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“La sangre de los inocentes clama a mí”, por P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 28 de diciembre de 2024
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«La sangre de los inocentes clama a mí -Génesis 4, 10 y Apocalipsis 6, 10-«.
Con motivo de la Fiesta de los Santos Inocentes el 28 de diciembre.

Dios, interrogado por Job (este es el cuarto diálogo del libro), niega en primer lugar a los tres que creían apoyar las razones de Dios, y muestra que quiere tomar en serio todas las preguntas de Job, incluso aquellas que parecían demasiado pesadas y blasfemas, como: ¿por qué me trajiste al mundo? ¿solo para sufrir? Pensemos con qué frecuencia escuchamos este argumento: ¿qué hice mal para merecer todo esto? Era mejor ni siquiera venir al mundo, era mejor morir. Dios, repito, niega los tres y da la razón a Job porque reconoce que con razón se rebeló contra un dolor injusto, reconoce su derecho a clamar su inocencia, a quejarse, a protestar.

Y aquí hay una conexión muy importante con el Nuevo Testamento: el momento en el que el mismo Jesús clama a Dios: ¿por qué me has abandonado? Existe este momento, luego será superado, pero está ahí. Por tanto, si incluso el mismo Jesús supo gritarle esto a Dios, significa que, cuando nos encontramos ante personas que gritan su dolor, su sufrimiento, del que no se sienten culpables, no debemos silenciarlos, sino dejarles que se desahoguen, que transcurra en modo y tiempo este momento. Porque en esos momentos y en esas situaciones son inútiles todas las supuestas palabras de ánimo y consuelo.

Entonces Dios responde a la objeción de Job: ¿para qué vine al mundo si tengo que sufrir tanto? Pero es una respuesta muy diferente de lo que Job (¡y nosotros con él!) esperaría. De hecho, no le dice nada sobre el significado de su inocente sufrimiento, ni tampoco le dice nada sobre el significado de todo el mal que existe en el mundo.

¿Qué le dice en su lugar? ¿Qué hace Dios realmente? Cambiar el eje del discurso. Job le preguntó: ¿por qué el sufrimiento? Y Dios le dice: “¿Pero eres capaz de hacer todo lo que yo he hecho? Y en cierto momento, llega incluso a proponer invertir los papeles.En definitiva, Job, ¿quieres intentar ser Dios? Mientras tanto, primero, empieza a hacer un mundo, como lo hice yo. Y luego sigue adelante y ataca a todos los malvados de la tierra, ¿lo harías mejor que yo?

Observamos que este procedimiento es típico de las Escrituras. Dios deja hablar al hombre, porque lo respeta y lo creó libre, pero luego lo corrige, si es necesario, en sus preguntas. De hecho, el hombre a menudo hace preguntas equivocadas y Dios no puede responder a esas preguntas, porque la pregunta es incorrecta. Cuántas veces Jesús no responde en los evangelios, sino que desplaza la discusión, precisamente para dejar claro que la pregunta es errónea, que el verdadero problema no es el planteado, sino otro.

¿Y cuál es el debate principal aquí? Dios dice: tú Job tienes razón al clamar tu inocencia y esos tres estúpidos amigos tuyos, que estaban ocupados tratando de defenderme, se equivocaron. Tienes toda la razón. Pero a las preguntas que me hagas, responderé esto: piensa en tu condición, no eres Dios, no puedes crear un universo, no puedes reemplazarme porque eres una criatura. Yo te hice, te di vida, eres criatura y por eso tienes límites; tienes que reconocer tus límites. Y eso significa que nunca podrás explicarlo todo.

Este discurso, entiendo, también puede verse como una especie de estratagema, no sé si una solución del todo conveniente al problema según nuestras expectativas, pero es la respuesta de la Palabra de Dios, sobre el tema del sufrimiento inocente: es un gran misterio.

No existe una explicación racional para el misterio del mal y del sufrimiento; si repasamos todas las explicaciones dadas por la filosofía, nos damos cuenta de que ninguna es verdaderamente satisfactoria. En mi opinión, la explicación más convincente sigue siendo este misterio, porque los demás fracasan por todos lados. Ésta es la gran enseñanza que quiere dejarnos el autor bíblico del libro de Job, en esa parte escrita en poesía que se interpuso entre las dos prosas.

Sin embargo, intentemos abordar el tema en profundidad. Ciertamente el tema del dolor, y sobre todo el dolor inocente de los niños, constituye una de las cuestiones más dramáticas de la vida del hombre. ¡La historia de la humanidad está marcada por millones de muertes inocentes! Según estimaciones de la OMS de hace unos años, más de 500 millones de personas en todo el mundo viven con discapacidad. Más del 5% de los niños en el mundo nacen con una malformación congénita o hereditaria y de ellos aproximadamente más de 3 millones con trastornos muy graves, que provocan la muerte de los niños enfermos en los primeros tres años de vida. Pensando en una escala diaria, esto significa que cada día vienen al mundo más de 8.000 niños con discapacidades graves.

El teólogo belga Edward Schillebeeck escribía: “Tanto la teología como la filosofía se encuentran desorientadas y sin palabras ante este complejo conjunto de males y sufrimientos humanos causados por la naturaleza, las personas y las estructuras. Hay demasiado dolor inocente y absurdo como para racionalizarlo ética o teológicamente”.

Es significativo que el teólogo Romano Guardini dijera, poco antes de su muerte: “En el día del juicio responderé a las preguntas que Dios me haga; pero yo mismo le haré preguntas como ésta, que ningún libro, ni siquiera las Escrituras mismas, puede responder: “¿Por qué, oh Dios, existen caminos de salvación tan retorcidos y tan terribles? ¿Por qué el dolor, el dolor de los inocentes?”. Incluso el protagonista de la película «Cien clavos» de Ermanno Olmi le dice al sacerdote que le recuerda el juicio universal: «¡Es Dios quien en el día del juicio tendrá que responder por todos los sufrimientos del mundo!«

Es cierto que en esta tierra no hay una respuesta satisfactoria a esta pregunta. Ante el sufrimiento de los inocentes, como ante todas las grandes experiencias de la vida, hay quienes rechazan el dolor, se rebelan y no logran aceptarlo. Hay quien culpa a Dios y en consecuencia pierde la fe. Llegué a conocer una persona discapacitada que todos los días maldecía a su madre y a Dios por su situación. También en el libro «Cartas desde Stalingrado», en la terrible situación de la guerra, vemos una rebelión sorda y enojada por parte de algunos soldados. En este sentido, quedan famosas algunas frases de la literatura de Fyodor Dostoievski, después de un episodio terrible en el que un niño sufre un castigo terrible. Cuando es cruelmente mutilado por una jauría de perros, Iván dice: «No quiero una armonía de este tipo, no la quiero por amor a el mundo, así que me apresuro a devolver mi billete de invitación. No es que no quiera que haya un Dios, pero con mucho respeto le doy mi boleto de regreso a ese mundo«.

En “La peste” de Albert Camus, el doctor De Rieux dice: “Tendré otra idea del amor y me negaré hasta morir a amar esta creación, donde tanto se atormenta a los niños”. E incluso en la Biblia existe una reacción negativa ante el mal. Menciono el libro de Eclesiastés que clama –todo es vanidad– y que expresa una forma de profunda rebelión. Debemos tener un gran respeto por el dolor de las personas que reaccionan con ira; a veces simplemente no hay palabras para decir; es mejor el silencio y, en todo caso, la caridad amorosa activa.

Del libro de Job se desprende que Dios mismo permite a Job desahogar todo su dolor. Pero, siempre ante el sufrimiento, hay quien, por el contrario, precisamente en el dolor, descubre o redescubre la fe, se encuentra con Dios mismo, como fue el caso de Job. Y en efecto Job lo comprende: “Entiendo que Tú todo lo puedes; nada es imposible para vosotros… He expuesto sin discernimiento cosas demasiado superiores a mí, que no comprendo [por eso reconoce su orgullo]. Escúchame y hablaré, te interrogaré y tú me instruirás. Te conocía de oídas, pero ahora mis ojos te ven. Por eso cambio de opinión y siento arrepentimiento por encima del polvo y la ceniza”.

Hermoso, porque primero dice que será enseñado por Dios, y luego: ahora mis ojos te ven de verdad, antes te conocía «de oídas», es decir, superficialmente. Te tenía veneración, seguía tus mandamientos, también fui piadoso y devoto; pero «ahora mis ojos te ven», es decir: ¡sólo ahora te conozco realmente, te he conocido, te he experimentado!

En la Escritura el sufrimiento no se explica, sino que se ve como una oportunidad -la mayor oportunidad que tenemos- de LIBERTAD, es decir, de no dejarnos aplastar por el sufrimiento mismo, es la oportunidad de conocer mejor a nosotros mismos y Dios, es una oportunidad para vivir menos superficialmente, más profundamente. Asimismo en el citado libro de ‘Cartas de Stalingrado’, si hay soldados que se rebelan contra Dios, otros en cambio, precisamente en el drama de la guerra, lo redescubren. Hay situaciones de sufrimiento tan terribles que no hacen falta consoladores humanos. Ninguna palabra puede atravesar la oscuridad, el manto plúmbeo de ciertas tragedias. Quien puede entrar en tales tinieblas es sólo el Espíritu consolador de Dios, aquel Dios que se hizo «cercano» (del latín «proximus» = lo más cercano que pudo) a cada uno de nosotros en su Hijo Jesucristo.

Paul Claudel había dicho: “Dios en Cristo no vino a explicar el sufrimiento, sino que vino a llenarlo con su presencia”. El amor de Dios no nos protege de todo sufrimiento, sino en todo sufrimiento. Y entonces también puede ocurrir este «milagro«.

Kirk Kilgour, estadounidense, campeón mundial de voleibol, irremediablemente discapacitado tras una dramática lesión sufrida en Roma el 8 de enero de 1976, se convirtió en un gran e incomparable campeón de la vida y de la fe, como se desprende de uno de sus célebres poemas, de los cuales cito algunos versos: “Pedí a Dios que fuera fuerte para realizar proyectos grandiosos y Él me hizo débil para mantenerme en la humildad. Le pedí a Dios que me diera salud para realizar grandes empresas y me dio dolor para entenderlo mejor… Le pedí a Dios todo para disfrutar la vida y me dejó la vida para que pudiera ser feliz con todo. Señor, nada recibí de lo que te pedí, pero tú me diste todo lo que necesitaba y casi en contra de mi voluntad. Las oraciones que no hice fueron contestadas. ¡Alabado seas, mi Señor: entre todos los hombres, ninguno tiene más que lo que yo tengo!

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

(Remitido por el autor)

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San Juan, Evangelista

viernes, 27 de diciembre de 2024
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LECTIO

Primera lectura:

1 Juan 1,1-4

Queridos hermanos:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la palabra de la vida, pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó

Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo.

 Os escribimos estas cosas para que vuestro gozo sea completo.

***

       El breve prólogo de la carta de Juan, que expone los diversos criterios para entrar en comunión con Dios, nos presenta un itinerario de fe sobre los compromisos de la vida cristiana que emanan de la caridad y sobre las precauciones contra el pecado.

       El evangelista fundamenta la fe cristiana sobre el argumento de su testimonio ocular que es la ‘palabra de la vida’ y sobre algunos episodios esenciales descritos de modo sintético y concreto. Juan, sin embargo, aquí pone el acento no tanto sobre la ‘Palabra’, como en el prólogo de su evangelio (cf. Jn 1,1-18), sino sobre la ‘vida’ que Jesús posee y dona. Todo tiene comienzo en la experiencia del apóstol vivida en contacto directo con Jesús, que Juan presenta con hechos históricos documentables: ‘Nosotros hemos oído… visto… tocado… contemplado la palabra de la vida’ (v. 1). Esta experiencia llega a ser más tarde en el Apóstol testimonio y ejemplo coherente (v. 2 a); este testimonio se hace anuncio valiente a los otros para que participen del mismo don (v. 2b); además, el anuncio genera la comunión entre los hermanos de la comunidad, comunión que, en realidad, es auténtica participación en la vida trinitaria con el Padre y el Hijo Jesús (v. 3). Por último, esta comunión hace brotar el fruto de la alegría que colma el corazón (v. 4). Pero un elemento importante, subrayado por Juan, es el reiterativo ‘nosotros’, que nos pone ante la tradición de la escuela de Juan: tradición que desarrolla el testimonio del discípulo amado, basado en la ‘vida divina’ hecha visible en Jesús y que el testigo nos ha hecho conocer.

***

Evangelio:

Juan 20,2-8

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. se volvió corriendo a la ciudad para contárselo a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús tanto quería. Les dijo:

-Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto.

Pedro y el otro discípulo se fueron rápidamente al sepulcro.

Salieron corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo adelantó a Pedro y llegó antes que él.

Al asomarse al interior vio que las vendas de lino estaban allí; pero no entró.

Siguiéndole los pasos llegó Simón Pedro que entró en el sepulcro, comprobó que las vendas de lino estaban allí. Estaba también el paño que habían colocado sobre la cabeza de Jesús, pero no estaba con las vendas, sino doblado y colocado aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó.

