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Del blog Nova Bella:

Así en aquél rostro conocí todos los seres
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Hadewijch de Amberes
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Así en aquél rostro conocí todos los seres
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Hadewijch de Amberes
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Pasar «haciendo el bien» como Jesús En general las personas persiguen ideales y sueñan con grandes realizaciones. Pero la vida se va encargando de mostrar que lo alcanzado no es tan glorioso como tal vez se soñaba y, además, muchas cosas no se pueden lograr por circunstancias externas no controlables por nosotros mismos. Algunas personas consiguen éxitos que parecían imposibles y otras, lamentablemente, se conforman con demasiado poco y no luchan lo suficiente por alcanzar sus metas. Esta es la diversidad de personas que somos; sin embargo, unas y otras, vivimos, sufrimos, gozamos, luchamos y esperamos mejores tiempos.
De Jesús en su vida histórica, el libro de Hechos nos lo describe como aquel que “pasó haciendo el bien” (10, 38). ¿Qué quisieron decir con esto? Jesús no tuvo éxitos, ni fortuna, ni glorias, pero fue una persona que hizo el bien. Parece que esto fue lo que sus contemporáneos resumieron de su vida con ellos. Esto no es poco. Es mucho porque en hacer el bien o el mal se juega nuestra propia felicidad y la de nuestro mundo. Por eso la invitación para los que intentamos seguirle no va por una perfección de determinada manera sino en esta línea de pasar por la vida haciendo el bien.
¿Cómo ser personas que pasen haciendo el bien? Mirando a Jesús encontramos al menos dos maneras de hacer este bien. La primera se refiere a su actuar con respecto a los excluidos de su tiempo, sea por su enfermedad, por su sexo, por el trabajo que ejercían, por su procedencia étnica, etc. Sus milagros no se refieren a actos extraordinarios para mostrar su poder, sino a los “signos del reino”, es decir, a la puesta en práctica del actuar de Dios que nunca excluye, que nunca castiga, que nunca va en contra de la dignidad del ser humano. Jesús cura a los enfermos porque les apartan de la comunidad, en nombre de la Ley ya que se les consideraba pecadores; habla con los extranjeros porque el reino va más allá de las fronteras de Israel; come con los pecadores porque ellos también están incluidos en la mesa del reino. Pero la segunda manera de practicar el bien es con sus actitudes frente a las instituciones religiosas de su tiempo -La Ley y el Templo- cuando estas oprimen a las personas, esclavizándolas con sus mandatos en lugar de ponerlas al servicio del ser humano. El gesto provocador de Jesús de curar en sábado -cuando podía haberlo hecho cualquier otro día- es un gesto profético para denunciar que eso va en contra del querer de Dios. Todas estas acciones buenas le complican la vida y Jesús se gana la muerte. Lo crucifican porque anuncia la buena noticia de la misericordia para todos y denuncia la tiranía de las instituciones cuando no están al servicio del ser humano.
A un actuar similar estamos llamados los cristianos. Si queremos, todos podemos pasar haciendo el bien. El bien siempre da gozo, paz al corazón, satisfacción personal, alegría serena. Y, en la medida que buscamos hacer el bien, logramos hacer un mundo mejor. Aunque nos asaltan las noticias sobre la maldad humana sobre otros seres humanos, la cotidianidad está también repleta de bien porque de lo contrario no podríamos vivir el día a día. El bien se manifiesta en tener otro día de vida. En la creación que sigue brindándonos sus dones como casa común en la que habitamos. Bien es la organización social -por precaria que sea- que nos permite desarrollar nuestras tareas diarias. Bien es el poder estar con otros en la calle, en el transporte, en los centros educativos, en las empresas y llevar adelante los oficios que ahí se desarrollan. Bien es poder descansar del trabajo realizado y recobrar fuerzas para comenzar un nuevo día.
Y mayor bien es cuando nos detenemos ante las necesidades de los otros y buscamos socorrerlas de alguna manera. Desde un pequeño gesto de ayuda en las cosas cotidianas hasta en la solución de problemas más complejos para los cuales desde un consejo, una ayuda material o un apoyo moral, son indispensables. Bien es también aprender a agradecer todo lo que recibimos y a no pedir más de lo que los demás pueden darnos. Un corazón agradecido disfruta verdaderamente de la vida, mientras que aquellos que solo exigen de los otros algo, van cosechando amarguras en su corazón cuando no reciben lo que esperan. En otras palabras, pasar haciendo el bien como lo hizo Jesús es orientar la vida hacia el servicio, la generosidad, la gratitud, la benevolencia, la misericordia, el perdón, la posibilidad de comenzar siempre de nuevo.
Pero también pasar haciendo el bien supone levantar la voz para denunciar lo que no permite la vida de los otros. Es vivir el profetismo al estilo de Jesús que denunció a las instituciones religiosas y sociales de su tiempo por poner cargas pesadas sobre las personas en lugar de ser signos de acogida y misericordia al estilo de Dios. Esta manera de hacer el bien es más difícil porque también despierta la persecución de los que son denunciados y no se está lejos de ser perseguido y asesinado. Eso pasa con tantos líderes sociales que, especialmente, en Colombia son asesinados a diario. Y pasa con tantos profetas cotidianos en la familia -al denunciar la violencia doméstica-, en las empresas al denunciar las malas condiciones y pocas garantías laborales, en las instituciones educativas al denunciar la mediocridad o el negocio que se forma alrededor de ellas; en las instituciones religiosas cuando se denuncia abusos, intereses económicos, manipulación de la fe sincera de las personas.
Por aquí va la propuesta de la vida cristiana. Algunos la limitan a lo sagrado llenando la vida de prácticas religiosas. Estas han de ser expresión del pasar haciendo el bien en la vida concreta. De lo contrario, son prácticas vacías que Dios aborrece. Tal vez nos ayude revisar cómo hacemos el bien en lo grande y lo pequeño, en lo privado y en lo público, en lo cotidiano y en lo estructural. Posiblemente así nos vamos acercando más al Jesús a quien decimos amar y queremos seguir.
(Foto tomada de: https://www.euroresidentes.com/estilo-de-vida/sentir-bien/ayudar-los-demas)
Todos conservamos en nuestras retinas el naufragio del sumergible Titan en las aguas del Atlántico Norte con 5 personas millonarias a bordo, que llegaron a pagar unos 230.000€ por bajar a las profundidades del Titanic, hundido hace más de un siglo.
Éste sumergible sufrió lo que llaman una “implosión catastrófica” (ahora estamos aprendiendo muchas palabras que quizá la mayoría de nosotros nunca habíamos oído), lo que llaman una bajada de presión en su interior, y como consecuencia, todos sus ocupantes fallecieron al instante.
La cara opuesta o antítesis, la encontramos en el naufragio y muerte del pesquero casi al mismo tiempo de cientos de migrantes, de los cuales, más de 100 eran niños. Algo previsible, pero también, una vez más, evitable. Sin embargo volvemos a hablar de tragedia y pérdida de tantas vidas.
Tragedia, que como tantas, es consecuencia de las políticas de esta Europa de la que tan satisfechos nos sentimos. De este que llamamos “primer mundo”, sin embargo, estas personas han muerto porque la burocracia, una vez más, es la que se impone.
Había hermanos con hambre, sed, afinados como chinches, conviviendo con cadáveres que no resistieron las condiciones del viaje. Obligándoles a beber agua del mar, sin poder moverse, gritaban pidiendo auxilio y mientras, los países intentando ponerse de acuerdo a ver a quien le tocaba ir…
Ricos y pobres, personas de primera y segunda categoría, vidas que parecen no tener precio, no importan. Para otros, se despliegan todos los medios y millones que hagan falta para rescatar sus cuerpos…
Las mafias siguen mandando cadáveres al mar, a nuestro mar, jugando con quienes lo único que buscan es vivir con dignidad…
Los migrantes pagan a los traficantes. Estamos ante un tráfico de personas, como puede ser la trata o las armas. El problema es que hay demasiado dinero en juego como para “cortar el grifo”. Personas que pagan no para llegar a Europa, si no a la muerte…
Ricos y pobres, unos pagan por placer, otros por sobrevivir…
Al final de la vida nos examinarán del amor que decía S. Juan de la Cruz y ahí, por suerte, todos somos iguales…
Ana Bou
Fuente Religión digital

«No lo buscarías si no lo hubieras ya encontrado»
«El hombre no es más que una caña, la más débil de todas, pero una caña que piensa.»
«Si no actúas como piensas, terminarás pensando como actúas.»
