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“Y llegamos…” (Marcos 13, 24-32) del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario.

domingo, 17 de noviembre de 2024
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IMG_8600Comentario a la lectura evangélica (Marcos 13, 24-32) del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario.

Y llegamos.

Este es el fin. O el principio del fin. O más o menos.

Pero aquí estamos.

Al leer la página del Evangelio de hoy sentimos que se nos aprieta el corazón y nuestra mente empieza inmediatamente a proyectar imágenes de escenas catastróficas, de meteoritos que causan una destrucción total. E incluso los signos de los que habla Jesús parecen hacerse realidad.

Guerras interminables, miseria rampante, la otra pandemia… la de la injusticia que aún no ha sido derrotada, los pobres del mundo presionando para entrar en lo que creen que son tierras de fortuna, violencia, falta de respeto, agresividad, ira, oposición incluso dentro de la Iglesia y entre sus líderes…

Sí, yo diría que es esto: es realmente el fin del mundo.

Muy cierto. Es el fin de este mundo.

De un mundo construido sobre el engaño, el narcisismo, la chulería.

El fin.

Porque ya ha comenzado otra Historia, la verdadera, la que se esconde detrás de las cosas que nos parecen evidentes. Sólo es cuestión de saber leerla.

La comunidad de Marcos, el evangelista que nos ha acompañado este año, atraviesa graves dificultades: el Imperio Romano atraviesa una profunda crisis, parece estar en disolución. La situación es muy parecida a la que vivimos actualmente, de fin de imperio, de transición de era. Algunos exégetas afirman incluso que Marcos ha reabierto su obra terminada para incluir un nuevo capítulo, el decimotercero, creado precisamente para tranquilizar a los discípulos.

El lenguaje es el que se usaba en la época de Jesús, hecho de imágenes enigmáticas e hipérboles, que no hay que tomar al pie de la letra, sino interpretar correctamente. Y es un mensaje de esperanza que no asusta sino que tranquiliza: caen las estrellas, es decir, los astros venerados por las religiones paganas.

No habla del fin del mundo, sino del declive del paganismo, de una fe que ve en las estrellas una amenaza o una divinidad. Cae el imperio, ciertamente, pero también una visión superficial y supersticiosa de ver a Dios. Ya era hora.

La pequeña fe cristiana está protegida por su Señor, no tiene nada que temer.

Sus comunidades incipientes son el brote tierno de la higuera que por fin da fruto.

No como la estéril del templo. Sino la frondosa a cuya sombra escrutamos la verdad y la belleza de la Palabra.

La fe sigue ahí, ciertamente, pero a menudo superficial y emocional, mezquina y mundana, pendenciera y partidista.

Y atacada y asediada por otras formas de ver el cristianismo, a menudo como una amenaza o la pesada herencia de un pasado que hay que superar.

Con toda confianza, dice Marcos, lo que se derrumba son las estrellas, no la Iglesia.

Sí las Iglesias atrincheradas en sus posiciones…, no las comunidades que no reducen la fe a un legado social.

Incluso en nuestra fe, lo que se derrumba es lo que hemos añadido, a menudo apartándonos del Evangelio o incluso traicionándolo.

Derrumbar lo inútil. Permanece lo esencial y lo verdadero.

¿Y si todo lo que hemos vivido, el inmenso amor que hemos experimentado y volcado en nuestras acciones fuera para enfrentarnos ahora a esta oscuridad y no ceder al desánimo?

Más aún.

Los ángeles vienen de los cuatro puntos cardinales para reunir a los discípulos.

Y conocen a muchos, incluso a más de cuatro. Hombres y mujeres que viven en profecía, que animan, reúnen, motivan, socorren. Tantos que preceden y suscitan la venida del Hijo del Hombre, del Mesías en el que hemos creído y que sin duda volverá con gloria.

Ángeles que encontramos cada día, cada domingo, que reúnen, en lugar de dispersar, que construyen, en lugar de demoler. Ángeles que llenan.

Calma.

¿Cuándo sucederá? ¿Cuándo veremos volver al Señor? ¿Cuándo la penumbra que se desvanece en el mundo se convertirá en gloria y en la manifestación final de Dios?

No lo sabemos, no podemos saberlo, no debemos saberlo.

Sólo podemos mirar a la higuera, el último árbol que echa hojas, justo antes del verano.

La higuera, en la Escritura, llama siempre a la Palabra, a la Escritura que es dulce al paladar como el fruto de la higuera. Y Jesús llama a todos a acoger la Palabra que habita, que perdura.

Y nosotros, aquí, después de dos mil años, seguimos escrutando la Palabra, saboreándola, maravillándonos de ella, dejando que invada nuestros corazones, que invada nuestras mentes.

Permanece, fruto dulce a nuestro paladar, que nos habita y nos ilumina, que nos anima y nos espolea, que nos alivia y nos motiva, que nos acompaña para que podamos volar alto y ver. Ver la obra de Dios manifestándose, inexorable, en el despliegue del caos.

En otro lugar.

Jesús nos advierte: construir el Reino no es necesariamente sencillo, no es un pasaje de gloria en gloria, dejarse abrumar por el Evangelio e iniciar el camino del discipulado significa colocarse en una actitud de cambio perpetuo, luchar para hacer frente a las contradicciones de uno mismo y del mundo. El Reino sufre violencia, no se manifiesta con oleadas oceánicas y obras milagrosas.

En el signo de la contradicción, del cansancio, el Reino se manifiesta, entre el ya sí y el todavía no, alejándose de la lógica gerencial del éxito mensurable que, por desgracia, a veces se cuela incluso en la lógica eclesial.

Los ángeles reúnen a los discípulos de los cuatro puntos cardinales, se reúnen y sostienen a los que afrontan con serenidad la construcción del Reino.  Sólo la Palabra y la certeza de haber experimentado a Dios o sentido su presencia nos mantienen en pie en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios.

Necesitamos recordarlo, en este tiempo de recepción del Sínodo sobre la sinodalidad, salir de la lógica del mundo para asumir la mirada de Dios sobre nosotros mismos, sobre el mundo y sobre la historia.

No, los cristianos no hablamos del final del mundo, sino del sentido y de la meta del mundo.

Que es el de descubrirse amados.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Fuente: Remitido por el autor

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¡Si no vivo para ser evangelio! ¡No vivo para servir a mis hermanos!

sábado, 16 de noviembre de 2024
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Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:

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| Alfonso Olaz

¡Si no vivo para ser evangelio!
  ¡No vivo para servir a mis hermanos!

Sí, entre las preciosas páginas del Evangelio del amor
tu nombre no logras ver.
Entre los amigos de Jesús
Ni entre la muchedumbre
Ni en el círculo de los pobres.
Será quizás porque no confías en él.

Si no te encuentras en las escenas del Evangelio.
¡Qué extraño es!
Todos nosotros estamos ahí.
Solo tienes que creer…

Cuando tu entendimiento, memoria y voluntad están tocados
Es quizás porque no estás haciendo lo que tu Padre quiere de ti.
Vivir de su total y absoluta confianza

Él te ha dado toda su fuerza, toda: para que vivas el evangelio, en alegría, paz y bien

No para que te desanimes por lo que es relativo,que casi todo es ya relativo.
Si no para que conozcas que lo único que vale la pena es él, lo absoluto.

Cuando en él confías y sigues leyendo, tu nombre aparece muy cerca de él, en todas las escenas del Evangelio

Padre
Tú siempre me escuchas.
Aun cuando atravieso el desierto, ahí estás tú.
En la noche oscura estás tú.
Tú jamás abandonas a tus hijos
No quieres que sufran en la injusticia

Padre
Te doy gracias por la noche oscura, por el desierto
Si no la tendría, no te amaría.
Si no te olvidaría por no tenerla
Y por no tenerla jamás olvidarte

Porque con la razón no volaré tan alto para darte alcance
Y en tu absoluto amor di caza a la caza para alcanzarte.

Padre
Siempre nos quieres alegres
Siempre nos quieres tranquilos
¡Siempre nos quieres en paz!

¿Entonces qué nos pides?

Vivir en amistad fuerte contigo
Hacer oración de la vida
Para estar continuamente en tu presencia
Habiendo abandonado el ego
Viviendo ya solo para él

Sin importante el juicio del hombre.
Sin turbarte el juicio del mundo
Sin esperar nada de la higuera, que ya no da fruto

Entrar en su corazón que mendiga tu amor
Ser constantes en las tribulaciones
Como tú lo fuiste con tu padre
Solo vivir para ti y lo demás no vale nada, como una moneda falsa

Padre
Ya no me importará nada.
Solo estar en tu presencia
El mundo será lo relativo
Contigo ya nada me podrá dañar

Señor.
No permitas que la verdadera alegría se me convierta en tristeza por los acontecimientos de la vida

No permitas que las tinieblas entren en mi corazón y ensombrezca tu verdadera alegría.

Solo quieres que sea muy feliz
Llevar tu alegría, tus ganas de vivir, por donde pase cada día
Entre los caminos que tú me lleves

Aprender a desaprender
Para volver a comenzar
Comenzar a perdonarme para sanarme
Y perdonar a los demás para sanarlos para ti.

Para ser solo un pobre hermano franciscano
Con la alegría de la mujer que me has dado, con los hijos tuyos que me has prestado
Con la fraternidad universal que me has regalado

Para ser amigo tuyo y hermano de toda la fraternidad universal.

Del Evangelio a la Vida
De la vida al evangelio

*

Alfonso Olaz

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Pensando la Fe.

jueves, 14 de noviembre de 2024
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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«Sigue demasiado vivo el fantasma de una omnipotencia abstracta, según la cual Dios podría hacer lo que quisiera, sin resistencias de ningún tipo. No nos damos cuenta de que por su parte no hay límites, evidentemente; en sí misma y en abstracto, su omnipotencia lo puede todo; pero, en su funcionamiento concreto, la omnipotencia dice relación al otro, y el otro tiene necesariamente límites: el círculo no puede hacerse cuadrado sin desaparecer, y la libertad finita no puede, sin quedar anulada, ser forzada a obrar bien  siempre. Dios, por lo que a Él respecta, lo puede todo y quiere lo mejor para nosotros; pero no todo es posible en sí mismo. El amor de Dios consiste en «estar siempre trabajando» (Jn 5,17), contra toda inercia y resistencia, por nosotros y por nuestra salvación».

«Acaso estemos empezando, por fin, a comprender, como de manera simbólica pero unívoca nos lo muestra la vida de Jesús, que, más que «señor«, Dios es «servidor» de sus criaturas; que jamás es el «verdugo» de sus sufrimientos, sino siempre, con ellas y a favor de ellas, la «víctima«. Empezamos a intuirlo con san Juan de la Cruz, como «océano de amor» que trata de inundarlo todo con su gracia y su gozo, que trabaja en todo, con todo y a través de todo: la tierra que nos sostiene, el aire que respiramos o el alimento que comemos, la mano amiga que nos acaricia o nos ayuda, el trabajo y la lucha de tantos por un mundo mejor… Si todo ello resulta posible es porque Dios lo creo así, en esa dirección y con esas capacidades, que Él está sosteniendo y apoyando a cada instante. Que se logre, es lo único que Él quiere y por lo que trabaja. Cuando no se logra, Él es el primer contrariado: el fracaso o la desgracia suceden contra Él en la misma e idéntica medida en que suceden contra nosotros».

«Lo malo que acontece nunca «estaba de Dios«, por la sencilla razón de que eso es justamente lo que Él no quería: lo soporta con nosotros y nos apoya en la lucha por superarlo; y cuando la superación inmediata no resulta posible, nos asegura que la derrota no es definitiva, que la última palabra palabra de nuestra existencia se llama salvación«.

*

Andrés Torres Queiruga,
Recuperar la creación.

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“El abismo del Sagrado Corazón de Jesús”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

miércoles, 13 de noviembre de 2024
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IMG_8445Sagrado Corazón de Jesús, Salvador Dalí

Todo me ha sido dado por mi Padre; nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos”. La invitación se dirige no sólo a los cansados y oprimidos, sino a todos, puesto que todos estamos cansados y oprimidos.

Es, incluso, un arrebato de emoción.

No dice «todos los que sois buenos».

No dice «todos los que sobresalís».

No dice «todos los que sois justos».

Si alguien queda excluido, son los «sabios y entendidos».

Tenemos derecho a ser primero invitados y luego acogidos por el Hijo, y más tarde admitidos a conocer al Padre, simplemente porque estamos «cansados y oprimidos».

