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Un nuevo documental sobre García Lorca apunta a que su cuerpo estaría enterrado en la casa de la Huerta de San Vicente

Viernes, 19 de febrero de 2021

IMG_20160816_184013Un documental sonoro sobre la figura del poeta granadino Federico García Lorca apunta, en una de sus conclusiones, que el cuerpo del escritor fue enterrado y días después desenterrado por su familia, para que sus restos fueran trasladados a la casa de la Huerta de San Vicente. Se trata de ‘El enigma Lorca‘, un documental que culmina las investigaciones realizadas por Benjamín Amo, escritor y enamorado de la obra de Lorca desde hace 20 años.

Y es que, a pesar de que son muchas las teorías sobre el lugar dónde fue enterrado el cuerpo y el porqué nunca ha aparecido, “las evidencias testimoniales y documentales dejan claro que Federico fue ejecutado en un punto concreto”, afirma Amo, un lugar en el que nunca se ha hallado el cuerpo, quizá porque la investigación realizada por Ian Gibson “se ha adoptado como versión oficiosa de lo que sucedió”, pero el documental deja claro que al poeta granadino “lo enterraron y lo desenterraron días después”.

“¿Porqué sigue siendo esa la verdad oficiosa?”, se pregunta Amo. “No es comprensible que la propia familia del poeta, una familia poderosa en aquella Granada, lograra desenterrar el cuerpo del también asesinado Manuel Fernández Montesinos, marido de la hermana del poeta y alcalde de la ciudad, y no hiciera nada, en este caso, para recoger el cuerpo de Federico“, añade.

A lo largo del documental sonoro, se pueden descubrir las declaraciones de algunas de las personas que rodean en la actualidad a la familia Lorca, los testimonios de reputados expertos y los resultados de investigaciones arqueológicas y documentales: todo ello deja claro que en el punto exacto en el que enterraron a Federico hubo días después movimiento de tierras, un desenterramiento.

Fuente Público

General, Historia LGTBI, Homofobia/ Transfobia. , , , , , , ,

El ejemplo arrastra

Sábado, 24 de agosto de 2019

2FADE50D-11F7-4E1D-97AC-F19CE2B0E32CDel blog de Gabriel María Otalora Punto de Encuentro:

En esta ocasión, quiero traer a los lectores la actitud de Aita Patxi (Padre Francisco de la Pasión), el religioso pasionista que se desvivió por todos, primero con su gente en medio del avance de las tropas golpistas del general Mola y después en los batallones de castigo donde se jugó la vida ayudando a cuantos tenía a su alrededor, de un bando y otro, muchas veces siendo tratado como un animal por quienes decían pelear desde la “fe verdadera”. Y en medio de semejante zozobra, ocurrió un hecho no muy divulgado, con Aita Patxi como protagonista y que nos debiera centrar nuestra fe en lo esencial.

Ocurrió que un preso asturiano no católico se fugó del campo de trabajos forzosos franquista, pero fue detenido en una localidad vecina. Sin demasiados trámites, fue condenado a muerte. Estaba casado y tenía varios hijos. Enterado Aita Patxi como compañero de cautiverio que era, quiso librarle de la muerte; se dirigió al sargento encargado de su custodia y le pidió ser fusilado en su lugar. El militar acudió confundido a su comandante y se lo contó. Debió también impresionarse el comandante al oír a su sargento, pues, según cuenta el historiador y benedictino, Hilari Rager, el comandante le transmitió lo siguiente: “Por usted le perdonamos la vida al asturiano. No morirá”. 

