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Gabriel Mª Otalora: El drama de nuestra fe.

Jueves, 25 de junio de 2020

manos-dios-y-adc3a1nDe su blog Punto de Encuentro:

Para Ermes Ronchi, este drama es que el Dios de la religión (cristiana) se ha desligado del Dios de la vida. O dicho de otra manera, la imagen extendida de Jesús es la de la frecuentación del templo, y no la de frecuentar los caminos de la vida; si Dios sigue seduciendo es porque habla entre nosotros el lenguaje de la alegría. Al fin y al cabo, su mensaje fue el de una Buena Noticia.

Es preciso repetirnos esta pregunta: ¿En qué Dios creemos? ¿A qué Dios seguimos? Las normas de la institución eclesial se han ido imponiendo a la verdadera norma evangélica consistente en una relación madura con Dios y con el prójimo a través del amor. Y este deslizamiento de lo esencial, se ha hecho fuerte con el tiempo en los ritos hasta convertirse el envoltorio en la norma fundamental a seguir, tantas veces presentada en tono amenazante.

El drama de nuestra fe es que no reflexionamos lo suficiente sobre el paralelismo evidente entre lo le ocurrió a Jesús y lo que ocurre ahora mismo con sus seguidores. Le mataron los defensores de la legalidad que prevalecía a toda costa por encima del mensaje que atesora. Aquello fue muy parecido a lo que podemos constatar en todo tiempo sobre la tentación de deslindar la religión formalista, cuyo fin está en sí misma, de la vida en la que Dios se manifiesta; es en lo cotidiano donde Dios salva.

La sanación es una constante del evangelio. Dios es amor y no cambia ni desfallece en su relación amorosa con cada persona, digna de amor por serlo. Y a partir de aquí es posible aprender a vivir desde la experiencia de que Dios salva y sana. Y solo es posible vivirlo así cuando nos abrirnos a su amor. Esta es la puerta para acertar, con su gracia, en la actitud con nosotros y con los que nos rodean.

“Creer qué” o “creer en”, esa es la cuestión. Nuestra fe no es un saco de normas sino una experiencia de amor que nos lleva a la plenitud. A Jesús lo matamos cada vez que anteponemos las seguridades del cumplimiento ritualista al difícil camino -pero liberador- de la práctica de la compasión y la misericordia.

Jesús no rehuyó el cumplimiento de las normas establecidas excepto cuando se utilizaron como coartada para tergiversar la verdadera voluntad de Dios. Jesús fue asesinado porque comenzó a tener éxito en su cuestionamiento de una religión que predicaba lo que no se cumplía hasta el punto de que los fieles vivían convencidos de que el verdadero Dios era alguien temible, justiciero e inmisericorde, más cercano a condenar que a salvar. En realidad, esta sigue siendo una imagen muy alimentada de Dios a semejanza de quienes la defienden y utilizan sus normas como fin en sí mismas, fuente inagotable de poder y seguridad.

Sorprendentemente, los excluidos de su tiempo le escucharon y le siguieron mientras que los entendidos en las leyes de Dios, los pastores que guiaban al pueblo elegido, se convirtieron en sus acérrimos enemigos. Y este sigue siendo el drama de nuestra fe.

Las tensiones de poder en el Vaticano y en todo lo que rodea la cúpula que dirige la Iglesia, está marcada por los mismos pecados que mostraron las autoridades que convivieron con Jesús, al que convirtieron en un excluido porque su actitud de amor con todos les obligaba a ver las escrituras desde otro ángulo y a cambiar el centro de su religión: vieron como peligraba su posición de poder social y personal y prefirieron defenderla con calumnias involucrando a Pilatos para que le matara como a los peores delincuentes. Lo mismo que está pasando ahora con los mártires de los derechos humanos, pasto de la indiferencia o vistos como peligrosos desestabilizadores sociales, tal y como le ocurrió a Jesús.

Las víctimas, los pobres y los menos favorecidos en tantas cosas son lugares teológicos para un cristiano. Puede ser una opción política, pero también es por derecho propio verdadera religión cristiana cuando se actúa por amor: iluminar más que brillar, que el brillo acontece por añadidura.

Hoy como nunca, las religiones están cuestionadas, incluso la católica, porque muchos buscan a Dios y no encuentran en ellas lo que su corazón anhela. Y demasiadas veces la causa en la inconsecuencia que escandaliza hasta poner en cuestión la verdadera Buena Noticia. Mientras no haya una conversión radical intramuros, Francisco y los que sienten el Evangelio como él, seguirán siendo vistos como un peligro para la religión en lugar de cómo unos profetas que iluminan lo que Dios quiere. Entre tanto, los templos vacíos son el signo palmario de tanta inconsecuencia.

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Propuesta de un Credo cristiano

Jueves, 14 de febrero de 2019

credo-logo-ogJuan Alemany
Mallorca.

ECLESALIA, 01/02/19.- Creemos en Dios, Misterio profundo que nos constituye sin separación alguna.

Vivimos confiados en Él, sabiendo que habita en cada uno de nosotros.

Reconocemos a Jesús, como el hombre que captó su filiación divina y la nuestra.

Que desveló el rostro amoroso de Dios.

Que proclamó su mensaje de Amor, practicando el bien y la compasión.

Nos adherimos a la Comunidad cristiana, la Iglesia, para compartir, celebrar y practicar las enseñanzas de Jesús.

Damos gracias por nuestra existencia, que nos permite conocer, vivir y experimentar la Presencia que todo lo abraza.

Humildemente esperamos el perdón de los pecados y entendemos la resurrección, como el retorno al Misterio infinito que nos constituye, origen nuestro y de todo cuanto existe.

Amén.

Justificación
1963
(Continuación de “Creencia en Dios”, ECLESALIA.- 25/01/2019)

Al crear en un acto de amor, Dios sólo puede darse a sí mismo, puesto que fuera de Dios no hay nada y todo está comprendido en Él. Por eso al esbozar el credo, decimos que estamos constituidos por Él sin separación alguna y que sabemos que habita en cada uno de nosotros de forma tal, que respetando nuestra libertad, quiere compartir nuestra experiencia vital. Se puede decir que somos consustanciales con Él.

La Buena Noticia se produce con la aparición de Jesús de Nazaret, el hombre que toma conciencia de que Aquello que le constituye en el fondo de su ser, en ese rincón secreto en el que no entra más que uno mismo y Dios, es Dios.

A partir de ese momento, la revelación es definitiva y la clave la da Jesús: el hombre es lugar donde Dios dice quien es. El hombre es la imagen del Dios viviente y la gloria de Dios. No hay kénosis ni abajamiento, Dios se gloría con la humanidad.

Ahora ya sabemos dónde está Dios: en el hombre, en el hermano, en el que sufre, en el enfermo, en el marginado y también en el que es feliz y trabaja, alegrándose de sus triunfos y sufriendo con sus fracasos. Igual está en el pecador, al que ve como al hijo que va por mal camino y al que no deja de amar. Así podemos decir que Dios habita en cada uno de los seres humanos, porque respetando siempre su libertad, desea compartir su infancia, juventud, madurez, su profesión, su matrimonio, etc., acompañándoles siempre con su amor.

