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Señor… Señor…

miércoles, 1 de julio de 2020
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Pero la separación provocada por la llamada de Jesús al seguimiento es aún más profunda. Tras la separación del mundo y de la Iglesia, de los cristianos falsos y verdaderos, la separación se sitúa ahora en medio del grupo de los discípulos que confiesan su fe. Pablo afirma: «Nadie puede decir «Jesús es señor» sino por influjo del Espíritu Santo» (1 Cor 12, 3). Con la propia razón, con las propias fuerzas, con la propia decisión, nadie puede entregar su vida a Jesús ni llamarle su señor. Pero aquí se tiene en cuenta la posibilidad de que alguno llame a Jesús su señor sin el Espíritu Santo, es decir sin haber escuchado la llamada de Jesús.

Esto resulta tanto más incomprensible cuanto que en aquella época no significaba ninguna ventaja terrena llamar a Jesús su señor; al contrario, se trataba de una confesión que implicaba un gran peligro. «No todo el que me dice: «Señor, Señor» entrará en el Reino de los Cielos…». Decir «Señor, Señor» es la confesión de fe de la comunidad. Pero no todo el que pronuncia esta confesión entrará en el Reino de los Cielos.

La separación se producirá en medio de la Iglesia que confiesa su fe. Esta confesión no confiere ningún derecho sobre Jesús. Nadie podrá apelar nunca a su confesión. El hecho de que seamos miembros de la Iglesia de la confesión verdadera no constituye un derecho ante Dios. No nos salvaremos por esta confesión.

Jesús revela aquí a sus discípulos la posibilidad de una fe demoníaca, que le invoca a él, que realiza hechos milagrosos, idénticos a las obras de los verdaderos discípulos de Jesús, hasta el punto de no poder distinguirlos, actos de amor, milagros, quizás incluso la propia santificación, una fe que, sin embargo, niega a Jesús y se niega a seguirle. Es lo mismo que dice Pablo en el c. 13 de la primera carta a los corintios sobre la posibilidad de predicar, de profetizar, de conocerlo todo, de tener incluso una fe capaz de trasladar las montañas… pero sin amor, es decir, sin Cristo, sin el Espíritu Santo.

*

Dietrich Bonhoeffer,
El precio de la gracia. El seguimiento,
Sígueme, Salamanca 51999, pp. 127-129.

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José M. Castillo: «Jesús no habló de templos, ni de conventos, ni organizó una religión como la que tenemos»

lunes, 29 de junio de 2020
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Unidad-solidaridad-salir-crisis_2218888099_14468949_660x371De su blog Teología sin censura:

«Se les está escapando de las manos a los sacerdotes» «Cada día que pasa, la vemos y la palpamos más y más en ‘lo profano'»

«La religiosidad está en el proyecto de vida y en la forma de vivir que cada cual asume, hace suya y pone en práctica»

«El proyecto del Evangelio de Jesús desconcertó incluso a Juan Bautista»

24.06.2020 José María Castillo

Se viene diciendo, desde hace décadas, que la religión está en crisis. Y ahora, con la pandemia del coronavirus, la crisis religiosa se ha puesto en evidencia de forma más patente y descarada. Las ceremonias, costumbres y prácticas religiosas (misas, bautizos, bodas, procesiones…), se abandonan; los seminarios y los conventos se van quedando vacíos, etc., etc. El hecho es evidente y no admite discusión. Ni siquiera me interesa darle vueltas en mi cabeza a los motivos que pueden explicar por qué se está produciendo este desplome religioso.

¿Es que no me importa, ni me interesa, esta crisis creciente del ”hecho religioso”? Nada de eso. Me interesa. Y mucho. Lo que pasa es que yo veo todo este asunto desde otro punto de vista. La religión no está desapareciendo. Se está desplazando. Se está saliendo de los templos. Se les está escapando de las manos a los sacerdotes. Se desvincula de “lo sagrado”. Y cada día que pasa, la vemos y la palpamos más y más en “lo profano”. El centro de la religión ya no está “en el templo”, está “en la vida”. Y en la defensa, protección y dignificación de la vida. Además, la religiosidad está en el proyecto de vida y en la forma de vivir que cada cual asume, hace suya y pone en práctica.

Escribo esto el día 24 de junio, el día de San Juan Bautista. El padre de Juan era un sacerdote (Zacarías) y su madre (Isabel) era de la familia de Aaròn (Lc 1, 5), la familia sacerdotal en sentido pleno. Lo lógico habría sido que Juan hubiera ejercido de sacerdote en el templo. Pero no. Juan se fue al desierto (Lc 1, 80). Juan vio que el futuro no estaba en el templo y en sus ceremonias religiosas. Juan pensó que el problema capital era la conversión de los pecadores. Y eso es lo que predicó en sus sermones a la gente (Lc 3, 1-14).

Pero Jesús vio que el desplazamiento de la religión tenía que ser más radical. Por eso, cuando Juan se enteró (estando ya preso en la cárcel de Herodes) de las “obras” que hacía Jesús, le mandó dos discípulos a preguntarle: “¿Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otros?” (Mt 11, 2-3; Lc 7, 18). El proyecto del Evangelio de Jesús desconcertó incluso a Juan Bautista. ¿No nos va a desconcertar a nosotros también?

La respuesta de Jesús a los discípulos de Juan es la clave: “Id a contarle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan… (Mt 11, 4-5 par). Y conste que lo más elocuente, de lo que dijo Jesús, es el final: “Y ¡dichoso el que no se escandalice de mí!” (Mt 11, 6). Cuando la preocupación central de la religión no es el pecado, sino que es la salud de los que sufren, hay gente que se escandaliza. Justamente lo que estamos viviendo, desde hace varias semanas. Ya no se aplaude a los curas y sus ceremonias. Se aplaude a los médicos y a quienes les ayudan para superar y vencer la pandemia, el sufrimiento, el abandono de tantos enfermos.

¿Qué hacía Jesús? ¿Qué nos dice el Evangelio? Jesús no habló de templos, ni de conventos, ni organizó una religión como la que tenemos. Si el Evangelio tiene razón, recordemos lo que Jesús le dijo a una mujer samaritana: “Créeme, mujer: Se acerca la hora en que no daréis culto al Padre ni en este monte ni en Jerusalén….. Se acerca la hora…, ya ha llegado, en que los que dan culto verdadero, adorarán al Padre espíritu y en verdad” (Jn 4, 21-24). Discuten los entendidos el sentido exacto de este texto. Lo que no admite dudas es que Jesús afirma que la adoración a Dios no está asociada a un lugar determinado. Tengas templo o no lo tengas, lo importante de verdad es la honradez, la honestidad, la bondad, la lucha contra el sufrimiento y el empeño por humanizar este mundo y esta vida.

«Lo lógico habría sido que Juan hubiera ejercido de sacerdote en el templo. Pero no. Juan se fue al desierto»

¿Es esto lo que estamos viviendo? ¿Es esto lo que aplaude la gente? ¿Es éste el nuevo giro que (empezando por la forma de ser y de vivir del papa Francisco) está tomando la Iglesia? Lo más lógico es pensar que la religión no se hunde. Se está desplazando. Y a mí, lo que me parece es que está abandonando el templo. Y está recuperando el Evangelio. No como creencia religiosa (que eso lo teníamos muy claro), sino como forma de vida. Una forma de vivir de la que estamos muy lejos. Y que urge recuperar cuanto antes.

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Coge tu cruz y sígueme…

domingo, 28 de junio de 2020
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No te he negado

Por causa de Tú causa me destrozo
como un navío, viejo de aventura,
pero arbolando ya el joven gozo
de quien corona fiel la singladura.

Fiel, fiel…, es un decir. El tiempo dura
y el puerto todavía es un esbozo
entre las brumas de esta Edad oscura
que anega el mar en sangre y en sollozo.

Siempre esperé Tú paz. No Te he negado,
aunque negué el amor de muchos modos
y zozobré teniéndote a mi lado.

No pagaré mis deudas; no me cobres.
Si no he sabido hallarte siempre en todos,
nunca dejé de amarte en los más pobres.

*

Pedro Casaldáliga,
El Tiempo y la Espera, Sal Terrae 1986

***

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.”

*

Mateo 10,37-42

***

Dios, que me entrega tesoros para que los guarde, me permite que los custodie y los administre bien   Me agrada relacionarme con los demás. Mi intensa participación, me parece, irradia lo mejor y más sincero de mí; las personas se muestran sinceras conmigo, cada uno es una historia, y todos me cuentan su vida. Y mis ojos encantados no tienen que leer. […]. Soy un enfermo, no puedo hacer nada. Mas tarde enjugaré lágrimas y replegaré miedos, allá abajo. En el fondo, ya lo hago en esta cama. ¿Quizá sea por esto que tengo fiebre y mareos?. No quiero ser cronista de horrores. Ni tampoco de sucesos sensacionales.

Esta mañana le he dicho a Jopie: siempre llego a la misma conclusión, la vida es bella. Y creo en Dios. Quiero estar entre los  «horrores» y decir igualmente que la vida es bella. Ahora, con fiebre y mareos, acostado en un rincón, no puedo hacer nada. Hace poco me he despertado con la garganta seca, he aferrado mi vaso y he agradecido los sorbos de agua; he pensado: si pudiese andar entre los millares de hombres amontonadas por ahí y pudiese ofrecerles un trago… Me digo: no es nada, tranquilo, no es nada, tranquilo.

Cuando una mujer o un niño hambriento se ponía a llorar detrás de nuestras mesas de grabación, me arrimaba, le abrazaba sobre mi pecho, le apretaba, le sonreía y suavemente le decía a quien se encontraba acurrucado y aturdido: no es nada, no es nada. Me quedaba allí y, si podía, hacía algo. A veces me sentaba cerca de alguien, le ponía el brazo encima del hombro, guardaba silencio y le miraba a la cara. Nada resultaba nuevo, ninguna de aquellas expresiones de dolor humano. Todo me parecía familiar; como si ya hubiera vivido cada casa. Algunos me decían: tienes nervios de acero para resistir. No creo que tenga nervios de acero; mas bien, nervios sensibles, capaces de «resistir». Tengo el coraje de mirar de frente al dolor. Al final de coda día me decía: ¡quiero tanto a los hombres!.

