«Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel»
El seguimiento de Jesús había quedado hecho añicos, y el relato de los dos de Emaús es un excelente testimonio de la desbandada que se produjo tras su muerte. Habían creído en él como el futuro libertador de Israel; como el restaurador de la estirpe de David, pero su fe había muerto al pié de la cruz: «Creíamos que era éste… pero han pasado dos días…». Todo había terminado y era hora de volver a la rutina diaria.
Peor lo tuvieron sus discípulos más cercanos; los que le habían acompañado desde el principio convirtiéndose en sus amigos. En la cena de despedida habían quedado confusos y desconcertados por las palabras y los signos de Jesús. Ya en Getsemaní, huyeron despavoridos cuando un pelotón de guardias y criados lo prendió. Llegados en su huida al cenáculo, se atrancaron por miedo a los judíos, y allí permanecieron angustiados por la suerte de su maestro y posiblemente avergonzados de su cobardía. Pedro tuvo un arranque de valor, pero cuando se vio en peligro negó conocerle.
Al miedo y a la vergüenza se unieron las dudas. La cruz demostraba que Dios no estaba con él, sino con los sacerdotes que lo habían vencido, y esa evidencia tuvo que haber supuesto un golpe brutal para su fe.
Probablemente permanecieron encerrados en Jerusalén hasta que finalizó la Pascua, y probablemente también, salieron de Jerusalén mezclados con los peregrinos que volvían a sus lugares de origen tras su celebración. Mateo nos habla de una cita en Galilea, y Juan sitúa allí al núcleo más íntimo del grupo, que había retomado las ocupaciones previas a la increíble aventura que acababan de vivir.
Todo parecía haber acabado, pero el Espíritu se cruzó en sus vidas haciendo resucitar la fe en el crucificado. Pero ya no era la fe en el mesías davídico que ellos habían albergado en el pasado, sino la fe en “Jesús Señor”; tan cercano a la divinidad que no eran capaces de ponerse de acuerdo para formularla. Para Pedro, «Dios estaba con él», pero Juan se atrevió a mucho más, y en el prólogo de su evangelio dejó plasmada su nueva fe de manera explícita: «La Palabra era Dios».
No sabemos cuál pudo haber sido la experiencia que provocó este salto trascendental en su fe y les movió a creer en él, no ya como un enviado, sino como “El Señor”. Lo que sí sabemos es que provocó un vuelco radical en sus vidas. Porque un tiempo después de haber salido de Jerusalén aterrorizados por miedo a las autoridades, desmoralizados por la muerte de su maestro y sumidos en angustiosas dudas de fe, aquellos hombres se presentaron de nuevo en el Templo afirmando, y empeñando su vida en ello, que lo habían visto vivo después de su muerte:
«Varones israelitas —es Pedro quien les habla— escuchad estas palabras: Jesús de Nazaret, varón probado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales, fue entregado y muerto en la cruz por vosotros por medio de hombres sin Ley. Pero Dios lo resucitó después de soltar las ataduras de la muerte, por cuanto no era posible que fuera dominado por ella; y nosotros somos testigos de ello».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
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Lc. 24, 13-35
Estamos de nuevo en el tiempo pascual. El tiempo de recordar y experimentar que Jesús VIVE entre nosotros, con nosotros, ahora y ya para siempre. Es el tiempo del Espíritu que nunca abandonará a su pueblo. Antes de nada vamos a tratar de respondernos con sinceridad: vitalmente ¿en qué tiempo vivimos, en que tiempo vivo yo? O dicho en clave del evangelio de este domingo, ¿seguimos caminando hacia Emaús o estamos volviendo a Jerusalén?
Nos encontramos hoy con la aparición a los discípulos de Emaús. Un texto precioso de Lucas, una de las grandes catequesis pospascuales del NT. Una catequesis que resuena con fuerza en nosotros y que nos puede ayudar a descubrir si estamos realmente viviendo como discípulos y discípulas de Jesús Resucitado o simplemente seguimos llorando y añorando al crucificado.
Porque, como todo el evangelio, este texto tan conocido e impresionante, habla de nosotros. Quizá por eso uno de sus personajes no tiene nombre. ¿No podemos ser nosotros/as el discípulo o discípula sin nombre que acompaña a Cleofés? Pongámosle nuestro nombre y sintámonos protagonistas de esta escena. Sin duda lo somos y lo hemos sido en muchas ocasiones.
Varios rasgos definen al discípulo que acompaña a Cleofés, a ese que lleva nuestro nombre. Parece una persona:
– Que camina cabizbaja y desanimada, conversa y discute, que esperaba, pero que ahora parece que ya no espera “Creíamos…”
¿No caminamos así alguna vez? ¿No nos hemos ido del grupo, alejado de todo? ¿No seguimos “tirando” porque esto es lo que hay y no más? Y a veces, ¿no discutimos y damos vueltas pero seguimos viviendo nuestra fe y nuestra vida, con ese andar cansino de quien no espera que las cosas cambien?
– Que sus ojos son incapaces de reconocerlo a pesar de que camina a su lado, de que los escucha sin reproches, de que les explica el sentido de los acontecimientos…
¿Qué nos impide reconocer a Jesús? ¿Qué cataratas difuminan u ocultan tantos signos de vida que suceden cada día a nuestro lado? ¿Qué cierra los ojos de nuestro corazón cuando leemos las escrituras?
– Que en el fondo sigue buscando pero duda, le cuesta confiar en el testimonio de los demás y, a pesar de sus deseos, sigue diciéndose: “Si, vale, hay rasgos positivos, algo parece que va a cambiar, pero “A Él no lo vieron”
¿Cuándo fue la última vez que afirmamos algo así? ¿Cómo buscamos a Jesús, en qué se ha convertido Él para nosotros? ¿Cuándo dijimos de alguien que generosamente sirve o se sacrifica por los demás, “Sí, a saber lo que busca detrás de eso”? ¿O lo desautorizamos diciendo “son mujeres, son curas, son… qué van a decir?
– Una persona que a pesar de todo se siente atraída por este caminante, que de alguna forma ha conectado con el deseo profundo de su corazón, aunque ni él /ella misma es consciente, y le pide: “Quédate con nosotros”. No porque te haya reconocido… simplemente porque algo me hace desear tu presencia, aunque lo exprese tan pobremente: va a anochecer, falta mucho camino, aquí tenemos nuestra casa…
¿Cuándo hemos vivido algo parecido? ¿A quién hemos invitado a nuestra vida que nos ha abierto los ojos y el corazón? El desanimo no suele ser proactivo, no suele llevarnos a dar el primer paso, pero la compañía, el sacar de nosotros lo que nos va doliendo y la escucha atenta del otro nos ayuda a romper el cerco en la que la tristeza nos ha encerrado. Y por ese resquicio entra el Resucitado y se sienta a la mesa, nos mira a los ojos y nos da su pan. Y ese gesto que, ahora sí, nos recuerda al Maestro a quien queremos, en quien habíamos puesto nuestra esperanza, abre por fin nuestros ojos y nuestro corazón.
Y a partir de este momento los rasgos que definen a este discípulo o discípula que lleva nuestro nombre, que somos nosotros son totalmente distintos:
– Es la persona que reconoce con sus ojos a Jesús en un gesto sencillo y un objeto común, el pan que se bendice y se reparte.
– La que es consciente de que su corazón ardía mientras le escuchaba por el camino aunque no se hubiera dado cuenta, y ahora ya no lo duda a pesar de que es de noche y de que Jesús ha desaparecido.
– Es la que levantándose se pone a caminar hacia Jerusalén, a desandar el camino, ahora con ánimo alegre y deseoso de encontrarse con los demás.
– Es la que comparte con los demás su experiencia de encuentro con el Resucitado y goza con las experiencias expresadas por los Once, por los amigos, por los compañeros….
Y lo mejor es que sin duda también podemos reconocernos en estos rasgos. Somos la persona que acompaña a Cleofés camino de Emaús, la que regresa con él a Jerusalén en plena noche y la que anuncia con valentía que Jesús vive y los ha acompañado por el camino. Porque a Jerusalén no se va, según Lucas “se vuelve”.
Solo volvemos a Jerusalén si nos hemos encontrado con el maestro en cualquier camino a Emaús, solo nos experimentamos como personas nuevas si hemos sido conscientes de nuestra realidad de caminantes a Emaús. Y este camino no se recorre de una vez para siempre, es una buena imagen de toda nuestra vida, siempre amenazada por el desanimo y el cansancio, por una fe raquítica y circunstancias externas que la ponen a prueba; pero una vida animada y sostenida por el Espíritu y la presencia de Jesús Resucitado que siempre camina con nosotros y se nos hace presente en tantos signos de vida y esperanza que se dan en nuestro mundo si dejamos que El mismo nos abra los ojos para reconocerlos.
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Domingo III de Pascua
26 abril 2020
Lc 24, 15-35
En gran medida, los llamados “relatos de apariciones del resucitado” son catequesis elaboradas, que buscan suscitar la fe en Jesús y promover determinadas actitudes, como la paz, la confianza, la alegría, la misión…
Hablan, para ello, de la presencia de Jesús, pero generalmente con el añadido de que no era fácilmente “reconocible”. Afirman la realidad de su presencia, pero subrayando que esta no es equiparable a su estado anterior.
En el relato que nos ocupa, parece destacar un doble interés catequético: por un lado, ofrecer una interpretación del hecho -para ellos escandaloso- de la cruz y la muerte del Maestro. ¿Cómo Dios pudo “abandonar” a su elegido, permitiendo que muriera a manos de paganos? La respuesta se sitúa en la línea de lo que era la argumentación rabínica: “Estaba escrito», es decir, había un sentido oculto. Por tanto, no ha habido abandono, ni hay motivo para el escándalo: todo entraba dentro de los planes de Dios.
Por otro, invita a “hacer camino” con Jesús, destacando tres lugares donde encontrar su presencia: caminar al lado de la gente, releer la sagrada Escritura y celebrar la eucaristía (“partir el pan”). Constituían, sin duda, los lugares privilegiados donde los discípulos de aquellas primeras comunidades fortalecían y compartían su fe.
El relato muestra que es precisamente ahí donde “reconocen” a Jesús, a la vez que insiste en una cuestión que considera prioritaria: la proclamación de que el Maestro sigue caminando con ellos en todo momento.
Desde una perspectiva genuinamente espiritual, respetando, pero trascendiendo las creencias religiosas y catequéticas, podemos preguntarnos: ¿qué es eso que nos “acompaña” en todo momento y “camina” siempre con nosotros? La respuesta es simple: aquello que somos en profundidad, lo que constituye nuestra identidad profunda.
Solo nos hace falta reconocerlo, o lo que es lo mismo, comprender lo que somos. Es esa comprensión profunda la que, liberándonos de engaños y de sufrimientos inútiles, nos permite estar en casa en todo momento. No es una presencia ajena la que nos sostiene; es sencillamente la presencia que es.
¿Vivo en conexión con la presencia consciente que somos?
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- v 13 Dos discípulos se van caminando de Jerusalén.
Los dos de Emaús representan la Iglesia naciente y la nuestra: el camino hacia la fe en el Señor resucitado.
Un discípulo se llamaba Cleofás el otro es anónimo. Podemos poner nuestro nombre.
Es un texto de gran belleza literaria y teológica, que siempre podemos hacer nuestra. Todos somos caminantes, todos entramos caemos en desesperanzas, en ocasiones el atardecer embarga nuestra vida.
Por otra parte, ¡Cuánta gente se “ha ido de Jerusalén”, ha abandonado la fe, la Iglesia!
02.- v 14. iban conversando, se hacían preguntas.
No habían entendido ni lo que había pasado en Jerusalén, ni la Escritura. Sin embargo no pueden olvidar a Jesús, por ello iban “dando vueltas” a lo que había pasado con Jesús. Caminan pensando y discutiendo los problemas de la vida, lo que había supuesto Jesús para ellos.
