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“¿Voy o no voy?. Viaje al infierno”, por Mari Paz López Santos

Viernes, 25 de mayo de 2018

mari-paz-eclesalia-e1524677511260Mari Paz López Santos
Madrid.

ECLESALIA, 27/04/18.- ¿Voy o no voy?, me pregunté. Si voy, lo pasaré mal, seguro. Me di un tiempo para pensar. Fui.

La tarde, gris y lluviosa, no animaba a salir de casa. Por los pasillos del metro en el cambio de línea, escuché: “Imagine all the people living life in peace…”, la canción de John Lenon. Me paré ante el músico y esperé atenta a que acabara la canción: “Imagina a todo el mundo viviendo el día a día”, “imagina que no hay países”… “nada por lo que matar o morir”… “imagina a toda la gente del mundo viviendo la vida en paz”… “imagina que no hay posesiones”… “imagina a todos compartiendo el mundo”…”espero que algún día te unas a nosotros y el mundo será sólo uno”.

Le di las gracias por estar ahí compartiendo su música y concretamente “Imagine”,  y unas monedas por su trabajo y su arte.

Fui a ver el infierno. No el de Dante, poético y literario, sino el que ocurrió en Auschwitz “no hace mucho, no muy lejos”. Este es el título de la exposición que se presenta en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid. Al consultar la web me sorprendió gratamente el que recomendaran hacer una visita silenciosa por respeto al tema que trata.

Todos conocemos imágenes, libros, películas, etc. que nos han mostrado el horror de lo que fue Auschwitz, pero esta exposición me acercó al misterio del Mal. He visto fotos de quienes han visitado el campo en persona, como las del Papa Francisco; estar allí debe ser lo más sobrecogedor, pero esta exposición me adentró en el terrible y enorme potencial del ser humano para llevar el Mal al extremo. La sofisticación y refinamiento del ejercicio del Mal en su esencia más profunda.

Tiempo y silencio (fui sola a la exposición y no quise auriculares) me introdujeron sobrecogida en lo que el ser humano puede llegar a hacer si las condiciones de respeto, empatía, solidaridad, fraternidad y amor al prójimo, dejan paso al poder sin cortapisas y a la política sin ética que, sin escrúpulos y utilizando herramientas letales como la mentira, la desinformación, la manipulación, la corrupción, la avaricia, la prepotencia y el desprecio absoluto por la vida y los derechos humanos, da paso a una locura colectiva bien diseñada y masivamente aceptada. ¡La Humanidad en peligro!

No hace mucho que sucedió Auschwitz y no muy lejos… ahí mismo, en el centro de Europa. Una especie escalofrío existencial fue mi respuesta callada y aceptar interiormente el compromiso de reflexionar sobre el  hecho mismo, aunque duela e inquiete. Y no olvidar, porque el Mal circula desde el origen del mundo, cada vez más capacitado para destruir masivamente.

Para que quede más claro lo que quiero decir con la sensación de escalofrío existencial, transcribo un texto de Primo Levi (“La Tregua”, Turín, Einaudi, 1963; texto leído en un panel de la exposición y recogido del catálogo), superviviente de Auschwitz, sobre la impresión de los primeros que llegaron a liberar el campo:

Cuando (los soldados soviéticos) llegaron a la alambrada no nos saludaron ni sonrieron. Parecían oprimidos, más que por la compasión, por la cohibición desconcertada que les sellaba los labios y les clavaba los ojos a aquella escena fúnebre. Era la misma vergüenza (…) que siente el hombre justo ante los crímenes cometidos por otros, el remordimiento que producen la existencia misma de esos crímenes y el que hayan sido introducidos de manera irrevocable en el mundo de las cosas que existen”.

Todo en Auschwitz estaba organizado para aniquilar la dignidad humana. Decía Viktor Frankl en su libro “El hombre en busca de sentido” (Ed. Herder), él también superviviente de Auschwitz:

El prisionero que perdía la fe en el futuro -en su futuro- estaba condenado. Con la pérdida de la fe en el futuro perdía, asimismo, su sostén espiritual; se abandonaba y decaía y se convertía en el sujeto del aniquilamiento físico y mental”.

