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100 años de la primera película de amor gay de la historia.

Martes, 26 de noviembre de 2019

hqdefaultPor supuesto «Distinto a los demás» (Anders als die Andern) no sobrevivió al nazismo. Ninguna libertad humana lo sobrevivió.

Se trataba de la película, dirigida por Richard Oswald, sobre un violinista llamado Paul Korner que se enamora de uno de sus alumnos y acaba envenenándose ante la presión de un chantajista que le amenaza con visibilizar su homosexualidad.

Llegó a proyectarse en pantalla grande en 1919 en Alemania, entonces una República pacífica y en plena revolución de las libertades en el mundo del cine. Y tuvo un gran éxito, mostrándose en 40 salas del país.

Magnus Hirschfeld, un famoso sexólogo alemán y visible defensor de los derechos homosexuales, estaba detrás de esta revolucionaria historia, la cual escribió junto al director e donde se interpretó a si mismo.

Un film que es todo un hito en la historia LGTB que incluye en la narrativa a personajes como Tchaikovsky u Oscar Wilde y que muestra también, y con mucho tacto, la vivencia de los padres del protagonista al descubrir la orientación sexual de su hijo. -Acuden al doctor Magnus y este les explica que la enfermedad no es la homosexualidad, sino la homofobia:

“No debe pensar mal de su hijo porque sea homosexual. No es a él a quien hay que culpar de su orientación (…) Su hijo no sufre por su condición sexual, sino por el equivocado juicio que se hace de la misma. Sufre por la condena legal y social de sus sentimientos (…) La persecución de los homosexuales pertenece al mismo triste capítulo de la historia de la humanidad que la persecución de los herejes o de las brujas (…) Es una violación de los derechos fundamentales del individuo”.

Se la considera la primera película de amor gay de la historia (aunque 3 años antes Vingarne contaba la historia de un triángulo amoroso entre dos hombres y una mujer) y una de las películas más activistas y valientes de la primera mitad de siglo.

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Al año fue prohibida al considerarse que amenazaba el artículo 175 del Código Penal que condenó -y lo haría hasta 1994- la homosexualidad con penas de cárcel.  Tanto el público conservador que llegó a pitar la película en varias proyecciones, como la revista gay Friedrich Radszuweit, que denunciaba que reproducía el prejuicio de que los gays son afeminados (!!!), celebraron tan triste prohibición.

Los nazis quemaron todas las copias y negativos pero sobrevivió una versión, que ha servido para restaurarla a día de hoy, donde se proyecta en la exposición de su centenario en el Museo Schwules, donde también se muestran las cartas de agradecimiento y admiración que Magnus recibió de alguno de los espectadores de la película, incluso alguna de padres de chicos homosexuales que afirmaban que entendieron a sus hijos gracias a la película. Desgraciadamente las escenas en que aparece Oscar Wilde o Anita Berber, la actriz más famosa del momento que hacía de hermana del protagonista, se perdieron para siempre entre las llamas de los nazis.

 

Fuente Oveja Rosa

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Auschwitz. Para que sus nombres no se borren de la Historia

Miércoles, 31 de enero de 2018

25a756db-fc3f-4d43-b402-626abb62e580-700x430Un excelente artículo que publica en Cáscara Amarga

«No todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo».

“El homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra cobarde en los casos decisivos”

En 1928 el Diario de las SS se afirmaba que «cualquiera que ejerza o incluso piense en el amor homosexual es nuestro enemigo»

«¡Los maricones al horno! ¡Tenían que volver a abrir los hornos y meterlos dentro!»

Aunque hayan pasado ya 73 años el recuerdo del Holocausto sigue estando fuertemente entrelazado con nuestra conciencia de la realidad. Leí en algún sitio, hace ya tiempo, que desde la bomba de Hiroshima en todo el planeta es detectable un cierto nivel de radiación.

Del mismo modo, desde que el 27 de enero de 1945 el ejército soviético liberase el campo de concentración de Auschwitz y fuera desvelado todo el horror del nazismo, la memoria del exterminio nos queda a flor de piel, y recordándola en días como hoy tratamos de evitar que vuelva a producirse un hecho terrible como aquel.

El problema es que la memoria se construye de una forma muy particular, si no interesada, y no todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo.

Estos días, en Madrid, es posible visitar una gran exposición que trata de recoger lo sucedido en los campos de concentración durante el nazismo: Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, en el Centro de Exposiciones Arte Canal.

