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¿Quién es Jesús? Domingo 12º Tiempo ordinario. Ciclo C

domingo, 19 de junio de 2016
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Y-vosotros-quién-decís-que-soy-yoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Desde que comienza su vida pública, la actividad de Jesús suscita una mezcla de desconcierto y curiosidad: ¿quién es este hombre? La pregunta adquiere una fuerza especial en el evangelio de hoy, donde es el mismo Jesús quien la plantea.

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:

            ‒ ¿Quién dice la gente que soy yo?

            Ellos contestaron:

            ‒ Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.

            Él les preguntó:

            ‒ Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

            Pedro tomó la palabra y dijo:

            ‒ El Mesías de Dios.

            El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:

            ‒ El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

            Y, dirigiéndose a todos, dijo:

            ‒ El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.

El relato de Lucas podemos dividirlo en introducción y cuatro partes: 1) lo que piensa la gente; 2) lo que piensa Pedro; 3) lo que piensa Jesús; 4) consecuencias para los oyentes.

Introducción

            A diferencia de Marcos, que sitúa esta escena mientras Jesús y los discípulos van de camino, Lucas lo presenta orando a solas, aunque los discípulos están cerca. A Lucas le gusta presentar a Jesús rezando en los momentos importantes, para inculcar a los cristianos la importancia de la oración.

Lo que piensa la gente

            Para la gente, Jesús no es un personaje real, sino un muerto que ha vuelto a la vida, se trate de Juan Bautista (asesinado poco antes), de Elías (muerto en el siglo IX a.C.) o de otro antiguo profeta. Resulta interesante que el pueblo vea a Jesús como uno de los antiguos profetas, en lo que pueden influir muchos aspectos: su poder de realizar milagros (mayor incluso que el de Moisés, Elías y Eliseo); su actuación pública, muy crítica con la institución oficial; su lenguaje claro y directo; el hecho de que recorra los pueblos y aldeas predicando, sin limitarse a hablar en el templo de Jerusalén. Pero hay otro aspecto: en tiempos de Jesús, el título de «profeta» tenía fuertes connotaciones políticas, y es muy posible que la gente, igual que los discípulos de Emáus, viesen a Jesús como un libertador.

Lo que piensa Pedro

            Jesús quiere saber si sus discípulos comparten esta mentalidad o tienen una idea distinta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Es una pena que Pedro se lance inmediatamente a dar la respuesta, porque habría sido interesantísimo conocer las opiniones de los demás.

            Según Marcos, la respuesta de Pedro se limita a las palabras «Tú eres el Mesías». Lucas añade: “El Mesías de Dios. Quizá quiere dejar claro a sus lectores que Pedro no ve a Jesús como un simple líder político, sino como el salvador político mandado por Dios.

            “Mesías”, que significa “ungido”, era el título de los reyes de Israel y Judá, ya que no se los coronaba sino se los “ungía” derramando aceite sobre su cabeza. La monarquía desapareció el siglo VI a.C., pero en los siglos II-I a.C., se difundió la esperanza de una restauración monárquica, y la imagen de un rey futuro ideal, de un MESÍAS con mayúscula, fue adquiriendo cada vez más fuerza. Los Salmos de Salomón, oraciones de origen fariseo, lo describen liberando a Jerusalén de los romanos, purificándola de pecadores, instaurando un gobierno justo y extendiendo su dominio a todas las naciones. Un rey que no confía en caballos, jinetes ni arcos, no atesora oro y plata para la guerra, está limpio de pecado para gobernar a un gran pueblo. En este contexto, la confesión de Pedro reviste una importancia y una novedad enormes.

Lo que piensa Jesús

            Jesús no comparte el entusiasmo político, nacionalista y triunfalista que se puede intuir en las palabras de Pedro. No quiere que se use el título de Mesías, para evitar equívocos (aunque después de su muerte se convertirá en el título más habitual para designarlo, porque Cristo es la traducción griega de “mesías”).       Él prefiere hablar de sí mismo como “el Hijo del Hombre”, título muy discutido, porque unos dicen que significa simplemente “este hombre”, “yo”, y otros le dan un sentido mucho más profundo, como el de un salvador definitivo.

            Lo importante para Jesús no es el título que se le aplique, sino su destino. Tiene que padecer, ser rechazado y asesinado. El rechazo se da por parte de ancianos, sumos sacerdotes y escribas. Los “ancianos” detentan el poder político; los sacerdotes, el poder religioso; los escribas, el intelectual. Es probablemente el único caso en la historia en que los tres poderes se han puesto de acuerdo para rechazar y condenar a muerte a una persona. Pero Jesús sabe que la última palabra no la tienen ellos, sino Dios, que lo resucitará.

Consecuencias para los oyentes

            La pregunta sobre quién es Jesús y cuál es su destino no es una pregunta de examen ni de concurso, que no modifica la vida. Debe provocar el deseo de seguirlo. Pero Jesús no es un político que intenta ganarse a la gente con falsas promesas. Deja muy claro que ir con él significa negarse a sí mismo, cargar con la cruz cada día, como añade Lucas. Estas palabras se entienden mejor en el contexto del siglo I, cuando los cristianos están siendo perseguidos y condenados a veces a muerte. Y en bastantes países actuales de África y Asia, donde no resulta extraño que estalle una bomba en la iglesia. Entonces adquiere pleno sentido lo que dice Jesús: “El que pierda su vida por mi causa la salvará”.

            ¿Habrá alguien dispuesto a seguir a Jesús, a cargar con la cruz cada día? Veinte siglos demuestran que sí. Y esto no se explica solo por decisión personal. Según la primera lectura (tomada del profeta Zacarías) es fruto de un cambio que Dios opera en nosotros al contemplar a Cristo crucificado. Frente a los tres grupos de poder que rechazan y condenan a Jesús, son muchos más los que se convierten, hacen duelo, y encuentran un manantial que los limpia de pecados e impurezas.

Así dice el Señor:

«Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día, será grande el luto en Jerusalén, como el luto de Hadad-Rimón en el valle de Meguido.» Aquel día, se alumbrará un manantial, a la dinastía de David y a los habitantes de Jerusalén, contra pecados e impurezas.

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Domingo XII del Tiempo Ordinario. 19 junio, 2016

domingo, 19 de junio de 2016
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Y  tú, ¿quién dices que soy yo?

Jesús estaba orando a solas y sus discípulos se le acercaron… y les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Tenemos ante nuestros ojos una  bella imagen de Jesús: está orando a solas.

(Lee el texto de Lucas despacio, silenciosamente).Lc. 9,18-24

Creo que es un buen momento para acercarte en silencio a Jesús. Él está orando…, déjate enseñar por Él, mírale confiadamente y susúrrale al oído: “Maestro, enséñame a orar…”

Cierra los ojos y colócate en un ángulo de la escena que acabas de leer, de modo que puedas visibilizar lo que está ocurriendo y a lo que te acercas con sigilo, como de puntillas.

Jesús orando a solas: ¡qué buen momento! ¡Aprovéchalo! Es una buena manera de poder sintonizar con Él. Invoca su Espíritu y deja que te acompañe, te ayude; vuelve tu corazón una y otra vez a ese Jesús que está orando contigo.

Impresiona  ver a Jesús orando; está entregado a su relación con el Padre, con esa intimidad, con ese amor que se hace presente en el Espíritu Santo que le habita y le sostiene en la misión del Reino, el Espíritu que  le une con su Padre.

También los discípulos le están contemplando y se acercan al Maestro…, no le hablan, permanecen en silencio, le miran y te invitan, a ti y a mí, a hacer lo mismo… (calla y contempla).

Y es Jesús quien toma la palabra, quien rompe el silencio…, y les pregunta ¿quién dice la gente que soy yo?…, Jesús escucha la respuesta de los discípulos.

Pero no le vale, no es suficiente y los quiere involucrar y los mete en este “encuentro vivo” con Él. Les lanza una nueva pregunta más profunda, más comprometida: “y vosotros ¿quién decís que soy yo?”.

Hoy, esta pregunta te la hace a ti: tú ¿quién dices que soy yo?.

Esta pregunta no la respondas a la ligera o con ideas preconcebidas. Acógela en tu corazón. Haz espacio de silencio para ser consciente de lo que vas a responder al Maestro. (silencio, silencio, silencio).

Responde desde el corazón.

Deja que tu corazón hable, no le paralices.

Pedro respondió: El Mesías de Dios.

Tú, responde con amor.

La pregunta que Jesús les ha hecho lleva también una petición: “les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie”.

Lo íntimo, lo verdadero, lo que da vida a nuestra fe se guarda en lo secreto del corazón. Y, es ahí donde crece, en ese silencio vivo, en esa profundidad, donde solo moras tú y el Espíritu de Jesús, la relación  ‘única’  que se establece entre Dios y tu.

Y más adelante, Jesús da la respuesta a esa petición, a esa pregunta, les plantea el seguimiento, el discipulado:

“quien quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9,23-24)

Jesús les propone algo desconcertante, sí, pero precioso, algo que engloba la vida. Ser cristiana/o no es una teoría, tampoco unas leyes. Ser cristiana/o es vivir del evangelio, es un modo de vivir, no es algo que me pongo encima, algo exterior para cumplir, es la vida, el pensamiento traspasado por el amor, la bondad, la entrega.

Hoy, a ti, te invita a descubrir que el Reino de Dios te pertenece y te pide que lo hagas presente en este mundo.

¡Oh Dios, tú eres mi Dios, desde el alba te deseo;

estoy sediento de ti, por ti desfallezco,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

Tu amor vale más que la vida,

te alabarán mis labios;

te bendeciré mientras viva,

te invocaré alzando mis manos.

En mi lecho me acuerdo de ti,

en ti medito en mis vigilias

porque tú has sido mi ayuda,

y a la sombra de tus alas canto de júbilo.

Estoy unido a ti, tu diestra me sostiene (Salmo 62)

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Revelar en mí a su Hijo

jueves, 16 de junio de 2016
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Del blog Pays de Zabulon:

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«Dios tuvo a bien  revelarme a su Hijo, para que yo lo anuncie entre las naciones»
(Gálatas 1, 15-16)

Qué curiosa formula emplea San Pablo para hablar de su conversión: «Dios encontró bueno revelar en mí a su Hijo «. No habla de aparición exterior o de visión sino de revelación. Verbo apocalipto, en griego: revelar, desvelar, como en el Apocalipsis (revelación).

