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«Está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

domingo, 22 de febrero de 2015
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En oración

El Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás;

vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.

Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio

*

(Marcos 1,12-15)

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , ,

«Empujados al desierto». 1º Cuaresma – B (Marcos 1,12-15)

domingo, 22 de febrero de 2015
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808109-204x300Marcos presenta la escena de Jesús en el desierto como un resumen de su vida. Señalo algunas claves. Según el evangelista, «el Espíritu empuja a Jesús al desierto». No es una iniciativa suya. Es el Espíritu de Dios el que lo desplaza hasta colocarlo en el desierto: la vida de Jesús no va a ser un camino de éxito fácil; más bien le esperan pruebas, inseguridad y amenazas.

Pero el «desierto» es, al mismo tiempo, el mejor lugar para escuchar, en silencio y soledad, la voz de Dios. El lugar al que hay que volver en tiempos de crisis para abrirle caminos al Señor en el corazón del pueblo. Así se pensaba en la época de Jesús.

En el desierto, Jesús «es tentado por Satanás». Nada se dice del contenido de las tentaciones. Solo que provienen de «Satanás», el Adversario que busca la ruina del ser humano destruyendo el plan de Dios. Ya no volverá a aparecer en todo el evangelio de Marcos. Jesús lo ve actuando en todos aquellos que lo quieren desviar de su misión, incluido Pedro.

El breve relato termina con dos imágenes en fuerte contraste: Jesús «vive entre fieras», pero «los ángeles le sirven». Las «fieras», los seres más violentos de la creación, evocan los peligros que amenazarán siempre a Jesús y su proyecto. Los «ángeles», los seres más buenos de la creación, evocan la cercanía de Dios que bendice, cuida y defiende a Jesús y su misión.

El cristianismo está viviendo momentos difíciles. Siguiendo los estudios sociológicos, nosotros hablamos de crisis, secularización, rechazo por parte del mundo moderno… Pero tal vez, desde una lectura de fe, hemos de decir algo más: ¿No será Dios quien nos está empujando a este «desierto»? ¿No necesitábamos algo de esto para liberarnos de tanta vanagloria, poder mundano, vanidad y falsos éxitos acumulados inconscientemente durante tantos siglos? Nunca habríamos elegido nosotros estos caminos.

Esta experiencia de desierto, que irá creciendo en los próximos años, es un tiempo inesperado de gracia y purificación que hemos de agradecer a Dios. Él seguirá cuidando su proyecto. Solo se nos pide rechazar con lucidez las tentaciones que nos pueden desviar una vez más de la conversión a Jesucristo.

José Antonio Pagola
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«Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían». Domingo 22 de febrero de 2015 Domingo primero de cuaresma

domingo, 22 de febrero de 2015
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19-cuaresma B1 cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 9,8-15: El pacto de Dios con Noé salvado del diluvio.Salmo responsorial: 24:Tus sendas, Señor, son mi misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza. 1Pedro 3,18-22: Actualmente os salva el bautismo.Marcos 1,12-15:Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían.

La primera lectura, Génesis 9, contiene la «alianza de Dios con Noé». La alianza famosa, la más importante, tendrá lugar más tarde, la alianza con Abraham. La Alianza con Noé pertenece a un segundo plano de “la economía de la salvación”. ¡Nunca más habrá diluvio para destruir la tierra!, le asegura Dios a Noé (Gn 9,11). Y esta promesa va acompañada de un memorial: el arco iris, señal del nuevo pacto entre Dios y la humanidad.

¡El miedo al “diluvio” ha sido quebrado! Ahora tenemos una nueva alianza a partir de una alternativa de vida para todos los seres vivientes. El arca que ha abrigado a la familia se transforma en una gran casa acogedora de la vida, en donde el cuidado con los animales se destaca de una manera especial (Gn 9,1-7). Es la casa de la vida que coloca al ser humano en comunión con la tierra, con la naturaleza, con el cosmos.

El río Jordán, el desierto, y la Galilea son como un mismo “hilo conductor” de un desplazamiento fundamental que da inicio al evangelio de Marcos. Ahí percibimos el movimiento del reino de Dios que nos invita a movilizarnos en búsqueda de nuestros propios “lugares del Reino” donde se concreten y desarrollen nuestras opciones por la vida, por la dignificación de las personas y de las comunidades.

El río Jordán evoca grandes y significativos hechos de la historia de Israel. El más importante, sin duda, cuando Josué y el grupo del desierto atraviesan el río para entrar en la tierra prometida (Jos 3-4). Relato de los orígenes de aquel proyecto de vida igualitaria revelado por Dios a los esclavos fugitivos de Egipto. A partir de esta memoria primordial, Juan el Bautista convoca al pueblo alrededor de una nueva esperanza mesiánica. Allí también acude Jesús, procurando “las aguas de Juan”.

El desierto es muy frecuentemente mediación de discernimiento, formación y maduración en el proyecto de Dios. Jesús es llevado por el Espíritu al desierto, lugar por excelencia donde Israel aprendió a ser pueblo. Sujeto y proyecto anudados alrededor de la memoria del éxodo dando inicio al evangelio de Jesús.

Galilea es el lugar donde Jesús concreta su opción de humanidad y de humanización. Esta geografía es para Jesús el espacio vital del Reino. Es un mar, una tierra y un pueblo abierto a las naciones del entorno. Las fronteras se “cruzan” dando lugar a la inclusión de lo diverso en múltiples “misturas”. Favorabilidad donde madura e irrumpe el kairós del reino de Dios.

El paso del Jordán al desierto, plantea la articulación de movimientos mesiánicos proféticos que tienen en esos lugares, sus fuentes de inspiración y de organización. La confrontación con Satanás, como principio cósmico del mal que Marcos lo vincula con la enfermedad, la marginación y la muerte de los pobres, será para Jesús la definición de su vida por la ruta del reino de Dios. El desierto deja de ser lugar de prueba y penitencia según la tradición judía, para convertirse en lugar de aprendizaje definitivo en la confrontación y el desequilibrio. El Espíritu de Dios lleva a Jesús hasta la memoria fundacional de Israel, donde, venciendo a Satán, la vida se torna en fidelidad hacia Dios y hacia lo humano.

El simbolismo de los “cuarenta” tiene que ver con el trauma del nuevo nacimiento. Los poderes de la historia se hallan enfrentados: Jesús como principio de la humanidad liberada desde Dios, y Satanás, que es signo y causa de la muerte en el mundo. Nos hallamos frente al relato de un nuevo origen. Marcos re-escribe la historia, llevándonos del agua del bautismo a la re-construcción de la humanidad, para decirnos que Jesús está ahí apostando por una opción de vida, dignidad y felicidad humana. Pero Jesús no asume el combate solitario. Está junto con los animales y los ángeles como evocando un nuevo paraíso. El servicio angélico comunica esperanza y porta salvación. Al retomar el “paraíso” para re-iniciar el camino de lo humano, Jesús cuenta con fuerzas naturales y angelicales (la tierra y el cielo) favorables. Jesús se encuentra entre la tentación satánica y el servicio angélico. Es el dilema que permanentemente enfrentaremos. Marcos ha evocado estos poderes como en un espejo para que podamos mirarnos en ellos. Nos ha dicho lo que es tentar y servir, nos ha arraigado en la “historia original”. Ya en la historia concreta esos actores sobrenaturales desaparecen y es cuando Jesús nos enseña a servir, sirviendo a su comunidad discipular.

Obviamente, los cuarenta días del desierto no desaparecen. Duran todo el evangelio, toda la vida. Son paradigma de la contradicción y el desequilibrio que permanentemente atraviesan la historia. En la trama de la vida humana se ha venido a introducir y decidir la trama de pecado y esperanza de todos los vivientes (incluidos los animales, los ángeles y los diablos).

En definitiva, la liturgia nos presenta este evangelio del comienzo del ministerio de Jesús, por paralelo con el comienzo de la cuaresma. La Cuaresma es la vida humana… Leer más…

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Dom 22.2.15. Pregón de Cuaresma: Dios Viene (El Ser de Dios es su Venida). 19.02.15

domingo, 22 de febrero de 2015
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timthumb.phpDel blog de Xabier Pikaza:

Ciclo b. Dom 1 Cuaresma. Mc 1, 12-15. He presentado ayer el tema de cuaresma, evocando el motivo central de Miércoles de Ceniza, cuyo lema estaba tomado en otro tiempo de Gen 3:

Memento homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris (recuerda hombre que eres polvo, y que al polvo has de volver).

Pero actualmente suele preferirse un tema tomado del evangelio de este domingo (Mc 1, 12-15)

Conviértete y cree en el Evangelio (viene Dios, el tiempo se ha cumplido; puedes y debes ya cambiar de vida)

Se ha cumplido el tiempo viejo, porque “viene Dios” (es decir, su Reino).