*

E. Hillesum,
Diario 1941-1943,
Milán 5i 992, 232ss.

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«Dispuestos a sufrir». 13 Tiempo ordinario – A (Mateo 10,37-42)

domingo, 28 de junio de 2020
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19780705_1319786741470503_7012246053480105992_oJesús no quería ver sufrir a nadie. El sufrimiento es malo. Jesús nunca lo buscó ni para sí mismo ni para los demás. Al contrario, toda su vida consistió en luchar contra el sufrimiento y el mal, que tanto daño hacen a las personas.

Las fuentes lo presentan siempre combatiendo el sufrimiento que se esconde en la enfermedad, las injusticias, la soledad, la desesperanza o la culpabilidad. Así fue Jesús: un hombre dedicado a eliminar el sufrimiento, suprimiendo injusticias y contagiando fuerza para vivir.

Pero buscar el bien y la felicidad para todos trae muchos problemas. Jesús lo sabía por experiencia. No se puede estar con los que sufren y buscar el bien de los últimos sin provocar el rechazo y la hostilidad de aquellos a los que no interesa cambio alguno. Es imposible estar con los crucificados y no verse un día «crucificado».

Jesús no lo ocultó nunca a sus seguidores. Empleó en varias ocasiones una metáfora inquietante que Mateo ha resumido así: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». No podía haber elegido un lenguaje más gráfico. Todos conocían la imagen terrible del condenado que, desnudo e indefenso, era obligado a llevar sobre sus espaldas el madero horizontal de la cruz hasta el lugar de la ejecución, donde esperaba el madero vertical fijado en tierra.

«Llevar la cruz» era parte del ritual de la crucifixión. Su objetivo era que el condenado apareciera ante la sociedad como culpable, un hombre indigno de seguir viviendo entre los suyos. Todos descansarían viéndolo muerto.

Los discípulos trataban de entenderle. Jesús les venía a decir más o menos lo siguiente: «Si me seguís, tenéis que estar dispuestos a ser rechazados. Os pasará lo mismo que a mí. A los ojos de muchos pareceréis culpables. Os condenarán. Buscarán que no molestéis. Tendréis que llevar vuestra cruz. Entonces os pareceréis más a mí. Seréis dignos seguidores míos. Compartiréis la suerte de los crucificados. Con ellos entraréis un día en el reino de Dios».

Llevar la cruz no es buscar «cruces», sino aceptar la «crucifixión» que nos llegará si seguimos los pasos de Jesús. Así de claro.

José Antonio Pagola

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“El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí.”. Domingo 28 de junio de 2020 13º Ordinario

domingo, 28 de junio de 2020
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36-ordinarioa13Leído en Koinonia:

2Reyes 4, 8-11. 14-16a: Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí.
Salmo responsorial: 88: Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
Romanos 6,3-4.8-11: Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que andemos en una vida nueva.
Mateo 10,37-42: El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí.

Las exigencias de la cruz cambian para cada generación de creyentes. En la época de Jesús existía la amenaza inminente de la muerte ignominiosa, bien fuera por la cruz, la espada o la lapidación. Los cristianos eran vistos como una amenaza para el imperio y, con frecuencia, se les acusaba falsamente de sedición. Con el tiempo, la pena capital fue cambiando de modalidad y sus cuerpos fueron quemados en locales públicos, o arrojados a leones, osos, tigres, toros y toda clase de fieras. Todas estos intentos de bloquear, anular o eliminar la novedad del evangelio fueron vanos porque la fuerza del cristianismo radica en la cruz de Cristo.

Los cristianos de los primeros siglos no anunciaban religiones de salvación, ni sanaciones individuales ni ritos de purificación. Aunque ellos anunciaran la universalización de la obra salvadora, curaran enfermos y tuvieran el símbolo del bautismo como rito de iniciación, lo que los hacía diferentes era su radical denuncia de la injusticia. Anunciar a un Mesías crucificado era, y es, ir en contra de todos los parámetros sociales, de las buenas costumbre e, incluso, de los preceptos de la religión. Ellos anunciaban como redentor a uno que el sistema lo había proscrito, condenado y sentenciado al escarnio público. El anuncio de un Mesías Crucificado era, en realidad, una denuncia vehemente de un sistema de creencias, valores e instituciones que habían hecho de la violencia, la mentira y la opresión los valores indiscutibles de la organización social. ¿Cómo iban a ver con buenos ojos las autoridades de Jerusalén, los gendarmes del imperio y el pueblo alienado que un individuo apoyado por un pequeño grupo de hombres y mujeres cuestionara directamente sus valores y anunciara que otra sociedad era posible? Imposible para la gente, pero no para Dios.

Las comunidades cristianas desde el inicio tuvieron conciencia de la magnitud de la tarea a la que se enfrentaban. La experiencia del resucitado les llevó rápidamente a descubrir que debían superar los límites de las comunidades palestinas y lanzarse a la misión universal; debían dar prioridad a la construcción de las comunidades y dejar a un lado la tentación de construirse edificios; debían enfocarse sobre los grupos excluidos y marginados y dejar de lado los centros de poder; debían asimismo retomar las opciones fundamentales de Jesús y hacerlas vida en todos los rincones del imperio. Por eso, las exigencias para seguir a Jesús se fueron formulando con una claridad y precisión asombrosas en cada comunidad. Los contenidos fundamentales se fueron adecuando a cada contexto histórico y cultural pero sin atenuar las características esenciales del mensaje.

Por tanto, no debe sorprendernos que Mateo nos diga con tanta ‘dureza’ las exigencias del seguimiento de Jesús. El evangelista retoma las tradiciones del evangelio y las actualiza de acuerdo con el lenguaje y necesidades de su comunidad. Sus palabras hieren, como el antiséptico sobre la eterna llaga, pero tienen una virtud medicinal: nos liberan de nuestros propios prejuicios y apegos.

Cuando Mateo nos dice que quien ama más a sus parientes que a Jesús no es digno de él, nos revela un problema de su comunidad. El pueblo judeocristiano, tiene una estima desmesurada por los de su propia sangre. Un afecto que fácilmente se convierte en apego paralizante. El texto usa en griego la palabra filia para denominar este afecto. Pero el proyecto de Jesús pide más: pide un amor enfocado hacia el prójimo, un amor que supere los lazos de sangre, el parentesco y la raza. Un amor como el que Dios nos tiene y que en griego se llama ágape. El cristiano que no sea capaz de trascender los estrechos limites de la familia, de la raza o de la nación, no está habilitado para experimentar y dar el amor solidario que propone el evangelio. Y por esa misma razón, el amor a Jesús no se reduce a la pura dimensión íntima, individual y privada. Amar a Jesús es amar lo que él amó, su proyecto, su ideal, su Utopía, el «Reinado de Dios», como él acostumbró a llamarla, con las palabras tradicionales de los profetas. Amar a Jesús es amar a las personas que él amó: pobres, marginados, excluidos, enfermos, abatidos, endemoniados, extranjeros. El amor de Jesús era tan grande que llegó a amar incluso a aquellos que se declararon sus enemigos. Un amor que hoy nos puede parecer desorbitado, desnaturalizado, extremo, pero que para nuestra dicha y quebranto es el amor con el que Dios nos ama. Un amor sin el cual no podemos llamarnos discípulos de Jesús.

Pablo simboliza muy bien la radicalidad del amor cristiano mediante la comparación entre la muerte y la inmersión bautismal. Ser cristiano es morir a todos los apegos irracionales hacia la propia familia, raza o nación, incluso es morir hacia un apego desordenado hacia sí mismo. La novedad cristiana se manifiesta en esa transformación sustancial de las relaciones humanas, en la resurrección a una vida nueva llena de afectos, proyectos y estilos de vida completamente volcados hacia la humanidad sufriente y marginada. Con Cristo morimos a una humanidad caduca y sin esperanza para resucitar en una nueva humanidad libre y generosa en la que el límite es el cielo, donde no hay límite. Leer más…

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28 junio 2020. Dom 13 tiempo ordinario. Quien quiera a su padre o su madre más que a mí no es digno de mi

domingo, 28 de junio de 2020
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jehyun-sung-486247-unsplash_opt-1Del blog de Xabier Pikaza:

Así dice Jesús,como representante de aquellos a quienes él quiso y con quienes él se identifica (marginados, hambrientos, expulsados, niños sin familia…). De esa forma eleva su alternativa de «reino de Dios» frente a un tipo de estructuras de familia al servicio de intereses de clan o de grupo, en contra de los excluidos y pobres.

 Jesús no habla así contra los padres necesitados de cuidado y cariño, a quienes el 4º mandamientopide que se honre  (con Mc 7), sino contra un tipo de padres-patriarcas, que quieren perpetuar su sistema de poder excluyendo o marginando a pobres e impuros, enfermos y extranjeros, que forman su pueblo y familia mesiánica

Jesús habla como iniciador y signo de la familia de Dios, que es la humanidad fraterna, donde los más  importantes sona los que no tienen familia (padre, hijos, hermanos…), los expulsados sociales, excluidos, huérfanos y extranjeros, esclavos, descartados, encarcelados, víctimas de tratas de diverso tipo…

Ésta es la palabra clave del evangelio de este domingo 13 del tiempo ordinario (28, junio 2020), uno de los más escandalosos y necesarios, en un tiempo como el nuestro donde hay un sistema de «padres» políticos e ideológicos, económicos y sociales que olvidan y oprimen (excluyen) a los pobres.

Evangelio del domingo. Comienzo

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.  y el que no tome su cruz y me sigue no es digno de mí.El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará… (Mt 10, 37ss).

Tema central

Este es un tema “escandaloso”, difícil de resolver, un tema de “buenas familias”, que se protegen a sí misma, buscando su riqueza y seguridad, pase lo que pase con los otros (las familias de los sin familia, esclavos, pobres de diverso tipo)

Es un tema de política: Muchos estados y partidos políticos (especialmente los que se llaman de derechas, defensores del orden y de las llamadas “tradiciones cristianas”) buscan el bien de sus propios grupos (de sus padres‒madres‒ de sus hijos‒hijas, de sus hermanos‒hermanas), como si el mundo fuera de ellos, los demás a su servicio… El Estado Español es un buen ejemplo de esto. Grupos que se llaman de “tradición cristiana” no quieren ni hablar de esa palabra del Evangelio.

