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Jueves Santo.

jueves, 9 de abril de 2020
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Lachapelle1-1-758x474(Juan 13, 1-15)

La compasión solidaria de Jesús se hace gesto y signo sacramental en la Eucaristía. La Eucaristía es la máxima expresión del “darse” de Cristo y de su gratuidad incondicional. Por eso, como ha dicho el papa Francisco, “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles (EG 47). Si en la Pascua judía el signo de la acción liberadora de Dios es la sangre y el sacrificio, en la Última Cena lo es el cuerpo partido y repartido de Jesús, accesible a todos y todas como alimento básico para la vida del mundo. Del mismo modo la Eucaristía no es algo “accidental” en la existencia de Jesús, sino que fue gestándose a lo largo de toda su vida y conduciéndole hacia la entrega total en sus palabras, en sus gestos y encuentros con la gente, especialmente con la más herida y vulnerada.

En el contexto cultural contemporáneo a Jesús el imaginario del banquete mesiánico (Is 25, 6-10) como el gran signo de la irrupción de la novedad de Dios en la historia tenía mucha fuerza entre los creyentes judíos. Por eso Jesús desde la experiencia inclusiva del amor compasivo del Abba, lo va a historizar y radicalizar tanto con sus parábolas (Mt 22,4) como con sus hechos: practicando una comensalidad abierta (Lc 15,2). Sus comidas con pecadores, publicanos y prostitutas inauguran un nuevo orden cuyo centro es el amor y la compasión más que la ley y las tradiciones excluyentes. Esta práctica de Jesús sitúa en condiciones de igualdad a todos los seres humanos en su accesibilidad Dios y a los bienes de la tierra. Por eso algunos teólogos y teólogas afirman que a Jesús le mataron por su forma de compartir la mesa y por con quienes eligió hacerlo. Las comidas de Jesús quiebran la imagen de un Dios sólo para selectos y revelan aun Dios cuyo ser y hacer es misericordia en acción, compasión solidaria, cercanía e identificación con los y las excluidas. Pero la Ultima Cena de Jesús no es tampoco una de tantas comidas de Jesús, sino que tiene un carácter de “memorial” de “testamento”. Jesús es consciente que en torno a él se va cerrando un cerco y busca la intimidad con sus discípulos para compartirles los secretos de su corazón y para ratificar su deseo de entrega, de seguir adelante en la misión que el Abba le ha encomendado. Por eso La Última Cena es un compendio de lo que ha sido la vida de Jesús. Su originalidad radica también en que Jesús es el “anfitrión” y se presenta a la vez como “el que sirve”, algo absolutamente inusual en la mentalidad judía donde quienes servían en las comidas eran las mujeres, y los esclavos. Al hacerlo Jesús ocupa su lugar.

Este mismo sentido es el que expresa el texto del Lavatorio. El testamento que Jesús nos deja a sus seguidores y seguidoras es el servicio. Este Jesús “agachado”, con jofaina y toalla en mano, rompe la dialéctica del amo y del esclavo y nos revela a un Dios identificado con los últimos, sirviendo desde abajo, sustentando, igualando, desde ese lugar, ahí, e inaugurando desde ahí la horizontalidad del Reino. Es tan provocador este gesto, en el que alguien ha dicho que «Jesús se mujerizó», y que en la imaginería religiosa apenas se recoge. El arte ha reproducido escenas de Jesús en las que aparece presidiendo la Eucaristía, sin embargo, hay muy pocas en las que Jesús aparece agachado y lavando los pies a sus discípulos, ocupando el último lugar. Esa actitud y ese gesto continúan escandalizándonos.

No hay nada más opuesto al servicio vivido al estilo de Jesús que el servilismo. El primero cuestiona toda forma de poder-dominación, de abuso y de desigualdad en las relaciones personales sociales y estructurales. Es un acto de libertad y de dignidad. El servilismo, por el contrario, idolatra el poder y a quien lo representa y constituye un acto de sumisión acrítica, por parte de quien lo realiza y de opresión por parte de quien lo permite. Sin embargo, a menudo los cristianos y cristianas lo confundimos. Celebrar el Jueves Santo es comprometernos a vivir eucarísticamente identificándonos con la persona de Jesús y su proyecto como servidores y servidoras de la fraternidad y la sororidad humana. “Haced esto en memoria mía”, es seguir actualizando la existencia al modo de Jesús, desde el servicio y contra toda forma de servilismo o poder dominación que genera violencia y exclusión. Por eso la Eucaristía no es un rito sino una dinámica existencial y celebrarla actualizar su memoria transformadora en nuestro mundo, por eso nunca es un tranquilizante, sino más bien un riesgo.

¿A qué riesgos nos invitan hoy nuestras Eucaristías? ¿Cómo hacer histórico hoy el lavatorio de Jesús en nuestros ambientes?

Pepa Torres Pérez

Fuente Fe Adulta

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¿Dónde quieres poner la mesa este año?

jueves, 9 de abril de 2020
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2209sanjuan9Jueves Santo 2020
Mari Paz López Santos
Madrid

ECLESALIA, 08/04/20.- ¿Dónde quieres poner la mesa para celebrar la Pascua este año? No queremos verte solo y ya conoces la situación de confinación a la que nos vemos sometidos.

Por toda respuesta echó a andar a lo alto de un monte.

“Al atardecer, se puso a la mesa” (Mt 26,20)  una gran piedra como ara de ofrenda y, alzando los brazos dijo:

Esta es la Mesa del Mundo, a la que está invitada toda la Humanidad. Sin distinción de culturas, razas, religiones, sexos o categorías sociales. El status social no cuenta para sentarse en esta mesa. El rico no tendrá sitio preferente, ni el pobre quedará esperando que le digan donde sentarse.

Los niños y niñas estarán en primera fila, para que no se aburran sin ver nada. Me habéis oído decir muchas veces: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Y cuando quieran marcharse a correr, dejadles, ya han tenido bastante encierro en las casas, sin ir al colegio, sin jugar en la calle.

Las personas mayores tendrán asientos especiales, y estarán rodeadas de sus hijos e hijas, nietos y nietas, liberadas del desconsuelo que han vivido sin poder ver a los que quieren y echando de menos a los que se fueron.

Las mujeres agredidas en el encierro por sus parejas, intentando proteger a sus hijos, disfrutarán de la libertad de verse cuidadas y atendidas.

Profesoras y profesores que han trabajado on line con los alumnos. Trabajadores y trabajadoras de tiendas de alimentación y supermercados, transportistas y camioneros, trabajadores de recogida de basura, conductores de autobuses urbanos, bomberos, policías, militares, guardias civiles, voluntarios de organizaciones humanitarias, personal de limpieza de hospitales, empleados de fábricas que han trabajado haciendo mascarillas y trajes de protección sanitarios, trabajadores de los tanatorios y lugares dedicados a resguardar y tratar con dignidad a quienes han muerto a causa de la pandemia.

Científicos trabajando a destajo para encontrar una vacuna que pueda parar tanta muerte. Enfermos, sus familias, vecinos que se han ayudado, todas y cada una de las personas que en el sufrimiento han mostrado solidaridad, han dado consuelo, han tenido empatía, han practicado el cuidado, la cercanía en la distancia con una llamada, un whatsapp, una sonrisa, han acompañado a quienes han vivido solos el tiempo de encierro. Los que han orado, unos por otros… Todos estáis llamados a compartir Mesa del Mundo.

En la Mesa del Mundo, como en la Cena de Pascua con los Doce, también se sientan quienes no acaban de entender la dimensión que tiene la Fraternidad Universal. Toman asiento creyendo que son lo que no son y deseando lo que les impide comprender que todos somos del mismo barro; que desde el día que llegaste al mundo formas parte de  la familia universal y que eres hijo e hija de Dios, le llames como le llames.

Los Doce habían discutido en otros momentos quien era el más importante. Se suscitaban envidias por los puestos que tendrían en el Reino. ¡Qué ingenuos!

Aquella noche, la traición se hizo presente: Judas por su ambición de poder y de dinero, y Pedro por el miedo a las consecuencias de dar testimonio.

Y todos celebraban la misma Cena y estaban sentados en la misma Mesa.

Se hizo un gran silencio y, pasados unos momentos, alguien empezó a aplaudir. Eran las ocho. Todos en pie batiendo las palmas y mirando alrededor… ¡No han venido! ¿Dónde están?

El personal sanitario de todos los hospitales del mundo que había combatido con todas sus fuerzas y su profesionalidad el ataque masivo del bicho invisible, se fue acercando y rodeando la Mesa del Mundo.

Sonrientes y agradecidos por los aplausos de los presentes, las sonrisas se mezclaban con las lágrimas. Poco a poco, los aplausos fueron dejando espacio a un gran silencio.

Entonces, “Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies del personal sanitario y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido”. (Jn 13, 4-5)

Al verlo, muchos de los presentes se acercaron a Jesús y se pusieron a lavar los pies a todos los que habían luchado con su trabajo y desvelo para arrebatar al virus la vida del mayor número de personas, en jornadas maratonianas en los hospitales y sin poder estar con sus familias.

Él mirando a todos dijo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; que, como yo os he amado, así os améis también entre vosotros”. (Jn 13, 34)

Ya era de noche, se puso en pie y alzando los ojos al cielo, dio gracias al Padre.

No estaba solo porque el Amor lleva a todos en el corazón, aunque nos quedemos en casa.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Hoy el lavatorio de los pies es la ayuda a los demás, el trabajo del personal sanitario, el consuelo a quienes sufren

jueves, 9 de abril de 2020
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icono-del-lavatorio-de-los-pies-40x60-cmDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

Meditación para el jueves santo

  1. Sabiendo Jesús que estaba llegando su hora.

         La “hora” llega con la nueva Pascua (no con la de los judíos), que Jesús se dispone a celebrar: pasar de este mundo a Dios Padre.

Se trata del nuevo Éxodo, de la libertad definitiva.

         En nuestra vida también hay muchas “horas”, momentos cruciales, pasos difíciles, la pandemia que estamos sufriendo es uno de los “valles oscuros” que nos ha tocado vivir en nuestra existencia.

         Para Jesús llegaba no tanto la “hora” de la muerte”, sino de la vida. Y esa “hora” es la fuente de la vida. Es fuente de una gran esperanza.

         Es bueno que científicos, médicos, políticos y todos los ciudadanos trabajemos por la vida, por curar o salir de esta pandemia, pero la hora llega, llegará.

         Detrás de los problemas de la ciencia, están los problemas de conciencia. Quiera Dios que salgamos con bien de esta pandemia, pero detrás de ella sigue en pie el problema de la muerte y del sentido de la vida.

         Que nuestra hora sea la de Jesús: la hora de vivir.

  1. Jesús se reúne con los suyos.

         Los “suyos somos todos”: en la misma mesa están Jesús, los discípulos, Pedro: hombre de poder, Judas: traidor, el Discípulo que se siente amado por Jesús.

         Probablemente en nuestra vida ha habido y hay  momentos de todos esos “personajes”. Como a Pedro, también a nosotros nos gusta el poder; tal vez hemos sido algo “Judas” en la vida, en todo caso, todos y siempre somos amados por JesuCristo.

         Nos encontremos como nos encontremos, Dios es amor. Jesús se reúne siempre con los suyos, que somos nosotros. En estos momentos de enfermedad podemos sentir la lejanía de Dios. Sin embargo Jesús no nos deja solos, está reunido con nosotros: No os dejaré huérfanos, (Jn 14,18). Dios permanece, sufriente, con nosotros.

Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios permanece en él. (Jn 4,8)

  1. Lavar los pies.

El relato evangélico tiene un cierto tono solemne. Es una de  esas “ironías” que emplea el evangelista san Juan. Enmarca con gran solemnidad un gesto tan pobre y cotidiano como lavar los pies de los suyos.

El lavatorio no tiene lugar al comienzo de la Cena. No es un rito de purificación judío ni religioso, sino que tiene lugar en el transcurso de la cena. El servicio es una actitud central y fundante de la Iglesia.

Extrañamente en la Última Cena del evangelio de san Juan no hay Eucaristía. El pan de vida lo ha resuelto en el cp 6, en la multiplicación de los panes: Yo soy el pan de Vida.

A lo largo del tiempo de su vida pública, Jesús había comido frecuentemente con pecadores y publicanos, que eran auténticas eucaristías, comidas, encuentros salvíficos.