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Blaise Pascal
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Grandeza y miseria del hombre: la paradoja del pensamiento de Blaise Pascal
El Papa Francisco dedicó su Carta Apostólica ‘Sublimitas et miseria hominis‘ a la obra del filósofo y teólogo francés, en el cuarto centenario de su nacimiento
«Si Blaise Pascal es capaz de conmover a todo el mundo,es porque habló de la condición humana de una manera admirable. Sería engañoso, sin embargo, ver en él solamente a un especialista en moral humana, por muy brillante que fuera. El monumento formado por sus Pensamientos, algunas de cuyas fórmulas aisladas se han hecho célebres, no puede ser verdaderamente comprendido si se ignora que Jesucristo y la Sagrada Escritura son a la vez el centro y la clave», señala el Papa en su carta apostólica
«Llegado a este punto, Pascal, que ha escudriñado con la increíble fuerza de su inteligencia la condición humana, la Sagrada Escritura e incluso la tradición de la Iglesia, pretende proponerse con la sencillez del espíritu de infancia como humilde testigo del Evangelio; es ese cristiano que quiere hablar de Jesucristo a los que se apresuran a declarar que no hay ninguna razón sólida para creer en las verdades del cristianismo. Pascal, al contrario, sabe por experiencia que lo que dice la Revelación no sólo no se opone a las exigencias de la razón, sino que aporta la respuesta inaudita a la que ninguna filosofía habría podido llegar por sí misma»
| Alessandro Di Bussolo
«Infatigable buscador de la verdad», «pensador brillante», «atento a las necesidades materiales de todos», «enamorado de Cristo», «cristiano racionalidad fuera de lo común» y de «inteligencia inmensa e inquieta». Estas son algunas de las definiciones del filósofo y teólogo francés Blaise Pascal que el Papa Francisco ofrece en su Carta Apostólica Sublimitas et miseria hominis, escrita con motivo del cuarto centenario del nacimiento del hombre que también fue matemático y físico, y publicada hoy, día del aniversario.
«Grandeza y miseria del hombre», explica el Papa, forman la paradoja que está en el centro de la reflexión y del mensaje de Pascal, que nació el 19 de junio de 1623 en Clermont, en el centro de Francia, y murió con sólo 39 años, el 19 de agosto de 1662, en París.
La antigua pregunta del alma: «¿Qué es el hombre?»
Desde niño y durante toda su vida, recuerda Francisco, «buscó la verdad» y con la razón «rastreó sus signos, especialmente en los campos de las matemáticas, la geometría, la física y la filosofía». » Realizó descubrimientos extraordinarios desde muy tierna edad», pero no se detuva allí , y en un siglo de grandes progresos científicos, «acompañados de un creciente espíritu de escepticismo filosófico y religioso», Blaise Pascal «se mostró como un infatigable buscador de la verdad», siempre «inquieto», atraído por «nuevos y más amplios horizontes». Por eso no pudo acallar la antigua pregunta del alma humana, relatada por el salmista: “¿Qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?». «Una nada respecto al infinito, un todo respecto a la nada», escribió en una meditación recogida en sus Pensamientos, un “conjunto de fragmentos publicados póstumamente, que son las notas o borradores de un filósofo impulsado por un proyecto teológico».
No se cierra a los demás ni siquiera en la última enfermedad
Su actitud básica, según el Pontífice, es de «asombrada apertura a la realidad», lo que le lleva a abrirse a otras dimensiones del conocimiento, pero también a la sociedad. Pascal, por ejemplo, ideó en París, en 1661, «el primer sistema de transporte público de la historia, los ‘Carruajes de cinco centavos’”. Y “ni su conversión a Cristo”, «ni su extraordinario esfuerzo intelectual en defensa de la fe cristiana”, subraya el Papa Francisco, «lo convirtieron en una persona aislada de su época». Tan atento a los problemas sociales que no se cerró “a los demás ni siquiera en la hora de su última enfermedad».
Uno de sus biógrafos recoge estas palabras suyas, que, comenta el Papa, «expresan la etapa final de este camino evangélico»: «Si los médicos dicen verdad y Dios permite que salga de esta enfermedad, estoy resuelto a no tener más ocupaciones ni otro empleo del resto de mis días que el servicio de los pobres». “Es conmovedor, escribe Francisco, constatar que, en los últimos días de su vida, un pensador tan brillante como Blaise Pascal no viera mayor urgencia que dedicar su energía a las obras de misericordia: «El único objeto de la Escritura es la caridad»”.
Acompaña nuestra búsqueda de la verdadera felicidad
El Pontífice, con su Carta, pretende «poner en evidencia lo que, en su pensamiento y en su vida, considero apropiado para estimular a los cristianos de nuestro tiempo y a todos nuestros contemporáneos de buena voluntad en la búsqueda de la verdadera felicidad», porque Pascal, cuatro siglos después, «sigue siendo para nosotros el compañero de camino que acompaña nuestra búsqueda de la verdadera felicidad y, según el don de la fe, nuestro reconocimiento humilde y gozoso del Señor muerto y resucitado».
Porque «habló de la condición humana de una manera admirable», pero no sólo como especialista en costumbres humanas, sino como hombre que puso a Jesucristo y a la Sagrada Escritura en el centro de su pensamiento. En efecto, había llegado a la certeza de que, en palabras del filósofo, ‘no solamente no conocemos a Dios más que por Jesucristo, sino que no nos conocemos a nosotros mismos más que por Jesucristo’. Se trata de una afirmación «extrema», pero no doctrinal, que el Papa Francisco aclara en el documento.
Fuera del amor, «no hay verdad que valga la pena»
Pascal, «hombre de inteligencia prodigiosa», se preocupó de hacer saber a todos que «Dios y la verdad son inseparables», pero también que «fuera de los objetivos del amor, no hay verdad que valga». «No hacemos un ídolo con la verdad misma, porque la verdad sin la caridad no es Dios y es su imagen y un ídolo al que no hay que amar ni adorar». El Papa está convencido de que «la inteligencia y la fe viva de Blaise Pascal, quien quería demostrar que la religión cristiana es ‘venerable porque ha conocido bien al hombre’ y ‘amable porque promete el verdadero bien’, pueden ayudarnos a atravesar las oscuridades y las desgracias de este mundo”.
Una mente científica excepcional
Francisco recuerda la infancia de Blaise, que perdió a su madre cuando sólo tenía 3 años, con su padre, jurista y matemático, quien, para ocuparse solo de la educación de sus tres hijos (también de sus hermanas Jacqueline y Gilberte), trasladó a la familia a París cuando Blaise tenía 9 años. Y ya entonces demostraba sólo teoremas geométricos, incluso antes de leerlos en los libros. «En 1642, a los diecinueve años», escribe el Pontífice, «inventó una máquina de aritmética, antecesora de nuestras calculadoras». Así, Pascal «nos recuerda la grandeza de la razón humana y nos invita a utilizarla para descifrar el mundo que nos rodea». Su «espíritu de geometría», práctica confiada de la razón natural, «lo hacía solidario con todos sus hermanos en busca de la verdad, le permitirá reconocer los límites de la inteligencia misma y, al mismo tiempo, abrirse a las razones sobrenaturales de la Revelación». En sus Pensamientos relata una paradoja: «Le ha costado tanto a la Iglesia demostrar que Jesucristo era hombre contra aquellos que lo negaban, como demostrar que era Dios; y las posibilidades eran igualmente grandes».
Tenía la certeza sobrenatural de la fe
El amor apasionado de Pascal a Cristo y el servicio a los pobres, “no eran el signo de una ruptura en el espíritu de este discípulo audaz», continúa el Papa Francisco, «sino el de una profundización hacia la radicalidad evangélica, una progresión hacia la verdad viva del Señor, con la ayuda de la gracia». Tenía la certeza sobrenatural de la fe y «la veía tan acorde con la razón, aunque infinitamente superior a ella», y sobre esto discutía animadamente con quienes no la poseían. A ellos, escribía, «nosotros sólo podemos dársela por razonamiento, en espera de que Dios se la dé por sentimiento de corazón». Pascal admiraba la sabiduría de los antiguos filósofos griegos, pero subrayaba que “la razón por sí sola no puede resolver los interrogantes más elevados y urgentes”.
El tema del sentido integral de nuestra vida
El Papa recuerda que el tema que más interesaba al hombre de su tiempo y también de hoy es «el del sentido pleno de nuestro destino, de nuestra vida y de nuestra esperanza, el de una felicidad que no está prohibido concebir como eterna, pero que sólo Dios está autorizado a conceder». En los Pensamientos encontramos el principio fundamental de que «la realidad es superior a la idea», y debemos recordarlo, escribe Francisco, hoy que » las ideologías mortíferas que continuamos padeciendo en los ámbitos económico, social, antropológico y moral mantienen a quienes las siguen dentro de burbujas de creencia donde la idea ha reemplazado a la realidad”.