Fue en el mes de julio de 1937, en San Pedro de Cardeña. Serían las 10 de la noche. Aita Patxi, conducido por cuatro soldados, armados con casco y bayoneta calada, vino a la enfermería a despedirse de sus compañeros de cautiverio: “Zeruarte! (“¡Hasta el cielo”!), les dijo. Y esto es lo que cuenta el propio comandante del centro de castigo burgalés: “cuando se fugó un prisionero, resulta que se me presenta el P. Francisco, también prisionero del mismo campo y, arrodillándose ante mí, me dice: señor comandante, quiero pedirle un favor, quiero que perdonen a Esteban Plágaro y me fusilen a mí. Yo quiero morir en su lugar, porque ese hombre tiene hijos y es pena que esos pobres niños se queden sin padre. No supe qué responder ante aquella petición tan extraña, prosigue el comandante. Después de reflexionar un rato, le dije: ya lo consultaré con la Junta de Guerra de Burgos y, si ellos están conformes, le concederemos la gracia. El religioso me dio las gracias y se alejó sonriente.”

Entonces se le ocurrió al comandante poner a prueba la sinceridad del religioso vasco: le llamó donde se iba a cumplir la sentencia, con el piquete que le iba a ejecutar. Allí se presentó él inmediatamente. “Padre Francisco, le dije, la Junta de Burgos ha aceptado que Vd. muera en lugar de Plágaro. Entonces él me dio las gracias y estuvo un ratito recogido, como en preparación para morir, y me contestó: ¡Ya estoy!”

“Se colocó enfrente del pelotón de soldados, que estaban preparados para cumplir la sentencia. Di al piquete orden de estar listos para disparar. Al P. Francisco se le veía sonriente y feliz para morir en lugar del condenado. Yo no pude contener la emoción y las lágrimas y le dije: Padre, ¡retírese!” Numerosas personas, testigos directos e indirectos del suceso, lo han relatado igual. El suceso impresionó mucho a cuantos lo presenciaron aunque el gesto heroico de Aita Patxi tuvo un triste final, pues el asturiano fue fusilado aquella madrugada…

Ante la orfandad actual de modelos éticos, que parece que no se llevan, la memoria histórica, además de dignificar a las víctimas, debe movernos como cristianos a bucear biografías y personas para quienes la convivencia no era un mero sentimiento, sino una acción. Este religioso pasionista nos demuestra hasta qué punto es importante recuperar ciertos testimonios, valorarlos y hacerlos nuestros con la vista puesta en lo esencial.

Hilari Rager resalta que la máxima muestra de la caridad de Aita Patxi al ser dos las ocasiones que se ofreció para reemplazar a quienes iban a ser fusilados, como hizo San Maximiliano Kolbe en un campo de concentración nazi unos cuantos años antes, siendo mucho más conocido.

Espiritualidad, Iglesia Católica , ,

80 aniversario del fusilamiento del sacerdote mallorquín Jerónimo Alomar Poquet (1894-1937) por el bando nacional

Jueves, 8 de junio de 2017

jeronimo-alomar_260x174En la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, recordamos a quienes fueron fieles en el cumplimiento del ministerio recibido. entregando su vida hasta la muerte… ¿Será beatificado?

“Murió gritando ‘Viva Cristo Rey’, como los sacerdotes que eran fusilados en el otro bando”

(Por Nicolás Pons, S.J.) – Todos sabemos que en la pasada -pero para muchos no lejana- guerra civil española de 1936-1939, la Iglesia jugó un papel no despreciable en favor de uno de los bandos del atroz conflicto que ensangrentó campos y poblaciones de nuestra patria.

Testigo de ello fue la carta que firmaron los obispos españoles en l937 a favor de los sublevados, y la persecución que sufrieron algunos obispos que no se mostraron tan afectos al nuevo Régimen, como el cardenal Francisco Vidal i Barraquer de Tarragona o el obispo Mateo Múgica de Vitoria. Por razón de creerlos independentistas, 16 curas vascos fueron fusilados por el ejército nacional. Ignoramos si, a lo largo y ancho del territorio español, cayó bajo el fuego de las balas de los insurrectos algún otro sacerdote.