En la última Cena del evangelio de San Juan, el centro lo ocupa Jesús servidor, esclavo, que lava los pies a los suyos y un Jesús que ama hasta el final: servicio y amor.

  1. Servicio y amor en la iglesia.

Estamos viviendo esta ingente crisis de salud y de vida.

Resulta reconfortante ver tantos gestos de cercanía, de ayuda, de servicio: familias y vecinos que se ayudan, el personal sanitario que se entrega vocacionalmente a salvar vidas, voluntariado, instituciones, etc. Ese es el lavatorio de los pies de nuestro momento: ese es el servicio de hoy

Este año no hay Misas, ni procesiones (la procesión va por dentro). La Iglesia es una comunidad que nace no del poder, ni de la pomposidad de los ritos y procesiones, sino del lavatorio de los pies, del servicio. Hace bien que el obispo de Roma, Francisco, desee y repita con frecuencia el deseo de una “iglesia pobre y para los pobres donde se viva el amor, incluso la ternura” (Francisco).

Esta es la Iglesia del Jueves Santo: Una iglesia de servicio y amor a los débiles, una Iglesia que se quita el manto de Señor, (la muceta pontifical o de poder) y celebra la Eucaristía con los que sufren física o moralmente, una iglesia que sirve y ama, una iglesia que no impone, sino que sirve.

Os he dado ejemplo: haced vosotros lo mismo

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«En el misterio pascual», por Gabriel Mª Otalora

jueves, 9 de abril de 2020
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MISTERIO-PASCUAL_2212888801_14408692_660x371De su blog Punto de encuentro:

 La semana litúrgica cristiana más importante del año condensa todo el misterio que entraña la Revelación. Casi resuena como un oxímoron pronunciar a la vez “misterio” y “revelación”, pero esto es precisamente lo que sigue siendo de permanente actualidad, siglo tras siglo, gracias a la experiencia de la fe que lo actualiza en cada tiempo.

Mensaje novedoso de entrega y éxito que conoce la persecución y la muerte, pero cree en la resurrección. Sus resultados renuevan la historia cada vez que el Mensaje cala en una sociedad concreta. Ahora que coincide el confinamiento por un virus que pone en jaque a la humanidad y descoloca litúrgicamente a nuestra Cuaresma y Semana Santa, es necesario reflexionar desde la oración sobre nuestra relación con Dios.

Pedid y se os dará, proclama el evangelio; insistid como el que necesita de su amigo a medianoche, hasta que baje a atenderle para que le deje en paz. Quizá es el momento de orar en torno al significado de la verdadera Providencia en estas situaciones tan dolorosas y de tanto desconcierto y tristeza. Ahora que la mayoría tenemos más tiempo a causa del confinamiento, estoy releyendo algunos libros que en su día me hicieron mucho bien espiritual. Y he encontrado una reflexión del jesuita Ladislao Boros que viene muy a cuento de la providencia en este tiempo Pascual.

Para Boros, lo esencial de la providencia divina consiste en la conversión del pensamiento y no tanto en que Dios intervenga milagrosamente en nuestra vida ante las amenazas de la existencia. La providencia es más bien una metamorfosis interior producida por la gracia en todas las vivencias humanas cuando nos fiamos de Dios. Todo puede convertirse en gracia, como dijo Teresa de Lisieux. Es lo que Pablo llama “confiar contra toda esperanza”. No somos cobayas, tenemos a quien seguir. La Semana Santa nos hace revivir la historia fiel del amor de Dios a cada uno de nosotros, por encima de las circunstancias que nos depara la existencia.

Boros se centra en lo primordial entre los momentos más esenciales de la experiencia de la Resurrección están la bondad, la afabilidad, el perdón y el afecto como última medida de la vida; lo esencial una vez despojada toda apariencia. Cualquier gesto de fe y de amor al prójimo es siempre un movimiento hacia Dios que acarrea un paso hacia nuestra plenitud.

Jesús de Nazaret es la senda; seguimos a alguien, no a una idea o a una ideología. Y con su ejemplo y Resurrección queda sentenciado un sí definitivo a toda buena intención del corazón humano, a todo perdón y mansedumbre, a toda bondad y esperanza.

No somos héroes, nuestras vidas son las que son. Pero Dios nos envuelve como al pez el agua de la pecera para insuflar fe en Él, vida solidaria y esperanza. En realidad nuestra paz está ligada a esa aceptación humilde llena de confianza en el Padre con la que Dios opera la metamorfosis interior a la que me refería anteriormente. Algo que a su vez nos capacita para dar esperanza a los demás. Que por algo hemos sido elegidos para el testimonio. Hemos sido llamados a la evangelización.

Si lo esencial se nos da solo como experiencia y el amor posee la consistencia suficiente como para ser lo único digno de fe, la Semana Santa, en especial el Triduo Pascual, es la celebración de la revelación del amor de Dios a cada uno de nosotros. Estamos invitados a cambiar de actitud y vivir conforme a la invitación de Cristo. La Cuaresma ha sido el tiempo de preparación en escucha activa y propicia para vivir ahora este tiempo fuerte pascual que se condensa en el Triduo.

Dios proveerá es más que una frase, es algo cierto que se hace realidad en quienes trabajan la metamorfosis a la que se refiere Ladislao Boros renunciando a lo que impide experimentar la salvación de Dios hoy y aquí; ahora mismo, dentro de mí. Pura Pascua.

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Cuando sanar es peligroso: Mataron a Jesús porque sanaba

jueves, 9 de abril de 2020
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Rembrandt+van+Rijn+-+The+Pilgrims+at+Emmaus+Del blog de Xabier Pikaza:

Una Semana Santa de la Salud

Jesús  profeta anunció a su gente (marginados y enfermos de Galilea) la llegada y presencia del Reino como salud y libertad.

Jesús  terapeuta sanó a los enfermos, y decía que no era él quien curaba, sino la fe de los enfermos, porque creer en Dios esa salud y libertad.

 Fue de esa manera un subversivo: Encendió  una llama de la fe en la oscuridad de muchos, que pudieron ponerse en contacto con la fuente divina de su Vida, renaciendo así en salud de amor, ellos mismos, superando unos poderes de opresión.

Actualmente (primavera 2020) hay miles y miles de profesionales de la salud que arriesgan cada día su vida para acompañar y curar a los enfermos del coronavirus. Muchísimos son como Jesús, a ellos mi homenaje de agradecimiento, mi solidaridad de personas. Pero el sistema sanitario en su conjunto, aún siendo muy bueno en un plano, parece estar al servicio de la pervivencia del poder político-social, más que de las personas (y en especial de las más pobres).  Nos hallamos pues, ante una encrucijada.

(a) Por una parte es muy bueno lo que están haciendo miles y miles de sanitarios en estos tiempos de coronavirus que nos sitúan de nuevo ante el riesgo y tarea de la vida.

(b) Pero muchos pensamos que hace falta un cambio intenso en la forma de entender las prioridades, poniendo el dinero  y la ciencia al servicio de las personas y no del capital y de las instituciones del sistema político-administrativo.

Desde ese fondo he querido reflexionar sobre la forma de acompañar y curar a los enfermos que tenía Jesús, al que mataron precisamente por la forma en que curaba, partiendo de la disputa de Mc 3, 20-35 sobre el sentido de las curaciones de Jesús.

(a) Muchos dicen que Jesús cura para el Diablo, es decir, para dominar mejor a la gente, para tener sometidos a todos. En esa línea, este sistema curaría también pra el Diablo, para tener a la gente más sometida, más dependiente, más «victimizada».

(b) Jesús contesta diciendo que él cura para Dios, es decir, para la libertad de los oprimidos y marginados… Ésta es quizá la disputa más importante del evangelio de Marcos, como he puesto de relieve en un comentario que he escrito sobre el tema.

Un sistema de salud muy bueno y problemático

Jesus healing the demoniac boyEvidentemente, hay que mantener un sistema de salud como el que tenemos y mejorarlo todavía más, en investigación, en dotación económica, en asistencia concreta. Pero, al mismo tiempo, puede servirnos de gran ayuda el testimonio de Jesús, que ante todo un terapeuta,un hombre que supo que Dios (el Reino de Dios) se hace presente en la salud y libertad de los hombres y mujeres.

Significativamente, para Jesús, lo contrario a la Vida no es la muerte, sino un tipo de enfermedad sin fe. Lo contrario a la vida es la opresión, la violencia, la mentira organizada.  En  contra de eso, él ofreció a los hombres un camino de verdad, de perdón, de confianza en la vida, entre los enfermos y excluidos, los «endemoniados» a quienes enseñó a creer en la vida y a vivir en libertad.

Nuestro sistema sanitario está al servicio del sistema  económico-social  más que al servicio de los hombres y mujeres como tales, empezando por los pobres. Así sucedía en tiempo de Jesús.  Pero él quiso curar y curó a los hombres para bien de ellos mismos, no para ningún sistema socio-religioso. Y por eso le mataron.

Por eso precisamente le mataron porque enseñó a vivir en dignidad a los oprimidos, en salud personal a los enfermos, porque se rebeló contra un mundo que necesita enfermos y pobres para tenerles sometidos. Por eso, las curaciones que él suscitaba eran peligrosas, porque eran gestos de afirmación y de vida de los pobres, excluidos y enfermos.

Jesús supo y dijo que el Reino de Dios no es tener más dinero en cuanto tal, ni más poder social… El Reino es la Salud para los Pobres y Enfermos… Salud significa dignidad, conciencia del propio valor, confianza creadora…

El reino de Dios (es decir, del hombre) es la salud

  Jesús identificó la llegada del Reino de Dios con la curación de los enfermos, no con el cumplimiento de unas leyes sacrales, ni con penitencias o sacrificios de templo, con un tipo de guerra santa y victoria sobre los enemigos de Dios (que serían en aquel entorno los romanos). Jesús descubrió y mostró con su vida la relación más honda que había entre curación de los enfermos y presencia de Dios.

71JIXJ6MVhLAsí vino a presentarse y actuar como “terapeuta” del Reino de Dios, vinculando la llegada (implantación) del Reino de Dios y la curación de los enfermos, no por un tipo de obras suyas, sino por la fe de los mismos enfermos, es decir, sino con la transformación integral de los enfermos, vinculando de manera inseparable lo que hoy solemos llamar el cuerpo y el alma, que no son dos substancias separadas, como pudo pensar Descartes, sino dos aspectos o momentos de la misma realidad humana.

Jesús no fue médico de cuerpo, en el sentido posterior de la palabra (como si el cuerpo fuera un tipo de máquina independiente del alma o mente humana); tampoco fue médico de almas, en la línea de un espiritualismo posterior que desprecia o deja a un lado el cuerpo. Fue médico o terapeuta de personas, en línea de fe, es decir, de confianza básica en la vida, un terapeuta lógicamente discutido, pues no estaba al servicio del templo de Jerusalén, ni de la ley establecida de los escribas, ni del poder de Roma o de las autoridades políticas de Galilea.

‒ Fue terapeuta discutido y algunos le tomaron como un mago ambiguo, capaz de promover un tipo de “salud” en algunos enfermos, o de impulsar un movimiento de pobres y excluidos sociales, pero en una línea “asocial”, contraria a los principio del orden social imperante de los sacerdotes y escribas (y de los mismos romanos). Por eso es normal que algunos le acusen diciendo que era un “mago” satánico, alguien que cura a los locos y enfermos con poderes dudosos y con resultados aún más dudosos, rompiendo en nombre de Dios el buen orden de la sociedad establecida.

‒ Otros, en cambio, le vieron como un hombre de Dios, profeta poderoso en obras o palabras,  dotado del Espíritu, para anunciar el reino de su vida y de su gracia sobre el mundo, en la línea de Elías y otros profetas antiguos a quienes la tradición de las Escrituras veneraba como santos, profetas y terapeutas. Éstos fueron y siguen siendo sus testigos, continuadores de su obra.

