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Himno al Silencio: casa de la luz

lunes, 28 de mayo de 2018
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Leído en ECLESALIA, 18/05/18.- 

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El Silencio es la casa de la luz.
Surge la luz del profundo silencio y regresa a su silencioso hogar.
La luz habita el Silencio.

Si nuestro amado y bello mundo no ve la luz es porque se ha perdido y no está en casa. Está afuera, disperso e inquieto.
Está afuera buscando la luz que reposa en la casa.

Solo el profundo y eterno Silencio engendra luz.
Es su casa y su hogar: el lugar donde la luz descansa y, como por milagro, expande su brillo. Vive del Silencio la luz.

El Silencio es lo único siempre estable e indestructible.
Siempre entero y siempre presente.
Es el Amigo fiel.
Basta un instante de pura conciencia para conectar con Él.

El Silencio es también nuestra casa, donde convivimos con la luz.
Es la casa segura y sólida donde lo Uno respira:
casa, luz, Dios y mundo.
Todo une el Silencio en su eterno y cálido abrazo.

El Silencio es nuestro escudo y armadura.
Es invencible el Silencio y en Él mora la paz.
Silencio y Paz van de la mano, cual pareja inseparable.

Es tu raíz y tu vida el Silencio, no lo descuides.
No lo abandones y entrégate.
Todo pasa, el Silencio queda,
como expresión más auténtica del Amor.

Respira el Silencio y déjate respirar. Escúchalo y amalo.
El Silencio siempre te dice la verdad,
sobre ti mismo y sobre el mundo.

Por doquier la luz brilla surgiendo del Silencio:
si estás abierto y atento te darás cuenta.
Por doquier el Silencio nos regala la paz,
nos ofrece abrigo y consuelo.

Nos regala el ser el Silencio y nos invita a la mesa.
Mesa compartida con la humanidad:
pan y sonrisas para todos.

El Silencio es nuestra verdadera esencia que está más allá del callar y del hablar, más allá de cualquier palabra, sonido, imagen.
Siempre más allá… esperando y recibiendo todo y todos.

El Silencio profundo es nuestro refugio.
Tomemos refugio en el Silencio.
Tomemos refugio cuando el pensar y el sentir nos acechan y persiguen.
El Silencio nos custodia, nos sostiene, nos aquieta.

Es nuestro hogar y nuestra casa el Silencio.
Ahí somos luz y cohabitamos con la luz.
Entremos, pues, en esta casa.
Entremos y dejemos que el Silencio nos fecunde
y convierta en poesía el ser y la vida.

*

Stefano Cartabia, Oblato,
Uruguay

***

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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«En torno al “problema del mal” (IV), por Enrique Martínez Lozano.

miércoles, 23 de mayo de 2018
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5848. Soledad / Plenitud

La vulnerabilidad trae de la mano la soledad. No es raro que se reactiven ahí –en los acontecimientos dolorosos– experiencias de soledad muy antiguas, de las que incluso no tenemos recuerdo. Y se intensifican al ser consciente de que, en estas circunstancias, tú solo no puedes hacer nada. De esa manera, la soledad refuerza la vulnerabilidad y, si no se detiene la mente pensante, introduce en laberintos sin salida, que resultan cada vez más ennegrecidos por la dramatización mental apoyada en sentimientos densos y oscuros.

La soledad sabe a aislamiento y abandono. En el niño puede provocar una sensación de no-pertenencia a nada ni a nadie, lo cual lo aboca a la vivencia de un aislamiento sumamente doloroso. Parece que a un niño no le hace tanto daño el dolor que pueda experimentar, cuanto el hecho de sufrirlo en soledad.

No es extraño que la soledad se anude a otros sentimientos, como la frustración, el desconcierto, la impotencia…, hasta producirse una tela de araña de la que parezca imposible escapar.

En esas circunstancias, resulta impagable el apoyo o la cercanía de alguien que te comprende desde dentro, te acoge y te ayuda. Sin duda, el mayor regalo que podemos recibir –y que podemos ofrecer– es la presencia de calidad de quien está a nuestro lado.

Pero, aun siendo un regalo precioso, no es suficiente. Por nuestra parte, el sentimiento de soledad está reclamando una presencia consciente y amorosa a nosotros mismos. Necesitamos conectar con el amor que somos y, con él, abrazar al yo que está experimentado soledad.

Progresivamente, en la medida en podamos acogernos de manera amorosa y comprensiva, crecerá en nosotros la consciencia de que no somos el sentimiento doloroso, ni el yo que lo padece, sino la Presencia amorosa capaz de atenderlo y de acogerlo. Y esa Presencia es Plenitud.

Frente a circunstancias dolorosas para el yo y ante cualquier tipo de crisis, la sabiduría consiste en aprender a vivirlas desde la Plenitud que somos. A tenor de dónde esté situado –en el yo o en la Plenitud–, la lectura que haga de lo que ha ocurrido variará decisivamente.

Ante aquella circunstancia (caída) que dio origen a todo lo que estoy compartiendo, desde el yo no podía ver otra cosa que dolor, desconcierto, frustración, impotencia e incluso auto-reproche.

El regalo fue que podía leer todos esos sentimientos como una alerta indicadora de que me hallaba en un “lugar” equivocado. Desde ese lugar (el yo) no cabía otra lectura. Sin embargo, al re-situarme en la Plenitud que somos, caía incluso la necesidad de saber. Solo había aceptación profunda, rendición, “sí” a la Vida en la consciencia de ser uno con ella, confianza y gratitud.

¿Quién necesita saber?, ¿quién tiene necesidad de controlar?, ¿quién querría que las cosas fueran diferentes de lo que son?… La respuesta a todo ese tipo de preguntas es siempre la misma: el (inexistente) yo. Acallado el yo –silenciada la mente–, cesan las preguntas; la Plenitud lo ocupa todo. Y no queda otra actitud que aquella que, de manera sublime, describió san Juan de la Cruz: “Quedéme y olvidéme, / el rostro recliné sobre el Amado, / cesó todo y dejéme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado”.

9. Desconcierto / Comprensión

Unido a los sentimientos anteriores, particularmente al de frustración, aparece en toda su crudeza el desconcierto. No es raro: si la mente asocia la seguridad al control, la pérdida de este la lee como desconcierto. Notas de pronto que te han modificado completamente el escenario, y que tal cambio puede afectar no solo a este momento, sino a todo tu futuro. No es raro que el desconcierto venga también asociado al miedo, a la tristeza o al abatimiento. Y, sin embargo, por extraño que parezca, al aceptar el desconcierto y venir al estado de presencia, se modifica sustancialmente la propia vivencia: cesa la cavilación, se permite que las cosas sean como son, uno se alinea con lo que en este momento está siendo… Todo ello es posible porque, al acallar la mente y todas sus construcciones, dejas de identificarte con el yo –autor de las lecturas anteriores– y te reconoces en la misma Presencia que todo lo contiene. En ese mismo instante, brilla la comprensión. Y, con ella, la certeza de que el sufrimiento nace siempre del yo y de la interpretación que él hace de los acontecimientos: es el yo quien se siente vulnerable, resistente, solo, frustrado, impotente, desconcertado…, y así nos seguiremos sintiendo mientras creamos lo que el yo (la mente) nos dice acerca de lo acontecido. Cuando, por el contrario, acogemos eso mismo desde la Presencia, permitimos que todo sea y nos sentimos a salvo.

Hemos comprendido quiénes somos y vivimos lo que ha sucedido como si nosotros mismos lo hubiésemos elegido. Y esto no por algún tipo de masoquismo inconsciente, sino gracias a la sabiduría que nos hace ver que no somos el accidente ocurrido ni tampoco el yo que lo padece, sino la Presencia o Totalidad en la que aparecen todas las cosas y todos los acontecimientos. Y si aparecen, es porque tenían que aparecer. La sabiduría sabe varias cosas: que la vida (la totalidad) no puede equivocarse; que lo que viene, conviene; que, cuando se sabe ver en profundidad, todo está bien… Y la más decisiva: que tú no eres el yo al que le ocurren cosas, sino la Presencia en la que todo sucede, y de la que el yo es apenas un “disfraz” momentáneo. Esta comprensión puede experimentarse en la práctica, al constatar la diferencia radical de lectura según se haga desde el yo –víctima de lo ocurrido, por lo que vive sensaciones de vulnerabilidad, cavilación, resistencia, soledad, frustración, desconcierto…- o desde la Presencia.

Todo lo ocurrido sigue siendo exactamente lo mismo. La diferencia radica únicamente en la comprensión de quienes somos y, en consecuencia, en el lugar desde el que leemos lo ocurrido. Como dije en una entrega anterior, los sabios estoicos nos enseñaron que lo realmente decisivo no es lo que nos ocurre, sino aquello que hacemos con lo que nos ocurre; o mejor aún, el modo como interpretamos lo que acontece.

10. Yo / Testigo

Ante el mismo hecho, el yo se sentirá abatido, desconcertado e irremediablemente hundido. El Testigo –la Consciencia que atestigua–, por el contrario, observa todo, acoge todo, permite todo…, sabiéndose plenamente a salvo. No solo eso, sino reconociendo que todo lo que ocurre es oportunidad de comprensión y de crecimiento en la consciencia de quienes somos.

En ese sentido, toda crisis nos hace una doble llamada: a soltar y a comprender. Soltar todo para comprender que somos aquello que nunca podremos soltar: la pura Presencia. Comprender esto de modo cada vez más vivencial y de manera más estable hace que la crisis sea bienvenida. A esto se refiere aquel dicho sufí, cargado de sabiduría, según el cual, “cuando el corazón sufre por lo que ha perdido, el espíritu sonríe por lo que ha encontrado”.

