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“Aunque no lo creas me hice católica por el Orgullo gay”

Jueves, 13 de septiembre de 2018

caitlin-weaver-2-446x600Lo usual es que sea al contrario, que seas católico y que al final la Iglesia, con su homofobia, te eche para atrás. Pero nos ha hecho gracia encontrar un testimonio que es todo lo contrario, por eso la compartimos hoy contigo. Es la historia de Caitlin Weave, publicada por Huffington Post.

“Me hice católica por el orgullo gay.

Mi esposo y yo recién acabábamos de casarnos y hacíamos nuestra vida juntos en una nueva ciudad después de que la compañía donde él trabaja lo movió de Nueva York a Georgia. No buscaba que la iglesia fuera parte de esa nueva vida. Él fue criado como católico, y aunque no era particularmente devoto, estaba claro que si teníamos hijos serían criados como católicos. La idea no me gustaba. Asociaba a la iglesia católica con misas monótonas y aburridas, y con la opresión general de las mujeres y otros grupos marginados. Las cosas que menos puedo soportar son el aburrimiento y el patriarcado.

No es que no tuviera ningún tipo de Dios. Aunque no fui criada en ninguna denominación, llegué a conocer a Dios en el sótano de una iglesia a través de un programa de 12 pasos, después de que mi primer matrimonio se viniera abajo por el abuso de alcohol y drogas de mi entonces marido. Incluso empecé a ir a misa los domingos en el East Village con un amigo sobrio y su esposa. Era una iglesia progresista sin denominación que contaba con una congregación a la que lo mismo iban punks reformados, un crisol de familias jóvenes y lesbianas duras. Había un pastor muy tatuado, una muy buena banda y visuales llamativos como los que ves en una TED Talk o un concierto de Radiohead. Cuando empecé a salir en serio con mi futuro marido, a veces íbamos juntos a misa. Él iba a misa en una iglesia en medio de Broadway, el distrito teatral de Nueva York. Escuchar al coro era como ir a un concierto profesional, pero fuera de eso la misa me pareció fría e impersonal.

También me intranquilizaba la falta de diversidad a mi alrededor, un verdadero contraste con la multitud de neoyorquinos como lo que viajaba cada mañana en el metro. La experiencia no me conmovió, y si iba a la iglesia era porque quería llenarme de gracia, no para checar tarjeta con Dios.

Cuando nos mudamos a una nueva ciudad en el sur, el problema se resolvió a sí mismo temporalmente. No teníamos iglesia. Los fines de semana teníamos muchas cosas que hacer para instalarnos en nuestra nueva vida: ir a mercados de agricultores, comprar muebles, descubrir que restaurante hacía el mejor Bloody Mary. ¡No había tiempo para la iglesia!

Además, tenía el presentimiento de que si no había encontrado en Nueva York una iglesia católica lo suficientemente inclusiva para mí, mucho menos la encontraríamos en el sur. Le dije a mi esposo que no me veía adoptando un lugar donde no fueran bienvenidos mis amigos gays y mis amigas lesbianas.

Una amiga me contó de una nueva iglesia sin denominación, que sonaba como a la iglesia a la que iba en el East Village. Me habló de la banda y del joven pastor moderno que encendía un fuego en uno con sus palabras. Un día se lo conté a mi esposo mientras caminábamos al Festival del Orgullo Gay en un parque cerca de casa. Y vi una carpa con el nombre de esa misma iglesia.

“¡Ahí está!”, dije emocionada. “¡Y están regalando paletas orgánicas!”

Hablamos por unos minutos con las personas de la carpa y nos fuimos con una carpeta brillante de información y unas paletas increíbles.

“¿Qué pensaste?”, le pregunté a mi esposo.

Se encogió de hombros. “Se ven bien. Pero no son católicos”.

“Entonces, dónde están los católicos?” Molesta, me acerqué a las carpas de metodistas, luteranos, episcopalianos y sinagogas.

Estaba callado cuando dimos a vuelta a la cuadra.

“¡Eeeeey, chica!”

Y ahí estaban, vestidos con camisetas de arcoíris, los miembros del Santuario de la Inmaculada Concepción, una iglesia católica de Atlanta. Nos saludaron y sonrieron. Tuvimos una plática poderosa, y nos despidieron con unos deslumbrantes magnetos para el refri, camisetas y la promesa de ir a misa al día siguiente. La iglesia estaba a solo 3 kilómetros de casa.

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Caitlin Weaver en el Santuario de la Inmaculada Concepción en Atlanta, Georgia

A la mañana siguiente nos estacionamos en una calle vacía de un vecindario del centro conocido por sus albergues para indigentes y decrépitos edificios de gobierno. La iglesia compartía con orgullo el espacio en medio de la decadencia. Dentro encontramos la iglesia llena y el murmullo de las bromas y conversaciones mientras la gente se saludaba y abrazaba en las bancas. Casi la mitad de la congregación llevaba camisetas de arcoíris con el nombre de la iglesia. En el sur todavía informalmente segregado, era el grupo más mixto que había visto: personas de todas las razas, jóvenes, viejos, gay y heteros. Nuestra banca se sentía como un vagón del metro de Nueva York (sin el olor).

El sacerdote, un tipo genial parecido a Santa Claus, habló apasionadamente del amor de Jesús por toda la gente. Terminó recordando a quienes planeaban ir a la Marcha del Orgullo después de misa que usaran las camisetas, y que la próxima comida con la comunidad LGBTQ era el próximo viernes. El coro casi voló el techo con una canción entusiasta que hizo que todos aplaudiéramos y bailáramos en las bancas. Cuando terminó la misa, el padre y los diáconos se quitaron las sotanas para mostrar sus camisetas de arcoíris, y marcharon con orgullo por el pasillo central en medio de los aplausos.

Mi esposo me vio con los ojos muy abiertos. “Nunca en mi vida había visto una iglesia católica como esta”, dijo.

Perfecto”, respondí. “Entonces esta es nuestra iglesia católica”.

Nuestra iglesia es única, pero no debería serlo. Como otras, sufrió cuando la gente se fue de las ciudades a los suburbios. Pero en lugar de cerrar sus puertas, las abrió por completo para ayudar a la comunidad que se quedó. Fue una de las primeras de la zona en ofrecer misas para las personas afectadas por la epidemia del SIDA. Había cenas semanales para los enfermos, donde la comunidad LGBTQ, desproporcionadamente impactada, era bienvenida por los padres y miembros de la iglesia. Estas cenas semanales continuaron hasta la mitad de los noventa, y para entonces se había corrido la voz en la comunidad LGBTQ que había un lugar en el que eran bienvenidos para recibir el amor de Dios con las demás personas.

Si realmente queremos dejar atrás a la iglesia insular y corrupta, necesitamos una marca de apertura y hospitalidad radical para el futuro.

Con este (el último) horrible escándalo de la iglesia católica, no hay duda por qué la gente deja de ir a las iglesias. Si realmente queremos dejar atrás a la iglesia insular y corrupta necesitamos una marca de apertura y hospitalidad radical para el futuro. Muchos católicos comparten esta convicción. No solo están horrorizados por las acusaciones de abuso sexual que golpean a la iglesia, sino que ahora dos terceras partes apoyan el matrimonio igualitario. Pero lo que solemos escuchar del púlpito y ver en las bancas no concuerda con estos valores. Esta disonancia cognitiva es lo que aferra a la iglesia católica a su pasado de desprestigio.

Pero cuando miro alrededor de mi iglesia veo un futuro del que quiero ser parte. Así que aunque nunca haya querido pertenecer a la iglesia católica, ahí es donde me encontrarán cada domingo. Ahí bauticé a mi hijo. Ahí hago servicio. Hasta llevo una mentada calcomanía de la iglesia en mi carro. Digo, me he casado dos veces pero solo he pegado una calcomanía al carro, así que va en serio.

Creo que podrían decir que me he convertido en una señora de la iglesia.

Este año, cuando vaya a la Marcha de Orgullo con mi iglesia, volteará a todos lados, triste de que no haya más iglesias católicas. También me llenará de gratitud que, por ahora, encontré el lugar para mí, donde abunda la gracia y todos son bienvenidos”.

Fuente Oveja Rosa

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Tarde te amé…

Martes, 28 de agosto de 2018

En la fiesta del converso Agustín de Hipona…

“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en ti”

San Agustín

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“¡Tarde te amé,

hermosura tan antigua y tan nueva,

tarde te amé!

Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera,

Y por fuera te buscaba;

Y deforme como era,

Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo.

Me retenían lejos de ti aquellas cosas

Que, si no estuviesen en ti, no serían.

Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera:

Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera;

Exhalaste tu perfume y respiré,

Y suspiro por ti;

Gusté de ti, y siento hambre y sed;

Me tocaste y me abrasé en tu paz.”

*

San Agustín

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Tortícolis

Jueves, 21 de junio de 2018

torticolisDecía monseñor Tarancón: “los obispos españoles padecemos de torticolis, mirando siempre hacia Roma”.

Me acuerdo mucho de esta reflexión. Veo que ahora está de actualidad todo lo que sea “Franciscano”, del papa Francisco. Y los que piensan como él alaban todo lo que hace y se callan todo comentario por los interrogantes que nos pueda producir.

Pero veo que las iglesias de base, la iglesia española, no vamos cambiando los criterios profundos, los razonamientos… Me da mucho miedo a que el pequeño cambio que se ve, sea fruto de un mimetismo. Pero ¿qué pasará si viene otro papa de distinta orientación?

Hay un hecho muy claro y que atañe a la liturgia. He oído a multitud de curas e incluso a algún obispo decir que los nuevos libros litúrgicos no agradan ni los sentimos prácticos y de un contenido unidireccional para las celebraciones. Sin embargo no ha habido, que yo sepa, ninguna reclamación pública ante el Vaticano.

Echo en falta un cambio profundo de ideas y de planteamientos. Me parece que no nos estamos convirtiendo, desde dentro, en una línea más abierta y más de periferia. Ante realidades fuertes: refugiados, presos, corrupción, violencia machista, me gustaría escuchar más voces críticas y mayores enfoques evangélicos.

Siento que cada obispo es responsable en su diócesis y que eso requiere una gran creatividad propia. Casi siempre que se habla de Roma, se habla del papa. ¿Es que Roma es eso solo?

Y sobre todo, no veo transformación en la participación de los seglares en la comunidad eclesial. Algún pequeño cambio, pero ante una realidad muy fuerte de falta de presbíteros no se plantea la participación y responsabilidad de los seglares. Les dejamos hacer alguna pequeña cosa.

He echado siempre en falta que nuestras comunidades cristianas vivamos desde nuestra fe y la contrastemos con la diócesis de Roma. Todos los días lo siento al partir el trocito de forma en la eucaristía y mojarlo en el cáliz.

He echado siempre en falta que nuestras comunidades cristianas vivamos la fe desde nuestra creencia. Que, por supuesto miremos a Roma, pero para ver cómo allí funciona la catequesis, la predicación, la atención a los pobres, el anuncio a los no creyentes, la construcción del reino. Y eso nos pueda iluminar y ayudar. Creo que se ha insistido demasiado en Roma como fuente de doctrina y de ritos litúrgicos. Qué bien si nuestra comunidad hermana es ejemplo de cómo vivir el Evangelio hoy y aquí.

El esfuerzo sea algo más que la tortícolis de ver por dónde soplan los vientos en el Vaticano o qué es lo que allí agrada; que sea mirar a nuestro interior, a las comunidades y a las personas con quienes convivimos y ahí profundizar en la escucha y el seguimiento de Jesús. Roma nos va a dar el sentido de catolicidad.

Yo veo que muchas veces se escribe y se dice “tal persona es de la era de Francisco”, pero en la realidad percibo que siguen como antes, con distintas citas y distinta insistencia pero sin vivir la realidad del Espíritu desde las periferias.

Las personas convertidas de verdad viven cualquier circunstancia desde el Evangelio. Aunque no esté de moda.

Gerardo Villar Pérez

Fuente Fe Adulta

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“Está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.”

Domingo, 18 de febrero de 2018

En oración

El Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás;

vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.

Decía: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.”

*

(Marcos 1, 12-15)

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Hacerse hombre significa hacerse “pobre”, no tener nada con que presentarme fuerte frente a Dios, ningún apoyo, ninguna fuerza o seguridad fuera del compromiso y el sacrificio del propio corazón. El llegar a ser hombre viene a ser como la confesión de la pobreza del espíritu humano frente a la reivindicación total de la inaccesible trascendencia de Dios. Con la valentía de esta pobreza comenzó la aventura divina de nuestra salvación. Jesús no se tuvo por nada ni se defendía con nada, ni siquiera con su origen. Satanás, por el contrario, trata de impedir esta pobreza radical. Quiere hacer a Jesús fuerte, porque sólo teme una cosa: la impotencia de Dios en la naturaleza humana que asumió, Dios en un corazón humano destinado al sacrificio, que desde la fidelidad incondicional a su innata pobreza sufre desde dentro – y por lo tanto salva la necesidad y perdición del hombre.

Por eso la tentación de Satanás es un atentado contra el  autoaniquilamiento de Dios, una tentación contra la seguridad y “riqueza de espíritu”, contra la divinidad de Jesús, un sondeo a la seriedad y grandeza de su humanidad. Desde los comienzos hizo y hace lo mismo, y siempre le reconoceremos por las palabras: “Seréis como dioses”. Esta es la tentación de las tentaciones, con mil variaciones: la tentación contra la verdad de la naturaleza asignada al hombre. El pretende que la tierra sea exclusivamente suya, y con la tierra también el hombre: el hombre, en torno al cual se combatía antes de despertarse al alba de su libertad de suerte que ya nunca se le podía pedir e invitar a tomar una decisión libre por sí mismo de manera desinteresada, pero siempre o cortejado amigablemente o astutamente atacado.

*

J. B. Metz,
Pobreza en el Espíritu. Meditaciones teológicas,
Brescia 1968, 105.

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Leyendo a Thomas Merton

Viernes, 16 de febrero de 2018

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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En los diarios de Merton (17 de noviembre de 1941), mientras se debate discerniendo sobre su vocación y su futuro (Colegio de Buenaventura, Harlem, los franciscanos y los trapenses; escribir, abrazar la pobreza), comenta sobre la importancia de estar o no en un lugar determinado para crecer espiritualmente. Varias ideas:

  1. A menudo no existe razón alguna para preferir un lugar antes que otro. Metafísicamente, importa poco en qué ciudad te haya tocado vivir. Sea cual sea, en ella puedes trabajar por tu salvación y encontrar la paz, si tal es tu deseo, porque para la paz que necesitamos hemos de mirar dentro de nosotros mismos.
  2. Sin embargo, psicológicamente hay grandes diferencias entre unos lugares y otros. Los límites que tales diferencias imponen a tu propia espiritualidad son a menudo muy significativos.
  3. Tal vez algunos lugares tengan un determinado valor: te permiten buscar y encontrar determinadas cosas en tu propia alma. Cuando las has encontrada, empiezas a saber que el lugar te ha ayudado: que el lugar sea agradable y hermoso no significa demasiado. Solo tiene un valor ulterior: el valor de un sacrificio.
  4. La única cosa buena que se puede hacer con el lugar, el tipo de vida, es abandonarlo. Vence la tentación de conservar lo que has logrado como si fuese propiedad tuya y de aferrarte a ello por inercia.

De las ideas anteriores tengo la impresión de que Merton, que vive su etapa de converso con mucho entusiasmo, participa de una formula muy común en la espiritualidad tradicional: cuanto más difícil resulta una cosa, más agrada a Dios. Por eso escribe días antes:

Seguir suplicando que yo esté dispuesto a poner mi espíritu totalmente en Sus manos, lo que significa hacer, al mismo tiempo, lo que es mejor y más duro, más santo y menos ventajoso, más compasivo y menos encantador. Hacer todas esas cosas en las cuales yo soy el último y el más pequeño. Someter mi voluntad…” (Diario I, página 68).

Otra idea en la que me detengo tiene que ver con la diferencia entre paz e inercia: “La inercia no se identifica nunca con la paz: paz es un tipo de orden o armonía activa. Es algo vital, no inerte” (Diarios I, página 70). Me gustaría seguir encontrando otras ideas suyas acerca de la paz.

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Otra conversión.

Miércoles, 24 de enero de 2018

Del blog de Amigos de Thomas Merton:

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En esta entrada en su Diario, Merton deja constancia de un nuevo enfoque para su vida, como una nueva conversión. Adelanta, ensancha miras, profundiza. Se está comprometiendo con los problemas más acuciantes de su realidad; guerra, injusticia social, van a ser ahora temas a los que se refiere en sus escritos con creciente frecuencia. Es otro comienzo más para él.

Empezando un nuevo año, hemos escogido este texto para compartirlo con ustedes.

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 “¿Cuál es mi nuevo desierto? Su nombre es compasión.

