«¿A quién buscas?» La pregunta de Jesús resucitado a María de Magdala puede sorprendernos también a nosotros cada mañana y a cada hora de nuestra vida. ¿Eres capaz de decir a quién buscas de verdad? En efecto, no siempre está claro que buscamos a Jesús, al Señor. No siempre aquel a quien queremos encontrar es precisamente aquel que quiere entregarse a nosotros.
María buscaba al hombre Jesús, buscaba al Maestro crucificado, por eso no veía a Jesús el Viviente delante de ella. Si tenemos una idea de Jesús a la medida de nuestra pequeña mente humana, nuestra búsqueda acaba en un callejón sin salida. Jesús es siempre inmensamente más que lo que nosotros conseguimos pensar y desear. ¿Dónde, pues, y cómo buscar al Señor para salir del túnel de nuestros extravíos y de nuestros miedos, para no engañarnos dando vueltas alrededor de nosotros mismos en vez de correr derechos hacia él? Sólo sí antes tenemos una verdadera y justa valoración de nosotros mismos como criaturas pobres podremos descubrir la presencia de aquel que lo sostiene todo. Aquel a quien buscamos debe ser verdaderamente el todo al que anhela adherirse nuestra alma. Buscar a Cristo es signo de que, en cierto modo, ya le hemos encontrado, pero encontrar a Cristo es un estímulo para continuar buscándolo.
Esta actitud no se plantea sólo al comienzo del camino espiritual, sino que lo acompaña hasta la última meta, puesto que la búsqueda del rostro del Señor es su dato esencial. Conocer a aquel por quien somos conocidos: eso es lo indispensable. El itinerario del conocimiento de Cristo coincide con el mismo itinerario de la fe y del amor. El yo debe aprender a callar y a escuchar; el corazón debe aprender el camino del exilio para alejarse de todo cuanto lo mantiene apegado a sus viejos / tristes amores.
*
A. M. Cánopi, Nel mistero della gratuita,
Milán 1998, p. 21 ss
Tan sólo mejor
que la mejor parte
que escogió Maria,
el difícil todo.
Acoger el Verbo
dándose al servicio.
Vigilar Su Ausencia,
gritando su nombre.
Descubrir Su rostro
en todos los rostros.
Hacer del silencio
la mayor escucha.
Traducir en actos
las Sagradas Letras.
Combatir amando.
Morir por la vida,
luchando en la paz.
Derribar los troncos
con las viejas armas
quebradas de ira,
forradas de flores.
Cantar sobre el mundo
el Advenimiento
que el mundo reclama
quizá sin saberlo.
El difícil todo
que supo escoger
la otra María…
*
Pedro Casaldáliga
***
En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo:
– “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.”
Pero el Señor le contestó:
– “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.”
*
Lucas 10, 38-42
***
El concepto de hospitalidad ha perdido en nuestra cultura mucha de su fuerza y se emplea a menudo en ambientes donde estaríamos más inclinados a esperar una piedad aguada que una búsqueda seria de auténtica espiritualidad cristiana. Ahora bien, si hay un concepto que merece ser llevado a la profundidad original y a su potencial evocador es el de hospitalidad. Se trata, en efecto, de uno de los términos bíblicos más ricos, un concepto que está en condiciones de ahondar y ensanchar nuestra percepción respecto a las relaciones con los hermanos. Los relatos del Antiguo y del Nuevo Testamento no se limitan únicamente a indicarnos qué grave es la obligación de acoger al extranjero en nuestra casa, sino que nos señalan también que los invitados traen consigo dones preciosos, unos dones que están ansiosos de mostrar a quienes les acogen. Los tres extranjeros recibidos de manera suntuosa por Abrahán en Mambré se le revelan como el Señor y le anuncian que Sara dará a luz un hijo.
Cuando se invita a los extranjeros que pueden dar miedo, entonces revelan al huésped las promesas que traen consigo. De este modo, los relatos bíblicos nos ayudan a darnos cuenta de que la hospitalidad es una virtud importante y – lo que es más, que en el marco de la hospitalidad, huésped e invitado pueden revelarse recíprocamente regalos preciosos, entregándose una vida nueva.