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Jesús Martínez Gordo: «Ante estos dramas, es normal que se asista al derrumbe del imaginario de un Dios todopoderoso»

martes, 7 de abril de 2020
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31444Etty Hillesum

«Tenemos, nos guste o no, fecha de caducidad»  

 «La muerte, prematura e injusta, y la que se ceba en los más débiles, nos afecta a todos: seamos deístas y teístas, ateos o agnósticos-ateos»

«Es más sensato reconocer que el cristianismo, no teniendo la respuesta racional a este problema, habilita, sin embargo, para afrontarlo de manera coherente y lúcida»

«Por qué lo hemos mirado como algo ajeno a nosotros mientras campaba por China y otros países y por qué es capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros»

“Ahora que nos hemos dado cuenta de que Dios y rezar no sirven para nada, sería la ocasión para dar el presupuesto de la Iglesia a la sanidad”. Así se leía en uno de los whatsapps que he recibido estos días. Más allá de que siempre haya quien, aprovechando que San José era carpintero, quiera hablar de la confesión, me interesa reflexionar en voz alta sobre una vieja cuestión que, formulada hace más de dos milenios por Epicuro, reaparece en estos tiempos con particular fuerza y que se puede reformular en estos términos: “¿Quiere Dios evitar el coronavirus, pero no puede? Entonces es impotente. ¿Puede, pero no quiere? Entonces es malévolo. ¿Sí puede y quiere? Entonces, ¿por qué existe el coronavirus?”.

Cuando hay que enfrentarse con semejante drama (y con la contradicción –existencial y racional– que funda), es normal que se asista no solo al derrumbe del imaginario de un Dios todopoderoso e incluso bondadoso, sino también a la defensa de la mayor consistencia racional del ateísmo o del agnosticismo-ateo frente a las explicaciones deístas o teístas. Uno de los ejemplos, probablemente el que me ha resultado más llamativo estos últimos años, es el testimonio del pastor estadounidense Bart D. Ehrman sobre su tránsito de la fe cristiana a la increencia por no haber podido soportar esta contradicción entre un Dios omnipotente y bueno con la existencia, en su caso, del mal, en general.

 Pero tengo que recordar, como necesario e ineludible contrapunto, no solo la existencia de personas (en el caso de Etty Hillesum) que descubrieron la fe en plena Shoah o exterminio nazi, sino que tampoco faltan en nuestros días las que sostienen que éste -el problema del mal o del Coronavirus y Dios- ha de afrontarse en términos estrictamente racionales. Y así ha de ser porque la muerte, prematura e injusta, y la que se ceba en los más débiles, nos afecta a todos: seamos deístas y teístas, ateos o agnósticos-ateos e incluso antiteístas e indiferentes. Ya no vale, apuntan, criticando a estos últimos, creer haber alcanzado una explicación racional más consistente que la teísta negando la existencia de Dios y quedarse, según los casos, plácida, tranquila o angustiosamente sumidos en el silencio o en el mutismo. Semejante respuesta o ensayo de explicación alternativa –que no acaba de eludir la perplejidad que atenaza a todos, teístas o ateos– no es, cuando se dé, una explicación racionalmente más firme que la creyente. De ninguna manera.

Quizá, por ello, en los últimos años los teólogos han seguido reflexionando sobre la cuestión. En concreto, he encontrado tres ensayos de explicación que merecen la pena ser tenidos en cuenta estos días. Me tomo la libertad de indicar lo que considero más sustancial de sus respectivas aportaciones en estas circunstancias: la de J. A. Estrada; la de J.-B. Metz y la de A. Torres Queiruga.

Juan Antonio Estrada declara “imposible” el intento de armonizar racionalmente el mal con un Dios bueno y omnipotente. No se puede exculpar a Dios. Cuando se intenta, se acaba favoreciendo el imaginario de un ser malvado a costa del sacrificio de las personas. Es más sensato reconocer que el cristianismo, no teniendo la respuesta racional a este problema, habilita, sin embargo, para afrontarlo de manera coherente y lúcida, muy lejos de la indiferencia o la desesperanza: quien, como es su caso, se autocomprende como un cristiano, sabe que el problema le sobrepasa racionalmente pero, a la vez, que también tiene motivos más que sobrados para combatir el mal, en particular, el injusto y antes de tiempo, como lo hizo Jesús de Nazaret, estando al lado de los que lo padecen, curando, acompañando, alentando.

Sin dejar de reconocer el silencio (racional) en el que habitualmente nos adentra la petición de una respuesta congruente por parte de Epicuro, no hay que descuidar los gritos y las demandas de justicia que, a pesar de todo, siguen dirigiendo a Dios las víctimas. He aquí el punto de partida de la explicación ofrecida por J.-B. Metz. La atención a tales demandas le lleva a erigir dichos gritos y lamentos en el principio cognoscitivo de todo y, a la par, a entender la fe cristiana como “memoria de la pasión”, es decir, como memoria de un Crucificado cuyo drama se actualiza en el clamor de todas las víctimas. En nuestro caso, en primer lugar, como principio cognoscitivo: preguntarse por qué irrumpe el Coronavirus; por qué se ceba en los más débiles del mundo y de nuestra sociedad; porqué lo hemos mirado como algo ajeno a nosotros mientras campaba por China y otros países y por qué es capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros. Y, en segundo lugar, como actualización en el tiempo presente de la tragedia acontecida hace dos mil años en el Calvario y, por ello, en quienes, como así sucede estas últimas semanas, mueren, porque son ancianos, enfermos, débiles o profesionales de la medicina o trabajadores en servicios imprescindibles para la ciudadanía; y, además, sin poder despedirse de sus seres queridos.

«Entender la fe cristiana como “memoria de la pasión”, es decir, como memoria de un Crucificado cuyo drama se actualiza en el clamor de todas las víctimas»

Andrés Torres Queiruga, prolongando la vía abierta en su día por G. Leibniz, sale críticamente al paso de las explicaciones que subrayan la oscuridad, el silencio o el retraimiento –el “zimzum”– de Dios y sitúa la clave explicativa del mal en la fragilidad en cuanto tal; por tanto, no en Dios mismo: tenemos, nos guste o no, fecha de caducidad, habida cuenta de nuestra constitutiva finitud. Nos somos dioses. La suya es una propuesta dispuesta a mostrar la articulación existente, y sin estridencias de ninguna clase, entre la insuperable idoneidad del amor divino –que caracteriza no tanto como el todopoderoso, sino como el Antimal– y el mal (en nuestro caso, el Coronavirus) que se aloja en la constituyente limitación de lo finito y, sobre todo, en el perecimiento prematuro e injusto. Éste, recuerda, es un problema, ante todo y, sobre todo, racional, propio de la condición humana en cuanto tal; no solo de los creyentes. Por eso, nos atañe a todos y requiere una explicación por parte de todos, más allá de nuestra fe o ausencia de ella, aunque los creyentes tengamos sobrados motivos y razones para no desesperar e implicarnos en su erradicación.

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Finalmente, creo que no está de más traer a colación lo sostenido por Paolo Flores d’Arcais en su debate con J. Ratzinger el año 2008, pocos meses antes de que fuera elegido papa: En lo que toca al “apoyo a los marginados, a los últimos, respecto al deber de la solidaridad”, los creyentes –sostuvo– sacaban a los no creyentes bastantes puntos de ventaja. Y, probablemente, carecer de fe hacía “mucho más difícil la capacidad de renunciar al egoísmo, de sacrificarse por los demás”.

Eso no quería decir, matizó, que lo hiciera imposible. Evidentemente, prosiguió, también se daba entrega y generosidad entre los ateos e increyentes; sobre todo en los momentos más trágicos de la historia de la humanidad. Pero era una entrega que, sin saber muy bien por qué, se mostraba intermitente cuando había que afrontar el compromiso –discreto y paciente– del día a día: “Ni qué decir tiene –indicó– que un ateo puede sacrificar su vida. No obstante –balbució–, tengo la impresión de que resulta más fácil…, o sea, más fácil…, menos difícil, sacrificarla en momentos excepcionales que hacer sacrificios menores, pero cotidianos (para quien no cree que para quien cree o, por lo menos, que para algunos que no creen)”. En síntesis, concluyó, “la piedra donde tropezar es para el ateo la incapacidad de caridad”.

Se agradece poder escuchar (y recordar) un testimonio como el reseñado. Y más, en estos tiempos en los que creyentes e increyentes compartimos la tarea de erradicar algo de tanta desolación en este tiempo de coronavirus; resabios anticlericalistas al margen.

Fuente Religión Digital

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No te rindas

miércoles, 1 de abril de 2020
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Del blog Nova Bella:

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No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas…

*

Mario Benedetti

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Imagen: Médico atendiendo a paciente en un hospital (imagen ilustrativa).

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Espiritualidad benedictina

martes, 31 de marzo de 2020
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Del blog Nova Bella:

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Hay que intentar afrontar la enfermedad y la muerte como dos necesidades integradas en la propia vida, no tanto como una excepción que no debería haber ocurrido, ni mucho menos como un castigo o un destino fatalista. Se trata de vivirlas como una oportunidad única para profundizar en la configuración con Cristo.

*

Ignasi Fossas, osb

***

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“Yo soy la resurrección y la vida”. Domingo 29 de marzo de 2020. Domingo 5º de Cuaresma.

domingo, 29 de marzo de 2020
Comentarios desactivados en “Yo soy la resurrección y la vida”. Domingo 29 de marzo de 2020. Domingo 5º de Cuaresma.

18-CuaresmaA5Leído en Koinonia:

Ez 37,12-14: Les infundiré, mi espíritu, y vivirán
Salmo responsorial 129: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa
Rom 8,8-11: El espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes
Jn 11,1-45: Yo soy la resurrección y la vida

El pueblo, desterrado en Babilonia (su tumba), es llamado a una existencia totalmente nueva. El Espíritu del Señor se posa sobre su realidad (huesos secos) y les reviste de carne, es decir, de vida. Un pueblo nuevo se pone en pie. Dios puede abrir los sepulcros de Israel y darle una nueva vida. Es una “resurrección” que marca el final del destierro y el regreso de la esperanza al pueblo, con el retorno a su tierra. Este es el mensaje que nos regala hoy la profecía de Ezequiel.

El evangelio nos presenta el último de los signos realizados por Jesús, que insiste en que su finalidad es “manifestar la gloria de Dios”. Por su vida y obras, Jesús revela al Padre, y a ello deben corresponder los discípulos confesando su fe en él. En el relato, esta fe de los discípulos, pasa por un proceso de crecimiento, que se deja ver claramente en los diálogos que tienen los doce y las hermanas con Jesús. El gran gestor de este proceso en los discípulos es Jesús, que por su palabra y su propia fe en el Padre, va conduciéndolos de una fe imperfecta a una fe más sólida. La fe de Jesús es confiada, y lo manifiesta en la oración que dirige al Padre: “Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas”. Jesús sabe que el Padre está con él y no le defraudará, y manifiesta esta confianza aun antes de que suceda el signo.

Las hermanas, en cambio, manifiestan una fe limitada y se lamentan de lo mismo. Partiendo de esta fe deficiente, Jesús les conduce a una fe mayor. Cuando le dice a Marta que su hermano resucitará, ella, según el sentir común, piensa en algo que sucederá al final de los tiempos, pero Jesús le rompe todas sus creencias revelándole que ésta es una experiencia ya presente y actuante en él: “Yo soy la resurrección y la vida”. Le revela además que esta resurrección, está ya presente y actuante en todos aquellos que crean en él: “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Entonces la obliga a dar un paso adelante en su fe: “¿Crees esto?”. Ella asiente positivamente: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Al resucitar a Lázaro, Jesús revela que “el don de Dios” desborda los cálculos humanos (se esperaba que lo curara, no que lo resucitara), incluso cuando ya no hay esperanza (“Señor, huele mal, ya lleva cuatro días muerto”), y anticipa el signo por excelencia de la resurrección de Jesús. A todo el que confié en él, “Dios le ayuda” (esto es lo que significa el nombre Lázaro). A todo discípulo que cree en Jesús, le sucede lo que a Lázaro, no hay que esperar al final de los tiempos para resucitar. La fe cristiana es un camino de vida y de esperanza en el que el Espíritu Santo, desde el bautismo, nos identifica con Cristo que nos ha sacado de nuestras tumbas para que vivamos ya ahora como resucitados.

