Archivo

Entradas Etiquetadas ‘Liberación’

“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (VIII)”, por Enrique Martínez Lozano

jueves, 8 de septiembre de 2016
Comentarios desactivados en “Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (VIII)”, por Enrique Martínez Lozano

confianza28. Soltar todas las creencias…

Las creencias son simplemente construcciones mentales. Por medio de ellas, la mente trata de “organizar” la realidad, queriendo encontrar un “sentido”, que le resulte coherente y le aporte seguridad. Esa es su riqueza y ese es también su límite, con los riesgos que implica.

Lo característico de las creencias es que les damos fe –en caso contrario, caerían por sí mismas- y, en mayor o menor medida, tendemos a identificarlas con la verdad.

Debido a ello, las creencias, paradójicamente, constituyen el mayor obstáculo para abrirnos a la verdad. Porque, al haberlas absolutizado, nos impiden ver todo lo que no se ajuste a ellas, que rápidamente lo descartamos o, sencillamente, lo ignoramos aun sin darnos cuenta.

Por su propia naturaleza, las creencias generan irremisiblemente fundamentalismo y fanatismo. Eso explica que todo creyente –si es realmente “creyente”– sea fundamentalista y, con mayor o menor intensidad, fanático. Porque su creencia, identificada previamente con la verdad, lo posicionará en un estatus de superioridad con respecto a aquellos que no la compartan, a quienes considerará confundidos en el error.

La historia nos ofrece muestras tan abundantes como dolorosas del sufrimiento inútil provocado por las creencias de todo tipo.

Porque, cuando hablo de creencias, no me refiero únicamente a las de contenido religioso. Creencia es toda aquella idea con la que me identifico y que me lleva a creer que “tengo razón” o que estoy en “lo cierto”.

El propio escepticismo que lleva a dudar de todo es también una creencia no confesada que se arroga nada menos que la descalificación de cualquier creencia que no sea la suya. Pero lo mismo pasa con el cientificismo, creencia reductora y dolorosamente empobrecedora de lo humano, y con el nihilismo, que tanto vacío engañoso y sufrimiento estéril produce.

En realidad, cualquier idea, concepto o pensamiento al que me aferro es una creencia, que produce los efectos que acabo de señalar. Y mientras siga aferrado a ella –sea la que sea- actuaré como un fundamentalista fanático.

No solo eso. La adhesión a una creencia necesariamente aliena. Porque, lo reconozca o no, me hace esclavo de una idea, es decir, de una simple construcción mental, por más que venga revestida de un carácter “sagrado” o “científico”. Me aleja de la realidad y me encorseta en la lectura –interpretación o etiqueta- que mi mente hace de la misma.

Por decirlo de un modo más concreto: cada vez que creo “tener razón”, he caído en la trampa de confundir la verdad con mi creencia. Porque la Verdad no conoce opuesto; por eso abraza todo. En el nivel relativo (aparente), hablamos de “verdad” y de “mentira” como opuestos. Sin embargo, eso solo tiene sentido en ese nivel; en el nivel profundo (real), solo hay Verdad.

Las construcciones mentales, sin excepción, son “verdaderas” en el nivel mental –del mismo modo que los sueños son “verdaderos” en el nivel onírico-, pero no son reales; pertenecen a lo que podríamos llamar el “mundo de las apariencias”.

Con lo cual, surge la pregunta decisiva: ¿qué es lo real? La respuesta es simple: lo que es, no la lectura que la mente hace de lo que es. La verdad, por tanto, es una con la realidad (lo que es), y no tiene nada que ver con ninguna construcción mental.

Ahora bien, si esta última afirmación la convierto en un mero concepto, ya he vuelto a confundirme. La verdad –como la realidad- no puede ser pensada y mucho menos “atrapada”; simplemente, es. Y entro en contacto con ella en la medida en que silencio la mente.

Por tanto, si ninguna construcción mental es real, el camino es claro: se trata de soltar todas las creencias –dejarlas caer-, para poder situarnos más allá (o más acá) de ellas, en la única certeza en la que todos sin excepción nos reconocemos: la certeza de ser. A partir de ella, y solo entonces, podremos dejarnos fluir con la vida, vivir lo que somos y experimentarnos realmente libres.

Enrique Martínez  Lozano

Espiritualidad , , ,

“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (VII)”, por Enrique Martínez Lozano

miércoles, 7 de septiembre de 2016
Comentarios desactivados en “Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (VII)”, por Enrique Martínez Lozano

confianza27. La única certeza

La mente establece una división (separación) neta entre ella y el resto de la realidad. De ese modo, todo lo real quedaría “dividido” en dos bloques: “yo” y –frente a “mí” – “lo que no soy yo”. No se requiere mucha perspicacia para advertir que ese modo de ver es fruto únicamente del mecanismo de apropiación –por el que la mente se sitúa como “centro de referencia”- y de la naturaleza separadora de ella misma.

Frente a ese engaño elemental –y arrogante–, lo cierto es que solo hay consciencia, y que consciencia es todo lo que hay. Todos los objetos que podemos percibir aparecen (y desaparecen) en la única consciencia que contiene a todos ellos, y de la que, en último término, están surgiendo.

En la consciencia va “desfilando” todo. Lo que sucede es que la mente tiende a identificarnos con cada cosa que desfila. Y así, sin ni siquiera habernos dado cuenta, terminamos confundidos con los objetos. La apropiación, junto con la identificación –el doble factor por el que nace el supuesto “yo” – han hecho que llegáramos a esa conclusión.

Sin embargo, en cuanto nos paramos un instante, no podremos dejar de reconocer que nuestra identidad no puede ser un objeto de la consciencia, sino la consciencia misma.

No soy “algo” que desfila en la consciencia, sino la consciencia misma en la que todos los objetos aparecen. Eso explica que pueda observarlos a todos…, y que nunca pueda observar lo que realmente soy. (Es como el ojo, que puede ver todo, pero no puede verse a sí mismo).

En medio de la danza impermanente de los objetos, soy lo que no se mueve, un centro de consciencia inmóvil… y anterior a todo contenido. De ahí brota la única certeza, fuente de toda seguridad y confianza: la certeza de ser.

Esa certeza –cuando no es una afirmación mental– desvela la plenitud que somos. Y nos muestra, sin asomo de duda, la naturaleza no-dual de todo lo real. Soy todo lo que es –“yo soy todas las cosas”, decía Jesús de Nazaret, tal como recoge el evangelio apócrifo de Tomás–. Por eso, cuando se descubre que uno no es aquel “yo” con el que se había identificado, ¿cuál es el problema?

Esta certeza es inclusiva: acoge a todo y a todos (nadie queda fuera, y nadie puede arrogarse su “propiedad”). A diferencia de las creencias que, por su propia naturaleza, separan –a los creyentes de quienes no lo son–, esta certeza une hasta un punto que la mente nunca puede imaginar: porque nos muestra que todos estamos compartiendo la misma identidad. Aquí se acaba todo sectarismo y toda descalificación. Si las creencias tienden a producir fanatismo, esta certeza desinfla toda pretensión.

Las creencias utilizan un lenguaje particular –en cierto modo, podría decirse “tribal” –, que solo conocen y comparten los que se adhieren a ellas. En esta certeza, el lenguaje, aunque siga manifestando sus límites e incluso sus ambigüedades, es universal: todos podemos entendernos a partir de lo experimentado.

De esta certeza, nace una comprensión que transforma y plenifica. Se manifiesta en cada una de las tres dimensiones de la persona: cognitiva, afectiva y operativa. Transformando nuestra manera de conocer, de amar y de actuar, da como resultado un nuevo modo de vivir y de ser, en coherencia con aquella identidad que se ha descubierto.

Me preguntaba: Caen las creencias, ¿qué queda? Tal como lo veo, se puede responder en una sola frase: caen los mapas, queda el Territorio; caen las creencias, queda la consciencia de ser. Una consciencia que no es difícil de encontrar, sino imposible de evitar. Y no por casualidad: porque constituye nada menos que nuestra identidad más profunda; la Mismidad de lo que es, es por ello mismo la Mismidad de lo que somos.

Decía también más arriba que la mente no puede alcanzar lo real. Pero, ¿qué es lo real? La vida sin más. La vida que se despliega por sí misma. Todo es ahora un vivir viviendo, en un sí constante a la vida. Entonces, y solo entonces, se percibe la esencia de la vida. Vives desde la consciencia, en la consciencia, con consciencia. Fuera de la mente, sin ningún sistema de creencias. Todo es tal como es y como tiene que ser, tú también. Porque no eres ningún yo separado, sino la Vida misma. La caída de las creencias, cuando es consecuencia del reconocimiento de la certeza que nos sostiene, conduce a la liberación.

Enrique Martínez Lozano

Espiritualidad , , ,

“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (VI)”, por Enrique Martínez Lozano

lunes, 5 de septiembre de 2016
Comentarios desactivados en “Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (VI)”, por Enrique Martínez Lozano

confianza26. ¿Qué queda cuando caen las creencias?

“No creáis por la fe que prestáis a unas tradiciones, aunque hayan estado en vigor durante muchas generaciones y en muchos lugares.

No creáis una cosa porque muchos hablen de ella.

No creáis por la fe que prestáis a los sabios del pasado.

No creáis lo que os habéis imaginado pensando que os lo ha inspirado un Dios o un ángel.

No creáis nada por la mera autoridad de vuestros maestros.

No creáis nada porque yo os lo haya enseñado.

Una vez examinado, creed lo que hayáis experimentado por vosotros mismos y hayáis reconocido que es beneficioso y útil para vuestro bien y el de los demás.

Sed la antorcha de la verdad” (Buddha).

Es comprensible que, ante el cuestionamiento de cualquiera de nuestras creencias –más de aquellas a las que habíamos atribuido más valor–, se ponga en marcha el mecanismo designado como “disonancia cognitiva”, con su carga de miedo y su tendencia a rechazar cualquier cambio, aun a costa de atrincherarse en un fundamentalismo fanático. Aquel mecanismo –bien estudiado por psicólogos y neurocientíficos– provoca un malestar, acompañado de intensa ansiedad, por el que la mente busca proteger sus creencias ante cualquier nueva afirmación que las ponga en peligro.

Con frecuencia –a tenor de cómo se haya vivido–, será necesario incluso elaborar un duelo ante la “pérdida” de aquellas creencias que, en su momento, fueron “importantes” y valiosas para nosotros. No es raro que, en el mismo, sobre todo cuando se trata de creencias religiosas, se vivan sentimientos de culpabilidad y de orfandad.

Con todo, antes o después, en un camino de crecimiento espiritual, habrá que ir soltando creencias hasta, finalmente, abandonarlas todas. No solo porque se ha descubierto que la mente es incapaz de contener la verdad –y toda creencia es solo una construcción mental, por más que luego se revista a sí misma con apariencia de cualidad sagrada–, sino porque se comprende que el aferramiento a ellas impide abrirse genuinamente a la Verdad.

A partir de ahí, habrá que recorrer necesariamente un camino que conduce de un modo de conocer a otro bien diferente: del conocimiento por reflexión al conocimiento por identidad, tal como apuntaba la cita del Buddha que encabeza estas líneas. Una es la respuesta a la pregunta: “¿Qué me han enseñado?”, y otra bien diferente: “¿Qué puedo saber por mí mismo?”. En el primer caso, nos movemos en el terreno de la mente –conocimiento por análisis y reflexión– (modelo mental); en el segundo, en aquello que podemos percibir cuando la mente se acalla: es el “conocimiento silencioso”, del que han hablado sabios y místicos. Se trata de otro modo de conocer (modelo no-dual), en el que conocemos algo únicamente cuando lo somos; de ahí que podamos llamarlo conocimiento por identidad.

¿Y qué puedo saber por mí mismo? Una sola cosa: que soy; que estoy presente y que soy consciente. Si queremos recogerlo en una expresión mental, quizás podría decirse de esta manera: lo único que sé por mí mismo es que soy presencia consciente. Esa, y no otra, es nuestra verdadera identidad. Eso, y nada más, es lo que queda cuando caen todas las creencias. Y ese es el camino de la liberación porque se ancla en la verdad de lo que es.

Lógicamente, esa misma expresión sigue siendo mental –no podemos expresarlo de otro modo-, pero el contenido de la misma no es ya una creencia, sino algo experimentado de tal manera que constituye nuestra única certeza: no soy nada que pueda observar –todo ello es solo “objeto”-, sino Eso que observa…, y que se halla siempre a salvo: la consciencia de ser.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad , , , ,

“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (V)”, por Enrique Martínez Lozano

sábado, 3 de septiembre de 2016
Comentarios desactivados en “Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (V)”, por Enrique Martínez Lozano

confianza25. La primera creencia errónea: la creencia sobre “mí”

¿Quién soy yo? Todo se ventila en la respuesta a esta pregunta. El modo como me vea a mí mismo –la creencia que mantenga sobre mí– condicionará definitivamente el modo como vea todo lo demás.

Por eso, si fiándome de la mente, me tomo por lo que ella piensa acerca de mí, me reduciré forzosamente a la apariencia de lo que soy, a un “objeto” aparente que responde al nombre de “yo”.