Aquí queremos ocuparnos solamente del asesinato, a sangre fría y bajo el efecto de un juicio sumarísimo, del sacerdote diocesano Jerónimo Alomar Poquet (1894-1937), antiguo párroco de Son Carrió y Esporlas, y vicario, a la sazón, de su pueblo natal que era Llubí, población que encontramos en pleno centro de la isla de Mallorca. Poquet fue ordenado sacerdote el 22 de diciembre de 1917, hace ahora un siglo, y fue condiscípulo de estudios de un grupo de sacerdotes mallorquines que fueron de gran significación apostólica en los años que siguieron a la guerra, como el canónigo Andrés Caimari; Juan Nicolau, párroco de la Parroquia de Santa Eulalia de Palma; Jaime Sampol, Prefecto de Estudios del Seminario Conciliar; y los profesores de Alomar -más tarde obispos- Joan Perelló (obispo de Vic) y Bartolomé Pasqual (obispo de Menorca).

jeronimo-alomarComenzada la guerra civil española, un grupo escaso del clero mallorquín se mostró poco partidario de los militares sublevados, y esto inquietó a las nuevas fuerzas del llamado Movimiento Nacional en la isla de Mallorca. Al parecer, y después de algunas deliberaciones, se eligió del grupo a Jerónimo Alomar Poquet, que aunque era de familia distinguida en Mallorca, se creyó que su muerte no levantaría mucho revuelo entre el clero y la población.

Así fue que el obispo José Miralles (que anteriormente había sido obispo de Lérida y después lo fue de Barcelona) hizo la vista gorda al respecto, y el General Franco firmó el decreto de dar la pena capital a dicho sacerdote.

Mientras tanto, según creencia de algunos, el obispo Miralles tuvo sus remordimientos y, a las 5 de la mañana del 7 de junio de 1937 -fecha señalada para el fusilamiento de Poquet-, envió de prisa y corriendo a la Comandancia Militar a su secretario particular, el presbítero José Paylaró, a fin de que detuviese esa fatal orden. Pero, al llegar el mensajero, Poquet ya había caído de bruces al efecto de las balas, gritando “Viva Cristo Rey”, como hacían los sacerdotes que eran fusilados en el otro bando.

Los militares o falangistas, que habían señalado a Poquet como víctima escogida para purgar los pecados de todos, hicieron correr entre el pueblo el rumor de que él ayudaba a los rojos mallorquines a poder encontrar una salida segura para salvar su vida y pasar de esta manera a Menorca. Esa isla estaba en manos de los altos militares de Franco, pero sus sargentos arremetieron contra sus propios superiores de grado, y lograron así apoderarse ferozmente de Menorca.

La voz de que el vicario de Llubí había sido asesinado en los muros de la entrada del cementerio de Palma ante un pelotón de diez soldados (dos de los cuales conoció personalmente el autor de estas líneas) corrió como pólvora a través de toda Mallorca. Poquet era muy conocido en ella, pues con los años -llevaba veinte años de sacerdocio- había mostrado unas dotes magníficas para la predicación, y había recorrido pueblos y ciudades, subiendo a los púlpitos de casi todas las Parroquias de Mallorca, exhortando a los fieles a amar al mismo tiempo a Dios y a sus hijos, que eran hermanos nuestros.

El clero de Mallorca, tanto el diocesano como el regular, era a la sazón abundante y selecto, y en general, como en toda España, apoyaban a Franco. Curiosamente, entre los jesuitas de Palma, era entonces superior de Montesión el P. José Marzo, cuyo padre era general del ejército nacional, al igual que un hermano suyo. Fue muy cercano al obispo Miralles, pero radical y afecto a la sublevación militar, y acabó su vida en Zaragoza, saliendo de la Compañía de Jesús e incorporado al clero de su diócesis.

El inesperado asesinato del sacerdote Jerónimo Alomar Poquet fue una repentina bomba, echada a voleo entre el clero y el ambiente católico mallorquín.

Todos quedaron petrificados con la noticia que, por cierto, ocupó grandes espacios en los diarios isleños. Pero nadie movió un dedo ni abrió boca en defensa de quien tan repentinamente cayó en desgracia de los que habían asumido el poder en la isla. La muerte de Poquet más bien resultó decisiva para que cualquier movimiento opositor, que hubiera podido estar escondido en Mallorca, renunciara a levantar cabeza.