Pero también dentro de aquel infierno había quienes eran como esas pequeñas flores que crecen en medio de la basura. A ellos se refiere Viktor Frankl en su libro:

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”.

Muchos arriesgaron y perdieron la vida implicándose en dejar imágenes de lo que sucedía dentro del campo. Creo que sin fotografías  hubiera sido imposible creer la brutalidad del exterminio nazi. El cerebro se resiste a comprender que mentes humanas pudieran generar tan sofisticada capacidad de matar sin sentimiento de culpa o duda.

Hanna Arendt, filósofa alemana de origen judío, acuño el término de “banalidad del mal” para quienes participaron como meros administrativos, mandos intermedios, que ejecutaban sin pensar, las órdenes que recibía dentro de la pirámide jerárquica nazi; no mataban como sádicos pero organizaban administrativamente todo el engranaje para llegar al fin último: la muerte de millones de personas, sin plantearse la más mínima duda de conciencia de lo que hacían.

Acabada la visita a la exposición, después de tres horas de silencio, un triste pensamiento me asaltó: “Quizás cuando mis nietos sean ancianos habrá una exposición de tres horas, en silencio, en la que se exhibirá el horror de los miles de refugiados huyendo de la guerra, pidiendo asilo y ayuda a la  puerta de la Vieja Europa;  y los que migran por motivos económicos y quedan retenidos en fronteras de alambre con pinchos. Informarán que, para muchos, el viaje fue fallido y reposaron en el cementerio acuático que es el mar Mediterráneo. ¿Cuál será el cartel de la exposición? Bien pudiera ser la foto del niño sirio de tres años, Aylan Kurdi, icono del sinsentido y la violencia, hoy”.

La deshumanización de la humanidad afecta a cada ser humano, o debería ser así. No es un asunto de los del Norte o los del Sur, de hombre o mujeres, de creyentes o no creyentes… El cuidado de la vida y la dignidad humana es primordial en la evolución del ser humano y hemos de estar atentos revisando actitudes personales, sociales, políticas, culturales, económicas y religiosas.

Creo que este convulso tiempo que vivimos tendrá su juicio futuro. Deseo que en esos años venideros, la humanidad haya evolucionado no sólo en tecnología y ciencia, sino en el amor y fraternidad universales hacia una forma de vivir juntos que se parezca más a la canción de John Lenon.

No quiero que mis palabras sean las últimas palabras de este escrito. Dejo que Viktor Frankl, con el último párrafo de su libro ya citado, sea quien ponga  punto final .

“Nuestra generación es muy realista pues, después de todo, hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el “Padrenuestro” o el “Shemá Israel” en los labios”.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia)

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Auschwitz. Para que sus nombres no se borren de la Historia

Miércoles, 31 de enero de 2018

25a756db-fc3f-4d43-b402-626abb62e580-700x430Un excelente artículo que publica en Cáscara Amarga

«No todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo».

“El homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra cobarde en los casos decisivos”

En 1928 el Diario de las SS se afirmaba que «cualquiera que ejerza o incluso piense en el amor homosexual es nuestro enemigo»

«¡Los maricones al horno! ¡Tenían que volver a abrir los hornos y meterlos dentro!»

Aunque hayan pasado ya 73 años el recuerdo del Holocausto sigue estando fuertemente entrelazado con nuestra conciencia de la realidad. Leí en algún sitio, hace ya tiempo, que desde la bomba de Hiroshima en todo el planeta es detectable un cierto nivel de radiación.

Del mismo modo, desde que el 27 de enero de 1945 el ejército soviético liberase el campo de concentración de Auschwitz y fuera desvelado todo el horror del nazismo, la memoria del exterminio nos queda a flor de piel, y recordándola en días como hoy tratamos de evitar que vuelva a producirse un hecho terrible como aquel.

El problema es que la memoria se construye de una forma muy particular, si no interesada, y no todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo.

Estos días, en Madrid, es posible visitar una gran exposición que trata de recoger lo sucedido en los campos de concentración durante el nazismo: Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, en el Centro de Exposiciones Arte Canal.

