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Archivo para Domingo, 1 de noviembre de 2015

Todos santos, aquí y ahora.

Domingo, 1 de noviembre de 2015

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La vida futura es el opio del pueblo, es una mistificación que hace esperar del futuro un cambio que no no se habría producido o por lo menos no se ha preparado en el presente.

La verdadera fe cristiana no es la fe en una vida futura, sino en la vida eterna, y si es eterna, sólo se necesita un momento de reflexión para comprender que ya se ha iniciado. Vivimos ahora, o no viviremos nunca.

*

Luis Evely, “Ese hombre eres tú” (1957), p. 58

***

 

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:

“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.”

*

Mateo 5,1-12a

***

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , ,

“Creer en el Cielo”. Todos los Santos” – B (Mateo 5,1-12).

Domingo, 1 de noviembre de 2015

31-852867En esta fiesta cristiana de «Todos los Santos», quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.

Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.

Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.

No me resigno a que Dios sea para siempre un «Dios oculto», del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.

Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el Apocalipsis pone en boca de Dios: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida». ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.

José Antonio Pagola

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“Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. Domingo 1 de noviembre de 2015. Domingo 31 ordinario. Todos los Santos

Domingo, 1 de noviembre de 2015

58-TodoslossantosALeído en Koinonía:

Apocalipsis 7,2-4.9-14: Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.
Salmo responsorial: 23: Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor. 1Juan 3,1-3Veremos a Dios tal cual es.
Mateo 5,1-12a: Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Se celebra hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Qué bueno sería que los «santos» en ella celebrados no se redujeran sólo a los del “mundo católico”, los santos de nuestro pequeño mundo, de la Iglesia Católica, sino a «todos los santos del mundo», a los santos de un mundo verdaderamente «cat–hólico» (etimológicamente, según el todo, referido al todo), o sea, «universal». ¿No queremos celebrar en este día a todos los santos que están ya ante Dios? ¿Pues cómo vamos a limitarnos a pensar en «catálogo romano de los santos», de los «canonizados» por la Iglesia católica romana, según esa práctica llevada a cabo sólo desde el siglo XI, de «inscribir» oficialmente a los santos particulares de nuestra Iglesia, en ese libro? ¿Será que quienes figuran oficialmente inscritos durante 9 siglos en esta sola Iglesia son «todos los santos»… o tal vez serán sólo una insignificante minoría entre todos ellos?

Es decir: pocas fiestas como ésta requieren ser «universalizadas» para hacer honor a su nombre: la festividad de «todos los santos». Por tanto, hay que hacer un esfuerzo por entenderla con una real universalidad. Ésta es una fiesta «ecuménica»: agrupa a todos los santos. Es más que ecuménica, porque no contempla sólo a los santos cristianos, sino a «todos», todos los que fueron santos a los ojos de Dios. Ello quiere decir, obviamente, que también incluye a los «santos no cristianos»… a los santos de otras religiones (debería ser una fiesta inter-religiosa), e incluso a los santos sin pertenencia a ninguna religión, los «santos paganos» (Danielou tituló así un libro suyo), los santos anónimos (éstos deben ser verdadera legión), incluso los «santos ateos», a los que el pasaje de Mt 25,31ss pone en evidencia («cada vez que lo hicieron con alguno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron»).

Una fiesta, pues, que podría hacernos reflexionar sobre dos aspectos: sobre la santidad misma (¿qué es, en qué consiste, qué «confesionalidad» tiene…?), y sobre el «Dios de todos los santos». Porque muchas personas todavía piensan -sin querer, desde luego- en «un Dios muy católico». Para algunos Dios sería incluso «católico, apostólico… y romano». O sea, «nuestro». O «un Dios como nosotros», de hecho. Pudiera ser que, también… un poco… hecho «a imagen y semejanza» nuestra.

La actitud universalista, la amplitud del corazón y de la mente hacia la universalidad, a la acogida de todos sin etiquetas particularistas, siempre nos cuestiona la imagen de Dios. Dios no puede ser sólo nuestro Dios, el nuestro, el que piensa como nosotros e intervendría en la historia siempre según nuestras categorías y de acuerdo con nuestros intereses… Dios, si es verdaderamente Dios, ha de ser el Dios de todos los santos, el Dios de todos los nombres, el Dios de todas las utopías, el Dios de todas las religiones (incluida la religión de los que con sinceridad y sabiendo lo que hacen optan con buena conciencia por dejar a un lado “las religiones”, aunque no «la religión verdadera» de la que por ejemplo habla Santiago en su carta, 1,27). Dios es «católico» pero en el sentido original de la palabra. Está más allá de toda religión concreta. Está «con todo el que ama y practica la justicia, sea de la religión que sea», como dijo Pedro en casa de Cornelio (Hch 10).

Hoy nos parece todo esto tan natural, pero hace apenas 50 años que estamos pensando de esta manera -los años que hace que se celebró el Concilio Vaticano II-. En las vísperas de aquel Concilio, el famoso teólogo dominico Garrigou-Lagrange (avanzado, progresista, y por ello perseguido) escribía, con la mentalidad que era común en el ambiente católico: «Las virtudes morales cristianas son infusas y esencialmente distintas, por su objeto formal, de las más excelsas virtudes morales adquiridas que describen los más famosos filósofos… Hay una diferencia infinita entre la templanza aristotélica, regulada solamente por la recta razón, y la templanza cristiana, regulada por la fe divina y la prudencia sobrenatural» (Perfection chrétienne et contemplation, Paris 1923, p. 64). Danielou, por su parte, afirmaba: «Existe el heroísmo no cristiano, pero no existe una santidad no cristiana. No debemos confundir los valores. No hay santos fuera del cristianismo, pues la santidad es esencialmente un don de Dios, una participación en Su vida, mientras que el heroísmo pertenece al plano de las realidades humanas» (Le mystère du salut des nations, Seuil, Paris 1946, p. 75). Todas las grandes figuras de la humanidad, personajes como Sócrates o como Gandhi… sólo podrían considerarse héroes, no santos. No quedarían incluidos hoy en esta fiesta, según la visión católico-romana de aquellos tiempos preconciliares, porque «santos», sólo podrían serlo los buenos cristianos, ¡y católicos! Ésta es una de las tantas «rupturas» que realizó el Concilio Vaticano II.