‒ Éste es un tema radical de Jesús y de su proyecto de Reino: Él ha empezado optando por los que no tienen familia, los impuros, enfermos, expulsados. Lógicamente,  le acusan de desentenderse de los suyos (de su madre y sus hermanos, de los buenos judíos, cf. Mc 3, 20‒35)…, pero él se defiende diciendo que antes que sus hermanos de buena familia están para él los que no tienen familia, excluidos, abandonados…

Éste no es un tema de mística interior (que también lo es), sino de mística social. ¿Quién está dispuesto a crear una familia como la de Jesús? La misma iglesia tiene que aprender muchísimo de este evangelio

 Bibliografía. He desarrollado este motivo en dos libros: Historia de Jesús (VD, Estella 2015 y La Familia en la Biblia,VD, Estella 2017)

Principio  del tema

 Jesús quiso realizar una trasformación radical de la vida social y familiar, pero no en clave de lucha (matando a los enemigos), sino de comunión, a partir de los itinerantes pobres, excluidos sociales, enfermos, pobres, descartados que, en general, no tenían familia. Con ellos quiso crear un nuevo tipo de familia/sociedad desde los excluidos y  «pequeños» (itinerantes), a quienes ofreció el encargo de anunciar el Reino de Dios y de iniciar su construcción.

Jesús no quiso unos pequeños retoques,  ni inició un reino puramente espiritual (intimista), sino que puso en marcha un movimiento  totalde construcción del Reino de Dios, es decir, una nueva comunidad, en esta aquella misma tierra de Israel, empezando por los rechazados, sin propiedades, ni fortuna, ni familia patriarcal (por los expulsados de la sociedad).

Su proyecto se distingue así de los sistemas de poder, que construyen sus reinos por la fuerza, y se distingue también de un tipo de instituciones espiritualistas que buscan en el fondo una evasión de tipo pseudo-religioso. Jesús no quiere que “unos” (pobres) tomen las tierras de “otros” (más ricos), arrebatándoles su propiedad, sino superar el mismo sistema de propiedad, promoviendo un movimiento donde los marginados ofrecen salud y curación a sus marginadores.

  1. En una situación opresora, de muerte, de muerte de los pobres. El Imperio de Roma se había formado, de manera descendente, desde los niveles superiores, de manera que el orden social reproducía el modelo de una “buena” familia patronal, donde los altos favorecían a los bajos (y los bajos apoyaban a los altos, como clientes), en línea de poder. En contra de eso, Jesús ha querido que surja una familia que sea simplemente familia (no patriarcalista), donde los más pobres empiezan enriqueciendo (curando) precisamente a los ricos.
  2. Como buen israelita, Jesús no ha querido transformar el poder desde arriba (el Imperio romano, los reinos/gobiernos vasallos de Galilea o Judea…), sino que ha empezado cambiando la estructura familiar, entendida en sentido extenso, como grupo social básico. No ha querido fortalecer un tipo de familia tradicional, fundada en modelos de posesión, que justifican el orden establecido, expulsando del sistema a los menos afortunados (a los que no tienen familia), sino un orden donde quepan todos, precisamente desde los más pobres, invirtiendo los modelos de poder. Estos son los elementos básicos de su propuesta:
  3. Una familia rota.No tuvo que romper directamente la familia tradicional, pues ella se encontraba rota, en muchos casos, como suponía la misma tradición antigua, cuando quería defender a los huérfanos-viudas-extranjeros, es decir, a los expulsados y marginados, a quienes Dios considera su auténtica familia (cf. Ex 22, 20-23; Dt 16, 9-15; 24, 17-22). Jesús opta precisamente por los huérfanos-viudas-extranjeros de su tiempo, es decir, por aquellos que han sido rechazados por la “buena” sociedad de su momento.
  4. De esa forma se opuso a un orden social en el que algunos, en nombre de sus privilegios patriarcales, expulsan y oprimen, utilizan y destruyen a los menos privilegiados. Por eso, ha rechazado (ha declarado rota) una forma de familia dominante, de tipo jerárquico-impositivo, fundada sobre principios de posesión, en la que unos se imponen y excluyen a otros (les expulsan del buen todo). La opción de Jesús a favor del Reino (de los excluidos) le ha llevado a oponerse a un orden familiar jerárquico que se impone y funciona expulsando a los más pobres. Actúa así para que pueda surgir una familia abierta a todos, empezando por los excluidos (cf. Mt 10, 35-37; Lc 12, 53; 14, 26). A su juicio, desde la perspectiva de los pobres, la familia estaba rota, no podía hablarse de familia.
  5. Su cambio de familia exigía un cambio de economía y sociedad. La familia tradicional estaba muy vinculada a un tipo de estructura económica, de forma que los carentes de familia solían ser básicamente los pobres, sin bienes materiales ni amparo social, los enfermos e impuros. Ciertamente, hay una riqueza que puede minar y amenazar a la familia, haciendo que ella se convierta en un espacio de egoísmo posesivo. Sin embargo, en general, lo que destruye a la familia tradicional es la pobreza y falta de recursos, que deja a los hombres sin campo, a las mujeres sin libertad y a los niños sin amparo.
  6. Por eso, los carentes de “casa/familia” eran en general los pobres, los huérfanos, viudas y extranjeros, es decir, los que no podían apoyarse en la estabilidad económica y social que ofrece la tierra. En sentido tradicional, la posesión de una familia y casa (con campos) era signo de bendición, pero esa posesión podía convertirse también en instrumento de pecado, pues la abundancia de unos se construía sobre la carencia de otros. Lógicamente, para buscar una familia de Reino, expresada en formas de gratuidad y universalidad, partiendo de los pobres, Jesús debía superar la familia clasista (patriarcalista) que había desembocado en la ruptura social y en la opresión de los pobres de Galilea.

 Un programa escandaloso:Odiar padre y madre… 

    Así formula Jesús su programa:  Quien ame al padre o madre más que a mí (= quien no supere un tipo de familia clasista, impositora) no es digno de mí.En ese contexto se entiende la exigencia de Jesús: No absolutizar al padre y a la madre (Mt 10, 37‒38). De forma paradójica, escandalosa, otra tradición del evangelio habla de odiar a padre-padre, hermanos-hermanas… (Lc 24, 26 Q; cf. EvTom 55, 1-2; 101, 1-3). “Odiar” significa dejar en un segundo plano a los que parecen más íntimos, para acompañar y ayudar a los más necesitados.

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Exigencias y recompensa. Domingo 13 TO. Ciclo A

domingo, 28 de junio de 2020
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Cristo_abrazado_a_la_cruz_(El_Greco,_Museo_del_Prado)Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El largo discurso dirigido a los apóstoles (resumido en los domingos 11-13) termina con una serie de frases de Jesús que son, al mismo tiempo, muy severas y muy consoladoras. Las severas se dirigen a los apóstoles; las consoladoras, a quienes los acogen.

¿Quién no es digno de Jesús?

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

-El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí;

el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí;

y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.

            La sección comienza con tres frases que terminan de la misma manera: “no es digno de mí”. Las dos primeras están muy relacionadas: no es digno de Jesús el que ama a su padre o a su madre más que a él, o el que ama a sus hijos o a su hija más que a él.

Una opción en tiempos de conflicto

            Para comprender estas palabras tan exigentes de Jesús hay que tener en cuenta lo que dice inmediatamente antes (suprimido por la liturgia). El aviso de que pueden perder la vida (tema del domingo pasado) puede provocar en los discípulos el desconcierto. ¿A qué ha venido Jesús? A esto responde que no ha venido a traer paz sino espada. Que su persona y su mensaje crearán problemas incluso entre los miembros de la familia. Llegarán momentos en que los apóstoles, y todos los cristianos, tendrán que optar.

La opción por Dios de los levitas

            En el libro del Éxodo se cuenta que, mientras Moisés estaba en el monte Sinaí recibiendo del Señor las tablas de la Ley, los diez mandamientos, el pueblo, cansado de esperar, decidió fabricar un becerro de oro y adorarlo. Cuando Moisés baja del monte y contempla el espectáculo, rompe las tablas, se planta a la puerta del campamento y grita: «¡A mí los del Señor! Y se le juntaron todos los levitas.» Moisés les ordena: «Ciña cada uno la espada; pasad y repasad el campamento de puerta en puerta, matando, aunque sea al hermano, al compañero, al pariente». Los levitas cumplieron las órdenes de Moisés y este, al final, les dice: «¡Hoy os habéis consagrado al Señor a costa del hijo o del hermano, ganándoos hoy su bendición» (Éxodo 32,25-29).

            El historiador moderno duda que los levitas tuvieran espadas en el desierto y que llevaran a cabo esta matanza. Pero los antiguos no eran tan críticos. Aceptaban las cosas que se contaban, e incluso alaban a los levitas, ya que en un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo: «Dijeron a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza» (Deuteronomio 33,9).

            La opción por Jesús de los discípulos

            Se podría decir que Jesús exige a sus discípulos la misma actitud de los levitas. Pero hay dos diferencias importantísimas: 1) Jesús no ordena matar a los padres o a los hermanos en caso de conflicto. 2) Los levitas se comportaron así por fidelidad a los mandatos de Dios y a su alianza; los discípulos deben hacerlo por amor a Jesús. Al exigir este amor superior al de los seres más queridos, Jesús se está poniendo al nivel de Dios, al que hay que amar sobre todas las cosas. Los primeros cristianos, en momentos de persecución, se vieron a veces en la necesidad de optar entre el amor y la fidelidad a Jesús y el amor a la familia. La elección era dura, pero muchos la hicieron, convencidos de que recuperarían a sus padres e hijos en la vida futura. (La misma fe que confiesan la madre y sus siete hijos en el Segundo libro de los Macabeos, capítulo 7).

            La frase siguiente («el que no coge su cruz…») también se entiende mejor a la luz del texto del Deuteronomio. En él se dice que los levitas, por haber mostrado esa fidelidad a Dios, recibieron un gran premio y dignidad: «Enseñarán tus preceptos a Jacob y tu ley a Israel; ofrecerán incienso en tu presencia y holocaustos en tu altar.» Jesús no promete nada de esto a sus discípulos, solo exige.

