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Yo no condeno

domingo, 7 de abril de 2019
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88A8920D-52A7-40C9-BFCE-F41DBAB61B06Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. el evangelio: buena noticia.

         Al comienzo de la entrevista que J Èvole le hacía el pasado domingo al papa Francisco, éste, el papa decía: leed el evangelio.

         Leamos, pues, el evangelio que en el texto de hoy nos ofrece qué actitud tiene Jesús y el Dios de Jesús para con el pecador: Yo no condeno.

         Jesús no es doctrina, Él mismo es el evangelio:

+ (Los ministros y maestros del cristianismo) no os llamamos al cristianismo, sino más bien al Nuevo Ser, a JesuCristo … Cuando oigáis la llamada de Jesús, olvidad todas las doctrinas cristianas, olvidad vuestras propias convicciones y vuestras dudas particulares.[1]

  1. el poder de la ley –escribas y fariseos- contra Jesús

         El poder de la ley, escribas y fariseos, a por quien van no es tanto contra aquella mujer adúltera, sino contra Jesús. La mujer adúltera es una excusa para cargar contra Jesús: hombre libre y bondadoso.

  1. la lapidación.

         Según el AT el adulterio estaba condenado con la pena de muerte: la lapidación.

         La lapidación como el pelotón de fusilamiento son una forma de asesinato colectivo, ¿anónimo? Nadie es responsable, si bien todos somos responsables. Nos escondemos en la masa

+       Todos somos solidarios en el mal, en grado y modos diversos pero todos participamos en el pecado social: todos somos responsables de los que se ahogan en las pateras, desahucios, hambre en el mundo… Nos diluimos en la masa, en el pelotón de ejecución, en tirar “anónimamente” nuestra piedra.

  1. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Hace unos días recordaba el papa Francisco aquello que decía S Agustín del encuentro entre Jesús y la mujer adúltera: se quedaron solos Jesús y la mujer adúltera: la miseria y la misericordia.

¿Tengo experiencia de haberme quedado a solas en el fondo de mi ser con mis miserias con la Misericordia (Jesús)? Es una experiencia íntima honda y salvífica,

+       Jesús no se asusta ni se escandaliza de nuestro pecado. Esta mujer es pecadora. Pero al final, desde JesuCristo en el fondo de todo pecado y de todo mal, también en el fondo del adulterio y de la pederastia está el perdón y la misericordia, no el “chismorreo” (Francisco), ni los medios de comunicación.

+       Jesús no es un juez, ni fiscal. La sentencia cristiana al pecado es el perdón. El estilo cristiano no es “el que la hace, la paga”, “ni olvido ni perdono”.

+       Podría servir para un rato de oración las miradas de Jesús a la samaritana, a Magdalena, al Hijo pródigo, a Zaqueo, al joven rico, a la mujer adúltera, a Judas, a Pedro tras las negaciones, a María al pie de la cruz, al Discípulo Amado.

Jesús nos mira también a nosotros.

+       También yo tengo mi pecado en la vida. ¿Cuántos años tengo? Aquellos escribas y fariseos se fueron marchando comenzando por los más viejos (presbíteros).

+       Acusar, denunciar, delatar, condenar, chivatear no es una cualidad muy cristiana precisamente, ni tan siquiera humana. Lo cristiano y lo humano va más por la discreción, por el no ser un chismoso, el no airear cuestiones, defectos, pecados.

Algo de todo eso es el pudor: saber declinar discretamente la mirada y la palabra ante un pecado, ante una situación oscura, turbia, ante una enfermedad, etc.

+       Además, ¿qué sabemos nosotros de la vida, de los recorridos y sufrimientos de una persona, de una familia? ¿Quiénes somos para hablar, ni juzgar a nadie? Harto tenemos con mirarnos a nosotros mismos y pedir perdón por “lo nuestro”.

  1. Mujer. ¿Dónde están?

         Jesús llama a la adúltera: mujer. Es como Jesús llama a su madre en las bodas de Caná (Jn 2,4) y al pie de la cruz: Mujer, ahí tienes a tu hijo (Jn 19,26). Igualmente llama mujer a la samaritana, (Jn 4,21), y a Magdalena, (Jn 20,15).

Mujer es el nombre auténtico: fuente de la vida, madre de los vivientes.

+       En algún sentido podemos ser infieles, adúlteros, como esta mujer. Infidelidades hay muchas y de diversos tonos.

         ¿Vivo con la humildad de la adúltera o tengo siempre preparada la piedra para tirarla contra todo el que se pmga delante?

  1. Yo no te condeno.

         Jesús pronuncia su sentencia: yo no te condeno.

+       Dios sufre con nuestro mal. Dios no es un juez neutral. Quien peor lo pasa con nuestros fracasos es Dios.

+       Dios nos perdona y por eso nos arrepentimos (y no al revés). El perdón no es una conquista mía, sino un don de Dios. Cuando experimentamos el amor y el perdón de Dios, sentimos una crisis en nuestro interior, una agradecida “gozosa tristeza”.

+       ¿Qué sintieron aquella mujer, el rey David, el buen ladrón, Zaqueo, el hijo pródigo, el publicano?

+       El “vete” y no peques más tiene su sede no en mis fuerzas y voluntarismos, sino en la experiencia de la no condenación y del perdón.

+       Acoger el perdón con gozo, es el camino para que nosotros también perdonemos. Posiblemente cuando experimentamos el gozo del perdón, podremos perdonar.

JesuCristo no condena a nadie

[1] P. Tillich, Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 160.

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«Monárquicos sin fronteras «, por Dolores Aleixandre

martes, 2 de abril de 2019
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amparojuandejuanes1523-1579-eccehomomuseodelprado-3De su blog Un grano de mostaza:

 Cuántas horas de lectura pura y dura de Evangelio nos hacen falta para curarnos de nuestros delirios de realeza

Tú eres el rey de Israel”  proclamó Natanael a espetaperro nada más conocer a Jesús: otro más que se apuntaba al colectivo “monárquicos sin fronteras” que puebla la Biblia y continúa activo en la liturgia. Da lo mismo que el imaginario profético sea tan rico, provocativo y novedoso: donde esté la imagen de rey, que se retiren  todas  las demás. Da lo mismo que el propio Jesús pusiera pies en polvorosa en cuanto querían endosarle el título. Da lo mismo que su corona fuera de espinas, su cetro de caña y su manto, un pingo  color  púrpura. Da lo mismo que la última burla de sus enemigos  fuera precisamente aquel letrero en su cruz.

¿Qué el texto de Mateo habla de  magos?  No importa,  ya nos encargamos nosotros de ascenderles  a reyes e inventarles un séquito de pajes, escuderos y abanderados.  ¿Que hay que hacer memoria de aquella cena en la que uno lavó lo pies de los otros? Vale, pero con jarra de plata y jofaina de porcelana de Limoges. ¿Qué el pan y el vino resultan demasiado corrientes? No pasa nada: el oro de los vasos sagrados y el humo del incienso se encargan de cubrir su normalidad. Cantemos el Gloria, pero que el orden de la invocación sea la adecuada: Rey celestial lo primero y  Padre después, añadiendo en seguida todopoderoso no sea que suene a  demasiado humano.

En caso de atenerse a nuestras fantasías, a María  no le quedaría tiempo para caminar junto a nosotros porque la reclamarían sus deberes de Celestial Princesa y de Reina de tantísima gente como proclaman las letanías. En todo caso, qué raras sus ideas sobre la monarquía: se pone a cantar  contentísima  a un  Dios poco interesado por los tronos y simpatizando claramente con plebeyos y gentuzas varias.  Qué disconforme con su trayectoria vital nuestra afición por coronarla una y otra vez, cuando lo que  a ella de verdad le salió bien fue educar a aquel hijo adicto al último lugar.

         Cuántas horas de lectura pura y dura de Evangelio nos hacen falta para curarnos de nuestros delirios de realeza.

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“Con los brazos siempre abiertos”. 4 Cuaresma – C (Lucas 15,1-3.11-32)

domingo, 31 de marzo de 2019
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hijo prodigoPara no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.

Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado «reprimida» en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía «la parábola del hijo pródigo», pero nunca la han escuchado en su corazón.

El verdadero protagonista de esta parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida: estaba perdido y lo hemos encontrado». Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.

A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.

El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre «lo vio» venir hambriento y humillado, y «se conmovió» hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.

Enseguida «echa a correr». No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. «Se le echó al cuello y se puso a besarlo». Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.

El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Solo Dios acoge y protege así a los pecadores.

El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.

Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que el Misterio último de la vida es Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.

José Antonio Pagola

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“Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”. Domingo 31 de marzo de 2019. 4º de Cuaresma

domingo, 31 de marzo de 2019
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20-cuaresmaC4 cerezoLeído en Koinonia:

Josué 5, 9a. 10-12: El pueblo de Dios celebra la Pascua, después de entrar en la tierra prometida.
Salmo responsorial: 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
2Corintios 5, 17-21: Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo.
Lucas 15, 1-3. 11-32: Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.

Análisis

La primera lectura, del libro de Josué, nos presenta un elemento fundamental para la liturgia, que es la celebración de la Pascua en el desierto. El texto presenta una serie de elementos que pueden discutirse desde una perspectiva “histórica”: el nombre Guilgal seguramente no se remite a lo que dice aquí el texto sino a un “círculo” de piedras que puede haber dado origen a un sitio que hoy no conocemos con seguridad (hay diferentes locaciones posibles). Pero no es esto lo importante, sino que algo importante ha terminado. Esto es presentado como “el oprobio” de Egipto. Dado que el término oprobio se usa en Gn 34,17 para hablar de la circuncisión se ha pensado en que se refiere a haber estado bajo el dominio de “incircuncisos”. Esto ha sido cuestionado porque los egipcios se sometían a la circuncisión, pero no es a la “sola circuncisión” que debemos referirnos, no se ha de olvidar que esta es signo de la alianza de Dios con su pueblo (Gn 17,2.11) y ciertamente los egipcios no participan de esta alianza. Por otra parte, el v.9 pertenece de hecho a la unidad anterior (5,1-9) donde la circuncisión es el tema fundamental. Haber estado dominados por un pueblo “incircunciso” constituye un verdadero oprobio, pero el fin del éxodo (que de eso se trata esta unidad) marca también el fin de esta etapa.

No interesa, en este comentario, la parte histórica de notar que todavía no se han unido en la fiesta pascual la comida del cordero y la comida de los panes sin levadura., Esto parece haber ocurrido en tiempos de Josías (622 a.e.c.; 2Re 23,21-23: ¿Josué = Josías?), lo importante es que la celebración no sólo marca la culminación de un período sino el comienzo de uno nuevo, y este período está marcado por la memoria de los acontecimientos salvadores de Dios en el éxodo y el desierto. Es interesante notar la importancia que da esta unidad a los tiempos: “catorce del mes”, “día siguiente”, “ese mismo día”, “al día siguiente”, “aquel año”, un tiempo nuevo ha comenzado, y la celebración de la pascua es signo de ello.

Sabemos el lugar central que da el evangelio de Lucas a la “misericordia”. No vamos a desarrollar un comentario a toda la parábola sino a detenernos en lo fundamental. El movimiento de la parábola es sencillo: presentación de los personajes (vv.11-12), actitud del hijo menor (vv.13-20a), actitud del padre frente al hijo perdido (vv.20b-24), actitud del hijo mayor frente al hijo perdido (vv.25-32). Como se ve, las tres primeras escenas son paralelas a las actitudes del pastor y la mujer ante el objeto perdido, la novedad viene dada por la actitud del hijo mayor. Ciertamente este refleja la actitud de los fariseos y escribas ante los pecadores. No deja de ser interesante el lenguaje de la comida en la parábola, lo que nos recuerda el contexto: “hubo hambre” (v.14), deseaba comer las algarrobas (v.16), los jornaleros del padre “tiene pan en abundancia” (v.17), el padre manda “matar el novillo engordado, comamos y celebremos una fiesta” (v.23), “nunca me diste un cabrito para una fiesta con mis amigos” se queja el mayor (v.29) y aclara “ese hijo tuyo que devoró tus bienes con prostitutas” (v.30); además, en vv.23.24.29.32 utiliza eufrainô que como vimos es festejar en un banquete…

Como se ve, el contraste es entre dos personajes con respecto a una misma situación: el hijo/hermano menor. Como otras parábolas de dos personajes, quizá el título debería reflejar estas dos actitudes más que remitir al “hijo pródigo”.