En estos últimos decenios, la psicología ha contribuido mucho a descubrir un nuevo modo de entender las relaciones interpersonales. Sin embargo, algunos de nosotros se han dejado impresionar hasta tal punto por los nuevos descubrimientos que han perdido de vista la enorme riqueza contenida y conservada en conceptos antiguos como el de hospitalidad. Ese concepto podría dar una nueva dimensión a nuestra comprensión de una relación benéfica y a la formación de una comunidad, nuevamente creativa, en un mundo que sufre de alienación y de extrañamiento.
*
H. J. Nouwen, Viaggio spirítuale per l’uomo contemporáneo,
Brescia 81999, pp. 60 ss.
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Del blog Amigos de Thomas Merton:
«La vida de Merton no fue una vida romántica con un hagiógrafo escondido tras cada árbol tomando nota cada vez que Merton se sonaba la nariz. Su vida solitaria fue pobre, como han de serlo todas las vidas solitarias. Se levantaba antes del amanecer con una mentalidad «no del todo reconciliada con estar fuera de la cama». Comía, trabajaba, caminaba en el bosque y oraba. En el invierno pasaba frío y en el verano, calor. Y ese es el verdadero yo. Es un yo que no es nadie, que es común y pobre. Es ese yo ordinario el que es extraordinario porque, uno con el momento, uno con la realidad concreta de cada día, es el yo que Dios creó, el yo pobre que se hace rico en la indigencia de la cruz.
El mensaje que Merton nos propone es que cada cual viva en la ermita de su vida diaria. Por debajo de todos nuestros logros, planes, viajes y conquistas, no tenemos nada salvo la vida. Cuando tomamos agua, cuando en silencio vemos jugar a los niños, cuando caminamos mientras hace frío y sentimos frío, estamos en la vida, somos uno con ella y por eso somos uno con Dios. Por consiguiente, tengamos lo que tengamos, siempre es suficiente, porque ninguna cosa basta. No importa dónde estemos, porque no estamos en ningún lugar. No importa lo que lleguemos a ser, porque no somos nadie. Pues en el terreno de nuestro ser, vivimos la vida de Cristo. En la base misma de nuestro corazón, Dios se hace presente en nuestra simple presencia a la vida.
El gran peligro de toda espiritualidad es que esta puede llegar a convertirse fácilmente en un sucedáneo de la presencia a la vida. Con demasiada frecuencia la búsqueda de experiencias religiosas y la promoción de espiritualidades han acabado por ser formas de ejercitarnos en cuidar y alimentar vacas sagradas. Las vacas sagradas son importantes; son las estructuras simbólicas y míticas que nos otorgan identidad social. No hay que negarlas ni abusar de ellas, porque podrían volverse en nuestra contra asumiendo formas de barbarie y destrucción introyectadas a la par que proyectadas socialmente. Pero contamos con la puerta de la oración. Disponemos de la verja del amor desprendido, el acceso a la Presencia. Es un umbral estrecho. Se encuentra en el centro mismo de nuestro ser. Y cuando entramos en esta tierra de «música callada» y «soledad sonora», las vacas sagradas deben contentarse con pastar fuera de la verja. Al entrar en esta tierra aprendemos a distanciarnos de lo que las vacas sagradas querrían de nosotros. Aprendemos a pastorearlas en lugar de ser domesticados por ellas. En esta tierra aprendemos que la entrega de nuestra vida entera a Dios es lo que nos permite alcanzar la libertad de los hijos de Dios. En esta tierra descubrimos que «no somos nada. Lo somos todo». Y eso es así porque Dios lo es Todo en todo y nos ha atraído hasta Sí y vive y se deleita en nosotros. No necesitamos nada que nos sostenga más de lo que necesita la luna o una simple brizna de hierba húmeda con el rocío de la mañana.
*
James Finley El palacio del vacío de Thomas Merton
Sal Terrae
«El problema de dónde vivir y qué hacer es realmente insignificante comparado con la cuestión de cómo mantener los ojos del corazón puestos en Dios. Puedo enseñar en Yale, trabajar en la panadería de la abadía de Genesee, o jugar con los niños pobres en Lima, y sentirme inútil, desdichado, desgraciado y deprimido en todas esas situaciones.El perfecto lugar, empleo, vocación o ministerio no existe. Puedo sentirme contento o descontento en cualquier situación. Me consta, porque es algo que me ha pasado. Me he sentido desgraciado y gozoso al mismo tiempo, tanto en situaciones de abundancia como de pobreza, de popularidad como de anonimato, de éxito como de fracaso. La diferencia nunca dependía de la situación en sí, sino siempre de mi estado mental y espiritual. Cuando sabía que andaba con Dios, estaba en paz y me sentía contento. Cuando me embrollaba en mis propias quejas y penas emocionales, me sentía inquieto y fragmentado. Ahora que tengo que tomar una decisión acerca de mi porvenir, me doy cuenta de una simple verdad: si hago esto o aquello o lo de más allá, durante los próximos cinco, diez o veinte años, no es gran decisión. Entregarme plena e incondicionalmente a Dios, sin temor, sí lo es. Saber esto ha sido mi liberación».
