Mateo, que escribe a una comunidad de origen judío, se ve obligado a hacer equilibrios entre la continuidad y la ruptura que supone el mensaje de Jesús. En esa línea, afirma que cumple con toda la ley judía pero que, al mismo tiempo, la trasciende de manera radical.
Más allá de los casos propuestos -y superado el apego a la literalidad del texto-, lo que parece evidente es el carácter radical de la propuesta de Jesús. A veces, nuestra mente suele asociar “radicalidad” a exigencia, voluntarismo, perfeccionismo, mortificación… Es probable que en esta misma trampa cayera el propio Mateo cuando habla de “sacarse un ojo” o “cortarse una mano”.
Sin embargo, en su sentido propio, radicalidad remite a “raíz”. Con lo cual, el acento pasa de lo que hago al desde dónde lo hago. Porque es precisamente este “desde dónde” el que, si quiero vivir coherentemente, me guía a la raíz o núcleo de lo que somos.
La radicalidad no consiste, por tanto, en cambiar el “contenido” de la norma -cambiar el qué-, sino en vivirse en aquel “lugar” -el dónde- en el que de habita nuestra verdadera identidad.
En concreto, todo lo que emprendemos podemos hacerlo desde el ego que creemos ser o desde la consciencia que somos. Y los frutos serán radicalmente diferentes, porque nacen de raíces muy distintas.
Dado que la diferencia se da entre lo que creemos ser y lo que realmente somos, si queremos vivir con radicalidad -desde la raíz-, necesitamos crecer en comprensión. Es la comprensión la que nos permite salir de las creencias acerca de nosotros mismos para vivir en la certeza de ser. Y es ahí donde somos transformados. Si no la reducimos a mero razonamiento mental, la comprensión transforma porque nos hace ver: qué somos, qué son los otros, que es esta sociedad, qué es nuestro mundo… Nuestra mirada cambia y de ella brotará la acción adecuada.
Comentarios desactivados en Se os dijo: cumplid… pero yo os digo: amad…
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- Anotaciones previas.
Continuamos escuchando las «conclusiones» que se derivan del sermón de la montaña, de las bienaventuranzas.
01.2 Recordemos y tengamos presente que Mateo es un evangelio escrito para comunidades cristianas compuestas por personas de origen judío, de cultura y religión judías. Por tanto, estas comunidades conocen y viven del AT, de la ley de Moisés y de la cantidad de preceptos (613), normas que de la ley habían extraído los escribas y la tradición judía.
Este tránsito, este paso del AT al NT lo podríamos comparar con el cambio que se produjo en gran parte de la Iglesia preconciliar a la Iglesia postconciliar (Vaticano II), nos sentimos liberados. Hay quien nunca pasó del Sinaí a las bienaventuranzas. Hay quien nunca amó el Vaticano II
01.3 Jesús después de proclamar la “nueva ley” en las Bienaventuranzas, comienza a desmantelar todo el sistema religioso del AT.
Todo el capítulo quinto de San Mateo seguirá ya esta estructura: SE OS DIJO, PERO YO OS DIGO, Se os dijo en el AT, pero yo os digo
Mt 5, 1-12 BIENAVENTURADOS los pobres, los humildes, los que trabajan por la paz…
Mt 5, 13-16 Sed LUZ y SAL (testimonio) de la tierra.
Mt 5, 21-26 SE OS DIJO: no matarás… PERO YO OS DIGO ni tan siquiera os peleéis …
Mt 5, 27-31 SE OS DIJO: no cometerás adulterio… PERO YO OS DIGO, sé siempre fiel en tu amor…
Mt 5, 33-37 SE OS DIJO: no jurarás en falso… PERO YO OS DIGO que digáis la verdad.
Mt 5, 38-42 SE OS DIJO: Ojo por ojo y diente por diente… PERO YO OS DIGO: no hagáis mal a nadie.
Mt 5 43-48 SE OS DIJO: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo… PERO YO OS DIGO: amad a vuestros enemigos.
02.- La plenitud de la ley es el amor.
Jesús dice que no ha venido a abolir la ley, sino a darle plenitud.
Fácil y precipitadamente solemos pensar –y vivir- un cristianismo como si fuesen unas “rebajas teológicas” del AT; una especie de “saldos religiosos” a buen precio, unas leyes más fáciles de cumplir, una Iglesia más permisiva y tolerante.
Y no es eso.
Muchos de nosotros esperamos un cristianismo, una Iglesia que “facilite las cosas”, que “rebaje los precios”.
Pero esa no es la cuestión.
Jesús cuando habla de dar plenitud está hablando de que la ley ha terminado y ha comenzado “el tiempo del amor”. “Se os dijo…”, “pero yo os digo” que la plenitud de la vida está en el amor, o -lo que es lo mismo-, toda la ética y la moral cristiana hay que leerla y vivirla desde el amor.
En palabras de San Agustín, la plenitud de la moral de Cristo es: Ama y haz lo que quieras.
Ante las dudas y dilemas de la vida, actúa con amor y estarás haciendo lo correcto.
(Quizás el libro del Eclesiástico (1ª lectura) es un poco optimista cuando al hablar de la libertad dice: Si quieres, guardarás los mandatos del Señor. El mismo San Pablo “le corregirá” un poco la plana cuando dice: no hago el bien que quiero, sino que hago el mal que no quiero… Rom 7,19).
El hombre es amado por Dios siempre –y sobre todo- en la situación de pecado.
03.- Los sistemas religiosos permanecen en el plano de la ley:
Las religiones construyen una serie de doctrinas, normas, ritos y obligaciones: se puede hacer esto, no se puede hacer lo otro para así obtener el favor de los dioses
También entre nosotros, los católicos, ocurre algo de esto. Para muchas personas, para muchos eclesiásticos, se trata de cumplir con la ley y cuanto más fácil sea esa ley, mejor.
Probablemente nuestra concepción del cristianismo es puramente legal: hemos reducido el evangelio a Derecho canónico
Pero el cristianismo no es eso, el cristianismo es sentirse amado por Dios y vivir desde ese amor con los demás. La plenitud de la ley es el amor. La ley de Jesús ha desembocado en el amor.
04.- Se os dijo, pero yo os digo.
También a nosotros se nos dijeron muchas cosas más propias del AT, que de Jesús: se trataba (se os dijo) que había que confesarse y comulgar una vez al año, por Pascua. Se trataba (se os dijo) de ir a Misa los domingos, (se os dijo) que no se puede controlar la natalidad, (se os dijo) ayunar unas cuantas veces al año, etc…
Esa moralidad es la propia del AT: de la ley, del cumplimiento.
La moral habitual parte como criterio único de lo que está permitido o prohibido. La moral evangélica parte del amor del seguimiento de Jesús. Vivir según la ley o según el amor son modos distintos de vivir.
Vivir desde la ley es la moral de los fariseos, es la moral del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, la del joven rico del evangelio, la de gente autosuficiente.
Jesús ve la vida desde el amor (y sus variantes: compasión, lástima, etc.) Así surge el cristianismo del amor. La moral cristiana es la del Buen Samaritano, la de Magdalena, de Zaqueo, del Hijo pródigo, que viven conforme al corazón y al amor.
Comentarios desactivados en Sólo un Dios que sufre puede ayudar ( con D. Bonhöffer y D. Sölle )
Del blog de Xabier Pikaza:
Este dicho abismal, situado en el contexto del Holocausto-Shoah, del que acaban de cumplirse los años (27.1.23), retomado y profundizado por D. Sölle, en el contexto de las bienaventuranzas, proclamadas por la Iglesia Católica el pasado domingo (29-1.23), nos sitúa ante la “definición” de Dios (que he venido presentando desde la perspectiva de Zubiri y Ratzinger.
Retomando una palabra clave de D. Bonhöffer, Dorothee Sölle, inmensa teóloga alemana del siglo XX, se preguntaba en un trabajo, dedicado al Sufrimiento, en el Diccionario de Teología feminista: ¿Por qué nos resulta tan difícil pensar a Dios como vida, alegría y dolor, en vez de pensarle como poder dominador.
Sí, un Dios que es vida, alegría y sufrimiento, buena nueva y bienaventuranza en el dolor… De eso he tratado el pasado domingo, estudiando las bienaventuranzas. De eso quiero seguir tratando hoy a partir de unas reflexiones de Sölle. Comienzo la postal con una bio/Bibliografia de D.Sölle (Bonhöfer es más conocido); sigo con su visión de protesta y misterio ante el sufrimiento, retomando unas páginas de mi Diccionario de la Biblia.
Sölle, Dorothee (1929-2003). Teóloga luterana de Alemania y USA, figura representativa del pensamiento cristiano del siglo XX, por su radicalidad intelectual y por la intensidad de su compromiso a favor de la paz. Estudió en la Universidad de Colonia, doctorándose con una tesis sobre teología y poesía, para seguir enseñando en la misma Universidad. Promovió diversos actos de protesta por la Guerra de Vietnam, a favor del desarme y en contra de la injusticia económica y social del mundo.
Del 1968 al 1972 organizó las famosas Politisches Nachtgebet (Oraciones políticas nocturnas), con su marido F. Steffensky, que había sido monje benedictino. De 1975 al 1987 enseñó teología sistemática en el Union Theological Seminary de New York. Sus obras escritas en alemán y/o en ingles han tenido mucho influjo, no sólo en el campo teológico, sino en la vida social y política de Alemania y Europa.
Su pensamiento es liberador, aunque no pertenezca a la “teología de la liberación”, y es feminista, aunque no pretenda serlo expresamente, pues ha intentado poner su palabra al servicio de todos los oprimidos, en un mundo donde las viejas certezas parecían apagarse. Entre sus libros:
Christ the representative: an essay in theology after the ‘Death of God’ (London 1967; version cast. El Representante, Buenos Aires 1972); Beyond mere obedience: reflections on a Christian ethic for the future (Minneapolis 1970; version cast. Imaginación y obediencia. Reflexiones sobre ética cristiana future (Salamanca 1980); Political theology (Philadelphia, 1974); Suffering (Philadelphia 1975; version cast. Sufrimiento, Salamanca 1978); The strength of the weak: toward a Christian feminist identity (Philadelphia 1984); The window of vulnerability: a political spirituality (Minneapolis 1990); Thinking about God: an introduction to theology (London 1990): Stations of the Cross: a Latin American pilgrimage (Minneapolis 1993); The silent cry: mysticism and resistance (Minneapolis 2001).
En castellano, cf. además; Teología política: confrontación con Rudolf Bultmann (Salamanca 1972);Viaje de ida: Experiencia religiosa e identidad humana (Santander 1977);Dios en la basura (Estella 1993); Mística de la muerte (Bilbao 2009); Reflexiones sobre Dios (Barcelona 1996).
D. SÖLLE, SUFRIMIENTO DE LOS INOCENTES, SUFRIMIENTO DE DIOS (reflexión recreada a partir de M. Mariani y M. Navarro, Cristologie Feministe, 2022).
El punto de partida de Sufrimiento lo ofrece la condición de infelicidad padecida por mujeres y varones, una condición que se justifica a menudo recurriendo a una ambigua y peligrosa teología cristiana del sufrimiento. Ciertamente, esa teología es ambigua y peligrosa, pero –como pone de relieve Sölle-, ella nos obliga a superar la costumbre moderna de preguntarnos solamente por las causas y formas de eliminación del sufrimiento, obligándonos a plantear preguntas sobre su sentido y su función, preguntas que son igualmente fundamentales para encontrar una respuesta a las cuestiones modernas ya indicadas[MM1] [1].
En esa línea, teniendo en cuenta y estudiando las interpretaciones tradicionales que han sido dominantes, D. Sölle eleva sus acusaciones en contra del masoquismo cristiano y del sadismo teológico, y lo hace de un modo más preciso partiendo de un examen más hondo de las interpretaciones tradicionales del tema [2].
