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Auschwitz. Para que sus nombres no se borren de la Historia

Miércoles, 31 de enero de 2018
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25a756db-fc3f-4d43-b402-626abb62e580-700x430Un excelente artículo que publica en Cáscara Amarga

«No todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo».

“El homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra cobarde en los casos decisivos”

En 1928 el Diario de las SS se afirmaba que «cualquiera que ejerza o incluso piense en el amor homosexual es nuestro enemigo»

«¡Los maricones al horno! ¡Tenían que volver a abrir los hornos y meterlos dentro!»

Aunque hayan pasado ya 73 años el recuerdo del Holocausto sigue estando fuertemente entrelazado con nuestra conciencia de la realidad. Leí en algún sitio, hace ya tiempo, que desde la bomba de Hiroshima en todo el planeta es detectable un cierto nivel de radiación.

Del mismo modo, desde que el 27 de enero de 1945 el ejército soviético liberase el campo de concentración de Auschwitz y fuera desvelado todo el horror del nazismo, la memoria del exterminio nos queda a flor de piel, y recordándola en días como hoy tratamos de evitar que vuelva a producirse un hecho terrible como aquel.

El problema es que la memoria se construye de una forma muy particular, si no interesada, y no todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo.

Estos días, en Madrid, es posible visitar una gran exposición que trata de recoger lo sucedido en los campos de concentración durante el nazismo: Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, en el Centro de Exposiciones Arte Canal.

Hace unas semanas acudí a verla con un grupo de buenos amigos, y en las dos horas que dura el recorrido no dejaron de sorprenderme algunas cuestiones que creo necesario recoger aquí.

Mi primera sorpresa fue que entre las personas más célebres de religión judía a las que se hacía referencia se encontraba Magnus Hirschfeld, el mayor activista por los derechos de los homosexuales del primer tercio del siglo XX, fundador del Comité Científico-Humanitario, del Instituto para el Estudio de la Sexualidad, y de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, y cuya vida estuvo íntegramente dedicada a tratar de despenalizar la homosexualidad en Alemania, perseguida a través del tristemente célebre artículo 175 que fue más tarde recrudecido por los nazis.

800px-bundesarchiv_bild_146-1993-051-07_tafel_mit_kz-kennzeichen_winkel_retouchedMe sorprendió que sobre este personaje de tanta relevancia sólo se mencionara que fue médico. Más tarde pude observar un dibujo de dos chicos jóvenes besándose, creo recordar que la única pieza que servía para exponer el exterminio sistemático de varones homosexuales tras los años de relativa libertad en el periodo de entreguerras; y un rato después encontré un triángulo rosa cosido al pecho de uno de los uniformes para los presos que se mostraban en una vitrina, pero comprobé una y otra vez que en la cartela explicativa no se hacía referencia alguna al significado del color de ese triángulo.

Por último, ya al terminar la exposición, mi sorpresa se transformó en indignación al encontrarme un gran cartel que ofrecía el recuento de los asesinados: 6.000.000 judíos, 5.700.000 civiles soviéticos, 1.800.000 polacos, 312.000 serbios, 250.000 personas con discapacidad, 208.000 gitanos, 70.000 criminales reincidentes y «asociales», y 1.900 testigos de Jehová.

El cartel se cerraba con el número «desconocido» de opositores políticos y, justo antes, en penúltimo lugar, se reservaba una línea para los homosexuales asesinados: «varios miles».

Si bien Guy Hocquenghem reconoce que «nunca ha sido posible saber el número exacto de homosexuales desaparecidos en los campos de concentración hitlerianos», las cifras que más frecuentemente se ofrecen nos indican que al menos fueron 50.000 los homosexuales procesados con el motivo único de su orientación sexual, de los cuales al menos 10.000 fueron asesinados en los campos de concentración.

Pero pudo ser mucho más numeroso el exterminio: Michel Tournier eleva el número de asesinados por ser homosexuales hasta los 800.000, y reconoce que «el nazismo se define esencialmente por el odio hacia el judío y el homosexual», mientras que Pierre Vidal-Naquet nos recuerda que «los homosexuales eran el grupo social más despreciado en los campos».

Creo que entenderás y compartirás mi indignación cuando me encontré que el mayor atentado contra las personas homosexuales perpetrado en el siglo XX se resumía en un vago, simple y casi invisibilizador «varios miles».