También nosotros vamos por la vida con muchas preguntas y cuestiones. Tenemos más problemas que respuestas. No entendemos, no acertamos a explicarnos la vida, el mal, la muerte…
03.- Nosotros esperábamos, pero todo ha terminado…
La situación de aquellos dos discípulos era de decepción, de tristeza y desesperanza.
Muchos de los discípulos de Jesús esperaban un Mesías nacional poderoso, triunfante que restaurara la soberanía de Israel frente al Imperio romano. Pero todo ha terminado en el fracaso de la cruz. Por eso se van de Jerusalén, del grupo.
En gran medida esta es también nuestra situación.
Muchos de los que formamos las generaciones adultas del siglo del XXI nos embarga la decepción. Esperábamos tantas cosas…
Esperábamos que la democracia iba a crear una sociedad perfecta y nos iba a liberar de los males de la dictadura.
Esperábamos que el Concilio iba a suponer un Pentecostés para la Iglesia y una oxigenación, pero hemos vivido un largo post-concilio de involución y el papa Francisco a duras penas puede con la sinodalidad.
Probablemente muchos proyectos personales, matrimoniales, familiares se han derrumbado o no se han realizado.
La cuestión radical es ¿qué esperamos de la vida? y ¿de dónde o de quién esperamos la realización de tal esperanza? Ser adultos es amontonar desilusiones y decepciones, pero mantener la esperanza y seguir caminando.
04.- v 27. Jesús les explica las Escrituras.
Jesús se acerca. El Señor siempre se acerca aunque tampoco nosotros no acertemos a reconocerle…
Jesús no se hace presente en forma de “visiones o apariciones iluminadas”, sino en el prójimo, en los acontecimientos de la vida.
Les explica las Escrituras. Explicar el Evangelio no es lo mismo que explicar el catecismo. Uno puede conocer todo el catecismo y ser increyente. Hemos llegado a una situación en la que el Evangelio necesitara del filtro del catecismo para ser auténtico. El Evangelio está liberadoramente por encima del catecismo.
Estos días se presentaba un libro de JM Castillo: “Declive de la Religión y futuro del Evangelio”. Y decía JM Castillo que Evangelio y Religión son incompatibles, pero la Iglesia las ha fundido y confundido».
Conocer las Escrituras no es saberse de memoria la Biblia, sino creer.
Explicar y entender las Escrituras es amar el Evangelio, la razón, la cultura, el misterio de la vida.
05.- v 29. Quédate con nosotros, que atardece…
Es una hermosa, una gran oración. El camino de Emaús son vísperas de un acto de fe profundo y ardiente
La vida tiene muchos atardeceres en los que no vemos la luz ni el camino, porque quedamos bloqueados por una mala situación personal por una ruptura, por un mal momento de salud, por una situación eclesiástica que nos deja el corazón helado… No faltan atardeceres y “noches oscuras” del alma y del cuerpo, incluida la noche final.
En muchas situaciones nos será más que suficiente esta nostalgia de que el Señor se quede con nosotros.
06.- vv 30-31 Se les abrieron los ojos y le reconocieron al partir el pan. La Eucaristía.
Este relato de los dos de Emaús es una Eucaristía. Le reconocieron al partir el pan.
A Cristo se le reconoce al partir el pan, al compartir el pan.
La Eucaristía no consiste en la perfección de los ritos, cuanto en una vida que comparte el pan.
Reconocemos a Cristo cuando hay Eucaristía y hay Eucaristía cuando compartimos el pan: misiones, pobres, Aterpe, entrega a nuestras tareas, cuando compartimos la cultura, cuando guiamos a quienes la vida puesto en nuestras manos, la solidaridad.
07.- v 32 ¿No ardía nuestro corazón? Las brasas de Emaús
Las ideas mueven el mundo, y es verdad porque las ideas mueven el corazón. San Agustín decía que solamente se conoce lo que se ama.
Jesús no fue un ideólogo, sino que se pasó la vida haciendo el bien: curando enfermos, sanando al que sufre…
El cristianismo no es solamente cuestión de ideas super-precisas, de teologías y doctrinas, mucho menos de leyes. Creer en la resurrección es dejarse tocar por la misericordia de Dios», sino que ha de arder el corazón.
El momento político-cultural-eclesiástico que vivimos no es precisamente cálido, amable. Nietzsche –a mediados el siglo XIX- ya nos había condenado a vivir en un gran frío, en el vacío, en la nada:
¿No vamos errantes a través de una nada infinita? ¿No nos absorbe el espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No viene la noche para siempre jamás más y más noche? ¿No olemos todavía la nada de la corrupción divina? [1]
08.- v 33 Se volvieron a Jerusalén y dijeron: ¡es verdad ha resucitado!
El testimonio y la misión, el grupo, los Once, están presentes en los relatos de la resurrección. Siempre hay alguien: Magdalena, el Discípulo Amado, Pedro. Hoy los dos de Emaús, que terminan dando testimonio y anunciando la Vida, al resucitado.
¿Cómo anunciar hoy la Vida de modo que salgamos de esta noche? No es una cuestión simple, mucho menos una cuestión legal. ¿Quién nos explicará las Escrituras? Ciertamente la ciencia y la cultura, nos pueden explicar algunas cosas, pero solamente el Señor nos hará comprender la vida.
Sinodalidad es “caminar juntos” como los dos de Emaús.
Quédate con nosotros, que atardece…
[1] NIETZSCHE, F. La ciencia gaya, Obras III, 125 (74.141).
Comentarios desactivados en «Resucitar es saberme vivo», por Pedro Miguel Lamet
Leído en su blog:
Pascua del Despertar
Llega la Pascua y con ella una cierta locura.
No hay una prueba física, científica y racional de la resurrección.
Los apóstoles despertaron por dentro, descubrieron que la muerte no existe, que desde siempre eran seres sin tiempo en el tiempo, pertenecían a la explosión de luz que une lo creado con lo increado, manifestación de lo inmanifestado, y eso les cargó de comprensión y fuerza.
Ocurrió en la historia. Pero cualquier ser humano despierto pudo resucitar y podrá resucitar siempre, si entra por la contemplación iluminada en el no tiempo.
| Pedro Miguel Lamet
Llega la Pascua y con ella una cierta locura. Los discípulos se hacen un lío. María de Magdala, la enamorada, no reconoce a Jesús a primera vista. Los de Emaús huyen atrapados por la murria. Tomás quiere meter su mano en la llaga del costado. Y en el centro, la polémica de la tumba vacía, que tanto preocupará a los teólogos.
No hay una prueba física, científica y racional de la resurrección. La gran experiencia definitiva de que Cristo ha resucitado es la transformación de aquel grupo de pescadores ignorantes y atemorizados, cuyo líder ha sido ejecutado a las puertas de Jerusalén, la confluencia de sus testimonios.
Jesús ahora atraviesa paredes, está y no está, despierta la duda o inflama el corazón. La experiencia del resucitado, aunque se apoya en hechos históricos, requiere la fe o en cierto modo la mística. En mi opinión, los apóstoles despertaron por dentro, descubrieron que la muerte no existe, que desde siempre eran seres sin tiempo en el tiempo, pertenecían a la explosión de luz que une lo creado con lo increado, manifestación de lo inmanifestado, y eso les cargó de comprensión y fuerza.
Hoy abunda la noche, el miedo, las puertas tranqueadas, los corazones solitarios, las tesis e ideas que dividen, el enfrentamiento agresivo de creyentes e increyentes e incluso de fieles entre sí, como siempre hubo, hasta ocasionar incluso guerras de religión. La resurrección ocurre en lo íntimo de cada conciencia y fuera de ella.
De poco vale que se demuestre la autenticidad de la sábana santa o que se encuentre un papiro más antiguo para convencer de su verdad. Es una verdad a la vez histórica y metahistórica. Porque la mejor historia es la escrita con las vivencias de los hombres.
Resucitar es ver más, romper nuestros códigos, tocar la alegría del Ser. “El que cree en mí tiene vida permanente”. (Jn 5.25)
Ocurrió en la historia. Pero cualquier ser humano despierto pudo resucitar y podrá resucitar siempre, si entra por la contemplación iluminada en el no tiempo. Y, sin embargo, no es un hecho solo espiritual, sino también material en cuanto cualquier resucitado es capaz de transformar la materia, las injusticias, la dinámica del odio y el dolor, e incluso nuestra falsa sensación de morir.
Desde esta perspectiva es un acontecimiento cósmico que disuelve todos nuestros miedos y angustias y que puede experimentar cualquier hombre que se abra a lo profundo del hombre.
Resucitar es descubrir que puedo volar, saberme vivo para siempre, en este momento aquí y ahora, sin depender de las arrugas, el paso del tiempo, el dolor y hasta la misma muerte.
Comentarios desactivados en «Despertar, levantarse, salir fuera», por Miguel Ángel Mesa.
Encuentro muy significativo que en el Nuevo Testamento se empleen dos términos en griego para expresar y dar a conocer el significado de la resurrección de Jesús: uno es “levantarse” y otro “despertar”.
El mismo Jesús nos dijo que el Espíritu nos iría diciendo en cada momento de la historia lo que tendríamos que decir, cómo actuar y actualizar su buena noticia de liberación. Los sucesos de nuestro pasado, las personas que han dejado huella en nuestra vida, sus palabras, sus gestos, sus muestras de cariño, su compromiso… nos dicen siempre algo nuevo cuando las recordamos.
Igual nos pasa con Jesús y, en concreto, con su resurrección.
Porque lo importante no es el sepulcro vacío sino todo lo que vivió y por lo que se desvivió: porque él sanaba la vida, iluminaba la vida, liberaba la vida, daba nuevas esperanzas para experimentar en plenitud la vida. Ahí radica el sentido de su resurrección: la muerte no pudo ocultar ni sepultar la vida íntegra y entregada en cada momento por Jesús. Y a eso invitaba a sus discípulos: “He venido para que tengan vida y la tengan en plenitud. Anunciad esta buena noticia a toda criatura”. Quien así vive, ya ha resucitado.
Volvemos al comienzo. Resucitar significa despertar, no continuar con los ojos cerrados a la realidad, es necesario abrirlos al mundo que nos rodea, aunque esté oscuro, a pesar del frío, del dolor y la angustia, de la inseguridad, del miedo y la desesperanza. Manteniendo los ojos abiertos para no cerrarnos a nada, para no quedar aislados en nuestra propia concha. Quien abre los ojos y los mantiene abiertos ya ha empezado a descorrer la losa de su propio sepulcro.
Resucitar también significa levantarse. Es necesario abrir bien los ojos, para mirar con claridad. Pero se puede seguir recostado, impidiendo que esa mirada sea movilizadora. Es necesario un esfuerzo más: hay que levantarse, ponerse en pie, con decisión, sabiendo que después de despertar debemos recomenzar un día más. Poniendo en marcha todos nuestros recursos psicológicos, afectivos, empáticos, resilientes y reconociendo todo lo que poseemos y lo que podemos seguir aprendiendo y adquiriendo para ayudar, recibiendo ayuda a la vez.
Pero queda un paso más, con el mandato de Jesús a Lázaro: “Sal fuera”. Hay que salir del sepulcro, del encierro, la reclusión, el confinamiento. Debemos quitarnos las vendas que nos atan e impiden andar con libertad. Es necesario despertar, levantarnos y salir, para sentirnos de verdad resucitados y ayudar a resucitar a quienes aún malviven, sobreviven, escondidos, aislados, marginados, excluidos en innumerables sepulcros en nuestra sociedad y en nuestro mundo. La resurrección no es un recuerdo de un hecho pasado, sino un acicate permanente, diario, pasando en cada momento de la muerte a la vida. Comprometiéndonos para que quienes se mantienen ocultos en las sepulturas que se imponen o se las imponen, puedan salir a la luz del día, a la claridad esperanzadora de la vida.