Sobre las tendencias sadomasoquistas escondidas en el espíritu humano había tratado extensamente el psicoanálisis, y Sölle descubre esas tendencias en acción no sólo allí donde se habla de la necesidad de someterse a la voluntad de un Dios que no se complace en la felicidad de los hombres (de las creaturas), sino más bien en su sufrimiento. De aquí proviene un tipo de “adoración del verdugo”, conforme a la cual el Dios Omnipotente que guía la historia de los hombres viene a presentarse también como causa de todos sus sufrimientos, infligidos como castigo por el pecado, un castigo que ha de aceptarse de un modo sumiso y obediente.
En la línea de esa concepción se sitúa un tipo de teología de la cruz según la cual el Padre sacrifica al Hijo y lo sacrifica realmente, a diferencia de lo que se dice de Abraham en relación con su hijo Isaac, al que no tuvo que sacrificar, matando en su lugar un cordero (Gen 22). Esa visión nos sitúa ante la representación de un Dios sádico e impasible, una representación propiciada por el hecho de que la teología cristiana ha asumido categorías propias de la filosofía griega, lo que lleva consigo una serie de consecuencias éticas, partiendo de la imitación de un Dios concebido en forme de destino, un Dios que forma justifica la indiferencia, con la apatía personal y social ante situaciones de falta de felicidad. Por otro lado, esta visión hace que el sufriente acepte el sufrimiento como justo y considere necesario el soportarlo [3].
En este contexto resulta emblemática la figura (que Sölle presenta en el principio de su estudio) de la mujer bávara, católica, madre de tres hijos, que soporta un matrimonio infeliz, sin poder ni siquiera imaginar la eventualidad de un cambio, pues vive prisionera dentro de una sociedad patriarcal, de tipo estático, con el convencimiento de que su sufrimiento responde a la voluntad de Dios.
Muchos han querido hacer de Jesús un héroe, atenuando su angustia ante la inminencia de su arresto (el evangelista Lucas reflejaría esta tendencia) o acentuando el carácter extraordinario (heroico) del abandono vivido por Jesús, abandono de los hombres y de Dios. En este contexto objeta Sölle: «Este modo de proponer el problema, propio de aquellos, que, en un mundo de inconmensurable sufrimiento, quieren aislar el de Jesús, para no confrontarlo con otros sufrimientos y comprenderlo después como algo extraordinario, es algo más bien macabro. Entre los intereses de Jesús no está el de haber sufrido más que todos».
En contra de esa visión, la verdad del símbolo del sufrimiento de Jesús está más bien en el hecho de que puede repetirse. Lo que aquí (en los evangelios) se dice sobre el dolor de Jesús puede aplicarse a todos los hombres y mujeres, como lo demuestran los testimonios de muchos que han vivido un sufrimiento extremo [4]. También ellos han experimentado el abandono de Dios y se han liberado de la destrucción del fundamento de la propia vida mediante la verdadera aceptación del dolor, de manera que el cáliz de sufrimiento se convierta en cáliz de revitalización.
Se han dado por tanto otros seres humanos que han sufrido y que se han vuelto agentes (autores) de[MM2] una historia de resurrecciones, con un sentido de representación para otros. La resurrección no es un privilegio especial para algunos seres humanos, cerrados en sí mismos, ni siquiera para Jesús de Nazaret, sino que contiene una esperanza para todos, es decir, para la humanidad» [5].
Oponiéndose a un teísmo que nos lleva a representar a Dios como omnipotente y sádico, D. Sólle se muestra muy sensible al dicho de Bonhöffer: “Sólo un Dios que sufre puede ayudarnos”. En esa línea, ella apela finalmente a la idea de que la potencia de Dios se identifica con un amor que es capaz de dar vida y de hacer que los muertos resuciten, de manera que podamos vincularnos con[MM3] ellos, compartiendo los sufrimientos de los otros y buscando justicia para aquellos que están privados de justicia.
Merece la pena insistir en el hecho de que el libro sobre el Sufrimiento ha puesto de relieve las complejas implicaciones sociales y políticas de un determinado imaginario teológico, sin aludir apenas al tema del género, a no ser en la cita de la mujer bávara, a la que pone como ejemplo de masoquismo cristiano. Ese motivo ha sido explicitado de manera más intensa en otros lugares, entre los que resulta significativa la voz «Leiden/Opfer» (sufrimiento/sacrificio), que Sölle escribió para Wörterbuch der Feministischen Theologie (Diccionario de teología feminista). En ese contexto, ella ha puesto de relieve que las dos reacciones al sufrimiento (una de rebeldía y otra de aceptación) que aparecen en la Biblia (especialmente en Job y en los relatos de la pasión de Jesús ) y en la historia del cristianismo pueden vivirse en una dialéctica que salvaguarde la libertad del ser humano.
Sin embargo, de hecho, en la práctica, la tradición cristiana ha terminado por atribuir a los varones la prerrogativa de la protesta, con la posibilidad de escapar (liberarse) de condiciones familiares o laborales que sean insoportables, mientras que ha impuesto a las mujeres y a los pobres la exigencia de bajar la cabeza con paciencia y humildad ante sus sufrimientos.
La iglesia tiene en este campo mucha responsabilidad porque, según esas categorías (paciencia y humildad), ella predicaba a las mujeres “el servilismo y la aceptación del destino impuesto por Dios” y pasaba por alto la diferencia entre sufrimientos evitables e inevitables [6]; de esa manera traicionaba el compromiso activo y solidario de Cristo por la liberación de todos los seres humanos.
En esa línea, el cristianismo ha mostrado componentes sadomasoquistas, cuyo fundamento ha de verse, por un lado, en la representación de Dios como omnipotente e indiferente al sufrimiento de los hombres, y en la ratificación por otro lado, de un tipo de ordenamiento jerárquico, que sitúa a las mujeres en el último puesto, exigiéndoles que asuman (que lleven con ellas) el sufrimiento, lo mismo que son ellas las que asumen el hecho de llevar en el vientre al hijo que ha de nacer.
Comentarios desactivados en Faustino Vilabrille: «El pecado no ofende a Dios absolutamente en nada»
Leído en su blog:
«La idea del pecado, asociada al mismo tiempo a la del infierno como castigo del mismo por ser una terrible ofensa a Dios, fue uno de los mas grandes martillos, usado durante siglos por la Iglesia oficial para mantener a sus fieles sumisos, dominados, obedientes y dóciles»
«La muerte de Jesús no fue cargar con nuestros pecados como víctima propiciatoria de un ser humano ofrecida a Dios para reparar las graves ofensas de los hombres a Dios»
«El infierno no es una venganza de Dios, ni un castigo reparador, pues Dios no necesita ser reparado de nada»
Cuenta el Evangelio de hoy que Juan Bautista, al ver a Jesús que se acercaba exclamó: “este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
La idea del pecado, asociada al mismo tiempo a la del infierno como castigo del mismo por ser una terrible ofensa a Dios, fue uno de los mas grandes martillos, usado durante siglos por la Iglesia oficial para mantener a sus fieles sumisos, dominados, obedientes y dóciles. Nada más lejos de Jesucristo y su mensaje, porque:
– El pecado es simplemente el mal que hacemos, a nosotros mismos, a los demás o a la creación, o el bien que dejamos de hacernos a nosotros mismos, a los demás o a la creación.
– El pecado no ofende a Dios absolutamente en nada.
– Dios no necesita ningún sacrificio reparador de nadie.
– La muerte de Jesús no fue una ofrenda a Dios por los pecados del mundo.
– La muerte de Jesús no fue cargar con nuestros pecados como víctima propiciatoria de un ser humano ofrecida a Dios para reparar las graves ofensas de los hombres a Dios.
– La muerte de Jesús no fue una víctima sacrificada exigida por Dios para sentirse reparado de las ofensas de los hombres. Esto sería ser un dios, cruel, tirano, justiciero, vengativo, sádico…, que exige ser expiado. Ya el Salmo 39 lo predecía así: “Tu no quieres sacrificios ni ofrendas; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios”. El sacrificio por el sacrificio, o sea, el sufrimiento por el sufrimiento es absurdo: no tiene sentido, solo tiene sentido en función del servicio a los demás, como fue el caso de Jesús y de tantas personas que dan lo mejor de si mismas al servicio de los demás, y en especial de los más empobrecidos, enfermos y necesitados.
– El infierno no es una venganza de Dios, ni un castigo reparador, pues Dios no necesita ser reparado de nada. El miedo a Dios fue un invento de los hombres. La muerte de Jesús fue un asesinato tramado por las “autoridades” religiosas y políticas, confabuladas contra El, por defender a los oprimidos y denunciar a los opresores religioso-políticos del pueblo, que vivían a costa del pueblo al que “imponían grandes cargas a los demás sin mover ni un dedo para ayudarles, que banqueteaban espléndidamente a costa del pueblo, que se hacían llamar señores”.
Jesús dice: “quien me ve a mi ve al Padre”. Por tanto, Jesús es la verdadera imagen de Dios. Dios es lo que vemos en Jesús.
¿Qué vemos en Jesús? Preocupación por los enfermos, por lo hambrientos, por los marginados, por los débiles, por los despre-ciados, por los indefensos, por los vulnerables.
¿Qué vemos en Jesús? Hambre y sed de justicia, de paz, de igualdad, de solidaridad, de verdad, de vida, de amor.
¿Qué vemos en Jesús? Honradez, lealtad, misericordia, nobleza, sinceridad.
Todo eso es lo que vemos en Jesús. Por tanto, todo eso es Dios. Todo eso es lo que debemos ser nosotros. Jesús mismo dice: “yo he venido para que todos tengan vida y vida en abundancia”. Nuestra misión en este mundo es luchar con El y como El para que haya vida en abundancia para Todos los Seres Humanos y para Toda la Creación.
Por tanto, quitar el pecado del mundo es quitar las injusticias, el hambre, las guerras, la corrupción, la violencia, el odio, los malos tratos, los abusos, los engaños, las mentiras, las desigualdades, los miedos, todo aquello que hace sufrir al Ser Humano o a la Creación. Todos esos males son el pecado que vino a quitar Jesús del mundo, que ahora es misión nuestra eliminar. Creer en Jesús es seguirlo a El para hacer en este mundo lo mismo que El hizo.
Jesús lo sintetizó todo en un único mandamiento promulgado por primera vez en la historia de la humanidad, que El formuló así: “un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros”, y lo repite: “este es mi mandamiento, que os améis unos a otros”. Donde hay amor, no hacen falta leyes. Donde no hay amor, no hay leyes que valgan.
Y nunca mejor dicho: Un abrazo muy cordial a tod@s.-Faustino
Comentarios desactivados en Con o sin el Dios de Jesús de Nazaret
ALERTA: desenmascarar la más peligrosa alternativa para la humanidad
Son muchos los problemas o temas que nos envuelven, pero por encima de todos ellos, hay uno que nos condiciona acaso sin saberlo: vivir o no bajo la acción primera de alguien, a quien llamamos Dios, creador del universo
Obviamente, la humanidad incluye a todas las personas, pueblos, naciones y continentes del orbe. Y esa común humanidad viene dotada para convivir en relaciones de igualdad
Ahora, ¿quién fue ese Alguien que vino a revelarnos que Dios es también Padre nuestro y, en consecuencia, nosotros hijos suyos y todos hermanos entre sí?
| Benjamín Forcano
Fijar bien la cuestión
Es lo primero. Son muchos los problemas o temas que nos envuelven, pero por encima de todos ellos, hay uno que nos condiciona acaso sin saberlo: vivir o no bajo la acción primera de alguien, a quien llamamos Dios, creador del universo.
Hacía millones y millones de años que el mundo comenzó a existir un mundo que no salió de la nada, ni fue efecto del azar.
En ese mundo emergía el ser humano que, tras sospecharlo e indagar, dedujo que ese alguien era Dios, pero sin averiguar nombre ni figura.
En el devenir del tiempo, Dios mismo decidió manifestarse para realizar y mostrar ell modo de ser humano.