Dios, aquel que viene

A Jesús no le importa la existencia teórica de Dios, sino su venida, de manera que según el evangelio, Dios existe significa “Dios viene”. La palabra “existir” es griega (al menos de origen), y no aparece en la Biblia, hebres, donde lo más cercano a existir es “venir” (hacerse presente).

Así nos dice Jesús este domingo de cuaresma: Dios viene ya, su tiempo se ha cumplido, se ha cumplido así el viejo tiempo de los hombres.

A partir de aquí se entiende el lema: Convertíos y “creed en el evangelio”:

Creer en la buena noticia es «saber» que Dios existe (es decir, que está viniendo en la vida de los hombres);
convertirse es «dejarse transformar por la buena noticia de Dios, dejar que ella transforme nuestra vida.

Convertirse no significa cambiar primero nosotros, para que después podamos “creer” en el evangelio, sino al contrario: Acoger la venida de Dios en nuestra vida, y dejar así que ellas nos cambie. Sólo si aceptarmos el evangelio de la venida de Dios (¡que Dios viene!) cambiaremos, podremos convertirnos.

Convertirse no significa “hacer penitencia”, sino dejar que Dios venga en nosotros (por nosotros) y así nos transforme, transformando nuestra forma de ser y de pensar. Ésa es la meta-noia (conversión evangélica)..

Éste es el sentido del pasaje central del evangelio del domingo 1º de Cuaresma (Mc 1, 12-15), que voy a comentar, siguiendo lo iniciado el Miércoles de Ceniza. Buen fin de semana.

Texto:

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre fieles, y los ángeles le servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el tiempo, viene ya el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 12-15).

Introducción

He desarrollado el sentido central de este pasaje en mi Comentario de Marcos (Verbo Divino, Estella 2013) y en varias postales de este blog, como sabrá quien haya venido siguiendo mis comentarios.

Hoy quiero añadir simplemente que, conforme a ese pasaje de Marcos (en la línea de mi Teodicea Sígueme, Salamanca 2013), la existencia de Dios se identifica con su venida (conforme al precioso título del libro de E. Jüngel, Gottes Sein ist im Werden, (o quizá mejor im Kommen) que se puede traducir algo así como “el ser de Dios es su venida” (su estar viniendo a la Vida de los hombres, siendo Vida en ellos, como sabe ya el 2º Isaías).

portada-i6n9463476 Jesús no quiso demostrar que hay Dios con razones de pensamiento abstracto, sino que proclamó su venida (llegada). No dijo “Dios es” (eso estaba fuera del horizonte de su pensamiento), sino “Dios viene” (es decir, viene su reino). Y no solamente lo dijo de palabra, sino con su vida y sus gestos.

Se enfrentó Jesús en el desierto del mundo con el Diablo, se mantuvo firme, dejando que la gran experiencia de Dios le alumbrara, le pusiera en marcha, y así comenzó a decir: Viene el Reino de Dios.

— Jesús descubrió en su vida la venida de Dios, le aceptó y se dejó transformar por ella, pudiendo así presentarse como testigo de Dios en su vida (con su vida). He visto un libro de ingenuo teología que se titula: “Dios existe, yo le he visto” (parecido al libro de A. Frossard: Dios existe, yo le encontré). Jesús no escribió un libro, pero si lo hubiera hecho podría haberlo titulado: ¡Dios viene, yo quiero preparar con vosotros su llegada!)

Situación. En el desierto

Jesús no es Hijo de Dios para encerrarse y vivir en aislamiento (en oración de pura intimidad), sino para extender su filiación a todos los hombres, y para ello tiene que luchar contra el diablo (es decir, contra aquel/aquello que no deja que los hombres sean hijos de Dios), para despejar así el camino de la venida de Dios, y lo hace en el desierto, como indiqué en la postal anterior.

El desierto es un lugar geográfico (a la vera del Jordán). Pero, al mismo tiempo, es signo de la prueba que Jesús ha de asumir a lo largo de su vida, para abrir el camino de Dios. Allí, en el desierto que se extiende en cerca del Jordán, o en los montes que se alzan a occidente, en el camino que va a Jerusalén fue “tentado” Jesús según Marcos.

El desierto es lugar de maduración y prueba, pues prueba y tarea es la vida del hombre sobre el mundo, prueba de hijos, lugar de verdadero nacimiento humano, de maduración en libertad:

— Ser Hijo de Dios es crecer en Dios, en libertad. La voz del Padre, que le ha dicho en el bautismo tu eres mi Hijo”, le arranca del estado anterior de búsqueda y le lleva, más allá del lugar Juan Bautista, que espera sin cesar la llegada del Juicio, hasta el lugar de verdadero nacimiento de la vida humana, con los Israelitas antiguos, con Adán en el principio de la historia. El agua del bautismo era sólo un principio, para purificarse; el desierto es el camino de la vida, la gran prueba.

— Ser Hijo de Dios significa ser probado… para preparar y anunciar su venida. Frente a frente con Satán así queda Jesús. No dice el texto que Jesús haya ayunado durante cuarenta días (como dirán Mateo y Lucas), pues el ayuno era propio de Juan Bautista (experto en langosta de estepa y miel silvestre), a nivel de un judaísmo penitencial. Jesús supera ese nivel y llega hasta el lugar de la prueba originaria, habitando frente a frente con Satán, Tentador hecho persona, en cuarenta días que son trauma de nuevo nacimiento.

‒ Ser Hijo de Dios significa enfrentarse con Satán. Como verdadero Adán y Eva, colocado en el desierto-paraíso del que todo brota, Jesús es probado por el Diablo (y amado por Dios) . Uno frente a otro se sitúan los poderes de la historia: Jesús como principio de humanidad liberada desde Dios, y Satanás, que es signo y causa de muerte sobre el mundo. No hace falta hablar de ayuno: lo que importe es llegar a la guarida de Satán, para vencerle.

‒ Ser Hijo es abrir el camino de Dios, dejando así que el venga y que se manifieste… Sólo este Jesús que se ha enfrentado a Satán en el desierto puede ahora afirmar que Dios viene, proclamando su llegada

Del desierto a Galilea

— Después que Juan fue entregado… Este dato sirve de contrapunto histórico y teológico de la historia posterior. Juan ha sido y seguirá siendo lugar de referencia. Jesús viene después (meta), en indicación más teológica que cronológica. La entrega de Juan (paradothênai: 1,14; cf. 6, 14-39) anuncia la de Jesús (cf. 9, 33; 10, 33; 14, 10-11 etc.).

— Vino Jesús a Galilea. El espacio geográfico (y teológico) de Juan era el desierto con el río. El de Jesús, en cambio, es Galilea. No se retira al lugar de la prueba, ni se instala al borde de la tierra prometida; tampoco busca un lugar de salvación junto a los atrios de Jerusalén, en gesto de sacralidad nacional. Jesús se encuentra vinculado a la tierra y gente normal de Galilea, junto a un mar simbólicamente abierto a las naciones del entorno. Esta evocación culmina en 14, 28 y 16, 7 donde Jesús (o el joven pascual) manda a los discípulos a Galilea, lugar que será para Mc espacio fundante y el signo duradero de la iglesia

— Diciendo: “Se ha cumplido el tiempo, viene el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio”. La evocación de Galilea como tal no basta para expresar el nuevo camino de Dios, como no basta el hecho de la entrega del Bautista. El evangelio de la iglesia se funda en el mensaje de Jesús, que es la expresión más honda de su vida:

Se ha cumplido el tiempo, porque Dios viene
Convertíos creyendo en el evangelio.

Ésta es la palabra clave, que consta de dos frases paralelas dobles, cada una con dos partes, unidas por un kai (y). Como resulta usual en Mc, la segunda sirve para precisar el sentido de la primera: se ha cumplido el tiempo «y» llega el reino (el reino define y da sentido al tiempo); convertíos «y» creed en el evangelio (la fe da sentido a la conversión).

La buena noticia del Reino, la venida de Dios

La buena noticia del Reino “de Dios” es el mismo Dios que viene, haciendo así posible que los hombres y mujeres “se conviertan”, vivan y sean de un modo distinto, conforma a la gracia y potencia del Reino.