Hace unas semanas acudí a verla con un grupo de buenos amigos, y en las dos horas que dura el recorrido no dejaron de sorprenderme algunas cuestiones que creo necesario recoger aquí.

Mi primera sorpresa fue que entre las personas más célebres de religión judía a las que se hacía referencia se encontraba Magnus Hirschfeld, el mayor activista por los derechos de los homosexuales del primer tercio del siglo XX, fundador del Comité Científico-Humanitario, del Instituto para el Estudio de la Sexualidad, y de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, y cuya vida estuvo íntegramente dedicada a tratar de despenalizar la homosexualidad en Alemania, perseguida a través del tristemente célebre artículo 175 que fue más tarde recrudecido por los nazis.

800px-bundesarchiv_bild_146-1993-051-07_tafel_mit_kz-kennzeichen_winkel_retouchedMe sorprendió que sobre este personaje de tanta relevancia sólo se mencionara que fue médico. Más tarde pude observar un dibujo de dos chicos jóvenes besándose, creo recordar que la única pieza que servía para exponer el exterminio sistemático de varones homosexuales tras los años de relativa libertad en el periodo de entreguerras; y un rato después encontré un triángulo rosa cosido al pecho de uno de los uniformes para los presos que se mostraban en una vitrina, pero comprobé una y otra vez que en la cartela explicativa no se hacía referencia alguna al significado del color de ese triángulo.

Por último, ya al terminar la exposición, mi sorpresa se transformó en indignación al encontrarme un gran cartel que ofrecía el recuento de los asesinados: 6.000.000 judíos, 5.700.000 civiles soviéticos, 1.800.000 polacos, 312.000 serbios, 250.000 personas con discapacidad, 208.000 gitanos, 70.000 criminales reincidentes y «asociales», y 1.900 testigos de Jehová.

El cartel se cerraba con el número «desconocido» de opositores políticos y, justo antes, en penúltimo lugar, se reservaba una línea para los homosexuales asesinados: «varios miles».

Si bien Guy Hocquenghem reconoce que «nunca ha sido posible saber el número exacto de homosexuales desaparecidos en los campos de concentración hitlerianos», las cifras que más frecuentemente se ofrecen nos indican que al menos fueron 50.000 los homosexuales procesados con el motivo único de su orientación sexual, de los cuales al menos 10.000 fueron asesinados en los campos de concentración.

Pero pudo ser mucho más numeroso el exterminio: Michel Tournier eleva el número de asesinados por ser homosexuales hasta los 800.000, y reconoce que «el nazismo se define esencialmente por el odio hacia el judío y el homosexual», mientras que Pierre Vidal-Naquet nos recuerda que «los homosexuales eran el grupo social más despreciado en los campos».

Creo que entenderás y compartirás mi indignación cuando me encontré que el mayor atentado contra las personas homosexuales perpetrado en el siglo XX se resumía en un vago, simple y casi invisibilizador «varios miles».

La memoria «LGTB» del Holocausto ha sido poco estudiada y, con el pasar del tiempo, se hace cada vez más difícil recuperarla y, como consecuencia, reconocerla. Los supervivientes de los campos de concentración mueren y se llevan con ellos sus recuerdos, dejándonos el espejo de nuestra infamia por no haber sido capaces de reconocerles en vida el valor de su testimonio.

En castellano solo podemos acceder a tres libros que recogen las experiencias de Heinz Heger, Rudolf Brazda y Pierre Seel. Estos últimos días he releído el texto de este último, como un intento de compensar el olvido histórico habitual, y quiero recordar con él qué les sucedió a esos «varios miles» de homosexuales en los campos de concentración.

Es curioso que el judaísmo pueda emplear el concepto Shoá (destrucción) para hablar del Holocausto, y que el pueblo gitano pueda usar también una palabra propia, Porrajmos (devoración) para hablar de lo ocurrido, mientras que, como colectivo que se supone que somos, nunca se nos haya ocurrido un término aplicable a esa forma particular y sistemática de exterminarnos que llevó a cabo el nazismo, cuyas intenciones se advertían ya desde antes de llegar Hitler al poder.