Acabó la guerra y el nombre del cura Poquet quedó sepultado bajo tierra al igual que sus restos mortales, como también su vida y su mensaje de paz, fraternidad y unión entre «buenos» y «malos».

No fue hasta haber terminado el siglo XX que, en el episcopado de Teodoro Úbeda y a instancias y escaramuzas de Jaume Santandreu, se determinó celebrar un funeral por todo lo alto en la Iglesia de los Capuchinos, convento que se había convertido en cárcel durante la guerra, y donde había sufrido encarcelamiento durante meses el mismo Poquet.

jLa misa fue muy concurrida, sobre todo por gente de izquierda. El obispo Úbeda pronunció en ella una sentida y hermosa homilía a favor del ajusticiado. También se leyó un comunicado del que fue su abogado defensor en el juicio, el prestigioso arquitecto de Palma Gabriel Alomar. Más tarde el autor de este artículo escribiría una biografía de Poquet, en la que su editor, Lleonard Muntaner, puso todo su tesón e interés.

Sé que en este octogésimo aniversario del fusilamiento de Jerónimo Alomar Poquet el pueblo de Llubí tiene muy abiertos los ojos: ya nadie es capaz de silenciar y obstaculizar la voz y andadura de ese famoso llubiner, silenciado tantos años por sus hermanos en Cristo pero que, al fin, todos ahora reconocen como un hombre de paz, de proximidad al perseguido, y de salvador del que temía el peor de los males, que -como siempre- es la muerte.

Hubo y hay monseñores en Roma que saben del fusilamiento de este sacerdote mallorquín, realizado por el bando nacional de Franco, y que se atreven a decir que Poquet no se puede considerar un mártir como los que hubo, en tan abundante número, en el bando contrario. Exponen que Poquet no puede ser considerado mártir de la Iglesia porque no le mataron debido a su fe, como pasaba en el otro bando -decían-.

Sin embargo, nosotros defendemos que Alomar Poquet fue fusilado ignominiosamente debido a la caridad que su fe infiltró en su alma y que, por esa caridad que le provocó su fe, pudo llevar a término su gran proeza de dar su vida por el prójimo. ¿Acaso no hubo santos como el P. Damián (el leproso de la isla de Molokai), y tantos otros, que dieron su vida porque su fe viva les empujó a la caridad hacia el prójimo, convirtiendo su vida en un amor intenso hacia el que se encontraba abandonado o a punto de morir?

Fuente Religión Digital

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“Estos días azules y este sol de la infancia”

Martes, 8 de septiembre de 2015

refugiados-navarra--644x362Aunque nunca ha llegado a ser uno de mis poetas favoritos y considero que, como sucede con Miguel Hernández, la visibilidad que dieron a sus obras sendos discos de Joan Manuel Serrat ha propiciado el desconocimiento de escritores contemporáneos de mayor calidad como Luis Cernuda, no dejo de pensar en ese último verso escrito por Antonio Machado en sus últimos días.

Puede que, cansado después de atravesar a pie la frontera junto a su madre anciana, el poeta se detuviera un momento en Colliure para disfrutar de un cielo especialmente azul, a pesar del frío del comienzo del año, y que ese sol que calentaba levemente su piel le recordara el sol sevillano de “un huerto claro donde madura el limonero”, y comparase la inocente felicidad de aquellos años y la que era su situación de refugiado en Francia casi al término de la Guerra de España.

Y esta semana, mientras recibimos de manera incesante noticias de los refugiados de Siria, una sola fotografía da la vuelta al mundo exhibiendo, de manera tan impúdica pero quizá necesaria para revolver conciencias, un niño echado boca abajo, muerto en una playa de Turquía. Sus días ya no serán azules, ni quedará sol alguno para su infancia.

Un niño echado boca abajo, muerto en una playa de Turquía. Sus días ya no serán azules, ni quedará sol alguno para su infancia.