Muchos pueblos de la tierra, en el pasado y en el presente, se han visto forzados a abandonar su tierra, a marchar al exilio. Sus habitantes forman las legiones de desplazados y refugiados que, hoy por hoy, las Naciones Unidas, a través de su Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR), se esfuerzan por atender. Para un desplazado no hay peor desgracia que morir lejos del paisaje familiar, de la tierra nutricia, del suelo patrio. El profeta Ezequiel, en la primera lectura, afronta esta situación viviéndola con su pueblo de Judá, hace 26 siglos: comienzan a morir los ancianos, los enfermos, los más débiles, lejos de Jerusalén, de la tierra que Dios prometiera a los patriarcas, la tierra a la cual Moisés condujera al pueblo, la que conquistara Josué. Al dolor por la muerte de los seres queridos se suma el de verlos morir en suelo extranjero, el de tener que sepultarlos entre extraños.

Pero la voz del profeta se convierte en consuelo de Dios: Él mismo sacará de las tumbas a su pueblo, abrirá sus sepulcros y los hará volver a la amada tierra de Israel. Su pueblo conocerá que Dios es el Señor cuando Él derrame en abundancia su Espíritu sobre los sobrevivientes.

En el Antiguo Testamento no aparece claramente una expectativa de vida eterna, de vida más allá de la muerte. Los israelitas esperaban las bendiciones divinas para este tiempo de la vida terrena: larga vida, numerosa descendencia, habitar en la tierra que Dios donó a su pueblo, riquezas suficientes para vivir holgadamente. Más allá de la muerte sólo quedaba acostarse y «dormir» con los padres, con los antepasados; las almas de los muertos habitaban en el “sheol”, el abismo subterráneo en donde ni si gozaba, ni se sufría.

Sólo en los últimos libros del Antiguo Testamento, por ejemplo en Daniel, en Sabiduría y en Macabeos, encontramos textos que hablan más o menos confusamente de una esperanza de vida más allá de la muerte, de una posibilidad de volver a vivir por voluntad de Dios, de resucitar. Esta esperanza tímida surge en el contexto de la pregunta por la retribución y el ejercicio de la justicia divina: ¿Cuándo premiará Dios al justo, al mártir de la fe, por ejemplo, o castigará al impío perseguidor de su pueblo, si la muerte se los ha llevado? ¿Cuándo realizará Dios plenamente las promesas a favor de su pueblo elegido? Algunas corrientes del judaísmo contemporáneo de Jesús, como el fariseísmo, creían firmemente en la resurrección de los muertos como un acontecimiento escatológico, de los últimos tiempos, un acontecimiento que haría brillar la insobornable justicia de Dios sobre justos y pecadores. Los saduceos por el contrario, se atenían a la doctrina tradicional, les bastaba esta vida de privilegios para los de su casta, y consideraban cumplida la justicia divina en el “status quo” que ellos defendían: el mundo estaba bien como estaba, en manos de los dominadores romanos que respetaban su poder religioso y sacerdotal sobre el pueblo.

La segunda lectura está tomada de la carta de Pablo a los romanos, considerada como su testamento espiritual, redactada con unas categorías antropológicas complicadas, muy alejadas de las nuestras, que nos inducen fácilmente a confusión. El fragmento de hoy está escogido para hacer referencia al tema que hemos escuchado en la 1ª lectura: los cristianos hemos recibido el Espíritu que el Señor prometía en los ya lejanos tiempos del exilio, no estamos ya en la “carne”, es decir -en el lenguaje de Pablo-: no estamos ya en el pecado, en el egoísmo estéril, en la codicia desenfrenada. Estamos en el Espíritu, o sea, en la vida verdadera del amor, el perdón y el servicio, como Cristo, que posee plenamente el Espíritu para dárnoslo sin medida. Y si el Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos, también nos resucitará a nosotros, para que participemos de la vida plena de Dios.

El pasaje evangélico que leemos hoy, la «reviviscencia» de Lázaro, narra el último de los siete “signos” u “obras” que constituyen el armazón del cuarto evangelio. Según Juan, antes de enfrentarse a la muerte Jesús se manifiesta como Señor de la vida, declara solemnemente en público que Él es la resurrección y la vida, que los muertos por la fe en Él revivirán, que los vivos que crean en Él no morirán para siempre….

Bonita la escena, bien construido el relato, tremendas y lapidarias las palabras de Jesús, rico en simbolismo el conjunto… pero difícil el texto para nosotros hoy, cuando nos movemos en una mentalidad tan alejada de la de Juan y su comunidad. A nosotros no nos llaman tanto la atención los milagros de Jesús como sus actitudes y su praxis ordinaria. Preferimos mirarlo en su lado imitable más que en su aspecto simplemente admirable que no podemos imitar. No somos tampoco muy dados a creer fácilmente en la posibilidad de los milagros. Para la mentalidad adulta y crítica de una persona de hoy, una persona de la calle, este texto no es fácil. (Puede ser más fácil para unas religiosas de clausura, o para los niños de la catequesis infantil).

En la muy sofisticada elaboración del evangelio de Juan, éste es el «signo» culminante de Jesús, no sólo por ser mucho más llamativo que los otros (nada menos que una reviviscencia) sino porque está presentado como el que derrama la gota que rompe la paciencia de los enemigos de Jesús, que por este milagro decidirán matar a Jesús. Quizá por eso ha sido elegido para este último domingo antes de la semana santa. Estamos acercándonos al climax del drama de la vida de Jesús, y este hecho de su vida es presentado por Juan como el que provoca el desenlace final.

La causa de la muerte de Jesús fue mucho más que la decisión de unos enemigos temerosos del crecimiento de la popularidad de un Jesús taumaturgo, como aquí lo presenta Juan. Este puede ser un filón de la reflexión de hoy: «Por qué muere Jesús y por qué le matan» (remitimos para ello a un artículo clásico de Ignacio Ellacuría, en http://servicioskoinonia.org/relat/125.htm). El episodio 102 de la famosa serie «Un tal Jesús» (http://radialistas.net/category/un-tal-jesus) también interpreta este pasaje de Juan en relación con la «clandestinidad» a la que Jesús tendría que someterse sin duda en el último período de su vida.

Otro tema puede ser el de la fe o del creer en Jesús, con tal de que no identificar la «fe» en «creer que Jesús puede hacer milagros» o «creer en los milagros de Jesús». La fe es algo mucho más serio y profundo. Podría uno creer en Jesús y creer que el Jesús histórico probablemente no hizo ningún milagro… No podemos plantear la fe como si un «Dios allá arriba» jugase a ver si allá abajo los humanos dan crédito o no a las tradiciones que les cuentan sus mayores referentes a los milagros que hizo un tal Jesús… La fe cristiana tiene que ser algo mucho más serio.

Y un tercer tema, todavía más complejo para nuestra reflexión, puede ser el de la resurrección. Precisamente porque, la de Lázaro no fue una resurrección. Lógicamente, a Lázaro simplemente se le dio una prórroga, una «propina», un suplemento… de esta misma vida. Un «más de lo mismo». Y el Lázaro «resucitado» -como tantas veces se lo mal llamó- tenía que volver a morir. Porque para nosotros «vivir es morir». Cada día que vivimos es un día que morimos, un día menos que nos queda de vida, un día más que hemos gastado de nuestra vida… Pero «resucitar»… es otra cosa.

Aquí habría que subrayar que es bien probable que en la cabeza de la mayor parte de nosotros, la idea de «resurrección» que hay es una idea equivocada, por esta misma razón por la que decimos que Lázaro era «mal llamado resucitado»: porque pensamos, o mejor dicho, «imaginamos» la vida resucitada un poco como «prolongación, suplemento, continuación…» de ésta de ahora. Y no. No es sólo que la diferencia será que «aquella vida no se acaba», o que «no tiene necesidades materiales» porque «allí serán como los ángeles del cielo»… No. Es que se trata realmente de otra cosa. Es un misterio. Nuestra llamada «fe en la resurrección» no es un creer que hay un «segundo piso» al que subimos tras la muerte y que allí «continuaremos viviendo»… Podríamos decir que todas esas «imágenes» no corresponden al «misterio» en el que creemos, y como tales, pueden ser dejadas de lado. También aquí, yo puedo creer en lo que denominamos «resurrección» sin aceptar la interpretación facilona de que Dios nos creó aquí primero para luego llevarnos a un lugar definitivo… Muchos pueblos primitivos han pensado esto, que fue una forma plausible de interpretación de la vida humana en unos determinados contextos culturales de tiempos pasados. Pero hoy, si no queremos seguir anclados en las «creencias» típicas de las religiones de la edad agraria… es necesario hacer un esfuerzo de purificación, y quizá también haga falta aceptar la ascesis de un «no saber/no poder» expresar bien aquello en lo que «creemos»… Leer más…

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Dom 5 Cuaresma. 29.3.20 Jn 11, 1-45. Si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano

domingo, 29 de marzo de 2020
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athens_lazarosDel blog de Xabier Pikaza:

Que mueran de virus los que mueran, que no pare el «sistema»

Así dice Marta a Jesús, y añadimosmuchos: Si Jesús estuviera con nosotros no habría muerto mi hermano, no habría coronavirus. Pero  Jesús no ha venido para impedir que muramos, sino para que vivamos en amor, dándonos mutuamente vida, para así abrir sobre el mundo (en nosotros, con nosotros) un camino de fraternidad y resurrección sobre la muerte). El evangelio de este domingo tiene dos centros.

(a) Uno es Jesús, que viene a dar vida, para abrir un camino de resurrección; no impide que muramos (sólo vivimos de verdad muriendo, dando vida), en solidaridad dolorosa, en compromiso a favor de la comunión y resurrección de todos.

(b) El otro es Caifás, sumo sacerdote, que vive de la muerte de los demás, y por eso quiere que Jesús muera (que mueran los que dan vida a todos), para vivir él y sus compañeros del negocio de la muerte (como reyes de un dominio de Abbadón, el exterminador de la Biblia).

Ésto no es retórica vacía. Toda la prensa de hoy debate sobre el tema, especialmente en USA, epicentro de un capitalismo de muerte, donde muchos estados, entre ellos el de Texas (donde tengo un sobrino) donde el Gobernador ha dicho, según noticias fidedignas, que es mejor que mueran algunos de virus, pero que no pare el sistema de la economía. Un perfecto «caifás», como verá quien siga leyendo.

   Si estuviera aquí Jesús (si viviéramos como él) muchos menos morirían de este virus… y los que murieran (al fin todo) lo harían (lo haríamos) en esperanza de vida, en camino de resurrección.

Texto 1: Jesús viene para dar vida (Jn 1, 1-45, resumido)

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado… Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará…»  

Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban,] sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?» Le contestaron: «Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»…  Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad la losa.»   Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal fuera.» El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»  

Un comienzo

herencias-cuando-muere-uno-de-los-espososEstamos ante el dolor de Jesús que (en un plano) llora y solloza impotente ante la muerte de su amigo, en un mundo que huele, mundo de asesinos concretos, de mentiras extensas, de llanto y de muerte. Es Hijo de Dios, pero no puede impedir que su amigo muera, porque la muerte pertenece a la ley de la vida. Por eso llora, porque ve al amigo muerto.

Pero le ofrece (a él, a sus hermanas) la esperanza de la resurrección. Lázaro murió de muerte natural y a muchos, en cambio, les matan, de muerte violenta, los diversos tipos de asesinos, traficantes de la muerte, precisamente aquellos que no quieren que Jesús resucite, dé vida a los muertos. … pensando que así pueden obtener ventajas políticas, sociales o de cualquier tipo que sea, ignorando que con la muerte sólo se consigue más muerte.

Parece que Lázaro murió de muerte natural que no podía haberse evitado… Pero muchos mueren por muertes que los hombres podían haber evitado, creando mejores sistemas de salud, en justicia en solidaridad… Jesús no impidió la muerte de Lázaro, pero su forma de vivir, de amar y de morir a favor de los demás puede impedir miles y miles de muertes de todos los días, suscitando redes de solidaridad social, al servicio de la vida.

Esperó tres días antes de venir y Lázaro murió…¿Por qué no vino antes para impedir que Lázaro muriera? Se lo preguntaron las hermanas y lloró. No pudo venir antes, pero lloró. No puede impedir un tipo de muerte en este mundo, pero sufre. También llora aquí, en nuestro día, en los hospitales, en las casas de ancianos que mueren de coronavirus, junto a los enfermos.