La memoria «LGTB» del Holocausto ha sido poco estudiada y, con el pasar del tiempo, se hace cada vez más difícil recuperarla y, como consecuencia, reconocerla. Los supervivientes de los campos de concentración mueren y se llevan con ellos sus recuerdos, dejándonos el espejo de nuestra infamia por no haber sido capaces de reconocerles en vida el valor de su testimonio.

En castellano solo podemos acceder a tres libros que recogen las experiencias de Heinz Heger, Rudolf Brazda y Pierre Seel. Estos últimos días he releído el texto de este último, como un intento de compensar el olvido histórico habitual, y quiero recordar con él qué les sucedió a esos «varios miles» de homosexuales en los campos de concentración.

Es curioso que el judaísmo pueda emplear el concepto Shoá (destrucción) para hablar del Holocausto, y que el pueblo gitano pueda usar también una palabra propia, Porrajmos (devoración) para hablar de lo ocurrido, mientras que, como colectivo que se supone que somos, nunca se nos haya ocurrido un término aplicable a esa forma particular y sistemática de exterminarnos que llevó a cabo el nazismo, cuyas intenciones se advertían ya desde antes de llegar Hitler al poder.

En 1928 el Diario de las SS se afirmaba que «cualquiera que ejerza o incluso piense en el amor homosexual es nuestro enemigo»; en 1937 Himmler declaraba que «el homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra cobarde en los casos decisivos»; ideas que hoy creemos superadas pero que vuelven al discurso público de tarde en tarde, recordándonos que aún mucha gente que creemos honorable sigue vinculando la homosexualidad con la enfermedad. Lo hemos comprobado esta misma semana, al conocer las ideas de María Elósegui, candidata española a convertirse en nueva jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

La obsesión del nazismo con la homosexualidad, evidente a través de las frases que he citado, provocó que un jovencísimo Pierre Seel se sorprendiera de que el agente de las SS que lo interrogaba supiera mucho más que él sobre las costumbres de los homosexuales alemanes.

Poco después, cuando fue trasladado al campo de concentración y empezó a llevar una cinta azul, variante del conocido triángulo rosa, descubrió que, mientras otros prisioneros establecían grupos de ayuda mutua para hacer soportable la cotidianeidad del campo, «yo no formaba parte de ninguno de los grupos de solidaridad». Como citaba antes, el escalafón más bajo en la complicada sociedad de los campos de concentración estaba ocupado por los presos homosexuales, cuya vida diaria nos relata Seel en primera persona:

Arrancados del sueño a las seis de la mañana, ingeríamos una tisana desleída y un cuarto de hogaza de «kommisbrot», una especie de pan negro generalmente duro o mohoso. Después de pasar lista, la mayor parte íbamos al valle a picar piedra en las canteras de los alrededores y a llenar las vagonetas. Los SS llevaban pastores alemanes para disuadirnos de que huyéramos por el espeso bosque. Otros iban a trabajar once horas seguidas a la fábrica Marchal de Wacenbach.

Hacia el mediodía nos servían una sopa clara con una rodaja de salchichón. Luego se reanudaba el trabajo hasta las seis de la tarde. De vuelta al campo éramos registrados concienzudamente. Posteriormente íbamos a nuestros barracones. Dos cacillos de sopa de nabos terminaban nuestra jornada. Después de un último recuento, nuestros barracones se cerraban con doble vuelta y empezaban las rondas nocturnas cuando el día no había aún acabado de declinar tras las montañas.

Dice Seel que «la idea misma del deseo no tenía ningún sentido en aquel espacio. Un fantasma no tiene ni fantasía ni sexualidad», pero recuerda que en ocasiones era posible cierta afinidad entre dos de los prisioneros y, aunque tenían prohibido hablar entre ellos, recuerda a «dos checos, sin duda una antigua pareja, que conseguían de vez en cuando intercambiar unas palabras poniéndose frente a una ventana de nuestro barracón. Se ponían de espaldas a los demás y vigilaban en el reflejo del cristal si alguien les miraba».

El propio Pierre reconoció también en el campo al joven que había sido su pareja más reciente, Jo, pero el encuentro resultó muy diferente:

En el centro del cuadrado que formábamos condujeron, escoltado por dos SS, a un joven. Horrorizado, reconocía a Jo, mi tierno amigo de dieciocho años. 