La primera lectura bíblica de esta fiesta litúrgica, del Apocalipsis, aun estando redactada en ese lenguaje no sólo poético, sino ultra-metafórico, lo viene a decir claramente: la muchedumbre incontable que estaba delante de Dios era «de toda lengua, pueblo, raza y nación»… En aquel entonces, hablar de «las naciones» implicaba a las religiones, porque se consideraba que cada pueblo-raza-nación tenía su propia religión. A Juan le parece contemplar reunidos, en aquella apoteosis, no sólo a los judeocristianos, sino a «todos los pueblos», lo que equivale a decir: a todas las religiones.

Si corregimos así nuestra visión, estaremos más cerca de «ver a Dios tal como es» (segunda lectura), tal como podremos verle más allá de los velos carnales del chauvinismo cultural o el tribalismo religioso -que no son muy distintos-. Obviamente, esos «ciento cuarenta y cuatro mil» (doce al cuadrado, o sea, «los Doce», o «las Doce ‘tribus’ de Israel», pero elevadas al cuadrado y multiplicadas por mil, es decir, totalmente superadas, llevadas fuera de sí hasta disolverse entre «toda lengua, pueblo, raza y nación»), esos ciento cuarenta y cuatro mil, o los entendemos como un símbolo macroecuménico, o nos retrotraerían a un fantástico tribalismo religioso.

Las bienaventuranzas comparten esta misma visión «macro-ecuménica»: valen para todos los seres humanos. El Dios que en ellas aparece no es «confesional», de una religión, no es «religiosamente tribal». No exige ningún ritual de ninguna religión. Sino el «rito» de la simple religión humana: la pobreza, la opción por los pobres, la transparencia de corazón, el hambre y sed de justicia, el luchar por la paz, la persecución como efecto de la lucha por la Causa del Reino… Esa «religión humana básica fundamental» es la que Jesús proclama como «código de santidad universal», para todos los santos, los de casa y los de fuera, los del mundo «católico»…

Si a propósito de la festividad de Todos los Santos se nos sugiere el texto de las Bienaventuranzas, es porque ellas son en verdad el camino de la santidad universal (y supra-religional, simple y profundamente humana); en y con las Bienaventuranzas como carta de navegación para nuestra vida es posible alcanzar la meta de nuestra santificación, entendida como la lucha constante por lograr en el cada día el máximo de plenitud de la vida según el querer de Dios.

En la homilía, en la oración, en la conversación que tengamos sobre el tema, no dejemos de nombrar hoy a Gandhi, que tiene que ir de la mano con Francisco de Asís; a Martin Luther King acompañado por Mons. Oscar Arnulfo Romero –finalmente reconocido como «mártir» por Roma–; a la mística santa Teresa con el incomparable Ibn Arabí; al inefable Juan de la Cruz con el místico Nisagardatta («¡Yo soy Eso!»)… La manera de cambiar la vieja mentalidad «tribal», que también nos ha afectado en la concepción de la santidad, es practicar, conversar, manifestar la nueva mentalidad macroecuménica.

Dentro de la perspectiva cristiano-católica, para una aplicación más parenética de este precedente comentario exegético, recomendamos como la mejor referencia el capítulo V de la Constitución Dogmática de la Iglesia “Lumen Gentium”, del Vaticano II, sobre el “Universal llamado a la santidad”. Antes del Concilio se solía pensar que había una especie de «profesionales de la santidad», que se dedicaban de un modo especializado a conseguirla, como los monjes y los religiosos/as, que se decía que vivían en el «estado de perfección»; a los demás, los laicos/as o seglares, como que se les consideraba de alguna manera dispensados de tener que tender a la santidad. Leer más…

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1. XI. 15 (2). Atrévete a ser feliz, terapia de bienaventuranzas (Mt 5, 3-12)

Domingo, 1 de noviembre de 2015

feliz_3Del blog de Xabier Pikaza:

Presenté ayer la primera lectura del día de los Santos: El Cielo del Cielo (Apocalipsis de Juan).

Hoy quiero presentar la segunda, que es del evangelio: El Cielo en la Tierra, atrévete a ser feliz, por lo que eres y por lo que haces, como dice Jesús en Mt 5.

Desde el siglo XVIII en adelante se ha criticado al cristianismo por muchas cosas: Por un problema social (Marx), psicológico (Freud), de cultura científica (Comte…). Pero la crítica más fuerte de todas ha sido sigue siendo la de F. Nietzsche, en Así habló Zaratustra (De los sacerdotes). A su juicio, los cristianos hemos hecho del evangelio anti-evangelio (dis-angelio):

Nietzsche piensa que los sacerdotes cristianos (él se fija sobre todo en los protestantes alemanes) han destruido el poder de la felicidad, han negado al hombre, han condenado la alegría…

“¡Oh, contemplad esas tiendas que esos sacerdotes se han construido! Iglesias llaman ellos a sus cavernas de dulzona fragancia….¡Oh, esa luz falsa, ese aire que huele a moho!… Ellos llamaron Dios a lo que les contradecía y causaba dolor: y en verdad, ¡mucho heroísmo había en su adoración! ¡Y no supieron amar a su Dios de otro modo que clavando al hombre en la cruz!
Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor: ¡más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor! Desnudos quisiera verlos: pues únicamente la belleza debiera predicar penitencia…”.

Dejo para otro día la crítica de Nietzsche, que supo ver el problema, pero no ofreció solución, ni supo indicar el lugar de la felicidad, ni la verdadera voluntad de vida de Dios y de los auténticos cristianos.Jesús…

bienaventurafd2Pero todavía algunos que se dicen de Jesús caen (caemos) en la crítica de Nietzsche… Parece que queremos crucificar al hombre en vez de liberarle… Les imponemos leyes más que ofrecerles caminos de evangelio Cosas se esas se han oído y parecen oírse todavía en algunos discursos llamados cristianos…

En contra de eso, el verdadero Jesús que no quiso crucificar a los hombres sino “bajarles de la cruz” (y por eso asumió él la cruz de verdad, para que otros no murieran crucificados, cosa que Nietzsche no entendió…) nos sigue ofreciendo un programa de felicidad.