Hace unas semanas acudí a verla con un grupo de buenos amigos, y en las dos horas que dura el recorrido no dejaron de sorprenderme algunas cuestiones que creo necesario recoger aquí.

Mi primera sorpresa fue que entre las personas más célebres de religión judía a las que se hacía referencia se encontraba Magnus Hirschfeld, el mayor activista por los derechos de los homosexuales del primer tercio del siglo XX, fundador del Comité Científico-Humanitario, del Instituto para el Estudio de la Sexualidad, y de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, y cuya vida estuvo íntegramente dedicada a tratar de despenalizar la homosexualidad en Alemania, perseguida a través del tristemente célebre artículo 175 que fue más tarde recrudecido por los nazis.

800px-bundesarchiv_bild_146-1993-051-07_tafel_mit_kz-kennzeichen_winkel_retouchedMe sorprendió que sobre este personaje de tanta relevancia sólo se mencionara que fue médico. Más tarde pude observar un dibujo de dos chicos jóvenes besándose, creo recordar que la única pieza que servía para exponer el exterminio sistemático de varones homosexuales tras los años de relativa libertad en el periodo de entreguerras; y un rato después encontré un triángulo rosa cosido al pecho de uno de los uniformes para los presos que se mostraban en una vitrina, pero comprobé una y otra vez que en la cartela explicativa no se hacía referencia alguna al significado del color de ese triángulo.

Por último, ya al terminar la exposición, mi sorpresa se transformó en indignación al encontrarme un gran cartel que ofrecía el recuento de los asesinados: 6.000.000 judíos, 5.700.000 civiles soviéticos, 1.800.000 polacos, 312.000 serbios, 250.000 personas con discapacidad, 208.000 gitanos, 70.000 criminales reincidentes y «asociales», y 1.900 testigos de Jehová.

El cartel se cerraba con el número «desconocido» de opositores políticos y, justo antes, en penúltimo lugar, se reservaba una línea para los homosexuales asesinados: «varios miles».

Si bien Guy Hocquenghem reconoce que «nunca ha sido posible saber el número exacto de homosexuales desaparecidos en los campos de concentración hitlerianos», las cifras que más frecuentemente se ofrecen nos indican que al menos fueron 50.000 los homosexuales procesados con el motivo único de su orientación sexual, de los cuales al menos 10.000 fueron asesinados en los campos de concentración.

Pero pudo ser mucho más numeroso el exterminio: Michel Tournier eleva el número de asesinados por ser homosexuales hasta los 800.000, y reconoce que «el nazismo se define esencialmente por el odio hacia el judío y el homosexual», mientras que Pierre Vidal-Naquet nos recuerda que «los homosexuales eran el grupo social más despreciado en los campos».

Creo que entenderás y compartirás mi indignación cuando me encontré que el mayor atentado contra las personas homosexuales perpetrado en el siglo XX se resumía en un vago, simple y casi invisibilizador «varios miles».

La memoria «LGTB» del Holocausto ha sido poco estudiada y, con el pasar del tiempo, se hace cada vez más difícil recuperarla y, como consecuencia, reconocerla. Los supervivientes de los campos de concentración mueren y se llevan con ellos sus recuerdos, dejándonos el espejo de nuestra infamia por no haber sido capaces de reconocerles en vida el valor de su testimonio.

En castellano solo podemos acceder a tres libros que recogen las experiencias de Heinz Heger, Rudolf Brazda y Pierre Seel. Estos últimos días he releído el texto de este último, como un intento de compensar el olvido histórico habitual, y quiero recordar con él qué les sucedió a esos «varios miles» de homosexuales en los campos de concentración.

Es curioso que el judaísmo pueda emplear el concepto Shoá (destrucción) para hablar del Holocausto, y que el pueblo gitano pueda usar también una palabra propia, Porrajmos (devoración) para hablar de lo ocurrido, mientras que, como colectivo que se supone que somos, nunca se nos haya ocurrido un término aplicable a esa forma particular y sistemática de exterminarnos que llevó a cabo el nazismo, cuyas intenciones se advertían ya desde antes de llegar Hitler al poder.

En 1928 el Diario de las SS se afirmaba que «cualquiera que ejerza o incluso piense en el amor homosexual es nuestro enemigo»; en 1937 Himmler declaraba que «el homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra cobarde en los casos decisivos»; ideas que hoy creemos superadas pero que vuelven al discurso público de tarde en tarde, recordándonos que aún mucha gente que creemos honorable sigue vinculando la homosexualidad con la enfermedad. Lo hemos comprobado esta misma semana, al conocer las ideas de María Elósegui, candidata española a convertirse en nueva jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

La obsesión del nazismo con la homosexualidad, evidente a través de las frases que he citado, provocó que un jovencísimo Pierre Seel se sorprendiera de que el agente de las SS que lo interrogaba supiera mucho más que él sobre las costumbres de los homosexuales alemanes.

