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Ernst Röhm, el amigo gay de Hitler

Jueves, 20 de junio de 2019

245px-Bundesarchiv_Bild_102-15282A,_Ernst_RöhmAsí acaban los homosexuales que se acercan a la ultraderecha:

Ernst Röhm fue un prominente nazi, poderoso militar, colaborador y amigo cercano de Hitler. También era gay, pero casi nadie sabía.

Existen un sinnúmero de historias respecto al régimen nazi y la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, hay una de ellas que no es tan conocida, quizá en parte porque se perdió entre tantos relatos de crímenes y odio. Antes de que Adolf Hitler llegara al poder y cometiera las atrocidades que marcaron la historia, existió un hombre que tenía el mismo e incluso más poder que el dirigente del partido nazi. Él fue Ernst Röhm, el amigo de Hitler que era gay.

Ernst Julius Günther Röhm fue un alto mando del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP por sus siglas en alemán). Ernst Röhm nació en Munich, Alemania en 1887 y participó en la Primera Guerra Mundial. Después de su participación en la lucha armada se dedicó a armar grupos de choque en contra de los movimientos marxistas surgidos en el país.

Fue en 1921 cuando Röhm y Hitler se conocieron en las primeras reuniones de lo que en el futuro sería conocido como el partido nazi. A partir de ahí ambos personajes fundaron una profunda amistad, pues los ideales de los dos empataban. En 1923, junto con Hitler, orquestó el llamado Putsch de Munich, un intento de golpe de estado que fracasó y llevó a los dos rebeldes a prisión.

Debido a este intento por derrocar al Gobierno de la República de Weimar, Röhm pasó poco más de un año encerrado. Al ser liberado en 1925, partió a Bolivia donde sirvió como asesor del ejército. No obstante, Hitler solicitó el retorno del mayor Röhm a Alemania en 1931 para liderar y reorganizar las SA, el cuerpo militar del NSDAP también conocido como «camisas pardas».

 Líder de las SA y dirigente nazi

Como líder de las SA, Ernst Röhm hizo que la organización tuviera un auge y poder bastante importante. En 1933 Hitler se encontraba en el poder y el recién nombrado coronel Röhm continuaba en la dirigencia del brazo armado del partido oficial. Sin embargo, para estas fechas, Ernst Röhm ya había acumulado un puñado de detractores y enemigos.

Cuando las SA alcanzaron los 3 millones de miembros en 1934, otros dirigentes del partido nazi comenzaron a buscar la forma de eliminar a Röhm. Estas intenciones por deshacerse del coronel aumentaron cuando él afirmó que las SA debían absorber al ejército alemán. Con este movimiento, Röhm se haría de todo el poder militar en el país.

A raíz de las intenciones del coronel, Heinrich Himmler y Hermann Göring comenzaron a conspirar en su contra para borrarlo definitivamente del panorama. Himmler y Göring armaron un plan para hacer creer a Hitler que Röhm estaba tramando un golpe de estado y así quedarse con el poder.

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La noche de los cuchillos largos

Convencido de que Röhm tenía mucho más poder que él, Hitler mandó llamar al coronel y a otros altos mandos de las SA a una reunión, donde comenzó la purga del cuerpo militar. En la noche del 29 y madrugada del 30 de junio ocurrió lo que se conoce como la noche de los cuchillos largos, donde varios dirigentes de los «camisas pardas» y miembros del NSDAP fueron asesinados.

El objetivo principal de aquellos asesinatos no era otro que Ernst Röhm. El coronel era casi abiertamente homosexual y esto era bien conocido por todo su círculo social. No obstante, la orientación sexual de Röhm fue uno de los pretextos y argumentos que sus opositores ocuparon para que fuera asesinado.

A raíz del «descubrimiento» de la orientación sexual de este personaje en 1935, las condenas contra los hombres homosexuales se endurecieron en Alemania. De acuerdo a lo que relata el sitio Encyclopedia Britannica, Hitler nunca estuvo al tanto de la vida privada de uno de sus más cercanos colaboradores. Un chiste de la época referente a esta situación decía: «¿Cómo reaccionará El führer cuando se entere DE que Göring es gordo y Goebbels cojea?».

Finalmente, el hombre que fuera uno de los allegados de confianza más íntimos de Hitler vio su final el 1 de julio de 1934, al ser ejecutado en Alemania, luego de ser capturado en la noche de los cuchillos largos.