Desde la comprensión de lo que somos, hallan profundo eco en nosotros las palabras de los sabios. “La esencia de la sabiduría –afirmaba Nisargadatta– es la total aceptación del momento presente”. “¿Cómo deberíamos vivir?” –se preguntaba la beguina Matilde de Magdeburgo–. Y ella misma respondía: “Vive dándole la bienvenida a todo”. San Juan de la Cruz apunta a esa misma clave: “Me parece que el secreto de la vida consiste simplemente en aceptarla tal cual es”. Y el propio Nietzsche, desde un marco ideológico aparentemente bien distante, expresa así el anhelo de su corazón: “«Amor fati»: ¡que ese sea en adelante mi amor!… Y, en definitiva, y en grande, ¡quiero ser, un día, uno que solo dice sí!”.

Desde el yo, no solo no tenemos explicación para los hechos que nos duelen o frustran, sino que resulta absolutamente imposible salir del laberinto de confusión y de sufrimiento en el que nos sumergen. El yo seguirá siempre con su misma música: “Esto no debería haber(me) pasado”. Y, a partir de ella, alimentará todo tipo de sentimientos que no harán sino incrementar el sufrimiento. Sin embargo, si observamos el mismo hecho, no desde el yo, sino desde el Testigo o desde la Presencia que somos, se producirá un alineamiento con lo que es, que se traducirá en aceptación y paz.

Y ahí se habrá dado en nosotros un paso decisivo en comprensión: no busco lo que quiere el yo, sino lo que la Vida quiere. O tal como lo expresara, de manera sublime, Marco Aurelio: “Todo se me acomoda, oh Cosmos, lo que a ti se te acomoda”. ¿Por resignación o claudicación? En absoluto; por sabiduría: porque he comprendido que soy uno con la Totalidad. Totalidad radiante que en todo, sin excepción, incluido aquello que me frustra o desconcierta, se está expresando en este preciso instante. Así comprendido, el instante –no pensado– es la Eternidad; cada forma es Plenitud.

Enrique Martínez Lozano

Boletín semanal

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El no silencio de la primavera

jueves, 10 de mayo de 2018
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Del blog del Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa:

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El no silencio de la primavera es ya palpable por nuestro monasterio. Aun antes de que amanezca, cuando solo se intuye la luz, ya hay algunos pajarillos madrugadores dejándose notar. Nuestro gallo ya hace tiempo que canta, y un joven gallo ensaya y ensaya pero se le quiebra el canto como buen adolescente…; está cambiando la voz.

A medida que avanza el día el bullicio primaveral es mucho más intenso. Las vacas que pastan en las fincas vecinas mugen, alguna descontrolada. Las gallinas cacarean a sus anchas, comunicando a quien desee prestar atención que ya han cumplido con su puesta diaria.

Se oyen perros, también los cuervos que descansan en  los postes de la luz, o en los plátanos cercanos, graznan como si les fuera la vida en ello.
Un grupo de gaviotas se regocija cobre la ría, ahora que la marea está baja, montando una gran algarabía porque encuentran alimento. Una bandada de patos, en formación de uve, cruza nuestro “espacio aéreo” buscando quién sabe qué.

La primavera en pleno apogeo, exultante, provocadora.

En las montañas apenas quedan rastros de nieve. Los prados están pujantes de hierba tierna, y muchos campos están ultimando su tierra, dispuestos a recibir semillas y plantas que serán después maíz, patatas, alubias, pepinos,…

Un bodegón en vivo, nada de naturaleza muerta, qué va, todo bien vivo, resucitado, pascual.

Los árboles comienzan a llenarse de hojas, y muchos, como los membrillos, ya están cargados de flores.

Sí, la primavera ha pasado por aquí y ha encendido la mecha de la vida, el espectáculo está a punto de eclosionar.

Tampoco la lluvia se pierde la invitación, y se explaya en millones de gotas que fecundan, fertilizan, alimentan, limpian,… La lluvia es de color verde.

En el no silencio de la primavera encontramos la palabra creadora de Dios que genera y regenera, que nos conduce a la vida nueva, a la nueva oportunidad.

*

primavera

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«En torno al “problema del mal” (III) «, por Enrique Martínez Lozano

martes, 8 de mayo de 2018
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5846. Frustración / Paz

Otro sentimiento que hizo acto de presencia, de manera intensa, fue la frustración, al ver saltar por los aires todos los planes programados y acariciados con tanta ilusión y cariño. Frustración que va acompañada de una sensación de “perder el control”, con todo lo que eso conlleva de inseguridad y malestar para quienes, como en mi caso, ha sido fuerte la tendencia a controlar todo, como medio de garantizar la seguridad.

La frustración altera radicalmente al yo, que cree controlar las riendas de su existencia y que “exige” que todo se desenvuelva según su propio guion. El malestar que experimenta es tan fuerte que, de no haberse ejercitado en convivir con ella, la frustración suele desembocar en una de estas dos actitudes: agresividad o hundimiento, violencia o depresión.

Aquí radica también la trampa más grave de lo que se conoce como “educación permisiva”. Cuando no hay firmeza en la educación de los niños, cuando siempre se dice “sí” a sus demandas, cuando –en definitiva– se les quiere ahorrar toda decepción, se les está condenando a un futuro de alto riesgo, que estará caracterizado por la baja o nula tolerancia a la frustración, con las secuelas antes mencionadas.

La frustración es inevitable en la realidad impermanente. Pero la intensidad de la misma, en la persona adulta, revela hasta qué punto nos habíamos identificado con algo pasajero, transitorio o efímero. Y recordemos que no existe, en el mundo de las formas, nada que no lo sea.

Vista así, desde la comprensión que sabe leer los acontecimientos, la frustración puede vivirse como oportunidad de aprendizaje y de crecimiento en consciencia de quienes somos.

La comprensión me hace caer en la cuenta de que la frustración duele –e incluso puede requerir elaborar el correspondiente duelo–, pero que yo no soy nada que pueda ser frustrado: lo que somos se halla siempre a salvo, porque no es afectado negativamente por nada que pueda suceder.

Gracias a la comprensión, terminas rindiéndote a lo que hay. Y es justo en ese momento, al dejar de dar vueltas mentales en torno a los planes que se han venido abajo, cuando se hace presente la paz. Lo que es, es. Lo que pasa, es lo que tiene que pasar. Termina la resistencia mental, emerge la serenidad. La frustración deja paso a la paz, que no es otra cosa que resultado de la aceptación o alineación con lo real.

Y ahí venimos a experimentar que sufrimos frustraciones pero que, sin embargo, somos Paz.

7. Impotencia / Fluir

El yo busca el “sentimiento de omnipotencia” porque lo necesita, tanto para reafirmarse en su sensación de existencia, como para mantener la creencia de que es él quien controla y dirige lo que sucede. Si a eso le añadimos que, mientras lo siente, mantiene alejada la frustración, podremos comprender el valor que representa.

Se trata, incluso, de algo que todos hemos vivido y con lo que hemos soñado en nuestra infancia, tal como supo verlo Freud al hablar del “sentimiento infantil de omnipotencia” que, más tarde, se proyectará en la figura del padre y después, tal vez, en alguna otra persona, grupo o incluso en una deidad. El ser humano prefiere mantenerlo de cualquier manera, antes que renunciar a él.

Sin embargo, antes o después, la vida se encargará de sacarnos del sueño o engaño –esa es la función de los des-engaños, en cualquiera de las dimensiones de nuestra existencia- y habremos de topar con la realidad, es decir, con nuestra impotencia.

La impotencia conlleva el reconocimiento de los propios límites y carencias y la necesidad de los otros para salir adelante. Así, nos baja del pedestal que nuestra fantasía había construido, nos muestra la falacia de la idea de omnipotencia que nos habíamos forjado y nos invita a soltar las riendas y abandonar el control. Soltamos las riendas porque comprendemos que nunca habían estado conectadas a nada, excepto en nuestro sueño ilusorio; abandonamos el control, porque sabemos que no controlamos absolutamente nada. No hay un yo separado que lleve las riendas, ni que controle, ni que haga algo. No existe tal cosa como un “yo hacedor”.

Bien leído, el sentimiento de impotencia es capaz de conducirnos a nuestra verdad: no somos el yo separado que se creía poderoso, sino la totalidad que fluye constantemente en las formas y que se manifiesta también en esto que llamamos “yo”.

Ese reconocimiento nos hace pasar de controlar a fluir. Soltamos la tensión y nos abandonamos a la sabiduría mayor que rige todo el proceso, cuyo desarrollo nuestra mente limitada es incapaz de captar. Al comprenderlo, nos anclamos en la verdad de lo que somos y experimentamos, ahora sí, la libertad.

La totalidad se manifiesta en la forma de una inmensa corriente que fluye con sabiduría. La persona, antes de la comprensión, es como un remolino que hubiera olvidado que es agua, y se empeñara en controlar las circunstancias para no perder su forma retorcida. La fuerza de los hechos podrá hacerle ver que no es el remolino que pensaba ser, sino la misma agua que ha tomado una forma concreta. Mientras se creía remolino, alardeaba de control y de libertad. Pero era solo un espejismo pasajero. Al reconocerse como agua, recupera la libertad.

¿Río o remolino? Los humanos somos paradójicos: participamos de ese “doble nivel”: totalidad y forma limitada, identidad y personalidad, consciencia y yo… ¿Cómo vivirlo con sabiduría? Los filósofos estoicos nos dejaron una clave que me parece profundamente sabia: distinguir lo que depende de nosotros y lo que no depende nosotros. En esto último no tenemos nada que hacer, pero al mismo tiempo, lo que no depende de nosotros no puede dañar lo que somos en lo más profundo, porque afectará únicamente a la forma (persona) que tenemos. Nuestra capacidad de maniobra queda limitada a lo que depende de nosotros. Y eso no es otra cosa que nuestra mente, es decir, el modo como interpretamos todo lo que nos sucede. Lo cual encierra un certero mensaje: lo decisivo –también en las crisis– no es lo que nos ocurre, sino cómo interpretamos lo que nos ocurre. Mientras crea ser un yo separado, será imposible superar la sensación de impotencia y abandonar el control; cuando, por el contrario, comprenda que soy uno con todo, mi existencia se convertirá en un canto a la Vida, en la que me dejaré fluir, consciente de ser uno con ella.