En el lugar donde estaba la conversión y penitencia del Bautista viene a situarse la buena noticia de Jesús que es la venida de Dios que le dice «eres mi Hijo» y que se expresa en la victoria sobre lo diabólico. Su experiencia es buena noticia; la palabra de su vida puede hacerse ya palabra y principio de existencia para aquellos que quieran escucharle, acompañarle. De esa forma el camino de Jesús se hace camino para todos los humanos, empezando en Galilea:

— Viene Dios, el tiempo se ha cumplido El cielo se ha rasgado y Dios se hace presente en Jesús (1, 9-11). Por eso él puede expresar su experiencia, ofreciendo espacio de vida filial y fraterna (de amor) a quienes quieran escucharle. El Reino de Dios se identifica con aquello que Jesús ha recibido en su bautismo. Quiere que todos escuchen (escuchemos) la voz de Dios que dice (eres mi Hijo!, recibiéndola de forma compartida, fraterna, solidaria. Porque el reino de Dios ha llegado podemos y debemos afirmar que el tiempo se ha cumplido, han culminado las promesas de 1, 2-3.

— Convertíos «y» creed en el evangelio. La pertenencia al reino no se logra por la carne y sangre, es decir, por los principios naturales de la historia (poder genealógico, imposición política) sino por meta-noia o con-versión interpretada como cambio gratuito de vida. Superando el nivel previo de lucha, viene a desplegarse ahora un extenso y gozoso continente de existencia filial, hecha de gratuidad y expresada como fe en el evangelio, es decir, como acogida de la buena noticia de Dios. No es la conversión la que causa el evangelio sino al revés: el evangelio de Dios, que aceptamos por Jesús con fe gozosa, nos convierte, nos transforma, haciéndonos capaces de acoger y construir la familia mesiánica o iglesia.

Jesús no dice “eres polvo”, sino “llega el Reino”, es decir, viene Dios

Donde Juan Bautista se había detenido sigue Jesús: ha escuchado la palabra, se ha descubierto Hijo de Dios, se ha mantenido en la prueba, ha recibido un mensaje de vida para todos. Por eso ha comenzado a expandir su experiencia, ofreciendo su evangelio universal, en el cruce de caminos de su patria, en Galilea.

Jesús no empieza pidiéndonos nada, es decir, no empieza exigiendo penitencia. No aparece en el texto como un suplicante que implora a Dios agua para el campo, hijos para la familia, fortuna para la casa, vida para los enfermos… Simplemente ha venido en busca de Dios, con los penitentes del Bautista y ha escuchado la voz (eres mi Hijo!, y por eso, habiendo vencido a Satán, pueden decir a los hombres: sois hijos de Dios. No viene pedir a los hombres un tributo, no viene a exigirles responsabilidades, si no a ofrecerles el Reino.

Tampoco Dios había empezado pidiendo algo a Jesús; no le dice que se convierta, no le impone una ley (¡cumple! (tu debes!), no le amenaza. Al principio del evangelio no está el imperativo categórico (deber), ni un tipo de moral impositiva o casuística. En el principio está el amor de Padre que dice: ¡eres mi Hijo! .

En ese amor se funda el camino de la iglesia, que me empieza diciendo: Ha llegado el reino… y sigue invitándome ¿te apuntas, te dejas cambiar por el evangelio?. Los que aceptan la experiencia de Jesús forman con él una familia, son iglesia. Este es el cambio categórico, el principio del evangelio, el surgimiento de la familia de Dios. En la base de Mc hallamos una experiencia de filiación gozosa que se expande por gozo a todos los humanos. Por eso, en los momentos fundamentales de la trama evangélica (transfiguración, viñadores homicidas, oración del huerto, crucifixión: cf. 9, 7; 12, 6; 14, 36; 15, 39), Mc retorna a la experiencia del bautismo, descubriendo lo que significa Jesús como Hijo de Dios para los humanos.

Por eso, Jesús no dice “eres polvo”, sino “eres hijo de Dos”, cree en la buena noticia…, que ella, la buena noticia de Dios, te convierta y cambie

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Tentación sin tentaciones. Primer domingo de Cuaresma. Ciclo B

domingo, 22 de febrero de 2015
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3139Tentaciones de Jesús, de Alejandro Santa Via Christi en Junin de los Andes Argentina

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El primer domingo de Cuaresma, en cualquiera de los tres ciclos, se dedica siempre a recordar las tentaciones de Jesús. Eso supone que debemos dar marcha atrás, olvidarnos de que ya estaba recorriendo Galilea con sus discípulos y volver a empezar. Jesús acaba de bautizarse, ha recibido una misión de Dios. Pero antes de lanzarse a una actividad pública, el espíritu lo impulsa al desierto. Con este relato, muy simbólico y que no se presta a conclusiones piadosas, Marcos quiere plantearnos desde el comienzo el misterio de la persona de Jesús.

Un relato sin tentaciones

Si se hiciera una encuesta a los cristianos sobre las tentaciones de Jesús (suponiendo que hayan oído hablar de Jesús y de las tentaciones) algunos mencionarían la de convertir una piedra en pan; otros, que Satanás le ofreció toda la gloria y riqueza si lo adoraba; los más listos incluso recordarían lo de tirarse desde el pináculo del templo. Con eso, demostrarían conocer los relatos de las tentaciones que cuentan Mateo y Lucas. Pero Marcos no dice nada de eso.

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.

Más que un relato parece un guion con seis datos que el catequista deberá desarrollar.

El Espíritu. En las tradición bíblica, el Espíritu es el que impulsa a los Jueces y a los profetas a realizar la misión que Dios les encomienda: salvar al pueblo de sus enemigos o transmitir su palabra. En este caso, con notable diferencia, el Espíritu impulsa a Jesús al desierto.

            El desierto es el lugar de la prueba, como lo fue para el pueblo de Israel cuando salió de Egipto, camino de la Tierra Prometida. Allí fue tentado, para ver si eran fieles. Y la inmensa mayoría sucumbió en la prueba, mostrándose un pueblo de corazón duro y obstinado. Jesús, en cambio, superará en el desierto la tentación.

            Los cuarenta días equivalen a los cuarenta años que, según la tradición bíblica, pasó Israel en el desierto. Es número de plenitud, de tiempo redondo (recuérdense los cuarenta días del diluvio, los cuarenta días entre la resurrección de Jesús y la Ascensión, etc.).

            Satanás. Nosotros hemos adornado este personaje con tantos elementos (incluidos cuernos y rabo) que conviene dejar claro cómo lo concibe Mc. El evangelista usa el nombre de Satanás en cinco ocasiones (1,13; 3,23.26; 4,15; 8,33), y desaparece en la segunda parte del evangelio (cc.9-16); curiosamente, la última vez que se menciona a Satanás no se refiere al demonio sino el apóstol Pedro, que quiere apartar a Jesús de la pasión y la cruz. Por consiguiente, Satanás es el símbolo de la oposición al plan de Dios. Satanás quiere apartar a Jesús del camino que Dios le ha trazado en el bautismo: hacer que se olvide de pobres y afligidos, dejar de consolar a los tristes, no anunciar la buena noticia. O, como hará Pedro más adelante, pedirle que cumpla su misión, pero sin pensar en cruz ni sufrimientos.

            Fieras y ángeles. Esta curiosa mención está cargada de simbolismo. Los animales del desierto no son los que ve cualquier campesino galileo a su alrededor: mulos, vacas, ovejas… Son escorpiones, alacranes, etc. Y esto nos recuerda el Salmo 91,11-13, donde aparecen mencionados junto con los ángeles:

«A sus ángeles ha dado órdenes

para que te guarden en todos tus caminos;

te llevarán en sus palmas

para que tu pie no tropiece en la piedra;

caminarás sobre chacales y víboras,

pisotearás leones y dragones».

Jesús, en el desierto, sufre la tentación de Satanás. Pero Dios está a su lado, lo protege mediante sus ángeles, y hace que triunfe de todos los peligros.

Estos elementos (tentación, vivir con los animales, servicio de los ángeles) recuerdan al relato de Adán en el paraíso, tal como se contaba en las tradiciones rabínicas. De este modo, Mc presenta a Jesús como el nuevo Adán, que, a diferencia del primero, no sucumbe a la tentación, sino que la supera.

Primera actividad de Jesús y síntesis de su predicación

El relato de las tentaciones en Mc es tan breve que la liturgia ha añadido las frases siguientes. Aunque tratan un tema muy distinto (el comienzo de la actividad de Jesús) y ya las leímos en el Domingo 3º, la invitación a la conversión encaja muy bien al comienzo de la Cuaresma.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Esas palabras ya las leímos el domingo 3º. Recuerdo lo que comenté a propósito de ellas. Marcos ofrece tres datos: 1) momento en que comienza a actuar; 2) lugar de su actividad; 3) contenido de su predicación.

Momento. Cuando encarcelan a Juan Bautista. Como si ese acontecimiento despertase en él la conciencia de que debe continuar la obra de Juan. Nosotros estamos acostumbrados a ver a Jesús de manera demasiado divina, como si supiese perfectamente lo que debe hacer en cada instante. Pero es muy probable que Dios Padre le hablase igual que a nosotros, a través de los acontecimientos. En este caso, la desaparición de Juan Bautista y la necesidad de llenar su vacío.