No lo había visto antes en el campo. ¿Había llegado antes o después que yo? No nos habíamos visto en los días que habían precedido a mi citación por la Gestapo. Me petrifiqué de terror. Había rezado para que escapase a sus redadas, a sus listas, a sus humillaciones. Y estaba allí, ante mis ojos impotentes que se anegaron de lágrimas. Él no había, como yo, llevado cartas peligrosas, arrancado carteles o firmado denuncias. Y, sin embargo, había sido detenido e iba a morir. Así que las listas estaban completas. ¿Qué le había pasado? ¿Qué le reprochaban esos monstruos? En mi dolor, no me enteré en absoluto del contenido de la sentencia de muerte.

Después, los altavoces difundieron una vibrante música clásica mientras que los SS le desnudaban. Luego le colocaron violentamente en la cabeza un cubo de hojalata. Azuzaron hacia él a los feroces perros guardianes del campo, los pastores alemanes, que le mordieron primero en el bajo vientre y en los muslos antes de devorarle ante nuestros ojos. Sus gritos de dolor eran amplificados y distorsionados por el cubo dentro del que seguía su cabeza. Rígido pero vacilante, con los ojos desorbitados por tanto horror y las lágrimas corriendo por mis mejillas, rogué fervientemente que perdiese el conocimiento con rapidez. Desde entonces, me sucede con frecuencia que me despierto gritando por la noche.

Las vivencias de Pierre Seel son absolutamente estremecedoras, y lo fueron incluso más las que nos han llegado a través de las memorias de Heinz Heger y Rudolf Brazda. Pero, junto a los «varios miles» de homosexuales cuyas vidas acabaron en aquellos campos de concentración, junto a tantos millones de personas exterminadas de forma sistemática por su religión, su etnia o sus ideas, hemos de recordar también la discriminación que siguió persiguiendo a los homosexuales que sobrevivieron a la persecución del nazismo.

gedenktafel_rosa_winkel_nollendorfplatzEn la Francia de De Gaulle la homosexualidad siguió siendo considerada una conducta delictiva durante años, y fueron varios los casos de hombres gais que salieron del campo de concentración para ingresar en la prisión.

Del mismo modo, en la Inglaterra que abanderó la resistencia al nacionalsocialismo la persecución continuó durante décadas, y entre los 50.000 varones procesados por el mismo delito que años antes condenó a Oscar Wilde, la «indecencia grave», es posible destacar la figura de Alan Turing, cuyo trabajo resultó imprescindible para alcanzar la victoria durante la II Guerra Mundial pero que, en lugar de ser reconocido como un héroe, fue condenado a someterse una terapia que acabó provocando su suicidio.

El reconocimiento a las víctimas homosexuales del Holocausto tardaría años en llegar. Seel recuerda diferentes desplantes, insultos y otros incidentes de odio que se produjeron contra los homosexuales incluso en los actos en memoria de las víctimas, cuando ya estaba cercano a su final el siglo XX.

«¡Los maricones al horno! ¡Tenían que volver a abrir los hornos y meterlos dentro!», nos cuenta que se escuchó en Besançon, en 1989. Parece que era habitual que los ramos de flores en memoria de los homosexuales asesinados por el nazismo tuvieran que esperar a ser depositados hasta que finalizara el acto.

En Dachau una placa conmemorativa tuvo que esperar diez años dentro de una iglesia hasta que los homosexuales fueran reconocidos como víctimas y las autoridades que gestionaban el campo accedieran a trasladarla a las instalaciones.

De igual manera fue frecuente, y sigue siéndolo, que los varones que desearon a otros varones y fueron represaliados por ello no pudieran acceder al mismo reconocimiento, social, institucional y económico, de que disfrutaban otras víctimas.

Para compensar este imperdonable olvido poco a poco han ido levantándose monumentos memoriales en algunas ciudades europeas, y en 2002, por fin, el gobierno alemán anulaba las sentencias nazis contra los homosexuales, pero no todas las que siguieron produciéndose después.

Un largo y durísimo periodo de discriminación institucional comenzaba a cerrarse, y aunque triste y tardío ha de servirnos como ejemplo. Porque en España sigue sin reconocerse a las víctimas no heterosexuales que fueron perseguidas por normativas como la Ley de Vagos y Maleantes o la durísima Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social.