            Amar a Jesús más que a la familia ya lo hicieron Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Lo que ahora exige Jesús es infinitamente más duro: cargar con la cruz. ¿Hay que interpretarlo al pie de la letra o simbólicamente? Simbólicamente, pero con posibles repercusiones prácticas: hay que estar dispuestos a cargar con ella y marchar camino de la muerte. No una muerte cualquiera, sino la más infamante, típica de rebeldes contra Roma y esclavos. Cuando Jesús exige cargar con la cruz está pidiendo algo terrible desde el punto de vista físico, moral y social. Además, la exigencia no carece de macabra ironía cuando la comparamos con los vv.9-10: los que deben predicar el reino sin llevar nada, ahora tienen que seguir a Jesús cargando con la cruz.

            Dos advertencias

            Conviene advertir que el amor a la familia y el amor a Jesús no se excluyen ni se oponen. Son compatibles, con tal de mantener el orden adecuado. Los hijos de Zebedeo abandonan a su padre, pero la madre los acompaña e incluso le pide a Jesús un favor especial para ellos. María, al menos según la versión del cuarto evangelio, está al pie de la cruz. Pablo recuerda que «los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Cefas» se hacen acompañar de su esposa cristiana (1 Cor 9,5).

            En cuanto a «cargar con la cruz», conviene recordar al que no estuviera dispuesto a hacerlo que, en cualquier caso, siempre tropezará con la cruz. «Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete afuera, vuélvete adentro, y en todo lugar hallarás la cruz». «Unas veces Dios te dejará, otras veces el prójimo te pondrá a prueba, y, lo que es peor, con frecuencia no sabrás aceptarte a ti mismo, con lo que serás para ti una cara insoportable» (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, libro II, capítulo 12). Es preferible cargar con la cruz y seguir a Jesús que rebelarse inútilmente contra ella.

Acogida y recompensa

            El que os recibe a vosotros me recibe a mí,

y el que me recibe, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta;

y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

            vaso-de-agua

La última parte se dirige a las personas que acojan a los discípulos. Dos cosas les dice:

1) Recibirlos a ellos equivale a recibir a Jesús y recibir al Padre. Lo que hacen es mucho más de lo que pueden imaginar. No es solo un acto de caridad, sino un inmenso honor, mucho mayor que el de la persona que pudiese acoger en su casa a un artista, un deportista o un personaje mundialmente famoso.

2) Esa acogida tendrá su recompensa, igual que ocurrió en el Antiguo Testamento con quienes acogieron a profetas y justos. La primera lectura cuenta como un matrimonio de Sunám decidió acoger en su casa al profeta Eliseocuando pasaba por el pueblo; le construyeron una habitación en el piso de arriba y le proporcionaron una cama, una silla, una mesa y un candil. Una gran inversión para aquel tiempo. Pero recibieron su recompensa con el nacimiento de un hijo.

            En comparación con Eliseo, los discípulos pueden parecer unos “pobrecillos” sin importancia. A nadie se le ocurrirá darles alojamiento permanente. Pero basta un vaso de agua fresca (algo muy de agradecer cuando no existen bares ni agua corriente en las casas) para que esas personas reciban su recompensa.

Resumen

            Si en la primera parte entreveíamos los grandes conflictos familiares provocados por las persecuciones, en este final intuimos lo que experimentaron muchas veces los misioneros cristianos: la acogida amable y sencilla de personas que no los conocían. De estos últimos versículos, solo uno tiene paralelo en el evangelio de Marcos. El resto es original de Mateo, que ha querido redactar un final consolador, para dejarnos al final de este duro discurso un buen sabor de boca.

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28 de Junio. Domingo XIII de Tiempo Ordinario. Ciclo A

domingo, 28 de junio de 2020
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D-XIII

“Quien encuentre su vida, la perderá, y quien pierda su vida por mí, la encontrará.”

(Mt 10, 37-42)

El evangelio de este domingo es un evangelio del “mundo al revés”. Jesús, que está hablándoles a sus discípulos, invierte el orden lógico, le da la vuelta a todo.

Perder resulta que significa ganar y encontrar perder. Lo que viene a decirnos que la lógica del Reino es siempre sorprendente. Nada convencional.

Por eso requiere de opciones que se “salen” de toda lógica humana, como puede ser el anteponer el amor a Jesús a cualquier otro vínculo por estrecho que sea. “Quien quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.”

Y estas palabras, que de buenas a primeras pueden llegar a sonar un poco “rancias”, tienen un profundo sentido. Jesús no nos está diciendo que no amemos a nuestros padres o a nuestros hijos, no.

La propuesta de Jesús es que aprendamos a amar de manera diferente. Nos invita a amarnos, a amar a las demás personas, como él las ama. Como Dios las ama.

No se trata de renunciar al amor de nuestras familias, todo lo contrario. Se trata de amarlas más profundamente. Se trata de amar con un amor inclusivo. Como el de Dios Trinidad.

Un amor que siente como propias las alegrías y también los sufrimientos de las demás personas. Que se sabe poner en el lugar de la otra y desde ahí comprender. Servir y aliviar.

Es este amor el que hace que Dios cuando nos mira a cada una de nosotras vea la viva imagen de su Hijo querido Jesús.

Y solo ese amor será el que nos capacite para descubrir en las demás personas. En todas las demás personas. La imagen y semejanza de Dios.

Así podemos ofrecer un vaso de agua fresca o recibir a alguien como quien recibe la visita del Buen Jesús.

Oración

Gracias, por enseñarnos a amar como TÚ amas.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Si el amar a Dios se opone a otro amor, uno de los dos es falso.

domingo, 28 de junio de 2020
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0_hospitalidadeMt 10,37-42

La manera de hablar semita, por contrastes mientras más excluyentes mejor, nos puede jugar una mala pasada si entendemos las frases literalmente. Lo que es bueno para el cuerpo, es bueno también para el espíritu. La lucha maniquea que nos han inculcado no tiene nada que ver con la experiencia de Jesús. El evangelio de hoy propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales para el seguimiento de Jesús. Todos tienen mucho más alcance del que podemos sospechar a primera vista. No podemos tratarlos todos. Vamos a detenernos en el primero y diremos algo sobre otros.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Sería interminable recordar la cantidad de tonterías que se han dicho sobre al amor a la familia y el amor a Dios. El amor a Dios no puede entrar nunca en conflicto con el amor a las criaturas, mucho menos con el amor a una madre, a un padre o a un hijo. Jesús nunca pudo decir esas palabras con el significado que tienen para nosotros hoy. Como siempre, el error parte de la idea de un Dios separado, Señor y Dueño, que plantea sus propias exigencias frente a otras instancias que requieren las suyas.

Ese Dios es un ídolo, y todos los ídolos llevan al hombre a la esclavitud, no a la libertad de ser él mismo. Hay que tener mucho cuidado al hablar del amor a Dios o a Cristo. En el evangelio de Juan está muy claro: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios, amando a los demás, amándome a mí mismo como Dios manda. Jesús no pudo decir: tienes que amarme a mí más que a tu Hijo. Recordad: porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve ser y me disteis de beber…

El evangelio nos habla siempre del amor al “próximo”. Lo cual quiere decir que el amor en abstracto es otra quimera. No existe más amor que el que llega a un ser concreto. Ahora bien, lo más próximo a cada ser humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está encaminada a hacernos ver que, desplegar a tope esos impulsos instintivos no garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor el creer que pueden estar en contra de mi humanidad. Aquí está la clave para descubrir por qué se ha tergiversado el evangelio, haciéndole decir lo que no dice.

El evangelio no quiere decir que el amor a los hijos o a los padres sea malo y que debemos olvidarlo para amar a Jesús o a Dios. Pero nos advierte de que ese amor puede ser un egoísmo camuflado que busca la seguridad material del ego, sin tener en cuenta a los demás. El “amor” familiar se convierte entonces en un obstáculo para un crecimiento verdaderamente humano. Ese “amor” no es verdadero amor, sino egoísmo amplificado. No es bueno para el que ama con ese amor, pero tampoco es bueno para el que es amado de esa manera. El amor surge cuando el instinto es elevado a categoría humana.

Lo instintivo no va contra la persona, más que cuando el hombre utiliza su mente para potenciar su ser biológico a costa de lo humano. El hombre puede poner como objetivo de su existencia el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su ser especifico humano. Cuando estamos en esa dinámica y, además, queremos meter a los demás en ella, estamos “amando” mal, y ese “amor” se convierte en veneno. Esto es lo que quiere evitar el evangelio. Nada que no sea humano puede ser evangélico. No amar a los hijos o a los padres no sería humano.

Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está funcionando bien. Habrá que analizar bien la situación, porque uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el “amor a Dios” está en contradicción con el amor al padre o a la madre, o no tiene idea de los que es amar a Dios o no tiene idea de lo que es amar al hombre. Sería la hora de ir a psiquiatra. ¡A cuántos hemos metido por el camino de la esquizofrenia, haciéndoles creer que, lo que Dios les pedía era que odiara a sus padres!

El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará. Hemos dicho muchas veces que en griego hay tres palabras que nosotros traducimos por vida, “Zoe”, “bios” y “psiques”. El texto no dice zoe ni bios, sino psiques. No se trata, pues, de la vida biológica, sino de la vida psicológica, es decir, del hombre capaz de relaciones interpersonales. En ningún caso se trataría de dejarse matar, sino de poner tu humanidad al servicio de los demás. Esto no sería “perder”, sino “ganar” humanidad. Quien pretenda reservar para sí mismo su persona (ego) está malogrando su propia existencia, porque pasará por ella sin desplegar su verdadera humanidad.

El que dé a beber un vaso de agua fresca… El ofrecer “Un vaso de agua fresca” a un desconocido que tiene sed, puede ser la manifestación de una profunda humanidad. El dar, sin esperar nada a cambio, es el fundamento de una relación verdaderamente humana. En nuestra sociedad de consumo nos estamos alejando cada vez más de esta postura. No hay absolutamente nada que no tenga un precio, todo se compra y se vende. Nuestra sociedad está montada de tal manera sobre el “toma y da acá”, que dejaría de funcionar si de repente la sacáramos de esa dinámica y nos decidiésemos a vivir el evangelio.