Lugar de actividad. A diferencia de Juan, Jesús no se instala en un sitio concreto, esperando que la gente venga a su encuentro. Como el pastor que busca la oveja perdida, se dedica a recorrer los pueblecillos y aldeas de Galilea, 204 según Flavio Josefo. Galilea era una región de 70 km de largo por 40 de ancho, con desniveles que van de los 300 a los 1200 ms. En tiempos de Jesús era una zona rica, importante y famosa, como afirma el libro tercero de la Guerra Judía de Flavio Josefo (BJ III, 41-43), aunque su riqueza estaba muy mal repartida, igual que en todo el Imperio romano.

Los judíos de Judá y Jerusalén no estimaban mucho a los galileos: “Si alguien quiere enriquecerse, que vaya al norte; si desea adquirir sabiduría, que venga al sur”, comentaba un rabino orgulloso. Y el evangelio de Juan recoge una idea parecida, cuando los sumos sacerdotes y los fariseos dicen a Nicodemo: “Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta” (Jn 7,52).

Mensaje. ¿Qué dice Jesús a esa pobre gente, campesinos de las montañas y pescadores del lago? Su mensaje lo resume Marcos en un anuncio (“Se ha cumplido el plazo, el reinado de Dios está cerca”) y una invitación (“convertíos y creed en la buena noticia”).

El anuncio encaja en la mentalidad apocalíptica, bastante difundida por entonces en algunos grupos religiosos judíos. Ante las desgracias que ocurren en el mundo, y a las que no encuentran solución, esperan un mundo nuevo, maravilloso: el reino de Dios. Para estos autores era fundamental calcular el momento en el que irrumpiría ese reinado de Dios y qué señales lo anunciarían. Jesús no cae en esa trampa: no habla del momento concreto ni de las señales. Se limita a decir que “está cerca”.

Pero lo más importante es que vincula ese anuncio con una invitación a convertirse y a creer en la buena noticia.

Convertirse implica dos cosas: volver a Dios y mejorar la conducta. La imagen que mejor lo explica es la del hijo pródigo: abandonó la casa paterna y terminó dilapidando su fortuna; debe volver a su padre y cambiar de vida. Esta llamada a la conversión es típica de los profetas y no extrañaría a ninguno de los oyentes de Jesús.

Pero Jesús invita también a “creer en la buena noticia” del reinado de Dios, aunque los romanos les cobren toda clase de tributos, aunque la situación económica y política sea muy dura, aunque se sientan marginados y despreciados. Esa buena noticia se concretará pronto en la curación de enfermos, que devuelve la salud física, y el perdón de los pecados, que devuelve la paz y la alegría interior.

El recuerdo del bautismo

Desde antiguo, la celebración de la Pascua quedó vinculada con el bautismo de los catecúmenos el Sábado Santo, y eso ha influido en la selección de las lecturas de la Cuaresma, que pretenden recordar episodios que jugaron un gran papel simbólico en la preparación para el bautismo. La carta de Pedro (llamada así aunque no la escribió san Pedro) ve en el diluvio un simbolismo del bautismo: Noé y sus hijos se salvaron cruzando las aguas del diluvio, el cristiano se salva sumergiéndose en el agua bautismal. Menos clara es la relación de la lectura del Génesis con el bautismo; aunque también ella habla de Noé, todo se centra en la promesa de Dios de no volver a destruir la tierra. Es posible que se haya elegido el texto por la convivencia de hombre y animales, que recuerda a lo que dice el evangelio sobre Jesús viviendo con las fieras.

Jesús y nuestro bautismo

La presentación de Jesús como nuevo Adán está estrechamente relacionada con la nueva vida que comienza en el cristiano con el bautismo. La Cuaresma es el mejor momento para profundizar en este sacramento que, en la mayoría de los casos, recibimos sin ser conscientes de lo que recibíamos.

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«La religión abarca la totalidad de la vida», por José María Castillo

domingo, 22 de febrero de 2015
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onfray3_thumb1Leído en su blog Teología sin Censura:

Esta mañana, como todas las mañanas, en cuanto me he tomado un café, he leído despacio el evangelio del día (Mc 6, 53-56). Y me he puesto a pensar despacio, sosegadamente, lo que cuenta el relato de Mateo. Las gentes de Genesaret, un amplia llanura en la parte occidental del lago de Galilea, seguramente ni creían en el mismo Dios, ni por tanto tenían la misma religión, que tenían los israelitas. Nosotros diríamos ahora que aquellas gentes eran paganos, infieles, laicistas, ateos…, ¿qué sé yo? Y sin embargo, “en la aldea o pueblo o caserío donde llegaba Jesús, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto y los que lo tocaban se ponían sanos” (Mt 6, 56).

¿Es esto histórico? ¿Sucedía realmente así? El Evangelio, antes que un libro de religión, es un proyecto de vida. De forma que realizando ese proyecto, y sólo mediante ese proyecto, podemos encontrar eso que llamamos Dios, el proyecto que da sentido a nuestras vidas. ¿Qué quiero decir con esto?

Quiero decir que es una lástima que los estudiosos de los evangelios hayan dedicado casi todo su tiempo a precisar los detalles de cada relato: dónde, cuándo, cómo por qué y para qué sucedió lo que narran los evangelios. Todo eso es interesante. Es importante. Es necesario. Pero nada de eso es lo que de verdad importa. Lo decisivo es la forma de vida que el Evangelio nos presenta. Una forma de vida que nos humaniza a todos. Y que a todos nos lleva a Dios. Y esa forma de vida no es otra cosa que la sintonía con el dolor humano, la sensibilidad con los que sufren, la bondad con todos y siempre, sea cual sea la forma de pensar o de vivir de cada cual. Esto es lo que nos hace ser religiosos según Jesús y al estilo de Jesús.

Esto, ni más ni menos, es lo que nos enseña el Evangelio en cada página, en cada relato, en cada episodio de la vida de Jesús. Lo cual quiere decir que Jesús modificó radicalmente la religión. En cuanto que entendió y vivió la religión como “totalidad” que abarca el total de la vida. El hecho religioso se suele entender y practicar de manera que se reduce a “lo ritual” y a “lo sagrado”. Ahora bien, en la medida en que la religión se identifica con lo ritual y lo sagrado, inevitablemente la religión se ve reducida a determinados tiempos, sitios, gestos… Por eso sucede, con tanta frecuencia, el hecho de que encontramos gente profundamente religiosa, que cumple con lo ritual y lo sagrado con toda exactitud. Pero, una vez que se ha despachado lo ritual y lo sagrado, cuando llega el momento de lo profesional, lo económico, lo político, lo lúdico, lo familiar, etc, etc, entonces da la cara el egoísta, el prepotente, el fanático, el ambicioso, etc, etc. Es la consecuencia inevitable de la “religiosidad parcializada”. En ese caso, “lo sagrado” se divorcia de “lo laico”. De la misma manera que “lo religioso” se divorcia de “lo ético”.

Así, hemos hecho de la religión un esperpento. Que lleva derechamente a la doble vida, a la hipocresía, a la mentira y al engaño. Sólo cuando entendemos y vivimos la religión como totalidad es cuando podemos asegurar que estamos en el camino del Evangelio. Lo demás, no es sino apariencia, farsa y engaño. No se trata de que vayamos por la vida haciendo milagros. De lo que se trata es de que, pasemos por donde pasemos, los demás vean, toquen y palpen en nosotros la sensibilidad y la preocupación por aliviar y hasta – si es posible – remediar el sufrimiento humano, el desamparo de los débiles y la injusticia canalla de los causantes de tanto sufrimiento.

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«Dios acoge a los impuros». 6 Tiempo Ordinario – B (Marcos 1,40-45)

domingo, 15 de febrero de 2015
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793784-300x262De forma inesperada, un leproso «se acerca a Jesús». Según la ley, no puede entrar en contacto con nadie. Es un «impuro» y ha de vivir aislado. Tampoco puede entrar en el templo. ¿Cómo va a acoger Dios en su presencia a un ser tan repugnante? Su destino es vivir excluido. Así lo establece la ley.

A pesar de todo, este leproso desesperado se atreve a desafiar todas las normas. Sabe que está obrando mal. Por eso se pone de rodillas. No se arriesga a hablar con Jesús de frente. Desde el suelo, le hace esta súplica: «Si quieres, puedes limpiarme». Sabe que Jesús lo puede curar, pero ¿querrá limpiarlo?, ¿se atreverá a sacarlo de la exclusión a la que está sometido en nombre de Dios?