Poco después, cuando fue trasladado al campo de concentración y empezó a llevar una cinta azul, variante del conocido triángulo rosa, descubrió que, mientras otros prisioneros establecían grupos de ayuda mutua para hacer soportable la cotidianeidad del campo, «yo no formaba parte de ninguno de los grupos de solidaridad». Como citaba antes, el escalafón más bajo en la complicada sociedad de los campos de concentración estaba ocupado por los presos homosexuales, cuya vida diaria nos relata Seel en primera persona:

Arrancados del sueño a las seis de la mañana, ingeríamos una tisana desleída y un cuarto de hogaza de «kommisbrot», una especie de pan negro generalmente duro o mohoso. Después de pasar lista, la mayor parte íbamos al valle a picar piedra en las canteras de los alrededores y a llenar las vagonetas. Los SS llevaban pastores alemanes para disuadirnos de que huyéramos por el espeso bosque. Otros iban a trabajar once horas seguidas a la fábrica Marchal de Wacenbach.

Hacia el mediodía nos servían una sopa clara con una rodaja de salchichón. Luego se reanudaba el trabajo hasta las seis de la tarde. De vuelta al campo éramos registrados concienzudamente. Posteriormente íbamos a nuestros barracones. Dos cacillos de sopa de nabos terminaban nuestra jornada. Después de un último recuento, nuestros barracones se cerraban con doble vuelta y empezaban las rondas nocturnas cuando el día no había aún acabado de declinar tras las montañas.

Dice Seel que «la idea misma del deseo no tenía ningún sentido en aquel espacio. Un fantasma no tiene ni fantasía ni sexualidad», pero recuerda que en ocasiones era posible cierta afinidad entre dos de los prisioneros y, aunque tenían prohibido hablar entre ellos, recuerda a «dos checos, sin duda una antigua pareja, que conseguían de vez en cuando intercambiar unas palabras poniéndose frente a una ventana de nuestro barracón. Se ponían de espaldas a los demás y vigilaban en el reflejo del cristal si alguien les miraba».

El propio Pierre reconoció también en el campo al joven que había sido su pareja más reciente, Jo, pero el encuentro resultó muy diferente:

En el centro del cuadrado que formábamos condujeron, escoltado por dos SS, a un joven. Horrorizado, reconocía a Jo, mi tierno amigo de dieciocho años. 

No lo había visto antes en el campo. ¿Había llegado antes o después que yo? No nos habíamos visto en los días que habían precedido a mi citación por la Gestapo. Me petrifiqué de terror. Había rezado para que escapase a sus redadas, a sus listas, a sus humillaciones. Y estaba allí, ante mis ojos impotentes que se anegaron de lágrimas. Él no había, como yo, llevado cartas peligrosas, arrancado carteles o firmado denuncias. Y, sin embargo, había sido detenido e iba a morir. Así que las listas estaban completas. ¿Qué le había pasado? ¿Qué le reprochaban esos monstruos? En mi dolor, no me enteré en absoluto del contenido de la sentencia de muerte.

Después, los altavoces difundieron una vibrante música clásica mientras que los SS le desnudaban. Luego le colocaron violentamente en la cabeza un cubo de hojalata. Azuzaron hacia él a los feroces perros guardianes del campo, los pastores alemanes, que le mordieron primero en el bajo vientre y en los muslos antes de devorarle ante nuestros ojos. Sus gritos de dolor eran amplificados y distorsionados por el cubo dentro del que seguía su cabeza. Rígido pero vacilante, con los ojos desorbitados por tanto horror y las lágrimas corriendo por mis mejillas, rogué fervientemente que perdiese el conocimiento con rapidez. Desde entonces, me sucede con frecuencia que me despierto gritando por la noche.

Las vivencias de Pierre Seel son absolutamente estremecedoras, y lo fueron incluso más las que nos han llegado a través de las memorias de Heinz Heger y Rudolf Brazda. Pero, junto a los «varios miles» de homosexuales cuyas vidas acabaron en aquellos campos de concentración, junto a tantos millones de personas exterminadas de forma sistemática por su religión, su etnia o sus ideas, hemos de recordar también la discriminación que siguió persiguiendo a los homosexuales que sobrevivieron a la persecución del nazismo.

gedenktafel_rosa_winkel_nollendorfplatzEn la Francia de De Gaulle la homosexualidad siguió siendo considerada una conducta delictiva durante años, y fueron varios los casos de hombres gais que salieron del campo de concentración para ingresar en la prisión.