Por una parte, se ocupa de mostrar qué bajo cayó el hijo menor con una serie de elementos muy críticos para cualquier judío: “país lejano”, “vida libertina/prostitutas”, “pasar necesidad”, “cuidar cerdos”, no le dan ni siquiera algarrobas, que es comida preferentemente de animales (¿las debe robar?), hasta el punto que pretende volver “a su padre” como un asalariado. Hay que prestar atención a palabras como “no merezco” (vv.19.21) y “es bueno/conviene” (v.32), a las que volveremos. Descubriendo su miseria el hijo parte “hacia su padre” (no dice a su casa, aunque se supone “pros”; vv.18.20), el hijo mayor es quien no entra “en la casa” (v.25). El movimiento de partida y regreso del hijo es semejante al perder-encontrar, y más aún a la muerte-resurrección (con este paralelismo termina la intervención del padre y vuelve a repetirse al intervenir el hijo mayor).

El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra las costumbres orientales- “corre” al encuentro del hijo al que ve de lejos, sino que le devuelve la filiación que había “perdido”: eso significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además, en la fiesta por “este hijo mío”.

El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de hijo no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta. Nuevamente el padre sale al encuentro de un hijo y debe escuchar los reproches. El mayor se niega a reconocerlo como hermano (“ese hijo tuyo”) cosa que el padre le recuerda (“tu hermano”). El padre no le niega razón a que el hijo mayor “jamás desobedeció una orden”, es un “siempre fiel”, uno que “está siempre con el padre” y todo lo suyo le pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la dinámica de la justicia: el menor “no merece”, pero “es bueno” festejar. La misericordia supone un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen, pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos, mira al caído. Los fariseos y escribas son modelos de grupos “siempre fieles”, pero su negativa a recibir a los hermanos que estaban muertos y vuelven a la vida los puede dejar fuera de la casa y de la fiesta. Los mayores también pueden irse de la casa si no imitan la actitud del padre, o pueden ingresar y festejar si son capaces de recibir a los pecadores y comer con ellos.

Comentario

En nuestra vida cristiana solemos movernos con caricaturas de Dios; sea por lo que creemos, por lo que mostramos, o por lo que nos enseñaron. Sea un Dios bonachón, un cascarrabias eterno que espera nuestra equivocación para quebrarnos, un distraído y olvidado de las cosas de los humanos a los que creó “hace tanto tiempo”, un “padre” autoritario y caprichoso que decide arbitrariamente y no permite discusiones en la realización de su voluntad… ¿Cómo es nuestro Dios?

Es importante saber cómo es el Dios en el que creemos, pero más importante es saber cómo es el Dios en el que creyó Jesús, cómo es el Dios que Él nos reveló. Como siempre, Jesús nos hablaba de Dios no sólo con palabras, sino también con lo que hacía. Haciendo, Jesús nos mostraba al Padre Dios, ¡al verdadero! Hoy Jesús nos cuenta una parábola, una parábola que nos habla de Dios, pero una parábola que nace de una actitud de Jesús, y él nos dice que frente a los hermanos despreciados, podemos obrar de dos maneras diferentes, como Dios -que es también como obra Jesús- o también como los judíos religiosos, los “separados” del resto, los puros.

El pecado es el no-amor-dado, y el amor no-dado, y por eso nos aleja de Dios, que es amor; nos separa de su casa paterna. Pero con su amor, que se sigue derramando, y de un modo preferencial por los pecadores, Dios sigue tendiendo constantemente su mano amiga, a la espera de la vuelta de sus hijos. Nosotros, en una frecuente caricatura de Dios, solemos rechazar, juzgar y condenar a los que creemos pecadores. Nosotros, al igual que Jesús, también mostramos con nuestras actitudes al Dios en el que creemos; pero, a diferencia de Jesús, mostramos un Dios que en nada se asemeja al Eterno Buscador de Hijos Perdidos.

El Jesús que ama y prefiere a los pecadores, y come con ellos, no hace otra cosa que conocer la voluntad del Padre y realizarla concretamente, sus mesas compartidas y sus comidas nos hablan de Dios, ¡claramente! En el comportamiento de Jesús se manifiesta el comportamiento de Dios, Jesús mismo es parábola viviente de Dios: su acción es entonces una revelación. ¿Qué Dios, qué Iglesia, qué ser humano revelamos con nuestra vida? Con frecuencia, como hermanos mayores estamos tan orgullosos de no haber abandonado la casa del padre, que creemos saber más que Él mismo: “Dios es injusto”, para nuestras justicias; Dios es “de poco carácter” para nuestra inmensa sabiduría. Quizá, Dios ya esté viejo, para dedicarse a su tarea y debería jubilarse y dejarnos a nosotros…

Frente a tanta gente que rechaza la Iglesia (“creo en Dios, no en la Iglesia”), a veces decimos “pero Dios sí quiere la Iglesia”. ¿No debemos preguntarnos constantemente qué Iglesia es la que Él quiere? ¿No debemos preguntarnos, en nuestras actitudes, qué Iglesia mostramos? Esta Iglesia, la que yo-nosotros mostramos, ¿es como Dios la quiere? Jesús, con su vida, y hasta con sus comidas, muestra el rostro verdadero de Dios, muestra la comunidad de mesa en la que él participa; hasta comiendo Él revela al verdadero Dios. Quizá debamos, de una vez, dejar nuestra actitud de hijo mayor, y ya que nos sale tan mal el papel de Dios, debamos asumir el papel de hijo menor; debemos volver a Dios para llenarlo de alegría, para participar de su fiesta; y, participando de su alegría, empecemos a mostrar el rostro de la misericordia de este Dios de puertas abiertas.

La misma cena eucarística es expresión de la universalidad del amor de Dios: es comida para el perdón de los pecados. El Dios de la misericordia, no quiere excluir a nadie de su mesa; es más, quiere invitar especialmente a todos aquellos que son excluidos de las mesas de los hombres por su situación social, por su pobreza, por su sexo o por cualquier otro motivo; y va más allá, no ve con buenos ojos que crean participar de su cena quienes no esperan a sus hermanos excluidos de la mesa por ser pobres. El Dios que no hace distinción de personas, ama dilectamente a los menos amados. Sin embargo, muchas veces tomamos la actitud del hermano mayor. ¿Cuándo nos sentaremos en la mesa de los pobres, y abandonaremos nuestra tradicional postura soberbia y sectaria de “buenos cristianos”? ¿Cuándo nos decidiremos a participar de la fiesta de Dios reconociéndonos hermanos de los rechazados y despreciados? Jesús nos invita a su comida, una comida en la que mostramos -como en una parábola- cómo es el Dios, como es la fraternidad en la que creemos. Y nos mostraremos cómo somos hermanos, cómo somos hijos en la medida de participar de la alegría del padre y del reencuentro de los hermanos. Leer más…

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31.3.19. Un hombre tenía dos hijos… el problema son los hermanos

domingo, 31 de marzo de 2019
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70c343d09b9bd40bdcced549fdf99e33Del blog de Xabier Pikaza:

Mi hermano musulmán, mi hermano extranjero, mi hermano delincuente

 Fácil es tener dos hijos, eso lo puede “hacer” casi cualquiera… Lo difícil es lograr que ellos se quieran, y eso es algo que quizá, vistas las cosas que pasan en el mundo, sólo pueda conseguirlo el Dios de Cristo.

Un hombre tenía dos hijos…Así comienza la Biblia, contando la historia de Caín y Abel (Gen 4), hermanos querido y enfrentados, de tal forma que uno terminó matando al otros. De esa manera comienzan casi todos los “mitos” o relatos de la historia humana, como han puesto de relieve antropólogos y pensadores, de Kant a Hegel, de Marx a Freud y R. Girard.

Esta es nuestra historia: Somos hermanos, como nos decía la Revolución Francesa (igualdad, libertad, fraternidad…), pero nos seguimos enfrentando, no somos iguales y libres. Y así estamos enfrentados:

 blancos con negros, indígenas con emigrantes, autóctonos con invasores, ricos con pobres, nacionales con extranjeros… hombres con mujeres. Somos lo más querido, hermanos, y sin embargo nos queremos a muerte.

Imágenes:

1-2- Hijo pródigo, cuadros de Rembrandt y Murillo (fijarse en los dos hermanos), y 3-4. Caín y Abel, los dos hermanos: Panel de la Catedral de Salerno (siglo XI, de autor desconocido) y de la puerta del  baptisterio de Florencia (siglo XV, de L. Ghiberti)

Un hombre tenía dos hijos, es decir, había dos hermanos con un padre

50557964eefef016b19ddbd6023e2e9eAsí comienza esta parábola, una de las parábolas más importantes de la historia de la humanidad, atribuida a Jesús (aunque ha podido ser creada por uno de sus seguidores, para condensar precisamente el sentido de su vida y mensaje). Ha sido leída, escuchada, meditada, contemplada y vivida por millones de cristianos, aunque en general desde una perspectiva algo estrecha, fijándose sólo en la relación entre el hijo pródigo y el padre, cuando los personajes de la parábola son tres (un padre, un hijo pródigo, un hijo cumplidor…), y las relaciones que se establecen entre ellos son también tres:

  1. Es sin duda importante la relación del padre con el pródigo, en línea de “pecado” del pródigo, arrepentimiento (se supone) y perdón del padre misericordioso.
  1. Pero es quizá más importante en la parábola la relación del padre con el hijo “cumplidor”, que no acepta la vuelta del pródigo y no le quiere ver en casa, sin que, al parecer, el padre logre convencerle de que se reconcilie con su hermano.
  1. Y finalmente la relación más importante, el centro de la parábola, es la que puede y debe establecerse entre los dos hermanos, y no tanto desde la perspectiva del pródigo,sino del cumplidor.

Un caso de hermana

  He comentado cien veces esta parábola en cursos, cursillos y clases, pero no sé si he logrado convencer a alguien de su verdad (y no sé si estoy convencido yo mismo). Pero tenía yo una amiga profesora de clásicas, con la que mantuve amistad durante más de treinta años, fallecida ya, una gran cristiana.

Pues bien, ella tenía un hermano “pródigo” en el mal sentido de la palabra, que había gastado gran parte de la fortuna de la casa, y que quería volver para gastar el resto… con grandes gestos de arrepentimiento… Y mi amiga tuvo que acudir al juez, y el juez dictó sentencia prohibiendo al hermano volver, bajo pena de cárcel, a la casa de su padre.

Mi amiga profesora me decía, una y otra vez: Yo no puedo recibirle en la casa, para que nos robe y engañe de nuevo… Sé que quizá está mal, se lo pregunto a Jesús, y Jesús me dice que le quiera… Pero no puedo recibirle en casa. Estoy segura de que, cuando contó esta parábola, Jesús no tenía un hermano como éste… Y además, él habla del padre, y no de los hermanos…

Me han dicho que ha muerto al fin la hermana profesoras, y ha muerto el hermano mal‒pródigo, ladrón de la casa de su padre… Y en la nueva vida de la resurrección Jesús les habrá contado de nuevo, quizá de otra manera, esta parábola.

 3        Dejo el caso, vuelvo al tema. Leed por favor la parábola (Lucas 15, 1-3. 11-32) y hablemos de nuevo. O Jesús no entendía nada, o estaba loco, decía mi amiga…  Nadie en el trabajo puede cumplir esta parábola, nadie en la política… y, seguía diciendo mi amiga,  nadie en la Iglesia la cumple: “la predican, pero no la cumplen… La toman como un sentimiento interior de piedad ante Dios, pero no la cumplen como Jesús quería que se cumpliera…”.

La conducta de Jesús

Dejemos a mi amiga (que está sin duda gozando del Dios de la parábola, que a ella le hacía sufrir…), vengamos al contexto:

  1. Hermanos pródigos: Por un lado estaba Jesús, que aceptaba en su grupo a los pródigos… A los enfermos y marginados, a los débiles, expulsados, oprimidos, a los publicanos, pecadores, prostitutas, a los leprosos y quizá los poseídos por espíritus diabólicos. A todos acogía en su grupo, a buenos y malos, rompiendo de esa forma el buen orden del sistema social y religioso de su tiempo.
  1. Hermanos cumplidores: Por otro lado estaban los fariseos y escribas, con los sacerdotes, es decir, los defensores del orden establecido. Ellos eran los limpios, los “legales”, los cumplidores de la constitución de Israel, los amigos oficiales de  Dios, jueces y guías de los hombres y mujeres, aquellos que «sostienen» el orden  del mundo, con su justicia, con su fuerza.