¿Por qué no impidió que muriera Lázaro? ¿Por qué impide la muerte del coronavirus? ¿Por qué no detiene la mano de miles de asesinos en el mundo?¿Por qué no detiene al terremoto…?   Y, sobre todo, ¿por qué deja que vivan los que viven del negocio de la muerte,  en un mundo donde el hambre mata mucho más que el coronavirus…?

Nos queda la oración y el llanto y la solidaridad. Una oración que acepta la muerte (porque es condición humana) y que condena a los que trafican con ella, con la guerra y el hambre, con la injusticia y la opresión. Una oración de cercanía, con las hermanos y hermanos de los muertos.

Después debemos ofrecer un gesto de solidaridad a las hermanas y familiares del muerto…  Una solidaridad activa, creadora, al servicio de la justicia y de la solidaridad, del pan para todos en contra de los que viven del negocio de la muerte… como todos aquellos que en este momento ponen primero el triunfo de su economía, de sus negocios, de su política, por encima de la muerte de muchos, por coronavirus o por hambre.

Jesús no hizo un sermón explicando las razones de la muerte de Lázaro. Simplemente lloró. Lázaro ¡Sal fuera! Jesús lloró, pero creía (porque creía) en la resurrección y se esforzó por ella diciendo:  “Sal fuera”. ¡Lázaro sal fuera! Esta palabra hay que decirla desde ahora, con Jesús.

¡Salgamos fuera todos, de manera que no vivamos más de muertes, de manera que no vivamos más aletargados, envueltos en sudarios y vendas, pactando con la violencia y la injusticia, dando cobertura a los que matan.   Tenemos que salir de un mundo en el que, de un modo o de otro, nos hemos acostumbrado a la muerte, de manera que muchos viven (vivimos) de la muerte de los demás.

Salir fuera de la tumba significa vivir para la vida, en justicia y solidaridad. Que los educadores eduquen para la paz, que los políticos gobiernen para la justicia, que los trabajadores trabajen para el bien de todos… que todos podamos vivir para la concordia, condenando la violencia de un modo radical, total…

Aquí se expresa el riesgo de los resucitadores El camino de la resurrección empieza por el llanto, pero lleva a la conversión y a la transformación de las condiciones de vida de este mundo que llevan a la muerte de muchos.

 Éste es un camino en el que intervienen muchos factores, un camino en el que tienen responsabilidad muchas personas, empezando por los políticos, los dueños de la economía, los señores del pensamiento… quizá nosotros mismos, que ponemos nuestros privilegios sociales o personales,de dinero o nación, por encima de la vida de los que mueren de coronavirus o de hambre.

 Este camino de la resurrección es hermoso, pero muy arriesgado. Los que trabajan sin más por la vida, los que sacan a los hombres y mujeres de sus tumbas suelen ser perseguidos, porque hay intereses creados y muchos prefieren que las cosas sigan así. Con una lucidez impresionante, el evangelio de hoy sigue y dice.

Tema 2. Palabra y gesto de Caifás, que vive de la muerte de otros:

 Jn 11, 46. Pero algunos de los que habían visto a Jesús que resucitaba y daba vida a los muertos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho [resucitando a Lázaro]. 47 Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron al Sanedrín y decían: –¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales. 48 Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación. 49 Entonces uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote en aquel año, les dijo: –Vosotros no sabéis nada; 50 ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que perezca toda la nación (Jn 11, 46-50).

Inferno_Canto_23_verses_117-120Es peligroso optar por la vida y promover la resurrección en este mundo de muerte. Hay muchos (personas e instituciones) que prefieren mantener las cosas así, traficando con la muerte, a pesar de coronavirus. El evangelio supone que los primeros traficantes de la muerte (¡que Lázaro se pudra!) son los dirigentes religiosos y políticos que controlan el poder desde la muerte. Por eso, para impedir que Lázaro resucite y viva y sea testigo de paz, Caifás y su gente-gente proponen matar al “mensajero” de la vida  Porque un hombre como Jesús que promueve la vida ha sido y sigue siendo “peligroso”.

No quiero trazar ninguna condena general a poderosos sin más, como traficantes de muerte, ni acusar a los dirigentes religiosos (a los que acusa este evangelio), ni a los traficantes de la muerte (vendedores de armas, promotores de una economía que mata, pero…). Al contrario, sé que muchos de ellos se esfuerzan por lograr la paz de la vida,  pero esa paz de la vida implica una fuerte conversión, en línea de solidaridad, de comunicación de bienes, de educación para todos, de ciencia para descubrir y promover vacunas etc. etc.

El argumento de Caifás: Que mueran algunos para que vivamos nosotros

En esa línea hay que seguir diciendo que, nunca, nadie, ningún sistema, ninguna política, ningún tipo de ganancia económica deberá aprovecharse de la muerte de los demás para medrar, para mantener nuestra pretendida justicia.  Que nadie se aproveche de la injusticia para justificar ningún tipo de acción opresora, con el argumento de Caifás (¡matemos a Jesús para vivir todos más tranquilos).

La única verdad es la que abre espacio para todos, en justicia y paz, esto es, la verdad de la vida, abierta a la resurrección . El único valor es la vida, cada vida, por encima de la «santa nación» a la que apelaba Caifás (en pacto con el Santo Imperio de Roma)… Por eso, el evangelio sigue comentando que, en un sentido, Caifás tenía razón, tenía razón al servicio de su sistema,  porque hombres como Jesús, que quieren la vida de todos son peligros para un orden que vive y medra del negocio de la muerte de los demás.

 El camino de la vida comienza allí donde se sabe que no se puede matar a ninguno para “mantener la propia seguridad». La palabra de Jesús: ¡Lázaro, sal fuera, es un principio de esperanza, pero también de compromiso por la justicia en este mundo.

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La fe en la vida en tiempos del coronavirus. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo A

domingo, 29 de marzo de 2020
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RESURRECCION_DE_LAZARODel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme». Palabras que estaría dispuesta a firmar la inmensa mayoría de la gente, sobre todo en esta época de pandemia. Y también el cuarto evangelio, aunque a su autor no le obsesiona la muerte sino la vida.

En el prólogo ha presentado a Jesús, Palabra de Dios, como poseedor de la vida. En un discurso programático afirma Jesús, anticipando la resurrección de Lázaro: «Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5,25). Y el evangelio termina: «Estas cosas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él» (Juan 20,31). Esta obsesión por la vida halla su punto culminante en la resurrección de Lázaro, que se encuentra en la mitad del evangelio (cap. 11 de 21).

De nuestro corresponsal en Jerusalén

Gran conmoción ha despertado la orden promulgada por las autoridades de que quien sepa el paradero de Jesús lo denuncie de inmediato para poder apresarlo. La causa no es la pretendida curación de un ciego de nacimiento realizada en sábado, sino un nuevo milagro que se le atribuye, esta vez más sorprendente: la resurrección de un hombre llamado Lázaro, natural de Betania, a quince estadios de la capital. Según dicen, llevaba ya cuatro días muerto cuando Jesús lo hizo salir del sepulcro y le devolvió la vida. Algo más grande que lo realizado por los profetas Elías y Eliseo. Aunque las opiniones sobre este hecho difieren, los fariseos consideran muy peligroso que se extienda la fama de este individuo, sobre todo estando próxima la fiesta de la Pascua, con el riesgo de manifestaciones contra Roma. Hasta el momento nadie ha denunciado su paradero y muchos creen que se ha ido de Jerusalén.

Cinco facetas de Jesús

El relato de la resurrección de Lázaro es otro ejemplo magnífico de narración, con un final tan seco como inesperado, y distintas facetas de la persona de Jesús.

¿Un mal amigo?

El relato comienza hablando de Lázaro de Betania y de sus dos hermanas. No es un simple conocido de Jesús. Es alguien a quien Jesús «ama», como le recuerdan las hermanas. Sin embargo, su reacción ante la noticia no tiene la empatía de un amigo, sino la reacción, aparentemente fría, de un teólogo: «Esta enfermedad no provocará la muerte, sino la gloria de Dios, la gloria del hijo de Dios». La misma reacción que antes de curar al ciego de nacimiento: «Este no ha nacido ciego por culpa suya o de sus padres, sino para que se manifieste la obra de Dios en él». El evangelista añade de inmediato que no se trata de frialdad. «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Pero no acude de inmediato a curarlo. Permanece donde está.

Un amigo decidido y arriesgado.

Al cabo de cuatro días decide subir a Jerusalén. Una decisión arriesgada, porque poco antes han intentado apedrearlo. La objeción de los discípulos no le hace cambiar: debe ir despertar a Lázaro. Expresión desconcertante, que le obliga a decir claramente: Lázaro ha muerto. Jesús piensa en resucitarlo, pero Tomás está convencido de lo contrario: no va a resucitar a nadie, sino que va a morir. Pero habla en nombre de todos: «Vamos también nosotros y muramos con él».

Jesús y Marta: el teólogo

Cuando llegan a Betania, Jesús no se dirige directamente a la casa, permanece en las afueras del pueblo. ¿Una más de sus rareza? No. Será allí, lejos de la multitud que ha acudido a dar el pésame, donde podrá entrevistarse a solas con Marta y transmitirle el mensaje fundamental para todos nosotros, y la reacción que debemos tener ante sus palabras. Marta debe de ser la hermana mayor, porque es a ella a quien dan la noticia de la llegada de Jesús.

Marta comienza con un suave reproche («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»), pero añade de inmediato la certeza de que cualquier cosa que pida a Dios, Dios se la concederá. ¿En qué piensa Marta? ¿Qué pedirá Jesús a Dios y este le concederá? ¿Qué su hermano vuelva a la vida, como el hijo de la viuda de Sarepta que resucitó Elías, o como el niño de la sunamita que revivió Eliseo?

La respuesta de Jesús («Tu hermano resucitará») no parece satisfacerla. Aunque la idea de la resurrección no estaba muy extendida entre los judíos, Marta forma parte del grupo que cree en la resurrección al final de la historia, como profetizó Daniel. Pero eso no le sirve de consuelo en este momento. Ella no quiere oír hablar de resurrección futura sino de vida presente.

Y eso es lo que le comunica Jesús en el momento clave del relato: «Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre». Jesús es resurrección futura y vida presente para los que creen en él. Los que hayan muerto, vivirán. Los que viven, no morirán para siempre. Algo rebuscado, muy típico del cuarto evangelio, pero que deja claro una cosa: quien ha creído o cree en Jesús tiene la vida futura y la presente aseguradas. Todo depende de la fe. Por eso, termina preguntando a Marta: «¿Crees eso?».

Su respuesta nos sorprende, porque no tiene nada que ver con la pregunta: «Sí, Señor. Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo». Esta falta de conexión entre pregunta y respuesta puede esconder un importante mensaje para nosotros. La idea de la resurrección y de la inmortalidad puede provocar dudas incluso en un buen cristiano. Quizá no se atreva a afirmarla con certeza plena. Pero puede confesar, como Marta: «Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo».

Jesús y María: el amigo profundamente humano

Esta escena representa un fuerte contraste con la anterior. El encuentro de Jesús y María no será a solas. Ella acudirá acompañada de todos los que han ido a darle el pésame, y serán testigos de la reacción de Jesús. María dirige a Jesús el mismo suave reproche de Marta («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»). Pero no añade ninguna petición, ni Jesús le enseña nada. El evangelista se centra en sus sentimientos. Dice que Jesús, al ver llorar a María y a los presentes, «se estremeció» (evnebrimh,sato), «se conmovió» (evta,raxen) y «lloró» (evda,krusen). Sorprende esta atención a los sentimientos de Jesús, porque los evangelios suelen ser muy sobrios en este sentido.

Generalmente se explica como reacción a las tendencias gnósticas que comenzaban a difundirse en la Iglesia antigua, según las cuales Jesús era exclusivamente Dios y no tenía sentimientos humanos. Por eso el cuarto evangelio insiste en que Jesús, con poder absoluto sobre la muerte, es al mismo tiempo auténtico hombre que sufre con el dolor humano. Jesús, al llorar por Lázaro, llora por todos los que no podrá resucitar en esta vida. Al mismo tiempo, les ofrece el consuelo de participar en la vida futura.

Jesús y Lázaro: la gloria del enviado de Dios

Cuando llegan al sepulcro, Marta demuestra que, a pesar de lo que ha dicho, no cree que su hermano vaya a resucitar. Han pasado ya cuatro días, más vale no abrir la tumba. Jesús le insiste: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?».