Del mismo modo, en la Inglaterra que abanderó la resistencia al nacionalsocialismo la persecución continuó durante décadas, y entre los 50.000 varones procesados por el mismo delito que años antes condenó a Oscar Wilde, la «indecencia grave», es posible destacar la figura de Alan Turing, cuyo trabajo resultó imprescindible para alcanzar la victoria durante la II Guerra Mundial pero que, en lugar de ser reconocido como un héroe, fue condenado a someterse una terapia que acabó provocando su suicidio.

El reconocimiento a las víctimas homosexuales del Holocausto tardaría años en llegar. Seel recuerda diferentes desplantes, insultos y otros incidentes de odio que se produjeron contra los homosexuales incluso en los actos en memoria de las víctimas, cuando ya estaba cercano a su final el siglo XX.

«¡Los maricones al horno! ¡Tenían que volver a abrir los hornos y meterlos dentro!», nos cuenta que se escuchó en Besançon, en 1989. Parece que era habitual que los ramos de flores en memoria de los homosexuales asesinados por el nazismo tuvieran que esperar a ser depositados hasta que finalizara el acto.

En Dachau una placa conmemorativa tuvo que esperar diez años dentro de una iglesia hasta que los homosexuales fueran reconocidos como víctimas y las autoridades que gestionaban el campo accedieran a trasladarla a las instalaciones.

De igual manera fue frecuente, y sigue siéndolo, que los varones que desearon a otros varones y fueron represaliados por ello no pudieran acceder al mismo reconocimiento, social, institucional y económico, de que disfrutaban otras víctimas.

Para compensar este imperdonable olvido poco a poco han ido levantándose monumentos memoriales en algunas ciudades europeas, y en 2002, por fin, el gobierno alemán anulaba las sentencias nazis contra los homosexuales, pero no todas las que siguieron produciéndose después.

Un largo y durísimo periodo de discriminación institucional comenzaba a cerrarse, y aunque triste y tardío ha de servirnos como ejemplo. Porque en España sigue sin reconocerse a las víctimas no heterosexuales que fueron perseguidas por normativas como la Ley de Vagos y Maleantes o la durísima Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social.

La Asociación de Ex-Presos Sociales sigue trabajando para que las lesbianas, gais, bisexuales y transexuales represaliados por la dictadura franquista sean debidamente reconocidas e indemnizadas. Empiezan a aparecer algunos monumentos, pero la ciudad de Madrid sigue sin reconocer a las víctimas de la homofobia, transfobia y bifobia a lo largo de la Historia, aunque han pasado ya dos años y medio desde que en el Pleno de su Ayuntamiento se aprobara, por iniciativa del Grupo Socialista, que debía levantarse un monumento memorial en la plaza de Pedro Zerolo.

Seel cierra sus memorias contádonos que, cuando estaba solo en casa, tenía la costumbre de encender una vela. «Esa llama frágil es mi recuerdo de Jo».

Hoy, en memoria de Seel, de Brazda, de Heger, de Jo, y de tantos y tantos otros que ya casi no podemos recordar, yo también encenderé una vela. Para que sus nombres no se borren de la Historia.

Si quieres saber más, y recordar mejor, puedes leer:

Heger, Heinz, Los hombres del triángulo rosa, Amaranto, 2002.

Seel, Pierre, Le Bitoux, Jean, Pierre Seel. Deportado homosexual, Bellaterra, 2001.

Schwab, Jean-Luc, Rudolf Brazda. Itinerario de un triángulo rosa: el último superviviente deportado por homosexual, Alianza, 2011.

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Museo de Berlín estrena una exposición sobre la historia del movimiento LGTB en Alemania

Miércoles, 1 de julio de 2015

museo_alemaniaUno de los artículos más antiguos es una carta manuscrita de 1868 dirigida por el escritor vienés Karal Maria Kertbeny a un alemán partidario de la reforma legal, Karl Heinrich Ulrichs, que se considera el registro escrito más antiguo que incluye los términos “homosexual” y “heterosexual”.

El principal museo de historia nacional en Alemania inauguró este miércoles una exhibición que sigue un siglo y medio de historia gay en el país, incluso los primeros usos del término “homosexual”, la brutal represión contra ellos en la era nazi, y las medidas graduales hacia la legalización de la igualdad a partir de los años 60.