¿Quién puede apreciar más la acogida de un refugio de alta montaña que quien llega allí exhausto al final de una jornada de marcha, tal vez bajo un sol abrasador o a través de una inesperada y machacona tormenta?

¿Quién puede apreciar más los brazos abiertos de un puerto que quien desembarca en él con su frágil embarcación, contra la que ha arreciado una tormenta más fuerte que sus mástiles?

¿Quién puede apreciar la sombra de un oasis más que el caminante que ha multiplicado los pasos inútiles por las pistas inciertas y sinuosas de una travesía del desierto?

¿Quién puede agradecer la sencillez del agua más que el sediento?

¿Quién puede saborear la modestia del pan más que el hambriento? ¿Quién la gratuidad de una mano tendida más que los oprimidos que sólo han conocido pies sobre sus cabezas?

Cansados y oprimidos: lo justo para ver la invitación de Jesús entregada en un sobre evangélico: «Venid a mí».

Es la acogida que Jesús extiende con los brazos abiertos a quienes sólo tienen el título de estar vivos y marcados por la «fatiga de ser hombres».

No es la recepción de una sala de urgencias, aunque sea de rescate.

No es la acogida de un campo de refugiados, aunque todos somos refugiados.

No es la acogida de la recepción de un hotel, aunque todos somos caminantes que vivimos en albergues temporales.

A nosotros, cansados y oprimidos, Jesús nos ofrece la acogida… bajo el mismo yugo.

Leyendo la invitación de Jesús sólo en esta dirección, podríamos sospechar que nos encontramos ante una emboscada, además orquestada contra los cansados y oprimidos: venid a mí… para recibir un yugo sobre vuestros hombros.

Invirtiendo el sentido de nuestra lectura, podemos comprender que Jesús nos invita a tomar sobre nuestros hombros el yugo que ya está sobre los suyos.

Él ya ha conocido el cansancio y las opresiones de la vida, que postran y secan las ganas de vivir.

No me pide que lleve el yugo en su lugar, sino que le ayude a llevar el suyo, aceptando hacerlo también mío.

Es la invitación a no querer llevar solos el yugo, corriendo el riesgo de morir, ni a pedir a otros que lo lleven por nosotros (colocándonos en la incómoda posición de deudores), sino a aceptar sumarnos bajo el que él ya lleva.

Es el yugo de la obediencia filial, que aprendemos del Jesús manso y humilde «de corazón». Él es el primero en llevar este yugo. Es Él quien lo hace dulce y ligero de peso, porque lo lleva con nosotros.

«El que guarda mis mandamientos y los observa, ése es el que me ama. El que me ama será amado por mi Padre, y yo también le amaré y me manifestaré a él».

El yugo, no siempre suave, de la obediencia nos manifiesta al Hijo y, a través de él, se nos da a conocer al Padre.

La mansedumbre y la humildad de corazón se resumen en el amor: «El que me ama será amado por mi Padre, y yo también le amaré y me manifestaré a él».

Es el amor el que nos permite conocer al Hijo por lo que es: hijo de un padre.

Es el amor el que nos permite conocernos y aceptarnos como lo que somos: hijos.

Es el amor lo que hace sagrado el Corazón de Jesús. Es el amor el que hace sagrado nuestro corazón. Participando, como llegamos a ser, del amor que hay en Dios, fuente de su santidad.

Creer en el corazón sagrado que nos es dado compartir con el Sagrado Corazón nos permite revalorizar la interioridad, la nuestra y la de todos.

Interioridad entendida no sólo como opuesta a la exterioridad, sino precisamente como fe-confianza en la bondad radical de cada uno. La mía y la de los demás hombres y mujeres que luchan por la vida.

Si el amor es nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón.

Para «adquirir» -si se puede llamar así- este tesoro estaré dispuesto a «vender» todo lo demás. Y seguir a Jesús, es más, tomar con Él su mismo yugo -la obediencia al amor- para caminar en esta vida hacia el Reino.

¿De qué me serviría poseer el mundo entero si perdiera mi corazón? ¿De qué me serviría poseer los reinos de este mundo si no encontrara el Reino de Dios, el Reino del amor?

La humildad de corazón, en la mansedumbre, está en el origen de toda fraternidad. Desde la de nuestras comunidades hasta la fraternidad universal. No es una virtud instrumental (para «llevarse bien»), sino una actitud fontal.

En la fraternidad compartimos nuestra riqueza, la del corazón, en lo más profundo.

De corazón a corazón, como el discípulo amado por Jesús, escuchamos y obedecemos su palabra.

Llevando el yugo de la obediencia mutua, soportando los unos las cargas de los otros, unidos en el Sagrado Corazón de Jesús cultivamos la viña del Señor, hacemos fructificar su palabra, su mandamiento, para que y hasta que venga el Reino de Dios.

El Sagrado Corazón.

El acceso privilegiado a los tesoros de la gracia en el Corazón de Jesús se abre ante nosotros si liberamos nuestra mirada sobre lo «sagrado» de las estrecheces de una perspectiva «sacral».

La historia de la teología, la espiritualidad e incluso la devoción han alimentado y cimentado una idea de lo «sagrado» como prerrogativa de lo totalmente otro, intangible e incluso incomunicable.

Todo intento de alcanzarlo se ha considerado una profanación. Todo intento incluso de poseerlo ha sido sospechoso de magia. Demasiadas mortificaciones en nombre del Santo, cuando el Santo quiere la vida para nosotros.

Jesús, el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre derriba el muro de separación entre nosotros y el Santo y convierte al Santo mismo.

Por su misma encarnación, antes incluso que por ninguna de sus palabras, Jesús transforma la distancia en proximidad, la separación en comunión, el recelo de ver o incluso tocar a Dios en «tomad y comed».

La vida de Jesús está entretejida de encuentros. Los propios Evangelios son esencialmente relatos de encuentros, empezando por el primer acercamiento en el anuncio a María, donde el Altísimo cubre con su sombra las profundidades de lo humano. María, la nueva arca, acoge no las palabras escritas en piedra, sino al Verbo hecho carne de su carne.

Aquel que habitaba en el Santo de los Santos, inaccesible salvo bajo la condición de un riguroso ritual despersonalizador, habita ahora en el seno de una mujer, espacio de acogida ofrecido a aquel que los cielos no pueden contener.

Los encuentros históricos de Jesús adulto revolucionan la categoría de lo sagrado y lo inaccesible.

En Jesús, el Santo no sólo se hace accesible, sino que, cuando encuentra a los hombres -no sólo a los humanos-, los envuelve con su gracia.

Jesús manifiesta su santidad -y, por tanto, la santidad de Dios- no como un espacio separado, infranqueable e inaccesible, sino como un espacio acogedor que atrae hacia sí y conduce a las profundidades de la Trinidad.

La santidad de Jesús se manifiesta en este espacio de acogida, en el que uno se hace partícipe de su santidad, que no es otra cosa que amor.

Y en este espacio emerge, florece, la santidad que ya está en la persona encontrada, por la imagen de Dios que la marca en lo profundo, indeleble de las faltas.

Y lo que florece no viene de fuera, de la acción de Jesús, sino del corazón de la persona misma. Jesús no añade: educa.

«Vete, tu fe te ha salvado» es el resultado frecuente de los encuentros.

Es lo que me gusta pensar cuando hablamos del Sagrado Corazón de Jesús: el espacio íntimo, central, profundo de la persona de Jesús que cobija en sí a quien encuentra y hace florecer en él lo más sagrado de su corazón: confianza, vida, amor.

La «cordialidad» de los encuentros con Jesús no es, pues, sólo afectiva, sino efectiva. No es sólo un buen sentimiento -por mucho que lo sea-, sino una ‘buena acción’ de Dios. Una cre-ación.

En este sentido, el milagro que florece en muchos de los encuentros con Jesús no es extra-ordinario, sino intra-ordinario, como si estuviera en la naturaleza de las cosas o más bien de las personas, como está en la naturaleza de las cosas que de la rama brote el capullo, luego la flor, luego el fruto.

En esto consiste nuestra acogida. No es regalar la semilla, no es regalar el fruto, sino ofrecer un espacio hospitalario, una tierra buena, en la que quien es acogido por nosotros pueda cultivar y hacer florecer esa semilla que ya lleva.

Nuestra acogida se sustancia hoy en el Sagrado Corazón de Jesús, y en este sentido es cordial. Es el corazón de nosotros mismos, el centro de nuestra persona y de nuestra existencia que se ofrece como espacio acogedor que permite florecer al otro.

La cordialidad no es sólo un rasgo de creacionalidad. Es más bien una dimensión fundamental de la criatura que, acogida en el Sagrado Corazón de Dios mismo, se hace acogedora y bendiciente hacia Dios y hacia sus hermanos y hermanas.

El Sagrado Corazón de Jesús es el espacio eucarístico en el que Él se hace pan para la vida, para toda vida, para que toda vida sea consagrada.

El Sagrado Corazón de Jesús, ya para siempre en la Trinidad, hace que la Trinidad sea puramente acogedora. Cóncava como un vientre, y como un vientre no pasivo, sino fecundo.

Envueltos en el amor de Dios, acogidos en el ‘sint unum’ que hay en la Trinidad nos hacemos corazón sagrado, espacio santo, espacio eucarístico porque tenemos vida y la tenemos en abundancia. La que nos ha regalado la Vida gracia tras gracia.

¡Dios, qué abismo de generosidad! (Rm 11, 33ss).

Fuente: Remitido por el autor

Espiritualidad ,

“Dios no suspende a nadie”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 12 de noviembre de 2024
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IMG_8472(Imagen Ilustrativa Infobae)

En la Iglesia se sigue manteniendo que las relaciones homosexuales son condenadas en la Sagrada Escritura como graves depravaciones y presentadas, incluso, como la consecuencia desastrosa de un rechazo de Dios. Pero seguramente esta doctrina de la Iglesia está construida sobre cimientos muy frágiles. Y tarde o temprano llegará a comprender que, a los ojos de Dios, ningún hombre debe ser llamado profano o impuro.

Antes de que el húngaro Karl-Maria Kertbeny acuñara el término homosexualidad en 1869, la Iglesia no hablaba de homosexuales, sino de sodomitas, en referencia al episodio legendario narrado en el Libro del Génesis. Sodoma, la ciudad principal de la pentápolis cananea, florecía «como el jardín de Yahvé» (Gén 13,10) y por ello fue elegida por Lot cuando se separó de Abraham (Gén 13,12). Pero “los hombres de Sodoma fueron malvados y pecaron grandemente contra Yahvé” (Gén 13,13). El profeta Ezequiel, para quien los pecados de Sodoma fueron «orgullo, avaricia y ociosidad indolente», acusa a los habitantes de la ciudad de no extender la mano a los pobres e indigentes, de haberse vuelto orgullosos y de cometer lo que es abominable hacia Yahvé. ” (Ez 16,49-50); en el Libro de la Sabiduría es precisamente el incumplimiento del deber sagrado de la hospitalidad el motivo del castigo divino: «No habían acogido a los extranjeros que llegaron… habrá juicio porque acogieron a los extranjeros hostilmente» (Sab 19,14.15).

Al no lograr encontrar ni siquiera diez justos en esa ciudad (Gén 18,31), Yahvé decidió borrarla de la faz de la tierra. La gota que colmó el vaso de la ira del Dios de Israel fue cuando una noche Lot recibió a dos ángeles. Los hombres de la ciudad, al enterarse de esto, «se agolparon alrededor de la casa, jóvenes y viejos, todo el pueblo», y pidieron a Lot que dejara salir a sus invitados para poder insultarlos (Gén 19,4-5). Lot no quiso aceptar, no tanto por una cuestión de moralidad, sino porque el huésped es sagrado y el dueño de la casa es responsable de su seguridad incluso a costa de su propia vida (Sal 23,5). Lot está dispuesto a ceder ante los deseos de los habitantes de Sodoma, sus «dos hijas que aún no han conocido a varón; déjame sacarlos a ti y hacer con ellos lo que quieras, de modo que tú no les hagas nada a estos hombres, porque han venido bajo la sombra de mi techo» (Gén 19,8). Pero la multitud intentó derribar la puerta. Afortunadamente los ángeles intervinieron y se llevaron a Lot y a todos sus familiares, dándole luz verde a Dios para que desatara su ira mortal, de hecho «Yahweh hizo llover desde el cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego provenientes de Yahweh. Destruyó esta ciudad y todo el valle con todos los habitantes de la ciudad y la vegetación del suelo” (Gén 19,24-25).

