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«El evangelio para la comunidad LGTB», por Carlos Osma

lunes, 8 de septiembre de 2014
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cruzLeído en Homoprotestantes:

Y les dijo: Id y predicad el evangelio a toda criatura 

 Muchas personas LGTB que han salido del armario dejaron allí, en el armario, eso que conocían como evangelio. La buena noticia que el cristianismo venía a darles se traducía en abusos en su niñez, desprecios y humillaciones por su manera de comportarse, terapias reparativas, condenas, pérdida del entorno familiar, oposición a sus derechos básicos, culpabilización, exclusión de las comunidades… y podríamos seguir, y seguir añadiendo experiencias terribles que tuvieron su origen en el evangelio que se les anunciaba.

 La salida del armario ha sido para ellas lo más parecido a la propuesta que Jesús hizo al religioso Nicodemo, pero que este no quiso aceptar: “nacer de nuevo”. De lo que significa el doloroso paso de nacer de nuevo para ver y vivir en un mundo que te hace más feliz, saben mucho las personas LGTB. Y esa nueva vida ya no quiere tener nada que ver con la anterior, ni siquiera para pararse un momento como la mujer de Lot para echar la mirada atrás y ver su Sodoma en llamas. No vaya a ser que mirando desde lejos la ciudad que creó la religión para que vivieran humillados, vuelvan a convertirse en una estatua de sal incapaz de moverse para seguir al ángel que les lleva de la mano a un lugar seguro.

 No vamos a caer en el reduccionismo que algunos proponen cuando dicen que la comunidad LGTB sólo ofrece a sus miembros sexo, relaciones superficiales y una vida insatisfactoria, mientras que el cristianismo ofrece una vida con sentido. Decir eso en otros contextos puede levantar aplausos, pero dentro del colectivo LGTB sólo muestra una gran ignorancia. Sería imposible que el colectivo LGTB hubiera podido lograr muchas de sus reivindicaciones sin un compromiso claro y profundo por la justicia. Durante años ha existido una red de apoyo entre personas que sabían lo que significaba quedarse sin nada tras salir del armario, y ese quedarse sin nada podía ser sin familia, sin trabajo, sin dinero… En muchos momentos las personas LGTB han acompañado hasta la muerte a personas que las comunidades cristianas trataban como apestadas. La comunidad LGTB ha demostrado una capacidad de empatía y de trabajo por dar dignidad y felicidad a tantas personas, que es estúpido llegar ahora para poner al cristianismo como ejemplo de algo. ¿Qué significa entonces predicar la buena noticia dentro de nuestro colectivo?¿deberíamos hacerlo? Y si es así, ¿cómo?.

 Sobre si deberíamos anunciar el evangelio, la buena noticia, el mensaje liberador de Jesús, creo que no hay duda. Deberíamos estar avergonzados por como se ha venido llevando hasta ahora con las personas LGTB, pero la transmisión del evangelio es algo inherente al hecho de ser cristianos. No existe eso del cristianismo para la intimidad… el cristianismo es una propuesta de liberación que no va dirigida únicamente a uno mismo sino también a nuestro entorno. Si de verdad somos seguidores de Jesús, si de verdad nos hemos puesto en camino hacia el Reino que él anunciaba, debemos compartir las Buenas Noticias con las personas que tenemos más cerca, con las personas que, como nosotros, creen que es necesario seguir construyendo un mundo más justo. Un mundo que para cristianos y cristianas anticipa aquel que anhelamos y en el que todas y todos viviremos en paz y alcanzaremos la plenitud junto a Aquel que lo es todo en todas y todos.

 Predicar el evangelio a las personas LGTB no es proponerles una ideología determinada que sea atractiva, tampoco llamarles al arrepentimiento de lo que nosotras y nosotros consideramos inaceptable bajo nuestra moral particular. No deberíamos confundir nuestra visión del evangelio con el evangelio mismo. Para sacar del armario al Jesús que muchos y muchas dejaron atrás en su búsqueda de liberación, deberíamos dejarle expresarse tal y como es, y si tiene la misma fuerza que hace dos mil años, transformará a las personas. Por eso creo que debemos acercar el mensaje de Jesús a las personas LGTB, y que sean sus palabras, leídas en una Biblia o en la vida de cristianos y cristianas comprometidas con el evangelio, las que permitan valorar a quienes un día dejaron todo para tener una vida más digna y plena, si el seguimiento de Jesús, si el evangelio, les permite seguir liberándose de tantas y tantas opresiones que todas y todos llevamos dentro. No somos nosotros ni nosotras quienes debemos convencer, es el evangelio mismo quien debe y puede hacerlo.

 Nosotros no somos el evangelio, en eso se equivocan tantos y tantos fundamentalistas que se autoerigen en los defensores de un evangelio que identifican con su manera de entender el mundo. Las cristianas y cristianos somos transmisores imperfectos del evangelio con nuestra vida y con nuestras palabras. Y esa transmisión hacia las personas LGTB debería ser hecha desde la humildad de quienes saben por experiencia, que estas personas han sido injusta y atrozmente tratadas por el cristianismo. Además, se debería poner en valor la labor que han realizado y la presencia de Dios en su manera de apoyarse y sostenerse unas a otros cuando no había nadie que quería hacerlo. Y en ese ponerse al lado o detrás, y no delante o arriba, es como podemos liberar al evangelio de ese aire opresivo hacia las personas LGTB que lo ha envuelto durante tantos y tantos siglos.

 El evangelio de Jesús transforma a los seres humanos y ayuda a construir un mundo mejor. Es difícil decir eso cuando muchas personas han experimentado lo contrario, pero por muy difícil que sea debemos seguir anunciándolo con humildad pero con determinación. La salida del armario, la liberación que eso supuso, es sólo una muestra, un avance de la liberación total a la que nos invita el evangelio. Una liberación que no sólo es individual, sino que algún día transformará el mundo entero. Las personas LGTB tienen mucho que aportar al evangelio con sus experiencias, pero también el evangelio puede seguir aportándoles a ellas. Si pensamos que es así, no podemos más que anunciarlo, con humildad pero con determinación.

 Carlos Osma

[1] Mr 16,15

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, Iglesia Inclusiva , , , , ,

«Está entre nosotros». 7 de septiembre de 2014. 23 Tiempo ordinario (Mateo 18, 15-20)

domingo, 7 de septiembre de 2014
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46-OrdinarioA23Aunque las palabras de Jesús, recogidas por Mateo, son de gran importancia para la vida de las comunidades cristianas, pocas veces atraen la atención de comentaristas y predicadores. Esta es la promesa de Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Jesús no está pensando en celebraciones masivas como las de la Plaza de San Pedro en Roma. Aunque solo sean dos o tres, allí está él en medio de ellos. No es necesario que esté presente la jerarquía; no hace falta que sean muchos los reunidos.

Lo importante es que “estén reunidos”, no dispersos, ni enfrentados: que no vivan descalificándose unos a otros. Lo decisivo es que se reúnan “en su nombre”: que escuchen su llamada, que vivan identificados con su proyecto del reino de Dios. Que Jesús sea el centro de su pequeño grupo.

Esta presencia viva y real de Jesús es la que ha de animar, guiar y sostener a las pequeñas comunidades de sus seguidores. Es Jesús quien ha de alentar su oración, sus celebraciones, proyectos y actividades. Esta presencia es el “secreto” de toda comunidad cristiana viva.

Los cristianos no podemos reunirnos hoy en nuestros grupos y comunidades de cualquier manera: por costumbre, por inercia o para cumplir unas obligaciones religiosas. Seremos muchos o, tal vez, pocos. Pero lo importante es que nos reunamos en su nombre, atraídos por su persona y por su proyecto de hacer un mundo más humano.

Hemos de reavivar la conciencia de que somos comunidades de Jesús. Nos reunimos para escuchar su Evangelio, para mantener vivo su recuerdo, para contagiarnos de su Espíritu, para acoger en nosotros su alegría y su paz, para anunciar su Buena Noticia.

El futuro de la fe cristiana dependerá en buena parte de lo que hagamos los cristianos en nuestras comunidades concretas las próximas décadas. No basta lo que pueda hacer el Papa Francisco en el Vaticano. No podemos tampoco poner nuestra esperanza en el puñado de sacerdotes que puedan ordenarse los próximos años. Nuestra única esperanza es Jesucristo.

Somos nosotros los que hemos de centrar nuestras comunidades cristianas en la persona de Jesús como la única fuerza capaz de regenerar nuestra fe gastada y rutinaria. El único capaz de atraer a los hombres y mujeres de hoy. El único capaz de engendrar una fe nueva en estos tiempos de incredulidad. La renovación de las instancias centrales de la Iglesia es urgente. Los decretos de reformas, necesarios. Pero nada tan decisivo como el volver con radicalidad a Jesucristo.

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«Si te hace caso, has salvado a tu hermano». Domingo 7 de septiembre de 2014. 23º domingo de tiempo ordinario

domingo, 7 de septiembre de 2014
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forgivenessLeído en Koinonia:

Ezequiel 33,7-9: Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre
Salmo responsorial: 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»
Romanos 13,8-10: Amar es cumplir la ley entera
Mateo 18,15-20: Si te hace caso, has salvado a tu hermano

La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre nuestra corresponsabilidad comunitaria. La fe, o más ampliamente dicho, nuestra vida espiritual, es un asunto personal, una responsabilidad absolutamente intransferible, pero como humanos que somos –seres simbióticos al fin y al cabo– la vivimos en el seno de una comunidad. Por eso, también, todos somos de alguna manera responsables de la vida de cada hermano.

Ezequiel es profeta del tiempo del exilio. Se presenta como el vigilante de su pueblo. Otros profetas han utilizado también esta imagen para caracterizar su misión. La actitud vigilante es un rasgo de los profetas. Estar atento a lo que pasa, para alertar y prevenir al pueblo. Y estar siempre atento también a escuchar la Palabra de Dios. Leer los acontecimientos de la historia y interpretarlos a la luz de la Palabra de Dios. El vigilante, celador, velador, centinela o como se le llame en nuestro medio, está pendiente de los peligros que acechan al pueblo. Por eso, el profeta es responsable directo de lo que le pueda pasar. El profeta tiene la misión de abrir los ojos del pueblo. Pero también el pueblo puede aceptar o rechazar esa interpelación profética. Lo que no está bien es pasar por alto y no darse cuenta del peligro.

Pablo en la carta a los romanos invita a los creyentes que edifiquen su vida sobre la base del amor para que puedan responder a los desafíos del momento histórico que a cada creyente y a cada comunidad le toca vivir. El amor es resumen, síntesis vital, compendio de todo tipo de precepto de orden religioso. Así, Pablo entra en perfecta sintonía con la propuesta evangélica. Ciertamente, no es un rechazo rotundo de la ley. Pero el amor supera la fuerza de la ley. Quien ama auténticamente no quiere hacer daño a nadie; por el contrario, siempre buscará la forma de ayudarle a crecer como persona y como creyente. La conversión, la metanoia, es cambio rotundo de mente y corazón. Quién se convierte asume el amor como única “norma” de vida. El amor se traduce en actitudes y compromisos muy concretos: servicio, respeto, perdón, reconciliación, tolerancia, comprensión, verdad, paz, justicia y solidaridad fraterna.