Enrique Martínez Lozano

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«En torno al “problema del mal” (II)», por Enrique Martínez Lozano.

jueves, 3 de mayo de 2018
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5843. Resistencia / Aceptación

El estado de presencia se caracteriza por la aceptación que, con frecuencia en medio mismo del desconcierto, llega hasta la rendición completa a lo que es. Y no es resignación que claudica, sino fruto de la sabiduría que ve como carente de sentido cualquier tipo de resistencia. Resistencia y aceptación se alternan, a veces de modo muy sutil: el yo no quiere que las cosas sean como han sido (o están siendo), por lo que se resiste con todas sus fuerzas.

La resistencia es la reacción característica del ego o yo en cuanto se hace presente la frustración. El guion por el que se rige el yo es muy simple: “La vida tiene que responder a mis deseos o expectativas”. Cada vez que eso no ocurre, aparece –con diferente intensidad, según varios factores– frustración y resistencia, es decir la lucha del yo por lograr el cumplimiento que le prometía su guion.

Ahora bien, la resistencia es ya en sí misma sufrimiento, dado que supone estar en choque permanente con lo que hay. En la resistencia, la persona se retuerce contra la realidad, en un desgaste continuo. Por el contrario, basta soltar la resistencia para que aparezca la paz.

A quienes hemos crecido en la tradición cristiana, tal vez nos venga a la memoria la actitud de Jesús ante su inminente final. La enseñanza de la misma se revela con crudeza y en toda su fuerza porque nos permite ser testigos del cambio operado, que se percibe justamente en el contraste: cuando habla desde el yo y cuando habla desde la consciencia clara de quien es. Ante la angustia de lo que se le venía encima, Jesús exclama: “Aparta de mí esta copa de amargura”. Y, mientras más lo pedía, más se incrementaba su abatimiento. Solo cuando se resitúa en quien es y afirma: “Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”, aparece el “ángel del consuelo”.

Una afirmación de ese calado (“lo que tú quieras”) únicamente puede hacerse desde una confianza radical. Confianza en el Fondo de lo real, en la Sabiduría que rige todo el proceso, en la Vida una que se manifiesta en infinidad de formas, en la Totalidad que se está “desenvolviendo” en multiplicidad de acontecimientos… Fondo, Sabiduría, Vida y Totalidad que constituyen, a la vez, nuestra verdadera identidad. Por lo que la sumisión a “lo que tú quieras” no es sino rendición y fidelidad a nuestra verdad más profunda.

Dada la fuerza del yo, y el movimiento que, por inercia, nos hace mantenernos identificados con él, puede ser que la resistencia sea firme y, alimentada por una mente no observada, nos mantenga durante tiempo encerrados en el bucle del sufrimiento. Sin embargo, antes o después, la contundencia de lo que es –y el mismo sufrimiento que nace de la resistencia– hace ver que no existe otro camino de liberación y de vida que no sea la aceptación radical de todo lo que en este momento está siendo. La sabiduría te conduce, por decirlo brevemente, a amar lo que es.

La aceptación –actitud sabia entre los extremos erróneos y perniciosos que son la resistencia, por un lado, y la resignación por otro– es capaz de acoger todo sin excepción, incluida la propia resistencia. Y cuando la aceptación es real ocurre algo “milagroso”: aparece con ella la fuerza necesaria para hacer lo que es posible hacer en ese momento. Porque la aceptación se halla dotada de un dinamismo interno –esto es justamente lo que la distingue de la mera resignación– proporcionado y adecuado al momento que estamos viviendo. Desde ella, la acción no nace de ningún “debería”, tampoco de miedos o de necesidades, sino desde la profundidad de lo que somos. Es, por eso, una acción que fluye, gratuita y desapropiada.

Y una vez más, también aquí, todos tenemos resistencias, pero realmente lo que somos es aceptación profunda. Por tanto, hablando con propiedad, habría que decir que no tenemos que aceptar nada, sino más bien reconocer que todo ha sido ya aceptado. De hecho, si algo no hubiera sido aceptado por la Vida, nunca hubiera ocurrido.

4. Dependencia / Gratitud

La caída me hizo experimentar, una vez más, hasta qué punto necesitamos a los demás, la absoluta dependencia que al yo le cuesta asumir. Porque, en su afán de autoafirmarse, crece en el sueño de la autosuficiencia y, según como haya sido su trayectoria, le cuesta molestar a los otros o “ser una carga” para ellos.

Sin embargo, la realidad se impone. En situaciones de tal vulnerabilidad, no queda sino reconocer la propia necesidad y la dependencia de los otros. Se entra ahí en un aprendizaje de humildad, que incluye, tanto la aceptación de esas circunstancias –humildad y aceptación son sinónimos–, como el “dejarse ayudar”. El yo se ve así confrontado con sus propios límites, su fragilidad y, en último término, con su vacío, de una manera radical. Como si, en esa situación de extrema vulnerabilidad, escuchara una voz que dice: “Eso es el yo”.

La aceptación, de la mano de una comprensión más ajustada de lo que somos, nos permitirá también reconocer el valor de la ayuda recibida y la bondad que se manifiesta en quienes están a nuestro lado.

A poco que nos la dejemos sentir, la gratitud se irá abriendo camino, ablandando nuestro corazón y sacando a flote, al mismo tiempo, lo mejor que hay en nosotros.

La gratitud es un sentimiento profundamente terapéutico: nos aleja de oscuros pensamientos y nos sitúa en la tierra firme de la presencia, alineados con el presente.

Si le damos tiempo y nos permitimos saborearla sin prisa, notaremos claramente cómo la gratitud va ocupando cada vez más espacio hasta llenarlo todo. Empezará asomando como reconocimiento a quienes están, de mil modos, atendiendo nuestra (temporal) incapacidad. Pero se amplificará ante nuestra vista hasta mostrarse tal cual es: gratitud ilimitada y sin objeto.

Habíamos empezado dando gracias a alguien por algo, y está bien. Pero, una vez emergida o sentida, si permanecemos en conexión consciente con ella, se nos manifestará como lo que es: otro nombre o dimensión de nuestra verdadera identidad.

Comprobaremos entonces que la gratitud no es solo algo que hacemos o sentimos, sino que es exactamente lo que somos: seres vulnerables y dependientes –en algunos casos, de manera completa– que, en su verdadera identidad, son gratitud.

Dirigida hacia quienes nos cuidan, la gratitud hará que se renueve nuestra mirada hacia ellos, para verlos en su verdadera belleza y, más allá todavía, reconocerlos en aquella misma y única identidad que compartimos.

Atendida en sí misma, la gratitud nos muestra que estamos en “casa”. Solo que, para atenderla, además de dedicarle tiempo, necesitamos algunas actitudes ya mencionadas: aceptación y silencio. En efecto, al acallar el bullicio y vocerío de una mente no observada, el silencio, suspendido todo juicio, nos trae la paz profunda y la certeza de aquello que permanece siempre: la certeza de ser.

5. Impermanencia / Consistencia

En el mundo de las formas –el que percibimos a través de los sentidos neurobiológicos y el que elaboramos mentalmente–, todo está sometido a cambios. Por lo que puede decirse que existir es cambiar constantemente y que lo único permanente es el cambio. En el mundo fenoménico, todo existe, nada es. A diferencia del “existir”, “ser” evoca plenitud, permanencia, estabilidad, consistencia, infinitud… Lo único que no cambia es lo que es; todo lo demás aparece y desaparece. Y todo lo que nace, muere.

La impermanencia se nos hace dolorosamente evidente en las crisis, en aquellas circunstancias vitales en las que sufrimos la pérdida de algo que consideramos valioso, y que suele afectar a cualquiera de estos campos: salud, afectos y dinero.

El sufrimiento será mayor cuanto mayor sea nuestra identificación con cualquier realidad impermanente. Como recuerda, en una de sus enseñanzas claves, la sabiduría budista, la identificación con la impermanencia (annica) produce inexorablemente insatisfacción y sufrimiento (dukkha).

La insatisfacción es consecuencia de la adhesión a algo impermanente, dado que, antes o después, terminará desapareciendo. Antes o después, aquello a lo que te aferras desaparecerá; y antes o después, algo de lo que temes e intentas rechazar, se hará presente.

Si tenemos en cuenta que el yo vive gracias a la apropiación de todo aquello que le resulta apetecible, se comprende fácilmente que el sufrimiento se haga presente de manera automática en cuanto nos embarcamos en la dinámica del yo (o mental).

Con razón, cada vez más, los psicólogos previenen de lo que denominan “la noria del sufrimiento”la búsqueda ansiosa del placer produce sufrimiento. Sin posibilidad de escaparse, el yo se ve envuelto en un círculo vicioso que empieza y acaba en la insatisfacción. La “noria hedonista” es el mecanismo por el que la búsqueda del placer resulta insatisfactoria… Por lo que la conclusión es simple: dado que la permanencia del yo es una contradicción en sí misma, identificarse con él equivale a sufrir.

La salida –la liberación– viene, como siempre, de la mano de la comprensión: cuando comprendemos que, aunque nos experimentamos ahora como “forma”, nuestra verdadera identidad trasciende las formas; es Aquello que siempre permanece. Esta comprensión nos permite anclarnos en lo que realmente somos y mantener la ecuanimidad aun en medio de los altibajos.

Decía más arriba que todo cambia. Pero eso es así porque hay Algo que siempre permanece: eso es el Fondo último de lo real, la Fuente de donde está brotando todo el despliegue que percibimos. Y Eso es lo que somos. Para caer en la cuenta, necesitamos silenciar la mente y poner atención, como medio para conectar con la sensación de presencia o certeza de ser. Ahí experimentaremos que, aunque nuestra forma existe, lo que realmente somos no existe, sino sencillamente es.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín semanal, vía Fe Adulta

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Silencio y quietud.

miércoles, 25 de abril de 2018
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Del blog Nova Bella:

 

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«Si amas la verdad,

sé amante del silencio»

*
Isaac el Sirio

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«Que la quietud sea el criterio para juzgarlo todo»

*
Evagrio Póntico

bu

***

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Sábado Santo… en silencio ante el Señor.

sábado, 31 de marzo de 2018
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© Carmelo Blazquez 2013

(Fotografía de Carmelo Blazquez)

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte hasta que con su resurrección se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales.