Un episodio similar se puede leer en el Libro de los Jueces y se refiere a la ciudad de Guibeá, cerca de Belén (Jueces 19,11-30). Un levita que viajaba con su concubina y uno de sus sirvientes, al no encontrar alojamiento, aceptó la hospitalidad de un anciano generoso. También aquí, como en Sodoma, algunos hombres de la ciudad, al saberlo, rodearon la casa y pidieron al dueño de la casa: «Saca al hombre que entró en tu casa, porque queremos abusar de él». El anciano, apelando al sagrado deber de la hospitalidad, se negó, pero dijo que estaba dispuesto a entregarles tanto a su hija, que era virgen, como a su concubina, diciéndoles: «viólalas y hazles lo que quieras, pero no cometáis contra aquel hombre tal infamia» (Jueces 19,24). La situación fue resuelta por el levita, que tomó a su concubina y la entregó a los hombres que sitiaban la casa, quienes «la violaron toda la noche hasta la mañana», hasta que murió (Jueces 19,25). Incluso en este episodio la transgresión no afecta a la sexualidad sino al deber sagrado de la hospitalidad. La conclusión espantosa del episodio es que el levita luego desgarró el cuerpo de la mujer en doce pedazos con un cuchillo que envió como advertencia por todo el territorio de Israel… Es sorprendente que en el episodio de Guibeá, a diferencia del de Sodoma, no, no hay castigo divino para los violadores sino sólo la venganza de los israelitas, que evidentemente habían aprendido bien de Yahvé y ahora actuaban en su nombre, con una terrible masacre que dejó veinticinco mil cien muertos en el campo (Jueces 20,35.46).

A partir de estos episodios, que pertenecen a la leyenda y no a la historia, la Iglesia católica desarrolló una teología que llegó a calificar la sodomía como uno de los peores pecados, mereciendo, como la ciudad de Sodoma, ser castigada con fuego. Como este juicio no puede basarse en las enseñanzas de Jesús, que no dice nada al respecto, los únicos frágiles fundamentos de la Sagrada Escritura sobre los que la Iglesia construyó su doctrina contra los sodomitas fueron un par de versículos del Libro del Levítico, donde leemos: “No te acostarás con un hombre como se acostará con una mujer: es abominación” (Lev 18,22); “Si alguno tiene relaciones sexuales con un hombre como con una mujer, ambos han cometido abominación; tendrán que ser ejecutados; su sangre será sobre ellos” (Lev 20,13). Es elocuente la ausencia de una condena similar hacia las mujeres: las prohibiciones no están en relación con la sexualidad, sino con la procreación, ya que contraviene el mandamiento divino «Fructificad y multiplicaos» (Gen 1,28). Según este juicio de la Escritura… da fe que los actos de homosexualidad son intrínsecamente desordenados y que en ningún caso pueden recibir aprobación alguna, la cultura de la época, de hecho, era el varón quien engendraba al niño, mientras que la mujer era sólo el recipiente que acogía la semilla para luego dar a luz a su debido tiempo, pero no metió nada propio (Cf Is 45,10).

También se ha intentado justificar la prohibición de las relaciones entre personas del mismo sexo basándose en lo escrito en la Carta a los Romanos, donde Pablo arremete tanto contra las mujeres que «han cambiado las relaciones naturales por otras contra natura», como contra los varones, quienes «dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en deseo unos por otros, cometiendo actos ignominiosos varón con varón» (Rom 1,26-27). Dado que la noción de homosexualidad, o la atracción normal que una persona puede tener hacia otra del mismo sexo, no existe, Pablo vio este comportamiento como una desviación, basada en lo que él creía que era la «relación natural». Sus opiniones al respecto tienen el mismo valor que cuando afirma que «es la naturaleza misma la que nos enseña que no es decoroso que el hombre se deje crecer el cabello» (1 Cor 11,14), identificando el concepto de naturaleza con el de cultura que varía según las poblaciones.

IMG_8474Sobre estos débiles cimientos se construyó la doctrina represiva de la Iglesia que, tras alternar períodos de tolerancia y represión, con el pontificado del Papa Pío V (1568) alcanzó formas inhumanas hacia los sodomitas, que fueron encarcelados, torturados, quemados, por aquello que el propio Pío V definió como un «crimen horrible» que debe ser reprimido con el mayor celo posible. No pocas medidas represivas se referían «a los clérigos culpables de este crimen atroz y que no temen la muerte de sus almas«, para quienes el Papa decide «que sean entregados a la severidad de la autoridad secular, que aplica el derecho civil… para ser sometido a torturas, como prescribe la ley apropiada que castiga a los laicos hundidos en este abismo» (Pío V, Constitución Horrendum illud scelus, del 30 de agosto de 1568, en Bullarium Romanum, t. IV, c. III, p. 33).

La obediente autoridad secular puso en práctica la voluntad del Papa condenando y quemando en el fuego a personas culpables sólo de haber amado, pudiendo contar con el apoyo de la predicación fanática del clero que creía en el atroz castigo de la hoguera querido por el mismo Jesús cuando, hablando de la vid, dijo que todo sarmiento que no diera fruto debía ser cortado, arrojado y quemado en el fuego (Jn 15,6). Si para Bernardino de Siena (1380-1444) no había pecado más grave en el mundo «que el de la sodomía maldita» (Predica XXXIX), para Girolamo Savonarola (1452-1498) era necesario quemar en el fuego a los sodomitas como un sacrificio de agradable olor a Dios.

Hoy en día ya no se asa a los sodomitas, pero la Iglesia sigue manteniendo que las relaciones homosexuales «están condenadas en la Sagrada Escritura como depravaciones graves y presentadas, incluso, como consecuencia fatal de un rechazo de Dios» (Declaración Persona humana de la Congregación para la doctrina de fe, 29 de diciembre de 1975) y que “los actos de homosexualidad son intrínsecamente desordenados. Son contrarias al derecho natural” (Catecismo, art. 2357).

Tarde o temprano la Iglesia, en la medida en que se convierta a la Buena Nueva de Dios para cada hombre, dejará de cargar «cargas pesadas y difíciles de llevar sobre los hombros de los hombres» (Mt 23,4; Hch 15,10) y llegará a entender que a los ojos de Dios «ningún hombre debe ser llamado profano o impuro» (Hch 10,28), ya que sólo están sus criaturas a quienes ama incondicionalmente y a quienes no pedirá cuentas de quienes a quiénes han amado bien sino si han amado bien.

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(Adelfopoiesis: San Sergio y san Baco con Jesús en medio)

Si fuera posible suspender a alguien ‘a divinis’, ninguno de nosotros (consagrados o laicos) tendría esperanza alguna de salvarse. Y, en consecuencia, a ninguno de nosotros le interesaría cultivar la fe en un Dios o pertenecer a una comunidad eclesial capaz de suspender ‘a divinis’.

Nuestro Dios no suspende a nadie. El Dios encarnado en Jesús y revelado por Jesús eligió la ‘kénosis’, eligió rebajarse a nosotros. Se hizo niño y murió como un criminal precisamente para hacernos comprender que ninguna fragilidad, ningún sufrimiento y ninguna culpa podrán separarnos jamás de Él. Puede atraer a todos hacia sí precisamente porque resucitó de la tierra, asumiendo sobre sí todo el peso y la pasión de nuestra humanidad. En Cristo y en su cruz estamos ‘suspendidos’ para siempre de los brazos del Padre.

En Cristo nadie puede ser suspendido ‘a divinis’, es decir, excluido de la comunión con Dios y con los hermanos. Nadie puede ser privado de la dignidad de ser humano, de ser hijo de Dios.

Fuente: Remitido por el autor

 

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En la parábola del hijo pródigo, ¿qué papel juego como persona LGBTQ+?

lunes, 11 de noviembre de 2024
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IMG_2981Hermana Donna McGartland

La publicación de hoy es d Sr. Donna McGartland, colaboradora de Bondings 2.0. Donna es una de las autoras de Love Tenderly: Sacred Stories of Lesbian and Queer Religious (Ama con ternura: Historias sagradas de religiosas lesbianas y queer )  publicado por New Ways Ministry..

Las lecturas litúrgicas de hoy para el trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Recientemente leí una transcripción de una charla dada por el obispo John Stowe, OFM, Conv., de Lexington, Kentucky, en la que cita al Papa Francisco: “El mandamiento ‘No matarás’ debería modificarse hoy por ‘No excluirás’, porque la exclusión equivale a la muerte”. Aunque esta cita está tomada de su contexto original, me habla muy profundamente como miembro de la iglesia, mujer y lesbiana.

Mientras escribo esto a finales de octubre, el Sínodo sobre la Sinodalidad acaba de finalizar y el informe ha sido publicado. No hay ninguna mención directa en el documento a las personas LGBTQ+ ni mucho a la expansión del papel de las mujeres en la iglesia. A pesar de esto, sigo firme en mi esperanza y creencia de que se ha abierto una ventana que nunca podrá cerrarse. El informe refleja una creciente conciencia y un desafío para todos nosotros a aceptar el llamado del Papa Francisco a que todos tengan un lugar en la mesa y que nadie sea excluido. “¡¡Todos, todos, TODOS!!

Muchas veces, los mismos que excluyen a otros de participar en la comunión plena son aquellos que se consideran separados del todo. En el evangelio de hoy, los fariseos acusan a Jesús de “recibir a los pecadores y comer con ellos”, creyéndose mejores que los demás. En respuesta a su acusación, Jesús contó la parábola del hijo pródigo. Lo que sigue es una versión rápida y abreviada.

El menor de dos hijos pide la herencia a su padre, y luego se va de casa y lo gasta todo. Desesperado, acepta un trabajo cuidando cerdos. Finalmente recupera el sentido y decide regresar a casa.

Su padre ha estado esperando su regreso y, cuando lo ve a lo lejos, ¡corre hacia él y lo abraza! Convoca un banquete para celebrar su regreso.

Cuando el hijo mayor escucha la celebración por su hermano, se indigna y no quiere ir a la fiesta. Su padre lo encuentra y le ruega que cambie de opinión y comparta el banquete.

De los tres personajes principales de la historia (el padre, el hijo mayor y el hijo menor), ¿cuál creemos que refleja mejor mi experiencia?

¿Soy el hijo menor? ¿Alguna vez he tenido la experiencia de darme cuenta de repente de que no tengo que estar solo, que el aislamiento no trae felicidad o que he lastimado a quienes más me aman? Quizás estoy dispuesto a aceptar la invitación de volver a ‘casa‘, dondequiera que esté para mí.

¿Soy el mayor y me aislo por la autocompasión y la justa indignación? ¿Me estoy negando a aceptar a otros que considero indignos, incapaces de dejar de lado mi ira y mi dolor?

IMG_8555Marc Chagall, “El regreso del hijo pródigo”

O tal vez soy el padre, dispuesto a compartir mi riqueza sin controlar el resultado, dispuesto a perdonar y buscar la reconciliación sin juzgar. ¿Puedo invitar a todos (¡a todos, a todos, a todos!) a unirse a la Fiesta?

En verdad, me veo en estas tres personas. Creo que el llamado del Sínodo es que nosotros y la iglesia reconozcamos esto también. Necesitamos nombrar las ocasiones en que nosotros y la iglesia excluimos a otros de la Fiesta del amor de Dios. Necesitamos desafiar a la iglesia a aceptar a todas las personas independientemente de su orientación sexual o identidad de género. Más que nada, necesitamos seguir sintiendo los impulsos del Espíritu que nos llama a “dar la bienvenida a los pecadores y comer con ellos”.

¡Que nosotros, durante este mes de Acción de Gracias, nos regocijemos y celebremos el llamado a perdonar, abrazar y dar la bienvenida a todos en la Mesa del amor de Dios!

-Sister Donna McGartland (ella/ella), 10 de noviembre de 2024

Fuente New Ways Ministry

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“Mala conciencia”. 32 Tiempo Ordinario – B (Marcos 12,38-44)

domingo, 10 de noviembre de 2024
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IMG_8023En teoría, los pobres son para la Iglesia lo que fueron para Jesús: los preferidos, los primeros que han de atraer nuestra atención e interés. Pero es solo en teoría, pues de hecho no ocurre así. Y no es cuestión de ideas, sino de sensibilidad ante el sufrimiento de los débiles. En teoría, todo cristiano dirá que está de parte de los pobres. La cuestión es saber qué lugar ocupan realmente en la vida de la Iglesia y de los cristianos.