Atrévete a ser feliz…, desde el fondo de la vida, desde la voluntad del amor, desde la fidelidad a los demás… Atreveos a ser felices… Escuela de felicidad ha de ser nuestra iglesia… Ése quiere ser el mensaje del día de los Santos.

Las bienaventuranzas de Mateo

Hay, como se sabe, dos versiones de las bienaventuranzas, y ellas deben distinguirse bien:

a. Las Bienaventuranzas de Lucas 6, 21-22 son básicamente teológicas. Se centran así en la obra de Dios, que acoge de un modo especial a los pobres, hambrientos y tristes/oprimidos (los que lloran). Los pobres no son bienaventurados por ser bueno, sino porque Dios les ama y le promete el Reino de los cielos. Así destaca este Jesús de Lucas la bienaventuranza como promesa y presencia del Reino de Dios en la pobreza, hambre y llanto de este mundo.

b. Las bienaventuranzas de Mateo 5, 3-10 conservan el aspecto anterior de Lucas, pero lo desarrollan de un modo “antropológico” o humano. No son bienaventurados sólo los pobres y hambrientos, sino los que, escuchando a Jesús y siguiendo su camino, eligen su camino de pobreza y ayudan a los hambrientos y oprimidos. Los hombres no son sólo bienaventurados por lo que Dios hace en ellos, sino por lo que ellos hacen, unos a favor de los otros, creando así un cielo de humanidad sobre la tierra.

La liturgia de este día de Todos los Santos toma como evangelio el texto de las bienaventuranzas de Mateo, hablando así del Cielo que es Dios (que acoge y eleva a los pobres/pequeños) y del cielo de los hombres, que se ayudan mutuamente, haciéndose felices unos a los otros. Así presento el texto, de un modo básicamente exegético, sobriamente, pero con intensidad cristiana y humana. Buen día de fiesta a todos.

Texto:

5, 3 Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4 Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
5 Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
6 Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
7 Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
9 Dichosos los que trabajan por la paz,
porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
10 Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
11 Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12 Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, pues así persiguieron a los profetas antes de vosotros (Mt 5, 1-12).

Jesús no empieza excluyendo a nadie, ni se dirige en especial a algunos, sino a todos, sean judíos, cristianos o paganos, pero destaca en especial a dos tipos de personas: (a) Los que sufren, los más pobre; (b) los que ayudan a los pobres, desde una perspectiva cristiana (pero no exclusivamente cristiana). Las bienaventuranzas hablan de Dios… pero también de aquello que los hombres hacen, creando un cielo en la tierra.

(1) Dichosos los pobres de Espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5, 3)

El pobre (projos) al que alude aquí Jesús es aquel que no tiene absolutamente nada, el pordiosero o mendigo, que sólo puede vivir de limosnas (cf. Luke 14,13.21; 16,20,22). En principio, esos pobres pueden ser personas “de mala fama”; no se puede hablar por tanto de “pobres espirituales”, llenos de riquezas interiores (como suele decirse de los anawim del judaísmo tardío). Son por tanto, aquellos que carecen de todo, de manera que sólo pueden vivir de la ayuda a sostén de los demás, es decir, como mendigos. Lc 6, 20 decía simplemente “pobres”, sin matizaciones. Mateo, en cambio, ha añadido “de espíritu”. Con eso no niega su pobreza “material”, sino que la matiza desde una perspectiva cristiana, en dos posibles líneas: Leer más…

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1.11.15. Todos los Santos 1. El cielo del cielo (Ap 21-22)

Domingo, 1 de noviembre de 2015

12185127_513012422209288_3530182175293467253_oDel blog de Xabier Pikaza:

La misa de la fiesta del Día de los Santos (1.11) tiene dos lecturas fundamentales:

1. La primera, más simbólica, está tomada del Apocalipsis (Ap 7), que culmina en una visión armónica del Nuevo Cielo y de la nueva tierra (Ap 21-22). Ciertamente, esa visión puede y debe aplicarse a la vida en esta tierra, a la armonía de los pueblos y las gentes, a la imagen bíblica de la Paz final (Shalom). No es por tanto una visión de huida (sufrir aquí, en este valle de lágrimas, para gozar después en la eternidad de Dios), sino más bien de compromiso para crear el cielo en la tierra.

2. La segunda, del evangelio, está tomada de las bienaventuranzas de Mt 5, que ofrecen un programa de transformación personal social, en este mismo mundo, partiendo de los pobres…. Presentaré esta lectura del Evangelio pasado mañana, Dios mediante, el día de víspera de la fiesta.

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Hoy quiero evocar la gran utopía de la nueva humanidad del Apocalipsis. Se trata de un texto simbólico, una gran sinfonía del cielo, que ha de entenderse como se siente y se entiende una ópera musical, con escenarios y cantos gozo y libertad… de un “cielo” que se adelante y comienza en la tierra.
Sin esa utopía es difícil vivir, sin una gran esperanza es difícil crear (no sólo soportar), sin la certeza de que Dios está en el fondo y final de nuestro camino se empobrece la existencia de los hombres.

De ese cielo del cielo del Apocalipsis trata la postal de hoy…, del cielo del Más Allá que se hace Más Acá, porque la vida del hombre se mueve siempre entre dos riberas. El texto es largo., no es para leerlo entero o de seguido. Está tomado de mi libro sobre El Apocalipsis (Verbo Divino, Estella 2000)
Primera Imagen: Visión del cielo de Zurbarán (Ángel y P. Nolasco)
Segunda Imageen: Ciudad celeste del Beato

Introducción

Hay muchas imágenes cristianas del cielo o paraíso, pero entre todas destaca una, la del Apocalipsis (Ap 21-22). Por eso la comentaré comentarla con cierto detalle, distinguiendo y uniendo dos visiones

(a): una más breve (Ap 21, 1-6) donde se presenta el tema en perspectiva de Bodas mesiánicas (unión de Cristo con la humanidad-esposa);

(b) otra más extensa (Ap 22, 9-27) donde se describe la “geografía” del cielo, entendido como “cubo” de Dios y paraíso.

Lo haré de un modo simbólico, destacando las imágenes, los signos. Dios mediante, volveré a evocar esas imágenes mañana, poniendo de relieve que ellas se aplican a la vida de los hombres en la tierra, con el mismo Apocalipsis, mostrando que lo más actual y más nuevo (el novísimo por excelencia) es el descubrimiento de que somos (podemos se cielo) en este mundo. Somos como un cielo quebrado, que sólo vemos a ratos, como en un espejo, pero somos cielo, realidad llena de misterio, que dura para siempre (mientras pasa).