Hace unos días leí un librito de Chamamanda Ngozi Adichie, Todos deberíamos ser feministas, y en él, como dice incansablemente el Feminismo, denunciaba su autora esa pregunta clásica de por qué es preciso hablar como mujer y no como ser humano cuando reivindicamos Derechos Humanos. Idéntica cuestión se nos presenta cuando hablamos como lesbianas, gais, transexuales y bisexuales y utilizamos estas voces nuestras para insistir en la especificidad de nuestras vivencias, que añaden un matiz de diversidad a otras vivencias generales y precisamente por ello deben ser narradas.

Pero ¿cómo reivindicar lo específico cuando la tragedia es general y una imagen nos recuerda que los niños están muriendo independientemente de la que vaya a ser su orientación sexual o su identidad de género?

Es posible responder cantando: a partir de un poema de James Oppenheim nació Bread and roses, que acompañó a las mujeres obreras del sector textil en Lawrence, Massachussetts, durante la “huelga de pan y rosas” de 1912, con que reivindicaban sus derechos como trabajadoras además de hacerlo como mujeres. Ahora que ya somos tantas personas pidiendo el pan para los refugiados, sean nuestras voces diversas las que además pidan las rosas. Nuestra obligación debiera ser demandar los Derechos Humanos en general como seres humanos que somos, y exigir de manera específica la debida atención a nuestros derechos igualmente humanos como las personas lesbianas, gais, transexuales y bisexuales que también somos de manera inseparable.

Que España acoja a cuantos refugiados y refugiadas sea necesario, y que no se olvide ni en éstos ni en otros muchos casos de que hay cientos de miles de personas en el mundo pidiendo asilo para mejorar su situación respecto a la que viven en sus países de origen precisamente por ser como nosotros somos. Reivindicar también los días azules, el sol de la infancia; reivindicar también las rosas. Aunque ya sólo sirvan para adornar la tumba de un niño.

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William Aalto, un héroe marginado por su homosexualidad

Viernes, 6 de junio de 2014

william_aaltoUn interesante personaje, un libro ameno y erudito que he leído y recomiendo. Ya habíamos hablado de Bill Aalto pero el post se perdió tras el último incidente de la web. Por so, agradecemos este artículo nuevo que nos acerca a una vida singular.

“Se trata de un hombre homosexual al que no dejan ser héroe de su tiempo por esa condición”, explica Martínez Reverte.

Liberó a 300 soldados republicanos apresados en Carchuna (Granada).

María José Barco. 01 Junio 2014

Las contiendas mundiales han dejado en el olvido a protagonistas sin nombres. Ese es el caso de William Aalto, un norteamericano que luchó por sus ideales, y cuya vida queda recogida en el libro Guerreros y traidores, de Jorge Martínez Reverte.

Fue definido como “maricón” por sus compañeros de las Brigadas Internacionales y los miembros del Partido Comunista Americano; considerado un héroe para quienes conocieron sus hazañas; un borracho violento para quienes lo vieron agonizando al final de su vida en un hospital de la beneficencia en su país natal.

Bill Aalto era hijo de finlandeses, nacido en el Bronx y forjado en las luchas obreras de Nueva York producidas tras el Crack del 29. Su experiencia juvenil, le llevó a formar parte de las Brigadas Internacionales de Estados Unidos, que tenían como propósito apoyar la lucha republicana. Con apenas 21 años de edad fue enviado a España para ayudar al bando republicano contra el levantamiento de los rebeldes. Como integrante del Batallón Lincoln, y ya ascendido a teniente, logró salvar a 300 soldados apresados en el fuerte de Carchuna (Granada).

Sin embargo, el libro de Jorge M. Reverte comienza por el final de la vida de este héroe marginado. En sus primeras palabras el escritor narra el estado lamentable de Aalto, quien al final de sus días solía encontrarse en estado de embriaguez y estaba enfermo de leucemia.

A su regreso a Estados Unidos, Aalto se apuntó a las OSS, bajo las órdenes de William Donovan, para luchar contra el fascismo y los nazis. Sus camaradas comunistas Milton Wolff e Irving Goff, íntimo amigo de Aalto, usaron su homosexualidad para provocar su expulsión del partido comunista. Convertido en un perseguido y apresado por el FBI, Aalto es torturado. Aun así, no dio ningún nombre, ni si quiera el de aquellos que lo traicionaron. Esto le llevó a permanecer solo y marginado los últimos años de su vida.