***

      En estos pocos versículos se nos narran los hechos ocurridos la mañana de Pascua, que tienen como protagonista primera a María Magdalena y después a Pedro y Juan. La noche espiritual en la que los discípulos están hundidos cederá el puesto a la experiencia de la fe, que toma el relevo junto a la tumba vacía, signo de la presencia del Resucitado (v. 2). Ante la noticia de que la piedra ha sido retirada del sepulcro y de que el cuerpo de Jesús no estaba allí, Pedro y el discípulo amado corren al sepulcro (w. 3-4). Su carrera revela su amor y veneración y hace pensar en el ansia de la Iglesia que busca signos visibles del Seńor, especialmente cuando se encuentra en dificultades por su ausencia y no logra verlo. Los responsables de la Iglesia de los orígenes viven la experiencia de la búsqueda de los signos visibles del Señor. Juan llega antes que Pedro al sepulcro por su intuición de discípulo amado, pero Pedro entra primero por su función eclesial (w. 5-7). Observados el orden y la paz que reinaban en él, el discípulo amado se abre a la visión de la fe, creyendo en los signos visibles del Señor: ‘Vio y creyó’ (v. 8). No es aún la fe perfecta en la resurrección. Para esto será necesario que el espíritu del discípulo se abra a la inteligencia de la Escritura (cf. Le 24,45), que vea al Señor en persona y que reciba de él el don del Espíritu Santo.

*

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MEDITATIO

La figura de Juan es de fundamental importancia en la Iglesia primitiva, no sólo por su condición de discípulo amado por el Señor, sino sobre todo por habernos dado con su contemplación el Jesús más íntimo, el que se revela Hijo de Dios hecho carne, venido a desvelarnos el rostro del Padre y el camino que lleva a la comunión con él. Entre los varios títulos que la tradición antigua atribuye a Juan destaca el de teólogo, porque el objetivo de sus escritos es creer en Jesús, Mesías e Hijo de Dios (cf. Jn 20,31). El símbolo del evangelista es el águila, porque, como declara un dicho rabínico, es como el único pájaro que puede mirar el sol (que para Juan es Cristo) sin quedar deslumbrado. Y su presencia en la comunidad cristiana, que en todo tiempo debe estar a la búsqueda de los signos visibles del Señor, es la de la contemplación y la comprensión penetrante de la Palabra de vida.

Son muchos los carismas en la Iglesia, todos preciosos y necesarios, como, por ejemplo, el carisma de la institución de Pedro o el de la profecía de Juan. Sólo el respeto recíproco y la búsqueda común en el compartir sincero y atento a los dones del Espíritu, permite adentrarse en el misterio. El ejemplo de la búsqueda común y de la ayuda entre hermanos de la misma fe, de que claramente nos habla el discípulo amado, lleva necesariamente a reencontrarse juntos, reunidos en el reconocimiento de los signos del Resucitado.

*

ORATIO

Señor Jesús, que revelaste los misteriosos secretos de la Palabra al discípulo amado, Juan, da también hoy a tu Iglesia una nueva inteligencia espiritual de las Escrituras.

El Espíritu Santo, a través de las palabras del concilio, nos ha recordado que ‘la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras como el Cuerpo mismo de Cristo’ y que la Palabra de Dios es ‘fuente pura y perenne de la vida espiritual’ (DV 21). Por esto nosotros queremos iluminar cada vez más nuestra vida espiritual con tu Palabra, para aprender ‘la sublime ciencia de Jesucristo ť (Flp 3,8). Sentimos cada vez más verdadera, sin embargo, la afirmación conciliar según la cual la Escritura ‘debe ser leída e interpretada con la ayuda del mismo Espíritu con que ha sido inspirada’ (DV 12).

Da, Señor, a tu Iglesia pastores sabios y santos que sepan captar el sentido espiritual y profundo de tus Escrituras e introducir al pueblo entero de Dios en tu intimidad para conocer mejor tu pensamiento, las profundidades del Espíritu y como guías a tu Iglesia. Pero haznos comprender también que tantas crisis de nuestras comunidades religiosas se superan sólo con la frecuente lectura y meditación de tu Palabra ‘acompañadas por la oración, para que pueda brotar el coloquio entre Dios y el hombre’ (DV 25), lugar donde se opera en nosotros la conversión del corazón nuevo y la apertura a la fraternidad universal.

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CONTEMPLATIO

Seńor Jesús, quien escoge amarte no queda defraudado porque nada se puede amar mejor y más provechosamente que a ti, y esta esperanza nunca decae. No hay miedo de excederse en la medida, porque en amarte a ti no está prescrita ninguna medida. No hay que temer a la muerte, que pone fin a las amistades del mundo, porque la vida no puede morir. En el amarte a ti no hay que temer ofensa alguna, porque no puede haberlas, si no se desea otra cosa que el amor. No se insinúa sospecha alguna, porque tu juzgas según el testimonio de la conciencia que ama. Ésta es la suavidad que excluye el temor.

¡Verbo devorador, ardiente de justicia, Verbo de amor, Verbo de toda perfección, Verbo de ternura. Verbo devorador a quien nada puede escapar! Verbo que compendias en ti toda la ley y los profetas. Del que tiene tal amor, dice abiertamente la Verdad estas palabras: ‘El que acepta mis mandatos y los cumple, este me ama’ (Jn 14,21). Se debe saber también que el amor de Dios no se mide por sentimientos momentáneos, sino por la perseverancia de la voluntad. El hombre debe unir su voluntad a la de Dios, de modo que la voluntad humana consienta todo lo que dispone la voluntad divina, sin querer esto o aquello si no es porque sabe que lo quiere Dios.

Esto significa amar a Dios de modo absoluto. En efecto, la misma voluntad no es otra cosa que amor (Elredo de Rievaulx, Discurso sobre el amor de Dios).

*

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: ‘La Palabra se hizo carne, y nosotros hemos visto su gloria’ (Jn 1,14).

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Jes__s y el Disc__pulo Amado

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Sentirse amado es el origen y la plenitud de la vida del Espíritu. Digo esto porque, apenas comprendemos un destello de esta verdad, nos ponemos a la búsqueda de su plenitud y no descansamos hasta haber logrado encontrarla. Desde el momento en que reivindicamos la verdad de sentirnos amados, afrontamos la llamada a llegar a ser lo que somos. Llegar a sentirnos los amados: he aquí el itinerario espiritual que debemos hacer. Las palabras de san Agustín: ‘Mi alma está inquieta hasta reposar en ti, Dios mío’, definen bien este itinerario.

Sé que el hecho de estar a la constante búsqueda de Dios, en continua tensión por descubrir la plenitud del amor, con el deseo vehemente de llegar a la completa verdad, me dice que he saboreado ya algo de Dios, del amor y de la verdad. Puedo buscar sólo algo que, de algún modo, he encontrado ya.

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H. J. M. Nouwen,

Tú eres mi amado: la vida espiritual en un mundo secular,

Madrid s.f.

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San Esteban, diácono y protomártir.

jueves, 26 de diciembre de 2024
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LECTIO

Primera lectura:

Hechos 6,8-10; 7,54-60

Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes signos y prodigios en medio del pueblo, algunos de la sinagoga llamada ‘de los libertos’, a la que pertenecían cirenenses y alejandrinos, y algunos de Cilicia y de la provincia de Asia, se pusieron a discutir con él, pero no pudieron hacer frente a la sabiduría y el espíritu con que hablaba,

Oyendo sus palabras, se recomían de rabia en su corazón y rechinaban los dientes contra él.

Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, mirando fijamente al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y exclamó:

-Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.

Ellos, dando grandes gritos, se taparon los oídos y se arrojaron a una sobre él. Lo echaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos habían dejado sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo.

Mientras lo apedreaban, Esteban oraba así:

-Señor Jesús, recibe mi espíritu.

Luego cayó de rodillas y gritó con voz fuerte:

-Seńor, no les tomes en cuenta este pecado. Y dicho esto, expiró.

***

       Esta página de los Hechos narra la muerte de Esteban, primer mártir de la Iglesia. Hombre de fe y de Espíritu Santo, fue elegido diácono para el servicio de la comunidad cristiana, a fin de que la comunión de vida fuese visible incluso en la distribución de los bienes (cf. Hch 6,1-6). Lleno de dones carismáticos, de sabiduría contemplativa en la predicación y de fuerza evangélica en la evangelización, fue intrépido testigo de Cristo resucitado con la fuerza de su Espíritu (w. 8-10). La parte final del valiente discurso de Esteban, hecho ante los ancianos y los jefes del pueblo, y la sucesiva narración de su martirio (w. 54-60) son un magnífico ejemplo de catequesis bíblica. El discurso, en efecto, concluye por una parte con la profesión de fe en Jesús, hecha por Esteban y, por otra, con la falsa acusación de los jefes contra él por haber pecado contra la Ley de Moisés y el templo y, por tanto, con la decisión de su condena a muerte.

        La lapidación del protomártir Esteban es narrada por Lucas según el modelo de la muerte de Jesús, porque también él murió confiándose al Señor y perdonando a sus verdugos (cf. w. 59-60; Le 23,34-46). El testimonio de Esteban no es otro sino que la vida de Cristo continúa en la vida de la Iglesia por la disponibilidad al Espíritu, la predicación, la coherencia evangélica y la muerte misma. Es preciso estar abiertos al paso del Espíritu por la propia existencia para comprender los tiempos nuevos que Jesús ha inaugurado, porque ahora su persona es la plenitud de la ley que ninguna persecución podrá eliminar jamás.

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Luis de Morales (Badajoz, ca. 1510-1586)

Evangelio:

Mateo 10,17-22

Dijo Jesús a sus apóstoles:

Tened cuidado, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas.

Seréis llevados por mi causa ante los gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los paganos.

Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo hablaréis, ni de qué diréis. Dios mismo os sugerirá en ese momento lo que tenéis que decir, pues no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará a través de vosotros.

El hermano entregará a su hermano a la muerte y el padre a su hijo. Se levantarán hijos contra padres y los matarán.

Todos os odiarán por causa mía, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará.

***

         El evangelio de Mateo se coloca en el contexto de las persecuciones y refiere algunas enseñanzas de Jesús a sus discípulos acerca de las pruebas que la Iglesia deberá sufrir en el curso de su historia. Jesús expone esta situación con tanta claridad y tanto detalle concreto, que parece estar describiendo la Iglesia primitiva después de los años 70, que debió afrontar diversas pruebas internas y externas en su vida y fácilmente hubiera podido caer en el desaliento y haber perdido la fe en Él.

        Jesús provee así a la continuidad de su obra en el tiempo y en el espacio, anticipando acontecimientos y signos que la comunidad cristiana deberá afrontar en el mundo, para ayudar a sus discípulos a superar el escándalo de la cruz, que permanece siempre como verdadero obstáculo en el camino de fe de todo creyente.

        La palabra repetida por Jesús en el texto –‘no os preocupéis’ y ‘no tengáis miedo’ (w. 19.26.28.31)- son el alivio del Señor al miedo de los suyos, real impedimento al alegre anuncio del evangelio que, por el contrario, debe ser proclamado con entusiasmo y muestras de alegría. Ante los reyes y en los tribunales es ‘el Espíritu del Padre’ el que hablará por vosotros (v. 20). También el odio de parientes y amigos ‘a causa del nombre’ de Jesús (v. 22) será recompensado porque el Padre lo ve y concederá a los suyos la salvación y la verdadera vida.

*

MEDITATIO

        ¿Cuál es el sentido cristiano del sufrimiento y de la muerte del texto bíblico que considera la liturgia de hoy? La respuesta a interrogantes tan fundamentales de la vida humana se encuentra sólo en el dejarse iluminar totalmente por la enseńanza y el testimonio vividos por Jesús. ‘Humanamente hablando, la muerte es el fin de todo’ escribe Kierkegaard, ‘y humanamente hablando hay esperanza sólo mientras hay vida’. Pero para el  cristiano el sufrimiento y la muerte no son en modo alguno el fin de todo; son solamente pequeños acontecimientos comprendidos en el todo que es la vida eterna. En el sentido cristiano, pues, hay infinitamente más esperanza en la muerte que hablando en un mundo meramente humano, en el que no sólo hay vida, sino una vida en plena salud y fuerza física’.

        La muerte de Esteban o de tantos primeros testigos de la fe cristiana no tendrá la ultima palabra sobre la vida de estos discípulos de Jesús, porque Cristo es el Señor de la vida y de la muerte. La resurrección de Jesús muestra la verdadera gloria, como única realidad de la verdadera vida, hacia la que se encamina todo creyente. Esta prevé, sin embargo, que la gloria de Jesús y de cada uno de sus discípulos pasa justamente a través del Gólgota y la muerte en cruz. El sufrimiento y la muerte de Jesús y de todo discípulo suyo ofrecen un signo que habla a la fe. El plan de Dios es más grande que el pequeńo y estrecho del hombre. El amor de Dios supera con mucho el interés particular de cada uno de sus hijos.

        Sólo Jesús, signo del amor de Dios a los hombres es capaz de liberar al hombre de la muerte y de hacer brotar en el corazón del discípulo la fe como respuesta radical a la salvación ofrecida por Dios.