Con información de Encyclopedia Britannica, All That’s Interesting, Daily Jstor y La Segunda Guerra

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La Iglesia celebra al mártir Santiago Gapp, al que la Gestapo localizó en Valencia

Sábado, 18 de agosto de 2018

gappPor si le cabía alguna duda al prior de la Abadía del Valle de los Caídos de  que hay que sacar a Franco, quien permitió atrocidades como esta con su connivencia con el Nazismo…

Fue contundente en su crítica al racismo de Hitler

Tras ser torturado y encarcelado, murió decapitado en Berlín en 1943

(AVAN).- La Iglesia celebró el pasado lunes, la festividad litúrgica del beato Santiago Gapp, sacerdote austriaco de la Compañía de María, que fue decapitado en Berlín en 1943, hace ahora 75 años, tras ser localizado por la Gestapo en Valencia, a donde había huido perseguido por el régimen nazi.

Gapp fue localizado por la policía secreta nazi en 1942 en Valencia, cuando llevaba un año dando clases de latín y alemán en el Colegio de El Pilar, acogido por la comunidad religiosa del centro docente valenciano, de su misma congregación, según señala su biografía Santiago Gapp, pasión por la verdad frente al nazismo, escrita por el sacerdote marianista José María Salaverri, fallecido el pasado mes de febrero.

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Fue entonces cuando dos colaboradores de la Gestapo llegaron a Valencia y se ganaron durante meses la confianza de Gapp, haciéndose pasar por judíos también perseguidos, hasta convencerle mediante engaños para viajar a San Sebastián a recibir a unos supuestos familiares. Así, el 9 de noviembre de 1942 cuando paseaban con el religioso por la costa guipuzcoana entraron en Hendaya, entonces en la Francia ocupada por el régimen nazi, y fue de inmediato arrestado. Tras ser torturado y encarcelado, murió decapitado en Berlín en 1943. El papa San Juan Pablo II lo beatificó en 1996.

Los religiosos marianistas celebraron el pasado lunes misas en su honor en sus comunidades, entre ellas en el colegio del Pilar, de Valencia, donde a todos los alumnos de Bachillerato es presentado “tanto en clases de Historia como en ejercicios espirituales, como modelo de fe”, según han indicado fuentes de la comunidad del colegio del Pilar.

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Modelo de fe

Jakob Gapp (o Santiago Gapp) nació en Wattens (Austria) en 1897 y, tras combatir en la Primera Guerra Mundial en el ejército austríaco, ingresó en la Compañía de María y fue ordenado sacerdote.

Huyó de su país perseguido por la Gestapo en 1939 “por sus contundentes críticas contra el racismo de Hitler, que plasmaba en sus homilías”, según su biografía, y tras pasar por Burdeos llegó a Valencia en 1941.

El caso de Gapp “impresionó al propio Heinrich Himmler, máximo responsable de la Gestapo, que aseguró que ´con un millón de Jakobs Gapp, pero de nuestra ideología, dominaríamos el mundo`”.

En una carta escrita a sus familiares desde la prisión berlinesa de Plötzensee, horas antes de su ejecución, Gapp les decía sus últimas palabras: “me han condenado a muerte el 2 de Julio, fiesta del Sagrado Corazón. Hoy será ejecutada la sentencia. A las 7 de la tarde, iré a casa de mi querido Salvador, a quien siempre amé fervientemente. ¡No os aflijáis por mí! Soy totalmente feliz. Naturalmente he tenido que pasar muchas horas penosas, pero he podido prepararme muy bien a la muerte. Tened ánimo, y soportadlo todo por amor a Dios, para que nos podamos volver a encontrar en el cielo”.

Sus reliquias son veneradas hoy en Innsbruck (Austria)

Fuente Religión Digital

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Auschwitz. Para que sus nombres no se borren de la Historia

Miércoles, 31 de enero de 2018

25a756db-fc3f-4d43-b402-626abb62e580-700x430Un excelente artículo que publica en Cáscara Amarga

«No todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo».

“El homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra cobarde en los casos decisivos”

En 1928 el Diario de las SS se afirmaba que «cualquiera que ejerza o incluso piense en el amor homosexual es nuestro enemigo»

«¡Los maricones al horno! ¡Tenían que volver a abrir los hornos y meterlos dentro!»

Aunque hayan pasado ya 73 años el recuerdo del Holocausto sigue estando fuertemente entrelazado con nuestra conciencia de la realidad. Leí en algún sitio, hace ya tiempo, que desde la bomba de Hiroshima en todo el planeta es detectable un cierto nivel de radiación.

Del mismo modo, desde que el 27 de enero de 1945 el ejército soviético liberase el campo de concentración de Auschwitz y fuera desvelado todo el horror del nazismo, la memoria del exterminio nos queda a flor de piel, y recordándola en días como hoy tratamos de evitar que vuelva a producirse un hecho terrible como aquel.

El problema es que la memoria se construye de una forma muy particular, si no interesada, y no todo el mundo puede acceder en las mismas condiciones a la máxima dignidad del recuerdo.