Cuando se compara este relato con las resurrecciones de la hija de Jairo o del hijo de la viuda de Naín se advierte una interesante diferencia. En esos dos casos, Jesús no reza; no necesita dirigirse al Padre para impetrar su ayuda, como hicieron Elías y Eliseo. En cambio, el cuarto evangelio introduce de forma solemne una oración de Jesús: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas. Pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Esta oración no pretende disminuir el poder de Jesús. Se inserta en la línea del cuarto evangelio, que subraya la estrecha relación de Jesús con el Padre y la idea de que ha sido enviado por él. De hecho, el milagro se produce con una orden tajante suya («¡Lázaro, sal fuera!»).

El relato termina de forma sorprendente. No se cuenta la reacción de las hermanas, el asombro de la gente, la admiración de los discípulos. No vemos a Lázaro liberado de sus vendas, agradeciendo a Jesús su vuelta a la vida. Como si todo fuera un sueño y, al final, solo nos quedara la certeza de que Lázaro resucitó, de que todos resucitaremos un día, aunque ahora no tengamos la alegría de ver y abrazar a los seres queridos.

Nota sobre la fe en la resurrección

La idea de resucitar a otra vida no estaba muy extendida entre los judíos. En algunos salmos y textos proféticos se afirma claramente que, después de la muerte, el individuo baja al Abismo (sheol), donde sobrevive como una sombra, sin relación con Dios ni gozo de ningún tipo. Será en el siglo II a.C., con motivo de las persecuciones religiosas llevadas a cabo por el rey sirio Antíoco IV Epífanes, cuando comience a difundirse la esperanza de una recompensa futura, maravillosa, para quienes han dado su vida por la fe. En esta línea se orientan los fariseos, con la oposición radical de los saduceos (sacerdotes de clase alta). El pueblo, como los discípulos, cuando oyen hablar de la resurrección no entiende nada, y se pregunta qué es eso de resucitar de entre los muertos.

Los cristianos compartirán con los fariseos la certeza de la resurrección. Pero no todos. En la comunidad de Corinto, aunque parezca raro (y san Pablo se admiraba de ello) algunos la negaban. Por eso no extraña que el evangelio de Juan insista en este tema. Aunque lo típico de él no es la simple afirmación de una vida futura, sino el que esa vida la conseguimos gracias a la fe en Jesús. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.»

Pero el tema de la vida en el cuarto evangelio requiere una aclaración. La «vida eterna» no se refiere solo a la vida después de la muerte. Es algo que ya se da ahora, en toda su plenitud. Porque, como dice Jesús en su discurso de despedida, «en esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías» (Juan 17,3).

Primera lectura

Ha sido elegida por la estrecha relación entre la promesa de Dios de abrir los sepulcros del pueblo y volver a darle la vida, y Jesús mandando abrir el sepulcro de Lázaro y dándole de nuevo la vida. Ambos relatos terminan con un acto de fe en Dios (Ezequiel) y en Jesús (Juan). Pero conviene recordar que el texto de Ezequiel no se refiere a una resurrección física. El pueblo, desterrado en Babilonia, se considera muerto. Babilonia es su sepulcro, y de esa tumba lo va a sacar Dios para hacer que viva de nuevo en la tierra de Israel.

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Quinto Domingo de Cuaresma, 29 Marzo, 2020

domingo, 29 de marzo de 2020
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«Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba».

(Jn 11, 1- 45)

Estamos ya muy cerca de nuestro destino final que es la Pascua y que es hacia donde nos lleva el camino de la Cuaresma.

Betania está muy cerca de Jerusalén y es ahí donde vivían estos tres hermanos amigos queridos de Jesús.

La Cuaresma esta semana nos conduce hacia un lugar de amistad, de intimidad y de descanso, pero en un momento de incertidumbre, dolor y muerte.

La enfermedad grave deja al descubierto nuestra vulnerabilidad, tanto si la enfermedad la padecemos nosotras mismas como si es alguien cercano quien está enfermo. Y la muerte… la muerte nos adentra en el misterio. La pérdida de alguien muy querido nos quiebra por dentro. Se lleva algo muy íntimo y valioso y en su lugar abunda la tristeza, el llanto.

En Betania hoy se oye murmullo de llanto. Se entremezclan los silencios con los sollozos y las palabras de consuelo. Pasan los días sin Lázaro y la ausencia parece que crece sin medida. En medio del dolor Marta y María reciben a Jesús.

Marta que es la que siempre toma la iniciativa es capaz de confesar a Jesús como Mesías en medio de su dolor. María, deshecha, se echa una vez más a los pies de Jesús con todo su dolor. Y Jesús llora con sus amigas, se conmueve.

Ahora se acercan todos juntos a la tumba de Lázaro. Y ante el asombro y el desconcierto Jesús lo prepara todo para la vida. “Quitad la losa”. Es necesario quitar aquello que nos separa tanto por dentro como por fuera. Hay que quitar la losa que cierra la entrada de la cueva pero también esas losas que cierran nuestra mente y nuestro corazón.

Y así, sin losas, la vida sale. Lázaro sale, pero no puede apenas moverse. “Desatadlo y dejadlo andar.”

Terminamos nuestro recorrido de Cuaresma con un muerto que vuelve a la vida. Con Jesús que nos devuelve la esperanza y nos ayuda a crecer en confianza. Con un amigo que sabe llorar con nosotras.

Oración

Habita, Trinidad Santa, nuestros duelos, acompaña nuestros llantos y haz crecer en medio de nuestro dolor esa fe que tú has puesto en nosotras. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Ya tengo la verdadera VIDA aquí y ahora.

domingo, 29 de marzo de 2020
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lazaroJn 11,1-45

Lázaro es un personaje simbólico que nos representa en nuestra condición de criaturas limitadas, invitadas a superar los límites. Con la misma palabra “vida”, se hace referencia a conceptos tan diferentes que es difícil interpretarlos bien. De hecho, se puede dar la muerte en una vida fisiológica sana y se puede dar la Vida con una salud deteriorada. No podemos tergiversar el texto hasta hacerle decir lo contrario de lo que quiere decir. Es indispensable que tratemos de dilucidar de qué Vida y de qué muerte estamos hablando.

En el relato de hoy, todo es simbólico. Los tres hermanos representan la nueva comunidad. Jesús está totalmente integrado en el grupo por su amor a cada uno. Unos miembros de la comunidad se preocupan por la salud de otro. La falta de lógica del relato nos obliga a salir de la literalidad. Cuando dice Jesús: “esta enfermedad no acabará en la muerte sino para revelar la gloria de Dios”; y al decir: “Lázaro está dormido: voy a despertarlo”, nos está indicando el verdadero sentido de todo el relato.

Si seguimos preguntando si Lázaro resucitó o no, físicamente, es que seguimos muertos. La alternativa no es, esta vida, solamente aquí abajo u otra vida después, pero continuación de esta. La alternativa es: vida biológica sola, o Vida definitiva durante esta vida y más allá de ella. Que Lázaro resucite para volver a morir unos años después, no soluciona nada. Sería ridículo que ese fuese el objetivo de Jesús. Es realmente sorprendente, que ni los demás evangelistas, ni ningún otro escrito del NT, mencione un hecho tan espectacular como la resurrección de un cuerpo ya podrido.

Jesús no viene a prolongar la vida física, viene a comunicar la Vida de Dios que él mismo posee. Esa Vida anula los efectos catastróficos de la muerte biológica. Es la misma Vida de Dios. Resurrección es un término relativo, supone un estado anterior de vida física. Ante el hecho de la muerte natural, la Vida que sigue, aparece como renovación de la vida que termina. “Yo soy la resurrección” está indicando que es algo presente, no futuro y lejano. No hay que esperar a la muerte para conseguir Vida.

Para que esa Vida pueda llegar al hombre, se requiere la adhesión a Jesús. A esa adhesión responde él con el don del Espíritu-Vida, que nos sitúa más allá de la muerte física. El término “resurrección” expresa solamente su relación con la vida biológica que ya ha terminado. “Quién escucha mi mensaje y da fe al que me mandó, posee Vida definitiva” (5,24). Esto quiere decir que todo aquel que tenga una actitud como la que tuvo Jesús en su vida, participa de esa Vida. Esa Vida es la misma que vive Jesús.

Jesús corrige la concepción tradicional de “resurrección del último día”, que Marta compartía con los fariseos. Para Jn, el último día es el día de la muerte de Jesús, en el cual, con el don del Espíritu, la creación del hombre queda completada. Esta es la fe que Jesús espera de Marta. No se trata de creer que Jesús puede resucitar muertos. Se trata de aceptar la Vida definitiva que Jesús posee y puede comunicar al que se adhiere a él. Hoy seguimos con la fe para el más allá de Marta, que Jesús declara insuficiente.

¿Dónde le habéis puesto? Esta pregunta, hecha antes de llegar al sepulcro, parece insinuar la esperanza de encontrar a Lázaro con Vida. Indica que son ellos los que colocaron a Lázaro en el sepulcro, lugar de muerte sin esperanza. El sepulcro no es el lugar propio de los que han dado su adhesión a Jesús. Al decirles: “Quitad la losa”. Jesús pide a la comunidad que se despoje de su creencia. Los muertos no tienen por qué estar separados de los vivos. Los muertos pueden estar vivos y los vivos, muertos.

Ya huele mal. La trágica realidad de la muerte se impone. Marta sigue pensando que la muerte es el fin. Jesús quiere hacerle ver que no es el fin; pero también que sin  muerte no se puede alcanzar la verdadera Vida. La muerte sólo deja de ser el horizonte último de la vida cuando se asume y se traspasa. “Si el grano de trigo no muere…” Nadie puede quedar dispensado de morir, ni el mismo Jesús. Jesús invita a Nicodemo a nacer de nuevo. Ese nacimiento es imposible sin morir antes a todo lo que creemos ser.

Al quitar la losa, desaparece simbólicamente la frontera entre muertos y vivos. La losa no dejaba entrar ni salir. Era la señal del punto y final de la existencia. La pesada losa de piedra ocultaba la presencia de la Vida más allá de la muerte. Jesús sabe que Lázaro había aceptado la Vida antes de morir, por eso ahora está seguro de que sigue viviendo. Es más, solo ahora posee en plenitud la verdadera Vida. “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. La Vida es compatible con la muerte.

Es muy importante la oración de Jesús en ese momento clave. Al levantar los ojos a “lo alto” y “dar gracias al Padre”, Jesús se coloca en la esfera divina. Jesús está en comunicación constante con Dios; su Vida es la misma Vida de Dios. No se dice que haya pedido nada. El sentido de la acción de gracias lo envuelve todo. Es consciente de que el Padre se lo ha dado todo, entregándose Él mismo. La acción de gracias se expresa en gestos y palabras, pero en Jesús manifiesta una actitud permanente.

Al gritar: ¡Lázaro, ven fuera! está confirmando que el sepulcro, donde le habían colocado, no era el lugar donde debía estar. Han sido ellos los que le han colocado allí. El creyente no está destinado al sepulcro, porque aunque muere, sigue viviendo. Con su grito, Jesús quiere mostrar a Lázaro vivo. Los destinatarios del grito son ellos, no Lázaro. Ellos tienen que convencerse de que la muerte física no ha interrumpido la Vida. Entendido literalmente, sería absurdo gritar para que el muerto oyera.

Salió el muerto con las piernas y los brazos atados. Las piernas y los brazos atados muestran al hombre incapaz de movimiento y actividad, por lo tanto, sin posibilidad de desarrollar su humanidad (ciego de nacimiento). El ser humano, que no nace a la nueva Vida, permanece atado de pies y manos, imposibilitado para crecer como tal ser humano. Una vez más es imposible entender la frase literalmente. ¿Cómo pudo salir, si tenía los pies atados? Parecía un cadáver, pero estaba vivo.

Lázaro ostenta todos los atributos de la muerte, pero sale él mismo porque está vivo. La comunidad entera tiene que tomar conciencia de su nueva situación, que escapa a toda comprensión racional. Por eso se utiliza la gran metáfora “Desatadlo y dejadlo que se marche”. Son ellos los que lo han atado y ellos son los que deben soltarlo. No devuelve a Lázaro al ámbito de la comunidad, sino que le deja en libertad. También ellos tienen que desatarse del miedo a la muerte que paraliza. Ahora, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, podrán entregar su vida con plena libertad como Jesús.