Ante su miseria, el hombre busca la distracción
Hablando, siempre por paradoja, de la condición humana, Pascal recuerda, con realismo, según el Pontífice, que «hay una desproporción insoportable, por una parte, entre nuestra voluntad infinita de ser felices y de conocer la verdad; y, por otra, nuestra razón limitada y nuestra debilidad física, que conduce a la muerte». Que «nos amenaza a cada instante» y que es «el final que espera a la vida más bella del mundo». Por eso el hombre no puede «permanecer solo en sí mismo», porque «su miseria y la incertidumbre de su destino son insoportables«. Debe distraerse, y de aquí se deduce » “que a los hombres les guste tanto el bullicio y el movimiento». Lo hace con el trabajo, el ocio, las relaciones familiares o las amistades, pero también, por desgracia, con los vicios. Así experimenta su dependencia, su vacío y también el tedio, la tristeza y la desesperación.
El abismo de la condición humana sólo puede ser colmado por Dios
«Un abismo infinito» define el filósofo esta condición humana, que «sólo puede ser llenado por un objeto infinito e inmutable, es decir, por el mismo Dios». El hombre es al mismo tiempo, para Pascal, » Juez de todas las cosas, indefenso gusano, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y de error, gloria y desecho del universo». Opuestos irreconciliables para la razón humana. ‘Las grandezas y miserias del hombre son tan evidentes, leemos en Pensamientos, que es necesariamente preciso que la verdadera religión nos enseñe que hay algún gran principio de grandeza en el hombre y que hay un gran principio de miseria’. Es preciso además que nos explique esas asombrosas contradicciones».
Así, Pascal, que » ha escudriñado con la increíble fuerza de su inteligencia la condición humana, la Sagrada Escritura e incluso la tradición de la Iglesia», para el Papa Francisco “pretende proponerse con la sencillez del espíritu de infancia como humilde testigo del Evangelio». Es ese cristiano que «quiere hablar de Jesucristo a los que se apresuran a declarar que no hay ninguna razón sólida para creer en las verdades del cristianismo», porque sabe «que lo que dice la Revelación no sólo no se opone a las exigencias de la razón, sino que aporta la respuesta inaudita a la que ninguna filosofía habría podido llegar por sí misma».

La experiencia mística de la «Noche de Fuego»
En la carta apostólica, el Papa analiza a continuación la experiencia mística de la «Noche de fuego» del 23 de noviembre de 1654, tan intensa y decisiva que Pascal la anotó en un pedazo de papel, el «Memorial», que había cosido en el forro de su abrigo, y que fue descubierto después de su muerte. Define su encuentro por analogía con el experimentado por Moisés ante la zarza ardiente. «Sí, nuestro Dios es alegría», comenta Francisco, » y Blaise Pascal lo testimonia a toda la Iglesia y a todo el que busca a Dios». «No es el Dios abstracto o el Dios cósmico», escribe el filósofo y teólogo francés, sino que es «el Dios de una persona, de una llamada, el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, el Dios que es certeza, que es sentimiento, que es alegría».
Esa noche Pascal experimenta «el amor de este Dios personal, Jesucristo», que lo lleva «por el camino de la conversión profunda y, por tanto, de la ‘renuncia total y dulce’”, vivida el amor, al que se va corrompiendo por la seducción de la concupiscencia». Antes de esa noche, Pascal no duda de la existencia de Dios, lo que le falta, escribe Gouhier, «y lo que espera, no es un conocimiento sino un poder, no una verdad sino una fuerza». Que le es dada, aclara el Pontífice, «por la gracia».
Pascal y la razonabilidad de la fe en Dios
A continuación, el Papa Francisco cita a Benedicto XVI, quien recordó cómo » la tradición católica, desde el inicio, ha rechazado el llamado fideísmo, que es la voluntad de creer contra la razón», y Pascal está profundamente apegado a la «razonabilidad de la fe en Dios». “Pero si la fe es razonable, también es un don de Dios y no puede imponerse: ‘No se demuestra que debamos ser amados sometiendo a método las causas del amor; sería ridículo’», observa Pascal con la finura de su humor. Como recordaron los padres conciliares en la declaración Dignitatis humanae, Jesús dio testimonio de la verdad, pero «no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían».
Conocemos la realidad no sólo con la razón, sino también con el corazón
Aunque la fe sea de un orden superior a la razón, aclara a continuación el Papa, «esto no significa ciertamente que se oponga a ella, sino que la supera infinitamente». Leer la obra de Pascal, por tanto, «es ponerse en la escuela de un cristiano con una racionalidad fuera de lo común, que tanto mejor supo dar cuenta de un orden establecido por el don de Dios superior a la razón». El filósofo analiza también la «inteligencia intuitiva», que está conectada con lo que llama «corazón»: «Conocemos la verdad -escribe- como el hecho de que el Dios que nos hizo es amor, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se encarnó en Jesucristo, que murió y resucitó para nuestra salvación, no se pueden demostrar por la razón, pero pueden ser conocidas por la certeza de la fe, y pasan entonces del corazón espiritual a la mente racional, que las reconoce como verdaderas y puede a su vez exponerlas». Pascal, subraya a continuación el Pontífice, «nunca se resignó a que algunos de sus hermanos en humanidad no sólo no conocieran a Jesucristo, sino que desdeñaran tomarse en serio el Evangelio», y establece, escribe, «una gran diferencia entre los que se afanan con todas sus fuerzas por conocerlo, y los que viven sin preocuparse ni pensar en ello«.
La disputa teológica entre Jansenistas y Jesuitas
Para concluir, el Papa Francisco analiza la relación de Pascal con el jansenismo. Recuerda que Jaqueline, una de las hermanas, había entrado en la vida religiosa en Port Royal, «en una congregación cuya teología estaba fuertemente influenciada por Cornelius Jansen». Y que Pascal fue a hacer un retiro a la abadía de Port Royal. Cuando, en los meses siguientes, surgió en la Sorbona una importante controversia, que oponía a los jesuitas con los «jansenistas», sobre la cuestión de la gracia de Dios y sobre la relación de la gracia con la naturaleza humana, en particular con el libre albedrío, el filósofo, que no era partidista, recibió el encargo de los jansenistas de defenderlos. Lo hizo, entre 1656-57, publicando dieciocho cartas, conocidas como Provinciales. El Papa comenta que algunas de sus afirmaciones, relativas, por ejemplo, a la predestinación, tomadas de la teología del último San Agustín, «no parecen correctas».
La justa crítica al pelagianismo
Pero añade que “al igual que san Agustín había tratado de combatir a los pelagianos en el siglo V, que afirmaban que el hombre puede, por sus propias fuerzas y sin la gracia de Dios, hacer el bien y salvarse, Pascal pensaba sinceramente estar atacando entonces al pelagianismo o semipelagianismo, que creía identificar en las doctrinas seguidas por los jesuitas molinistas» (llamados así por el teólogo Luis de Molina). «Reconozcámosle la franqueza y la sinceridad de sus intenciones» es la invitación de Francisco. Que no quiere «volver a abrir la cuestión», pero subraya que «la justa advertencia en las posiciones de Pascal sigue siendo válida para nuestro tiempo: el neo – pelagianismo, que haría depender todo ‘del esfuerzo humano encauzado por normas y estructuras eclesiales’» nos intoxica «con la presunción de una salvación ganada con nuestras fuerzas». Y que la última posición de Pascal, antes de su muerte, respecto a la gracia, «y en particular al hecho de que Dios ‘quiere que todos los se salven y lleguen al conocimiento de la verdad'» es «perfectamente católica».
El deseo de morir en compañía de los pobres
Finalmente, cuando compuso su magnífica Oración para pedir a Dios el buen uso de las enfermedades, en 1659, «Pascal era un hombre pacificado, que ya no se dedicaba a la polémica, ni tampoco a la apologética». Estando a punto de morir, escribe su biógrafo, « tenía un gran deseo de morir en la compañía de los pobres». Después de recibir los Sacramentos, sus últimas palabras fueron: ««¡Que Dios no me abandone jamás!». El deseo del Pontífice es que «su obra luminosa y los ejemplos de su vida, tan profundamente sumergida en Jesucristo», nos puedan ayudar a seguir hasta el final el camino de la verdad, la conversión y la caridad».