El evangelio de Mateo nos presenta el pasaje que se ha denominado comúnmente la corrección fraterna. El texto revela los conflictos internos que vivía la comunidad mateana. Nos encontramos, entonces, ante una página de carácter catequético que pretende enfrentar y resolver el problema de los conflictos comunitarios. El pecado no es solamente de orden individual o moral. Aquí se trata de faltas graves en contra de la comunidad. El evangelista pretende señalar dos cosas importantes: no se trata de caer en un laxismo total que conduzca al caos comunitario. Pero tampoco se trata de un rigorismo tal que nadie pueda fallar o equivocarse. El evangelista coloca el término medio. Se trata de resolver los asuntos complicados en las relaciones interpersonales siguiendo la pedagogía de Jesús. No es un proceso jurídico lo que aquí se señala. El evangelista quiere dejar en claro que se trata ante todo de salvar al trasgresor, de no condenarlo ni expulsarlo de entrada. Es un proceso pedagógico que intenta por todos medios salvar a la persona. Ahora bien, si la persona se resiste, no acepta la invitación, no da signos de arrepentimiento… entonces sí la comunidad se ve obligada a expulsarse de su seno. Al no aceptar la oferta de perdón la persona misma se excluye de la comunión.

Nuestro compromiso como creyentes es luchar por la verdad. Nuestras familias y comunidades cristianas deben ser, ante todo, lugares de reconciliación y de verdad. Exigir respeto por las personas que se equivocan pero que quieren rectificar su error es imperativo evangélico. Tampoco se trata de caer en actitudes laxistas o que respalden la impunidad. Pero ante todo, el compromiso con la justicia, la verdad y la reconciliación es una actitud profética.

¿Cómo vivimos los valores de la verdad, la justicia, la reparación y la reconciliación al interior de nuestras comunidades? ¿Qué actitud asumimos frente a los medios de comunicación que manipulan y tergiversan la verdad? ¿Nos sentimos corresponsables de la suerte de nuestros hermanos?

El evangelio de hoy habla también de la comunidad como sujeto de perdón: «Todo lo que aten ustedes en la tierra será atado en el cielo…». Puede ser una oportunidad interesante para hablar tanto de la grave crisis que atraviesa este sacramento en la práctica más extendida en la Iglesia, como de la posibilidad y legitimidad de la reconciliación comunitaria. Véase al respecto el libro de Domiciano Fernández que comentamos más abajo.

El evangelio de hoy no está dramatizado en la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL. Puede irse a la página de la serie (www.untaljesus.net) y escoger algún capítulo oportuno. Leer más…

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Dom 7. 9. 12. Reunidos en mi Nombre… Quién es Iglesia, quién «manda»…Quién y qué es Iglesia (Mt 18)

domingo, 7 de septiembre de 2014
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46ordinarioB17Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 22, tiempo ordinario, ciclo A: Mt 18, 15-20. Nos ha “sorprendido” estos días (en España) el cese de Rouco y el ascenso o “traspaso” de Osoro y Cañizares, en las listas de la jerarquía católica… como si fueran fichajes y bajas de un fútbol millonario.

Pero, bien mirados, esos cambios deberían pasar inadvertidos, pues lo que en importa en la Iglesia no son los monseñores y cardenales/obispos, sino las comunidades reunidas y organizadas en nombre de Jesús.

Así lo ratifica este evangelio sorprendente, por encima de todo Derecho legal y Jerarquía. Éstos son sus rasgos principales, que quiero desarrollar en lo que sigue:

a. Cada comunidad cristiana es Iglesia uniéndose en nombre de Cristo, orando a Dios Padre y resolviendo sus propios problemas, en diálogo en el que todos participan (sin duda, en comunión con otras iglesias). Hay posiblemente presbíteros y obispos (es decir, representantes y supervisores), pero los asuntos de la comunidad los resuelve toda la comunidad, de manera que obispos y presbíteros son de algún modo invisibles.

b. Todas las comunidades se vinculan, porque las une el mismo Cristo y porque en ellas se invoca al mismo Dios; pero cada una tiene su propia vida, su propia “marcha” de evangelio, apareciendo así como espacio mesiánico de amor mutuo y de esperanza mesiánica. Se trata (por todo lo que sabemos) de comunidades pequeñas (de unos cincuenta miembros cada una), donde todos se comunican entre sí.

c. Cada Iglesia es responsable de su propio camino de oración, comunión y decisión, con sus propias instituciones; ni el amor, ni la toma de conciencia de «estar en Cristo», ni la solución de los posibles problemas pueden delegarse en otra comunidad más alta (o en personas especiales, como son los obispos o papas), aunque todas las comunidades son solidarias y se unen entre sí por el mismo Cristo. El amor de Jesús y la comunión de los creyentes no se puede delegar, pues si hiciere dejaría de ser amor cristiano, comunión evangélica.

d. Esta forma de entender las iglesias concretas y la comunión de todas ha sido formulada por Mateo, pero responde igualmente a la teología y experiencia del conjunto de las comunidades del NT (las de Pablo y Marcos, las de Juan y Lucas, las de Santiago y Hebreos…). Las variantes entre las comunidades son muchas, pero todas concuerdan en lo esencial (la comunión en Cristo).

Buen día a todos, buen domingo.

Texto. Mt 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

1. Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano.

2. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

3. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Tres son, pues, los “problemas”. (a) El primero es “quién es iglesia”: los límites de la comunidad. (b) El segundo es la autoridad: Quién decide… (c) El tercero es la oración, es decir, la vinculación con Dios (lo que hoy llamaríamos dirección de la eucaristía y de los sacramentos)

1. MT 18, 15-17. ¿QUIÉN ES IGLESIA? LOS LÍMITES DE LA COMUNIDAD

Este pasaje refleja el comportamiento de la iglesia ante un miembro que peca y define en el fondo la pertenencia a la Iglesia:

Principios:

a. Ciertamente, hay otros signos de pertenencia eclesial: Fe en Dios, fe en Jesús, un tipo de posible liturgia grupal… Pero el texto sé fija en aquellos que “no pecan entre sí” (unos contra otros). Iglesia son según eso aquellos que viven en armonía mutua.

b. El evangelio de Mateo supone quizá que hay otros pecados…, pero aquí sólo se fije en el pecado contra el prójimo: el pecado “contra ti”, es decir, contra un hermano de la comunidad.

c. En este mismo cap. 18, Mateo hable de perdonar siempre (setenta veces siempre), pero el perdón eclesial (¡para formar parte de la Iglesia!) implica corrección fraterna y conversión. Quien no se “convierte”, quien sigue pecando contra un hermano, no forma parte de la Iglesia.

El tema y método de esta “praxis jurídica” seguido se parece al de otros grupos judíos del tiempo, por ejemplo el de Qumrán. Pero quien decide en Qumrán es una instancia jerárquica especial y bien organizada de sacerdotes, miembros elegidos. En Mt, en cambio, decide la comunidad reunida:

Texto:

1. Y si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele a solas;
si te escucha, has ganado a tu hermano.
2. Si no te escucha, toma contigo a uno o a dos, pues
todo problema se resuelva por dos o tres testigos (cf. Dt. 19, 19).
3. Y si no les escucha llama a la iglesia y si no la escucha, sea para ti como gentil y publicano (18, 15-17)

Explicación.

Formulación hipotética (no apodíctica) de perdón y exclusión comunitaria, con cita de Dt 19, 19. Cada iglesia o comunidad cristiana aparece con autonomía jurídica: independiente de la sinagoga (y de otras comunidades cristianas). Sólo forman parte de la Iglesia aquellos que viven en armonía fraterna (no pecan contra los hermanos). Los que rompen la armonía y no se corrigen quedan fuera de ella, y son como “el gentil y publicano” ((aquellos que en terminología judía no participan en la vida del pueblo de Dios)).

La comunidad reunida es instancia suprema, de manera que ella rechaza a quienes rompen la unidad fraterna. Así establece Mt el «derecho» de la Iglesia para instituirse como grupo autónomo y visible.

Dentro y fuera de la Iglesia. La primera ortodoxia práctica

Esta es la primera declaración de ortodoxia práctica de la iglesia: son comunidad quienes perdonan y se dejan perdonar; pero quienes niegan el perdón y pecan contra los hermanos no pueden formar parte de la Iglesia. Mt 16, 18-19 presentaba a Pedro como «roca y rabino primera» de la Iglesia (es decir, de todas las comunidades), pues había interpretado (atado-desatado) los principios de la Ley judía desde Jesús (comparar con 5, 19).

Pues bien, Mt 18, 15-20, aceptando esa “base petrina” del origen de la Iglesia en su conjunto (de las diversas iglesias), define a cada iglesia (formada por unos cincuenta miembros…) como grupo autónomo, capaz de organizar su vida interna desde los principios del perdón y de la corrección fraterna. Leer más…

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¡Qué fácil es criticar, qué difícil corregir! Domingo 23 Ciclo A.

domingo, 7 de septiembre de 2014
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abrazoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La formación de los discípulos

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

1. Los peligros del discípulo:

* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)

2. Las obligaciones del discípulo:

* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)

3. El desconcierto del discípulo:

* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La corrección fraterna

Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.

Así dice el Señor: A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
― Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano.

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad:

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales.

Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán

Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación

1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).

2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los «grandes» sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).

4) «El que calumnia a los «grandes», que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea. (…)

Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos en Qumrán

«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscri­tos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los gran­des.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castiga­do durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los «grandes» será castigado treinta días».

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«De Rouco a Osoro», por José María Castillo

sábado, 6 de septiembre de 2014
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rouco-osoro-arzobispo-madrid--644x362De su blog Teología sin Censura:

Mucho está dando que hablar el cambio de arzobispo en la archidiócesis de Madrid. Como suele ocurrir en estos casos, el cambio está dando pie a toda clase de comentarios. No pretendo, por supuesto, decir aquí si este cambio será para bien o para mal. Sólo quiero indicar algo que me parece importante y que, por lo que voy sabiendo, no se suele tener en cuenta. Al escribir esto, no es que yo intente ingenuamente aportar la solución definitiva a tantos devaneos mentales como – según creo – van y vienen por los mentideros eclesiásticos y los murmullos de sacristía. Mi pretensión, ahora mismo, no pasa de ser una modesta sugerencia. Por si viene a cuento. Nada más que eso.

Mi propuesta se limita (y se reduce) a recordar una cosa evidente. El cambio de un obispo por otro obispo no pasa de ser un cambio administrativo en la gestión y gobierno de una diócesis. Por más que se pondere lo mucho que vale el que se va o el que viene, a fin de cuentas, eso por sí solo, ni va a modificar la fe de los que tienen creencias religiosas, ni va a conseguir que sean buenas personas quienes ya son buena gente, ni tampoco hará que aumente el ateísmo y otros males que en los ambientes de Iglesia se detestan cordialmente. En principio – me sospecho -, lo más probable es que todo seguirá igual (o de forma muy parecida) a como han estado, en los últimos años, las cosas de la religión católica en Madrid y sus cercanías.