Sorprende la emoción que le produce a Jesús la cercanía del leproso. No se horroriza ni se echa atrás. Ante la situación de aquel pobre hombre, «se conmueve hasta las entrañas». La ternura lo desborda. ¿Cómo no va a querer limpiarlo él, que solo vive movido por la compasión de Dios hacia sus hijos e hijas más indefensos y despreciados?

Sin dudarlo, «extiende la mano» hacia aquel hombre y «toca» su piel despreciada por los puros. Sabe que está prohibido por la ley y que, con este gesto, está reafirmando la trasgresión iniciada por el leproso. Solo lo mueve la compasión: «Quiero: queda limpio».

Esto es lo que quiere el Dios encarnado en Jesús: limpiar el mundo de exclusiones que van contra su compasión de Padre. No es Dios quien excluye, sino nuestras leyes e instituciones. No es Dios quien margina, sino nosotros. En adelante, todos han de tener claro que a nadie se ha de excluir en nombre de Jesús.

Seguirle a él significa no horrorizarnos ante ningún impuro ni impura. No retirar a ningún «excluido» nuestra acogida. Para Jesús, lo primero es la persona que sufre y no la norma. Poner siempre por delante la norma es la mejor manera de ir perdiendo la sensibilidad de Jesús ante los despreciados y rechazados. La mejor manera de vivir sin compasión.

En pocos lugares es más reconocible el Espíritu de Jesús que en esas personas que ofrecen apoyo y amistad gratuita a prostitutas indefensas, que acompañan a enfermos de sida olvidados por todos, que defienden a homosexuales que no pueden vivir dignamente su condición… Ellos nos recuerdan que en el corazón de Dios caben todos.

José Antonio Pagola

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«Quiero: queda limpio.» Domingo 15 de febrero de 2015 Sexto domingo del tiempo ordinario

domingo, 15 de febrero de 2015
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15-ordinarioB6 cerezoLeído en Koinonia:

Levítico 13,1-2.44-46: El leproso tendrá su morada fuera del campamento:
Salmo responsorial: 31: Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.
1Corintios 10,31-11,1: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.
Marcos 1,40-45: La lepra se le quitó, y quedó limpio

En el evangelio de Marcos que hoy leemos, Jesús se encuentra con un leproso arriesgado que se atreve a romper una norma que lo obligaba a permanecer alejado de la ciudad. Esta norma es la que nos recuerda la primera lectura, del Levítico.

En la tradición judía (primera lectura) la enfermedad era interpretada como una maldición divina, un castigo, una consecuencia del pecado de la persona enferma –¡o de su familia!–. Porque entonces se la consideraba contagiosa, la lepra común estaba regulada por una rígida normativa que excluía a la persona afectada de la vida social. (Ha durado muchos siglos la falsa creencia de que la lepra fuese tan fácilmente contagiable). El enfermo de lepra era un muerto en vida, y lo peor era que la enfermedad era considerada normalmente incurable. Los sacerdotes tenían la función de examinar las llagas del enfermo, y en caso de diagnosticarlas efectivamente como síntomas de la presencia de lepra, la persona era declarada «impura», con lo que resultaba condenada a salir de la población, a comenzar a vivir en soledad, a malvivir indignamente, gritando por los caminos «¡impuro, impuro!», para evitar encontrarse con personas sanas a las que poder contagiar. En realidad, todo el sistema normativo religioso generaba una permanente exclusión de personas por motivos de sexo, salud, condición social, edad, religión, nacionalidad.

Este hombre, seguramente cansado de su condición, se acerca a Jesús y se arrodilla, poniendo en él toda su confianza: «si quieres, puedes limpiarme». Jesús, se compadece y le toca, rompiendo no sólo una costumbre, sino una norma religiosa sumamente rígida. Jesús se salta la ley que margina y que excluye a la persona. Jesús pone a la persona por encima de la ley, incluso de la ley religiosa. La religión de Jesús no está contra la vida, sino, al contrario: pone en el centro la vida de las personas. La vida y las personas por encima de la ley, no al revés.

Jesús le pide silencio (es el conocido tema del «secreto mesiánico», que todavía hoy resulta un tanto misterioso), y le envía al sacerdote como signo de su reinclusión en la dinámica social, «para que sirva de testimonio» de que Dios desea y puede actuar aun por encima de las normas, recuperando la vida y la dignidad de sus hijos e hijas. Pero este hombre no hace caso de tal secreto, rompe el silencio, y se pone a pregonar con entusiasmo su experiencia de liberación. No parece servirse de la mediación del sacerdote o de la institución del templo, sino que se auto-incluye y toma la decisión autónoma de divulgar la Buena Noticia. Esto hace que Jesús no pueda ya presentarse en público en las ciudades sino en los lugares apartados, pues al asumir la causa de los excluidos, Jesús se convierte en un excluido más. Sin embargo, allí a las afueras, está brotando la nueva vida y quienes logran descubrirlo van también allí a buscar a Jesús.

Es una página recurrente en los evangelios: Jesús cura, sana a los enfermos. No sólo predica, sino que cura («no es lo mismo predicar que dar trigo», dice el refrán). Palabra y hechos. Decir y hacer. Anuncio y construcción. Teoría y praxis. Liberación integral: espiritual y corporal. Y ésa es su religión: el amor, el amor liberador, por encima de toda ley que aliene. La ley consiste precisamente en amar y liberar, por encima de todo.

La segunda lectura, que sigue, como siempre, un camino independiente frente a la relación entre la primera y la tercera, es un bello texto de Pablo que habla de la integralidad de la espiritualidad. La espiritualidad no es tan «espiritual»; de alguna manera es también «material». Hay que recordar que la palabra «espiritualidad» es una palabra desafortunada. Tenemos que seguir utilizándola por lo muy consagrada que está, pero necesitamos recordar que no podemos aceptar para su sentido etimológico. No queremos ser «espirituales» si ello significara quedarnos con el espíritu y despreciar el cuerpo o la materia.

Pablo está en esa línea: «ya sea que comáis o que bebáis o que hagáis cualquier otra cosa…». No sólo las actividades tradicionalmente tenidas como religiosas, o espirituales, tienen que ver con la espiritualidad, sino también actividades muy materiales, preocupaciones muy humanas, como el comer y beber, o cualquier otra actividad de nuestra vida, pueden, deben ser integradas en el campo de nuestra espiritualidad (que ya no resultará pues «solamente espiritual»). Nuestra vida de fe puede y debe santificar toda nuestra vida humana, en todas sus preocupaciones y trabajos, no sólo cuando tenemos la suerte de poder dedicar nuestro tiempo a actividades «estrictamente religiosas», como podrían ser la oración o el culto.

El Concilio Vaticano II insistió mucho en esto: «todos estamos llamados a la santidad» (cap. V de la Lumen Gentium). No hay unos «profesionales de la santidad» (cap. VI ibid.), algunos que estarían en un supuesto «estado de perfección», mientras los demás tendrían que atender a preocupaciones muy humanas… No. Todos estamos llamados elevar nuestros trabajos, tareas, preocupaciones humanas… «nuestra propia existencia» a la categoría de «culto agradable a Dios» (como dirá Pablo en Rom 12,1-2). Podemos ser muy «espirituales» (con reservas para esta palabra de resabios greco-platónicos) y santificarnos aun en lo más «material» de nuestra vida. Leer más…

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Dom 15.2.15. «Jesús cura a un leproso, el leproso enseña a Jesús»

domingo, 15 de febrero de 2015
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 6 cilo B. Mc 1, 40-45. Tiene el evangelio de hoy dos partes bien diferenciadas:

a. En la primera aparece Jesús curando a endemoniados, y especialmente a un leproso que le enseña diciendo “si quieres puedes curarme”.

b. En la segunda aparece Jesús pide al leproso que se: “integre en el orden legal de la sinagoga…”. Pero él no le obedece, sino que prefiere andar por libre, rompiendo/superando la estructura de ley de la sinagoga.

Ambos tienen razón, cada uno a su manera. Jesús curando al leproso. El leproso desobedeciendo a Jesús, para buscar un camino nuevo desde su curación. Buen domingo a todos

(En la imagen: Sacerdotes observando la lepra… El leproso curado por Jesús no va donde los sacerdotes, no acepta su sistema social y sacral…).

PRIMERA PARTE: MC 1, 39-42.

39 Y se fue a predicar en sus sinagogas por toda Galilea, expulsando los demonios. 40 Se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: Si quieres, puedes purificarme. 41 Y, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda puro. 42 Al instante desapareció la lepra y quedó puro.

Jesús por aldeas y caminos

Jesús camina por las poblaciones campesinas, iniciando una misión rural, centrada en las sinagogas “de ellos”, donde “iba expulsando demonios” (ta daimonia ekballôn), como si quisiera limpiar las sinagogas del entorno rural de Galilea, como un “exorcista con programa mesiánico”. Pues bien, en este contexto se habla del leproso (1, 40). Jesús no fue a buscarle, quizá pensaba que todo lo que se podía hacer debía hacerlo en las sinagogas, que eran las “casas de todos” (donde abundaban de un modo especial los posesos).