Del blog Nova Bella:

Puesto que nunca podrás dejar de ser el que eres,
secreto y jubiloso,
ama
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Francisco Brines
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Beato Juan Duns Escoto. (El doctor sutil, lumbrera de la “Escolástica”)
«Más allá de las cosas, Él existe, con una naturaleza distinta a la de las cosas»
“Dios no existe”, estimaba el físico y astrónomo Stephen Hawking, que murió en marzo de 2018. Responderé con un filósofo y teólogo medieval, de los más perspicaces, hasta el punto de ser llamado “doctor sutil”, el franciscano escocés Duns Scoto (1266-1308): “Si Dios existe como existen las cosas, entonces Dios no existe”
“Dios no existe”, estimaba el físico y astrónomo Stephen Hawking, que murió en marzo de 2018. Responderé con un filósofo y teólogo medieval, de los más perspicaces, hasta el punto de ser llamado “doctor sutil”, el franciscano escocés Duns Scoto (1266-1308): “Si Dios existe como existen las cosas, entonces Dios no existe”.
Ambos, Hawking y Scoto, tienen razón. El famoso físico e identificador de los “agujeros negros” se mueve dentro de la burbuja de la física, de aquello que puede ser medido, calculado y hecho objeto de experimentación empírica. Buscar a Dios dentro de este paradigma significa no poder encontrar a Dios porque Dios no es una cosa, con las características de las cosas, por minúsculas que sean (un topquark, el bosón de Higgs) o por mayores que se presenten como el conglomerado de galaxias, de tamaño incalculable. Lo máximo que la razón podría decir es que Dios es el “Ser que hace ser todas las cosas”, no siendo una cosa.
Así pues, desde la física, es válida la afirmación de que “Dios, de hecho, no existe”. Él no cabe dentro de la física por que no es una realidad física. Solo que la física no es la única ventana de acceso a lo real.
Hay otras realidades que, por no ser físicas, no dejan de ser realidades. Así una lombriz jamás entenderá una música de Vila Lobos, ni el coronavirus sabrá apreciar un cuadro de Tarcila. Son realidades de naturaleza diferente.
Duns Scoto tiene también razón porque al referirnos a Dios, sostiene él, estamos pensando en una Realidad Última que trasciende todos los límites de la física, del espacio y del tiempo o de cualquier otra forma de conocimiento. Es el Innombrable, y el Inefable, Aquel que no cabe en ningún lenguaje, ni en ningún diccionario. Dios no es un hecho de la realidad palpable que puede ser captada y dicha. Por su naturaleza, Él está más allá de los hechos. Él es Aquel ante el cual debemos, reverentemente, callar, expresando el Noble Silencio. Esa es la verdadera posición del pensamiento radical que se expresa por la filosofía y por la teología, tan bien elaborado en los escritos de Duns Scoto. Remarcando: Él es el Misterio que trasciende cualquier realidad dada, medible o captable por el ser humano.
Quien vio claro eso fue el filósofo vienés Ludwig Wittgenstein (1889-1951) en su famoso Tractatus Logico-philosophicus (1921) al decir: “La ciencia estudia cómo es el mundo; el místico se admira de que el mundo sea. Seguramente existe lo Inefable. Eso se muestra, es lo místico… Sobre aquello que no podemos hablar, debemos callar” (aforismo 6.522).
Aquí resuena la frase famosa de Gottfried Leibniz (1646-1716): “¿por qué existe el ser y no la nada?”. A esta pregunta no cabe respuesta: es el Misterio del ser frente a la nada. Ante el Misterio del ser se debe callar antes que hablar, porque todo lo que digamos queda más acá del Misterio que es Inefable e Inexpresable y ya supone que estamos en el ser.
En el horizonte del sentido
Pero no estando en el horizonte de las cosas, Dios sin embargo está en el horizonte del sentido. Por eso afirma Wittgenstein: “Creer en un Dios significa comprender la cuestión del sentido de la vida. Creer en un Dios significa percibir que no todo está decidido con los hechos del mundo. Creer en Dios significa percibir que la vida tiene un sentido” (Id.ibd).
Pero volvamos a Hawking: todos los grandes científicos empezando por Newton, que introdujo el matematismo en la naturaleza, pasando por Einstein y otros, llegando al genial inglés, buscaban una fórmula que explicase toda la realidad. El intento era una “Teoría del Todo” (TOE en inglés: Theory of Everything) llamada también “Teoría de la Gran Unificación” (TGU).
Hay dos libros clásicos que resumen los encuentros y desencuentros de esta magna cuestión: John B.Barrow, Teorías del Todo: la búsqueda de la explicación final (Zahar 1994) y el de Abdus Salam, Werner Heisenberg, Paul Dirac, La unificación de las fuerzas fundamentales: el gran desafío de la física contemporánea (Zahar 1994). Todos acaban reconociendo el fracaso de ese intento. En la expresión de John Barrow: “Toda la vida cotidiana, lo que mueve a los seres humanos en su búsqueda de felicidad y en su tragedia, no caben en la concepción del ‘Todo’”.
Si encontrásemos una respuesta a esta pregunta, sería el triunfo último de la razón humana porque entonces conoceríamos la mente de Dios
El último a reasumir esta cuestión fue justamente Stephen Hawking en su famoso libro Breve historia del tiempo (Ediouro 2005). Lo intentó de todas las formas. Al final reconoció la imposibilidad afirmando: “Si realmente descubrimos una teoría completa, sus principios generales deberán a su debido tiempo ser comprensibles por todos, y no sólo por unos pocos científicos. Entonces, todos nosotros, filósofos, científicos y simples personas comunes, seremos capaces de participar en la discusión de por qué nosotros y el universo existimos. Si encontrásemos una respuesta a esta pregunta, sería el triunfo último de la razón humana porque entonces conoceríamos la mente de Dios” (Uma breve história do tempo, p. 145). Se refiere a Dios y a su mente oculta. Ese Dios-Misterio se encuentra en la raíz de todas las existencias, sustentándolas y haciéndolas continuamente subsistir, pero siempre oculto a la vista humana. Por eso las Escrituras judeocristianas afirman: “Dios habita en una luz inaccesible que ningún ser humano vio ni puede ver” (1Tim 6,16; Sal 104,2; Ex 33,20; Jn,1,18; 1Jn 4,12).
Entonces cabe, realmente, concluir: si Dios existe como existen las cosas, entonces Él no existe”. Más allá de las cosas, Él existe, con una naturaleza distinta a la de las cosas, como Aquel que sacó todo de la nada y continuamente subyace a todo lo que existe y podrá existir.
*Leonardo Boff es filósofo, teólogo y ha escrito: Experimentar a Dios hoy: la transparencia de todas las cosas, Sal Terrae 2003; Tiempo de transcendencia, Sal Terrae 2007.
Traducción de María José Gavito Milano
Fuente Religión Digital
Del blog Amigos de Thomas Merton:

«Durante siglos la Iglesia se ha involucrado en el poder de este mundo. La Iglesia misma es, en verdad, un poder terrenal. El gran problema de la vida contemplativa, de la vida religiosa, del sacerdocio y de cada uno de nosotros es que hemos sido corrompidos por ese poder. Hemos sido utilizados por esa estructura para justificar una política de poder en el seno de la Iglesia. Cualquiera de los argumentos en torno a la esencia de la vida contemplativa provenientes del sector conservador apunta en esa dirección. Los contemplativos son considerados, por excelencia, como personas que aceptan sin cuestionar todo cuanto viene de la jerarquía. Nos han convertido en el grupo religioso que venera y justifica a ese poder. «Ved a esas criaturas humildes, santas. Ellas saben que nuestro poder proviene de Dios». Podríamos estar involucrándonos en una de las grandes formas de la idolatría. No deliberadamente, pero podría interpretarse que esa es nuestra actitud.
Está claro que las cosas que hacemos de buena fe, las que hemos hecho en nombre de la obediencia y los sacrificios que hemos realizado no están perdidos para nosotros, como individuos. Dios lo toma todo en cuenta. Pero eso a la Iglesia no le hace ningún favor; puede incluso ser un escollo en su camino. Tenemos que reflexionar sobre eso. Si hemos de tomar en serio nuestra vocación profética, no podemos dejar de examinar este aspecto. Dios protegerá, sin duda, a la persona que obedece de buena voluntad. Pero eso no significa que le esté haciendo a la Iglesia ningún bien».
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Thomas Merton
Los manantiales de las contemplación
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Sus ideas y actividades generaron un profundo conflicto con la Santa Sede y México
Los textos de Iván Illich generaron una lúcida e intensa polémica ideológicamente muy enriquecedora. Polémica que se aprecia también en los escritos de 1955 a 1985 reunidos en el libro La Iglesia sin poder (Trotta, Madrid, 2022), que cuenta con un clarividente prólogo de Giorgio Agamben, quien califica a Illich de “arquitecto de la convivialidad” y sitúa el libro en el horizonte del Reino en la dialéctica entre el “ya sí” y el “todavía no”
Desde mi juventud vengo leyendo con verdadera fruición y en plena sintonía a Ivan Illich (1926-2002), un pensador radical y uno de los intelectuales críticos más brillantes y creativos de la segunda mitad del siglo XX. Para quienes no hayan seguido el itinerario intelectual de Ivan Illich, recuerdo algunas de las actividades y facetas de su personalidad a cuál más interesantes y provocativas.