Al reconocer a Jesús como revelación completa de Dios, decimos que captó su filiación divina, en una experiencia íntima, profunda y espiritual, fruto de su interiorización que le llevó a ese rincón oculto, secreto , bodega o cogollo que todos tenemos y en el que no entra, como ya se ha dicho, más que un mismo y Dios.

Ahí fue donde esa percepción tan intensa y fuerte le condujo a pronunciar la palabra Abba, Padre. Pero esta palabra Padre no es preciso entenderla como la entendemos en el sentido biológico. Cuando atribuimos a Cervantes la paternidad del Quijote o decimos que Descartes es el padre de la Filosofía moderna, expresamos una relación de dependencia, pero no en el sentido estricto de paternidad biológica, sino como expresión analógica, cosa que referida a Dios es aún más difícil, ya que no es comparable con nada.

Esa revelación era algo que Dios hacía desde el primer momento de la Creación, a todos los hombres, mujeres y pueblos y que no acababan de captar. Pero como en todos los descubrimientos, siempre hay uno que es el primero que capta algo que estaba al alcance de todos, pero que nadie era capaz de ver, Es el ejemplo de Newton y la ley de la gravedad, Galileo y la rotación de la Tierra, Einstein y la teoría de la relatividad, etc.

Captada su filiación divina y sabiéndose habitado por Dios, Jesús no se reservó el descubrimiento y lo comunicó a los demás diciéndoles:” cuando oréis al Padre decid: Padre nuestro” no dijo a mí Padre sino nuestro Padre, primera persona del plural, lo que significa nuestra filiación divina, igual que la de Jesús. Hemos sido creados por Dios, ex-amore, desde el amor y engendrados por nuestros padres como Jesús, por lo que podemos decir que somos suspiros de amor de Dios.

Seguimos diciendo que descubrió el rostro amoroso de Dios y lo hizo mediante la parábola de Hijo Pródigo, en la que el Padre no espera la llegada de hijo, sino que sale al encuentro y perdona, dando por no hecho el mal producido.

El resto de sus aportaciones las hace también por medio de sus parábolas y predicación. Pautas de comportamiento. El buen samaritano que ayuda al atracado frente a la indiferencia del sacerdote y del levita, expresa el deseo de Dios de ayudar al necesitado al quería atender desde el primer momento, pero no podía hacerlo porque necesitaba las manos de alguien. Y es que Dios actúa el mundo, pero no actúa en el mundo (Karl Rhaner), porque nos ha hecho co-creadores y con la libertad somos responsables de nuestros actos.

El Sermón de la Montaña, la preocupación por los enfermos, hambrientos o sedientos, la parábola del perdón, de los trabajadores de la viña, etc., son ejemplos de una actitud humana querida por Dios y una invitación a seguirla.

Entendemos la adhesión a la Comunidad cristiana o Iglesia, como la forma fraternal de compartir y practicar las enseñanzas de Jesús y difundir su mensaje colaborando responsablemente y entendiéndola como un camino y no como sujeto y fin en sí misma.

Vivimos con agradecimiento nuestra existencia terrenal, experimentándola como un don que nos permite percibir el Amor infinito que nos constituye y al que estamos destinados a volver.

Conscientes de nuestra limitación y finitud, como todo lo creado, pero también de nuestra libertad, capacidad de decisión y responsabilidad, pedimos perdón por nuestros errores culpables durante la vida y tenemos la esperanza de la resurrección como retorno a nuestro origen, igual que las olas lo hacen a la profundidad del océano del que proceden.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“La verdad y las creencias”, por Enrique Martínez Lozano.

Miércoles, 23 de agosto de 2017

justnevergiveupLa verdad carece de contornos –es ilimitada– y no puede contenerse en una fórmula. Por ese motivo, no es “algo” que la mente pudiera apropiarse o que fuera posible aferrar. Lo cual explica, también, que para el yo sea incertidumbre por cuanto, al no ser un objeto mental –una idea o creencia–, se le escapa completamente.

La misma naturaleza de la verdad provoca que, en el momento mismo en que se la quiere delimitar en una creencia concreta, se caiga en la mentira: se ha confundido la verdad inefable con una mera construcción mental. Buscando seguridad en la que sostenerse, se ha desembocado en un error de consecuencias graves y peligrosas para uno mismo y para los demás.

La verdad no puede ser apresada, ni aporta seguridad al yo que, ante ella, se descubre completamente desnudo, sin consistencia. Por ese motivo, la evita, refugiándose –protegiéndose– en el sucedáneo de las “creencias”, en las que cree encontrarse seguro.

Al no ser objeto, la verdad simplemente es. Una con la realidad, constituye el fondo último de todo lo que es. Por eso, no se la puede tener; únicamente se la puede ser.

Cuando eso se vive, lo que hay es “ser”, sin añadidos conceptuales; es un vivir viviendo en estado de presencia, en el reconocimiento lúcido y gozoso de que somos Eso que ni siquiera se puede nombrar.

Eso –la verdad, lo que somos– es Plenitud. Pero, ante ella, el yo queda desnudo. Como le ocurre, por otra parte, ante cualquier realidad transpersonal: la Belleza, la Bondad, el Amor, el Gozo, la Plenitud… Ninguna de ellas tiene al yo como sujeto; al contrario, se “esconden” en el momento mismo en que el yo quiere atribuírselas. Del mismo modo que cuando hay Amor, no hay nadie que ame, cuando brilla la Verdad, nadie la posee. La Verdad nos descubre que el yo era solo un pensamiento más, una realidad ilusoria.

Se advierte, así, una bella paradoja: es la propia verdad la que me hace comprender, de manera definitiva, que no sé nada. Porque, al abrirme a ella, descubro que todo lo que mi mente pudiera atrapar ya no es la verdad, sino solo una “opinión”; y que aquello que presumía “saber” no es otra cosa que creencias, meras construcciones mentales sin mayor importancia. Por eso, justo en el momento en que me abro a la verdad –siempre ilimitada–, se producen dos comprensiones tan simultáneas como paradójicas: soy la verdad y no sé nada.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (XI)”, por Enrique Martínez Lozano

Viernes, 30 de septiembre de 2016

confianza211 (y último). Tres prácticas breves para terminar

Me parece oportuno terminar este trabajo sobre el “paso” de las creencias (o construcciones mentales) a la certeza de ser proponiendo tres prácticas meditativas, que tienen como objetivo ejercitarnos o adiestrarnos en trascender la mente, para evitar la trampa primera que consiste en identificarnos con ella.

La clave de ese entrenamiento radica en desarrollar la capacidad de tomar distancia y, de ese modo, observar todos los contenidos mentales y/o emocionales que puedan aparecer.

Observar la mente

Observa tus pensamientos y sentimientos, todos los contenidos que aparecen en tu campo de consciencia.

No los pienses, obsérvalos desde la distancia. Como si fueras un foco de luz que ilumina todo, no rechaza nada, pero no puede verse a sí misma.

Y nota la diferencia entre los objetos observados y la consciencia que los observa.

Cae en la cuenta de que tú no eres ningún objeto (ningún contenido) de tu consciencia, sino la consciencia misma.

Nota cómo, al observarlos –al poner consciencia-, los pensamientos se disuelven. Son como “nubes” que aparecen y desaparecen, sin más “sustancia” que la que tu propia creencia les da.

Tú eres Eso que está “más allá” de los pensamientos, lo que  no puede ser pensado. Descansa ahí, en la Presencia consciente.