Tenemos que buscar y cultivar aquí los instantes de cielo, por nosotros (para ser felices) y por los demás (para que lo sean). Si creemos en eso (el cielo aquí, especialmente para los otros, podremos creer en el cielo “después”, pues nada verdadero acaba. De los símbolos de ese cielo/después, que empieza aquí tratan estos dos pasajes del Apocalipsis que he querido comentar. Quien tenga tiempos para leerlos, vea por sí mismo su sentido y goce con los signos del profeta Juan, el autor del gran libro. Quien no tenga tanto tiempo o interés, acabe ya el aquí el recorrido del blog, este día.
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1. Primera visión (Ap 21, 1-6).

Texto:

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe más. 2 Y yo vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén que descendía del cielo de parte de Dios, preparada como una novia adornada para su esposo. 3 Oí una gran voz que procedía del trono diciendo: “He aquí el tabernáculo de Dios está con los hombres, y él habitará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. 4 Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. No habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas ya pasaron.”
5 El que estaba sentado en el trono dijo: “He aquí yo hago nuevas todas las cosas.” Y dijo: “Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas.” 6 Me dijo también: ¡Está hecho! Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed, yo le daré gratuitamente de la fuente de agua de vida.

Comentario

Pone de relieve el tema de las “bodas” de Dios y de los hombres, por medio de Cristo. El cielo es, según eso, un amor culminado. “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva…” (Ap 21, 1). Así empieza la escena, haciendo suya la tradición de Is 65, 17; 66, 20 (cf. 2 Ped 3, 13), reasumiendo y superando el principio de toda la Escritura (Gen 1,1): el primer cielo y la primera tierra, han cumplido su misión y ya no ofrecen nada a los humanos. Al final no está el fracaso. A los ojos del Apocalipsis la historia no termina por pecado o vejez, cansancio o muerte sino la culminación mesiánica.
La primera creación duraba siete días, organizados de forma cósmica, progresiva, en armonía temporal septenaria. Ahora no existen días, ni habrá mar como abismo vinculado al miedo (21, 1), ni serán necesarios los astros arriba, pues no existe un arriba y abajo, día ni noche. Todo habrá culminado (cf. 21, 23). Desde ese fondo se entienden los tres rasgos principales de esa nueva creación:

(a) La Ciudad Santa, Nueva Jerusalén (Ap 21, 2). La antigua no había podido permanecer, pues se había convertido en signo de soberbia y pura lucha (cf. Babel: Gen 11), solemne prostituta (cf. Ap 17). Frente a ella se ha elevado, cumpliendo la esperanza de Israel, la Buena Ciudad, signo de unión con Dios y de justicia: la Santa Jerusalén que baja de Dios.

(b) Baja del Cielo, desde Dios (Ap 21, 2), como había prometido Ap 3, 12-13. Ciertamente, el cielo es la culminación de la vida de los hombres y se despliega en forma de “tierra nueva”; pero no puede brotar de la tierra, sino que viene de Dios. En esa línea, podemos decir que Dios mismo ha bajado y se “encarna” entre los hombres; éste es el cielo.

(c) Como Novia que se adorna… (Ap 21, 2). Es ciudad de amor, belleza de bodas, lugar de encuentro con Dios (y de los hombres entre sí). El primer mundo se convirtió en campo de lucha: no hubo armonía y bodas verdaderas. Ahora, esta Ciudad está madura para el amor, ciudad adornada, amor que es cielo, sin muerte, amor de Cristo con la humanidad. En ese sentido podemos decir que el cielo cristiano es la plenitud del mensaje y de la vida de Jesús. Leer más…

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Dom 1. XI. 15. El prójimo es Dios. Amar a Dios y al Prójimo

Domingo, 1 de noviembre de 2015

imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 31. Tiempo ordinario. Ciclo b. Mc 12,28-34. Sigue hoy, 2015, la misma disputa del principio de la Iglesia: ¿Qué es antes: Dios o el prójimo? En caso de posible “duda”: ¿A quien debería “asistir” primero: al Dios posiblemente “¿necesitado?” de mi religión o al prójimo realmente necesitado de mis manos de los duros caminos de la vida?

Pero no podemos quedarnos en observaciones generales: En contra de toda división, Jesús proclama este domingo un credo “práctico” (bíblico), que incluye dos mandamientos en uno: amar a Dios y amar al prójimo, añadiendo que a Dios le encontramos en el prójimo, como ha vuelto a decir el Papa Francisco en el Sínodo 15, quizá con escándalo de algunos, que parecen querer un Dios sin prójimo real, concreto.

Este doble mandamiento recoge la experiencia más profunda de la teología y vida israelita, centrada en el Shema (amor a Dios) que se amplía con el amor al prójimo (a partir de Dt 6, 4-9; cf. también Dt 11, 13-21 y Num 15, 37-41). El uso del Shema era habitual en el I d. C. Es normal que Jesús lo asuma, orando como buen judío.

imagesqParece que otros judíos, sobre todo helenistas, habían vinculado ya el Shema con la exigencia de amar al prójimo, citando Lev 19, 18 u otras palabras semejantes, pero sólo Jesús (que sepamos) ha formulado de un modo radical y condensado ese don (en amor somos) y esa exigencia (en amor vivimos), vinculando de manera inseparable a Dios y al prójimo.

De esa forma, el mismo Jesús ha resuelto en su evangelio el tema de los primeros concilios de la Iglesia (de Nicea a Calcedonia), vinculando y dando el mismo rango al amor de Dios y al amor al prójimo, pues Dios y el prójimo (en otro lenguaje Dios y Jesús) son radicalmente consubstanciales en temas de amor.

En esa línea ha de avanzar el compromiso del cristiano, sabiendo que el “camino del amor” no empieza subiendo a Jerusalén, sino bajando a Jerícó con el Buen Samaritano, como indica la imagen 2 y el comentario de Lucas, que incluimos al final de este post.