Porque solo resucitamos de verdad si resucitamos juntos.
Comentarios desactivados en «¿Cómo vivir la Pascua en medio de tantas crisis?», por Leonardo Boff
«Después que Cristo resucitó ya no podemos estar tristes: el fin bueno está garantizado»
«La Resurrección es una revolución en la evolución, una anticipación del fin bueno de la vida humana. El Resucitado alcanzó una dimensión cósmica, nunca más ha dejado el mundo y llena todo el universo»
«Todos estamos en camino hacia Galilea para encontrarnos con el Resucitado. Él personalmente ha resucitado, pero su resurrección no se ha completado, mientras sus hermanos y toda la naturaleza no hayan resucitado aún»
Muchas crisis están asolando a la humanidad:la crisis económica que ha hundido a los grandes bancos de los países centrales, la crisis política con el ascenso mundial de las políticas de derecha y extrema derecha, la crisis de las democracias en casi todos los países, la crisis del Estado que se burocratiza cada vez más, la crisis del capitalismo globalizado que no puede resolver los problemas que él mismo ha creado, generando una acumulación de riqueza en muy pocas manos en un mar de pobreza y miseria, la crisis ética, pues ya no cuentan los valores de la gran tradición de la humanidad, sino el vale todo posmoderno (every think goes), la crisis del humanismo pues imperan relaciones de odio y de barbarie en las relaciones sociales, la crisis de civilización que ha comenzado a introducir la inteligencia artificial autónoma que articula miles de millones de algoritmos y toma decisiones independientes de la voluntad humana, poniendo en riesgo nuestro futuro común, la crisis sanitaria que ha alcanzado a toda la humanidad a través de la Covid-19, la crisis ecológica que, si no cuidamos la biosfera, nos alerta de una posible tragedia terminal del sistema-vida y del sistema-Tierra. Detrás de todas estas crisis hay una crisis aún mayor: la crisis del espíritu que representa una crisis de la vida humana en este planeta.
El espíritu es el momento de la vida consciente en el cual nos damos cuenta de que pertenecemos a un todo mayor, terrenal y cósmico, y que estamos a merced de una Energía poderosa y amorosa que sustenta todas las cosas y a nosotros mismos. Tenemos la facultad específica de poder dialogar con ella y de abrirnos a ella, identificando un Sentido mayor que impregna todo y que atiende nuestro impulso de infinitud. La vida del espíritu (que algunos neurólogos llaman el “punto Dios” en el cerebro) está siendo sepultada por la voluntad irrefrenable de acumular bienes materiales, por el consumismo, por el egoísmo y por una profunda falta de solidaridad.
Desde agosto de 1945, cuando los Estados Unidos lanzaron dos bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, se nos abrió la conciencia de que podemos autoaniquilarnos. Ese peligro aumentó con la carrera armamentista, que incluye a nueve naciones con armas químicas, biológicas y cerca de 16.000 cabezas nucleares. La guerra actual entre Rusia y Ucrania ha hecho que Putin amenace con el uso de armas nucleares, suscitando el temor apocalíptico del fin de la especie humana.
En este escenario, ¿cómo celebrar la mayor fiesta de la cristiandad que es la Pascua, la resurrección del Crucificado, Jesús de Nazaret? La resurrección no debe ser entendida como la reanimación de un cadáver como el de Lázaro. Resurrección, en las palabras de San Pablo representa la irrupción del “novissimus Adam” (1Cor 15,45), es decir, del ser humano nuevo, cuyas infinitas virtualidades presentes en él (somos un proyecto infinito) afloran totalmente. Aparece así como una revolución en la evolución, una anticipación del fin bueno de la vida humana. El Resucitado alcanzó una dimensión cósmica, nunca más ha dejado el mundo y llena todo el universo.
En este sentido la resurrección no es la memoria de un pasado, sino la celebración de un presente, siempre presente para suscitarnos alegría, la suave sonrisa de que la muerte matada de Jesús de Nazaret, el viernes santo, es solo una travesía a una vida libre de la muerte y plenamente realizada: la resurrección. El horizonte sombrío se aclaró e irrumpió el Sol de la esperanza.
Pensando en términos del proceso cosmogénico que engloba todo, la resurrección no está fuera de él. Por el contrario, es una emergencia nueva de la cosmogénesis, de ahí su valor universal, más allá del salto de la fe. La resurrección es la síntesis de la dialéctica, de donde Hegel sacó su dialéctica, de la vida (tesis), la muerte (antítesis) y la resurrección (síntesis). Esta es el final de todo, ahora anticipado para nuestra alegría. Es el verdadero génesis, no del principio, sino del fin alcanzado ya.
Considero que la versión del evangelio de San Marcos sobre la resurrección es la más realista y verdadera. Él termina el texto con Jesús resucitado diciendo a las mujeres: “id a decir a los apóstoles, y a Pedro, que él (el Resucitado) va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis, como os dijo” (Mc 16,7). Y así termina. Las apariciones relatadas, es convicción de los estudiosos que serían un añadido posterior. Es decir: todos estamos en camino hacia Galilea para encontrarnos con el Resucitado. Él personalmente ha resucitado, pero su resurrección no se ha completado, mientras sus hermanos y toda la naturaleza no hayan resucitado aún. Por esta razón, el mundo fenomenológicamente sigue igual o peor, con guerras y momentos de paz, con bondades y maldades, como si la resurrección no hubiera tenido lugar como signo de superación de esta realidad ambigua.
Pensando en términos del proceso cosmogénico que engloba todo, la resurrección no está fuera de él. Por el contrario, es una emergencia nueva de la cosmogénesis, de ahí su valor universal, más allá del salto de la fe. La resurrección es la síntesis de la dialéctica, de donde Hegel sacó su dialéctica, de la vida (tesis), la muerte (antítesis) y la resurrección (síntesis). Esta es el final de todo, ahora anticipado para nuestra alegría. Es el verdadero génesis, no del principio, sino del fin alcanzado ya.
Considero que la versión del evangelio de San Marcos sobre la resurrección es la más realista y verdadera. Él termina el texto con Jesús resucitado diciendo a las mujeres: “id a decir a los apóstoles, y a Pedro, que él (el Resucitado) va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis, como os dijo” (Mc 16,7). Y así termina. Las apariciones relatadas, es convicción de los estudiosos que serían un añadido posterior. Es decir: todos estamos en camino hacia Galilea para encontrarnos con el Resucitado. Él personalmente ha resucitado, pero su resurrección no se ha completado, mientras sus hermanos y toda la naturaleza no hayan resucitado aún. Por esta razón, el mundo fenomenológicamente sigue igual o peor, con guerras y momentos de paz, con bondades y maldades, como si la resurrección no hubiera tenido lugar como signo de superación de esta realidad ambigua.
Incluso así, después que Cristo resucitó ya no podemos estar tristes: el fin bueno está garantizado.
Feliz fiesta de Pascua para todos los que pueden realizar este camino y también para los que no puedan hacerlo.
*Leonardo Boff ha escrito: La resurrección de Cristo. Nuestra resurrección en la muerte, Sal Terrae, varias ediciones.
Comentarios desactivados en Portadoras de la buena noticia.
La fuerza contundente del amor nos llama en esta tarde
a regar por las sendas de la vida
el grito de la resurrección.
Salgamos de las tumbas
y arrojemos
las sábanas al viento
los amarres
las piedras
las estacas…
a morir en la orilla.
Vivamos en abrazos de hermandad
la fuerza del amor.
Que muera nuestra entraña endurecida
se rompan los sepulcros
y se instaure la gracia
entre los corredores y geranios.
Que muera la crueldad y la violencia
enterremos al fondo toda seña de nuestra indiferencia.
La sabia y su Palabra nos habiten
y riegue a nuestro paso su semilla.
Que muera todo daño que nos llegue a este albergue
y nazca toda flor que arome los jardines.
Sanemos a la tierra y sus entrañas
abramos nuestras manos con ternura,
que la Energía Divina nos habite
y las resurrecciones se propaguen a través de las manos y los ojos
de todo caminante de Evangelio.
Mujeres renovadas levantemos la voz desde las plazas
y desde las cocinas
que llegue a todo oído la noticia:
LA MUERTE SE VENCIÓ
y la vida se vierte en los tazones de todas las hornillas.
Abrazos de hermandad nos iluminen y nos llenen de gozo.
Unamos nuestras voces
salgamos de las tumbas y colguemos las sábanas al viento
Jesús nos señaló los horizontes:
corazones gigantes
amores entrañables.
Unamos nuestros brazos en los cantos que salen de las grutas
y que llenan las calles con la Buena Noticia.
Hemos resucitado en nuestras fuentes, en nuestros propios pozos.
Gritemos ante el mundo una nueva dinámica
que muera nuestra entraña endurecida y se ilumine el mundo
con las rutas sororas
de un cielo por nacer.
Hermanas en la vida y en la muerte
cantemos nuestra Pascua.
Comentarios desactivados en «Pascua de Jesús y Pascua universal», por José Arregi.
De su blog Umbrales de luz:
De nuevo es Pascua. Es la Pascua de Jesús, el profeta crucificado, imagen singular para los cristianos de la esperanza de todos los crucificados. Es la Pascua de la primera luna llena de primavera que tantas culturas han celebrado desde milenios antes de nuestra era cristiana: chinos, indios, sumerios, babilonios y hebreos, y los pueblos mayas de la América central que, miles de años antes de que a su tierra la llamáramos así, en el reflejo de la luna ya veían de noche el irresistible poder de la vida.
Es la Pascua de la Tierra. La Pascua del trigo y de todos los cereales: el grano muere, germina y vuelve a brotar en los campos, para convertirse en pan fraterno, pan de la eucaristía o pan de la mesa doméstica, el mismo pan sagrado para quien sabe mirar y saborear, partir y compartir. Es la Pascua de los agricultores y pastores del Neolítico, que vivían al compás de novilunios y plenilunios, solsticios y equinoccios, al ritmo de la Madre Tierra y del cosmos sin medida.
La vida revive. En cada brote de viña, en cada flor de cerezo se hace presente la energía de todo el universo, se manifiesta el fuego del Ser, la fuerza de la Vida, el misterio que llamamos Dios y que recibe otros muchos nombres y que ningún nombre puede expresar. El gorrión lleva ya su brizna en el pico al hueco del tejado, para construir su nido y criar. Hasta la tortuga de agua que tenemos en la terraza despierta ya de su letargo invernal. Uno de los dos términos griegos que los textos bíblicos cristianos conocidos como ‘Nuevo Testamento’ emplean para decir que Jesús resucitó significa literalmente eso: ‘despertar’. El otro término utilizado significa ‘levantarse’. La vida despierta y vuelve a levantarse después de la noche en todas sus formas. Es lo que confesamos los cristianos, y así lo esperamos a pesar de todo; en nuestras pobres manos llevamos esa brizna de esperanza, como la tierra el grano.
Pero más de un cristiano que haya leído los párrafos que preceden se habrán preguntado: ¿y dónde queda, entre tanta pascua la Pascua cristiana, la de Jesús? Comprendo tu perplejidad, hermano, hermana, pero déjame que te diga con la convicción y humildad de que soy capaz: No opongas la Pascua cristiana a la Pascua de la Tierra y de las demás religiones y culturas. No pienses que la Pascua de Jesús sea la única, ni siquiera la suprema, la realización perfecta de todas las pascuas. Jesús nunca lo pensó. Él vivió hasta morir, y murió hasta resucitar, como el grano, como el profeta mártir, como todos los profetas y mártires, sin etiquetas. La muerte es pascua, que en hebreo significa ‘paso’.
He dicho “no pienses que…”, pero me corrijo: acerca de todas estas cuestiones que se llaman de fe, pero donde la fe no se juega, piensa o “cree” libremente lo que más convincente y razonable te parezca, pero no te apresures a denunciar lo que digo como disolución del evangelio de Jesús. Lo universal sin forma solo se realiza en formas particulares. Así lo hizo Jesús. Hazlo así también tú. La Pascua plena está aún sin hacerse del todo. Hagamos Pascua. Hagamos revivir la llama de la vida en nosotros en las muchas sombras que nos habitan, en las muchas formas en que la muerte nos hiere.