Soltar los pensamientos

Adopta una postura adecuada, lleva la atención a tu cuerpo y a tu respiración.

Y, voluntariamente, suelta todos los pensamientos; simplemente, déjalos caer.

Observa: ¿qué queda cuando “sueltas” (dejas caer) todo eso?

Percíbelo; no quieras pensarlo ni entenderlo (lo convertirías en otro objeto mental más). Simplemente, constátalo. Y saboréalo. Eso que queda es lo que eres, atención desnuda, pura consciencia de ser.

Permanece en esa pura consciencia de ser, solo ser, solo estar.

¿Qué hay “más allá” de los pensamientos?

Cierra los ojos y deja que tu mente divague en la dirección que quiera.

Ahora toma conciencia de lo que estás pensando. El contenido en sí no tiene importancia, basta con que te des cuenta de que existen esos pensamientos. Obsérvalos relajadamente, igual que si estuvieras viendo una película. Deja que vayan pasando por la pantalla de tu mente. Estás mirando tus pensamientos…

Ahora, con calma, pregúntate: ¿qué hay “más allá” de los pensamientos? Te darás cuenta de que la respuesta es simple (cualquier otra respuesta sería solo un pensamiento más): Nada.

Continúa siendo consciente de esa Nada.

Cuando regresen los pensamientos, obsérvalos y luego vuelve a mirar más allá de ellos, detrás de ellos, a la Nada…

(La consciencia pura es “nada”. Para la mente, ni siquiera existe, porque no tiene forma. Y, sin embargo, como siempre han enseñado los sabios y como la práctica permite experimentar, esa Nada es Plenitud: lo único Real, frente al mundo aparente de los objetos).

Enrique Martínez Lozano

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (X)”, por Enrique Martínez Lozano

Sábado, 24 de septiembre de 2016

confianza210. Y ser realmente libres

“La verdad os hará libres”, dijo Jesús de Nazaret. Pero la verdad no es ninguna creencia, como tienden a creer sus seguidores. No nos libera ningún credo, sino el reconocimiento de nuestra propia verdad. Como suele ocurrirnos a los humanos, sus discípulos pensaron que la verdad consistía en la adhesión mental a la persona y al mensaje de su Maestro y redujeron la palabra sabia de Jesús a una creencia más, dentro del panteón de los credos.

Sin embargo, de la misma manera que ninguna creencia puede encerrar la verdad, tampoco ninguna de ellas puede ofrecer libertad. Esta –que tampoco conoce opuesto- es una con la verdad y, en último término, una con la realidad. Todo es un fluir libre en despliegue incesante.

Ahora bien, así como la mente tiende a apropiarse de la verdad y la reduce a una creencia, del mismo modo tiende a apropiarse de la libertad para atribuírsela al ser humano individual, haciéndole creer que es él quien lleva el control de los acontecimientos.

Como resultado de esa apropiación –otra creencia más-, se introduce la confusión y, con ella, el sufrimiento, en forma de tensión, con las secuelas de orgullo y de culpabilidad. Si soy “yo” quien lleva el control, merezco ser reconocido por mis logros o me sentiré culpable de mis errores. En cualquier caso, remaré habitualmente en contra del despliegue armonioso de la misma Vida, manejándome por los “debería” o “no debería” mentales, que nada tienen que ver con la verdad de lo que es.

No hay ningún “yo” libre –porque el supuesto “yo” es solo una ficción, otra creencia más- y, sin embargo, somos Libertad. Se trata, sencillamente, de no perder la conexión con nuestra Verdad más profunda, donde nos experimentamos uno con lo que es, para verificar que no hay sino Libertad ilimitada.

José Díez Faixat lo ha expresado con acierto: “La presunta libertad del yo individual es, paradójicamente, su esclavitud, ya que es precisamente la creencia de ser una entidad personal lo que impide reconocer al Sí mismo real, eternamente libre. Nadie que crea ser alguien puede descubrir esa libertad originaria”.

También aquí son precisamente las creencias las que nos alejan de, sencillamente, reconocernos en la Libertad que somos. Tanto las creencias que sostienen que el “yo” es un sujeto libre como aquellas contrarias que lo niegan. Porque todas ellas nos mantienen en el “nivel aparente”, en el que se da por sentada justamente la existencia de aquel “yo” que es solo un pensamiento más.

Por eso es necesario soltar todas las creencias, para trascender ese nivel aparente o mental. Al tomar distancia de ese nivel, cesa la identificación con el pensamiento. Y, al mismo tiempo, dejamos de creer los mensajes mentales relativos a la supuesta libertad individual que nos habían confundido y con frecuencia atormentado.

Reconocer que no existe ningún “yo” libre, no significa negar lo que denominamos “progreso” en el mundo de lo relativo. Todo se seguirá haciendo como antes, pero sin la creencia de que existe un “yo” que lo hace. Porque, en efecto, esto último era solo una interpretación mental, una idea. Por poner un ejemplo, es como cuando nuestros antepasados suponían la existencia de un dios del mar que agitaba las aguas los días de tempestad. Hoy, los océanos continúan embraveciéndose, pero ya no hay nadie detrás enfurecido. Nunca lo hubo.

La sutileza de la manifestación es la apariencia de que todo depende de nosotros. En ese sentido, se trata de una representación magníficamente “armada”. Pero solo es apariencia. No se niega nada de lo que se despliega en el mundo de lo manifiesto; lo que se niega es, simplemente, que exista un hacedor individual que fuera sujeto del mismo.

No hay ningún “yo”. Es la consciencia la que va actuando en todo, a través de todos los medios que operan en ese nivel, tanto orgánicos y neurológicos como “intelectuales”. Y esa consciencia es nuestra identidad última: verlo es Verdad y vivirlo, Libertad. En una no-dualidad exquisita que abraza todo. En ese punto han caído ya todas las creencias, sin excepción.

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (IX)”, por Enrique Martínez Lozano

Viernes, 23 de septiembre de 2016

confianza29. Para vivir lo que somos…

Ninguna creencia puede ayudarnos a vivir lo que somos, porque todas ellas nos mantienen en el nivel de lo aparente, es decir, en aquello que no somos. De ahí que sea necesario soltar todas si queremos llegar a nuestra verdad más profunda.

Decía en el apartado anterior que las creencias nos alienan porque nos hacen esclavos de una “idea” determinada, que es únicamente una construcción mental. Pero además nos confunden, porque nos mantienen prisioneros de un concepto que pretende definirnos.

Lo que realmente somos se halla más allá de las creencias, ya que no somos nada que pueda ser pensado o nombrado: todo ello no serían más que “objetos” dentro de la espaciosidad que somos. Somos Eso que queda cuando soltamos todos los pensamientos.

Lo real es “lo que es”. Y nuestra identidad no puede ser otra que eso mismo. Pero “lo que es” tampoco puede ser pensado; únicamente puede ser vivido.

Vivir lo que somos es, sencillamente, dejarnos fluir con lo que es, en la certeza de que somos uno con ello. Lo cual requiere salir de la trampa de cualquier creencia y reconocernos como Vida que se expresa constantemente en cada forma aparente. A partir de ahí, vivir lo que somos es vivir viviendo con lo que es en cada momento. Sin creencias previas ni ideas preconcebidas, sin “verdades” que defender ni a las que aferrarse, permitiendo que la Vida y la Verdad –que somos- se exprese, momento a momento, en la forma que tenemos.