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San Esteban protomártir, mosaico en la Catedral de Wetsminster. Foto Lawrence OP.


ORATIO

        Señor de la vida y de la muerte que, con tu enseñanza y ejemplo de coherencia y de vida, nos has enseñado a afrontar el sufrimiento e incluso la muerte, nosotros deseamos alzar la mirada, como dice la Escritura, hacia ti, que eres ‘el que traspasaron’ (Jn 19,37). Ésta es una invitación dirigida a todos los hombres para que vean y crean a tu corazón traspasado con una mirada interior y contemplativa que los introduzca en el misterio de la salvación.

      Nosotros, como el primer mártir Esteban y tras él todos los mártires y los santos, queremos hacernos partícipes de la experiencia y de la fe del primer testigo, que ha visto durante su martirio tu gloria, aquella gloria que el Padre te ha reservado por tu dócil obediencia hasta la cruz. También para nosotros esta mirada hacia el cielo debe hacerse contemplación de fe, experiencia interior, posesión permanente. Esto quiere ser también un compromiso para celebrar contigo la obra del Padre y de penetrar en la contemplación tu vida divina con un testimonio de fe y de amor.

       Sabemos que el único remedio válido contra el miedo es la fe. Señor, tú has pedido a tus discípulos superar el grave momento del dolor y de la prueba, no tanto acogiéndose con la mente a tus palabras, cuanto creyéndote a tí con el corazón y con la vida entera, a ti que comunicas la palabra del Padre, la única que salva y elimina toda turbación. No hay, pues, verdadera fe en Dios sin fe en ti, porque Dios se ha revelado como tu Padre y tú nos has revelado su rostro luminoso.

*

CONTEMPLATIO

San Esteban, bienaventurado Esteban, Esteban bueno, fuerte soldado de Dios, primero de la serie de sus mártires: he sabido y creo y abrazo con alegría el hecho de que tú, todavía en esta tierra hayas tenido santidad tan luminosa que tu rostro venerable resplandecía como el de los ángeles. En efecto, cuando tus enemigos se encarnizaban contra ti, tú, de rodillas, exclamaste en un grito: ‘Señor, no les tengas en cuenta este pecado’.

Hombre dichoso, ¡cuanta esperanza das a tus amigos pecadores al escuchar que te has preocupado tanto de enemigos arrogantes! ‘Señor, no les tengas en cuenta este pecado’. ¿Cómo responderá cuando es invocado aquel que, provocado respondía de esa manera? ¿Qué bondad sabrá usar con los humildes ahora que es ensalzado, aquel que socorría de ese modo a los soberbios cuando era humillado? Anda, dime, bienaventurado Esteban, żqué cosa te caldeaba el corazón para derramar al exterior tantas bondades juntas? No hay duda de que estabas colmado de todas, adornado de todas, iluminado por todas.

Te suplico, caritativo Esteban, ruega para que mi alma endurecida se llene de caridad generosa. Haz que mi alma insensible, por don de Aquel que la ha creado, arda en el fuego de la caridad (Anselmo D’Aosta, Ovacione a santo Stefano, in Orazioni e Meditazioni, Milán 1997, 318-333).

*

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: ‘Señor, no les tomes en cuenta este pecado’ (Hch 7,60).


*

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Desde ahora ningún honor del mundo o de la iglesia me puede tentar. Llevo conmigo la confusión de cuanto el Santo Padre ha querido hacer por mí enviándome a París. Tener un alto cargo en la jerarquía o no tenerlo me es del todo indiferente. Esto me da una paz grande. Y me deja más libre para el cumplimiento de mi deber, a toda costa y a todo riesgo. Es bueno que esté preparado a alguna gran mortificación o humillación. Este será el signo de mi predestinación.

Quiera el cielo que signifique el inicio de mi verdadera santificación, como ha ocurrido con almas más selectas, que recibieron en los últimos años de su vida el toque de la gracia que los hizo santos auténticos. La idea del martirio me da miedo. Temo por mi resistencia al dolor físico. Sin embargo, podría dar a Jesús el testimonio de sangre, ¡oh que gracia y que honor para mí!

*

Juan XXIII,

Diario del alma,

Madrid 1998

***

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Navidad ¿Qué va a cambiar?

miércoles, 25 de diciembre de 2024
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¡Una vez más: NAVIDAD!

¿Qué va a cambiar?

Nada, excepto tú.

Hazte luz y verás la Luz …

Todo está ahí.

No busques en otra parte el significado de este  acontecimiento-advenimiento.

La humanidad fraterna de Jesús lleva el día que tiene que levantarse en ti.

El Dios vivo vuelve a ponerse en tus manos.

Por tí, para crear con Dios y a  su imagen, un mundo de alegría, luz, belleza.

*

Maurice Zundel

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***

           El sentido de la fiesta navideña es la Palabra, de la que el himno de Juan (cf. Jn 1) dice que al principio estaba ¡unto a Dios. De esta Palabra se dice también que se hizo carne y habitó entre nosotros.

        Este es el acontecimiento que celebramos cada año en Navidad: Dios ha venido a nosotros. El nos quita la falta de sentido y las monótonas repeticiones de nuestra vida cotidiana. El mismo es el sentido que da contenido a nuestra vida.

           Estamos acostumbrados a traducir así la primera frase del evangelio de Juan: «En el principio ya existía la Palabra». Pero el término griego logos que se encuentra en nuestro texto, es mucho más amplio. Logos no connota tanto a la pura palabra sino más bien el sentido que viene expresado mediante la palabra. En logos, sentido y palabra son inseparables: el sentido, pues, que captamos en cualquier acontecimiento, supera siempre el episodio concreto que puede ser expresado solamente con palabras. Si uno dice: «Te deseo muchas felicidades» o «Feliz Navidad», no se dirige cordialmente a otro solamente en este momento, sino que con estas palabras expresa algo que trasciende el momento. Así cada sentido supera el momento y el concreto evento en que se produce el encuentro.

           Cuando en Navidad oímos decir: «Nos ha nacido un niño», pensamos en el Niño del pesebre y en todos los demás niños, si bien diferenciándolo de todos, porque él no ha nacido sólo para sus padres, sino también para todos nosotros. También así el sentido del acontecimiento supera siempre el episodio particular, a través del cual ha entrado en nuestra vida. Quien ve sólo lo que tiene ante los ojos no capta el sentido, ni el de la Navidad ni el de la vida en general. El sentido, es decir, la profundidad de la realidad que constituye su contenido. Y porque el sentido de cada acontecimiento trasciende lo que está ante los ojos, para captarlo tenemos necesidad de la palabra.

        Si ahora decimos que: «En el principio era el Sentido», queremos expresar que en el principio era lo que da contenido y significado a toda vida. Ésta es la profundidad de la realidad, de la que se habla cuando se usa la Palabra de Dios. Este sentido último, que confiere contenido y significado a cualquier otro evento, ha sido participado al mundo en el acontecimiento de Navidad.

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W. Pannenberg,
Presencia de Dios,
Brescia 1974, 119-120).

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No va a venir

martes, 24 de diciembre de 2024
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IMG_9140Me choca mucho. En los rezos, en la predicación, en los comentarios hablamos de que Jesús va a nacer. La mayoría de las personas comentan qué vamos a cenar este día.

Ya nació hace aproximadamente 2.000 años. Y ya está siempre con nosotros. Lo que vamos a celebrar es el aniversario de su nacimiento, cuya fecha exacta no sabemos y la hemos colocado el 25 de diciembre, en sustitución del dios Sol. Dios, hecho hombre en Jesús, está siempre en nosotros y con nosotros. Los adornos literarios, musicales, expositivos nos pueden ayudar a descubrir a ese Jesús que vive en cada realidad y en cada persona. Lo que son luces, adornos, cantos, belenes son desarrollo de lo que pudo ser y expresión de nuestra sensibilidad. Y en muchas ocasiones fruto de nuestro consumismo y negocio.

Cada vez veo más necesario el descubrir, sentir, vivir a Dios presente y ya actuante en cada cosa y en cada persona.

Hoy estamos en condiciones de dar un paso más y descubrir que la salvación ha llegado ya porque Dios no tiene que venir de ninguna parte y con su presencia en cada uno de nosotros, nos ha comunicado lo que Él mismo es. No tenemos que estar contentos ‘porque Dios está cerca’, sino porque Dios está ya en nosotros. La alegría es como el agua de una fuente, la vemos solo cuando aparece.

Si descubro que Dios forma parte de mí, encontraré la absoluta felicidad. Imitarle en la actitud de entrega a los demás. El evangelio nos dice una y otra vez, que la aceptación por parte de Dios es el punto de partida, no la meta. Seguir esperando la salvación de Dios es la mejor prueba de que no la hemos descubierto dentro. La pena es que seguimos esperando que venga a nosotros lo que ya tenemos. Lo que nos dice la encarnación es que no hay nada que cambiar. Dios está ya en mí y esa realidad es lo más grande que podría esperar. Ésta tendría que ser la causa de nuestra alegría.

Lo tengo ya todo. No tengo que alcanzar nada. No tengo que cambiar nada de mi verdadero ser. Tengo que descubrirlo y vivirlo. Mi falso ser se iría desvaneciendo y mi manera de actuar cambiaría. La respuesta que debo dar a la pregunta: ¿qué debemos hacer?, es simple: Compartir. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Tengo que adivinarlo yo. Ni siquiera la respuesta de Juan nos puede tranquilizar, pues la realización de las obras puede ser programación. No se trata de hacer o dejar de hacer sino de fortalecer una actitud que me lleve en cada momento a responder a la necesidad concreta del otro.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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“Navidad es humanizar”, por Carlos Ayala

martes, 24 de diciembre de 2024
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IMG_9075En el libro ‘Un minuto para el absurdo’, de Anthony de Mello, encontramos la siguiente historieta: “¿No vas a desearnos una feliz Navidad?”. El maestro echó un vistazo al calendario, vio que era jueves y dijo: “Prefiero desearles un feliz jueves”. Aquello ofendió a los cristianos que había en el monasterio, hasta que el maestro se explicó: “Son millones los que van a disfrutar, no el día de hoy, sino la Navidad; por eso su gozo es efímero. Pero, para aquellos que han aprendido a vivir cordialmente el presente, todos los días son Navidad”.

La anécdota nos trae a la memoria aquella canción popular, propia del tiempo litúrgico del Adviento: “Todos los días nace el Señor / Para esta tierra sin luz, para vencer las tinieblas, para cambiar nuestro mundo, todos los días nace el Señor / Para quitar la opresión, para borrar la injusticia, para vencer la pobreza, para los pobres que sufren, por la igual dignidad, todos los días nace el Señor / Para traernos amor, para vencer el egoísmo, para estrechar nuestras manos, todos los días nace el Señor / Para traernos la paz, para esta tierra que sangra, en cada hombre y mujer que luchan, todos los días nace el Señor”.

La historia de De Mello y la letra de la canción nos ponen en un contexto que va más allá de fechas convencionales; nos remiten a un acontecimiento. Día tras día, podemos celebrar un nuevo comienzo: el que inicia el Misterio que llamamos Dios en cada uno de nosotros, cuando irrumpe en nuestro tiempo, en nuestra historia, en nuestra vida. Acostumbrados a dejarnos impresionar por lo extraordinario y aparatoso, somos incapaces de advertir cómo Dios viene diariamente a nosotros.

El teólogo José Antonio Pagola nos dice que Dios no se deja aprisionar en nuestros esquemas y moldes de pensamiento: “Lo imaginamos fuerte y poderoso, majestuoso y omnipotente, pero él se nos ofrece en la fragilidad de un niño débil, nacido en la más absoluta sencillez y pobreza. Lo colocamos casi siempre en lo extraordinario, prodigioso y sorprendente, pero él se nos presenta en lo cotidiano, en lo normal y ordinario. Lo imaginamos grande y lejano, y él se nos hace pequeño y cercano”.

Más que una fecha, pues, con la Navidad se conmemora un acontecimiento: en Jesús, Dios se hace uno de nosotros, con nosotros y en nosotros. En otras palabras, Dios se ha hecho condición humana para renovar el prototipo del ser humano, para “humanizar a la humanidad”. Y Jesús lo hizo desde un modo de ser y desde una práctica ciertamente novedosa: se compadece de las muchedumbres hambrientas y desorientadas; desenmascara a los que oprimen al pueblo; no quiere que sus discípulos lo llamen maestro, sino amigo; se llena de profunda tristeza ante la muerte de su amigo Lázaro; se indigna ante la dureza de corazón de los que se hacen pasar por bienhechores; valora la fe de la gente sencilla y devuelve la dignidad a los que son despreciados y excluidos. Así humanizó Jesús. Un Dios humano que humaniza. En Jesús se hizo evidente que el hombre no es solo el lugar en que Dios se manifiesta, sino que puede constituir un modo de ser del mismo Dios.

Ese anhelo de humanizar la humanidad está poéticamente descrito en una canción del cantautor español Miguel Ángel Marín (Migueli). Citamos algunos fragmentos:

Humaniza sin piedad cada ciudad. Humaniza sin parar donde no hay paz. Humaniza con “te quieros”, con cariños, con boleros. Dar una rosa de vida: eso es humanizar.