Dios Padre envió a su hijo, que nació de María y de José y que marcó, hace más de dos mil años, el punto más alto y esclarecedor de la vida humana. Acampado entre nosotros, se dio a conocer como Jesús de Nazaret, el Mesías esperado, Creador y Señor del universo.
Jesús de Nazaret y su Dios
Obviamente, la humanidad incluye a todas las personas, pueblos, naciones y continentes del orbe. Y esa común humanidad viene dotada para convivir en relaciones de igualdad. Es mulitforme pero concuerda en lo esencial, por compartir idéntica naturaleza.
Ahora, ¿quién fue ese Alguien que vino a revelarnos que Dios es también Padre nuestro y, en consecuencia, nosotros hijos suyos y todos hermanos entre sí?
Hoy, entidades de esta gran humanidad (Naciones, Imperios…) pretenden negar la global realidad humana tal como es, sustrayéndole su igualdad esencial, para reducirla a otra configuración, ajena a la histórica de Jesús de Nazaret: Dios creador, hecho hombre y que recorrió el camino de serlo plenamente .
Para quienes pretenden negarlo, Jesús ni era Dios ni podía manifestarlo en su humanidad. Tal atribución era considerada una farsa y un escándalo que cundió y recorrió siglos, precisamente porque Jesús de Nazaret reivindicaba para todos igual dignidad, con especial prioridad para los más despreciados y oprimidos.
Si para el Dios de Jesús es connatural la defensa de los más despreciados y oprimidos, aparece entonces como el Dios liberador de las mayorías empobrecidas.
Nunca, de nadie, en ningún lugar, se dijo lo que de Jesús: HA RESUCITADO
Tal novedad, Jesús la dejó inapelablemente sellada con su resurrección, pero ni por esas los que disponían del Poder y de la Ley dejaron de espiarlo y perseguirlo hasta conseguir crucificarlo por rebelde y subversivo.
La contienda era, y es, radical pues prescindir de Jesús de Nazaret para suplantarlo por un proyecto de convivencia internacional, que somete a todas las naciones al superexaaaaltado ídolo del imperialismo yanqui, supone un objetivo sin precedentes, que clama contra el ser y el destino real de la humanidad.
Es la guerra de hoy, la más cruel, insensata y global: eliminar y suplantar al Dios de Jesús, históricamente liberador de todos, por un imperio, repelente y tiraníco sobre la vida humana y el universo.
El discípulo amado Juan: Seguidores somos de Jesùs de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre
Con razón, y por suerte, tenemos al evangelista Juan, el discípulo amado, (Jn. 1,19-50) quien pudo vivirlo y supo expresarlo con sencilla maestría:
“Jesús de Nazaret existió desde el principio, era hijo único de Dios, estaba lleno de amor y lealtad, hizo todo lo creado, se hizo hombre y era vida y luz que ilumina a todo hombre. Pero, vino a su casa y los suyos no lo recibieron. Y a los que lo recibieron los hace nacer hijos de Dios”.
Palabras que coinciden con las que un día, Jesús en su propio pueblo, en la sinagoga, pronunció, con gran conternación e indignación de todos:
“El espíritu del Señor está sobre mi, porque El me ha ungido, para que de la noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vida a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor (Is. 61,12).
Y añadió : «Hoy en vuestra presencia se ha cumplido este pasaje».
Y Jesús lo reitera para que todo el mundo lo entienda:
* Entre el amor a Dios y al prójimo no hay contraposición. Nadie puede presumir de amar a Dios a quien no ve, si aborrece al prójimo a quien ve. Quien odia al hermano no ha salido de las tinieblas. Y no sabe dónde va. Y sin este amor no se puede entrar en el reino de Dios.
* La construcción de este reino de Dios comienza por uno mismo, dando muerte al egoismo, a la codicia al orgullo y dedicándose a cultivar la fraternidad , puesto que la vida de todo ser humano vale tanto como la de uno mismo.
* La entrada en el reino de Dios exige el cultivo de la fraternidad universal, mediante una relación de apertura a todos los pueblos , en que viven personas de toda raza y cultura.
Por muy astutamente programado que venga el embuste, no se logrará que se imponga la aniquilante trampa de su mal disimulada alternativa.
Broche de oro de Pedro Casaldáliga
Por Jesús de Nazaret, el Señor, el Hermano
“¡Creo que creo de verdad en El! Creo en El y lo adoro. Le amo. Vivo de El, por El. Me gustaría dar la vida por El. Espero, en todo caso, morir en El para vivir con El eternamente.
¡Creo en este amigo que me presentaron mis padres, la Iglesia; Dios hecho hombre, nacido en Belén, de la casta de David, venida a menos, hijo verdadero de María , judío y obrero, natural de un pueblo colonizado; hombre, que ama y sufre y muere, perseguido y condenado por el Poder de los hombres, Resucitado por el Poder de Dios, Hombre Hijo de Dios, misteriosamente igual al Padre, “en quien habita corporalmente la plenitud de la Divinidad”, cuyo Espíritu anima a la Iglesia, Camino, Verdad y Vida, Salvador de los Hombres, el Señor!
Muertos los ídolos y los fantasmas, creo firmemente, creo únicamente en El, el Dios Hombre que ha asumido y revolucionado y solucionado la Historia humana , y es el rostro verdadero del Dios vivo y el rostro primogénito del Hombre Nuevo”.
NO a la tiranía idolátrica del imperialismo yanqui. SI al Dios de Jesús de Nazaret, Creador y Presencia humana viva entre nosotros del ser y destino de la humanidad.
NO al horror de una tiranía la más inhumana y la más opuesta al Dios de Jesús, Padre y Creador del universo.
Un libro escrito por un buen amigo de esta página, alguien fiel a la misma y que generosamente ha ayudado a mantenerla viva… Un libro que puede resultar una buena sugerencia para regalar en cualquier ocasión… ¿por ejemplo por San Valentín?
Comparto con los amigos de “Cristianos Gays” el resumen de un nuevo capítulo del libro de mi autoría “Homosexualidad. Las Razones de Dios”, que denomino “Razones para el cambio de la Iglesia”, siendo el primer libro editado por una editorial católica (San Pablo) respecto al tema que nos ocupa.
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Este es el criterio actual de la Iglesia sobre la homosexualidad y los homosexuales:
1.«La condición homosexual, al no ser libremente elegida, no puede ser pecaminosa».
2. «El acto homosexual, al estar privado de su finalidad de procrear, es intrínsecamente desordenado y pecaminoso».
En el primer punto, la Iglesia ya no condena la homosexualidad por moralmente pecaminosa, pues al reconocer que «la condición homosexual no es libremente elegida», la condena queda automáticamente dinamitada. Es un paso de gran importancia.
El punto segundo, revela lo penoso que resulta que sea precisamente la Iglesia, depositaria del Amor con mayúscula, la que identifique el acto sexual con el acto reproductivo. En el reino animal, sexualidad y reproducción están íntimamente ligados, pero al llegar al ser humano, el instinto se transforma en libertad y la sexualidad eclosiona en el amor.
¿Es tan difícil para la Iglesia admitir esa conexión identitaria entre sexualidad y amor, sin tener que pasar por la procreación? El Concilio atribuyó dignidad propia a la sexualidad, cuando la descendencia esté excluida (GS 50), refiriéndose a personas heterosexuales que no son fértiles. Pero en la pareja homo (que no procrea) queda marginada y condenada su relación. Además, si la Iglesia admite los métodos naturales para evitar la procreación, ¿cómo rechazar las relaciones en las que la Naturaleza no contempla dicha procreación, como sucede en la relación íntima entre iguales?
La Iglesia ya no puede eludir la obligación de discernir, iluminada por la fe, en la realidad humana de la homosexualidad. Es un reclamo de amor y justicia que debe ser atendido. La Iglesia debe iluminar un cambio de actitudes y criterios, sin olvidar que solo ella puede hacerlo desde la Fe.
La pregunta es: ¿Qué piensa hacer la Iglesia con nosotros los homosexuales, que decidimos vivir nuestra relación en el mismo marco de amor fiel que la unión hombre-mujer? Esta modalidad de relación sexual-amorosa no está condenada en la Biblia. Lo único que se condena es la violencia (lo que intentaron los sodomitas) del mismo modo que está condenada en las relaciones heterosexuales. La aceptación de las personas LGTBI y la formación consiguiente de familias sería, sin temor a exagerar, el mayor desafío con el que se va a enfrentar la Iglesia en este siglo XXI.
Veamos lo que dice el Antiguo y el Nuevo Testamento sobre la relación afectivo- amorosa entre iguales: en el Antiguo recordamos la historia de David y Jonathan y de Ruth y Noemí, que son suficientemente elocuentes.
Pero vayamos al Nuevo Testamento. Nos centramos en la sanación del siervo del centurión (Mt 8,5-13). Llama poderosamente la atención las palabras griegas que utiliza Mateo en relación al siervo del militar romano: «entimos» y «pais», que se traducen como «mi muchacho amado». Lo primero a resaltar es que esta denominación queda fuera del lenguaje habitual de un militar hacia un esclavo. ¿Por qué le llama “mi muchacho amado” ante Jesús?
Con relación sexual o sin ella, Jesús se encuentra con un estrecho vínculo afectivo- amoroso entre dos hombres. Jesús pudo aprovechar la coyuntura para definirse sobre cómo habría de ser y no ser, la relación de amor entre dos hombres y esto es lo que sucedió:
El militar le expresa con vehemencia «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya bastará para sanar a mi muchacho amado». Y el Señor le responde premiándolo, ensalzando todo lo que encerraba el corazón del centurión: amor por un igual y fe.
¿No deberían ser estas dos claves (amor y Fe) las que deberían de bastar a la Iglesia para aceptar en plenitud a quien las sintiera y manifestara amar y tener fe, aunque ese amor fuese por otro igual? A Jesús le bastó y con la curación milagrosa, «debida a la fe de un homosexual», según opina el Teólogo Xabier Pikaza, bendijo aquel amor y aquella fe y por tanto, implícitamente, aquella relación en la que “el centurión es candidato idóneo al rótulo actual de homosexual”, concluye Pikaza.
Por último, destacar las declaraciones de 20 obispos y cardenales de Europa, África y América que apoyan y acogen explícitamente el movimiento LGTBI. Entre todas destaco al fallecido Arzobispo de Ciudad del Cabo y Nobel de la Paz, Desmond Tutu: «A muchos de nosotros nos produce angustia imaginar que Dios puede crear a alguien y decirle: “te odio por cómo te he hecho”. No quisiera ir a un cielo que fuera homófobo. No, mejor me disculparía y diría que quiero ir a otro lugar. Con gran dolor contemplo la represión de hermanos africanos cuyo único crimen es practicar el amor. El odio, en ninguna de sus formas tiene lugar en la casa de Dios».
Raúl Vera, obispo de Saltillo (Méjico), declaró en 2019, refiriéndose a los homosexuales: «Este banquete de la Eucaristía es para ustedes que tantas veces saborean el desamor, desprecio y odio».
El Arzobispo de Múnich y Presidente de la Conferencia Episcopal alemana, además de estrecho colaborador del Papa, Reinhard Marx, al periódico Angsberger Algmeine, expresando públicamente sentirse arrepentido de no haber actuado en contra de la ley que prohíbe la homosexualidad en Alemania, declarando que «La Iglesia no ha sido precisamente pionera en la defensa de los derechos de los homosexuales», añadiendo que «Debemos expresar nuestro arrepentimiento por no oponernos a la persecución de los homosexuales. La legislación del matrimonio homosexual no constituye un ataque a la Iglesia», concluyendo que «La historia de los homosexuales en nuestra sociedad es una historia pésima, porque hemos hecho mucho para marginarlos. Debemos pedirles perdón, pues no se puede decir que la relación entre dos hombres, si son fieles, no tiene ningún valor».