Decía que mi modo de verme condicionará inexorablemente el modo de ver todo lo demás: si creo ser un yo separado, los demás, el mundo y Dios mismo serán para mí igualmente entes separados. Condicionará también el modo de entender la “moral”: a partir de aquella creencia primera, tomaré como “bueno” lo que sostenga esa identidad pensada, y veré como “malo” lo que la amenace o la ponga en peligro; con lo cual, habré caído en una moral relativista, a merced de la idea que tengo de mí.

Todo se modifica cuando salgo de la creencia errónea acerca de quién soy y accedo a mí (nuestra) verdadera identidad: al descubrirme como radicalmente no-separado, uno-con todo, cae el error (mental) de la separación, reconozco que –en ese nivel profundo– “todo es bueno”, y permito que la Vida fluya a través de mí.

¿Qué hacer, pues, para empezar a salir del sueño y responder adecuadamente a la única pregunta que merece la pena? ¿Cómo saber quién soy yo, si no puedo definirme sin caer en el error? Porque todo lo que pueda decir sobre mí, no soy yo: lo que realmente soy, no puede ser nombrado ni pensado, ya que eso serían solo “objetos” dentro de Aquello más amplio que me constituye.

En realidad, a pesar del sobresalto que ese cuestionamiento puede suponer para la mente acostumbrada a erigirse en criterio último de verdad, es muy simple: empieza por reconocer lo que no eres.

Eso significa “dejar caer” todo aquello que puedes observar y nombrar adecuadamente: pensamientos, sentimientos, imágenes o ideas sobre ti mismo… Es claro que tú no eres ningún objeto que aparezca dentro del campo de la consciencia, porque tienes consciencia clara de ser “sujeto”, el que “está detrás” de todo aquello que es observable, el que ve, el que sabe… (¿Te has sentido alguna vez triste y has querido dar la imagen de estar alegre? ¿Cuál de los dos eras tú?…; ¿o no serías Eso que estaba “detrás”, consciente de ambos papeles?).

Lo cierto es que, poco a poco, gracias a la observación de tu yo mental (la idea o creencia sobre ti), emergerá la identidad del Testigo, e irás reconociéndote en el “Yo Soy” atemporal, aquel “centro” del que nunca habías salido, aunque tu mente se hubiera quedado enredada en cualquier concepto.

Eso es justamente lo que se advierte en el despertar: cuando eso sucede, se ve con total claridad que, no es que el yo despierte, sino que la Consciencia despierta –se libera– del yo. No existe ningún yo “iluminado”; paradójicamente, lo que sucede es que cuando la Consciencia se abre, el “yo” se disuelve: era solo un pensamiento. El emerger o “despertar” de la Consciencia significa la muerte del “yo” como entidad separada.

Dicho con más rigor: lo que “muere” es la creencia que nos hacía identificarnos con el “yo”. En el despertar, es esa creencia la que se disuelve por completo. Continuamos teniendo un cuerpo, una mente, un psiquismo; seguiremos, lógicamente, respondiendo cuando alguien nos llame por nuestro nombre; notaremos la fuerza de la inercia que nos lleva a hábitos y reacciones anteriores; habremos de cuidar nuestro psiquismo, del mismo modo que atendemos a las necesidades del cuerpo… Pero ya no se nos ocurrirá identificarnos con nada de ello.

Como han enseñado siempre los sabios, al acallar el pensamiento habremos superado el hechizo de la mente. Al ejercitarnos en observar la mente, habremos empezado a reconocernos en Eso que la trasciende –y que trasciende el nivel aparente-, y que constituye el Fondo último de todo lo que es.

Descubriremos con gozo que, más allá de las creencias o construcciones mentales siempre relativas y en último término inconsistentes, estamos anclados en una certeza inconmovible, la certeza de ser, que se fundamenta en la misma consciencia de ser que constituye nuestra verdadera identidad. No dependemos de las ideas; nos sostiene Aquello que somos. Pero esto requiere aprender a acallar la mente, salir de su hechizo, para poder ver con claridad.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad , , , ,

«Dentro del armario no hay cristianismo «, por Carlos Osma

viernes, 2 de septiembre de 2016
Comentarios desactivados en «Dentro del armario no hay cristianismo «, por Carlos Osma

miedoDe su blog Homoprotestantes:

Todavía me sorprende que a día de hoy los evangélicos de mi país vivan mayoritariamente armarizados y se “dejen” maltratar psicológicamente por los discursos fundamentalistas que encuentran en sus iglesias y sus familias evangélicas. Me parece tan repugnante a veces el maltrato al que son sometidos que me cuesta entender porqué el fuego, que según la leyenda cayó sobre Sodoma, no cae de forma real sobre esas iglesias y esas familias y las hace desaparecer para siempre. Es que es patético ver como se humilla a la gente y se la hace sufrir de manera tan cruel mientras se canta y predica el amor de Jesús. ¡Que pandilla de hipócritas!

Pero dejando a un lado la actitud de estos supuestos seguidores de Jesús que en realidad no son más que un grupito de mediocres a los que les gustaría ser los primeros, me pregunto porqué los evangélicos lgtbi que formáis parte de todas y cada una de las iglesias evangélicas de este país, no salís huyendo de estos campos de concentración o cámaras de tortura. Sí, ya lo sé, sé que tenéis una dependencia emocional, y que si os atrevéis a ser vosotros mismos o vosotras mismas seréis expulsados del único mundo que conocéis y os da seguridad. ¿Pero qué seguridad es esa que te destroza la vida? ¿Qué seguridad es aquella que te lleva hasta la desesperación? ¿O aquella que te hace tirar por la alcantarilla la vida feliz que podrías tener?

Es absolutamente cierto que en la mayoría de ocasiones salir del armario en un entorno evangélico supone quedarte solo, quedarte sola. Y esa es una experiencia muy dura, que deja muy claro que evangelio siguen los evangélicos con los que crecimos. Pero bendita soledad aquella que te permite volver a construir tu vida, una vida de verdad, y no la vida de mierda que tienes ahora. Un regalo divino es la soledad en la que ya no escuchas las palabras paternalistas de quienes quieren ser buenos contigo pero que en realidad te hacen daño. Una oportunidad irrepetible quedarte sólo para empezar de nuevo, para abrirte a la esperanza de conocer algo distinto, para poder respirar y moverte con libertad. ¿Te imaginas? Quizás ni eso puedes ya.

Y es que las personas lgtbi que vivís armarizadas dentro de las iglesias evangélicas, podréis ser pastoras, cantantes, diáconos, o profesores de escuela dominical; pero no sois cristianas, o al menos no vivís el cristianismo. Porque el seguimiento de Jesús no tiene nada que ver con el paripé al que habéis reducido vuestra vida. El seguimiento de Jesús revienta todas las jaulas en las que os han metido, y es posible que os deje en medio de la nada, pero una nada donde podéis seguir a Jesús, al maestro, y no la montaña de ignorancias y superficialidades religiosas con las que hemos sido educados. Dentro de un armario no hay fe, no hay seguimiento, no hay amor.. No hay cristianismo. Y todo ese sufrimiento que produce la represión, y con el que crees ganarte el cielo, no sirve para nada… El cielo se vive desde aquí siguiendo a Jesús, no al mundillo evangélico que te dice como tienes que vivir tu vida para ser aceptable.

¡En algún momento hay que decidirse a ser valiente, digo yo!. En algún momento las lecturas bíblicas que has hecho desde que eras un niño o una niña y que mostraban a personas enfrentándose a la hipocresía, a las convenciones sociales, a la muerte incluso… deben interpelarte, deben decirte: “El evangelio me empuja a abandonar mi vida de engaño para poder vivir la vida de verdad que Dios quiere para mi”. En algún momento, si la homofobia en las que has sido educado, ha dejado algún resquicio para que el evangelio ponga una semilla dentro de ti, te dirás: “Yo quiero seguir a Jesús de verdad, y tengo que oponerme al odio de la homofobia. Mi fe, me llama a eso”. En algún momento, si no te han destrozado la vida, o no te han hecho perder la fe para siempre, te dirás: “Yo quiero ser cristiano”.

Y si no, puedes seguir como hasta ahora, con tu doble no vida, con el dolor en el pecho, con el miedo a ser descubierto. Con subidas y bajadas emocionales que a la larga te producirán una enfermedad psicólogica, si no la tienes ya. O con la comodidad de hacer alguna escapadita de vez y en cuando para aliviarte y después volver al redil a mirar con malos ojos a quienes no son tan buenos cristianos como tú. Puedes esconderte detrás de cinco versículos, o de la biblia entera, pero bien sabes que eres un cobarde, no un cristiano. Si quieres serlo tendrás que escuchar al maestro, que te llama a dejar las redes en las que estás atrapado, y con la que a veces intentas atrapar a otras y otros, y le sigas. Eso es el cristianismo, un salto al vacío, no un cambio de iglesia. Un salto al vacío, hacia la nada, pero con una clara dirección: la felicidad, el amor y la libertad.

Carlos Osma
***

Espiritualidad, General, Homofobia/ Transfobia., Iglesias Evangélicas , , , ,

«Entre el luto y la alegría», por Carlos Osma

miércoles, 24 de agosto de 2016
Comentarios desactivados en «Entre el luto y la alegría», por Carlos Osma

lorcaDe su blog Homoprotestantes:

Me ha impresionado la forma en la que Lorca habla sobre la represión en su obra: “La casa de Bernarda Alba”. Una represión que describe en forma de mujer; Cinco hermanas que, tras la muerte de su padre, son condenadas por Bernarda, la madre, a vivir encerradas en casa durante ocho años y a vestir de un negro riguroso: “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haremos cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas” Y es que como afirma  Bernarda: “Eso tiene ser mujer”. (1)

 

Mientras leía esta obra de teatro me preguntaba si la experiencia cristiana no es en muchos casos similar a la que propone Lorca, una experiencia que tiene más que ver con el luto, con la represión y con la tristeza, que con la vida, la libertad y la alegría. No sé si la contestación es afirmativa, pero estoy convencido de que ésta es la idea que la mayoría de personas tienen de nosotros los cristianos. Nietzsche lo decía así de claro: “El santo en el que Dios tiene su complacencia es el castrado ideal… La vida acaba donde comienza el reino de Dios…”. (2)

Quizás no tengamos escapatoria y estemos abocados a vivir en un valle de sombras. ¿Como puede ser de otra forma si la crucifixión de Jesús es el centro de nuestra fe, si el Jesús sufriente es modelo para todos nosotros, si su entrega y su humillación inspira nuestra vida?  Y es que, la interpretación que tengamos sobre este pilar del cristianismo, puede ser  decisiva a la hora de interpretar la vida.

Los intentos de explicar a Jesús crucificado son diversos, pero me parece distinguir dos tendencias principales que, aunque en ocasiones se complementan, al hacer énfasis en una u otra permite que lleguemos a conclusiones bien diferentes:

La primera ve a Jesús como el Dios humillado, el Dios que se anula completamente y se deja clavar en una cruz para poder salvar al ser humano. Esta es la petición que Dios Padre hace a Dios Hijo: Ser el cordero de Dios, el sustituto, la ofrenda que Dios necesita en su deseo de ser restituido por el pecado del hombre. “Sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. (He 9:22).

Apoyados en esta interpretación escuchamos muchas veces que se anima a la gente a la resignación, la aceptación de la injusticia y la pasividad, así como Jesús mismo hizo. Se emplaza a las personas que sufren a una vida plena después de la muerte, una vida en la que todo esto no existirá, una vida que no tiene nada que ver con la suya actual. Sacrificios de la alegría de la vida, por la esperanza en el más allá.

Es fácil ver lo beneficioso que puede ser para los poderes corruptos, los autoritarismos, y para cualquier otra forma errónea de entender el poder, esta interpretación. Y así, como Bernarda Alba, nos repiten día a día: “ Eso tiene ser mujer”, “Eso tiene ser pobre”, “Eso tiene ser lesbiana o gay”,“Eso tiene ser un sin papeles” o “Eso tiene ser cristiano”.

Una vez eliminada de sus propuestas el deseo de ser felices en este mundo, el mensaje cristiano, si no quiere perder clientela, deberá aprovechar el filón de las condenas. Si no eres así, o asa, si no crees esto o aquello, si no aceptas el lugar que supuestamente Dios te ha concedido, las llamas del infierno serán tu lugar de descanso eterno. También en la casa que nos describe Lorca todo son prohibiciones, las hermanas se convierten a la vez en presas y en guardianas unas de las otras. Cada una de ellas gasta sus energías en esconder los deseos y sacar a la luz los de sus hermanas. Un juego de hipocresía al que a menudo también jugamos los cristianos.

La segunda interpretación lo presenta como víctima. Jesús, el Mesías, se entregó por conseguir el Reino de Dios en este mundo, no en el cielo. Jesús denunció las injusticias y los atropellos del poder político, religioso y social. Jesús murió en la cruz, pero no la buscó, fue asesinado por poner en peligro el status quo. Su mensaje nunca fue la resignación sin más, sino que se atrevió a cuestionar los poderes establecidos: “¡Hay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!” (Lc 11:44), “¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión”  (Lc 12:51).