Humaniza para crecer y no parar. Humaniza y tu vida no coge olor a humedad. Humaniza los dolores con caricias, colores de un momento: una sonrisa. Eso es humanizar.

Una vuelta de tuerca, un abrazo que dar, una cara mojada, una entrega total, otra gota de sangre, estar hasta el final sin pasarme de rosca: eso es humanizar.

Un ratito de escucha, la sonrisa para estar, una mano extendida, vuelvo a verte sin más; mantener la esperanza, no rendirse jamás, poner toda la carne y en silencio esperar. Humaniza y ya verás todo cambiar.

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Sin duda, este modo de entender lo que humaniza descrito por Migueli es coherente con el sentido de la Navidad, cuyo horizonte es la consecución de una realidad humanizada. La Navidad nos muestra cómo podemos convertirnos en verdaderos seres humanos. El niño Jesús creció y se hizo disponible a Dios y a los demás, concretó el sueño de la redención. Es significativo, en este sentido, el pasaje donde los discípulos de Juan el Bautista le preguntan: “¿Eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otro?”. Jesús responde: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes ven y oyen: los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben la Buena Noticia; y ¡feliz el que no se escandaliza por mi causa!”. Esta fue la manera de humanizar de Jesús. Por eso afirmamos que en su nacimiento y en su misión estaba la fuerza salvadora de Dios. Navidad es humanizar. Y humanizar es desarrollar la capacidad de compasión ante el sufrimiento de otros y la capacidad de indignación ante las injusticias del mundo. Y la puesta en práctica de la compasión y la indignación hay que hacerla día a día. Cuando esto ocurra, viviremos la Navidad.

Carlos Ayala Ramírez (*)

(*)Profesor del Instituto Hispano de la Escuela Jesuita de Teología (Santa Clara, CA); profesor de la Escuela de Pastoral Hispana (Arquidiócesis de San Francisco, CA); Profesor jubilado de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” El Salvador. Ex-director de radio universitaria YSUCA; difusor del legado teológico-pastoral de san Óscar Romero.

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Dios es Encarnación y se está encarnando siempre.

martes, 24 de diciembre de 2024
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el-drama-de-los-refugiadosNOCHEBUENA (C)

Lc 2,1-14

Cualquier clase de discurso que podemos hacer hoy se me antoja ridículo. Nada se puede expresar con propiedad del misterio que estamos celebrando. Hoy mejor que nunca debíamos aplicar el proverbio oriental: “Si tu palabra no es mejor que el silencio, cállate”. Solo en clave de silencio seremos capaces de entender algo. Esta noche debemos intentar una meditación sosegada sobre Jesús y sobre lo que su figura supone para todos nosotros. Lo que tienes que descubrir y vivir no puede venir de fuera, tiene que surgir de lo más hondo de ti mismo.

El evangelio que acabamos de leer nos coloca ante el misterio, pero tendrás que adentrarte tú solito en él. Es fácil que se desborden los sentimientos en este tiempo de Navidad, pero eso no basta para vivir el misterio que celebramos. Es una noche, no para el folclore sino para la meditación. Sin esta contemplación, se quedará en algo vacío sin ningún sentido religioso. El valor de esta fiesta depende de mi actitud. Nada suplirá el itinerario hacia el centro de mí mismo. Solo allí se desarrolla el misterio. Solo en lo hondo de mi ser descubriré la presencia de Dios.

Recordar el nacimiento de Jesús, nos puede ayudar a encontrar a Dios dentro de nosotros y en los demás. Jesús vivió y murió en un lugar y un tiempo determinado, pero no estemos celebrando un cumpleaños. Los datos históricos no tienen importancia. Jesús nació, no sabemos dónde, no sabemos cuándo, ni en qué día, ni en qué mes, ni en qué año. Todo lo que digamos de él, desde el punto de vista histórico, apunta al desconcierto. El encuentro con Jesús que apareció en un momento de la historia, me tiene que llevar al encuentro con Dios que no tiene historia. Dios es siempre el mismo, pero para mí será siempre diferente.

La encarnación no es un hecho puntual, sino una actitud eterna de Dios. Dios no tiene actos. Todo lo que hace, lo es. Si se encornó, es encarnación, es Emmanuel. Si en Jesús se hizo presente a Dios, debemos buscar en nosotros lo que descubrimos en él. No se trata de recordar y celebrar lo que pasó hace dos mil años sino de descubrir que la presencia de Dios se da hoy en mí y debo descubrir y vivir conscientemente esa realidad sublime. Lo que pasó en Jesús, está pasando en cada uno de nosotros, está pasando en mí. Este es el sentido de la Navidad.

Ni María ni José ni nadie de los que estuvieron relacionados con los acontecimiento que estamos celebrando, se pudo enterar de lo que estaba pasando, porque Dios actúa siempre acomodándose a la naturaleza de cada ser. En lo externo no pudo acontecer nada que diera cuenta de la realidad que estaba en juego. Seguimos sin enteramos del significado de la Navidad, porque nos limitamos a recordar acontecimientos externos y extraordinarios que nunca se dieron. Si yo quiero enterarme tendré que tomar conciencia de lo que Dios me ofrece en este instante.

Ponernos en el lugar del que escribe es la clave para poder entender lo que nos quiere trasmitir. Para Lucas, de mentalidad mítica, Dios está en el cielo. Si quiere hacerse presente, tiene que bajar. Viene a salvar a los pobres y empieza por compartir su condición. La salvación se hará desde abajo, pero para llevarla a cabo, Dios tiene que bajar. Pero solo lo encontrará el que está buscando, no los que están satisfechos, instalados cómodamente en este mundo. No lo encontrarán en el bullicio de las relaciones sociales del día, sino en el silencio de la noche.

Los dioses necesitan intermediarios, se ponen en acción y anuncian la noticia. ¿Quién estará preparado para escucharlo? Solo los pastores, la profesión más despreciada y marginada de aquella sociedad. La salvación se anuncia en primer lugar a los oprimidos, a los que menos cuentan. Los demás están descansando, dormidos, cómodos; no necesitan ninguna salvación. Este dato es decisivo porque nosotros nos encontramos entre ese grupo que para nada necesita la salvación que el ángel anunció. Solo necesitamos que nos confirmen en nuestro bienestar.

El anuncio es ‘buena noticia’. La cercanía de Dios es siempre buena noticia. Dios muestra su salvación en Jesús. “Os ha nacido un Salvador”. Puesta al día, la noticia sería: Dios está viniendo siempre hacia mí para darme plenitud. Los pastores salen corriendo sin saber muy bien hacia dónde dirigirse. No será fácil encontrarlo con las pistas que me da la religión oficial. Alguna pista: Un niño en un pesebre desnudo y entre pajas. Él mismo es alimento. Sus padres no dicen ni palabra. ¿Qué podrían decir? Dios decide enviar su Palabra y nos envía a un niño que no sabe hablar. Esta paradoja debía invitarnos a reflexionar en profundidad.

En el ambiente de la celebración de la Navidad hoy, corremos el peligro de quedemos en las pajas y no descubrir el grano. La importancia del acontecimiento se la tengo que dar yo. Dios no tiene que venir de ninguna parte. Dios está donde nosotros le descubrimos y le hacemos presente. Dios está donde hay amor. Allí donde un ser humano es capaz de superar su egoísmo y darse al otro. Allí donde hay comprensión y tolerancia, allí está Dios. Dios no será nada si yo no lo hago presente con mi postura ante los demás, con mi entrega desinteresada a todos.

Todo lo que nos hace más humano debemos incorporarlo a la fiesta. La reunión con la familia, la comida, los abrazos, todo puede ayudarnos a descubrir lo que somos y a manifestarlo con alegría. La fiesta cobrará sentido para todos en el momento que sepamos aunar lo humano y lo divino. Si sabemos ir más allá del folklore, nos podemos encontrar celebrando la única realidad que interesa. La VIDA que está en mí y espera ser desplegada. Merece la pena hacer un esfuerzo en estos días y tratar de ser hoy más humanos que ayer pero menos que mañana.

El misterio seguirá siendo misterio. Ni los sentidos ni la razón lo pueden percibir. La buena noticia es que, aunque no lo comprenda, puedo vivirlo. Solo el silencio me puede acercar al Dios encarnado. Lo que no me diga el silencio, nadie lo podrá decir. Todo lo que venga de fuera, no me va a servir de nada. El pozo donde tienes que apagar tu sed está en tu interior. Solo podrás beber en él si de verdad bajas hasta lo más profundo de ti mismo. Intentar apagar tu sed con otras bebidas será siempre una torpeza que no puede saciarte.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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¡Señor de la noche, Dios de luz, Visita mi establo oscuro!

martes, 24 de diciembre de 2024
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Para decir juntos nuestra fe.

¡Señor de la noche, Dios de luz,
Visita mi establo oscuro!
Prepara en mí una cuna
Para que la Navidad tenga lugar esta noche (…)

En tus tierna manos
deposito mi miedo de no ser …
Esta noche naceremos
de un mismo aliento;
Nacerás en mí
Para venir al mundo que me rodea,
Y yo naceré de ti,
Acogida como una reina
Acogido como un rey
Hasta en mis más sombríos rincones.

¡ Señor de la noche, Dios de luz,
Visita mi establo oscuro!
Prepara en mí una cuna
Para que Navidad se efectúe esta noche (…)
Entonces, por fin, en mi desierto
habrá sitio para los otros,
Aquellos que te nombro ahora
En un silencio
Que implora tu compasión.

*

Lytta Basset

***

Nota:

Esta tarde a las 16:00, hora española, aparecerá la felicitación de Navidad y, a partir de las 18:00h, los textos y meditaciones de la Misa de Media Noche, y otros textos más para que nos acompañen los momentos previos a la cena de Nochebuena y a lo largo de esta noche santa… Acordémonos de quienes esta noche la pasan solos o no pueden celebrarlo por multitud de razones….

***

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“El vientre de una mujer… la misericordia de Dios”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 24 de diciembre de 2024
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imageCreo que la maternidad es algo que los hombres sólo podemos adivinar y no comprender del todo. En el fondo quizás ni siquiera las mujeres lo entiendan. Ellas lo experimentan directamente mientras que sus parejas lo experimentan a través de ellas. No es sólo esto. Hombres y mujeres son intrínsecamente diferentes. Basta con mirar nuestro cuerpo. Las mujeres están hechas -es el cuerpo el que les dice- para acoger dentro de ellas. Su maternidad es acoger la vida. Vida que no es sólo biológica. De hecho, se necesita una premisa para evitar generar malentendidos. Una mujer que no puede generar vida biológica puede ser tanto o más madre que quien la genera.

Decía que su cuerpo es diferente. Su ADN es diferente. No tener ese cromosoma y hace una gran diferencia. Su cuerpo está hecho para recibir. Cuando recrea su sacramento, cuando tiene una relación íntima con su pareja, ella es quien da la bienvenida. Él la penetra físicamente. No ella a él. Esto hace que todo sea más complicado para ellas, las mujeres. Necesitan un completo abandono y confianza en su pareja. Acogerlo a él y a su semilla dentro de sí implica una implicación no sólo de su cuerpo, sino de todo. De su espíritu y su esfera psicológica. Por este motivo, quizás las relaciones físicas tengan un significado mucho más importante para ellas, las mujeres, que para los hombres. Esto no termina aquí.

Las mujeres tienen útero. Los hombres no. Juan Pablo I definió a Dios como padre y madre. Aquí el útero expresa la maternidad de Dios. ¿Cómo? Uno de los adjetivos con los que se define a Dios en la Biblia es misericordioso. En la traducción latina, misericordia se refiere al corazón. Significa llevar en el corazón. No en hebreo. El idioma original de la Biblia traduce el término que para nosotros significa misericordia de una manera completamente diferente. En hebreo misericordioso se traduce como “rahum”. “Rahum” que deriva de “rehem”. “Rehem” es el útero de la mujer. Es el útero. Ellas, las mujeres, más que los hombres, expresan esta característica de Dios. Expresan la misericordia de Dios. Son capaces, cuando viven plenamente su maternidad, de generar nuevamente a su pareja. Saben acogerlo tal como es, saben ver en él la persona que puede llegar a ser, saben ver su belleza. Saben mirarlo con los ojos de Dios. Esta mirada acogedora lo genera nuevamente, lo ayuda a convertirse en un verdadero ser humano. Esta acogida las convierte en verdaderas madres. Esto significa ser madres fecundas.

Las mujeres pueden generar la presencia de Dios. Amar como Dios ama. Ser capaz de aceptar el fruto del vientre tal como es. Incluso cuando una mujer no puede ser madre biológica puede ser madre de amor. El amor de una mujer puede convertirse en alimento para muchos. Con muchos modos diferentes. Por ejemplo, con la adopción: “Ese es tu hijo”.