A causa de tu amor infinito, Señor, me has llamado a seguirte, a ser tu hijo y tu discípulo.
Después me confiaste una misión que no se parece a ninguna otra, aunque con el mismo objetivo que los otros: ser tu apóstol y testigo.
Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que sigo confundiendo las dos realidades: Dios y su obra.
Dios me ha dado la tarea de sus obras. Algunas sublimes, otras más modestas; algunas nobles, otras más ordinarias. Comprometido en la pastoral parroquial, entre los jóvenes, en las escuelas, entre los artistas y los obreros, en el mundo de la prensa, de la televisión y de la radio, he puesto todo mi ardor implicando en ello todas mis capacidades.
No he ahorrado nada, ni siquiera la vida. Mientras estuve inmerso en la acción con tanta pasión encontré la derrota de la ingratitud, de la negativa a la colaboración, de la incomprensión de los amigos, de la falta de apoyo de mis superiores, de la enfermedad y la debilidad, de la falta de medios…
Me ha ocurrido también, en pleno éxito, mientras era objeto de aprobación, de elogios y de afecto por todos, ser trasladado de improviso y cambiado de función.
Heme aquí, ahora, presa del aturdimiento; voy a tientas, como en la noche oscura. ¿Por qué me abandonas, Señor? No quiero desertar de tu obra. Debo llevar a término tu tarea, ultimar la construcción de la Iglesia… ¿Por qué atacan los hombres tu obra? ¿Por qué la privan de su apoyo? Ante tu altar, junto a la eucaristía, he oído tu respuesta, Señor: «Me sigues a mí y no a mi obra. Si quiero me entregarás la tarea confiada. Poco importa quién ocupe tu puesto; es asunto mío. ¡Debes optar por mí!».
¡Padre del cielo! Tu gracia y tu misericordia no cambian con la mutación de los tiempos, no envejecen con el transcurrir de los años, como si fueras, al igual que un hombre, un día más misericordioso que otro, más misericordioso el primero que el último. Tu gracia no cambia, dado que eres inmutable, que eres siempre el mismo, eternamente joven, nuevo en cada nuevo día, porque cada día dices: «Hoy mismo».
Oh, mas si un hombre toma en consideración esta palabra y, cogido por ella, se dice seriamente a sí mismo con santa determinación: «Hoy mismo», entonces eso significa para él que desea ser cambiado juntamente ese día, desea que precisamente ese día pueda llegar a ser para él significativo con respecto a los otros días, significativo por el renovado refuerzo en el bien que una vez eligió, o tal vez incluso significativo porque escoge el bien. Tu gracia y tu misericordia consisten en esto: en que tú, inmutable, dices cada día: «Hoy mismo». En efecto, tú eres el que da «hoy mismo» el tiempo de la gracia; el hombre, sin embargo, es alguien que debe coger «hoy mismo» el tiempo de la gracia. Así es nuestro hablar contigo, oh Dios; existe una diferencia de lenguaje entre nosotros; sin embargo, nos esforzamos por comprenderte y por hacernos comprensibles a ti, y tu no te avergüenzas de ser llamado nuestro Dios.
Eso que -dicho por ti, oh Dios- es la eterna expresión de tu gracia y de tu misericordia inmutables, eso mismo -repetido en su justo sentido por un hombre- constituye la máxima expresión del cambio y de la decisión más profunda; sí, como si todo estuviera perdido si el cambio y la decisión no tuvieran lugar hoy precisamente.
Concédenos, pues, que este día pueda ser un día de verdadera bendición, que podamos escuchar la voz de aquel a quien tú enviaste al mundo y podamos seguirle.