El libro se caracteriza por un periodismo riguroso, ya que en palabras del propio autor  “Cuando uno consigue un personaje así, es más interesante usar la no ficción”, a la vez que explica que descubrió a Aalto de casualidad, mientras realizaba un trabajo sobre la Guerra Civil. “Se trata de un hombre homosexual al que no dejan ser héroe de su tiempo por esa condición”, explica Martínez Reverte.

Guerreros y traidores es el resultado de la unión de dos formatos literarios, por un lado el biográfico, y por otro el reportaje periodístico. En este plano podemos encontrar por ejemplo, un notable apoyo de imágenes conmovedoras, como la del grupo de jóvenes norteamericanos que caminan disfrazados de franceses a través de los Pirineos para alcanzar pueblos perdidos, donde los niños les regalan naranja, fruto que ellos desconocían hasta entonces.

Además, esta obra también refleja la importancia que tuvieron los corresponsales extranjeros y escritores, tales como Ernest Hemingway, que dieron voz a un conflicto bélico que poco importaba en el mundo anglosajón.

Premio Terenci Moix al mejor ensayo en 2006 por su obra La caída de Cataluña, Martínez Reverte espera que este personaje que él mismo define como “salvaje y encantador”, despierte el interés de los lectores.

Fuente Cáscara amarga

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Otra Iglesia. Clero disidente durante la Segunda República y la guerra civil

Martes, 3 de junio de 2014

OtraIglesiaEl historiador coordina “Otra Iglesia. Clero disidente durante la Segunda República y la Guerra Civil”

Feliciano Montero: “Hay mártires en los dos bandos, también entre los curas de izquierdas”

“No se trataba de una cruzada religiosa, la guerra no podía justificarse religiosamente”

El canónigo que eligió al pueblo frente a Franco

(Jesús Bastante).- Feliciano Montero es uno de los compiladores de Otra Iglesia. Clero disidente durante la Segunda República y la Guerra Civil, una obra publicada por la editorial Trea. El libro narra las vidas de aquellos curas disidentes o militantes de izquierdas que, según Feliciano, “también son santos” (en el sentido laico de la palabra) puesto que en muchos casos ejercieron actos heroicos como salvar la vida de personas de derechas.

Hay mártires en los dos bandos, también en el bloque de los curas de izquierdas, afirma Montero, lamentando que las historias de estos sacerdotes hayan sido en su mayoría olvidadas. “Los únicos que nunca perdieron la memoria de lo que habían sido durante la guerra y la República fueron los curas vascos”, opina el compilador del libro.

Como historiador, Feliciano es consciente de que “la historia de la República y de la Guerra Civil no pondera demasiado las posiciones de centro”. Y esto se debe, a su parecer, a que “la guerra elimina los matices, hay que definirse en blanco o negro”.

 El libro trata un tema polémico, controvertido y poco conocido. ¿Por qué hablar de “otra Iglesia”?

Porque los curas biografiados en el libro tienen ciertamente una trayectoria diferente a la que fue la posición mayoritaria, y la más conocida y reconocida en la historia de la Iglesia española.

¿Existen características comunes para poder definir a esos curas?

Fundamentalmente son clérigos que entran en un proceso de conversión hacia valores democráticos y republicanos, a través del compromiso social o de ciertos contactos del mundo exterior a la Iglesia católica. Son personas que van convirtiéndose a esos valores, lo que hace que, cuando llega la República, se encuentran a gusto. De una manera bastante natural. Y después, ante la situación dramática y crítica de la Guerra Civil, según dónde les pilla, asumen posiciones heterodoxas para lo que era la posición dominante en la Iglesia.

¿Fue compatible en esos casos la identificación de los valores republicanos o de izquierdas y la pertenencia a la Iglesia?