No existe yermo tan terrible, tan bello, tan árido y tan fructífero como el yermo de la compasión. Es el único desierto que verdaderamente florecerá como el lirio. Se convertirá en un estanque. Echará brotes y florecerá y saltará de gozo.

En el desierto de la compasión, la tierra sedienta ve brotar fuentes de agua, el pobre posee todas las cosas. No existen fronteras que controlen a los moradores de esta soledad, en la cual yo vivo solo, tan aislado como la Hostia sobre el altar que, siendo alimento de todos los hombres, pertenece a todos y no pertenece a nadie, porque Dios está conmigo y se asienta en las ruinas de mi corazón, predicando el evangelio a los pobres.”

*

Thomas Merton.
Diarios, 29 de noviembre de 1951

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Contemplar, saborear y actuar. Es el amor puro contemplado y descubierto como causa primera y determinante de nuestro existir el que nos impulsa hacia lo que Francisco de Sales llamaba éxtasis de la acción. ¿Cuál es el paso que me es posible dar hoy? En este sentido, hoy recordamos a San Francisco de Sales en su fiesta:

Piensa en el amor con el que Jesucristo, nuestro Señor, tanto sufrió en este mundo, de modo particular en el huerto de los Olivos y en el monte Calvario: ¡ese amor te miraba a ti! ¡Dios mío, con qué profundidad deberíamos imprimir en nosotros todo esto! ¿Acaso es posible que yo haya sido amado con tanta dulzura por el Salvador, hasta el punto de que él haya pensado en mí personalmente, incluso en todas las pequeñas circunstancias a través de las cuales me ha atraído a él? Es verdaderamente maravilloso: el corazón repleto de amor de mi Dios pensaba en mí, me amaba y me procuraba mil medios de salvación, como si no hubiera tenido otra persona en el mundo en la que pensar. Pero ¿cuándo empezó a amarte? Desde que empezó a ser Dios, es decir, desde siempre…

*

Francisco de Sales,
Filotea V, 13ss

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“Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.”

Domingo, 21 de enero de 2018

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 Jesús les dijo:

 “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios:
convertíos y creed en el Evangelio
.”

 “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.”

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron…

y se marcharon con él.

*

Marcos 1, 14-20

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Ser cristiano significa prestar atención al kairós, a este «momento especial» de la manifestación de Dios en nuestro aquí y ahora. En él se desarrolla la dimensión auténticamente profética de toda vida cristiana, en la atención […] a todos los signos de la presencia del Reino en nuestra historia. Acoger el Reino de Dios implica una conducta: «Convertíos», precepto urgente, «el tiempo se acaba» (1 Cor 7,29), que acompaña al don del Reino y engendra una nueva actitud respecto a Dios y respecto a los hermanos. Jonás recibió la misión de llamar a la conversión a Nínive, la capital del imperio enemigo de Israel. El profeta, un judío amante de su patria, se niega a realizar esta tarea, pero al final acepta la voluntad de perdón del Señor, que carece de límites raciales o religiosos. El Reino es gracia, aunque para nosotros es también un deber.

Los primeros discípulos escucharon la «Buena Noticia» y fueron llamados a asociarse a la misión de Jesús (Mc 1,16-20). El Evangelio marcó profundamente sus vidas. Así debe marcar también la nuestra.

*

Gustavo Gutiérrez,
Condividere la Parola, Brescia 1996, pp. 170ss

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“Otro mundo es posible”. 3º Tiempo Ordinario – B (Marcos 1,14-20)

Domingo, 21 de enero de 2018

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No sabemos con certeza cómo reaccionaron los discípulos del Bautista cuando Herodes Antipas lo encarceló en la fortaleza de Maqueronte. Conocemos la reacción de Jesús. No se quedó en el desierto. Tampoco se refugió entre sus familiares de Nazaret. Comenzó a recorrer las aldeas de Galilea predicando un mensaje original y sorprendente.

El evangelista Marcos lo resume diciendo que «marchó a Galilea proclamando la buena noticia de Dios». Jesús no repite la predicación del Bautista ni habla de su bautismo en el Jordán. Anuncia a Dios como algo nuevo y bueno. Este es su mensaje.

«Se ha cumplido el plazo»

El tiempo de espera que se vive en Israel ha acabado. Ha terminado también el tiempo del Bautista. Con Jesús comienza una era nueva. Dios no quiere dejarnos solos ante nuestros problemas, sufrimientos y desafíos. Quiere construir junto con nosotros un mundo más humano.

«Está llegando el reino de Dios»

Con una audacia desconocida, Jesús sorprende a todos anunciando algo que ningún profeta se había atrevido a declarar: «Ya está aquí Dios, con la fuerza creadora de su justicia, tratando de reinar entre nosotros». Jesús experimenta a Dios como una Presencia buena y amistosa que está buscando abrirse camino entre nosotros para humanizar nuestra vida.

Por eso toda la vida de Jesús es una llamada a la esperanza. Hay alternativa. No es verdad que la historia tenga que discurrir por los caminos de injusticia que le trazan los poderosos de la tierra. Es posible un mundo más justo y fraterno. Podemos modificar la trayectoria de la historia.

«Convertíos»

Ya no es posible vivir como si nada estuviera sucediendo. Dios pide a sus hijos colaboración. Por eso grita Jesús: «Cambiad de manera de pensar y de actuar». Somos las personas las que primero hemos de cambiar. Dios no impone nada por la fuerza, pero está siempre atrayendo nuestras conciencias hacia una vida más humana.

«Creed en esta buena noticia»

Tomadla en serio. Despertad de la indiferencia. Movilizad vuestras energías. Creed que es posible humanizar el mundo. Creed en la fuerza liberadora del Evangelio. Creed que es posible la transformación. Introducid en el mundo la confianza.

¿Qué hemos hecho de este mensaje apasionante de Jesús? ¿Cómo lo hemos podido olvidar? ¿Con qué lo hemos sustituido? ¿En qué nos estamos entreteniendo si lo primero es «buscar el reino de Dios y su justicia»? ¿Cómo podemos vivir tranquilos observando que el proyecto creador de Dios de una tierra llena de paz y de justicia está siendo aniquilado por los hombres?

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

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“Convertíos y creed en el Evangelio”. Domingo 21 de enero de 2018. Domingo tercero del tiempo ordinario

Domingo, 21 de enero de 2018

12-ordinarioB3 cerezoLeído en Koinonia:

Jonás 3,1-5.10: Los ninivitas se convirtieron de su mala vida. Salmo responsorial: 24: Señor, enséñame tus caminos. 1Corintios 7,29-31: La representación de este mundo se termina. Marcos 1,14-20: Convertíos y creced en el Evangelio

Como es sabido, en las lecturas de la liturgia de los domingos, la primera y la tercera están siempre unidas temáticamente, mientras que la segunda suele ir por caminos independientes. Hoy la pareja de lecturas principales son la de la predicación de Jonás sobre la ciudad Nínive, y la predicación de Jesús al comenzar su ministerio, precisamente «cuando arrestaron a Juan», o sea, al faltar el profeta.

La lectura sobre Jonás hoy presenta un contenido positivo: el profeta atiende el mandato de Dios que le envía a predicar, va, predica, y además tiene éxito su predicación, pues la ciudad se arrepiente.

El comentario más simple a este texto puede ir por la línea de la importancia de la predicación profética para la conversión de los que están alejados de Dios. Es un tema conocido. Y, como decíamos, hace un paralelismo con el texto del evangelio: Jesús es un nuevo profeta, que empalma con la línea de los profetas clásicos, que también se lanza por los caminos para predicar un mensaje de conversión.

Para unos oyentes más críticos, esta segunda lectura es preocupante. Porque el conjunto entero de lo que en ella se expresa pertenece a un marco de comprensión hoy insostenible: un Dios arriba, directamente imaginado como un gran rey, que envía su mensajero para predicar un mensaje de conversión, mensaje que antes no pudo surtir efecto porque el profeta no quiso ir a predicar, pero que ahora es atendido y obedecido por los ninivitas. «Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció, y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó». Esta imagen de un Dios arriba, que toma decisiones, envía mensajeros, les insiste, se comunica con los seres humanos por medio de esos mensajeros profetas, y que «al ver» las obras de penitencia «se compadece y se arrepiente de la catástrofe con que había amenazado a la ciudad»… es, obviamente, humana, muy humana, demasiado humana, sin duda. Es, claramente, un «antropomorfismo». Dios no es un Señor que esté ahí «arriba, ahí afuera», ni que esté enviando mensajeros, ni es alguien que pueda amenazar, ni que se pueda arrepentir… Hoy sabemos que Dios no es así, que lo que llamamos «Dios» es en realidad un misterio que no puede ser reducido a una imagen o una imaginación antropomórfica semejante.