En mí. Revelar en mí.

Cristo se revela en mí…

Hay motivo para pensar, meditar, recibir, allí.
¿Estoy a la escucha de Cristo que se revela en mí?

¿Si está allí, estoy allí?

¿Está allí. ¿Estoy allí?

*

Z – el 7 de junio de 2016

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***

 

 

 

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Espíritu Santo ven a darme tu aliento

miércoles, 15 de junio de 2016
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Del blog de la Communion Béthanie:

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Espíritu del Señor,
Ven a darme tu aliento de vida,
Porque en mí, todo es triste, todo está muerto.

Me pasa a veces quedarme sin aliento,
No sé avanzar, dónde ir,
No sé qué hacer,
No sé qué pedirte.

Ven a soplar en las velas de mi vida,
Sobre todo, dame un corazón
Rebosante de coraje y audacia.
Dame un corazón capaz de amar.

Dame la inteligencia para comprenderte.
Hoy en día, perdí mi fe infantil.
Todo parece confuso, complicado, difícil.
Dame la inteligencia de tu palabra.
ven a quitar mis dudas,
Todo lo que oculta tu rostro tan hermoso.

Dame la fuerza para comprometerme
En mi propio entorno.
Hay tanto sufrimiento, tantos heridos.

Dame tu paz y alegría
Para que mi vida se desarrolle en la belleza y la bondad.
Yo no estoy pidiendo que actúes en mi lugar.
Sobre todo necesito un rostro que me atraiga.

Me gustaría oír, yo también, esta palabra
que removió a los apóstoles:
«No temas … estoy aquí. «

Espíritu Santo, aliento de Dios,
empuja mis velas.

Amen.

*

Guía del peregrino

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La firma de Dios

martes, 14 de junio de 2016
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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«Dios se busca a sí mismo en nosotros y la aridez y la aflicción de nuestro corazón es la aflicción de Dios,  que no es conocido en nosotros, que no puede encontrarse a sí mismo en nosotros porque no nos atrevemos a confiar en la increíble verdad de que El puede vivir en nosotros y puede morar en nuestro ser porque lo elige, porque lo prefiere… Existimos solo para esto, para ser el lugar que El ha elegido para su presencia, su manifestación en el mundo, su epifanía.

Pero nosotros oscurecemos todo esto porque no lo creemos, porque nos negamos a creerlo. No es que odiemos a Dios, sino más bien que nos odiamos a nosotros mismos y hemos perdido la esperanza en nosotros mismos, Si empezáramos a reconocer, humilde pero verdaderamente, el verdadero valor de nuestro yo, veríamos que este valor es el signo de Dios sobre nuestro ser, la firma de Dios sobre nuestro ser.

Por suerte, el amor del prójimo se nos da como camino para comprender esto, pues el amor de nuestro hermano, de nuestra hermana, de la persona amada, de nuestra esposa, de nuestro hijo, está ahí para que veamos, con la claridad de Dios mismo, que somos buenos. Es el amor de quien me ama, de mis hermanos o de mi hijo lo que ve Dios en mí. Y es mi amor a la persona que amo, a mi hijo, a mi hermano, lo que me permite mostrarles que Dios está en ellos. El amor es la epifanía de Dios en nuestra pobreza. «

*

Thomas Merton

***

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(Estas ideas de Merton son la continuación de las que encabezaban la entrada en este blog  «El Problema de Dios«).

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«No apartar a nadie de Jesús». 11 Tiempo ordinario – C (Lucas 7,36–8,3)

domingo, 12 de junio de 2016
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11-TO-262x300Según el relato de Lucas, un fariseo llamado Simón está muy interesado en invitar a Jesús a su mesa. Probablemente, quiere aprovechar la comida para debatir algunas cuestiones con aquel galileo, que está adquiriendo fama de profeta entre la gente. Jesús acepta la invitación: a todos ha de llegar la Buena Noticia de Dios.

Durante el banquete sucede algo que Simón no ha previsto. Una prostituta de la localidad interrumpe la sobremesa, se echa a los pies de Jesús y rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle el amor que muestra hacia quienes, como ella, viven marcadas por el desprecio general. Ante la sorpresa de todos, besa una y otra vez los pies de Jesús y los unge con un perfume precioso.

Simón contempla horrorizado la escena. ¡Una mujer pecadora tocando a Jesús en su propia casa! No lo puede soportar: aquel hombre es un inconsciente, no un profeta de Dios. A aquella mujer impura habría que apartarla rápidamente de Jesús.

Sin embargo, Jesús se deja tocar y querer por la mujer. Ella le necesita más que nadie. Con ternura especial le ofrece el perdón de Dios, luego la invita a descubrir dentro de su corazón una fe humilde que la está salvando. Jesús solo le desea que viva en paz: «Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

Los evangelios destacan la acogida y comprensión de Jesús a los sectores más excluidos por casi todos de la bendición de Dios: prostitutas, recaudadores, leprosos… Su mensaje es escandaloso: los despreciados por los hombres más religiosos tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios. La razón es solo una: son los más necesitados de acogida, dignidad y amor.

Algún día tendremos que revisar, a la luz de este comportamiento de Jesús, cuál es nuestra actitud en las comunidades cristianas ante ciertos colectivos como las mujeres que viven de la prostitución o los homosexuales y lesbianas cuyos problemas, sufrimientos y luchas preferimos casi siempre ignorar y silenciar en el seno de la Iglesia, como si para nosotros no existieran.

No son pocas las preguntas que nos podemos hacer:

  • ¿Dónde pueden encontrar entre nosotros una acogida parecida a la de Jesús?
  • ¿A quién le pueden escuchar una palabra que les hable de Dios como hablaba él?
  • ¿Qué ayuda pueden encontrar entre nosotros para vivir su condición sexual desde una actitud responsable y creyente?
  • ¿Con quiénes pueden compartir su fe en Jesús con paz y dignidad?
  • ¿Quién es capaz de intuir el amor insondable de Dios a los olvidados por todas las religiones?

José Antonio Pagola

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«Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor». Domingo 12 de junio de 2016 11º Ordinario

domingo, 12 de junio de 2016
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32Leído en Koinonia:

2Samuel 12, 7-10. 13:
El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás.
Salmo responsorial: 31: Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
Gálatas 2, 16. 19-21: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Lucas 7, 36-8, 3: Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

En la primera lectura, David, el rey elegido por Dios, ha pecado gravemente. No sólo ha cometido adulterio con Betsabé, esposa de uno de sus generales más leales, sino que además ha hecho matar al esposo engañado. Se ha mofado así del mismo Dios, al arrogarse un derecho abusivo sobre la vida y la muerte en beneficio de sus deseos depravados. Esto merece un castigo. Pero el rey reconoce su delito y se manifiesta humildemente arrepentido. Muestra así la profundidad de su fe, real a pesar de su pecado. Por eso Dios lo perdona. David quedará para siempre como el ejemplo vivo del hombre que, sobrepasando sus miserias, se ha situado en la dinámica divina que, sin desatender la justicia, aplica la misericordia y el perdón a quien se arrepiente, incluso por delitos enormes.

En la segunda lectura, Pablo no cesa de combatir la mentalidad que empuja al hombre a pensar que gracias a sus buenas acciones tiene derechos ante Dios. La religión fundada sobre la obediencia a la ley y sobre un contrato “te doy para que me des” falsea la verdadera relación con el Señor. Este tipo de religión condujo al judaísmo a rechazar el mensaje de misericordia de Jesús, para cerrarse en su frío esquema de la legalidad vacía. La fe transforma radicalmente esta mentalidad y nos hace abrirnos al amor divino tal como se ha mostrado en Jesús.

En el evangelio, una mujer -¡y qué mujer!- se atreve a estropear una sobremesa cuidadosamente preparada. La arrogante entrometida no sólo quebranta las leyes de la buena educación, sino que, además, comete una infracción de tipo religioso: un ser impuro no debe manchar la casa de un hombre socialmente puro (un fariseo).

Por un momento Cristo pierde su dignidad de profeta a los ojos de su anfitrión: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando, y lo que es: una pecadora”.

Ante la situación que se ha presentado, Jesús utiliza el recurso de los sabios: el método socrático de inducir la conclusión correcta a partir de argumentos correctos. En vez de corregir a su anfitrión, lo invita a salir de su ignorancia y a reconocer que el verdadero pecador es él; el fariseo que se cree puro.

La mujer, a nadie ha engañado: ha repetido los gestos de su oficio; la misma actitud sensual que ha tenido con todos sus amantes. Pero esta tarde sus gestos no tienen el mismo sentido. Ahora expresan su respeto y el cambio de su corazón. El perfume lo ha comprado con sus ahorros, que son el precio de su “pecado”. Y sin dudarlo rompe el vaso (cf Mc 14,3), para que nadie pueda recuperar ni un gramo del precioso perfume. Una vez más, el gesto fino y elegante.

Salen aquí a la luz dos dimensiones de la salvación. Por una parte, estalla la libertad propia del amor. En esta comida el fariseo tenía todo previsto y preparado. Pero basta con que una mujer empujada por su corazón entre sin haber sido invitada, y la sobremesa cambia del todo. Por otra parte, el episodio revela la liberación ofrecida por Jesús. El Mesías proclama con sus actos y palabras que el hombre ya no está condenado a la esclavitud de la ley y de una religión alienante. El cristiano es un ser liberado sobre la base de esa fe hecha amor práctico que predica Jesús: “tu fe te ha salvado”.

En la antigüedad las prostitutas eran consideradas esclavas; socialmente no existían. Sin embargo, esta tarde una prostituta escucha las palabras de absolución y de canonización, porque ha hecho el gesto sacramental, ha expresado su decisión de cambiar de vida. Así se coloca a la cabeza del Evangelio. ¿Qué otra cosa pueden significar las palabras de Cristo “tus pecados están perdonados”? Es lo mismo que decir: “María, eres una santa”. Leer más…

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Dom 12.6.16 Porque has amado mucho

domingo, 12 de junio de 2016
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la_soledad Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 11. Ciclo C. Lc 7, 36‒8,3. Éste es el domingo de la “pecadora”, como le llama el fariseo del evangelio. Es el domingo de la mujer que supo amar mucho (como dijo Jesús), a pesar de que había sido prostituida.