   Ya lo sé, cualquiera que lea la parábola dirá que las cosas no son tan sencillas, que no puede hablarse sin más de los buenos pródigos y de los malos cumplidores… Además, los cumplidores, los buenos trabajadores, los defensores del orden legal o constitucional son necesarios para que exista derecho en el mundo…

Ya lo sé… Jesús no dijo nunca que lo pródigos, enfermos, pecadores… eran buenos, sino que estaban necesitados, y que es preciso acogerles. Jesús nunca pensó que es malo trabajar, crear un orden de justicia en el mundo… Pero ese orden de justicia pierde todo su sentido si no ayuda a los necesitados, a los expulsados, emigrantes, pródigos de todo tipo

–  Jesús llega al lugar de los expulsados, para ofrecerles comunión en su reino: toca a los leprosos, acoge a las mujeres que la sociedad considera pecadoras/impuras, come con los publicanos, ofrece casa, comida a los marginados; cura a los enfermos para ofrecer a los humanos un signo de Dios, para romper las barreras que dividen y separan a hombres y mujeres, para crear en fe una familia mesiánica en que caben (son hermanos) todos los que acogen la palabra de Dios Padre (cf. Mc 3, 31-35) y están necesitados (Mt 25, 31-46). Leer más…

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Cuatro historias de padres e hijos. Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo C.

domingo, 31 de marzo de 2019
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HIJO-PRÓDIGO5_thumb1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo pasado, a propósito de la conversión, Jesús contaba cómo un viñador intenta salvar a la higuera infructuosa pidiendo un año de plazo al propietario. Nosotros debíamos identificarnos con la higuera y agradecer los esfuerzos del viñador por impedir que nos cortasen. El evangelio de este domingo sigue centrado en la conversión, pero con un enfoque muy distinto: el propietario se convierte en padre, y no tiene una higuera sino dos hijos. Conociendo la historia de la parábola y teniendo en cuenta la lectura de la carta de Pablo podemos hablar de cuatro padres y distintos hijos.

  1. El hijo rebelde y el padre irascible que perdona (Oseas)

            La idea de presentar las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel como las de un padre con su hijo se le ocurrió por vez primera, que sepamos, al profeta Oseas en el siglo VIII a.C. En uno de sus poemas presenta a Dios como un padre totalmente entregado a su hijo: le enseña a andar, lo lleva en brazos, se inclina para darle de comer; pasando de la metáfora a la realidad, cuando era niño lo liberó de la esclavitud de Egipto. Pero la reacción de Israel, el hijo, no es la que cabía esperar: cuanto más lo llama su padre, más se aleja de él; prefiere la compañía de los dioses cananeos, los baales. De acuerdo con la ley, un hijo rebelde, que no respeta a su padre ni a su madre, debe ser juzgado y apedreado. Dios se plantea castigar a su hijo de otro modo: devolviéndolo a Egipto, a la esclavitud. Pero no puede. “¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. No ejecutaré mi condena, no te volveré a destruir, que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador” (Oseas 11,1-9).

            El hijo que presenta Oseas se parece bastante al de la parábola de Lucas: los dos se alejan de su padre, aunque por motivos muy distintos: el de Oseas para practicar cultos paganos, el de Lucas para vivir como un libertino.

         Mayor diferencia hay entre los padres. El de Oseas reacciona dejándose llevar por la indignación y el deseo de castigar, como le ocurriría a la mayoría de los padres. Si no lo hace es “porque soy Dios, y no hombre”, y lo típico de Dios es perdonar. Lucas no dice qué siente el padre cuando el hijo le comunica que ha decidido irse de casa y le pide su parte de la herencia; se la da sin poner objeción, ni siquiera le dirige un discurso lleno de buenos consejos.

  1. El hijo arrepentido y el padre que lo acoge (Jeremías)

            La gran diferencia entre Oseas y Lucas radica en el final de la historia: Oseas no dice cómo termina, aunque se supone que bien. Lucas se detiene en contar el cambio de fortuna del hijo: arruinado y malviviendo de porquerizo, se le ocurre una solución: volver a su padre, pedirle perdón y trabajo. En cambio, no sabemos qué pasa por la mente del padre durante esos años. Lucas se centra en su reacción final: lo divisó a lo lejos, se enterneció, corrió, se le echó al cuello, lo besó. Cuando el hijo confiesa su pecado, no le impone penitencia ni le da buenos consejos. Parece que ni siquiera le escucha, preocupado por dar órdenes a los criados para que organicen un gran banquete y una fiesta.

            ¿Cómo se le ocurrió a Lucas hablar de la conversión del hijo? Oseas no dice nada de ello, pero sí lo dice Jeremías. A este profeta de finales del siglo VII a.C. le gustaban mucho los poemas de Oseas y a veces los adaptaba en su predicación. Para entonces, el Reino Norte ha sufrido el terrible castigo de los asirios. El pueblo piensa que el perdón anunciado por Oseas no se ha cumplido, pero no por culpa de Dios, sino por culpa de sus pecados. Y le pide: “Vuélveme y me volveré, que tú eres mi Señor, mi Dios; si me alejé, después me arrepentí, y al comprenderlo me di golpes de pecho; me sentía corrido y avergonzado de soportar el oprobio de mi juventud”. Y Dios responde: “Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto. Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión” (Jeremías 31,18-28). En estas palabras, que reflejan el arrepentimiento del pueblo y su confesión de los pecados, se basa la reacción del hijo en Lucas.

  1. El padre con dos hijos muy distintos (evangelio)

            Sin embargo, cuando leemos lo que precede a la parábola, advertimos que el problema no es de Dios sino de ciertos hombres. A Dios no le cuesta perdonar, pero hay personas que no quieren que perdone. Condenan a Jesús porque trata con recaudadores de impuestos y prostitutas y come con ellos.

            Entonces Lucas saca un as de la manga y depara la mayor sorpresa. Introduce en la parábola un nuevo personaje que no estaba en Oseas ni Jeremías: un hermano mayor, que nunca ha abandonado a su padre y ha sido modelo de buena conducta. Representa a los escribas y fariseos, a los buenos. Y se permite dirigirse a su padre como ellos se dirigen a Jesús: con insolencia, reprochándole su conducta.

            El padre responde con suavidad, haciéndole caer en la cuenta de que ese a quien condena es hermano suyo. “Estaba muerto y ha revivido. Estaba perdido y ha sido encontrado”.

            ¿Sirve de algo esta instrucción? La mayoría de los escribas y fariseos responderían: “Bien muerto estaba, ¡qué pena que haya vuelto!” Y no podríamos condenar su reacción porque sería la de la mayoría de nosotros ante las personas que no se comportan como nosotros consideramos adecuado. El mundo sería mucho mejor sin ladrones, asesinos, terroristas, adúlteros, abortistas, gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, banqueros, políticos… y cada cual puede completar la lista según sus gustos e ideología.

            La diferencia entre el padre y el hermano mayor es que el hermano mayor solo se fija en la conducta de su hermano pequeño: “se ha comido tu fortuna con prostitutas”. En cambio, el padre se fija en lo profundo: “este hermano tuyo”. Cuando Jesús come con publicanos y pecadores no los ve como personas de mala conducta, los ve como hijos de Dios y hermanos suyos. Pero esto es muy difícil. Para llegar ahí hace falta mucha fe y mucho amor.

  1. El padre con un hijo y multitud de adoptados (2ª lectura)

            Lo que dice Pablo a los corintios permite proponer una historia en línea con lo anterior. Este padre tiene un hijo y una multitud de adoptados que dejan mucho que desear. Pero no se queda en la casa esperando que vuelvan. Les manda a su hijo para que intente traerlos de vuelta. No debe portarse como el hermano mayor de la parábola, no debe reprocharles nada ni “pedirles cuenta de sus pecados”. Sin embargo, para conseguir convencerlos, deberá morir, cosa que acepta gustoso. ¿Cómo termina la historia? “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. De nosotros depende. Podemos seguir lejos o volver a nuestro padre.

Nota sobre la 1ª lectura

            La primera lectura de los domingos de Cuaresma recoge momentos capitales de la Historia de la Salvación. Después de Abraham (2º domingo) y Moisés (3º), se recuerda el momento en que el pueblo celebra por primera vez la Pascua desde que salió de Egipto y goza de los frutos de la Tierra Prometida.

LOS TEXTOS DE LA LITURGIA

Lectura del libro de Josué 5, 9a. 10-12

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: «Hoy os he despojado del oprobio de Egipto». Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 17-21

Hermanos: El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo reconciliando consigo y nos encargó el ministerio de reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.

Lectura del evangelio según san Lucas 15,1-3. 11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publícanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola:

-Un hombre tenía dos hijos; el menos de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado». Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud». Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y el replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado».

El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado».

 

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IV Domingo de Cuaresma. 31 marzo, 2019

domingo, 31 de marzo de 2019
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“Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, y profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.”

(Lc 15, 1-3.11-32)

Estamos ya en plena Cuaresma, y hoy se nos muestra cómo es el amor de Dios.

Es algo bastante común tener roces con quienes quieres, en la familia, en la comunidad… El hijo pequeño de la parábola quiere romper definitivamente con su familia. Pedir su parte de la herencia era querer olvidarse de su padre y de la vida a su lado. No nos resulta muy lejana esa sensación de querer decir ¡basta! Algo que sorprende de esta historia es que el padre le da lo que le pide. A pesar de estar demandando una barbaridad, él acepta.

Pero las cosas no van bien para quien se ha marchado y prefiere humillarse ante su familia antes que morirse de hambre, y vuelve cabizbajo… “Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, y profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos”. ¡Qué maravilla de escena! Es tan fácil cerrar los ojos y ver al padre, anciano, corriendo, abrazando y besando a su pequeño… Así es el amor de Dios: sin límites, sin condiciones, sin letra pequeña. ¡Una pasada! Ojalá vivamos este amor, no como una teoría, una cosa que nos han contado, sino como una experiencia que nos transforma la vida. Que nos sintamos vestidas con los mejores trajes, con anillo y sandalias nuevas, y que celebremos la fiesta de la vida.

Pero la parábola no termina ahí. También a veces podemos no saber ver ese amor de Dios. Quizás por costumbre, porque no pasa nada nuevo, nos olvidamos que la vida junto a Dios es siempre motivo de gozo, de acción de gracias. La historia queda abierta. Siempre tenemos la libertad de elección. Dios nos quiere libres.

Oración

Gracias Señor, por tu amor. Gracias por estar siempre dispuesto a acogernos, incondicionalmente.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Nuestro objetivo es llegar a ser el Padre.

domingo, 31 de marzo de 2019
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Hijo-Pródigo-J.-J.-TissotLc 15,11-32

La liturgia propone este relato, con la intención de que nos identifiquemos con el hijo menor. Pretende que tomemos conciencia de nuestros pecados y nos convirtamos. Es una propuesta insuficiente, porque la parábola no va dirigida a los pecadores, sino a los fariseos que murmuraban de Jesús que acogía a los pecadores. Se trata de un relato ancestral presente en muchas culturas. Se trata de tres arquetipos del subconsciente colectivo, realidades escondidas de todo ser humano. Es un prodigio de conocimiento psicológico y experiencia religiosa. Los tres personajes represen­tan distintos aspectos de nosotros mismos.

La comprensión de esta parábola ha sido para mí una verdadera iluminación. He visto reflejado en ella, de manera sublime, todo lo que debemos aprender sobre el falso yo y nuestro verdadero ser. Pero también, la necesidad de interpretar la parábola, no desde la perspectiva de un Dios externo a nosotros sino desde la perspectiva de un Dios que se revela dentro de nosotros mismos. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que perdonar, acoger e integrar todo lo que hay en mí de imperfecto y engañoso. Ser verdadero hijo no es vivir sometido al padre o alejado de él, sino llegar a identificarse en él.

El padre es nuestro verdadero ser, nuestra naturale­za esencial, lo divino que hay en nosotros. Es la realidad que tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser y de la que tanto hemos hablado últimamente. No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros, formando parte de nosotros mismos. Esa verdadera realidad que somos está siempre esperando abrazar todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera fundir todo el hielo que hay en nosotros. Esa realidad fundante, nunca lucha contra nada sino que lo intenta abarcar todo e integrarlo en ella misma.

El hijo menor simboliza nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que realmente somos. Es la ola que se siente capaz de vivir sin el océano, porque lo considera una cárcel. Quiere seguir siendo «yo«. Opone resistencia a todo lo que no es ella y cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, tarde o temprano, surge la inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por ese camino nunca podrá satisfacerle. Ser hijo menor es un trago inevitable.