¿Significa todo esto que la mente es incapaz de ayudarnos a vivir lo que somos? O más aún, ¿implica que debamos dejarla de lado? En absoluto; todo es mucho más sutil y trabado.

La mente es un objeto sumamente peculiar y, en cierto sentido, presenta un funcionamiento paradójico: cuando la absolutizo, me confunde por completo y se convierte en fuente de sufrimiento; cuando, por el contrario, la utilizo como una herramienta al servicio de lo que somos, se revela y se comporta como un medio extraordinario para mostrar incluso las falsas creencias acerca de mí mismo. Dicho de modo más simple: la mente, incapaz de decirme quién soy, es buen aliado para mostrarme lo que no soy. Y eso ocurre cuando tomo distancia y dejo de identificarme con ella o absolutizarla. Ahí es también donde se verifica el lugar que tiene la razón crítica.

Todavía puede decirse lo mismo de otro modo: la mente, que es radicalmente incapaz de conducirnos a la verdad, puede desvelar, no obstante, la mentira.

La verdad se halla más allá del pensamiento. No puede ser pensada, porque no es un objeto delimitado. Pero eso no significa que no exista. La Verdad –con mayúscula- es una con la realidad, con “lo que es”. Y es no-dual, lo que equivale a afirmar que no tiene opuesto. Eso explica que siempre que acusamos a alguien de estar en el error, nosotros mismos nos estamos alejando de la Verdad. Esta abraza todo lo que es, sin dejar nada fuera.

Esa es también la verdad de lo que somos. No podemos descubrirla a través de la mente y ninguna creencia nos acercará a ella. Y, sin embargo, ya la somos.

¿Y cómo saber que no se trata de otra creencia más, que hubiera sido más elaborada? Porque para percibirla se requiere acallar la mente y así poder ver más allá (más acá) de ella. Decía en un capítulo anterior que tenemos acceso inmediato a una doble certeza: “estoy presente” y “soy consciente”, que puede expresarse de esta forma: “soy presencia consciente”. Si bien es cierto que esta formulación puede entenderse también como una creencia –en cuyo caso adolecería de todas las trampas y consecuencias que se han mencionado-, eso no niega que existe la posibilidad de un acceso directo a esa certeza, sin que medie el pensamiento. Por eso, cuando no es una “creencia” –una mera etiqueta mental- sino una certeza experimentada, la persona que lo ha visto no presume de “tener razón” ni cree estar más en posesión de la verdad que cualquier otra persona que afirma lo contrario.

 

Enrique Martínez Lozano

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (VIII)”, por Enrique Martínez Lozano

Jueves, 8 de septiembre de 2016

confianza28. Soltar todas las creencias…

Las creencias son simplemente construcciones mentales. Por medio de ellas, la mente trata de “organizar” la realidad, queriendo encontrar un “sentido”, que le resulte coherente y le aporte seguridad. Esa es su riqueza y ese es también su límite, con los riesgos que implica.

Lo característico de las creencias es que les damos fe –en caso contrario, caerían por sí mismas- y, en mayor o menor medida, tendemos a identificarlas con la verdad.

Debido a ello, las creencias, paradójicamente, constituyen el mayor obstáculo para abrirnos a la verdad. Porque, al haberlas absolutizado, nos impiden ver todo lo que no se ajuste a ellas, que rápidamente lo descartamos o, sencillamente, lo ignoramos aun sin darnos cuenta.

Por su propia naturaleza, las creencias generan irremisiblemente fundamentalismo y fanatismo. Eso explica que todo creyente –si es realmente “creyente”– sea fundamentalista y, con mayor o menor intensidad, fanático. Porque su creencia, identificada previamente con la verdad, lo posicionará en un estatus de superioridad con respecto a aquellos que no la compartan, a quienes considerará confundidos en el error.

La historia nos ofrece muestras tan abundantes como dolorosas del sufrimiento inútil provocado por las creencias de todo tipo.

Porque, cuando hablo de creencias, no me refiero únicamente a las de contenido religioso. Creencia es toda aquella idea con la que me identifico y que me lleva a creer que “tengo razón” o que estoy en “lo cierto”.

El propio escepticismo que lleva a dudar de todo es también una creencia no confesada que se arroga nada menos que la descalificación de cualquier creencia que no sea la suya. Pero lo mismo pasa con el cientificismo, creencia reductora y dolorosamente empobrecedora de lo humano, y con el nihilismo, que tanto vacío engañoso y sufrimiento estéril produce.

En realidad, cualquier idea, concepto o pensamiento al que me aferro es una creencia, que produce los efectos que acabo de señalar. Y mientras siga aferrado a ella –sea la que sea- actuaré como un fundamentalista fanático.

No solo eso. La adhesión a una creencia necesariamente aliena. Porque, lo reconozca o no, me hace esclavo de una idea, es decir, de una simple construcción mental, por más que venga revestida de un carácter “sagrado” o “científico”. Me aleja de la realidad y me encorseta en la lectura –interpretación o etiqueta- que mi mente hace de la misma.

Por decirlo de un modo más concreto: cada vez que creo “tener razón”, he caído en la trampa de confundir la verdad con mi creencia. Porque la Verdad no conoce opuesto; por eso abraza todo. En el nivel relativo (aparente), hablamos de “verdad” y de “mentira” como opuestos. Sin embargo, eso solo tiene sentido en ese nivel; en el nivel profundo (real), solo hay Verdad.

Las construcciones mentales, sin excepción, son “verdaderas” en el nivel mental –del mismo modo que los sueños son “verdaderos” en el nivel onírico-, pero no son reales; pertenecen a lo que podríamos llamar el “mundo de las apariencias”.

Con lo cual, surge la pregunta decisiva: ¿qué es lo real? La respuesta es simple: lo que es, no la lectura que la mente hace de lo que es. La verdad, por tanto, es una con la realidad (lo que es), y no tiene nada que ver con ninguna construcción mental.

Ahora bien, si esta última afirmación la convierto en un mero concepto, ya he vuelto a confundirme. La verdad –como la realidad- no puede ser pensada y mucho menos “atrapada”; simplemente, es. Y entro en contacto con ella en la medida en que silencio la mente.

Por tanto, si ninguna construcción mental es real, el camino es claro: se trata de soltar todas las creencias –dejarlas caer-, para poder situarnos más allá (o más acá) de ellas, en la única certeza en la que todos sin excepción nos reconocemos: la certeza de ser. A partir de ella, y solo entonces, podremos dejarnos fluir con la vida, vivir lo que somos y experimentarnos realmente libres.

Enrique Martínez  Lozano

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (VII)”, por Enrique Martínez Lozano

Miércoles, 7 de septiembre de 2016

confianza27. La única certeza

La mente establece una división (separación) neta entre ella y el resto de la realidad. De ese modo, todo lo real quedaría “dividido” en dos bloques: “yo” y –frente a “mí” – “lo que no soy yo”. No se requiere mucha perspicacia para advertir que ese modo de ver es fruto únicamente del mecanismo de apropiación –por el que la mente se sitúa como “centro de referencia”- y de la naturaleza separadora de ella misma.

