspecto, pero también destacarse el segundo.

Por eso no es extraño que entre los santos Padres fuera común llamar a la Madre de Dios toda santa e inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu santo y hecha una nueva creatura. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular, la Virgen Nazarena es saludada por el ángel por mandato de Dios como llena de gracia (Lc 1,28) y ella responde al enviado celestial: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38) (Lumen gentium 56).

Este pasaje entiende la Inmaculada en perspectiva positiva, como signo de la gracia y santidad personales de María; Dios no realiza en ella un gesto negativo, liberándola de mancha original y de pecado, sino un gesto muy positivo, ofreciéndole su gracia, al servicio de la “nueva creación”, es decir, del surgimiento de una humanidad nueva, capaz de dialogar con Dios y de vivir en concordia mutua. María no es Inmaculada en su concepción biológica, sino en todo el proceso de su surgimiento y despliegue personal, en medio de una historia dramática, marcada por su pasado judío (galileo) y por su propio despliegue personal, a través de un diálogo difícil con Jesús su hijo, dentro de unas condiciones familiares “fuertes”. En ese sentido se puede afirmar que la Inmaculada forma parte de la “segunda inocencia” de María.

‒ Hay una primera inocencia que sería “no saber”, una especie de niñez continua, como si María hubiera pasado por el mundo sin “mezclarse” con las dificultades y violencias de la vida. Ésta es la imagen que han proyectado sobre ella no sólo gran parte de los tratados teológicos, sino (y sobre todo) las imágenes del arte, que le presentan como una mujer que no ha entrado en la lucha de la vida.

‒ La “dogma” de la Inmaculada ha de entenderse a la luz de la “segunda inocencia” de María, que no consiste en no saber, sino en saber y sentir, en sufrir y rehacer la vida de un modo más alto, en fidelidad humana, en vinculación dramática a Jesús. De esa forma, sólo al culminar su camino, ante la Cruz de Jesús y en la Iglesia, con los hermanos de Jesús y el resto de los cristianos, podemos afirmar que María ha sido y es Inmaculada.

‒ Ser Inmaculada no significa no equivocarse, sino poder equivocarse de una forma creadora, superando los errores, aprendiendo de las equivocaciones, manteniendo siempre un camino sincero de búsqueda, en diálogo, en humanidad. Ser Inmaculada no significa no ser discutida, pues los testimonios de los evangelios, de un modo o de otro, suponen y afirman que María lo ha sido, como hemos visto en la segunda parte de este libro sino ser discutida y discutir en un camino abierto al diálogo más hondo, a la fraternidad más intensa, superando los enfrentamientos destructores.

‒ Ser Inmaculada no significa mantenerse alejada de los problemas, sino entrar en ellos con buena intención, con capacidad de aprendizaje, en un camino mesiánico. María ha sido Inmaculada habiendo nacido en un contexto de suma violencia, en condiciones hambre y de guerra. Ha sido Inmaculada pudiendo incluso haber sido “violada” (como he puesto de relieve al estudiar el evangelio de Marcos 6, 3: ¿no es éste el Hijo de María?). Ha sido Inmaculada negando incluso el mensaje de Jesús (¡no creyendo en él…!), pero maneniendo siempre un camino de fidelidad que ha desembocado en la Iglesia.

2. Vida en libertad. Despliegue personal.

María ha nacido para irse realizando en libertad, como persona. Por eso, nacimiento y realización se vinculan, como he destacado en el apartado precedente. Así lo ha visto el Vaticano II:

Así María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin el impedimento de pecado alguno se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención con él y bajo él, por la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, los santos Padres estiman a María no como un mero instrumento pasivo sino como una cooperadora a la salvación humana por la libre fe y obediencia (Lumen gentium 56).