Es gratificante recoger lo expresado por el obispo brasileño Antonio Carlos Cruz Santos: «Si la homosexualidad no es una enfermedad, si no es una elección, desde la perspectiva de la fe, solo puede ser un Don. El Evangelio por excelencia es el Evangelio de la inclusión. Es una puerta sí, pero siempre está abierta». Añadiendo: «El homosexual puede vivir su orientación de una forma digna y ética o de la forma promiscua, pero la promiscuidad puede vivirse en cualquier orientación sexual. Si la persona no elige ser gay, la atracción por el mismo sexo solo puede ser un regalo de Dios, pero quizás nuestros prejuicios nos impiden recibir ese Don».
Monseñor Olivier Ribadeau-Dumas, portavoz de la Conferencia Episcopal gala, expresó: «En la relación amorosa de dos personas del mismo sexo, hay algo de Dios que habla allí. Entiendo lo impacientes que estáis los homosexuales. Dadnos tiempo. Amad a la Iglesia y, desde dentro, ayudadla a progresar en el reconocimiento de vuestro amor».
Igualmente, emocionan las declaraciones del obispo auxiliar de Detroit, ya jubilado, Thomas John Gumbleton: «Creía firmemente que mi homosexualidad era una elección mía y por tanto un pecado. Mi punto de inflexión fue cuando mi propio hermano, casado y con cuatro hijos, salió del armario».
Por último, resaltar el trabajo de laicos muy comprometidos, como los asociados en CRISMHOM en Madrid o la página en Internet de «Cristianos Gays», coordinándose con grupos ecuménicos y laicos.
La esperanza se abre camino. El conjunto de las anteriores declaraciones, todas ellas inclusivas, pueden ser el comienzo de un nuevo paradigma eclesial que aborde el tema que nos ocupa con una sensibilidad que se abre camino en amplios sectores de la Iglesia, sin posible vuelta atrás.
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Las lecturas litúrgicas de hoy para el quinto domingo del tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.
A menudo, las personas católicas LGBTQ+ y sus simpatizantes me preguntan cuál es la mejor manera de ayudar a la Iglesia católica a aceptar y dar más la bienvenida a las personas LGBTQ+. He trabajado en esta área durante más de 30 años y una cosa que he aprendido es que ninguno de nosotros tiene realmente el poder de cambiar una institución global tan grande como la Iglesia Católica. Solo podemos actuar localmente, tratando de efectuar un cambio en nuestras comunidades locales, nuestros líderes de la iglesia local y compañeros católicos.
Las lecturas litúrgicas de hoy ofrecen una recomendación aún más radicalmente local para lograr el cambio y construir la justicia: comienza por ti mismo. En la primera lectura, el consejo de Isaías no tiene nada que ver con la estrategia política o la organización comunitaria. En cambio, sugiere una combinación de Mateo 25 y los Diez Mandamientos: alimentar al hambriento, vestir al desnudo, albergar a los desamparados, no mentir, respetar a los de su familia y comunidad.
Isaías promete que si hacemos estas cosas, sucederá lo siguiente:
“Tu luz brillará como el alba, y tu herida sanará pronto; Tu justicia irá delante de ti, y la gloria de Dios será vuestra retaguardia. Entonces llamarás, y Dios te responderá, clamarás por ayuda, y Dios dirá: ¡Aquí estoy!”
Esas son promesas maravillosas, pero debo admitir que estas sugerencias no suenan mucho como un plan de acción concertado. ¿Dónde están las “listas de tareas”, los organigramas, los cronogramas, los presupuestos, el plan estratégico?
Isaías está sugiriendo que en lugar de enfocarnos en nuestras formas humanas de hacer las cosas, debemos adoptar los caminos de Dios, que nunca parecen tener mucho sentido si los comparamos con la lógica humana. Como San Pablo nos dice hoy, nuestra fe “no descanse en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios”.
Isaías está ofreciendo lo que en nuestros días se considera un buen consejo psicológico: no intentes cambiar a los demás, solo trabaja en ti mismo. Sé el cambio que quieres ver en el mundo.
Es mucho más fácil (¿y quizás más divertido?) señalar las fallas de otras personas y advertirles que cambien que tratar de cambiarnos a nosotros mismos. ¿Y cómo cambiarnos a nosotros mismos realmente puede hacer algún cambio en la iglesia o en el mundo?
Jesús proporciona la respuesta a esa pregunta en el evangelio de hoy. Se supone que somos la sal de la tierra, dice. Para hacer eso, tenemos que estar en guardia para asegurarnos de mantener nuestra propia «sabor salado» porque, «si la sal pierde su sabor, . . . ya no sirve para nada.” También tenemos que ser un faro que “alumbre a todos en la casa”.
Pero tanto en la sociedad y en la iglesia parece desanimar continuamente a las personas LGBTQ+. ¿Cómo nos aseguramos de no perder nuestro sabor y nuestra luz en nuestras vidas? El salmo 112 hoy continúa con el tema de trabajar en nosotros mismos y ser el cambio que queremos ver. Hacer esto logrará dos cosas. Por un lado, traerá justicia:
“La justicia de los justos permanecerá para siempre; Su cuerno será exaltado en gloria.”
En segundo lugar, nos mantendrá firmes:
“El justo nunca será conmovido; el justo estará en memoria eterna. La mala fama no temerá el justo; sus corazones están firmes, confiados en Dios.”
Para aquellos que trabajan por la justicia para las personas LGBTQ+, la decepción y el desánimo son resultados comunes que a menudo pueden llevar al agotamiento: nuestra luz se apaga. Jesús quiere que mantengamos esa luz viva y brillante. La renovación no ocurre redoblando nuestros esfuerzos para cambiar estructuras injustas. En cambio, tenemos que cambiarnos a nosotros mismos, asegurándonos de no estar tan atrapados en nuestros ideales que descuidemos las obras de misericordia y que actuemos con justicia para ser un faro de luz para aquellos que viven en la oscuridad.
—Francis DeBernardo, New Ways Ministry, 5 de febrero de 2023
Comentarios desactivados en “Si la sal se vuelve sosa”. 5 Tiempo ordinario – A (Mateo 5,13-16)
Pocos escritos pueden sacudir hoy el corazón de los creyentes con tanta fuerza como el pequeño libro de Paul Evdokimov, El amor loco de Dios. Con fe ardiente y palabras de fuego, el teólogo de San Petersburgo pone al descubierto nuestro cristianismo rutinario y satisfecho.
Así ve P. Evdokimov el momento actual: «Los cristianos han hecho todo lo posible para esterilizar el evangelio; se diría que lo han sumergido en un líquido neutralizante. Se amortigua todo lo que impresiona, supera o invierte. Convertida así en algo inofensivo, esta religión aplanada, prudente y razonable, el hombre no puede sino vomitarla». ¿De dónde procede este cristianismo inoperante y amortiguado?
Las críticas del teólogo ortodoxo no se detienen en cuestiones secundarias, sino que apuntan a lo esencial. La Iglesia aparece a sus ojos no como «un organismo vivo de la presencia real de Cristo», sino como una organización estática y «un lugar de autonutrición». Los cristianos no tienen sentido de la misión, y la fe cristiana «ha perdido extrañamente su cualidad de fermento». El evangelio vivido por los cristianos de hoy «no encuentra más que la total indiferencia».
Según Evdokimov, los cristianos han perdido contacto con el Dios vivo de Jesucristo y se pierden en disquisiciones doctrinales. Se confunde la verdad de Dios con las fórmulas dogmáticas, que en realidad solo son «iconos» que invitan a abrirnos al Misterio santo de Dios. El cristianismo se desplaza hacia lo exterior y periférico, cuando Dios habita en lo profundo.
Se busca entonces un cristianismo rebajado y cómodo. Como decía Marcel More, «los cristianos han encontrado la manera de sentarse, no sabemos cómo, de forma confortable en la cruz». Se olvida que el cristianismo «no es una doctrina, sino una vida, una encarnación». Y cuando en la Iglesia ya no brilla la vida de Jesús, apenas se constata diferencia alguna con el mundo. La Iglesia «se convierte en espejo fiel del mundo», al que ella reconoce como «carne de su carne».
Muchos reaccionarán, sin duda, poniendo matices y reparos a una denuncia tan contundente, pero es difícil no reconocer el fondo de verdad hacia el que apunta Evdokimov: en la Iglesia falta santidad, fe viva, contacto con Dios. Faltan santos que escandalicen porque encarnan «el amor loco de Dios», faltan testigos vivos del evangelio de Jesucristo.
Las páginas ardientes del teólogo ruso no hacen sino recordar las de Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaran? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente».
Comentarios desactivados en “Vosotros sois la luz del mundo”. Domingo 5 de febrero de 2023. 5º Domingo Ordinario
Leído en Koinonia:
Isaías 58,7-10: Romperá tu luz como la aurora. Salmo responsorial: 111: El justo brilla en las tinieblas como una luz. 1Corintios 2,1-5: Os anuncié el misterio de Cristo crucificado. Mateo 5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo.
Las lecturas de hoy tienen como tema central la justicia de Dios, expresada plenamente en el amor misericordioso para con el prójimo. El relato que leemos del profeta Isaías se enmarca en el contexto del ayuno, en donde se realiza una fuerte crítica al pueblo de Israel por sus prácticas religiosas desarticuladas de la fe y la justicia con los pobres. El profeta llama a realizar el verdadero culto a Yahvé, ligado íntimamente con la justicia y la misericordia. Las prácticas religiosas deben salir del corazón y deben dar como fruto una verdadera justicia social, concretizada en el compartir del pan con el hambriento, en la solidaridad con los que sufren, en preocuparse visceralmente por los hermanos pobres, pues en ellos, en los abatidos, en los mal vistos, es donde el mismo Dios se revela; es en ellos donde la luz de Dios se hace presente; es donde el Dios de Israel verdaderamente habita.
En relación con lo anterior, Pablo expresa a los corintios que el misterio de Dios anunciado por él no se fundamenta en la sabiduría humana, sino en el mismo Señor crucificado, lo cual significa que es Dios quien ha actuado en Pablo y en la comunidad. Es relevante que Pablo se refiera a la cruz de Cristo como el elemento esencial de su predicación. Con ello quiere hacer presente el verdadero rostro de Dios que se revela no a los sabios ni a los poderosos, sino a los más vulnerables de la sociedad. De ahí que el anuncio de la Palabra transformadora de Dios no pertenezca al mundo de la sabiduría humana, sino a la fuerza salvífica del Espíritu de Dios; es decir, que la fe y su debido comportamiento moral, sintetizado en la justicia y en la misericordia, sea una iniciativa exclusiva de Dios, una acción liberadora que penetra en el corazón del ser humano y que lo empuja a actuar de una manera coherente con la Palabra escuchada. Por tanto, el anuncio del misterio de Dios realizado por Pablo a la comunidad griega de Corinto es su propia experiencia de Cristo; lo que realmente anuncia es la vivencia de ese mensaje.
El evangelio de hoy, de Mateo, expresa cuál es la misión de los creyentes de todos los tiempos: ser sal y luz para el mundo. Tanto la sal como la luz son elementos necesarios en la vida cotidiana de las familias. La sal da sabor a las comidas, conserva los alimentos, purifica; en la antigua Palestina servía para encender y mantener el fuego de los hornos de tierra. Por su parte, como es sabido, la luz disipa las tinieblas, ilumina y orienta a las personas; es la metáfora perfecta que emplea el AT para hacer referencia a Dios; y es la tarea de los profetas y en especial la del Mesías: ser luz de las naciones (Is 42,6). Sal y luz, entonces, hablan de la tarea del seguidor fiel de Jesús: Expresar la fe, su integración con el proyecto de Dios a través del testimonio de vida, a través de las buenas obras, de los buenos frutos; tiene la misión de mantener el sabor y la luminosidad de la Palabra de Dios en todo tiempo y lugar del mundo –empresa que únicamente se logra por medio de una conciencia plena de la necesidad de fomentar en la comunidad mundial la justicia y la solidaridad entre los hermanos. Leer más…
El evangelio de este domingo consta de dos breves parábolas muy fáciles de entender. Pero se puede profundizar en ellas situándolas en su contexto y utilizándolas para un examen de conciencia.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del candelero, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
Diseccionando el texto
Aunque empiezan de forma muy parecida, el desarrollo de las dos parábolas es distinto.