Frente a ese engaño elemental –y arrogante–, lo cierto es que solo hay consciencia, y que consciencia es todo lo que hay. Todos los objetos que podemos percibir aparecen (y desaparecen) en la única consciencia que contiene a todos ellos, y de la que, en último término, están surgiendo.

En la consciencia va “desfilando” todo. Lo que sucede es que la mente tiende a identificarnos con cada cosa que desfila. Y así, sin ni siquiera habernos dado cuenta, terminamos confundidos con los objetos. La apropiación, junto con la identificación –el doble factor por el que nace el supuesto “yo” – han hecho que llegáramos a esa conclusión.

Sin embargo, en cuanto nos paramos un instante, no podremos dejar de reconocer que nuestra identidad no puede ser un objeto de la consciencia, sino la consciencia misma.

No soy “algo” que desfila en la consciencia, sino la consciencia misma en la que todos los objetos aparecen. Eso explica que pueda observarlos a todos…, y que nunca pueda observar lo que realmente soy. (Es como el ojo, que puede ver todo, pero no puede verse a sí mismo).

En medio de la danza impermanente de los objetos, soy lo que no se mueve, un centro de consciencia inmóvil… y anterior a todo contenido. De ahí brota la única certeza, fuente de toda seguridad y confianza: la certeza de ser.

Esa certeza –cuando no es una afirmación mental– desvela la plenitud que somos. Y nos muestra, sin asomo de duda, la naturaleza no-dual de todo lo real. Soy todo lo que es –“yo soy todas las cosas”, decía Jesús de Nazaret, tal como recoge el evangelio apócrifo de Tomás–. Por eso, cuando se descubre que uno no es aquel “yo” con el que se había identificado, ¿cuál es el problema?

Esta certeza es inclusiva: acoge a todo y a todos (nadie queda fuera, y nadie puede arrogarse su “propiedad”). A diferencia de las creencias que, por su propia naturaleza, separan –a los creyentes de quienes no lo son–, esta certeza une hasta un punto que la mente nunca puede imaginar: porque nos muestra que todos estamos compartiendo la misma identidad. Aquí se acaba todo sectarismo y toda descalificación. Si las creencias tienden a producir fanatismo, esta certeza desinfla toda pretensión.

Las creencias utilizan un lenguaje particular –en cierto modo, podría decirse “tribal” –, que solo conocen y comparten los que se adhieren a ellas. En esta certeza, el lenguaje, aunque siga manifestando sus límites e incluso sus ambigüedades, es universal: todos podemos entendernos a partir de lo experimentado.

De esta certeza, nace una comprensión que transforma y plenifica. Se manifiesta en cada una de las tres dimensiones de la persona: cognitiva, afectiva y operativa. Transformando nuestra manera de conocer, de amar y de actuar, da como resultado un nuevo modo de vivir y de ser, en coherencia con aquella identidad que se ha descubierto.

Me preguntaba: Caen las creencias, ¿qué queda? Tal como lo veo, se puede responder en una sola frase: caen los mapas, queda el Territorio; caen las creencias, queda la consciencia de ser. Una consciencia que no es difícil de encontrar, sino imposible de evitar. Y no por casualidad: porque constituye nada menos que nuestra identidad más profunda; la Mismidad de lo que es, es por ello mismo la Mismidad de lo que somos.

Decía también más arriba que la mente no puede alcanzar lo real. Pero, ¿qué es lo real? La vida sin más. La vida que se despliega por sí misma. Todo es ahora un vivir viviendo, en un sí constante a la vida. Entonces, y solo entonces, se percibe la esencia de la vida. Vives desde la consciencia, en la consciencia, con consciencia. Fuera de la mente, sin ningún sistema de creencias. Todo es tal como es y como tiene que ser, tú también. Porque no eres ningún yo separado, sino la Vida misma. La caída de las creencias, cuando es consecuencia del reconocimiento de la certeza que nos sostiene, conduce a la liberación.

Enrique Martínez Lozano

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (VI)”, por Enrique Martínez Lozano

Lunes, 5 de septiembre de 2016

confianza26. ¿Qué queda cuando caen las creencias?

“No creáis por la fe que prestáis a unas tradiciones, aunque hayan estado en vigor durante muchas generaciones y en muchos lugares.

No creáis una cosa porque muchos hablen de ella.

No creáis por la fe que prestáis a los sabios del pasado.

No creáis lo que os habéis imaginado pensando que os lo ha inspirado un Dios o un ángel.

No creáis nada por la mera autoridad de vuestros maestros.

No creáis nada porque yo os lo haya enseñado.

Una vez examinado, creed lo que hayáis experimentado por vosotros mismos y hayáis reconocido que es beneficioso y útil para vuestro bien y el de los demás.

Sed la antorcha de la verdad” (Buddha).

Es comprensible que, ante el cuestionamiento de cualquiera de nuestras creencias –más de aquellas a las que habíamos atribuido más valor–, se ponga en marcha el mecanismo designado como “disonancia cognitiva”, con su carga de miedo y su tendencia a rechazar cualquier cambio, aun a costa de atrincherarse en un fundamentalismo fanático. Aquel mecanismo –bien estudiado por psicólogos y neurocientíficos– provoca un malestar, acompañado de intensa ansiedad, por el que la mente busca proteger sus creencias ante cualquier nueva afirmación que las ponga en peligro.

Con frecuencia –a tenor de cómo se haya vivido–, será necesario incluso elaborar un duelo ante la “pérdida” de aquellas creencias que, en su momento, fueron “importantes” y valiosas para nosotros. No es raro que, en el mismo, sobre todo cuando se trata de creencias religiosas, se vivan sentimientos de culpabilidad y de orfandad.

Con todo, antes o después, en un camino de crecimiento espiritual, habrá que ir soltando creencias hasta, finalmente, abandonarlas todas. No solo porque se ha descubierto que la mente es incapaz de contener la verdad –y toda creencia es solo una construcción mental, por más que luego se revista a sí misma con apariencia de cualidad sagrada–, sino porque se comprende que el aferramiento a ellas impide abrirse genuinamente a la Verdad.

A partir de ahí, habrá que recorrer necesariamente un camino que conduce de un modo de conocer a otro bien diferente: del conocimiento por reflexión al conocimiento por identidad, tal como apuntaba la cita del Buddha que encabeza estas líneas. Una es la respuesta a la pregunta: “¿Qué me han enseñado?”, y otra bien diferente: “¿Qué puedo saber por mí mismo?”. En el primer caso, nos movemos en el terreno de la mente –conocimiento por análisis y reflexión– (modelo mental); en el segundo, en aquello que podemos percibir cuando la mente se acalla: es el “conocimiento silencioso”, del que han hablado sabios y místicos. Se trata de otro modo de conocer (modelo no-dual), en el que conocemos algo únicamente cuando lo somos; de ahí que podamos llamarlo conocimiento por identidad.

¿Y qué puedo saber por mí mismo? Una sola cosa: que soy; que estoy presente y que soy consciente. Si queremos recogerlo en una expresión mental, quizás podría decirse de esta manera: lo único que sé por mí mismo es que soy presencia consciente. Esa, y no otra, es nuestra verdadera identidad. Eso, y nada más, es lo que queda cuando caen todas las creencias. Y ese es el camino de la liberación porque se ancla en la verdad de lo que es.