Un leproso fuera de los caminos normales

Pero entre sinagoga y sinagoga, atravesando por el campo, se le acercó un leproso, con quien (al parecer) no contaba, echándose a sus pies de rodillas (gonypetôn), como adorándole, para exponerle su caso y decirle: “si quieres… (ean thelês) puedes purificarme” (katharisai).

Este leproso conoce su mal por experiencia personal y social, pues la misma Ley le ha expulsado, de manera que no puede albergar ninguna esperanza de Reino, pues ha de habitar fuera de las poblaciones (como Cafarnaúm), pero también fuera de las aldeas y de sus sinagogas, de manera que no puede aprender la Ley, ni escuchar el mensaje que Jesús está sembrando precisamente en ellas, al curar a los endemoniados. Él aparece en el último escalón de la sociedad o, mejor dicho, fuera de ella, sin esperanza alguna.

Jesús no ha ido a buscarle directamente, sino que es el leproso el que viene y le muestra su necesidad, puesto de rodillas, como ante un Dios (un delegado de Dios). Este leproso sabe más que Jesús (al menos conforme a la dinámica del texto). Ha comprendido que el proyecto de Jesús (centrado por ahora en los posesos) debe extenderse también a los leprosos, expulsados de la comunidad de Israel por su impureza. Por eso se atreve a ponerse a pedirle su ayuda, de manera que podemos decir que ha entendido quizá mejor que Jesús su poder de sanación.

No es simplemente un enfermo, sino un expulsado social y religioso (el mismo sacerdote le ha arrojado fuera de la comunidad de los limpios de Israel), de forma que todos le toman como fuente de peligro y como causa de impureza para la buena familia israelita, conforme a una ley regulada por sacerdotes, que tienen poder de expulsar del “campamento” (de la vida social) a los leprosos y de readmitirlos, si es que se curan, tras examinarlos “fuera del campamento” (es decir, fuera de las ciudades) y de cumplir los ritos y sacrificios prescritos en el templo. Más que enfermo, es un excomulgado en el sentido fuerte del término, y sólo el sacerdote tenía el poder de integrarlo de nuevo en la comunidad, observando su piel y mandándole cumplir los ritos sagrados (Lev 13-14).

Para que el conjunto social mantuviera su pureza, los leprosos debían ser arrojados fuera del “campamento”, es decir, del espacio habitado. No les podían matar (el mandamiento de Dios lo prohibía), ni les encerraban en lo que hoy sería una cárcel u hospital para contagiosos, pero les expulsaban de las ciudades y núcleos habitados (como al chivo expiatorio de Lev 16), y así vivían apartados de la sociedad. Según eso, no podían orar en el templo, ni aprender en la sinagoga, ni compartir casa, mesa o cama con los familiares sanos, sino que eran apestados, una secta de proscritos.

Desde ese fondo se entiende la escena, que empieza con el gesto del leproso que viene y ruega (1, 40), puesto de rodillas (gonipetôn, como precisan los mejores manuscritos), diciendo a Jesús “si quieres, puedes purificarme”, poniendo su caso y su causa en sus manos. Quizá Jesús no se había detenido a pensar en el problema, ni conocía el poder que este leproso le atribuye (¡si quieres puedes limpiarme!), ni sabía cómo desplegarlo, asumiendo en su misión la tarea de “purificar” a los leprosos (el texto emplea la palabra katharisai, que propiamente hablando no es curar, sino purificar, limpiar).

Un leproso que enseña a Jesús

La iniciativa no parte de Jesús, sino del leproso que le dice lo que ha de hacer (¡si quieres puedes purificarme!), despertando en él una nueva conciencia de poder, que desborda las fronteras del viejo Israel sacerdotal.

Este leproso empieza siendo un «maestro de Jesús…», a quien le dice que puede curarle, si quiere. Ciertamente (conforme al relato de Mc), él ha podido oir que que Jesús había curado al poseso de 1, 23, esclavizado por un espíritu impuro (akatharton). Pues bien, él deduce (y deduce bien) que, si Jesús pudo “purificar” o limpiar a a un poseso, podrá purificarle también a él, declarándole limpio y realizando algo que, según Lev 13-14, sólo podían hacer los sacerdotes, cuando declaraban puros a los leprosos previamente curados. Leer más…

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Poder y compasión. Domingo 6º. Ciclo B

domingo, 15 de febrero de 2015
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curacion de un leprosoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Tras la curación de la suegra de Pedro y a otros muchos enfermos, Marcos cuenta el primer gran milagro de Jesús: la curación de un leproso. El texto sólo se comprende a fondo teniendo en cuenta los casos parecidos, y muy distintos, de Moisés y Eliseo.

La lepra en el antiguo Israel: diagnóstico y curación

«La lepra, en el sentido moderno, no fue definida hasta el año 1872 por el médico noruego A. Hansen. En tiempos antiguos se aplicaba la palabra «lepra» a otras enfermedades, por ejemplo a enferme­dades psicógenas de la piel» (J. Jeremias, Teologia del AT, 115, nota 36).

En Levítico 13 se tratan las diversas enfermedades de la piel: inflama­ciones, erupciones, manchas, afección cutánea, úlcera, quemadu­ras, afecciones en la cabeza o la barba (sarna), leucodermia, alopecia. Se examinan los diversos casos, y el sacerdote decidirá si la persona es pura o impura (caso curable o incurable). De ese capítulo está tomado el breve fragmento de la primera lectura de este domingo:

El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

̶  Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: «Impuro, impuro!» Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»

Dos casos de lepra: impotencia de Moisés, poder sin compasión de Eliseo

El milagro de curar a un leproso sólo se cuenta en el AT de Moisés (Números 12,10ss) y de Eliseo (2 Reyes 5). Es interesante recordar estos relatos para compararlos con el de Marcos.

María y Aarón murmuran de Moisés, no se sabe exactamente por qué motivo. En cualquier hipótesis, Dios castiga a María (no a Aarón, cosa que indigna a las feministas, con razón). «Al apartarse la nube de la tienda, María tenía toda la piel descolorida como nieve». Aarón se da cuenta e intercede por ella ante Moisés. Pero Moisés no puede curarla. Sólo puede pedirle a Dios: «Por favor, cúrala». El Señor accede, con la condición de que permanezca siete días fuera del campamento (Números 12).

El caso de Eliseo es más entretenido y dramático (2 Reyes 5). Naamán, un alto dignatario sirio, contrae la lepra, y una esclava israelita le aconseja que vaya a visitar al profeta Eliseo. Naamán realiza el viaje, esperando que Eliseo salga a su encuentro, toque la parte enferma y lo cure. Pero Eliseo no se molesta en salir a saludarlo. Le envía un criado con la orden de lavarse siete veces en el Jordán. Naamán se indigna, pero sus criados lo convence: obedece al profeta y se cura. A diferencia de Moisés, Eliseo puede curar, aunque sea con una receta mágica, pero no siente la menor compasión por el enfermo.

Jesús: poder y compasión

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: 

̶  Si quieres, puedes limpiarme.

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: 

̶  Quiero: queda limpio.

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.  Él lo despidió, encargándole severamente: 

̶  No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grades ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

El relato de Marcos consta de seis elementos: petición del leproso; reacción de Jesús; resultado; advertencia; reacción del curado; consecuencias.

            Petición del leproso. Tres detalles son importantes en la actitud del leproso: 1) no se atiene a la ley que le prohíbe acercarse a otras personas; 2) se arrodilla ante Jesús, en señal de profundo respeto; 3) confía plenamente en su poder; todo depende de que quiera, no de que pueda.

            Reacción de Jesús. Podía haber respondido a la petición del leproso con las simples palabras: “Quiero, queda limpio”. Con ello, a diferencia de Moisés y de Eliseo, habría demostrado su poder: no necesita pedir la inter­vención de Dios, ni recurrir a remedios cuasi-mágicos. Sin embargo, antes de demostrar su poder muestra su compasión. Marcos habla de lo que siente (“lástima”) y de lo que hace (“extendió la mano y lo tocó”). Es lo que esperaba el sirio Naamán que hiciera Eliseo: tocar su parte enferma. Por otra parte, quien tocaba a un leproso quedaba impuro; pero a Jesús no le preocupa este tipo de impureza.