La fecundidad va más allá de la fertilidad. La fertilidad genera vida biológica mientras que la fecundidad genera vida amorosa. Generar la presencia de Dios, que es amor, en el mundo. Jesús el Salvador, quien salvó y redimió al mundo, se encarnó gracias a María. María que con su SÍ acogió en sí misma a Dios mismo. Qué maravilla María. Qué belleza María. Que maravilloso cada mujer que se convierte en madre y que renueva esta bella imagen a través del tiempo y la historia. Quien con su amor acogedor y confiado renueva también hoy el nacimiento de Jesús en el mundo.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

(Remitido por el autor)

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Como María, también nosotros llevamos algo precioso dentro de nosotros

lunes, 23 de diciembre de 2024
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IMG_9114La reflexión de hoy es del colaborador invitado Miguel Ochoa (él), músico, actor, educador, defensor de los derechos LGBTQ+ y ministro pastoral de música que fue despedido de su trabajo en el ministerio de música en una parroquia de Texas. Miguel y su esposo José forman parte de la Iniciativa Colaborativa de Justicia Social Marianista LGBTQ+.

Las lecturas litúrgicas de hoy del Cuarto Domingo de Adviento están disponibles aquí.

En las lecturas litúrgicas de hoy encontramos momentos de profunda revelación divina y la afirmación silenciosa pero poderosa de aquellos que a menudo han sido ignorados o marginados. Estos pasajes nos invitan a reflexionar sobre verdades que hablan directamente a quienes hemos vivido al margen de la sociedad, especialmente a quienes pertenecen a la comunidad LGBTQ+. Nos recuerdan que la grandeza, la paz y la alegría pueden surgir no de lugares de privilegio o poder, sino de los rincones tranquilos y humildes de la vida donde aún florecen el amor y la esperanza.

En la primera lectura de hoy, el profeta Miqueas habla de Belén-Efrata, una ciudad pequeña y aparentemente insignificante, elegida como la cuna de un gobernante que traerá la paz. Hay algo profundamente conmovedor en la idea de que algo tan significativo, tan transformador para el mundo, pueda surgir de un lugar tan a menudo descartado como poco importante.

Como hombre gay, veo el paralelo en mi propia vida y en la vida de tantas personas LGBTQ+. Durante años, a muchos de nosotros nos dijeron que éramos demasiado pequeños, demasiado diferentes, demasiado fuera de lugar para importar. Pero la obra de Dios no comienza con lo que el mundo considera poderoso o importante. Comienza en el silencio, en lo olvidado, en los lugares y las personas que la sociedad no siempre ve. Hay una promesa silenciosa en esta profecía: un recordatorio de que incluso en nuestras luchas, incluso en nuestros momentos en que nos sentimos invisibles, tenemos un propósito divino. Somos parte de una historia mucho más grande de amor, justicia y paz. Esta no es solo una promesa para el futuro, sino un llamado a que nos mantengamos firmes y reclamemos nuestro lugar en esa historia ahora.

IMG_9115De manera similar, en el evangelio, la historia de María visitando a Isabel es una de profunda conexión y afirmación mutua. Es un momento que trasciende el mero saludo: es un reconocimiento sagrado de la divinidad dentro de la otra. Isabel, llena del Espíritu Santo, clama: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. En ese momento, no hay juicio ni vacilación, solo la forma más pura de amor y aceptación. Isabel no cuestiona el llamado de María. Ella lo afirma, lo celebra y reconoce el propósito divino dentro de ella. Esto también habla directamente de la experiencia LGBTQ+.

Muy a menudo, como individuos queer, se nos enseña a ocultar partes de nosotros mismos, a mantener nuestro amor, nuestros deseos, nuestras identidades en las sombras. ¡Pero la respuesta de Isabel a la llegada de María nos invita a salir a la luz! Es un recordatorio de que nosotros también somos dignos de afirmación, de celebración, de reconocimiento. ¡Nuestro amor no solo es válido, es sagrado! Como María, nosotros también llevamos algo precioso dentro de nosotros: un llamado divino a vivir auténticamente, a abrazar la alegría de quienes somos y a compartir ese amor con el mundo.

La forma en que el bebé en el vientre de Isabel saltó de alegría al oír el saludo de María muestra que la presencia misma de la verdad y el amor provoca una reacción profunda y visceral. Para mí, esta imagen es poderosa. Hay momentos en la vida, especialmente en el contexto de nuestra sexualidad, en los que sentimos que finalmente estamos viviendo en sintonía con nuestro verdadero yo, cuando somos amados y aceptados plenamente por quienes somos. En esos momentos, hay un innegable salto de alegría dentro de nosotros, una afirmación de nuestro valor, un reconocimiento de que somos exactamente como estábamos destinados a ser. Esa alegría, esa chispa de vida, no se trata solo de la autoaceptación: se trata de saber que el amor de Dios está presente en esa autenticidad, en esa verdad.

Hay algo también profundamente humilde en estas historias: la forma en que tanto María como Isabel, dos mujeres que vivían en un mundo en el que eran fácilmente ignoradas, se encontraron siendo parte de algo mucho más grande que ellas mismas. Se unieron no para competir, sino para celebrar el viaje de cada una. En la comunidad LGBTQ+, sabemos la importancia de este tipo de apoyo. He prosperado con otras personas que se apoyan mutuamente, donde nuestras historias se comparten y se celebran, donde nos reciben con comprensión en lugar de juicio. Estas mujeres, a pesar de las adversidades que tenían en su contra, sabían que su conexión era sagrada. Era una conexión arraigada en el respeto mutuo, la alegría y la afirmación del valor de cada una.

Ambas lecturas de las Escrituras me recuerdan que la presencia de Dios no solo se encuentra en lo grandioso, lo poderoso o lo visible. La presencia de Dios se encuentra en los lugares tranquilos, en las relaciones donde se nutre y se afirma el amor, en los espacios donde podemos mantenernos firmes en nuestra verdad. Para la comunidad LGBTQ+, estos pasajes sirven como un hermoso recordatorio de que nuestro amor, nuestras vidas, nuestras historias son sagradas. No solo son vistas por Dios, sino que son parte de la narrativa divina de paz y alegría que Dios está desplegando en el mundo.

IMG_9117—Miguel Ochoa, 22 de diciembre de 2024

Miguel Ochoa es colaborador de la última publicación de New Ways Ministry, Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions.

El libro es una antología de 12 historias de fe, sacrificio, alegría y dolor escritas por personas LGBTQ+ que han trabajado en parroquias y escuelas católicas.

Para obtener más información, haga clic aquí.

Fuente New Ways Ministry

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“¿Cómo hacer de nuestro corazón un pesebre?”, por Carmiña Navia.

lunes, 23 de diciembre de 2024
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IMG_9065ADVIENTO. CUARTA SEMANA.

Si Cristo naciera mil veces en Belén y
no en ti, quedaría perdido para siempre.
Angelus Silesius (Siglo XVII)

Nos acercamos al momento del nacimiento… a la “noche santa”… ¿Cómo podemos revivir esa noche entre nosotras y nosotros hoy de manera que realmente el mundo vea una LUZ como los pastores y los sabios? Es importante tomar conciencia que al releer a Lucas, a Mateo y a algunos de los apócrifos, nos estamos moviendo en el terreno de lo simbólico. Es claro que no tenemos una crónica ni remotamente histórica de las oscuridades, angustias y desvelos del nacimiento de Jesús. Tenemos una narrativa poética de cómo vivieron las comunidades cercanas a Jesús, el nacimiento del Mesías.

¿Qué nos dicen entonces los símbolos que ellas escogieron para transmitirnos su fe? El pesebre nos habla de acogida y calor. Sitio para comer, para abrevar… pero también refugio en las noches heladas y sin luna. La estrella que anuncia la llegada de un niño, nos abre a la esperanza, señala caminos y senderos diversos. ¿Cómo nos hacemos pesebre desde la entraña misma de nuestros corazones? ¿Cómo expandir la luz hacia estas sociedades tan enfermas y ciegas, tan heladas por dentro?

Es complejo y tal vez imposible traducir este bello lenguaje metafórico a un texto racional que invite y quiera convencer… la poesía debe permanecer en el universo poético… Busquemos ser acogida en un mundo que excluye, convirtámonos en calor en medio de consumos helados, ofrezcamos albergue y alimento es situaciones tantas de miseria, de hambre, de despojo… Seamos la voz de las y los migrantes atrapados entre poderes que los sitúan de frente hacia la muerte. Hagámonos pesebre para que en nuestro corazón nazca el Mesías, de nuevo cada día, cada semana, cada mes. Un Mesías que nos lleve a la luz de las estrellas cuando tantos y tantas apuestan por llenarnos de tinieblas.

Llenemos nuestro mundo de nichos de ágape que cubran de calor nuestras entrañas. Termino mi invitación a hacer de nuestras familias, comunidades y círculos espacios de calor y de acogida… compartiéndoles mis deseos en un poema:

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SER UN PESEBRE:

Un corazón que albergue
la Luz que nace y viaja por el mundo
la Luz que alumbra deseos remotos
la Luz que trae amaneceres nuevos.
Ser un pesebre
un corazón que sane
heridas hondas y fulgores nuevos
y en el camino lave al pie cansado.
Ser un pesebre
donde abreven todos
niños y bueyes en la ronda hermana
girando juntos hacia un mundo nuevo.
Ser un pesebre
que nos grite a todos
la sencillez en medio de los globos.
Un pesebre de amor
que resucite manos entrelazadas.
Un corazón en cuya entraña nazca
el  Ser que trae la Energía Sagrada.

Carmiña Navia Velasco

Cuarta semana de Adviento 2024

Foto: Pexels/Geralt

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“Acompañar a vivir”. 4 Adviento – C (Lucas 1,39-45)

domingo, 22 de diciembre de 2024
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04_4-ADV-C_1731118-390x247Uno de los rasgos más característicos del amor cristiano es saber acudir junto a quien puede estar necesitando nuestra presencia. Ese es el primer gesto de María después de acoger con fe la misión de ser madre del Salvador. Ponerse en camino y marchar aprisa junto a otra mujer que necesita en esos momentos su ayuda.

Hay una manera de amar que hemos de recuperar en nuestros días, y que consiste en «acompañar a vivir» a quien se encuentra hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad o, sencillamente, vacío de alegría y esperanza.

Estamos consolidando, entre todos, una sociedad hecha solo para los fuertes, los agraciados, los jóvenes, los sanos y los que son capaces de gozar y disfrutar de la vida.

Estamos fomentando así lo que se ha llamado el «segregarismo social» (Jürgen Moltmann). Juntamos a los niños en las guarderías, instalamos a los enfermos en las clínicas y hospitales, guardamos a nuestros ancianos en asilos y residencias, encerramos a los delincuentes en las cárceles y ponemos a los drogadictos bajo vigilancia…

Así, todo está en orden. Cada uno recibe allí la atención que necesita, y los demás nos podemos dedicar con más tranquilidad a trabajar y disfrutar de la vida sin ser molestados. Procuramos rodearnos de personas sin problemas que pongan en peligro nuestro bienestar, y logramos vivir «bastante satisfechos».

Solo que así no es posible experimentar la alegría de contagiar y dar vida. Se explica que muchos, aun habiendo logrado un nivel elevado de bienestar, tengan la impresión de que la vida se les está escapando aburridamente entre las manos.

El que cree en la encarnación de Dios, que ha querido compartir nuestra vida y acompañarnos en nuestra indigencia, se siente llamado a vivir de otra manera.

No se trata de hacer «cosas grandes». Quizá, sencillamente, ofrecer nuestra amistad a ese vecino hundido en la soledad, estar cerca de ese joven que sufre depresión, tener paciencia con ese anciano que busca ser escuchado por alguien, estar junto a esos padres que tienen a su hijo en la cárcel, alegrar el rostro de ese niño triste marcado por la separación de sus padres…

Este amor que nos lleva a compartir las cargas y el peso que tiene que soportar el hermano es un amor «salvador», porque libera de la soledad e introduce una esperanza nueva en quien sufre, pues se siente acompañado en su aflicción.

José Antonio Pagola

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“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Domingo 22 de diciembre de 2024. 4º de Adviento

domingo, 22 de diciembre de 2024
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04-advientoC4De Koinonia:

Miqueas 5, 1-4a. De ti saldrá el jefe de Israel:
Salmo responsorial: 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.
Hebreos 10, 5-10: Aquí estoy para hacer tu voluntad.
Lucas 1, 39-45: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

Miqueas, de quien está tomada la primera lectura, vivió en el reinado de Ezequías. Cuando el modesto profeta llegó a la corte, se encontró con Isaías, de quien al parecer recibió influjo literario, aunque siempre conservó su estilo personal.

Miqueas atacó sobre todo a los poderosos que abusan del pobre para robar y oprimir, a los jueces corrompidos, pero compuso también magníficos poemas de salvación, entre los que sobresale la profecía sobre Belén. El Mesías esperado nacerá en Belén, pequeña población de Judá y hará que los seres humanos puedan vivir tranquilos y Él será nuestra paz.