Nació en Viena en el seno de una familia de orígenes judíos y católicos. Estudió filosofía y teología en la Universidad Gregoriana de Roma entre 1942 y 1946. Tras su ordenación sacerdotal trabajó en una parroquia de Nueva York. En 1956 fungió como vicerrector de la Universidad Católica de Ponce en Puerto Rico.
Del blog Nova Bella:

Que nuestro propio amor triunfe por su propia fuerza,
por su propia energía,
en silencio
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De su blog Un grano de Mostaza:
Una pregunta sorprendente de Jesús
Siempre digo y casi nadie me cree, que a mí los diccionarios me dan muchas alegrías. La última se la debo a la palabra prosfagion que a primera vista suena al trisagio de la liturgia ortodoxa y que podría aparecer también en el prospecto de algún remedio contra afecciones estomacales. Pero las apariencias engañan y, según el diccionario de griego, significa “algo que se come con pan” o “pitanza” y que, en tono coloquial, aparece en boca de Jesús cuando, desde la orilla del lago, pregunta a sus discípulos que estaban pescando: “Muchachos ¿tenéis prosfagion?” (Jn 21,5).
También en la aparición en el cenáculo les había preguntado si tenían “algo para comer” y tanta insistencia despierta preguntas incómodas sobre por qué si había resucitado parecía tan hambriento. El vino ni lo menciona, quizá porque ese asunto le había traído problemas: “Vino Juan el Bautista, que no comía ni bebía y dijisteis: Está endemoniado. Viene el Hijo del hombre, que come y bebe y decís: Ahí tenéis a un comilón y a un borracho, amigo de los publicanos y pecadores” (Lc 7,33-34).
Al escribir en el buscador juntas las palabras vino y Biblia, aparecen perlas como éstas: “Jesús probablemente bebía vino de vez en cuando porque en aquellos tiempos el agua no era muy limpia y estaba llena de bacterias, virus y todo tipo de contaminantes. Tomaba vino porque era menos probable que estuviera contaminado”. “La Escritura no necesariamente prohíbe a un cristiano beber cerveza, vino o cualquier otra bebida que contenga alcohol, pero sería extremadamente difícil para cualquier cristiano decir que está bebiendo alcohol para la gloria de Dios.»
Y es que ya lo había avisado el libro de los Proverbios: “No te juntes con los que beben mucho vino, ni con los que se hartan de carne, pues borrachos y glotones, por su indolencia, acaban harapientos y en la pobreza” (Prov 23,20), pero se ve que Jesús hacía más caso a textos como éste: “¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con buen ánimo, que Dios ya se ha agradado de tus obras!” (Ecl 9,7); “¿Qué vida es cuando falta el vino, que fue creado al principio para alegrar?” (Eclo 31,33).
El jolgorio de una fiesta de bodas no parecía el lugar más adecuado para iniciar discípulos y cualquier maestro rabínico hubiera preferido una escuela con vida más disciplinada y seria. Pero en Caná se presentó él con sus amigos e intervino para que el vino que se sirviera al final fuera el mejor que habían probado nunca (Jn 2,1-13). Y se le verá más tarde a sus anchas, sentado en la hierba, rodeado de la gente que le había seguido y que comía los panes y peces que les repartía (Jn 6,1-15).
Un proverbio sentenciaba: «El que ama el placer se quedará en la pobreza; el que ama el vino y los perfumes jamás será rico» (Pr 21,17). Pero a lo mejor quien lo hace es porque ha descubierto esa otra riqueza que se encuentra sentándose a comer y a beber con amigos.
Pensando en tantas personas agobiadas, cansadas, doloridas… (Mateo 11, 25-30):
Nada te turbe, nada te espante ;
quien a Dios tiene nada le falta.
Nada te turbe, nada te espante…
solo Dios basta.
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Teresa de Jesús
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M. Hakes
La publicación de hoy es del colaborador invitado M. Hakes (ellos/ellos). M. es miembro de la Comunidad de Trabajadores Católicos de Panes y Peces en Duluth, MN. Tanto en su trabajo remunerado como voluntario, son activos en la intersección de la fe y la homosexualidad y están comprometidos con el trabajo de justicia y liberación.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el 14º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
“Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra; has revelado a los pequeños los misterios del reino”. (Mateo 11:25)
Como católico queer, a veces me siento en misa y me pregunto si los líderes de nuestra iglesia están leyendo las mismas escrituras que yo. Las lecturas de hoy son uno de esos momentos.
En el Evangelio de hoy, nos encontramos con Jesús hablando a una multitud reunida sobre las reacciones dispares que la gente ha tenido hacia él y hacia Juan el Bautista. Jesús destaca el hecho de que Juan vino como un asceta, viviendo una vida estricta y disciplinada, pero la gente lo acusaba de estar poseído. Por otro lado, Jesús fue etiquetado como un glotón y un borracho que lo asociaron con los pecadores.
Cuando Jesús pregunta a la multitud acerca de Juan, el escritor del Evangelio hace que Jesús use la segunda persona del plural («vosotros»): «¿Qué salisteis a mirar al desierto? […] ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que profeta” (11:7, 9).
Luego, cuando Jesús explica su parábola sobre “esta generación”, cambia de la segunda persona del plural (“vosotros”) a la tercera persona del plural (“ellos”): “Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘ Tiene un demonio’; Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: “¡Mira, un comilón y un borracho, amigo de publicanos y de pecadores!” (11:18-19a).
¿Por qué este cambio gramatical? ¿Quiénes son estos críticos desconocidos? Quiénes son»?!
“Ellos” ciertamente no pueden ser la multitud que escucha, que se describe con mayor frecuencia en el evangelio de Mateo como abiertos y ansiosos por recibir las enseñanzas de Jesús. Sin embargo, vemos antes en Mateo capítulo 9 y más tarde en el capítulo 12, el escritor de Mateo se refiere a los fariseos de esta manera.
A lo largo de los Evangelios, Jesús tiene poco tiempo para la hipocresía religiosa. Las palabras más duras de Jesús a menudo están dirigidas a los líderes religiosos listos para una lucha teológica, centrada en las minucias de la ortodoxia, o la creencia correcta, y la ortopraxia, o la práctica correcta, en lugar del acompañamiento pastoral y compasivo de los creyentes. Jesús insiste en la fe genuina y la obediencia a Dios por encima de la simple adhesión a las tradiciones religiosas o prácticas legalistas. La verdadera justicia y autoridad espiritual no proviene de títulos religiosos o credenciales teológicas. Tal autoridad se deriva de la profundidad de una relación amorosa con Dios, y se demuestra en cómo nos preocupamos por los demás y el mundo que nos rodea, especialmente por los más marginados.
Dado el aumento de la retórica y las políticas anti-trans y anti-queer en los círculos católicos, y en nuestra sociedad en general, solo puedo concluir que estoy leyendo un Evangelio diferente al de algunos de nuestros líderes religiosos. Obligados a teologías rígidas y prácticas legalistas, parecen haber olvidado de alguna manera que la inmensidad inclusiva de Dios y el amor de Dios no están sujetos a las enseñanzas de la Iglesia. De hecho, la enseñanza de la Iglesia debe adaptarse a nuestra comprensión y experiencia cada vez más profundas de Dios, el amor de Dios y la diversidad de la creación de Dios.
¿Cómo cambiaría nuestro mundo si comenzáramos a volver a centrar nuestros numerosos debates enfocándonos en las personas en lugar de las ideologías, en los individuos en lugar de las instituciones, en la experiencia vivida en lugar de las expectativas rígidas? ¿Qué pasaría si empezáramos a escuchar la voz de Dios a nuestro alrededor, especialmente en los lugares más inesperados?
Nunca ha sido fácil para las personas que se oponen a las normas sociales aceptar su singularidad creada por Dios. Las personas que se oponen a las normas sociales para abrazar su singularidad creada por Dios siempre se han enfrentado a obstáculos. Cuando reclamamos nuestras verdaderas identidades, siempre encontraremos resistencia. Sin embargo, una vez que comenzamos a vivir la plenitud de nuestro intrincado tejido, estamos obligados a ayudar a otros a hacer lo mismo: aceptarlos en su exquisita individualidad y desmantelar las ideologías, la moral y los sistemas que oprimen. Este es el camino de Jesús. Es la forma en que María cantó en el Magnificat. Una versión actualizada de este himno evangélico podría decir:
Dios ha dispersado a los soberbios en su vanidad. Dios ha derribado de sus tronos a los poderosos, y ha exaltado a los humildes; Dios colmó de bienes a los hambrientos y envió vacíos a los ricos.