*
Soren Kierkegaard,
«Ejercicio del Cristianismo»,
en Micromega 2 [2000], pp. 103-105, passim
Dame palabras fáciles y claras
para explicar la sencillez del alma
antes de ser rozada por las cosas,
cuando el alma no amaba equivocarse.
Pues al desierto voy, dame lo extraño,
que es ver por vez primera lo sencillo.
la tiniebla y la luz se separaron;
la noche vino y vino la mañana
Comentarios desactivados en ¡Caminante de la vida, procura hacer tú lo mismo!
El buen samaritano (Lc 10, 30)
No es muy larga la distancia,
sí es peligroso el camino
que va de Jerusalén
hasta el verde paraíso
de Jericó, fértil vega,
novia del sacro Jordán
y manantial del Profeta.
Y, aunque próxima al Mar Muerto,
es rico vergel de vida: “la ciudad de las palmeras y las rosas encendidas.”
Yace en la cuneta un hombre,
medio muerto y malherido,
mas todos pasan de largo
eludiendo compromisos:
el sacerdote, el levita
y otros muchos peregrinos.
Pasa un buen samaritano,
caballero en su pollino,
y sin preguntar quién es
-aunque bien ve que es judío-
se aproxima sin desdén,
le hace una cura de urgencia
con su propio aceite y vino,
y lo lleva hasta el mesón
donde lo cuida con mimo.
–“¡Cuídalo bien mesonero, yo te pagaré con creces cuanto hayas gastado en él, cuando vuelva de camino!“
¿El prójimo verdadero?
El que prestó sus auxilios,
el que olvidó que aquel hombre,
medio muerto y malherido
que yacía en la cuneta,
era un olvidado judío;
el que olvidó que era suyo
su propio aceite y su vino.
¡Caminante de la vida,
procura hacer tú lo mismo!
*
José Luis Martínez SM
***
(El buen Samaritano gay)
En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
– “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”
Él le dijo:
– “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”
Él contestó:
– “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.”
Él le dijo:
– “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.”
Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:
– “¿Y quién es mi prójimo?”
Jesús dijo:
– “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?“
Él contestó:
– “El que practicó la misericordia con él.“
Díjole Jesús:
– “Anda, haz tú lo mismo.”
*
Lucas 10, 25-37
***
A lo largo de la historia, cada vez que los hombres y las mujeres han sido capaces de responder a los acontecimientos del mundo tomándolos como ocasiones para madurar su propio corazón se ha abierto una fuente inagotable de generosidad y de vida nueva, entreabriendo una esperanza que superaba toda predicción humana. Si pensamos en las personas que nos han infundido esperanza, reforzando nuestro espíritu, descubrimos con frecuencia que no eran en absoluto profesionales del consejo, de la amonestación y de la moral, sino sólo personas capaces de expresar, con sus palabras y sus acciones, la condición humana de la que participaban, y que nos han incitado a hacer frente a los hechos reales de la vida.
Los predicadores que reducen lo inexplicable a problema, ofreciendo soluciones de servicios médicos de urgencias, nos deprimen porque evitan la piadosa solidaridad de donde proviene la curación. Ni Kierkeqaard, ni Sartre, ni Camus, ni siquiera Solzhenitsin han ofrecido nunca soluciones. Sin embargo, muchos de los que les leen encuentran energías para proseguir en la búsqueda. Quien no huye de nuestros dolores, sino que los toca piadosamente, nos cura y nos refuerza. A decir verdad, la paradoja consiste en el hecho de que el comienzo de la curación está en la solidaridad en ese dolor. En nuestra sociedad, orientada hacia las soluciones, cada vez es más importante darse cuenta de que pretender aliviar el dolor sin compartirlo es como pretender salvar a un niño de una casa en llamas sin correr el riesgo de quemarse.
*
H. J. Nouwen, Viaggio spirituale per l’uomo contemporáneo,
Brescia 81999, p. 54
Comentarios desactivados en Cada mañana me digo: hoy empiezo.
*
Siempre resulta ilusorio creerse convertido de una vez por todas. No, no somos más que simples pecadores, aunque pecadores perdonados, pecadores-en-perdón, pecadores-en-conversión.