La Asociación de Ex-Presos Sociales sigue trabajando para que las lesbianas, gais, bisexuales y transexuales represaliados por la dictadura franquista sean debidamente reconocidas e indemnizadas. Empiezan a aparecer algunos monumentos, pero la ciudad de Madrid sigue sin reconocer a las víctimas de la homofobia, transfobia y bifobia a lo largo de la Historia, aunque han pasado ya dos años y medio desde que en el Pleno de su Ayuntamiento se aprobara, por iniciativa del Grupo Socialista, que debía levantarse un monumento memorial en la plaza de Pedro Zerolo.

Seel cierra sus memorias contádonos que, cuando estaba solo en casa, tenía la costumbre de encender una vela. «Esa llama frágil es mi recuerdo de Jo».

Hoy, en memoria de Seel, de Brazda, de Heger, de Jo, y de tantos y tantos otros que ya casi no podemos recordar, yo también encenderé una vela. Para que sus nombres no se borren de la Historia.

Si quieres saber más, y recordar mejor, puedes leer:

Heger, Heinz, Los hombres del triángulo rosa, Amaranto, 2002.

Seel, Pierre, Le Bitoux, Jean, Pierre Seel. Deportado homosexual, Bellaterra, 2001.

Schwab, Jean-Luc, Rudolf Brazda. Itinerario de un triángulo rosa: el último superviviente deportado por homosexual, Alianza, 2011.

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La cárcel de homosexuales de Badajoz: cuando el franquismo castigaba a los que amaban libres

Viernes, 8 de julio de 2016
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Museo-Extremeno-Arte-Contemporaneo-Madrid_EDIIMA20150903_0188_20Museo Extremeño de Arte Contemporáneo, antigua cárcel de homosexuales EFE

Cerca de un millar de homosexuales pasaron por prisión entre 1970 y 1979 por la ley de Peligrosidad Social

El régimen marcó dos centros, el de Huelva (para los que consideraba “activos”) y Badajoz (para “pasivos”)

Tiene grabado a fuego aquel 5 de junio de 1976. Nada más salir Antoni hacía una parada en una tasca de Badajoz para tomarse un vermú. Un aperitivo con sabor a libertad porque con 18 años recién cumplidos acababa de abandonar la cárcel de homosexuales en la que había estado recluso dos meses.

A Antoni lo encerraron por ser homosexual, tal como quedó constancia en su ficha policial y en la condena que le llevó a recorrer varios penales de presos comunes para acabar en Extremadura.  En 1954 se criminalizó al homosexual incluyéndole en la Ley de Vagos y Maleantes, una norma que fue sustituida en 1970 por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, en vigor hasta bien entrada la democracia. Fue con esta norma con la que se habilitaron cárceles específicas para “rehabilitarlos”. Marcaron  dos centros penitenciarios, el de Huelva (para lo que consideraban homosexuales “activos”) y Badajoz (para “pasivos”).

 Antoni-epoca-recoge-delito-homosexual_EDIIMA20160701_0719_5En la ficha de Antoni de la época se recoge que su delito era ser “homosexual”

Ocurrió en un régimen que, aunque agonizante, seguía reprimiendo las libertades. Esa es la realidad que cientos de españoles vivieron en su piel al final de la dictadura. Aunque muerto el dictador las cosas no fueron mucho mejor, teniendo en cuenta por ejemplo que Antoni salió libre en el 76.

La cárcel es hoy el  Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC). Allí el modo de redimirlos consistía en hacerles coser balones. Narra este testigo vivo de la represión que era un lugar vejatorio, donde eran humillados mientras los funcionarios “miraban para otro lado” ante los abusos. Había delincuentes comunes que se declaraban homosexuales pensando que así recibirían un régimen penitenciario más laxo. “La mayoría de los homosexuales nos cuidábamos, teníamos que tener bastante cuidado”. Era bastante desagradable verse rodeado de ladrones o asesinos y el miedo a ser agredidos siempre estaba.

Antoni declaró su homosexualidad a su madre con 17 años y ella, que no lo entendió, pidió ayuda a la familia. Fue una monja cercana la que lo denunció. La policía vino a por él de madrugada y tras un periplo por los penales de Valencia y Carabanchel acabó en Badajoz.

Hace años que creó junto a más víctimas la Asociación Expresos Sociales y comenta con voz segura que aquello forma parte del pasado. “Lo superé porque llevamos años trabajando para devolver la dignidad a los compañeros, desarrollando una labor extraordinaria. Podemos decir que estamos resarcidos económicamente y moralmente”.