Sería bueno, incluso necesario, referirse a esta calidad de antropomorfismo que tiene esta lectura –como tantísimas otras–, y hacer caer en la cuenta a los oyentes que no los estamos tomando por niños, sino que, simplemente, estamos utilizando un texto compuesto hace más de veinticinco siglos, y que la imagen de Dios que aparece en él nos resulta hoy inviable. Es importante decirlo, y no es bueno darlo por sobreentendido, porque puede haber –con razón- personas que se sientan mal al escuchar estas imágenes, como si se sintieran retrotraídas al tiempo de la catequesis infantil. Y, desde luego, es recomendable abordar –en esta u otra ocasión– el tema de las imágenes de Dios, y aclarar que si somos personas de hoy, lo más probable es que no nos encaje bien el lenguaje clásico (o ancestral) sobre Dios, y que tenemos todo el derecho a ser críticos y a utilizar otro.

Éste podría ser, sin más, el buen tema de reflexión central para la homilía de hoy. Es más que suficientemente importante. Recomendamos el libro del obispo anglicano John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, colección «Tiempo axial», Abya Yala, Quito 2011, tiempoaxial.org).

La lectura de la 1ª carta de Pablo a los corintios también puede iluminarse hoy con la del evangelio de Marcos: ante el reinado de Dios que ha sido instaurado por la actuación de Jesús -su predicación, sus milagros, sus controversias, especialmente su muerte y resurrección-, todas las realidades humanas adquieren un nuevo sentido: comprar, vender, llorar, reírse, casarse o permanecer célibe, todo es diferente y su valor distinto. Lo absolutamente definitivo es el ejercicio de la voluntad salvífica de Dios que Jesús vino a poner en marcha. Por eso Pablo puede afirmar que “la presentación de este mundo se termina”, es decir, que Dios hace nuevas todas las cosas realizando la utopía de su Reino en donde pobres y tristes, enfermos y condenados, excluidos y ofendidos de la tierra son rescatados y acogidos, y en donde los ricos y los poderosos son llamados urgentemente a la conversión.

Después de narrarnos los comienzos del evangelio con Juan Bautista, con la unción mesiánica de Jesús en el río Jordán y con sus tentaciones en el desierto, Marcos nos relata, en unas frases muy condensadas, los comienzos de la actividad pública de Jesús: es el humilde carpintero de Nazaret que ahora recorre su región, la próspera pero mal–afamada Galilea, predicando en las aldeas y ciudades, en los cruces de los caminos, en las sinagogas y en las plazas. Su voz llega a quien quiera oírlo, sin excluir a nadie, sin exigir nada a cambio. Una voz desnuda y vibrante como la de los antiguos profetas. Marcos resume el entero contenido de la predicación de Jesús en estos dos momentos: el reinado de Dios ha comenzado –es que se ha cumplido el plazo de su espera– y ante el reinado de Dios sólo cabe convertirse, acogerlo, aceptarlo con fe.

Muchos reinados recordaban los judíos que escuchaban a Jesús: el muy reciente reinado de Herodes el Grande, sanguinario y ambicioso; el reinado de los asmoneos, descendientes de los libertadores Macabeos, reyes que habían ejercido simultáneamente el sumo sacerdocio y habían oprimido al pueblo, tanto o más que los ocupadores griegos, los seléucidas. Recordaban también a los viejos reyes del remoto pasado, convertidos en figuras de leyendas doradas, David y su hijo Salomón, y la lista tan larga de sus descendientes que por casi 500 años habían ejercido sobre el pueblo un poder totalitario, casi siempre tiránico y explotador. ¿De qué rey hablaba ahora Jesús? Del anunciado por los profetas y anhelado por los justos. Un rey divino que garantizaría a los pobres y a los humildes la justicia y el derecho y excluiría de su vista a los violentos y a los opresores. Un rey universal que anularía las fronteras entre los pueblos y haría confluir a su monte santo a todas las naciones, incluso a las más bárbaras y sanguinarias, para instaurar en el mundo una era de paz y fraternidad, sólo comparable a la era paradisíaca de antes del pecado.

Este «reinado de Dios» que Jesús anunciaba hace 2000 años por Galilea, sigue siendo la esperanza de todos los pobres de la tierra. Ese reino que ya está en marcha desde que Jesús lo proclamara, porque lo siguen anunciando sus discípulos, los que Él llamó en su seguimiento para confiarles la tarea de pescar en las redes del Reino a los seres humanos de buena voluntad. Es el Reino que proclama la Iglesia y que todos los cristianos del mundo se afanan por construir de mil maneras, todas ellas reflejo de la voluntad amorosa de Dios: curando a los enfermos, dando pan a los hambrientos, calmando la sed de los sedientos, enseñando al que no sabe, perdonando a los pecadores y acogiéndolos en la mesa fraterna; denunciando, con palabras y actitudes, a los violentos, opresores e injustos.

A nosotros corresponde, como a Jonás, a Pablo y al mismo Jesús, retomar las banderas del reinado de Dios y anunciarlo en nuestros tiempos y en nuestras sociedades: a todos los que sufren y a todos los que oprimen y deben convertirse, para que la voluntad amorosa de Dios se cumpla para todos los seres del universo. Leer más…

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Cambia tu manera de pensar.

Domingo, 21 de enero de 2018

fishermenMc 1, 14-20

Seguimos con el evangelio de Marcos que vamos a leer durante todo este año. Es el primero que se escribió y tiene aún la frescura de los comienzos. Es el más conciso. No tiene grandes discursos de Jesús ni cuenta muchas parábolas. Le interesa sobre todo la vida cotidiana de Jesús. Su actitud vital para con los pobres y oprimidos es la verdadera salvación. Las curaciones y la expulsión de demonios, entendidos como liberación, son la clave para comprender el verdadero mensaje de salvación de este evangelio.

Cuando arrestaron a Juan. Quiere resaltar el evangelista que Jesús va a continuar la tarea del Bautista, pero a la vez, deja clara la diferencia. ¡Recordad! Los datos cronológicos no tienen importancia en la elaboración de un “evangelio”. En el evangelio de Jn, después de haber narrado el seguimiento de los primeros discípulos. Después de contarnos la boda en Caná, la purificación del templo y el encuentro con Nicodemo, nos dice que Jesús fue con sus discípulos a la región de Judea y bautizaba allí, a la vez que Juan estaba bautizando en otro lugar y dice: esto ocurrió antes de arrestar Juan.

Llegó Jesús a Galilea. Está claro que el evangelista quiere desligar la predicación de Jesús de toda connotación oficial. Lejos de las autoridades religiosas, lejos del templo y de todo lo que significaba ambas cosas. Galilea era tierra fronteriza y en gran parte habitada por gentiles. Esto para un judío era, de entrada, una descalificación.

Se puso a proclamar la “buena noticia” de parte de Dios. Había empezado él su evangelio diciendo que se trataba de exponer los orígenes de la “buena noticia de Jesús”. Estos textos son los que dieron origen a la palabra “evangelio”, cuyo género literario se inaugura con el escrito de Mc. Jesús no espera, como Juan, a que la gente venga a él.

Se ha cumplido (colmado) el kairos. En la fiesta de Año Nuevo, hablamos del significado de “Cronos” y “kairos”. Aquí el texto dice kairos, es decir, se trata del tiempo oportuno para hacer algo definitivo. No es que algún cronos sea especial. Cualquier cronos lo podemos convertir en kairos si nuestra actitud vital es adecuada. El texto nos está recordando que todo los Kairos se han concentrado en el que ahora está presente.

Está despuntando el Reino de Dios. Esta expresión es la clave. No se trata de que Dios reine. Se trata de que Dios se haga presente entre nosotros, gracias a las actitudes de los seres humanos. Jesús hace presente ese Reino, que es Dios, porque sus relaciones con los demás, basadas en el amor y la entrega, hacen surgir en cada instante a Dios. Dios es amor, de modo que está allí donde exista una verdadera empatía y compasión. Ese Reino está ya presente en Jesús que fue capaz de hacer presente a Dios, amando.

¡Cambiad de mentalidad! “Convertíos”, no expresa bien el sentido del texto, porque  hemos inventado un concepto de conversión que no está en el original. Para nosotros convertirse es salir de una situación de pecado. Lo que pide Jesús es una manera nueva de ver la realidad que no tiene por qué partir de una situación depravada. Es más, el cambio se exige como actitud que no de debe abandonarse nunca. “Metanoeite” significa cambia de rumbo, cambia de mentalidad, no significa hacer penitencia.