Y es que la vida de Jesús no fue una sumisión al lugar que su origen social y religioso le habían deparado. Y aquí, volviendo a la obra de Lorca, encuentro similitudes con Adela, la hija pequeña de Bernarda. Es ella la que de forma más evidente se resiste al encierro al que por ser mujer estaba obligada. Es ella la que rompe los tabúes y las costumbres, la que se atreve a darle a su madre un abanico de flores, o la que se pasea ante sus hermanas con un vestido… verde.  Es la que, cuando una de sus hermanas le dice que tiña ese vestido tan bonito de negro y que se acostumbre al encierro, exclama  con indignación: “¡No, no me acostumbraré! Yo no quiero estar encerrada…¡Mañana me pondré mi vestido verde y me echaré a pasear por la calle! ¡Yo quiero salir!

Todos nosotros, como Adela, queremos ser felices. Más aún sabemos que tenemos que trabajar para ello, que no caerá como maná desde el cielo. Por eso el mensaje de Jesús no se puede resumir en una triste cruz, porque su vida, como la de cualquier ser humano que ame verdaderamente la vida, fue también una búsqueda de la felicidad. Todos sabemos que Jesús fue criticado por los hombres religiosos de su época por que no se sometió a sus normas, e hizo peligrar su poder. Jesús se relacionó con todo tipo de mujeres y hombres, no le importó saltarse las leyes religiosas si eso era bueno para el ser humano. Comía y bebía, iba a fiestas, se dejo besar y ungir los pies por una mujer… Pero sobre todo intentó eliminar el dolor y el sufrimiento de muchas de las personas que estaban a su alrededor. Jesús por tanto fue también el Mesías de la alegría, de la fiesta y de la vida. Y el reino de Dios que predicó, un festín de bodas gozoso.

Es por esto que los cristianos deberíamos hacer énfasis también en la felicidad, y no estoy proponiendo conseguir una sonrisa perfecta con la intención de realizar ejercicios proselitistas. Ésta no es nunca una operación de marketing para conseguir adeptos, sino uno de los ejes sobre los que debe estar basada la vida cristiana. Tampoco una búsqueda de la propia felicidad como nos propone nuestra sociedad actual. La felicidad que buscamos debe ser también la nuestra, como no, pero no debe aspirar sólo a eso, sino que tiene que estar orientada a la búsqueda y la potenciación de la justicia, la alegría y la felicidad del prójimo. Felicidad y sensibilidad tendrían que ir unidas.

El teólogo José Maria Castillo hace una interesante reflexión sobre este tema: “Una fe que nos hace insensibles a todo lo humano, a lo que nos hace felices o desgraciados a los seres humanos, es una fe rota…Y peor aún si se trata de una fe que se traduce en agresiones a la dignidad de las personas, a los derechos de las personas, a la libertad de las personas o simplemente a la felicidad de cualquier persona”. (3)

Tener casas, iglesias o vidas blancas, relucientes como la casa de Bernarda Alba, eso lo llevamos más o menos bien. Aprender del dolor, de la entrega e incluso de la muerte, lo llevamos regular, aunque lo predicamos y lo transmitimos mejor. Pero introducir la alegría, el gozo y las ansias de vivir, de disfrutar de nuestro mundo y de las personas con las que lo compartimos, creo que es nuestra verdadera tarea pendiente. A los cristianos se nos conoce más por nuestros mártires que por nuestras vidas gozosas.

García Lorca no vio otra posible salida a la felicidad de Adela que la muerte, la opresión de su entorno la llevó hasta ese punto. Pero Adela intentó vivir de verdad, se permitió amar a alguien y soñó con salir de esa casa opresiva. Jesucristo fue crucificado por los poderes represores a los que su forma de vivir ponía en entredicho. Pero Jesús amó, vivió y gozó de la vida, y de lo que ella le daba. Su finalidad fue una vida plena para todos, a pesar de las consecuencias que esto pudiera acarrearle. Su propósito no fue la muerte, sino la vida.

Carlos Osma

Notas:

–          (1) García Lorca, F. “La casa de Bernarda Alba”. (Madrid; Alianza Editorial, 2003)

–          (2) Nietzsche, F. “Crepúsculo de los ídolos”. (Madrid; Alianza Editorial, 1981), p. 57.

–          (3) Castillo, J.M. “Espiritualidad para insatisfechos”. (Madrid; Editorial Trotta, 2007),   p. 85.

–           Artículo publicado en la revista Lupa Protestante en Agosto de 2007.

Biblioteca, Espiritualidad , , ,

«Marginar al Dios heterosexual», por Carlos Osma

sábado, 13 de agosto de 2016
Comentarios desactivados en «Marginar al Dios heterosexual», por Carlos Osma

el_decalogo_del_macho_alfa_9905_620xDe su blog Homoprotestantes:

Creo que fue Dietrich Bonhoeffer quien hace unos ochenta años dijo que nuestra sociedad había enviado a Dios a los márgenes. Si durante miles de años el Dios que explicaba lo inexplicable ocupaba el centro del mundo, a medida que los seres humanos fuimos encontrando respuestas racionales para comprendernos a nosotros mismos y nuestro entono, Dios dejó de ocupar ese lugar central y su existencia se reveló como un comodín al que apelar en caso de desconocimiento. Quizás es por eso que ignorancia y fe van tan de la mano en el imaginario colectivo de nuestra sociedad. No hace falta decir que en estos ochenta años se ha dado alguna vuelta de tuerca más a esto de la marginación de la divinidad, y en una sociedad que prima el aquí y el ahora, eso de las preguntas últimas en las que vive encarcelado el Dios comodín parecen una verdadera pérdida de tiempo. Así que el Dios omnipotente que todo lo abarcaba ha quedado más o menos reducido a la nada, o más bien a la casi nada, porque en muchas ocasiones el cristianismo sigue empecinado en vender un Dios tapa agujeros que resbala en el alma de quien no se deja agujerear por preguntas que ya no se hace, pero que cala en la de aquellas y aquellos que, por un poquito de amor y de interés, son capaces de preguntarse lo que haga falta.

Además del Dios “respuesta para todo”, hay otros dioses que han ocupado y ocupan el centro de nuestro mundo. Uno de ellos es el Dios heterosexual, aquel que bendice a sus adoradores, que les otorga dignidad, relevancia, normalidad, credibilidad, y sobre todo poder. Está tan arraigado en nuestro mundo como hace mil años lo estuvo el Dios “explicación de lo inexplicable”. Y al igual que aquel, nos envía a muchos y a muchas a los márgenes de la sociedad y de las iglesias. Su propuesta homofóbica de la realidad nos la encontramos antes de nacer, y vivimos imbuidos en ella incluso cuando todavía no tenemos uso de razón. Quizás sea por eso que nos parece tan normal, natural, divina incluso. Y nos cuesta imaginar un mundo alternativo donde ella no lo determine todo.

Es triste que muchos cristianos LGTBI acepten conscientemente la marginación a la que son sometidos y renuncien a la dignidad que Dios les ha dado como seres humanos. Que vivan en cuevas oscuras y alejadas, como los endemoniados que encontramos en los evangelios y a los que Jesús quería liberar. Pero estos endemoniados del siglo XXI no quieren a ningún Jesús que les salve, ningún evangelio que les libere, que les llame a enfrentarse a la injusticia. Ellas y ellos viven cómodamente sufrientes en la nada a la que el Dios heterosexual les ha relegado. Su dolor y sufrimiento, llevado con la dignidad de quien acepta un castigo, es su forma de pedir perdón por no ser verdaderos y fieles adoradores el Dios heterosexual. Incluso a veces, se lanzan a la endiablada misión de ser guardianes de la homofobia para que nadie sea capaz de hacerles ver que son unos cobardes.

Pero no deja de ser también verdad que cada vez más cristianos LGTBI se atreven a salir de los márgenes donde se les ha conducido con la intención de ocupar el centro. Sin embargo, a menudo se olvidan que ocupar un lugar espacial es muy diferente que ocupar uno simbólico, y que se puede estar en medio del mundo sin ser uno mismo. Abrazando al Dios heterosexual uno puede sentirse querido e incluso valorado, pero indudablemente no se es liberado. Mientras el dios heterosexual no sea cuestionado, y deje de ser la medida de todas las cosas, la respuesta a todas las preguntas, la verdad última, el modelo correcto… Hasta ese momento, por mucho que los cristianos y cristianas LGTBI crean estar en medio del mundo, siguen formando parte de sus márgenes. Viven en un espejismo, en un engaño. El evangelio no consiste en poder sentarse en los bancos de las iglesias que nos abren gustosamente sus puertas, el evangelio consiste en liberarnos de las opresiones a las que somos sometidos, y una de ellas es indudablemente la que ejerce el Dios heterosexual.

La única forma de ocupar de verdad el centro, junto a otras personas muy distintas a nosotras, es haciéndolo siendo nosotros mismos, no comportándonos como la ortodoxia heterocentrada obliga. Y desde allí, por una parte, empezar a responder las preguntas que antes otros nos respondían. ¿Cómo leo yo la biblia como persona gay? ¿Cómo me interpela el evangelio desde mi experiencia como intersexual? ¿De qué forma puedo entender la divinidad como mujer lesbiana? ¿Qué significa la cruz para mí que soy transexual? Y por otra, dejar de empecinarnos en responder las preguntas con las que la heteronormatividad pretende controlarnos. A nosotras no nos importa saber en cuantos versículos bíblicos se condena la homosexualidad para intentar darles la vuelta. Lo que nos puede interpelar en el caso de que creamos que verdaderamente existen textos bíblicos que condenan nuestro amor, nuestra manera de ser o sentir, es de qué manera debemos entender la inspiración divina de un texto que claramente contiene mandatos inhumanos. Y si creemos que la interpretación heterosexual ha malinterpretado esos textos, quizás deberíamos reflexionar sobre cuáles son los límites de cualquier interpretación: ¿No importa que generen sufrimiento o directamente la muerte de otras personas? ¿Queremos seguir un cristianismo legalista o liberador? Hace tiempo que descubrí que la mayoría de preguntas que se nos lanzan “fraternalmente”, son sólo otra forma más de opresión heterocentrada. Una barrera con la que quieren impedirnos salir de los márgenes para legar al centro. Nuestra experiencia de fe no debería estar basada en superar las barreras de la heteronormatividad, sino en seguir a Jesús de Nazaret.

Arrodillarnos ante las preguntas que la heteronormatividad impone es renunciar a compartir el centro del mundo, de la iglesia, y vivir de una manera infantil e irresponsable. Las respuestas a nuestras propias preguntas pueden venir también desde una experiencia heterosexual que pretenda ser inclusiva, pero estamos tan viciados por el poder opresivo que ésta ha ejercido y ejerce sobre nosotros, que podemos ponerlas por un tiempo en cuarentena y buscar también respuestas que partan de una experiencia LGTBI. Cristianas y cristianos que han reflexionado la fe desde su diversidad sexual o de género hay muchas y muchos desde hace décadas, y sus opiniones, o experiencias compartidas si los tenemos cerca, pueden sernos útiles para ayudarnos a reflexionar, para empezar a vivir el cristianismo no como lo hace un heterosexual, sino como un intersexual, un transexual, un transgénero, una lesbiana o un gay.

Es evidente que la heterosexualidad no incapacita a nadie para ser un cristiano cuya experiencia de fe pueda servirnos para profundizar más en la nuestra, al igual que no deberíamos ser tan ingenuos de aceptar acríticamente todas las propuestas que se nos hagan desde una perspectiva LGTBI. Hay muchos cristianos y cristianas LGTBI con una fe profundamente marcada por la homofobia. Como he dicho antes, no es tan fácil deshacernos de ella, aunque algunos crean que por utilizar la palabra inclusivo quedan automáticamente inmunes a la homofobia que llevan en los genes. Pero no desperdiciemos tampoco el tesoro que tantas mujeres y hombres LGTBI que siguen a Jesús nos han dejado. No empecemos el camino siempre desde el principio, atrevámonos a continuarlo desde el que otros hicieron ya. El camino hasta ocupar el centro de nuestro mundo no se recorre en una sola vida, hacen falta siempre muchas más. No seamos tan arrogantes de creernos todopoderosos, esos son los primeros dioses que viven hoy en los márgenes de la sociedad. Ni seamos tan estúpidos de creer que viviendo imbuidos únicamente en reflexiones, experiencias, visiones y teologías hechas desde la experiencia heterosexual, por muy inclusiva que esta diga ser; podremos liberarnos de la homofobia que el Dios heterosexual ejerce contra nosotras y nosotros. Si no nos abrimos a la experiencia cristiana LGTBI, no hay posibilidad de salir de los márgenes, del mundo de los que en realidad no cuentan, de los que no se espera nada, de los que son tratados como si no tuvieran nada nuevo que aportar, ni que decir.