Hay dos amores y los dos se centran en uno: amar al prójimo como a ti mismo, empezando en la práctica por el prójimo.. Buen domingo a todos (añadiré más adelante un comentario a al Fiesta de los Santos, del mismo día 1 del XI)

Marcos 12, 28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” Respondió Jesús: “-El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.” El escriba replicó: “Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.”Jesús. Viendo, que había respondido sensatamente, le dijo: “No estás lejos del reino de Dios.” Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

La pregunta de los fariseos

Algunos fariseos, hombres del Libro, interpretaban a Dios como alguien que tiene poder para mandar, es decir, para imponer unos preceptos a sus criaturas, en este caso a los judíos. Ciertamente, la pregunta que dirigen a Jesús es buena (aunque lo hagan para ponerle a prueba) y que Jesús la admite. De todas formas, se trata de una pregunta sesgada, pues supone que lo más importante es la entolê, es decir, aquello que Dios ha mandado cumplir a los hombres.

Estos fariseos son hombres de alianza con Dios, pero también de mandatos que deben cumplirse. El problema no está en que los mandatos sean numerosos (más tarde se recopilan 248 positivos y 365 negativos, en total 613), pues muchos de ellos resultan obvios para los que viven dentro de una sociedad organizada sobre esa base legal.

Por eso, situados en su propio contexto, los judíos del tiempo de Jesús y sus sucesores no se pueden tomar como legalistas en el sentido peyorativo del término. No son legalistas, pero piensan que su vida se encuentra fundada sobre leyes de Escritura/Tradición que se presentan como voluntad de Dios. De todas maneras, es importante discernir: saber dónde se encuentra el centro y clave de los mandamientos, como hacen nuestros fariseos.

Estos fariseos no discuten sobre los mandamientos, pero quieren organizarlos de forma que puedan integrarse como un todo armonioso. Esta es la función de los fariseos:: traducir una Escritura histórica/narrativa en formas de código legal. Por eso, en el fondo de los mandamientos buscan el mandamiento, como si los 613 preceptos se pudieran condensar en una misma y única raíz.

Pues bien, Jesús acepta el reino y no responde con uno sino con dos, como indicando que al principio no hay un tipo de monismo (sólo Dios o sólo el hombre) sino un dualismo básico, un diálogo entre Dios y los humanos. Del primero hemos hablado ya en el tema anterior, que sigue siendo esencial para los cristianos. Del segundo queremos hablar ahora.

Un mandamiento en dos mandamientos. El primer homoousios

Conforme a la experiencia de Jesús, si sólo hubiera un mandamiento (el Shemá) la vida del hombre podría acabar en un espiritualismo teológico. Por eso, con buena parte de la tradición judía de su tiempo, él añade el mandato de Lev 19, 18: «amarás a tu prójimo como a ti mismo».

La novedad de Jesús está en la fuerza que ha dado al término común agapêseis (amarás: hebreo ‘ahabta) de Dt 6, 5 y Lev 19, 18, uniendo los dos mandamientos (amores) y diciendo que el segundo mandamiento (amarás al prójimo) es semejante (=igual) al primero.

Más tarde, la iglesia de los concilios (Nicea 325 y Calcedonia 451) ratifica el “homousios” cristológico: Dios y Cristo Jesús comparten una misma esencia divina, en forma personal, trinitaria.

Pero es anterior este homoousios práctico… que evoca el tema de los dos mandamientos, poniendo en el mismo plano los dos amores, el de Dios y el del prójimo, que es Dios para los hombres.

Los dos forman un solo mandamiento: son aquello que los fariseos llamaban el mayor de todos (megalê de Mt 22, 36). Desde este fondo podemos añadir que en el principio está la dualidad del amor: el amor a Dios se vuelve relación amor al prójimo, es decir, de persona con persona. Se vinculan así, desde el mismo Dios, el yo mismo y el yo del otro de modo que no pueden separarse.

(1) Amarás al Señor, tu Dios. Dios abre ante el hombre un camino de amor.

(2) (Amarás…) a tu prójimo. En el lugar de Dios viene a expresarse ahora el amor al otro, es decir, al individuo concreto. En el libro del Levítico, ese prójimo es el hermano o miembro del propio pueblo israelita; pero, en un sentido más extenso, puede también el pobre y extranjero, es decir, el que rompe las fronteras resguardadas de la propia comunidad (cf Lev 19, 10)

(3) Como a ti mismo. La medida del amor de Dios era no tener medida: experiencia de apertura infinita. Pues bien, la medida del amor al prójimo es ahora mi propia medida. Amarle como a mí mismo significa ponerle como otro yo a mi lado, haciendo de su vida espacio y centro de mi propia vida. Leer más…

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Ocho puertas para entrar en el Reino de Dios. Fiesta de todos los Santos

Domingo, 1 de noviembre de 2015
Carrera 100 ms vallaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

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En la Fiesta de Todos los Santos, la lectura del evangelio recoge las bienaventuranzas. Es una forma de indicarnos el camino que llevó a tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia a la santidad. Resulta imposible comentar cada una de ellas en poco espacio. Me limito a indicar algunos detalles fundamentales para entenderlas.

Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos

Muchos cristianos conciben las bienaventuranzas como una carrera de obstáculos, hasta que conseguimos llegar a la meta del Reino de Dios. Y la carrera se hace difícil, tropezamos continuamente, nos sentimos tentados a abandonar cuando vemos tantas vallas derribadas. «No soy pobre material ni espiritualmente; no soy sufrido, soy violento; no soy misericordioso; no trabajo por la paz… No hace falta que un juez me descalifique, me descalifico yo mismo.» Las bienaventuranzas se convierten en lo que no son: un código de conducta.

Las bienaventuranzas son ocho puertas para entrar en el Reino de Dios

El arquitecto de la basílica de las bienaventuranzas la concibió con ocho grandes ventanas que permiten ver el hermoso paisaje del lago de Galilea. Prefiero concebir las bienaventuranzas no como ocho ventanas, sino como ocho puertas que permiten entrar al palacio del Reino de Dios. Para entenderlas rectamente hay que advertir donde las sitúa Mateo: al comienzo del primer gran discurso de Jesús, el Sermón del Monte, en el que expone su programa e indica la actitud que debe distinguir a un cristiano de un escriba, de un fariseo y de un pagano.