Este pasaje supone que María ha surgido como persona independiente, como dueña de su propia vida, capaz de dialogar con el mismo Dios, de escucharle y responderle. No es un «instrumento» que Dios puede manejar a su capricho, ni un rasgo interior de la misma santidad de Dios, como un momento de su vida y su misterio. Ella es persona: dueña de sí misma, capaz de recibir una palabra de Dios y responderle; es persona en sentido radical como «sujeto frente a Dios», en clave de libertad, responsable de sí misma, de manera que ni el mismo Dios puede forzarla. Leer más…

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Blanca Portillo: ‘Me resulta más creíble esta María que la de las estampas’

Lunes, 8 de diciembre de 2014

Portillo--644x362Hoy… una María humanada, una de las nuestras… se acerca en esta obra de teatro… Interesante entrevista con Blanca Portillo que ofrece El Mundo, y dos enlaces para conocer la obra y el autor…

‘Ella guardaba todas estas cosas en su corazón’, dice la Biblia sobre la Virgen. Esas ‘cosas’ necesitaban una voz como la de la actriz madrileña en ‘El testamento de María’

‘El testamento de María’, del escritor gay irlandés Tóibín.

Colm Tóibín: “Viví en el epicentro del dolor de María. No quisiera volver nunca”

«El testamento de María»: Otro Evangelio

 

Llega Blanca Portillo (Madrid, 1963) puntual pero “agotada”, dice, a la puerta del Teatro Valle-Inclán donde representa ‘El testamento de María’, de Colm Tóibín, hasta el 21 de diciembre. Son las 16.30, aún no ha comido y desde las siete de la mañana está grabando la serie ‘El chiringuito‘ (Telecinco). No se queja. Son los gajes de un oficio que ama sobre todas las cosas. Y hay que ver lo que se le nota.

Portillo está soberbia en ‘El testamento de María’, bajo la dirección de Agustí Villaronga. No es una opinión; es un hecho si tenemos en cuenta el aplauso unánime de la crítica y el aplauso interminable con el que cada día termina su representación. Ella no tiene esa conciencia de éxito desbocado. O no la da por sabida, más bien. La modestia le alcanza para no atreverse a saludar a alguien que conoce “por si no se acuerda de mí”. ¿Acordarse de ella? Hablamos con Blanca Portillo, una actriz absolutamente inolvidable.