Hombre en Soledad

 Contigo vengo, Dios, porque estás solo
en soledad de soledades prieta.
Conmigo vengo a Ti, porque estoy solo,
sintiendo por el pecho un mar de pena.
Qué tristeza me das, Dios, Dios, sin nadie
que te descanse, Dios, de tu grandeza,
que te descanse de ser Dios, sin nada
que te pueda inquietar o te comprenda.
Qué tristeza me doy, perdido en todo,
y todo mudo, tan lejano y cerca,
cada vez más presente ante mis ojos
en un mutismo que no se revela,
con el corazón loco por saberte,
preguntando en la noche que se adensa.
Con voz de espadas clamo por mi sangre,
rebusco con mis manos en la tierra
y escarbo en mi cerebro con mis ansias.
Y silencio, silencio, mudez tensa.
Dios, pobre mío, todo lo conoces.
Para Ti todo ha sido: nada esperas.
Hasta lo que me duele y no me encuentro
Tú lo conoces ya, porque en mí piensas.
Yo no conozco nada, Dios, y tengo
socavones de amor llenos de inquietas,
oscuras criaturas que me gritan
palabras, no sé dónde, que me queman,
preguntas que me tuercen y retuercen,
sábana viva chorreando estrellas.
Qué compasión me tengo, Dios, pequeño
llamando siempre a la inmutable puerta
con las palmas sangrando, a la intemperie
de mis luces y dudas y tormentas.
Qué compasión te tengo, Dios, tan solo,
siempre despierto, siempre Dios, alerta,
sin un pecho bastante, Dios, Dios mío,
que ofrezca su descanso a tu cabeza.
Cómo me dueles, Dios. Cómo me dueles,
herido por la angustia que te llena,
sin poder descansarte, sin caberte
en mis entrañas ni aun en mis ideas.
No puedo más Contigo, que me rompes
creciendo por mi dentro y por mi fuera,
cercándome, estrechándome, ahogándome,
dejando, sin saberlo, en mí tu huella.
Y soy hombre, Señor. Soy todo caspa
de angustiosa esperanza contrapuesta,
arcilla informe de reseco olvido,
quizá, capricho de tu indiferencia.
Señor, qué solo estás. Cómo estoy solo,
yo con mi carga insoportable a cuestas.
Tú, con todo y sin nada —(¡todo, nada! —
más que Tú, Dios perdido en tu grandeza,
muerto de sed de amor de algo supremo,
Dios, algo que te alegre y que te encienda.
Sin nada superior a Ti creado,
mi voz alzada al límite no llega
a rumor que resbale por tus sienes,
a brisa en tus oídos, que se secan
de no oír desde nunca una palabra
que antes de estar en hombre no supieras,
pobre Creador, Dios mío sin sosiego,
preso en tu creación, en diferencia.
A Ti vengo, Señor, porque estoy solo,
a veces aun sin mí. Pero no temas,
Señor que has puesto en mí necesidades
sin darme el modo de satisfacerlas.
Perplejo, recomido de inquietudes,
de Ti tengo dolor; de mí, conciencia
de ser como no quiero: ser inútil,
vana palabra, humana ventolera
con sabor de cenizas y de ortigas
clavándome alfileres en la lengua,
y un huracán de vida por la carne
que no ha encontrado carne que florezca.
Versos, versos, mas versos, siempre versos,
¿y para qué, Dios mío? Dentro queda
una fuente de llanto sofocado
minándome la hirviente calavera,
sin encontrar salida a la congoja
cada vez más patente. Y todo niebla.
Contigo vengo, Dios, porque estoy solo;
me huyes cada vez, más te me alejas.
¿No tienes qué decirme, Dios, qué darme?
¿No ves, Señor, no ves, Dios, cómo tiembla
este vaho que se alza de mi vida,
hierbecilla perdida que se hiela?
Encallece mi alma, Dios. Haz dura
la mano y la mirada: hazme de piedra.
Quítame el sentimiento que me escuece.
Borra, Señor, con sol, mi inteligencia.
Déjame en paz, en flor, en roca, en árbol,
en muda, resignada, dulce bestia
caminante con ritmo y sin sentido
por un mundo de instintos e inocencia,
o dame con la luz aquel sosiego
original del prado que apacientas

*

Ramón de Garciasol, Hombre en soledad,

***

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El Cristo de Velázquez
(Fragmentos)

IV
¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios, dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno.
Que eres Cristo, el único
Hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esta tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida;
por Ti, el Hombre mu
erto que no muere,
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida, y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dio toda su sangre
porque las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,

porque el sol de la vida la ha mirado

con sus ojos de fuego: que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de la vida, del que nunca muere.
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
nos guían en la noche de este mundo,
ungiéndonos con la esperanza recia
de un día eterno. Noche cariñosa
¡oh noche, madre de los blandos sueños,
madre de la esperanza, dulce Noche,
noche oscura del alma, eres nodriza
de la esperanza en Cristo Salvador!
*
Soledad
Abandonado de tu Dios y Padre,
que con sus manos recogió tu espíritu,
Te alzas en ese trono congojoso
de soledad, sobre la escueta cumbre
del teso de la calavera, encima
del bosque de almas muertas que esperaban
tu muerte, que es su vida. ¡Duro trono
de soledad! Tú, sólo, abandonado
de Dios y de los hombres y los ángeles,
eslabón entre cielo y tierra, mueres,
¡oh León de Judá, Rey del desierto
y de la soledad! Las soledades
hinches del alma, y haces de los hombres
solitarios un hombre; Tú nos juntas,
y a tu soplo las almas van rodando
en una misma ola. Pues moriste,
Cristo Jesús, para juntar en uno
a los hijos de Dios que andan dispersos,
solo un rebaño bajo de un pastor
*
La vida es sueño
¿Estás muerto, Maestro, o bien tranquilo
durmiendo estás el sueño de los justos?
Tu muerte de tres días fue un desmayo,
sueño más largo que los otros tuyos;
pues tú dormías, Cristo, sueños de Hombre,
mientras velaba el corazón. Posábase,
ángel, sobre tu sien esa primicia
del descanso mortal, ese pregusto
del sosiego final de aqueste tráfago;
cual pabellón las blandas alas negras
del ángel del silencio y del olvido
sobre tus párpados; lecho de sábana
pardo la tierra nuestra madre; al borde,
con los brazos cruzados, meditando
sobre sí mismo el Verbo. Y di, ¿soñabas?
¿Soñaste, Hermano, el reino de tu Padre?
¿Tu vida acaso fue, como la nuestra,
sueño? ¿De tu alma fue en el alma quieta
fiel trasunto del sueño de la vida
de nuestro Padre? Di, ¿de qué vivimos
sino del sueño de tu vida, Hermano?
¡No es la sustancia de lo que esperamos,
nuestra fe, nada más que de tus obras
el sueño, Cristo! ¡Nos pusiste el cielo,
ramillete de estrellas de venturas;
hicístenos la noche para el alma
cual manto regio de ilusión eterna!
Por ti los brazos del Señor nos brizan
al vaivén de los cielos y al arrullo
del silencio que tupe por las noches
la bóveda de luces tachonada
¡Y tu sueño es la paz que da la guerra,
y es tu vida la guerra que da paz!
*
Miguel de Unamuno
 ***

Palencia_-_Monasterio_de_Santa_Clara_14

El Cristo yacente de Santa Clara (Iglesia de la Cruz) de Palencia

Éste es aquel convento de franciscas,
de la antigua leyenda;
aquí es donde la Virgen toda cielo
hizo por largos años de tornera,
cuando la pobre Margarita, loca,
de eterno amor sedienta,
lo iba a buscar donde el amor no vive,
en el seco destierro de esta tierra.
Éste es aquel convento de las Claras,
las hijas de la dulce compañera
del Serafín de Asís que desde Italia
sembró estas flores en la España nuestra,
blancos lirios del páramo sediento
que en aroma conviértennos la queja.

Las pobres en el claustro que un tenorio
deslumbró con la luz de la tragedia,
llevándose a la pobre Margarita,
con su sed de ser madre, la tornera,
mientras la dulce lámpara brillaba
que ante la Madre Virgen encendiera,
cunan, vírgenes madres, como a un niño,
al Cristo formidable de esta tierra.

Este Cristo, inmortal como la muerte,
no resucita; ¿para qué?, no espera
sino la muerte misma.
De su boca entreabierta,
negra como el misterio indescifrable,
fluye hacia la nada,
a la que nunca llega,
disolvimiento.
Porque este Cristo de mi tierra es tierra.

Dormir, dormir, dormir…, es el descanso
de la fatiga eterna,
y del trabajo del vivir que mata
es la trágica siesta.
No la quietud de paz en el ensueño,
sino profunda inercia,
y cual doliente humanidad, en la sima
de sus entrañas negras,
en silencio montones de gusanos
le verbenean.

Cristo que, siendo polvo, al polvo ha vuelto;
Cristo que, pues que duerme, nada espera.
Del polvo prehumano con que luego
nuestro Padre del cielo a Adán hiciera
se nos formó este Cristo tras-humano,
sin más cruz que la tierra;
de polvo eterno de antes de la vida
se hizo este Cristo,
tierra de después de la muerte;
porque este Cristo de mi tierra es tierra.

“No hay nada más eterno que la muerte;
todo se acaba —dice a nuestras penas—;
no es ni sueño la vida;
todo no es más que tierra;
todo no es sino nada, nada, nada…
y hedionda nada que al soñarla apesta.
Es lo que dice el Cristo pesadilla;
porque este Cristo de mi tierra es tierra.

Cierra los dulces ojos con que el otro
desnudó el corazón a Magdalena,
y hacia dentro de sí mirando, ciego,
ve las negruras de su gusanera.