Así lo hizo Jesús, y así resucitó. Su resurrección, como la nuestra, no tiene nada que ver –subrayo: nada– con que su sepulcro hubiese quedado vacío, con que su cuerpo muerto hubiese desaparecido de pronto ‘milagrosamente’ y luego aparecido de nuevo ‘milagrosamente’ a sus discípulas y discípulos.Su resurrección no tiene nada que ver con ningún hecho ‘milagroso’ fuera del milagro de la vida: la bondad más fuerte que la muerte. Jesús resucitó en su vida de profeta bueno, rebelde y sanador, libre y liberador. Resucitó en su compasión, su comensalía, su solidaridad con los últimos. Y por eso murió y, por eso, en su muerte resucitó, pues, como se dice en la dura y hermosa película La forma del agua, “la vida es lo que queda del naufragio de nuestros planes”.
Esa es la verdadera Pascua de Jesús, pero solo será verdad también en nosotros en la medida en que vivamos como él lo hizo, hasta morir de pura vida, como todas las personas que pasan la vida haciendo el bien, simplemente, como la semilla y la flor, sin mirar al fruto.
«La resurrección no resuelve nuestros problemas sobre la agonía y la muerte. No es el final feliz de las adversidades de nuestra vida ni la gran sorpresa que Dios tiene guardada para nosotros. No, la resurrección es la expresión de la lealtad de Dios hacia Jesús y hacia todos sus hijos. A través de la resurrección, Dios le ha dicho a Jesús y a nosotros: «Tú eres mi hijo muy amado y mi amor es eterno«… La resurrección es la forma que tiene Dios de revelarnos que nada de lo que le pertenece se perderá. Lo que pertenece a Dios nunca se pierde: ni siquiera nuestros cuerpos mortales. La resurrección no responde a ninguna de nuestras curiosas preguntas sobre la vida después de la muerte, pero nos revela que, efectivamente, el amor es más fuerte que la muerte. Tras esa revelación debemos permanecer en silencio, dejar los por qué, dónde y cuándo detrás, y, sencillamente, CONFIAR«.
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Feliz Pascua
Juan Zapatero Ballesteros
Sant Feliú dde LLobregat (Barcelona)
ECLESALIA, 10/03/23.- No puede ser otro tiempo, que no sea la primavera, para que la Pascua venga con fuerza anunciando y proclamando a voz en grito que es tiempo de vida. Ya han quedado atrás los rigores del invierno que no han hecho sino destruir y matar todo lo viejo y caduco que aún quedaba.
Es primavera y, por lo mismo, es tiempo de mirar los campos tupidos de verde y cargados de árboles henchidos de flor anunciando el fruto que llevan dentro, como si con ello nos estuvieran invitando a subirnos al carro de la más grande y profunda de las esperanzas.
La Pascua no es privilegio de nadie, a pesar de que a algunos les pueda parecer que eso es un ataque contra lo establecido «como dios manda«. Su dios con minúsculas, claro. O lo que es lo mismo: el dinero, el poder, la fuerza, el saber, las influencias.
Son los mismos que vociferan y no se cansan de decir que «harto que la primavera, la estación del año, que no se piensen otra cosa, llega también para los pobres, los débiles, los necios, los nadie. Que solo faltaba que también les tuviera que llegar la Pascua».
Precisamente por ello:
Feliz Pascua a quienes aman la vida. Pero también, y a su pesar, a quienes la odian con todas sus fuerzas. Pues la Pascua solo entiende la otra lógica. La ilógica, para ser más exactos: «devolver bien por mal y poner la otra mejilla».
Feliz Pascua, con el deseo de que sea para siempre, a todas y todos cuantos hacen camino mirando siempre a las orillas del mismo, no sea que alguien pueda estar necesitando de sus manos para comenzar a caminar o seguir caminando.
Feliz Pascua a quienes dicen que no creen. Pero también a quienes piensan que ellos no son como los anteriores, sino que sí que creen de verdad. Pues el Padre «bueno» ama a todas y a todos sin distinción, y hace salir el sol cada día, tanto para justos como para injustos.
Feliz Pascua a quienes se encuentran al frente de las religiones, iglesias, dicasterios y todos los demás centros de culto en general. Con el pleno convencimiento además, por su parte, de que sin ellos nada funcionaría en ese campo. Al menos eso es lo que ellos piensan.
Pero también Feliz Pascua, y con idéntica fuerza e intensidad, a quienes, perteneciendo al rebaño sin ningún tipo de «cualificación» espiritual ni religiosa, se esfuerzan simplemente por «amar a los demás como a ellos mismos».
Feliz Pascua, como no, a quienes confían únicamente en sí mismos, pues desconfían de todo «dios’, ya que, según dicen, hoy en día no te puedes fiar ni de tu padre.
Pero, de igual manera, Feliz Pascua a todas y todos cuantos, a pesar de dudar, desconfiar y flaquear, no se oponen nunca a la invitación que les pueda llegar desde fuera a «meter los dedos en la herida de tantos costados abiertos».
Feliz Pascua a quienes no se cansan de golpearse el pecho continuamente para conseguir aplacar al «dios» siempre enfadado e irascible en quien creen, porque así se lo enseñaron. Pero, de igual manera, semejante deseo de felicidad a quienes, reconocen que sus miserias, a pesar de ser grandes y profundas, son pura anécdota comparadas con la inmensa misericordia del Dios de Jesús.
Feliz Pascua a todas y todos, sin ningún tipo de distinción ni diferencia, y que lo siga siendo por los siglos, en el nombre precisamente de Aquel, cuyas palabras, «Yo estaré siempre con vosotros hasta el final de los tiempos», no son fruto de una promesa de pacotilla, sino la apuesta más sincera rubricada con su propia vida.
Feliz Pascua, finalmente, aunque pueda parecer paradójico, a quienes no se cansan de «hacer la pascua» de manera constante a todo hijo de vecino. Por la sencilla razón que las semillas de vida que hay en el corazón de todos esos hijos de vecino y sus ansias de hacer el bien son muchísimo más fuertes que las ganas constantes que ellos tienen de hacer permanentemente la «pascua».
Comentarios desactivados en «Protagonistas ellas como apóstoles de la Resurrección», por Gabriel Mª Otalora
| Gabriel Mª Otalora
El Antiguo Testamento nos habla de la experiencia troncal que marcó para siempre a sus protagonistas: la liberación de la esclavitud en Egipto. Aquellos judíos querían libertad y aprendieron a ser la mejor posibilidad de sí mismos de una manera diferente a como lo habían pensado, entre la fe y la esperanza de la Alianza, en medio de sus flaquezas y deserciones. Al final, su éxodo hacia la Tierra Prometida se convirtió en una analogía de lo que es la vida del creyente con los mismos altibajos que aquel pueblo judío, pero en su desierto interior.
El antes y el después lo marcó el paso de Jesús por este mundo que, lejos de hacer las cosas más fáciles, continúa invitándonos a un éxodo más personal en una nueva Alianza con el Amor universal como la esencia de toda la existencia.
La manifestación de Dios ya no ocurre en la montaña, sino en nuestro interior cada vez que acogemos la Buena Noticia de que Dios es amor y damos con nuestro ejemplo el sentido nuevo que dio el Mesías a toda la Escritura. De hecho, la Pascua del Resucitado es el día más importante del año litúrgico, el acontecimiento central de nuestra experiencia de fe. Incluso en los cuarenta días de Cuaresma no se incluyen los domingos porque cada domingo se considera una Pascua.
Desde aquél entonces, quienes tenemos el regalo de la fe -y la encomienda de evangelizar el Amor mediante el ejemplo- celebramos la Pascua, el paso del Señor entre nosotros con su entrega total que da sentido gozoso a toda la existencia. Aquellos testigos de su vida, muerte y Resurrección no dejan de interpelarnos nuestra fe. Y digo testigos en el sentido más amplio, ya que fueros ellas las primeras discípulas (enviadas), escogidas para anunciar que Cristo ha resucitado.
Si leemos de seguido el pasaje de la Resurrección en los cuatro evangelios, fueron al sepulcro seguidoras y seguidores de Jesús, pero se refleja claramente que es a ellas a quienes se les revela Cristo Resucitado y son ellas quienes reciben el encargo de comunicárselo a los discípulos. Las mismas que habían seguido a Jesús a Jerusalén… ¡desde Galilea!
Dicho lo anterior, hay dos momentos clave en el Evangelio, el nacimiento del Mesías y su Resurrección. Curiosamente, ambos protagonizados por mujeres: María es la que alumbra a Jesús como madre, y estas mujeres son las testigos de un nuevo tiempo Pascual, mientras los discípulos optaron por esconderse por miedo al haber sido seguidores de Jesús… Los 4 evangelistas mencionan solo a mujeres como testigos del Resucitado, y a la vez citan a María Magdalena entre las presentes, un grupo numeroso, nos dice Lucas.
Lo impactante es que esta realidad no se ha sido resaltada teológicamente a la hora de valorar la presencia de la mujer en la Iglesia. Sin embargo, son ellas las que reciben el encargo de proclamar la noticia de la Resurrección a los discípulos buscando la manera de hacerse creíbles cuando las mujeres no estaban consideradas como testigos fiables. En aquella época, la mujer no contaba para nada, ni siquiera podía ser testigo de un juicio pues se la consideraba poco creíble. Sin embargo, su testimonio anunciando la Resurrección a los once, fue protagonizado por mujeres.
Se inaugura, pues, el tiempo de la Iglesia, el de sus seguidores como Pueblo de Dios que debemos continuar con la obra del Resucitado. Lucas relata en Hechos algunas pinceladas del nuevo tiempo y Pablo nos habla incluso de diaconisas presidiendo nuevas comunidades en el proceso de evangelización misionera por el Mediterráneo.
Hoy es el día en que la jerarquía eclesiástica no concede a las mujeres la voz debida por razón de su sexo, mientras retumba en cada Pascua de Resurrección, la necesidad de que desarrollemos una teología profunda sobre la mujer. Quizá descubramos algunas buenas razones por la que Dios dio a conocer al mundo a su Hijo por medio de una mujer y que mujeres fuesen las elegidas a la hora de desvelar al Resucitado y, más tarde a través de ellas, a los apóstoles.
Salió llevando el mensaje que el festejado repitió
10.04.2023 | Martha Eugenia, Mujer Mariposa
Le habían hecho la exhortación en dos horarios, a las 18 o a las 20 horas. De su decisión era, qué hora le acomodaría. Esta fiesta era muy especial, le habían dicho, solo se realizaba cada año. Era tan importante que habían tenido diferentes actividades preparatorias para que su participación fuera relevante. Le había llegado el aviso del convite con varias semanas de antelación. Quién la invitó le había hecho hincapié de que entre más se preparara, mejor iba a ser su disfrute durante el festejo.
Como toda planificación requería esfuerzo y disposición. Pero tenía tanto trabajo que aunque la invitación le gustaba, pensaba que descansar era tan importante para su ser, que con tantos detalles por organizar que le pedían realizara, no tendría oportunidad de relajarse como se lo merecía.