Dios se ha sentado en medio de una autopista cantando el fin de la brutalidad policial. Dios ha bloqueado la construcción de una tubería, recordándonos que el agua es vida.
Dios ha abrazado a su hija trans el día que se legalizó su cambio de nombre celebrando la forma cada vez más plena en que se está viviendo a sí misma.
Cuando nos centramos en el amor de Dios y la gracia liberadora, ocurre la transformación.
Al final de la lectura del Evangelio de hoy, Jesús invita a todos los que están cargados y cansados a venir a él, prometiéndoles descanso y alivio. Verdaderamente, el yugo de amor y liberación de Jesús es mucho más fácil de llevar que las pesadas cargas impuestas por el legalismo religioso y las expectativas del mundo.
Que cada uno de nosotros opte por la carga más liviana, especialmente los líderes de la iglesia que no solo cargan a los demás, sino que también se cargan a sí mismos al limitar su imaginación y comprensión del amor de Dios.
-METRO. Merluzas (ellos/ellas), 9 de julio de 2023
Fuente New Ways Ministry

SILENCIO HABLADO
Si amar es mi costumbre,
la tengo mal sabida:
llena de muchedumbre,
sola de mí mi vida.
La guerra fue mi lumbre;
mi madre, la partida.
Velo mi mansedumbre
como una espada herida.
Derramando palabras,
de mis silencios vengo
y a mis silencios voy.
Y en Tus silencios labras
el grito que sostengo
y el silencio que soy.
*
Pedro Casaldáliga
El Tiempo y la Espera
Editorial Sal Terrae, Santander 1986
***
En aquel tiempo, exclamó Jesús:
– “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.“
*
Mateo 11,25-30
***
Este es el más bello canto de amor filial que jamás se haya entonado en la tierra. El Hijo de Dios lo ha cantado, lejos de la casa paterna, lejos de la patria celestial, como los devotos israelitas durante el destierro elevaban a Dios salmos de conmovedora nostalgia. Desde su corazón de pobre e Hijo cariñoso, Jesús, exultando en el Espíritu, eleva al Padre este himno de júbilo que revela el sentimiento de extrema pequeñez y confianza con el que, en cuanto Hombre, se dirige a Dios, el Omnipotente, el Creador del cielo y de la tierra. Jesús es el “pequeño” por antonomasia al que le han sido revelados los misterios del Reino de los Cielos. Para hacerse “pequeño”, Jesús se he despojado de su gloria divina, y nosotros, para llegar a ser pequeños, en el sentido evangélico, tenemos que despajarnos del hombre viejo, del pecado. Jesús se ha despojado de la gloria divina y ha asumido nuestra condición humana; nosotros tenemos que despojarnos de nuestra falsa grandeza, de nuestro orgullo, y seguirlo. El Espíritu Santo, cuando toca las cuerdas del corazón, las hace sensibles a las vibraciones de la gracia y suscita en ellas un canto divino, la música del amor Sin embargo, Jesús no canturrea solo ni para si; quiere atraer con su cántico a todos los hombres dispersos y reunirlos y restituirlos; para eso ha venido, junto a Dios, como hijo. Su canción se convierte en una inmensa sinfonía cósmica.
*
A. M. Canopi,
Il vangelo de la vita nuova,
Milan 2000, 35
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Un día, Jesús sorprendió a todos dando gracias a Dios por su éxito con la gente sencilla de Galilea y por su fracaso entre los maestros de la ley, escribas y sacerdotes. «Te doy gracias, Padre… porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». A Jesús se le ve contento. «Sí, Padre, así te ha parecido mejor». Esa es la manera que tiene Dios de revelar sus «cosas».
La gente sencilla e ignorante, los que no tienen acceso a grandes conocimientos, los que no cuentan en la religión del templo, se están abriendo a Dios con corazón limpio. Están dispuestos a dejarse enseñar por Jesús. El Padre les está revelando su amor a través de él. Entienden a Jesús como nadie.
Sin embargo, los «sabios y entendidos» no entienden nada. Tienen su propia visión docta de Dios y de la religión. Creen saberlo todo. No aprenden nada nuevo de Jesús. Su visión cerrada y su corazón endurecido les impiden abrirse a la revelación del Padre a través de su Hijo.
Jesús termina su oración, pero sigue pensando en la «gente sencilla». Viven oprimidos por los poderosos y no encuentran alivio en la religión del templo. Su vida es dura, y la doctrina que les ofrecen los «entendidos» la hacen todavía más dura y difícil. Jesús les hace tres llamadas.
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados». Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que sienten la religión como un peso y a los que viven agobiados por normas y doctrinas que les impiden captar la alegría de la salvación. Si se encuentran vitalmente con Jesús, experimentarán un alivio inmediato: «Yo os aliviaré».
«Cargad con mi yugo… porque es llevadero y mi carga, ligera». Es la segunda llamada. Hay que cambiar de yugo. Abandonar el de los «sabios y entendidos», pues no es ligero, y cargar con el de Jesús, que hace la vida más llevadera. No porque Jesús exija menos. Exige más, pero de otra manera. Exige lo esencial: el amor que libera y hace vivir.
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Es la tercera llamada. Hay que aprender a cumplir la ley y vivir la religión con su espíritu. Jesús no «complica» la vida, la hace más simple y humilde. No oprime, ayuda a vivir de manera más digna y humana. Es un «descanso» encontrarse con él.
José Antonio Pagola
Leído en Koinonia:
Zacarías 9,9-10: Mira a tu rey que viene a ti modesto
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
Romanos 8,9.11-13: Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis
Mateo 11,25-30: Soy manso y humilde de corazón
La profecía de Zacarías era ‘una piedra en el zapato’ para los fanáticos que en la época de Jesús buscaban un mesías triunfante y nacionalista. Zacarías nos ofrece una reflexión que sintoniza mucho con las grandes aspiraciones de las comunidades que, después del exilio babilónico, intentaron reconstruir la identidad nacional a partir de elementos universales, pluralistas y comunitarios. La esperanza del pueblo de Dios no podía estar en un guerrero triunfador como David ni en un diplomático equilibrista como Salomón. El pueblo quería algo diferente y definitivo. Atrás quedaron los modelos militaristas, administrativos y centralistas de todos los reyes de Israel y Juda. El pueblo quería una persona que fuera capaz de encaminar la nación por los rumbos añorados de la justicia, la paz y la solidaridad. El profeta Zacarías asume esta propuesta y la lanza a todo el pueblo de Dios como una gran utopía.
Para Zacarías, el nuevo gobernante debía distinguirse por la humildad, la justicia y su carácter pacífico. La humildad entendida como la capacidad para andar en la verdad, no como sumisión y conformismo. La justicia como pilar de una organización social en la que se le da a cada persona de acuerdo con sus necesidades y no según sus ambiciones. El pacifismo como la actitud básica para solucionar los inevitables conflictos que se presentan en toda organización humana. Tres cualidades que configuran una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, Israel se estrelló con la ambición de algunos grupos minoritarios y poderosos que impusieron una teocracia centralista, prepotente y uniformadora. Fueron suprimidas de manera sistemática, todas las disidencias posibles y se le negó así al pueblo de Dios la posibilidad de intentar una utopía universalista, solidaria y transformadora. Se centró todo el poder en unas pocas familias que controlaban el Templo, el gobierno y la tierra. Así, los pobres de Yahvé no tuvieron la posibilidad de dar vida a su proyecto por falta de posibilidades económicas, de apertura política y de libertad religiosa.
El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús con las características mesiánicas de la profecía de Zacarías: una persona pacífica y humilde, apasionado por hacer realidad la Utopía de Dios. Por esta razón, Jesús no se identifica con los ideales acerca del Mesías, vigentes en su época. No hay en él el más mínimo asomo del militar aguerrido e irresistible que con un formidable despliegue eliminaría las pretensiones del imperio romano, ni del sacerdote excelso que con sus extraordinarias dotes santificadoras transformaría el Santuario de Jerusalén, ni del gobernante extraordinario que congregaría al pueblo de Israel disperso por el mundo. Jesús no comparte estos proyectos, como tampoco las extravagantes aspiraciones de los nacionalistas furibundos que veían en el imperio romano un peligro que no eran capaces de descubrir al interior de ellos mismos, la violencia incontenible.