El hijo mayor representa también nuestro “ego”, pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado todavía con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su naturaleza egocéntri­ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio. Sigue creyendo que la individualidad es imprescindible y no puede aceptar el verdadero ser de los demás, porque no se ha identificado con su verdadero ser. El “yo” y el “ser verdadero” aún siguen separados.

El Padre, que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior y en los demás (el hermano). El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder Al Padre externo. No es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre. Todos tenemos que dejar de ser “hermano menor”, y “hermano mayor”, para convertirnos finalmente en “Padre”.

La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado, nos ha hecho interpretar la parábola de una manera unilateral. Es un error llamar a este relato la parábola del “hijo pródigo”. No va dirigida a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios. Se trata de defender la postura de Jesús para con los publicanos y pecadores, que manifiesta lo que es Dios para todos nosotros, seamos “buenos” o “malos”. En la manera de actuar con los dos hijos, el Padre de la parábola hace presente a Dios.

Hemos considerado la parábola como dirigida los “hijos pródigos”. Da por supuesto que todos tenemos mucho de hijo menor, que es el malo. La verdad es que el mayor no sale mejor parado que el menor y debía de ser objeto de una atención más cuidada. Es relativamente fácil sentirse hijo pródigo. Es fácil tomar conciencia de haber dilapidado un capital que se nos ha entregado sin haberlo merecido. Es fácil tomar conciencia de que hemos renunciado al padre y a la casa, hemos deseado que estuviera muerto para heredar. Todo para potenciar nuestro egoísmo, para satisfa­cer nuestro hedonismo a costa de lo que se nos había entregado con amor. La desesperada situación facilita la toma de conciencia.

Es más difícil descubrir en nosotros al hermano mayor, y sin embargo, todos tenemos más rasgos de éste que del menor. No entendemos el perdón del Padre, nos irrita que otra persona que se han portado mal, sean tan queridas como nosotros. No percibimos que rechazar al hermano es rechazar al Padre. No solo no nos sentimos identificados con el Padre, sino que intentamos que el Padre se identifique con nosotros; cosa que no le pasa por la cabeza al hermano menor. Tampoco descubrimos que tenemos que regresar al Padre. Por eso la parábola deja en un suspense la respuesta del hermano mayor.

El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debía ser el motivo de alegría para uno y para otro.

Aspirar a ser Padre no supone el ignorar nuestra condición de hermano menor y mayor, hay que aceptarlo. Debemos intentar superarlo, pero mientras ese momento llega, hay que aceptarlo y sobrellevarlo desplegando el amor incondicional del Padre. Tanto el hermano menor como el hermano mayor, que hay en cada uno de nosotros, deben ser objeto del mismo amor. La parábola no exige de nosotros una perfección absoluta, sino que nos demos cuenta de que nos queda un largo camino por recorrer. Lo que pretende es ponernos en el camino de la verdadera conversión: la superación de todo egoísmo e individualismo.

El descubrimiento de que somos el hermano menor y a la vez, el hermano mayor, nos tiene que hacer ver el objetivo de la parábola, que es llevarnos al Padre. Todos estamos llamados a dejar de ser hermanos e identificarnos con el Padre como Jesús. (“Yo y el Padre somos Uno”). Nuestra maduración tiene que encaminarse a reproducir en nosotros al Padre. No se trata de imitarle. No hay por ahí fuera alguien a quien imitar. Yo tengo que convertirme en Padre. Dios necesita de mí para existir y hacerse presente entre los seres humanos.

Permanecer alejados de nuestro verdadero ser es impedir que Dios exista para mí. Si seguimos necesitando al Dios de fuera, (como el hermano mayor) es que no nos hemos enterado de lo que somos. Pero vivir junto a Dios sin conocerlo es hacer de Él un ídolo y alejarse también de la meta. Lo malo de esta opción es que seguiremos creyendo que caminamos en la verdadera dirección, lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.

Meditación

Yo y el Padre somos UNO.
Tú también eres UNO con Dios, pero todavía no te has enterado.
Si lo descubres, esa frase saldrá de lo más hondo de tu ser.
Descubre lo que hay en ti de hermano menor:
No tienes que imitar a alguien que está “en los cielos”
sino ser lo que eres en lo más hondo de tu ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Anillo en el dedo y sandalias en los pies

domingo, 31 de marzo de 2019
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hijo-prodigoLas personas con metas tienen éxito porque saben para donde van (Earl Nightingale)

31 de marzo. IV domingo de Cuaresma “Laetare”

Lc 15, 1-3. 11-32

Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado (31)

Traed el mejor vestido y vestidlo, ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies (15, 2).

Dice Fray Marcos que las verdaderas tentaciones vienen de dentro, y que generalmente el demonio nos oferta en el desierto. Es posible que sea así, pero a mí, que soy persona corporal humana, me encantan las que vienen de fuera intentando satisfacer todos mis sentidos: sabor, olor, color, sonido y tacto: una manzana reineta, un frasquito de Armani, el rojo de una rosa, una suite de Händel o la piel suave de la modelo Halle Berry. Y lo tengo muy claro que, a pesar de mis aficiones musicales, y sin despreciar las otras, me quedo con la piel suave de Halle.

Un día dije que mi virginidad del alma me la hicieron perder hace ya tiempo, y la del cuerpo, ¡¡ni digamos cuándo!! Desde entonces trabajo, magnis itineribus, para recuperar el tiempo perdido.

Brigitte Bardot, considerada como un mito erótico y el mayor sex symbol de Francia, la perdió, ha dicho ella, en cuanto pudo. Su gran belleza y sensualidad natural comenzaron a mostrarse en la adolescencia, etapa en la que apareció por primera vez en el cine. Sus gestos, tan personales, estaban llenos de una sensualidad diferente, que no dejaba a nadie afuera; parecía buscar complicidad y picardías en el espectador. Su cuerpo hablaba en las fotografías, demostrando continuamente diversos mensajes.

Angelina Jolie, actriz y modelo y muchas más, hicieron otro tanto. Entre las más famosas, Safos de Mitilene, Hipatia de Alejandría, Cleopatra, Claudia Cardinale, Rita Hayworth, Jessica Lange, y un larguísimo etc.

La poetisa griega llamada Safo de Mitilene contó estos excitantes versos:

“¡Oh, tú en cien tronos Afrodita reina,
Hija de Zeus, inmortal, dolosa:
No me acongojes con pesar y sexo
Ruégote, Cipria!”

Aquello de que los enemigos del hombre son el mundo, el demonio y la carne no va conmigo; aunque con una excepción, la del demonio.

A los eremitas del desierto, les tentaba la lujuria. Salvador Dalí tiene un óleo sobre lienzo, La tentación de San Antonio, en el Musée Royaux des Beaux-Arts – Bruselas. Asombrosas figuras desproporcionadas desfilan, una mujer desnuda ofrece sus encantos corpóreos situada en la cima de un elefante, mientras un caballo relincha encabritado, al mismo tiempo que San Antonio Abad la reprende con un crucifijo, una de las representaciones más famosas en la iconografía pictórica sobre este tema.

 

Este Poema, de autor desconocido indio, refleja todo el drama.

 EL HIJO PRÓDIGO

Como hijo te avergoncé al irme de tu casa;
dije que no eras buen padre,
que mi autosuficiencia bastaba.

Me lancé a nuevos rumbos
desconocidos, deslumbrantes,
sin sentido me dote malgastaba,
y tu esperabas a lo lejos a este hijo sin casa.

No importa si soy un hijo, si esclavo me llamas;
no importa si soy siervo si puedo vivir en tu casa,
mi camino de regreso, doloroso se tornaba
al ver todas las posadas, donde mi alma
había sido saqueada.

Con caminar apesadumbrado,
me acercaba a tu casa
con mil argumentos que mi mente preparaba.

Yo no te veía aún, pero tu a lo lejos me mirabas;
reconociste en la sombra al hijo que amabas,
y saliste corriendo, y mi camino se acortaba;
yo lloraba de vergüenza, tu de felicidad llorabas.

Esa tarde hablaban mis ojos:
¡perdóname!, no, no digas nada.

Y un abrazo profundo constreñía
entre tus brazos mi alma;
enjugando mis lágrimas y penas
mientras al oído me susurrabas: No llores, es una fiesta.

¡¡Tu eres mi Hijo y esta es tu casa!!

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Comenzar de cero y relacionarnos

domingo, 31 de marzo de 2019
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HIJO-PRODIGOEl texto evangélico que nos propone hoy la liturgia comienza con los gritos de los fariseos que se quejan porque Jesús habla con paganos y pecadores. Y Jesús les responde con una parábola que, humanamente hablando, es bastante cercana a situaciones cotidianas: hijos que reclaman herencias, hermanos disgustados con los repartos, padres cuyo único deseo es que sus hijos estén unidos…

La parábola se mueve entre el despilfarro y el egoísmo. El hijo menor reclama bienes, y le son dados. Pero el relato nos dice que no los sabe aprovechar, sino que los malgasta. Por el otro lado, el hermano mayor tiene todo (“todo lo mío es tuyo”) pero es incapaz de disfrutarlo. El padre va por el camino del desapego, de la ofrenda, del regalo, de la fiesta. La percepción del padre es abundancia. No regatea el reparto, sino que da a quien le pide. Y su propuesta es de una fiesta en la que estén presentes todos los hijos.

Los fariseos comprenden que el relato se refiere a ellos y que Jesús los invita a hacer una elección y a ubicarse a sí mismos escogiendo entre la actitud del hermano mayor, del hermano menor o del padre de la parábola. Los bienes espirituales (en este caso, la cercanía de Jesús), al igual que los materiales, son abundancia y regalo. No pueden ser regateados a quienes no cumplen, ni pueden ser exclusivos de los herederos de Israel, sino que son don siempre abundante para todos. Así los fariseos han de ampliar su mirada y no despilfarrar ni acaparar los bienes que Dios les regala, porque Jesús viene para todos y especialmente para los perdidos.

La liturgia presenta, sin embargo, esta parábola como parte del camino cuaresmal con la pretensión de invitar a la reconciliación y al perdón. Y es que, volviendo a la parábola, la mala utilización de los bienes propaga el distanciamiento y la separación.

La antífona previa al evangelio, además, da un giro significativo al recordar la frase “estaba muerto y ha revivido”. Es una frase que se repite dos veces en el texto evangélico. La separación fraternal y filial no es un evento menor: produce la muerte. Por ello el significado teológico del perdón implica la comunicación, la unión y la vida. No es un perdón distante y solitario, sino que, como recuerda la segunda lectura,  “nosotros, unidos a él, recibamos la justificación”.

El perdón ciertamente es un nuevo comienzo, un empezar de cero.  Y la primera lectura insiste: “lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”. Así el perdón es conjuntamente un nuevo comienzo y es una original manera de relacionarse, de percibir las cosas y el mundo. Los dos hermanos tienen que aprender a relacionarse con las cosas y con los demás. El hermano mayor tiene que aprender que, más allá de los bienes, “tú siempre estás conmigo” y “todo lo mío es tuyo”. Parece que los dos hermanos han de aprender la misma lección: el perdón devuelve la unidad y restituye la justicia.

La percepción hoy bastante generalizada de soledad, aislamiento y falta de pertenencia tiene mucho que ver con situaciones de ruptura que requieren del perdón como camino hacia la comunicación. No es posible perdonar sin más y muchas veces las situaciones de injusticia económica han de resolverse. Se requiere volver a “organizar” la situación de manera que se reestablezcan los vínculos de manera justa, no desde el egoísmo sino desde la comunión y la abundancia como modelo vincular entre las personas y con el cosmos. Y así poder festejar juntos que todo procede de Dios.

Paula Depalma

31-3

Fuente Fe Adulta

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Volver a casa

domingo, 31 de marzo de 2019
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201309141901335f466dDomingo IV de Cuaresma

31 marzo 2019

Lc  15, 1-3. 11-32

De una forma u otra, las tradiciones espirituales utilizan dos metáforas para aludir a nuestra verdadera identidad: la del “tesoro escondido” y la de la “casa”. Ambas aparecen también en los evangelios, en forma de parábolas.

La paradoja que encierran ambas metáforas puede expresarse de este modo: el tesoro está dentro de nosotros, pero lo buscamos afanosamente fuera; siempre estamos en casa, pero lo ignoramos.