La misma institución religiosa está montada como un gran negocio económico, en contra de lo que decía uno de estos domingos el evangelio: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Hoy todos estamos de acuerdo con Lutero, en su protesta contra toda compraventa de bienes espirituales (bulas, indulgencias, etc.). Pero seguimos cobrando un precio por decir una misa de difuntos. Es verdad que debemos insistir en la colaboración de todos para la buena marcha de la comunidad, pero no podemos convertir las celebraciones litúrgicas en instrumentos de recaudación de impuestos.

El objetivo primero de todo ser vivo es mantenerse en el ser. Tres mil ochocientos millones de años de evolución han sido posibles gracias a esta norma absoluta. Pero la misma evolución ha permitido al ser humano ir más allá de los instintos biológicos y alcanzar conscientemente una meta más alta que no está en contradicción con la biología. Todo lo que le acerca a ese objetivo último le puede causar más satisfacción y felicidad que satisfacer sus instintos. La raíz última de todo acto bueno está en la misma biología, no es contrario a ella. Nada más falso que una lucha entre lo biológico y lo espiritual.

Resumiendo mucho. La trampa en la que caemos y que quiere evitarnos el evangelio, es quedarnos en el placer inmediato que nos proporciona satisfacer las necesidades de nuestra biología y perder de vista el bien total del ser humano más allá de lo biológico y lo instintivo. Ahí está la causa de tanto desajuste en la conducta humana. Debemos tomar conciencia de que lo que es malo para nuestro verdadero ser, no puede ser bueno bajo ningún aspecto del ser humano. Todo egoísmo personal o amplificado, que solo busca el bien material del individuo o la familia, nos lleva a la deshumanización.

Meditación

El amor puramente teórico no tiene consistencia.
Un vaso de agua puede ser la manifestación más auténtica de amor.
No tiene importancia ninguna lo que hagas.
Lo que vale de veras es la actitud de entrega en lo que hagas.
El amor es anterior a cualquier manifestación del mismo.
Pero si no se manifiesta no es amor.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Ganar la vida.

domingo, 28 de junio de 2020
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cereal-1866559__480-e1548829502619A veces cuando se pierde, se gana (Película Más allá de los sueños)

28 junio DOMINGO XIII DEL TO

Mt. 10, 37-42

Quien se aferre a la vida la perderá, quien la pierda por mí la ganará (v 39)

“Pues Él da a todos la vida, el aliento y todas las cosas” (Hch. 17, 25, Pablo en el Areópago)

“Los que obraron bien resucitarán para la vivir” (Jn. 5, 29)

“Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap. 2, 10)

La vida, ni se gana ni se pierde, simplemente se tiene, y esta vida, que tenemos y nos mantiene vivos, es el mayor tesoro, y cuando la perdemos, nos quedamos a la sombra.

“Y un día te das cuenta de que vivías dormido, pasabas a ciegas y sentías a medias. Si un accidente ha parado en seco tu vida, sigue soñando, pasea observando y ama apostando. Si un accidente ha parado por un momento tu vida, sabes de lo que estamos hablando”. (La vida es un regalo, María de Villota, piloto de Fórmula I y campeona).

Yo trato de potenciar mi vida sembrando semillas de nacer y crecer en cada surco que mi arado abre.

Mas lo que profundamente deseo es que, sembrada en abril, nazca en mayo y pueda recogerse en agosto, dando el ciento por uno, como contó Jesús en la Parábola del sembrador:

“Un agricultor salió a sembrar y a medida que esparcía las semillas por el campo, algunas cayeron sobre el camino, donde las pisotearon y los pájaros se las comieron. Otras cayeron entre las rocas, comenzaron a crecer, pero la planta pronto se marchitó y murió por falta de humedad; otras semillas cayeron entre espinos, los cuales crecieron junto con ellas y ahogaron los brotes.  Pero otras semillas cayeron en tierra fértil, crecieron, ¡y produjeron una cosecha que fue cien veces más numerosa de lo que se había sembrado!”

A veces, cuando se pierde, se gana, se dice en la película Más allá de los sueños, dirigida por el norteamericano Vincent Ward.

Cuando sueñas vida y siembras pensamientos mientras sueñas, el grano de esas semillas jamás se pudre y acaba llenando unos graneros que luego, quien los sembró lleva al molino, amasan la harina las dueñas de la casa, meten las hogazas en el horno, y las reparten luego entre los pobres de la vida para que se alimenten.

Y Jesús, que lo vio desde Palestina, se sonrió y les dio las gracias a todos: al sembrador, al molino, al molinero y a las mujeres de la casa que lo metieron en el horno, al horno por cocerlo, y a los pobres que con él se alimentaron.

Con lo que cumplidamente se cumplió la profecía del Apocalipsis: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida”, pudiendo certificar que Nietszche se había equivocado cuando dijo que Dios había muerto.

Las describió Jorge Manrique…

COPLAS POR LA MUERTE DE SU PADRE

Este mundo bueno fue
si bien usáramos de él
como debemos,

 porque, según nuestra fe,
es para ganar aquél
que atendemos.

Aun aquel hijo de dios,
para subirnos al cielo
descendió

a nacer acá entre nos,
y a vivir en este suelo
do murió

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Memoria de Pedro.

domingo, 28 de junio de 2020
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PetersinaiLa noticia del martirio de Pedro nos había dejado consternados. No hacía mucho que Silvano nos había hecho llegar una copia de la carta que Pedro, desde Roma, había dirigido a los cristianos de la provincia de Asia. Les daba ánimos en los momentos de persecución que les estaba tocando vivir: “Amigos míos, no os extrañéis del fuego que ha prendido ahí para poneros a prueba, como si os ocurriera algo extraño. Al contrario, estad alegres en proporción a los sufrimientos que compartís con el Mesías; así también cuando se revele su gloria, desbordaréis de alegría” (1Pe 4, 12).

Releer de nuevo aquellas palabras, sabiendo que quien las había escrito había seguido a nuestro Maestro hasta dar la vida, nos dejaba sobrecogidos y silenciosos. Pedimos a Marcos que nos contara cosas de Pedro: él lo conocía bien porque lo había acompañado en su viaje a Roma y había recibido sus confidencias; éramos conscientes de que muchas de las cosas que él nos contaba acerca de Jesús, las había aprendido de labios del propio Pedro. “Nos recordaba con frecuencia las palabras de Jesús. “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que quiera conservar la vida, la perderá, y el que la pierda por mí, la conservará”. Pedro repetía, una y otra vez, cuánto le había costado entender aquellas palabras que invitaban a sus seguidores a entrar un extraño y peligroso juego: romper con cualquier búsqueda codiciosa y obsesiva de ganar, poseer, conservar y, en lugar de ello, arriesgarnos en un camino inverso de pérdida, derroche y entrega. “Teníamos que estar dispuestos, decía Pedro, a romper con nuestras ideas y a poner en cuestión casi todo lo que nos daba seguridad. Jesús no parecía ignorar el deseo más hondo que se escondía en nuestro corazón: el de vivir, retener y poner a salvo el tesoro de la propia vida. Pero parecía ser también consciente de lo equivocados que pueden ser los caminos de conseguirlo y por eso se atrevía a proponernos el suyo. Era como si nos dijera: «Al que se venga conmigo, voy a llevarle a la ganancia por el extraño camino de la pérdida: ese es el camino mío y no conozco otro. La única condición que pongo al que quiera seguirme, es que esté dispuesto a fiarse de mí y de mi propia manera de salvar su vida, que sea capaz de confiármela, como yo la confío a Aquél de quien la recibo. La suya será siempre una vida sin garantía y sin pruebas, en el asombro siempre renovado de la confianza: por eso no puedo dar más motivos que el de «por mi causa».

No fuimos capaces de entenderlo hasta después de su muerte y sólo a partir de la resurrección comenzamos a comprender algo de aquel juego de perder/ganar. Cuando llegó la hora, todos huimos y él recorrió el camino solo, abandonado de todos. No fui capaz de estar a su lado y sólo supe llorar amargamente después de haberle traicionado. A través de los rumores que iban y venían por la ciudad supe cómo fue perdiéndolo todo, cómo consintió en silencio a que le arrebataran todo, hasta quedarse como el hombre más despojado y empobrecido de la tierra. Al llegar al montecillo fuera de la muralla ya sólo le quedaba el manto y se lo arrancaron antes de crucificarle. Los que fueron testigos de su muerte nos dijeron que hasta la presencia de Dios en aquel momento parecía una ausencia. Y, sin embargo, Jesús, el más desolado de los desolados y oprimidos de la tierra, respondió a aquel silencio doloroso con una irrompible fidelidad desde el seno mismo del infierno. Murió abandonado pero no desesperado y, arriesgando en su juego hasta el final, se atrevió a poner su vida confiadamente en manos de su Padre.

Lo había perdido todo. Todo, menos su incomprensible amor y el inconmovible arraigo de su confianza en el Padre. Y esa fue su ganancia”.

Cuando Marcos terminó de evocar los recuerdos de Pedro, leyó este otro fragmento de su carta: «Hermanos: si hacéis el bien y además aguantáis el sufrimiento, eso dice mucho ante Dios. De hecho, a eso os llamaron, porque también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos un modelo para que sigáis sus huellas. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas” (1Pe 2,20-25).

 

Dolores Aleixandre

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La radicalidad evangélica no es para todos.

domingo, 28 de junio de 2020
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14437838828006Hay páginas del evangelio que nos desconciertan profundamente y preferiríamos que no estuvieran ahí. Nos parece que las tenemos que “justificar” como si fueran una exageración, una salida de tiesto que hay que arreglar.

En continuidad con el evangelio del domingo pasado Jesús apunta a una radicalidad que no es para “todos”. Jesús, o la interpretación de sus palabras hecha por las primeras comunidades cristianas, desmontan la familia patriarcal que es el origen de las diferentes escalas de jerarquía en todos los ámbitos de la sociedad.

Partiendo de que para Jesús Dios no es un Dios todopoderoso, como un Rey que ejerce su autoridad y subyuga a sus súbditos, sino un Padre, una Madre que ama profundamente y que busca la igualdad de todos y todas, este Reino que anuncia provoca disputas, enfrentamientos y violencia. ¿Por qué, si la base es el amor, el respeto, el bien común? Porque esa “igualdad” es lo que el sistema no está dispuesto a admitir.