Es posible que cristianas y cristianos LGTBI de otras generaciones no tuvieran las posibilidades que hoy se nos brindan, aunque en ocasiones se atrevieran a mirar por un momento a Jesús desde quienes eran, sin máscaras. Pero nosotras y nosotros sí podemos empezar a erradicar de nuestra mente, de nuestra alma, y de nuestra fe, al Dios heterosexual. Podemos lanzarlo a los márgenes de nuestras prioridades, para una vez allí, reducirlo a la nada. Pero para eso es imprescindible el contacto, la relación, la comunidad, con otros creyentes LGTBI que estén también decididos a seguir a Jesús desde quienes son, sin renunciar a nada. No se trata de buscar personas que nos quieran, que nos acepten, personas que se sientan buenas cristianas haciendo su obra de caridad con nosotros. Se trata de seguir a Jesús, de eso va el cristianismo, y seguirlo sin anular una parte de nuestra vida. Nuestra orientación sexual o identidad de género es una oportunidad que no podemos perder para desenmascarar a ese Dios heterosexual que dice ser la respuesta a todo, a nosotros no nos responde nada. Las respuestas que buscamos serán más o menos significativas en la medida que puedan dar contestación a nuestros interrogantes, no a los de otras personas.

Carlos Osma

Espiritualidad , , ,

“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (IV)”, por Enrique Martínez Lozano

martes, 2 de agosto de 2016
Comentarios desactivados en “Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (IV)”, por Enrique Martínez Lozano

confianza24. ¿Cómo salir del hechizo mental?

La realidad no es lo que parece. Y tampoco tenemos acceso a ella de un modo inmediato. Por lo que no es exagerado decir que “el cerebro nos engaña”, como indica el título de uno de los libros del profesor Francisco José Rubia. (En una entrevista, publicada hoy mismo (17.07.2016) por El Diario Vasco, el reconocido físico cuántico Juan Ignacio Cirac –premio Príncipe de Asturias de investigación científica, director del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica y una de las figuras más importantes de la computación cuántica en todo el mundo– afirma que “la naturaleza es más distinta de lo que imaginamos, que lo que está más allá de nosotros tiene unas propiedades muy extrañas… Somos las sombras ⌈en alusión al mito de la caverna, de Platón⌉ y no la realidad. Vemos algo que no es directamente lo que existe”).

El engaño de la mente es doble: por un lado, porque lo que vemos no es la realidad en sí misma, sino la interpretación que de ella hacen nuestros órganos neurobiológicos; por otro, porque las formas que llegan a través de nuestros sentidos corresponden únicamente aun solo nivel o dimensión de lo real.

Lo real no es “algo” que estuviera “ahí fuera”, que nosotros pudiéramos observar desde el “otro lado”. Nosotros mismos formamos parte de esa misma y única realidad –por más que la mente se empeñe en hacernos creer lo contrario-, a la que solo percibimos –no puede ser de otro modo- a través de la mediación de nuestros sentidos y de nuestro cerebro que, sin advertirlo, la están “creando” en la forma en que llega hasta nosotros.

Si las neurociencias nos hacen ver hasta qué punto el cerebro nos engaña, la física cuántica nos lleva a reconocer el carácter multidimensional de lo real. Es decir, no solo distorsionamos la realidad que somos capaces de percibir, sino que eso que nuestra mente llama “realidad” es solo una “apariencia”, en el sentido de que se trata únicamente del nivel aparente o más superficial.

Por debajo del mismo existe el nivel cuántico de las partículas elementales y de las corrientes electromagnéticas, donde la materia se revela a sí misma como pura energía: esta es la “sustancia” del universo. Para la física moderna es claro que aquello que nos parece sólido, no lo es en absoluto.

Y son cada vez más los científicos que, desde diferentes ámbitos del saber –mecánica cuántica, astrofísica, biología–, empiezan a hablar de un “tercer nivel” de profundidad, al que nombran como “punto cero” o “campo unificado de conciencia”, que sería pura información o consciencia, como “código de instrucciones” de donde estaría brotando en permanencia, tanto el nivel cuántico como el aparente.

Para David Bohm, uno de los padres de la física cuántica, el universo es un sistema unificado de la naturaleza, en el que existen niveles más sutiles de realidad, que son los que dan origen a nuestro mundo físico. En su reconocida e influyente obra La totalidad y el orden implicado, habla de “dos niveles” de realidad: el implicado y el desplegado; este segundo sería “lo aparente”; el primero constituye la dimensión profunda y originante.

Ese nivel profundo constituiría el fondo común de todo lo real, la “sustancia última” de la realidad, la verdadera identidad de todo lo que es. Y resulta profundamente significativo que tal hipótesis científica converja con lo que, desde siempre, han afirmado sabios y místicos: lo verdaderamente real se halla más allá de la materia y de la mente, en un “vacío” o “nada” originarios, que sustenta lo que se muestra ante nuestros sentidos como realidad aparente.

En cualquier caso, lo que resulta claro, hoy también para la ciencia más rigurosa, es que las cosas no son lo que parecen. Por ello es necesario aprender a ver más allá de la mente, no porque reneguemos de ella, sino porque comprendemos que somos más que ella; es decir, no por irracionalidad, sino por una exigencia de trans-racionalidad.

Ahora bien, para superar el hechizo mental –que conduce a absolutizar lo que la mente puede percibir-, necesitamos salir del primer engaño, que condiciona todos los demás. Se trata, nada menos, que de la creencia acerca del yo. En efecto, la creencia (mental) sobre mí va a condicionar absolutamente mi modo de ver la realidad completa, a la que estaré contemplando desde una perspectiva errónea: no es extraño que todo lo que ocurra a partir de ahí lleve la marca de lo parcial y, en último término, sea engañoso.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad , , ,

“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (III)”, por Enrique Martínez Lozano

sábado, 30 de julio de 2016
Comentarios desactivados en “Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (III)”, por Enrique Martínez Lozano

confianza23. Salir del relativismo… y del absolutismo

El destino de las creencias no parece que pueda ser otro que el de su disolución. O, al menos, la comprensión de que únicamente son válidas en el nivel mental. Pero, dado que la mente no puede atrapar sino aquello que es objeto, las creencias –construidas por ella- nunca podrán contener la verdad de lo que es. Esta simple comprensión permite reconocer cualquier creencia como lo que, en realidad, es: una construcción mental que, en el mejor de los casos, “apunta” hacia la verdad que no puede ser pensada.

Al caer las creencias, se hace presente la crisis. Y entonces, cuando se vive la sensación de que peligra la propia seguridad –que se había apoyado en las creencias-, suelen aparecer diferentes mecanismos de defensa, que se activan ante cualquier sensación de peligro, y que van desde el integrismo hasta el cinismo.

En algunos casos, al ver cuestionadas sus creencias, la persona puede adoptar una actitud integrista, atrincherándose en sus propios puntos de vista y rechazando del modo más radical todo aquello que sea fuente de cuestionamiento. En el extremo opuesto, puede haber quien, al descubrir el carácter relativo de aquellas creencias a las que había atribuido un valor absoluto, decepcionado y frustrado, opte por el escepticismo o el cinismo más amargo.

La psicología, apoyada en investigaciones neurocientíficas recientes, sabe que nuestra mente es reacia al cambio. La llamada disonancia cognitiva –que se dispara cuando una nueva idea pone en cuestión alguna creencia previamente arraigada- produce un estado de malestar, marcado por la ansiedad, que hace que la persona tienda espontáneamente a descartar todo aquello que ponga en cuestión su sistema de creencias.

Sin embargo, entre el integrismo y el cinismo, entre el absolutismo dogmático y el relativismo, cabe otra actitud más adecuada, porque parece que hace más justicia a lo real. Me refiero a la relatividad.

El relativismo niega toda posibilidad de acceso a la verdad. Más aún, sostiene que, en rigor, todo depende de la perspectiva que se adopte. Su consecuencia no puede ser otra que el vacío, el sinsentido y el nihilismo más radical. Su error de base: el supuesto apriorístico que niega la verdad y la posibilidad de acceso a la misma.

Por su parte, el absolutismo dogmático identifica la verdad con su propia creencia. Su consecuencia no es menos nefasta que la anterior: absolutiza lo relativo y condena a quien discrepa. La actitud absolutista o dogmática suele esconder inseguridad, por lo que le resulta difícil convivir con la discrepancia. Por esa razón, lleva mal el pluralismo, al que, con frecuencia erróneamente denunciará como “relativista”. Su error de base: el empobrecimiento que supone reducir la verdad a una construcción mental.

Entre ambos extremos, parece abrirse paso la comprensión de que todo conocimiento humano es situado –dentro de las coordenadas espaciotemporales- y, por ello mismo, relativo, es decir, relacional: dice relación a un tiempo y a un espacio. Dicho más brevemente: entre el relativismo (nihilismo) y el absolutismo dogmático, que tanta confusión y sufrimiento han generado y siguen generando, parece innegable que la relatividad es el modo humano de conocer.

Tal reconocimiento hace posible el más genuino pluralismo –en el que el pensamiento dogmático se siente profundamente incómodo-, a la vez que no niega la verdad profunda de todo lo que es. Nos advierte solo de algo elemental, que me atrevería a formular en estas proposiciones:

todo pensamiento es condicionado (situado, relativo);

la mente no puede contener la verdad;

la mente solo puede operar con objetos (materiales o mentales);

hay más realidad que aquella que la mente puede atrapar (la misma ciencia nos advierte hoy que apenas percibimos el 4% de la realidad);

la verdad es una con la realidad, no algo “añadido” desde la mente;

tenemos acceso a la verdad, en la medida en que acallamos la mente y nos descubrimos uno con lo que es (eso es la meditación o el silencio contemplativo);

todas las creencias son solo construcciones mentales, con valor únicamente en el estadio o nivel mental;

las creencias absolutizadas constituyen el mayor obstáculo para abrirse a la verdad: el “creer” –cualquiera que sea la creencia- no nos deja “ver”;

gracias al silencio del pensamiento, experimentamos que la mente no puede contener la verdad y que, sin embargo, la somos;

dado que nuestro fondo es el mismo fondo de lo Real, todos podemos decir como Jesús de Nazaret: “Yo soy la verdad”;

sin negar el valor de la mente –ni de la razón crítica-, necesitamos trascenderla para acceder a la verdad de lo que es, de lo que somos: se asume plenamente la racionalidad, pero se la trasciende.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad , , ,

«Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (II)», por Enrique Martínez Lozano

viernes, 29 de julio de 2016
Comentarios desactivados en «Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (II)», por Enrique Martínez Lozano

confianza22. Las creencias: su aportación, sus riesgos y su inconsistencia

Las creencias se presentan como fuente de seguridad personal y de cohesión del grupo (no es casualidad que la crisis de las creencias haya venido de la mano del pluralismo: cuando el dosel común se convierte en un simple paraguas). Habitualmente, la persona pone su seguridad en sus propias creencias que, compartidas, explican y refuerzan la unidad del grupo. Se entiende, desde aquí, que el grupo “persiga” a quienes las cuestionan.

En el caso de las creencias religiosas, estas son consideradas como apoyos “absolutos”, por cuanto dicen provenir nada menos que del propio Absoluto o Dios. Se presentan, por tanto, como dadoras absolutas de sentido para la vida y para la muerte.

Es significativo que el considerado primer estudio de sociología moderna –me refiero a El suicidio, del pionero Émile Durhkeim, en 1897– subrayara el hecho de que la “anomia” –ausencia de normas, carencia de referencias comunes– constituye un factor decisivo para generar una sensación de sinsentido, que podía desembocar en el suicidio.

Las creencias parecen aportar seguridad porque, nacidas en el nivel de consciencia mítico –y mantenidas en el mental–, se toman como “la verdad”, sin más. Es sabido que en el estadio mítico, la verdad se identifica con la propia creencia que, recibida de los antepasados, se cree provenir de la misma divinidad. Al fundamentarse a sí misma de este modo, la creencia otorga al creyente la sensación confortable de estar en la verdad.

Sin embargo, esa oferta de seguridad tiene un precio elevado. Entre los riesgos que encierran las creencias habría que señalar los siguientes: dogmatismo, fundamentalismo, fanatismo, intolerancia, eliminación del otro diferente… Quien se cree portador de la verdad absoluta resulta siempre peligroso. Su propia sensación de “superioridad” se reflejará inevitablemente en un comportamiento extraño que puede ir desde el paternalismo hasta el proselitismo o la imposición. Todo ello, como es obvio, se acentúa hasta el extremo cuando se alcanza una situación de poder.

Pero esos no son los únicos riesgos. Parece también innegable que la identificación con las creencias constituye el mayor obstáculo para abrirse a la verdad, por cuanto delimita un marco que impide ver más allá de lo que esté incluido en él. Por más que quiera mantener una actitud de apertura, la persona creyente no podrá evitar que su mirada se encuentre condicionada por sus propias creencias, que actuarán inevitablemente de “marco” dentro del cual mirar, y de “filtro” a través del cual ver.

Si tenemos en cuenta que se partía del supuesto previo que identificaba la creencia con la verdad, será realmente difícilmente sortear esa trampa. Y es entonces cuando se verificará en toda su hondura la verdad de la afirmación anterior: la identificación con las creencias constituye el mayor obstáculo para abrirse a la verdad.