Entonces, ¿qué decir del cambio de Rouco por Osoro? A mí me parece que lo primero, que se debería tener en cuenta, es que estos dos hombres no son simplemente dos jerarcas religiosos. Lo son, por supuesto. Pero con decir eso, nos quedamos en la superficie, es decir, en la consideración más superficial del asunto. Porque, si es que la teología y, sobre todo el Evangelio, pintan algo en este cambio, a mí se me ocurre que lo primero, que se debería tener muy presente, es que, al tratarse de dos obispos, estamos hablando de dos “sucesores de los Apóstoles” de Jesús.

Ahora bien, según consta repetidamente en los evangelios, el primer requisito, que Jesús les exigía (y supongo que les debe seguir exigiendo) a sus “apóstoles”, es el “seguimiento” del propio Jesús y su Evangelio. Esto está tan claro en los evangelios, que el que no lo tenga claro, ni merece ser “apóstol”, ni por tanto “obispo”. Además, sabemos (también por los evangelios) que “seguir a Jesús” es renunciar a toda clase de dignidades, categorías, propiedades, seguridades… Es “dejarlo todo y seguirle” (Mt 19, 27 par; Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-62). Para ir por la vida, como dijo el mismo Jesús, sin “oro, ni plata, ni calderilla, ni alforja…” (Mt 10, 9-10 par).

Y aquí me permito hacer una aclaración importante. La ordenación episcopal no es un “acto mágico”, que automáticamente convierte a un sacerdote en sucesor de los apóstoles. Es verdad que Lutero se pasó de la raya al admitir que la autoridad apostólica dependería totalmente de la fidelidad del obispo a la Palabra de Dios (Comentario a la carta a los Gálatas [1535], ed. Weimar, 40, 1, p. 181). Pero tan cierto como eso es que, desde San Agustín y San Gregorio Magno, hasta los más autorizados teólogos de la Edad Media, defendieron la doctrina que formuló atrevidamente San Anselmo: “Los obispos conservan su autoridad en cuanto concuerdan con Cristo; y lo mismo, la pierden si está en desacuerdo con él” (“Sicut enim episcopi servant sibi auctoritatem quandiu concordant Christo, ita ipsi sibi eam adimunt, cum discordant a Christo”. Epist. II, 162). Como acertadamente resume Y. Congar: “Hay que introducir – en el cargo episcopal – estos elementos éticos en la ontología misma del cargo recibido”.

Por otra parte, esto es tan determinante, que, si nos limitamos a ponderar la ideología del que se va o del que viene, la simpatía del primero o del segundo, los títulos que cada cual ostenta, las lenguas que domina, etc, etc., entonces lo que queda patente es que nos importa más el “jerarca” religioso que el “discípulo” de Jesús. O sea, nos interesa más la “Religión” que el “Evangelio.

Y en tal caso, si es eso lo que sucede, lo que queda en pie es que hemos organizado una Iglesia que tendrá mucho que ver con las jerarquías y organizaciones de este mundo, pero tiene poco que ver con el Evangelio de Jesús. Y si esto efectivamente es así, ¿a dónde vamos? Por muy buenos arzobispos que nos manden, no pasaremos de ser una antigualla del pasado que sólo puede interesar a gente que piensa poco y, desde luego, será siempre una buena pista de lanzamiento para los trepas más mediocres que se pasean entre oropeles de antaño. Y me temo que este tipo de individuos, si no producen indiferencia, lo que producen es risa, mucha risa.

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«Aprender a perder». 31 de agosto de 2014. 22 Tiempo ordinario (A). Mateo 16, 21-27.

domingo, 31 de agosto de 2014
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45-OrdinarioA22El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará”. Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.

El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación, la otra a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.

El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio “yo” la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.

El segundo camino consiste en saber perder, viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien sino también el bien de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.

Jesús está hablando desde su fe en un Dios Salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una Humanidad dividida y fragmentada, donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países, su propio bienestar; los individuos, su propio interés?

La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del “tener siempre más”. Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien, necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.

Buscamos insaciablemente bienestar, pero ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos “progresar” cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humano en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar, cerrando nuestras fronteras a los hambrientos?

Si los países privilegiados solo buscamos “salvar” nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo, hemos de aprender a perder.

José Antonio Pagola

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«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo». Domingo 31 de agosto de 2014. 22º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 31 de agosto de 2014
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Take_Up_Your_Cross_by_Angry_EyesLeído en Koinonia:

Jeremías 20,7-9: La Palabra del Señor se volvió oprobio para mí
Salmo responsorial 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
Romanos 12,1-2: Presentad vuestros cuerpos como hostia viva
Mateo 16,21-27: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo

La liturgia de hoy centra la atención sobre las consecuencias dolorosas del ministerio profético y del seguimiento de Jesús. Tanto Jeremías como Mateo, llaman la atención sobre el conflicto que tienen que afrontar tanto el profeta como Jesús.

La experiencia del exilio marcó la vida del pueblo de Israel. Fue un momento muy doloroso que le exigió replantear su fe en el Dios de la Alianza. En este marco histórico se ubica el Profeta Jeremías.

Este pasaje pone de relieve el clamor del profeta porque Dios le ha seducido y le ha forzado, ha sido objeto de burla de todos y la palabra ha sido motivo de dolor y desprecio. Por eso el profeta ha querido desentenderse de la misión pero la Palabra ha sido más fuerte y, prácticamente, lo ha vencido.

La mayoría de los profetas bíblicos han sufrido experiencias similares a las de Jeremías. Son rechazados por sus propios hermanos y por las autoridades correspondientes. Muchos de ellos tuvieron que sufrir la muerte o el destierro. Pero pudo más la fidelidad a Dios y a su Pueblo que su propia seguridad y bienestar. La Palabra de Dios actúa en el profeta como un fuego abrasador que no lo deja tranquilo y lo mantiene siempre alerta en el cumplimiento de su misión.

La segunda lectura de la carta de Pablo a los cristianos de Roma utiliza un lenguaje imperativo. Estos versículos sirven de enlace entre la parte anterior de orden más indicativo. El lenguaje es exhortativo. Les habla no sólo como hermano en la fe sino con la autoridad del Apóstol. Les invita a hacer de su cuerpo una ofrenda permanente a Dios. El verdadero culto no se reduce a ritos externos sino que procede de una vida recta. El cuerpo, vehículo de la vida interior, debe ser un canto de alabanza y gratitud a Dios. En esto consiste la conversión para Pablo: en una vida totalmente transformada por el Espíritu de Dios, en el cambio de mentalidad, de valores, de horizonte. Sólo así se podrán tener los criterios de discernimiento para buscar, encontrar y realizar la voluntad de Dios.

En el evangelio nos encontramos con un bello esquema catequético «sobre el discipulado como seguimiento de Jesús hasta la cruz». Jesús pone de manifiesto a sus discípulos que el camino de la resurrección está estrechamente vinculado a la experiencia dolorosa de la cruz. El núcleo principal es el primer anuncio de la pasión. Pero los discípulos, simbolizados en la persona de Pedro, no han comprendido esta realidad. Ellos están convencidos del mesianismo glorioso de Jesús que se enmarca dentro de las expectativas mesiánicas del momento. Jesús rechaza enfáticamente esta propuesta, pues la voluntad del Padre no coincide con la expectativa de Pedro y los discípulos. Por eso Pedro aparece como instrumento de Satanás delante de Jesús para obstaculizar su misión.

El maestro invita al discípulo a continuar su camino detrás de él porque aún no ha alcanzado la madurez del discípulo. Luego Jesús se dirige a todos los discípulos para señalarles que el camino del seguimiento por parte del discípulo también comporta la cruz. No hay verdadero discipulado si no se asume el mismo camino del Maestro. El anuncio del evangelio trae consigo persecución y sufrimiento. Tomar la cruz significa participar en la muerte y resurrección de Jesús. La pérdida de la vida por la Causa de Jesús habilita al discípulo para alcanzarla en plenitud junto a Dios.

En el Bautismo hemos sido consagrados sacerdotes profetas y reyes. Por lo tanto la dimensión profética de nuestra fe es intrínseca a la consagración bautismal. Hoy no podemos prescindir del profetismo en el seguimiento de Jesús. Y sabemos que las consecuencias del profetismo, vinculado estrechamente a la misión evangelizadora, son la oposición, la persecución, el rechazo y el martirio. Muchos hombres y mujeres en distintas partes del mundo se han jugado la vida por la fe y la defensa de los valores evangélicos. Si se quiere seguir a Jesús en fidelidad tendremos que enfrentar muchas contradicciones, caminar a contravía de lo que propone el orden establecido, la cultura imperante y la globalización del mercado –que no es otra cosa que la globalización de la exclusión–.

Quisiéramos vivir un cristianismo cómodo, sin sobresaltos, sin conflictos. Pero Jesús es claro en su invitación: hay que tomar la cruz, hay que arriesgar la vida, hay que perder los privilegios y seguridades que nos ofrece la sociedad si queremos ser fieles al evangelio. ¿Cómo vivimos en la familia y en la comunidad cristiana la dimensión profética de nuestro bautismo? ¿Estamos dispuestos/as a correr los riesgos que implica el seguimiento de Jesús? ¿Conocemos personas que han vivido la experiencia del martirio por el evangelio? ¿Ya no es tiempo para mártires, o lo es para mártires de otra manera? Leer más…

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Dom 31 8 1. Pedro quiere vencer para instaurar el Reino

domingo, 31 de agosto de 2014
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10569071_317227545121111_8094684761863658643_nDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 22 tiempo ordinario. Ciclo A. Mt 16, 21-27. Presenté el domingo pasado un primer comentario de este texto, oponiendo la estrategia de Jesús y de Mahoma, con ocasión de las pretendidas guerras santas de nuestro tiempo. Queda pendiente mi visión positiva de Pedro como “piedra” mesiánica de Jesús.

Pues bien, el mismo Simón que aparecía como Piedra de Cimiento (Papa, portador de las llaves) aparece ahora como Piedra de Tropiezo (Satanás), tentador/tentación, en el sentido original de “skandalon”: lo que hace caer).

Estamos pues ante dos “pedros” que son uno:

— Piedra base de la Iglesia, signo de comunión de las restantes piedras
— Piedra escándalo (Satán), riesgo de que toda la Iglesia se hunda.

Marcos 8 sólo citaba el primer rasgo, como si Pedro no hubiera cumplido todavía sus “deberes” de Piedra (cf. Mc 16, 7-8). Mateo 16 los une de forma sorprendente: Entre lo más alto (ser piedra de cimiento) y lo más bajo (ser escándalo satánico, riesgo de caída para el edificio) se ha dado y sigue dándose una intensa conexión que nos sitúa ante el principio, la historia y la actualidad de la Iglesia.

Desde ese fondo quiero evocar hoy el tema de un pedro-iglesia que resiste a Jesús, desde la perspectiva de las postales anteriores, que han tratado de la estrategia de violencia y de no violencia de Israel. Buen domingo.