Este Cristo cadáver, que como tal no piensa,
libre está del dolor del pensamiento,
de la congoja atroz que allá en la huerta
del olivar al otro
—con el alma colmada de tristeza—
le hizo pedir al Padre que le ahorrara
el cáliz de la pena.
Cuajarones de sangre
sus cabellos prenden,
cuajada sangre negra,
que en el Calvario le regó la carne
pero esa sangre no es ya sino tierra;
grumos de sangre del dolor del cuerpo,
grumos de sangre seca.
Más del sudor de angustia
de la recia batalla del espíritu,
de aquel sudor con que la seca tierra
regó, de aquellos densos goterones,
rastro alguno le queda.
Evaporóse aquel sudor llevando
el dolor de pensar a las esferas
en que sufriendo el pobre pensamiento,
buscando a Dios sin encontrarlo, vuela.
¿Y cómo ha de dolerle el pensamiento
si es sólo carne muerta,
mojama recostrada con la sangre,
cuajada sangre negra?
Ese dolor espíritu no habita
en carne, sangre y tierra.

No es este Cristo el Verbo que encarnara
en carne vividera;
este Cristo es la Gana, la real Gana,
que se ha enterrado en tierra;
la pura voluntad que se destruye
muriendo en la materia;
una escurraja de hombre trogloditico
con la desnuda voluntad que, ciega,
escapando a la vida,
se eterniza hecha tierra.

Este Cristo español que no ha vivido,
negro como el mantillo de la tierra,
yace cual la llanura,
horizontal, tendido,
sin alma y sin espera.
Con los ojos cerrados cara al cielo
avaro en lluvia y que los panes quema.
Y aún con sus negros pies de garra de águila
querer parece aprisionar la tierra.

O es que Dios penitente acaso quiso
para purgar de culpa su conciencia
por haber hecho al hombre,
y con el hombre la maldad y la pena,
vestido de este andrajo miserable
gustar muerte terrena.

La piedad popular ve que las uñas
y el cabello le medran,
de la vida lo córneo, lo duro, supersticiones secas,
lo que araña
y aquello de que se ase la segada cabeza.

La piedad maternal de aquellas pobres
hijas de Santa Clara
le cubriera con faldillas
de blanca seda y oro
las hediondas vergüenzas,
aunque el zurrón de huesos y de podre
no es ni varón ni hembra;
que este Cristo español, sin sexo alguno,
más allá yace de esa diferencia
que es el trágico nudo de la historia,
pues este Cristo de mi tierra es tierra.

¡Oh Cristo pre-cristiano y post-cristiano.
Cristo todo materia,
Cristo árida carroña recostrada
con cuajarones de la sangre seca;
el cristo de mi pueblo es este Cristo:
carne y sangre hechos tierra, tierra, tierra!

Y las pobres franciscas del convento
en que la Virgen Madre fue tornera
—la Virgen toda cielo y toda vida,
sin pasar por la muerte al cielo vuelta—
cunan la muerte del terrible Cristo
que no despertará sobre la tierra,
porque él, el Cristo de mi tierra,
es sólo tierra, tierra, tierra, tierra…
carne que no palpita,
tierra, tierra, tierra, tierra…
cuajarones de sangre que no fluye,
tierra, tierra, tierra, tierra…

¡Y tú, Cristo del cielo,
redímenos del Cristo de la tierra!

*

Miguel de Unamuno

Poema en audio: El Cristo yacente de Santa Clara (Iglesia de la Cruz) de Palencia de Miguel de Unamuno por Fernando Fernán Gómez

***

Cristo muerto de Holbein

*

Cristo muerto de Holbein

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Miradas desde el silencio.

viernes, 30 de marzo de 2018
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tumblr_n3ix6bLWod1r2d8pzo1_1280Viernes Santo – 2018

En la noche de Getsemaní las miradas se convirtieron en el lenguaje del silencio hasta coronar el Calvario.

Mirada opaca de Judas y su beso con hedor a traición.

Mirada violenta y espada en alto… ¡así no, Pedro, así no!

Miradas interesadas y susurros sibilinos de los guardianes de lo “religiosamente correcto” caiga quien caiga… ¡qué más da! ¿verdad… Anás, Caifás…?

Tu transparente mirada provoca, afrenta… primera bofetada. ¡Qué engreído el guardia… se sintió con poder, el que envenena!

Y las tres miradas incisivas, detectivescas: ¿No eres tú de los suyos? ¿Te he visto con ese hombre?.. insistían los impertinentes que te reconocieron. ¡Ay… Pedro! Tú que querías andar por encima del agua, ahora hubieras querido que te tragara la tierra.

Tus evasivas miradas teñidas por el miedo, te dejaron en la intemperie existencial de quien reniega de quien más ama. El sonido del gallo –despertador sin pilas- anunciando el alba de un nuevo día, te encontró sumido en la negra noche de los tiempos de la que solo no pudiste salir.

Hartazgo en la mirada del representante del poder político. ¡Pobre Pilatos…! ¡no los aguanto, quiero otro destino, por favor! Mirada excéptica, la única que te puedes permitir: “¿Y qué es la verdad?” La que Jesús te ofrece pero no puedes aceptar, tienes el corazón tan seco que sólo te permite actuar como un autómata. Con benevolente mirada te vuelves al pueblo desde el poder: ¡Venga os lo regalo!… ¿Elegís a éste, que no parece que tenga culpa de nada o al maleante ese que andáis vitoreando? Y la mirada ciega del pueblo manipulado elige lo que le eligen creyendo que fue libre para elegir. Así seguimos.

COMIENZA EL ASCENSO…

Cargado con una condena opaca, en la que todos son activos participantes y cobardes esquivando responsabilidades; con la cruz, instrumento de tu tortura y muerte, inicias en soledad el ascenso hacia el Calvario. “Salió al sitio llamado de la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota)…”.

Sigues avanzando, en este Viernes Santo de 2018, como en todos los anteriores y como cada día de la vida del mundo. Caes ante el peso del infinito sufrimiento humano y te levantas para ayudar a los que siguen avanzando tras tus pasos.

Encuentras a tu Madre y cruzas una mirada de dolor por las que no se encontrarán con sus hijos que partieron para lograr una vida mejor y desaparecieron en las aguas del Mediterráneo, o en las tierras sin alma de los desiertos previos a los muros construidos o en construcción. Haces a tu Madre, madre de los niños y niñas que mueren junto a sus madres, padres y hermanos huyendo de guerras atroces, hambrunas escandalosas, violencias irresistibles de denominar… todos se unen a Ti, siguen avanzando. Te sigue una gran multitud, innumerable… invisible para los que miran para otro lado, que avanza sin perderte de vista.

Hay Cirineos en todos los siglos, que se implican en el avance. Vocaciones inesperadas, quizás también para ellos mismos; son las luces brillantes en medio de la tiniebla del mundo.

Teresa de Calcuta y sus hermanas con los moribundos de las calles de Calcuta y de tantos sitios del mundo; Mons. Romero de América, denunciando la injusticia que provoca la pobreza; Ellacuría y sus compañeros, en El Salvador; Samuel Ruiz y los millones de indígenas de Chiapas (México); Pedro Casaldáliga en el Mato Grosso en Brasil donde sigue como Cirineo de 90 años; los siete monjes cistercienses de Tibhirine (Argelia) que eligieron permanecer junto a sus vecinos musulmanes y eso hicieron hasta su secuestro y posterior muerte.

Hay Cirineos como Juan José Aguirre, misionero comboniano y obispo en la República Centroafricana, que permanece, en un fuego cruzado, en un país roto, ayudando a pacificar fuegos y socorrer a un pueblo que está extenuado… y avanza con ellos hacía el Calvario de todos los días. Avanzan, se unen miles de cruces… Te siguen.

Y aquí, un poco más debajo de Gibraltar, Santiago Agrelo, franciscano, obispo de Tánger, la voz que grita en el desierto de las Redes Sociales, denunciando los asentamientos, las muertes, los injusticias que se cometen con los africanos que quieren cruzar a Europa. No se corta al decir “que sin los pobres el evangelio se queda sin destinatarios”.

Y el cirineo Francisco, Papa Francisco… te ayuda con la cruz dentro de la Casa, la Iglesia, invitando a dar pasos hacia las fronteras donde las cruces crecen como trébol en primavera

Y llegan muchos Cireneos y Verónicas, hoy mismo, desconocidos, invisibles que son requeridos para ayudar a otros a avanzar con sus cruces, que las hacen suyas. Son Cirineos que se acercan con nombre de siglas de ONG’s, que son tantas veces atacados, despreciados; luchan por los Derechos Humanos, por los derechos de los invisibles; se mueven avanzando con las corrientes migratorias de millones de personas huyendo de sus países, por la violencia, la desaparición de los recursos de sus tierras… Verónicas que con el whatsapp ayudan a localizar pateras para poder ser rescatadas; enjugan lágrimas, abrazan bebés ateridos… y todos siguen avanzando, aunque les quieran detener; se unen a los diariamente crucificados de este mundo y la marea sigue creciendo, como una gran mancha de aceite hacia la colina, escueta colina del Calvario.

Miras con infinita compasión a las mujeres que llorando te siguen: “No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos”… millones de mujeres siguen llorando pero avanzando, porque pararse es perder y hay que llegar al final para volver a empezar.

Y cuando ya todo parece que va a acabar: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, le dices a tu Madre; y al discípulo que tanto querías: “Ahí tienes a tu madre”.

Tomando aire para un último impulso: ¡Madre, estate cerca… que no olviden que todos son hermanos!… llegará la Pascua, y… nos vemos en Pentecostés.

Mari Paz López Santos

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«En torno al “problema del mal” (I), por Enrique Martínez Lozano.

viernes, 23 de marzo de 2018
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5841. Una experiencia personal y la primera paradoja: Vulnerabilidad / Acogida

La Vida ha querido que, en los días en que estaba preparando este escrito sobre el “problema” del mal, para enviarlo en el Boletín semanal en varias entregas, tuviera una caída hacia atrás, con consecuencias muy dolorosas y, durante varios días, incapacitantes.

La caída afectó a la columna, en la zona lumbar, una zona que ya con anterioridad había sufrido un accidente de coche y había sido intervenida de una hernia discal. Así que las noticias no eran “buenas”: el golpe había repercutido sobre un traumatismo anterior y en una columna afectada de “deterioro degenerativo”.