Por eso suenan a tremenda exigencia sus palabras: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí”. (Mt 10, 37) ¿A qué amor se está refiriendo? ¿Podemos medir el amor? Yo creo que se refiere a la pasión por vivir y crear reino. Y eso pasa por encima del amor a los más cercanos que es muy lícito pero no lo es todo. Por eso el proyecto de Jesús no es para todos, sino para los que preguntan como el joven rico: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida definitiva?” (Mc 10, 17). Hay que asegurarse de querer oír la respuesta porque Jesús es muy radical, no combina, llega hasta las últimas consecuencias y quienes se precian de seguirle no pueden aspirar a menos.

¿Es el proyecto de Jesús el proyecto de mi vida? ¿En qué se concreta?

“El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí”. Mt 10:38. El seguir a Jesús tiene unas consecuencias que tienen que ver más con opciones que con las circunstancias de la vida. Hemos banalizado tanto la palabra “cruz” que ha perdido su significado real. Una cruz no es la enfermedad, la pérdida de trabajo, la dificultad de educar a los hijos… Todo eso es parte de la vida de toda persona tanto si es creyente como si no. Es peligroso tener una imagen de Dios “intervencionista” que nos “manda esto o lo otro”

No, la cruz es otra cosa. Es la consecuencia de las opciones que tomo por vivir el reino de una forma más radical. Las dificultades que experimento porque mi familia y los más cercanos no me entienden y creen que ya no les amo. La pérdida forzada o voluntaria de mi trabajo porque mi conciencia no me permite seguir haciendo cosas que no apruebo. Y tantas otras opciones personales y comunitarias que vamos tomando a la luz del evangelio.

Por eso decía al principio que esa radicalidad de Jesús no es para todos… Lo que pasa es que nos ha venido muy bien decir que era para los “curas y las monjas” y criticar desde nuestro sillón la falta de coherencia: Si los que nos van por delante son así, ¿qué se puede esperar del resto? Ese cristianismo que se nos ha asignado junto con el carnet de identidad está a punto de caducar. Ya es hora de hacer una opción personal con todas las consecuencias.

Hace unas semanas se nos llenaba la boca al hablar de un joven español que perdió la vida en los atentados de Londres para salvar la de otros. Ayer celebraban en Portugal el funeral de un bombero que perdió su vida por intentar salvar en vano la vida de una familia…

Resulta curioso que en nuestro país donde la fe tiene muy poco “prestigio” y mucha gente no quiere que se le identifique como cristiano, somos según las estadísticas, de los países más dados al voluntariado, a socorrer a nuestros semejantes ante cualquier tipo de desgracia y pioneros en donación de órganos para salvar la vida de otros. No por religión sino por humanidad.

Ese rechazo visceral de la religión, incluso de las generaciones más jóvenes que no han tenido ningún contacto con la iglesia, nos habla de un acomodo del evangelio a nuestros intereses personales que hace rechazar el cristianismo incluso a quienes no lo conocen.

Para Jesús “poner al seguro la vida” es perderla, mientras que “perderla por su causa es ponerla al seguro” (Cf.10:39)

Poner en riesgo la vida para salvar otras, entregarse sin medir las fuerzas, buscar la paz hasta perder la vida violentamente… Jesús no exige nada a sus seguidores. Va por delante, marcando el camino.

Dejemos ya de lamentarnos, de juzgar a los jóvenes por su indiferencia ante nuestro cristianismo aburguesado y diluido. Ojalá pudieran decir de nosotros: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado” (Cf.10:40)

Carmen Notario

www.espiritualidadintegradoracristiana.es

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Paradoja

domingo, 28 de junio de 2020
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Paradoja.1Domingo XIII del Tiempo Ordinario

28 junio 2020

Mt 10, 37-42

 La paradoja constituye, sin duda, una “seña de identidad” de lo profundo. Todo lo profundo -y, por tanto, lo humano- es paradójico. Lo cual se traduce en el reconocimiento de que las cosas no son lo que parecen.

               ¿A qué se debe la paradoja? Al hecho de que lo real tiene “dos niveles”. En el caso humano, esos dos niveles son la “personalidad” y la “identidad”. Tampoco nosotros somos lo que parecemos ser.

         La mente lee la paradoja como una contradicción, pero en realidad es una contradicción solo aparente. Los “dos niveles” no se excluyen, sino que se complementan, hasta el punto de hacer posible este mundo fenoménico que percibimos.

         “Vacuidad es forma y forma es vacuidad”, se afirma en el budista Sutra del corazón. Todas las formas se hallan sostenidas en la vacuidad –son vacuidad, en su realidad última– y la vacuidad se hace presente en todas ellas.

       La ignorancia consiste en ver solo la forma, sin percibir la vacuidad que es en su núcleo más profundo, o en imaginar una vacuidad ilusoria separada de las formas. Es lo que hace nuestra mente, al ser incapaz de manejarse en la paradoja. Por el contrario, la comprensión descubre ese “doble nivel”, estrecha e indisolublemente abrazado en la no-dualidad. Vacuidad y forma, forma y vacuidad, todo es no-dos.

       Jesús de Nazaret expresa nuestra paradoja en aquella expresión tan conocida como frecuentemente malinterpretada: “El que encuentre su vida, la perderá; el que la pierda por mí, la encontrará”.

         “Encontrar la vida” significa aquí reducirse a aquello que la mente percibe, es decir, identificarse con la forma (el yo). Quien se identifica con su yo, pensando que esa es su identidad, se ha “perdido” en la ignorancia y en la confusión. Ha perdido lo más valioso: la vida.

       Por el contrario, “perder la vida” significa tomar distancia del yo, verlo en lo que es –solo una “forma” transitoria– y reconocerse en la vida que somos. El “mí” del texto es una forma de expresar lo que realmente somos. De ahí que la expresión “perder su vida por mí” no significa alienarse a otro, sino reconocerse en esa identidad profunda –el evangelio de Juan la nombra como “Yo soy”– que nos constituye. Por decirlo de modo más sencillo: no se trata de seguir a Jesús ­–a partir de una creencia que fácilmente fomenta una vivencia heterónoma e incluso infantilizante–, sino de “seguir” a –vivir en conexión con– aquello que somos todos –Jesús incluido–, superada la trampa de la identificación con el yo.

 ¿Pierdo o encuentro la vida?

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La vida y el amor se tienen cuando se dan

domingo, 28 de junio de 2020
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teresa_de_calcuta_2Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí.

El amado es la vida de quien lo ama. Pensémoslo dos veces: el amado es la vida de quien lo ama.

         No es que Jesús nos invite a menospreciar a nuestros padres o a dejar de lado los seres o realidades humanas. Más bien JesuCristo nos llama seguirle a él, a amarle a Él. Él es la vida de quienes le amamos.

         Quienes se aman, se donan, se regalan recíprocamente lo que tienen y lo que son.

Nos puede parecer un asunto muy lejano, pero tiene mucho que ver con el tema de hoy: el cielo, en cuanto realización perfecta de la vida del hombre, no es un hotel de cinco estrellas en un país, en una tierra paradisíaca, el cielo es la plenitud del amor y de la comunión con los demás. El cielo no es un lugar, el cielo es amor, porque Dios es amor, (1Jn 4,8).

  1. El que no coge la cruz, no es digno de mí.

         No es que Jesús fuese un sádico, ni el cristianismo ame y cultive el sufrimiento. (Y algo de esto sí que ha habido y se da en algunas líneas de espiritualidad: cuando se invitaba a utilizar aquellos instrumentos de tortura como el cilicio, la disciplina, las penitencias y ayunos brutales). ¿Por qué será que las religiones tienden a la prohibición de alimentos y condenar muchas, demasiadas cosas? (Son modos neuróticos de entender el cristianismo).

Jesús más bien fue un hombre que comía y bebía y muchos se lo achacaban. Jesús pasó la vida haciendo el bien, comiendo con todo el mundo, sanando enfermedades. Jesús no fue un asceta Y el cristianismo no es mera prohibición, negación y castigo.

         Todos tenemos nuestra o nuestras cruces, pero cuando llevamos nuestra cruz, no estamos solos. Jesús es nuestro Cireneo, él nos ayuda a cargar con nuestra cruz y el será elevado en la cruz con nuestras culpas.

         En esta situación de enfermedad universal que estamos viviendo ¿no nos haría bien a las personas sugerir que el amor también sana, que tenemos un Cireneo que nos ayuda en la vida?

  1. ¿evitar el sufrimiento, la cruz?

El que busca su vida, la perderá…

         Por tendencia innata tendemos a buscarnos a nosotros mismos, a pensar en nosotros, en nuestro bienestar, nuestro dinero, nuestro placer, etc. Pero la vida, el amor se tienen cuando se dan.

La persona es un ser en relación. Uno no es un individuo solo, aislado, sino que nos realizamos como personas cuando “estamos-con-los-demás-en-el-mundo”. El amor es relacional, la justicia es comunitaria-social, la familia es grupal, la amistad, la sexualidad es “personalmente comunitaria”, los pueblos, las iglesias, las congregaciones somos en comunidad. No somos seres aislados.

El individuo es aislado, se busca a sí mismo. La persona es relación.

Somos personas en tanto en cuanto empleamos y gastamos nuestra vida con y para los demás. Nos realizamos como personas en cuanto tenemos buenas relaciones, cuando vivimos en el amor que es siempre mutuo.

En cierto sentido podríamos decir que el ser humano es más persona que individuo.

  1. Entregar la vida a lo que merece la pena: el Reino de Dios.

         Al final uno es persona sensata y valiosa cuando entrega su vida a lo que de verdad vale la pena, y a ello los cristianos le llamamos Reino de Dios. Y si no se es muy creyente: se trata de vivir poniendo nuestras energías al servicio de la justicia, de la paz y del amor, que eso es el Reino de Dios: Reino de justicia de amor y de paz.

         Tal vez podremos hacer poco, tendremos pocas posibilidades, pero no las desperdiciemos. Si solamente podemos dar un vaso de agua, no dejemos de hacerlo: una limosna, cuidar a un enfermo, trabajar por los refugiados, ayudar en la medida en que nos posible. Todo eso, y más, es dar vida, eso es amar a fondo perdido el Reino de Dios.