Meditación

El relato nos invita a pasar de la muerte a la Vida.
Se trata de la Vida que no termina, la definitiva.
Es la misma Vida de Dios, comunicada al hombre.
Es la ÚNICA VIDA que lo inunda todo.
No es algo que Dios nos da o deja de darnos.
Es Dios comunicándonos su mismo ser.
Su ser es el fundamento de nuestro verdadero ser.
Jesús nos invita a descubrir y a vivir esa realidad.

 

Para profundizar

Todo discurso sobre Dios es analógico

Entendido literalmente, te llevará al absurdo (piensa en el credo)

“VIDA”, la gran metáfora para tocar al Dios incognoscible

La vida biológica es pálido reflejo de la que a Dios atañe

Confundirlas es arruinar el gigantesco esfuerzo

Con todo, sigue siendo metáfora de aquella Realidad que no abarcamos

La VIDA no es un ser, es movimiento, manifestado en borbotones múltiples

Sin que podamos adivinar su esencia, esa VIDA  nos lanza al infinito

La VIDA (Dios) es total, sin fronteras y puede dar sentido a mi efímera vida

Ni la vida biológica de Jesús ni la de Lázaro merecerían atención alguna

Si no estuviera en juego la otra VIDA

Se trata de la misma VIDA de Dios que es absoluta

A la que ni la muerte puede afectar en nada

El texto quiere decir que estará siempre en el vivo y el muerto

El relato habla de mí, que vivo en la materia,

Para que me esfuerce por descubrir la VIDA,

Creer en Jesús es hacer mía esa VIDA

Y asegurar la eternidad desde este instante.

La palabra “resurrección” nos traicionó en seguida.

Era una metáfora radical y profunda

Y la tomamos en sentido literal biológico.

Así nos alejamos del mensaje pascual

Y nos enfrascamos en la visión carnal del acontecimiento.

Lázaro muerto vive en la auténtica VIDA

Jesús crucificado vive en la VIDA de Dios

Que siempre desplego en su vida caduca.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Despertar.

domingo, 29 de marzo de 2020
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1209_resurreccion-de-lazaro-958x1064“Pasamos un tercio de nuestras vidas dormidos y puede que sea el tiempo en que nos sentimos más libres” (Amy Adams)

29 de marzo. DOMINGO V DE CUARESMA

Jn 11,1-45

Contestaron los discípulos: Señor, si está dormido sanará

Y aunque yo creo en Dios como los cipreses de Gironella, mi alma, dormida a veces, espera despertarse para ser explorada por mis ojos despiertos y contemplar el evangélico milagro de ver resucitado a Lázaro.

Pues, como afirma el poeta mexicano Elías Nandino: “Cada mañana, al despertar, resucitamos; porque al dormir morimos unas horas en que, libres del cuerpo, recobramos la vida espiritual que antes tuvimos cuando aún no habitábamos la carne que en estos momentos nos define y nos limita, y éramos, sin ser, misterio puro en el ritmo total del Universo”.

Quizás María y Marta, que tanto querían a su hermano, esperaban de Jesús este prodigio. Me quedé toda aquella tarde sentado esperando la salida de Lázaro gritando en hebreo:

תודה, ישו, תודה רבה

Que quiere decir ¡¡Gracias, Jesús, muchas gracias!! pero yo no le vi salir ni escuché nada.

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El capítulo de la resurrección de Lázaro constituye un significativo relato en la estructura narrativa del evangelio, significando el desencadenamiento de la muerte de Jesús.

Y como dice Schökel, un denso suspense debido a la labor teológica de Juan, dotado de excepcional atracción y belleza, y donde confirma con fuerza las reveladoras palabras de Jesús en Jn 11, 25-26: “Yo soy la resurrección y la vida, y quien vive y cree en mí, no morirá para siempre”.

Nos encontramos ante un territorio inexplorado, en el que reina un relativo desconcierto en el que la flecha, disparada del arco, llega hasta una encrucijada, se detiene, y no sabe por cuál de los cuatro caminos continuar avanzando.

Descendí del arco, y preguntarle a Jesús cuál de los cuatro caminos de aquella dubitativa rotonda era el mejor para alcanzar mi destino; y abriendo el evangelio me señaló un versículo que yo leí muy sorprendido: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre si no es por mí”.

Y acto seguido cerró el libro y yo me quedé dentro con mi arco, mi flecha, mi rotonda, y mi camino elegido.

En la película Her, del director Adam Spiegel, Amy Adams dijo: “Pasamos un tercio de nuestras vidas dormidos y puede que sea el tiempo en que nos sentimos más libres”.

Yo me quedé dormido entre las sábanas del Evangelio de Juan, y mientras soñaba, escribí en mi libro Yo amo el Planeta, este Poema que las sábanas y Juan me susurraron muy suave y despacio para no desertarme y que siguiera escribiendo poemas:

“¡¡Nos ha gustado!!”

Y ya me diréis, amabilísimos lectores, si también o no a vosotros, aunque, como dice Amy Adams pasemos “un tercio de nuestras vidas dormidos”.

Este fue el Poema que escribí mientras soñaba aquella noche, pensando en los habitantes todos del Planeta.

DEDICATORIA

A todos mis amigos los seres del Planeta,
con quienes vivo y muero.

Sois para mí:
tierra fértil que nutre,
naturaleza de inefable hermosura,
amores que besan y que abrazan,
música de todos los colores,
ilusiones del alma,
criaturas que hacen soñar con dioses,
madre que mima y ama,
oraciones con las que rezo,
silencio que lleva a mí mismo,
adioses que me despiden cuando muero.

 Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Resurrección de Lázaro, signo del poder de Jesús para dar la Vida plena.

domingo, 29 de marzo de 2020
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Domingo V de Cuaresma. 29.3.2020.

(Jn 11,1-45)

Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Hoy Jesús nos pregunta a nosotros ¿Crees tu esto? ¿Vives esto? Para contestar positivamente a estas preguntas hay que realizar un largo recorrido espiritual y una profunda experiencia mística de Dios en nuestras vidas. Porque esto no lo revela la carne sino el Espíritu. Y la respuesta desde el corazón va a ser: Señor yo te creo porque tú has trasformado mi vida, “esto” da sentido a mi existencia y cumple mis anhelos más profundos, pero aumenta mi fe.

Último domingo de cuaresma. Nos preparamos para recorrer el trayecto final de la vida histórica de Jesús. Entramos en la Semana de Pasión. La Palabra de Dios hoy nos habla de muerte, resurrección y Vida. La primera lectura del profeta Ezequiel: “Dice el Señor Dios: Abriré vuestros sepulcros (destierros)… Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis” y Pablo “El que resucitó de entre los muertos a Cristo dará vida a vuestros cuerpos mortales por el mismo espíritu que habita en vosotros”. El evangelio, de Juan, nos presenta a Jesús como “la resurrección y la vida”. En los domingos anteriores, también Juan, nos ha dicho que Jesús es el agua que da vida, es el agua viva que salta hasta la vida eterna (la samaritana) y que es luz que ilumina a todo hombre (ciego de nacimiento). Hoy nos presenta a Jesús como resurrección y Vida.

Para psicodramatizar este aserto, Juan cuenta el relato de la resurrección de Lázaro que leído literalmente es incomprensible. No tiene ninguna lógica. Pero estamos en el evangelio de Juan. Lenguaje simbólico. Habla con signos a los que hay descubrir su significado. Usa algo material para significar algo inmaterial, algo sensible para referirse a algo transcendente. Usa aquí, la palabra vida para significar Vida. Emplea la vida fisiológica como signo de la Vida espiritual, definitiva, la Vida de Dios, del Espíritu. ¡Cuánto nos sirve la ortografía: minúsculas y mayúsculas!

Lázaro, muerto y resucitado, es un símbolo del hombre de manos y pies atados, nosotros (con límites, en finitud, creatura al fin) pero desatados, liberados. Como barro pero “soplado” por el Espíritu de Dios, estamos llamados a vivir la Vida en la vida o la vida en la Vida. Para decir esto, Juan y nosotros, necesitamos usar un relato simbólico porque la Vida definitiva y eterna ni se ve ni se palpa. Se vive. Tenemos que hablar de ella simbólicamente, con signos y señales.

Contando con la experiencia pascual de la comunidad de Juan y su elaboración teológica, con los precedentes del AT y NT, podemos comprender el significado que el relato de la resurrección de Lázaro tiene para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. Las tres lecturas de hoy hablan de liberación, resurrección y vida. Ezequiel y Pablo conjugan los verbos en futuro (abriré vuestros sepulcros. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis. El que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús dará vida a vuestros cuerpos mortales). Jesús habla en presente: Yo soy la resurrección y la Vida. Yo, aquí y ahora, en tu vida presente, soy tu resurrección y tu Vida. Aquí Juan utiliza vida como signo de la Vida y resurrección como signo de la plenitud de la vida y del bien, victoria de la vida sobre la muerte y el mal. Con la expresión: “Yo soy la resurrección y la Vida” Juan nos está hablando de la plenitud de la salvación, de Dios como fuerza vivificadora, liberadora y salvadora. Vida plena y definitiva en esta vida fisiológica, mientras vivimos aquí, ahora. Todo esto ya se ha cumplido en Jesús. Y si se ha cumplido en él, también se cumple en cada uno de nosotros. Él es nuestro referente. Porque él ha venido a darnos Vida. Y Vida en abundancia. Juan nos lo cuenta en el relato de la resurrección de Lázaro.

La resurrección de Lázaro es un signo del poder de Jesús para dar la Vida plena y definitiva en esta vida finita, fisiológica, aquí y ahora. “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Cres tú esto?” Aquí está el mensaje que tenemos que desarrollar, comprender y vivir para comprender. Para creerlo necesitamos, en primer lugar, mejorar nuestra imagen tradicional de Dios y del hombre. Un dios que tiene que perdonar a su pueblo, un dios a quien hay que aplacar su ira, un dios que exige un alto precio por el rescate del hombre empecatado no casa con el relato de la resurrección de Lázaro. Ese no es el dios de Jesús. Frente al dios del AT el Dios de Jesús es nuestro Abba (origen, principio, fundamento), nuestra madrepadre (dependencia en nuestro verdadero ser), es Amor (entrega, donación), es ágape (Unión, fusión, no dualidad, no otro que yo). Esta imagen del Dios de Jesús, verdaderamente, es otra imagen. Yo me apunto a ésta porque aquélla no me convence, no me sirve. En ese dios no puedo ni quiero creer. Dios no puede ser peor que yo.

Consecuentemente con esta nueva imagen de Dios, la imagen del hombre también cambia. En verdad no sé qué imagen, si la de Dios condiciona la del hombre o es viceversa. En este momento me da igual. La una condiciona a la otra. Frente al hombre nacido en pecado, carencial, el hombre encarnación de Dios, templos del Espíritu de Dios, morada de Dios (de este Dios de Jesús), hecho a su imagen y semejanza, imagen de Dios-amor, cocreador con él, el hombre abierto a su evolución y en desarrollo de sus potencialidades. En esa evolución y apertura, Dios es nuestra plenitud humana, nuestro plus. Dios es la Vida de los hombres. En Dios encontramos el sentido de nuestro vivir y existir. El hombre, como su Dios, es don gratuito para los otros. Todos necesarios y necesitados. Ser con y para los otros. Como Dios es relación, somos relación, Dios es amor, nosotros también. Dios es comunión, nosotros también. Dios es ágape nosotros también.

En nuestro recorrido vital, tenemos un modelo, un guía, Jesús de Nazaret. Jesús ha venido para dar ejemplo de cómo se debe vivir la Vida definitiva, la Vida de Dios. La que no acaba, la eterna. Y el evangelio de hoy nos presenta a Jesús como nuestra resurrección y nuestra Vida. Y nos afirma que creer en él es el camino, la luz y la fuerza para nuestra resurrección (plenitud y salvación). La pregunta ¿Crees esto? nos exige, como a Marta, una respuesta personal.