Una opinión muy extendida piensa que se trata de María Magdalena, una prostituta que viene arrepentida a los pies de Jesús. Pero no es seguro que se llame María Magdalena, ni que sea la misma mujer de la unción en la cabeza que aparece en Mc 14, 3-9 y paralelos.

El evangelio supone que es “pecadora” (prostituta), pero no se dice si el “pecado” es suyo o es de otros (más bien supone que es de otros). Lo único claro es que ella ha sido capaz de amar (que ha amado mucho, se ha dejado amar por Jesús), y que el amor perdona, crea vida, en contra del fariseo que es incapaz de amar, por mas observante que sea.

He querido que la primera imagen evoque la figura de una mujer sobre el mar, angustiada, pesarosa de la vida, quizá al borde del suicidio, con una espada (o cruz al fondo). Quiero imaginar que ella es la “pecadora” de esta gran parábola, que un día decide ir al encuentro de Jesús.

13427882_601048003405729_627030946950223205_nLa segunda imagen recoge la portada del libro extraordinariamente evocador de Pedro Lamet, No sé cómo amarte… que habla de María Magdalena, que no es una prostituta en el sentido activo, sino una muer prostituida, víctima de una durísima trama de trata de mujeres… Una mujer que sufre bajo la pasión de muchos amos que no aman, hasta que va logrando liberarse y encuentra a Jesús, descubriendo el amor.

La escena del evangelio de hoy constituye el centro del relato de Lamet, que podría titularse María, itinerario de amor, a través de los diversos grados o escalones de la prostitución, que es el pecado de los hombres que la emplean y esclavizan, hasta la libertad que encuentra en el amor de Jesús.

Sólo por ello, por centrar su relato en esta escena, merece la pena leer este relato novelado de evangelio, que pasa de las estaciones de la prostitución de María (Magdala, Cesarea, Petra, Tiberíades…) a las cartas que María escribe en silencio y secreto a Jesús. Ella le dice no sé cómo amarte… Jesús le ha dicho: Sabes amar, as amado mucho.

Pero hoy no quiero hablar de la novela de Pedro Lamet, que dejo para otro día, sino situar y exponer este evangelio del domingo, el evangelio de la mujer prostituida que sabe amar a Jesús (y con Jesús).

Éste es el domingo de la mujer prostituida por otros… que ha buscado el amor y lo ha encontrado en el camino de Jesús. Es el domingo del fariseo que conoce y cumple muchas leyes de pureza legal, pero no ama (no se deja amar), sino que juzga a la mujer prostituida a la que él mismo contribuye a prostituirse de un modo directo indirecto.

Bueno domingo a todos. Gracias Pedro por este libro que tanto me ayuda para comentar el evangelio de este día. Lo seguiré presentando directamente otro día. Un saludo de Mabel.

EL EVANGELIO DE LA MUJER QUE HA SABIDO AMAR MUCHO

1. Situar del texto. Prostitutas y prostituidas; del sexo sagrado a la libertad y a la opresión

La prostitución ha tenido a lo largo de la historia múltiples funciones, entre las que se puede recordar la de tipo religioso: en los grandes santuarios de las diosas, desde Palestina y Babilonia hasta la India, solía haber mujeres, y también hombres: prostitutos sagrados(hieródulas y hieródulas), que actuaban como signo de la divinidad, iniciadoras sexuales de hombres (y mujeres), en el despliegue del amor (en este contexto se puede hablar de Ishtar e Isis, de la hierogamia y del tantrismo).

Pero, en general, la prostitución e ha separado del culto y ha venido a convertirse en una forma de imposición y opresión económica, sexual, afectiva.

Casi todas las culturas, edificadas sobre principios patriarcales, han tolerado la prostitución de las mujeres como una forma de regular la sexualidad de los varones y de mantener seguras las relaciones familiares. En general, la mujer casada se hallaba sometida al marido y carecía de libertad afectiva:

‒ En algunos casos, la prostituta podía convertirse en signo de mujer liberada,ejerciendo funciones superiores, en el plano cultural y social. Por eso ha habido siempre (y sigue habiendo “prostitutas ricas”, desde la hetairas griegas hasta las mujeres de una vida más libre, que llegan incluso a ser “reinas” y que dominan las revistas de corazón de todos los tiempos, especialmente en los nuestros).

Pero la inmensa mayoría de las prostitutas empezaban y terminaban siendo un tipo de esclavas sexuales. La prostitución es un signo especial de pecado masculino, de tráfico de influencias de poder, con millones de dinero en juego (millones vinculados al juego, a los casinos de lujos y a los prostíbulos de barro, con miles y miles de mujeres y niños esclavizados por el dinero del sexo).

2. Evangelio y prostitutas

De esas últimas prostitutas habla el evangelio. Ella son mujeres “violadas, dominadas, destruidas”, muy abundantes en tiempo de Jesús, de gran crisis social y económica:

‒ Se habían multiplicado las mujeres que estaban solas, sin tierra ni trabajo, sin familia ni posibilidades laborales, sin más “capital” que su cuerpo, utilizado por otros,, en un mundo donde sólo importaba la ganancia del sistema. La situación social las condenaba a la “prostitución”, es decir, al desarraigo y al hambre, a la ignominia social y la impureza.

‒ Es evidente que Jesús, profeta de los pobres y excluidos, tuvo que vincularse con ellas, pues se relacionó de un modo especial con los impuros y expulsados de la sociedad, con los enfermos y los locos, con un submundo de hombres y mujeres condenados por la misma sociedad a la opresión laboral y sexual (que muchas veces iban unidas). Leer más…

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Pecado y perdón. Domingo 11 del Tiempo ordinario. Ciclo C.

domingo, 12 de junio de 2016
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JESÚS CON MARÍA MAGDALENA - Jesus-chez-le-Pharisien1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Mucha gente que no ha leído la Biblia piensa que debe ser parecida a las vidas de santos, llenas de ejemplos edificantes. Nada más distinto de la realidad, como lo demuestran las lecturas de hoy.

David, adúltero y asesino (1ª lectura)

La primera lectura requiere una ambientación, porque han mutilado tanto el texto que no se comprende lo que dice.

Una de las misiones principales del rey en la antigüedad era conducir al pueblo a la guerra. Así actuó David en los comienzos, luchando contra los filisteos. Pero años más tarde, cuando hubo que luchar contra Amón (parte de la actual Jordania), envió al ejército al mando de sus generales, mientras él se quedaba en Jerusalén, aprovechando para echarse unas buenas siestas, de las que se levantaba al ponerse el sol. Así lo cuenta la Biblia.

            Una de esas tardes, ve desde su azotea a una mujer muy hermosa, se interesa por ella y le dicen que está casada: se trata de Betsabé, la esposa de uno de sus generales extranjeros, el hitita Urías. Esto no impide a David llamarla y cometer adulterio con ella. Pero la cosa será más grave todavía. Con una estratagema, consigue que los amonitas maten a Urías, para poder casarse con Betsabé.

            Dios no se queda callado, y envía a David al profeta Natán. Este, en vez de denunciar abiertamente el doble pecado, le cuenta al rey un caso que ha provocado su indignación y desconcierto (copio el texto bíblico):

            “Había dos hombres en un pueblo: uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y bueyes; el pobre sólo tenía una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del rico, y no queriendo perder una oveja o un buey, para invitar a su huésped, tomó la cordera del pobre y convidó a su huésped.

            David se puso furioso contra aquel hombre, y dijo a Natán: ¡Vive Dios, que el que ha hecho eso es reo de muerte! No quiso respetar lo del otro, pagará cuatro veces el valor de la cordera.”

            En este momento es cuando comienza la primera lectura de hoy (2 Samuel 12,7 – 10,13).

Entonces Natán dijo a David: «Ese hombre eres tú. Así dice el Señor Dios de Israel: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl.  Te he dado la casa de tu señor y he puesto en tu seno las mujeres de tu señor; te he dado la casa de Israel y de Judá; y si es poco, te añadiré todavía otras cosas. ¿Por qué has menospreciado a El Señor haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y matándole por la espada de los amonitas? Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado la mujer de Urías el hitita para mujer tuya. David dijo a Natán: «He pecado contra el Señor.» Respondió Natán a David: «También el Señor perdona tu pecado; no morirás. 

            Sin la historia previa resulta difícil entender la lectura. Pero lo más importante es la actitud de David: es una canalla, adúltero y asesino, pero también sabe reconocer, inmediatamente, su pecado. Los capellanes de las cárceles comentan que es difícil encontrar a un preso que se reconozca culpable. Y nosotros, ¿cómo somos? ¿Sabemos reconocer humildemente: “he pecado contra el Señor”?

Una prostituta (evangelio)

            En la primera lectura, quien se enfrenta al pecador es un profeta, en nombre de Dios. En el evangelio, quien se enfrenta a la pecadora (una prostituta) es un fariseo; pero no la anima a convertirse, ni siquiera le habla, simplemente la desprecia. En cambio, Jesús, el profeta, antes de perdonarla, la alaba y la defiende.

            Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. 

            Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. 

            Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.»
Jesús le respondió:

            Simón, tengo algo que decirte.

            El dijo:

            Di, maestro.

            Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?
Respondió Simón:

            Supongo que aquel a quien perdonó más.

            El le dijo:

            Has juzgado bien.

            Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón:

            ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.

            Y le dijo a ella:

            Tus pecados quedan perdonados.

            Los comensales empezaron a decirse para sí:

            ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?

            Pero él dijo a la mujer:

            Tu fe te ha salvado. Vete en paz.

El relato comienza contraponiendo a dos personajes: el fariseo, que simboliza a la gente buena, fiel a Dios, escrupulosa en el cumplimiento de todas las normas; y la prostituta, que en la tradición bíblica aparece como un peligro para los jóvenes y no tan jóvenes, porque aparta de la esposa y corrompe.

            Lucas no dice cómo, pero ambos han entrado en contacto con Jesús. Al fariseo le mueve la curiosidad, y lo invita a comer. La prostituta debe haber escuchado o visto algo en Jesús que la ha conmovido y va en su busca.