Advertencia. Aparentemente, Jesús da dos órdenes al recién curado: 1) que no se lo diga a nadie; 2) que se presente al sacerdote. La primera (no decirlo a nadie) resulta extraña, porque Jesús no pretende pasar desapercibido. Es probable que las dos órdenes estén relacionadas entre sí, formando una sola: «no te entre­tengas en decírselo a nadie, sino ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». ¿Qué había ordenado Moisés? Según el Levítico, el curado debe ofrecer: dos aves puras (se suponen tórtolas o pichones), dos corderos sin defecto, una cordera añal sin defecto, doce litros de flor de harina amasada con aceite y un cuarto de litro de aceite. Con todo ello el sacerdote realiza un complejo ritual que dura ocho días. Además, el curado deberá afeitarse completamente el primer día y raparse de nuevo el octavo.

Las palabras finales de Jesús parecen tener un tinte polémico: «para que les conste». Se pasa del singular (el sacerdote) al plural (les conste), como si Jesús pensase en todos sus adversa­rios que no lo aceptan.

Reacción del curado. No obedece a ninguna de las dos órdenes de Jesús. Ni se calla ni acude al sacerdote. Según la traducción litúrgica, «empezó a divulgar el hecho con grades ponderaciones». Una traducción más literal sería: «empezó a predicar mucho y a divulgar la palabra». Como si el leproso curado, en vez de atenerse a lo mandado por Moisés prefiriese convertirse en un misionero cristiano.

Consecuencias. Jesús no puede entrar abiertamente en ningún pueblo. Debe permanecer en descampado, y aun así acuden a él. ¿Por qué esta reacción suya? Sabiendo lo que cuenta Marcos más tarde, la respuesta sería: para no verse agobiado por la multitud de gente que acude a él.

Una lectura simbólica: el leproso es cada uno de nosotros

Los relatos evangélicos tienen siempre una gran carga simbólica. Quieren que nos identifiquemos con la situación que narran. En este caso, con el leproso. Todos llevamos dentro algo, mucho o poco, de lo que nos sentimos culpables. Podemos negarnos a admitirlo, escondiendo la cabeza bajo tierra, como el avestruz. O podemos reconocerlo, y acudir humildemente a Jesús, con la certeza de que “si quieres puedes limpiarme”. Él tiene el poder y la compasión necesarios para cambiar nuestra vida.

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«Retirarse a orar». 5 Tiempo Ordinario – B (Marcos 1,29-39) Evangelio del 08/02/2015

domingo, 8 de febrero de 2015
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793783-200x300En medio de su intensa actividad de profeta itinerante, Jesús cuidó siempre su comunicación con Dios en el silencio y la soledad. Los evangelios han conservado el recuerdo de una costumbre suya que causó honda impresión: Jesús solía retirarse de noche a orar.

El episodio que narra Marcos nos ayuda a conocer lo que significaba la oración para Jesús. La víspera había sido una jornada dura. Jesús «había curado a muchos enfermos». El éxito había sido muy grande. Cafarnaúm estaba conmocionada: «La población entera se agolpaba» en torno a Jesús. Todo el mundo hablaba de él.

Esa misma noche, «de madrugada», entre las tres y las seis de la mañana, Jesús se levanta y, sin avisar a sus discípulos, se retira al descampado. «Allí se puso a orar». Necesita estar a solas con su Padre. No quiere dejarse aturdir por el éxito. Solo busca la voluntad del Padre: conocer bien el camino que ha de recorrer.

Sorprendidos por su ausencia, Simón y sus compañeros corren a buscarlo. No dudan en interrumpir su diálogo con Dios. Solo quieren retenerlo: «Todo el mundo te busca». Pero Jesús no se deja programar desde fuera. Solo piensa en el proyecto de su Padre. Nada ni nadie lo apartará de su camino.

No tiene ningún interés en quedarse a disfrutar de su éxito en Cafarnaúm. No cederá ante el entusiasmo popular. Hay aldeas que todavía no han escuchado la Buena Noticia de Dios: «Vamos… para predicar también allí».

Uno de los rasgos más positivos en el cristianismo contemporáneo es ver cómo se va despertando la necesidad de cuidar más la comunicación con Dios, el silencio y la meditación. Los cristianos más lúcidos y responsables quieren arrastrar a la Iglesia de hoy a vivir de manera más contemplativa.

Es urgente. Los cristianos, por lo general, ya no sabemos estar a solas con el Padre. Los teólogos, predicadores y catequistas hablamos mucho de Dios, pero hablamos poco con él. La costumbre de Jesús se olvidó hace mucho tiempo. En las parroquias se hacen muchas reuniones de trabajo, pero no sabemos retirarnos para descansar en la presencia de Dios y llenarnos de su paz.

Cada vez somos menos para hacer más cosas. Nuestro riesgo es caer en el activismo, el desgaste y el vacío interior. Sin embargo, nuestro problema no es tener muchos problemas, sino no tener la fuerza espiritual necesaria para enfrentarnos a ellos.

José Antonio Pagola

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«Curó a muchos enfermos de diversos males». Domingo 8 de febrero de 2015. Domingo quinto del tiempo ordinario.

domingo, 8 de febrero de 2015
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14ordinarioB5 cerezoLeído en Koinonia:

Job 7,1-4.6-7: Mis días se consumen sin esperanza.
Salmo responsorial: 146: Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.
1Corintios 9,16-19.22-23: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Marcos 1,29-39: Curó a muchos enfermos de diversos males

Hoy el libro de Job nos o presenta sumido en un gran sufrimiento. Delante de sus amigos desnuda su corazón, su desilusión. Ellos, que defienden una teología alejada de la vida, no pueden comprender la queja de su amigo ni acompañarlo plenamente en su dolor. El grito de Job está presente en la vida diaria de muchos hombres y mujeres en todos los rincones del planeta, que enfrentan una vida de lucha y dificultad. Job compara su existencia con la vida de un «mercenario»; mercenario es quien vende su lucha, que libra por dinero causas que no son suyas y se fatiga por empresas que no ama.

El libro de Job, como sabemos, es una joya literaria dentro de la Biblia hebrea (de la que está tomado nuestro «Primer Testamento»). Es una reflexión sapiencial sobre ese problema irresoluble, o mejor, sobre ese misterio eterno que es «el mal». El misterio del mal, su presencia injustificada en el mundo, ante la cual necesitamos justificar a quienes podrían resultar implicados por la existencia del mal. A Dios, en primer lugar. En efecto, la «teodicea» o disciplina filosófica que trata de mostrar la existencia de Dios, trata en realidad de «justificar» a Dios –como expresa la etimología misma de la palabra–.

Lo importante del libro de Job no son sus «datos históricos» (que no existen, pues no es un libro histórico), ni las respuestas de tipo explicativo que quisiera dar sobre el dolor humano (que estarían hoy absolutamente sobrepasadas), sino la sabiduría que encierra en sus reflexiones.

En efecto, la ciencia avanza cada día, y no tiene sentido hoy estudiar la óptica en la obra de Newton por ejemplo, que fue uno de sus fundadores, pues como ciencia su obra está hoy enteramente sobrepasada. En cambio, no avanzamos cada día en sabiduría –que no está en el mismo plano de la ciencia–, y hoy la humanidad sigue viviendo de la sabiduría de personajes como Confucio, Buda, Sócrates, Jesús… En realidad no hemos avanzado sobre aquella sabiduría fundamental adquirida hace ya tres mil años… Esa constatación nos permite escuchar y leer el libro de Job.

Pablo, de manera parecida a Job, se encuentra en una discusión acalorada con sus interlocutores, en la comunidad de Corinto, en la que grupos fracciones que critican y cuestionan su autoridad (v.3). Pablo responde haciendo una defensa radical de su misión y declara su absoluta libertad frente a toda manipulación o poder humano. No se declara miembro de un movimiento o representante de alguna institución, sino como un hombre “obligado a cumplir una tarea”. En el imperio Romano era común la práctica del clientelismo, en la cual el benefactor se convertía en patrón de quien recibía sus beneficios. El apóstol desea dejar en claro la pureza de su mensaje, que no está vendido a ningún “cliente”, ni moldeado por ningún interés personal (v. 17-18). Esta libertad en Cristo, le permite al apóstol ser un servidor de los demás. No teme amoldarse a las condiciones de vida de los destinatarios de su mensaje: judíos, seguidores de la ley o rebeldes a ella, débiles. Pablo anuncia así el Evangelio de la libertad que no se matricula con la rigidez, ni hace el juego a ningún interés particular o sectario, sino que es capaz de entrar en diálogo con la diferencia y de llegar a “todas” las realidades humanas, como una Buena Noticia del amor de Dios.