En 1928 el Diario de las SS se afirmaba que «cualquiera que ejerza o incluso piense en el amor homosexual es nuestro enemigo»; en 1937 Himmler declaraba que «el homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra cobarde en los casos decisivos»; ideas que hoy creemos superadas pero que vuelven al discurso público de tarde en tarde, recordándonos que aún mucha gente que creemos honorable sigue vinculando la homosexualidad con la enfermedad. Lo hemos comprobado esta misma semana, al conocer las ideas de María Elósegui, candidata española a convertirse en nueva jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

La obsesión del nazismo con la homosexualidad, evidente a través de las frases que he citado, provocó que un jovencísimo Pierre Seel se sorprendiera de que el agente de las SS que lo interrogaba supiera mucho más que él sobre las costumbres de los homosexuales alemanes.

Poco después, cuando fue trasladado al campo de concentración y empezó a llevar una cinta azul, variante del conocido triángulo rosa, descubrió que, mientras otros prisioneros establecían grupos de ayuda mutua para hacer soportable la cotidianeidad del campo, «yo no formaba parte de ninguno de los grupos de solidaridad». Como citaba antes, el escalafón más bajo en la complicada sociedad de los campos de concentración estaba ocupado por los presos homosexuales, cuya vida diaria nos relata Seel en primera persona:

Arrancados del sueño a las seis de la mañana, ingeríamos una tisana desleída y un cuarto de hogaza de «kommisbrot», una especie de pan negro generalmente duro o mohoso. Después de pasar lista, la mayor parte íbamos al valle a picar piedra en las canteras de los alrededores y a llenar las vagonetas. Los SS llevaban pastores alemanes para disuadirnos de que huyéramos por el espeso bosque. Otros iban a trabajar once horas seguidas a la fábrica Marchal de Wacenbach.

Hacia el mediodía nos servían una sopa clara con una rodaja de salchichón. Luego se reanudaba el trabajo hasta las seis de la tarde. De vuelta al campo éramos registrados concienzudamente. Posteriormente íbamos a nuestros barracones. Dos cacillos de sopa de nabos terminaban nuestra jornada. Después de un último recuento, nuestros barracones se cerraban con doble vuelta y empezaban las rondas nocturnas cuando el día no había aún acabado de declinar tras las montañas.

Dice Seel que «la idea misma del deseo no tenía ningún sentido en aquel espacio. Un fantasma no tiene ni fantasía ni sexualidad», pero recuerda que en ocasiones era posible cierta afinidad entre dos de los prisioneros y, aunque tenían prohibido hablar entre ellos, recuerda a «dos checos, sin duda una antigua pareja, que conseguían de vez en cuando intercambiar unas palabras poniéndose frente a una ventana de nuestro barracón. Se ponían de espaldas a los demás y vigilaban en el reflejo del cristal si alguien les miraba».

El propio Pierre reconoció también en el campo al joven que había sido su pareja más reciente, Jo, pero el encuentro resultó muy diferente:

En el centro del cuadrado que formábamos condujeron, escoltado por dos SS, a un joven. Horrorizado, reconocía a Jo, mi tierno amigo de dieciocho años. 

No lo había visto antes en el campo. ¿Había llegado antes o después que yo? No nos habíamos visto en los días que habían precedido a mi citación por la Gestapo. Me petrifiqué de terror. Había rezado para que escapase a sus redadas, a sus listas, a sus humillaciones. Y estaba allí, ante mis ojos impotentes que se anegaron de lágrimas. Él no había, como yo, llevado cartas peligrosas, arrancado carteles o firmado denuncias. Y, sin embargo, había sido detenido e iba a morir. Así que las listas estaban completas. ¿Qué le había pasado? ¿Qué le reprochaban esos monstruos? En mi dolor, no me enteré en absoluto del contenido de la sentencia de muerte.

Después, los altavoces difundieron una vibrante música clásica mientras que los SS le desnudaban. Luego le colocaron violentamente en la cabeza un cubo de hojalata. Azuzaron hacia él a los feroces perros guardianes del campo, los pastores alemanes, que le mordieron primero en el bajo vientre y en los muslos antes de devorarle ante nuestros ojos. Sus gritos de dolor eran amplificados y distorsionados por el cubo dentro del que seguía su cabeza. Rígido pero vacilante, con los ojos desorbitados por tanto horror y las lágrimas corriendo por mis mejillas, rogué fervientemente que perdiese el conocimiento con rapidez. Desde entonces, me sucede con frecuencia que me despierto gritando por la noche.