Lógicamente, esa misma expresión sigue siendo mental –no podemos expresarlo de otro modo-, pero el contenido de la misma no es ya una creencia, sino algo experimentado de tal manera que constituye nuestra única certeza: no soy nada que pueda observar –todo ello es solo “objeto”-, sino Eso que observa…, y que se halla siempre a salvo: la consciencia de ser.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (V)”, por Enrique Martínez Lozano

Sábado, 3 de septiembre de 2016

confianza25. La primera creencia errónea: la creencia sobre “mí”

¿Quién soy yo? Todo se ventila en la respuesta a esta pregunta. El modo como me vea a mí mismo –la creencia que mantenga sobre mí– condicionará definitivamente el modo como vea todo lo demás.

Por eso, si fiándome de la mente, me tomo por lo que ella piensa acerca de mí, me reduciré forzosamente a la apariencia de lo que soy, a un “objeto” aparente que responde al nombre de “yo”.

Decía que mi modo de verme condicionará inexorablemente el modo de ver todo lo demás: si creo ser un yo separado, los demás, el mundo y Dios mismo serán para mí igualmente entes separados. Condicionará también el modo de entender la “moral”: a partir de aquella creencia primera, tomaré como “bueno” lo que sostenga esa identidad pensada, y veré como “malo” lo que la amenace o la ponga en peligro; con lo cual, habré caído en una moral relativista, a merced de la idea que tengo de mí.

Todo se modifica cuando salgo de la creencia errónea acerca de quién soy y accedo a mí (nuestra) verdadera identidad: al descubrirme como radicalmente no-separado, uno-con todo, cae el error (mental) de la separación, reconozco que –en ese nivel profundo– “todo es bueno”, y permito que la Vida fluya a través de mí.

¿Qué hacer, pues, para empezar a salir del sueño y responder adecuadamente a la única pregunta que merece la pena? ¿Cómo saber quién soy yo, si no puedo definirme sin caer en el error? Porque todo lo que pueda decir sobre mí, no soy yo: lo que realmente soy, no puede ser nombrado ni pensado, ya que eso serían solo “objetos” dentro de Aquello más amplio que me constituye.

En realidad, a pesar del sobresalto que ese cuestionamiento puede suponer para la mente acostumbrada a erigirse en criterio último de verdad, es muy simple: empieza por reconocer lo que no eres.

Eso significa “dejar caer” todo aquello que puedes observar y nombrar adecuadamente: pensamientos, sentimientos, imágenes o ideas sobre ti mismo… Es claro que tú no eres ningún objeto que aparezca dentro del campo de la consciencia, porque tienes consciencia clara de ser “sujeto”, el que “está detrás” de todo aquello que es observable, el que ve, el que sabe… (¿Te has sentido alguna vez triste y has querido dar la imagen de estar alegre? ¿Cuál de los dos eras tú?…; ¿o no serías Eso que estaba “detrás”, consciente de ambos papeles?).

Lo cierto es que, poco a poco, gracias a la observación de tu yo mental (la idea o creencia sobre ti), emergerá la identidad del Testigo, e irás reconociéndote en el “Yo Soy” atemporal, aquel “centro” del que nunca habías salido, aunque tu mente se hubiera quedado enredada en cualquier concepto.

Eso es justamente lo que se advierte en el despertar: cuando eso sucede, se ve con total claridad que, no es que el yo despierte, sino que la Consciencia despierta –se libera– del yo. No existe ningún yo “iluminado”; paradójicamente, lo que sucede es que cuando la Consciencia se abre, el “yo” se disuelve: era solo un pensamiento. El emerger o “despertar” de la Consciencia significa la muerte del “yo” como entidad separada.

Dicho con más rigor: lo que “muere” es la creencia que nos hacía identificarnos con el “yo”. En el despertar, es esa creencia la que se disuelve por completo. Continuamos teniendo un cuerpo, una mente, un psiquismo; seguiremos, lógicamente, respondiendo cuando alguien nos llame por nuestro nombre; notaremos la fuerza de la inercia que nos lleva a hábitos y reacciones anteriores; habremos de cuidar nuestro psiquismo, del mismo modo que atendemos a las necesidades del cuerpo… Pero ya no se nos ocurrirá identificarnos con nada de ello.

Como han enseñado siempre los sabios, al acallar el pensamiento habremos superado el hechizo de la mente. Al ejercitarnos en observar la mente, habremos empezado a reconocernos en Eso que la trasciende –y que trasciende el nivel aparente-, y que constituye el Fondo último de todo lo que es.

Descubriremos con gozo que, más allá de las creencias o construcciones mentales siempre relativas y en último término inconsistentes, estamos anclados en una certeza inconmovible, la certeza de ser, que se fundamenta en la misma consciencia de ser que constituye nuestra verdadera identidad. No dependemos de las ideas; nos sostiene Aquello que somos. Pero esto requiere aprender a acallar la mente, salir de su hechizo, para poder ver con claridad.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (IV)”, por Enrique Martínez Lozano

Martes, 2 de agosto de 2016

confianza24. ¿Cómo salir del hechizo mental?

La realidad no es lo que parece. Y tampoco tenemos acceso a ella de un modo inmediato. Por lo que no es exagerado decir que “el cerebro nos engaña”, como indica el título de uno de los libros del profesor Francisco José Rubia. (En una entrevista, publicada hoy mismo (17.07.2016) por El Diario Vasco, el reconocido físico cuántico Juan Ignacio Cirac –premio Príncipe de Asturias de investigación científica, director del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica y una de las figuras más importantes de la computación cuántica en todo el mundo– afirma que “la naturaleza es más distinta de lo que imaginamos, que lo que está más allá de nosotros tiene unas propiedades muy extrañas… Somos las sombras ⌈en alusión al mito de la caverna, de Platón⌉ y no la realidad. Vemos algo que no es directamente lo que existe”).

El engaño de la mente es doble: por un lado, porque lo que vemos no es la realidad en sí misma, sino la interpretación que de ella hacen nuestros órganos neurobiológicos; por otro, porque las formas que llegan a través de nuestros sentidos corresponden únicamente aun solo nivel o dimensión de lo real.

Lo real no es “algo” que estuviera “ahí fuera”, que nosotros pudiéramos observar desde el “otro lado”. Nosotros mismos formamos parte de esa misma y única realidad –por más que la mente se empeñe en hacernos creer lo contrario-, a la que solo percibimos –no puede ser de otro modo- a través de la mediación de nuestros sentidos y de nuestro cerebro que, sin advertirlo, la están “creando” en la forma en que llega hasta nosotros.

Si las neurociencias nos hacen ver hasta qué punto el cerebro nos engaña, la física cuántica nos lleva a reconocer el carácter multidimensional de lo real. Es decir, no solo distorsionamos la realidad que somos capaces de percibir, sino que eso que nuestra mente llama “realidad” es solo una “apariencia”, en el sentido de que se trata únicamente del nivel aparente o más superficial.

Por debajo del mismo existe el nivel cuántico de las partículas elementales y de las corrientes electromagnéticas, donde la materia se revela a sí misma como pura energía: esta es la “sustancia” del universo. Para la física moderna es claro que aquello que nos parece sólido, no lo es en absoluto.