La primera consta de dos elementos:afirmación (vosotros sois la sal) y advertencia sobre el peligro de perder el sabor.
La segunda es más compleja, consta de cuatro elementos: entre la afirmación(vosotros sois la luz) y la advertencia sobre el peligro de meter la lámpara en el armario, encontramos una nueva imagen sobre la ciudad en lo alto del monte, y termina con una exhortación a hacer brillar nuestra luz.
Pido perdón por destripar el texto, pero lo hago para dejar claro la difícil tarea de los evangelistas, que reunieron palabras pronunciadas por Jesús en diversos momentos, y no tenían la posibilidad moderna de marcar bloque y trasladar o borrar sin enorme gasto de tiempo y de dinero.
El contexto: las parábolas y las bienaventuranzas
El evangelio de Mateo sitúa estas dos parábolas inmediatamente después de las bienaventuranzas. Como vimos el domingo pasado, las bienaventuranzas hablan de las personas que pueden interesarse por el mensaje de Jesús y entenderlo; de las que pueden entrar a formar parte de la comunidad cristiana (el reinado inicial de Dios) por los motivos más diversos en su actitud ante Dios y el prójimo. Proclamando los valores más inauditos, son un canto de esperanza para todos los que se sienten marginados por la sociedad y el estamento religioso: Dios Rey los acoge como súbditos.
Pero Mateo, siempre tan realista, no quiere que los cristianos lancemos las campanas al vuelo, que nos sintamos maravillosos y al seguro. Por eso, antes de entrar en el cuerpo central del Sermón del Monte, nos da un doble toque de atención con estas dos parábolas.
Los dos peligros
Leídas juntas, las dos parábolas pretende ilusionar a los oyentes recordándoles que Dios les ha concedido la capacidad de dar sabor, y energía para iluminar a todos los hombres, redundando en gloria de Dios.
Pero caben dos peligros: el primero, perder la energía (parábola de la sal); el segundo, ocultarla (parábola de la luz del mundo).
¿Cómo se puede perder la energía? Más adelante, en la parábola del sembrador, Mateo ofrece unas pistas cuando habla de la semilla sembrada entre cardos: las preocupaciones mundanas y la seducción de la riqueza lo ahogan, y no da fruto (Mt 13,22).
¿Cómo conservar la energía? Si tomamos como modelo a Jesús, sus dos fuentes de energía fueron la oración (tema que subrayan los cuatro evangelios) y el contacto directo con el prójimo, especialmente con los más necesitados (enfermos, marginados).
¿Cómo ocultar la luz? Dejándonos arrastrar por lo cómodo y fácil. Jesús fue luz del mundo porque no se recluyó cómodamente en su mundo, prefirió el esfuerzo, el riesgo, el cansancio, la adversidad y la muerte.
¿Cómo hacer que brille nuestra luz?
La primera lectura, tomada del c.58 de Isaías, encaja perfectamente con la parábola de la luz.
Así dice el Señor:
Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
viste al que ves desnudo,
y no te cierres a tu propia carne.
Entonces romperá tu luz como la aurora,
en seguida te brotará la carne sana;
te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor, y te responderá;
gritarás, y te dirá: «Aquí estoy.
Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.
Tras la destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia (año 586 a.C.), la situación del pueblo judío fue trágica, incluso después de la vuelta del destierro (año 538 a.C.). La capital siguió prácticamente despoblada hasta mediados o finales del siglo V (época de Nehemías) y la situación económica era de absoluta penuria. El pueblo se sentía como un cuerpo enfermo y sumergido en tinieblas.
En esas circunstancias de desánimo, busca la solución en una serie de ceremonias religiosas, especialmente el ayuno (que implicaba no sólo abstenerse de alimentos sino también realizar otros ritos, como cubrirse de saco y ceniza, etc.), para ganarse el favor de Dios. Pero Dios no hace nada. Y el pueblo se queja y protesta. «¿Para qué ayunar si no haces caso?» Dios responde por medio del profeta: si quieres que tu situación mejore, que brille tu luz en las tinieblas, que rompa tu luz como la aurora, comprométete con el que pasa hambre, tiene sed, está desnudo y sin techo (las famosas obras de misericordia, que se conocían ya en el antiguo Egipto); destierra la opresión y la maledicencia.
Hay una idea capital en esta lectura. Cuando habla de los necesitados termina diciendo: «y no te cierres a tu propia carne». El hambriento, desnudo o sin techo no es un ser extraño, ajeno a mí, al que hago un favor si me apetece. Es mi propia carne, que reclama cuidado y atención, como un miembro cualquiera de nuestro cuerpo.
¿Cómo hizo brillar Pablo su luz? 2ª lectura (1 Corintios 2,1-5)
Buscando una relación entre esta lectura y el evangelio, la luz con la que Pablo intenta iluminar a los corintios es la persona y el mensaje de Jesucristo. Pero la fuerza del texto recae en el modo de hacer brillar esa luz. La comunidad de Corinto había sido fundada por Pablo. Pero cuando apareció por allí Apolo, un judío convertido al cristianismo, encandiló a todos con su sabiduría y su excelente oratoria. Muchos terminaron prefiriendo a Apolo y su modo de transmitir el evangelio. Pablo reacciona con dureza, afirmando que él nunca quiso presumir de sabio o elocuente, sino anunciar a Jesucristo, y no de cualquier manera, sino en su aspecto más escandaloso: crucificado. «Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios».
Imagínate por un momento que eres una artista famosa en el campo que quieras: poesía, escultura, pintura, cine, fotografía, moda, canto…
Tienes que imaginarte que eres una renombrada artista. Famosa, conocida, valorada. De esas que se han abierto camino poco a poco y con dificultades. Con un talento que no siempre se ha sabido reconocer.
¿Estás en situación? ¡Bien! Ahora ya eres famosa y reconocida. Lo que significa que tu talento ha sido probado y educado. Te encuentras en lo mejor de tu carrera profesional y acabas de realizar tu gran obra. Todo gran artista tiene una gran obra que lo define.
Estas delante de tu escultura, tu película o tu novela acabada. Sabes que es la mejor. La cumbre del trabajo de toda tu vida.
Pues ahora redobla tu capacidad de imaginar e imagínate (si puedes) que decides no firmar tu obra maestra. No corras, piénsalo despacio.
Piensa en qué podría moverte por dentro a hacer algo así. Para ayudarte a tu reflexión puedes pensar en aquellas obras conocidas de autoras anónimas. Tantos libros y canciones antiguas…
Quizá alguna vez ha caído en tus manos algo hermoso, tan hermoso que has querido saber quién lo ha hecho y cuando te has puesto a investigar no has podido dar con el autor/autora. ¿Quién es capaz de hacer algo bonito y no firmarlo? ¿Qué puede buscar quién hace algo así?
Podemos pensar que a veces sale algo de nosotras tan bueno y bonito que descubrimos que en ello hay algo más que nuestra impronta personal, nuestro trabajo y nuestro esfuerzo.
Imagínate ahora algo más sencillo y cotidiano: un buen guiso, un jardín bonito, una casa limpia y ordenada, un cliente bien atendido, o una buena gestión…Una cosa sencillita que te ha salido tan bien que hasta tú misma te has quedado sorprendida y se te escapa una sonrisa acompañada de un gracias.
Pues algo así parece que nos invita a hacer el evangelio de hoy. A dejar que nuestras obras (grandes o pequeñas) alumbren, den luz, pero una luz, un calor, que quienes las reciban (e incluso nosotras mismas) lo que les salga sea dar gracias a Dios. O lo que es lo mismo: “den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”
Oración
“Alumbre así vuestra luz a las gentes para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”
Comentarios desactivados en Solo si estás ardiendo, iluminarás.
DOMINGO 5º (A)
Mt 5,13-16
El texto que acabamos de escuchar es continuación de las bienaventuranzas, que leímos el domingo pasado. Estamos en el principio del primer discurso de Jesús en el evangelio de Mateo. Es, por tanto, un texto al que se le quiere dar suma importancia. Se trata de dos comparaciones aparentemente sin importancia, pero que tienen un mensaje de gran calado para la vida humana. La tarea más importante sería estar ardiendo e iluminar.
El mensaje de hoy es simplicísimo, con tal de demos por supuesta una realidad que es de lo más complicada. Efectivamente, todo el que ha alcanzado la iluminación ilumina. Si una vela está encendida, necesariamente tiene que iluminar. Si echas sal a un alimento, quedará salado. Pero, ¿qué queremos decir cuando aplicamos a una persona humana el concepto iluminado? Somos plenitud de luz, pero no es fácil tomar conciencia de ello.
Todos los líderes espirituales, pero sobre todo en el budismo, enseñan lo mismo. Buda significa eso: el iluminado. ¡Qué difícil es entender lo que eso significa! Solo lo podemos comprender en la medida que nosotros estemos iluminados. Está claro, sin embargo, que no nos referimos a ninguna clase de luz material ni de ningún conocimiento especial. Nos referimos más bien a un ser humano que ha despertado, es decir que ha desplegado todas sus posibilidades de ser humano. Estaríamos hablando del ideal de ser humano.
Esto es precisamente lo que nos está diciendo el evangelio. Da por supuesto todo el proceso de despertar y considera a los discípulos ya iluminados y capaces de iluminar a los demás. Pero como nos dice el budismo, eso no se puede dar por supuesto, tenemos que emprender la tarea de despertar. Sería inútil que intentáramos iluminar a los demás estando nosotros apagados, dormidos. En el budismo, el iluminar a los demás estaría significado por la primera consecuencia de la iluminación, la compasión.
Hay un aspecto en el que la sal y la luz coinciden. Ninguna es provechosa por sí misma. La sal sola no sirve de nada para la salud, solo es útil cuando acompaña a los alimentos. La luz no se puede ver, es absolutamente oscura hasta que tropieza con un objeto. La sal, para salar, tiene que deshacerse, disolverse, dejar de ser lo que era. La lámpara o la vela producen luz, pero el aceite o la cera se consumen. ¡Qué interesante! Resulta que mi existencia solo tendrá sentido en la medida que me consuma en beneficio de los demás.
La sal es uno de los minerales más simples (cloruro sódico), pero también más imprescindibles para nuestra alimentación. Pero tiene muchas otras virtudes que pueden ayudarnos a entender el relato. En tiempo de Jesús se usaban bloques de sal para revestir por dentro los hornos de pan. Con ello se conseguía conservar el calor para la cocción. Esta sal con el tiempo perdía su capacidad de aislante térmico y había que sustituirla. Los restos de las placas retiradas se utilizaban para compactar los caminos.
Ahora podemos comprender la frase del evangelio: “pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará?; no sirve más que para tirarla y que la pise la gente”. La sal no se vuelve sosa. Esta sal de los hornos, sí podía perder la virtud de conservar el calor. La traducción está mal hecha. El verbo griego que emplea tiene que ver con “perder la cabeza”, “volverse loco”. En latín “evanuerit” significa desvirtuarse, desvanecerse. Debía decir: si la sal se vuelve loca o si la sal pierde su virtud. Esa sal quemada, no servía más que para pisarla.
No podemos conocer lo que Jesús pensaba cuando ponía estos ejemplos pero seguro que no hacía referencia a conocimiento doctrinal, ni a normas morales, ni a ningún rito. Seguro que ya intuían lo que hoy nosotros sabemos: la sal y la luz es lo humano. Es curioso que haya llegado a nosotros un proverbio romano que, jugando con las palabras, dice: no hay nada más importante que la sal y el sol. Probablemente estas comparaciones, utilizadas por Jesús, hacen referencia a algún refrán ancestral que no ha llegado hasta nosotros.