Las vivencias de Pierre Seel son absolutamente estremecedoras, y lo fueron incluso más las que nos han llegado a través de las memorias de Heinz Heger y Rudolf Brazda. Pero, junto a los «varios miles» de homosexuales cuyas vidas acabaron en aquellos campos de concentración, junto a tantos millones de personas exterminadas de forma sistemática por su religión, su etnia o sus ideas, hemos de recordar también la discriminación que siguió persiguiendo a los homosexuales que sobrevivieron a la persecución del nazismo.

gedenktafel_rosa_winkel_nollendorfplatzEn la Francia de De Gaulle la homosexualidad siguió siendo considerada una conducta delictiva durante años, y fueron varios los casos de hombres gais que salieron del campo de concentración para ingresar en la prisión.

Del mismo modo, en la Inglaterra que abanderó la resistencia al nacionalsocialismo la persecución continuó durante décadas, y entre los 50.000 varones procesados por el mismo delito que años antes condenó a Oscar Wilde, la «indecencia grave», es posible destacar la figura de Alan Turing, cuyo trabajo resultó imprescindible para alcanzar la victoria durante la II Guerra Mundial pero que, en lugar de ser reconocido como un héroe, fue condenado a someterse una terapia que acabó provocando su suicidio.

El reconocimiento a las víctimas homosexuales del Holocausto tardaría años en llegar. Seel recuerda diferentes desplantes, insultos y otros incidentes de odio que se produjeron contra los homosexuales incluso en los actos en memoria de las víctimas, cuando ya estaba cercano a su final el siglo XX.

«¡Los maricones al horno! ¡Tenían que volver a abrir los hornos y meterlos dentro!», nos cuenta que se escuchó en Besançon, en 1989. Parece que era habitual que los ramos de flores en memoria de los homosexuales asesinados por el nazismo tuvieran que esperar a ser depositados hasta que finalizara el acto.

En Dachau una placa conmemorativa tuvo que esperar diez años dentro de una iglesia hasta que los homosexuales fueran reconocidos como víctimas y las autoridades que gestionaban el campo accedieran a trasladarla a las instalaciones.

De igual manera fue frecuente, y sigue siéndolo, que los varones que desearon a otros varones y fueron represaliados por ello no pudieran acceder al mismo reconocimiento, social, institucional y económico, de que disfrutaban otras víctimas.

Para compensar este imperdonable olvido poco a poco han ido levantándose monumentos memoriales en algunas ciudades europeas, y en 2002, por fin, el gobierno alemán anulaba las sentencias nazis contra los homosexuales, pero no todas las que siguieron produciéndose después.

Un largo y durísimo periodo de discriminación institucional comenzaba a cerrarse, y aunque triste y tardío ha de servirnos como ejemplo. Porque en España sigue sin reconocerse a las víctimas no heterosexuales que fueron perseguidas por normativas como la Ley de Vagos y Maleantes o la durísima Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social.

La Asociación de Ex-Presos Sociales sigue trabajando para que las lesbianas, gais, bisexuales y transexuales represaliados por la dictadura franquista sean debidamente reconocidas e indemnizadas. Empiezan a aparecer algunos monumentos, pero la ciudad de Madrid sigue sin reconocer a las víctimas de la homofobia, transfobia y bifobia a lo largo de la Historia, aunque han pasado ya dos años y medio desde que en el Pleno de su Ayuntamiento se aprobara, por iniciativa del Grupo Socialista, que debía levantarse un monumento memorial en la plaza de Pedro Zerolo.

Seel cierra sus memorias contádonos que, cuando estaba solo en casa, tenía la costumbre de encender una vela. «Esa llama frágil es mi recuerdo de Jo».

Hoy, en memoria de Seel, de Brazda, de Heger, de Jo, y de tantos y tantos otros que ya casi no podemos recordar, yo también encenderé una vela. Para que sus nombres no se borren de la Historia.