Con todo, las creencias, en su propio modo de funcionar, muestran su inconsistencia. Basta tomar un mínimo de distancia para apreciar que únicamente se mantienen mientras existe la fe en ellas; es decir, retirada la fe o la adhesión, las creencias caen.

¿Qué valor real pueden tener y qué apoyo seguro podrían ofrecer unas creencias que, para mantenerse, necesitan la adhesión de quienes las aceptan? Ese simple cuestionamiento muestra a las claras que las creencias no se autofundamentan. Son solo construcciones mentales sin otra base real que la que cada persona quiera imaginar.

Por decirlo brevemente, el talón de Aquiles de las creencias no es otro que su incapacidad de contener la verdad. En realidad, son solo “objetos mentales”, construcciones realizadas por la mente, a las que, más tarde, la propia mente absolutiza de diversos modos (presentándolas como “reveladas por Dios”, o heredadas de los ancestros).

Sin excepción, todos los sistemas de creencias son producto de la mente. Por lo mismo, son verdad para los que creen en ellos, pero ninguno es real. Porque lo real está más allá de la mente y del lenguaje. La mente jamás podrá atraparlo ni entenderlo.

La verdad no puede ser pensada; no puede, por tanto, ser objeto de una creencia. La verdad –una con la Realidad– únicamente puede ser sida y, solo cuando se la es, se la conoce.

Afirmar que la creencia en ningún caso puede contener la verdad no significa abogar por un relativismo vulgar, en el que todo vale. Pero entre el dogmatismo y el relativismo existe una actitud que orienta adecuadamente. Sobre ella volveremos en la próxima entrega.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad , , ,

«Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (I)», por Enrique Martínez Lozano

jueves, 28 de julio de 2016
Comentarios desactivados en «Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (I)», por Enrique Martínez Lozano

confianza21. Ante la encrucijada religiosa

El término “encrucijada” evoca la apertura de varios caminos o posibilidades, y remite a la necesidad de tomar una decisión, que puede suponer acierto o error.

En principio, la encrucijada suele ponernos en estado de alerta y, con frecuencia, viene acompañada de un cierto temor.

No es extraño: su propia etimología –de “cruz”– pone de manifiesto su componente doloroso, incluso traumático en ocasiones.

Así entendida, encrucijada es sinónimo de crisis. Y puede presentarse en cualquier ámbito de la existencia humana.

Ahora bien, lo decisivo no es tanto la crisis –la encrucijada-, cuanto el modo de vivirla. Cuando este es adecuado, aquella se convierte siempre en oportunidad de vida. Y se experimenta que es condición prácticamente indispensable para el crecimiento. Porque, como dijera Carl Jung, “no es posible despertar a la consciencia sin dolor”.

La pregunta, por tanto, que resulta decisiva parece ser la siguiente: ¿Cómo o desde dónde vivir las encrucijadas?

Podría decirse que, genéricamente, solo hay dos posibilidades: desde el yo (ego) o desde la sabiduría.

Vivirlas desde el yo significa afrontarlas desde el miedo, la necesidad, el gusto, el apego, la norma o la rutina… Es sabido que el ego funciona por el mecanismo del apego (a lo que le agrada) y la aversión (hacia lo que le desagrada). Y que se mueve desde el gusto, la norma o la costumbre. Por ello, ante una encrucijada, pone en marcha aquellos modos de funcionar a los que está acostumbrado, y con los que trata, antes que nada, de fortalecerse, protegerse o defenderse. Con tales actitudes, no parece que sea este el camino para que la crisis pueda mostrarse como oportunidad de crecimiento.

Sin embargo, las encrucijadas pueden afrontarse también desde la sabiduría. Ahora bien, la sabiduría no es algo “añadido”, sino nuestra verdadera identidad. Ella sabe cómo vivirlas; pero requiere que estemos conectados a ella.

Porque la sabiduría no es una cualidad que pudiéramos tener o no tener, sino nuestro centro más íntimo; la consciencia, fuente de donde todo brota; la Inteligencia creativa: eso es lo que somos. Y solo desde ahí la encrucijada se resuelve adecuadamente.

Aunque, en rigor, no “tenemos que” resolverla; ella misma se “desenvolverá” del modo ajustado. Solo requiere que “bajemos” del estado mental (yo) al estado de presencia (consciencia), permitiendo que la Vida fluya a través nuestro.

En esta serie de textos breves, me voy a referir a la cuestión de la “encrucijada religiosa” que nos ha correspondido vivir. ¿Qué ocurre con las creencias y, en particular, las creencias religiosas, cuando empiezan a tambalearse? ¿Cómo afrontar sabiamente esa encrucijada que, en mi opinión, constituye una característica de nuestro momento histórico? ¿Cómo afrontar la crisis de las creencias que tal vez en algún momento creímos que nos otorgaban plena seguridad?

En entregas sucesivas, trataré de desarrollar la respuesta en varios puntos:

· Creencias: su aportación, sus riesgos y su inconsistencia.

· Salir del absolutismo y del relativismo

· ¿Qué son en realidad las creencias?

· ¿Cómo salir del hechizo mental?

· Cuando caen las creencias, ¿qué queda? Los mapas y el territorio.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad , , ,

«Llevar el agua moviendo las caderas», por Carlos Osma

sábado, 18 de junio de 2016
Comentarios desactivados en «Llevar el agua moviendo las caderas», por Carlos Osma

yanis-marshall-1De su blog Homoprotestantes:

No siempre podemos vivir en una zona de confort, predicando a quienes nos aplauden digamos lo que digamos, hay veces que las circunstancias nos empujan a llevar hasta las últimas consecuencias aquello por lo que decimos luchar. Es cierto que podemos resistirnos a ese empuje, o más aún, hemos de reconocer que en más de una ocasión lo hemos hecho. Pero es que se vive tan cómodo siendo un predicador de mensajes que no hacen daño a nadie, que cuesta tirar por la borda nuestra imagen de cristianos progresistas que en el fondo sólo trabajan por mantener el status quo.

Jesús en sus últimos días de vida, se dirigió de Galilea a Jerusalén, de un lugar en el que era percibido como un soñador o un charlatán incómodo, a otro en el que su mensaje chocaba directamente con el poder religioso. Decidió jugársela conscientemente, enfrentarse a quienes de verdad estaban en contra de la justicia y del Reino. Y lo hizo entrando en el Templo, volcando las mesas de los vendedores y gritando que aquella casa de oración la habían convertido en una cueva de ladrones [1]. Una acción que a la postre le llevaría a la cruz.

Salvando todas las distancias, los cristianos lgtbi sabemos muy bien lo que significa que unos ladrones se hayan apoderado de nuestros templos, de la teología e incluso del nombre de Dios. Desde esos lugares de poder venden seguridad, consuelo y sensación de pertenencia, a cambio de dignidad, libertad o dinero. La mayoría accede al chantaje, al fin y al cabo no es a Dios a quien buscan en el templo, sino la satisfacción de su necesidad de aceptación. Y quienes se atreven a denunciar estas prácticas “sagradas”, o afirmar que la casa de Dios es para todas las naciones y no sólo para quienes están al servició del dios heterosexual que diviniza a sus adoradores, son directamente condenados a muerte. Una muerte que en nuestro contexto cristiano occidental se traduce en la negación o el vacío más absoluto. Sin embargo, quienes como Jesús están decididos a no perder su vida en manos de los usurpadores de la verdad absoluta, salen lo antes posible de sus templos buscando un lugar seguro.

Para Jesús ese lugar fue la casa de Simón el leproso en Betania, una casa de inmundicia. Sorprende que el maestro no se acercase hasta allí para curar a quien los sacerdotes habían declarado impuro, sino para sentarse a su mesa. No se comportó como quienes huyen de un apestado al que los dioses caprichosos han decidido marcar como peligroso para el resto de la comunidad. La casa de Simón el leproso, formaba parte de la comunidad alternativa de Jesús, un lugar donde se podía ver de forma incipiente la irrupción del Reino de Dios, y donde los considerados últimos eran los primeros. Y justo en aquel lugar, una mujer se atrevió a derramar un perfume sobre la cabeza de Jesús mientras el resto de invitados se indignaba porque el frasco de perfume era muy caro, y podía haberse vendido para entregar el dinero a los pobres [2]. O al menos esa fue la excusa que dieron los puritanos de la casa impura para mostrar su indignación por la libertad con la que una mujer se atrevió a expresar su amor por Jesús y anunciar su muerte.

Nuestras comunidades inclusivas son también lugares de inmundicia alejados del poder de los hombres y las mujeres de bien. Lugares a los que los justos no se acercan por miedo a ser marcados como impuros, pero donde Jesús se refugia del peligro que representan los grandes defensores de la voluntad de Dios. Jesús sólo tiene posibilidad de vivir sentándose a la mesa de los excluidos, de los defectuosos a ojos de quienes se consideran perfectos. Y allí, las últimas, anuncian la necesidad de pasar por la cruz, de crucificar nuestros mesías, para entender exactamente que significa eso del Reino. Y justo cuando ese anuncio se hace presente, en las comunidades donde se predica la inclusividad total, hay impuros que quieren seguir viviendo atados a las teologías del Templo. La libertad que ofrece ser rechazado y excluido, pone nerviosos a quienes no han podido desprenderse todavía de una mentalidad opresiva que tratan de imponer a los demás. La inclusividad es imposible cuando se tiene el alma aferrada al dios del Templo, cuando se está preocupado por el precio que tiene cada uno de nuestros comportamientos. En las nuevas comunidades inclusivas, en las casas donde los impuros se sientan con Jesús a la mesa, sobran los tenderetes donde vender frascos de perfumes para sacar algunas monedas que nos hagan parecer buenos a ojos de los demás. Desde el Templo jamás nos verán como puros, porque no lo somos. ¿Para que gastar energías en intentar satisfacerles? ¿Para qué seguir pagando el precio de parecer decentes y aceptables? En la casa de Simón el leproso, no hay personas ejemplares, sólo seres humanos que han encontrado en el mensaje de Jesús una manera liberadora para entenderse a si mismos, entender al prójimo y acercarse a Dios.

Antes de que finalmente Jesús fuese apresado, torturado y asesinado; quiso cenar con sus discípulos en Jerusalén para celebrar la Pascua. Jesús, que por seguridad seguía fuera de la ciudad, envió a dos de sus discípulos para que preparasen una cena que, a la postre, se convertiría para los cristianos en el símbolo del sacrificio de Jesús. Para que sus enviados encontrasen el lugar donde se tenía que celebrar la cena, les dijo: “Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y donde entre decid al señor de la casa: -El maestro dice:¿Dónde está el aposento donde he de comer la Pascua con mis discípulos? Entonces él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto. Haced allí los preparativos para nosotros [3]”. Llama la atención que la persona que llevó a los discípulos hasta el lugar donde debía celebrarse la última cena fuese un hombre que transportaba un cántaro de agua, una actividad que hacían las mujeres de aquel tiempo.

En su libro “Cuerpos abyectos [4]el teólogo Manuel Villalobos nos cuenta la historia de Nachito el Machito, un niño delicado y refinado que vivía en una tierra de “machos”. En aquel lugar las mujeres eran las encargadas de llevar el cántaro hasta la fuente para conseguir agua, y cuando por cualquier razón eran ellos quienes tenían que hacerlo, unían dos botes a un trozo de madera. Jamás con un cántaro como las mujeres. Pero Nachito el Machito descubrió que le gustaba ir hasta la fuente con el cántaro en su cabeza mientras se contoneaba «como una mujer». Hasta que su tío se enteró, y muy ofendido por el comportamiento de Nachito, fue hasta dónde éste estaba, le golpeó y rompió su cántaro mientras le gritaba que no toleraba esas mariconerías.

La comunidad de Mateo, como el tío de Nachito, tampoco toleraba mariconerías. Quizás fue por eso que al contar la historia del envío de los discípulos de Jesús para preparar la cena de Pascua, el intermediario que les llevó hasta la casa ya no transportaba un cántaro, y además se había convertido en el dueño de la casa. Los intermediarios hasta la Cena del Señor deben parecer aceptables, nada maricones, y tienen que ejercer el rol de poseer, no de poder ser poseídos. Es verdad que la comunidad de Mateo no excluye al maricón del cántaro totalmente, el trato para poder permanecer en ella es comportarse como “un hombre”, pagar el precio de ser aceptable.

Supongo que quienes quieren ser dueños de algo, o no ser excluidos de comunidades tolerantes que dicen ser inclusivas, están dispuestos a venderse y esconder sus mariconerías. Seguro que con los beneficios obtenidos podrán después ayudar a los pobres. Pero existen comunidades inclusivas como las del evangelio de Marcos que entienden que la única manera de acercarse a la mesa del Señor junto al resto de leprosos y leprosas, es seguir a un maricón con un cántaro que se niega a ser domesticado por teologías pseudoprogresistas. ¿Para qué salimos huyendo del Templo donde querían acabar con nosotros? ¿Para formar parte de comunidades donde todas y todos somos reducidos a lo tolerable? ¿O para vivir desde la realidad de quienes somos el evangelio de la gracia? El evangelio de Marcos nos da una pista importante: no se trata de imitar a quienes cumplen roles aceptables, sino de guiar moviendo nuestras caderas, soltando todas nuestras plumas, al resto de discípulos y discípulas hasta la mesa del Señor donde sólo quienes se saben indignos e indignas pueden sentarse. No nos confundamos con mensajes más o menos progresistas que vienen desde las iglesias en las que nos “perdonan la vida” porque son “buenos cristianos”. No nos vendamos por unas monedas. Somos nosotras y nosotros, junto a otras muchas personas excluidas, quienes en este momento mostramos el camino al resto de discípulos hacia una comunidad de hermanos y hermanas donde Jesús es verdaderamente el centro.