No se nos da otra santidad aquí abajo […]. Convertirse significa comenzar siempre de nuevo este cambio radical interior mediante el cual nuestra pobreza humana se vuelve hacia la arada de Dios. De la Ley de la letra pasa a la Ley del Espíritu y de la libertad, de la ira a la gracia. Este vuelco no acaba nunca, porque no hace otra cosa que volver a comenzar constantemente. Antonio el Grande, patriarca y padre de todos los monjes, lo decía de una manera lapidaria: «Cada mañana me digo: hoy empiezo».
La conversión, efectivamente, es siempre una cuestión de tiempo: el hombre necesita tiempo, y también Dios quiere tener necesidad de tiempo con nosotros. Nos haríamos una imagen del hombre absolutamente errada si pensáramos que las cosas importantes en la vida de un hombre se pueden llevar a cabo de inmediato y de una vez por todas. El hombre ha sido hecho de tal modo que necesita tiempo para crecer, madurar y desarrollar todas sus propias capacidades. Dios lo sabe mejor que nosotros, y por eso espera, no desiste, es indulgente, longánimo: «La bondad de Dios te empuja a la conversión» (Rom 2,4). Benito, en el prólogo de su Regla, nos brinda un comentario de una gran riqueza: Dios sale cada día a la busca de su obrero, y el tiempo que nos da es una dilación, un don, un tiempo de gracia que se nos otorga de una manera gratuita. Es un tiempo que podemos emplear para encontrar a Dios una vez más, para encontrarle cada vez mejor en su estupenda misericordia.
*
André Louf, Bajo la guía del Espíritu,
1990, pp. 11-13, passim
Quien ha encontrado a Cristo ha escuchado su llamada a la conversión del corazón y de la vida. No es posible encontrar a Cristo y seguir como antes: si lo encuentras de verdad, él no te deja indiferente y no se cansa de llamarte a que salgas de ti para ir allí a donde su amor te preceda. En el rondo del corazón del creyente resuena sin parar la invitación a acoger al Dios que viene y hace nuevas todas las cosas, dejando que nos reconciliemos con él.
La reconciliación es el sacramento en el que Cristo viene en socorro de la debilidad del hombre, del hombre que había traicionado o rechazado la alianza con Dios, y lo reconcilia con el Padre y con la Iglesia, lo vuelve a crear como criatura nueva con la fuerza del Espíritu Santo. La reconciliación también recibe el nombre de penitencia, porque es el sacramento de la conversión del hombre; además del sacramento del perdón de Dios, es el encuentro del corazón que se arrepiente con el Señor que le acoge en la fiesta de la reconciliación. Este encuentro con Cristo, Salvador del mundo, que abrió las puertas del paraíso al buen ladrón, se lleva a cabo por medio de la confesión: toda la vida del pecador se ofrece a la bondad del Señor para que la sane de la angustia, para que la libere del peso de la culpa, para que la confirme en los dones de Dios y para que la renueve con el poder de su amor. A la confesión le responde el perdón divino, obtenido mediante la aplicación de los méritos del sacrificio de Cristo, que se hace presente él mismo en el acontecimiento sacramental con su obra de reconciliación y de paz, y viene a unir al pecador perdonado con el Padre del amor. El Señor, que quiso ser llamado amigo de los pecadores, no desprecia las debilidades ni las resistencias del hombre, sino que las toma en serio hasta el fondo, haciéndose cargo de ellas y ofreciendo, a quien se la pida, la ayuda necesaria para vivir una existencia reconciliada y ser así instrumento de reconciliación entre los hombres .
*
Bruno Forte, Piccola introduzione ai sacramenti,
Cinisello B. 1994, pp. 67-72, passim
Si vis amari, ama, si quieres ser amado, tienes que amar. Así lo ha hecho también Dios. Puesto que ha creado nuestro corazón para el amor, sabe darnos en incontables casos, una y otra vez, las pruebas de su amor…El hombre tiene que amar si quiere ser feliz.