La notificación le había llegado cuarenta y dos días antes. Estaba asombrada que alguien tuviera el tiempo para recordárselo ca da uno de esos días. Pero así fue. Mil detalles le comunicaron que era invitada. Uno de esos días, le llegó la participación cuando un marginado social, tocó a su puerta y le entregó el recordatorio, pero al verlo tan amolado, le dio de comer. Otra vez, estando ocupadísima, le llamaron por teléfono, era alguien que antes de darle el recordatorio le contó de sus tristezas y soledad, hasta que muchos minutos después se lo dijo. Tuvo que tener mucha paciencia para escucharlo y darle unas palabras de consuelo. En una ocasión estaba celebrando un triunfo profesional, estaba muy contenta, le había costado mucho esfuerzo obtenerlo. Y leyendo en su Facebook, se da cuenta que una de sus amistades cercanas había vivido una pérdida importante y que escribía avisando. Tuvo que dejar el festejo por lo obtenido y comunicarse con esta persona, cuál no sería su sorpresa, que era la mensajera para recordarle del festejo, casi ni hablaron de la tragedia de esta mujer. En otra ocasión, había decidido dormir un poco más, cuando el timbre telefónico la despertó, era un amigo desde el otro lado del mar, compartiéndole sus pesares y vaya que eran grandes. Pero entre plática y risas, le hizo el recordatorio también. Otra vez, a la joven que le ayudaba con el aseo de la casa, se le cayó de manera inverosímil, un plato de las manos haciéndose añicos. La molestia subió desde sus entrañas, cuando esta joven le dijo: se lo pago. Al escucharla, contuvo las palabras de irritación de su boca, pero le dijo: Ten cuidado. Entonces observándola, se dio cuenta que la joven no veía bien. Y en su gracias, le recordó que el escrito de preparación para la fiesta que le habían dado, indicaba que cuando recibiera un gracias de alguien, era un recordatorio más. En otro momento hubo un problema muy difícil de alguien de su familia, en sus manos solo estaba el estar cercana. Sin hablar, pero estar. Lo hizo y también recibió otro gracias.
Y así no faltaron avisos, comunicados, acciones, advertencias, en fin, muchos detalles significativos que continuamente por 42 días le hicieron recordar de la invitación al festejo mayor.
Todavía más, hasta le daban a escoger dos horarios para que asistiera. ¡¡Uf!!, iría, si no le gustaba, se saldría, al fin entre tanta gente, ni notarían su presencia y menos su ausencia.
Llegó el día de la cita, cuando arribó al lugar indicado, todo estaba a oscuras y en silencio. Hasta pensó que se había suspendido, pero antes siquiera de tocar, percibió que la puerta estaba abierta de par en par, Entró, cuál no sería su sorpresa que había muchos, en silencio, esperando. Tal vez el organizador no había llegado o se le habían ido de las manos las cosas, como por ejemplo prender la luz. Se metió pensando que realmente en cualquier momento se podría escabullir, lo único que necesitaba era dejarse ver por uno o dos conocidos para comprobar que había estado.
Había muchos que no conocía, por lo que tuvo que esperarse a encontrarse con alguien conocido. En eso llegó el organizador, reconoció su voz pero aún seguían a oscuras. Empezó a hablarles de la importancia del festejo, pero ni sus luces del festejado. ¡Qué raro!, que fiesta tan desorganizada, pensó. Por un rato, el coordinador siguió hablando del agasajado, y con cada Palabra que compartía, ella sentía que su corazón ardía. Se le hacía conocido por lo que decían de Él, pero no estaba segura de ubicarlo bien.
Luego los invitó a cantar para irse alegrando, y cuando lo hacían, se prendieron las luces, sonaban cascabeles, campanas y el festejado con una sonrisa gloriosa los acogía, había estado todo el tiempo, pero como las luces habían estado apagadas no lo habían notado. Entonces les dijo: Bienvenidos, los he estado esperando desde hace mucho tiempo. Qué bueno que festejan conmigo mi triunfo.
Me siento muy pero muy contento de que estén aquí. Estaba observando cómo iban llegando y al reconocerlos a cada uno, me fui sintiendo muy feliz de que hubieran aceptado festejar conmigo. Era tan fuerte su personalidad y tan cálidas sus Palabras que parecía que el corazón femenino iba diluyéndose en la alegría, la cercanía, la calidez y el amor que emanaba el anfitrión. Entonces el festejado dijo: Esta es una fiesta, así que bailemos, cantemos, gocemos y comamos. Empezó a sonar música, había dos grupos musicales, se alternaban dándole a la celebración un ambiente de alegría, a veces con canciones reflexivas y en otros momentos con melodías tan movidas que era casi imposible dejar de bailar. Hubo un momento en que se dieron un abrazo tan fraterno, que no importaba si eran conocidos o no, pues cada uno de los invitados sentían el gusto por estar ahí, que alegres lo compartieron con otros. Se veían varias formas de celebración, unos alzaban las manos mientras cantaban alegremente, otros también bailaban, los más serios o penosos, cantaban bajito, otros aplaudían. No obstante, el ambiente se llenó de tanta alegría porque el festejado les sonría, los acogía y les decía que los amaba, que era imposible permanecer impávidos ante Su regocijo, pues una yotra vez repetía que estaba muy contento de que estuvieran con Él.
Estaba asombrada, el ambiente de compañerismo, era tan fraterno, que seexperimentaba un sentido de comunidad y cercanía entre todos los concurrentes. El organizador exultaba alegría contagiosa. El festejo duró lo necesario, pero muchos no se querían retirar, hasta el grupo de jovencitos y adultos jóvenes que tocaban amenizando, no paraban. Ella no dejaba de cantar y bailar.
Más allá de la alegría que vivió, salió llevando el mensaje que el festejado repitió de varias formas y que les invitó a compartir con todos, especialmente con los más necesitados, los tristes, con los que no lo conocían, con los que se sentían solos o incomprendidos, con los que no tenían un proyecto de vida, con los que estaban agobiados, con los enfermos del cuerpo o del alma o de la mente, Él dijo varias veces con mucha alegría: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo»;. Mat 28, 20b.
Comentarios desactivados en “ Esperamos resucitar”, por Felisa Elizondo, teóloga
«Resurrección es el nombre de nuestra esperanza»
«En el ambiente de estos días cercanos a la Pascua vuelven a mi mente imágenes y palabras asociadas a ese día que comienza con una larga Vigilia»
«A lo largo de unos cuantos decenios, exegetas, historiadores y teólogos han analizado detenidamente los textos bíblicos en los que, a veces con sobriedad extrema, aparecen el término y sus sinónimos referidos, en primer lugar, a un crucificado»
«Exegetas e historiadores, y desde luego teólogos, no han dejado de señalar que la fe en la resurrección es un fogonazo de luz que nos alcanza y en la que puede descansar nuestra esperanza. Valgan como ejemplo algunas intervenciones que citaremos abreviándolas»
«‘Morir –ha dejado dicho el poeta Christian Bobin, mirando la lápida de su padre– no cierra el libro en la última página’. Y para quien cree, la promesa de resucitar contiene también la del reencuentro»
| Felisa Elizondo, teóloga
En el ambiente de estos días cercanos a la Pascua vuelven a mi mente imágenes y palabras asociadas a ese día que comienza con una larga Vigilia. En primer plano, la representación de enormes dimensiones, ideada por Pericle Fazzii, fundida en bronce y cobre que preside el Aula Nervi (llamada así por el arquitecto que la proyectó), la magnífica Sala vaticana destinada a las Audiencias. Pintores y escultores geniales han probado la dificultad de representar lo impensable del misterio, y no debió ser menor la del autor de la Rissurrezione que domina desde el trasfondo aquel recinto.
Es sabido que la obra fue encargada ya en 1964 por san Pablo VI, que se expuso a la vista de todos en 1971. El escultor admite que quiso representarla “como un estallido de tierra, como una enorme tempestad en forma de un mundo en explosión” que rodea al Cristo que se alza sereno. El trabajo muestra un excepcional dominio de materiales duros, adelgazados y modelados hasta dar al conjunto una sorprendente impresión de ligereza. De ese modo, aparece como un imponente relieve que quiere dar idea del alcance y la fuerza de la resurrección de Jesús, que arrastra consigo, eleva y transfigura esta tierra nuestra.
Contemplada con calma, esta Rissurrezione parece decir en bronce algo que tampoco las palabras alcanzan a aferrar: que el Resucitado es “la tierra de los vivos”. La cita llega desde la inscripción de una iglesia ortodoxa de Constantinopla, y Olivier Clément, que la recoge, comenta: “No es la reanimación de un cadáver según las condiciones “de este mundo”, sino la inversión de dichas condiciones, la transformación universal que comienza en una humanidad convertida en la humanidad de Dios” (La alegría de la resurrección, 2016, 106-107).
En mi percepción –que es seguramente la de muchos más– esta representación, forjada por un broncista insigne, refleja el clima de la renovación conciliar que en pleno siglo pasado hizo revivir en las conciencias, con declaraciones solemnes, la promesa bíblica de “unos cielos nuevos y una nueva tierra”. Y podría acogerse también al título de La Pascua de la creación, que encabeza el libro póstumo de Juan Luis Ruiz de la Peña, uno de los tratados más apreciados en la teología reciente escrito en castellano. De hecho, el impacto de ese fondo espectacular en el que el metal parece aligerarse al máximo para dar idea de una materia que se transforma, encaja bien con las palabras y los textos que tratan de decir en el mundo de hoy, con la mayor justeza posible, lo que la memoria cristiana ha conservado desde los primeros decenios de nuestra era.
Decir «resurrección» hoy
A lo largo de unos cuantos decenios, exegetas, historiadores y teólogos han analizado detenidamente los textos bíblicos en los que, a veces con sobriedad extrema, aparecen el término y sus sinónimos referidos, en primer lugar, a un crucificado. Y que apuntan también a lo que sus seguidores podían esperar. Sabemos que apenas transcurridos veinte años de la crucifixión, hacia el año 47, Pablo de Tarso recordaba a los corintios que lo primero que trasmitió fue “que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día”(Cor 15, 3-4). Y que en otros lugares del Nuevo Testamento, con el lenguaje de la vida o de la exaltación, se encuentra también el testimonio de lo increíble pero real sucedido en Jesús de Nazaret. Un testimonio que llega desde seguidores primero desilusionados y luego exultantes. Anuncio que presagia lo que felizmente nos aguarda y aguarda a la creación entera.
Los estudios a que nos hemos referido han vuelto a poner de relieve lo nuclear y decisivo para la humanidad y la creación entera de la irrupción de vida realizada en Jesús, como “el primero de los hermanos”. Se trata de la “experiencia fundante”, que los discípulos transmitieron con fórmulas y relatos diversos y que la tradición ha conservado. Una experiencia pascual vivida en la fe que los llevó hasta dar su vida por extender a más aquel anuncio feliz. Una memoria viva que culmina las celebraciones cristianas ahora mismo.
Exegetas e historiadores, y desde luego teólogos, no han dejado de señalar que la fe en la resurrección es un fogonazo de luz que nos alcanza y en la que puede descansar nuestra esperanza. Valgan como ejemplo algunas intervenciones que citaremos abreviándolas.
«Ha resucitado«, un anuncio glosado por Benedicto XVI
En su libro Jesús de Nazaret (1913), el papa Benedicto dedicó algunas páginas a las distintas lecturas de los pasajes de la Escritura que se ofrecen en el panorama teológico reciente. A lo largo de su pontificado, con ocasión de celebraciones pascuales, pronunció varias homilías en las que expresa, con profundidad y sencillez a un tiempo, cómo la confesión de fe en el Resucitado posibilita y reclama de quien cree una vida convertida y humildemente esperanzada.
En 2006, inició la Vigilia Pascual con la pregunta del ángel a las mujeres que acudían al sepulcro: “¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado” (Mc 16, 6). Y añadía: “Lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista en esta noche santa: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida (…) En Pascua nos alegramos porque Cristo no ha quedado en el sepulcro, su cuerpo no ha conocido la corrupción; pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; nos alegramos porque Él es –como proclamamos en el rito del cirio pascual– Alfa y al mismo tiempo Omega, y existe por tanto, no sólo ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13, 8)”.
Reconocía también la extrañeza que encuentra ahora mismo ese anuncio: “En cierto modo, vemos la resurrección tan fuera de nuestro horizonte, tan extraña a todas nuestras experiencias, que, entrando en nosotros mismos, continuamos con la discusión de los discípulos: ¿En qué consiste propiamente eso de «resucitar»? ¿Qué significa para nosotros? ¿Y para el mundo y la historia en su conjunto?”.