¿Qué estoy viviendo en este tiempo? Una profunda paradoja. De hecho, he querido relatar lo ocurrido para compartir, al empezar el escrito sobre el “mal”, algunas palabras –vehículos de sentimientos y actitudes– que se me han hecho particularmente presentes durante este tiempo de inmovilidad y convalecencia.

Me ha llamado la atención que se hacían presentes en forma de polaridades, como paradojas. Y entre ellas, las que más destacan son las siguientes: vulnerabilidad/acogida, cavilación/silencio, resistencia/aceptación, dependencia/gratitud, impermanencia/consistencia, frustración/paz, impotencia/fluir, soledad/plenitud, desconcierto/comprensión, yo/Testigo… Deseo referirme brevemente a cada uno de esos pares, y así lo iré haciendo a lo largo de las próximas semanas.

La primera en aparecer fue la sensación de extrema vulnerabilidad: dolorido, inmóvil, incapacitado, era testigo de sentimientos de soledad, miedo difuso, angustia…, que aparecían en oleadas desde un lugar no del todo consciente. Frente a esa sensación, no cabía hacer nada, sino detener la mente y vivir un sentimiento profundo de acogida y compasión hacía mí mismo…, que abrazaba también a toda persona que, por diferentes motivos, se sintiera así de vulnerable. La vulnerabilidad te conduce al límite de todo, donde solo cabe la rendición a lo que es. Y, en el mismo rendirte, emerge la capacidad de acogida gratuita y de compasión amorosa hacia ti mismo y hacia todos los seres vulnerables.

Como paradoja que es, por momentos emerge con más fuerza la vulnerabilidad; en otros, crece la acogida y la compasión, hasta ocupar todo el espacio. Personalmente, me parece bueno dejar vivir ambos polos, sin reprimirlos, hasta poder llegar a vivir conscientemente la vulnerabilidad desde la acogida.

Ahora bien, siendo las “dos caras” de la misma realidad, no tienen la misma “sustancia”. Por decirlo brevemente: tenemos vulnerabilidad, pero somos acogida y compasión. Cualquier paradoja que pueda presentarse en nuestra existencia no es sino reflejo de la paradoja fundamental, fruto de los “dos niveles” que nos constituyen: la personalidad (el personaje, el yo) y la identidad (una y compartida con todos los seres).

La primera es algo que tenemos –la forma concreta en la que nos experimentamos–; la segunda es lo que realmente somos. La sabiduría abraza ambos niveles invitando a vivir la personalidad desde la identidad. En este caso concreto –en la primera paradoja a la que he hecho alusión–, la acogida que soy abraza y sostiene a la vulnerabilidad que tengo.

EN TORNO AL “PROBLEMA DEL MAL” (II)

2. Cavilación / Silencio

Las consecuencias del golpe –en forma de dolor, paralización e inmovilidad– activan la cavilación que se traduce en infinidad de preguntas, que no hallarán nunca respuesta: ¿por qué ha ocurrido esto?, ¿por qué no hice…?. ¿por qué no dejé de hacer…?, ¿por qué…? La mente carece de respuesta; la única salida pasa por el silencio, que te hace reconocer que no hay nada que contestar.

Dice Mario Alonso Puig que hay preguntas que sanan y preguntas que enferman. Entre estas últimas, la más nociva es “¿por qué?”. El motivo es que, al no poder encontrar respuesta, la mente se enreda en un bucle que no acaba y no tiene salida.

Si no estamos atentos, la mente se convierte en una fábrica de preocupaciones. A partir de algún aspecto concreto, es capaz de construir escenarios imaginados, que no harán sino incrementar el sufrimiento y alejarnos de la actitud adecuada.

Estar atentos, en este contexto, significa observar la mente desde una distancia liberadora. La mente observada, a diferencia de la mente pensante o cavilosa, es una herramienta siempre valiosa a nuestro servicio; la mente no observada se erige automáticamente en dueña de la situación, convirtiéndonos en marionetas que mueve a su antojo.

Para salir de la mente que cavila se requiere, como acabo de decir, tomar distancia de ella, lo cual implica situarse detrás de los pensamientos. ¿En qué “lugar”? En la consciencia o atención desnuda, capaz de atender todo lo que aparece sin juicio y sin etiquetaciones mentales. Desde ahí se observan todos los contenidos que aparecen –pensamientos, sentimientos, emociones, reacciones…–, pero sin dejarse atrapar, porque comprendes que estás más allá de todos ellos.

Esa misma práctica nos lleva a experimentar cada vez con mayor hondura y nitidez la diferencia radical que existe entre la mente y la consciencia. Tenemos mente, que podemos observar en todo momento, porque estamos anclados “a distancia” de ella, en la consciencia que somos. La mente es una herramienta; la consciencia es nuestra “casa”, nuestra verdadera y última identidad.

La observación de la mente se hace desde el silencio y nos ancla en él. Lo cual significa que, frente a la trampa de la cavilación, lo acertado es descansar en la mente-que-no-sabe y, de nuevo, rendirse a lo que hay. El silencio no solo acalla la mente –si bien, de forma intermitente, con menor o mayor intensidad, reaparece una y otra vez la cavilación, rumiación o incluso dramatización en torno a lo sucedido–, sino que te conduce a otro lugar, que es pura espaciosidad sin límite, pura Presencia que acoge todo y que no es afectada por nada. El oleaje puede llegar a ser intenso por momentos, se incrementa cuando la mente va por su cuenta –y también eso forma parte de nuestra condición–, pero es acogido, sin “discutir” con él, en el estado de presencia. También en este punto, con respecto a esta nueva paradoja, cabe decir lo mismo: cavilación es lo que tenemos; Silencio es lo que somos.

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal, vía Fe Adulta

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De viaje

viernes, 16 de marzo de 2018
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Del blog Nova Bella:

1-119

«No hace falta para nada dar la vuelta al mundo,

pues ya posees el mundo entero,

en la hondura de tu ser,

en la soledad y el silencio.

Ya no hace falta irse lejos,

o marchar tras una quimera»

*

Un cartujo

monje-cartujo

***

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Tiempo de callar

jueves, 15 de marzo de 2018
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Del blog del Monasterio de las Monjas Trinitarias de Suesa:

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Hay años en los que la cuaresma  se regala siendo más real, más intensa y, confiemos, más precursora para una verdadera Pascua.

Últimamente he escuchado varias veces que “es tiempo de callar”… Y me pregunto por qué, por qué es tiempo de callar. El silencio libera, me repito una y otra vez, pero… qué silencio, qué ausencia de palabras.  No me libera el silencio que me atenaza la respiración hasta hacerme jadear. Tampoco el que empuja a mis ojos a buscar puntos indeterminados para no fijarlos en otros ojos. O el que mueve las aspas de mi mente en el mismo sentido, una y otro vez, una y otra vez, en el mismo sentido del sinsentido.

Ese silencio no me libera. No debe de ser ese el que es ahora dueño de este tiempo.

Entonces, ¿por qué creo que sí, que es bondadoso este tiempo de callar?

Aprender de quien sabe, de quien se deja poseer por la sabiduría de la Palabra de Dios, de quien se empeña en recuperar la verdad absoluta, también de quien sopla aspirando vida, o de la que tiene la capacidad de reír y reír y reír…

Es tiempo de callar. Es tiempo de esperar. Tiempo de dejar a Dios actuar.

El silencio que abre espacios en mi interior, que despeja oscuridades por decisión. El silencio que es compás de mi alma, que la hace avanzar y retroceder en una danza desigual, descoordinada. El silencio que desgrana minutos fecundos, reveladores, reconstructores.

Reconozco mi pecado, el que me limita, el que me viene de fuera. También el que engendro y mimo, el que alimento, casi cebándolo, buscando algo, buscando premio, buscándome a mí.

Solo ver y escuchar, desde abajo, aprendiendo de cada una y de todas, de lo que se presiente y lo que se desea.

Desde abajo, desde abajo.

Y si, por lo que sea, en algún momento me encuentro mirando desde arriba, si por la más mínima casualidad mis ojos han de dirigirse hacia más allá de mis pies para poder encontrar la mirada de alguien, si eso sucede, que sea porque estoy, como mi Maestro, clavada en una cruz, entregándole la vida por Amor.

Solo por eso.

“Andemos jubilosas los caminos
que al ser humano purifican del pecado,
sintamos en la prueba la alegría
de dar nueva verdad a nuestras vidas”

*
(“Despierta ya la luz del nuevo día”, himno de D. Cols)

***

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Espacio sagrado

lunes, 26 de febrero de 2018
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Del blog Nova Bella:

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La duda misma crea espacio y es, en ese preciso momento, cuando las palabras se desvanecen y uno no puede hacer más que retirarse, amablemente, para recibir las enseñanzas del gran maestro: el silencio interior.

*

Oriol Teixidor

***

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Luis Barragán, Capilla de las capuchinas, Ciudad de México

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Vocación

viernes, 23 de febrero de 2018
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Del blog Nova Bella:

hombre-orando

«Se trata justamente de vocación, de llamada: soledad y silencio son una forma de hacer vacío para permitir que advenga otro inesperado en el seno mismo del reino de nadie, que emerja una palabra inaudita, que se levante un soplo vivo en el hueco de la ausencia.»

*

Sylvie Germain

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***

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Mundo es.

jueves, 15 de febrero de 2018
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Del blog Nova Bella:

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Venía por la calle Barquillo, al final del día, y miraba las luces, sólo luces, las de los pilotos de los coches, las del semáforo de Almirante, la luna llena del farol del teatro Infantas… Y me parecían las verdaderas flores silvestres de la ciudad. Era todo lo que tenía… las luces podían con todo, quiero decir que, como las flores, crecían en silencio, y yo oía su silencio.

*

Andrés Trapiello

luces-bw

***

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Escuchar lo que no hace ruido

jueves, 15 de febrero de 2018
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silencio

Del blog del Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa:

Viviendo en el silencio, estando atenta a mis pensamientos, preocupaciones, reacciones, angustias, alegrías, me doy cuenta del caso que hago a las cosas que hacen ruido, y del que dejo de hacer a las que no lo hacen.