Estos días, en Madrid, es posible visitar una gran exposición que trata de recoger lo sucedido en los campos de concentración durante el nazismo: Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, en el Centro de Exposiciones Arte Canal.

Hace unas semanas acudí a verla con un grupo de buenos amigos, y en las dos horas que dura el recorrido no dejaron de sorprenderme algunas cuestiones que creo necesario recoger aquí.

Mi primera sorpresa fue que entre las personas más célebres de religión judía a las que se hacía referencia se encontraba Magnus Hirschfeld, el mayor activista por los derechos de los homosexuales del primer tercio del siglo XX, fundador del Comité Científico-Humanitario, del Instituto para el Estudio de la Sexualidad, y de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, y cuya vida estuvo íntegramente dedicada a tratar de despenalizar la homosexualidad en Alemania, perseguida a través del tristemente célebre artículo 175 que fue más tarde recrudecido por los nazis.

800px-bundesarchiv_bild_146-1993-051-07_tafel_mit_kz-kennzeichen_winkel_retouchedMe sorprendió que sobre este personaje de tanta relevancia sólo se mencionara que fue médico. Más tarde pude observar un dibujo de dos chicos jóvenes besándose, creo recordar que la única pieza que servía para exponer el exterminio sistemático de varones homosexuales tras los años de relativa libertad en el periodo de entreguerras; y un rato después encontré un triángulo rosa cosido al pecho de uno de los uniformes para los presos que se mostraban en una vitrina, pero comprobé una y otra vez que en la cartela explicativa no se hacía referencia alguna al significado del color de ese triángulo.

Por último, ya al terminar la exposición, mi sorpresa se transformó en indignación al encontrarme un gran cartel que ofrecía el recuento de los asesinados: 6.000.000 judíos, 5.700.000 civiles soviéticos, 1.800.000 polacos, 312.000 serbios, 250.000 personas con discapacidad, 208.000 gitanos, 70.000 criminales reincidentes y «asociales», y 1.900 testigos de Jehová.

El cartel se cerraba con el número «desconocido» de opositores políticos y, justo antes, en penúltimo lugar, se reservaba una línea para los homosexuales asesinados: «varios miles».

Si bien Guy Hocquenghem reconoce que «nunca ha sido posible saber el número exacto de homosexuales desaparecidos en los campos de concentración hitlerianos», las cifras que más frecuentemente se ofrecen nos indican que al menos fueron 50.000 los homosexuales procesados con el motivo único de su orientación sexual, de los cuales al menos 10.000 fueron asesinados en los campos de concentración.

Pero pudo ser mucho más numeroso el exterminio: Michel Tournier eleva el número de asesinados por ser homosexuales hasta los 800.000, y reconoce que «el nazismo se define esencialmente por el odio hacia el judío y el homosexual», mientras que Pierre Vidal-Naquet nos recuerda que «los homosexuales eran el grupo social más despreciado en los campos».

Creo que entenderás y compartirás mi indignación cuando me encontré que el mayor atentado contra las personas homosexuales perpetrado en el siglo XX se resumía en un vago, simple y casi invisibilizador «varios miles».

La memoria «LGTB» del Holocausto ha sido poco estudiada y, con el pasar del tiempo, se hace cada vez más difícil recuperarla y, como consecuencia, reconocerla. Los supervivientes de los campos de concentración mueren y se llevan con ellos sus recuerdos, dejándonos el espejo de nuestra infamia por no haber sido capaces de reconocerles en vida el valor de su testimonio.

En castellano solo podemos acceder a tres libros que recogen las experiencias de Heinz Heger, Rudolf Brazda y Pierre Seel. Estos últimos días he releído el texto de este último, como un intento de compensar el olvido histórico habitual, y quiero recordar con él qué les sucedió a esos «varios miles» de homosexuales en los campos de concentración.

Es curioso que el judaísmo pueda emplear el concepto Shoá (destrucción) para hablar del Holocausto, y que el pueblo gitano pueda usar también una palabra propia, Porrajmos (devoración) para hablar de lo ocurrido, mientras que, como colectivo que se supone que somos, nunca se nos haya ocurrido un término aplicable a esa forma particular y sistemática de exterminarnos que llevó a cabo el nazismo, cuyas intenciones se advertían ya desde antes de llegar Hitler al poder.