Y son cada vez más los científicos que, desde diferentes ámbitos del saber –mecánica cuántica, astrofísica, biología–, empiezan a hablar de un “tercer nivel” de profundidad, al que nombran como “punto cero” o “campo unificado de conciencia”, que sería pura información o consciencia, como “código de instrucciones” de donde estaría brotando en permanencia, tanto el nivel cuántico como el aparente.

Para David Bohm, uno de los padres de la física cuántica, el universo es un sistema unificado de la naturaleza, en el que existen niveles más sutiles de realidad, que son los que dan origen a nuestro mundo físico. En su reconocida e influyente obra La totalidad y el orden implicado, habla de “dos niveles” de realidad: el implicado y el desplegado; este segundo sería “lo aparente”; el primero constituye la dimensión profunda y originante.

Ese nivel profundo constituiría el fondo común de todo lo real, la “sustancia última” de la realidad, la verdadera identidad de todo lo que es. Y resulta profundamente significativo que tal hipótesis científica converja con lo que, desde siempre, han afirmado sabios y místicos: lo verdaderamente real se halla más allá de la materia y de la mente, en un “vacío” o “nada” originarios, que sustenta lo que se muestra ante nuestros sentidos como realidad aparente.

En cualquier caso, lo que resulta claro, hoy también para la ciencia más rigurosa, es que las cosas no son lo que parecen. Por ello es necesario aprender a ver más allá de la mente, no porque reneguemos de ella, sino porque comprendemos que somos más que ella; es decir, no por irracionalidad, sino por una exigencia de trans-racionalidad.

Ahora bien, para superar el hechizo mental –que conduce a absolutizar lo que la mente puede percibir-, necesitamos salir del primer engaño, que condiciona todos los demás. Se trata, nada menos, que de la creencia acerca del yo. En efecto, la creencia (mental) sobre mí va a condicionar absolutamente mi modo de ver la realidad completa, a la que estaré contemplando desde una perspectiva errónea: no es extraño que todo lo que ocurra a partir de ahí lleve la marca de lo parcial y, en último término, sea engañoso.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (III)”, por Enrique Martínez Lozano

Sábado, 30 de julio de 2016

confianza23. Salir del relativismo… y del absolutismo

El destino de las creencias no parece que pueda ser otro que el de su disolución. O, al menos, la comprensión de que únicamente son válidas en el nivel mental. Pero, dado que la mente no puede atrapar sino aquello que es objeto, las creencias –construidas por ella- nunca podrán contener la verdad de lo que es. Esta simple comprensión permite reconocer cualquier creencia como lo que, en realidad, es: una construcción mental que, en el mejor de los casos, “apunta” hacia la verdad que no puede ser pensada.

Al caer las creencias, se hace presente la crisis. Y entonces, cuando se vive la sensación de que peligra la propia seguridad –que se había apoyado en las creencias-, suelen aparecer diferentes mecanismos de defensa, que se activan ante cualquier sensación de peligro, y que van desde el integrismo hasta el cinismo.

En algunos casos, al ver cuestionadas sus creencias, la persona puede adoptar una actitud integrista, atrincherándose en sus propios puntos de vista y rechazando del modo más radical todo aquello que sea fuente de cuestionamiento. En el extremo opuesto, puede haber quien, al descubrir el carácter relativo de aquellas creencias a las que había atribuido un valor absoluto, decepcionado y frustrado, opte por el escepticismo o el cinismo más amargo.

La psicología, apoyada en investigaciones neurocientíficas recientes, sabe que nuestra mente es reacia al cambio. La llamada disonancia cognitiva –que se dispara cuando una nueva idea pone en cuestión alguna creencia previamente arraigada- produce un estado de malestar, marcado por la ansiedad, que hace que la persona tienda espontáneamente a descartar todo aquello que ponga en cuestión su sistema de creencias.

Sin embargo, entre el integrismo y el cinismo, entre el absolutismo dogmático y el relativismo, cabe otra actitud más adecuada, porque parece que hace más justicia a lo real. Me refiero a la relatividad.

El relativismo niega toda posibilidad de acceso a la verdad. Más aún, sostiene que, en rigor, todo depende de la perspectiva que se adopte. Su consecuencia no puede ser otra que el vacío, el sinsentido y el nihilismo más radical. Su error de base: el supuesto apriorístico que niega la verdad y la posibilidad de acceso a la misma.

Por su parte, el absolutismo dogmático identifica la verdad con su propia creencia. Su consecuencia no es menos nefasta que la anterior: absolutiza lo relativo y condena a quien discrepa. La actitud absolutista o dogmática suele esconder inseguridad, por lo que le resulta difícil convivir con la discrepancia. Por esa razón, lleva mal el pluralismo, al que, con frecuencia erróneamente denunciará como “relativista”. Su error de base: el empobrecimiento que supone reducir la verdad a una construcción mental.

Entre ambos extremos, parece abrirse paso la comprensión de que todo conocimiento humano es situado –dentro de las coordenadas espaciotemporales- y, por ello mismo, relativo, es decir, relacional: dice relación a un tiempo y a un espacio. Dicho más brevemente: entre el relativismo (nihilismo) y el absolutismo dogmático, que tanta confusión y sufrimiento han generado y siguen generando, parece innegable que la relatividad es el modo humano de conocer.

Tal reconocimiento hace posible el más genuino pluralismo –en el que el pensamiento dogmático se siente profundamente incómodo-, a la vez que no niega la verdad profunda de todo lo que es. Nos advierte solo de algo elemental, que me atrevería a formular en estas proposiciones:

todo pensamiento es condicionado (situado, relativo);

la mente no puede contener la verdad;

la mente solo puede operar con objetos (materiales o mentales);

hay más realidad que aquella que la mente puede atrapar (la misma ciencia nos advierte hoy que apenas percibimos el 4% de la realidad);

la verdad es una con la realidad, no algo “añadido” desde la mente;

tenemos acceso a la verdad, en la medida en que acallamos la mente y nos descubrimos uno con lo que es (eso es la meditación o el silencio contemplativo);

todas las creencias son solo construcciones mentales, con valor únicamente en el estadio o nivel mental;

las creencias absolutizadas constituyen el mayor obstáculo para abrirse a la verdad: el “creer” –cualquiera que sea la creencia- no nos deja “ver”;

gracias al silencio del pensamiento, experimentamos que la mente no puede contener la verdad y que, sin embargo, la somos;

dado que nuestro fondo es el mismo fondo de lo Real, todos podemos decir como Jesús de Nazaret: “Yo soy la verdad”;

sin negar el valor de la mente –ni de la razón crítica-, necesitamos trascenderla para acceder a la verdad de lo que es, de lo que somos: se asume plenamente la racionalidad, pero se la trasciende.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (II)”, por Enrique Martínez Lozano

Viernes, 29 de julio de 2016

confianza22. Las creencias: su aportación, sus riesgos y su inconsistencia

Las creencias se presentan como fuente de seguridad personal y de cohesión del grupo (no es casualidad que la crisis de las creencias haya venido de la mano del pluralismo: cuando el dosel común se convierte en un simple paraguas). Habitualmente, la persona pone su seguridad en sus propias creencias que, compartidas, explican y refuerzan la unidad del grupo. Se entiende, desde aquí, que el grupo “persiga” a quienes las cuestionan.