Es verdad –y hay que decirlo en voz alta– que en la Iglesia hay muchas, muchísimas personas, grupos, organismos, congregaciones, misioneros, voluntarios laicos, que no solo se preocupan de los pobres, sino que, impulsados por el mismo espíritu de Jesús, dedican su vida entera y hasta la arriesgan por defender la dignidad y los derechos de los más desvalidos, pero ¿cuál es nuestra actitud generalizada en las comunidades cristianas de los países ricos?

Mientras solo se trata de aportar alguna ayuda o de dar un donativo no hay problema especial. Las limosnas nos tranquilizan para seguir viviendo con buena conciencia. Los pobres empiezan a inquietarnos cuando nos obligan a plantearnos qué nivel de vida nos podemos permitir, sabiendo que cada día mueren de hambre en el mundo no menos de setenta mil personas.

Por lo general, entre nosotros no son tan visibles el hambre y la miseria. Lo más patente es la vida injustamente marginada y poco digna de los pobres. En la práctica, los pobres de nuestra sociedad carecen de los derechos que tenemos los demás; no merecen el respeto que merece toda persona normal; no representan nada importante para casi nadie. Encontrarnos con ellos nos desazona. Los pobres desenmascaran nuestros grandes discursos sobre el progreso y ponen al descubierto la mezquindad de nuestra caridad. No nos dejan vivir con buena conciencia.

El episodio evangélico en el que Jesús alaba a la viuda pobre nos deja avergonzados a quienes vivimos satisfechos en nuestro bienestar. Nosotros tal vez damos algo de lo que nos sobra, pero esta mujer que «pasa necesidad» sabe dar «todo lo que tiene para vivir». Cuántas veces son los pobres los que mejor nos enseñan a vivir de manera digna y con corazón grande y generoso.

José Antonio Pagola

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“Esa pobre viuda ha echado más que nadie”. Domingo 10 de noviembre de 2024. Domingo 32º ordinario

domingo, 10 de noviembre de 2024
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59-ordinarioB32 cerezoLeído en Koinonia:

1Reyes 17, 10-16: La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías.
Salmo responsorial: 145: Alaba, alma mía, al Señor.
Hebreos 9, 24-28: Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos.
Marcos 12, 38-44: Esa pobre viuda ha echado más que nadie.

La primera lectura tomada de 1Re nos presenta el caso de una viuda que comparte lo poco y único que tiene con el profeta Elías. El pasaje está ambientado en una sequía que el mismo profeta había pedido a Yavé para Israel. Ante una situación tan extrema, todo el mundo evita gastar lo poco que tiene como una forma de mantenerse aferrado a la vida. Eso es lo que ha hecho esta viuda. Sin embargo se ve «obligada» por el profeta a compartir con él aquello que solamente le proporcionará unas horas más de vida. Este gesto de la viuda tiene un final feliz: no faltó harina en la tinaja ni aceite en la jarra. Significa esto que cuando se comparte con generosidad lo poco que se tiene, parece que se multiplicara, y esa es una de las características principales del pobre. Donde más disponibilidad hay para compartir, donde más desprendimiento uno encuentra es entre los pobres; con toda razón se puede decir que los pobres nos evangelizan. Con razón están ellos en primer lugar en el corazón de Dios, no sólo porque es Él lo único que a ellos les queda, sino porque entre ellos, los signos de la presencia de Dios son más visibles; son ellos por medio de los cuales Dios se hace ver con mayor claridad en el mundo; ellos son el sacramento de Dios en el mundo y el testimonio permanente de cuán lejos estamos del proyecto de solidaridad y de la igualdad querido por Dios.

Nos encontramos en el reino del Norte. El país está pasando por una de las etapas más difíciles de su historia: la dinastía de Omrí ha ido dejando el país en la miseria; el último de los monarcas de esa monarquía, Ahab, gobierna veintidós años (nunca un largo gobierno es benéfico para ninguna institución, más frecuentemente termina por arruinarla), y también él ha hecho su aporte al desastre nacional: se casó con una extranjera: Jezabel, hija de Et-Baal, rey de Sidón, y acabó por adorar y rendir culto a Baal (1Re 16,29-31). Es fácil entonces imaginar el ambiente del reino en todos sus ámbitos: político, económico, social y religioso. El autor bíblico lo simboliza en una sequía que el profeta hace venir sobre Israel. En esa situación de extrema urgencia, el profeta hará ver que sólo Yavé es la salvación para el pueblo, y que esa salvación de la que está urgido el pueblo Dios la realizará con y desde los desheredados, con los pobres. En el Segundo Testamento vamos a encontrar esta misma realidad: Dios actuado en medio de los pobres, y con los pobres llama a la construcción de un orden de cosas distinto en donde los pobres parece que fueran los únicos capaces de aportar.

El evangelio de hoy nos presenta dos perícopas: la primera, todavía en conexión con la del domingo anterior sobre la declaración del mandamiento más importante o, mejor, los dos mandamientos más importantes. Jesús previene a sus discípulos para que no repitan el modo de ser de los escribas que se las dan de mucho cuando en su interior no existe ni amor a Dios ni al prójimo, sólo amor a sí mismos.

La segunda perícopa está más en consonancia con la primera lectura del primer libro de los Reyes. El dar implica renuncia, desprenderse no de lo que abunda y sobra, sino desde la misma escasez.

A Jesús, que observa cómo los fieles van pasando a depositar su ofrenda para el tesoro del templo, no lo ha impresionado, como al común de los observadores, la cantidad que cada rico ha depositado en el cofre de las ofrendas; sus criterios y parámetros de juicio son completamente diferentes a los criterios mercantilistas y economicistas que se basan en la cantidad, en el binomio inversión ganancia (costo beneficio se diría hoy).

A partir de esta imagen Jesús instruye a sus discípulos y en definitiva alecciona hoy a las iglesias. Esa viuda que a duras penas sobrevive, objeto de la caridad y del recibir, se mete a pesar de todo en la fila para dar, no desde lo que le sobra, y sin intención alguna de aparentar, todo lo contrario lo haría con cierto disimulo para que nadie viera la «cantidad» que depositó. Aún si pensáramos que ella también deposita lo que tiene con el fin de ser retribuida, y lo más seguro es que así fue porque ya la falsa religión había alienado su conciencia, aún admitiendo eso, no deja ser un caso aleccionador que Jesús no deja pasar por alto. Mientras los demás teniendo ya suficiente para vivir desean tener mucho más, para lo cual realizan la inversión que sea, esta mujer echa lo único que tiene y seguro lo ha hecho con amor, con toda seguridad no se atreve a pedirle a Dios le multiplique esa mínima cantidad, tal vez su único «interés» es que Dios no le falte con aquello con lo cual sobrevive.

Desde la óptica de Jesús, esta pobre viuda, representación de lo más pobre entre los pobres, salió del templo justificada; fue quien recibió un mayor don a cambio de su desprendimiento: la gracia divina, mas desde la óptica de un donante rico, esta mujer tendría muy poca, casi ninguna recompensa.

El reino que Jesús proclama no puede regirse por los mismos criterios de personas como los dirigentes de Israel; el reino se construye desde los criterios de la calidad y disponibilidad para aportar desde una genuina generosidad, desde las propias carencias, no desde lo superfluo.

Se necesita discernir continuamente nuestro comportamiento y actitudes con aquellas personas que dan generosas ofrendas a nuestros centros religiosos comparado con aquellos que ofrecen poco o definitivamente no tienen nada qué ofrecer, ¿quiénes son los de mayor objeto de nuestra «consideración» y aprecio? Seamos sinceros en esto y reconozcamos con humildad que las más de las veces nos sentimos muy a gusto con aquellos que dan más, que tienen más y mejores medios; y el evangelio… ¿dónde está?

La viuda del evangelio que hoy escuchamos simboliza aquella porción del Israel empobrecido, que entró en la dinámica de Jesús, que está dispuesto a dar, a darse, a entregarse con lo que tiene a la causa del reino del Padre. Esos que dedican tiempo desinteresadamente en nuestras obras nos evangelizan con su generosidad, y especialmente ellas que no escatiman nada para que la obra del reino continúe su marcha, ¿captan esas personas nuestra atención como aquella viuda a Jesús, y nos dejamos interpelar realmente por ellas? Leer más…

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Mc 12, 38-44 (10.11.24, Dom 32 T0). Contra escribas y ricos de templo. Una viuda “sacerdote”

domingo, 10 de noviembre de 2024
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IMG_8372Del blog de Xabier Pikaza:

Jesús polemiza  contra escribas de ley (que viven a costa de las viudas) y ricos de templo, que dan lo sobrante  para dominar sobre el pueblo y defiende a una viuda , que no puede dar dinero pues no tiene, pero entrega su vida al servicio de los oros.  Ella es, para Jesús, el verdadero sacerdote de la religión de Dios, que es la vida humana

Ese tema de poder emerge aquí de nuevo en el centro de la discusión: Los escribas (jueces, gobernantes, funcionarios de templo) no quieren el bien de los demás, sino el dominio propio. Ellos son representantes de un poder que lleva a la opresión de los más débiles (12, 38-40) y a la exclusión de una viuda, que entrega todo lo que tiene, para quedar así sin nada (corriendo el riesgo de morir) en las manos del Dios, en quien confía su existencia (12, 41-44).

Entre estos dos polos (los escribas hipócritas, ansiosos de dinero, y la viuda pobre que regala todo lo que tiene) sitúa Jesús a sus discípulos.

38 En su enseñanza decía también:

(a. Escribas y viuda) Tened cuidado con los escribas, a quienes gusta pasear con largos vestidos y ser saludados en las plazas 39 Buscan las primeras cátedras en las sinagogas y los primeros asientos en los banquetes. 40 Estos, que devoran las casas de las viudas con el pretexto de largas oraciones, tendrán un juicio muy riguroso.

(b. Ricos y viuda) 41 Y estando sentado frente al gazofilacio (=al lugar de las ofrendas), observaba cómo la gente iba echando dinero en el gazofilacio. Muchos ricos depositaban en cantidad. 42 Pero llegó una viuda pobre, que echó dos moneditas (leptá), que son dos cuartos. 43 Jesús llamó entonces a sus discípulos y les dijo: Os aseguro que esa viuda pobre ha echado en el gazofilacio más que todos los demás. 44 Pues todos han echado de lo que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de su carencia, toda su vida [1].

 Ésta es una discusión de Jesús con los “escribas de fuera” (representantes de un judaísmo de ley y dinero), pero también contra un un cristianismo que quieren edificar su propio templo  en claves de poder, como muestran estos dos pasajes, que se encuentran entrelazados.

(a) El primero (12, 38-40), construido en forma de advertencia general, es una diatriba contra los escribas, que pretenden ser representantes del mesianismo de David pero que sólo buscan sus ventajas y su poder de grupo; no dan su vida, sino que viven del aplauso de los otros y devoran la casa de las viudas.

(b) El segundo (12, 41-44), que empieza con un gesto de limosna de una viuda, se expande como alabanza de esa viuda, que aparece como el signo más perfecto de Jesús a quien el texto anterior ha llamado señor de David (cf. 12, 37).

Jesús no es Señor porque tiene poder para imponerse (como el mesías que quieren los escribas) sino, al contrario, porque entrega todo lo que tiene, como esta pobre viuda generosa. En ambos pasajes el tema de fondo es la riqueza-honor y la palabra que los vincula es precisamente viuda (khera): los escribas «comen las casas de las viudas» (12, 40), mientras éstas (algunas viudas) ponen todo lo que tienen al servicio del templo (10, 42).

Diatriba contra los escribas

                               38 Tened cuidado con los escribas, a quienes gusta pasear con largos vestidos y ser saludados en las plazas 39 Buscan las primeras cátedras en las sinagogas y los primeros asientos en los banquetes. 40 Estos, que devoran las casas de las viudas con el pretexto de largas oraciones, tendrán un juicio muy riguroso.

Su signo distintivo es el deseo de prestigio, interpretado como poderío. Precisamente ellos, hombres del libro, han convertido su saber (leen la Escritura, interpretan la Ley) en fuente de dominio sobre los demás (en la línea del Hijo de David). Así aparecen como representantes de la imposición sagrada y expresan la patología de lo religioso, propia de un grupo que utiliza su prestigio sacral en beneficio propio. Su poder no es de tipo militar (no brota de las armas), económico (no proviene directamente del dinero) o administrativo, sino que deriva de su pretendida sabiduría (conocen el Libro) y de su apariencia religiosa, pues «oran» (dicen tener relación con Dios) para provecho propio [2].