En 1928 el Diario de las SS se afirmaba que «cualquiera que ejerza o incluso piense en el amor homosexual es nuestro enemigo»; en 1937 Himmler declaraba que «el homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra cobarde en los casos decisivos»; ideas que hoy creemos superadas pero que vuelven al discurso público de tarde en tarde, recordándonos que aún mucha gente que creemos honorable sigue vinculando la homosexualidad con la enfermedad. Lo hemos comprobado esta misma semana, al conocer las ideas de María Elósegui, candidata española a convertirse en nueva jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

La obsesión del nazismo con la homosexualidad, evidente a través de las frases que he citado, provocó que un jovencísimo Pierre Seel se sorprendiera de que el agente de las SS que lo interrogaba supiera mucho más que él sobre las costumbres de los homosexuales alemanes.

Poco después, cuando fue trasladado al campo de concentración y empezó a llevar una cinta azul, variante del conocido triángulo rosa, descubrió que, mientras otros prisioneros establecían grupos de ayuda mutua para hacer soportable la cotidianeidad del campo, «yo no formaba parte de ninguno de los grupos de solidaridad». Como citaba antes, el escalafón más bajo en la complicada sociedad de los campos de concentración estaba ocupado por los presos homosexuales, cuya vida diaria nos relata Seel en primera persona:

Arrancados del sueño a las seis de la mañana, ingeríamos una tisana desleída y un cuarto de hogaza de «kommisbrot», una especie de pan negro generalmente duro o mohoso. Después de pasar lista, la mayor parte íbamos al valle a picar piedra en las canteras de los alrededores y a llenar las vagonetas. Los SS llevaban pastores alemanes para disuadirnos de que huyéramos por el espeso bosque. Otros iban a trabajar once horas seguidas a la fábrica Marchal de Wacenbach.

Hacia el mediodía nos servían una sopa clara con una rodaja de salchichón. Luego se reanudaba el trabajo hasta las seis de la tarde. De vuelta al campo éramos registrados concienzudamente. Posteriormente íbamos a nuestros barracones. Dos cacillos de sopa de nabos terminaban nuestra jornada. Después de un último recuento, nuestros barracones se cerraban con doble vuelta y empezaban las rondas nocturnas cuando el día no había aún acabado de declinar tras las montañas.

Dice Seel que «la idea misma del deseo no tenía ningún sentido en aquel espacio. Un fantasma no tiene ni fantasía ni sexualidad», pero recuerda que en ocasiones era posible cierta afinidad entre dos de los prisioneros y, aunque tenían prohibido hablar entre ellos, recuerda a «dos checos, sin duda una antigua pareja, que conseguían de vez en cuando intercambiar unas palabras poniéndose frente a una ventana de nuestro barracón. Se ponían de espaldas a los demás y vigilaban en el reflejo del cristal si alguien les miraba».

El propio Pierre reconoció también en el campo al joven que había sido su pareja más reciente, Jo, pero el encuentro resultó muy diferente:

En el centro del cuadrado que formábamos condujeron, escoltado por dos SS, a un joven. Horrorizado, reconocía a Jo, mi tierno amigo de dieciocho años. 

No lo había visto antes en el campo. ¿Había llegado antes o después que yo? No nos habíamos visto en los días que habían precedido a mi citación por la Gestapo. Me petrifiqué de terror. Había rezado para que escapase a sus redadas, a sus listas, a sus humillaciones. Y estaba allí, ante mis ojos impotentes que se anegaron de lágrimas. Él no había, como yo, llevado cartas peligrosas, arrancado carteles o firmado denuncias. Y, sin embargo, había sido detenido e iba a morir. Así que las listas estaban completas. ¿Qué le había pasado? ¿Qué le reprochaban esos monstruos? En mi dolor, no me enteré en absoluto del contenido de la sentencia de muerte.

Después, los altavoces difundieron una vibrante música clásica mientras que los SS le desnudaban. Luego le colocaron violentamente en la cabeza un cubo de hojalata. Azuzaron hacia él a los feroces perros guardianes del campo, los pastores alemanes, que le mordieron primero en el bajo vientre y en los muslos antes de devorarle ante nuestros ojos. Sus gritos de dolor eran amplificados y distorsionados por el cubo dentro del que seguía su cabeza. Rígido pero vacilante, con los ojos desorbitados por tanto horror y las lágrimas corriendo por mis mejillas, rogué fervientemente que perdiese el conocimiento con rapidez. Desde entonces, me sucede con frecuencia que me despierto gritando por la noche.

Las vivencias de Pierre Seel son absolutamente estremecedoras, y lo fueron incluso más las que nos han llegado a través de las memorias de Heinz Heger y Rudolf Brazda. Pero, junto a los «varios miles» de homosexuales cuyas vidas acabaron en aquellos campos de concentración, junto a tantos millones de personas exterminadas de forma sistemática por su religión, su etnia o sus ideas, hemos de recordar también la discriminación que siguió persiguiendo a los homosexuales que sobrevivieron a la persecución del nazismo.

gedenktafel_rosa_winkel_nollendorfplatzEn la Francia de De Gaulle la homosexualidad siguió siendo considerada una conducta delictiva durante años, y fueron varios los casos de hombres gais que salieron del campo de concentración para ingresar en la prisión.