Punto de partida

a. Principio. Tanto en la historia de Jesús como al principio de la Iglesia Pedro ha sido una figura ambivalente. Histórica ha sido su destino de “piedra”, histórico el “escándalo satánico” asociado a su figura. A pesar de (o quizá por) esa misma ambivalencia Pedro ha sido venerado en principio de la Iglesia, como signo de humanidad cristiana.

b. Historia. A lo largo de los tiempos, la Iglesia de Roma (no así la ortodoxa ni la protestante) ha tendido a silenciar el rasgo satánico de Pedro, vinculado al deseo de Poder Religioso (es decir de “no sufrir”). Por eso, ella ha destacado la función de Piedra Firme y Poderosa… olvidando a veces que la misma firmeza de esa Piedra puede convertirse en “escándalo”, haciendo tropezar y caer al mismo Cristo eclesial (¡eres escándalo para mí, dice Jesús!).

c. Actualidad. Nos hallamos hoy, como siempre, ante los dos rasgos de Pedro, tal como suele “encarnarse” en el Papa (su Vicario o Sucesor): es Piedra firme que une a la Iglesia; es Satanás-Escándalo, que pone en riesgo de caída el edificio de Jesús.

El mismo Pedro/piedra es dos cosas a la vez:

a. Piedra cimiento que sostiene todo el edificio (piedra de Dios)
b. Piedra escándalo que hace tropezar y caer (piedra de Satán)
Ambas cosas a la vez es Pedro (ha sido Pedro) según el evangelio que vamos a leer. Ambas funciones van unidas en la historia, aunque una debería desaparecer.

Texto: Mateo 16,21-27

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, porque eres “escándalo” para mí (me haces tropezar); tú piensas como los hombres, no como Dios.» Entonces dijo a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

1. El Hijo de Hombre tiene que sufrir.

Después de aceptar la respuesta de Simón (¡Tú eres el Cristo!) y de llamarle Pedro (¡Piedra de la Iglesia!), Jesús profundiza en el tema y entiende (interpreta) su mesianismo (su tarea de Reino) en una línea de entrega (hasta la muerte, si hace falta) a favor de los demás. No es Mesías el que gana y se impone, sino aquel que quiere y puede dar la vida (como indicado su mensaje de no-juicio, de perdón y amor al enemigo).

El tema no es ya sólo cómo viene el Reino de Dios, sino qué hace él (Jesús) y que hace Pedro para que venga. En un momento dado, Jesús ha descubierto que él debe encarnar y cumplir en su vida la verdad de su mensaje:

Ha de entregarse en amor, no para sufrir sin más (en gesto masoquista), sino para amar, regalando su vida hasta el final en Jerusalén y ratificando de esa forma su tarea, pues sólo así podrá hacer que llegue el Reino (de un modo distinto al que querían Pedro y los demás discípulos).

En esa línea, Jesús no aparece ya como Cristo sin más, sino como Hijo de hombre, en un sentido personal. No ha venido para instaurar un Reino por la fuerza, sino para encarnar en su vida la verdad y tarea del Reino, precisamente en Jerusalén, como quiere Pedro, pero subiendo allí sin armas, no para triunfar sin para amar (es decir, para encarnar y cumplir en su vida su propio mensaje).

Disputa con Pedro: Quítate de mi vista Satanás, pues eres escándalo para mí.

Pedro no acepta esa visión y ese proyecto de Jesús y así sigue pensando en aquello que el Reino ha de darle, atreviéndose a corregir a Jesús, en nombre de una buena tradición israelita. Pues bien, Jesús rechaza a Pedro y su manera de entender el mesianismo como triunfo propio.
En ese contexto, el evangelio recoge un duro enfrentamiento que ha debido darse al interior del grupo de Jesús, en el comienzo de la Iglesia: su proyecto de Reino resultaba discutible y ha sido discutido de hecho (en el tiempo de Jesús o en el tiempo de sus primeros discípulos). En el fondo de esa discusión se halla, sin duda, la forma en que Jesús y sus discípulos han interpretado la subida a Jerusalén y la llegada (implantación) del Reino.

Todo nos permite suponer que el texto actual de Mateo recoge controversias mesiánicas que debieron darse más tarde en la comunidad cristiana, pero en su base hay un fondo histórico: El mismo Jesús ha debido ir precisando el sentido de su envío y su tarea mesiánica, al servicio del Reino, presentándose en un momento dado como Hijo de hombre que entrega la vida por el Reino.

Este pasaje de Mateo (y de Mc 8, 27-33) actúa como bisagra, recogiendo, por un lado, la experiencia anterior del proyecto de Jesús (lo que él ha pretendido) y, abriendo, por otro, un camino que sólo se entenderá en Jerusalén y Roma, en el despliegue de la Iglesia primitiva, cuando se plantea la gran alternativa entre el poder para conseguir el Reino sin tener que morir (Pedro), o el amor que está dispuesto a morir por el Reino (en la línea de Jesús). Leer más…

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Pedro, portavoz de Satanás, y la parábola del maletín y el joyero. Domingo 22. Ciclo A

domingo, 31 de agosto de 2014
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22-TOA-evDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En el evangelio del domingo anterior, Pedro, inspirado por Dios, confiesa a Jesús como Mesías. Inmediatamente después, dejándose llevar por su propia inspiración, intenta apartarlo del plan que Dios le ha encomendado. El relato lo podemos dividir en tres escenas.

1ª escena: Jesús y los discípulos (primer anuncio de la pasión y resurrección)

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro acaba de confesar a Jesús como Mesías. Él piensa en un Mesías glorioso, triunfante. Por eso, Jesús considera esencial aclarar las ideas a sus discípulos. Se dirigen a Jerusalén, pero él no será bien recibido. Al contrario, todas las personas importantes, los políticos (“ancianos”), el clero alto (“sumos sacerdotes”) y los teólogos (“escribas”) se pondrán en contra suya, le harán sufrir mucho, y lo matarán. Es difícil poner de acuerdo a estas tres clases sociales. Sin embargo, aquí coinciden en el deseo de hacer sufrir y eliminar a Jesús. Pero todo esto, que parece una simple conjura humana, Jesús lo interpreta como parte del plan de Dios. Por eso, no dice a los discípulos: «Vamos a Jerusalén, y allí una panda de canallas me va a perseguir y matar», sino «tengo que ir» a Jerusalén a cumplir la misión que Dios me encomienda, que implicará el sufrimiento y la muerte, pero que terminará en la resurrección.

Para la concepción popular del Mesías, como la que podían tener Pedro y los otros, esto resulta inaudito. Sin embargo, la idea de un personaje que salva a su pueblo y triunfa a través del sufrimien­to y la muerte no es desconocida al pueblo de Israel. La expresó un profeta anónimo, y su mensaje ha quedado en el c.53 de Isaías sobre el Siervo de Dios.

2ª escena: Pedro y Jesús (vuelven las tentaciones)

Jesús termina hablando de resurrección, pero lo que llama la atención a Pedro es el «padecer mucho» y el «ser ejecutado». Según Mc 8,32, Pedro se puso entonces a reprender a Jesús, pero no se recogen las palabras que dijo. Mateo describe su reacción con más crudeza:

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

― ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

― Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

         Ahora no es Dios quien habla a través de Pedro, es Pedro quien se deja llevar por su propio impulso. Está dispuesto a aceptar a Jesús como Mesías victorioso, no como Siervo de Dios. Y Jesús, que un momento antes lo ha llamado «bienaventurado», le responde con enorme dureza: «¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar!»

Estas palabras traen a la memoria el episodio de las tentaciones a las que Satanás sometió a Jesús después del bautismo. El puesto del demonio lo ocupa ahora Pedro, el discípulo que más quiere a Jesús, el que más confía en él, el más entusiasmado con su persona y su mensaje. Y Jesús, que no vio especial peligro en las tentaciones de Satanás, ve aquí un grave peligro para él. Por eso, su reacción no es serena, como ante el demonio; no aduce tranquilamente argumentos de Escritura para rechazar al tentador, sino que está llena de violencia: «tú piensas como los hombres, no como Dios.» Los hombres tendemos a rechazar el sufrimiento y la muerte, no los vemos espontáneamente como algo de lo que se pueda sacar algún bien. Dios, en cambio, sabe que eso tan negativo puede producir gran fruto.

Esta función de tentador que desempeña Pedro en el pasaje y la reacción tan enérgica de Jesús nos recuerdan que las mayores tentaciones para nuestra vida cristiana no proceden del demonio, sino de las personas que están a nuestro lado y nos quieren. Frente a una mentalidad que mitifica y exagera el peligro del demonio en nuestra vida, es interesante recordar este episodio evangélico y unas palabras de santa Teresa que van en la misma línea. Después de contar las dudas e incerti­dumbres por las que atravesó en muchos momentos de su vida, causadas a veces por confesores que le hacían ver el demonio en todas partes, resume su experiencia final: «…tengo yo más miedo a los que tan grande le tienen al demonio que a él mismo; porque él no me puede hacer nada, y estotros, en especial si son confe­sores, inquietan mucho, y he pasado algunos años de tan gran trabajo, que ahora me espanto cómo lo he podido sufrir» (Vida, cap. 25, nn.20-22).

3ª escena: Jesús y los discípulos (parábola del maletín y el joyero)

Entonces dijo Jesús a sus discípulos:

― El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

            No se conocían de nada, sólo les unió compartir dos asientos de primera clase. Ella colocó en el compartimento un elegante estuche con sus joyas. Él, un pesado maletín con su portátil y documentos de sumo interés. El pánico fue común al cabo de unas horas, cuando vieron arder uno de los motores y oyeron el aviso de prepararse para un aterrizaje de emergencia. Tras el terrible impacto contra el suelo, ella renunció a sus joyas y corrió hacia la salida. Él se retrasó intentando salvar sus documentos. El cadáver y el maletín los encontraron al día siguiente, cuando los bomberos consiguieron apagar el incendio. Extrañamente, ella recuperó intacto el estuche de sus joyas.

En tiempos de Jesús no había aviones, y él no pudo contar esta parábola. Pero le habría servido para explicar la enseñanza final de este evangelio. Para entender esta tercera parte conviene comenzar por el final, el momento en el que el Hijo del Hombre vendrá a pagar a cada uno según su conducta. En realidad, sólo hay dos conductas: seguir a Jesús (salvar la vida, renunciando al joyero) o seguirse a uno mismo (salvar el maletín a costa de la vida). Seguir a Jesús supone un gran sacrificio, incluso se puede tener la impresión de que uno pierde lo que más quiere. Seguirse a uno mismo resulta más importante, salvar la vida y el maletín. Pero el avión está ya ardiendo y no caben dilaciones. El que quiera salvar el maletín, perderá la vida. Paradójicamente, el que renuncia al joyero salva la vida y recupera las joyas.

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«Nuestro futuro y las ganancias de los negociantes», por José Mª Castillo

miércoles, 27 de agosto de 2014
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ricos-y_pobres_3Leído en su blog Teología sin censura:

Da miedo pensarlo. Pero es así. Cada día queda más patente el descaro y la desvergüenza de los que negocian con todo lo que se puede negociar en este mundo. Ahora le ha tocado el turno a nuestra propia salud. Con motivo de la muerte del misionero Miguel Pajares, víctima del virus del ébola, ha quedado meridianamente claro que lo que interesa, a la imponente maquinaria mundial que gestiona la salud de la humanidad, no es precisamente la salud de los humanos, sino las ganancias que nuestra salud les proporcionamos a las empresas que se dedican a negociar con el seguro negocio de nuestra sanidad.