Los escribas, un riesgo. Ellos forman uno de los centros de autoridad del nuevo judaísmo que va a nacer (aunque es muy posible que Marcos esté criticando también a unos escribas cristianos). Ellos son profesionales del libro, es decir, aquellos que debían estudiar bien la palabra para interpretarla en favor de los más pobres. A su lado se encuentran, formando el sanedrín o gran Consejo, los sacerdotes (profesionales del culto) y los ancianos (representantes de las grandes familias, especialmente los propietarios de la tierra).

En este momento, en el final de su gran enseñanza en el templo, Jesús se dirige a los escribas de Jerusalén, y de esa forma a todos los que tienden a convertir la ley (libro-religión) en principio de poder sobre los otros. Éstos son sus signos distintivos:

Largos vestidos (stolais: 12, 38).No son nada en sí, no se sienten seguros por dentro y por eso necesitan crear una apariencia. Viven de fachada, enmascarados detrás de unas telas y adornos que sirven para distinguirse de los otros e imponerles su dominio. En ellos critica Jesús la mentira de un tipo de vestiduras que la Ley israelita (y las costumbres rituales de muchas iglesias, incluidas las cristianas) ha preceptuado para sacerdotes y ministros religiosos (no sólo cuando ofician en el culto, sino en la vida diaria). Jesús la condena como expresión de poder falso (en la línea de 7, 3-5).

Saludos en las plazas (12, 38). La religión les convierte en funcionarios y así ellos, por oficio, la pervierten, haciéndola principio de autoridad pública: utilizan el Libro para representar su teatro de prestigios. Quieren ser superiores (y hacerse honrar) sobre las bases de un conocimiento religioso que utilizan para así imponerse sobre los demás. Es evidente que no viven para crear comunidad sino al contrario, para elevarse sobre ella.

Las primeras cátedras (prôtokakhedrias) en las sinagogas (12, 39). Pasamos de la calle a la casa, de la plaza al recinto donde se reúnen los creyentes. También en ese espacio imponen su dominio los escribas, convirtiendo el lugar y tiempo comunitario de estudio y plegaria en medio para imponerse sobre los demás. Así buscan las primeras cátedras (que aquí son de enseñanza, pero que podrían ser y serán pronto de “episcopado”)para controlar o dirigir desde allí a los menos dignos o sometidos, imponiéndoles su ley.

Los primeros asientos (prôtoklisias) en los banquetes (12, 39). Jesús invitaba a comer a los demás, en grupos fraternos, ofreciéndoles los panes y los peces de su grupo. En contra de eso, los escribas se aprovechan de su religión (su dominio del Libro) para comer a costa de los otros. No forman iglesia, no crean verdadera comunión, sino que emplean su pretendida superioridad para vivir a costa de los demás.

Estos signos desembocan en un mismo final: «¡Devoran las casas de las viudas con pretexto de largas oraciones!» (12, 40). El teatro de apariencias (vestidos, saludos, privilegios en sinagogas y mesas) se ha vuelto umbral de muerte para los pobres. Quien empieza aparentando como los escribas acaba destruyendo (matando) a los demás (poniéndolos a su servicio). Ésta es la iniquidad que 3, 29 interpretaba como blasfemia contra el Espíritu Santo (impedir la curación de los posesos) y 9, 42-47 como escándalo contra los pequeños (aprovecharse de ellos) [3].

  1. Una religión al servicio de la muerte. De esa manera, los escribas de Dios, profesionales de la Escritura y de la oración, que debían ser fuente y principio de vida para los demás, se han vuelto buscadores de sí mismos y portadores de muerte para los “pobres”. Marcos había vinculado la oración con la misión salvadora (1, 35-39), la expulsión de los demonios (9, 29) y el perdón interhumano (11, 25).
  2. En esos casos, el encuentro con Dios se explicitaba en forma de comunicación, creando una familia acogedora y abierta a los expulsados del sistema. En contra de eso, los escribas judíos (y quizá los cristianos que Marcos está criticando) utilizan la oración para servicio propio, se aprovechan de Dios para imponerse a los demás: devoran las casas de las viudas. Han pervertido la religión, son cueva de bandidos (cf. 11, 17) [4].

Hemos llegado al culmen de la anti-religión, al lugar donde el cultivo técnico y profesional de lo que parece divino (conocimiento del libro sagrado y manejo legal de la palabra) convierte a sus representantes en un tipo de locos perversos y peligrosos. Estos representantes de la religión son locos porque han construido su mundo a base de inversiones, de necesidades de apariencia: piensan que son (valen) únicamente en la medida en que lo muestran hacia fuera (vestidos), y por eso necesitan recibir la confirmación externa de su valía (saludos públicos). No son nada por dentro, carecen de verdad personal; lógicamente, para demostrar su aparente realidad, deben andar llamando la atención, buscando de esa forma el reconocimiento de los otros [5]. Leer más…

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Viudas buenas y teólogos malos. Domingo 32 ciclo B

domingo, 10 de noviembre de 2024
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maxresdefaultDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El evangelio del domingo anterior nos dejó en el templo de Jerusalén. Por delante de Jesús han ido desfilando autoridades religiosas, fariseos, saduceos, y un escriba que le preguntó por el mandamiento principal y terminó recibiendo un gran elogio de Jesús. Al parecer, ya no queda nadie importante a quien presentar. Sin embargo, falta el personaje más desconcertante: una viuda que no se interesa por Jesús. La primera lectura, tomada de la historia del profeta Elías, ayuda a entender y valorar la actitud de esta viuda.

Una viuda generosa y con mucha fe (1 Reyes 17,10-16)

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda, que recogía leña. La llamo y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.»

Mientras iba a buscarla, le grito: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.» Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda solo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.»

Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “La orza de harina no se vaciara, la alcuza de aceite no se agotara, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.

Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.

            Se trata de un relato muy sencillo, que recuerda a las leyendas sobre San Francisco de Asís (las “Florecillas”). Lo importante no es su valor histórico sino su mensaje. Destaco algunos detalles.

  1. La pobreza de los protagonistas. En el mundo antiguo, las personas con mayor peligro de marginación y miseria eran las viudas y los huérfanos de padre, al carecer de un varón que las protegiese. En nuestro relato, esta situación se ve agravada por la sequía, hasta el punto de la mujer está segura de que ni ella ni su hijo podrán sobrevivir.
  2. La fe y la obediencia de la mujer. Muchas veces, comentando este texto, se habla de su generosidad, ya que está dispuesta a dar al profeta lo poco que le queda. Pero lo que el autor del relato subraya es su fe en lo que ha dicho el Señor a propósito de la harina y el aceite, y su obediencia a lo que le manda Elías.
  3. La categoría excepcional de Elías, al que Dios comunica su palabra y a través del cual realiza un gran milagro.

Teólogos presumidos y una viuda generosa (evangelio)

El relato tiene dos partes: la primera denuncia a los escribas; la segunda alaba a una viuda. Lo que las relaciona es la actitud tan contraria de los protagonistas: los escribas “devoran los bienes de las viudas”, la viuda echa en el arca “todo lo que tenía para vivir”.

            ¡Cuidado con los escribas!

 En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo:

– «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»

Los escribas eran especialistas en cuestiones religiosas, dedicados desde niños al estudio de la Torá. Tenían gran autoridad y gozaban de enorme respeto entre los judíos. Pero Jesús no se fija en su ciencia, sino en su apariencia externa y sus pretensiones. La descripción que ofrece de ellos no puede ser más irónica, incluso cruel. Forma de vestir (amplios ropajes), presunción (les gustan las reverencias en la calle), vanidad (buscan los primeros puestos en la sinagoga y en los banquetes), codicia (devoran los bienes de las viudas), hipocresía (con pretexto de largos rezos). Todo esto es completamente contrario al estilo de vida de Jesús y a lo que él desea de sus discípulos. Por eso los amonesta severamente: «¡Cuidado con los escribas!».

No es preciso añadir que los discípulos le hicieron poco caso y terminaron vistiendo como los escribas, exigiendo reverencias y besos de anillos, ocupando primeros puestos, y devorando bienes de viudas, viudos y casados. Por desgracia, de este evangelio no se puede decir: «Cualquier parecido con la realidad actual es pura coincidencia», aunque debemos reconocer que la situación ha mejorado bastante.

            Elogio de la viuda

Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echo dos leptas, que equivale a un cuadrante. Llamando a sus discípulos, les dijo:

– «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

En la 1ª lectura y en esta segunda parte del evangelio tenemos personajes parecidos: una viuda y un profeta (Elías-Jesús). Pero la relación entre ellos se presenta de manera muy distinta. Basta fijarse en los siguientes detalles:

            ¿De qué hablan la viuda y el profeta? Elías y la viuda mantienen un diálogo, mientras que Jesús no dirige ni una palabra a la viuda. Cuando ve lo que ha hecho, no la llama para dialogar con ella, sino que llama a sus discípulos para darles una enseñanza. (La imagen inicial resulta engañosa porque coloca frente a frente a Jesús y a la viuda).

            ¿Qué hace la viuda por el profeta? La viuda entrega todo lo que tiene a Elías y trabaja para él; la viuda del evangelio no hace nada por Jesús.

            ¿Qué hace el profeta por la viuda? Elías hace un gran milagro para resolver el problema económico de la viuda; Jesús no le da ni un céntimo.

            La enseñanza silenciosa de la viuda

            Los relatos anteriores de Marcos (que no se han leído en las misas del domingo) hablan de una serie de personas y grupos que se presentan ante Jesús para discutir con él las cuestiones más diversas: de dónde procede su autoridad, si hay pagar tributo al César, si hay resurrección de los muertos, cuál es el mandamiento principal, etc. Al final aparece esta viuda, que no se preocupa de cuestiones teóricas ni teológicas, ni siquiera se interesa por Jesús; sólo le preocupa saber que hay gente pobre a la que ella puede ayudar con lo poco que tiene.

            La viuda es un símbolo magnífico de tantas personas de hoy día que no tienen relación con Jesús, pero que se preocupan por la gente necesitada e intentan ayudarlas, sin considerarse ni ser cristianos. Pero es importante advertir que la preocupación de la viuda no es de boquilla, entrega todo lo que tiene.

            Jesús, que no llama a la viuda para dialogar con ella ni pedirle que pase a formar parte del grupo de sus discípulos, nos puede servir de ejemplo para la actitud que debemos adoptar ante esas personas. No hay que intentar convertirlas a toda costa.

      En el contexto de las desgracias provocadas por la DANA en Valencia, muchos voluntarios y voluntarias, que quizás no pisan ningún domingo la iglesia, nos han dado un magnífico ejemplo de preocupación por los más necesitados, como la viuda del evangelio.

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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. 10 de Noviembre de 2024

domingo, 10 de noviembre de 2024
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“-¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos.”

(Mc 12, 38-44)

Y es así, todas tenemos el gen “letrado”. El evangelio no deja de prevenirnos acerca de lo que ocurre cuando nos dejamos llevar por él. Marcos es especialmente insistente y nos dice de una manera muy clara que ni siquiera el hecho de ser de los colaboradores más próximos a Jesús nos evita el peligro.

Nos advierte que los primeros discípulos, e incluso el mismísimo Pedro,tuvieron grandes dificultades para comprender a Jesús y seguir su camino.

Pero al mismo tiempo salpica todo su evangelio de pequeñas chispas de esperanza, cada vez que nos dice que los discípulos no entienden, o cuando nos cuenta un episodio como el de Santiago y Juan y su deseo de ser los primeros. También nos va mostrando otros personajes secundarios que son capaces, en su debilidad, de encarnar las verdaderas actitudes del discipulado.

Hace unas semanas teníamos a Bartimeo, hoy nos presenta a una viuda pobre. Pero su pobreza no le impide ser generosa.

Se acerca al Templo no con lo que tiene, sino “con TODO lo que tiene para vivir”. De hecho, para algunas personas, más que generosa puede resultar exagerada, inconsciente. Dejando en la ofrenda del Templo esas dos monedillas de escaso valor no enriquece al Templo y sin embargo ella se queda en una completa indigencia.

Ciertamente es una actitud que se escapa de toda lógica humana. No es una actitud razonada ni razonable. Nada tiene que ver con los esquemas mentales. Es una realidad, pertenece al ámbito del amor.