¿Cómo se explica tan desconcertante paradoja? De un modo simple: por nuestra identificación con el yo. En el instante mismo en que asumimos esa creencia mental –soy el yo que mi mente piensa–, nos percibimos como carencia, que ha de ser “completada” por algo que se halla fuera, lejos y, probablemente –creemos– en el futuro.

En ese mismo movimiento por que el desconectamos de lo que somos, “olvidamos” el tesoro y nos “alejamos” de la casa. Ya hemos caído en la ignorancia original, de donde nace toda confusión y todo sufrimiento.

A partir de ese equívoco radical, si no hemos caído en un cinismo resignado, plantearemos nuestra existencia como una carrera por alcanzar “aquello” –no sabemos bien qué ha de ser– que supuestamente habría de aportarnos la plenitud que de fondo no podemos dejar de anhelar.

Ese engaño nos lleva a “alejarnos” de casa y a proyectar nuestro anhelo en objetivos medibles o creencias más o menos ilusorias. Pensamos así que lo que habrá de “completarnos” serán bienes, títulos, profesión, alguna relación especial o la creencia en Dios… Y ahí seguiremos…, hasta que, como en el caso del hijo pequeño de la parábola, la Vida nos lleve a alguna situación tan insoportable –cuidar cerdos era la tarea más inmunda que podía imaginar un fiel judío– que nos haga caer en la cuenta de nuestro extravío.

Tal vez entonces, desde la docilidad a la Vida y la flexibilidad ante lo real, encontremos el camino de conduce a casa, para descubrir, con sorpresa, que, por más que estuviéramos completamente confundidos, en realidad nunca habíamos estado fuera de ella. Esa casa, como aquel tesoro, es nuestra verdadera identidad.

¿Dónde y cómo busco la “casa”? ¿Dónde y cómo busco el “tesoro”?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Hay que celebrar una fiesta.

domingo, 31 de marzo de 2019
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hijo-prodigoDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

El evangelio del Evangelio.

         Esta parábola del padre y los dos hijos es el Evangelio del Evangelio. Si alguien nos pregunta qué es el cristianismo, el cristianismo es esta parábola. Los cristianos creemos en un Dios que no se cansa de ser bueno, siempre y con todos.

  1. Parábola de amplio espectro.

         Es un relato intenso y emotivo que tiene -o puede tener- muchas lecturas y perspectivas según sea nuestra situación.

         Me voy a fijar en la memoria del Padre: vivimos de lo que recordamos y tal y como lo recordamos.

  1. el padre.

         La parábola está elaborada con tres personas: un triángulo: el Padre, el hijo menor y el hijo mayor. Pero la figura central es el Padre: un padre que se conmueve y derrama bondad y misericordia.

La parábola la “preside” el padre, y no la preside con grandes símbolos y signos eclesiásticos o litúrgicos, autoritarios, sino con bondad, amor y compasión. A Dios no le cuesta ningún trabajo ser bondadoso ni perdonar.

         Lo central en el cristianismo es un Dios bueno, acogedor, perdonador.

  1. Los dos hijos: dos caminos.

         El hijo mayor y el hijo menor representan dos caminos, dos estrategias para ser libres y supuestamente felices.

  • ü El hijo menor sigue la estrategia dionisíaca del placer, que le lleva a la degradación personal, a situaciones de muerte: estaba muerto y ha vuelto a la vida.El hijo pródigo quiere ser feliz, pero se equivoca de camino.
  • ü El hijo mayor sigue la estrategia del deber y del cumplimiento, que le conduce a una religiosidad servil y esclava que sacrifica la alegría de vivir: no quiso entrar en la fiesta, en la vida.

El hijo mayor es la mentalidad de muchas personas ultra religiosas, que no aman, sino que quieren sacar partido de Dios. Yo lo he cumplido todo y tú me tienes que pagar…

  1. La diferencia está en la memoria de los dos hijos respecto del Padre.

         Los dos hijos guardan una memoria muy distinta del Padre.

  • ü El hijo perdido / muerto (¿y quién no somos hijos pródigos y en situaciones de muerte?) recuerda siempre a su padre como padre, aún en las situaciones más bajas y sombrías de su vida. En su memoria histórica personal evoca al Padre:
  • ü ¡cuántos jornaleros en la casa de mi padre!… Padre, no merezco llamarme hijo tuyo…

El hijo perdido va preparando el elenco de pecados que ha cometido que debe decir a su padre. El Padre “no hace ni caso”[1] de lo que le cuenta su “hijo muerto”, más bien le tapa la boca: se conmueve y le devuelve a la vida: abrazos, túnica, sandalias, anillo, fiesta, música…

         La memoria del Padre es sanante, liberadora, rehabilita en la vida.

         También nosotros podemos llegar a situaciones de muerte, a abismos profundos y no solamente por el pecado, sino también por los fanatismos que podemos ejercer o soportar, por la depresión, por las noches oscuras del alma, abatimientos, decepciones.

         La memoria -el recuerdo- del Padre redime, restaura, abre horizontes.

         La última palabra del Dios de Jesús (del cristianismo) es la bondad, la gracia. La realidad última y definitiva cristiana es la casa el Padre: la vida, la fiesta.

  1. El hijo mayor.

         El hijo mayor es una figura enigmática y trágica:

Nunca llama padre a su padre.

Nunca llama hermano a su hermano.

No es el Padre, sino el hijo mayor quien condena a su hermano menor. El Dios de Jesús no enjuicia a los “hijos perdidos”

         El hermano mayor no considera a su hermano, hermano; mira a al hijo menor con desprecio y odio: ese hijo tuyo… que es un perdido. La mirada que el hermano mayor dirige a su hermano pequeño es la de Caín a Abel, es la mirada de los hermanos mayores a su hermano pequeño, José, (que le venden).

         El hijo mayor en realidad nunca había percibido a su padre como padre. El hijo mayor no se había sentido ni hijo ni querido. El hijo mayor se sentía como un asalariado al que su Padre le debía pagar y nunca lo había hecho: ni siquiera me has regalado un cabrito, una cena…

         ¿No está muy extendida la mentalidad del hijo mayor en muchos católicos, en muchos eclesiásticos católico?

  1. El Padre quiere también a su hijo mayor.

         Tras las protestas del hermano mayor por la fiesta que se está celebrando, el Padre se dirige al mayor con la expresión; ¡Hijo mío …siempre estás conmigo … todo lo mío es tuyo!

         Todos somos hijos de Dios: “mayores y menores”.

         Con un Padre así, con el Dios de Jesús se puede vivir, vale la pena vivir porque la vida es fiesta.

  1. la memoria del hijo mayor es otra.

         La memoria y recuerdo del hijo mayor es otra: es una memoria legalista y cumplidora, justiciera, ultra-ortodoxa, es una mentalidad ultra religiosa, etc., pero no cristiana

         Y no quería entrar en la vida, en la fiesta, en la bondad.

         De la religión servil y esclavizante solamente salimos -y hay que salir cuanto antes- guardando o volviendo a la memoria del Dios de bondad.

  1. Reavivar el fuego de la bondad.

         Probablemente nos hace falta avivar el recuerdo nostálgico de la bondad de Dios. Ello crea o re-crea unas relaciones sanantes, acogedoras, libres y liberadoras, dialogantes, inteligentes,

         La salida a los grandes problemas de la vida no está en lo dionisíaco ni en la ley, ni en la religiosidad leguleya y farisaica, sino en la memoria sanante de un Dios Padre bondadoso.

         No perdamos nunca la memoria de Dios Padre que nos ama no porque nosotros seamos buenos, sino porque Él es nuestro Padre.

  • ü Aplicar esta memoria a nuestra memoria personal, a nuestros viejos sentimientos, a nuestro propio pasado, cura, sana.
  • ü Hermosa tarea la de sanar la memoria y rupturas de nuestras familias y comunidades cristianas,
  • ü Una iglesia, una diócesis en las que las relaciones las presidiera el Padre de la parábola, sería una iglesia muy distinta de la que conocemos, al menos en muchas diócesis, sería una iglesia – diócesis con problemas, pero una asamblea de fiesta y de vida.
  • ü Haríamos bien en aplicar esta parábola -en la medida en que nos sea posible- a la memoria de nuestro pueblo, sería una gran labor pacificadora.
  1. Eucaristía: fiesta de la vida.

         La Eucaristía es fiesta, había que celebrar una fiesta. En ella evocamos cuestiones decisivas para el ser humano: el sentido de la vida, el perdón, la mesa fraterna, la bondad del Padre.

         Siempre en la vida estamos hijos en situación de muerte. Dios no nos abandona, nos aguarda siempre, porque también como el hijo menor:

Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida

[1] El Evangelio no habla de confesión (JM Castillo), sino de encuentro y perdón.

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¿Elegir entre Dios y el Mundo?

viernes, 29 de marzo de 2019
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

«¿Realmente elegimos entre el mundo y Cristo como entre dos realidades en conflicto absolutamente opuestas? ¿O elegimos a Cristo eligiendo al mundo tal como es realmente en Él, es decir, creado y redimido por Él y encontrado en lo hondo de nuestra propia libertad y amor personales? ¿Realmente renunciamos a nosotros mismos y al mundo para encontrar a Cristo, o renunciamos a nuestro yo alienado y falso a fin de elegir nuestra más profunda verdad al elegir al mundo y a Cristo al mismo tiempo? Si lo más profundo de mi ser es el amor, entonces en ese mismo amor y en ningún otro lugar me encontraré a mí mismo, y al mundo, y a mi hermano y a Cristo. No es una cuestión de uno y otro, sino de todos en uno«.

El texto anterior es una muestra de la dimensión encarnacional del pensamiento de Thomas Merton. La vocación cristiana es una llamada a ser signo e instrumento del reino de Dios, del mundo de Dios como había de ser, en medio de las fuerzas y acontecimientos que bloquean y contradicen esta visión. Tal respuesta solo es posible porque ya ha sido realizada definitivamente en Cristo.

El termino el mundo, tal como se usa frecuentemente en la tradición, es como la abreviatura de una percepción errónea de la realidad, una visión distorsionada que ve al mundo no como viene de las manos de Dios sino como nosotros queremos reordenarlo para que se adapte a nosotros; es un mundo de deseos egocéntricos en el que intentamos forzar a la realidad, incluidas las demás personas, a girar a nuestro alrededor; cuando se niega a hacerlo, en nuestra frustración, lo maltratamos y maldecimos y profanamos, transformándolo en una imagen de nuestro desorden interior. Ese es el mundo del cual debemos huir: un simulacro falso e irreal de la creación de Dios.

*

(Tomado del Diccionario de Thomas Merton)

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José María Castillo: «En la Iglesia preocupa más el esplendor de la religión que la fidelidad a Jesús»

viernes, 29 de marzo de 2019
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2379-large_defaultDe su blog Teología sin Censura:

El teólogo explica los entresijos de su ‘Evangelio marginado‘ (Desclée)

«Un ‘Dios falso’ ha llevado al mundo más avanzado al abandono de la religión»

«Jesús no quiso templo. No quiso sacerdotes. No quiso rituales. No quiso ceremonias sagradas. No quiso obediencia y sometimiento de nadie a él»

«Jesús no prescinde de la religión, sino que desplaza la religión: la arranca de ‘lo sagrado’ y la pone en el centro de ‘lo más plenamente humano'»

Jesús Espeja: «El ‘Evangelio marginado’ de Castillo, una exposición de gran valor para estos momentos de la Iglesia»

He escrito este libro porque he intentado explicar – en cuanto eso es posible – por qué la Iglesia se interesa más y se preocupa más por el “sometimiento a la religión” que por el “seguimiento de Jesús”. Creo que, sin miedo a exagerar, se puede afirmar que en la Iglesia preocupa más el esplendor de la religión que la fidelidad al seguimiento de Jesús.

El “sometimiento a la religión” dio resultado y fue eficaz hasta finales del s. XV. A partir del Renacimiento, la Reforma (s. XVI), la Ilustración (ss. XVII-XVIII), la Resistencia y la Restauración (s. XIX), la industrialización y la violencia (dos guerras mundiales), que marcaron el s. XX, y finalmente la Modernidad y la Posmodernidad, todos estos grandes fenómenos históricos y culturales, han hecho que la religión nos sirva para creer en El Dios falsificado (Thomas Ruster). Un “Dios falso”, que ha llevado al mundo más avanzado al abandono de la religión. O en otros casos (que abundan) nos ha conducido, sin darnos cuenta, a que “la experiencia religiosa de todos nosotros ya no sea de fiar, porque nos remite a una falsa religión” (o.c., pg. 228).