Ha regresado cada vez que ha podido a la ciudad que le vio preso porque siente a Badajoz como su segunda casa, ya que también fue la primera que los reconoció como víctimas del franquismo por su orientación sexual.

“Aniquilar lo diferente”

Como sistema represivo que era, el franquismo apostaba por reprimir la diferencia según explica  José María Núñez, presidente de Fundación Triángulo Extremadura. Un régimen que funcionaba mejor desde la estructura tradicional organizada y donde todo lo diferente dificultaba su modelo y era controlado. Una manera de aniquilar lo diferente con grandes dosis de maldad, con violencia y sentencias condenatorias sin  juicio previo.

Ley-Peligrosidad-Social-penas-internamiento_EDIIMA20160701_0721_5La Ley de Peligrosidad Social establecía penas que iban desde multas hasta cinco años de internamiento en cárceles

Una idea parecida traslada Javier Ugarte Pérez, activista doctor en Filosofía, que en sus estudios sobre la represión franquista concluye que cualquier modelo ajeno a la familia numerosa tradicional y católica (donde la pareja se dedicaba a engendrar) no encajaba en el ideal.

De hecho detalla que la detención no era una cuestión metafísica por ser homosexual, sino por tener relaciones homosexuales. Tras la Guerra Civil hay una destrucción económica, demográfica y moral a las que acompaña la llegada de un modelo de ‘nacional catolicismo’, allá por los años 50.

No fueron cifras enormes, si se tiene en cuenta que hubo hasta 50.000 fichados por homosexuales, de los que 4.000 fueron expedientados.

Comenta también  José Manuel Corbacho, de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Extremadura, cómo la legislación franquista permitía medidas “preventivas” contra este colectivo LGTBI y tratamientos de electrochoques para erradicar lo considerado como una enfermedad. Han documentado casos de suicidios y numerosas violaciones.

La ley de Peligrosidad añade en el 70 la novedad de especializar dos cárceles ya existentes, aunque en la Modelo de Barcelona, Valencia y Carabanchel también se habilitaron módulos para recluir a este tipo de presos. Según ha documentado el periodista Fernando Olmeda en ‘El látigo y la pluma’ (2004) cerca de un millar de homosexuales pasaron por prisión entre 1970 y 1979 en virtud de la ley de Peligrosidad Social.

dividian-tendencias-Badajoz-activos-Huelva_EDIIMA20160701_0723_5Los presos se dividían según sus tendencias: los “pasivos”, a Badajoz, y los “activos” a Huelva

El perfil social de los encarcelados 

Un elemento básico de análisis para el experto Javier Ugarte es el perfil social de las personas recluidas. Aunque algunos eran ‘pillados’ in fraganti en una pensión o en unos baños púbicos, hay otros que fueron denunciados como es el caso de Antoni.

En su mayoría eran gente humilde, de las clases más bajas y normalmente solteros (aquellos que no encajaban en el modelo demográfico de familia católica). Gente con poca instrucción y herramientas legales para su defensa, y que además tenían que enfrentarse a un doble estigma: al de la calle y el de dentro de las cárceles.

Porque estos presos, a diferencia de los políticos, no contaban con una red de apoyo y solidaridad fuera, sino que eran repudiados y tratados como inmorales o desvergonzados. En algún caso se les practicó el electroshock, pero tampoco era lo frecuente en las cárceles porque ello requería de un psiquiatra y de medios continuados para tratarles, y el régimen no estaba por la labor.

Estos tratamientos se aplicaban más bien en consultas privadas, donde llegaban los homosexuales por voluntad propia o de la mano de sus familiares. Y eran terapias que no reprimían el deseo sexual, sino que creaban impotencia en quienes lo sufrían, cuenta Ugalde Ugalde.

Puede considerarse que dentro de la escala de presos, los homosexuales pertenecían a uno de los eslabones más bajos, víctimas de violaciones y humillaciones. Además, se quedaban con los antecedentes penales una vez liberados, cuando en la época no era rara la obligación de presentar el certificado de antecedentes para trabajar.

Reconocimientos

En el verano de 1979 aún se podía detener a gente por “travestismo” y “prostitución homosexual“. Paulatinamente los artículos referidos a las personas LTGB se fueron dejando de aplicar gracias a las luchas de los grupos pioneros como el Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria (MHAR) o el Movimiento Español de Liberación Homosexual, según la información que ha recopilado la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica en Extremadura.