Un misterioso y decisivo acontecimiento
La interrogación –proseguía el Papa en la homilía– no se satisface con la respuesta de un milagro, el de un cadáver reanimado, sino que nos afecta de otra manera: “La resurrección de Cristo es precisamente algo más, una cosa distinta. Es –si podemos usar por una vez el lenguaje de la teoría de la evolución– la mayor «mutación», el salto más decisivo en absoluto hacia una dimensión totalmente nueva que se haya producido jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia”.
Y argumentaba: “La pregunta se detiene en lo decisivo de que este hombre se encontraba… en un mismo abrazo con Aquel que es la vida misma, un abrazo no solamente emotivo, sino que abarcaba y penetraba su ser. Su propia vida no era solamente suya, era una comunión existencial con Dios y un estar insertado en Dios, y por eso no se la podía quitar realmente (…) Así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una cosa sola con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte (…) Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte”.
Estallido de luz y explosión de amor
“La resurrección –prosigue la homilía– fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del «morir y devenir». Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo”.
Se trata –viene a decir– de un estallido que nos afecta de lleno: “Es un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí”. Semejante acontecimiento –sigue diciendo– nos llega mediante la fe y el bautismo, un rito que forma parte desde antiguo de la celebración pascual. Y a este propósito afirma que el bautismo, que implica nada menos que muerte y resurrección, comporta “renacimiento, transformación en una nueva vida”: “Un yo insertado en un nuevo sujeto más grande, transformado, bruñido, abierto a la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia”.
“El gran estallido de la resurrección –insiste– nos ha alcanzado en el bautismo para atraernos. Quedamos así asociados a una nueva dimensión de la vida en la que, en medio de las tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya de algún modo inmersos…”
Todavía antes de terminar se refiere a un tema siempre presente en la liturgia: la alegría pascual. En estos términos: “Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado. A ella, es decir al Señor resucitado, nos sujetamos, y sabemos que también Él nos sostiene firmemente cuando nuestras manos se debilitan. Nos agarramos a su mano, y así nos damos la mano unos a otros, nos convertimos en un sujeto único y no solamente en una sola cosa”.
Y en un último párrafo: “La vida eterna, la inmortalidad beatífica, no la tenemos por nosotros mismos ni en nosotros mismos, sino por una relación, mediante la comunión existencial con Aquel que es la Verdad y el Amor y, por tanto, es eterno, es Dios mismo. La meta”.
El nombre de nuestra esperanza
Hemos prestado atención especial a esta exégesis del creer en la resurrección porque llega de un creyente, un papa teólogo muy consciente de hablar de algo tan singular como la resurrección de Jesús y la nuestra en un tiempo de realismo corto, tentado de inmanencia, aunque siga siendo sensible al dolor y desearía evitar desastres y desgracias. A las frases reseñadas podrían sumarse otras expresiones que han quedado impresas en escritos posteriores. Sin olvidar la actitud serena y la confianza humilde que, en coherencia con lo que había escrito y predicado, mostró ante la cercanía de su propia muerte.
Releyendo otras reflexiones hechas en la teología reciente sobre el significado y alcance de lo que confesamos, se podría encontrar afirmado que la fe-esperanza de resurrección hace de la nuestra “una humanidad realzada: “La idea de salvación(también de la muerte) –insistía el teólogo belga Adolf Gesché– se funda en una idea elevada del ser humano”. Y en el mismo tono añadía: “Es verdad que el hombre muere, pero… no debe creer que está hecho para la muerte: el hombre está hecho para la vida”. Y creer que Jesús ha resucitado supone o es inseparable de reconocer la dignidad incomparable de cada ser humano: “Proclamar que ya no puedo tratar a nadie como si no estuviera destinado a la resurrección”. Afirmaciones que responden a una convicción de fondo: “Creer en Dios y en su Cristo es un modo de creer en el hombre” (El destino (2004) p.105)
Una confianza humilde
Ahora bien, afirmar que el último destino es un destino de Vida no equivale a dejar en el olvido que, también para quien cree, la muerte sigue siendo “el último enemigo”, y el dique con que topan todas las expectativas. El realismo cristiano acepta que ni siquiera una fe sincera llega a vencer el temor cuando la debilidad de nuestro cuerpo se deja sentir o cuando nos estremecemos ante el silencio de quienes mueren.
Además, si no parece que en otro tiempo fuera fácil, ahora mismo no es extraño encontrar especialmente difícil el artículo del Credo que habla de la “resurrección de la carne”. De hecho, su traducción por “resurrección de los muertos” intenta restar dificultad. Con todo, se puede recordar que aquella formulación, situada en su contexto, quiso evitar el espiritualismo desencarnado. Y que no se aleja del lenguaje empleado por san Pablo al hablar de un “cuerpo espiritual/espiritualizado” un “cuerpo de gloria”. Un lenguaje que honra nuestro entero vivir humano, que será al fin transfigurado.
Esta es, en último término, la esperanza audaz que el artículo del Credo expresa desde siglos atrás con “resurrección de la carne”. Una confesión que hoy suscita cierta extrañeza, hasta el punto de que algunas versiones prefieren hablar de “resurrección de los muertos”. Con todo, aceptado que el término “carne” necesita ser situado en el contexto en que comenzó a usarse en el Símbolo de la fe, tiene razón de ser porque, a distancia de un espiritualismo desencarnado, sugiere que será cada uno, con su experiencia vital cumplida, quien tras la muerte entrará en la Vida que no cesa.
El nombre de nuestra esperanza
Ahora bien, afirmar que el último destino es destino de vida, no equivale a dejar en el olvido que, también para quien cree, la muerte sigue siendo “el último enemigo”, y el dique con que se topan todas las expectativas. Con realismo cristiano, hay que reconocer que ni siquiera una fe sincera llega a vencer plenamente al temorcuando la debilidad de nuestro cuerpo se deja sentir o cuando nos estremecemos ante el silencio de quien muere.
Pero hay frases en la liturgia que parecen cobrar mayor verdad y eficacia en los momentos de perplejidad, cuando asistimos al desmoronarse de nuestro cuerpo de carne o nos rodea un clima de realismo crudo, y hasta nihilista: “Aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la esperanza de la futura inmortalidad” (aquí por “resurrección”). Y en el decir escueto del latín han llegado hasta nosotros dos palabras que condensan toda una convicción: “La vida no se pierde, se transforma”. Escuchar una y otra sentencia en las voces de otros creyentes han venido siendo y son ayudadoras de la esperanza.
Los relatos pascuales atestiguan que el mismo Jesús, que probó la fatiga, el dolor lacerante de una cruz y bajó a la tumba, fue reconocido al fin “glorioso”, “a la derecha del Padre”. Los textos recogen también su promesa de hacernos partícipes de su dicha. Aunque no podemos experimentar por anticipado lo que esperamos, dar crédito a su resurrección es aguardar, aunque sea en la penumbra, que se cumpla en nosotros ese último destino que nos asocia a Él y a cuantos “han pasado de la muerte a la Vida”.
De la Iglesia se dice, con una profundidad y urgencia que no escapa a un autor antes citado, que es “una matriz de resurrección, una escuela de resurrección. Tanto en lo más íntimo de las ermitas, de las cárceles o de los hospitales, como en la vida de cada día, Hoy –sigue nuestro autor– es necesario introducir de nuevo en la cultura signos de resurrección para abrir en la historia de los hombres un camino hacia la divino-humanidad” (O. Clément, op cit, 109).
Resurrección es el nombre de nuestra esperanza: “Morir –ha dejado dicho el poeta Christian Bobin, mirando la lápida de su padre– no cierra el libro en la última página”. Y para quien cree, la promesa de resucitar contiene también la del reencuentro con quienes siguen viviendo de otro modo y a los que el amor no nos deja olvidar.
Comentarios desactivados en “Jesucristo Verdaderamente Vive”
Cristo, resucitado y glorioso
es la fuente profunda de nuestra esperanza.
Su resurrección no es algo del pasado;
Entraña una fuerza de vida
que ha penetrado el mundo.
Donde parece que todo ha muerto,
por todas partes vuelven a aparecer
Brotes de la resurrección.
Es una fuerza imparable.
Verdad que muchas veces
parece que Dios no existiera:
Vemos injusticias, maldades, indiferencias
y crueldades que no ceden.
Pero también es cierto
que en medio de la oscuridad
siempre comienza a brotar algo nuevo,
que tarde o temprano produce un fruto.
En un campo arrasado
Vuelve a aparecer la vida,
tozuda e invencible.
Habrá muchas cosas negras,
Pero el bien siempre tiende
A volver a brotar y difundirse.
Cada día en el mundo renace la belleza,
Que resucita transformada
A través de los tormentos de la historia…
esta es la fuerza de la resurrección
y cada evangelizador
es un instrumento de este dinamismo.
*
Papa Francisco
Exhortación Apostólica “La alegría del Evangelio” n.276.
Fuente: Red Mundial de Comunidades Eclesiales
***
¡Cristo verdaderamente ha resucitado!
¡Feliz Pascua!
***
El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y le dijo:
– “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.”
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no había entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
*
Juan 20, 1-9
***
En el fluir confuso de los acontecimientos hemos descubierto un centro, hemos descubierto un punto de apoyo: ¡Cristo ha resucitado!
Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado!
Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato hubiera tenido razón cuando preguntó con desdén: «¿Qué es la verdad?». Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, todas las cosas más preciosas se habrían vuelto indefectiblemente cenizas, la belleza se habría marchitado de manera irrevocable. Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, el puente entre la tierra y el cielo se habría hundido para siempre. Y nosotros habríamos perdido la una y el otro, porque no habríamos conocido el cielo, ni habríamos podido defendernos de la aniquilación de la tierra. Pero ha resucitado aquel ante el que somos eternamente culpables, y Pilato y Caifas se han visto cubiertos de infamia.
Un estremecimiento de júbilo desconcierta a la criatura, que exulta de pura alegría porque Cristo ha resucitado y llama junto a él a su Esposa: «¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven!».
Llega a su cumplimiento el gran misterio de la salvación. Crece la semilla de la vida y renueva de manera misteriosa el corazón de la criatura. La Esposa y el Espíritu dicen al Cordero: «¡Ven!». La Esposa, gloriosa y esplendente de su belleza primordial, encontrará al Cordero.
*
Pavel Florenskij, Il cuore cherubico,
Cásale Monferrato 1999, pp. 172-174, passim
Comentarios desactivados en “Dios tiene la última palabra”. 09 de abril de 2023. Pascua de Resurrección (A). Mateo 28, 1- 10.
La resurrección de Jesús no es solo una celebración litúrgica. Es, antes que nada, la manifestación del amor poderoso de Dios, que nos salva de la muerte y del pecado. ¿Es posible experimentar hoy su fuerza vivificadora?
Lo primero es tomar conciencia de que la vida está habitada por un Misterio acogedor que Jesús llama «Padre». En el mundo hay tal «exceso» de sufrimiento que la vida nos puede parecer algo caótico y absurdo. No es así. Aunque a veces no sea fácil experimentarlo, nuestra existencia está sostenida y dirigida por Dios hacia una plenitud final.
Esto lo hemos de empezar a vivir desde nuestro propio ser: yo soy amado por Dios; a mí me espera una plenitud sin fin. Hay tantas frustraciones en nuestra vida, nos queremos a veces tan poco, nos despreciamos tanto, que ahogamos en nosotros la alegría de vivir. Dios resucitador puede despertar de nuevo nuestra confianza y nuestro gozo.
No es la muerte la que tiene la última palabra, sino Dios. Hay tanta muerte injusta, tanta enfermedad dolorosa, tanta vida sin sentido, que podríamos hundirnos en la desesperanza. La resurrección de Jesús nos recuerda que Dios existe y salva. Él nos hará conocer la vida plena que aquí no hemos conocido.