La Iglesia de los dogmas, las normas y los ritos fue útil y tranquilizaba las conciencias mientras los “mitos”, los “ritos” y las “jerarquías” eran útiles y servían para explicar tantas cosas que los humanos no sabíamos cómo explicarlas o pensábamos que servían para darle sentido a la vida o tener una esperanza última, que suavizaba el hecho inevitable de la muerte.

Hoy todo eso ha perdido (sobre todo, en las generaciones jóvenes) su utilidad y su razón de ser. Hasta el extremo de que los adolescentes, apenas llegan a cumplir los doce o trece años, cortan con toda la “jerga” de temas, teorías y creencias, que enseña el clero, y sencillamente para ellos se acaba y ya no interesa más la “religión”. Y lo mismo que veo esto, pienso también que este problema (más grave de lo que mucha gente se imagina) no tiene más solución que lo que vio Lutero cuando, siendo todavía un monje joven, viajó a Roma. Y allí comprobó que lo que interesaba a la Iglesia era la sumisión al papa y los rituales (indulgencias…) que daban dinero (Lyndal Roper, Martín Lutero, p. 75-76).

«La religión no responde a lo que necesita el ser humano»

Mi convicción es que veinte siglos antes de lo que sienten las últimas generaciones, fue Jesús de Nazaret, el “personaje-centro” y central del Evangelio, quien se dio cuenta de que la “religión” del templo y de los sacerdotes, de los dogmas y de las normas, de los rituales y las observancias, del poder y del dinero, todo eso fue útil para las culturas de la Antigüedad, pero no responde a lo que necesita el ser humano como tal.  

Lo determinante, para el ser humano (lo que nos humaniza) no es satisfacer la “necesidad” de nuestras propias carencias (esto es lo que hace la “religión”), sino potenciar la “generosidad” para resolver las carencias de los demás (esto es lo que nos aporta el “Evangelio”).

Aquí es fundamental – incluso enteramente necesario – hacer una distinción clave. Hay dos formas de hacer teología y, por eso, hay “dos modelos de teología”: 1) La “Teología especulativa”, que se elabora a partir de “teorías”, que se basan en el pensamiento escolástico (con su “mortificante dependencia del pensamiento de Aristóteles”, según la acertada fórmula de Lyndal Roper) o tienen sus raíces en el pensamiento estoico (Pitágoras y Empédocles) (E. R. Dodds), en cuanto se refiere a la moral. 2)  La “Teología narrativa”, que se construye mediante relatos tomados de la vida diaria. El ejemplo más patente (de esta teología) lo tenemos en los evangelios. Se trata, en este caso, de narraciones en las que lo determinante no es la “historicidad”, sino la “significatividad”. En el caso concreto del Evangelio, ¿qué nos dicen esos relatos para nuestra forma de vivir, para ser fieles al “seguimiento de Jesús”?

Con toda razón y precisión, J. B. Metz escribió: “La teología no es hoy teología de profesores, no se identifica con la teología de oficio. Con mayor razón, pues, no debe la teología histórico-vital encerrarse en los esquemas de expresión de un lenguaje científico exacto y reglamentado…. De ahí que deba evitar a toda costa someterse incondicionalmente al vocabulario de la exactitud. Precisamente la teología no es – ni ha sido nunca – una ciencia natural de lo divino” (La Fe, en la Historia y en la Sociedad, p. 230).

En esta dirección tiene que girar la teología, la liturgia y el gobierno de la Iglesia. Como nos lo está indicando sabiamente el Papa Francisco. Yo sé que darle este giro a la vida no es posible, si nos atenemos a lo que da de sí la condición humana. Por eso me parece tan genial la fórmula que nos dejó I. Kant: “La praxis ha de ser tal que no se pueda pensar que no existe un más allá” (en Gesammelte Schriften, VII, p. 40). Sólo si tomamos en serio y aceptamos de verdad que Jesús de Nazaret fue (y es) un hombre en el que vemos a Dios” (Jn 1, 18; 14, 9-10; Mt 11, 27; Fp 2, 6-11; Col 1, 15; Heb 1, 2), es decir, solamente cuando sabemos y aceptamos que el Dios Trascendente se hizo presente en nuestra inmanencia mediante la vida, la forma de vivir y actuar, de Jesús de Nazaret, sólo así y en eso encontramos a Dios.

Ahora bien, lo que encontramos en el Evangelio es que la forma de vivir y de actuar de Jesús fue una vida marcada por una profunda espiritualidad (su oración frecuente y prolongada) y una constante preocupación por el sufrimiento humano.

Por eso Jesús no quiso templo. No quiso sacerdotes. No quiso rituales. No quiso ceremonias sagradas. No quiso obediencia y sometimiento de nadie a él. No mencionó para nada la división y la diferencia entre lo sagrado y lo profano. No habló nunca de orden (“ordo”) ni de ordenación. Intencionadamente curó a los enfermos cuando la religión prohibía curarlos. Rechazó con firmeza la observancia de rituales religiosos (Mc 7). Andaba frecuentemente con “malas compañías” (los pecadores, los samaritanos, los recaudadores de impuestos…). Nunca denunció las conductas criminales de los políticos (ni a Herodes, cuando degolló a Juan Bautista, ni a Pilatos cuando asesinó a los galileos que ofrecían sacrificios en el templo). Puso sus preferencias en los débiles, niños, mujeres, extranjeros…. La fe en Jesús fue un hecho solamente para el excomulgado por la religión: el ciego de nacimiento (Jn 9).

Conclusión: los cristianos tenemos una “religión” que cada día interesa menos. Porque cada día cobra más fuerza el rechazo al “poder vertical” (Peter Sloterdijk, Has de cambiar de vida, p. 151-153) y al “poder opresor” (Byung-Chul Han, Psicopolítica, p. 27-30). Lo que motiva a la mayoría de la gente es el “poder participativo” y el “poder seductor”. Si algo destacan los evangelios, es el poder seductor que mostró Jesús. No para hacerse él importante y famoso. Jesús fue así y se comportó así, para remediar el sufrimiento humano. Y mediante ese remediar el sufrimiento, así revelar lo que nosotros podemos saber de Dios; y cómo podemos relacionarnos con Dios: “Lo que hicisteis con uno de uno de estos hermanos míos tan insignificantes lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 40). Jesús no prescinde de la religión, sino que desplaza la religión: la arranca de “lo sagrado” y la pone en el centro de “lo profano”, “lo laico”, “lo más plenamente humano”.

Lutero dijo: “El hombre es incapaz por naturaleza de querer que Dios sea Dios. Quiere ser Dios él mismo, no desea que Dios sea Dios” (Luther’s Works 31, 10; Martin Luthers Werke 1, 17, 225). Lo que hace el Evangelio es “dejar a Dios ser Dios, en cada ser humano”.

Para saber más acerca del libro, pincha aquí:

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Hasta quedarse sin nada

miércoles, 27 de marzo de 2019
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manos-suciasBernardo Baldeón
Madrid.

ECLESALIA, 22/02/19.- Con frecuencia se ha predicado que la norma del cristiano respecto a los bienes terrenales es compartir. Partir el pan con el pobre, con el hambriento, con el necesitado. Compartir y no acaparar, de modo que, como en el reparto de panes que hizo Jesús (Lucas 9,10-17), haya para todos y sobre.

Sin embargo, este mensaje del “compartir” era más propio de la escuela de Juan Bautista, que propugnaba una sociedad más justa, una justicia más distributiva: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene, y el que tenga de comer, que haga lo mismo» (Lucas 3,11).

La utopía de Jesús está expresada en un texto del sermón de la llanura de Lucas, que no siempre ha sido bien entendido: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian» (Lucas 6,27-28).

Atrás queda la ley del “talión”: «ojo por ojo y diente por diente», que hizo progresar el derecho penal de la época, pues evitaba que la gente se extralimitase con la venganza; la medida de la venganza debía ser la medida de la ofensa. Atrás queda la fórmula del Antiguo Testamento de «amarás al prójimo como a ti mismo», que ojalá se convirtiese en norma reguladora de las relaciones humanas.

Pero la utopía de Jesús va más allá: «Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A todo el que te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames… » (Lucas 6,29-30).

La generosidad del discípulo va más allá del compartir: consiste en dar y darse hasta quedarse sin nada. Compartir es de estricta justicia; dar hasta quedarse sin nada es propio de quien ha superado los viejos cánones y ha sustituido la justicia, como patrón del comportamiento humano, por el amor como único mandamiento, como el mandamiento nuevo: «Amaos como yo os he amado», esto es, hasta perder lo que más queremos, la vida, para darla ‘a’ y ‘por’ los demás.

Con esta medida de amor sin medida el cristiano anuncia que es posible otro mundo dentro de este viejo mundo de odios y de egoísmos.

Por desgracia, este fragmento del evangelio se ha entendido a veces tan al pie de la letra que se ha deformado su significado. No se trata de hacer el tonto fomentando la delincuencia («al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames»), dejando que nos atropellen impunemente. No se trata de poner en práctica al pie de la letra las palabras de Jesús, sino de llevar a la vida de cada día la enseñanza que contienen, a saber: el discípulo de Jesús debe sorprender al prójimo con más de lo que éste espera de aquél, debe dar más allá de lo exigido, debe perdonar más allá de lo soñado, debe tratar a los demás, en definitiva, con el infinito amor y comprensión con que nos tratamos a nosotros mismos; más aún, con el amor sin límite que demostró Jesús. «Amaos como yo os he amado.»

Este es el núcleo del evangelio, una utopía a la que hay que tender, una praxis en la que siempre es posible dar más, entregarse más, amar más; un camino en el que ‘pasarse’ es mucho mejor que no llegar. Con palabras concretas, Jesús expone una doctrina universal: ser cristiano es darse, entregarse hasta quedarse sin nada: «al que te quita la capa (ropa de abrigo), dale también la túnica (vestido)».

Para los cristianos no hay límites para el amor. Ni en la intensidad y la generosidad de la entrega ni en lo que se refiere a las personas que pueden ser objeto del mismo: nadie, ni siquiera los enemigos, pueden ser excluidos de nuestro amor. Pero esto, naturalmente, no supone renunciar a la lucha contra la injusticia.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Vivir para el Señor

martes, 26 de marzo de 2019
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Existe una obediencia a Dios, con frecuencia muy exigente, que consiste sencillamente en obedecer a las situaciones. Cuando se ha visto que, a pesar de todo el esfuerzo y las oraciones, se dan, en nuestra vida, situaciones difíciles, incluso a veces absurdas y, a nuestro parecer, espiritualmente contraproducentes, que no cambian,  hay que dejar de dar coces contra el aguijón» y empezar a ver en tales situaciones la silenciosa pero no menos cierta voluntad de Dios con nosotros. Es preciso, además, dejar todo, para hacer la voluntad de Dios: trabajo, proyectos, relaciones […].

La conclusión más hermosa de vida de obediencia sería «morir por obediencia», es decir, morir porque Dios dice a su siervo «¡Ven!», y él viene. La obediencia a Dios en su forma concreta no es exclusivo de los religiosos en la Iglesia, sino que está abierta a todos los bautizados. Los laicos no tienen, en la Iglesia, un superior al que obedecer -por lo menos no en el sentido en que lo tienen los religiosos y clérigos-, pero, en compensación, tienen un «Señor» al que obedecer. Tienen su Palabra. Desde sus más remotas raíces hebreas, la palabra «obedecer» indica la escucha y se refiere a la Palabra de Dios. El camino de la obediencia se abre al que ha decidido vivir «para el Señor»; es una exigencia que se desprende la verdadera conversión.

*

Ricardo Cantalamessa,
La obediencia,
Milán 1986, 59-63, passim

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El rostro de Jesús

martes, 26 de marzo de 2019
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B0A040A2-8B66-411F-8D1D-B542B873E2A8Gabriel Mª Otalora
Bilbao (VIzcaya).

ECLESALIA, 04/03/19.- Todos “sabemos” cuál es el aspecto de Jesús por la abundante iconografía de la figura más retratada del arte occidental: alguien de cabello largo y barba, cara serena y mirada limpia. Pero es representado con rasgos occidentales, según el fenotipo de nuestra parte del Planeta.