 Era peligroso, pero desde luego sí era compatible. Más allá de las biografías más excepcionales de estos curas, durante la República la mayor parte de la población creo que fue sinceramente católica pero a la vez aceptó la República. En algunos casos de manera accidentalista o posibilista, como “mal menor” según la teoría de León XIII. Pero en otros casos, aunque fuera un sector minoritario, se aceptó con más convicción. Aunque ciertamente al estallar la guerra la cosa se complicó mucho más. La compatibilidad se hizo muy difícil, prácticamente imposible.

¿Se sintieron esos curas abandonados por su Iglesia, por su jerarquía?

Sí. La guerra supuso una ruptura para toda la sociedad española. Creo que la historia de la República y de la Guerra Civil a veces no pondera demasiado las posiciones de centro. Es decir, los matices. La guerra elimina los matices, hay que definirse en blanco o negro. De ahí que todos los que estuvieran en una posición matizada eligieron el exilio para simplemente desaparecer. En el caso de los curas también. Muchos de ellos fueron también perseguidos y suspendidos de su cargo, aunque algunos de ellos lograron posteriormente rehabilitarse.

¿Fueron los obispos mediadores en el conflicto, o se comportaron de manera opuesta? Sabemos que en el 37 declararon el alzamiento como una gran cruzada. ¿Hubo posturas diferentes por parte de algunos obispos o sacerdotes concretos?

Justamente los sacerdotes que aparecen en el libro son el testimonio de aquellos que fueron enemigos del golpe de Estado de Franco. Hubo curas muy conocidos que asumieron una tarea de propaganda en defensa de la República en medios católicos extranjeros, criticando la legitimidad religiosa de la guerra. De modo que estuvieron claramente enfrentados con la pastoral colectiva en esa guerra de propaganda.

Guerras de propaganda hay en todas las guerras, pero en el caso de España lo que se discutía era el carácter religioso o no de la Guerra Civil.

¿Cree que tenia un carácter religioso la Guerra Civil?

Creo que en parte sí. Pienso que con la distancia histórica que tenemos hoy, y desde una mentalidad post-conciliar con la que me identifico, es muy fácil desmontar eso. Pero creo que hay que colocarse en el contexto de la época y escuchar los testimonios de la gente que vivió aquello de cerca, sus autopercepciones. Una cosa es que Franco y los militares utilizaran el elemento religioso, sobre todo cuando le guerra se consolidó, para favorecer claramente su posición (y en esta operación entraron los obispos, que se dejaron utilizar por el régimen, o se utilizaron recíprocamente); y otra cosa es que efectivamente los fieles, los católicos, vivieran la experiencia de la guerra con carácter religioso. Y yo creo que para bastantes de los que participaron en la guerra, fue así. Y no cabe que nosotros desautoricemos sus percepciones. ¿Quiénes somos nosotros para desautorizar a quienes vivieron situaciones tan dramáticas, en las que les iba la vida? Tenían sus condicionamientos, como tenemos nosotros los nuestros. Pero precisamente el trabajo del historiador es tratar de comprender el contexto de la época, intentar situarse en él. Desautorizarlo o descalificarlo desde parámetros posteriores no tiene mucho sentido. Aunque se tenga que reconocer, por supuesto, que hubo una manipulación y una utilización de ese carácter religioso, y que se trató de transmitir al catolicismo internacional (no sólo español) que había un respaldo de la Iglesia hacia un determinado bando, a pesar de que medios franceses y belgas habían publicado que no. Que no se trataba de una cruzada religiosa, y que la guerra no podía justificarse religiosamente.

Como historiador, ¿cómo ves los procesos de beatificación de los mártires de la Guerra Civil?

Hay que reconocer que es llamativa la evolución de la política de la Iglesia al respecto. Hay un momento, en torno al 63 o 64, en que Pablo VI decidió que se paraban esos procesos, y se paralizaron los que habían empezado inmediatamente después de la guerra. El importantísimo libro de Antonio Montero sobre la persecución religiosa está hecho en buena medida sobre la base de los estudios previos sobre esos procesos, que estaban demasiado recientes. Leer más…

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