La llamada de los discípulos a continuación les obliga a hacer su personal cambio de rumbo (metanoya): “Dejan la barca y a su padre y le siguieron”. Aquí debemos hacer todos, un serio examen de conciencia. Cuantas veces hemos descubierto nuestros fallos y nos hemos conformado con ir a confesarlos, pero no hemos cambiado el rumbo. ¿De qué puede servir toda esa parafernalia, si continuamos con la misma actitud?

Tened confianza en la buena noticia. La traducción oficial del griego “pisteuete” nos puede llevar a engaño. No se trata de creer la noticia, sino de confiar en que es buena noticia para nosotros. Tanto en el AT como en el nuevo, la fe no es el asentimiento a unas verdades, sino la confianza en una persona. Si la buena noticia que Jesús predica, viene de parte de Dios, podemos tener confianza plena en que es buena.

También debemos recordar que, por extraño que parezca, “euangelio” no significa “evangelio”. Nosotros hemos colocado detrás de la palabra evangelio, un concepto muy concreto y preciso. Evangelio = uno de los escritos de las primeras comunidades donde intentan expresar lo que Jesús vivió y predicó. Hemos caído en un monumental fraude. Hemos confundido el estuche con la joya que debía contener. Aquí “euangelio” significa esa estupenda noticia que Jesús descubrió y nos comunicó de parte de Dios.

A la llamada de Jesús que acabamos de comentar, corresponden las primeras respuestas personales, de parte de unos simples pescadores sin preparación alguna, que se fiaron detrás de Jesús. Es muy significativo que el primer instante de su andadura pública, Jesús cuenta con personas que le siguen de cerca y están dispuestas a compartir con él su manera de entender la vida. La comunidad, por muy reducida que sea es clave para poder emprender una vida cristiana.

Darse cuenta de que hemos emprendi­do un camino equivocado es la única manera de evitarlo. Cada vez que rechazamos un camino falso, nos estamos acercando al verdadero. Todos tenemos que convertirnos porque todos estamos haciéndonos. Convertirse es rectificar la dirección para que apunte mejor a la meta. Pecado en el AT era errar el blanco. Da por supuesto que intentas dar en el blanco, pero te has desviado. Somos flechas disparadas que tienden a desviarse del blanco y que constantemente tienen que estar contrarrestando esas fuerzas que nos distorsionan.

Convertirse no es abandonar el mal por el bien, porque el mal y el bien en el ser humano, no se pueden separar nunca del todo. Para el maniqueísmo está todo demasiado claro: Son realidades distintas que deben estar separadas. Nunca hemos superado esa tentación. La realidad es muy distinta: ni el bien ni el mal se pueden dar químicamente puros. Siempre que trazamos una línea divisoria entre el bien y el mal, nos estamos equivocando. Lo que llamamos mal no tiene entidad propia, es solo ausencia de bien.

El mal (ausencia de perfección) no es un accidente, sino que pertenece a la misma estructura del hombre. Sin esa limitación, que hace posible el error, pero que también hace posible el crecimiento, no habría persona humana. La hondura del misterio del mal está precisamente ahí. Del mismo mal surge el bien, y el mal acompaña siempre al bien.

Con frecuencia necesitamos la advertencia de alguien que nos saque del error en que estamos. Aún con la mejor voluntad, podemos estar equivocados. Las mayores barbaridades de la historia se hicieron en nombre de Dios. Aún caminando hacia la meta, siempre estaremos necesitados de rectificar la dirección. Tenemos que aprender de los errores. Como seres humanos, no tenemos otra manera de progresar.

Meditación

Lo que Jesús nos ha dicho es increíble, pero cierto.
Dios es amor, don total, absoluto y eterno.
Jesús me invita a experimentar esta realidad.
Seguirle es entrar en la misma relación con Dios que él mantuvo.
Esa relación hará cambiar mi existencia
y empezaré al ver el mundo de otra manera.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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¿Las mujeres dejaron inmediatamente a su marido y a sus hijos?

Domingo, 21 de enero de 2018

jesus-y-los-nic3b1os-1Mc 1, 14-20

Un mal comienzoCuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar la Buena Noticia…

Juan predicó la conversión, habló con claridad de lo que era justo e injusto y lo arrestaron. A continuación Jesús se fue a Galilea, un nido de víboras, para predicar algo semejante. Extraña elección.

Jesús había estado en el desierto. Había experimentado la confrontación entre el bien y el mal. Y había optado.

La región más marginal y castigada de todo Israel era buen lugar para comenzar a predicar la Buena Noticia de su Abbá. En Galilea vivían grupos terroristas, muy activos, que se oponían al poder de Roma, por ejemplo los celotes. Los romanos habían hecho numerosas redadas y detenciones; habían crucificado a muchos jóvenes galileos. Sin duda, la gente de Galilea necesitaba que se le ofreciera una Buena Noticia.

Una doble invitación: convertíos y creed en el Evangelio.

Es una lástima que muchas veces se haya traducido “reino de Dios” por “reino de los cielos”. Como si Jesús hubiera venido a saciar nuestra curiosidad diciéndonos lo que hay más allá de las nubes y de la muerte. La expresión reino de Dios era muy sugerente en el Antiguo Testamento, una especie de compendio de lo que Israel esperaba cuando el Mesías inaugurara un tiempo nuevo y el proyecto llegara a su plenitud.

Para acoger esa novedad, para poder vivir ese “sueño de Dios sobre la humanidad” es necesaria la conversión. Ya lo sabemos. Pero eso no impide que necesitemos convertirnos cada día.

En tiempos de Jesús, la palabra conversión significaba cambiar de dirección; incluso significaba dar la vuelta para llegar hasta el lugar donde se perdió el camino, y retomar desde allí el bueno. Al ir de un lugar a otro era fácil perderse, las señales eran escasas y la lluvia desdibujaba las sendas.

Un reto: acoger la conversión.

Jesús recoge la experiencia de conversión que tenían todos los caminantes y le da un sentido mucho más profundo: se trata de nacer de nuevo, como dijo a Nicodemo. Se trata también de sumergirnos en el cambio, de dejarnos rehacer para que nuestro corazón fariseo, cumplidor y de piedra, pueda ser transformado en un corazón compasivo y misericordioso, como el del Abbá.

Este proceso se nos va a ir de las manos, una y otra vez. ¿Realmente deseamos ser transformados radicalmente como san Pablo o nos quedamos satisfechos con algunos gestos de conversión en los momentos fuertes del año?

¿Pedimos, desde lo más hondo, llegar a vivir como hijos e hijas amados? ¿Queremos descubrir a cada hombre y mujer como iconos del Abbá, por muy deteriorados que estén su rostro y su comportamiento moral?

Unos encuentros: Jesús vio a Simón y a su hermano Andrés y les invitó a ser pescadores de hombres. Ellos, inmediatamente le siguieron…

¿Inmediatamente? Hay más probabilidades de que sea un recurso literario que un hecho histórico. En una sociedad tan patriarcal como aquella, hubiera sido escandaloso dejar a la mujer, hijos, padres, etc., a la intemperie para seguir a un “don nadie” que pasó por allí. Había unas normas de comportamiento, y una de ellas consistía en trabajar con los padres y cuidarlos cuando fueran mayores. No tenía sentido dejar de cumplir la ley para irse con un varón judío que no podía gloriarse de tener esposa, ni hijos, ni casa, ni tierras.

¿Por qué nos narran el seguimiento de este modo? San Marcos presenta a lo largo de su evangelio diversos encuentros con Jesús y diferentes formas de responderle y seguirle. De este modo, quienes se acercaban a las primeras comunidades tenían muchos ejemplos que les servían de referencia para aprender a seguir a Jesús.

Esta catequesis de Marcos nos presenta a dos hombres que dejan las redes, es decir, pierden su medio de vida y su seguridad, pero encuentran la perla escondida, el tesoro. “Pescar hombres” era una imagen sugerente que les insertaba en la corriente profética; dejar las redes de pescador les merecía la pena.

No importa que lo descubrieran en un instante o poco a poco. Que siguieran a Jesús dejando todo tirado, y la familia a la intemperie o en un proceso que duró un tiempo.

Al interpretar la inmediatez de manera literal corremos el riesgo de que en el trabajo pastoral con los jóvenes no se tenga en cuenta que han pasado veinte siglos y se han descubierto unos principios básicos de sicología. En muchas jornadas y encuentros se pone el acento en el impacto emocional del momento, en la urgencia de la respuesta… como si Jesús hubiera puesto en marcha el cronómetro de la vocación. Luego nos lamentamos de los frutos inmaduros…, sobradamente conocidos.