Está soberbia en ‘El testamento de María’. ¿Es consciente de ello?
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No, yo no tengo una conciencia muy clara del resultado final. Cuando estoy haciéndolo no tengo conciencia de lo que se ve al final; no estoy muy segura. Tengo más conciencia del camino que hago a lo largo del espectáculo que del resultado.
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¿Es su mejor trabajo?
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Siempre tengo la sensación de que el último, por eso de ir escalando cada vez la montaña más alta, es el que mejor me ha salido. Y en este caso es una sensación muy clara. Igual por el proceso, porque ha sido muy hermoso, muy fácil. Porque lo he pasado bien, porque comulgo con él, porque me apasiona… Creo que he invertido toda la experiencia anterior.
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Empezó este proyecto diciendo que no le gustaban los monólogos… ¿Y ahora?
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No me gustaban y me siguen sin gustar (Se ríe). Me parece que un monólogo es muy solitario, aunque he descubierto que aquí el espectador te hace la mitad del trabajo, pero echo de menos el trabajo con los compañeros. Éste es un caso muy particular. No me he podido negar a hacerlo porque me enamoró desde que lo leí, pero la idea de los monólogos me resulta muy solitaria.
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¿Cómo llegó a sus manos la obra?
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Pues un día estaba sentada una terraza que hay en el lateral del Teatro Español y en la mesa de al lado se sentaron Agustí Villaronga y Javier Pérez Santana, el productor. No me atreví a acercarme porque pensé que Agustí no se iba a acordar de mí. Pero yo veía que me miraban y yo les miraba a ellos… Y al día siguiente me llamó Javier y me dijo que venían del Español de proponerles un texto que querían que hiciera. Lo leí esa misma noche, lloré muchísimo, me emocioné, y al día siguiente le llamé y le dije: “Dejo todo y me voy a hacerlo”.
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¿Se lo propusieron primero al Español?
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Sí, estaban buscando una coproducción, tenían el Grec, y había que buscar un teatro en Madrid. Hablamos con diferentes personas y, finalmente, Ernesto Caballero y el CDN no lo dudaron ni un segundo. Directamente dijeron: “Adelante”. Y yo lo agradezco profundamente.
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¿Qué le conmueve tanto del texto?
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La idea de una mujer colocada en un lugar tan intocable; la santa por excelencia, la madre de las madres, la perfección… y de pronto descubrirle un lado tan humano… La medida de su sufrimiento, que en los textos religiosos no aparece… Transitar por ese dolor, que ella lo explique y lo viva, que ella describa lo que vio y lo que sintió, en los ojos de una madre me pareció conmovedor por completo.
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35466_2En la obra, lo que a ella le duele es, como a cualquier madre, los desplantes de su hijo.
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Eso tiene que ser terrible. Yo no soy madre, pero eso te hace ver las cosas desde dos lugares distintos: el sufrimiento de la madre, por supuesto, y a mí me coloca como hija, de cuántas veces hemos despreciado los sentimientos de nuestros padres. Ellos sufren de manera desmedida. El hijo tenía derecho a hacer lo que quería, pero la madre tenía derecho a sufrir.
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¿Se planteó en algún momento que la obra podría ser ofensiva para alguien?
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Sí me asustó al principio. Me llegaron noticias de que en Nueva York había causado cierto rechazo, pero este espectáculo es muy diferente al de Nueva York. Teníamos un cierto temor de que los creyentes se pudieran sentir ofendidos, pero me ha contado gente muy creyente que pensaba que la Virgen debió pasar ese dolor, ese miedo y esa rabia. Más allá de que haya pasajes de la función que no coinciden con los Evangelios, la obra ayuda a ver las cosas desde un lugar que ni habían imaginado.
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¿Cómo ha sido trabajar con un director novel, aunque es un cineasta experimentado?
Pues ha sido muy fácil. Es un hombre con una sensibilidad enorme. No hay tanta diferencia entre dirigir actores para el teatro o para el cine. Había estudiado mucho el texto, había creado en su cabeza el personaje y nos entendimos perfectamente. A la semana y media teníamos tres cuartas partes de la función.
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Ahora que también es directora, ¿hay que dirigirla mucho como actriz?
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Sí, hay que dirigirme. Yo suelto todo lo que tengo y el director va eligiendo y afinando. Cuando actúo, y soy sobre todo actriz, no tengo ningún conflicto con la directora que llevo dentro. En todo caso favorece a la hora de actuar porque te da la visión general.
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¿Qué es lo que más le cuesta decir de este texto tan hermoso y tan duro?
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Todas las partes que tienen que ver con la sensación de abandono de ella; cada vez que siente que su hijo se le va. Y luego conjugar texto, verdad y actividad física… Hacer esas tres cosas juntas sin que se peguen entre ellas. Ideológica y verbalmente ese texto es muy potente, poéticamente es muy bello… Llegar a decirlo como se merece y hacer toda esa cantidad de cosas que hago es muy difícil.
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María es un personaje lleno de ternura.
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Es una ternura particular, porque no es nada blanda. Buscando mis referentes, hay en mi familia un abuela que nos adoraba, pero no era nada blandita. Era muy fuerte y su afecto era profundísimo. Agustí me dijo que era esa ternura; tiene que ver mucho con un sentimiento de inmensa protección hacia su hijo.
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La propia María adora a una diosa…
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Eso es un juego muy lindo. Es bastante lógico que ella no sea cristiana porque todo acaba de suceder. María, tal y como nosotros la concebimos, tiene algo ancestral de la madre tierra, de la mujer que no se entiende, que no pregunta, que abraza, que alimenta. Y ella busca en Artemisa lo mismo. Todos necesitamos que haya alguien que nos cuida.
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¿Es usted creyente?
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No, no lo soy. Creo en el ser humano por encima de todo, por eso me resulta más creíble esta María que la de las estampas. Esta mujer me hace sentir bastante mejor, creo que me podría comprender con facilidad.
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Podría ser la madre de cualquier apóstol de la no violencia…
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O de la violencia incluso. No olvidemos que, cuando Jesús aparece, abandera un movimiento casi de transgresión política y se monta una gran revuelta.

@EstherAlvarado

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