Del mismo modo, en la Inglaterra que abanderó la resistencia al nacionalsocialismo la persecución continuó durante décadas, y entre los 50.000 varones procesados por el mismo delito que años antes condenó a Oscar Wilde, la «indecencia grave», es posible destacar la figura de Alan Turing, cuyo trabajo resultó imprescindible para alcanzar la victoria durante la II Guerra Mundial pero que, en lugar de ser reconocido como un héroe, fue condenado a someterse una terapia que acabó provocando su suicidio.

El reconocimiento a las víctimas homosexuales del Holocausto tardaría años en llegar. Seel recuerda diferentes desplantes, insultos y otros incidentes de odio que se produjeron contra los homosexuales incluso en los actos en memoria de las víctimas, cuando ya estaba cercano a su final el siglo XX.

«¡Los maricones al horno! ¡Tenían que volver a abrir los hornos y meterlos dentro!», nos cuenta que se escuchó en Besançon, en 1989. Parece que era habitual que los ramos de flores en memoria de los homosexuales asesinados por el nazismo tuvieran que esperar a ser depositados hasta que finalizara el acto.

En Dachau una placa conmemorativa tuvo que esperar diez años dentro de una iglesia hasta que los homosexuales fueran reconocidos como víctimas y las autoridades que gestionaban el campo accedieran a trasladarla a las instalaciones.

De igual manera fue frecuente, y sigue siéndolo, que los varones que desearon a otros varones y fueron represaliados por ello no pudieran acceder al mismo reconocimiento, social, institucional y económico, de que disfrutaban otras víctimas.

Para compensar este imperdonable olvido poco a poco han ido levantándose monumentos memoriales en algunas ciudades europeas, y en 2002, por fin, el gobierno alemán anulaba las sentencias nazis contra los homosexuales, pero no todas las que siguieron produciéndose después.

Un largo y durísimo periodo de discriminación institucional comenzaba a cerrarse, y aunque triste y tardío ha de servirnos como ejemplo. Porque en España sigue sin reconocerse a las víctimas no heterosexuales que fueron perseguidas por normativas como la Ley de Vagos y Maleantes o la durísima Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social.

La Asociación de Ex-Presos Sociales sigue trabajando para que las lesbianas, gais, bisexuales y transexuales represaliados por la dictadura franquista sean debidamente reconocidas e indemnizadas. Empiezan a aparecer algunos monumentos, pero la ciudad de Madrid sigue sin reconocer a las víctimas de la homofobia, transfobia y bifobia a lo largo de la Historia, aunque han pasado ya dos años y medio desde que en el Pleno de su Ayuntamiento se aprobara, por iniciativa del Grupo Socialista, que debía levantarse un monumento memorial en la plaza de Pedro Zerolo.

Seel cierra sus memorias contádonos que, cuando estaba solo en casa, tenía la costumbre de encender una vela. «Esa llama frágil es mi recuerdo de Jo».

Hoy, en memoria de Seel, de Brazda, de Heger, de Jo, y de tantos y tantos otros que ya casi no podemos recordar, yo también encenderé una vela. Para que sus nombres no se borren de la Historia.

Si quieres saber más, y recordar mejor, puedes leer:

Heger, Heinz, Los hombres del triángulo rosa, Amaranto, 2002.

Seel, Pierre, Le Bitoux, Jean, Pierre Seel. Deportado homosexual, Bellaterra, 2001.

Schwab, Jean-Luc, Rudolf Brazda. Itinerario de un triángulo rosa: el último superviviente deportado por homosexual, Alianza, 2011.

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Martin Adolf Bormann: el ahijado de Hitler que se hizo sacerdote

Viernes, 1 de septiembre de 2017

hijos_560x280Tania Grasnianski desvela el destino de los “Hijos de nazis” (Esfera de los Libros)

Matthias Göring, sobrino nieto del lugarteniente del Führer, se convirtió al Judaísmo 

(Jesús Bastante).- Gudrun, Edda, Martin Adolf, Niklas, Matthias…. Hijos de Himmler, Göring, Hess, Frank, Bormann, Höss, Speer o Mengele, los responsables de los mayores crímenes de la Historia de la Humanidad. Sus padres y tíos hicieron el mal absoluto, y sus descendientes llevarán para siempre el estigma del Holocausto.

Son los Hijos de nazis, un brutal relato de Tania Grasnianski, publicado por La Esfera de los Libros. Entre los relatos, destacan dos: el de un sacerdote, y el de un converso al Judaísmo. Los hijos del horror, que encontraron en la fe una salida restaurativa.