También vio a Santiago y a Juan, dos hermanos que no quedan en muy buen lugar en los evangelios. Les puso como apodo “hijos del trueno” (Mc 3, 17), con las connotaciones que tenían los truenos en aquella época. Los dos hermanos sugieren a Jesús que baje fuego del cielo para consumir a los samaritanos que no les reciben en una aldea (Lc 9, 51-56). Se presentan, junto con su madre, a pedir a Jesús los dos mejores puestos del Reino (Mt 20, 20-28), lo que muestra que no habían entendido nada de ese Reino que querían gobernar.

A pesar de todo esto, lo más probable es que en las homilías de este domingo se idealicen estas llamadas y no se tenga en cuenta que los cuatro evangelistas han silenciado los relatos de vocación de la mayoría de las mujeres que aparecen acompañando a Jesús.

Nos dice Lucas que cuando las mujeres regresaron del sepulcro y contaron a los once y a los demás lo que habían vivido “aquellas palabras les parecieron un delirio y no las creyeron” (Lucas 24, 8-11)

¿Pasó lo mismo cuando cada mujer fue contando cómo experimentó la mirada de Jesús y su llamada?

Este domingo ¿nos dirán en las homilías que las mujeres que acompañaban a Jesús desde Galilea y le sostenían con sus bienes, habían dejado inmediatamente a su marido y a sus hijos? ¿Nos animarán a que hagamos lo mismo? ¿Era ejemplar la actitud de los apóstoles? ¿Es una actitud escandalosa si se trata de mujeres?

¿Por qué reaccionaríamos de modo diferente ante el comportamiento de un hombre y una mujer en el seguimiento radical de Jesús? El evangelio y el seguimiento ¿tienen una versión para hombres y otra para mujeres?

 Marifé Ramos (www.mariferamos.com)

Fuente Fe Adulta

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Pasotismos Postmodernos

Domingo, 21 de enero de 2018

default-ds-cdn-write-upload-4000-300-60-1-294361Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

UN POWER POINT DE NÍNIVE Y JONÁS.

Nínive era la capital del reino de Asiria y, como toda capital (incluidas las nuestras), era una ciudad en la que abundaba la corrupción de todo tipo. Nínive era la ciudad símbolo del imperialismo, del lujo, de la opresión de Israel. Por eso era especialmente odiada.

Como buen judío Jonás está seguro y cómodo en su tradición, en su teología, en sus criterios, por lo que no cree ni quiere un Dios libre y bueno para con otras gentes y pueblos. Le molesta que Dios sea bueno con los extranjeros, con los moralmente incorrectos.

Jonás era un hombre autosuficiente tanto nacional como “eclesiásticamente”. “Se las sabía todas”.

Pero -extrañamente- Jonás es llamado y enviado por Dios para predicar en Nínive. Es una perfecta estupidez, porque Jonás no creía en que se pudiera ni que se debiera hacer nada en aquella ciudad corrupta. Por esta razón Jonás no quería ir a Nínive y más bien prefiere irse al “Caribe”: hacer un crucero a Tarsis, que no se sabe muy bien dónde está ¿Tarso? ¿Quizás un pueblo del Líbano? ¿Quizás en la actual Huelva? ¿Quizás Tartessios: en Cádiz?). Sea a donde fuere, Jonás embarca con la intención de marchar para una temporada de vacaciones. Que me dejen en paz, que no tengo ganas de nada. Un perfecto postmoderno de nuestro tiempo.

Dios desencadena un gran viento, el barco naufraga y se va a pique. Los marineros de aquella nave cargan a Jonás con la culpa de aquel naufragio y lo arrojarán al mar. Pero Jonás fue salvado de las aguas en el vientre de la ballena que lo vomitó en la playa.

Una vez salvado Jonás, Dios le insiste a Jonás: haz el favor de marchar de una vez a Nínive a abrir los ojos de aquellas gentes.

A regañadientes Jonás se va a Nínive. La predicación de Jonás es fuerte, más bien amenazante: “Como no os convirtáis en cuarenta días, Dios arrasará la ciudad”.

Pero para disgusto y envidia de Jonás (de los ultras de todo sistema ideológico y eclesiástico) los ninivitas creyeron, se convirtieron y se salvaron.

A Jonás, hombre puritano y pasota, le molesta que los ninivitas se conviertan y que Dios sea bueno con ellos. Es una actitud un tanto extraña. Jonás hubiese terminado satisfecho si, tras su predicación, los ninivitas hubiesen seguido igual, Dios les habría arrasado con fuego y azufre. Jonás terminaría contento, porque “¿veis cómo tengo razón?”, “con esa gente no se puede hacer nada”.

La novela termina con una moraleja. Jonás se acuesta en su tienda y Dios hace crecer una planta de ricino a cuya sombra Jonás se protegerá del sol. Pero un gusano seca la planta. Jonás deprimido se deja morir. Y Dios le dice: Sientes lástima y te deprimes porque se ha secado una planta. ¡Cómo no voy a sentir lástima por los 120.000 ninivitas! Jonás ya no dijo nada y nunca sabremos su actitud final.

posmodernismo02. POSTMODERNIDAD.

En cierto sentido Jonás era un hombre postmoderno, como nosotros, como nuestra situación cultural.

El momento cultural que estamos viviendo es claramente postmoderno. Los idealismos han caído, así como los valores y los “grandes relatos”: ¿para qué queremos libertad, pensamiento, filosofía, justicia, etc? A mí dame un trabajo y un buen sueldo a fin de mes y déjame de “milongas” solidarias, justicias, etc.

Jonás estaba convencido de que no se podía hacer nada, y lo que es peor, no convenía hacer nada con aquella gente de Nínive.

¿Qué podemos hacer contra los “recortes”, contra la crisis, contra la droga, contra el racismo, contra la corrupción, contra los grandes intereses económico.políticos del capitalismo? ¿Cuál será el futuro de esta Iglesia decrépita que no quiere cambiar ni un ápice y olvida o tergiversa el Concilio Vaticano II y se enroca en su doctrina como Jonás y no quiere acercarse a Nínive y a los ninivitas sino para condenarlos? ¿Qué se puede esperar de parte de una jerarquía que se enfrenta al mismo papa Francisco?

“Que paren el mundo, que me bajo”.

Nos embarga una profunda decepción, una gran cansera y hacemos lo mismo que Jonás: lo mejor es irse de vacaciones, “a vivir que son dos días” y, algo cínicamente, nos justificamos diciendo; “disfruta”, que eso es lo que te vas a llevar de la vida.

Un tanto cínicamente solemos decir: nosotros hemos llegado hasta aquí, “los que vengan atrás que arreen”.

¿No será esta la actitud de no pocos curas y laicos que nos quedamos, -nos quedamos- apoltronados en nuestra mentalidad, en la comodidad de nuestro pequeño mundo?

03. A JONÁS SE LE SECÓ HASTA EL RICINO

También como Jonás, nos sentamos escéptica y autosuficientemente bajo el ricino, a la sombra de nuestra orgullosa tradición nacional-católica o de nuestras manidas costumbres y prácticas religiosas y pastorales.

También a nosotros, como a Jonás, se nos ha secado el ricino (doctrina, instituciones, parroquias, ideologías, audacia, valentía) y ya no nos cubre con su sombra. Por eso, quizás, repetimos y repetimos cosas y cosas, pero que ya no iluminan, ni alimentan. Como Jonás, maldecimos lo mal que van las cosas, lo mal que lo hacen los políticos, los eclesiásticos, pero no movemos un dedo para cambiar las cosas.

04. LAS ALUSIONES ECLESIALES SON EVIDENTES.

Ya el ARCA DE NOÉ es un símbolo de salvación en las aguas bautismales del diluvio. (El Éxodo, como el diluvio, como el Jordán, como el costado de Cristo son preciosas y espléndidas catequesis bautismales).

La BALLENA es el sepulcro de Jesús, de donde, al tercer día, brota de nuevo la vida de Jonás y de Jesús.

El BARCO, la BARCA conlleva una alusión a la Iglesia: la barca de salvación.

Jonás estaba DORMIDO, COMO JESÚS en la BARCA. Todo el mundo está nervioso, menos Jonás y Jesús. Pero cuando el Señor está presente, las tempestades se calman.

05. EL CENTRO NO ES LO ECLESIÁSTICO – RELIGIOSO, SINO EL EVANGELIO DEL REINO.

news_36031_1430052009El eje central, el problema de fondo no es el mundo eclesiástico, por más que se lo crean los eclesiásticos. La cuestión no es si tiene que haber 13 ó 5 ó 25 arciprestazgos, ni las formas litúrgicas a restaurar, ni el puritanismo ultraortodoxo que raya el fundamentalismo.