Carlos Osma

NOTAS:
[1] Mc 11, 15-19

[2] Mc 14, 3-9

[3] Mc 14,13-15

[4] Villalobos, M. “Cuerpos Abyectos en el evangelio de Marcos”. (Ediciones el Almendro. Córdoba 2015).

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

Relación de Comunión

domingo, 22 de mayo de 2016
Comentarios desactivados en Relación de Comunión

relationdecommunion

Maurice Zundel escribió páginas emocionantes sobre el corazón humano, este espacio donde la conciencia que se despierta accede en el sentido de su dignidad de su inviolabilidad, y que se revela, detrás del mí prefabricado y condicionado que lo recubre, como un espacio de pura acogida del otro, el espacio que no puede ser violado por principios autoritarios, ni siquiera divinos, sino que vive de la apertura y de la comunión con el Otro, a la imagen del Dios de Pobreza que  se desposee de él mismo perpetuamente en la relación de ofrenda que mantienen entre ellas las tres Personas de la Trinidad.

” (…) La Trinidad es la liberación de una pesadilla en la que la humanidad se debate cuando se sitúa frente a una divinidad de la que depende y a la que es sometida: ¿Por qué Él bastante más que yo? ¿ Por qué soy la criatura, y Él el Creador? ¿ Por qué, si es mi creador, me puso en esta situación de saber que yo soy su esclavo? ¿ Por qué me dio justo bastante inteligencia para comprender que dependo de Él? ¡ Hay una rebelión sorda e implacable qué sube del corazón del hombre en esta confrontación de su espíritu con esta especie de Dios que aparece en él como la apisonadora del espíritu!

En la apertura del Corazón de Dios a través del Corazón del Cristo, hay justamente esta manifestación increíble y maravillosa que Dios es Dios porque se comunica, que es Dios porque se da todo, porque el es la desapropiación infinita y eterna, porque tiene la transparencia de un niño, la transparencia en la que toda especie de apropiación es imposible, donde la mirada siempre es dirigida hacia “El Otro”, donde la personalidad, donde el yo, es sólo un altruismo puro e infinito. ¡ Allí está la gran confidencia qué resplandece en el Evangelio de Cristo! ¡ La perla del reino, es para que Dios sea este Dios!

¡Jesús, revelándonos la Trinidad, nos libró de Dios! Nos libró de este Dios pesadilla, exterior a nosotros, límite y amenaza para nosotros: ¡ nos libró de aquel Dios! Nos libró de nosotros mismos que necesariamente estábamos, y sordamente, aunque no nos atrevíamos a reconocerlo, en rebelión contra este Dios.

Con la Trinidad, entramos en el mundo de la relación. (…)

Subsistir en forma de don, subsistir como una relación con los demás otro, subsistir en una respiración pura de amor, tenemos ahí el Dios que se transparenta y se revela personalmente en Jesucristo. (…)

Lo que justamente es tan patético, y lo que nos hace sensible la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el paso que trasciende que hay que obrar del uno al otro, es que, mientras que en el Antiguo Testamento el pecado supremo, el pecado original, es querer ser como Dios, en el Nuevo,  es esto mismo lo único que es necesario. (…)

¡ Se trata de ser como Dios! Y, en el fondo, esta intuición nietzscheana, esta voluntad de ser Dios, de no sostener a ningún Dios aparte de sí mísmo, es el bosquejo de una vocación auténtica. ¡ Pero atención! ¡ Sí, ser como Dios, pero después de haber reconocido en Dios justamente  la desapropiación infinita, la pobreza suprema, el despojo translúcido!

Si Dios es aquel Dios, si hay en nuestro corazón una espera infinita, ser como Dios, ahora esto quiere decir desapropiarnos fundamentalmente de nosotros mismos para que nuestra vida se cumpla como la suya en un don sin reserva.”

*

Maurice Zundel, “Le Problème que nous sommes“, Le Sarment, Fayard, 2000, pp 39-42

relation-de-communion

***

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.

Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará

*

Juan 16, 12-15

***

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , , , , , , , , , ,

Caminar con Jesús hacia la liberación – Parte 3

lunes, 2 de mayo de 2016
Comentarios desactivados en Caminar con Jesús hacia la liberación – Parte 3

ETAPA6*

Seguimos caminando durante el tiempo pascual con un artículo de José A. Pagola que nos ofrece pautas sobre el seguimiento de Jesús como impulsor de un proceso de liberación individual y social. Se ofrece en tres partes.

Amigo liberador de la mujer

Jesús pone fin al privilegio machista de los varones judíos, que podían repudiar a sus esposas expulsándolas del hogar, y defiende el proyecto original de Dios sobre el matrimonio. Dios «los ha creado varón y mujer» a su imagen. No ha creado al varón con poder sobre la mujer. No ha creado a la mujer sometida al varón. Con esta posición, Jesús está destruyendo de raíz el fundamento del patriarcado bajo todas sus formas de control, sometimiento e imposición del varón sobre la mujer.

Dios no bendice ninguna estructura que genere dominación del varón y sumisión de la mujer. En el reino de Dios tendrán que desaparecer. Por eso, acoge Jesús en su seguimiento no solo a varones, también a mujeres. Todos son hermanos y hermanas, con igual dignidad. Desaparece la autoridad patriarcal. No llamarán a nadie Padre, solo al del cielo (Mateo 23,9). La nueva familia que se va formando en torno a Jesús es un espacio sin dominación masculina.

La verdad de Jesús nos hará libres

Hay un rasgo básico que define la libertad profética de Jesús: su voluntad de vivir en la verdad de Dios. Jesús no solo dice la verdad, sino que busca la verdad y solo la verdad de Dios que quiere un mundo más humano para todos sus hijos e hijas. Habla con autoridad porque habla desde esa verdad. No habla como los fanáticos que tratan de imponer su verdad, ni como los funcionarios que la defienden por obligación. No se siente guardián de la verdad, sino testigo.

Jesús es libre para gritar la verdad del Dios del reino. Su promesa es clara: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8,31-32). Si nos mantenemos en la Palabra de Jesús, conoceremos la verdad que nos hará libres:

  • Nos liberaremos de miedos que ahogan la alegría y la creatividad en la Iglesia, nos impiden buscar con sinceridad la verdad del evangelio y nos paralizan para abrir caminos al reino de Dios.
  • Romperemos silencios. Se despertará en la Iglesia la libertad profética. Se escuchará la palabra del pueblo de Dios, enmudecida durante siglos. Los creyentes sencillos pronunciarán en voz alta palabras buenas, curadoras, consoladoras. Se escuchará no solo la palabra de quienes hablan en nombre de la institución, sino también la de quienes viven animados por el evangelio.
  • Despertaremos la esperanza. Siguiendo a Jesús, «seremos voz de los sin voz, y voz contra los que tienen demasiada voz» (Jon Sobrino). Esta voz humilde, pero libre y fuerte es más necesaria que nunca en el interior de la comunidad mundial y en el seno de la Iglesia. Esta voz puede reavivar la esperanza en la liberación final, cuando «Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo habrá pasado» (Apocalipsis 21,4).

José Antonio Pagola

Fuente Grupos de Jesús

Biblia, Espiritualidad , , , , ,

Caminar con Jesús hacia la liberación – Parte 2

lunes, 25 de abril de 2016
Comentarios desactivados en Caminar con Jesús hacia la liberación – Parte 2

ETAPA6*

Seguimos caminando durante el tiempo pascual con un artículo de José A. Pagola que nos ofrece pautas sobre el seguimiento de Jesús como impulsor de un proceso de liberación individual y social. Se ofrece en tres partes.

Libertad para liberar la vida

Jesús es libre, pero no para vivir cultivando obsesivamente su propia autonomía. Es libre, pero no para reclamar y ejercitar egoístamente sus propios derechos. Es libre, pero no para realizarse a sí mismo, al margen de los que sufren. La libertad de Jesús es una libertad para hacer el bien y construir un mundo más humano. Una libertad que nace de su experiencia de un Dios liberador y se orienta siempre a liberar la vida de todo lo que puede deshumanizarla y destruirla. La libertad de Jesús es una Buena Noticia para todos.

Jesús es libre para denunciar el pecado y para sentarse a comer amistosamente con los pecadores. Libre para bendecir y para maldecir, para defender a los oprimidos y para hospedarse en casa del poderoso Zaqueo. Libre para acudir en sábado a la sinagoga y para violar allí mismo la ley del descanso para curar a un enfermo. La libertad de Jesús es una libertad sumamente libre, que solo se deja guiar por el proyecto liberador del Padre, y es capaz de entregar su vida por hacerlo realidad para todos. «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Juan 10,18).

Impulsor de un proceso de liberación individual y social

Cuando Jesús se acerca a los enfermos, no busca solo resolver un problema físico, sino liberar su vida sanándola desde sus raíces. Al contacto con Jesús, el enfermo recupera la confianza en el Dios, amigo de la vida; se libera de la culpa y del miedo; se reafirma en su dignidad; se siente reconciliado con la vida; liberado de la exclusión y de la mendicidad; devuelto de nuevo a la convivencia con sus seres queridos.

Al mismo tiempo, Jesús pone en marcha un proceso de curación social para caminar hacia una convivencia más sana y liberada. Pensemos en sus esfuerzos por crear unas relaciones más humanas entre personas que se respeten más, se comprendan mejor y se perdonen sin condiciones (Mateo 5,21-26; 7,15; 18,21-22). Sus llamadas a una vida liberada de la esclavitud del dinero y la obsesión por las cosas (Mateo 6,21; 6,24). Su empeño en liberar a todos del miedo para vivir desde la confianza absoluta en el Padre (Mateo 10,30-31; 6,25-34). Su ofrecimiento del perdón a personas hundidas en el fracaso moral y la ruptura interior (Marcos 2,1-12; Lucas 7,36-50; Juan 8,1-11).

Hemos de destacar el esfuerzo de Jesús por curar la religión liberándola de tantos comportamientos patológicos de raíz religiosa (legalismo, hipocresía, rigorismo, culto vacío de justicia y de amor). Jesús fue un gran curador de la religión: libera de miedos religiosos, no los introduce; hace crecer la libertad, no las servidumbres; atrae hacia el amor de Dios, no hacia la ley; despierta la compasión, no el resentimiento.

José Antonio Pagola

Fuente Grupos de Jesús

Biblia, Espiritualidad , , , , ,

«Mejores son tus amores que el vino», por Carlos Osma

jueves, 21 de abril de 2016
Comentarios desactivados en «Mejores son tus amores que el vino», por Carlos Osma

FUERTECOMOLAMUERTEESELAMORDe su blog Homoprotestantes:

El libro del Cantar de los Cantares es una joya incómoda dentro de la Biblia, su inclusión dentro del Canon generó más discusiones y enfrentamientos que el actual debate sobre la inclusión de las personas LGTBI dentro de la Iglesia. Quizás sea por eso que nos encanta, que le tenemos cariño, que lo consideramos uno de los libros “más nuestros”, más Queer, y por tanto más frescos y transgresores. “Mi amado es mío y yo soy suyo”, y por mucho que se les atragante a algunas y algunos, abrimos bien la boca para decir: “A su sombra deseada me siento y su fruto me es dulce al paladar”.

Intentos de domesticar y adecentar el Cantar ha habido siempre, quizás el más burdo e infantil lo encontramos todavía en algunas traducciones como la Reina-Valera 1995 donde a los amantes se les etiqueta como esposo y esposa. Y es que no es decente eso de que una joven Sulamita se lleve al amado a la habitaciones de su madre, y le invite a comer lo frutos exquisitos de su jardín sin antes haber pasado por el altar. El precio que tuvo que pagar el cantar para ser aceptado como un libro tan inspirado como los demás, fue el de la obligatoriedad de ser interpretado alegóricamente. Y de interpretaciones alegóricas y absurdas sobre nuestros deseos y afectos sabemos mucho las personas LGTBI. Tras relaciones que nuestro entorno etiquetaba como “amigos como hermanos”, “solteronas que comparten piso”, “compañeros de seminario” o “primas inseparables”; se escondían dulces caricias, besos que saben a miel, ropas que caían al suelo, y pasión en lugares inconfesables. Por eso el Cantar es  nuestro, porque habla de nuestra experiencia, de cómo nuestros deseos tan fuertes y reales como los del resto, fueron desdibujados o directamente borrados para que pudiésemos seguir formando parte de los entornos donde nacimos.