La exhibición en el Museo Histórico Alemán en Berlín, que presenta la muestra junto con el Museo Gay de la capital, una organización privada, se planificó durante cuatro años pero abre en momentos en que se renueva el debate en Alemania acerca de si cabe admitir el casamiento para las parejas de personas del mismo sexo. Desde 2001 tienen derecho a vinculaciones civiles, pero buena parte del partido conservador de la canciller federal Angela Merkel se resiste a ir más allá.

La ministra de Cultura Monika Gruetters dijo en la presentación de la muestra que “coloca en un contexto histórico el debate actual sobre la igualdad ante la ley”. Agregó que demuestra “cuánto costó el progreso del que podemos hablar hoy, no solo legalmente sino también en la impresión que tiene la sociedad“.

La exposición, “Homosexualidad…es” se abre al público el viernes y durará hasta el 1 de diciembre con fotos, películas y artefactos como una picana eléctrica utilizada para “terapia de aversión” en los años 50, y una sección “De la A a la Z” que explora cuestiones que van desde el casamiento homosexual hasta la censura.

También presenta la obra de científicos como el sexólogo Magnus Hirschfeld, cuyo Instituto de Investigación Sexual fue cerrado y saqueado poco después que los nazis tomaron el poder en 1933. El régimen nazi hizo más estricta la ley de 1872 que criminalizaba las relaciones sexuales entre varones.

Fuente Cáscara Amarga

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‘Diferente de los otros’, la primera película de temática gay

Sábado, 24 de enero de 2015

Anders_als_die_AndernAnders als die Andern, producida en 1919, habla de las dificultades de una pareja de gays acorralada por las leyes y el rechazo social.

Raúl Jiménez

Alemania, 1918. Comienza la República de Weimar después de la Gran Guerra. La censura queda abolida y un director de cine, Richard Oswald, y un sexólogo, Magnus Hirschfeld, ambos homosexuales, deciden hacer una película a favor de los derechos de los gays en Alemania. Un colectivo fuertemente golpeado con el famoso artículo 175 del código penal alemán, que es el verdadero protagonista de la historia. Anders als die Andern (en España con el nombre de Diferente de los otros), fue el título de esta película estrenada en 1920.

En ese momento las leyes en Alemania castigaban duramente al colectivo homosexual, incluso llegando en ocasiones a la castración, aludiendo que las relaciones homosexuales suponían un peligro para la salud pública. Por tanto no era un momento especialmente propicio para hacer una película de estas características.

Hirschfeld había desarrollado la teoría del tercer sexo y defendía la transexualidad y la libertad de género. Desde el Institut für Sexualwissenschaft (Instituto para el estudio de la sexualidad), ubicado en Berlín, creó una plataforma a favor de la abolición del artículo 175, que contó con el respaldo de intelectuales muy importantes como Albert Einstein. Hermann Hesse o Thomas Mann, entre otros.

El escándalo después del estreno de la película agitó a la opinión pública alemana de tal forma que la censura volvió en 1920. Una mala noticia para los creadores alemanes del momento. El filme fue prohibido en los canales de exhibición pero, sin embargo, se permitió que la vieran médicos e investigadores.

Conrad Veidt es el actor más destacado del filme, aunque no fue hasta su siguiente película, El gabinete del Dr. Caligari, cuando fue consagrado como estrella fulgurante del momento. Después llegaron los nazis al poder y comenzó la brutal represión, y lo que el colectivo había ganado en la República de Weimar, se perdió en un abrir y cerrar de ojos. Se destruyó el Instituto para el estudio de la sexualidad con todos los libros de su excelsa biblioteca –una de las más importantes de Europa–, se quemaron todas las películas y se persiguió implacablemente a todos los “diferentes”, ampliando los delitos que aparecían en el artículo 175. Unos 100.000 homosexuales fueron fichados y condenados desde 1936 hasta el final del nazismo.

Sin embargo, se encontraron con alguna dificultad como el propio Conrad Veidt, que tenía miles de seguidores en Alemania y no se le podía discriminar por razones étnicas, ya que era alemán “puro”, así que los nazis iniciaron una campaña de desprestigio contra él, aprovechando que había interpretado a un personaje judío en una película inglesa.