Si quieres saber más, y recordar mejor, puedes leer:

Heger, Heinz, Los hombres del triángulo rosa, Amaranto, 2002.

Seel, Pierre, Le Bitoux, Jean, Pierre Seel. Deportado homosexual, Bellaterra, 2001.

Schwab, Jean-Luc, Rudolf Brazda. Itinerario de un triángulo rosa: el último superviviente deportado por homosexual, Alianza, 2011.

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Madrid acogerá, en estreno mundial, la exposición Auschwitz

Sábado, 11 de noviembre de 2017

25a756db-fc3f-4d43-b402-626abb62e580-700x430El pasado día 9 se cumplieron 79 años de la infame Noche de los Cristales rotos, preludio del Holocausto.

Contará con más de 600 objetos originales, en su mayoría pertenecientes a la colección del Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau.

Holocausto. Memoria y reparación”, por Ramón Martínez

In memoriam: Día de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. יום הנצחה לזכרם של קורבנות השואה

El Papa pide disculpas, en nombre de la Humanidad, por la “monstruosidad” del Holocausto.

El próximo 1 de diciembre tendrá lugar la apertura al público de la exposición AuschwitzNo hace mucho. No muy lejos, que podrá visitarse en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid hasta el 17 de junio de 2018.

Esta inauguración supondrá el estreno internacional de la muestra, que después visitará otras 6 ciudades de Europa y 7 en Norte América. Madrid será su único destino en España.

La exposición mostrará a lo largo de un espacio de 2.500 metros cuadrados más de 600 objetos originales del mayor de los campos nazis alemanes, en su mayoría pertenecientes a la colección del Museo Estatal de Auschwitz – Birkenau. Será la primera vez que la gran mayoría de estos objetos se mostrará al público, tras ser sometidos a un complejo y exhaustivo proceso de conservación.

La exposición supondrá un emotivo y riguroso recorrido por uno de los capítulos más oscuros de la historia de la humanidad que, sin duda, removerá la conciencia del mundo con un claro objetivo: conocer de primera mano cómo un lugar así pudo llegar a existir y servir como advertencia universal de los peligros derivados del odio y la intolerancia. Una reflexión inolvidable sobre la compleja realidad del Holocausto y la propia naturaleza del ser humano.

Madrid será su único destino en España.

Las entradas para visitar la exposición se encuentran ya a la venta en la web www.auschwitz.net , a un precio especial de 7 euros (hasta el 23 de noviembre) audioguía incluida.

Una colaboración sin precedentes

La exposición ha sido concebida y diseñada por la compañía española Musealia y un equipo multidisciplinar de expertos liderados por el historiador Dr. Robert Jan van Pelt, junto al equipo de comisarios, conservadores, archivistas e investigadores del Museo Estatal de Auschwitz – Birkenau, custodio y gestor de los restos del antiguo campo nazi alemán de concentración y exterminio, hoy patrimonio de la Unesco.

Se trata de una colaboración sin precedentes, dada la gran cantidad de piezas cedidas por el Museo Estatal de Auschwitz – Birkenau y el carácter itinerante e internacional de esta nueva exposición, que durante su estancia en España contará con la colaboración especial de Canal de Isabel II y la Comunidad de Madrid.

Más de 20 instituciones, museos y coleccionistas privados de diferentes naciones han colaborado en el proyecto.

La exposición abrirá sus puertas al público el próximo 1 de diciembre y permanecerá en la capital española hasta el 17 de junio de 2018.

La tarifa general de acceso será de entre 7 y 12,50 euros, dependiendo del día de la semana, y contempla descuentos para grupos de más de 15 personas, menores de edad, discapacitados, pensionistas, estudiantes, titulares de carnet joven, mayores de 65 años, miembros de familias numerosas o personas en situación de desempleo, entre otros colectivos.

Asimismo, Canal de Isabel II y Musealia colaborarán en la gratuidad de la muestra para alumnos de todos los colegios de España, con la intención de que estos puedan ampliar sus conocimientos históricos y ahondar en la importancia de la defensa de los derechos humanos y el respeto a la diversidad global.