Lo han dicho, sin pelos en la lengua, los funcionarios de la OMS y algún que otro atrevido funcionario de las multinacionales farmacéuticas. Ellos no hacen “medicamentos para pobres. Porque, como es lógico, los pobres no aportan ganancias, sino problemas. De ahí que la malaria o ahora el ébola, ahí están. Campando a sus anchas por el mundo pobre, matando a millones de criaturas cada año, mientras que en los países ricos ya no sabemos las cremas y potingues que hay que untarse para estar guapos. El negocio descarado de la salud más pujante que nunca. Y hay quienes quieren estrujarlo para que rinda más. ¿Por qué, si no, tantos intentos de privatizar hospitales, medicamentos y todo cuanto se puede poner en manos de empresas privadas, aunque eso suponga que los pobres tendrán que aguantarse y morirse (si es preciso) para que el negocio aumente?

Al decir estas cosas, no puedo dejar de pensar en el actual obispo de Roma, el papa Francisco. Un hombre bueno, que, si algo ha dejado patente, es que una de sus mayores preocupaciones es el sufrimiento de los enfermos, de los niños y de los ancianos, los más débiles de este mundo.

Pero antes que de ningún papa o ningún santo, me acuerdo de lo que nos relata el Evangelio sobre la conducta de Jesús. Los cristianos decimos que creemos en esto. Pero, ¿creemos de verdad? Porque, si algo hay claro en el Evangelio, es que la primera preocupación de Jesús fue la salud de los enfermos. Relatos de curaciones, los hay en casi todas las páginas de los evangelios. Lo malo es que los entendidos en las cosas de la religión se han empeñado en explicar las curaciones, que hacía Jesús, como “milagros” o “intervenciones divinas”, para demostrar así que Jesús era Dios. Sinceramente, quienes explican el Evangelio con tal argumento, no se han enterado del tema.

Yo no estoy diciendo que Jesús no fuera Dios. Lo que digo es que los relatos evangélicos de hechos prodigiosos son “formas literarias” que se utilizaban en la antigüedad para enaltecer la figura y el mensaje de profetas y otros personajes que tenían una resonancia social importante. Baste recordar los relatos de Filóstrato sobre Apolonio de Tiana. Es notable que, en los evangelios, Jesús curaba a los enfermos en circunstancias o en días en los que la religión prohibía hacer aquellas curaciones.

De ahí, los enfrentamientos constantes de Jesús con los dirigentes religiosos por este motivo. ¿Qué pretende el Evangelio al repetir una y otra vez este argumento? Que para Jesús, es más importante la salud humana que la observancia religiosa. ¿Y no va a ser más importante para nosotros la salud de los pobres que las ganancias de los ricos? Y que nadie me venga con que esto es demagogia política. Esto es sencillamente humanidad. Y humanidad es lo que quiere Dios, que (según la fe cristiana) se hizo humano.

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Estados Unidos: Conferencia homófoba sobre «Evangelio, homosexualidad y matrimonio»

miércoles, 27 de agosto de 2014
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6a00d8341c730253ef01b7c6cf2035970b-800wiOrganizaciones homófobas celebrarán una conferencia en Estados Unidos el próximo mes de octubre para discutir sobre «el Evangelio, la homosexualidad y el futuro del matrimonio«. La Comisión de Ética y Libertad Religiosa, una agrupación de colectivos conservadores, es la impulsora de la conferencia, en la que buscan trazar la estrategia a seguir contra la igualdad.

La Comisión de Ética y Libertad Religiosa de Estados Unidos celebrará a finales del próximo mes de octubre una conferencia en contra del reconocimiento de los derechos de la diversidad sexual.

La Comisión de Ética y Libertad Religiosa de Estados Unidos, agrupación compuesta por distintos colectivos conservadores del país norteamericano, tiene la intención de celebrar la conferencia en la localidad de Nashville entre el 27 y el 29 de octubre.

ProfilePicLa conferencia tendrá lugar bajo el título ‘El Evangelio, la homosexualidad y el futuro del matrimonio’, buscando un lugar en el que idear la estrategia a seguir para impedir que continúe avanzando el reconocimiento de los derechos de la comunidad LGTB en Estados Unidos.

La Comisión de Ética y Libertad Religiosa también pretende confundir y manipular a los jóvenes LGTB, anunciando que contarán con la participación de jóvenes que, tras llevar a cabo relaciones sexuales con personas de su mismo sexo, «han dejado de ser homosexuales«.

Uno de dichos jóvenes es Christopher Yuan, un joven que, según la agrupación evangélica, «comenzó a vivir de forma promiscua, como un homosexual, y a experimentar con drogas ilícitas. Llegó a ser expulsado del centro de odontología en el que estudiaba y encarcelado por drogas, además de descubrir que tenía VIH».

Con la historia que la Comisión de Ética y Libertad Religiosa ofrece sobre Yuan, la organización homófoba busca promover la idea de que la homosexualidad es «un estilo de vida destructivo», propaganda bajo la cual intenta confundir y, con ello, dañar la salud mental, de los jóvenes homosexuales.

Fuente Universogay

 

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«¿Qué decimos nosotros?». 24 de agosto de 2014. 21 Tiempo ordinario (A). Mateo 16, 13-20

domingo, 24 de agosto de 2014
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44-OrdinarioA21También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?

¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?

¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quienes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?

¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?

¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?

¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?

José Antonio Pagola

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«Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos». Domingo 24 de agosto de 2014. 21º domingo de tiempo ordinario

domingo, 24 de agosto de 2014
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b9eea6d5973bb9580b1be4a38a7ebf0d502089705bf52bb27b5a255eb565741bDe Koinonia:

Isaías 22,19-23: Colgaré de su hombro la llave del palacio de David
Salmo responsorial: 137:
Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
Romanos 11,33-36: Él es el origen, guía y meta del universo
Mateo 16,13-20:
Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

El texto de Isaías se refiere, con mucha probabilidad, a la época inmediatamente anterior a la primera deportación. Recordemos que como represalia a un intento de rebelión, el imperio babilónico exilió, en el año 597 a.e.c, a los miembros más prestantes de la sociedad y los trasladó a varias ciudades y campos de Mesopotamia. Esto significó un duro golpe para las pretensiones de la familia monárquica que se consideraba inamovible del trono.

La profecía de Natán que, en realidad, era una exhortación para que el rey se mantuviera fiel a la voluntad del Señor, se había convertido ya en la época salomónica en un recurso ideológico para legitimar el monopolio del poder. Al inicio del siglo VI la situación de Judá cambió completamente, con la entrada en escena del imperio babilónico, que pretendió crear un imperio mediante el sometimiento de todos los pequeños reinos y el control de las tribus dispersas por toda el llamado «Creciente Fértil». Jerusalén era sólo una fortaleza más a conquistar.

La profecía de David se dirige contra las pretensiones de la clase dirigente que se consideraba la propietaria perpetua del trono. El caso más patético era el de los primeros ministros, que remplazaban al rey en su ausencia. Estos personajes, casi siempre provenientes de la alta aristocracia, cobraban singular importancia cuando podían gobernar el país y darse todos los honores regularmente reservados al rey.

Parece que el mayordomo del palacio real de Jerusalén, llamado Sobna, se excedió en sus pretensiones y no se contentó con ostentar la ‘banda’ del rey sino que convirtió las llaves del palacio en símbolo de su creciente poder. Todas estas manifestaciones de arrogancia ponían en evidencia cuán arruinadas estaban las instituciones monárquicas y el grado extremo de decadencia en el que había caído la corte. Isaías pronuncia un oráculo de condenación contra este ministro presuntuoso, denunciando todas las arbitrariedades que había cometido y anunciándole cuál sería el final de todas sus hazañas. El que se había construido una tumba elegante moriría en un campo desolado en tierras extranjeras. La llave que el primer ministro ostentaba, terminaría en manos de otra persona más capaz. Los caminos del Señor no son los del individuo engreído y alienado. Todo lo que un sistema social construye sobre la explotación, el abuso del derecho y la falsedad, termina irremediablemente condenado a la insignificancia.

Pablo, haciendo eco de los himnos a la sabiduría, recuerda la distancia enorme que hay entre las absurdas pretensiones individualistas y megalómanas, y el sabio designio de Dios que dispone únicamente lo que es provechoso para el ser humano.

Esa contraposición entre las desmedidas pretensiones de ciertos individuos y grupos sedientos de poder y los insondables caminos del Señor, se hace patente en el episodio del evangelio. A la mitad del camino de Jerusalén, o sea, en la exacta mitad del proceso de formación de los discípulos, Jesús los interroga sobre aquello que han podido captar en el tiempo en que los ha acompañado y orientado.

Las respuestas nos sorprenden. De una parte el gentío que sigue a Jesús lo identifica correctamente como uno de los profetas. De otra, el grupo en la voz de Pedro lo reconoce correctamente como Mesías e Hijo de Dios. Pero, subsiste un problema de fondo: tanto la multitud como los discípulos quieren imponerle a Jesús un estilo de ser profeta y una manera de ser Mesías. Discípulos y muchedumbre piden lo que es contrario a la voluntad de Dios e inconsecuente con la enseñanza de Jesús. Parecería que el enorme esfuerzo de Jesús no hubiese surtido el efecto esperado, y que los discípulos, en lugar de cambiar de mentalidad, hubieran afianzado sus antiguas y erráticas ideas. Sin embargo, el evangelio nos quiere mostrar que los discípulos aún deben pasar por la experiencia de la cruz para comprender el verdadero alcance de las palabras y obras de Jesús.

Jesús sí es el Mesías, pero no el Mesías triunfalista y prepotente del nacionalismo exacerbado, sino una persona al servicio de las más hondas y profundas Causas humanas. Jesús sí es el profeta; pero no el profeta que anuncia la supremacía de la propia religión o de la ideología de su grupo, sino el profeta del amor, la justicia y la paz.

Las tres lecturas nos muestran cuán impredecibles y certeras son las sendas de Dios y cuán caducos y esquemáticos son nuestros trillados caminos. El evangelio nos invita a aprender de Jesús cuál es el camino auténtico que nos conduce al Padre, porque «no todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos». Leer más…

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Dom 24 8 14 ¿Quién dicen los hombres…? Jesús y Muhammad

domingo, 24 de agosto de 2014
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601576_280Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 21, tiempo ordinario. Ciclo A. Con ocasión del así llamado “califato de Isis”, mi postal anterior ha suscitado una fuerte polémica, en cuyo fondo está la comparación entre Jesús y Muhammad (Mahoma).

Éste es quizá el tema fundamental de la historia de occidente y de gran parte del mundo en los últimos 14 siglos.
¿Quién de los dos tiene la última palabra (si es que la tiene), quién de los dos ofrece el mejor camino…?
¿O pueden tomarse ambos como variantes de una difícil subida al Monte de Dios, es decir, a la Nueva Humanidad?