La sal actúa desde el anonimato, ni se ve ni se aprecia. Si un alimento tiene la cantidad precisa, pasa desapercibida, nadie se acuerda de la sal. Cuando a un alimento le falta o tiene demasiada, entonces nos acordamos de ella. Lo que importa no es la sal, sino la comida sazonada. La sal no se puede salar a sí misma. Pero es imprescindible para los demás alimentos. Era tan apreciada que se repartía en pequeñas cantidades a los trabajadores, de ahí procede la palabra tan utilizada todavía de “salario” y “asalariado”
Jesús dice: sois la sal, sois la luz. El artículo determinado nos advierte que no hay otra sal ni otra luz. Todos esperan algo de nosotros. El mundo de los cristianos no es un mundo cerrado y aparte. La salvación que propone Jesús es la salvación para todos. El mundo tiene que quedar sazonado e iluminado por la vida de los que siguen a Jesús. Pero cuidado, cuando la comida tiene exceso de sal se hace intragable. La dosis tiene que estar bien calculada. No debemos atosigar a los demás con nuestras imposiciones.
Cuando se nos pide que seamos luz, se nos está exigiendo algo decisivo para la vida espiritual propia y de los demás. La luz brota siempre de una fuente incandescente. Si no ardes no podrás emitir luz. Pero si estás ardiendo, no podrás dejar de emitir luz y calor. Solo si vivo mi humanidad, puedo ayudar a los demás a desarrollarla. Ser luz significa desplegar nuestra vida espiritual y poner todo ese bagaje al servicio de los demás.
Debemos de tener cuidado de iluminar, no deslumbrar. Estar al servicio del otro, pensando en el bien del otro y no en mi vanagloria. Debemos dar lo que el otro espera y necesita, no lo que nosotros queremos imponerle. Cuando sacamos a alguien de la oscuridad, debemos dosificar la luz para no dañar sus ojos. Los cristianos somos mucho más aficionados a deslumbrar que a iluminar. Cegamos a la gente con imposiciones excesivas y hacemos inútil el mensaje de Jesús para iluminar la vida real de cada día.
En el último párrafo, hay una enseñanza esclarecedora: “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. La única manera eficaz de transmitir el mensaje son las obras. Una actitud evangélica se transformará inevitablemente en obras. Evangelizar no es proponer una doctrina elaborada y convincente. No es obligar a los demás a aceptar nuestra ideología o manera de entender la realidad. Se trataría de ayudarle a descubrir su propio camino desde los condicionamientos personales en lo que vive.
En las obras se ponen al descubierto mis actitudes internas. Las obras que son fruto de una programación externa no ayudan a los demás a encontrar su camino. Solo las obras que son reflejo de una actitud vital auténtica son cauce de iluminación para los demás. Lo que hay en mi interior, solo puede llegar a los demás a través de las obras. Toda obra hecha desde el amor y la compasión es luz. Los que tenemos una cierta edad nos hemos conformado con un cristianismo de programación, por eso nadie nos hace caso.
Meditación
Puedo desplegar mi capacidad de sazonar
Puedo vivir encendido y dar calor y luz
Soy sal para todos los que me rodean
en la medida en que hago participar a otros de mi plenitud humana.
Soy luz en la medida en que vivo mi verdadero ser
y muestro a otros el camino que les puede llevar a ser en plenitud.
«Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo»
No es frecuente plantearse la vida desde la misión, pero eso es lo que nos pide Jesús. Y la misión no consiste en elucubrar sobre la Palabra, sino en responder a la Palabra. Tampoco consiste en promover filosofías o teologías que suplanten a la Palabra, sino en una forma determinada de vivir … Y ¿para qué?… pues «para que los hombres vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo». Por tanto, la misión no tiene nada que ver con un mensaje de palabras, sino en vivir de forma que nuestros actos hagan patente el amor del Padre.
El fundamento que soporta al cristiano es Abbá: el padre que nos quiere con locura y a cuyo amor respondemos amando a los demás (a sus otros hijos). Pero es muy difícil creer en el amor del Padre cuando lo que habitualmente vemos en el mundo no es amor, sino injusticia y opresión. Los cristianos hemos visto el amor de Dios en Jesús, y la misión que Jesús nos pide es que le ayudemos a que los demás vean ese amor en nuestras buenas obras. «Así como el Padre me envió … os envío yo a vosotros».
Según el texto de hoy, la misión a la que Jesús nos invita se concreta en ser luz y en ser sal; luz para poner de manifiesto ese amor, y sal para darle al mundo su auténtico sabor.
El signo de la luz tiene una larga tradición en Israel, y no es extraño que Jesús lo adopte para definir la misión. La luz no pone nada sobre lo que ya hay, pero permite ver las cosas mejor y vivir con más sentido… No obstante, la invitación a ser luz tiene un peligro, y es que caigamos en la pedantería de ir por la vida creyéndonos luz de los demás. Debemos tener muy claro que esa luz no es nuestra; que, en todo caso, somos meros portadores de la luz de Dios que hemos visto reflejada en Jesús.
Todos, creyentes y no creyentes, tenemos un poco de luz de Dios, y ofreciendo la que tenemos y recibiendo la que nos dan, podemos caminar por el mundo como hermanos que se esfuerzan en avanzar sin tropiezos. Ruiz de Galarreta comparaba la vida cristiana con un cirio que, si no se consume para dar luz, no sirve para nada. Y ponía de ejemplo a Jesús; cirio encendido que se quemó hasta el último cabo para iluminar el mundo con la luz de Dios.
El signo de la sal es mucho más humilde, menos pretencioso, y tan ajustado al estilo de Jesús, que podemos imaginar que es invento suyo. La sal solo sirve para añadirse a otros alimentos y resaltar su sabor, y esto tan sencillo, tan cotidiano, puede ser una excelente parábola de lo que ocurre con Jesús, que es la sal que da sabor a todo lo que hacemos: a vivir, a trabajar, a descansar, a triunfar, a fracasar, a estar sano, a estar enfermo, a morir… a todo.
Nuestra vida tiene sabor en Jesús; nuestra sal; la sal de Dios. Un mundo sin Dios no tiene sabor… y de ahí la misión que tenemos encomendada: «Vosotros sois la sal de la Tierra, y si la sal se vuelve insípida ¿con qué se la salará?».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
Acabas de proclamar el manifiesto de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12) y a reglón seguido dices a los que te siguen que son sal y luz.
Hemos escuchado tantas veces estas lecturas que quizás no nos estimulen, no nos pongan en pie, puede que parezca que no van con nosotros, no provocan una escucha sincera y comprometida.
¿Qué nos dices hoy desde lo alto del monte? ¿Qué nos dices hoy tecleando desde el ordenador tus palabras inquietantes: “Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?
Pero estamos sosos, incluso de bajón.
¿Qué nos dices desde el ambón?: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino en el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa”.
Pero estamos apagados, no hay conexión.
¿Qué nos dices desde las periferias del mundo? Periferias que no están lejos de nadie. Que están en la puerta de al lado (esto es del Papa Francisco) o a unas pocas estaciones de metro.
Pero estamos absortos en pantallas y a la espera del “metaverso”… hasta que sepamos en qué consiste.
Si nos regalamos un espacio de soledad y silencio, si dejamos de que la palabra invada y los pensamientos nos acosen, escucharemos tu voz en lo alto, en lo interno, a la derecha, a la izquierda, eclipsando el ruido ambiental, grosero, constante, idiotizante:
– ¡Esto es una emergencia! ¡Tan ciegos estáis que no lo veis! “Vosotros sois la sal de la tierra… La luz del mundo”. ¡Despertad, que no estáis solos!
Un grano de sal es poca cosa. Una pequeña vela, también. Todo lo grande empieza en pequeño. Nos llamas a unirnos en la emergencia de un mundo dividido, de una Iglesia dividida, de cristianos que, no caminan juntos sino enfrentados o, sencillamente desinteresados.
Nos llamas a aportar lo poco que somos como sal y como luz. Un pequeño grano de sal encerrado en un salero de poco sirve; una mínima vela en la noche de este mundo poco puede iluminar. Pero millones de pequeños granos de sal y millones de pequeñas velas encendidas… sería la estabilidad armoniosa del Reino de Dios.
¿Quién dijo utopía?… ¡Atrévete a soñar, hermano! ¡Da un paso hacia delante, hermana, y haz el “poco” que tú puedes hacer!
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V Domingo del Tiempo Ordinario
5 febrero 2023
Mt 5, 13-16
La sabiduría que contienen las metáforas de la sal y de la luz radica en que ponen el acento en la desapropiación: la sal da sabor y la luz ilumina sin hacer ningún esfuerzo, sin proponérselo y sin presumir de ello. Y, sin embargo, son eficaces: si está en buen estado, la sal no puede sino dar sabor; si está encendida, la luz no puede sino alumbrar.
Todo se tergiversa cuando las palabras de Jesús se leen -como en tantas otras ocasiones- en clave moralista y voluntarista. Tal lectura da lugar a proclamas del tipo: “tenemos que ser sal, tenemos que ser luz”… El voluntarismo y la apropiación, incluso cuando nacen de la mejor voluntad, constituyen un alimento jugoso para el ego, que se fortalece así incluso con lo más sagrado.
¿Qué da sabor a nuestras vidas?, ¿qué las ilumina? Tal vez nos ayude a descubrirlo volver la vista hacia atrás y preguntarnos qué ha sido aquello que ha aportado sabor y luz a nuestra existencia. Seguramente nos aparecerán rostros con calidad de presencia amorosa que, sin aspavientos, supieron vernos, acogernos, escucharnos, ayudarnos, hablarnos…, sin ni siquiera ser conscientes de todo lo que nos estaban aportando en ese momento.
Si bien es cierto que no pueden separarse -de la misma manera que no puede separarse la sal del sabor-, parece claro que el acento no está en el hacer, sino en el ser. Y cuando es así, todo lo demás “se nos dará por añadidura”, diría el mismo Jesús.
Todo consiste en ser: en vivir en conexión y en coherencia con lo que somos en profundidad. Acallando los ruidos de la mente y las apetencias del ego, nos dejamos escuchar la voz del anhelo que clama en nuestro interior. Silencio del ego, aceptación, gratitud, paz, unidad: esas son las señales que nos permiten ver si estamos en el “buen lugar”, en el lugar donde -aunque no lo sepamos- somos sal y luz.
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- Sal y luz: sabor y color de la vida.
El evangelio de hoy es la conclusión de las bienaventuranzas, que meditábamos el pasado domingo.
El texto evangélico de hoy ensambla dos símbolos: la sal y la luz. Vosotros sois la luz y la sal de la tierra.
Sal
La sal conserva los alimentos además de dar sabor a la comida. La sal es un símbolo de cierta viveza: sabor y saber vivir, sabiduría.
(Saber) Sabiduría no es lo mismo que ciencia: Se puede tener conocimientos y carreras universitarias, pero no saber vivir ni saborear la vida. Y al revés, cuántas personas no tienen ciencia, pero saben vivir, tienen sabiduría.
Los cristianos, la comunidad eclesial es sal de la tierra: Vosotros sois la sal de la tierra. La sabiduría y el sabor cristiano es el de las bienaventuranzas.
Luz
El símbolo de la luz está muy presente en la Biblia (y en la vida). La luz es el principio de la creación de la vida (Gn 1,3). El pueblo que vivía en tinieblas, vio una gran luz, (Mt 4,16). Yo soy la luz (Jn 8,12; 9,5).
Solemos emplear este símbolo en los dos momentos más importantes de la vida: las madres “dais a luz”. Cuando muramos, alguien nos deseará y pedirá a Dios Padre que nos “conceda la luz eterna”: lux aeterna luceat eis.
En situaciones difíciles no vemos la luz, la salida. A veces nos encontramos con personas que “no tienen luces” o a nosotros mismos nos “faltan las luces” por debilidad, cansancios, dificultades de la vida etc.