Mi respuesta a la pregunta es una oración: Señor, yo quiero creer que tú eres mi resurrección y mi Vida, porque lo experimento en mi vida desde que creo en ti. Pero, no obstante, aumenta mi fe (confianza) en tu palabra. Porque creerte me plenifica, da sentido a mi vida, me hace mejor persona, me enseña a disfrutar de Dios como fundamento de mi verdadero ser y plenitud o cumplimiento de mis anhelos más profundos. Dios me da fuerza, alegría y esperanza para vivir. Dios es mi plenitud humana.

¡Que así sea!

África de la Cruz Tomé

Fuente Fe Adulta

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Somos Vida.

domingo, 29 de marzo de 2020
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Vida.4Domingo V de Cuaresma 

29 marzo 2020

Jn 11, 1-45

En la magnífica construcción que es el “cuarto evangelio”, Jesús es presentado, de manera progresiva, como “vino nuevo” que trae alegría a la humanidad, como “pan de vida” que sacia el hambre, como “agua viva” que colma toda la sed, como “palabra” que sana la enfermedad…, y como resurrección en la muerte. (Puede verse un desarrollo de toda esa construcción en mi comentario a este evangelio: “En el principio era la vida”, publicado por Desclée De Brouwer).

          Aquella comunidad expresaba así su fe en Jesús como el “enviado celeste” para liberar al mundo de la oscuridad del pecado y llevarlo a la luz de la fe. Nos hallamos, por tanto, ante una lectura “religiosa” –apoyada en creencias– que espera la salvación “desde fuera”.

          Leído en clave espiritual significa que el fondo de lo real –y, por tanto, el fondo de lo que somos todos– es “vino”, “pan”, “agua”, “resurrección”, “vida”… Lo que la fe afirma de Jesús es lo que somos en realidad todos. Esta lectura hace que, en lugar de proyectarla fuera –en un “salvador celeste”–, reconozcamos la vida que somos y nos vivamos desde esa nueva comprensión.

          Como se lee en el Yoga Vasishtha, tú no naciste cuando nació tu cuerpo, ni vas a morir cuando él muera. Pensar que el espacio que hay dentro de una jarra nace cuando la jarra es fabricada y perece con ella, es una enorme insensatez; pensar que el espacio del interior de una casa desaparece cuando la casa se viene abajo es no haber entendido nada. Como la jarra y la casa, lo que llamamos “persona” no agota lo que somos: esta puede disolverse, pero la consciencia –la vida– sigue inalterada.

         “Yo soy la resurrección y la vida”: con esas palabras definía a Jesús aquella primera comunidad. Pues bien, eso es lo que nos define a todos nosotros.

         Es cierto que solemos definirnos a nosotros mismos a través del contenido de nuestra vida: lo que percibimos, experimentamos, pensamos o sentimos. Hasta el punto de que, cuando pensamos o decimos “mi vida”, no nos referimos a la vida que somos sino a la vida que tenemos, o parecemos tener.

        Ahora bien, las circunstancias internas y externas de la vida –la edad, la salud, las relaciones, las finanzas, la situación laboral, el estado mental y emocional, el pasado y el futuro– pertenecen al plano del contenido.

   Sin embargo, más allá del contenido, vibra permanentemente –esperando que lo detectemos– Aquello que nos permite ser, lo que sostiene a todos los contenidos, el Espacio interior de la consciencia, la Vida que constituye el núcleo de todo lo que es.

____________________________

          Somos Vida que se está experimentando en formas transitorias, plenitud que se experimenta en la vulnerabilidad. Esta “doble dimensión” –que explica nuestra naturaleza paradójica– requiere ser tenida en cuenta si queremos crecer en unificación y vivir en plenitud.

        Llevamos una semana en “estado de alarma”, debido a la crisis del coronavirus. ¿Cómo la vivo? ¿Desde el yo, como si esa fuera mi identidad, o desde la comprensión de que soy vida plena y estable, en medio de cualquier circunstancia cambiante? ¿Qué efectos se producen en mí, en uno y otro caso?

        Como forma concreta, sintiente y vulnerable, puedo experimentar todo tipo de sentimientos. Si me reduzco a ellos, olvidando que, en el nivel profundo, soy –somos– vida, desconecto de mi realidad y quedo a merced de los vaivenes que en mí se produzcan. Si, por el contrario, reconozco mi identidad profunda, seguiré notando en mi sensibilidad los efectos de cualquier pérdida y el temor ante la incertidumbre, pero permaneceré anclado en la certeza de que la vida que somos se halla siempre a salvo. Tal comprensión acalla la mente y pacifica la sensibilidad, nos alinea con la vida y nos permite fluir con ella, también en esta circunstancia que nos toca vivir, en comunión con todos los seres que, como yo, son igualmente vida, la misma y única vida que a todos nos constituye.

¿Me defino a mí mismo por los “contenidos” de mi experiencia o por Aquello que los hace posibles?

 

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La via es la vida, cuidémosla. «Yo soy la resurrección y la Vida»

domingo, 29 de marzo de 2020
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imagesDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Algunas notas para la lectura de Lázaro.

            El relato de Lázaro, Marta y María.

            El relato de la resurrección de Lázaro nos pilla en esta difícil situación de pandemia que estamos viviendo y atravesando .

            Perderíamos el tiempo y la comprensión del texto del evangelio de hoy si lo leyéramos al pie de la letra como un hecho histórico.

            No tiene mucho interés que Jesús le regalara unos años de propina a su amigo Lázaro. Si ha muerto, pues déjalo en paz a él y a su familia (comunidad cristiana), que ya han pasado por ese trance de tinieblas oscuras. ¿Volver a esta vida para  vivir diez, quince años y otra vez a morirse? Mejor, no.

Además están los agravios comparativos que podrían surgir del texto. ¿O una madre / padre que mueren dejando hijos pequeños no habrían necesitado unos años para sacar la familia adelante? ¿Por qué Dios no nos libra a todos de es “corona-virus?

            Este relato de la resurrección de Lázaro plantea el problema de la muerte de todo ser humano. Se trata de una, de toda comunidad cristiana representada en aquella comunidad de Marta, María y Lázaro (y de toda comunidad humana) en la que se hace presente la muerte y el Hijo del Hombre no llegaba (Parusía / segunda venida). ¿Quedarán muertos para siempre?[1]

¿Qué nos cabe esperar para nuestros difuntos y para nosotros mismos?

            Este texto lo podemos leer con la actitud que tiene y siente un buen párroco (como el mismo evangelista: san Juan) que están viviendo la muerte de un ser querido, de un cristiano o no. Tratan de infundir un poco de esperanza, de pensar en la vida en Cristo: Yo soy la resurrección y la vida.

            Los cristianos no olvidamos a nuestros difuntos, Marta y María, toda familia eclesial recuerda y hace presentes a sus muertos: están en nuestra Eucaristía

  1. Lázaro, el hombre sin rostro.

            Lázaro, El pobre hombre está callado, no tiene rostro, ni perfil. Solamente se nos dice que enfermó y murió.

            Y es que “Lázaros” somos todos.

            Bueno, también se nos dice que Jesús era su amigo, que se conmovió y lloró. Como nos pasa a nosotros. El Señor nos quiere como a su amigo Lázaro, lo mismo que al Discípulo Amado, que tampoco tiene dni, mejor dicho, discípulos amados, somos también todos.

O3.     Jesús se conmueve y llora.

            Resulta extraño que Jesús, sabiendo que Lázaro iba a volver a la vida en un “plis plas”, se conmoviera y llorara. ¿Por qué se emocionó Jesús? Pues porque le quería a su amigo y a aquella familia (comunidad eclesial). Jesús lloró porque era creyente y buen amigo, como una madre creyente, que sabe de la resurrección, llora sin consuelo la muerte de su hijo. Los cristianos tenemos sentimientos y lloramos como todo el mundo porque no somos de piedra.

            JesuCristo nos ama. Una vez más volvamos al Cristo del amor. En el amor no se muere.

  1. Quitad la losa. sal afuera. quitadles las vendas

Son tres pasos que se dan en la muerte y en la vida.

            La losa

            Cuando vamos al cementerio, vemos las losas que muestran lo definitivo de la separación de los dos mundos: los muertos y los que seguimos viviendo.

            Quitad la losa: no os dejéis aplastar por el peso del miedo a la muerte. La muerte tiene la salida de Cristo: Yo soy la resurrección y la vida.

No perdáis la calma, creed, confiad, (Jn 14). En esta cuarentena o confinamiento puede brotar la angustia, una preocupación difusa. No tengamos miedo, confiemos.

            sal afuera.

            El “sal afuera” se refiere a los difuntos: salir de la muerte a la vida, pero tiene que ver con quitar las losas de nuestras vidas y “salir afuera”, a la luz del día, de muchas situaciones de muerte. Como en los evangelios sinópticos los malos espíritus nos llevan a vivir en la muerte, en sepulcros. ¡Anda que no hay losas que pesan toneladas de muerte: odios, racismos, poder, capitalismo, etc.!

            desatadle las vendas

            Recuerda un poco los relatos de la resurrección de Cristo.

            Como Lázaro, también nosotros vivimos atados de pies y manos por el peso de la muerte, por las ligazones a ideologías, a situaciones eclesiásticas, por el dinero.

            No veamos siempre y en todo solamente las vendas y el sudario de muerte. Veamos la vida y al que es la vida.

  1. Yo soy la resurrección y la vida.

            ¿Qué pensar de Dios ante esta pandemia de muerte que nos invade? Podemos rebelarnos contra Dios, lo mismo que Job se rebeló y emplazó a Dios a una especie de careo. Si Dios existe nos debe una explicación. ¿Dónde está Dios?

            Allá por la segunda guerra mundial, en el campo de concentración de Auschwitz -en cierta ocasión- los guardianes de la Gestapo diezmaron por fusilamiento a la población del campo. Entre los ejecutados había un niño de apenas 10 años. Entre los judíos que habían sido obligados a “contemplar” el fusilamiento alguien, en voz baja, preguntó: Dios, ¿dónde está Dios? Alguien, también judío, le contestó: ahí en ese niño de 10 años muerto.

            Dice el teólogo Víctor Codina: “Dios está en las víctimas de la pandemia, Dios está en los médicos y sanitarios que los atienden, está en los científicos que buscan vacunas antivirus, está en todos los que estos días colaboran y ayudan para solucionar el problema, está en los que rezan por los demás, en los que difunden esperanza”.

            Dios está en cada semilla de esperanza que sembramos.

            Como Job, podemos ponernos ante el misterio, el misterio de la vida, de la muerte, ante el misterio del “más allá” y del “más acá”. Estamos ante el misterio de Dios de Jesús que es bueno, no castigador, sino un Dios de misericordia y que nos dice por medio de Jesús: no temáis, confiad.

            Yo soy la resurrección y la vida.

[1] Es el mismo problema que se plantea San Pablo en 1Tesalonicenses.

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Sexo y III

miércoles, 25 de marzo de 2020
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Del blog Nova Bella:

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«El sexo siempre es relacional, nos humaniza, comunica nuestros deseos más profundos, nos expone en nuestra desnudez. En el sexo somos plenamente aceptados en toda nuestra integridad y, como parte de esa aceptación, el otro reconoce y acepta el regalo de nuestro deseo. El sexo es una entrega de gratuidad y nos hace ser pura gratitud. Uno acoge plenamente al otro y para poder hacerlo acogemos al otro en el corazón de nuestro tiempo y nuestra carne. La experiencia sexual se hace plena cuando nos acogemos recíprocamente por entero, cuando el otro es nuestra pasión. El sexo une a la pareja en la mayor alegría.»

*

Fernando Vidal,
el artículo completo, Celebración de la vida

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Sexo II

lunes, 23 de marzo de 2020
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Del blog Noa Bella:

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«(El sexo) ss una celebración existencial e integral, en donde se comparte la mayor intimidad, donde ponemos toda nuestra atención en el otro, nos unimos plenamente con él. En la relación sexual somos bellos, la belleza de nuestra carne y espíritu se concreta y expresa en su plenitud. El sexo es sobre todo una experiencia de belleza.»

*

Fernando Vidal

sexo-iii

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Sexo I

viernes, 20 de marzo de 2020
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Del blog Nova Bella:

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El sexo es la celebración humana más profunda y universal, y la vivimos piel a piel sin más. Es pura celebración de la vida y el amor desde el origen del ser humano, deja desnudos en toda su belleza no solamente los cuerpos sino la propia condición humana. El sexo es la celebración desnuda.

*

Fernando Vidal

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