El tema está en el fondo de la pregunta de Jesús en el evangelio de este domingo: ¿quién dicen los hombres que soy yo, que es el Hijo del Hombre? Está en el fondo el relato original de Marcos 8, 27-33, que ha sido también reconstruído por el evangelista, pero que está más cerca del original.

Se trata de precisar la estrategia de Jesús y la de Muhammad, para plantear desde ese fondo la semejanza y diferencia entre yihad y camino de cruz (no cruzada). Es lo que haré sobriamente en esta postal, con un poco de “aparato bibliográfico”, siguiendo el planteamiento de mi Historia de Jesús. Buen domingo a todos.

Buen fin de semana a todos. Esta postal se sitúa en la línea de la anterior, y responde a algunas cuestiones de los comentaristas, a quienes agradezco su colaboración. Pensando en ellos he preparado lo que sigue.

(En la imagen: Jesús en asno y Mahoma en camella se acercan a Jeerusalén, donde les espera el judío: ¿para abrazarles a los dos? ¿para compartir con ellos la herencia de Dios y de la tierra? ¿para llevarles a Gaza y al Califato de Isis para ver la forma de arreglar algo?)

Texto base de Marcos 8, 27-33

(a. Quién dicen) 27 Y salieron Jesús y sus discípulos hacia las aldeas de Cesárea de Filipo y por el camino les preguntó: )Quién dice la gente que soy yo?28 Ellos le contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas.
(b. Y vosotros). 29 El siguió preguntándoles: Y vosotros, )quién decís que soy yo? Pedro le respondió: Tú eres el Cristo.30 Y les prohibió terminantemente que hablaran a nadie acerca de él.

(c. Jesús). 31 Y empezó a enseñarles que el Hijo del hombre debía padecer mucho, que sería rechazado por los presbíteros, los sumos sacerdotes y escribas; que lo matarían, y a los tres días resucitaría. 32 Les hablaba con toda claridad.
(c. Pedro y Jesús) Entonces Pedro lo tomó aparte y se puso a increparlo. 33 Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: ¡Apártate de mí, Satanás!, porque no piensas las cosas de Dios, sino las de los hombres.

Texto recreado por Mateo 16, 13-24

Introducción

13 Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a
sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?»
14 Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros,
que Jeremías o uno de los profetas.»
15 Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?»
16 Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»

Inciso petrino

17 Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de
Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que
está en los cielos.
18 Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.
19 A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la
tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará
desatado en los cielos.»

Se retoma el texto de Marcos

20 Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era
el Cristo. 21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él
debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos
sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día.
22 Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos
de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!»
23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás!
¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino
los de los hombres! 24 Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

((Dejo para otro día el inciso petrino, que es a todas luces posterior, aunque importantísimo. Hoy trato sólo de la decisión de Jesús, comparándole con Muhammad)

1. Tema de fondo: Jesús reformula y trasforma el proyecto davídico,

imagescomo habían querido hacer los macabeos (hacia el 170/160 a. C.), pero en un sentido muy distinto. Los macabeos, sin apelar directamente a David, se habían alzado contra la “contaminación” del helenismo y de los judíos que lo apoyaban. Pensaron que la “opción griega” iba en contra de la elección israelita y quisieron rechazarla por la guerra. De esa forma propusieron una respuesta limitada (partidista), dictada por la violencia, como aquella que intentarán algunos años después de Jesús los celotas (el 67-70 d. C.).

Pues bien, a diferencia de macabeos y celotas, Jesús recrea la respuesta davídica de trasformación a través de la entrega personal sin violencia externa, como gesto de amor activo que puede “convertir” a los otros a través de la propia conversión y entrega, sin combatirles por la fuerza, en un plano más alto de unidad, sin imponerse por la fuerza sobre los hombres. Ésa ha sido la lógica de los itinerantes de Galilea, que culmina ahora, cuando Jesús llega a Jerusalén, como pretendiente davídico, para quedar en manos en manos de aquellos que pueden recibirle o rechazarle, en la “ciudad de las promesas de Dios”. Leer más…

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«Pedro, entre Dios y Satanás». Domingo 21. Ciclo A.

domingo, 24 de agosto de 2014
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cristo-ordenando-a-sus-apostoles1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El evangelio de este domingo y el del siguiente forman un díptico indisoluble. En el de hoy, Pedro recibe una revelación de Dios y una misión. En el siguiente, se convierte en portavoz de Satanás. De este modo, Mateo deja claro que lo importante es la misión recibida, no la santidad del receptor.

 Los precursores de Dan Brown

 En El Código da Vinci, Dan Brown propone que Jesús se casó con la Magdalena, se marcharon a Francia y allí tuvieron un hijo, del que surgió la dinastía merovingia. Brown aplicó el criterio (conocido ya por Lope de Vega) que cuanto mayor es la estupidez que se escribe, más éxito tiene y más ganancias produce. Pero a la hora de proponer cosas absurdas sobre Jesús, no es el primero. Tuvo grandes precursores, aunque no conocemos sus nombres.

 Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

― ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

Ellos contestaron:

― Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

 La culpa es de Jesús

 ¿Cómo es posible que la gente ofrezca respuestas tan extrañas? La culpa es en gran parte de Jesús por usar una expresión que se presta a equívoco: bar enosh puede entenderse de formas muy distintas, y podríamos traducirlo con minúscula o con mayúscula.

Con minúscula, «hijo del hombre», significa «este hombre», «yo», y es frecuente en boca de Jesús para referirse a sí mismo. Por ejemplo: «Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre [este hombre] no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8,20); «El hijo del hombre [este hombre, yo] tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6), etc.

Con mayúscula, «Hijo del Hombre», hace pensar en un salvador futuro, extraordinario. «Os aseguro que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10,23); «El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que recojan de su reino todos los escándalos y los malhechores» (Mt 13,41); «El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles» (Mt 16,27).

La gente que escuchaba a Jesús, como en La vida de Brian, podía sentirse desconcertada. Cuando usaba la expresión «el Hijo del Hombre», ¿hablaba de sí mismo, de un salvador futuro o de un gran personaje religioso? Por eso no extrañan las respuestas que recogen los discípulos. Para unos, el Hijo del Hombre es Juan Bautista; para otros, de mayor formación teológica, Elías, porque está profetizado que volverá al final de los tiempos; para otros, no sabemos por qué motivo, Jeremías o alguno de los grandes profetas. Lo común a todas las respuestas es que ninguna identifica al Hijo del Hombre con Jesús, y todas lo identifican con un profeta, pero un profeta muerto, bien hace nueve siglos (Elías) o recientemente (Juan Bautista). Es obvio que Jesús no se explicaba en este caso con suficiente claridad o era intencionadamente ambiguo.

 La pregunta del millón

 Él les preguntó:

― Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

― Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Jesús le respondió:

― ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo:

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 Este texto lo comenté hace poco, en la fiesta de san Pedro y san Pablo. Me limito a recordar las ideas principales, presentándolas de forma algo distinta.

1. Los grupos que esperaban al Mesías lo concebían como un personaje extraordinario, que traería una situación maravillosa desde el punto de vista político (liberación de los romanos), económico (prosperidad), social (justicia) y religioso (plena entrega del pueblo a Dios). Jesús es un galileo mal vestido, sin residencia fija, que vive de limosna, acompañado de un grupo de pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y diversas mujeres. Para confesarlo como Mesías hace falta estar loco o tener una inspiración divina.

2. ¿Ha acertado Pedro con su respuesta? Sí. Pero no porque sea muy listo, sino porque se lo han soplado desde el cielo. Basándose en este revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le hace tres promesas: 1) sobre ti edificaré mi Iglesia; 2) te daré las llaves del Reino de Dios; 3) lo que decidas en la tierra será refrendado por Dios.

El papel de Pedro en la iglesia primitiva

 Un detalle común a las más diversas tradiciones del Nuevo Testamento es la importancia que se concede a Pedro. El dato más antiguo y valioso, desde el punto de vista histórico, lo ofrece Pablo en su carta a los Gálatas, donde escribe que tres años después de su conversión subió a Jerusalén «a conocer a Cefas [Pedro] y me quedé quince días con él» (Gálatas 1,18). Este simple detalle demuestra la importancia excepcional de Pedro. Y catorce años más tarde, cuando se plantea el problema de la predicación del evangelio a los paganos, escribe Pablo: «reconocieron que me habían confiado anunciar la buena noticia a los paganos, igual que Pedro a los judíos; pues el que asistía a Pedro en su apostolado con los judíos, me asistía a mí en el mío con los paganos» (Gálatas 2,7).

Esta primacía de Pedro queda reflejada en diversos episodios de los distintos evangelios. Por no alargarme, basta recordar el triple encargo («apacienta mis corderos», «apacientas mis ovejas», «apacientas mis ovejas») en el evangelio de Juan (21,15-17), equivalente a lo que acabamos de leer en Mateo.

Lo mismo ocurre en los Hechos de los Apóstoles. Después de la ascensión, es Pedro quien toma la palabra y propone elegir un sustituto de Judas. El día de Pentecostés, es Pedro quien se dirige a todos los presentes. Su autoridad será decisiva para la aceptación de los paganos en la iglesia (Hechos 10-11). Este episodio capital es el mejor ejemplo práctico de la promesa: «lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo».

 Mateo: ¿falsario o teólogo?

 Lo anterior ayuda a responder una pregunta elemental desde el punto de vista histórico: si las promesas de Jesús a Pedro sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, ¿no serán un invento del evangelista? Así piensan muchos autores.

Pero el término «invento» se presta a confusión, como si todo lo que se cuenta fuera mentira. Los escritores antiguos tenían un concepto de verdad histórica muy distinto del nuestro. Para nosotros, la verdad debe ir envuelta en la verdad. Todo, lo que se cuenta y la forma de contarlo, debe ser cierto (esto en teoría, porque infinitos libros de historia se presentan como verdaderos aunque mienten en lo que cuentan y en la forma de contarlo). Para los antiguos, la verdad se podía envolver en un ropaje de ficción.

La verdad, testimoniada por autores tan distintos como Pablo, Juan, Lucas, Marcos, es que Pedro ocupaba un puesto de especial responsabilidad en la iglesia primitiva, y que ese encargo se lo había hecho el mismo Dios, como reconocen Pablo y Juan. Lo único que hace Mateo es envolver esa verdad en unas palabras distintas, quizá inventadas por él, para dejar claro que la primacía de Pedro no es cuestión de inteligencia, ni de osadía, se debe a una decisión de Jesús.

Y para corroborar que no son los méritos de Pedro, añade el episodio que leeremos el próximo domingo.

 Primera lectura y evangelio: las llaves

 La segunda promesa de Jesús a Pedro («te daré las llaves del Reino de Dios») se entiende recordando la promesa hecha por Dios al mayordomo de palacio Eliacín, que sustituye al depuesto mayordomo de palacio Sobna:

 Así dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio: 

«Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día, llamaré a mi siervo, a Eliacin, hijo de Elías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna.»

 «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá». Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y después de mencionar las llaves no habla de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

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«Jesús es de todos». 17 de agosto de 2014. 20 Tiempo ordinario (A). Mateo 15, 21-28

domingo, 17 de agosto de 2014
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43-OrdinarioA20Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija “atormentada por un demonio”. Sale al encuentro de Jesús dando gritos: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.