El ser humano sólo alcanza su realización como persona si no se queda en sí mismo, sino que sale de sí y ama, entra en comunicación con otros y no emplea su libertad sólo para su propio beneficio, sino al servicio de los demás.

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Confianza radical en Dios

sábado, 27 de junio de 2020
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Del blog de Henri Nouwen:

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«Beber, igual que comer, es uno de los actos humanos más universales. Bebemos para seguir viviendo o bebemos para acelerar nuestra muerte. No es una sorpresa que la copa sea un símbolo tan universal. Abarca mucho de lo que hacemos en nuestra vida. Pero, la copa de la que habla Jesús no es ni un símbolo de victoria ni un símbolo de muerte. Es un símbolo de vida, llena de dolores y gozos, que podemos mantener en nuestras manos, que podemos levantar y beber como una bendición y como un camino de salvación.

«¿Podéis beber la copa que yo he de beber?», nos pregunta Jesús. Esta pregunta tendrá un sentido diferente cada día a lo largo de nuestras vidas. ¿Podemos abrazar con buen ánimo las penas y los gozos que nos llegan día tras día? En un momento dado puede parecer muy fácil beber la copa, y en ese momento podemos dar un sí rápido a la pregunta de Jesús. Pero quizá al poco tiempo, las cosas pueden parecemos completamente diferentes, y todo nuestro ser grita: «¡No, nunca!» Debemos dejar al sí y al no, a ambos, que hablen en nosotros para llegar a conocer con mayor profundidad el enorme desafío de la pregunta de Jesús. Juan y Santiago no tenían ni la más mínima idea de lo que decían cuando respondieron que sí. Su primer sí tan fácil tuvo que ser seguido por muchos difíciles síes hasta que sus copas se vaciaron totalmente.

¿Y cuál es la recompensa de una respuesta auténticamente afirmativa? La madre de Juan y de Santiago quería una recompensa concreta. Ambicionaban el poder, la influencia, el éxito, la riqueza. Querían ser su mano derecha e izquierda en el nuevo orden político. Pero, a pesar de su mala interpretación, habían sido profundamente tocados por este hombre, Jesús. En su presencia, habían experimentado algo que nunca habían imaginado. Tenía que ver con la libertad interior, el amor, la preocupación por los demás y, sobre todo, con Dios. Sí, querían poder e influencia, pero sobre todo querían estar cerca de Jesús a toda costa. A medida que avanzaban en su camino personal al lado de Jesús, descubrieron gradualmente a lo que habían dicho sí. Y en cada una de esas ocasiones tenían que hacer una nueva elección. ¿Querían seguir con Jesús o abandonarlo? ¿Querían seguir el camino de Jesús o buscar a algún otro que les diera el poder que deseaban? Más tarde, Jesús les planteó el reto directamente: «¿También vosotros queréis marcharos? Pedro respondió: Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que eres el santo de Dios» (Jn 6,67-69).

Pero seguía en pie la pregunta: «¿Podéis beber la copa?». Dijeron que sí una y otra vez. ¿Y en qué quedó el tema de los asientos en el reino? Podrían no ser los sillones que habían esperado… Beber la copa no es un acto heroico con una maravillosa recompensa. No es la ganancia fruto de un contrato. Beber la copa es un acto de amor desprendido, de inmensa confianza, de sometimiento a un Dios que les dará lo que necesiten cuando lo necesiten. La invitación de Jesús a beber la copa sin ofrecer la recompensa que esperamos es el gran reto de la vida espiritual. Rompe todos los cálculos humanos y todas las expectativas. Desafía todos nuestros deseos de seguridad por adelantado. Pide una confianza radical en Dios, la misma confianza que hizo beber a Jesús la copa hasta las heces. Beber la copa que bebió Jesús es vivir una vida en el espíritu de Jesús, que es el espíritu de un amor incondicional.

Se trata solamente del amor, puro, sin restricciones, ilimitado, totalmente abierto, totalmente libre. Esta intimidad le dio a Jesús la fuerza para beber la copa. Esta intimidad tiene un nombre, un nombre divino. Es el Espíritu Santo. Vivir una vida espiritual es vivir una vida en la que el Espíritu Santo nos guiará y nos dará la fuerza y el coraje para seguir diciendo sí a la gran pregunta».

(Pasajes del libro «¿Puedes beber este cáliz?«, de Henri Nouwen, preparado para una lectura en grupo).

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Un viaje al corazón del otro

viernes, 26 de junio de 2020
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«En cierto sentido, estamos siempre viajando, y viajando como si no supiéramos a dónde vamos. En otro sentido, ya hemos llegado. No podemos llegar a la perfecta posesión de Dios en esta vida, y por eso estamos siempre viajando y en tinieblas. Pero ya lo poseemos por la gracia, y por eso, en este sentido, ya hemos llegado y habitamos en la luz. ¡Pero cuán lejos tengo que ir para encontrarte a Ti, en quien ya he llegado!».

*

(La montaña de los siete círculos, p. 419)

*

«¿Cuál es mi nuevo desierto? Su nombre es compasión. No existe yermo tan terrible, tan bello, tan árido y tan fructífero como el yermo de la compasión. Es el único desierto que verdaderamente florecerá como el lirio. Se convertirá en un estanque. Echará brotes y florecerá y saltará de gozo. En el desierto de la compasión, la tierra sedienta ve brotar fuentes de agua, el pobre posee todas las cosas. No existen fronteras que controlen a los moradores de esta soledad, en la cual yo vivo solo, tan aislado como la Hostia sobre el altar, que, siendo el alimento de todos los hombres, pertenece a todos y no pertenece a nadie, porque Dios está conmigo y se asienta en las ruinas de mi corazón, predicando el evangelio a los pobres».

*

(29 de noviembre de 1951, en Diarios I, p. 130)

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Escuela de vida

jueves, 25 de junio de 2020
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La escuela de oración de Jesús presupone su escuela de vida. Para comprender la oración de Cristo no basta con conocer el mensaje del Reino; es preciso sentir hasta el fondo sus intereses y vivir su misma aventura.

El Padre nuestro no es una oración para todos; es una oración para los apóstoles, revelada antes que a nadie a aquellos que dejaron casa, familia y profesión y lo arriesgaron todo para seguir, sin reservas, a este curandero itinerante. «»Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Jesús les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre»» (Le 11,1). Vosotros, discípulos; vosotros, grupo mío que buscáis el Reino; vosotros, amigos de los pequeños. También hoy, para poder rezar la oración de Jesús, es preciso ser de los suyos; sólo pueden rezarla los que se esfuerzan por vivir, siguiendo el ejemplo de los primeros discípulos, una vida de seguimiento. La escuela de oración de Jesús no nos dice por qué debemos orar, sino cómo debemos ser y vivir para poder orar de ese modo. La escuela de oración de Jesús presupone su escuela de vida: vivir proyectados hacia el Otro, existir para Dios, para curar la vida. Jesús no nos ha revelado una oración, sino que nos ha revelado a nosotros mismos a través de una oración.

*

E. Ronchi,
Il canto del pane,
Bornato 19953, pp. 18ss.

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Gabriel Mª Otalora: El drama de nuestra fe.

jueves, 25 de junio de 2020
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manos-dios-y-adc3a1nDe su blog Punto de Encuentro:

Para Ermes Ronchi, este drama es que el Dios de la religión (cristiana) se ha desligado del Dios de la vida. O dicho de otra manera, la imagen extendida de Jesús es la de la frecuentación del templo, y no la de frecuentar los caminos de la vida; si Dios sigue seduciendo es porque habla entre nosotros el lenguaje de la alegría. Al fin y al cabo, su mensaje fue el de una Buena Noticia.

Es preciso repetirnos esta pregunta: ¿En qué Dios creemos? ¿A qué Dios seguimos? Las normas de la institución eclesial se han ido imponiendo a la verdadera norma evangélica consistente en una relación madura con Dios y con el prójimo a través del amor. Y este deslizamiento de lo esencial, se ha hecho fuerte con el tiempo en los ritos hasta convertirse el envoltorio en la norma fundamental a seguir, tantas veces presentada en tono amenazante.

El drama de nuestra fe es que no reflexionamos lo suficiente sobre el paralelismo evidente entre lo le ocurrió a Jesús y lo que ocurre ahora mismo con sus seguidores. Le mataron los defensores de la legalidad que prevalecía a toda costa por encima del mensaje que atesora. Aquello fue muy parecido a lo que podemos constatar en todo tiempo sobre la tentación de deslindar la religión formalista, cuyo fin está en sí misma, de la vida en la que Dios se manifiesta; es en lo cotidiano donde Dios salva.

La sanación es una constante del evangelio. Dios es amor y no cambia ni desfallece en su relación amorosa con cada persona, digna de amor por serlo. Y a partir de aquí es posible aprender a vivir desde la experiencia de que Dios salva y sana. Y solo es posible vivirlo así cuando nos abrirnos a su amor. Esta es la puerta para acertar, con su gracia, en la actitud con nosotros y con los que nos rodean.

“Creer qué” o “creer en”, esa es la cuestión. Nuestra fe no es un saco de normas sino una experiencia de amor que nos lleva a la plenitud. A Jesús lo matamos cada vez que anteponemos las seguridades del cumplimiento ritualista al difícil camino -pero liberador- de la práctica de la compasión y la misericordia.

Jesús no rehuyó el cumplimiento de las normas establecidas excepto cuando se utilizaron como coartada para tergiversar la verdadera voluntad de Dios. Jesús fue asesinado porque comenzó a tener éxito en su cuestionamiento de una religión que predicaba lo que no se cumplía hasta el punto de que los fieles vivían convencidos de que el verdadero Dios era alguien temible, justiciero e inmisericorde, más cercano a condenar que a salvar. En realidad, esta sigue siendo una imagen muy alimentada de Dios a semejanza de quienes la defienden y utilizan sus normas como fin en sí mismas, fuente inagotable de poder y seguridad.

Sorprendentemente, los excluidos de su tiempo le escucharon y le siguieron mientras que los entendidos en las leyes de Dios, los pastores que guiaban al pueblo elegido, se convirtieron en sus acérrimos enemigos. Y este sigue siendo el drama de nuestra fe.