Érase una vez un hombre que, de pequeño, había oído la bella historia de Abrahán, el cual, puesto a prueba por Dios, superó la prueba y conservó la fe […]. Cuando aquel hombre llegó a adulto, leyó el relato aún con mayor admiración. Cuanto más crecía, con tanta mayor frecuencia se demoraban sus pensamientos en aquel relato; su entusiasmo iba en aumento; sin embargo, cada vez le resultaba más difícil comprenderlo. Al final, este relato le hizo olvidar todo lo demás […]. Aquel hombre no era un pensador: no tenía ninguna necesidad de ir más allá de la fe. Cada vez que volvía a su casa después de haber dado un paseo por el monte Moria, se desplomaba por el cansancio; unía las manos y decía: «Nunca ha habido nadie tan grande como Abrahán, ¿quién puede comprenderlo?». Si no hubiera en el hombre una conciencia eterna, ¿qué sería la vida, sino desesperación? Si así fuera, si no hubiera ningún vínculo sagrado que uniera a los hombres; si las generaciones fueran pasando por el mundo como el viento por el desierto, sin que la vida tuviera un sentido, un fruto; si hubiera un olvido eterno que acecha a su presa y no hubiera poder alguno lo suficientemente fuerte para arrebatársela, ¡qué vacía y escuálida estaría la vida!
Pero no es así. ¡No! Nadie, si ha sido grande en el mundo, será olvidado; ahora bien, cada uno ha sido grande a su modo, cada uno lo ha sido en proporción a la grandeza de lo que amó. Quien se amó a sí mismo se hizo grande a través de sí mismo, pero quien amó a Dios se hizo más grande que todos. Cada uno permanecerá en el recuerdo; ahora bien, cada uno se hará grande en relación a lo que esperó. Uno se hizo grande esperando lo posible, otro esperando lo eterno, pero el que esperó lo imposible se volvió el más grande de todos. Cada uno permanecerá en el recuerdo; ahora bien, cada uno se hará grande según la grandeza contra la que luchó. Puesto que quien luchó contra el mundo se hizo grande venciendo al mundo; y quien luchó consigo mismo se hizo más grande superándose a sí mismo, pero quien luchó con Dios, se hizo más grande que todos.
*
Soren Kierkegaard, Temor y temblor,
Ediciones Altaya, Barcelona 1995.
«Yo estoy con vosotros». La frase es de una sencillez absoluta, pero el misterio que encierra es grande. Cuando se toma en serio esta afirmación, todo cambia. ¿Quién es este hombre que ha marcado con su huella toda mi vida, mi única vida? ¿Quién es este hombre que ha condicionado y condiciona todos mis pensamientos y decisiones? ¿Quién es este hombre invisible que dice estar siempre conmigo?
Es extraño: hay momentos en los que la suya es la presencia de alguien con el rostro velado. No sé nada de él. Sin embargo, he apostado mi vida por él. Y hay momentos en los que me parece que no conozco a nadie como él. Ignoro el color de sus ojos, el timbre de su voz, el gesto de su mano; sin embargo, sé que le reconoceré al instante, como a un viejo amigo. Jesús está siempre con nosotros, pero eso no implica que nosotros estemos siempre con él. Tenemos garantizada la fidelidad de Cristo, pero no tenemos garantizada la nuestra. «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Le 18,8).
Jesús está siempre con nosotros: se trata de ser capaces de ver a este compañero de viaje que no nos deja nunca. El cielo del espíritu es todavía más mutable que el que tenemos sobre nuestras cabezas. Nuestros días son siempre diferentes. Están los días de la alegría y los días de las lágrimas, los días de las tempestades y los días de la tranquilidad, los días aburridos y los días apasionados, los días del ofuscamiento y los días de los resplandores inesperados, los días de la exaltación y los días del cansancio metafísico. Pero no hay ningún día sin Cristo, ningún día es incompatible con su presencia salvífica.
El invisible compañero de nuestro viaje es también un guía. Con él todo paso que demos, todo metro que avancemos por nuestro camino tiene una meta. Con él, ninguna etapa de nuestro camino está perdida: no hay extravío que al final no revele su motivación providencial; no hay vuelta ociosa que no aparezca lógicamente orientada.
*
G. Biffi, Meditazioni sulla vita ecclesiale,
Cásale Monf. 1993, pp. 59-63, passim
La humildad es una virtud que no está de moda no sólo en la sociedad en general, sino ni siquiera entre muchos cristianos… Aquí interviene a fondo la locura del Evangelio. Al que quiere llegar a ser humilde, la locura del Evangelio le pide que se ejercite en considerar a los otros como superiores a él mismo (cf. Flp 2,3); le pide que prefiera una estima menor a otra mayor, las situaciones humildes a las más elevadas, el último al primer puesto.