Sin embargo, existe una prohibición radical de pintar imágenes de Dios en el mundo judío y musulmán (aniconismo) por la profunda y arraigada creencia de que Dios es el único creador y, por lo tanto, arrogarse un ser mortal esta facultad representativa es una blasfemia considerada pecado de idolatría para el artista, pues no se veneraría al verdadero Dios sino una representación suya. Solo el hecho de encerrarle en una figura creada por un ser humano supone restarle valor a la categoría eterna e intangible de Dios al reducirlo a una representación humana. En nuestro caso, las imágenes de Jesús son de la época bizantina, del siglo IV en adelante y eran representaciones simbólicas sin ningún soporte histórico.

108C8C2C-5B7C-477A-9A7A-89796456FE8DCuriosamente, son varios grupos de científicos y arqueólogos que dicen haber encontrado la imagen de Jesús. Una de ellas en el baptisterio de una iglesia bizantina del desierto de Negev (Israel) en que se relaciona un dibujo con la representación de Jesús al que se ha tratado de reconstruir los trazos. El resultado final es un Cristo que nada tiene que ver con el que actualmente representamos, lógicamente, pues sus rasgos son los propios de aquella zona de Medio Oriente. También se han encontrado numerosas representaciones del Mesías a lo largo y ancho del Mediterráneo.

Quizá lo más sorprendente sea la llamada Carta de Publio Léntulo al Senado romano, en la que describe a Jesús de Nazaret de una manera muy hermosa, con comentarios como estos (es una selección):

Publius Lentulus, legado de Tiberio César en Judea                                        

He sabido ¡oh César! que deseas tener noticias detalladas respecto a ese hombre virtuoso llamado Jesucristo, a quien el pueblo considera como Profeta, y sus discípulos como Hijo de Dios y creador del cielo y de la Tierra. El hecho es que todos los días se oyen contar de él cosas maravillosas, sana a los enfermos y resucita a los muertos.

Este hombre es de mediana estatura y su fisonomía se halla impregnada a la vez de una dulzura y de una dignidad tal, que quien le mira se siente obligado a amarle y a temerle a un mismo tiempo. La frente es llana y muy serena, sin la menor arruga en la cara, agraciada por un agradable sonrosado. En su nariz y boca no hay imperfección alguna. Su aspecto es sencillo y grave. Es terrible en el reprender, suave y amable en el amonestar, alegre con gravedad. Su cabellera hasta la altura de las orejas es del color de la nuez madura, y desde ahí hasta los hombros, de un color claro y brillante, hallándose dividida en dos partes iguales por una raya, al estilo de los nazarenos. La barba, de un mismo color que la cabellera, es rizada y partida; sus ojos, severos, tienen el brillo de un rayo de sol y nadie puede mirarle de frente.

Dícese que jamás se le ha visto reír, y en cambio llora con frecuencia. La conformación de su cuerpo es sumamente perfecta; sus brazos y manos son muy agradables a la vista y, por último, es el más singular y modesto entre los hijos de los hombres.

Todos encuentran su conversación agradable y seductora. Su aire es muy distinguido, y bellas sus facciones; no es extraño, pues su madre es la mujer más hermosa que se ha visto en este país.

Dícese que jamás ha hecho daño a nadie, y que, por el contrario, se esfuerza en hacer feliz a todo el mundo. Si quieres conocerle ¡oh César!, según ya me lo han dicho una vez, dímelo y te lo enviaré.

Precioso, pero parece que se trata de un texto apócrifo en al menos tres versiones. Tampoco está clara la existencia de este personaje romano, supuesto antecesor de Poncio Pilato que, con seguridad, no habría utilizado expresiones acordes con el lenguaje del mundo hebreo. El pergamino fue descubierto en Roma, pero su contenido quedó postergado por la Gran Guerra de 1914. Un tal Giacomo Colonna encontró la carta en 1421 escrita en griego durante los primeros siglos, y posteriormente fue traducido al latín para tomar su versión actual hacia el siglo XV.

17972F8D-F31B-4596-873D-C5D257212CC9Pero resulta hermoso pensar en cómo sería físicamente Jesús y, sobre todo, la fuerza que emanaría su rostro. Nos seguiremos conformando con los iconos, cuadros y estampas para facilitar un poquito la devoción, con el permiso de los judíos, musulmanes… y de algunos cristianos, que de todo hay.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“Notas sobre la migración en la Biblia”, por Raúl Lugo.

lunes, 25 de marzo de 2019
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JESUS-CON-MALETAS-2De su blog Iglesia y Sociedad:

Esta entrega es solamente un gesto, tímido, insuficiente, para expresar mi pesar por los comentarios discriminatorios y, algunos, abiertamente racistas, a propósito de la caravana de personas que huyen de una vida de pobreza y tragedia y dejan su tierra, en este caso Honduras, con la esperanza de encontrar un lugar en el mundo donde el pan, la justicia y la amistad sean posibles. Son algunas notas solamente sobre cómo en la Biblia aparece el fenómeno de la migración y la itinerancia humana. Ojalá sirvieran para abrir brazos y hacer caer muros.

Migración en la historia de Israel

Los relatos bíblicos iniciales son una reflexión sapiencial sobre los orígenes de Israel. Estos relatos incluyen en variadas ocasiones el fenómeno de la errancia. Adán y Eva son expulsados del paraíso y tienen que abandonarlo, después de haber desobedecido las órdenes de Dios (Gen 3,23-24). Caín es también condenado a andar vagando después de que asesina a su hermano Abel (Gen 4,14): el Señor le marca la frente para evitar que fuera asesinado por otros, pero no le dispensa la errancia. Curiosamente el texto dice que Caín “habitó en Erets Nod, al este del Edén” (Gen 4,16), ciudad cuyo nombre es altamente simbólico porque quiere decir “Vagatierra” o “Tierra de Vagancia”, no en el sentido de estar ocioso y sin oficio, sino en el sentido de “andar por varias partes, sin sitio o lugar determinado o sin especial detención en ninguno”, como señala el diccionario. La prehistoria bíblica termina también con una imagen de emigración. Se trata del relato de la torre de Babel (Gen 11,1-9), que termina en un decreto divino: “confundamos su lenguaje, de modo que o se entiendan los unos a los otros. Así Yahvé los dispersó sobre la superficie de la tierra…” (Gen 11,7-8). En la prehistoria bíblica, pues, la migración aparece como fruto de un error humano, de una rebeldía contra Dios. El estado ideal perdido, en cambio, es el de un paraíso fijo, estable, tierra de felicidad.

Pero, a contrapelo de esta concepción sapiencial, la historia bíblica, al menos en sus inicios más remotos, está marcada por el abandono de una tierra y el viaje hacia otra. Las narraciones patriarcales reflejan un ambiente de pueblos pastores nómadas, que se mueven a través de territorios organizados en ciudades-estado. El clan semita de Abrahán, que habita en tiendas, procede de Jarán (Gen 12,4) y, más remotamente de Ur de los Caldeos (Gen 11,31). La movilidad de Abrahán es digna de llamar la atención: Siquem, Betel, Négueb, Egipto, regreso a Betel, Hebrón, etc. Todo el territorio israelita es recorrido por este viajero incansable. Perpetuamente emigrante, Abrahán no encuentra reposo sino hasta comprar un pedazo de tierra para enterrar a su esposa (Gen 23), acción relatada en un texto de indudable significación simbólica.

El nomadismo es, pues, el ambiente en el que surgió la primitiva revelación de Dios según la Biblia (Dt 26,6-10). Algunas costumbres del nomadismo permanecieron incluso cuando Israel se hizo un pueblo sedentario, como la venganza de la sangre (Go’el), y en su lenguaje coloquial, los hebreos conservaron muchas marcas de este pasado nómada, por ejemplo, la palabra “tienda” para designar a la casa (Jue 20,8; 1Sam 13,2; 1Re 12,16). El caso es que los patriarcas del Génesis son presentados como extranjeros en Canaán. Son unos marginados con relación a las ciudades cuyos santuarios frecuentan de manera episódica. Son pastores de ganado menor en vías de sedentarización, de costumbres complejas que tienen afinidades con otros pueblos circunvecinos.

Así pues, en la historia antigua de Israel puede decirse que hay dos concepciones que miran de distinta manera al fenómeno de la emigración: una visión que acusa poca estima de la vida nómada, como la historia de Caín y Abel en la que el pastor tiene las simpatías del autor, mientras que Caín, el agricultor, termina errante en el desierto, refugio de sedentarios decaídos y de gente fuera de la ley. Lo mismo puede decirse de la visión negativa del desierto, como morada de animales salvajes (Is 13,21-22) y lugar en el que se soltaba al macho cabrío con los pecados del pueblo (Lev 16).

Pero existe también una visión ideal del nomadismo: el desierto es lugar de los desposorios del pueblo con Dios (Jer 2,2; Os 13,5; Am 2,10), mientras que la vida urbana está llena de peligros por el lujo y la comodidad (Am 3,15; 6,8). La civilización urbana guarda el riesgo de la corrupción moral y la perversión religiosa. Comienza a crearse una mística del desierto que se prolongará en la experiencia de la secta esenia en Qumrán.

Los relatos del Éxodo nos dan una nueva faceta del fenómeno de la emigración en la Biblia. Los historiadores no alcanzan aún a ponerse de acuerdo en si los HAPIRU o HABIRU o IBRI, nombre del que después de derivará HEBREOS, era una etnia o una clase social. Parece ser que el origen del vocablo es peyorativo, algo así como el equivalente de “merodeador o bandido”, pero documentos extrabíblicos nos los muestran con jefes a la cabeza, aunque se hace difícil seguirles la pista en cuanto grupo. La última vez que aparecen en algún documento, es sirviendo como trabajadores forzados en el Alto Egipto. Es por eso que, actualmente, casi todos coinciden en que el término ‘hebreo’ usado en los relatos del Éxodo no es un término nacional o racial, sino que designa a aquellos asiáticos a quienes los egipcios mantienen en relación de servidumbre. Eso hace conveniente distinguir entre hebreo e israelita (una denominación mucho más tardía) e identificar a los hebreos de la Biblia con los HAPIRU. No se trata, pues, de una denominación de origen étnico, sino social. Lo que parece unir a personas de procedencias diferentes es su posición en la escala social egipcia: su calidad de siervos pobres, esclavos sin defensa. Es precisamente por esta característica que Moisés puede servir de punto de confluencia entre todos.

Después de salir de la esclavitud de Egipto, el pueblo comienza la marcha por el desierto, recordada por los textos bíblicos en una doble interpretación: el tiempo de las relaciones más puras, del primer amor entre Dios e Israel (Jer 2,1-3), ya que Israel estaba abandonado completamente en los brazos de Yahvé, y ningún Baal se había metido entre ellos dos, como después sucedería en el establecimiento agrícola. En el desierto, Dios ha alimentado, vestido y calzado a Israel (Dt 29,5). Pero también existe una visión menos idealizada que recuerda la travesía por el desierto como dolorida consecuencia de sus culpas. El pueblo de Dios en el desierto aparece en los textos como una chusma obstinada, terca e incrédula (Sal 78,8.17.32.40.56; Sal 136; 106; 78): el desierto como sinónimo de prueba, tipo del juicio futuro (Ez 20,35). Finalizada la marcha por el desierto, los textos miran la entrega de la tierra de Canaán como la última acción salvífica de Dios. La mal llamada conquista de Canaán es una muestra más de la difícil convivencia e interrelación entre un pueblo inmigrante y los habitantes naturales de un territorio.

Leyes a favor de los migrantes y extranjeros

Después del triunfo de Ciro sobre los babilonios, aplicada una política de tolerancia, los judíos emprenden el camino de vuelta a su tierra, un regreso progresivo y reducido, lo que quiere decir que muchas familias judías decidieron quedarse en lo que fue su lugar de exilio y hacerlo su nueva patria, pero manteniendo lazos de unidad con su cultura madre. Una cara de la migración que suele ser soslayada.

Al lado de este fenómeno está el planteamiento de nuevos problemas para los deportados que regresan a su tierra. Particularmente dolorosa es la relación con los que se habían quedado en la tierra sin haber sido deportados (Zac 5,1-5; Ag 1,2-11; Ez 33,23-39). Con la vuelta del destierro y la reconstrucción del templo, la comunidad judía se fue haciendo cada vez más cerrada. La observancia de la Ley de Moisés se convierte en signo privilegiado de identidad y en fortalecimiento de un sentimiento nacionalista que irá creciendo cada vez más. ¿Cómo tratar ahora a los no judíos? ¿qué tipo de relación se entablará con los extranjeros? Hay dos tendencias para responder a esta problemática: la expresada en los libros de Esdras y Nehemías, que pugnan por el aislamiento de la comunidad y la conservación escrupulosa de la identidad nacional. Por otro lado están los libros de Rut y de Jonás, que muestran la posibilidad de refundar la identidad judía en el marco de una gran apertura a los otros pueblos. Esta tendencia, lamentablemente, quedó en desventaja histórica frente a la primera.