Las tensiones de poder en el Vaticano y en todo lo que rodea la cúpula que dirige la Iglesia, está marcada por los mismos pecados que mostraron las autoridades que convivieron con Jesús, al que convirtieron en un excluido porque su actitud de amor con todos les obligaba a ver las escrituras desde otro ángulo y a cambiar el centro de su religión: vieron como peligraba su posición de poder social y personal y prefirieron defenderla con calumnias involucrando a Pilatos para que le matara como a los peores delincuentes. Lo mismo que está pasando ahora con los mártires de los derechos humanos, pasto de la indiferencia o vistos como peligrosos desestabilizadores sociales, tal y como le ocurrió a Jesús.

Las víctimas, los pobres y los menos favorecidos en tantas cosas son lugares teológicos para un cristiano. Puede ser una opción política, pero también es por derecho propio verdadera religión cristiana cuando se actúa por amor: iluminar más que brillar, que el brillo acontece por añadidura.

Hoy como nunca, las religiones están cuestionadas, incluso la católica, porque muchos buscan a Dios y no encuentran en ellas lo que su corazón anhela. Y demasiadas veces la causa en la inconsecuencia que escandaliza hasta poner en cuestión la verdadera Buena Noticia. Mientras no haya una conversión radical intramuros, Francisco y los que sienten el Evangelio como él, seguirán siendo vistos como un peligro para la religión en lugar de cómo unos profetas que iluminan lo que Dios quiere. Entre tanto, los templos vacíos son el signo palmario de tanta inconsecuencia.

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«Seguir a Jesús sin miedo» 12 Tiempo ordinario – A (Mateo 10,26-33)

domingo, 21 de junio de 2020
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claveEl recuerdo de la ejecución de Jesús estaba todavía muy reciente. Por las comunidades cristianas circulaban diversas versiones de su pasión. Todos sabían que era peligroso seguir a alguien que había terminado tan mal. Se recordaba una frase de Jesús: «El discípulo no está por encima de su maestro». Si a él le han llamado Belcebú, ¿qué no dirán de sus seguidores?

Jesús no quería que sus discípulos se hicieran falsas ilusiones. Nadie puede pretender seguirle de verdad sin compartir de alguna manera su suerte. En algún momento alguien nos rechazará, maltratará, insultará o condenará. ¿Qué hay que hacer?

La respuesta le sale a Jesús desde dentro: «No les tengáis miedo». El miedo es malo. No ha de paralizar nunca a sus discípulos. No han de callarse. No han de cesar de propagar su mensaje por ningún motivo.

Jesús les explica cómo han de situarse ante la persecución. Con él ha comenzado ya la revelación de la Buena Noticia de Dios. Deben confiar. Lo que todavía está «encubierto» y «escondido» a muchos, un día quedará patente: se conocerá el Misterio de Dios, su amor al ser humano y su proyecto de una vida más feliz para todos.

Los seguidores de Jesús están llamados a tomar parte desde ahora en ese proceso de revelación: «Lo que yo os digo de noche, decidlo en pleno día». Lo que les explica al anochecer, antes de retirarse a descansar, lo tienen que comunicar sin miedo «en pleno día». «Lo que yo os digo al oído, pregonadlo desde los tejados». Lo que les susurra al oído para que penetre bien en su corazón, lo tienen que hacer público.

Jesús insiste en que no tengan miedo. «Quien se pone de mi parte», nada ha de temer. El último juicio será para él una sorpresa gozosa. El juez será «mi Padre del cielo», el que os ama sin fin. El defensor seré yo mismo, que «me pondré de vuestra parte». ¿Quién puede infundirnos más esperanza en medio de las pruebas?

Jesús imaginaba a sus seguidores como un grupo de creyentes que saben «ponerse de su parte» sin miedo. ¿Por qué somos tan poco libres para abrir nuevos caminos más fieles a Jesús? ¿Por qué no nos atrevemos a plantear de manera sencilla, clara y concreta lo esencial del evangelio?

José Antonio Pagola

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“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo”. Domingo 21 de junio de 2020. 12º Domingo Ordinario

domingo, 21 de junio de 2020
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35-ordinarioa12Leído en Koinonia:

Jeremías 20,10-13: Libró la vida del pobre de manos de los impíos.
Salmo responsorial: 68 Que me escuche tu gran bondad, Señor.
Romanos 5,12-15: No hay proporción entre el delito y el don.
Mateo 10,26-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo.

No hay mentira que no encuentre su verdad tarde o temprano. En julio de 2014, luego de 38 años de impunidad, en un juicio sin precedentes, fueron condenados a cadena perpetua los autores del homicidio de Mons. Enrique Angelelli, obispo mártir de La Rioja, Argentina. Días antes el prelado había confesado a sus allegados que querían alejarlo del país: “Tengo miedo… pero no se puede esconder el evangelio debajo de la cama”. Su muerte fue presentada por la prensa local como un accidente y como tal fue tratada durante mucho tiempo, incluso por sus hermanos en el episcopado. Como tantos otros testigos de Jesús, Angelelli prefirió la verdad desnuda del evangelio a la incómoda seguridad de los cobardes.

El evangelio nos ha conservado algunos dichos o refranes con los que Jesús exhortaba a la comunidad de discípulos a no dejarse intimidar por las adversidades. Los discípulos, con frecuencia, veían la amenaza evidente que representaban los grupos armados, pero eran incapaces de descubrir el peligro encubierto en muchas personas e instituciones que alienaban y sometían ideológicamente a las personas.

Las comunidades cristianas primitivas tuvieron que afrontar la misma amenaza, que provenía de los ‘actores armados’ en conflicto. De una parte, las autoridades romanas con un despliegue enorme de fuerza militar y policial. De la otra parte, los fanáticos rebeldes dispuestos a eliminar al que no estuviera de acuerdo con ellos. En medio del ‘fuego cruzado’ estaba la comunidad cristiana con una propuesta alternativa de paz y justicia que no coincidía con ninguno de los dos bandos. Para los romanos, la justicia era, en gran medida, la aplicación universal de los principios que sostenían la legislación romana. El sometimiento a las duras condiciones de la ‘paz romana’ obligaba a las poblaciones de las colonias a pagar fuertes tributos, a incorporar en la propia religión el culto a los dioses imperiales y a destinar grandes masas de la población a la esclavitud y al servicio militar obligatorio. La comunidad cristiana luchaba por lugar un espacio para su propuesta en la sociedad: ellos querían una comunidad humana en la que fuera posible la solidaridad, el respeto por el otro, la distribución equitativa de los recursos. Sin embargo, en esta lucha estaban prácticamente solos. Los grupos rebeldes que se presentaban como la gran alternativa contra el imperio estaban regidos por la lógica de la violencia incontrolable, el sometimiento de los disidentes y por la imposición de la ideología del grupo. Estos grupos fanáticos veían a los cristianos como una amenaza para la identidad del grupo, por eso, con frecuencia los convertían en blanco de persecuciones y en ‘chivo expiatorio’ sobre el cual descargar toda su frustración, prepotencia e intolerancia.

Pero, Jesús ponía en guardia a toda la comunidad contra la creencia de que la única amenaza estaba representada por las armas de metal, piedra y madera. La amenaza mas grave provenía, con frecuencia, de las ideologías que estos grupos representaban. Tanto la ideología de legitimación del imperio romano como los ideales de venganza de los fanáticos rebeldes escondían todo su veneno. Cada grupo se presentaba como un defensor de la justicia, la paz y la libertad, pero evidentemente los hechos contradecían sus grandilocuentes discursos. Cada grupo perseguía sus intereses particulares ignorando los más mínimos principios éticos. El dilema para los cristianos era el de alinearse en uno u otro bando, creyendo que así se alcanzarían los ideales de justicia, paz y libertad que Jesús de Nazaret había propuesto con su ideal del reinado de Dios.

Este mismo problema lo afronta Pablo desde el punto de vista de la justificación por la ley. Las comunidades cristianas estaban deslumbradas por la creencia de que el cumplimiento estricto de los preceptos religiosos conducía inevitablemente a la salvación del individuo. Pero, Pablo denuncia esta falsa creencia al denunciar que el mero cumplimiento de la letra de la ley no conduce a la justicia. La ejecución de los deberes del culto, como las ofrendas, los baños rituales, los sacrificios, las peregrinaciones… no garantizan una auténtica experiencia de Dios. La reunión de grandes masas en los templos o en las sinagogas no son sin más expresión de un auténtico encuentro con el hermano. Los favores intercambiados entre parientes, colegas, coterráneos o correligionarios no constituyen genuina solidaridad. Pablo denuncia precisamente la incapacidad de los mecanismos habituales de la religión para brindar a la comunidad humana una auténtica experiencia de fraternidad, esperanza y comunión.

Pablo invita a la comunidad a no dejarse engañar por las artimañas de el legalismo, el ritualismo y la religión de masas. La justicia que nos une al Dios de la vida es un don para toda la comunidad. La auténtica religión es aquella que nos conduce del hermano hacia Dios, mediante la compasión, la misericordia y la solidaridad.

El cristiano que se ha comprometido con la causa del reino puede, entonces, hacer suyas las palabras del profeta Jeremías y clamar: «a ti, Señor, he encomendado mi causa». Pero no como expresión superflua de triunfalismo religioso ni como pura exaltación individualista de los bienes recibidos, sino como expresión de la única justicia posible: la vida plena del pobre. Porque, la vida plena es manifestación patente de que la lógica de la muerte no ha prevalecido. Si el pobre vive, vive por gracia de Dios y por la opción radical de las comunidades humanas que no se dejan sumir en la lógica legalizada de la barbarie. Por eso el profeta nos invita a alabar al Señor, porque Él ha salvado la vida del pobre.

Tanto la violencia, el afán de venganza, el imperialismo como el ritualismo, el legalismo y la alienación son armas ideológicas ocultas que conducen imperceptiblemente a la pequeña comunidad hacia la muerte. Estos son los enemigos que pueden matar no solo el cuerpo, sino también el alma y llevar a la gente a las inaplacables llamas del fanatismo. Si una comunidad no va a fondo en su conocimiento de la palabra de Jesús, si no descubre los peligros ocultos al interior de ella misma, si no es radical en su opción por la vida, es muy probable que termine creyendo que la paz es la ausencia de guerra y que la justicia es un asunto individual, negando así la gracia y la justicia como bien mayor. Leer más…

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