            El relato, fácil de entender a primera vista, resulta más complejo de lo que parece. De acuerdo con la parábola que cuenta Jesús, A quien poco se le perdona, poco amor muestra. Primero se produce el perdón y, como consecuencia, el agradecimiento. Sin embargo, la mujer manifiesta su agradecimiento antes de que la perdonen: Quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor.

            ¿Cómo se resuelve esta contradicción? Pienso que la solución es fácil: la mujer se ha sentido perdonada antes de entrar en la casa, mucho antes de que Jesús le diga Tus pecados quedan perdonados. Basta imaginarla escuchando uno de los discursos de Jesús en los que hablaba del amor de Dios, de Dios como Padre, de Dios pastor que busca a la oveja perdida; o imaginarla contemplando cómo Jesús come con los seres más odiados de la época, los recaudadores de impuestos (publicanos), y con las mujeres más despreciadas, las prostitutas como ella.

            Una de las grandes diferencias entre David y la prostituta es que David necesita que alguien le tienda una trampa y le obligue a confesar su pecado. La prostituta tiene un corazón más limpio, le basta ver y oír a Jesús para poner en crisis toda su vida. Pero es una crisis saludable. Como le dice Jesús al final, Tu fe te ha salvado. Vete en paz.

            No me detengo en otros aspectos del relato, como su marcado tinte polémico, haciendo que Jesús permita a la prostituta unas acciones escandalosas para cualquier persona biempensante.

            El sacerdote puede optar este domingo por una versión larga del evangelio, añadiendo el texto siguiente:


Y sucedió a continuación que iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

            Relacionando estas palabras con el relato anterior, todo se centra en la relación de Jesús con las mujeres, y de la gran importancia que tenían dentro del grupo de sus seguidores. Marcos, el primer evangelista, lo deja claro al final, durante el relato de la pasión. Lucas, en cambio, quiere que sus lectores lo sepan desde el primer momento. Eran muchas las mujeres que sentían un profundo agradecimiento a Jesús, le acompañaban y ponían sus bienes a disposición del grupo.

El perdón a través de Jesús (2ª lectura)

            La lectura de san Pablo no se elige por su relación con el evangelio, pero hoy es fácil relacionarlos. Ante la realidad del pecado, ¿qué nos salva? El fariseo habría respondido: me salvo yo a mí mismo observando la ley de Moisés. Y muchos cristianos de origen judío seguían pensando lo mismo. Pero Pablo, que había sido fariseo y se había esforzado por cumplir las leyes a rajatabla, al conocer a Cristo advirtió que eso no era cierto. Quien lo había salvado era Jesús, muriendo por él.

Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado. En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí. No tengo por inútil la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces hubiese muerto Cristo en vano. 

Dos ejemplos edificantes

Decía al comienzo que la Biblia no es un conjunto de historias edificantes. Pero a través de una realidad escandalosa de adulterios, asesinatos, prostitución, nos invita a convertirnos, convencidos de que todos podemos repetir, con Pablo, que Jesús me amó y se entregó a sí mismo por mí.

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XI Domingo del Tiempo Ordinario. 12 junio, 2016

domingo, 12 de junio de 2016
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TO-D-X
“Se colocó detrás, a sus pies, y llorando se puso a bañarle los pies en lágrimas y a secárselos con el cabello; le besaba los pies y se los ungía con la mirra.”
(Lc. 7, 38)

Al meditar, y saborear, el texto que nos propone la Iglesia para este domingo, nos encontramos de nuevo con las lágrimas de una mujer. El domingo pasado era el llanto de una madre a la que Jesús se acerca sintiendo compasión, dejándose tocar por su dolor. En esta ocasión, Simón ofrece una comida y además de las mujeres que sirven la mesa, hay al menos una prostituta en la fiesta que él ha organizado. Parece una costumbre muy masculina que atraviesa los tiempos y las culturas, recordemos que la fiesta que se pensó para recibir a los campeones del mundo de fútbol, en Madrid en el 2010, acabó en un club de alterne.

En el Evangelio, nuevamente encontramos las lágrimas de una mujer, pero esta vez el texto, de pronto, nos introduce en el corazón de una mujer prostituta. A diferencia de la viuda de Naín, ahora es ella la que se acerca a Jesús, y lo hace agradecida, llora de gratitud. ¿Cuántas lágrimas de amargura había derramado esta mujer? ¿Cuántas mujeres que se prostituyen lloran mientras realizan su trabajo, mientras “se dejan hacer” por el varón de turno? La prostitución es una tragedia femenina para beneficio del varón. Jamás un hombre comprenderá lo que significa prostituirse, o ser prostituída, porque corroe lo más íntimo de la feminidad de una mujer, su posibilidad de trasmitir vida, sus entrañas. Ningún hombre excepto Jesús, el Maestro, el Señor, que le recuerda con su manera de acogerla que es hija de Dios. Jesús la deja llorar, y se deja hacer por ella. Y a los varones de ayer y de hoy, les da una lección que urge que aprendan, para que el drama que sufren tantas mujeres en todos los lugares y culturas del mundo, desaparezca. “Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt. 25, 40)

Tú eres el Profeta, que anuncias el camino a la Vida,
denuncias el que lleva a la muerte,

y yo quiero ser profeta de tu presencia
con mi mirar, mi acoger, mi denunciar, con mis lágrimas.

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El amor, fuego u hoguera

sábado, 11 de junio de 2016
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Del blog Pays de Zabulon:

feu-brasier

La búsqueda del amor ocupa un gran espacio en mi vida. Tal vez es que le concedo demasiada importancia, pero ¿qué quieres? Amar está en mi naturaleza de hombre, y sinceramente creo que lo más grande que podemos aprender es amar y ser amados. El ser humano está hecho para esto, en primer lugar. Incluso la Palabra de Dios pone el Amor en el centro de su mensaje. Por supuesto, hay mil formas de amar, pero esta no es mi intención de hoy.

Cuando amo, tengo que decirlo, escribirlo, y mostrarlo, tal vez, a riesgo de hacerlo demasiado. El entusiasmo, la corazonada   y el flechazo están reflejados en el mismo letrero: Albergue de la Pasión. A veces el fuego sólo es interiorizado: no hay sentimientos recíprocos, o no quiere ir demasiado rápido en la relación para no asustar a la otra, son las principales razones. Pero el fuego está allí, y muy allí. Al igual que el fuego griego, la llama arde continuamente dentro de mí  esperando un soplo (de amor) para transformarse en hoguera.

*

Loquito
(Anotherdaylight, 4 mars 2011)

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«Cuerpo de Dios», por José Arregi

sábado, 11 de junio de 2016
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Cortesd18febrero2011Día del Corpus en la Iglesia católica, tan popular en Europa y América. Fiesta del cuerpo de Jesús y de todos los cuerpos. Del pan y del vino, fruto de la tierra y de la comunión de todos los seres. La Tierra es un gran organismo viviente. El universo, con sus estrellas y galaxias, sus agujeros negros y sus vacíos, es un cuerpo inmenso.

Mira más cerca. Cada átomo es un cuerpo en que se despliega el universo de inmensamente pequeño. Nuestras imágenes y conceptos se desvanecen: lo que imaginamos como partícula o corpúsculo puede comportarse como onda incorpórea y, a la inversa, la onda incorpórea puede adoptar la forma de partícula. ¿Qué es qué?

Yo me pierdo, pero me alegro de perderme, me lleno de asombro ante el enigma de esa configuración “material” que es cada cuerpo. Nuestros esquemas y fronteras de materia-espíritu, espacio-tiempo, pasado-futuro, lejano-cercano, parecen diluirse. Todo cuerpo está “animado”, y toda “alma” está siempre “incorporada”: emerge de un sustrato “corporal” y se manifiesta en una forma “corporal”. La vida emerge de una aglomeración de materia y se manifiesta en la bacteria o en la flor. La conciencia emerge del cerebro y se manifiesta en la mirada.

Somos cuerpo en relación con todo lo que es. Somos nube, agua, aire. Somos larva y mariposa. Y morera, y pájaro que comió su semilla, o el hombre o la mujer que la plantó, y toda la humanidad. Somos átomos que se preparaban en aquel Big Bang o en otros desde siempre. Somos neuronas formadas de cientos de miles de millones de átomos en relación. Somos partículas de materia abierta, fuente inagotable de posibilidades. Somos espíritu. Somos milagro.

La vida está hecha de materia “inerte”, pero es como si la materia inerte estuviera hecha de aliento vital eterno. Como si la materia fuera espíritu y el espíritu fuera materia, madre de todo lo que es, santa ruah o aliento o espíritu, alma de todos los seres: del aire y del agua que corren, del geranio en flor, del pájaro carbonero que canta, de estos pobres y maravillosos seres humanos en camino que somos, savia, fruto y semilla de la evolución universal. Me postro en el templo del mundo, en el umbral del Misterio que envuelve y anima al universo y a cada cuerpo.

Cuando se instituyó la Fiesta del Corpus Christi hace casi 800 años, no existían todavía las ciencias modernas, ni en la Iglesia católica se toleraba la libertad de opinión. Pensaban que Dios era un Ente Supremo, otro y distinto de todos los entes del Cosmos, y que el cuerpo de Jesús de Nazaret era, en todos los tiempos de todo el universo, el único cuerpo o la única encarnación verdadera de Dios. Y creían que “el cuerpo y la sangre” de Jesús se hacían milagrosamente presentes en el pan y el vino transustanciados gracias a las palabras de consagración pronunciadas en la misa por el sacerdote. Y se contaban leyendas de hostias consagradas de las que brotaba sangre. Honraban el cuerpo de Jesús, pero despreciaban el cuerpo humano, su “carne pecadora”. Condenaban sus pobres placeres, sobre todo los de la gente más pobre.

Celebremos el Corpus de otra forma. Celebremos nuestro cuerpo, tan maravilloso y vulnerable. Cuidemos el cuerpo, sin torturarlo con nuestras obsesiones, sin someterlo a la esclavitud de nuestras modas y miedos. Respetemos como sagrado el cuerpo del otro, sin apropiarnos de él. Sintamos como propio el cuerpo del hambriento, del torturado, del refugiado enfangado o repatriado o ahogado en el mar, de la mujer violada, maltratada, asesinada. Es nuestro cuerpo. Es el cuerpo de Jesús. Es el cuerpo de Dios.