La segunda lectura está tomada de la carta a los Hebreos. Supuestamente Pablo compara la obra cultual de Cristo con la del Antiguo Testamento, y el sacrificio de Cristo con los antiguos “sacrificios” religiosos. A través de esta comparación se nos muestra con profundidad la naturaleza y finalidad de la encarnación. El sacrificio de Cristo tiene lugar de una vez para siempre y no consiste tanto en la inmolación de una víctima, cuanto en la comunión con el Padre, a la que todos somos invitados. En lo sucesivo no habrá una religión de ceremonias y de ritos, sino una religión “en Espíritu y en Verdad”. La voluntad de Dios no ha sido la muerte del Hijo, sino el hacer partícipe a su Hijo de la condición humana con el suficiente amor para que todo lo humano quedara transformado. La sangre del Hijo, más que ofrenda para aplacar a un Dios justiciero, es don a los seres humanos de un Dios lleno de amor. Nuestra santificación consiste en vivir “en Espíritu y en Verdad” esa amistad con Dios. Aquí radica la esencia del Espíritu religioso.

Acercarse a celebrar el nacimiento de Jesús conlleva recordar la condición de mujer y la fe de María. El episodio llamado de la visitación, del evangelio de Lucas nos relata el encuentro de dos mujeres madres. María, la galilea, va a Judá, la región en la que un día el hijo que lleva dentro de ella será rechazado y condenado a muerte (Lc 1,39). Ante el saludo de la joven, el niño que Isabel está a punto de dar a luz “salta de gozo” (vv. 41 y 44). La madre alude poco después a lo que siente dentro de sí; se trata de la alegría del niño –el futuro Juan Bautista- alrededor de quien habían girado hasta el momento los acontecimientos narrados en este primer capítulo de Lucas. Juan cede ahora el paso a Jesús. El gozo es la primera respuesta a la venida del Mesías. Experimentar alegría porque nos sabemos amados por Dios es prepararnos para la navidad.

Isabel pronuncia entonces una doble bendición. Como ocurre siempre en manifestaciones importantes, Lucas subraya que lo hace “llena del Espíritu Santo” (v. 41). María es declarada “Bendita entre las mujeres”(v. 42), su condición de mujer es destacada; en tanto que tal es considerada amada y privilegiada por Dios. Esto es ratificado por el segundo motivo del elogio: “Bendito el fruto de tu vientre” (v.42). Este fruto es Jesús, pero el texto subraya el hecho de que por ahora está en el cuerpo de una mujer, en sus entrañas, tejido de su tejido. El cuerpo de María deviene así el arca santa donde se alberga el Espíritu y manifiesta la grandeza de su condición femenina. En su visitante, Isabel reconoce a la “madre del Señor” (v 43), aquella que dará a luz a quien debe liberar a su pueblo, según lo anunciaba el profeta Miqueas (5,2-5).

Bendecir (bene-dícere) significa hablar bien, ensalzar, glorificar. Con anterioridad al nacimiento de Jesús, aparecen en los evangelios bendiciones por parte de Zacarías, Simeón, Isabel y María. Todos bendicen a Dios por lo que hace. Pero, al mismo tiempo, Jesús bendice a los niños, a los enfermos, a los discípulos, al Padre. Toda bendición va dirigida a Dios. La oración de bendición es, sobre todo, alabanza de acción de gracias. De este modo celebramos la Eucaristía. Pero también la bendición se extiende a todas las criaturas incluso a las inanimadas: ramos, ceniza, pan y vino. Son bienaventurados los santos y especialmente “bendita” es María, la madre de Jesús.

El Espíritu Santo ayuda a Isabel a pronunciar una bendición: “¡Bendita eres entre todas las mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre!”. Desde entonces, millones de veces lo hemos dicho todos los cristianos en el “Ave María”. Son benditos, bienaventurados o dichosos los que creen en Dios, los que practican la Palabra, los que dan frutos, los pobres con los que se identifica Jesús.

María creyó. Ésta fue su grandeza y el fundamento de su felicidad: su fe. María se convierte en maestra de la fe, aceptando cuanto se le anuncia de parte de Dios aunque ella no se pudiera explicar el modo como se realizaría aquel plan. Toda la vida de María se fundamenta en su fe, en la adhesión que ha prestado desde el primer momento a la revelación que llegó hasta ella. Leer más…

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22.12.24. Bendita entre las mujeres, bienaventurada porque has creído (lectura crítica, histórica, teológica)

domingo, 22 de diciembre de 2024
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VisitaciónDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 4 Adviento, víspera de Navidad: Lucas 1, 39-45   En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

Pocas veces se ha hecho esta lectura entre los católicos. Me parece esencial para quien quiera descubrir y asumir el sentido de María, madre de Jesús, en la Navidad cristiana… y entenderla desde la Biblia, en este momento clave de  escucha de la Palabra y de evangelización sinodal (=en común, caminante)

Bendita entre las mujeres (Lc 1, 42).

En el centro de la escena citada del evangelio de Lucas (Visitación: Lc 1, 39-45), evangelio del año que viene (2025),  Isabel saluda a María llamándola laMadre de mi Señor (hê meter tou Kyriou mou), destacando así su “realeza” o señorío, con una fórmula en la que se vinculan todos los temas mariológicos de la tradición antigua, formulados desde la historia y cultura israelita,  para interpretarlos a la luz de la fe judía, cristiana, universal de la nueva creación mesiánica:

Bienaventurada tú porque has creído (1, 45, [1].

Ésta es la palabra de una mujer gestante que saluda a otra gestante, en un contexto mesiánico. Llena del Espíritu Santo, como portadora de un saber que le viene de Dios, dando palabra al niño Juan que ha saltado de gozo en su seno, Isabel saluda con gran grito a María:

 Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor? Pues que tan pronto como llegó la voz de tu saludo a mis oídos saltó de gozo el niño en mi vientre. Y bienaventurada tú, que has creído porque se cumplirá todo lo que le ha dicho el Señor (1, 42-45).

 – Isabel comienza situando a la madre de Jesús en el lugar donde la vida se define por la fecundidad(1, 42), llamándole bendita (eulogêmenê) por ser madre, conforme a una visión que nos arraiga en las más hondas tradiciones de Israel, ratificadas en Dt 28. Siguiendo esa línea, su bendición puede ampliarse en perspectiva de liberación de Israel: llamando a María bendita, Isabel está evocando la figura y misión de las mujeres de la historia israelita que han sido bendecidas no sólo por sus hijos sino por ser liberadoras del pueblo (Myriam, Débora, Yael, Ana, Judit, Ester etc).. La madre de Jesús viene a culminar no sólo la lista de madres fecundas (benditas por el vientre) sino de de mujeres animosas y sabias, que, de formas diversas, han “colaborado” en la obra de Dios, como las cuatro “abuelas” de Mt 1, 2-17.

Isabel define a María como la madre del Señor (1, 43), en un contexto en el que ella parece vinculada a la realeza de David (no por sí misma, pues ella es Gebira, más que rey, sino por su prometido José, Hijo de David). No había en Israel lugar de poder para las reinas “esposas”, pues las reinas de las que habla la Biblia son extranjeras (como la de Sabá) o figuras divinas rechazadas (la Reina de los cielos).

            En este contexto debemos recordar como excepción singular a Ester, que es la reina (malka) israelita por excelencia, en calidad de esposa de un monarca extranjero. Como elemento integrante de la monarquía davídida descubriremos, al final de este apartado, la figura y función de la madre del rey, Gebîra o Señora, que está a la base de un posible despliegue de la mariología cristiana.

En tercer lugar llegamos en una perspectiva expresamente cristiana María aparece como pisteusasa, aquella que ha creído, la creyente. Isabel lo sabe porque el saludo de María ha sido causa de gozo para el niño profeta que ella lleva en su seno… (1, 44). Pero después el evangelio nos hace pasar del campo veterotestamentario de la fecundidad bendecida (eulogêmenê) al plano de la bienaventuranza mesiánica (makaria) que sólo puede conseguirse en ámbito de fe y de seguimiento (bienaventurada tú porque has creído). De esa forma hemos llegado al plano del evangelio estrictamente dicho. La mariología se incluye así dentro del misterio cristiano (1, 45)[2].

Así empezamos diciendo que Isabel define a María como bendita entre las mujeres, en un contexto que evoca sobre todo fecundidad. Ella empieza siendo bendita como madre, en la línea de una alabanza programática que ha recogido más tarde la misma tradición lucana: «Bienaventurado el vientre que te ha gestado y los pechos que te han amamantado» (Lc 1, 27).

La mujer que habla así interpreta a María rectamente, en línea de bendición israelita, aunque no la llame sólo bendita como en Lc 1, 42 sino bienaventurada como hará Lc 1, 45. Esa mujer sitúa a María en el nivel de la maternidad biológica, haciéndola vientre(koilia) y pechos (mastous), es decir, cuerpo para engendrar, pero en el fondo está indicando que ella es “bienaventurada cristiana” (makaria).

En esta línea han interpretado a la mujer como hace gran parte de las tradiciones religiosas (incluso la cristiana) dominada por varones: la mujer es fuerza engendradora, vida hecha principio germinante, pero el principio de su grandeza no es el vientre, sino la fe: Fe en la vida como don, fe en los demás como principio de todos los valores humanos.

Esta es la función y sentido de la realeza femenina en perspectiva popular sagrada, la capacidad procreadora…. Pero una bendición pro-creadora que se abre al plano de la belleza y la vida humana, en su totalidad, en un plano que puede vincularse con el Sal 45 y del Cantar de los Cantares.

 Reinar es, ante todo, amar y dar la vida. Las “armas” o signos del reinado femenino empiezan son el vientre y los pechos, la potencia engendradora, la capacidad nutricia, para convertirse después en fe creadora, en principio de liberación humana por amor. Es evidente que Lucas sentía ya el peligro de interpretar a María en esa perspectiva puramente biológica, confundiéndola con las madres sagradas del cielo o de la tierra, diosas de la vida. Por eso ha reinterpretado y superado el logion del vientre y de los pechos[3].

La bendición del vientre-pechos, está en el centro del capítulo de bendiciones de Dt 38 (cf. 28, 3-4). Así inicia el Deuteronomiosu larga serie de bendiciones, centradas básicamente en la fecundidad, aunque abiertas, al mismo tiempo, a la victoria militar (¡que el Señor te entregue ya vencidos a los enemigos…!: cf. 28, 7). Es como si hubiera dos bendiciones fundamentales: La grandeza militar (centrada en la victoria sobre los enemigos) y la abundancia del vientre, entendido en un sentido amplio, como expresión de maternidad universal.

Lógicamente, el texto de la Visitación, después nos sitúa en un plano más alto de bienaventuranza por la palabra y por la fe, la bienaventuranza más femenina y humana de la gebira, que es la “reina verdadera”, la que ha educado a sus hijos y a los hombres y mujeres de su entorno en fecundidad humana (en ve). El ser humano se define por un lado como violencia (más en línea masculina de guerra) y por otro como fecundidad(más en línea femenina de vientre), una fecundidad que empieza siendo biológica (vientre y pechos), pero que termina siendo fecundidad de amor, en forma de acogida, palabra y ayuda mutua [4].

Gebîra, la madre del Señor (Lc 1, 43)

A la doble bendición (de María y del fruto de su vientre) sigue una pregunta retórica de Isabel, que sirve para mostrar por un lado su indignidad (¿Quién es ella para recibir tal honor?) y para exponer por otro su gran conocimiento (ella sabe que María es Madre de su Señor).

El sacerdote Zacarías (su marido) fue ignorante, no supo recibir e interpretar los signos del ángel del templo en su anunciación y por eso quedó mudo (cf. Lc 1, 5-20). Su esposa Isabel, sin embargo, ha comprendido: ha recibido el Espíritu Santo y puede hablar con palabra de madre que sabe, confesando la gloria de María, llamándola laMadre de mi Señor[5]:

 ‒ ¿De dónde a mí que venga? El siervo es quien debe visitar a su Señor y no al revés. Pues bien, aquí se invierte el movimiento y por eso se sorprende la madre del profeta, al descubrir que llega la mujer más importante a visitarla.

La madre de mi Señor (hê meter tou Kyriou mou). Esta es la afirmación central. Isabel podía haber dicho simplemente mi Señor o Kyrios (kyrios mou), aludiendo al niño que María lleva en su vientre poniéndolo así en paralelo al niño Juan que salta de gozo en el suyo. Pero, retomando el motivo de la bendición anterior, Isabel presenta ahora a María como Madre y al fruto de su vientre como Kyrios.

A mí (pros me). Viene la Madre del Kyrios y lo hace de forma reveladora, trayendo consigo la salvación o nuevo conocimiento que ese Kyrios realizará más tarde.

La Madre del Rey. El peso de la pregunta está en la confesión de fe: Isabel presenta a María como Madre de mi Señor, situándola así en el trasfondo de un título y función bien conocida dentro del AT: la madre del rey ocupaba un cargo oficial dentro de la corta; ella y no la esposa (o favorita) del rey poseía la mayor autoridad femenina dentro del reino. Este hecho se debe a varias circunstancias: se puede afirmar, en primer lugar, que la función del rey y su grandeza se concibe como algo estrictamente masculino; la ausencia de reinas puede deberse también al hecho de que el judaísmo haya rechazado a la “reina celesta” (diosa)… Sobre ese fondo han de entenderse los tres sentidos de reina en el AT:

 ‒ Sentido poético. Cant 6, 8 dice que el amado (rey) lleva a su lado un cortejo de mujeres, un harem fabuloso, que es signo de su riqueza y de su poder: sesenta son las reinas, ochenta son las concubinas, sin número las doncellas. Reinas, concubinas y doncellas forman el cortejo de aquella a quien el rey llama su paloma, es decir, su Predilecta. Ella es la Única frente a las múltiples, ella es la querida de su madre. En este contexto, las reinas aparecen simplemente como mujeres más elevadas de un numeroso harem real; sobre todas ellas se eleva en el Cantar la Predilecta, que la tradición cristiana ha comparado con María[6].