Esa viuda pobre hace un gesto de entrega total muy parecido al del propio Jesús. Quizá por eso Jesús se siente profundamente vinculado con esa mujer anónima. Por eso la observa y le cuenta a sus discípulos lo que ha hecho.

La entrega de Jesús, su muerte en cruz, es tan paradójica como la gestión de estas dos monedillas. Ante nuestra razón su muerte podría haberse evitado. Sin embargo, esa muerte es el más bello gesto de amor. El más sublime y gratuito.

Oración

Ayúdanos, Trinidad Santa, a entrar en la lógica del Amor que es entrega y generosidad sin límites, sin razón.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El valor religioso de la limosna no está en remediar una necesidad.

domingo, 10 de noviembre de 2024
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da3253a9f8751f3430b78afe36008fd4DOMINGO 32º (B)

Mc 12,41-44

Nos encontramos en los últimos versículos del c. 12. Jesús una vez más, enseña. A pesar de que el episodio que hemos leído se reduce a cuatro versículos, tiene una profundidad enorme. Es el mejor resumen que se puede hacer del evangelio. La parafernalia religiosa no tiene ningún valor espiritual; lo que importa es el interior de cada persona. Seguramente el relato fue en su origen una parábola que se convirtió en relato real.

Este simple relato deja clara la crítica de Jesús a la religión de su tiempo. Señala la diferencia entre religión y espiritualidad; entre cumplimiento y vivencia; entre rito y experiencia de Dios. Hoy seguimos dando más importancia a lo externo que a una actitud interior. A la religión sigue interesándole más que seamos fieles a doctrina, ritos y normas. Seguimos estando más pendientes de lo que hacemos que de nuestra actitud vital.

Queda claro el talante de Jesús. Hoy le hubiéramos dicho a la viuda: no seas tonta; no des esas monedas a los sacerdotes; tienen más que tú. Utilízalas para comer. Pero Jesús, que acaba de criticar los trapicheos del templo, descubre la riqueza espiritual que manifiesta la viuda y reconoce que a ella sí le sirve ese modo de actuar, porque es reflejo de su actitud con Dios. Alejada de todo cálculo, se deja llevar por el sentimiento religioso más genuino.

Muchos ricos echaban cantidad. Las monedas se depositaban en una especie de embudos enormes en forma de bocina, colocados a lo largo del muro. La amplia boca de las bocinas de bronce permitía lanzar las monedas desde una distancia considerable. Los ricos podían oír con orgullo el sonido de sus monedas al chocar con el metal. Lo que echó la viuda fueron dos monedas del más bajo valor. Hoy serían dos céntimos, cantidad ridícula.

Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. El comienzo “en verdad os digo” indica que lo que sigue es muy importante. La idea de que Dios mira más el corazón que las apariencias no es nueva en la religiosidad judía; se encuentra en muchos comentarios del AT. Jesús profundiza en la idea y se la propone a los discípulos como ejemplo de auténtica actitud religiosa. Esta es la originalidad de la propuesta.

Dio todo lo que tenía para vivir. Para captar la fuerza de esta frase final, debemos tener en cuenta que en griego “bios” significa no sólo vida, sino también, modo de vida, recursos, sustento; sería el conjunto de bienes imprescindibles para la subsistencia. Hoy nosotros podíamos emplear otros términos: “víveres” o “sustento”. Dio todo lo que constituía su posibilidad de vivir. Equivaldría a poner su vida en manos de Dios.

Jesús ya había llevado a cabo la “purificación del templo”. Sabemos su opinión sobre la manera como se gestionaba el culto y su crítica al expolio de los pobres en nombre de Dios para que los sacerdotes vivieran como reyes. El templo era el centro económico de todo el país, basada en la obligación de ofrecer sacrificios y de dar al templo el diezmo de todo lo que cosechaban, además de proponer encarecidamente donativos voluntarios. También era el lugar donde todos los judíos, incluso de la diáspora, guardaban sus bienes más preciados.

En contra de lo que solemos pensar, el evangelio nos está diciendo que el principal valor de la limosna no es socorrer una necesidad perentoria de otra persona, sino mostrar una verdadera actitud religiosa. La limosna de la viuda, a pesar de su insignificancia, demuestra una actitud de total confianza en Dios y de total disponibilidad. En nuestra relación con Dios no sirven de nada las apariencias. La sinceridad es la única base para que la religiosidad sea efectiva. No podemos engañar a Dios ni debemos engañarnos con acciones calculadas.

No se trata directamente de generosidad, sino de desprendimiento. Lo que el evangelio deja claro es que el egoísmo y el amor son dos platillos de la misma balanza, no puede subir uno si el otro no baja. Nuestro error consiste en creer que podemos ser generosos sin dejar de ser egoístas. Lo que Jesús descubre en la viuda pobre es que, al dar todo lo que tenía, el platillo del ego bajó a cero; con lo que, el platillo del amor había subido hasta el infinito. Si mi limosna no disminuye mi egoísmo, no tiene valor espiritual.

El evangelio de hoy, ni cuestiona ni entra a valorar la limosna desde el punto de vista del necesitado, porque lo que la viuda echó en el cepillo no iba a solucionar ninguna necesidad. Se trata de valorar la limosna desde el punto de vista del que la hace. Es una perspectiva que solemos olvidar, por eso nuestros donativos terminan valorándose según la repercusión bienhechora que tengan en los destinatarios de la limosna. Es un error.

La limosna de la que hoy se habla no es la que salva al que la recibe, sino la que salva al que la da. La diferencia es tan sutil que corremos el riesgo de hablar hoy de tanta necesidad acuciante y, por tanto, de la necesidad de hacer limosna para remediar esas necesidades. Hoy se trata de dilucidar si ponemos nuestra confianza en la seguridad que dan las posesiones o en Dios, que no nos va a dar ninguna seguridad.

La motivación de la limosna no debe ser remediar la necesidad de otro sino el manifestar el desapego de las cosas materiales y afianzar nuestra confianza en lo que vale de verdad. La cuantía de la limosna en sí no tiene ninguna importancia; solo tendrá valor espiritual si el hacerla, supone privarme de algo. Dar de lo que nos sobra, puede aliviar la carencia de otro, pero no tiene ningún valor religioso para mí. Mi limosna valdrá solo cuando me duela.

El que recibe una limosna puede estar necesitado de lo que recibe; en ese caso, la limosna ha cumplido un objetivo social. Ese objetivo no es lo esencial. El que recibe una limosna, puede aceptarla sin descubrir la calidad humana del que se la ha dado. O puede darse cuenta de que la actitud del otro le está invitando a ser también él más humano. Si esto segundo no sucede, es que la limosna como acto religioso ha fallado para el que la recibe.

El que la da, puede dar de lo que le sobra; o puede ser que se prive de algo que necesita. En el primer caso podía demostrar la renuncia al afán de acaparar y buscar en las riquezas la única seguridad que me tranquiliza. En el segundo, entramos en una dinámica de desprendimiento que expresa auténtica religiosidad. Un necesitado podría dar una limosna al que no la necesita. En ese caso, el objetivo religioso, del que la da, se cumple. A veces no damos limosna, porque pensamos que no va a utilizarse para remediar una necesidad.

Solo cuando das lo último que te queda, demuestras que confías absolutamente. El primer céntimo no indica nada; el último lo expresa todo, decía S. Ambrosio: Dios no se fija tanto en lo que damos, cuanto en lo que reservamos para nosotros. Un famoso escritor actual dijo en una ocasión: solo se gana lo que se da; lo que se guarda se pierde. La viuda, al renunciar a toda seguridad, pone de manifiesto la verdadera pobreza.

Fray Marcos.

Fuente Fe Adulta

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En el Reino todo es al revés.

domingo, 10 de noviembre de 2024
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218900532ead951fc31d821b3697dfadMc 12, 38-44

«¿Veis a aquella mujer?»

Imaginemos el inmenso Templo abarrotado de gente. Los sacerdotes paseando en grupos de dos o tres embutidos en sus magníficas vestimentas. Los doctores de la Ley luciendo sus ostentosas túnicas a franjas. Los ricos saduceos echando con estruendo sus monedas de plata en el arca del tesoro. El mármol del Templo brillando esplendoroso bajo los rayos del sol. Sus cientos de columnas de cedro sosteniendo los pórticos interminables y proyectando su sombra sobre los suelos enlosados del mejor mosaico… Todo rezuma grandeza y esplendor.

Y allí en medio, en claro contraste con el resto, hay una pobre viuda insignificante que pasa desapercibida de todos… menos de Jesús: «¿Veis aquella mujer?»… Nadie se había fijado en ella porque a los ojos del mundo era sin duda la última, pero a los ojos de Jesús era la primera… porque en el Reino todo es al revés.

Para el mundo el más importante es el que más tiene; para el Reino el más importante es el que más sirve. Para el mundo el primero es el más dotado; para el Reino el primero es el más necesitado. El Reino no se impone como los reinos del mundo, el Reino se siembra, y cuando cae en buena tierra da el ciento por uno. El Reino se construye de dentro a fuera; crece por la fuerza interior de la Palabra… desde dentro, por conversión, no por imposición; desde abajo, desde el servicio, no desde el poder.

El objeto primero del mensaje de Jesús es el Reino, o lo que es lo mismo, el reinado de los criterios de Abbá en el mundo; unos criterios de locos si los comparamos con los criterios que nos propone el mundo. Veamos:

Bienaventurados los pobres, los humildes, los misericordiosos, los que lloran, los que trabajan por la paz, los limpios de corazón, los perseguidos por defender la justicia… Antes de orar ve a reconciliarte con tu hermano… Si te abofetean la mejilla derecha, ofréceles la otra… Da a quien te pida… Perdona hasta setenta veces siete… Quien aspire a ser grande sea vuestro servidor, y quien quiera ser el primero sea vuestro esclavo… Haced el bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os atormentan… No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y se os perdonará, dad y se os dará… Todo cuanto quisiereis que hicieren con vosotros los hombres, hacedlo también vosotros con ellos…

…Y todo esto por construir; no somos así.

Como decía Ruiz de Galarreta: «El Reino no es huir de la realidad humana, sino dar pleno sentido a toda realidad humana. Por eso, el Reino no es esencialmente renunciar a nada, sino dirigirlo todo hacia ese fin. Ninguna dimensión humana está fuera de esta categoría esencial: medios para construir el Reino»

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Compartir y compartir-se desde la totalidad.

domingo, 10 de noviembre de 2024
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viudaMc 12, 38-44

El Evangelio de este domingo es un discurso de enseñanzas de Jesús en continuidad con diversas discusiones que ha mantenido previamente con la “gente de bien” del templo, con los “expertos en Dios”: fariseos y herodianos (12,13-17), saduceos (12,18-27), escribas (12,28-34). En este contexto se ubica la denuncia de Jesús contra quienes utilizan y manipulan la religión al servicio de su ego, sus intereses personales o corporativos y se aprovechan de las viudas.

No olvidemos que en una sociedad tan patriarcal como la de Jesús, las viudas representan uno de los colectivos más empobrecidos y excluidos de Israel por su doble condición: por ser mujeres y por carecer de un varón que las legitime socialmente, las proteja y mantenga. Teniendo en cuenta este dato podemos imaginar la fuerza de la denuncia de Jesús sobre la hipocresía y la corrupción de los escribas y el escándalo que supondría ante el satus quo del templo.

El texto presenta dos tipos de personas: unos hombres prestigiosos que se aprovechan de su situación de privilegio ignorando el sufrimiento de las viudas (escribas) y las mujeres pobres (viudas). Jesús no solo va a condenar a los primeros por sus prácticas manipulativas y corruptas, sino que va a ensalzar y poner como ejemplo ante los ojos de Dios y de los hombres la autenticidad y generosidad de la viuda pobre al compartir y no reservarse lo poco que tiene.

Pero antes de adentrarnos en el significado de este gesto es importante resaltar un detalle que se nos puede pasar desapercibido y que resulta enormemente significativo. Jesús pudo percibir la limosna de la viuda porque su lugar en el templo no era un lugar de privilegio, sino que se ubicó próximo al atrio de las mujeres, un lugar marginal. Este dato es muy importante ya que nos recuerda que donde y como nos situemos en la realidad nos permitirá descubrirla de una manera u otra. Desde los lugares de poder o privilegio, la realidad se percibe de forma muy diferente a como se descubre desde el lugar de la debilidad, la pobreza o la marginación.