Hace ya 18 años que Fundación Triángulo pidió con éxito a la Asamblea de Extremadura que instara al Gobierno central a resarcir a las víctimas LGTBI del franquismo, y a la eliminación de la ficha policial de estas personas. José María Núñez, de Triángulo, incide en que su apuesta fue por eliminar las fichas del registro policial, pero que se conservaran como un elemento vivo de la memoria histórica. Algo que generó debate dentro del propio colectivo de gais, lesbiabas, bixesuales y transexuales.

Con la creación de la Asociación de Expresos Sociales, Antoni y el resto de compañeros también lucharon por el reconocimiento moral y económico como víctimas de la represión. “Porque la libertad se conquista luchando, y porque animo a todas las compañeras y compañeros a seguir haciéndolo”, expresa enérgico.

Con el gobierno socialista de Zapatero lograron que se les asignara una indemnización, que han llegado a lograr 165 personas. Aunque el Estado, según critica, no aceptó asignarles una pensión vitalicia con el fondo de cuatro millones asignados para este fin. Finalmente calcula que no han sigo gastados más de 500.000 euros, mientras que hay hoy víctimas de entonces que sobreviven con 400 euros.

Otra de las cuestiones que pone en duda, según las informaciones a las que ha tenido acceso, es que su ficha haya desaparecido de manos de la policía.

Fuente El Diario.es

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El consejero de Transportes de Madrid no ve necesaria la campaña contra la LGTBfobia que el metro había decidido poner en marcha y el PSM recrimina el “cinismo” del PP.

Lunes, 9 de marzo de 2015
Comentarios desactivados en El consejero de Transportes de Madrid no ve necesaria la campaña contra la LGTBfobia que el metro había decidido poner en marcha y el PSM recrimina el “cinismo” del PP.

Foto1 Pablo Cavero, consejero de Transportes de la Comunidad de Madrid

Después de que Metro de Madrid se comprometiera con los colectivos LGTB a impulsar acciones contra la LGTBfobia y de que representantes de la compañía se reunieran incluso con el colectivo Arcópoli para consensuar una campaña, el consejero de Transportes de la Comunidad de Madrid (PP) considera ahora que esta no es necesaria. Sobran las valoraciones.

Representantes de Arcópoli y de Metro de Madrid (en concreto, de sus divisiones de marketing y responsabilidad social corporativa) se reunían el pasado viernes 27 de febrero para avanzar en la preparación de una campaña contra la LGTBfobia que tenía previsto llevarse a cabo en las estaciones de la red de transporte del metro de Madrid. La iniciativa, que Arcópoli llevaba meses socilitando, había cristalizado rápidamente tras el escándalo desencadenado por un documento interno de la compañía que contenía indicaciones discriminatorias hacia los gais, entre otros colectivos sociales, y que fue denunciado por el sindicato UGT. La dirección de Metro de Madrid ya ha pedido disculpas y destituido a los responsables de que este documento viera la luz, pero lo sucedido actuaba como catalizador de una posible campaña contra la LGTBfobia al estilo de la que ya se han llevado a cabo en redes de trasporte de otros países.

En la reunión del viernes pasado, de hecho, Arcópoli entregó a Metro de Madrid varios bocetos propios, así como una comparativa con otras campañas similares que se han realizado en Chile, Francia o Reino Unido. “La sintonía ha sido total y se ha acordado que la semana del 2 al 9 se realizarán las fotos para el cartel elegido, un modelo del vocal de Diseño de Arcópoli, Ángel Cívico, que trata de representar a todas las realidades de nuestro colectivo”, hacía público Arcópoli tras la reunión. “Es imprescindible el compromiso de Metro con la igualdad LGTB y estamos muy satisfechos de la gran aceptación que han tenido de nuestras propuestas así como la rapidez con la que lo están tratando”, afirmaba de hecho su coordinadora, Amanda Rodríguez. “No es ningún lavado de imagen, hacemos campañas sociales muy a menudo. Estamos encantados de unirnos a esta iniciativa. La idea es desplegar carteles que luchen contra la homofobia en las marquesinas de nuestras instalaciones”, declaraban por su parte representantes del Metro.

Pues bien, el consejero de Transportes de la Comunidad de Madrid, Pablo Cavero, que hace solo unos días consideraba lo sucedido “lamentable” y aseguraba que la Comunidad de Madrid tiene “tolerancia cero” frente a la homofobia, ahora rechaza que esta campaña se lleve a cabo porque no la ve necesaria. ¿Sus argumentos? que lo sucedido en Metro de Madrid es un hecho “aislado” y que no hay mejores campañas que “el día a día” y “la concienciación” [sic].