            A diferencia de los políticos, capaces de mentir con tal de ganarse a los votantes, Jesús dice claramente desde el principio que su programa no va a agradar a todos. Los interesados en seguirlo, en formar parte de la comunidad cristiana (eso significa aquí el «Reino de los cielos»), son las personas que menos podríamos imaginar: las que se sienten pobres ante Dios, como el publicano de la parábola; los partidarios de la no violencia en medio de un mundo violento, capaces de morir perdonando al que los crucifica; los que lloran por cualquier tipo de desgracia propia o ajena; los que tienen hambre y sed de cumplir la voluntad de Dios, como Jesús, que decía que su alimento era cumplir la voluntad del Padre; los misericordiosos, los que se compadecen ante el sufrimiento ajeno, en vez de cerrar sus entrañas al que sufre; los limpios de corazón, que no se dejan manchar con los ídolos de la riqueza, el poder, el prestigio, la ambición; los que trabajan por la paz; los perseguidos por querer ser fieles a Dios.

            Pero las bienaventuranzas son ocho puertas distintas, no hay que entrar por todas ellas. Cada cual puede elegir la que mejor le vaya con su forma de ser y sus circunstancias.

Evitar dos errores

            En conclusión, las bienaventuranzas no dicen: «Sufre, para poder entrar en el Reino de Dios». Lo que dicen es: «Si sufres, no pienses que tu sufrimiento es absurdo; te permite entender el evangelio y seguir a Jesús».

            No dicen: «Procura que te desposean de tus bienes para actuar de forma no violenta». Dicen: «Si respondes a la violencia con la no violencia, no pienses que eres estúpido, considérate dichoso porque actúas igual que Jesús».

            No dicen: «Procura que te persigan por ser fiel a Dios». Dicen: «Si te persiguen por ser fiel a Dios, dichoso tú, porque estás dentro del Reino de Dios».

            Pero, al tratarse de los valores que estima Jesús, las bienaventuranzas se convierten también en un modelo de vida que debemos esforzarnos por imitar. Después de lo que dice Jesús, no podemos permanecer indiferentes ante actitudes como la de prestar ayuda, no violencia, trabajo por la paz, lucha por la justicia, etc. El cristiano debe fomentar esa conducta. Y el resto del Sermón del Monte le enseñará a hacerlo en distintas circunstancias.

Las puertas y el palacio

            Finalmente, no olvidemos que estas ocho puertas nos permiten entrar en el palacio y sentarnos en el auditorio en el que Jesús expondrá su programa a propósito de la interpretación de la ley religiosa, de las obras de piedad, del dinero y la providencia, de la actitud con el prójimo… Este gran discurso es lo que llamamos el Sermón del Monte. Limitarse a las bienaventuranzas es como comprar la entrada del cine y quedarse en la calle.

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Argentina abre la causa de beatificación de Enrique Angelelli

Domingo, 1 de noviembre de 2015

angelelli25El martirio del obispo asesinado durante la dictadura podría demostrarse en dos años

“El Papa Francisco conoció a monseñor Angelelli“, afirma monseñor Colombo

(Alver Metalli, en Terres d’America).- El obispo de La Rioja (Argentina), Marcelo Colombo, abrió ayer la causa de beatificación de Enrique Angelelli, asesinado durante y por la dictadura en agosto de 1976. En la ceremonia participó el obispo emérito, Robert Rodríguez, y varios sacerdotes que se constituyeron como comisión Histórica y el Tribunal Diocesano.

Colombo hizo todo lo posible para que comenzara cuanto antes. “Desde que asumí esta responsabilidad pastoral he querido dar toda mi colaboración y siempre encontré en la máxima conducción de la Conferencia Episcopal Argentina una gran sensibilidad e interés por la causa Angelelli”, declara el prelado.

Ya en 1983, siete años después del asesinato de Angelelli, varios obispos argentinos pidieron que se aclararan las circunstancias de su muerte, que desde el principio había despertado sospechas. “Me refiero a cuatro obispos muy reconocidos por su compromiso con los derechos humanos”, aclara monseñor Colombo, dando los nombres y la diócesis a la que pertenecen: De Nevares (Neuquén), Novak (Quilmes), Hesayne (Viedma) y Mendiharat (Salto, Uruguay).

“Ellos expresaron, pero no fueron los únicos, lo que muchos pensaban y decían en La Rioja desde el primer momento: “¡A Angelelli lo mataron! Sobre todo, si se tiene en cuenta que su muerte fue la última de una serie de muertes ocurridas en los días inmediatos anteriores, me refiero a los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville y el laico Wenceslao Pedernera“.

Monseñor Colombo será quien interrogue a los testigos en la instrucción diocesana que acaba de comenzar y documentará la fama de santidad y las condiciones en que se produjo el homicidio de Angelelli en agosto de 1976. Colombo también designó formalmente la Comisión histórica del Tribunal diocesano, de la que formarán parte, entre otros, el obispo emérito Roberto Rodríguez, otra figura importante para la puesta en marcha de la causa, y varios sacerdotes. Estos últimos deberán reunir los escritos de Angelelli -se sabe que el trabajo de compilación se encuentra bastante avanzado-, las grabaciones y filmaciones que de él existen, que no son muchos, analizarlos y clasificarlos, elaborar a partir de ellos las respuestas que se exigen para un procedimiento de este tipo, antes de enviar todo a Roma.

Se sabe que el Papa Francisco en varias oportunidades pidió información sobre el estado de la causa penal que abrió la justicia argentina para dar un rostro a los mandantes y ejecutores del asesinato. “El Papa conoció a monseñor Angelelli”, explica Colombo. “Como provincial jesuita durante esos años visitó la diócesis donde trabajaban algunos sacerdotes de su orden, algunos de los cuales incluso habían sufrido la persecución y la cárcel en esos días”. Monseñor Colombo recuerda que “en 2006, en ocasión del 30° aniversario del asesinato de Angelelli, Bergoglio encabezó las celebraciones con la participación de numerosos obispos y sacerdotes. Fue elocuente su homilía de entonces. Todos la recuerdan con emoción. Como presidente de la Conferencia Episcopal Argentina dispuso la creación de la comisión investigadora ad hoc, presidida por monseñor Giaquinta”.