Volviendo de nuevo al gesto de la viuda pobre que conmovió a Jesús, ella es símbolo de la entrega en totalidad, de la solidaridad no desde lo que sobra, sino desde lo que se necesita para vivir, de la autenticidad religiosa que es inseparable de la projimidad y de la generosidad con la vida, del compartir y compartir-se en totalidad, como huella de verificación de la experiencia creyente.

También como comunidades cristianas, Jesús nos invita hoy a interrogarnos sobre los lugares desde donde contemplamos la realidad, si son los del poder o los de la debilidad. Nos invita a hacernos conscientes de nuestros privilegios, de cómo los hemos conseguido y de qué hacemos con ellos. En definitiva si nuestra fe se parece más a la del escriba o a la de la viuda pobre del Evangelio. Nos recuerda que la cercanía y la amistad con quienes menos cuentan hoy en nuestra sociedad nos abre también no sólo a su carencia, que reclama justicia, sino a la solidaridad y la generosidad sumergida que habita también el mundo de los empobrecidos y empobrecidas.

Pepa Torres Pérez

Fuente Fe Adulta

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De letrados vanidosos y viudas pobres.

domingo, 10 de noviembre de 2024
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IMG_8415Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

10 noviembre 2024

Mc 12, 38-44

En cada uno de nosotros vive un letrado, al que le encantan las reverencias, y una viuda pobre, a la vez vulnerable -una viuda pobre era el ser más desvalido en la Palestina del siglo I- y sumamente generosa. Y me parece que no será posible un crecimiento armonioso hasta que no reconozcamos a ambos habitando nuestro interior. El olvido de cualquiera de ellos distorsiona y confunde.

Si olvidamos a la viuda, viviremos seguramente en la impostura de la imagen, en una carrera interminable por lograr reconocimientos de todo tipo, que jamás lograrán saciar nuestra hambre, dado que la necesidad que late tras aquella búsqueda insaciable es como una cuba sin fondo: todo lo que recibe se termina escapando. Habremos olvidado nuestra vulnerabilidad y nuestra generosidad.

Ahora bien, por una parte, ignorar la propia vulnerabilidad nos lleva a vivir en la mentira, porque estamos desconociendo una dimensión inseparable de la condición humana. Solo quien se conoce y se acepta vulnerable puede abrirse a su verdad y ser capaz de compasión. Y, por otra parte, ignorar la generosidad -entendida como bondad- nos hace vivir desconectados de nuestro fondo, que es amor y entrega.

Me parece importante caer en la cuenta de que la ignorancia de esa doble realidad es consecuencia del miedo: tememos la vulnerabilidad y tememos entregarnos. En ambos casos, tememos “perdernos”.

Si, en el otro extremo, olvidamos al letrado, terminaremos igualmente en la impostura, alimentando tal vez una imagen ideal, que ignora necesidades y tendencias egoicas que anidan en todo psiquismo humano.

La sabiduría -de cuya mano vienen la paz, la alegría y el amor- requiere abrazar esas dos figuras en nuestro interior: por un lado, los movimientos egoicos que rompen nuestra imagen ideal; por otro, la bondad humilde y gratuita que constituye nuestra identidad.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Mujeres, pobres y viudas: pero generosas

domingo, 10 de noviembre de 2024
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53225_n_19-08-12-0-15-50Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

Las dos lecturas de hoy están centradas en dos mujeres viudas pobres y débiles, pero de buen corazón y generosas.

01. –    El relato de la generosidad.

        Esta pobre mujer viuda del evangelio nos vuelve a recordar y situar en el espíritu de Jesús: una actitud bondadosa, humilde, generosa.

Dios Padre y Jesús aman a los pobres y débiles, sienten una profunda alergia  al orgullo y prepotencia: Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos… (Lucas 2, 48.53: Magnificat).

02.- Mujer, viuda y pobre.

Llama la atención que Jesús ponga como modelo de comportamiento a una mujer, a una mujer pobre  y a una mujer viuda.

En tiempos de Jesús, en aquel pueblo judío la mujer era  prácticamente decir: “nadie”; porque una mujer pobre y viuda era el prototipo de la carencia de recursos y del desvalimiento. Una viuda en aquel tiempo, además de no tener nada, no era ni sujeto de derechos.

 Esta mujer viuda echa en el cepillo del templo unos céntimos, una cantidad pequeña, pero echa todo lo que tenía para vivir. Los demás damos de lo que nos sobra. Esta mujer tiene un corazón grande: una generosidad sin límite…

03.- Algunas consideraciones:

Se podría decir que este relato de la viuda pobre es la «última palabra» de Jesús (unida al mandamiento del amor) en cuestión moral. Es como el «testamento moral» de Jesús. Y estas últimas palabras las pronuncia Jesús en el Templo, en el sancta sanctorum de Israel.

La conclusión que Jesús nos viene a decir es que el encuentro con Dios no pasa a través del poder cultual o institucional, sino a través del corazón pobre y sencillo, es decir del corazón generoso y abierto a Dios, como el de aquella pobre viuda.

Dios y Jesús acogen un corazón sencillo y humillado.

La moralidad cristiana no se mide por la cantidad, por el brillo o el éxito social, sino por el  buen corazón, por la generosidad y el amor hacia todos, pero sobre todo hacia los humildes: “viudas, huérfanos y emigrantes”, además de los pobres, enfermos, etc.

Generosidad y cantidad no coinciden.

Al comienzo de su actividad pública Jesús había atacado duramente el mercado y tráfico comercial  en el que había caído la religión, el templo y los sacerdotes. Jesús había desaprobado y criticado duramente la fanfarronería y prepotencia de los dirigentes, del clero y había criticado igualmente la mentira e hipocresía como «tono vital» en la que vivían los fariseos y  la clase alta: los saduceos. Jesús ha intentado que los suyos desistan de sus pretensiones de ocupar los primeros puestos y de querer ser los más importantes. Ahora pone como ejemplo de cristianismo a esta pobre mujer viuda

Hace unos días terminaba en Roma el sínodo que había despertado tantas expectativas. Llama mucho la atención – que al finalizar el sínodo se diga que la cuestión de la mujer en la Iglesia -entre otras cosas- “no está madura”.

La pobre viuda, Magdalena, las mujeres que acompañaban a Jesús, Marta y María, la Virgen María vivieron hace dos mil años… ¿Cuánto tiempo se necesita para caer en cuenta de estas cosas? ¿O ya en la Iglesia no leemos en Nuevo Testamento? ¿O quizás en la Iglesia tenemos miedo al Evangelio? ¿O tal vez, tenemos miedo a las ideologías y grupos de poder que pululan en el seno de la Iglesia?

04.- Hoy también hay generosidad.

Gracias a Dios, también hoy en día hay personas  que, parten el pan con el hambriento, que acogen, sirven, dan limosna, trabajo a un emigrante, etc.

La solidaridad con los damnificados de la catástrofe del Mediterráneo de estas semanas es un buen ejemplo de ello.

También hoy hay personas e instituciones que trabajan con una mentalidad más solidaria y menos consumista.

05.- Nosotros.

        Revisemos un poco nuestra vida y analicemos cuál es nuestra actitud respecto de los bienes. ¿Qué uso hacemos del dinero? Somos generosos y  desprendidos para con necesidades de todo tipo que hay en nuestro mundo, quizás en nuestra propia familia, enfermedades, paro, pobreza, misiones, etc…

Procuremos ser buenos y buenos cristianos, pero no tanto legal y cultualmente, sino más bien en la vida: seamos generosos en lo que somos y tenemos…

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“Una viuda pobre como ejemplo de discipulado”, por Consuelo Vélez

domingo, 10 de noviembre de 2024
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IMG_8450De su blog Fe y Vida:

Comentario al evangelio del domingo XXXII del Tiempo Ordinario 10-11-2024

Jesús presenta el contraste entre dos personajes: los escribas y una viuda pobre

El “honor”, tan importante para los escribas en la sociedad judía, no cabe entre los valores del reino

Jesús hace una denuncia del comportamiento de los escribas: devoran los bienes de las viudas, mientras que una viuda pobre echa todo lo que tiene para vivir

El discipulado va en la línea de aquella viuda pobre que da lo que tiene para vivir porque su amor es efectivo, su solidaridad entrañable.

Decía también en su instrucción:

Guárdense de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa.

Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro; muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo:

+ Les digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuando poseía, todo lo que tenía para vivir.

(Marcos 12, 38-44)

Jesús enseña los valores del reino y lo hace con ejemplos fáciles de entender y que se evidencian en su entorno. En el caso del evangelio de hoy, Jesús presenta el contraste entre dos personajes: los escribas y una viuda pobre. De los primeros, hace una crítica fuerte: se pasean con amplio ropaje, quieren ser saludados en las plazas y ocupar los primeros puestos. Todas estas actitudes son las que garantizan el honor en la sociedad del tiempo de Jesús y, salvadas las distancias del contexto, siguen siendo actitudes que garantizan la importancia de las personas en la sociedad actual. Jesús mira todo eso con recelo. El “honor”, tan importante para la sociedad judía, no cabe entre los valores del reino. El valor importante es el de “servir” como Jesús se lo ha dicho a sus discípulos de tantas maneras. Además, Jesús hace una denuncia del comportamiento de los escribas: devoran los bienes de las viudas so capa de largas oraciones. No es ajena esta actitud tampoco en el tiempo de hoy frente a tantas estafas que, en nombre de Dios, hacen algunos predicadores y negociadores de la fe.

Pero volvamos al texto. Jesús después de reprochar esa conducta de los escribas, se sienta frente al arca del Tesoro del templo y hace un juicio crítico sobre lo que pasa allí: ciertamente, muchos ricos van y echan mucho dinero. Pero la viuda pobre(podría pensarse que es una de estas viudas estafadas por los escribas o las mujeres viudas que quedaban totalmente indefensas al morir su marido) echa todo lo que tiene para vivir. Jesús se refiere a la moneda de menor valor en aquella época y es esta la que mujer deposita en el arca. Con este contraste Jesús muestra el verdadero significado del compartir de bienes que en nuestro contexto podríamos interpretar cómo dar de lo que sobra o dar de lo poco que se tiene. En el primer caso, no hay una solidaridad efectiva. Si le sobraba es porque estaba acaparando algo que no le pertenecía o viviendo la dependencia del acumular y del tener, convencido que en ello está la felicidad. La verdadera solidaridad es la de la viuda que saber dar y darse, repartir y compartir. La solidaridad no se mide por el exceso de bienes dados sino por la capacidad de sentir con el otro su situación y hacerse solidario con ella.

Ahora bien, estos ejemplos no se refieren a temas a considerar sino a actitudes que han de vivir los discípulos de Jesús. A ellos se dirige al final del texto y les muestra con hechos reales en que consiste el verdadero discipulado. Ni honores, ni prestigio, sino servicio, en el caso de los escribas. Ni vanagloria por las muchas riquezas valiéndose, también de ellas, para ser alabado, en el caso de los ricos. El discipulado va en la línea de aquella viuda pobre que da lo que tiene para vivir porque su amor es efectivo, su solidaridad entrañable.

Si el domingo pasado el evangelio nos mostró que el escriba que dialoga con Jesús sabía que el primer mandamiento era amar a Dios y al prójimo, en este nos muestra que es la viuda la que no “sabe”, sino que “hace” y, en esto, consiste el verdadero discipulado. Las obras son las que dan testimonio de lo que somos, las que muestran que nuestro seguimiento sí está guiado por los valores del reino.

(Foto tomada de: https://www.dominicaslerma.es/home-2/rincon-para-orar/1797-el-obolo-de-la-viuda.html)

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¡Un corazón que no vive para servir, no sirve para vivir!

sábado, 9 de noviembre de 2024
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Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:

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¡Un corazón que no vive para servir, no sirve para vivir!

¡De qué me vale vivir, sin ser corazón de carne!

Mi razón pretende
Lo que mi corazón no entiende
Y lo que no comprende es del mundo de la razón

Para hacerlo corazón partido
que ya no es corazón
Si no mal partido, por haberlo dividido y roto su corazón

¡Corazón verdadero, que de todos eres, de todos, de todos!
Eres el corazón original
Imposible de falsificar, ni con la inteligencia artificial

Corazón de carne
A imagen y semejanza de Dios: hecho, «El hombre»
Pues ya lo demostraste cuando por este mundo ya pasaste

Corazón, padre de Corazones
Que contigo todo es posible,
Si el hombre quiere.