Los ideales de Jesús estaban más cerca de las grandes tradiciones proféticas que aspiraban a que el pueblo de Dios fuera capaz de organizarse como modelo alternativo de sociedad. Por esta razón, valores como el pacifismo y la humildad eran urgentes y necesarios. El pacifismo obliga a asumir actitudes dinámicas de transformación social pero, al mismo tiempo, no se rinde a la imparable lógica de la violencia. La humildad, por su parte, exige reconocer en cada momento los propios límites de la existencia y las barreras intrínsecas de la historia. Humildad y pacifismo hacen de un proyecto tan grandioso e imponente como el reino de Dios, algo al alcance de los pobres y excluidos.
Jesús, sin embargo, sabía perfectamente que no bastaba con que el ‘rey’ o líder poseyera atributos excepcionales para que la situación cambiara. Para él, era necesario que una comunidad de hermanos y hermanas se comprometiera a vivir la alternativa, a demostrar al mundo que «otras maneras de organización eran posibles», que la lógica aparentemente inextinguible de la violencia podía ser controlada. Por esto, Jesús insiste en la necesidad de asumir el ‘suave yugo’ de la vida comunitaria y la ‘ligera carga’ de las opciones evangélicas. Pero, atención, esto no es para todo el mundo. Es necesario madurar la fe y crecer como personas antes de meterse en este proyecto. Porque para quien no ha crecido en la dinámica de la comunidad, sino que ve todo desde ‘afuera’, desde los valores sociales vigentes, los ideales de Jesús son una carga abominable y el ideal de la cruz una ideología insufrible. No podemos pedir a cualquiera que asuma la inmensa responsabilidad del pacifismo si toda su vida ha creído que la ‘ley del revólver’ es un destino inexorable. No podemos pedir mansedumbre a una persona a la que siempre le han enseñado que el control de los demás, las ambiciones de ascenso social y el arribismo son las herramientas para ‘progresar’ en la vida.
Jesús quiere una comunidad en la que los lazos de solidaridad, afecto y respeto hagan de un grupo humano una gran familia consagrada a la realización del Reino. Una comunidad en la que los sencillos, los pequeños, hallen un lugar de importancia y sean los gestores de una nueva manera de organizar las relaciones interhumanas. Porque, como dice Pablo, sólo el ser humano espiritual, o sea, el ser humano que se ha abierto a la acción del Espíritu de Dios, es capaz de vivir la vida en plenitud, es decir, en gozosa aceptación y armonía con la humanidad.
Del blog de Xabier Pikaza:
Este evagelio condensa el mensaje de vida y amor de Jesús, formulado en parte desde el Q (cf. Lc 10, 21-22), con elementos desarrolados por el 4º Evangelio (un aerolito caído del cielo de Juan). Pero sólo Mateo lo ha formulado en su forma actual, como centro y compendio de su mensaje.
Es un testimonio fundamental de la tradición cristiana, como indicaré evocando sus nueve aportaciones principales para explicarlas después con cierto detalle a partir de Comentario de Mateo.
| X.Pikaza
Mateo 11,25-30
En aquel tiempo, exclamó Jesús:
Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y aplastados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde/pequeño de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
Nueve aportaciones:
Introducción, contexto (Mt 11, 20-24)
Éste es el pasaje introductorio, el contexto en que Mateo ha introducido la revelación de Jesús. No es el evangelio de su éxito, sino de su fracaso:
11, 21 ¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en vosotras…. Y tú, Cafarnaúm ¿te vas a encumbrar quizá hasta el cielo? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy.
Ésta es la amonestación más significativa que la comunidad Q (cf. Lc 10, 12-15) ha dirigido a las ciudades del entorno de Galilea por no haber recibido el evangelio. Jesús y/o sus discípulos realizaron en ellas sus signos mesiánicos, para abrir un camino de Reino, desde los más pobres, con una propuesta de cambio en la vida económica y social. Pero esas ciudades les han rechazado, de manera que Jesús (Q, Mateo) les ha emplazado ante el juicio De Dios [1].
Estas ciudades aparecen así comparadas con Tiro y Sidón (ejemplos de maldad proverbial) y con Sodoma, ciudad del entorno del Mar Muerto, destruida según tradición por el fuego del cielo, a causa de su intensa maldad (Gen 18). [2] En especial destaca el destino de Cafarnaúm (comparada con Babel/Sodoma), ciudad dode Jesus habitaba, pero que e no se había convertido, no había aceptado su mensaje y el de sus enviados (11, 20; cf. 10, 15). Los portadores de la misión del Q, retomada aquí por Mateo, poseen una fuerte conciencia de elección. Oponerse el mensaje de Jesús significa para ellos rechazar al mismo Dios, corriendo el riesgo de perderse.
Este pasaje proviene también del Q (cf. Lc 10, 21-22) y tiene profundas resonancias joánicas, de forma que a veces se le ha visto como un aerolito caído del horizonte o entorno del cuarto evangelio e introducido en la tradición sinóptica. De todas formas, no es un texto extraño en Mateo, sino que responde bien a su trama, en el espacio de una intensa controversia de Jesús contra las ciudades galileas que no han creído en su mensaje (11, 20-24) y contra los fariseos que siguen aferrados a una forma «no misericordiosa» de entender la ley del sábado (cf. 12, 1-14).
En ese contexto, tomado del Q, Mateo ha insistido en la revelación de Dios a los pequeños, por encima de la pretendida grandeza de las ciudades galileas y de los maestros rabínicos. Mateo la introduce tras el envío de los discípulos a Galilea (Mt 10) y tras la condena de las tres ciudades (Corozaín, Betsaida, Cafarnaúm…), que han querido elevarse sobre el cielo, rechazando a Jesús y a sus enviados, como muestran las tres partes del pasaje:
Alabanza (11, 25-26).Proviene de la tradición pascual de la iglesia, que descubre y confiesa a Jesús, muerto ya y resucitado, como revelador del Padre. Pero, en su tenor original, evoca y actualiza la experiencia histórica de Jesús:
11 25 Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, pues has ocultado esto a sabios y entendidos, y lo has revelado a los pequeños. 26 Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad [3].
Frente a los sabios y entendidos, representados por los galileos de 11, 20-24, se sitúan ahora los pequeños (nhpi,oi), que han acogido el evangelio. Así lo descubre Jesús, y da gracias al Padre por ello. Éste ha sido su descubrimiento mesiánico: La revelación de Dios en los pequeños, y no en las orgullosas ciudades de Galilea, ni en los sabios del judaísmo rabínico.
Leído de esa forma, ese pasaje nos sitúa ante un misterio divino y una revolución hmana: la manifestación de Dios rompe la dinámica religiosa de sabiduría y grandeza de las ciudades galileas(presumiblemente orgullosas por su conocimiento de la Escritura y por su forma de entender el judaísmo). En contra de ellas, eleva Jesús, por gracia de Dios, a los pequeños que escuchan su Palabra. Frente al círculo cerrado de los sabios y entendidos (avpo. sofw/n kai. sunetw/n) que se buscan a sí mismos y se creen suficientes, ratifica el Dios de Jesús el valor de los pequeños, en gesto de admiración exultante, revelándose por ellos como Padre.
En este principio se vinculan la hondura y universalidad, la profundidad y amplitud del evangelio de Mateo, que aparece así como portador de una revelación que no “cabe” en un pueblo de grandes y sabios. Este pasaje destaca así la autoridad de Dios Padre, a quien Jesús reconoce y alaba por su acción salvadora, en la línea del Éxodo, desvelando así su Nombre originario (cf. Ex 3, 14): Kyrios/Yahvé (¡Soy el que Soy!) del cielo y de la tierra, liberador sacral de los hebreos, siendo, al mismo tiempo, Padre que acoge y eleva a los pequeños. Éstas palabras (¡pues has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos…!) deben situarse en la historia de las comunidades cristianas de Galilea, que, en un momento de conflicto, entre el 40 y 70 dC, tendieron a desligarse del movimiento de Jesús, de forma que no pudo haber una “galilea cristiana”.
La manifestación del Dios de Jesús rompe la dinámica de sabiduría representada por las ciudades galileas, presumiblemente orgullosas por su conocimiento de las Escrituras, explicadas por los maestros fariseos que empezaban a misionar en la zona, oponiéndose a los discípulos de Jesús. Pues bien, frente a los “grandes fariseos” que operan en esas ciudades, rejudaizando Galilea de un modo rabínico, eleva Jesús a los pequeños que escuchan su Palabra, mostrando así que el Kyrios/Yahvé de la tradición judía es el Padre y defensor de los pobres, por encima de una sabiduría entendida como privilegio de una Ley propia de sabios y entendidos.