Lo que hace ruido dentro de nosotras son los “no puedo”, los “me gustaría”, las envidias, las comparaciones, las expectativas de protagonismo y de reconocimiento, el victimismo cuando estas no se cumplen, las películas que nos montamos sobre cómo reaccionaremos cuando pase eso o lo otro, imaginaciones de un futuro glorioso, escenas pasadas olvidadas por todos excepto por nosotras, lo que estarán pensando de mí… Nos machacamos con todo esto, le dedicamos infinidad de tiempo y de energía, realmente nos agota… y lo peor es que nos deja aturdidas y sordas para otras cosas que ya existen en nosotras, que esperan nuestra consciencia, pero que no se impondrán ni reclamarán a gritos nuestra atención.

A veces, sin saber por qué, parece que todo calla en nosotras y se prepara para que finalmente escuchemos. Pero entonces nosotras, asustadas por ese silencio infrecuente, no nos atrevemos a permanecer en él, y huimos inventándonos sentimientos y ausencia de sentimientos, dando vueltas y más vueltas a lo que hemos dicho y hecho, a lo que nos han dicho y hecho, imaginando intenciones ocultas, intentando desenredar (de hecho, complicando más) tramas que no existen más que en nuestra mente.

Si dejáramos acallar todos estos pensamientos estériles, si apreciáramos la gracia que es que se haga silencio en nosotras, oiríamos, escucharíamos, todo lo que nos espera detrás de tanto ruido, y nos maravillaríamos, y nos daríamos cuenta de que hemos malgastado mucho tiempo y energía en el ruido.

¿Y qué es, lo que encontramos? Supongo que cada persona es un mundo. Lo que yo encuentro es la alegría de que se alegren conmigo, la alegría de alegrarme con las demás, la experiencia de mirarse a los ojos y sonreír, el apreciar lo que ha ido creciendo lentamente, el conocer un poco más a la otra, el acordarme de preguntarle cómo le ha ido tal cosa, el saber estar y respetar cada momento y situación, la paz que Dios pone en nosotras, la confianza, los cambios en la huerta y en el paisaje. Entonces, desde el silencio agradecemos, valoramos, escuchamos, servimos, observamos, contemplamos, cuidamos, nos reímos…

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¿El futuro del mundo? ¡El monasterio interior!

lunes, 5 de febrero de 2018
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mindfullness-meditationStefano Cartabia, Oblato
Uruguay

ECLESALIA, 19/01/18.- Arde el mundo en la búsqueda de la verdadera paz y de la alegría. Gente corriendo por la rutas de la vida, persiguiendo frágiles sueños. Todo se mueve y no se sabe por qué y hacia donde. La frustración y el cansancio nos ganan.

Pero hay otros y consoladores signos.

Hay signos, poderosos signos, de luz y novedad. Signos que revelan nuestra Casa de origen. La Casa del Silencio y del Amor. La Casa del Ser.

En nuestro contradictorio y herido mundo se entrelazan y acompañan los signos y los anhelos.

El sin sentido, la desesperación, la pobreza, la violencia, el egoísmo, el consumismo van de la mano – conviviendo (a veces pacíficamente y otras en conflicto) – con la solidaridad, la ecología, la defensa de los pobres, el progreso de la ciencia, las esperanzas y los sueños de un mundo unido y fraterno.

¿Adonde va nuestro mundo? ¿Cuál futuro espera a nuestros descendientes?

¿Podemos aportar algo que marque un hito?

Sin duda la humanidad evoluciona. Evoluciona desde muchos campos y la historia – nuestra humana historia teñida de sangre – está ahí, evidenciándolo.

Crecimos en la comprensión del valor del ser humano y de la vida en general. Crecimos en la tolerancia y en el respeto al diferente de cualquier clase. Los avances de la ciencia y la medicina son extraordinarios.

Crecimos en la conciencia de nuestra raíz espiritual y divina.

Todavía falta, lo sé. Siguen presente en nuestro mundo tanto egoísmo y tanto dolor inútil y evitable. Pero el salto de conciencia en realidad está siempre ahí, al alcance de la mano, porque la conciencia no conoce de tiempo y espacio.

Los grandes espíritus siempre lo supieron: Francisco de Asís había visto – hace 800 años – que la hermandad define el Universo.

Gandhi había visto y vivido que la clave de la convivencia era el respeto y la no violencia.

Y muchos antes, Buda, Confucio, Lao Tse, Jesús, habían experimentado y compartido con sus contemporáneos que la salida del sufrimiento y la vivencia de la plenitud radicaba (y radica) en el amor.

Muchos, muchísimos, estamos de acuerdo con estos descubrimientos e invitaciones de estos grandes espíritus. Tal vez la mayoría de la raza humana, con sus distintas culturas, aprueba y comparte esta visión.

¿Por qué entonces nos cuesta tanto vivirlas, practicarlas, compartirlas?

El desafío se vislumbra en el mismo proceso evolutivo de la humanidad. El amor que nuestros pensamientos y sentimientos aprueban y anhelan, es todavía vivido como algo exterior. No caemos en la cuenta que el amor es, en definitiva, lo que somos.

Es un problema antropológico/espiritual, un problema de identidad.

Perdidos en el pensamiento y zarandeados continuamente por sentimientos y emociones andamos angustiados por el mundo anhelando migas del mismísimo Amor que nos define, nos sostiene, nos crea, nos alimenta.

Nuestro mundo necesita identidad. Necesita descubrirse. La humanidad necesita descubrirse. Apenas hemos entrado en una veta cuya profundidad desconocemos.

Todas las demás “identidades” por cuanto psicológicamente y socialmente sean importantes, son secundarias y relativas: varón, mujer, rico, pobre, europeo, americano o asiático, campesino o doctor, creyente o ateo, de tal o cual apellido.

Identidades” relativas a nuestra experiencia humana y terrestre, pero “identidades” que se diluirán para dejar lugar a la sola, única y auténtica identidad: el Amor.

El desafío, el único desafío verdaderamente importante es entonces el desafío que nos conduce a descubrirnos amor, amados, amantes.

Hay un camino privilegiado. Un camino directo, una autopista. Un camino que muchas personas “logradas” recorrieron y señalaron.

Es el camino del silencio.

¿Por qué tan esencial y tan directo este camino?

En la experiencia cristiana – por citar una sin desmerecer a las demás que tanto tienen para enseñarnos en este camino – tenemos la gran tradición de los monasterios.

Los monasterios eran y son, lugares de identidad. Lugares de búsqueda de nuestra verdadera identidad. Por eso son lugares rodeados y empapados de silencio.

Monjes y laicos iban a los grandes monasterios – cartujas, benedictinos, carmelitas, cistercienses, por citar unos pocos – para palpar lo eterno. No se conformaban con lo transitorio y lo pasajero. Transitorio y pasajero que tanto nos atrapa y distrae en nuestro tiempo.

Buscaban (y buscan) el Ser que no pasa. Buscaban (y buscan) lo Invisible que se manifestaba en las maravillas visibles.

El Ser eterno que se manifiesta en el tiempo y lo Invisible que late en lo visible, lo permite y lo sostiene tienen una misma característica: se palpan en el silencio.

Por una simple y exquisita razón: pensamiento, sentimientos y emociones son transitorios y pasajeros. Solo el silencio es eterno. El silencio es el espacio donde todo aparece y toma forma. El pensar surge del silencio y vuelve a él. Así los sentimientos.

Entonces ponernos de lado del silencio es optar por la sabiduría. Es optar por lo eterno y por ser verdaderamente libres. Solo el silencio es el espacio de pura libertad. Esta libertad tan aclamada y proclamada en nuestras culturas y desde las clases políticas, pero no encontrada. Porque es una seudo-libertad, una libertad siempre dependiente y condicionada por el frágil pensar y las heridas emocionales.

Solo desde el silencio aprendemos la única libertad. Desde él aprendemos a manejar y disfrutar del pensar y del sentir. En otras palabras de la vida.

Porque hay una Vida y una vida. La Vida silenciosa es la que permite y crea esta nuestra vida terrenal, empastada del pensar y del sentir. Qué pueden ser – y lo son si dudas – enormemente hermosos y disfrutables. Como también sumamente dolorosos.

Hay que volver a los monasterios. Con un cambio por cierto.

Un cambio dictado por la evolución de la humanidad.

Volver y construir el monasterio interior. Hacer del corazón humano un monasterio, un lugar – el lugar – donde el silencio susurra y revela lo que somos.

Se terminarán los templos exteriores o pasarán a ser secundarios. Descubriremos otro templo, otro imponente monasterio en nuestro frágil corazón. Un monasterio que siempre estuvo presente en realidad. El maestro de Nazaret lo había vislumbrado cuando dijo:

Pero la hora se acerca, y ya ha llegado,
en que los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu y en verdad,
porque esos son los adoradores
que quiere el Padre.
Dios es espíritu,
y los que lo adoran
deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23-24).

Podemos acelerar este cambio de época. Podemos crear comunidades espirituales – monasterios sin paredes – que viven desde el silencio y desde el monasterio interior de cada cual.

Monasterio interior que algunos llamaron “Santuario interior”, otros “alma”, otros “intimidad más íntima”, otros “sala del rey del castillo interior”.

Poco importa el nombre. Utiliza el que más te inspire y guste, el que más se ajuste a tu historia y perfil psicológico.

Hermosa es la metáfora del “Debir”. El “Debir” era el lugar más sagrado de Templo de Jerusalén, donde se guardaba el Arca de la Alianza y donde el Sumo Sacerdote entraba una sola vez al año. Es el Sanctasanctorum (Santo de los santos). El término hebreo “Debir” significa “lo que está detrás” y por eso algo oculto, escondido. También viene de la misma raíz de “palabra” (“dabar”). El Debir entonces es el lugar más íntimo, donde todo es silencio y donde se escucha la verdadera palabra. Es nuestro lugar más sagrado, nuestro Monasterio interior.

El futuro de la humanidad pasa por el monasterio interior, pasa por la experiencia de silencio. No tengo duda.