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Adolf Hitler fue el padrino de Martin Adolf, el primogénito de Martin Bormann, el secretario particular del Führer y considerado su heredero. Su nombre marcó, para siempre, la vida del joven ahijado del mayor criminal de la Historia.

Pronto, el joven Martin Adolf fue enviado a un internado donde creció en el marco disciplinario estricto de una educación nacionalsocialista, marcando el definitivo distanciamiento con el resto de la familia. El final de la guerra le pilló con 15 años y se refugió en el anonimato, acogido por una familia católica y rural. No se sabe con seguridad si Bormann murió cerca del búnker de Hitler en Berlín, en 1945, como apuntarían unas pruebas de ADN.

martin-adolf-bormannMartin Adolf supo del Holocausto, y de la decisiva participación de su padre en la Solución Final al término de la guerra. “En momentos en que el tribunal de Núremberg condenaba a su padre a muerte in absentia, Martin Adolf encontró su salvación en Dios. Abrazó plenamente el cristianismo, al que su padre había combatido encarnizadamente. El joven intentó comprender la aversión de su padre por la Iglesia católica. Porque fue Martin Bormann quien instituyó medidas para restringir el poder de la Iglesia”, subraya Tania Crasnianski.

En 1947, el hijo de Bormann se bautizaba, y en 1958, tras estudiar con los jesuitas, se ordenaba sacerdote. “No odio a mi padre -confesó en su día-. Durante muchos años, aprendí a diferenciar entre mi padre como individuo y mi padre como político y oficial nazi”. En 1961, Martin Adolf partió como misionero católico al Congo. “Permaneció allí muchos años y vivió algunos hechos traumáticos. Fue torturado y sometido a simulacros de ejecución. No le tenía miedo a la muerte, pero la tortura lo hirió para siempre”, subraya la autora.

En 1971, sufrió un grave accidente de coche. “Cuando volvió en sí, junto a su cama había una mujer, una religiosa que lo cuidaba (…). Se enamoraron a primera vista. Ambos colgaron los hábitos y se casaron. Él continuó su trabajo teológico, que fue reconocido en toda Alemania durante el postconcilio. Preguntado en los años ochenta por el “muro de silencio” que hubieron de levantar los descendientes de los responsables de la masacre nazi, Martin Adolf Bormann reveló que yo tuve que guardar silencio, callarme, por miedo justificado o injustificado de ser descubierto y perseguido como hijo de mi padre, y de que me acusaran de todos los crímenes cometidos por el régimen nazi: crímenes que conocí después. Con mis padres, nunca tuve la oportunidad de hablar del pasado, y de la responsabilidad que ellos tuvieron en ese pasado”.

6979428-descendants-de-nazis-l-heritage-infernalMatthias Göring, sobrino nieto de Herman Göring, el jefe de la Luftwaffe y lugarteniente de Hitler, se convirtió al judaísmo. A los cuarenta años -destaca la autora- , decidió usar una kipá y una estrella de David, comer kósher y celebrar el Sabbat. “A comienzos del siglo XXI, tras la quiebra de su gabinete de fisioterapia, su esposa lo abandonó; desesperado, estuvo a punto de suicidarse (como su tío abuelo, condenado en Nüremberg por el Holocausto). Rezó para que Dios acudiera en su auxilio y creyó haber recibido señales que lo llevaban a Tierra Santa. Decidió ir a Israel e integrar la comunidad de las víctimas”.

“No me siento culpable”, afirma Matthias. Existe una culpa espiritual en nuestra familia, en la nación alemana, y es nuestra responsabilidad declararlo abiertamente. Creo que Dios ha tomado esta oportunidad de usar mi nombre para cambiar algunas cosas en el corazón de los otros”.

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Fuente Religión Digital

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“El Triángulo Rosa – Y la cura Nazi para la Homosexualidad”

Sábado, 11 de octubre de 2014

480x380-cine-21451-2014-10-7-12628“El Triángulo Rosa – Y la cura Nazi para la Homosexualidad” es un documental de Esteban Jasper y Nacho Steinberg que explora la historia de Carl Peter Vaernet, un exitoso médico danés quien durante la Segunda Guerra Mundial se afilia al partido Nazi. Con el tiempo convencería a sus superiores de la SS de poder desarrollar una cura para la homosexualidad, experimentando con prisioneros homosexuales del campo de concentración de Buchenwald. Al finalizar la guerra, Vaernet se escabulle encontrando refugio en Argentina, donde logra ser contratado por el Ministerio de Salud de la Nación.