Los socialistas de Madrid exigen el cese “inmediato” del consejero delegado de Metro por la circular homofóbica.

La diputada socialista en la Asamblea de Madrid Carla Antonelli ha recriminado al Gobierno del PP de Ignacio González su “cinismo” por incumplir la palabra dada a los colectivos LGTBI y descartar ahora el Consejero de Transportes, Pablo Cavero, realizar la campaña en Metro de Madrid contra la homofobia y la transfobia, al tiempo que ha exigido que la realicen.

Antonelli interpeló al Consejero de Transportes, Pablo Cavero: “Hagan ustedes la campaña de carteles y videos en el metro contra la LGTBfobia tal como se comprometieron con los colectivos, pero una vez más mienten, ayer usted dijo usted que no la iba a realizar porque era un hecho aislado. ¿Pero en qué mundo vive? ¿Desconoce que el colectivo LGTBI es el más atacado de España con datos del Ministerio del Interior? Pero la pregunta es cómo se puede tener tanto cinismo para decirle a los colectivos en la reunión que se va a hacer y luego ayer usted diga que no” ha manifestado la responsable socialista.

Antonelli se pronunciaba así durante el pleno celebrado en el Parlamento regional, donde ha preguntado al Gobierno regional sobre la circular de Metro de Madrid que instaba a sus trabajadores a vigilar a homosexuales, músicas, mendigos, pedigüeños y vendedores.

En este sentido, la diputada regional ha señalado que Metro de Madrid no puede ser un espacio donde se vulneren los derechos de los viajeros con circulares que son “calcos de las derogadas leyes franquistas de Peligrosidad Social o la de Vagos y Maleantes”, de las que se ha mostrado “absolutamente convencida” de que a alguna señoría de la Bancada Popular “le gustaría que aún estuvieran en vigor”. “Queremos un Madrid libre de LGTBfobia” ha enfatizado para a continuación reprochar a los populares que sea ahora, tras la alarma social creada, cuando se reúnen con la Asociación Arcópoli, la cual había solicitado una reunión hace tres meses debido los ataques y agresiones que se producen en el Metro, dando el Gobierno regional “la callada por respuesta”, para hacerlo “cuando se les cae el cielo encima”.

En este punto, Antonelli ha afeado al Gobierno regional que en un principio tratase de “echar balones fuera” y “desligarse de la circular”, cuando en realidad, a su juicio, hay un único responsable que es el Consejero Delegado de Metro, por lo que ha exigido su cese “inmediato”. Para finalizar, la socialista ha felicitado a los trabajadores del suburbano que se negaron a cumplir “tremendo despropósito racista, clasista y LGTBfóbico”, al tiempo que ha agradecido la presencia de los colectivos COGAM y Arcópoli, así como la de los activistas LGTBI que han estado presentes en la sesión plenaria.

Y esta es la LGTBfobia contra la que el consejero no ve necesaria campaña:

Agresiones como las ocurridas a lo largo de los últimos meses en los alrededores del Templo de Debod, en el entorno de la Gran Vïa, cerca de la Plaza de España o en el propio metro de Madrid (y estas son solo algunas de las que han trascendido) parecen no existir para el consejero. Un escenario de violencia física y verbal preocupante, al que se suman episodios de discriminación como el ocurrido en un Burger King de Madrid.

Tampoco debe parecer importante para el consejero que  el 90% de los estudiantes de secundaria de Madrid perciba homofobia y bifobia en las aulas, que de todos aquellos alumnos de entre 12 y 17 años que se definen como no heterosexuales, el 80 % oculte su orientación por miedo al rechazo o de que 1 de cada 10 de los que la han revelado sufra agresiones físicas, según una investigación llevada a cabo por el colectivo madrileño COGAM durante el curso 2012/2013 en 37 centros educativos de la comunidad.

A la vista de estos datos, no podemos sino darle la razón al señor consejero: está claro que este tipo de campañas no son necesarias…

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Salir del armario a los 60 no es tan sencillo

Viernes, 2 de enero de 2015
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Ramon-Jesus-COGAM-besandose_EDIIMA20141226_0527_4Ramón y Jesús, del COGAM, besándose.