‒ Sentido político. Los judíos no tienen reinas, y así sólo hablan de reinas extranjeras. Así Dan 5, 10 dice que la reina de los “caldeos” aconseja bien a su marido Baltasar, en medio de los nobles, en un momento de crisis. Por su parte, Est 1,9 habla de Vasti, reina de Persia, que ofrece un banquete a las mujeres. Ambas, la mujer de Baltasar y la de Asuero, son reinas consortes. Ellas tienen un poder y ejercen una función oficial dentro de la corte, aunque están subordinadas a sus maridos. Nada de eso vemos en la corte de Jerusalén o Samaría, donde la mujer (o favorita) del reino no parece haber tenido autoridad en cuanto consorte del monarca[7].

Sentido religioso. La tradición de Jeremías conserva varios textos donde se dice que los judíos, especialmente las mujeres, hacen tortas, queman incienso y ofrecen libaciones a la Reina del cielo, tanto en Jerusalén como en la diáspora de Egipto (Jer 7, 18; 44, 17.19.25). Todo nos permite suponer que esta reina celeste a quien adoran, rompiendo el monoteísmo estricto de Yahvé es la Gran Diosa que en las tradiciones más antiguas de Israel suele identificarse con Ashera (Athiratu: esposa de El-Ilu) y que más tarde aparece en la figura de Ishtar (Astartu, Astarté: esposa de Ba’lu). Es muy posible que el rechazo israelita de la figura y función de la reina humana esté motivado por la crítica anti-idolátrica de la reina celeste[8].

 Comparación. La reina Ester. Significativamente, la única mujer judía que dentro de la Biblia lleva el nombre de reina es Ester, la esposa, favorita, del rey pagano de Persia. Todo nos permite suponer que su figura pertenece al folclore y a la imaginación religioso-política de un pueblo que ha buscado apasionadamente formas de sobrevivir en un contexto adverso. El mismo nombre Ester/Ishtar alude a la diosa Reina de los cielos que Jeremías había condenado (y que hemos identificado con Ishtar-Astartu). Es muy posible que los judíos de la diáspora babilonia hayan inventado su nombre y figura (convirtiéndola en reina de este mundo, israelita fiel, salvadora de los judíos) para contrarrestar el riesgo de sincretismo religioso que Jeremías combatía; habrían logrado de esa forma lo que más tarde consiguieron los cristianos al interpretar en clave mariana diversas figuras divinas femeninas del mundo mediterráneo. Dentro del relato bíblico, la función de Ester resulta paralela (estructuralmente semejante) a la de Judit, pero ya los mismos nombres indican los caminos diferentes que han seguido estas figuras.

 – Judit era la judía sin más (pues eso significa su nombre), una mujer contraria a todo riesgo de contaminación; por eso aparecía como luchadora, cortando la cabeza del general enemigo y manteniendo la separación del pueblo israelita.

– Por el contrario, Ester es la judía que pacta con el imperio mundial, llegando a casarse con el gran rey Asuero. Pactar o casarse significa aceptar el sistema para transformarlo, poniéndolo al servicio del judaísmo y manteniendo así la identidad del propio pueblo.

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“¿Cómo vivir la Navidad?”. Domingo 4º de Adviento. Ciclo C.

domingo, 22 de diciembre de 2024
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Del blog El Evangelio del El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Cuando falta poco para estas fiestas, las lecturas nos ofrecen tres ejemplos excelentes para vivir su sentido y un mensaje de esperanza.

El ejemplo de Isabel: alabanza, asombro, alegría (Lucas 1,39-45)

En aquellos días, María se puso de camino y fue a prisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

Aunque en el relato del evangelio la iniciativa es de María, poniéndose en camino hacia un pueblecito de Judá, los verdaderos protagonistas son Isabel, la única que habla, y Juan, el hijo que lleva en su seno. Es este el primero en reaccionar, antes que su madre. En cuanto oye el saludo de María (Lucas no cuenta qué palabras usó para saludar) da un salto en el seno de Isabel. Esta, llena de Espíritu Santo, expresa los sentimientos que debe tener cualquier cristiano ante la presencia de Jesús y María.

Alabanza (“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!). El Antiguo Testamento recoge la alabanza de algunas mujeres, pero por motivos muy distintos. Yael es proclamada “bendita entre las mujeres por haber asesinado a Sísara, general de los enemigos; Rut, por haber elegido a Booz, a pesar de no ser joven; Abigail, por haber impedido a David que se tomara la justicia por su mano; Judit, por haber matado a Holofernes y liberado a Israel; Sara, la esposa de Tobit, por haber abandonado a sus padres para venir a vivir con la familia de Tobías. ¿Qué ha hecho María para que Isabel la bendiga? El relato de la anunciación lo deja claro: ha aceptado el plan de Dios (“he aquí la esclava del Señor”) y eso la ha convertido en madre de Jesús o, como dirá Isabel, en la madre de mi Señor. Motivo más que suficiente de alabanza.

Asombro (¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?). La forma de expresarse Isabel, tan personal, recuerda lo que escribió san Pablo a los Gálatas a propósito de la muerte de Jesús: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Se deja en segundo plano el valor universal de la encarnación y de la muerte para destacar lo que significan para mí. La Navidad, celebrada año tras año durante siglos, corre el peligro de convertirse en algo normal. No nos asombramos de esta venida de Jesús a mí, como si fuera la cosa más lógica del mundo. Buen momento para detenernos y asombrarnos.

Alegría (“la criatura saltó de gozo en mi vientre”). Lucas termina por donde empezó: hablando de la reacción de Juan. Pero ahora añade que el salto en el vientre de su madre lo provocó la alegría de escuchar el saludo. Los domingos anteriores han insistido en el tema de estar siempre alegres. Lo específico de este evangelio es que la alegría la provoca la presencia de María y de Jesús.

Estos tres sentimientos los inspira, según Lucas, el Espíritu Santo; ya que generalmente no lo tenemos tan presente como debiéramos, es este un buen momento para pedirle que los infunda también en nosotros.

El ejemplo de María: fe

            Las palabras de Isabel, que comienzan con una alabanza de María y de Jesús, terminan con otra alabanza de María: ¡Dichosa tú que has creído! Y esto debe hacernos pensar en la grandeza del misterio que celebramos. No es algo que se pueda entender con argumentos filosóficos ni demostrar científicamente. Es un misterio que exige fe. Para muchos, como decía el cardenal Newman, la fe es la capacidad de soportar dudas. Para María es fuente de felicidad. Lo será siempre, a pesar de las terribles pruebas por las que debió pasar. En ese camino misterioso de la fe, ella se nos ofrece como modelo.

El ejemplo de Jesús: cumplir la voluntad de Dios (Hebreos 10,5-10)

Hermanos:

Cuando Cristo entró en el mundo dijo: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni victimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: ‘Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.”

Primero dice: “No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias”, que se ofrecen según la Ley. Después añade: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.” Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

En la mentalidad del pueblo, y de gran parte del clero de Israel, lo más importante en la relación con Dios era ofrecerle sacrificios de animales y ofrendas. En el fondo latía la idea de que Dios necesita alimentarse como los hombres. Los profetas, y también algunos salmistas, llevaron a cabo una dura crítica a esta mentalidad: lo que Dios quiere no es que le ofrezcan un buey o un cordero, sino que se cumpla su voluntad. Esta idea la recoge el autor de la Carta a los Hebreos y la pone en boca de Jesús (Aquí estoy para hacer tu voluntad), completándola con otra idea: los sacrificios de animales no tenían gran valor, había que repetirlos continuamente. En cambio, cuando Jesús se ofrece a sí mismo, su sacrificio es de tal valor que no necesita repetirse. Los sacrificios de animales pretendían establecer la relación con Dios, sin conseguirlo plenamente. El sacrificio de Jesús establece esa relación plena al santificarnos.

            Al mismo tiempo, el ejemplo de Jesús nos enseña a poner el cumplimiento de la voluntad de Dios por encima de todo, de acuerdo con lo que repetimos a menudo: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Un anuncio (Miqueas 5,1-4)

Así dice el Señor:

“Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastorea con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz.

Este breve oráculo del libro de Miqueas es famoso porque lo cita el evangelio de Mateo cuando los magos de Oriente preguntan dónde debía nacer el Mesías. El texto se dirige a personas que han vivido la terrible experiencia de la derrota a manos de los babilonios, el incendio de Jerusalén y del templo, la deportación, la desaparición de la dinastía davídica. La culpa, pensaban muchos, había sido de los reyes, los pastores, que no se habían comportado dignamente y habían llevado a cabo una política funesta. En medio del desánimo y el escepticismo, el profeta anuncia la aparición de un nuevo jefe, maravilloso, que extenderá su grandeza hasta los confines del mundo y procurará la paz y la tranquilidad a su pueblo. Pero no será como los monarcas anteriores, será un nuevo David. Por eso no nacerá en Jerusalén, sino en Belén.

Resumen

Lo que relaciona las lecturas de este domingo es la misión de Jesús y los frutos que produce. La de Miqueas anuncia que su misión consistirá en ser jefe (pastor) de Israel, procurándole al pueblo la tranquilidad y la paz. En la Carta a los Hebreos, su misión es cumplir la voluntad del Padre; gracias a eso ha restaurado nuestra relación con Dios, nos ha santificado. En el evangelio, la misión no la lleva a cabo Jesús, sino María; su simple presencia provoca una reacción de alabanza, asombro y alegría en Isabel y Juan.

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22 de Diciembre de 2024. Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo C.

domingo, 22 de diciembre de 2024
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«¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!»

(Lc 1, 39-45)

En esta era de las terapias llama la atención que todavía no se hayan «re-inventado» la de bendecir, y le hayan puesto un nombre en inglés. Aunque tal vez sí la han inventado y todavía no la conocemos… Sea como sea, el arte de bendecir da para muchos cursos, talleres y libros. Además, sus buenos efectos para la salud son constatables desde el principio.

Pero antes de seguir con la bendición echemos un vistazo al evangelio que nos regala este último domingo de adviento. Es un texto muy conocido, nos lo sabemos prácticamente de memoria: la visita de María a su prima Isabel.

María, la mujer bendita de Nazaret, cuando recibe el encargo de ser la madre del Hijo de Dios, con una mezcla de asombro, temor y alegría, lo primero que hace es ponerse en camino, irse a compartir su experiencia con quien sabe que vive algo parecido.

María e Isabel son las dos grandes protagonistas del adviento. Las dos, rodeadas de fragilidad, una por su vejez y la otra por su juventud, no solo esperan, sino que sostienen la espera y hacen realidad la promesa.

Ayer leía en un misal de 1996 un pequeño comentario a lo que es el adviento. Hablaba de tres personajes protagonistas del adviento: el pueblo, Isaías y Juan Bautista. El autor de dicho comentario olvidó por completo a las grandes estrellas: María e Isabel.

Isabel, que con sus años ha aprendido el hermoso arte de bendecir, es lo primero que hace cuando oye llegar a María: “-¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”

El encuentro entre estas dos mujeres nos invita a bendecir, a ponerle voz y palabra a todo lo bueno que descubrimos. No nos engañemos pensando que el encuentro entre María e Isabel tenía solo cosas buenas, las palabras de Isabel podrían haber sido muy diferentes, algo así como: «¡Menudo lío en el que te has metido, María! ¿Cómo vamos a explicarle a la familia, al pueblo y a José que estás embarazada cuando ni siquiera estás casada?»

Lo de bendecir no es solo, ni principalmente, para los momentos idílicos, es más como la medicina que nos ayuda a descubrir el lado luminoso de la realidad. Quien bendice hace eso: señala la luz, lo bueno, y de ella recibe la fuerza y la claridad.

Oración

¡Bendecid! sí, tomando como modelo a Isabel ejercitemos el arte de bendecir.

¡Bendecid! y nuestra vida se llenará de bendición.

¡Bendecid! y la luz le seguirá ganando terreno a las tinieblas.


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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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María está llena de la divinidad y se la comunica a Isabel.

domingo, 22 de diciembre de 2024
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Lc 1.39-45

No existe la más mínima posibilidad de que este texto sea histórico. Es teología narrativa que nos permite ir más allá que cualquier acontecimiento real. Lo importante para nosotros es descubrir el mensaje que el autor ha querido transmitir. Si fueran noticias de un suceso, nos daríamos por enterados y punto. Si son teología, nos obliga a desentrañar la verdad en él que sigue siendo válida. Este texto es uno de los más densos y profundos del evangelista Lucas.