Porque solo enraizados en el silencio podremos descubrir y vivirnos desde lo que somos: el Amor. Porque solo el silencio permite y engendra la vida.

Cuando nos instalamos en el Silencio de nuestro monasterio interior, el Amor aparece. Misterio inagotable que se esfuma a la mínima tentativa de ser atrapado y retenido. Sumamente libre el Misterio nos hace libres, a la única condición de no intentar poseerlo.

No podemos manipular el Misterio, como no podemos decir el Silencio. Solo los podemos ser. Siendo, desde el Silencio interior, el Amor te transforma y transforma la realidad.

Podemos hacer algo. Debemos: por el bien de nuestro mundo maravilloso y de los que vendrán. Podemos hacer algo: haciendo del silencio nuestra Casa y anunciando el silencio por doquier .

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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En la desnudez

sábado, 3 de febrero de 2018
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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  «Exactamente igual que tenemos una máscara externa y superficial producto de nuestras palabras y nuestros actos, pero que no representa totalmente todo lo que está en nosotros, así los creyentes tratan con un Dios que está hecho de palabras, sentimientos, consignas tranquilizadoras, y esto no es el Dios de la fe, es el producto de la conducta social y religiosa. Un ‘Dios’ como ese, se convierte en un sustituto del Dios invisible de la fe y de ese modo, aún cuando esa imagen confortadora puede parecernos real, en realidad no es más que una especie de ídolo. Su función principal es protegernos contra un encuentro profundo con nuestro auténtico yo interior y con el verdadero Dios.

El silencio es, por lo tanto, importante incluso en la vida de la fe y en nuestro más profundo encuentro con Dios. No podemos estar hablando continuamente, rezando con palabras, argumentando o manteniendo continuamente una especie de música devota como fondo. Gran parte de nuestro bien intencionado diálogo religioso interior es, de hecho, una cortina de humo y una evasión. … En vez de encontrarnos realmente con Dios en la desnudez de la fe, en la cual nuestro ser más íntimo queda desnudo ante él, realizamos un acto de ritual interior que no tiene función alguna, pero que aquieta la ansiedad.

La fe más pura tiene que ser sometida a la prueba del silencio, en el cual escuchamos lo inesperado, en el que estamos abiertos a lo que hasta ahora no sabemos, en el cual nosotros lenta y gradualmente nos preparamos para el día en que hayamos alcanzado un nuevo nivel de ser con Dios.”

*

Thomas Merton.
Amar y Vivir. Silencio Creativo.
(fragmento)

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El silencio es ausencia de ego.

sábado, 27 de enero de 2018
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javier_melloni-bigEntrevista de Lluís Amiguet a Javier Melloni, en La Contra, de La Vanguardia

Xavier Melloni, antropólogo, teólogo y eremita en la Cova de Sant Ignasi de Manresa. Tengo 53 años: sin la experiencia de Dios no tendrían sentido. Nací en Barcelona. Casado con la vida. ¿Hijos? Hay muchas maneras de engendrar. La política debe conjugar lo imposible. Un poco de ciencia te hace ateo; mucha ciencia te hace creyente. El místico experimenta lo que la ciencia demostrará.

Antes que la ciencia.

Los lamas y los místicos trascendieron la religión al experimentar en su conciencia la energía del universo que Einstein describiría siglos después en fórmula y que hoy podemos verificar en el GPS. El jesuita Melloni, coautor con Josep Cobo de “Dios sin Dios” (Fragmenta), se dispone a recorrer en la Cova de Sant Ignasi la vía mística para trascender las religiones y anticipar su síntesis, porque cree, con Teilhard de Chardin, que la humanidad evoluciona hacia un estadio de conciencia armónico, que superará su división en naciones e iglesias. Algunos se empeñan en retroceder hacia el Dios tribal y terrible de las ejecuciones, pero acabarán uniéndose –anuncia– a quienes avanzamos hacia la luz.

¿Le molestó la blasfemia de aquella poetisa en el Ayuntamiento de Barcelona?

Mucho, pero no por Dios, porque a Dios la blasfemia no le llega, sino por lo que tenía de agresión contra las personas creyentes. Me sorprendió su rabia y me gustaría que me explicara la razón y el sentido de esa rabia.

¿De dónde cree usted que viene?

Es la reacción contra el residuo de la imposición del antiguo Dios autoritario. Hoy se blasfema menos, porque ese Dios impuesto está desapareciendo de nuestro imaginario.

La blasfemia en una sociedad libre sale barata, gracias a Dios.

En Irán la hubieran lapidado. Cierto.

¿Por qué en nuestra era postreligiosa cada vez hay menos curas y más artistas?

Porque ese ateísmo infantil bloquea la irrenunciable aspiración a trascender y muchos la buscan en el arte. Ese ateísmo del Dios autoritario es la fase purificadora en el proceso de la fe hacia el encuentro interreligioso.

Otros regresan hacia el Dios medieval.

Tras el ateísmo de ese Dios arcaico hay una forma progresiva de recuperar a Dios y otra regresiva: el fundamentalismo reaccionario.

¿Cuál es nuestro fundamentalismo?

Un narcisismo paradójicamente adicto a todo. Su expresión más ridícula son las redes sociales y las selfies: ya sólo nos interesa vernos y fotografiarnos a nosotros mismos.

Y nos enganchamos a cualquier cosa: drogas, el móvil, las series televisivas…

Por eso necesitamos ejercicio espiritual para superarlo. Y ahora… ¡Silencio!

¡…!

¿…?

El silencio no es la ausencia de ruido, sino la ausencia de ego. En los colegios laicos más avanzados del planeta se practica la meditación. Es un indicio esperanzador de que todos convergemos hacia un nuevo estadio.

Deme un consejo para Semana Santa.

Póngase una alarma y deténgase cada hora en ese silencio del ego. Deje que irrumpa el momento en toda su densidad en su conciencia. Pase así de ser mero okupa del espacio y el tiempo a integrarse en ellos. Y vivirá más. Cada instante es irrepetible: repítalo cada hora.

¡Magnífico! ¿Alguna otra sugerencia?

Renuncie a algo. La renuncia no quita; la renuncia da. Da libertad. Experiméntela. Libérese de algo de lo que cree depender.

¿Librarme de algo que necesito?

Progresará: el narcisismo y la adicción son estancamientos, fijaciones. Cuando los supere tendrá una autoestima sana. El siguiente paso es convertirla en realización y después en trascendencia. Es un proceso de superación personal –ontogénesis– que luego se repite –filogénesis– en toda la especie.

¿De verdad cree que progresamos?

Como las personas, los pueblos y las religiones también se estancan en el narcisismo. Para superarlo, deben morir en ese estadio primario y reaparecer en uno superior.

¿Cómo?

Las palabras condensan significado y energía: designan el mundo, pero también capturan cuanto designan, lo encierran. Por eso, hasta que sustituyes una palabra por otra, no puedes percibir el mundo de otro modo: no progresas. Para llegar al mar de la nueva conciencia, tal vez el río de cada religión deba perder su nombre. Y adoptar el nuevo.

¿Qué nueva fase?

Hoy los humanos entre fases de progreso estamos entre el miedo a esa evolución espiritual y la audacia de la ciencia. En ciencia sí hemos sido audaces hasta trascender la materia y llegar a la energía.

Usted dice que ya lo hacían los místicos.

Los místicos experimentaban por vía espiritual lo que después la ciencia recorrería con la razón empírica en el laboratorio. Sentían la energía que luego demostraría la física.

Visionarios de la energía del universo.

La mística solo anticipaba el camino de la ciencia. Por eso, un poco de ciencia te hace ateo, mucha ciencia te hace creyente. Las religiones orientales son la aceptación del ya es, y las occidentales añaden su rebeldía profética: la ascensión hacia lo que todavía no es.

¿Y hacia dónde vamos?

Vamos a la síntesis de las religiones. Y digo síntesis, porque es la superación de lo anterior con una unión armónica, y no sincretismo, que es su degradación en la mezcla.

¿Cómo y por qué ahora?

La densidad de conocimiento nos lleva a un cambio cualitativo de conciencia. El esfuerzo místico debe lograr que la experiencia mística vuelva a ser de nuevo anticipación del camino que recorrerá la ciencia.

¿Y usted va a intentarlo: ser místico?

Quiero dar un paso más allá del estudio al que he dedicado 15 años.

¿Cilicios, ayuno, mortificación?

Para nada. Solo vida normal y concentración.

Está usted muy delgado.

Porque estoy muy ocupado. La mística no es una experiencia religiosa, sino que intenta trascender lo religioso.

¿Cómo?

La globalización está aquí, pero debemos evitar que provoque traumas y violencia. Yo intentaré modestamente hacer lo posible para que haya lucidez hacia la síntesis.

Fuente Fe Adulta

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Hombre silencioso

viernes, 12 de enero de 2018
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Del blog Nova Bella:

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Dios escucha a Dios en el hombre que guarda silencio,

Dios habla al Dios en el hombre en estado de escucha,

Dios escucha al hombre silencioso,

Dios habla al hombre que escucha.

*

Sylvie Gemain

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*

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El lugar de la cita.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Del blog de Henri Nouwen:

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«Este es un buen consejo: ‘conócete a tí mismo‘. Pero conocerse no significa analizarse. A veces queremos conocernos como si fuéramos máquinas que pueden desmontarse y volver a montarse a voluntad. En determinados momentos críticos de nuestras vidas, ésto puede ayudarnos a explorar en detalle los acontecimientos que nos llevaron a una crisis, pero erramos si creemos que podemos llegar a entendernos totalmente y explicar el entero significado de nuestras vidas a los demás.

La soledad, el silencio y la oración son frecuentemente el mejor camino hacia la comprensión de uno mismo. Y no porque nos ofrezcan soluciones a la complejidad de nuestras vidas sino porque nos ponen en contacto con nuestro centro sagrado, donde mora Dios. Dicho centro sagrado no admite ser analizado. Es el lugar de la adoración, de la acción de gracias y de la alabanza.»

*

Henri Nouwen

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***

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