En el caso de las creencias religiosas, estas son consideradas como apoyos “absolutos”, por cuanto dicen provenir nada menos que del propio Absoluto o Dios. Se presentan, por tanto, como dadoras absolutas de sentido para la vida y para la muerte.

Es significativo que el considerado primer estudio de sociología moderna –me refiero a El suicidio, del pionero Émile Durhkeim, en 1897– subrayara el hecho de que la “anomia” –ausencia de normas, carencia de referencias comunes– constituye un factor decisivo para generar una sensación de sinsentido, que podía desembocar en el suicidio.

Las creencias parecen aportar seguridad porque, nacidas en el nivel de consciencia mítico –y mantenidas en el mental–, se toman como “la verdad”, sin más. Es sabido que en el estadio mítico, la verdad se identifica con la propia creencia que, recibida de los antepasados, se cree provenir de la misma divinidad. Al fundamentarse a sí misma de este modo, la creencia otorga al creyente la sensación confortable de estar en la verdad.

Sin embargo, esa oferta de seguridad tiene un precio elevado. Entre los riesgos que encierran las creencias habría que señalar los siguientes: dogmatismo, fundamentalismo, fanatismo, intolerancia, eliminación del otro diferente… Quien se cree portador de la verdad absoluta resulta siempre peligroso. Su propia sensación de “superioridad” se reflejará inevitablemente en un comportamiento extraño que puede ir desde el paternalismo hasta el proselitismo o la imposición. Todo ello, como es obvio, se acentúa hasta el extremo cuando se alcanza una situación de poder.

Pero esos no son los únicos riesgos. Parece también innegable que la identificación con las creencias constituye el mayor obstáculo para abrirse a la verdad, por cuanto delimita un marco que impide ver más allá de lo que esté incluido en él. Por más que quiera mantener una actitud de apertura, la persona creyente no podrá evitar que su mirada se encuentre condicionada por sus propias creencias, que actuarán inevitablemente de “marco” dentro del cual mirar, y de “filtro” a través del cual ver.

Si tenemos en cuenta que se partía del supuesto previo que identificaba la creencia con la verdad, será realmente difícilmente sortear esa trampa. Y es entonces cuando se verificará en toda su hondura la verdad de la afirmación anterior: la identificación con las creencias constituye el mayor obstáculo para abrirse a la verdad.

Con todo, las creencias, en su propio modo de funcionar, muestran su inconsistencia. Basta tomar un mínimo de distancia para apreciar que únicamente se mantienen mientras existe la fe en ellas; es decir, retirada la fe o la adhesión, las creencias caen.

¿Qué valor real pueden tener y qué apoyo seguro podrían ofrecer unas creencias que, para mantenerse, necesitan la adhesión de quienes las aceptan? Ese simple cuestionamiento muestra a las claras que las creencias no se autofundamentan. Son solo construcciones mentales sin otra base real que la que cada persona quiera imaginar.

Por decirlo brevemente, el talón de Aquiles de las creencias no es otro que su incapacidad de contener la verdad. En realidad, son solo “objetos mentales”, construcciones realizadas por la mente, a las que, más tarde, la propia mente absolutiza de diversos modos (presentándolas como “reveladas por Dios”, o heredadas de los ancestros).

Sin excepción, todos los sistemas de creencias son producto de la mente. Por lo mismo, son verdad para los que creen en ellos, pero ninguno es real. Porque lo real está más allá de la mente y del lenguaje. La mente jamás podrá atraparlo ni entenderlo.

La verdad no puede ser pensada; no puede, por tanto, ser objeto de una creencia. La verdad –una con la Realidad– únicamente puede ser sida y, solo cuando se la es, se la conoce.

Afirmar que la creencia en ningún caso puede contener la verdad no significa abogar por un relativismo vulgar, en el que todo vale. Pero entre el dogmatismo y el relativismo existe una actitud que orienta adecuadamente. Sobre ella volveremos en la próxima entrega.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“Cuando caen las creencias: ¿Vacío o liberación? (I)”, por Enrique Martínez Lozano

Jueves, 28 de julio de 2016

confianza21. Ante la encrucijada religiosa

El término “encrucijada” evoca la apertura de varios caminos o posibilidades, y remite a la necesidad de tomar una decisión, que puede suponer acierto o error.

En principio, la encrucijada suele ponernos en estado de alerta y, con frecuencia, viene acompañada de un cierto temor.

No es extraño: su propia etimología –de “cruz”– pone de manifiesto su componente doloroso, incluso traumático en ocasiones.

Así entendida, encrucijada es sinónimo de crisis. Y puede presentarse en cualquier ámbito de la existencia humana.

Ahora bien, lo decisivo no es tanto la crisis –la encrucijada-, cuanto el modo de vivirla. Cuando este es adecuado, aquella se convierte siempre en oportunidad de vida. Y se experimenta que es condición prácticamente indispensable para el crecimiento. Porque, como dijera Carl Jung, “no es posible despertar a la consciencia sin dolor”.

La pregunta, por tanto, que resulta decisiva parece ser la siguiente: ¿Cómo o desde dónde vivir las encrucijadas?

Podría decirse que, genéricamente, solo hay dos posibilidades: desde el yo (ego) o desde la sabiduría.

Vivirlas desde el yo significa afrontarlas desde el miedo, la necesidad, el gusto, el apego, la norma o la rutina… Es sabido que el ego funciona por el mecanismo del apego (a lo que le agrada) y la aversión (hacia lo que le desagrada). Y que se mueve desde el gusto, la norma o la costumbre. Por ello, ante una encrucijada, pone en marcha aquellos modos de funcionar a los que está acostumbrado, y con los que trata, antes que nada, de fortalecerse, protegerse o defenderse. Con tales actitudes, no parece que sea este el camino para que la crisis pueda mostrarse como oportunidad de crecimiento.

Sin embargo, las encrucijadas pueden afrontarse también desde la sabiduría. Ahora bien, la sabiduría no es algo “añadido”, sino nuestra verdadera identidad. Ella sabe cómo vivirlas; pero requiere que estemos conectados a ella.

Porque la sabiduría no es una cualidad que pudiéramos tener o no tener, sino nuestro centro más íntimo; la consciencia, fuente de donde todo brota; la Inteligencia creativa: eso es lo que somos. Y solo desde ahí la encrucijada se resuelve adecuadamente.

Aunque, en rigor, no “tenemos que” resolverla; ella misma se “desenvolverá” del modo ajustado. Solo requiere que “bajemos” del estado mental (yo) al estado de presencia (consciencia), permitiendo que la Vida fluya a través nuestro.

En esta serie de textos breves, me voy a referir a la cuestión de la “encrucijada religiosa” que nos ha correspondido vivir. ¿Qué ocurre con las creencias y, en particular, las creencias religiosas, cuando empiezan a tambalearse? ¿Cómo afrontar sabiamente esa encrucijada que, en mi opinión, constituye una característica de nuestro momento histórico? ¿Cómo afrontar la crisis de las creencias que tal vez en algún momento creímos que nos otorgaban plena seguridad?

En entregas sucesivas, trataré de desarrollar la respuesta en varios puntos:

· Creencias: su aportación, sus riesgos y su inconsistencia.

· Salir del absolutismo y del relativismo

· ¿Qué son en realidad las creencias?

· ¿Cómo salir del hechizo mental?

· Cuando caen las creencias, ¿qué queda? Los mapas y el territorio.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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