Si los defensores del conservadurismo heteropatriarcal más recalcitrante imponen lecturas literales y homófobas de la Biblia, en el Cantar de los Cantares se rinden a los encantos de la alegoría. Una muestra más de que son unos reprimidos sexuales en toda regla, incapaces de entender el sexo y el placer como un verdadero regalo divino. Y es que el Cantar nos habla de eso, de dos personas que quieren estar juntas,  que se buscan para disfrutar de todos los placeres posibles sin la necesidad de que la religión, la ley, la procreación, o la sociedad les dé su visto bueno. Dos personas libres y adultas que quieren disfrutan del sexo y del amor plenamente, y que saben, como todas aquellas personas que han decidido dejarse abrasar por el deseo, que la pasión es insaciable como el abismo y que ni las aguas más caudalosas pueden apagar el amor.

“Bésame con esos besos tuyos, son mejores que el vino tus caricias” le dice la Sulamita a su amado. Y nos encanta escucharle decir eso, porque el resto de mujeres que aparecen en la Biblia no dicen cosas así. La Sulamita es una de las nuestras, no es la mujer virtuosa que claudica a los roles de género que le imponen en su sociedad. No está al servicio de la procreación, de la generación de mano de obra para que la economía familiar prospere. No se somete al varón, ella es libre y habla con su amado tratándole de tú a tú; su amor se da entre iguales. Y si él no quiere pasar la noche entre sus pechos, quizás ella decida irse tras los rebaños de sus compañeros, porque es como una yegua en medio de los sementales que tiran del carro del Faraón.

Jamás he leído o escuchado a nadie insinuar que el Cantar fuera escrito por una mujer, la autoría masculina es la posición unánimemente aceptada. Pero cuando se habla de autoría se está pensando siempre en el redactor del Cantar, en la persona que recogió los distintos poemas procedentes de contextos, épocas y lugares distintos e intento componer con ellos una obra con cierta coherencia. ¿Hay en esos poemas anteriores rastros de voces que no encontramos en otros libros de la Biblia? ¿Hay huellas de deseos no normativos? ¿Podremos escuchar tras la Sulamita la voz de quienes no tienen voz en la Biblia?

La respuesta a todas esas preguntas entran en el campo de la teología-ficción, la misma teología-ficción con la que algunos respetables rabinos, y posteriormente teólogos, dijeron ver tras los enamorados al pueblo de Israel y a Yahvé, a la Iglesia y a Dios, a Cristo y la Iglesia, a Cristo y el alma, a Dios y María… Una lista inacabable de identificaciones que no se resentirá si le añadimos una más, una que esté basada en nuestra experiencia como personas LGTBI en busca de liberación. Porque hay veces que uno casi sin proponérselo, cree ver tras la amada la experiencia de muchas mujeres que vivieron oprimidas hace miles de años, mujeres a las que se intentó silenciar pero que supieron abrirse paso en un mundo patriarcal para decir que querían ser libres, que deseaban tener relaciones en pie de igualdad con el hombre al que amaban, y que no querían ser simples objetos a merced de los deseos y necesidades de su amo. Pero hay otras veces, en la que tras los versos del Cantar escuchamos la experiencia de mujeres que amaban a otras mujeres pero no pudieron nombrar lo que deseaban y fueron obligadas a vivir mintiendo bajo una máscara heterosexual para no levantar sospechas. Mujeres que con su manera descarada y atrevida de dirigirse a los hombres, se revelaron para decir que ellas no seguían la norma, que a pesar de todo, no se sometían completamente al poder heteropatriarcal.

Me resisto a ver tras la Sulamita sólo una proyección de los deseos de hombres heterosexuales, y es por eso que quizás ingenuamente intento encontrar también la voz de hombres que se pusieron en el lugar de las mujeres que habían amado para entender que sentían y cuales eran sus deseos. Hombres que se enamoraron de mujeres libres que les decían lo que pensaban, lo que les gustaba y lo que no, lo que les hacía gozar y lo que les aburría. Me niego a creer que tras los versos del Cantar no se almacena alguna de estas experiencias. Pero me parece evidente también, que hace miles de años los hombres que se enamoraban de otros hombres podían escribir versos como: “Ven, amor mío, corramos al campo a pasar la noche bajo los mirtos”. Y para poder expresar sentimientos como estos algunos tuvieron que pagar el precio de negar su identidad. Hombres que buscaron subterfugios para dejar constancia de lo que sentían, de la pasión que albergaban. Hombres que buscaron caminos de liberación y se preguntaron cómo era posible “despreciar a quien da por amor cuanto tiene”. Que buscaron por las noches en sus camas al amor de su vida, y por el día se hicieron pasar por hermanos para poder besarse y abrazarse sin que los culparan. Hombres que pidieron a sus amados que les pusieran como un sello sobre su corazón, y que reconocieron que su pasión era tan insaciable como el fuego divino.

Leer el Cantar de los Cantares es abrirse al deseo de liberación que muchos seres humanos tienen y han tenido a lo largo de la historia. El pueblo judío lee este libro en público durante la fiesta de Pésaj que recuerda su salida de Egipto, su liberación de la esclavitud por parte de Yahvé. Y para las personas LGTBI el libro del Cantar puede ser también un lugar de liberación que nos invita a expresar nuestros deseos libremente y dejar atrás los tabús para vivir y disfrutar con las personas que amamos. Porque aunque los guardias que patrullan nuestras iglesias y teologías no quieran decirnos donde está nuestro amado, aunque se atrevan a agredirnos por no seguir sus normas y leyes, el Cantar nos anima a levantarnos y gritar a quienes nos escuchan, que si encuentran a nuestro amado le digan: que estamos enfermos de amor.

Carlos Osma

Biblia, Espiritualidad, General , , , ,

Caminar con Jesús hacia la liberación – Parte 1

martes, 19 de abril de 2016
Comentarios desactivados en Caminar con Jesús hacia la liberación – Parte 1

ETAPA6*

Seguimos caminando durante el tiempo pascual con un artículo de José A. Pagola que nos ofrece pautas sobre el seguimiento de Jesús como impulsor de un proceso de liberación individual y social. Se ofrece en tres partes.

Jesús profeta libre y liberador

Dios no se ha encarnado en un sacerdote del templo, ocupado en cuidar la religión. Tampoco en un maestro de la ley, dedicado a defender el orden legal de Israel. Ha tomado carne en un profeta, entregado enteramente a liberar la vida. Los campesinos de Galilea ven en los gestos liberadores de Jesús y en sus palabras de fuego un hombre movido por el espíritu profético: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros» (Marcos 1,27).

Jesús es un profeta libre. No forma parte de la estructura imperial de Roma. No pertenece a la institución religiosa del templo del templo de Jerusalén. No es ordenado ni ungido por nadie. Su autoridad no le viene de ninguna institución. No se basa en ninguna tradición. Solo obedece al Padre. Solo busca abrir caminos a un Dios que quiere un mundo nuevo, liberado de todo mal.

Jesús es un profeta liberador. Dos gritos nos descubren su proyecto liberador.

  • El primero se dirige al imperio de Roma: «Los jefes de las naciones (los romanos) las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros»” (Mateo 20,25-26). Dios está contra todo poder opresor.
  • El segundo está dirigido a Jerusalén: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos… Atan cargas pesadas y las echan a la espalda de la gente, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas» (Mateo 23,2-4). No ha de ser así. Dios está contra toda religión opresora.

La experiencia de un Dios libre

Jesús vive su actividad profética desde la experiencia de un Dios que es libre para abrir caminos a su proyecto de liberar el mundo de la esclavitud, la opresión y los abusos contra sus hijos e hijas. No tiene por qué seguir los caminos que le señalan los dirigentes religiosos que se cierran a toda novedad, considerándola una amenaza para el orden establecido. No tiene por qué ajustarse a las ambiciones de los poderosos que explotan sin piedad a sus pobres.

Por eso, mientras los dirigentes religiosos vinculan a Dios con su sistema religioso, y se preocupan de asegurar el culto del templo, el cumplimiento de las leyes o la observancia del sábado, Jesús pone a Dios al servicio de una vida liberada. Lo primero es el proyecto liberador del reino, no la religión; la curación de los enfermos, no el sábado; la reconciliación social, no las ofrendas que lleva cada uno hacia el altar.

Y, por eso también, Jesús pone a Dios, no al servicio de los poderosos y privilegiados, sino a favor de los pobres: los excluidos por el imperio y los olvidados por el templo. Dios no es propiedad de nadie. No pertenece a los buenos: «hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mateo 5,45). No está atado a ningún templo ni lugar sagrado. No es de los sacerdotes de Jerusalén ni de los maestros de la ley. Desde cualquier lugar, todo ser humano puede elevar los ojos al cielo e invocarlo como Padre.

José Antonio Pagola

Fuente Grupos de Jesús

Biblia, Espiritualidad , , , , ,

Frei Betto: «El cristianismo como proyecto civilizatorio»

viernes, 8 de abril de 2016
Comentarios desactivados en Frei Betto: «El cristianismo como proyecto civilizatorio»

cristo-cerezo-720_560x280«Jesús predicó que el ser supremo para el ser humano es el ser humano»

«El abrazo a paradigmas cartesianos no justifica que rompamos su flauta»

«En las barracas de los esclavos predicaban a Jesús crucificado para que se resignaran a sufrir»

(Frei Betto).- El Brasil es un país de matriz cristiana. Pregúntenle a un hombre o mujer del pueblo cuál es su visión del mundo y de seguro que oirá una respuesta teñida de categorías religiosas.

El cristianismo, en su versión católica, llegó a nuestro país del brazo con el proyecto colonizador portugués. Integrarse a la civilización, tal como lo entendía la península, era hacerse cristiano. Ésta fue la obsesión misionera de Anchieta: anular las convicciones religiosas de los pueblos originarios de la tierra brasilis, consideradas idólatras, para introducir el cristianismo según la teología europea occidental, en clara agresión a la cultura indígena.

Los colonizadores trajeron a los africanos como esclavos. Éstos tenían que someterse al bautismo para entrar en el infierno aquí en la Tierra, con la promesa de que, si eran dóciles a la voluntad y a los perversos caprichos de los blancos, habrían de merecer el paraíso celestial como recompensa. En las barracas de los esclavos se predicaba a Jesús crucificado para que se resignaran a los sufrimientos atroces, y en las casas-hacienda al Sagrado Corazón para que abrieran sus cofres a las obras de la Iglesia.

La flauta y la hostia consagrada

A comienzos del siglo 20 un sacerdote destinado a catequizar una aldea del Xingu quedó indignado al constatar que el ritual religioso se centraba en una flauta tocada por el chamán y cuya música establecía la conexión con el Transcendente. Encerrados en sus cuartos, las mujeres y los niños tenían prohibido asistir a la ceremonia.

Escoltado por soldados, el misionero trajo la flauta al centro de la aldea, hizo venir a las mujeres y a los niños y, ante todos, rompió el instrumento musical, rechazado como idolátrico, y predicó sobre la presencia de Dios en la hostia consagrada. Ahora bien, ¿qué impide que un grupo indígena ingrese en el templo de Candelaria, abra el sagrario, rompa las hostias consagradas y las tire al suelo? Sólo la falta de una escuela suficientemente dotada.

Fe y política

Nosotros, los occidentales, desacralizamos el mundo o, como prefiere Max Weber, lo desencantamos. Hasta el punto de decretar «la muerte de Dios». Si abrazamos paradigmas tan cartesianos, felizmente en crisis, eso no es motivo para «romper la flauta» de los pueblos que toman en serio sus raíces religiosas.

Hoy se equivoca el Oriente por ignorar la conquista moderna de la laicidad de la política y de la autonomía recíproca entre religión y Estado. Y yerra el Occidente por «sacralizar» la economía capitalista, endiosar la «mano invisible» del mercado y desdeñar las tradiciones religiosas, pretendiendo confinarlas a los templos y a la vida privada.

Los orientales se equivocan por confesionalizar la política, como si las personas se dividiesen entre creyentes y no creyentes (o adeptos a mi fe y los demás). Cuando la línea divisoria de la población mundial es la injusticia que margina a 4 mil de los 7 mil millones de habitantes.

A su vez los occidentales caen en el grave error de pretender imponer a todos los pueblos, por la fuerza y por el dinero, su paradigma civilizatorio fundado en la acumulación de la riqueza, en el consumismo y en la propiedad privada por encima de los derechos humanos.

Un cristianismo a imagen y semejanza del capitalismo

Muchos de nosotros, presentes en esta sala de la Academia Brasileña de Letras, somos hijos e hijas del siglo 20 y nacimos en familias católicas. Fuimos bautizados y crismados, hicimos la primera comunión, aprendimos a rezar y a tenerles devoción a los santos y santas.

Ese cristianismo casaba perfectamente con la moral burguesa que divorciaba lo personal de lo social, lo privado de lo público. Era pecado el masturbarse pero no el pagar un salario injusto a la empleada doméstica recluida en la casa en un cuartucho irrespirable, desprovista de derechos laborales y obligada a desempeñar múltiples tareas. Era pecado faltar a misa los domingos, pero no el impedir a una niña negra el asistir al colegio religioso de los blancos. Era pecado tener malos pensamientos, pero no el gastar en licor en una noche lo que el mesero que servía no ganaba en tres meses de trabajo.