El documental cuenta la historia de un investigador tras los pasos de Carl Peter Vaernet, médico danés ligado a las SS, quien durante la segunda guerra mundial experimentó con jóvenes homosexuales una supuesta cura para la homosexualidad. Al final de la guerra consigue negociar un salvoconducto y se refugia en Argentina, luego es contratado por el ministerio de salud de nuestro país. Ejerce la medicina en un consultorio privado hasta su muerte en 1965, siendo enterrado en el cementerio británico de la Chacharita.

Carl Peter Vaernet es el eje central para exponer los avatares de la homosexualidad a través del siglo XX, en Europa. Desde la libertad sexual en la Berlín de las primeras décadas, hasta la persecución y genocidio Nazi de los campos de concentración. El final de la guerra marca el nuevo destino de Carl Peter Vaernet: Buenos Aires, Argentina. Instala su clínica en el tradicional barrio de Palermo donde atendió innumerables “pacientes” homosexuales que fueron arrastrados por sus padres para ser tratados con su técnica de inyección de hormonas. A medida que avanza la historia el investigador reflexiona sobre la vida de Vaernet, tratando de entender su personalidad y las diversas poíticas y opiniones públicas sobre la homosexualidad que recorrieron los últimos 100 años.

El documental concluye con información impensada respecto al tratamiento que se le dio a la homosexualidad con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial en distintos ámbitos y con referencia directa a la histórica votación por la ley de Matrimonio Igualitario en Argentina.

No siempre las historias se buscan, muchas veces se encuentran. En este caso, la temática de la Segunda Guerra siempre me interesó. Nunca pude entender o tal vez aceptar semejante desastre, tanta imbecilidad humana puesta al servicio de las armas, la conquista y la locura hegemónica. Me dolieron los muertos, el genocidio, el sinsentido. Después de tratar el tema del Holocausto en una obra teatral que dirigí, un historiador amigo conmovido por la pieza me sugirió escribir una obra acerca de Carl Vaernet, un médico dinamarqués que se ocultó en Argentina en 1947 y que le propuso a Himmler la cura nazi para la homosexualidad. Historia reveladora, desconocida, oculta y que seguramente no trascendió porque gran parte del mundo compartió hasta hace muy poco la idea de que la homosexualidad es una enfermedad”, comentó el co-director Nacho Steinberg

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Disidentes sexuales en el franquismo: “duele que la iglesia vuelva al discurso de la enfermedad” .

Martes, 4 de marzo de 2014

Antonio-Gutierrez-Dorado-Sevilla-Serrano_EDIIMA20140228_0308_5Antonio Gutiérrez Dorado, frente a la antigua cárcel de Sevilla. / Foto: Luis Serrano.

Leemos en El Diario:

Arranca el proyecto de investigación La represión de la disidencia sexual en Andalucía durante el franquismo y la transición, coordinado desde la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.

La homosexualidad sufrió persecución política y social durante décadas e, incluso, la aplicación de supuestos criterios médicos para facilitar su cura.

Testimonios traen un contexto marcado por la moral impuesta desde la iglesia católica, teorías nazis y condenas a prisión, torturas, violaciones, prostitución, electroshock, lobotomías… con nombres propios como Vallejo-Nájera, López Ibor y Carrero Blanco.

Detenciones, torturas, condenas a prisión, violaciones, trabajos forzados… La homosexualidad sumida en la discriminación política y social impulsada por el Estado. La memoria histórica de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales (LGTB) tiene cicatrices que van de la violencia física al intento de cura de una supuesta enfermedad. Para recuperar la lucha y el padecimiento de la comunidad homosexual, arranca el proyecto de investigación La represión de la disidencia sexual en Andalucía durante el franquismo y la transición.

“A la mariquita se la detenía, se la humillaba, era un pogromo franquista”. Antonio Gutiérrez Dorado, vicepresidente de la asociación de Expresos Sociales, y José Antonio Campillo, presidente de la asociación Adriano Antinoo, aportan vivencias personales y el relato represivo. Historias de vida y entrevistas son la base de un estudio que coordinan los profesores de la Universidad Pablo de Olavide (UPO) de Sevilla María Marco y Rafael Cáceres y analizará documentación registrada en informes policiales, carcelarios y de centros psiquiátricos.

Ahí surgen, de manera recurrente, nombres asociados a siniestros estudios fundamentados en teorías médicas de carácter nazi: Juan José López Ibor y Antonio Vallejo-Nájera. Fundadores de la Sociedad Española de Psiquiatría, pretendían demostrar la degeneración de la “raza española” a resultas de la República y la tara mental que suponía el marxismo. Al más puro estilo de Heinrich Himmler y el nacionalsocialismo alemán.