Los juicios que se realizaron en Argentina sobre la muerte de Angelelli aportaron importantes certezas. Quedó comprobada la mecánica de un falso accidente automovilístico premeditado y provocado cuando el auto en el que viajaba Angelelli circulaba por la ruta nacional 38 -que hoy lleva el nombre de “Ruta Monseñor Enrique Angelelli”- a la altura de la localidad de Punta de los Llanos. La responsabilidad del atentado se atribuye al Tercer Cuerpo de Ejército y en julio de 2014 fueron condenados a cadena perpetua el ex general Luciano Benjamín Menéndez, Luis Fernando Estrella y otros militares.

la-causa-de-angelelli.jpgLa causa que acaba de abrirse en la diócesis de La Rioja no tiene fecha de vencimiento establecida sino que la intención de los promotores es proceder sin perder tiempo. Uno de los miembros de la Comisión histórica recién constituida, Pedro Goyochea, declaró: lo que se va a comprobar es su martirio, es decir, sufrir una muerte violenta a causa del Evangelio, a causa de la pastoral de conjunto, que como lo definió el obispo Colombo, fue una decisión de monseñor Angelelli de aplicar las condiciones del Concilio Vaticano Segundo, en nuestra provincia“.

Otro sacerdote que integra el Tribunal Diocesano instituido en el diócesis, Roberto Queirolo, anticipó al diario local Chilecito que “en dos años podría estar terminada la instrucción para enviar la causa a la Santa Sede“, como ya se hizo con los curas de Chamical, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, cuya fase diocesana concluyó el 15 de mayo pasado y el mismo Colombo llevó todo el material a Roma después de asistir a la beatificación de monseñor Romero en El Salvador. El padre Roberto Queirolo recordó que después del homicidio de Murias y Longueville y del laico Wenceslao Pedernera, ocurridos con pocos días de diferencia en julio de 1976, “todos los sacerdotes le pidieron a Angelelli que se proteja, pero él decidió quedarse con su pueblo y no dejar solas a sus ovejas“.

El Papa Francisco sigue con atención el proceso de beatificación y “quiere darle celeridad, admitió el perito de La Rioja, quien recordó también que en 2006, cuando se cumplieron 30 años del asesinato, Bergoglio manifestó en una homilía en la catedral de La Rioja que el fallecido obispo “recibía pedradas por predicar el Evangelio y derramó su sangre por ello“.

Por otra parte, copias de las dos cartas que Angelelli llevaba consigo en el momento de ser asesinado habían sido enviadas al Vaticano pocos días antes y son las mismas que el Papa devolvió al obispo de La Rioja. “En la causa de monseñor Angelelli fue decisiva la inclusión de dos documentos que el Papa nos envió para presentar ante los tribunales argentinos”, reconoce monseñor Marcelo Colombo.

Fuente Religión Digital

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Colar el mosquito, tragar el camello (Justicia, Misericordia…)

Domingo, 1 de noviembre de 2015

12046991_511976358979561_6315413341968692462_nDel blog de Xabier Pikaza:

La celebración del Sínodo 2015 ha sido como un barómetro que ha servido para medir la “presión”, es decir, el “peso” o importancia de los temas de la Iglesia. Pues bien, hay un texto famoso del Evangelio de Mateo en el que se discute sobre los temas primarios y los secundarios en la Iglesia:

‒ Algunos grupos de la Iglesia de Mateo insistían en el carácter esencial de temas que hoy nos parecen secundarios, como el diezmo del comino y de la menta… diciendo que no puede ser cristiano quien no pesa y paga religiosamente el diezmo de esas minúsculas semillas…, colando así el más mínimo mosquito.

Por el contrario, el evangelio de Mateo quiero centrar la discusión sobre los temas esenciales: justicia, misericordia y fidelidad. Ellos forman el camello evangélico. Esos temas definen la importancia y novedad del cristianismo, como experiencia y tarea mesiánica.

imagesAlgunos amigos me han dicho que les ha parecido que el Sínodo ha podido caer en el peligro de centrarse también en temas secundarios, como los diezmos del comino, los minúsculos mosquitos…, mientras dejan fuera los asuntos esenciales, los “pesados” (bary-tera, con barys, como en el barómetro…).

Pienso que las cosas no han sido así, pero creo que es importante situarnos una vez más ante los temas “graves” o esenciales, los grandes camellos del discurso eclesial. Así lo haré, comentando ese texto esencial del evangelio de Mateo.

Las cosas más profundas de la Ley: justicia, misericordia y fidelidad (Mt 23, 23).

Estas palabras están en el centro de la gran disputa de la comunidad cristiana con otros tipos de judaísmo, que siguen insistiendo en los aspectos más legales de la ley nacional, que a Mateo le parecen secundarios (aunque no los desprecia). En contra de eso, el Jesús de Mateo, siguiendo en la línea de Ex 34, 6-7, ha centrado la religión en la verdadera justicia de Dios (krisis), que se revela en forma de misericordia (eleos) y se acoge en la fidelidad (pistis) a la alianza. Desde ese fondo han de entenderse las obras de misericordia, que estudiaremos después

Mt 23, 23 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y descuidáis los aspectos más importantes de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. 24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!

Mateo ha captado bien la dinámica de un tipo judaísmo, que se está convirtiendo en religión del diezmo (algo que “debemos” a Dios), un diezmo que se mide y paga con una minuciosidad casi obsesiva, incluyendo el de las pequeñas plantas medicinales y digestivas, como la menta/anís, el eneldo/hierbabuena y el comino, insistiendo así en una ley que en principio tenía un sentido casi “natural” (subsistencia de los levitas y los pobres en una pequeña sociedad agrícola), pero que después lo ha perdido.

Pues bien, en ese contexto, Jesús critica a los escribas y fariseos que son tan escrupulosos en el pago del diezmo, y que, sin embargo, pueden descuidar las exigencias más profundas (barytera) de la Ley (23, 23). Esta diferencia de actitud ante un tema y el otro (obsesión por el diezmo, descuido de lo más importante) puede provenir del hecho de que lo importante (juicio, misericordia, fidelidad) resulta difícil de cuantificar y exigir por ley, mientras que el diezmo puede hacerse.