Sí, cuerpo de Dios. Dios no es un ser incorpóreo separado del mundo. No es mundo, pero no es sin mundo. Dios es como el latido íntimo, la energía originaria, la creatividad inagotable, la posibilidad infinita, la luz de la conciencia, el poder del bien, la comunión universal, la Presencia plena en cada parte en un mundo en eterna evolución. Dios es como el Alma o la Conciencia o el Todo o el Infinito emergente, que es infinitamente “más” que la suma de todas las partes que forman el mundo.

Pero no fue primero Dios y luego el mundo, como no es primero la conciencia y luego el cerebro. Son y crecen juntos. ¿Crece Dios? Es una forma de decir. El mundo es realidad abierta a posibilidades infinitas. Y Dios es la apertura del Infinito en un mundo abierto. O el Futuro Infinito presente más allá de nuestras categorías espaciales y temporales. Es. Son metáforas de Dios. Dios es como el alma del mundo y todo el mundo es como cuerpo de Dios. No hay Dios sin cuerpo, ni cuerpo sin Dios. Somos en El/Ella. Es en nosotras/os, infinitamente más que un Tú separado. Toma cuerpo en el trigo que espiga o en la viña que florece en los campos de Olite, en la promesa de amor o en la oración del peregrino en la ermita de Eunate.

Y en ti, amiga, amigo, en tu cuerpo que eres tú, tan efímero pero habitado por el Infinito, el Eterno. Tú también, como Jesús, en comunión con todo el universo en movimiento y evolución, eres cuerpo de Dios. El Infinito se manifiesta y emerge de ti. Acoge su misterio, déjate acoger por el Infinito en ti, deja que suba desde el fondo de ti la voz que te dice: “Te amo”. Haz que Dios sea y entonces serás. Sé cuerpo, metáfora de Dios. Celebra, cuida, sé cuerpo de Dios, epifanía carnal de la Ternura infinita.

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viernes, 10 de junio de 2016
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«TU»

Tú que estás por encima de nosotros,
Tú que eres uno de nosotros,
Tú que estás también en nosotros,
ojalá puedan verte todos también en mí,
ojalá pueda preparar yo el camino hacia ti,
ojalá pueda yo dar gracias por todo lo que me tocará entonces.

Ojalá no me olvide de las necesidades ajenas.
Mantenme en tu amor,
así como quieres que todos moren en el mío.
Ojalá todo lo que hay en mi ser
pueda ser dirigido a tu gloria
y ojalá no me desespere yo nunca.
Porque estoy en tu mano,
y en ti toda fuerza es bondad.

Dame unos sentidos puros, para verte;
dame unos sentidos humildes, para oírte;
dame unos sentidos de amor, para servirte;
dame unos sentidos de fe, para morar en ti.

Tú, a quien no conozco,
pero a quien pertenezco.

*

Dag Hammarskjöld
Marcas en el camino, Seix Barral, 1965

Portrait of Mr. Dag Hammarskjöld, Secretary-General of the United Nations.

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Dios de mi rutina

jueves, 9 de junio de 2016
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Señor, quiero presentar ante ti mi vida cotidiana. Las largas horas y días llenos de todo, menos de ti. Mira esta vida de todos los días, mi Dios amable, que eres misericordioso con el hombre que casi no es otra cosa que vida de rutina.

Mi pobre alma se ha ido convirtiendo como en un inmenso almacén en el cual, un día tras otro, «todo» se le va metiendo por todos lados, sin ton ni son, hasta que queda repleto, desbordante, de vida cotidiana.

Pero ¿cómo he de cambiar esta miseria de mi rutina, cómo he de volverme hacia el único ser necesario que eres tú? ¿Cómo he de huir de la rutina? ¿No me empujaste tú a esta rutina?

Cuando pienso en las horas en las cuales estoy ante tu altar, o rezo el breviario de tu Iglesia, entonces sé que no son los negocios mundanos los que hacen rutina de mis días, sino que soy yo mismo el que soy capaz de transformar los acontecimientos sagrados en horas de rutina gris. Yo convierto mis días en rutina, no ellos a mí.

Por eso sé que si, en última instancia, puede haber un camino que vaya a ti, irá por en medio de mi rutina. Sin la rutina, solamente podría huir hacia ti si en esta santa fuga pudiera dejarme a mí mismo atrás.

Pero si en ningún sitio me has dado un lugar en el cual pueda refugiarme para encontrarte de veras, si en todas las cosas puedo perderte a ti, que eres para mí lo único, entonces he de poder también encontrarte en todas las cosas, porque de otra forma el hombre nunca podría encontrarte en modo alguno, ese hombre que sin ti ni siquiera puede existir. Entonces debo buscarte en todas las cosas, porque cada día es rutina de todos los días, y cada día es día tuyo y hora de tu gracia.

Todo es rutina diaria y día tuyo a la vez. Dios mío, otra vez vuelvo a entender lo que ya sabía desde hace mucho tiempo.

Ni la angustia ni la nada, ni tampoco la muerte, me libran del estar perdido en los objetos del mundo, como dicen los filósofos de hoy, sino solamente tu amor, el amor a ti. Sólo tú, objeto y meta de todas las cosas; tú, que satisfaces plenamente; tú, que te bastas a ti mismo…, eres mi liberación. Tu amor, mi Dios infinito, el amor a ti, que te yergues a través de todas las cosas, a través de su corazón, muy por encima de ellas, hacia tus infinitas latitudes, y te llevas de paso todos los objetos perdidos como himno de loa de tu infinitud. Ante ti toda la multiplicidad se vuelve unidad. Toda dispersión en ti confluye. En tu amor cada exterioridad se torna interioridad. Mediante tu amor toda salida a la rutina de cada día se vuelve incursión hacia tu unidad, la cual es vida eterna.

Mueve mi corazón con tu gracia.

Permite, cuando tiendo la mano a los objetos de este mundo, por la alegría o el dolor, que mediante ellos te comprenda y ame a ti, primer principio de todos ellos. Tú, que eres amor, dame el amor. El amor a ti, para que todos mis días alguna vez desemboquen en el único día de tu vida eterna.

*

Karl Rahner
Palabras al silencio 67-75

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La misericordia, ¿un acto político?

martes, 7 de junio de 2016
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RV8391_ArticoloJosep M. Rambla Blanch. Hace unos meses el papa Francisco inició el Jubileo de la Misericordia, para ayudarnos a vivir la misericordia, la que todo el mundo necesita recibir de parte de Dios, pero también la que debemos practicar para con tanta gente abrumada por el sufrimiento.

Sin embargo, hay palabras traidoras. Palabras que quieren significar cosas buenas, pero sólo oírlas ya suenan mal a los oídos, al menos a algunos oídos. Una de esas es la misericordia. Y no hay que recurrir a las burlas de Nietzsche para constatarlo. Al oír la palabra misericordia muchas personas piensan en sentimentalismo barato, obras de caridad para rehuir la justicia, ayuda a las personas sin pensar en las causas que las hacen sufrir… Un maleficio, una palabra importante, pero engañosa, porque no quiere significar otra cosa que el sentimiento personal profundo por el sufrimiento de los demás, un sentimiento que mueve a la acción sincera y generosa para aliviar este sufrimiento… Corazón y miseria componen las dos partes de esta palabra: un corazón que siente la miseria o sufrimiento de los demás…

La misericordia es pues un sentimiento profundo y dinámico, que no permite que quien lo siente se quede inmóvil o pasivo ante tanto sufrimiento que hay en la humanidad. Es el alma de la solidaridad, de la acción social, del compromiso por la justicia… Por un lado, la compasión es propiamente la actitud permanente que se da en cualquier situación, siempre que hay fraternidad y amor, y por otra parte, la misericordia es la compasión hacia la persona que sufre. Una actitud profunda, una conmoción del corazón, que conduce a los actos de solidaridad…

La fe en un Dios que ama al mundo y por eso es misericordioso

El Dios bíblico es un Dios con sentimientos, que se alegra de haber hecho el mundo y de haber creado al Hombre. “Vio que todo era muy bueno” (Gen 1,31). Pero, más adelante, el relato fundante del Sinaí nos presenta un Dios que, porque ama, siente el sufrimiento del pueblo oprimido, lo quiere liberar y cuenta con Moisés como líder de esta liberación (Ex 3, 7-10). En el AT, a pesar de episodios de la historia del pueblo donde parece que Dios presenta un rostro un poco adusto, y que hay que interpretarlos en el conjunto de la historia de salvación, la constante es que Dios es “compasivo y benigno” (Salmo 103), “su misericordia es eterna” (Salmo 136).

Jesús viene a llevar a la cumbre esta trayectoria de la revelación de Dios. Su vida y su acción revelan al “Padre misericordioso” (Lc 6, 36). Él mismo se manifiesta como el hombre poseído por el Espíritu enviado a liberar todo tipo de esclavitudes y a anunciar una buena noticia a los pobres anunciando un mundo nuevo (Lc 4, 16-21). Este hombre espiritual resulta desconcertante, porque relativiza costumbres, ritos y prácticas religiosas, incluso el Templo, y se relaciona con gente pobre y de mala reputación. Y cuando, movido por este desconcierto, Juan envía a sus discípulos a preguntarle si es él el que espera todo el pueblo, Jesús les responde con este signo de identidad de su misión: curar enfermos, hacer andar cojos, resucitar muertos y anunciar una buena noticia a los pobres (cf. Mt 11, 2-6). Porque, ante las necesidades y sufrimientos de los demás, a Jesús “se le removían las entrañas, es decir, el sufrimiento de los otros le conmovía.