“La normalización de la homosexualidad está lejos”

El proyecto, financiado por la dirección general de Memoria Democrática de la Consejería de Administración Local y Relaciones Institucionales de la Junta de Andalucía, cuenta con un equipo integrado por investigadores del ámbito de la psicología, la antropología, el trabajo social y la sociología de las universidades de Sevilla y Barcelona, además de la UPO. Colabora, además, el Grupo de Trabajo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía (RMHSA) de CGT.

Es, según María Marco, un estudio necesario que busca “voces para dignificar la memoria de quienes no están en muchos procesos de investigación ni de reparación”. Habrá, para ello, “revisión de los textos de López Ibor y Vallejo-Nájera y de todo lo que encontremos, que no será todo lo que debe haber”. Interesan, explica Rafael Cáceres de su parte, informes de “psiquiátricos o cuarteles, que eran lugares donde la virilidad se enfrentaba a comportamientos que se consideraban inmorales”. También el archivo de la cárcel de Huelva que, como la prisión de Badajoz (Extremadura), “se especializó en la recuperación de homosexuales”.

Presentacion-proyecto-Foto-Luis-Serrano_EDIIMA20140228_0309_6Presentación del proyecto. / Foto: Luis Serrano.

Un análisis, en suma, del contexto socio histórico de una represión –la ley de vagos y maleantes de 1933 fue modificada para incluir la homosexualidad en 1954 y se derogó en 1970– que continuó “tras la muerte de Franco”. “La normalización de la homosexualidad está muy lejos de llegar”, entiende Cáceres, que percibe una homofobia “fuertemente arraigada“. Aunque en 2014 se cumplen 35 años de la despenalización de la homosexualidad, como recuerda Gutiérrez Dorado, activista del movimiento LGTB desde los años 70 y que habla de la aplicación durante el franquismo de “una ideología justificadora del odio al homosexual” relacionada con el “control moral de la sociedad” impuesto por la iglesia.

“La iglesia católica tiene contraída una deuda con los colectivos homosexuales por su implicación directa en la represión”, por eso, prosigue, “nos duele que la iglesia vuelva ahora al discurso de la enfermedad”. La asociación de expresos no descarta, en este sentido, acudir “al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, como le estamos exponiendo al nuncio (representante del Vaticano en España)”, el italiano Renzo Fratini.

“La maricona mayor del reino”

Su testimonio trae escenas en que, “en los años 40 y 50, a los homosexuales se les rapaba, les daban aceite de ricino y los paseaban por el pueblo en carro”. No se detuvo ahí el castigo: “15 días de calabozo sólo por detenerte, condenas a trabajos forzados, torturas y violaciones en comisarías, terapias agresivas como electroshock, redes de prostitución, se hicieron lobotomías en Carabanchel…“. Relatos crudos y nombre propio de la ignominia a partir de los 60: Luis Carrero Blanco y la ley de Peligrosidad Social.

Usaban “conceptos seudocientíficos, nazis”. Clasificaban al homosexual en activos, pasivos, congénitos y no congénitos. Un peligro que no ha pasado. “Vemos el caso de Rusia, con ataques e incluso muertes, y cómo en Ucrania esto está pasando ahora también“. La homofobia no conoce fronteras, aunque en 2011 la Organización de las Naciones Unidas instó a la comunidad internacional a la despenalización de la homosexualidad y la Organización Mundial de la Salud la desclasificó como enfermedad en 1990.

Dice Dorado que España vive “una contrarreforma contra la libertad sexual” que casa luchas conjuntas: “la de LGTB y la de la mujer”. “Intentamos desmontar una sociedad patriarcal que quiere una mujer bajo el amparo del macho y que el homosexual vuelva al armario“. Es, en palabras de José Antonio Campillo, “la batalla por la igualdad y la no discriminación, por visualizar esta historia” y la “represión atroz” desde la infancia.

Narra Campillo cómo en su pueblo “había tres maricones oficiales, Manolito el del Carbón, un transexual que pintaba las fachadas con cal y una mujer que le decían Lola la Loca”. La exclusión social los marcó de por vida, una estigmatización que al propio presidente de Antinoo le llevó en un momento dado a buscar una solución: “Fui a ver a un cura que decían curaba con telepatía y le conté mi problema, que era un enfermo. Se levantó, me puso las manos en la cabeza, sudó, jadeó y al rato me dijo que me fuera, que ya estaba curado”. No fue así. Decidió proclamarse “la maricona mayor del reino” Juan Carlos de Borbón había sido coronado como rey de España. Poco después montó un bar de ambiente en la sevillana Alameda de Hércules que sufrió “denuncias y acoso de los fachas y de la policía“. Aún hoy sigue abierto.

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Recordatorio

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