Tres son para Mateo las exigencias y temas de la Ley, y han quedado fijadas en este pasaje, que aparece como un compendio judeocristiano del evangelio, pues destaca las tres virtudes básicas que son, al mismo tiempo, teologales (de relación del hombre con Dios) y cardinales (de relación del hombre con los demás).

Éstas tres “virtudes” son las que mejor definen la identidad mesiánica del cristianismo de Mateo, centrándonos así en la raíz del evangelio de Jesús y de la tradición farisea. Ciertamente, en sentido polémico, Mateo critica a los escribas y fariseos por haber descuidado esos elementos centrales, pero lo hace de un modo polémico, que no puede tomarse de manera literal (lo mismo que el diezmo de la menta, el eneldo y el comino).

Es evidente que el conjunto de los fariseos de Israel (o de la Iglesia cristiana) no eran así, no actuaban de esa forma, pero corrían el riesgo de caer en un tipo de “minucias” de la Ley, olvidando los principios más profundo, que son el juicio, la misericordia y al fidelidad:

‒ Juicio (krisis). Más que justicia (que se suele decir dikaiosyne, y que en Mateo tiene un amplio espectro de significados, a partir de 3, 15; 5, 20), Krisis significa “juicio”, en el sentido bíblico de mishpat, que significa jugar y ayudar a los necesitados, para así lograr un orden básico de igualdad (es decir, de equilibrio) entre los hombres. Todo el proyecto mesiánico de Jesús ha estado guiado por esta exigencia de justicia que responde al juicio de Dios, tal como aparecerá en 25, 31-46. En este contexto retoma Mateo el tema básico de la acción de Jesús como Siervo de Yahvé, que ha anunciado la krisin entre los gentiles, actuando así de manera que ese juicio de misericordia triunfe en todo el mundo (12, 18-20).

Los escribas/fariseos, igual que los miembros de otras religiones organizadas de un modo legal, pueden olvidar el hecho de que ellas, las mismas religiones y todas las obras de los hombres, han de estar (en todos los sentidos) al servicio de la justicia/juicio de Dios, para lograr que este mundo sea espacio donde su presencia se visibilice y su misericordia se expanda en la vida de los hombres. Esto es lo que Jesús ha venido a recordar a las ovejas perdidas de la casa de Israel y a sus autoridades, situándose de nuevo en el principio de la revelación bíblica (Antiguo Testamento). Ésta ha sido y sigue siendo su aportación básica.

‒ Misericordia (eleos). A lo largo del Antiguo Testamento, partiendo partir de la revelación del más hondo misterio de Dios en Ez 34, 4-8, la justicia resulta inseparable de la misericordia (¡Dios clemente y misericordioso!), de manera que se identifica con ella. En esta línea se mantiene la aportación básica del evangelio de Mateo, donde Jesús ha aparecido diciendo “misericordia quiero y no sacrificio” (9, 13; 12, 7), actualizando una palabra central de Oseas 6, 6.

Como mesías y enviado misericordioso del Dios ha venido actuando Jesús desde el comienzo de su anuncio del Reino, declarando bienaventurados precisamente a los que tienen misericordia (Mt 5, 7), realizando de esa forme el juicio de Dios, y presentándose una y otra vez como hombre que se compadece de las necesidades de los demás, especialmente de los pobres y oprimidos, de los enfermos y los impuros (cf. 9, 36). En el fondo, esta misericordia se identifica con el juicio, pero expresa y manifiesta su sentido más profundo. Ciertamente, la misericordia de Jesús puede aparecer como una novedad en ciertos niveles del judaísmo, pero ella recoge lo esencial de la Ley, que es la manifestación del Dios clemente y misericordioso (Ex 34, 6-8).

(((Nota erudita. La misericordia es la esencia de la Historia de Salvación. El término hebreo principal es Hésed, que significa fidelidad a un pacto (1Sam 20,8), pero también un acto o sentimiento de amor, gracia, compasión, manifestado en forma de piedad y perdón Un término también importante es Rehem/Rehamim, que conlleva un matiz de afecto sensible; designa propiamente las “vísceras”, en singular el seno materno; expresa un sentimiento íntimo, profundo y amoroso que liga a dos personas por lazos de sangre o de corazón, y se traduce al griego por la raíz splangma, que aparece allí donde se dice que Jesús se compadece de los pobres y necesitados (cf. 9, 36; 14, 14; 15, 32).

Entre los términos hebreos que acompañan a Hésed y Rehamim, iluminando su significado están: Mispat (juicio), Emet (veracidad y fidelidad), Zedaqah (justicia), Yesuah (salvación), Salom (paz), Ahabad (Amor), Emunah (fidelidad) y Tob (bondad). En este contexto, el término griego más importante es Éleos, que de ordinario traduce a Hésed, pero a diferencia de éste no se sitúa en la esfera jurídica, sino en la psicológica. Cf. F. Asensio, El Hèsed y ‘Emet Divinos, Gregoriana, Roma 1949; I. M. Sans., Autorretrato de Dios, Serie Teología 28, Universidad de Deusto, Bilbao 1997;Van Imschoot, Teología del Antiguo Testamento, FAX, Madrid 1969.

Quizá podamos decir que los términos hebreos tienen una significación más rica que la que se puede apreciar en las lenguas modernas; pues más que puros sentimientos evocan actitudes concretas de lealtad, bondad y fidelidad; así el término Hésed representa uno de los aspectos fundamentales de la moral de Israel e implica gestos y actitudes que sirven de base a la vida social. Retomando todo lo anterior, podemos decir que el Dios cristiano es el Dios de las misericordias; no es un Dios lejano sino cercano, un Dios encarnado. Dios ha elegido el camino de la misericordia para allegarse hasta nosotros, y por el mismo camino vamos, con nuestros hermanos, hacia el Dios de la Misericordia))).

Fidelidad (pistis). Así culmina la tríada de las notas o manifestaciones básicas de la experiencia israelita. De un modo radical, la fidelidad se identifica con la “emuna”, la verdad profunda del Dios bíblico de Ex 34, 6, que aparece como rico en misericordia y fidelidad (rab-Hesed wa-‘emet), en una línea que los LXX han traducido diciendo que Dios es de mucha misericordia y verdad. En ese fondo se ha acuñado la terminología latina, misericordia et veritas, que identifica en el fondo la misericordia con la verdad, es decir, con la esencia profunda da la vida. Leer más…

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