Tener una tierra propia plantea el reto del trato a los extranjeros inmigrantes. Había dos clases de extranjeros: los MOKRI, que eran extranjeros que se encontraban de paso por el país, viajeros o comerciantes. Eran protegidos por la Ley de Moisés y se tenía con ellos deber de hospitalidad, pero no podía entrar en el Templo (Ez 44,7.9), ni ofrecer sacrificios (Lev 22,25), ni comer la cena de pascua (Ex 12,43). La segunda clase era el GUER o extranjero residente, con quienes había una especial obligación de hospitalidad. Era especialmente apreciado si se convertía al judaísmo. Abrahán había sido GUER en Hebrón (Gen 23,24), Moisés lo fue en Madián (Ex 2,22), un hombre de Belén se va de GUER a Moab y se casa con Rut (Rut 1,1), los israelitas fueron GUERIM en Egipto (Ex 22,20). Al llegar a Canaán los hebreos eran GUERIMhasta que se convirtieron en los dueños del país y los extranjeros comenzaron a ser los otros.

En relación con estos inmigrantes, las leyes eran de defensa total (Lev 19,34): Dios no hace acepción de personas y proporciona pan y vestido al extranjero (Dt 10,18; Lev 19,33). El amor al extranjero está mandado a Israel, que sufrió la misma situación en Egipto (Dt 10,19). No puede violentarse el derecho del extranjero residente (Dt 27,19) y deben ser juzgados con equidad por los jueces locales (Dt 1,6). Como recibían muchos desprecios y estaban en situación de desventaja, la Ley de Moisés los colocaba en la categoría de marginados a quienes la Ley les concedía ciertos privilegios. Se les enumera junto con “las viudas y los huérfanos” (Jer 7,6), se les ofrece asilo en las ciudades de refugio (Num 35,15); se les concede el derecho de rebuscar en el terreno de cosecha (Lev 19,10) y de comer de la cosecha del año sabático (Lev 25,6), etc. No es, sin embargo, tratado igual que el judío, porque al extranjero sí se le puede exigir interés en los préstamos (Dt 23,20) y estaban obligados a hacer ciertos trabajos (1Cr 22,2). Normalmente, aunque eran libres, no podían tener propiedades (Dt 24,14). Si se circuncidaban, adquirían obligaciones y derechos religiosos (Ex 12,48) y los profetas anuncian que entrarían a formar parte del pueblo de Dios en el reino del Mesías (Is 14,1; Ez 47,22).

Jesús, el migrante

Los dos evangelios de la infancia nos muestran a Jesús compartiendo la suerte de los emigrantes. En la versión de Lucas, Jesús nace fuera de su hogar, al amparo de la caridad de una familia, lejos de su casa y su parentela (Lc 2). En la versión de Mateo, Jesús y su familia se ven obligados a huir de la persecución de Herodes, y tienen que pasar un tiempo largo en tierra extranjera (Mt 2).

Más tarde, el mismo Jesús decide por una vida itinerante, sin residencia propia, al punto que se proclama “sin lugar en donde reposar la cabeza” (Lc 9,58). Sabemos que, mientras ejerció su  ministerio en Cafarnaúm, Jesús se alojaba en la casa de Pedro (Mc 1,29; 2,1) y que cuando visitaba Jerusalén, le gustaba hospedarse en casa de Marta, María y Lázaro (Lc 10,38-42). No es extraño, por ello, que la virtud de la hospitalidad fuera altamente apreciada también entre la primitiva comunidad cristiana (Heb 13,2) ni que una de las oraciones del bendicional señale, justamente en las preces para bendecir una casa: “Señor, tú que no tuviste casa propia y aceptaste con el gozo de la pobreza la hospitalidad de tus amigos…”.

Por otra parte, Jesús rompe con muchas de las costumbres de su tiempo en su trato con los extranjeros, sean samaritanos o paganos de otras regiones. Cura al siervo de un soldado romano (7,2-10), libera al endemoniado geraseno (Mc 5,1-20), aprende la lección de la universalidad de una mujer cananea (Mt 15,21-28). En su parábola del juicio final, conocida como la parábola de las ovejas y los cabritos, Jesús va a señalar como uno de los gestos de amor la ayuda a los forasteros y se identifica con ellos (Mt 25,35).

Para la Carta a los Hebreos es un dato muy significativo la muerte de Jesús fuera de la ciudad, como señal de desprecio (Heb 13,12-14) y la considera una invitación a la ciudad permanente. No es tampoco menor el hecho de que Marcos, el evangelio de la revelación del Mesías crucificado, éste no sea reconocido como Hijo de Dios sino por un extranjero (Mc 15,39).

La iglesia, una casa para todos y todas

La formulación más elaborada sobre la migración como símbolo de la naturaleza de los cristianos, la encontramos en la Primera Carta de Pedro. En ella, la condición social de migrantes se convierte en una especie de parábola teológica: los cristianos deben considerar su existencia como una permanencia transitoria en un mundo al cual no pertenecen. Los cristianos a quienes se dirige la carta trabajan como personas sin techo y sin tierra, en un lugar que no les pertenece, pagan tributos en un país que no es el suyo y que no les otorga derecho alguno. La expresión “forasteros” de 1 Pe 2,11, en griego PAROIKOI, literalmente traducida quiere decir “extranjeros residentes”. Esa expresión era usada para describir a los extranjeros que habían adquirido el derecho de residencia, pero que no disfrutaban del derecho de ciudadanía. Podían vivir y trabajar en un país, pero no tenían derechos plenos. Entre sus deberes estaban: pagar tributos, tasas y cuotas de producción. Entre los derechos de los que estaban excluidos se cuentan: voto, posesión de la tierra, matrimonio con ciudadanos, herencia y transferencia de bienes.

Otro grupo referido en 2,11 es el de los “peregrinos”, en griego PAREPIDÉMOI: eran extranjeros que no tenían ni siquiera derecho de permanencia en el país. Eran los “extraños” y no poseían ningún derecho. No podemos decir que todos los cristianos a los que va dirigida la 1 Pedro fueran extranjeros, pero sí que a una buena parte de la comunidad le correspondía esta descripción y caracterizaba a la comunidad como un todo.

Por eso el espacio afectivo de “familia” era tan importante. La 1Pedro ofrece a estos desabrigados una casa, un abrigo, una referencia de familia: es la comunidad. Los que no tienen casa, son abrigados por la “casa de Dios”, los que no tienen derecho de ciudadanos, pueden llamar padre a Dios. La comunidad es lugar de refugio y resistencia para no dejar, con su testimonio, de denunciar las injusticias de la sociedad.

NOTA FINAL: El artículo completo, con las citas bibliográficas que aquí fueron omitidas, se encuentra en Lugo Raúl, Dios, defensor de los derechos humanos en la Biblia (Ed. San Pablo, México 2014).

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Conversión… Saber esperar

domingo, 24 de marzo de 2019
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Sabemos que nos esperas, Señor, porque sabes que la espera es esperanza… y esperamos también que riegues nuestras vidas con tu ternura… para que nuestra  vida sea un reflejo de tu bondad y de frutos de justicia que haga mejor la de los demás…

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Saber esperar; sabiendo
que el tiempo no existe ya.

Ni el correo ni la prensa
tienen caja forestal.

El sol es de ayer, de siempre.
Y un día es un día más.

La noche, con “muriçoca”.
La tuna, no es de fiar.

Mañana será otro día,
y arroz no nos faltará…

Despertaremos cansados,
com vontade de sentar”;

pero con la espera al hombro,
¡y nos tocará esperar

otro día, todo el día,
…para aprender a esperar!

*

Pedro Casaldáliga
Clamor elemental. Ed Sígueme, 1971

***

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó:

“¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.”

Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?

Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

*

Lucas 13, 1-9

***

Todo es provisional en la vida del hombre, todo está ligado al tiempo: en este sentido, tanto justos como pecadores viven en el tiempo, tiempo que es un don de Dios para ellos, un tiempo de gracia, y por ello, un tiempo abierto a la conversión. Ni el pecador empedernido ni el justo empedernido permanecerán así para siempre. Están llamados a ser «pecadores en conversión».

Dios nos toca de muchas maneras para llevarnos a este estado de conversión. Nosotros sólo podemos prepararnos para que Dios nos toque. Fuera de la conversión estamos fuera del amor. En este caso no le quedarían al hombre más que dos posibilidades: la satisfacción de sí y la justicia propia, o una profunda insatisfacción y la desesperación. Fuera de la conversión no podemos estar en la presencia del verdadero Dios, pues no estaríamos junto a Dios, sino ¡unto a uno de nuestros numerosos ídolos. Además, sin Dios, no podemos permanecer en la conversión, porque no es nunca el fruto de buenas resoluciones o del esfuerzo. Es el primer paso del amor, del Amor de Dios más que del nuestro. Convertirse es ceder al dominio insistente de Dios, es abandonarse a la primera señal de amor que percibimos como procedente de Él. Abandono en el sentido de capitulación. Si capitulamos ante Dios, nos entregamos a Él. Todas nuestras resistencias se funden ante el fuego consumidor de su Palabra y ante su mirada; no nos queda ya más que la oración del profeta Jeremías: «Haznos volver a ti, Señor, y volveremos» (Lam 5,21; cf. Jr 31,18).

*

André Louf,
A merced de su gracia,
Madrid 1991, 19-24, passim.

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“Antes de que sea tarde”. 3 Cuaresma – C (Lucas 13,1-9)

domingo, 24 de marzo de 2019
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Miracleofthefig-620x560Había pasado ya bastante tiempo desde que Jesús se había presentado en su pueblo de Nazaret como Profeta, enviado por el Espíritu de Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia. Sigue repitiendo incansable su mensaje: Dios está ya cerca, abriéndose camino para hacer un mundo más humano para todos.

Pero es realista. Jesús sabe bien que Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Por eso se esfuerza en despertar en la gente la conversión: «Convertíos y creed en esta Buena Noticia». Ese empeño de Dios en hacer un mundo más humano será posible si respondemos acogiendo su proyecto.

Va pasando el tiempo y Jesús ve que la gente no reacciona a su llamada como sería su deseo. Son muchos los que vienen a escucharlo, pero no acaban de abrirse al «Reino de Dios». Jesús va a insistir. Es urgente cambiar antes que sea tarde.

En alguna ocasión cuenta una pequeña parábola. El propietario de un terreno tiene plantada una higuera en medio de su viña. Año tras año, viene a buscar fruto en ella y no lo encuentra. Su decisión parece la más sensata: la higuera no da fruto y está ocupando inútilmente un terreno, lo más razonable es cortarla.

Pero el encargado de la viña reacciona de manera inesperada. ¿Por qué no dejarla todavía? Él conoce aquella higuera, la ha visto crecer, la ha cuidado, no quiere verla morir. Él mismo le dedicará más tiempo y más cuidados, para ver si dar fruto.

El relato se interrumpe bruscamente. La parábola queda abierta. El dueño de la viña y su encargado desaparecen de escena. Es la higuera la que decidirá su suerte final. Mientras tanto, recibirá más cuidados que nunca de ese viñador que nos hace pensar en Jesús, «el que ha venido buscar y salvar lo que estaba perdido».

Lo que necesitamos hoy en la Iglesia no es solo introducir pequeñas reformas, promover el «aggiornamento» o cuidar la adaptación a nuestros tiempos. Necesitamos una conversación en un nivel más profundo, un «corazón nuevo», una respuesta responsable y decidida a la llamada de Jesús a entrar en la dinámica del Reino de Dios.

Hemos de reaccionar antes de que sea tarde. Jesús está vivo en medio de nosotros. Como el encargado de la viña, él cuida de nuestras comunidades cristianas, cada vez más frágiles y vulnerables. Él nos alimenta con su Evangelio, nos sostiene con su Espíritu.

Hemos de mirar el futuro con esperanza, al mismo tiempo que vamos creando ese clima nuevo de conversión y renovación que necesitamos tanto y que los decretos del Concilio Vaticano no han podido hasta ahora consolidar en la Iglesia.

José Antonio Pagola

 

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