El Dios grande (justificación del orden establecido) no necesita ser Padre (en el sentido de Jesús), porque es más bien Señor, Justo Juez, responsable de un orden y justicia de talión, dando a cada uno lo suyo (de acuerdo a lo que sabe y tiene). Por el contrario, el Dios de los pequeños tiene que ser y es Padre. Fundándose en el Dios de su seguridad nacional y legal, los galileos han rechazado a Jesús, pero él alaba a Dios Padre a través de los pobres, a quienes recibe en amor, ofreciéndoles su más alto conocimiento [4].
Revelación paterno- filial (11, 27).
Ese Dios de los pequeños se define ahora como Padre de Jesús, a quien se revela en plenitud. No estamos ya ante Moisés, un hombre de gran importancia, pero que recibe y ofrece una Ley que no se identifica con él. A diferencia de eso, la verdad de Dios se identifica con el mismo Jesús, como indica esta parábola más honda del mutuo conocimiento entre Padre e Hijo. Jesús no es sabio en la línea de los maestros de las ciudades galileas, ni es prudente en la línea de los expertos rabinos, sino que es y actúa como Hijo de Dios y Revelador del Padre, manifestándose de un modo total a (y en) los pequeños.
En esa línea, el conocimiento que Jesús tiene y transmite se identifica con su ser de Hijo. No es el resultado de un estudio especial (como el de los nuevos sabios galileos), ni una comprensión mas minuciosa de la Ley, sino una experiencia de filiación, que él puede y quiere compartir con todos aquellos que le escuchan y acompañan, empezando por los pequeños. Ésta es su transformación, la más sencilla (¡volver al principio de la vida!), la más fuerte de todas.
Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:
Sabios y sencillos (Mateo 11,25-30)
En aquel tiempo, exclamó Jesús:
Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo, ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro. descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.
El pasaje de este domingo contiene una acción de gracias, una enseñanza y una invitación.
Acción de gracias. Jesús ve que la gente se divide ante él, y las cataloga en dos grupos. El de los «sabios y entendidos«, que tienen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Son especialmente los escribas, que dominan las Escrituras tras muchos años de estudio; también los fariseos, muy unidos a los escribas, que siguen sus enseñanzas y se consideran perfectos conocedores de la voluntad de Dios. Pero están también los “sabios y entendidos” desde un punto de vista humano, los que se consideran capacitados para criticar a Juan Bautista y a Jesús aunque no hayan estudiado teología.
Por otra parte, está el grupo de la «gente sencilla», sin prejuicios, a la que Dios puede revelarle algo nuevo porque no creen saberlo todo. Pescadores, un recaudador de impuestos, prostitutas, enfermos… Esta gente acepta que Jesús es el Mesías, aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios, aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.
Enseñanza. En pocas palabras tenemos un tratadito de cristología, centrado en lo que tiene Jesús y en lo que puede revelarnos. Lo que tiene, se lo ha dado el Padre. El mejor comentario se encuentra en el cuarto evangelio, donde se dice que el Padre ha dado a Jesús los dos poderes más grandes: el de juzgar y el de dar la vida. A estos dos poderes se añade aquí el de revelar al Padre. Estas personas sencillas, a través de Jesús, van a conocer a Dios como Padre, no como un ser omnipotente o un juez inexorable. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo.
Invitación. Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados por el yugo de las leyes y normas que les imponen las autoridades religiosas. Los rabinos hablaban del “yugo de la Ley”, al que los israelitas debían someterse con gusto y con deseo de agradar a Dios. Pero ese yugo se volvía a veces insoportable por la cantidad de mandatos y prohibiciones, y por la idea tan cruel de Dios que transmitían. En cambio, el yugo de Jesús pone a la persona por delante de la Ley, como lo demostrarán los dos relatos inmediatamente posteriores, centrados en la observancia del sábado.
Resumen. Estos versículos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana.
Un rey sencillo, pero de inmenso poder (Zacarías 9,9-10)
El hecho de que Jesús se presente como «manso y humilde» trae a la memoria la promesa de un rey «modesto, montado en un asno», anunciado por el profeta Zacarías. Estamos, probablemente, a finales del siglo IV a.C., poco después de que Alejandro Magno haya pasado por Palestina camino de Egipto. A la imagen grandiosa del monarca macedonio, montado en su caballo Bucéfalo, contrapone el profeta la imagen de un rey de apariencia modesta, montado en un burro, pero de enorme poder, capaz de llevar a cabo lo que otros profetas habían atribuido al mismo Dios: sin necesidad de ejército (destruirá los carros de guerra de Efraín y la caballería de Jerusalén, romperá los arcos de los guerreros) instaurará la paz y dominará desde el Éufrates hasta el fin del mundo. Un rey excepcional, casi divino.
Los evangelistas relacionarán este texto con la entrada de Jesús en Jerusalén. En el contexto de este domingo, pretende reforzar la imagen de un Jesús manso y humilde, que no instaura la paz en las naciones sino en los corazones.
Así dice el Señor:
Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén;
mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso;
modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica.
Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén,
romperá los arcos guerreros,
dictará la paz a las naciones;
dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.
«Te ensalzaré, Dios mío, mi rey» (Sal 144)
El salmo elegido para este domingo reúne bien las dos lecturas. Recoge la imagen del rey, pero no destaca su poderío militar ni su dominio universal, sino su clemencia, misericordia, piedad, bondad. «Es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Igual que Jesús, que alivia a cansados y agobiados, el rey prometido «sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». Por eso, la reacción que debemos tener al escuchar las palabras del evangelio es la de bendecir al Señor Jesús día tras día, por siempre.

“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a las sabias y entendidas y las has revelado a la gente sencilla.”
Los evangelios no nos dicen explícitamente en ningún momento que Jesús riera o sonriera. Pero si agudizamos la vista y el oído nos encontramos con la sonrisa y la risa de Jesús.
Por ejemplo, en este fragmento del evangelio. Jesús siente la alegría y la complacencia al descubrir que la gente sencilla comprende la manera de ser de Dios. La gente humilde se abre al Reino. Jesús lo sabe y alaba al Padre. ¿Cómo?, ¡con una sonrisa en los labios!
¿Quién no se alegra cuando le sucede algo bueno? Por eso el evangelio de hoy nos ofrece la imagen de Jesús sonriente, con el rostro iluminado, compartiendo alegría con las gentes sencillas que lo están escuchando.
Y es que nos puede suceder que a fuerza de ver imágenes de Jesús en las que aparece serio, incluso en algunas parece que enfadado, acabemos olvidando que Jesús también sonreía. Se alegraba. Bendecía. Y probablemente se echaría unas risas con sus amigas y amigos.
Además, es imposible pensar que un Dios que ha creado cosas tan hermosas y es Amor, no tenga en su rostro una amplia sonrisa.
Tampoco parece muy creíble que a Jesús se le hubiera acercado mucha gente si hubiera ido por la vida con cara de pocos amigos.
Al final del evangelio de hoy Jesús invita a quienes están cansadas y agobiadas a acudir a él. Jesús quiere ser nuestro descanso y nuestro alivio. Nos ofrece su humildad y su sonrisa como lugar de nuestro descanso.
Estés como estés. Cansada o aliviada. Te invito a hacer un sencillo ejercicio. Imagínate a lo largo del día de hoy que Jesús te acompaña con su sonrisa. Cuando te acuerdes de Dios, acuérdate también de su sonrisa. Seguro que a lo largo del día acabas sonriendo más de una vez. Incluso puede que provoques alguna sonrisa.
Oración
Trinidad Santa, sonrisa compañera. Haznos imagen y semejanza de tu alegría.
*
Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa
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DOMINGO 14 (A)
Mt 11,25-30
En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidos. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los dos primeros se encuentran también en Lucas, pero en el contexto del éxito de los 72 y la intervención del Espíritu. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada. ¿Qué hubiera dicho Jesús después de Constantino?
Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los sabios, tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender, pero eran los únicos que podían enseñar.
¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. No tenía capacidad de razonamientos y les faltaba la mínima preparación para desplegarla. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra”, los descartados.
Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que nos quiere transmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús, haciendo nuestra la experiencia de Dios que él tuvo.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones, además de las tradiciones que eran innumerables y sumían a la gente en la imposibilidad de cumplirlas. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre…”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.
Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser él mismo. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Lo que hagamos a favor del hombre traerá plenitud y felicidad.
Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se las quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones nos permiten avanzar.
Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos dice Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su Vida. Sin conocer la evolución pueden disfrutar de buena salud.
Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que sean escuchados? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia…”.
Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.
Cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esa frustración abusaban los eruditos para oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa manera.
Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de normas morales y en la práctica de ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.
La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por esa situación nunca se podrá superar condenando a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o imponiendo normas que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, conseguiremos la libertad para ser nosotros mismos.
Fray Marcos
Fuente Fe Adulta
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