Celebrar la resurrección de Jesús es abrirnos a la energía vivificadora de Dios. El verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento, sino la tristeza. Nos falta pasión por la vida y compasión por los que sufren. Y nos sobra apatía y hedonismo barato que nos hacen vivir sin disfrutar lo mejor de la existencia: el amor. La resurrección puede ser fuente y estímulo de vida nueva.
Hch 10,34-43: Nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección Salmo responsorial 117: Este es el día en que actuó el Señor sea nuestra alegría y nuestro gozo Col 3,1-4: Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo Jn 20,1-9: Él había de resucitar de entre los muertos
A) Primer comentario
Para este domingo de Pascua nos ofrece la liturgia como primera lectura uno de los discursos de Pedro una vez transformado por la fuerza de Pentecostés: aquél que pronunció en casa del centurión Cornelio, a propósito del consumo de alimentos puros e impuros, lo que estaba en íntima relación con el tema del anuncio del Evangelio a los no judíos y de su ingreso a la naciente comunidad cristiana. El discurso de Pedro es un resumen de la proclamación típica del Evangelio que contiene los elementos esenciales de la historia de la salvación y de las promesas de Dios cumplidas en Jesús. Pedro y los demás apóstoles predican la muerte de Jesús a manos de los judíos, pero también su resurrección por obra del Padre, porque “Dios estaba con él”. De modo que la muerte y resurrección de Jesús son la vía de acceso de todos los hombres y mujeres, judíos y no judíos, a la gran familia surgida de la fe en su persona como Hijo y Enviado de Dios, y como Salvador universal; una familia donde no hay exclusiones de ningún tipo. Ese es uno de los principales signos de la resurrección de Jesús y el medio más efectivo para comprobar al mundo que él se mantiene vivo en la comunidad.
Una comunidad, un pueblo, una sociedad donde hay excluidos o marginados, donde el rigor de las leyes divide y aparta a unos de otros, es la antítesis del efecto primordial de la Resurrección; y en mucho mayor medida si se trata de una comunidad o de un pueblo que dice llamarse cristiano.
El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena madrugando para ir al sepulcro de Jesús. “Todavía estaba oscuro”, subraya el evangelista. Es preciso tener en cuenta ese detalle, porque a Juan le gusta jugar con esos símbolos en contraste: luz-tinieblas, mundo-espíritu, verdad-falsedad, etc. María, pues, permanece todavía a oscuras; no ha experimentado aún la realidad de la Resurrección. Al ver que la piedra con que habían tapado el sepulcro se halla corrida, no entra, como lo hacen las mujeres en el relato lucano, sino que se devuelve para buscar a Pedro y al “otro discípulo”. Ella permanece sometida todavía a la figura masculina; su reacción natural es dejar que sean ellos quienes vean y comprueben, y que luego digan ellos mismos qué fue lo que vieron. Este es otro contraste con el relato lucano. Pero incluso entre Pedro y el otro discípulo al que el Señor “quería mucho”, existe en el relato de Juan un cierto rezago de relación jerárquica: pese a que el “otro discípulo” corrió más, debía ser Pedro, el de mayor edad, quien entrase primero a mirar. Y en efecto, en la tumba sólo están las vendas y el sudario; el cuerpo de Jesús ha desaparecido. Viendo esto creyeron, entendieron que la Escritura decía que él tenía que resucitar, y partieron a comunicar tan trascendental noticia a los demás discípulos. La estructura simbólica del relato queda perfectamente construida.
La acción transformadora más palpable de la resurrección de Jesús fue a partir de entonces su capacidad de transformar el interior de los discípulos -antes disgregados, egoístas, divididos y atemorizados- para volver a convocarlos o reunirlos en torno a la causa del Evangelio y llenarlos de su espíritu de perdón.
La pequeña comunidad de los discípulos no sólo había sido disuelta por el «ajusticiamiento» de Jesús, sino también por el miedo a sus enemigos y por la inseguridad que deja en un grupo la traición de uno de sus integrantes.
Los corazones de todos estaban heridos. A la hora de la verdad, todos eran dignos de reproche: nadie había entendido correctamente la propuesta del Maestro. Por eso, quien no lo había traicionado lo había abandonado a su suerte. Y si todos eran dignos de reproche, todos estaban necesitados de perdón. Volver a dar cohesión a la comunidad de seguidores, darles unidad interna en el perdón mutuo, en la solidaridad, en la fraternidad y en la igualdad, era humanamente un imposible. Sin embargo, la presencia y la fuerza interior del «Resucitado» lo logró.
Cuando los discípulos de esta primera comunidad sienten interiormente esta presencia transformadora de Jesús, y cuando la comunican, es cuando realmente experimentan su resurrección. Y es entonces cuando ya les sobran todas las pruebas exteriores de la misma. El contenido simbólico de los relatos del Resucitado actuante que presentan a la comunidad, revela el proceso renovador que opera el Resucitado en el interior de las personas y del grupo.
Magnífico ejemplo de lo que el efecto de la Resurrección puede producir también hoy entre nosotros, en el ámbito personal y comunitario. La capacidad del perdón; de la reconciliación con nosotros mismos, con Dios y con los demás; la capacidad de reunificación; la de transformarse en proclamadores eficientes de la presencia viva del Resucitado, puede operarse también entre nosotros como en aquel puñado de hombres tristes, cobardes y desperdigados a quienes transformó el milagro de la Resurrección.
El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 125 ó 126, Sus audios, así como los guiones de literarios de los episodios y sus correspondientes comentarios teológicos se pueden encontrar y tomar en http://www.untaljesus.net
B) Segundo comentario: «El Resucitado es el Crucificado»
Como otros años, incluimos aquí un segundo guión de homilía, netamente en la línea de la espiritualidad latinoamericana de la liberación, que titulamos con ese conocido lema de la cristología de la liberación que encabeza este apartado.
Lo que no es la resurrección de Jesús
Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho “histórico”, con lo cual se quiere decir no que sea un hecho irreal, sino que su realidad está más allá de lo físico. La resurrección de Jesús no es un hecho realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido fotografiar aquella resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie la vio. Los testimonios que nos aportan son de experiencias de creyentes que, después, “sienten vivo” al resucitado, pero no son testimonios del hecho mismo de la resurrección.
La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la “reviviscencia” de Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver (de hecho, en teoría, no repugnaría creer en la resurrección de Jesús aunque hubiera quedado su cadáver entre nosotros, porque el cuerpo resucitado no es, sin más, el cadáver). La resurrección (tanto la de Jesús como la nuestra) no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de Dios.
Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la resurrección no es la adhesión a un “mito”, como ocurre en tantas religiones, que tienen mitos de resurrección. Nuestra afirmación de la resurrección no tiene por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un sentido muy profundo, que es el que queremos desentrañar.
La “buena noticia” de la resurrección fue conflictiva
Una primera lectura de los Hechos de los Apóstoles suscita una cierta extrañeza: ¿por qué la noticia de la resurrección suscitó la ira y la persecución por parte de los judíos? Noticias de resurrecciones eran en aquel mundo religioso menos infrecuentes y extrañas que entre nosotros. A nadie hubiera tenido que ofender en principio la noticia de que alguien hubiera tenido la suerte de ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de Jesús fue recibida con una agresividad extrema por parte de las autoridades judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual: hoy día nadie se irrita al escuchar esa noticia. ¿La resurrección de Jesús ahora suscita indiferencia? ¿Por qué esa diferencia? ¿Será que no anunciamos la misma resurrección, o que no anunciamos lo mismo en el anuncio de la resurrección de Jesús?
Leyendo más atentamente los Hechos de los Apóstoles ya se da uno cuenta de que el anuncio mismo que hacían los apóstoles tenía un aire polémico: anunciaban la resurrección “de ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Es decir, no anunciaban la resurrección en abstracto, como si la resurrección de Jesús fuese simplemente la afirmación de la prolongación de la vida humana tras la muerte. Tampoco estaban anunciando la resurrección de un alguien cualquiera, como si lo que importara fuera simplemente que un ser humano, cualquiera que fuese, había traspasado las puertas de la muerte.
El crucificado es el resucitado
Los apóstoles no anunciaban una resurrección muy concreta: la de aquel hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado, excomulgado y condenado.
Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus discípulos lo abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si estuviera de acuerdo. Todo pareció concluir con su crucifixión. Todos se dispersaron y quisieron olvidar.
Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso: sintieron que estaba vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la cara por Jesús, y se empeñaba en reivindicar su nombre y su honra. “Jesús está vivo, no pudieron hundirlo en la muerte. Dios lo ha resucitado, lo ha sentado a su derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su palabra, de su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo y despreciaron su Causa. Dios está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El Crucificado ha resucitado, !vive!
Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les irritó estando vivo, y les irritó igualmente estando resucitado. También a ellas, lo que les irritaba no era el hecho físico mismo de una resurrección, que un ser humano muera o resucite; lo que no podían tolerar era pensar que la Causa de Jesús, su proyecto, su utopía, que tan peligrosa habían considerado en vida de Jesús y que ya creían enterrada, volviera a ponerse en pie, resucitara. Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado condenado y excomulgado. Ellos creían en otro Dios.
Creer con la fe de Jesús
Pero los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios (como Dios de Jesús) comprendieron que Jesús era el Hijo, el Señor, la Verdad, el Camino, la Vida, el Alfa, la Omega. La muerte no tenía ningún poder sobre él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y “seguirlo”, “persiguiendo su Causa”, obedeciendo a Dios antes que a los hombres, aunque costase la muerte. Leer más…
Comentarios desactivados en 9.4.23 La Pascua empieza por tres mujeres. Entrar en la tumba, morir con Jesús, recrear el mundo (Mc 16, 1-8)
Del blog de Xabier Pikaza:
Éste es el mensaje de Jesús, ésta es la iglesia.
Tres mujeres van a despedir a Jesús con aromas, como se despide a los muertos.
Pero ven la tumba abierta y entran. Han de morir con Jesús, compartir su vida y anunciarla al mundo entero.
Jesús les da el encargo de “poner en marcha a la iglesia” (discípulos de Jesús y Pedro…). Pero tienen miedo. No pueden cumplir el encargo de Jesús, no van a Galilea. Parece que quedan en Jerusalén/Roma/Bizancio… guardando la vacía de Jesús hasta hoytumba (2023).
¿Podrán cumplir las tres mujeres el encargo de Jesús?. ¿Seguirán teniendo miedo? ¿Será la culpa de los varones que no aceptamos laPascua de la mujeres, no entramos en el sepulcro de Jesús, no resucitamos con él?
| X.Pikaza
Mc 16, 1-9
(a. Mujeres) 1 Pasado el sábado, María Magdalena, y María la de Jacob y Salomé compraron perfumes para ir a embalsamar a Jesús. 2 Y muy de mañana, el día después del sábado, a la salida del sol, fueron al sepulcro. 3 Iban comentando:¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? 4 Y mirando vieron que la piedra había sido corrida, aunque era inmensamente grande.
(b. Joven de pascua, Jesús) 5 Cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, que iba vestido con una túnica blanca. Ellas se asustaron. 6 Pero él les dijo: No os asustéis. Buscáis a Jesús el nazareno, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Mirad el lugar donde lo habían puesto. 7 Pero id, decid a sus discípulos y a Pedro: El os precede a Galilea; allí lo veréis, tal como os dijo.
(c. Mujeres, discípulos y Pedro. No ha llegado aún la pascua).Pero ellas, saliendo del sepulcro huyeron. Tenían gran miedo, estaban fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo
Introdcción
Las palabras del joven de pascua («id a Galilea… allí le veréis»: auton opsesthe, Mc 16, 7) abren un horizonte de esperanza y un camino de fe-compromiso desde el hueco del sepulcro, para unirnos a Jesús, para morir y resucitar con él.