La cuestión es CONVERTÍOS Y CREED EN EL EVANGELIO. Lo importante es vivir el evangelio y seguir al Señor desde ese evangelio que crea libertad, justicia, paz.

El Evangelio nos hace bien y el Evangelio del Reino es la meta.

EL REINO DE DIOS ESTÁ CERCA

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Arrollado por la ola de una alegría inagotable

Domingo, 24 de septiembre de 2017

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“Habiendo entrado, o las cinco y diez de la mañana, en una capilla del barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.

Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aun más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar – hasta el punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, “católico, apostólico, romano”, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir era un niño, listo para el bautismo y que miraba en torno a si, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se había suspendido en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

No me oculto lo que una conversión de esa clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el Espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada. Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos .”

*

A. Frossard,
Dios existe. Yo lo he encontrado, Rialp, Madrid 2001, 6-8;
traducción, José María Carrascal Muñoz.

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

-“El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron.

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.”

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.

Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia por que yo soy bueno?”

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.”

*

Mateo 20,1-16

***

 

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¿Quieres convertirte, o…?

Miércoles, 24 de mayo de 2017

Del blog de Henri Nouwen:

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“¿ Verdaderamente quieres convertirte? ¿ Estás dispuesto a transformarte? ¿ O quieres seguir agarrandote de tus viejos estilos de vida con una mano, mientras, con la otra, le pides a la gente que te ayude a cambiar?

La conversion no es, con seguridad, algo que puedas causarte a ti mismo.

No es una cuestion de fuerza de voluntad. Debes confiar en la voz interior que indica el camino. Conoces esa voz interior.

A menudo te vuelves hacia ella. Pero, despues de haber escuchado con claridad lo que se te pide que hagas, comienzas a formular preguntas, a fabricar objeciones y a buscar la opinion de todos los demas. Asi es que te embrollas en incontables pensamientos, sentimientos, e ideas a menudo contradictorios, y pierdes contacto con el Dios que hay en ti. Y terminas dependiendo de todas las personas que has reunido a tu alrededor.

Solo atendiendo constantemente a la voz interior, puedes convertirte a una nueva vida de libertad y dicha.”

*

Henri Nouwen

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Estaba ahí

Martes, 9 de mayo de 2017

Del blog Nova Bella:

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Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una lámpara eléctrica, de esas diminutas de una o dos bujías en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada. No tenía la menor sensación. Pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras que estoy trazando. Pero no tenía ninguna sensación ni en la vista, ni en el oído ni en el tacto ni en el olfato ni en el gusto. Sin embargo, lo percibía allí presente con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que lo percibía, aunque sin sensaciones.

No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello -Él allí- durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía… Era una caricia infinitamente suave, impalpable, incorpórea, que emanaba de Él y que me envolvía y me sustentaba en vilo, como la madre que tiene en sus brazos al niño… ¿Cómo terminó la estancia de Él allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba Él aún allí y yo lo percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después, ya Él no estaba allí, ya no había nadie en la habitación… Debió durar su presencia un poco más de una hora.

*

Manuel García Morente,
El hecho extraordinario
( París, noche del 29 al 30 de abril de 1937)

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Cuaresma convertida, tierra buena.

Viernes, 17 de marzo de 2017

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De la web del Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa:

El tiempo de la tierra es el de la cuaresma, y es propicio pare re-flexionar sobre el estilo de vida que cada un@ llevamos. Son muchos los puntos que podemos tocar y renovar, no voy a enumerarlos, cada cual conoce su casa.

Además, la cuaresma coincide siempre con el tiempo de la preparación de la tierra, de los semilleros, que más tarde se convertirán en increibles plantas de las que brotarán espléndidos frutos.

En esta ocasión os recomendamos un vídeo muy interesante sobre algunas iniciativas ecológicas y sostenibles referidas a la agricultura y las semillas que están llevándose a cabo en distintos puntos de España. Habrá más, efectivamente, esto es solo una selección, pero esta bien revisar qué está pasando con nuestros productos, cómo es posible que haya tanta dificultad para que cualquiera pueda tener sus propias semillas.

¿Sabías que hay más de 20.000 variedades de tomate en el mundo? Pero, ¿sabías que está permitido cultivas unas 200? Detrás de eso, ¿qué hay?…

Pensemos, relfexionemos, impliquémonos un poco en la vida que estamos generando.

Disfrutad del vídeo, compartidlo, y “cultivad la tierra, cuidadla, hacedla germinar”.

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40 días…

Miércoles, 1 de marzo de 2017

Hoy, miércoles de Ceniza, que marca la entrada en la Cuaresma se nos invita a volvernos totalmente a Dios y tomar el camino que nos llevará a la Pascua, para revestir con Cristo la poseión del Resucitado. Y cuando se nos imponga sobre nuestra frente la ceniza penitencial, pensemos en qué es en realidad cumplir el mandato de “Conviértete y cree en el Evangelio” “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” que nos pide Jesús.

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40 días que se nos dan para seguir un camino:

Ruta de conversión

Camino de fe

Ruta de confianza

Camino de Resurrección.

Es en la oración, el ayuno y el compartir con discreción y humildad a imagen de nuestra comunidad que Dios nos llama a tomar nuestro bastón de peregrino.

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¿Y si en el camino me dejo buscar por Cristo?

¿Y si en el camino me dejo mirar por Cristo?

¿Y si en el camino me dejo amar por Cristo?

¿Y si en el camino me dejé servir por Cristo?

Entonces podría amar como Él.

Podría servir como Él.

Muéstrame Señor el camino del Amor para que la mañana de Pascua, en la alegría del encuentro yo reconozca al Resucitado.

*

Anne-Marie,
hermana de la Communion Béthanie.

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Lecturas para hoy

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“Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.”

Domingo, 4 de diciembre de 2016

12

Juan Bautista

 Cual greñudo y piloso nazareno,
amigo de alimañas y de fieras,
piel de camello sobre cuerpo enjuto,
como hijo del ayuno y de la estepa,
Juan Bautista predica en el desierto,
-inhóspito desierto de Judea-
y anuncia la llegada del Mesías,
de quien es precursor y fiel profeta.
Y dice que se siente indigno siervo
de soltar sus sandalias y correas.

¡Allanad y hacer rectos los senderos;
preparad los caminos del señor,
porque a punto de llegar está el Mesías
y exige “metanoia”, conversión.
Los que esperáis ansiosos su llegada
del Mesías -Ungido del Señor-
purificad los cuerpos y las almas
en las aguas del Jordán y del perdón!

Y cuando aquel cobarde rey Herodes
mande un día te corten la cabeza,
y Salomé, danzante, se la sirva
en preciosa plateada bandeja,
todos verán, beodos y asombrados,
que tú aún sigues con la boca abierta
gritando la Verdad que nunca muere,
gritando la Verdad a boca llena.

¡Qué bien supiste, Juan, ser de Jesús
su precursor, testigo y fiel profeta!

*

José Luis Martínez

***

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando:

“Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.”

Éste es el que anunció el profeta Isaías diciendo: “Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.” Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:

“¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro padre”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.”

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Mateo 3,1-12

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“Recorrer caminos nuevos”. 2 Adviento – A (Mateo 3,1-12)

Domingo, 4 de diciembre de 2016

02-adv-a-600x825Por los años 27 o 28 apareció en el desierto en torno al Jordán un profeta original e independiente que provocó un fuerte impacto en el pueblo judío: las primeras generaciones cristianas lo vieron siempre como el hombre que preparó el camino a Jesús.

Todo su mensaje se puede concentrar en un grito: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Después de veinte siglos, el papa Francisco nos está gritando el mismo mensaje a los cristianos: abrid caminos a Dios, volved a Jesús, acoged el Evangelio.

Su propósito es claro: «Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos». No será fácil. Hemos vivido estos últimos años paralizados por el miedo. El papa no se sorprende: «La novedad nos da siempre un poco de miedo porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida». Y nos hace una pregunta a la que hemos de responder: «¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas que han perdido capacidad de respuesta?».

Algunos sectores de la Iglesia piden al papa que acometa cuanto antes diferentes reformas que consideran urgentes. Sin embargo, Francisco ha manifestado su postura de manera clara: «Algunos esperan y me piden reformas en la Iglesia, y debe haberlas. Pero antes es necesario un cambio de actitudes».