Las entradas anticipadas para el público general se encuentran ya a la venta en www.auschwitz.net, con un descuento superior al 40 % sobre la tarifa general, aplicable solo hasta el 23 de noviembre.

Sobre la colección

captura-de-pantalla-2017-08-31-a-las-9-26-18-700x430La exposición mostrará más de 600 objetos originales, en su mayoría pertenecientes a la colección del Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau.

Entre estas piezas destaca un barracón original procedente de Auschwitz III – Monowitz, uno de los subcampos en que se dividía Auschwitz destinado principalmente al trabajo forzado, y un vagón original de la compañía nacional alemana de tren, la Deutsche Reichsbahn, del modelo empleado durante la Segunda Guerra Mundial para el traslado de soldados, prisioneros de guerra y judíos deportados hasta los guetos y campos de exterminio.

Además se mostrarán al público pequeños objetos personales de algunas de las víctimas y verdugos del campo, elementos estructurales del campo y documentación y material audiovisual inédito, entre otros.

Estos excepcionales objetos narrarán la totalidad de la historia de Auschwitz, así como representarán a todos los grupos de víctimas en el campo: judíos deportados para su exterminio, polacos, gitanos, prisioneros de guerra soviéticos y otros tantos colectivos. Del mismo modo, algunos objetos mostrarán también el mundo de los verdugos, al recoger la realidad de los miembros de las SS, la fuerza ejecutiva ideológica del nazismo que creó y operó el campo.

No hace mucho. No muy lejos.

auschwitz_madrid_2Una bota infantil, con un calcetín, de la exposición ‘Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos’

Más de 1.100.000 personas fueron asesinadas en Auschwitz a manos de los nazis. Ocurrió en el corazón de Europa, en el seno de la sociedad más avanzada tecnológicamente de su época. No hace mucho. No muy lejos. Por lo que recordar y tener presente la mayor masacre perpetrada en el siglo XX es un imperativo para la educación de las nuevas y futuras generaciones.

El Director del Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, el Dr. Piotr M.A. Cywiński, comenta a este respecto que “el mundo se mueve hoy en direcciones inciertas. Por eso necesitamos, cada vez más, apoyarnos en los fuertes pilares de nuestra memoria”. “Auschwitz y la tragedia de la Shoá son uno de esos pilares que no pueden ignorarse a la hora de crear un nuevo rostro para el mundo”, añade.

En este sentido, ha manifestado que “nada puede reemplazar la visita al verdadero lugar donde se perpetró el mayor crimen del siglo XX, pero esta exposición, que podrán visitar personas de muchos países, puede convertirse en un llanto colectivo de advertencia al mundo de los peligros de construir un futuro basado en el odio, el racismo, el antisemitismo y el desprecio infinito hacia otro ser humano”.

El Director del proyecto expositivo, Luis Ferreiro (Musealia), comenta a este respecto que “El odio, el racismo, el antisemitismo y la intolerancia son conceptos lamentablemente muy actuales. Por eso, ahora más que nunca, resulta de vital importancia recordar cuáles pueden llegar a ser sus consecuencias y hasta dónde estos pueden llevarnos”.

El Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, en Polonia

w350-28129_1Auschwitz no es solo un lugar de conmemoración. También es un símbolo de relevancia para nuestra civilización. La palabra Auschwitz se ha convertido en un indudable símbolo cultural, en sinónimo de la mayor expresión de la pérdida de los valores humanos. La autenticidad del Memorial es aún mayor a medida que los últimos testigos de este mundo nos abandonan.

El Museo, ubicado en las instalaciones del antiguo campo nazi alemán, nació en 1947 gracias a los esfuerzos de ex prisioneros. Su objetivo es preservar los restos del antiguo campo, conmemorar a las víctimas y organizar actividades científicas y educativas.

El Memorial ocupa un área de casi 200 hectáreas, más de 150 edificios y cerca de 300 ruinas, incluidos los restos de las cámaras de gas y crematorios, hechos añicos por los alemanes antes de su huida. También incluye colecciones, archivos y la colección de obras de arte más extensa del mundo dedicada a Auschwitz (aproximadamente 6 mil obras).

En el 2016 se batieron todos los registros de visitantes, al alcanzar los 2 millones de visitas. Leer más…

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