La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y de rodillas, con un corazón humilde pero firme, le dirige un solo grito: “Señor, socórreme”.

La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad “perros” a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos.: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los señores”.

Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los perros paganos. Jesús parece pensar solo en las “ovejas perdidas” de Israel, pero también ella es una “oveja perdida”. El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.

Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla como deseas”. Esta mujer le está descubriendo que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre Bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.

Jesús reconoce a la mujer como creyente aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una “fe grande”, no la fe pequeña de sus discípulos a los que recrimina más de una vez como “hombres de poca fe”. Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe aunque viva fuera de la Iglesia. Siempre encontrarán en él un Amigo y un Maestro de vida.

Los cristianos nos hemos de alegrar de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades cristianas.

José Antonio Pagola

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«Mujer, qué grande es tu fe». Domingo 17 de agosto de 2014. 20º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 17 de agosto de 2014
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1touchoffaithLeído en Koinonia:

Isaías 56, 1.6-7: A los extranjeros los traeré a mi monte santo
Salmo responsorial: 66: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Romanos 11, 13-15.29-32: Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel.
Mateo 15, 21-28: Mujer, qué grande es tu fe

A la vuelta del exilio, los discípulos de Isaías recobran las enseñanzas del profeta del siglo VII y proponen al nuevo Israel, en proceso de formación, que se abra a los valores de la universalidad y el ecumenismo. La apertura, sin embargo, no se basa en un compromiso diplomático ni en una ilusión quimérica sino en la causa universal de la Justicia. La tercera parte del libro de Isaías no propone que todas las religiones de su época se reúnan bajo la única bandera del pontificado de Jerusalén, sino que el pueblo que está naciendo después de cincuenta años de exilio sea el aglutinador de las aspiraciones más legítimas de la humanidad.

Los discípulos de Isaías son conscientes del peligro que subyace al nacionalismo exacerbado. La unidad étnica, cultural e ideológica de un pueblo no le da derecho a despreciar a los demás, bajo el pretexto de una falsa superioridad. Cada pueblo puede sólo ser superior a sí mismo en cada momento de la historia. Y esta superioridad consiste en transformar todas las decadentes tendencias centralistas, alienadoras y clasistas, en una consciencia de sus propias potencialidades de apertura universalista y de esfuerzo de comunión.

El nuevo Templo, como símbolo de la esperanza y la resurrección de un pueblo, debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración universal. El Templo, como casa de Dios, debía estar abierto a los creyentes en el Dios de la Justicia y el Amor, cuya religión se inspira en el respeto por los más débiles y en la defensa de los excluidos.

Sin embargo, esta propuesta no tuvo casi resonancia y se convirtió en un sueño, en una esperanza para el futuro, en una utopía que impaciente aguarda a su realizador. Cuando Jesús expulsa a los mercaderes del Templo proclama a voz en cuello «Mi casa será casa de oración», la propuesta del libro de Isaías. El Templo, aun desde mucho antes de que apareciera Jesús, se había convertido en el fortín de los terratenientes y en el depósito de los fondos económicos de toda la nación. Había pasado de ser patrimonio de un pueblo a ser una cueva donde los explotadores ponían a salvo sus riquezas mal habidas. El enfrentamiento con los mercaderes tenía por objetivo no sólo reivindicar la sacralidad del espacio, sino, sobretodo, la necesidad de devolverle al Templo su función como baluarte de la justicia y de la apertura económica. Los guardias del templo cerraban el paso a los creyentes de otras nacionalidades, pero abrían las puertas a los traficantes que venían a hacer negocios sucios.

En ese proceso de ruptura con la decadencia del Templo y con la élite que lo manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea. Jesús se había retirado hacia una región extranjera, no muy lejos de Galilea. Las fuertes presiones del poder central imponían fuertes limitaciones a su actividad misionera. Su obra a favor de los pobres, enfermos y marginados encontraba una gran resistencia, incluso entre el pueblo más sencillo y entre sus propios seguidores. El encuentro con la mujer cananea, doblemente marginada por su condición de mujer y de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su propia misión. La mujer extranjera rompe todos los esquemas de cortesía y buen gusto que en las sociedades antiguas tenían un carácter no sólo indicativo sino obligatorio. Existían reglas estrictas para controlar el trato entre una mujer y un varón que no fuera de la propia familia. Los gritos desesperados de la mujer y sus exigencias ponían los pelos de punta no solo a los discípulos sino al evangelista que nos narra este relato. Con todo, la escena nos conmueve porque muestra cómo la auténtica fe se salta todos los esquemas y persigue, con vehemencia, lo que se propone.

Los discípulos, desesperados más por la impaciencia que por la compasión, median ante Jesús para ponerle fin a los ruegos de la mujer. El evangelista, entonces, pone en labios de Jesús una respuesta típica de un predicador judío: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel», para explicar cuál debería ser la actitud de Jesús. Por fortuna, la mujer, haciendo a un lado los prejuicios raciales ajenos, corta el camino a Jesús y lo obliga a dialogar. Cuál no sería la sorpresa de Jesús al encontrar en esta mujer, sola y con una hija enferma, una fe que contrastaba con la incredulidad de sus paisanos. Como Elías al comienzo de su misión, Jesús comprende que aunque la misión comienza por casa, no puede excluir a aquellos auténticos creyentes en el Dios de la Solidaridad, la Justicia y el Derecho. Por esta razón, su palabra abandona la pedantería del discurso nacionalista y se acoge a la universal comunión de los seguidores del Dios de la Vida.

Pablo, en la misma línea, abandona los inútiles esfuerzos por abrir a Israel a la esperanza profética y acepta la propuesta de los creyentes de otras naciones que están dispuestas a formar las nuevas comunidades abiertas, ecuménicas y solidarias.

En nuestro tiempo continuamos sin romper con tantos mecanismos que marginan y alejan a tantos auténticos creyentes en el Dios de la Vida, únicamente porque son diferentes a nosotros por su nacionalidad, clase social, estado civil o preferencia afectiva. ¡Esperemos que alguna buena mujer nos dé la catequesis de la misericordia y la solidaridad!

Por lo que se refiere a la misión «misionera» de los cristianos, bien sabemos que la letra del texto del evangelio de hoy bien podría inducirnos a error, pues hoy día la misión no puede estar centrada en ninguna clase restrictiva de ovejas, ni las de Israel, ni las del cristianismo, ni mucho menos las «católicas». La misión ha roto todas las fronteras, y sólo reconoce como objetivo el reinado del Dios de la Vida y de la Justicia. La misión ya no es ni puede ser chauvinista, porque hoy no cabe entenderla sino como «Misión por el Reino», es ecir, por la Utopía del Dios de la Vida, por el Ben Vivir que desea Dios para sus hijos e hijas, un Dios inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus revelaciones, en sus caminos…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 65 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Los perros extranjeros». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://radialistas.net/article/65-los-perros-extranjeros/ Puede ser escuchado aquí: http://radioteca.net/media//uploads/audios/%25Y_%25m/065.mp3

Para la revisión de vida

En ésta y otras ocasiones, Jesús alaba la «fe» de un «extranjero», o sea, de una persona que no era judía, que tenía «otra religión». ¿Cómo está nuestra capacidad de reconocer y hasta de admirar los valores –valores incluso ¡religiosos!– que viven otras personas que no son de nuestra religión? ¿Cómo valoramos el mundo islámico, los emigrantes de otras religiones, los no creyentes, los agnósticos, el mundo asiático de las religiones orientales…?

Para la reunión de grupo

– Me han enviado sólo a las ovejas descarriadas de Israel. Probablemente Jesús no dijo tal cosa en respuesta a que una extrajera le pidiera un milagro… El texto recoge una composición elaborada tratando de responder más bien al pensamiento de la primitiva comunidad cristiana. Pero en todo caso, el evangelio presenta signos de que Jesús tuvo tal vez una primera etapa no universalista, una etapa limitada en su perspectivas a Israel. ¿Cómo explicarlo? ¿Diríamos que Jesús fue creciendo… no sólo «en edad sabiduría y gracia», sino también en «teología del pluralismo» y en «conciencia misionera madura»…?

– La mujer cananea es uno de los varios casos que aparecen en el evangelio en que Jesús alaba la fe de personas que no son miembros del Pueblo de Dios e incluso las pone por encima de los miembros del pueblo de Dios. Sobre esto cabe preguntarnos: ¿Es que en el Pueblo de Dios, «ni son todos los que están, ni están todos los que son»?

– Un paso más: ¿Es que hay sólo un Pueblo de Dios, o habrá «muchos Pueblos de Dios»?

– La teología actual de la «misión» acentúa que la misión no tiene como objetivo «convertir a otros a nuestra religión», sino –como no podía ser de otra manera, siguiendo a Jesús– construir el Reino de Dios. Es Misión-por-el-Reino. Comentar esto subrayando las diferencias con las antiguas concepciones de la misión.

Para la oración de los fieles

– Para que, como Jesús, seamos capaces de ver la «fe» y los admirables valores religiosos de muchos hermanos y hermanas que no pertenecen al Pueblo de Dos. Roguemos al Señor.

– Para que tengamos una mente abierta, un corazón generoso y una esperanza optimista. Roguemos…

– Para que el mundo actual se embarque hacia la superación de los enfrentamientos étnicos y culturales. Roguemos…

– Por la paz en la tierra de Jesús, Palestina, Israel; para que se llegue pronto a una solución que contemple los derechos de todos. Roguemos…

Oración comunitaria

Oh Dios de todos los pueblos, que has escogido y llamado a todos para que cada uno se encontrara contigo por su propio camino, el camino ancestral por el que tú le has acompañado siempre con cariño paterno y cercanía materna. Danos el optimismo de la fe que sabe descubrir la presencia del Reino y de la «fe» también en los hombres y mujeres de otros Pueblos que hasta ahora nos han parecido equivocadamente «alejados». Ayúdanos a hacer nuestros la esperanza y el optimismo que Jesús nos manifiesta en el Evangelio. Nosotros te lo pedimos apoyados en el ejemplo de Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. Amén.

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Dom 17. 8. 14. Dogma primero, que la niña viva

domingo, 17 de agosto de 2014
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21.mDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 20, tiempo ordinario, ciclo A. Primer dogma, que la niña se cure, que la niña coma. El principio del Evangelio es dar de comer a la niña hambrienta y enferma, en Madrid, en Gaza o en Liberia.

El gran problema no es nacer (a pesar de la tragedia del aborto), sino que los nacidos, niños y niñas, coman y puedan crecer… aunque sólo tengan las migajas del mundo rico. Pero millones y millones de niños no tienen ni migajas, mientras la mesa del mundo rico (parte de Europa, América y Asia) rebose de bienes que acaban pudriéndose.