Me parece admirable la clarividencia evangélica del papa. Lo primero no es firmar decretos reformistas. Antes es necesario poner a las comunidades cristianas en estado de conversión y recuperar en el interior de la Iglesia las actitudes evangélicas más básicas. Solo en ese clima será posible acometer de manera eficaz y con espíritu evangélico las reformas que necesita urgentemente la Iglesia.

El mismo Francisco nos está indicando todos los días los cambios de actitudes que necesitamos. Señalaré algunos de gran importancia.

Poner a Jesús en el centro de la Iglesia: «Una Iglesia que no lleva a Jesús es una Iglesia muerta».

No vivir en una Iglesia cerrada y autorreferencial: «Una Iglesia que se encierra en el pasado traiciona su propia identidad».

Actuar siempre movidos por la misericordia de Dios hacia todos sus hijos: no cultivar «un cristianismo restauracionista y legalista que lo quiere todo claro y seguro, y no halla nada».

Buscar una Iglesia pobre y de los pobres. Anclar nuestra vida en la esperanza, no «en nuestras reglas, nuestros comportamientos eclesiásticos, nuestros clericalismos».

José Antonio Pagola

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“Convertíos, porque está acerca el reino de los cielos”. Domingo 4 de diciembre de 2016. Domingo 2º de Adviento

Domingo, 4 de diciembre de 2016

02-advientoa2-cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 11,1-10: Juzgará a los pobres con justicia.
Salmo responsorial: 71: Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.
Romanos 15,4-9: Cristo salva a todos los hombres.
Mateo 3,1-12: Convertíos, porque está acerca el reino de los cielos.

La primera lectura es uno de esos varios preciosos textos de Isaías –y de los profetas bíblicos en general– que nos «describen» la «utopía» bíblica. Por definición, la utopía «no tiene lugar», no se la puede encontrar, todavía no se ha concretado en ningún sitio, no existe… y en ese sentido tampoco se puede describir cómo es. Pero si hablamos de la utopía -y si incluso soñamos con ella- es porque sí tiene alguna forma de existencia. No es que no exista, simplemente, sino que «no existe… todavía». Como decía Ernst Bloch, no sólo existe lo que es, sino lo-que-no-es-todavía (el “noch nicht Sein”). No es, pero puede llegar a ser, quiere ser y, como podemos comprobar de tantas maneras, lucha por llegar a ser. Y será. Como decía Ebeling, «lo más real de lo real, no es lo real mismo, sino sus posibilidades»…

El pensamiento utópico es un componente esencial del judeocristianismo. No lo es de otras religiones, incluidas las grandes religiones. No hay sólo un tipo de religiosidad. Podemos encontrar varias corrientes en las religiones «neolíticas», las de los últimos cinco mil años. Unas experimentan lo sagrado sobre todo en la conciencia (la interioridad, el pensamiento silencioso, la experiencia de la iluminación, de la no dualidad… una especie de «estado modificado» de conciencia); otras lo experimentan en la naturaleza, en la experiencia cósmica… (la experiencia de sintonía con la naturaleza, de unidad e interdependencia con ella, de su sacralidad imponente, de la Pachamama… lo que Mircea Elíade llamó la «experiencia uránica», ésa que todos los pueblos han sentido al contemplar la belleza del cosmos, del cielo estrellado…). Las religiones abrahámicas, un tercer grupo, por su parte, han experimentado lo sagrado «en la historia», por medio de la fe, la esperanza y el amor, a través del llamado de una Utopía de Amor-Justicia. Véanse los tres enfoques diferentes de las tres gamas o ramas del árbol de las religiones: la interioridad de la conciencia, la misteriosidad de la naturaleza, y el llamado utópico de la justicia en el decurso de la historia…

Este tercer foco es, concretamente, el ADN de nuestra religión. Todo lo demás (doctrina, moral, liturgia, institución eclesiástica…) añade, reviste, completa… pero la esencia de la religiosidad abrahámica es esa fuerza espiritual que experimentamos en el llamado de la Utopía del Amor-Justicia. Que, por ser “amor-justicia”, obviamente, siempre estará de parte de los pobres, de los “injusticiados”, en cualquier nivel o tipo de injusticia (económica, cultural, racial, de género…) en que se realice.

Los profetas, Isaías en el caso de la lectura de hoy, «describe» la Utopía, «cuenta el sueño» que le anima: un mundo amorizado, fraterno, sin injusticia, sin injusticiados, en armonía incluso con la naturaleza… La Utopía fue tomando en Israel el nombre de «reinado de Dios»: cuando Dios reina el mundo se transforma, la injusticia deja lugar a la justicia, el pecado al perdón, el odio al amor… las relaciones humanas descompuestas se recomponen en una red de amor y solidaridad. El conocido estribillo del canto del salmo 71 (el de la liturgia de este domingo) lo dice magistralmente: «Tu Reino es Vida, tu Reino es Verdad, tu Reino es Justicia, tu Reino es Paz, tu Reino es Gracia, tu Reino es Amor». Donde Dios está presente y «reina», es decir, donde se hacen las cosas «como Dios manda», allí hay Vida, Verdad, Justicia, Paz, Gracia y Amor. Por eso hay que clamar con el estribillo cantado de ese salmo: «Venga a nosotros tu Reino, Señor». No hay sueño ni Utopía más grande, aunque esté tan lejana.

El adviento es, por antonomasia, el tiempo litúrgico de la esperanza. Y la esperanza es la «virtud» (la virtus, la fuerza) de la Utopía, la fuerza que la Utopía provoca, crea en nosotros para esperar contra toda esperanza. Adviento es por eso un tiempo adecuado para reflexionar sobre esta dimensión utópica esencial del cristianismo, y un tiempo para examinar si con el paso del tiempo nuestro cristianismo tal vez olvidó su esencia, tal vez arrincónó tanto la utopía como la esperanza.

El evangelio de Mateo nos presenta a Juan Bautista pidiendo a sus coetáneos la conversión, «porque el reinado de Dios [reinado “de los cielos” dirá Mateo, con el pudor reverencial judío que evita «tomar el nombre de Dios en vano»] está cerca». En aquellos tiempos de mentalidad precientífica y apocalíptica, la propensión a imaginar futuras irrupciones del cielo o del infierno servía para mover a las masas. Hoy, con una visión radicalmente distinta sobre la plausibilidad de tales expectativas apocalípticas, la argumentación de Juan Bautista ya no sirve, resulta increíble para la mayor parte de nuestros contemporáneos. No es que hayamos de cambiar (que hayamos de convertirnos) «porque el reino de Dios está cerca», sino exactamente al revés: el Reino de Dios puede estar cerca porque (y en la medida en que) decidimos cambiar nosotros (convertirnos), y es con ello como cambiamos este mundo… Ya no estamos en tiempos de apocalipsis (una irrupción venida de fuera y de arriba), sino de praxis histórica de transformación del mundo y de su historia (una transformación venida de abajo y desde dentro). El reinado de Dios -la Utopía, para decirlo con un lenguaje más amplio e interreligioso- no es ni puede ser objeto de «espera» (como ante algo que sucederá al margen de nosotros), sino de «esperanza» (la desinencia «anza» expresa ese matiz de actividad endógena). La esperanza es esa actitud que consiste en «desear provocando», desear ardientemente una realidad todavía «u-tópica», tratando de hacerla «tópica», presente en el «topos», en el lugar y en el tiempo, aquí y ahora, en la Tierra, no en el cielo futuro.

Insistimos: otras religiosidades discurren por otro tipo de experiencia de lo sagrado –y ello no es malo, es muy bueno, y es muestra de la pluriformidad de la religiosidad–, pero la vivencia espiritual específicamente judeocristiana es esta esperanza activa histórico-utópica comprometida. En este Adviento podríamos hacer de esto una materia de reflexión y examen.

Por cierto, la segunda lectura, de la carta a los romanos, coincide curiosamente con este mismo enfoque esencial: «Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza»… Mantener la «esperanza», mantener esa tensión de compromiso histórico-utópico es el objetivo de las Escrituras (por cierto, de «todas las Escrituras», no sólo de la Biblia…). Es decir: las Escrituras fueron escritas para eso. No para fines piadosos, para fines estrictamente transcendentes o sobrenaturales… sino «para mantenernos en la esperanza», por tanto, para comprometernos en la historia, para encontrar lo divino en lo humano, el Futuro absoluto en el futuro histórico y contingente. Cualquier utilización bíblica que nos encierre dentro de la Bíblia misma, nos separe de la vida o nos haga olvidar el compromiso histórico de construir apasionadamente la Utopía en esta tierra, será un uso malversado –o incluso perverso– de la Biblia. Leer más…

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