No es posible decir la variedad de actitudes cotidianas a las que esta decisión nos compromete. Cuando dos hombres se disputan la misma ganancia y ésta no es divisible, cada uno de ellos se justifica diciendo: ¿por qué él y no yo? El hombre humilde, en cambio, se siente inclinado a decirse a sí mismo: en el fondo, ¿por qué yo y no él? Cuando se produce un fracaso, cada uno de los miembros del grupo busca un culpable: evidentemente, la culpa es de tal o cual. El hombre humilde, en cambio, se pregunta: ¿por qué tendría que ser más culpa de ellos que mía? Cuando nuestro ingenio y nuestros talentos permanecen desconocidos e inutilizados, exclamamos con disgusto: ¡qué injusticia! El hombre humilde, en cambio, se siente inclinado a decirse a sí mismo: después de todo, ¿soy verdaderamente tan indispensable?
Es un heroísmo querer hacer morir en nosotros todo tipo de orgullo. Para sentirnos dispensados de ello preferimos lanzar reproches, de una manera hipócrita, contra los peligros que la humildad cristiana supondría contra el desarrollo de nuestra personalidad. Pero nos engañamos, y si tuviéramos una sola brizna de lealtad deberíamos convenir en que si muchos, ¡ay de mí!, no consiguen llegar a ser hombres maduros, no se debe en absoluto a que hayan cultivado asiduamente la humildad; se debe más bien a que los mil diferentes tipos de orgullo les impiden participar en la humillación de Cristo para ser, por él y en él, convertidos, para que él nos haga crecer.
*
A. M. Besnara, L’umiltá, en Letture patrístiche,
Padua 1969
Comentarios desactivados en Oración: El corazón dispuesto
Abrahán tiene el corazón dispuesto, ya que ha escuchado a Dios y le ha obedecido. Se encuentra en un estado de deseo adecuado para un encuentro de amistad. Al fijarnos en él, hacemos un descubrimiento: el encuentro con Dios es un diálogo entablado sobre la base de la Promesa: «No temas…, yo soy tu escudo». Dios toma la iniciativa. Cada vez que oramos nos encaminamos al encuentro con un Dios que nos espera. Dios es el primero en hablar. Nuestras palabras no son otra cosa más que respuestas a una palabra, a una espera de Dios. Y la primera Palabra de Dios, desde Abrahán hasta María y a lo largo de toda la historia de los hombres, será siempre una palabra de paz: «No temas» (Le 1,30). Esto tiene un sentido para nosotros, para nuestras vidas hoy. No temas, deja tus angustias… Abrahán, cuando toma a su vez la palabra, expone simplemente las dificultades en las que se encuentra. Se trata, verdaderamente, de una conversación familiar del hombre con su Dios: «Estás viendo el estado en que me encuentro». Y Dios le confirma lo prometido.
Entonces Abrahán le cree. En esto precisamente consiste el acto de la esperanza: creo, porque me lo has prometido; en esto consiste la oración plenamente convencida, en una firme certeza en Dios. La oración, antes de ser un grito de invocación, es certeza de que Dios cumplirá lo que ha prometido. En esto consiste nuestra continua preparación para la oración: en apoyarnos únicamente en Dios.
El que haya recorrido más este camino, entra, como Abrahán, en una fase difícil: en una gran oscuridad, cae sobre él un profundo sueño. En consecuencia, no debe sorprendernos que, al entrar en la oración, nos adentremos en la oscuridad. La razón de ello es que entramos en la fe, pero hay también una segunda razón para la oscuridad. Hemos trabajado todo el día y, además, hemos de luchar contra las aves rapaces, contra todo lo que obstaculiza e impide la realización de la voluntad de Dios. Orar significa aceptar la noche de la fe, la noche de las contradicciones y de los sufrimientos.
*
Jacques Loew, La preghiera dei piccoli e dei poverí, Brescia 1983, pp. 16 ss
«Nosotros no vemos el camino que nos queda por delante. Parece oscuro, pero Dios es el Señor de todos los destinos, y Su voluntad es amor. Dejemos, pues, de lado todo lo demás y confiemos plenamente en Él, entregándonos nosotros mismos a Su amor, pidiéndole que nos ilumine y nos guíe en el camino de la acción positiva, si es que tal acción es viable. Por lo demás, hemos de tener gran paciencia y una fidelidad inquebrantable a Su voluntad y a nuestros ideales».
*
Carta a Evora Arca de Sardinia,
en Witness to Freedom
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