Como cristianos nos acercamos a quien es la Luz para que Él ilumine nuestra vida y nosotros transmitamos, reflejemos un poco de luz. Los cristianos somos como Juan Bautista, no somos la luz: Cristo es la luz. Yo soy la luz del mundo, (Jn 8,12). Nosotros nos acercamos a la luz.
02.- ¿Hoy el evangelio no ilumina ya la vida?
Quizás también a vosotros os asalta la cuestión de porqué la Iglesia tiene hoy en día tan poca presencia en la sociedad, apenas tiene relevancia en la vida pública, política, en la Universidad, en el mundo cultural, económico, etc.
¿A qué puede ser debido que en el seno de la misma “tradición del pueblo que ha sido cristiano”, la Iglesia ya no cuente: entre nosotros se bautiza menos de la mitad de los niños que nacen, el número de primeras comuniones ha descendido mucho lo mismo que el de matrimonios, no son pocos los que mueren ya sin sacramentos, sin funeral… La descristianización es grande.
Una razón –débil, pero razón- pudiera ser que en épocas no lejanas vivíamos un régimen de cristiandad más bien sociológico: “todos éramos cristianos” pero con una “fe”·sociológica, masiva, poco personal. Hoy en día en pasado a un ateísmo / agnosticismo también de sociológico, masivo: hoy en día “todos somos ateos”, está “bien visto” ser anticristiano, agnóstico, etc…
Pudiera ser.
Pero me da la impresión de que –quizás- lo que “presentamos” el mundo eclesiástico –al menos entre nosotros- no es el evangelio de JesuCristo, sino más bien una doctrina, un sistema dogmático-moral, que ya no es la buena noticia del Evangelio.
¿La sal se habrá vuelto sosa? La doctrina ilumina poco, la levadura ya no fermenta la masa?
Si esto es así, estamos en lo que decía Jesús: No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente
03.- No es lo mismo evangelio que doctrina (Un inciso)
El evangelio es buena noticia. La doctrina, el dogma, el catecismo son intentos de formulación de la buena noticia, del evangelio.
Un ejemplo (nada más que un ejemplo): cuando un médico trata a un paciente y éste se cura de su enfermedad. Entonces el médico le dice: enhorabuena, estás curado. Eso es evangelio, buena noticia.
Cuando tal médico explica a sus alumnos en el aula de la Facultad de medicina y les dice: las características de tal enfermedad son estas, el diagnóstico es “este”, y la terapia requiere estos pasos… Eso es doctrina; necesaria pero doctrina
Santo Tomás decía aquello de: la fe (el evangelio) no termina en los enunciados (en la doctrina), en las palabras, sino en la realidad, que no la poseemos. Una afirmación, un dogma puede expresar aspectos, parcelas de verdad, pero no son la Verdad. Algo podemos decir y se ha dicho sobre el amor, sobre la libertad, sobre la paz, sobre Dios, pero Dios es mucho más de lo que podemos decir de ´Él.
Nos podríamos aplicar aquello que decía Antonio Machado:
¿Tu verdad? ¡No!, la verdad y ven conmigo a buscarla, la tuya guárdatela.
La Verdad –probablemente- es una búsqueda continua.
04.- Yo soy el camino, la verdad y la vida, yo soy la luz.
¿Y si volviéramos al Evangelio de JesuCristo?
La doctrina y el dogma son lo que son y dicen lo que dicen, que a duras penas se aproxima a la realidad última. El Evangelio es vida y salvación.
Por otra parte el mundo clerical no es portavoz de Dios, ni mucho menos. El clero debería ser humilde servidor del pueblo de Dios.
¿Y cómo acercarnos al evangelio, a la luz, a ser sal de la tierra?
Termino la homilía pensando que Iglesia recuperará credibilidad si seguimos las palabras de Isaías de la primera lectura de hoy:
Veremos cuando compartamos tu pan con el hambriento, tu oscuridad se tornará mediodía, cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia… Entonces brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.
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La relación de la moral católica con el sexo y la sexualidad, sencillamente, es insostenible«
«No vale hablar de participación de los laicos en la Iglesia cuando, como la mujer por ser mujer, no tiene capacidad de decisión»
«Durante mucho tiempo, la Iglesia ha desarrollado una concepción del poder masculino y clerical: debemos salir de esta trampa heredada del pasado»
«El proceso sinodal actualmente iniciado por el Papa Francisco a escala mundial debería permitir regenerar la vida de la Iglesia»
«Se impone, urgentemente, una seria y profunda renovación ministerial. Empezando por las dos más simples y sencillas: que las mujeres puedan acceder al sacerdocio, sacerdocio que no debe limitarse a las personas célibes»
| Javier Elzo, sociólogo
En una entrevista al cotidiano “Le Monde” del pasado 7 de enero se pregunta Andrea Riccardi, uno de los principales fundadores de la comunidad de laicos católicos Sant´Egidio, “si estamos al fin de la Iglesia (católica) o ante el comienzo de una nueva manera de vivir el cristianismo”. Responde que la Iglesia y los católicos necesitan superar algunos déficits y actualizar el catolicismo al mundo global de nuestros días. Como ya lo han hecho el neo evangelismo y el neo pentecostalismo, pero sin caer en sus grandes déficits: una religión basada en la emoción y en el dinero.
Hace un año publicó un gran libro “La Iglesia arde: La crisis del cristianismo hoy: entre la agonía y el resurgimiento”(Arpa 2022) del que me serví y cité en varios de mis recientes trabajos. Utilizando como símil el incendio de Notre Dame de Paris se preguntaba, como lo hace en formulación similar en el señalado artículo de “Le Monde”, sobre el futuro de la Iglesia.
He de confesar que las preguntas de Riccardi son las que yo me formulo en las primeras líneas que llevo redactadas en vistas a un posible nuevo libro mío que no sé si lograré terminar. Como decía Cicerón en su estudio sobre la vejez, el cuerpo envejece antes que la mente, antes que el espíritu. O San Pablo, creo, que “el espíritu está presto, pero la carne es débil”
La Iglesia católica, pues de ella hablamos, tiene varios problemas que superar, pero, también, varias cosas buenas que ofrecer a la sociedad actual.
Entre los problemas a superar, señalo los siguientes: la situación de la mujer, como tal mujer, dentro la iglesia católica, donde tiene vetada la ordenación sacerdotal, y episcopal, a diferencia de otras iglesias cristianas. No puedo, ni quiero, olvidar mis experiencias en la catedral anglicana de St. Paul en Londres, o en la luterana del Recuerdo en Berlín, con sendas eucaristías dominicales presididas por una mujer, pastora de su Iglesia. Sueño con una papisa negra, casada con un blanco o un asiático, con tres críos correteando por los pasillos vaticanos.
El papel del laicado debe ser revisado. No vale hablar de participación de los laicos en la Iglesia cuando, como la mujer por ser mujer, no tiene capacidad de decisión, reservada, en su ámbito respectivo, a los “sagrados pastores”. Pero solamente se es responsable de lo que se ha decidido.
La escasez de vocaciones religiosas, en Europa occidental, es un indicador claro y evidente de que su función, su misión no es valorada por los católicos. Cabría pensar que su celibato es la causa mayor de tal situación, aunque hay estudios (yo mismo dirigí dos en mi etapa laboral) que nos muestran que, sin olvidar la realidad del celibato, sitúan en primer lugar de la escasez de vocaciones (insisto que en Europa Occidental), en su irrelevancia social, también entre los católicos, y en el hecho de que “hacerse cura” supone, de entrada, una opción para toda la vida. Como el matrimonio católico.
La relación de la moral católica con el sexo y la sexualidad, sencillamente, es insostenible. Recuerdo de mis años de estudiante en Lovaina, cómo el viejo profesor Janssens, nos dijo el primer día de clase que la moral sexual era una moral histórica, que se adaptaba a los tiempos. Sostener, con el gran papa que fue Pablo VI, que todo acto sexual debe estar abierto a la procreación o, al menos no cerrarlo, olvida algo fundamental, y es que el acto sexual tiene una componente de placer, que la Iglesia no solamente no ha sabido valorar, sino que lo ha visto con prevención, por decirlo muy suavemente.
En fin, la institución eclesial sigue siendo piramidal y masculina. Recuerdo vivamente que así la definíamos en Lovaina al final de los años 60 y comienzo de los setenta, nuestros profesores a la cabeza. Pues ahí seguimos, empantanados. Además, ha sido una iglesia donde privilegiamos la acción cultual a la cultural y social.
Durante mucho tiempo, la Iglesia ha desarrollado una concepción del poder masculino y clerical: debemos salir de esta trampa heredada del pasado. Hoy, los sacerdotes son poderosos – en la jerarquía de la Iglesia – y a menudo impotentes ante su comunidad. Envejecen y se sienten cada vez más marginados por la historia.
Debemos evolucionar hacia una nueva comunidad compartida de responsabilidades, en la que el sacerdote tenga su lugar tanto como los laicos, mujeres y hombres. El proceso sinodal actualmente iniciado por el Papa Francisco a escala mundial debería permitir regenerar la vida de la Iglesia en este sentido.
Pero la primera reforma que hay que hacer, apunta Riccardi, es la de la visión que tenemos de nuestra propia comunidad: debemos deshacernos de nuestro sentimiento de decadencia. Los cristianos no son solo un grupo de mujeres y hombres que van a orar en la iglesia. Son personas que aportan una forma diferente de vivir y de concebir la sociedad, por ejemplo, poniendo en el centro a los pobres. Ahora necesitamos buscar y encontrar un “imaginario alternativo”. La Iglesia siempre ha sido un laboratorio de nuevas visiones y nuevas imaginaciones. Todavía puede serlo en nuestros días.
Vivimos hoy una inmensa pluralidad de experiencias. Para mi sorpresa, lo comprobé cuando redacté un texto tras la salida de Munilla de la diócesis de San Sebastián, en las respuestas que me dieron clérigos, religiosos y laicos de ambos sexos, al referirme a la vitalidad de no pocos grupos, en torno a las parroquias. Es también lo que apunta Riccardi, refiriéndose a la iglesia universal. Añade que él constata que la Iglesia católica aporta un equilibrio precioso entre la proximidad -cada parroquia es diferente, innovadora a su manera- y la universalidad -con una visión global, una tradición compartida, una continuidad a lo largo de la historia.
Yo creo que la actual penuria de sacerdotes obliga a dirigir en gran medida su labor pastoral a cubrir el mayor número de eucaristías durante los fines de semana. Lo que, además de extenuante, impide, si se es realista, a considerar cada parroquia como el centro de la vida religiosa. Se impone, urgentemente, una seria y profunda renovación ministerial. Empezando por las dos más simples y sencillas: que las mujeres puedan acceder al sacerdocio, sacerdocio que no debe limitarse a las personas célibes. Empezando en Europa Occidental, el continente donde más fácilmente se aceptarían estos dos cambios en el ministerio sacerdotal. Ya lo han hecho nuestros hermanos protestantes y no se ha hundido el cristianismo en sus tierras.
Sostengo también en este orden de cosas, desde hace más de dos décadas, que la ordenación sacerdotal y episcopal debiera ser temporal, aun con posibilidades de prolongación en el tiempo, mediante fórmulas que hay que estudiar, en un debate en el seno de la iglesia católica. Empezando por reintegrar en la vida pastoral a los sacerdotes, devenidos laicos, mientras mantengan, como lo es en muchos casos, su vocación sacerdotal. La situación actual, la veo como un desperdicio pastoral.
Andrea Riccardi insiste en el papel de la Iglesia en la búsqueda de la paz siendo esta unas notas centrales de la Comunidad de Sant’Egidio, que ha intervenido en muchos lugares del mundo ayudando a la resolución de conflictos. Lo que exige fomentar y ejercer la fraternidad universal, uno de los tesoros de religión cristiana. Es preciso reconocer cómo, a lo largo de la historia, las iglesias cristianas han transitado de las guerras de religión, felizmente superadas, aún con mucha sangre hermana derramada, a la búsqueda de la paz en la fraternidad y en la justicia.