El “principio-misericordia”

De acuerdo con toda esta visión de la tradición del AT y del NT, hace ya más de veinticinco años Jon Sobrino formuló el “principio-misericordia”, inspirándose en la expresión de Ernst Bloch, el “principio-esperanza”. Porque la misericordia es lo que mueve toda la acción de Dios en el AT y de Jesús en el NT. Jesús hace muchas cosas y en muchos lugares (enseña, cura, denuncia, alimenta, dialoga, etc.), pero la misericordia es lo que inspira y mueve todo en su vida y acción. Siente a fondo el sufrimiento de la gente, antes que ocuparse del pecado se preocupa de aliviar su dolor. Un hecho, sin embargo, hay que remarcar, que Jesús no se limita a la esfera de lo privado, sino que extiende la misericordia a dimensiones colectivas y públicas: reparte el alimento a una multitud, interpela a los ricos, predica a las masas y las alienta, denuncia los abusos de las autoridades religiosas y políticas, se enfrenta a los manipuladores de la religión del Templo…

La misericordia política

Este principio-misericordia es, pues, lo que ha de iluminar y conducir la vida de los seguidores de Jesús, y de la Iglesia como comunidad. Es lo que el Vaticano II marcó como orientación de la Iglesia del futuro, una Iglesia samaritana, una Iglesia de la misericordia. Una misericordia que abarca las relaciones más inmediatas y cercanas de las personas, pero que tiene que hacer frente también al ámbito estructural del mal y de la injusticia. Nos lo recuerda el papa Francisco: “La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder con todas sus fuerzas” (Evangelii Gaudium 188). Esta sería la gran eficacia de nuestra solidaridad y compromiso por un mundo más fraterno y justo: ser personas, comunidades y grupos marcados por una pasión, la del sufrimiento de los demás. Imaginemos qué pasaría si en los ayuntamientos, en los parlamentos, en el Consejo de Seguridad de la ONU, en el Banco Mundial o el FMI hubiera la mitad de las personas con el virus de la misericordia… Precisamente el papa Francisco, al convocar el Año de la Misericordia 2016, llama a la conversión a los que cometen actos criminales a menudo movidos por la codicia, a las personas que adoran el dinero y causan un mundo injusto, a las que navegan en medio de la corrupción… Y los llama a experimentar la misericordia de Dios, que si la acogen los transformará en misericordiosos. Si el principio-misericordia fuera el motor de nuestra sociedad, se confirmaría que “la misericordia es un acto político” (Louis Lebrêt).

Misericordia con humildad y con alegría

No seamos ingenuos, no miremos la sociedad desde fuera, como si los males sólo vinieran de los demás. Como aquel fariseo de la parábola que juzgaba a todos y él se sentía reconfortado con sus prácticas y ritos religiosos. El evangelio nos dice que al final de la historia “todo el mundo” será juzgado no por el mal que ha hecho, sino por el bien que ha dejado de hacer, por la falta de misericordia… “Tenía hambre…, tenía sed…, era forastero…, estaba desnudo…, enfermo y en la cárcel…, y no me hicisteis caso” (Mt 25, 31-46). Un reconocimiento leal de lo que no hacemos y podríamos hacer para cambiar las cosas, por nuestras complicidades y silencios, por nuestras pasividades ante la injusticia, sería una excelente colaboración a la sociedad del cambio, a una nueva sociedad. Y, por ello, el Papa habla a los cristianos de la renovación del sacramento de la reconciliación, que puede ser un momento de reconocimiento sincero de nuestra poca misericordia, que nos abra a la misericordia de Dios, nos empuje a una verdadera y generosa solidaridad y nos haga probar la bienaventuranza de “felices los misericordiosos” (Mt 5, 7).

Por eso, este tiempo que el papa Francisco ha querido poner bajo el signo de la misericordia, podría ser también el tiempo de la recuperación de una verdadera alegría, la de las personas que acogen la misericordia de Dios abriéndose a la vez a la búsqueda de la justicia y al trabajo de la paz. No creo que muchos lleguemos a alcanzar el nivel de Etty Hillesum, que en medio de un campo de concentración, sufriendo, rebelándose y luchando, aún podía exclamar: “la vida es bella”. Pero sí podemos “practicar misericordia con alegría”, como recomendaba san Pablo (Rom 12, 8). Tal vez haremos realidad, aunque sea un poco, el sueño del profeta: “Libera a los que han sido encarcelados injustamente… deja libres a los oprimidos… comparte tu pan con el hambriento, acoge en tu casa a los pobres vagabundos, viste al que va desnudo. ¡No los rehúyas, que son hermanos tuyos! Entonces brillará como el alba tu luz y tus heridas se cerrarán en un momento… Entonces tu luz se alzará en la oscuridad, tu atardecer será claro como el mediodía… Serás como un huerto empapado de agua, como una fuente que nunca cesa” (Is 58, 6-11).

Fuente Cristianismo y Justicia

Imagen extraída de: Radio Vaticano

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Espíritu de Dios, memoria de Jesús

lunes, 6 de junio de 2016
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24.the_trinity-blanchard-lowresT0más Maza Ruiz
Madrid

ECLESALIA, 20/05/16.- Los relatos de la venida del Espíritu Santo en la liturgia de Pentecostés parecen contradictorios: en Hechos 2, 1-11 hay un ruido como de “un viento recio” y aparecen unas como lenguas de fuego que se posan sobre las cabezas de cada uno de ellos y llenos del Espíritu Santo empezaron a hablar lenguas extranjeras. Sin embargo en el evangelio de Juan (20, 19-23) dice simplemente que Jesús se apareció a los discípulos encerrados por miedo a los dirigentes judíos, les dio la misión de predicar su mensaje y soplando sobre ellos les dijo “recibid el Espíritu Santo”.

En las predicaciones se nos dice que el Espíritu Santo es el gran desconocido y se nos exhorta a tener devoción hacia este Espíritu Santo. Pero nos quedamos igual porque en nuestro interior pensamos: ¿y quién es el Espíritu Santo?

Parece que el llamado dogma de la Santísima Trinidad lo formularon los llamados Padres capadocios, Basilio de Cesarea, Gregorio de Nisa y Gregorio de Nacianzo en el siglo IV. Como dice Karen Armstrong en su precioso libro “Una historia de Dios”: “los Padres capadocios elaboraron este paradigma imaginativo, entre otras razones, para evitar que Dios se convirtiera en una realidad tan racional como lo había sido en la filosofía griega… La Trinidad recordaba a los cristianos que la inteligencia humana no puede comprender la realidad de lo que llamamos Dios… En lugar de considerarla una afirmación sobre Dios, se ha de tener, quizá por un poema o una manifestación teológica que se encuentra a caballo entre lo que los simples mortales piensan y aceptan sobre “Dios” y el reconocimiento tácito de que cualquier afirmación de este tipo sólo puede ser provisional…. En el Concilio de Nicea (325) sólo hubo tres teólogos occidentales. Muchos cristianos de Occidente no estaban a la altura de la discusión y como no podían comprender parte de la terminología griega se sentían descontentos con la doctrina de la Trinidad. Quizá no era completamente traducible a otra lengua. Cada cultura ha de crear su imagen de Dios.”

Yo diría que no solamente cada cultura sino que cada persona cristiana debe hacerse una imagen (simbólica, claro está) de lo que representa Dios para él. Así, aunque sea muy difícil de explicar quiero decir lo que significan para mí Dios, Jesús y el Espíritu Santo.

Cuando visitamos Toledo decimos que el espíritu de El Greco se respira en aquel lugar y si estamos en Salzburgo sentimos el espíritu de Mozart. Son expresiones metafóricas que no tienen nada que ver con que los fantasmas de El Greco o de Mozart estén deambulando por aquellos lugares. También cuando recordamos a nuestros padres o a las personas que han dejado huella en nuestras vidas sentimos como su presencia entre nosotros.

Dios no está arriba en el cielo. El cielo es la metáfora de lo que no podemos alcanzar. Dios, creo que lo decía San Agustín, es más íntimo para cada uno de nosotros que nuestro más profundo interior pero como no podemos definir lo que sentimos más profundamente tampoco podemos definir a Dios. El Espíritu Santo es el Espíritu de Dios, el Espíritu de Jesús, no es un soplo, una paloma o una lengua de fuego. Está siempre actuando desde nuestro yo más profundo. Los relatos bíblicos como los que se refieren a la liturgia de Pentecostés no son otra cosa que imágenes metafóricas de cómo se manifiesta Dios a cada uno de nosotros.

¿Y cómo se manifiesta Dios? Ya lo dice el apóstol Juan: “Dios es Amor”. Por lo tanto lo que transmite el Espíritu de Dios es amor. Pero también el Espíritu es memoria de Jesús. Jesús repite a los discípulos que todo lo que Él enseña no lo pueden asimilar de momento. El Espíritu se encargará de recordárselo todo y entonces comprenderán. Así es la naturaleza humana. Cada uno va acumulando recuerdos que muchas veces pasaron inadvertidos en su momento y al rememorarlos caemos en la cuenta de su significado. A lo largo de nuestra vida hemos acumulado recuerdos de personas, de situaciones y palabras que al cabo del tiempo adquieren un significado nuevo. Las enseñanzas que recibimos como revelaciones de Dios en el pasado hay que rememorarlas, digerirlas para interpretarlas a la luz de los acontecimientos de la vida. En esto nos acompaña el Espíritu de Dios. Los dogmas no son fósiles que hay que conservar en un altar. Son semillas para nuestro crecimiento interior que tenemos que desarrollar para que nos ayuden en el camino de la vida. Como en la parábola de los talentos no hay que enterrar la moneda sino hacerla fructificar.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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«El sufrimiento ha de ser tomado en serio». 10 Tiempo ordinario – C (Lucas 7,11-17)

domingo, 5 de junio de 2016
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10-TO-300x286Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.

En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también este acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?

El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, «el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores». Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.

No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: «No llores». Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.

No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: «Muchacho, a ti te lo digo, levántate». Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús «lo entrega a su madre» para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.

Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.

En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo».

Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando.

José Antonio Pagola

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«¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». Domingo 5 de junio de 2016 10º Domingo ordinario

domingo, 5 de junio de 2016
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432933494_640Leído en Koinonia:

1Reyes 17, 17-24: Mira, tu hijo está vivo.
Salmo responsorial: 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Gálatas 1, 11-19: Reveló a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles.
Lucas 7, 11-17: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

La historia de la viuda de Sarepta y del profeta Elías, según la primera lectura, marcará profundamente la fe de Israel. La generosidad de una mujer, que comparte desde su pobreza lo poco que tiene, conmueve al profeta Elías y al mismo corazón de Dios, hasta el punto de compensarla con el regalo de la vida. Elías por su parte, es recordado como un gran profeta y, como vemos, su misión va más allá de las fronteras del judaísmo. Muchos creyeron que Juan Bautista, e incluso Jesús, eran el nuevo Elías. La historia de este milagro nos invita a confiar profundamente en Dios, pues la confianza traducida en fe posibilitará siempre el cumplimiento de las promesas.