Incluso Jesús, tanto quisiste, tanto, tanto
Que por ello te empeñaste en esto
Y para ello muy poco nos pediste, muy poco,

Que fuéramos a la casa de empeños para desempeñarte
y con una pequeña plegaria de amor,
el prestamista de nuestro corazón ya nos devolvió lo que era tuyo
Y así, tú hiciste lo más grande.
El ser un solo corazón contigo…

De ti nadie puede hacer copia
Pues eres verdadero
Y lo verdadero es irrepetible como toda tu vida

Y toda tu vida me llena cada día desde mi pequeñez
Para ser vasija, recipiente de tus esencias
que nunca se agotan, por confiar en tu confianza,
que cada día se renueva con mi mirada en tu presencia

Corazón de amor
Qué vueltas alto, muy alto
Y tan alto vuelas
Que las flechas de la razón no pueden darte alcance

¡Que pretendo con la razón, «de las verdades«,
que no son del corazón!
Porque él no necesita las verdades de la razón,
este da la vida a la razón

¡Qué curioso es el hombre!
«Hacemos caridad con nuestros hermanos,
incluso una caridad larga
para satisfacer el estómago siempre lleno del ego»

Pero me llama la atención
que tengamos tan olvidado
al pequeño niño pobre y desnudo, enfermo,
sin ningún cuidado,
que habita en lo más profundo de nuestro interior

Niño nuestro, escondido, muy apartado,
tan anónimo, desconocido y lejano
como el leproso que tanto amó San Francisco de Asís

¡Qué duro que hayamos creado un corazón leproso
y lo tengamos tan apartado, tan lejano y olvidado!

«Comienza por hacer lo necesario;
luego haz lo que es posible;
y, de repente, estarás haciendo lo imposible» (San Francisco de Asís)

Del Evangelio a la Vida
De la vida al evangelio

*

Alfonso Olaz

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Ordenar mujeres en la orden de Susana

viernes, 8 de noviembre de 2024
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«Jesús nunca estableció un ‘sacerdocio’, sino más bien un ‘servicio'»

¿Por qué necesitamos sacerdotes varones solo para ofrecer pan y vino en el altar?

La patética situación actual de la Iglesia solo se convertirá en una Iglesia radiante cuando se permita a las mujeres expresar sus ideas teológicas desde el púlpito como mujeres sacerdotes de la orden de Susana

Papa Francisco, por favor libera al discipulado de su esclavitud de líderes eclesiásticos opresivos, de la injusticia causada por la desigualdad, la superioridad, el clericalismo, el institucionalismo y el pecado del sexismo

(Global Sisters Report).- Cada vez que he asistido a la profesión perpetua de una consagrada, a una ordenación sacerdotal o a un Jueves Santo he oído cantar este himno como salmo o himno de final de ceremonia:

Sois un linaje  elegido, 
Un sacerdocio real, una nación consagrada,
Un pueblo adquirido por Dios,
Para  manifestar las alabanzas de Aquel
Que os ha llamado
De las tinieblas 
A su maravillosa  luz.
(1 Pedro 2, 9)

Las mujeres que acompañaban a Jesús (Lucas 8, 1-3), entre ellas Susana, proveyeron al ministerio de Jesús con sus propios recursos. Tal vez estas mujeres se sintieron reconocidas por Jesús por su disposición a apoyar a las personas hambrientas y sedientas que acudían a escucharle cuando iba por ahí predicando la buena nueva.

IMG_8224Tiendo a imaginar que cuando Jesús lavó los pies a sus discípulos, lo hizo en memoria de María de Magdala. Tal vez Jesús cambió el enfoque de la conversión personal a un gesto más universal de consolar a los afligidos, en su mayoría mujeres y niños de su tiempo. Susana y otras mujeres que siguieron a Jesús sintonizaron con su corazón compasivo.

Las mujeres expresaron su gratitud a Jesús acompañándole y experimentando su amor incondicional, su kenosis, la entrega sin reservas de sí mismo. Fue una maravillosa sinfonía de amor y caridad, un profundo mensaje del Jueves Santo. Estas mujeres podían ser llamadas dignas de un ‘sacerdocio real’, un pueblo entregado.

¿Cuándo comprenderán los anticuados guardianes del dogma que Jesús nunca estableció un ‘sacerdocio‘, sino más bien un ‘servicio comprometido a amar y servir, ordenándoles: «Haced esto…», al momento de inclinarse para lavar los pies de sus discípulos?

Al ofrecer su cuerpo y su sangre, ¿encarnaba Jesús una comunidad nómada en constante evolución con un grupo comprometido de inspiradoras mujeres videntes? ¿Estaba encarnando la profunda ruptura causada por las injusticias estructurales hacia los seres humanos y la creación? ¿Estaba indicando la sabiduría expansiva de ser una comunidad cósmica?

Al proveer de lo que Susana y otras mujeres amigas de Jesús tenían, todas ellas se convierten en el alimento y la bebida eucarísticos para la gente en su ministerio. Se convierten en sacerdotes en la orden de Jesús.

Jesús pagó el precio más alto por anteponer las necesidades de la gente a los dictados de las autoridades. Jesús vivió en los corazones y las mentes de la gente que sabía que el valor más alto es el amor mutuo en lugar de las leyes institucionales.

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El papa Francisco, dirigiéndose a la asamblea sinodal el 25 de octubre, dijo que cuando los clérigos se extralimitan en sus funciones y «maltratan al pueblo de Dios, desfiguran el rostro de la Iglesia con actitudes machistas y dictatoriales«. Según Francisco, el pueblo de Dios soporta «el desprecio, el maltrato y la marginación del clericalismo institucionalizado«. Llamó al clericalismo «una espina», «un azote«, que «esclaviza al santo y fiel pueblo de Dios«.

«Francisco llamó al clericalismo ‘una espina’, ‘un azote’, que ‘esclaviza al santo y fiel pueblo de Dios‘»

Al lavar los pies a sus discípulos, Jesús inició con valentía el desafío al sistema social, que presumiblemente aprendió de María de Magdala. Al «lavar los pies y celebrar comidas de acción de gracias«, Jesús modeló el servicio a los demás y el alimento de sus seres espirituales.

Susana, que proveía de sus recursos, podría haber aprendido la razón de su existencia y por ello proveer a la gente de sus propios recursos. Al caminar junto a Jesús, Susana estaba fortaleciendo a sus seguidores con alimento físico y valentía audaz. Puede que Susana nunca hubiera soñado que al acompañar a Jesús estaba construyendo la ekklesia, una especie de comunidad humana que incluía a los leprosos, los marginados, los extranjeros y las mujeres más desatendidas como ‘pueblo de Dios’.

IMG_8222Al leer el libro de Elisabeth SchüsslerFiorenza In Memory of Her, ella menciona una visualización actual de la iglesia como ekklesia, no como un modelo hipotético, sino como un proceso continuo de avanzar con mayor imparcialidad, autonomía y responsabilidad hacia formas comunitarias de interacciones humanas libres de dominación. Como afirma esta guía de estudio en línea, «su uso de ekklesia surge de una comprensión de las relaciones sociales igualitarias iniciales de los seguidores de Jesús, o un ‘discipulado de iguales’. «.

Según la guía, Fiorenza menciona que en las Escrituras cristianas, «ekklesia no es tanto un concepto religioso como civil-político, que indica una asamblea de ciudadanos libres que se reúnen para decidir sus propios asuntos espirituales-políticos«. Así vivían los primeros cristianos la vida comunitaria en la libertad ordenada por Dios.

Con su reputación en juego, sin prestar mucha atención a los estratos sociales de su época, Jesús se relacionó públicamente con mujeres que culturalmente eran consideradas ciudadanas de segunda clase. La acogida de Susana en su ministerio, podría haber sido un gran apoyo financiero para la gente pobre. Por supuesto, Susana también podría haber pagado un alto precio por seguir a Jesús.

«La participación integral de Susana en la creciente comunidad cristiana revela la colaboración de Jesús en su ministerio de predicación, enseñanza, curación y realización de milagros, de la que fue testigo Lucas, el evangelista, que menciona su nombre en el Evangelio«

Susana sirvió a Jesús con su genuina feminidad, dando tiempo y utilizando todos sus talentos y recursos. La participación integral de Susana en la creciente comunidad cristiana revela la colaboración de Jesús en su ministerio de predicación, enseñanza, curación y realización de milagros, de la que fue testigo Lucas, el evangelista, que menciona su nombre en el Evangelio. Tal vez Jesús estaba tratando de establecer la ekklesia de las mujeres a través del apoyo de mujeres como Susana.

corpuschristiMe pregunto, ¿por qué necesitamos sacerdotes varones solo para ofrecer pan y vino en el altar? En realidad, las mujeres están ocupadas convirtiéndose en pan y vino a través de su sudor y sangre, alimentando a los pobres y marginados, y acogiendo a la gente en las fronteras.

Dada la postura radical del papa Francisco a través del proceso de sinodalidad, ¿hará más hincapié en «vivir una vida eucarística» convirtiéndose en Eucaristía para la gente, sirviéndose unos a otros, siendo plenamente el Espíritu de Jesús?

La Iglesia como institución no llevará muy lejos a los creyentes que buscan la presencia de líderes espirituales que alimenten sus almas. Los viejos modelos ya no funcionarán. La patética situación actual de la Iglesia solo se convertirá en una Iglesia radiante cuando se permita a las mujeres expresar sus ideas teológicas desde el púlpito como mujeres sacerdotes de la orden de Susana.

Papa Francisco, por favor libera al discipulado de su esclavitud de líderes eclesiásticos opresivos, de la injusticia causada por la desigualdad, la superioridad, el clericalismo, el institucionalismo y el pecado del sexismo. Puedes hacerlo trayendo de vuelta diaconisas permanentes para restaurar la ekklesia en su forma original.

Jesús animó a las mujeres a romper las reglas, sin darse cuenta de que este acto resultaría en romperlo a él. Hoy, toda persona madura, incluidas las personas LGBTQ, forma parte de una generación elegida, un sacerdocio real y un pueblo dedicado, llamado a proclamar sus alabanzas por habernos llamado de las tinieblas del patriarcado a la luz maravillosa de la resurrección para crecer en libertad.

«¿Cuándo comprenderán los anticuados guardianes del dogma que Jesús nunca estableció un ‘sacerdocio’, sino más bien un ‘servicio’ comprometido a amar y servir, ordenándoles: ‘Haced esto…’, al momento de inclinarse para lavar los pies de sus discípulos?»

Fuente Religión Digital

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Nazaret…

jueves, 7 de noviembre de 2024
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El hermano Carlos de Jesús en Beni-Abbès (1901-1905), con Paul Embarek y el pequeño Abd Jesus, esclavos que redimió.

Jesús te ha establecido para siempre en la vida de Nazaret:

La vida de misión y de soledad no son para ti sino excepciones: practícalas cada vez que su voluntad te lo indique claramente; tan pronto como deje de ser indicado, vuelve a entrar en la vida de Nazaret.

Toma por objetivo-ora estés solo, ora con otros Hermanos – la vida en Nazaret, en todo y por todo, en su sencillez y en su amplitud que miras…, sin hábito, como Jesús en Nazaret – sin clausura, como Jesús en Nazaret-, no vivas lejos de todo lugar habitado, sino cerca de una aldea, como Jesús en Nazaret – no menos de ocho horas de trabajo por día, (manual u otro; si posible manual), como Jesús en Nazaret-, ni grandes terrenos, ni grandes limosnas, ni grandes construcciones, ni grandes gastos, sino más bien una pobreza extremada en todo cómo Jesús de Nazaret…. En una palabra haz en todo como Jesús de Nazaret.

No te afanes en organizar; prepara el establecimiento de los Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús; si estás solo, vive como si debieras vivir y quedar solo; si sois dos, tres o algunos más, vivir como si nunca hubieras de ser más.

Ora como Jesús, tanto como Jesús, dando, como El, una gran cabida a la oración… Como El también, da amplia cabida al trabajo manual, que no es un tiempo robado la oración, sino dado más bien a la oración. Reza cada día con toda fidelidad el Breviario y el Rosario. Ama a Jesús con todo tu corazón…, y a tu prójimo como a ti mismo, por amor de Él.

La vida de Nazaret puede llevarse por doquier; llévala allí donde fuere más provechosa para tu prójimo”.

*

Carlos de Foucauld

***

(Sacado de un carnet – diario del Padre Foucauld con la fecha del 22 de julio de 1905, en Beni-Abbés)

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