Hemos leído los textos desde una perspectiva equivocada. Ni María sabía que había engendrado al “Hijo de Dios” ni Isabel que llevaba en su seno al Precursor. No tiene ninguna verosimilitud que noventa años después del suceso, alguien se acuerde de una visita a una prima, mucho menos que recuerde las palabras que se dijeron. No digamos nada si imaginamos a María, arrancándose con el Magníficat, recitado palabra por palabra. No, el relato nos está trasmitiendo lo que pensaban los cristianos de finales del siglo primero.

En el texto todo son símbolos. La primera palabra en griego es ‘anastasa’, que significa levantarse, resurgir, que se ha pasado por alto en la traducción oficial. Es el verbo que emplea el mismo Lucas para indicar la resurrección. Significa que María resucita a una nueva vida, y sube a la “montaña”, el ámbito de lo divino. Pensamos que la madre da la vida al hijo. Aquí es el Hijo el que da vida a la madre. Inmediatamente, la madre lleva al que le ha dado esa vida, a los demás, es decir, da a luz al Hijo. Eckhart decía con gran atrevimiento: todos estamos preñados de Dios y la principal tarea de todo cristiano es darle a luz, hacerle visible.

La visita de María a su prima simboliza la visita de Dios a Israel. La subida de Galilea a Judá nos está adelantando la trayectoria de la vida pública de Jesús. También el Arca de la alianza recorrió el mismo camino por orden de David. El relato está calcado del libro de Samuel II que narra el traslado del arca de la ciudad de Baalá al monte Sión. David dijo: ¿Quién soy yo para que me visite el arca de mi Señor? El arca permaneció tres meses en casa de Obededón de Gat. En la llegada del arca hubo saltos de alegría. El Señor llenó de bendiciones a la casa de Obededón. En el recorrido, hubo cantos y anuncios de liberación.

Lo sublime se digna visitar a lo pequeño. El Emmanuel se manifiesta en el signo más sencillo. El AT y el nuevo se encuentran y se aceptan, fuera del marco de la religiosidad oficial. Desde ahora, a Dios lo debemos encontrar en lo cotidiano, en la vida. Jesús, ya desde el vientre de su madre, empieza su misión, llevar a otros la salvación y la alegría. Todo quiere indicar que la verdadera salvación siempre repercutirá en beneficio de los demás; si alguien la descubre, inmediatamente la comunicará. La visita comunica alegría (el Espíritu), también a la criatura que Isabel llevaba en su vientre. Se descubre el empeño por dejar a Juan por debajo de Jesús.

Si leemos con atención, descubriremos que todo el relato se convierte en un gran elogio a María. Y es el mismo Espíritu el que provoca esa alabanza: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” ¿Cuántas veces hemos repetido esta alabanza? “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” “Dichosa tú que has creído”. Creer no significa la aceptación de verdades, sino confianza total en un Dios, que siempre quiere lo mejor para el ser humano. A continuación, María pasa al elogio de Dios con el canto de “el Magníficat”.

Lo que intentan todos los relatos de la infancia de Jesús es presentarlo como una persona de carne y hueso, aunque extraordinaria, ya desde antes de nacer. Cuando afirmamos que esos relatos no son históricos, no queremos decir que Jesús no fue una figura histórica. El NT hace siempre referencia a una historia humana concreta, a una experiencia humana única. Sin esa referencia al hombre Jesús, el evangelio carecería de todo fundamento. Ahora bien, el lenguaje que emplea cada uno de los evangelistas es muy distinto. Basta comparar los relatos de Mateo y Lucas con el prólogo de Juan, para darnos cuenta de la abismal diferencia.

La novedad que se manifiesta en María no elimina ni desprecia la tradición, si no que la integra y transforma. El relato está haciendo constantes referencias al AT. En ningún orden de la vida, debemos vivir volcados hacia el pasado porque impediríamos el progreso. Pero nunca podremos construir el futuro destruyendo nuestro pasado. El árbol no crece si se cortan las raíces. Lo nuevo, si no integra y perfecciona lo antiguo, nunca prosperará.

A la vivencia de Jesús, hace referencia la carta de Pablo. Jesús no es un extraterrestre, sino un ser humano como nosotros, que supo responder a las exigencias más profundas de su ser. La clave está en esa frase: «Aquí estoy para hacer tu voluntad.» No se trata de ofrecer a Dios “dones” o “sacrificios”. Se trata de darnos a nosotros mismos. Esa actitud es propia de una persona volcada sobre lo divino que hay en ella. Pablo contrapone la encarnación al culto. Dios no acepta holocaustos ni víctimas expiatorias. Solo haciendo su voluntad, damos verdadero culto a Dios. En Juan, dice Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”.

Los primeros cristianos no llegaron a la conclusión de que Jesús era Hijo de Dios porque descubrieron en Él la “naturaleza” de Dios, sino porque descubrieron que Jesús cumplió su voluntad. Hacía presente a Dios en lo que era y en lo que hacía. Para el pensamiento semítico, ser hijo no era principalmente haber sido engendrado sino el reflejar lo que era el padre, cumplir su voluntad, imitarle. Esa fidelidad al ser del padre convertía a alguien en verdadero hijo. Descubrir esto en Jesús los llevó a considerarlo, sin duda alguna, Hijo de Dios.

Esa voluntad no la descubrió Jesús porque tuviera hilo directo con Dios fuera. Como cualquier mortal, tuvo que ir descubriendo lo que Dios esperaba de él. Siempre atento, no solo a las intuiciones internas, sino también a los acontecimien­tos y situaciones de la vida, fue adquiriendo ese conocimiento de lo que Dios era para él, y de lo que él era para Dios. ‘La voluntad de Dios’ no es algo venido de fuera y añadido. Es nuestro ser en cuanto proyecto y posibilidad de alcanzar su plenitud. De ahí que, ser fiel a Dios, es ser fiel a sí mismo.

En todas las épocas y todos los seres humanos han intentado hacer la voluntad de Dios, pero era siempre con la intención de que el “Poderoso” hiciera después la voluntad del ser humano. Era la actitud del esclavo que hace lo que su dueño le manda, porque es la única manera de sobrevivir. Es una pena que, después del ejemplo que nos dio Jesús, los cristianos sigamos haciendo lo mismo de siempre, intentar comprar la voluntad de Dios a cambio de nuestro servilismo. En esa dirección van todas nuestras oraciones, los sacrifi­cios, las promesas, votos.

Salvación y voluntad de Dios son la misma realidad. Jesús, como ser humano, tuvo que salvarse. Para nuestra manera de entender la encarnación, esta idea resulta desconcertante. Creemos que salvarse consiste en librarse de algo negativo. La salvación de Dios no consiste en quitar sino en poner plenitud. En todo ser humano está ya la plenitud como un proyecto que tiene que ir desarrollando. Jesús llevó ese proyecto al límite. Por eso es el Hijo.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La Fe

domingo, 22 de diciembre de 2024
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hqdefaultLc 1, 39-45

«Dichosa tú porque has creído»

Es posible que la posesión más valiosa de un ser humano sea la fe, por encima de la sabiduría, la riqueza o el prestigio; y lo es, porque nos invita a pensar que no somos unos pobres animales arrojados al mundo sin referencias y sin más perspectiva que la muerte, sino que la vida tiene sentido y que nuestro destino es Vivir.

En el caso de los cristianos la fe tiene una doble vertiente. Por una parte podemos “creer en Jesús”, es decir, creer que su vida y su mensaje no pueden entenderse como simple fruto de una persona excepcional, sino que son obra del Espíritu de Dios que soplaba en él como un huracán. Pero esta fe, si no afecta a nuestra forma de vivir, puede resultar estéril y no llenar nuestra vida.

Por eso es también necesario “creerle a Jesús”; fiarse de él como nos fiamos de nuestro médico cuando nos ponemos en sus manos para que nos abra en canal. Me explico:

El mundo me dice que seré feliz si soy rico, si tengo poder o prestigio social, si no me dejo avasallar, si soy más listo que los demás para los negocios, si voy de diversión en diversión, si no me meto en líos, si no me insultan ni me persiguen… Jesús, en cambio, me propone un código de felicidad radicalmente distinto e inverosímil: “¿Quieres ser feliz…? –nos dice–, pues confórmate con poco, comparte lo que tienes con los que no tienen, aprende a sufrir, di siempre la verdad, no seas violento, trabaja para que prevalezca la justicia, no trates de aprovecharte de nadie, hazte el servidor de todos… y no te preocupes si te insultan y te persiguen por todo ello, pues a la larga serás mucho más dichoso”.

¿Creo en él? ¿Le creo a él? ¿Me fío de él? ¿Estoy dispuesto a vivir compartiendo, perdonando, sembrando la paz, trabajando por la justicia, actuando siempre con sinceridad y sin temor al sufrimiento? ¿Me la juego apostando a unos criterios de locos; viviendo de acuerdo a unos valores tan estrafalarios como poco evidentes?…

Decir que sí, que me la juego, que cambio de vida, es tener fe en Jesús; lo demás será otra cosa. Creeré en Jesús si es él quien manda en mis criterios y mis valores; si es él quien da sentido a mi vida; si creo que sus criterios pueden salvar el mundo del desastre y me comprometo con la tarea de hacerlo. Porque la fe no es un privilegio otorgado a unos y vedado a otros, sino el compromiso firme con un modo de vida cuya meta es la fraternidad entre todos los hombres y mujeres del mundo…

«Dichosa tú porque has creído».

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Isabel, profeta del Espíritu.

domingo, 22 de diciembre de 2024
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James B. Janknegt, "The Visitation," 2008. Oil on canvas, 36 x 24 in. Source: http://www.bcartfarm.com/visitation.html

James B. Janknegt, “The Visitation,”

Varias peculiaridades caracterizan a un profeta de Dios, pero entre las más importes está la de estar inundada por el Espíritu y hablar en su nombre. Esto dice el texto de Lucas 1,39-45 acerca de Isabel: “Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó…”. Son exactamente las características definitivas del profetismo: levantar la voz y hablar inundada por el Espíritu.  A ello se suman como características propias la interpretación del presente y el anuncio del futuro. Isabel anuncia el presente de “la madre de mi Señor”, es decir, exclama que el hijo de María es el Señor. Y anuncia el futuro: “lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Las promesas se cumplen. Y eso las llena de alegría.

La palabra profética además no es dada para quedarse en la intimidad o en el interior de una casa. Podríamos caer en el error de pensar que estas palabras fueron dichas para el espacio doméstico ya que se narran dichas por mujeres en el entorno de la casa de Isabel. Pero, aun con estas características, estas palabras forman parte de los evangelios, del anuncio de la buena noticia, y por ello se expanden a todos los que creen. Además, en el catolicismo ocupan un lugar privilegiado ya que son los enunciados que forman la oración del avemaría. Es decir, las palabras proféticas de Isabel narradas por Lucas, forman parte de la “Palabra de Dios” y de la oración popular católica más extendida.

En Isabel encuentran su momento culminante las palabras proféticas del Antiguo Testamento. Estas anunciaban la alianza de Dios con su pueblo y la espera del salvador. Las palabras de Isabel marcan la realización en el presente de las promesas de Dios: en el seno de una familia, en la bendición de las primas (ella misma y María), en el gozo de los niños que llevan (Juan y Jesús): Dios habita en medio nuestro.

Isabel, mujer llena del Espíritu, es una profeta de la alegría y del encuentro, de la esperanza, de la bendición y de las bienaventuranzas y, sobre todo, de la constatación que Dios anuncia lo que va a realizar y que su Palabra siempre se cumple.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

Fuente imagen tomada de: James B. Janknegt, «The Visitation,» 2008. Oil on canvas, 36 x 24 in. Source: http://www.bcartfarm.com/visitation.html

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Despertar la alegría

domingo, 22 de diciembre de 2024
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53667725Domingo IV de Adviento

22 diciembre 2024

Lc 1, 39-45

La alegría es signo de vida liberada y entregada. Cuando la planta está bien nutrida y no encuentra obstáculos en su crecimiento, da sus flores de manera natural, desapropiada y gratuitamente. De la misma manera, la persona que vive anclada en la comprensión de lo que somos vive y contagia alegría.

Probablemente, pocas cosas resulten tan gratificantes como vivir junto a una persona alegre, y pocas actitudes tan valiosas como aquella de despertar la alegría en los demás.

Cuando es genuina, la alegría es inseparable de la humildad, por lo que se hace tanto más presente cuanto más el ego se quita de en medio. La “alegría” del ego es -valga la redundancia- egocentrada. Lleva la marca de la impermanencia y de la inestabilidad, ya que fluctúa en razón de que se cumplan o no las propias expectativas egoicas. Y lleva igualmente la marca de la separatividad: lo que importa es “mi” alegría.

La alegría genuina, por el contrario, permanece como un fondo sereno que permanece aun en medio de “oleajes” de distintos tipos. No hay apropiación, porque no se ve como una cualidad que tuviera el yo, sino que se percibe como un estado de ser que lo sostiene. Eso explica igualmente que la alegría vaya de la mano de la humildad.

No es difícil observar que las personas que despiertan y contagian alegría no se mueven por la voluntad de conseguir esos resultados. Sencillamente, viven sostenidas por la alegría y la humildad. Es precisamente ese modo de vivir el que se transparenta y se contagia.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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