Los colectivos LGTB sostienen la necesidad de asumir las libertades conquistadas tras intensos años de opresión

“Hemos seguido llevando una doble vida. Con 60-70 años, ¿quién dice a sus familiares y amigos que es homosexual?“, cuenta el responsable de Mayores de COGAM

La ley contra la homofobia aprobada en el Parlamento catalán, en 6 claves

Cómo puede impulsar las denuncias el protocolo contra los delitos de odio

Mercedes Domenech

26/12/2014 – 20:42h

En el país del mundo donde la homosexualidad está más aceptada –un 88% entiende que los gays “deben estar integrados en la sociedad”, según el estudio que realizó el Pew Research Center–, los homosexuales mayores se sienten “invisibles”. Como ellos describen, “por ser mayores hemos perdido el derecho a vivir la identidad y sexualidad con dignidad”.

Se trata del grupo que tuvo que esconderse y sobrevivir en el contexto de la ley de Vagos y Maleantes que pretendía controlar desde 1933 todos los elementos considerados antisociales y la más tardía pero también franquista ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970. Esos conceptos, legislativamente hablando, se esfumaron el 26 de diciembre de 1978 al modificarse las leyes con la llegada de la Constitución. Una fundación dedicada a los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales de cierta edad ha tomado esa fecha para nombrarse. Así que están de aniversario. Uno de sus miembros, Eduardo Mendicutti, explica que “la atención a los mayores LGTB está descuidada” y considera que el colectivo está “totalmente invisibilizado”.

Pintada-Orgullo-Croacia-Tomislav-Ladisic_EDIIMA20130516_0312_15Pintada homófoba en la puerta de la organización Domine, antes de la celebración del Día del Orgullo en Split, Croacia, Junio 2011. Por Tomislav Ladišić

La cuestión generacional está un poco en la base de ese pasar demasiado desapercibido para no incurrir en lo que se consideraba un delito. Se calcula que unos 4.000 homosexuales fueron arrestados legalmente durante la dictadura. “Los mayores no nos expresamos muestras de amor públicamente“, señala Ramón Arreal, responsable del grupo de Mayores de COGAM. No es de extrañar, la mencionada ley de 1970 que venía a aliviar la de maleantes incluía: “Nuevos centros de reeducación para quienes realicen actos de homosexualidad”. Así que “no se siente la necesidad de hacerlo, a no ser que sea por una finalidad militante”, según Rosa Arauzo, voluntaria y socia de la Fundación 26 de Diciembre. Y en el meollo, la herencia cultural y la educación recibida.

Así lo explica Alberto, socio de la Fundación 26D, que recuerda cómo “la gente mayor hemos sufrido la represión. Hemos pasado de correr delante de la policía a decirle: ‘Policía, aunque soy maricón, esa persona me está molestando”. Demasiado contraste para algunos. Aplicando los estudios de Alfred Kinsey a la estadística, la población LGTB mayor de 65 años podría irsa a las 61.600 personas sólo en la Comunidad de Madrid. 18.900, constituyen la franja de edad superior a los 80 años.

El lastre del Franquismo

El lastre que arrastran proviene de esas leyes impuestas en el Franquismo y que han dejado una huella difícil de borrar. “Hemos seguido llevando una doble vida. Con 60-70 años, ¿quién dice a sus familiares y amigos que es homosexual?”, explica Arreal. Porque no es lo mismo ver el ambiente que se respira hoy en barrios como el madrileño de Chueca y tener 18 años que llegar con todo ese bagaje de represión que se acumuló durante décadas. “Salir del armario ahora es difícil“, reitera este militante.

“La paradoja es que actualmente muchos mayores deben armarizarse. Por ejemplo, al entrar en residencias”, subraya Arauzo, que insiste en que el principal objetivo del colectivo debe ser conseguir empoderarse: “Vamos a intentar eliminar el victimismo“. De hecho, lo del centro residencial gay friendly es uno de los recursos prioritarios.

“Somos un colectivo débil, por el sufrimiento que hemos tenido que pasar. A las víctimas no se les ha ayudado, han sido dejadas”, denuncia Federico Armenteros, presidente de la Fundación 26D. La diputada del Partido Socialista de Madrid en la Asamblea regional madrileña, Carla Antonelli sentencia: “Si te ocultas y callas, socialmente pagas menos. Pero, al final, el coste es mayor. Es el peaje de la libertad”.

Fuente El Diario.es

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