Como señaló Max Weber, el cristianismo dotó de espíritu al capitalismo. Hay que tener fe en la mano invisible del mercado, así como se cree en el Dios que no se ve. Hay que estar convencido de que todo depende de méritos personales, y que la pobreza es resultado de pecados capitales como la pereza y la lujuria. Hay que tener presente que son muchos los llamados pero pocos los elegidos para disfrutar, ya en la Tierra, las alegrías que el Señor promete a los escogidos en las mansiones celestiales…

No fue el cristianismo quien convirtió al imperio romano en la época de Constantino. Fueron los romanos quienes convirtieron a la Iglesia en potencia imperial. De igual modo, no fue el cristianismo quien evangelizó a Occidente sino que fue el capitalismo occidental quien lo impregnó del espíritu de usura, de individualismo, de competitividad. ¿Y qué es lo que la historia exhibe como resultado?

Todas las naciones esclavistas de la modernidad eran cristianas. Eran cristianas las naciones que promovieron el genocidio indígena en América Latina. Es cristiano el país que cometió el mayor atentado terrorista de la historia al calcinar a miles de personas con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Eran cristianos los gobiernos que desencadenaron las dos grandes guerras del siglo 20. Ostentaban el título de cristianas las dictaduras que, en el siglo pasado, proliferaron en América Latina, patrocinadas por la CIA. Cristianos son los países que más devastaron el medioambiente. Como son cristianos los que producen más pornografía y abastecen el narcotráfico. Y son cristianas muchas naciones, como el Brasil, en las que se torna insultante la desigualdad social.

¿De qué diablos de cristianismo estamos hablando? Ciertamente no del que reflejaría en la práctica los valores proclamados por Jesucristo.

¿Jesús vino a fundar una religión?

Fuimos educados en la idea de que Jesús vino a fundar una religión o una Iglesia. Eso no concuerda con lo que dicen los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, principales fuentes sobre la persona de Jesús.

En todos esos evangelios la palabra Iglesia (ecclesia, en griego) sólo aparece dos veces, y sólo en el evangelista Mateo. Y esos evangelios constatan que Jesús fue crítico severo de la religión vigente en la Palestina de su tiempo, para lo cual basta con leer el capítulo 23 de Mateo.

La expresión Reino de Dios (o reino de los cielos en Mateo) aparece más de cien veces en boca de Jesús. El teólogo Alfred Loisy decía que Jesús predicó el Reino, pero lo que llegó fue la Iglesia…

Jesús vivió, murió y resucitó en el reino de César, título dado a los primeros once emperadores romanos. Desde el año 63 antes de nuestra era Palestina estaba sometida al dominio del imperio romano. Era una simple provincia fuertemente controlada política, económica y militarmente desde Roma. Toda la actuación de Jesús se dio bajo el reinado del emperador Tiberio Claudio Nero César, que permaneció en el poder desde el año 14 al 37. La Palestina en la que vivió Jesús estaba gobernada por autoridades nombradas por Tiberio, como el gobernador Poncio Pilatos (que, curiosamente, quedó inmortalizado en el Credo cristiano) y la familia del rey Herodes. Predominaba allí una sociedad tributaria dirigida por un poder central mantenido por los impuestos cobrados al pueblo, tanto el de las comunidades rurales como el de las ciudades. Leer más…

Espiritualidad , , , ,

“La Iglesia está enferma de homofobia: necesita una terapia de conversión”. Entrevista a Krzysztof Charamsa

jueves, 25 de febrero de 2016
Comentarios desactivados en “La Iglesia está enferma de homofobia: necesita una terapia de conversión”. Entrevista a Krzysztof Charamsa

SWR_0336Entrevista realizada por Carlos Osma en su blog Homoprotestantes:

Hace algo más de cuatro meses que «salió del armario» y en tan poco espacio de tiempo ha perdido su trabajo como profesor de teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, ha sido apartado de sus funciones como secretario adjunto de la Comisión Teológica Internacional y de oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha llenado portadas de periódicos, acudido a programas de televisión y radio, e incluso se ha venido a vivir a Barcelona. ¿Cómo se siente en este momento? ¿Cómo valora lo que le ha ocurrido a niver personal?

Me siento cristianamente liberado y realizado. Yo creo que éste fue el verdadero buen “pasaje” (metanoia) de mi vida espiritual – una verdadera pascua de mi resurrección. Para mí fue también el cumplimento de mi misión como sacerdote. Paradójicamente, cuando las instituciones católicas me han impuesto la prohibición de ejercer el ministerio, en conciencia siento que justamente ahora he madurado la verdadera fidelidad a mi vocación como persona homosexual llamada por Dios a ser pastor. Es el momento de la liberación cristiana, de transparencia de mi buena y natural identidad que he ofrecido a Dios para ser sacerdote y que no puede continuar siendo negada y ofendida por mi Iglesia. Es también la liberación de las mentiras promovidas por la institución de la Iglesia sobre las minorías sexuales. Antes de mi salida del armario, en mi trabajo en el Vaticano fui obligado a decir estas mentiras, como en una dictadura irracional.

¿Cree que ha conseguido sacudir la conciencia de la Iglesia católica con su “salida del armario”? ¿O simplemente ha dado la razón a quienes ya eran conversos de la inclusividad dentro y fuera de la Iglesia?

Sobre todo he recibido muchísimos mensajes de apoyo y también de gratitud por mi “salida del armario”. Creo que la conciencia de la Iglesia y de los creyentes en el mundo necesitan estas señales. La comunidad necesita las “salidas” que mueven la conciencia. En este sentido mi coming out es algo que quiere tocar la conciencia de la Iglesia, aunque está claro que los efectos no se pueden ver de inmediato. La Iglesia católica quiere sólo eliminar el “problema” de un alto funcionario vaticano que dice una verdad incómoda. La primera reacción católica y de los ambientes homofóbicos (y no sólo católicos) fue una campaña para desacreditar y neutralizar a la persona que se libera y exige la reflexión sobre la situación de las minorías sexuales. Para tener dormida la conciencia de la Iglesia, su gente debe estigmatizar y desacreditar un gesto como el mío, concentrándose, por ejemplo, en el celibato, que en este caso es una cuestión del todo secundaria y conectada profundamente con la paranoica negación de la sana orientación sexual (el celibato está pensado en la Iglesia católica como el “armario” para los gays, y el “armario” va contra la dignidad personal, no puede ser un lugar de serenidad y de paz. A esta Iglesia le digo: primero debemos limpiar nuestra conciencia de ofensas contra los homosexuales y después hablaremos de celibato, que debe basarse en una serena aceptación de la propia identidad sexual).

El Coming out de un sacerdote es la manera de despertar la conciencia eclesial sobre el tema de la dignidad y de los derechos humanos y cristianos de las personas homosexuales, como yo, que en la Iglesia son discriminadas y odiadas. Cristianamente, el misterio y el respeto de la persona van antes de disciplinas que no son esenciales para  el servicio a la Iglesia. Pero no es así en la Iglesia católica. La Iglesia católica en este momento está paralizada por las emociones negativas de miedo anti-gay, que son emociones que bloquean el uso sereno de la razón. En esta dirección se mueve la jerarquía, el Vaticano, y una buena parte de fieles que son promovidos por el clero y gritan bastante fuerte (piensa solo en Manif pour tous o en las recientes manifestaciones católicas de Roma y en la promoción del odio contra las minorías sexuales y del desprecio a las personas LGBTIQ). Esos gritos exasperados, manipulados por la jerarquía, esconden que en realidad hay muchísimos católicos (silenciosos) que quieren la reflexión, el respeto, la inclusividad y, sobre todo, el conocimiento y la comprensión de los demás, en este caso de las personas LGBTIQ. Parece que el Papa mismo ha cerrado esta discusión, que al principio de su pontificado parecía que iba a abrir. Así, ahora en la Iglesia católica sólo pueden gritar los homófobos, que ofrecen y mantienen la imagen de la Iglesia. Al católico que no es homofobo se le acusa de ser infiel a la doctrina actual de la Iglesia, a la cual los católicos deben obedecer. Esta doctrina es en la actualidad profundamente homofóbica y prohíbe cualquier coming out a los católicos LGBTIQ, los considera personas incapaces de amar que solamente buscan sexo, establece discriminaciones precisas de homosexuales y juzga que discriminar gays en el trabajo y en la sociedad es justo; compara a las personas homosexuales con  enfermos mentales. Para darse cuenta de la realidad de la homofobia católica impuesta a todos los fieles, es muy importante leer los documentos de la Iglesia en esta materia, que ofenden la dignidad humana de las personas LGBTIQ.

Pienso que cada vez que se produce un coming out dentro la Iglesia, ésta en realidad se despierta, se inquieta, aunque los buenos frutos no se puedan ver de inmediato. El odio homofóbico en la Iglesia es demasiado fuerte y está gobernado por las oficinas vaticanas más importantes.

Leer la entrevista completa pinchando aquí

***

 

General, Homofobia/ Transfobia., Iglesia Católica , , , , ,

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido… Para dar libertad a los oprimidos

domingo, 24 de enero de 2016
Comentarios desactivados en El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido… Para dar libertad a los oprimidos

Una llamada a la entrega, al compromiso de seguirle sólo a Él:

*
tumblr_llc7ra7EgK1qfkw2vo1_1280

Preguntas para subir y bajar el monte Carmelo

(A Gustavo Gutiérrez,
maestro espiritual
en los altiplanos de la Liberación,
por su itinerario latinoamericano
«Beber en su propio pozo»).

«Por aquí ya no hay camino».
¿Hasta dónde no lo habrá?
Si no tenemos su vino
¿la chicha no servirá?

¿Llegarán a ver el día
cuantos con nosotros van?
¿Cómo haremos compañía
si no tenemos ni pan?

¿Por dónde iréis hasta el cielo
si por la tierra no vais?
¿Para quién vais al Carmelo,
si subís y no bajáis?

¿Sanarán viejas heridas
las alcuzas de la ley?
¿Son banderas o son vidas
las batallas de este Rey?

¿Es la curia o es la calle
donde grana la misión?
Si dejáis que el Viento calle
¿qué oiréis en la oración?

Si no oís la voz del Viento
¿qué palabra llevaréis?
¿Que daréis por sacramento
si no os dais en lo que deis?

Si cedéis ante el Imperio
la Esperanza y la Verdad
¿quién proclamará el misterio
de la entera Libertad?

Si el Señor es Pan y Vino
y el Camino por do andáis,
si al andar se hace camino
¿qué caminos esperáis?

(Desde la Amazonia brasileña,
en tiempos de probación
y de invencible esperanza criolla).

*

Pedro Casaldáliga
El Tiempo y la espera. Sal terrae, 1986

***

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendio por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista.

Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.”

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:

–  “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oir.”

*

Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , ,

Recordatorio

Cristianos Gays es un blog sin fines comerciales ni empresariales. Todos los contenidos tienen la finalidad de compartir, noticias, reflexiones y experiencias respecto a diversos temas que busquen la unión de Espiritualidad y Orientación o identidad sexual. Los administradores no se hacen responsables de las conclusiones extraídas personalmente por los usuarios a partir de los textos incluidos en cada una de las entradas de este blog.

Las imágenes, fotografías y artículos presentadas en este blog son propiedad de sus respectivos autores o titulares de derechos de autor y se reproducen solamente para efectos informativos, ilustrativos y sin fines de lucro. Por supuesto, a petición de los autores, se eliminará el contenido en cuestión inmediatamente o se añadirá un enlace. Este sitio no tiene fines comerciales ni empresariales, es gratuito y no genera ingresos de ningún tipo.

El propietario del blog no garantiza la solidez y la fiabilidad de su contenido. Este blog es un espacio de información y encuentro. La información puede contener errores e imprecisiones.

Los comentarios del blog estarán sujetos a moderación y aparecerán publicados una vez que los responsables del blog los haya aprobado, reservándose el derecho de suprimirlos en caso de incluir contenidos difamatorios, que contengan insultos, que se consideren racistas o discriminatorios, que resulten obscenos u ofensivos, en particular comentarios que puedan vulnerar derechos fundamentales y libertades públicas o que atenten contra el derecho al honor. Asimismo, se suprimirá aquellos comentarios que contengan “spam” o publicidad, así como cualquier comentario que no guarde relación con el tema de la entrada publicada. no se hace responsable de los contenidos, enlaces, comentarios, expresiones y opiniones vertidas por los usuarios del blog y publicados en el mismo, ni garantiza la veracidad de los mismos. El usuario es siempre el responsable de los comentarios publicados.

Cualquier usuario del blog puede ejercitar el derecho a rectificación o eliminación de un comentario hecho por él mismo, para lo cual basta con enviar la solicitud respectiva por correo electrónico al autor de este blog, quien accederá a sus deseos a la brevedad posible.

Este blog no tiene ningún control sobre el contenido de los sitios a los que se proporciona un vínculo. Su dueño no puede ser considerado responsable.