Esta experiencia de las mujeres marca una nueva trayectoria en la historia. No se trata de un simple ajuste de rumbo, sinodeun cambio radical de “territorio”.
Se trata de empezar de nuevo el camino de Jesús, desde Galilea, sin quedarnos en Jerusalén (como habían querido muchos seguidores de Jesús.
Se trata de saber que lo importante no es aquello que sucederá al final (en la culminación del tiempo, más allá del mundo), sino lo que podemos y debemos hacer en este tiempo, retomando el camino de Jesús en Galilea, pero no simplemente como antes, sino sabiendo quién ha sido y es Jesús, a quien han matado precisamente en Jerusalén, cuando quiso implantar allí el Reino de Dios.
En este contexto no son fundamentales las posibles “apariciones” concretas de Jesús resucitado, por más significativas que ellas sean, como ha confesado Pablo (1 Cor 15, 3-9) y como han escenificado los capítulos finales de los otros evangelio
Marcos quiere algo distinto quiere retomar la experiencia básica de Jesús, condensada en el signo de la “tumba ”, en la que debemos entrar, para renacer con él… (una muerte vencida, una cruz salvadora) y en la palabra de pascua cristiana del “joven” que habla desde el hueco (vacío) de la tumba, proclamando que Jesús ¡ha resucitado! y diciendo a las mujeres (y por ellas a los demás discípulos) vayan a Galilea (¡allí le veréis como os dijo!), para retomar su obra.
Esta “visión” de la tumba abierta rompe un modelo de escatología apocalíptica (según la cual todo debía haber terminado, con la venida imperiosa del Hijo de hombre) y sitúa a los discípulos ante la necesidad de recuperar el pasado de Jesús pero no con visiones santas, con triunfos y victorias sobre el mundo. En contra de eso, el evangelio nos introduce en la tumba de Jesús, para descubrirnos muertos con él, por el…
16, 1-4. Entrar en el sepulcro, morir con/como él
Según Marcos, estas mujeres han visto enterrar a Jesús (15, 47) y por eso vuelven a su tumba, para culminar los ritos funerarios y así despedirse de él para siempre.
No hay varones que les acompañen y puedan descorrer con fuerza la piedra de la boca del sepulcro (16, 3). Pedro y los discípulos restantes han huido, y podemos suponer que siguen huyendo todavía hacia Galilea (la “promesa” de 14, 28 indica que no han llegado todavía, que Jesús irá primero). José de Arimatea, que ha cumplido su misión “judía” (15, 42-46), no está con ellas. El centurión de la cruz(15, 39) ha desaparecido…
− Pasado el sábado (16, 1). Han cumplido el ritmo de reposo y sacralidad que marca la ley del sábado, que a partir de aquí podrá verse tiempo viejo, culto a las fuerzas de este mundo que mantienen a Jesús en el sepulcro. Ese sábado puede interpretarse, según eso, como expresión de pecado, esto es, de triunfo de aquellos que han matado a Jesús y que descansan de su asesinato.
− María Magdalena, María la de Jacob, y Salomé (16, 1). Son las tres que hemos visto en 15,40, las mujeres fieles de Jesús, que le han seguido-servido, y que ahora quieren realizar el último servicio, con aromas para embalsamarle. Con ese gesto acabaría externamente su testimonio y tarea de amistad, llegando hasta el fin en su relación Jesús. Después sólo tendrían un recuerdo de muerte.
− Compraron perfumes… (16, 1). Desde el nivel en que se sitúa el texto, ellas no saben que Jesús ha sido ungido ya por la mujer del vaso de alabastro (cf. 14, 3-9). Por el contrario, un lector que ha entendido bien a Marcos sabe ya que Jesús no puede estar en el sepulcro al que caminan, pues él está presente en la palabra de pascua y su cuerpo (sôma) se ha hecho pan compartido para aquellos que le aceptan (cf. 14, 22). Qieren perfumar un cadáver… y así despedirse de él para siempre
− Y muy de mañana, el día después del sábado, a la salida del sol, fueron… (16, 2). Vinieron al sepulcro cuando salía el sol, que es el signo de la creación de Dios, el día que sigue al sábado… Por dos veces (16, 1,2) se repite que ha pasado el sábado, tiempo sagrado de la Ley de los judíos (día especial para ellos), de manera que empieza el Día del Sol, que es el mismo para todos. Ha pasado el sábado antiguo, se disipa la noche, sale el sol, que es signo de luz, día-vida universal, para todos los hombres y mujeres, aunque ellas todavía no lo sepan… Esta experiencia, a la salida del Sol, el día que sigue al sábado parcial (de los judíos), marca la experiencia de los cristianos de Marcos, que recuerdan todas las controversias de Jesús en torno al Sábado. De ahora en adelante, los cristianos celebrarán de un modo especial el Día del Sol.
− Y se decían: ¿quién nos correrá la piedra…? (16, 3). Son débiles, poco expertas en correr y descorrer la losa de la tumba. Quieren ungir a Jesús, vienen con perfumes; pero saben que son incapaces de mover la piedra, pues no tienen fuerza para ello.
− Y mirando vieron que la piedra se había sido corrida, aunque era inmensamente grande (16, 4). El texto no habla de un sepulcro “vacío”, sino más bien abierto. Esta referencia a la piedra “muy grande” (megas sphodra) tiene un sentido claramente simbólico. Antes, en el momento de cerrar la tumba, se decía que el mismo José de Arimatea (¡el solo!) la había corrido, haciéndola rodar, como si no hubiera tenido dificultades para ello (15, 46). Pero no es lo mismo “cerrar” una tumba (algo que se sitúa en un nivel humano), que abrirla, superando así la muerte (cosa que sólo Dios puede hacer), de manera que la piedra del sepulcro resulta diferente, en un caso y en otro. Por eso, en un sentido profundo, cuando las mujeres preguntan (16, 3) “quién podrá descorrer la piedra” están pensando que es preciso un “poder divino” para ello. Eso es lo que aparece ahora, cuando se afirma que “vieron que la piedra había sido corrida” (en pasivo divino), pues no se trata de una simple rueda-puerta de sepulcro, sino de la piedra-rueda de la muerte.
16, 5-7. Sepulcro abierto, entrar en el sepulcro
Normalmente se habla de “tumba vacía”, pero ese lenguaje resulta al menos ambiguo. La tumba de Jesús no está vacía, está abierta para todos los que quieran entrar en ella. No está vacía: Está llena de Dios, del mensaje de la resurrección… Las mujeres quieren ungir a Jesús y despedirse, el pero joven de la tumba (Jesús) les dice que no necesita más unción… Que salgan de la tumba, que “conviertan a la iglesia” (discípulos y Pedro…), y que vayan todos a Galilea para re-iniciar el camino del evangelio. Así de “bien” empieza el texto: Hay tres mujeres que ven la tumba abierta y entran…, sin miedo… no para ungir a un muerto, sino para retomar el camino de aquel que está Vivo.
− Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven, sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca (16, 5). Es fundamental el gesto de “entrada” en el sepulcro, que, según lo visto al comentar 15, 42-46, debe representarse como una cámara excavada en la Piedra. Resulta extraño (¡cómo tienen valor para entrar en una tumba misteriosamente abierta!), y sin embargo entran, parece que sin miedo, como si aquella fuera su casa, viendo allí a un joven vestido de blanco (de cielo). Es evidentemente un ángel, un mensajero de Dios, o, quizá mejor, el mismo Dios que está allí para recibirles (o el mismo Jesús, que resucita en la muerte).
– Este joven (neaniskos), parece aquel que huyó desnudo cuando prendieron a Jesús y en realidad puede ser es el mismo Jesús, que ahora aparece cubierto con una “estola/túnica blanca”, una túnica/vestio de cielo, que les dice «¡No temáis!»…
−No temáis: buscáis a Jesús el nazareno, el crucificado (16, 6). El texto no ha dicho que tuvieran miedo al entrar, y, sin embargo, ahora que están dentro, el joven les dice que no se extrañen, que no teman (mê ekthambeisthe). Están en una tumba vacía de cadáver, pero llena de otra presencia, de una luz que se refleja en la túnica blanca del joven, que les comienza recordando lo que quieren; ungir un cadáver, venerar una tumba, perpetuar una historia que siempre termina en la muerte.
– Ellas han venido a despedir a un muerto, pero Jesús, enterrado aquí (como ellas saben, porque han visto dónde lo ponían: 15,47) no está, pues ha dado su vida en amor, y Dios ha descorrido sobre él la losa de la piedra de la muerte. Por eso, el joven (que es Jesús, que la presencia de Dios en la tumba llena de pascua) les muestra el lugar donde había estado, diciéndoles así que no está, sino que le encontrarán en Galilea,
− ¡Ha resucitado! No está aquí, mirad el lugar donde lo habían puesto(16, 6). La presencia de un cadáver puede dar seguridad a los amigos: es memoria tangible del muerto, recuerdo que dura, haciéndoles capaces de transformar su memoria y de pacificarla. En esa línea, muchos grandes edificios sagrados, incluso cristianos (en contra de lo que este pasaje supone, en referencia a Jesús), se alzan sobre enterramientos, para mantener la memoria de los muertos memorables. Pues bien, Jesús no ha dejado ni siquiera un cuerpo.
– El vacío del cadáver, la soledad que deja el muerto se ha convertido en lugar de proclamación de una presencia y de una vida superior: ¡ha resucitado! Sobre esa certeza pascual, no sobre una fijación de muerte (una tumba), se edifica la iglesia del Cristo. Si el sepulcro se encontrara lleno con el sôma de Jesús (cuerpo muerto, para la resurrección final) el evangelio debería entenderse desde los ritos nacionales del judaísmo. Frente a una religión de pureza sacerdotal, que sigue vinculada a la ley (ungir sin cesar a un cadáver, venerar a un muerto, perpetuar un pasado, en el entorno de Jerusalén), la palabra del joven de pascua dirige a las mujeres hacia Galilea, es decir, al espacio de la libertad universal del evangelio.
Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema.
Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.
EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.
Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.
El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.
El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).
¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?
Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.
Las otras dos lecturas: beneficios y compromisos.
A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une:
a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);
b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4
Hermanos:
Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.
Comentarios desactivados en Domingo de Resurrección. Ciclo A. 09 de abril de 2023
“Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”.
Los evangelios sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas, dejan recogidos tres anuncios de Jesús a sus discípulos. Por tres veces Jesús anuncia su muerte y resurrección. Tres veces y de una manera clara y directa. Pero nada. Los discípulos no entienden.
La muerte de Jesús les pilla de sorpresa, les llena de temor y saca lo peor de ellos: la traición, la infidelidad, el abandono. Metidos en su propio miedo no pueden pensar ni recordar el anuncio de su maestro: “que él había de resucitar de entre los muertos”.
Magdalena le busca pero le busco muerto y al no encontrarlo se abre a la vida. Se han llevado a su Maestro y eso la lleva a reunirse con sus condiscípulos. Pero para que todos juntos puedan hacer experiencia del Resucitado será necesario que cada uno haga su camino personal de apertura.
El discípulo amado llega primero al sepulcro, pero el primero en entrar será Pedro. Pedro entra pero no ve más que ausencia. Juan entra y descubre signos de resurrección.
Magdalena volverá y será la primera en encontrarse con el Resucitado. El proceso personal hacia la vida plena es diferente para cada persona.
La manera en la que cada persona caminamos tras las huellas de Jesús es única. Dios no hace copias, hace originales. Cada persona es una obra maestra de Dios única e irrepetible. Por eso nuestra relación de amistad con Él es genuina.
La mañana de Pascua nos devuelve la originalidad que somos cada una de nosotras. Cada encuentro con el Resucitado es único. Cada una de nosotras necesitamos hacer la experiencia y Dios nos brinda la oportunidad necesaria.
Oración
Irrumpe, Trinidad Santa, en nuestros temores y oscuridades con la novedad de tu Resurrección.
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