El texto de Gálatas nos advierte que la Buena Nueva anunciada por Pablo viene del propio Jesús. Pablo reconoce sus errores cuando fue perseguidor de la Iglesia cristiana primitiva, pero también agradece el favor de Dios al revelarle a su Hijo Jesús para el anuncio del evangelio en medio de los gentiles. La misión se abre a nuevas fronteras, no hay excusas para seguir cerrados creyendo que la salvación es propiedad exclusiva de los judíos. Jesús insiste en abrir el Reino más allá de las fronteras del judaísmo.

El evangelio de Lucas nos narra hoy un milagro de resurrección por parte de Jesús. Naín era, y continúa siendo, una pequeña aldea cerca de Nazaret. Jesús iba con sus discípulos cuando se cruzaron con el entierro del hijo único de una viuda. Las viudas, según la tradición bíblica, eran vulnerables, y más aún si no tenían en la familia un hijo varón que les garantizara seguridad y dignidad. Sólo el hombre garantizaba para ellas un status dentro de la sociedad, pues eran consideradas de alguna manera «objetos de propiedad», primero del padre y luego de su marido. Eran valoradas especialmente por su condición de procreadoras. La viuda de Naín está pasando por una segunda dura prueba, porque la pérdida de su hijo suponía además la pérdida de dignidad y consideración en la sociedad donde vivía. El llanto de la viuda es el grito silencioso de una mujer que siente no sólo pérdida de su hijo sino también su destino de vulnerabilidad, exclusión y desigualdad. Es el llanto que denuncia el machismo y la discriminación social.

Jesús se conmueve por la suerte de esta mujer, se solidariza, la mira y la toma en cuenta, le pide que no llore, se acerca al féretro… y ordena al muchacho difunto que se levante. Finalmente, Jesús coloca al muchacho con vida en brazos de su madre. Jesús transgrede de nuevo las reglas excluyentes de aquella sociedad, devolviendo la vida y la dignidad a la mujer. Leer más…

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Dom 5.6.16. Viuda de Naim, el centro de la Iglesia

domingo, 5 de junio de 2016
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lc71117Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 10 tiempo ordinario, ciclo c. Hoy evoca la liturgia el tema de las viudas, con el relato de Elías (1 Rey 17) y el evangelio de Naím (Lc 7, 11-17). Éste es un motivo poderoso:

El cristianismo se edifica sobre el cuidado de los viudas (con los huérfanos, extranjeros y pobres…), no sobre el cargo o jerarquía de un tipo de ministros ordenados, varones de los que traté ayer.

Los ministros de la Iglesia son necesarios, pero ellos vienen en un segundo lugar. El centro y misterio de la Comunidad de Jesús lo formas los huérfanos y viudas, como muestra este relato del milagro de Naim.

1. Asumiendo una fuerte tradición de Israel (ayuda a huérfanos, viudas y extranjeros), Jesús ha insistido en la importancia de las viudas, es decir, de las mujeres sin protección legal o económica. Como dirá su hermano Santiago, la religión pura consiste en ayudar a las viudas, es decir, en crear un mundo donde las mujeres excluidas puedan ser valoradas, tengan dignidad (Sant 1, 27). Ellas han de ser el principio y cimiento de la Iglesia (como lo sigue sabiendo de alguna forma la tradición de Pablo en 2 Tim 5).

2. Hoy, como en tiempo de Jesús, estamos cayendo en el riesgo de construir un mundo de viudas, es decir, de mujeres abandonadas y utilizadas, sin concederles más iniciativa que la de asistir al entierro de sus hijos (sin nadie que las defienda). Es como si hubiéramos pensado que ya no hay remedio para mujeres como esta viuda, mujeres condenadas a la soledad o la opresión, que no pueden tomar las riendas de la vida porque no les dejan.

3. La estrategia de Jesús no consiste en ayudar sólo a la viuda, sino en «levantar» a su hijo, no dejando que le entierren, para dárselo de nuevo a la madre, diciendo (implícitamente) a todos que ofrezcan un espacio de vida para viudas y extranjeros, para huérfanos y enfermos. Ésta es la primera «iglesia» de Jesús, una viuda con su hijo, allá a las afueras de Naim; éste es el verdadero sacerdocio de su nueva religión (Sant 1, 27: Ayudar a huérfanos y viudas).

4. Esa estrategia de Jesús no es de tipo asistencial, sino liberador. No ayuda pasivamente a la viuda, dejándola sometida (en una casa de encerramiento), sino que le da a su hijo, para que ambos inicien un camino nuevo, activo, comprometido, en el seno de la comunidad.

5. La Iglesia actual, si quiere ser fiel a la inspiración y primera acción de Jesús, tendrá que asumir la defensa y promoción de las viudas, es decir, de las mujeres “sin fortuna”, utilizadas, solas, manejadas. Es buena la solución de Jesús (que el hijo ayude a su madre viuda), pero otras soluciones y caminos que deberán ser asumidos y desarrollados en nuestro tiempo, poniendo de relieve la creatividad de las mismas viudas. Dejar el entierro, iniciar la vida, de un modo distinto. Esa será la tarea.

6. Retomar el camino de la Iglesia desde las viudas, es decir, desde las mujeres que parecen condenadas a la soledad y al llanto, ha sido y sigue siendo la primera tarea de la Iglesia. No es que la Iglesia (o sociedad) les tenga que ayudar a ellas. Serán ellas las que levanten la Iglesia, ellas, las más importantes, las iniciadoras de una nueva comunión humana, desde su conocimiento sufrido, desde su esperanza.

Desde ese fondo quiero recoger algunos rasgos de estas dos historias de viudas, la de Elías y la de Jesús. Los lectores tienen la palabra y verán en estas historias muchas cosas más, que y aquí no he destacado.

1. ELÍAS Y LA VIUDA DE SAREPTA

Unido a Eliseo, su discípulo, Elías aparece como profeta de juicio (ordalía del Carmelo, revelación en el Horeb, monte de Dios: cf. 1 Rey 18-19) y como carismático, capaz de realizar milagros a favor de los enfermos y excluidos de la sociedad, incluso más allá de las fronteras de Israel, como cuentan sus historias, y las de Eliseo su discípulo (cf. 1 Rey 17-21 y 2 Rey 1-8). Éstas y otras narraciones sobre Elías y Eliseo circulaban en tiempo de Jesús y alimentaban la imaginación y la esperanza de muchos judíos piadosos. Por eso, tenemos que recordarlas.

Le fue dirigida la palabra de Yahvé a Elías diciendo: «Levántate y vete a Sarepta de Sidón y quédate allí, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te dé de comer»… Después de estas cosas, el hijo de la dueña de la casa cayó enfermo, y la enfermedad fue tan recia que se quedó sin aliento. Entonces ella dijo a Elías: «¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¿Es que has venido a mí para recordar mis faltas y hacer morir a mi hijo?».

Elías respondió: «Dame tu hijo». Él lo tomó de su regazo y subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho. Después clamó a Yahvé diciendo: «Yahvé, Dios mío, ¿es que también vas a hacer mal a la viuda en cuya casa me hospedo, haciendo morir a su hijo?». Se tendió tres veces sobre el niño, invocó a Yahvé y dijo: «Yahvé, Dios mío, que vuelva, por favor, el alma de este niño dentro de él». Yahvé escucho la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió. Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba de la casa y se lo dio a su madre. Dijo Elías: «Mira, tu hijo vive»… (1 Rey 17, 9-23).

Perseguido en Israel (quieren matarle), Elías se refugia en una ciudad de Fenicia, en tiempo de hambre y pide la ayuda de una pobre viuda pagana, que le acoge y alimenta… Más tarde, cuando ha pasado el hambre, el hijo de la viuda muere y Elías se lo “resucita”.

Ésta es, sin duda, una historia popular, que recoge y reelabora recuerdos antiguos en los que se evocaba la figura de Elías no sólo como profeta de Israel (en línea política dura, en contra de sus reyes, Ajab y Jezabel), sino como hombre de Dios y sanador, por encima de las fronteras de Israel.
Al Dios de Elías no le importa ya el triunfo del yahvismo, ni la pureza religiosa de Israel (como en los textos de la tradición más dura de 1 Rey18), sino la vida de los hombres y mujeres, y en especial la de las viudas y los huérfanos, dentro o fuera de las fronteras de la nación escogida.

La viuda de Sarepta no es yahvista, ni Elías quiere “convertirla”, y sin embargo ambos se ayudan, en un gesto de fuerte generosidad que incluye tres motivos principales:

‒ En la base está la generosidad» de la viuda pagana, que concede al profeta un comida que ella y su hijo habrían necesitado.

‒ En el centro hay un «milagro de abundancia» del profeta, a favor de la viuda y de su hijo: “el cántaro de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará…”. No te harás pobre por dar de lo que tienes.
‒ Hay, finalmente, «un milagro de vida»: que el hijo de la viuda extranjeros pueda vivir, viva, como signo de bendición y presencia de Dios, precisamente en el momento en que va a comenzar el juicio del Carmelo (1 Rey 18)

Elías aparece así como defensor del más duro yahvismo, pero viene a mostrarse en otro sentido como defensor de viudas y necesitados. En ese contexto se sitúan sus milagros (multiplicar la comida, resucitar a los muertos…), fundados en la fe de una mujer extranjera, que es capaz de dar al profeta lo que ella tiene (para sí y para su hijo). Esta fe y generosidad de la mujer (que no es israelita) ofrece uno de los signos religiosos y humanos más profundos de la Biblia Judía.

2. JESÚS Y LA VIUDA DE NAIM

Es evidente que Jesús se ha situado en la línea de Elías. (a) Por un lado él quiso recrear la experiencia israelita de Dios, a quien invoca como Padre. (b) Por otro lado ha sido profeta de los pobres y enfermos, de las viudas y de los hambrientos, un hombre del pueblo. Desde ese fondo ha de entenderse este relato capital de Lucas::

Evangelio: Lucas 7, 11-17

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.
Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.»

Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

1. Milagro típico. Posiblemente, este pasaje no es histórico en el sentido material (externo) de ese término, aunque es difícil asegurarlo. La mención de Naim (no justificada por ninguna otra causa) puede referirse al recuerdo de algún gesto sanador de Jesús en aquella aldea, cerca del Tabor.

2. Fondo histórico. Dejando a un lado el carácter literal del milagro (descrito en forma solemne y ejemplar), el gesto recoge la mejor tradición de Jesús que se ha ocupado de un modo especial de los “marginales” de la sociedad y de un modo especial de las viudas. Para él, igual que para su “hermano” Santiago, la religión verdadera consiste en asistir a las viudas en su tribulación (Sant 1, 27).

3. Jesús rompe el tabú de la muerte: Toca el féretro, grita al muerto y le dice que se levante. Ésta es la palabra clave de Jesús: Que el hijo de la viuda se levante... que retome su camino. Jesús no tiene miedo de la impureza de la muerte, sino todo lo contrario; quiere luchar y lucha en contra de ella, a favor de la vida (del Reino de la resurrección). Jesús quiere detener y detiene la procesión de entierro del hijo de la viuda, para que viva el hijo, para que se alegre la viuda, para que todos puedan invertir el gran camino de muerte en que hemos convertido nuestra existencia en el mundo.

4. Los asistentes reacciones diciendo que un Gran Profeta ha surgido en el pueblo… evocando la figura de Elías. Jesús no aparece aquí con rasgos cristológicos posteriores, ni como Mesías, ni como Hijo de Dios… sino simplemente como profeta, pero como profeta grande, en la línea de Elías.

5. Éste es, como he dicho, un milagro para la viuda (no directamente para el muchacho muerto). Jesús quiere que la viuda pueda vivir, que tenga alguien que le acompañe. Por eso el texto termina diciendo que Jesús entregó el muchacho a su madre. Son ellos los que tienen que terminar la historia.

CONCLUSIÓN. IGLESIA DE VIUDAS, IGLESIA PARA LAS VIUDAS

a. Las viudas son un signo de todos los necesitados, en especial de las mujeres abandonadas y oprimidas, maltratadas y excluidas, en un mundo que sigue estando dominado por principios de tipo patriarcalista, en línea de poder y de dinero.

b. Estas viudas forman (con los huérfanos y extranjeros, con los hambrientos y sedientos, los desnudos y encarcelados…) el principio y centro de la Iglesia. El hecho de que haya mujeres-sacerdotes resulta al fin secundario, lo mismo que la existencia de nuestro tipo de obispos o presbíteros. El corazón de la Iglesia lo forman las viudas (con los pobres y enfermos). Ellas son los primeros “sacerdotes” de la Iglesia.

c. Ayudar a las viudas (es decir, crear un mundo donde puedan vivir los pobres y las viudas, los huérfanos y enfermos, los extranjeros y encarcelados) constituye un elemento esencial de la vida de la Iglesia, como indican las obras de misericordia de Mt 25, 31-46.

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«Tres formas muy distintas de resucitar a un muerto». Domingo 10º del Tiempo Ordinario. Ciclo C

domingo, 5 de junio de 2016
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elijah-raising-dead-595x360Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El relato del evangelio que leemos este domingo, la resurrección del hijo de la viuda de Naín, recuerda otros milagros parecidos: la resurrección de la hija de Jairo y la de Lázaro. Con esta última, el evangelista Juan nos enseña que Jesús es la resurrección y la vida, y aunque Lázaro, o cualquiera de nosotros, muera, vivirá gracias a Él.

            Lucas, en este relato que solo se encuentra en su evangelio, no enfoca el tema del mismo modo. Lo que pretende demostrar es el enorme poder y bondad de Jesús, comparándolo con los dos mayores realizadores de milagros del Antiguo Testamento: Elías y Eliseo. De este modo deja claro que está perfectamente justificado creer en Jesús y aceptarlo como salvador.

Primera forma: con oración y esfuerzo: Elías (1 Reyes, 17,17-24).

El profeta Elías predijo un período largo de sequía, y él mismo tuvo que pagar las consecuencias, debiendo desplazarse a la costa de Fenicia, a Sidón. Allí lo acogió una viuda que tenía un solo hijo. Al cabo de un tiempo, ocurrió lo siguiente.

                    17Más tarde cayó enfermo el hijo de la dueña de la casa; la enfermedad fue tan grave, que murió. 18Entonces la mujer dijo a Elías:

            – ¡No quiero nada contigo, profeta! ¿Has venido a mi casa a recordar mis culpas y matarme a mi hijo?

            19Elías respondió:

            -Dame a tu hijo.

            Y tomándolo de su regazo, se lo llevó a la habitación de arriba, donde él dormía, y lo acostó en la cama. 20Después clamó al Señor:

            -Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda en su casa la vas a castigar haciéndole morir al hijo?

            21Luego se echó tres veces sobre el niño, clamando al Señor:

            – ¡Señor, Dios mío, que resucite este niño!

            22El Señor escuchó la súplica de Elías, volvió la vida al niño y resucitó. 23Elías tomó al niño, lo bajó de la habitación y se lo entregó a la madre, diciéndole:

            -Aquí tienes a tu hijo vivo.

            24La mujer dijo a Elías:

            – ¡Ahora reconozco que eres un profeta y que la palabra del Señor que tú pronuncias se cumple!

            El relato pretende subrayar el poder de Elías, capaz de conseguir que Dios resucite a un niño. La historia tuvo tanto éxito que poco después se contó algo muy parecido del discípulo de Elías, Eliseo. Este segundo milagro no tuvo lugar en el extranjero, en Fenicia, sino en territorio de Israel, en Sunén, a dos kilómetros de Naín. Habría sido mucho mejor elegir este texto para compararlo con el evangelio, pero no vale la pena quejarse de los liturgistas.

resurrecci_n_hijo_viuda_de_na_m-_iglesia_greco_cat_lica_rumanaSegunda forma: sin oración, pero con compasión: Jesús (Lucas 7,11-17).

                11A continuación se dirigió a una ciudad llamada Naín, acompañado de los discípulos y de una gran multitud. 12Justo cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de una viuda; la acompañaba un grupo considerable de vecinos. 13Al verla, sintió compasión y le dijo:

            ―No llores.

                    14Se acercó, tocó el féretro, y los portadores se detuvieron. Entonces dijo:

            ―Muchacho, contigo hablo, levántate.

                    15El muerto se incorporó y empezó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. 16Todos quedaron sobrecogidos y daban gloria a Dios diciendo:

            ―Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo. 17La noticia de lo que había hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea.

Comparando el relato de Lucas con la primera lectura se advierten importantes diferencias.

            Actitud de la madre

En el caso de Elías, se queja y protesta.

            En el caso de Jesús, no dice nada, cosa lógica porque no lo conoce ni ha convivido con él.

            Acciones del protagonista

Elías toma al niño, lo sube a la habitación de arriba, lo acuesta en la cama, clama al Señor, se echa tres veces sobre el niño, entrega al niño a su madre.

            Jesús siente compasión, detiene el féretro, ordena al muchacho que se levante.

            Lo más llamativo es que Jesús no ora, no tiene que pedir a Dios que resucite al niño, tiene el poder de resucitarlo. En cuanto al tema de la compasión, es muy importante cuando se compara con la actitud de Eliseo (el episodio que no leemos).

            Lugar del milagro

            Elías lo realiza en la habitación de arriba, y lo mismo ocurre en el caso de Eliseo. Se trata de algo secreto, de lo que solo son testigos Dios y el profeta.

            Lucas presenta el milagro de Jesús como algo público, presenciado por numerosas personas. Jesús llega a Naín acompañado de los discípulos y de una gran multitud. En dirección contraria otro grupo numeroso: a la madre la acompañaba un grupo considerable de vecinos.

            El poder de Jesús contará con numerosos testigos.

            Reacción de la gente

            La viuda de Eliseo termina confesando: ¡Ahora reconozco que eres un profeta y que la palabra del Señor que tú pronuncias se cumple!

            De modo parecido, la multitud que presencia el milagro de Jesús exclama: Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo.

Tercera forma: revelando a su Hijo: Dios Padre (Gálatas 1,11-19)

            La segunda lectura carece de relación con la primera y el evangelio. No habla de un muerto, sino de una persona repleta de energía, Pablo, que la gasta en perseguir violentamente a la iglesia. En este sentido podemos decir que también él está muerto. Y quien lo resucita es Dios Padre, revelándole a su Hijo, Jesús. Estamos acostumbrados a relacionar esta “resurrección” con la famosa caída del caballo que cuenta Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Pablo, en la carta a los Gálatas, no da detalles de ese tipo. Se limita a lo esencial: su experiencia de haber descubierto quién es realmente Jesús.

                    11Os hago saber, hermanos, que el evangelio que os anuncié no es de origen humano; 12pues yo no lo recibí ni aprendí de un hombre, sino que me lo reveló Jesucristo. 13Habéis oído hablar de mi conducta precedente en el judaísmo: Violentamente perseguía a la iglesia de Dios intentando destruirla; 14en el judaísmo superaba a todos mis paisanos de mi generación, en mi celo ferviente por las tradiciones de mis antepasados. 15Pero, cuando el que me apartó desde el vientre materno y me llamó por puro favor, tuvo a bien 16revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a los paganos, inmediatamente, en vez de consultar a hombre alguno 17o de subir a Jerusalén a visitar a los apóstoles más antiguos que yo, me alejé a Arabia y después volví a Damasco. 18Pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y me quedé quince días con él. 19De los otros apóstoles no vi más que a Santiago, el pariente del Señor.

Conclusión

            Las tres lecturas nos ayudan y animan a conocer más profundamente a Jesús. Alguien muy superior a un gran profeta, como Elías. Alguien muy distinto de un hereje, como pensaba Pablo antes de convertirse. Pero este conocimiento no se adquiere con la simple lectura y comparación de textos. Es una gracia que Dios concede, como a Pablo. Una gracia que debemos pedir, como insiste Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales: “conocimiento interno del Señor, para que más le ame y le siga”.

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