El evangelio de hoy nos sitúa de manera directa ante la enfermedad y el hambre de los niños en Liberia o del estrecho de Gibraltar… de cualquier lugar de la dura geografía del hambre. Pues bien, la madre de esta niña pagana de Tiro, en la misma costa de Gaza (hoy sería musulmana) enseña a Jesús la mayor de las lecciones: Lo que importa, por encima de religión, de la economía mundial o de política, es que la niña viva.

nene-pateraHoy sale a nuestro encuentro esta madre con la niña con hambre, que no puede comer ni las migajas de la mesa del mundo rico…

Hoy podemos ver la otra imagen de la mujer que acoge al niño que llega del mundo del hambre…

Hoy nos ofrece el evangelio la lección suprema de la vida: Una madre que quiere que su niña viva.
Jesús aprendió la lección en la costa de Tiro, en el mar de Gaza. ¿Aprenderemos nosotros? ¿Qué tendremos que hacer para que la niña viva? ¿Que tendrán que hacer la policía del estrecho, el Banco de Tokio, la política mundial…?

Buen domingo.

Mateo 15,21-28. El hambre de la niña enferma

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: —
–Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
Él no le respondió nada.

Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: Atiéndela, que viene detrás gritando.Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija.

Una mujer palestina o africana, una hija enferma de hambre

EMMA Y SU HIJA ENFERMA
Esta mujer es “cananea” (=palestina) , signo viviente de los pueblos que a lo largo de siglos han luchado contra los judíos en la misma tierra Palestina y/o de su entorno, desde la época de los jueces y de Elías hasta la restauración de Esdras-Nehemías y las guerras de los macabeos. Ella representa a toda la gentilidad.

El texto la presenta simplemente como mujer (gynê). Es muy posible que un judío habría malinterpretado la ausencia de esposo: ¡No es legítima, ella encarna la prostitución de cananeos y gentiles! Pues bien, ella aparece ante el Kyrios (es decir, ante el Señor poderoso de Israel) como necesitada, sin más. Todo el mundo gentil, la humanidad entera ha venido a condensarse en esta madre con su hija enferma.

El signo de humanidad es una mujer que no logra transmitir vida a su hija, que parece dominada por un demonio impuro… un demonio que, en el contexto posterior, se identifica con el hambre (no tiene pan…, no puede compartir el pan de la mesa de los hijos). La buena ley israelita las habría rechazado, porque contaminan a los puros judíos (cf. Esd 9-10). Pero Mateo la presenta como maestra mesiánica de Jesús.


Una discusión teológica y social:

a. Jesús le dice: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”. Ésta es la teología oficial, la teología de una Iglesia que se cierra en sus fieles, “las ovejas descarriadas” de la Iglesia
b. Pero la mujer insiste: «Señor, socórreme.» No le interesa la teología de Jesús, ni los principios de la Escritura israelita… Le interesa su hija, quiere a su hija, quiere darle pan. Y ese “querer” de la madre aparecerá enseguida como más importante que todos los dogmas del buen Jesús “eclesial”, enviado a las ovejas de Israel.
c. Jesús también insiste en lo suyo, defendiendo otra vez su teología: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.» Jesús distingue así lo bueno y lo malo, lo conveniente y lo no conveniente… Hay buenos “hijos de Dios”, raza pura que se debe alimentar y proteger…Los demás, los otros (cananeos, paganos… ¿musulmanes? ) son perros. No es bueno alimentar a los perros, hay que cuidar a los hijos. Estas palabras del Jesús de Mateo son quizá las más duras del evangelio, son palabras del Jesús dogmático…
d. Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.» Ella no discute la teología, da la razón a Jesús… Pero argumenta desde otra perspectiva: También los perros tienen derecho, derecho a las migajas… un trozo de pan que les sobra a los hijos…

Una mujer que cambia a Jesús. Cambiar la teología al ver la necesidad de la hija

Ésta es una conversación muy dura, pero inmensamente clara, en la que Jesús se deja cambiar por el argumento y dolor de esta mujer pagana. Desde su propia impotencia (engendra a su hija y no logra ofrecerle pan, quizá porque los “hijos se lo comen todo”), esta madre presenta su problema a Jesús. Es imperfecta (no logra transmitir vida madura a su hija), pero busca a Jesús. Leer más…

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La mujer que calló a Jesús. Domingo 20 Ciclo A

domingo, 17 de agosto de 2014
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548290_4706116344630_2034407079_nDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Un evangelio políticamente incorrecto

Hace años, durante una estancia en Argentina, me invitaron a tener una charla en la parroquia de Lomas de Zamora (Gran Buenos Aires). En el coloquio posterior, una muchacha me comentó que no le gustaba el pasaje en el que Jesús trata muy mal a una mujer cananea. Le dije: «Es cierto. Ese relato parece políticamente incorrecto. Te lo voy a contar de otra forma, a ver si te gusta más».

«Una vez Jesús se dirigió al territorio de Tiro y Sidón. Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

― Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Jesús se volvió hacia ella y le dijo:

            ― Vuelve a tu casa. Tu hija está sana.»

          «¿Te gusta más así?» La muchacha se quedó desconcertada, porque había algo en esta versión que no acababa de convencerle. Le resultaba demasiado sencilla, faltaba algo. Efectivamente, falta todo lo que escandaliza; pero falta también la prueba de sabiduría de la mujer, capaz de retorcer el argumento de Jesús y dejarlo sin palabras.

El Mesías antipático y la pagana insistente

            Para entender la versión que ofrece Mateo de este episodio hay que conocer la de Marcos, que le sirve como punto de partida.

            Marcos cuenta una escena más sencilla. Jesús llega al territorio de Tiro, entra en una casa y se queda en ella. Una mujer que tiene a su hija enferma, acude a Jesús, se postra ante él y le pide que la cure. Jesús le responde que no está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella le dice que tiene razón, pero que también los perritos comen de las migajas de los niños. Y Jesús: «Por eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija».

            Mateo describe una escena más dramática cambiando el escenario y añadiendo detalles nuevos, todos los que aparece en cursiva y negrita en el texto siguiente.

«En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

― Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

― Atiéndela, que viene detrás gritando.

Él les contestó:

― Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:

― Señor, socórreme.

Él le contestó:

― No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

Pero ella repuso:

― Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen  de la mesa de los amos.

Jesús le respondió:

― Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

En aquel momento quedó curada su hija.

Los cambios que introduce Mateo

ü  El encuentro no tiene lugar dentro de la casa, sino en el camino. Esto le permite presentar a Jesús y a los discípulos andando, y la cananea detrás de ellos.

ü  La cananea no comienza postrándose ante Jesús, lo sigue gritándole: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Pero Jesús, que siempre muestra tanta compasión con los enfermos y los que sufren, no le dirige ni una palabra.

ü  La mujer insiste tanto que los discípulos, muertos de vergüenza, le piden a Jesús que la atienda. Y él responde secamente: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

ü  La cananea no se da por vencida. Se adelanta, se postra ante Jesús, obligándole a detenerse, y le pide: «Señor, socórreme». Vienen a la mente las palabras de Mt 6,7: «Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso». Esta pagana no es palabrera; pide como una cristiana. Imposible mayor sobriedad.

ü  Sigue el mismo diálogo que en Marcos sobre el pan de los hijos y las migajas que comen los perritos.

ü  Pero el final es muy distinto. Jesús, en vez de decirle que su hija está curada, le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»

Estos cambios se resumen en la forma de presentar a Jesús y a la cananea.

1) A Jesús lo presenta de forma antipática: no responde una palabra a pesar de que la mujer va gritando detrás de él; parece un nacionalista furibundo al que le traen sin cuidado los paganos; es capaz de avergonzar a sus mismos discípulos.

2) En la mujer, acentúa su angustia y su constancia. Ella no se limita a exponer su caso (como en Marcos), sino que intenta conmover a Jesús con su sufrimiento: «Ten compasión de mí, Señor», «Señor, socórreme». Y lo hace de manera insistente, obstinada, llegando a cerrarle el paso a Jesús, forzándolo a detenerse y a escucharla.

Ni obstinación ni sabiduría, fe

Jesús podría haberle dicho: «¡Qué pesada eres! Vete ya, y que se cure tu hija». O también: «¡Qué lista eres!» Pero lo que alaba en la mujer no es su obstinación, ni su inteligencia, sino su fe. «¡Qué grande es tu fe!». Poco antes, a Pedro, cuando comienza a hundirse en el lago, le ha dicho que tiene poca fe. Poco más adelante dirá lo mismo al resto de los discípulos. En cambio, la pagana tiene gran fe. Y esto trae a la memoria otro pagano del que ha hablado antes Mateo: el centurión de Cafarnaúm, con una fe tan grande que también admira a Jesús.

Con algunas mujeres no puede ni Dios

El episodio de la cananea recuerda a otro aparentemente muy distinto: las bodas de Caná. También allí encontramos a un Jesús antipático, que responde a su madre de mala manera cuando le pide un milagro (las palabras que le dirigesiempre se usan en la Biblia en contexto de reproche), y que busca argumentos teológicos para no hacer nada: «Todavía no ha llegado mi hora». Sólo le interesa respetar el plan de Dios, no hacer nada antes de que él se lo ordene o lo permita.

            En el caso de la cananea, Jesús también se refugia en la voluntad y el plan de Dios: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Yo no puedo hacer algo distinto de lo que me han mandado.

            Sin embargo, ni a María ni a la cananea les convence este recurso al plan de Dios. En ambos casos, el plan de Dios se contrapone a algo beneficioso para el hombre, bien sea algo importante, como la salud de la hija, o aparentemente secundario, como la falta de vino. Ellas están convencidas de que el verdadero plan de Dios es el bien del ser humano, y las dos, cada una a su manera, consiguen de Jesús lo que pretenden.

            Gracias a este conocimiento del plan de Dios a nivel profundo, no superficial, Isabel alaba a María «porque creíste» y Jesús a la cananea «por tu gran fe».

            En realidad, el título de este apartado se presta a error. Sería más correcto: «Dios, a través de algunas mujeres, deja clara cuál es su voluntad». Pero resulta menos llamativo.

«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

            Con estas palabras pretende justificar Jesús su actitud con la cananea. Si los discípulos hubieran sido tan listos como la mujer, podrían haber puesto a Jesús en un apuro. Bastaba hacerle dos preguntas:

1) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué nos has traído hasta Tiro y Sidón, que llevamos ya un montón de días hartos de subir y bajar cuestas?»

2) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué curaste al hijo del centurión de Cafarnaúm, y encima lo pusiste como modelo diciendo que no habías encontrado en ningún israelita tanta fe?»

            Como los discípulos no preguntaron, no sabemos lo que habría respondido Jesús. Pero en el evangelio de Mateo queda claro desde el comienzo que Jesús ha sido enviado a todos, judíos y paganos. Por eso, los primeros que van a adorarlo de niño son los magos de Oriente, que anticipan al centurión de Cafarnaúm, a la cananea, y a todos nosotros.

Primera lectura y evangelio

La primera lectura ofrece un punto de contacto con el evangelio (por su aceptación de los paganos), pero también una notable diferencia. En ella se habla de los paganos que se entregan al Señor para servirlo, observando el sábado y la alianza. Como premio, podrán ofrecer en el templo sus holocaustos y sacrificios y serán acogidos en esa casa de oración. La cananea no observa el sábado ni la alianza, no piensa ofrecer un novillo ni un cordero en acción de gracias. Experimenta la fe en Jesús de forma misteriosa pero con una intensidad mayor que la que pueden expresar todas las acciones cultuales.

Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7

Así dice el Señor:

«Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.»

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