Veidt sabía que la Gestapo iba tras de él y tuvo que huir a Londres y después a Hollywood, donde hizo películas inolvidables como Casablanca (1942), donde interpreta al mayor Heinrich Strasser, El espía negro (1939) o El ladrón de Bagdad (1940). Por su parte, Osvald y Hirschfeld, de origen judío, tuvieron que huir al exilio.

La cinta se dio por perdida hasta 1970, cuando apareció en Munich una copia con subtítulos ucranianos. Se restauró y completó con fotos fijas utilizando el programa de recuperación de películas clásicas perdidas de la Universidad de California Los Ángeles (UCLA).

Hay un dato revelador después de conocer la historia de esa película. Y es que no fue hasta 1994 cuando se derogaron las leyes alemanas que criminalizaban a las personas por razones sexuales, 75 años después de estrenarse la película. Un dato que habla a las claras de las dificultades del colectivo LGTB por reclamar sus derechos durante el siglo XX y que aún hoy continúan haciendo.

En 1961 se estrenó en Reino Unido la película Victim, basada en el argumento de Diferente de los otros.

La película

Fuente Cáscara amarga

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Christine Jorgensen, la primera persona que se sometió a un cambio de sexo.

Viernes, 30 de mayo de 2014

jorgensen_cristineAlexa López. 29 Marzo 2014

Hace ya más de sesenta años que Christine se sometió a la primera reconstrucción genital exitosa en la historia. Hoy en día es considerada “la madre de las transexuales” y pionera de la revolución sexual.

Christine Jorgensen nació con el nombre de George William Jorgensen, dentro de una familia afincada en el conflictivo barrio del Bronx neoyorkino. Se graduó del colegio en 1945 y casi de inmediato entró en el ejército. Christine nunca se consideró homosexual.

Aunque en su juventud se sentía atraído por los hombres, cuando uno de ellos le intentaba seducir, su reacción era de rechazo al grado de sentir cierta física.

A finales de los años 40, cuando se encontraba haciendo el servicio militar estadounidense, Christine leyó por casualidad el artículo de Christian Hamburger, un médico danés que se encontraba experimentando con la terapia hormonal de cambio de sexo en animales. Jorgensen viajó a Dinamarca para contactar con el investigador y allí inició un tratamiento hormonal paralelo a uno psicológico con el fin de adaptarse a su condición.

A pesar de los obstáculos legales, ya que la legislación danesa tenía prohibidas las cirugías de castración en seres humanos, el 1 de diciembre de 1952 se sometió a la intervención quirúrgica de reconstrucción genital. Además, recibió grandes dosis de hormonas que dieron lugar a cambios en su los contornos del cuerpo y la distribución de la grasa. La primera reacción fue un aumento de tamaño de las glándulas mamarias y, posteriormente, su cabello comenzó a crecer, curiosamente, cuando siempre había mostrado una gran calvicie en la sien.

Hoy en día la cirugía de reasignación sexual consiste en hacer una incisión en el escroto y estirar las terminaciones nerviosas del pene hacia el interior para diseñar una vagina, pero esta forma de cirugía no fue concretada hasta varios años después de la operación de Jorgensen.

 “Yo simplemente corregí un error que había cometido la naturaleza”

Christine narró su experiencia en foros universitarios y de televisión, convirtiéndose en una celebridad y también en una suerte de símbolo de la liberación sexual más radical hasta entonces. Ella misma afirmaba: “Yo simplemente corregí un error que había cometido la naturaleza”.

Jorgensen eligió el nombre de Christine en honor del doctor Hamburger y se volvió una portavoz de las personas transexuales y transgénero. En 1952 protagonizó la portada del New York Daily bajo el titular: “Ex-GI se convierte en una bella rubia”.

jorgensenAunque se la considera la primer transexual operada de la historia, lo cierto es que antes tenemos a la danesa Lili Elbe, que fue operada por médicos alemanes pioneros en la materia como Magnus Hirschfeld, en 1930. La diferencia es que en el caso de Lili no hubo terapia hormonal.

Tuvo dos intentos de matrimonio, pero ambos fueron fallidos, en una ocasión porque no pudo obtener la licencia para casarse dado que su certificado de nacimiento seguía diciendo que era un hombre. A su prometido además, le despidieron de su trabajo en Washington D.C., cuando anunció que estaba comprometido con Jorgensen.

Durante la década de los setenta y los ochenta, Jorgensen asistió a numerosas universidades para hablar sobre su experiencia. También trabajó como actriz en clubes nocturnos y grabó varias canciones. Christine falleció víctima de un cáncer pulmonar con 62 años.

Fuente Cáscara amarga

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