Los abusos a menores conforman una lacra muy dura para la Iglesia católica. Me he ocupado estos últimos años de este lacerante tema, en artículos, conferencias y con un capítulo en un libro editado en EE.UU. Este un tema al que tendremos que hacer frente los próximos años, si no décadas. Aquí diré que podemos decir con seguridad científica, de entrada, dos cosas: la proporción de sacerdotes abusadores de menores podemos cifrarla entorno a un 3% de sacerdotes (son más, del orden del 4% o 5%, si nos referimos al personal que trabaja en la Iglesia, curas incluidos). También podemos afirmar que la mayoría de los abusos sexuales tuvieron lugar el siglo pasado. En este punto sugiero la hipótesis (que no tesis) del arraigo y justificación de la pederastia en ciertos ámbitos intelectuales de Europa occidental y EE.UU. Y como telón de fondo, el miedo a la mujer en una sociedad de hombres, como es el caso de la Iglesia católica en sus órganos de decisión.
No quiero no mentar el tema de la pobreza en la doctrina (y también en la práctica en núcleos de cristianos católicos). El papa Francisco insiste mucho en este punto. Ya lo hacía de arzobispo en Buenos Aires, asiduo en la “villas” de los descartados, por usar su lenguaje. Estaba trabajando este tema que abandoné cuando se hizo público la cuestión de los abusos en el clero, concretamente en Pensilvania. Confieso cierta incomodidad al abordar la riqueza en la Iglesia. De entrada, porque me cuestiona personalmente. He llegado a decir públicamente en alguna conferencia que me considero un burgués que pretende ser católico. Mi sueldo, y ahora mi pensión de jubilación, es la de un profesor catedrático de sociología. No me sobra el dinero, pero tampoco me ha faltado nunca. Según el Informe Foessa de 2022, con datos de 2021, el umbral de pobreza en el hogar era de 20.024 € anuales, lo que daba un riesgo de pobreza para el 21,7 % de la población española mayor de 18 años.
Yo he vivido con arreglo a mi sueldo, y he vivido bien. Claro que mi nivel de ingresos y los de mi hogar son bastante superiores a los del umbral de pobreza de Foessa. Pero, dicho todo esto, me cuesta aceptar que un cristiano deba ser necesariamente una persona pobre, a tenor de los criterios económicos de Foessa. Otra cosa es que todos debamos hacer lo necesario para ayudar a los más necesitados. Aunque afirmaciones como “la Iglesia debe ser pobre y para los pobres” me chirrían. Tanto que, hoy, lo dejo aquí. Exige profundización.
Superar una hegemonía intelectual de valores y de hipótesis cognitivas que hace cada vez más incomprensible el “ethos del amor”
La necesidad de superar una imagen de los humanos que critica, discute o rechaza la especificidad de la personalidad propia del ser humano.
Superar una comprensión cada vez más individualista de la espiritualidad.
Debatir y superar la pérdida de la idea de trascendencia en la cosmovisión dominante en la era secular, porque, sin esta idea, es imposible comprender el Hijo de Dios como mediador entre la inmanencia y la trascendencia
En fin, el futuro de la Iglesia católica y el de la fe cristiana, yo no lo veo tan negativo, tan negro, como a menudo se dice. Será una fe con dudas, pues solamente los fundamentalistas, religiosos, políticos o de lo que sea, tienen miedo a la duda, o la desprecian. Una iglesia de mujeres y hombres normales, con nuestras virtudes y defectos. No una iglesia de héroes ni de perfectos. Prefiero la tibieza del último de la clase a la soberbia del primero.
A la interrogante de qué puede hacer la fe por ti, prefiero la que se pregunta qué puedo hacer yo por ese que está necesitado, ahí, a tu lado, pues como dice San Juan, no digas que amas a Dios a quien no ves, – a Dios nadie ha visto, nunca jamás- si no amas a quien ves. “Deus caritas es”, que nos recordaba el papa Benedicto. ¿Qué más necesitamos saber?
Comentarios desactivados en “Las bienaventuranzas se han convertido en un bálsamo para mi alma queer”
M. Hakes
La reflexión de hoy es del colaborador invitado M. Hakes (ellos/ellos), el Subdirector del Ministerio Universitario y Director del Instituto de Teología Juvenil en el Colegio de St. Scholastica en Duluth, Minnesota. Su trabajo se centra en ayudar a los estudiantes a profundizar en la espiritualidad, participar en el trabajo de servicio y justicia, y participar en el discernimiento de identidad, valores y vocación.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el cuarto domingo del tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.
“Soy una persona queer, trans no binaria”. Qué aterradoras me parecieron esas palabras mientras crecía en una familia cristiana conservadora. Era una frase que arriesgaba todo: mi fe, mi familia, mi futuro. Me coloreó como un paria, como alguien condenado e irredimible. Traté desesperadamente de hacer que esas palabras fueran menos ciertas.
Mucha gente queer tiene historias similares. El ridículo, el distanciamiento y el vitriolo a menudo provenían de las personas que nos rodeaban. Familia, amigos, colegas: personas que se llaman a sí mismas cristianas y hablan desde un lugar equivocado de preocupación o juicio. Nuestra Iglesia y nuestras escrituras a menudo se usaban como espadas en lugar de rejas de arado.
Durante mucho tiempo, no supe lo que es no sentirse roto; saber en cambio a nivel del corazón que soy bueno, amado y digno. Las Bienaventuranzas me parecían metas inalcanzables, aspiraciones de las que me excluía mi extrañeza.
“Bienaventurados los pobres en espíritu… Bienaventurados los que lloran… Bienaventurados los mansos… Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia… Bienaventurados los misericordiosos… Bienaventurados los limpios de corazón… Bienaventurados los pacificadores… Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia… bienaventurados seréis cuando os insulten y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros…»
Las Bienaventuranzas se han convertido ahora en un bálsamo para mi alma queer. En palabras de Joseph Tetlow, SJ, “cargan mis penas sin sentido con significado y… hacen que mi dolor esté preñado de poder”. Paso a paso en mi camino de fe, he sido llamado a una entrega más completa al amor incomprensible, transformador y dador de vida de Dios. Dios nos invita a cada uno de nosotros a comenzar el trabajo de no perdernos más en nuestras crucifixiones, sino de encontrar en nuestras heridas fuentes de la gracia más profunda a través de su poder resucitador.
Amir Rabiyah, una poeta trans y discapacitada de dos espíritus queer femme, escribió estas líneas:
“… Mi gente hermosa, soñemos hacia lo que nosotros queremos más allá de la supervivencia
Soñemos con amarnos a nosotros mismos hasta que nos convirtamos en amor una y otra vez mi gente hermosa Puedo saborear nuestra dulce victoria
Mi gente hermosa…”
Para otras personas queer, espero que escuchen en las Bienaventuranzas una afirmación de su viaje. Eres hermosa, buena y amada. Sé que este mundo y nuestra Iglesia no siempre se sienten hospitalarios, y a menudo parece que aquellos con poder para afectar el cambio se sienten cómodos siendo cómplices de la opresión. Si bien el mundo no siempre es seguro, hay personas y lugares seguros, y espero que los encuentres.
Somos más fuertes juntos, ya que nuestra liberación exige nuestra solidaridad. Como escribe Pablo en la segunda lectura de hoy, “… Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y Dios escogió lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte, y Dios escogió lo humilde y despreciado del mundo, los que cuentan por nada, para reducir a nada a los que son algo, para que ningún ser humano se gloríe delante de Dios”. Sigue brillando con tu fabulosa luz queer y juntos «soñemos con lo que queremos más allá de la supervivencia… soñemos con amarnos a nosotros mismos…«
Para aquellos que quieran viajar con nosotros hacia la liberación, sepan que a las personas queer se les recuerda a diario que la elección de vivir abierta y externamente la verdad de quién Dios nos ha creado para ser conlleva un riesgo sustancial. Tómese el tiempo para considerar lo que realmente sabe sobre la comunidad queer y edúquese mejor. Interrogue los sistemas de los que forma parte. Utiliza cualquier poder y privilegio que puedas tener para nuestra liberación colectiva, siempre enraizados en los principios de solidaridad y subsidiariedad. Como nos recuerda hoy el profeta Sofonías, debemos buscar la justicia, buscar la humildad. Recuerda, si no estás escuchando activamente y trabajando en solidaridad con la gente queer por la liberación queer, entonces es probable que seas cómplice de nuestra opresión.
San Francisco de Sales dijo una vez: “sé quien eres y sé así de bien”. A lo que una querida amiga mía, la Hna. Mary Margaret McKenzie, VHM, de bendita memoria, añadió estas sabias palabras: “Pero para ser quien eres, debes saber quién eres. Y eso requiere trabajo duro. Pero empiezas con el amor”.
Nuestro llamado como cristianos es atender las fronteras, las periferias, los márgenes de nuestra sociedad. Estamos llamados a levantarnos y hablar en solidaridad con los más vulnerables, los rechazados, los marginados. Para citar nuevamente a San Francisco de Sales, la razón de vivir es “… recibir y llevar al manso Jesús: en nuestra lengua proclamándolo; en nuestros brazos haciendo buenas obras; sobre nuestros hombros soportando el yugo de la sequedad y la esterilidad tanto en el sentido interior como en el exterior…”.
Hoy, que cada uno de nosotros acepte más plenamente las personas fabulosas y únicas para las que hemos sido creados, que cada uno de nosotros viva un poco más plenamente en lo que somos y en lo que nos estamos convirtiendo, y que cada uno de nosotros escuche profundamente y aprenda de las historias. y experiencias de quienes nos rodean.
Comentarios desactivados en “Contenido inagotable”. 4 Tiempo ordinario – A (Mateo 5,1-12)
Quien se acerca una y otra vez a las bienaventuranzas de Jesús advierte que su contenido es inagotable. Siempre tienen resonancias nuevas. Siempre encontramos en ellas una luz diferente para el momento que estamos viviendo. Así «resuenan» hoy en mí las palabras de Jesús.
Felices los pobres de espíritu, los que saben vivir con poco. Tendrán menos problemas, estarán más atentos a los necesitados y vivirán con más libertad. El día en que lo entendamos seremos más humanos.
Felices los mansos, los que vacían su corazón de violencia y agresividad. Son un regalo para nuestro mundo violento. Cuando todos lo hagamos, podremos convivir en verdadera paz.
Felices los que lloran al ver sufrir a otros. Son gente buena. Con ellos se puede construir un mundo más fraterno y solidario.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, los que no han perdido el deseo de ser más justos ni la voluntad de hacer una sociedad más digna. En ellos alienta lo mejor del espíritu humano.
Felices los misericordiosos, los que saben perdonar en lo hondo de su corazón. Solo Dios conoce su lucha interior y su grandeza. Ellos son los que mejor nos pueden acercar a la reconciliación.
Felices los que mantienen su corazón limpio de odios, engaños e intereses ambiguos. Se puede confiar en ellos para construir el futuro.
Felices los que trabajan por la paz con paciencia y con fe. Sin desalentarse ante los obstáculos y dificultades, y buscando siempre el bien de todos. Los necesitamos para reconstruir la convivencia.
Felices los que son perseguidos por actuar con justicia y responden con mansedumbre a las injurias y ofensas. Ellos nos ayudan a vencer el mal con el bien.
Felices los que son insultados, perseguidos y calumniados por seguir fielmente la trayectoria de Jesús. Su sufrimiento no se perderá inútilmente.
Deformaríamos, sin embargo, el sentido de estas bienaventuranzas si no añadiéramos algo que se subraya en cada una de ellas. Con bellas expresiones Jesús pone ante sus ojos a Dios como garante último de la dicha humana. Quienes vivan inspirándose en este programa de vida, un día «serán consolados», «quedarán saciados de justicia», «alcanzarán misericordia», «verán a Dios» y disfrutarán eternamente en su reino.
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