Esto es precisamente lo que hace Jesús en el evangelio de Marcos: entrar en la vida de las personas, ser uno de ellos en su cotidianidad. El domingo pasado, lo vimos sanando a un endemoniado. Hoy, lo acompañamos con Simón y Andrés a la casa de Pedro. La casa, el lugar íntimo done se comparte el techo, la mesa. Allí se encuentra con una anciana enferma, la suegra de Pedro, Jesús se acerca, la toma de la mano y la levanta. Un gesto tan simple como es el acercarse, y tomar de la mano hace el milagro de recuperar a esta mujer, que no sólo recupera su salud, sino su capacidad de servicio. Al atardecer muchos vinieron a buscarlos, y relata el evangelista que Jesús continuó sanando. Era común en la época de Jesús que los enfermos fueran tenidos por malditos o poseídos por espíritus malos, de manera que eran alejados, excluidos y nadie se atrevía a acercarse a ellos. Jesús, al contrario, se entrega con amor y dedicación a su cuidado, siendo su servidor.

La práctica de curación, la lucha contra el mal, es decir, la praxis liberación del ser humano… es la práctica habitual de Jesús. Tan importante como hacer el bien, es evitar el mal, y luchar contra él: dar la vida en la tarea de procurar la paz, la salud, el bienestar, la felicidad… a todos aquellos que la han perdido. Ser cristiano es, entre otras muchas cosas, luchar contra el mal, no quedarse de brazos cruzados, o ensimismado en los propios asuntos, cuando vivimos en un mundo con las cifras escalofriantes de pobreza y miseria que hoy padecemos.

«Anunciar hoy el Reino» no es cuestión de sólo palabras; exige simultáneamente construirlo. La «evangelización», la nuestra, ha de ser como la de Jesús. Su «anunciar» la buena noticia no es cuestión de simplemente transmitir información… sino de hacer, de construir, de luchar contra el mal, de sanar, curar, rehabilitar a los hermanos, ponernos a su servicio, acompañar y dignificar la vida que, en todas sus manifestaciones, es manifestación de la mano creadora de Dios. Leer más…

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Dom 8. 2. 15. Jesús y la “empresa” de Pedro

domingo, 8 de febrero de 2015
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Imagen2Bde2BJesus2Ben2Bel2Bcamino1Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 4 tiempo ordinario, ciblo c. El evangelio de este domingo consta de tres partes, de las que voy a destacar la tercera:

a. Jesús “cura” a la suegra de Simón en un día de sábado y ella, superando la ley que prohíbe trabajar ese día se pone a “servirle”, a él y a sus discípulos.

b. Cuando se pone el sol del sábado y comienza el nuevo día, al principio de la noche, Jesús acoge y cura, a la puerta de la casa de Simón (es decir, de su suegra) a un gran número de gente.

c. Cuando Simón “busca y sigue” a Jesús, para convertirle en “curandero de barrio”, creando así una “empresa de sanaciones”, Jesús se marcha, porque quiere conservar su libertad, promoviendo la llegada del Reino y curando por campos y aldeas.

Buen fin de semana a todos, con la suegra de Simón y con Simón aquel que empezó queriendo convertir el evangelio en una empresa.

Un texto con tres partes (Mc 1, 29-37)

(a. Suegra de Simón) 29 Al salir de la sinagoga, se fue inmediatamente a casa de Simón y Andrés, con Jacob y Juan. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Le hablaron en seguida de ella, 31 y él se acercó, la agarró de la mano y la levantó. La fiebre le desapareció y se puso a servirles.

(b. Milagros a la puerta de la casa). 32 A la puesta del sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. 33 La población entera se agolpaba a la puerta. 34 Y curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, y no dejaba hablar a los demonios, pues sabían quién era

(c. Simón persigue a Jesús). 35 Y temprano, aún muy de noche, se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar. 36 Simón y los que estaban con él le persiguieron, buscándole 37 Cuando lo encontraron, le dijeron: Todos te buscan. Y les contestó: Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para esto he salido.

a) La lección de la suegra.

Del “exorcismo” de la sinagoga (donde parecían abundar los demonios, como vimos el domingo pasado: Mc 1, 19-38) pasamos a las “curación” en la casa (donde no hay demonios, sino enfermos), y su primer destinatario de la acción de Jesús es la suegra de Simón, a la que Jesús sanó en sábado, levantándola de la cama. Ella, una vez sanada, respondió con un gesto de servicio, en su casa, ofreciendo la comida a Jesús y a sus compañeros, con una acción que inaugura el primer ministerio cristiano.

Nadie se lo ha dicho; no ha tenido que aprender de alguna exégesis rabínica. Lo ha comprendido ella misma, como mujer, que sabe estar al servicio de la vida, al recibir la ayuda de Jesús y al responderle, precisamente en sábado, de manera que su gesto (dejarse levantar por Jesús y servir a los demás) marcará de ahora en adelante todo el evangelio (hasta el final en que las mujeres vuelven a ser protagonistas: Mc 15, 40.37; 16, 1-8).

Simón y los restantes discípulos no lo entenderán hasta la pascua (y quizá nunca, si no vuelven a Galilea: Mc 16, 7), a no ser que se hagan servidores de los otros (cf. 9, 35; 10, 43), siguiendo al Hijo del hombre, que ha venido a servir y dar la vida por todos (10,45). Ella, en cambio, lo sabe desde el principio: ha superado un tipo de religión de escribas y se ha vinculado a Jesús de un modo personal, como servidora, el primer “ministro” de la comunidad de Jesús

b) Milagros a la puerta de la casa

A la curación durante el día y en casa (en tiempo de sábado) siguen las curaciones del anochecer, acabado el sábado, en la calle, a la puerta de la casa de Simón, es decir, en el entorno de la iglesia (de la comunidad establecida), como indica este sumario, que distingue cuidadosamente dos palabras: le traían a todos (pantas) los enfermos y endemoniados, y Jesús curaba a muchos (pollous) de esos enfermos, expulsando a muchos (polla) demonios.

Todo eso sucede “a la caída la tarde, tras la puesta del sol…”. Según el calendario judío, el sábado (tiempo de descanso) termina al ocaso de sol, esto es, a la caída de la tarde, Como observantes de la ley, los vecinos de Cafarnaúm esperaron ese ocaso. Así dejan que pase el sábado ritual, tiempo de un descanso que no logra liberar al ser humano, y sólo entonces, transcurrido ya el lapso sagrado, en el momento más profano de la nueva noche que se va extendiendo, buscan a Jesús para que les cure, a la puerta de la casa de la suegra de Simón.

Tanto Jesús como la suegra han superado ya una comprensión exclusivista del sábado, porque él ha curado y ella ha servido ese día. Pero el conjunto de los habitantes de Cafarnaúm se rigen todavía por el cómputo antiguo del tiempo y por eso esperan la puesta del sol para traer ante la puerta de la casa a los enfermos, a fin de que Jesús les cure. No pueden entrar en la casa, porque es pequeña y no caben, o porque no actúan aún como iglesia (comunidad de Jesús), sino como admiradores externos.

Son ellos, los vecinos de Cafarnaúm, los que vienen y traen a los enfermos, y los ponen ante él (epheron pros auton). Así inician las escena, como diciendo a Jesús lo que debe hacer. Llegan con prisa, no vienen a escuchar (como harían en la sinagoga), sino a pedir a Jesús que cure, pues son muchos los que están oprimidos por el mal, los endemoniados.

c) Por las aldeas del entorno. Jesús no acepta la “empresa” de Pedro

Jesús nos saca de la sinagoga (judaísmo) y de la casa de Simón (un tipo de iglesia, a la puerta de esa casa), para llevarnos al servicio misionero, a campo abierto. De esa forma, este tipo de “noche pascual”, llena de curaciones, desemboca en una primera división. Tras marcharse los enfermos, muy de madrugada, Jesús y sus discípulos (¡los cuatro del principio, con Simón!) toman decisiones distintas:

Los que “persiguen” a Jesús, con Simón, son representantes de un tipo de iglesia judeocristiana que quiere «encerrarle en una casa», que es ya la de Simón (no la de su suegra servidora), sin asumir la apertura pascual, universal, del evangelio, que ha de extenderse por los bordes de Galilea (cf. 16, 7-8), sobrepasando siempre los espacios cerrados de un tipo de religión apegada a su propia ley.

a. Jesús sale de la casa donde quieren encerrarle, y lo hace en primer momento para orar (Mc 1, 35). El protagonista es Jesús, que se levanta de mañana (resucita) para orar en un lugar desierto (1, 35); es como si debiera retornar en oración, a su experiencia de encuentro con Dios (Bautismo), para reiniciar el camino . Esta “salida” de Jesús, en pleno noche, le permite “superar” el “cerco” que querían imponerle. Hasta ahora, después de la “llamada” de los cuatro discípulos, él había ido respondiendo a la presión de aquellos que, de un modo u otro, habían implorado su ayuda: el poseso de la sinagoga, los familiares de la suegra de Simón o los que llevaban a los enfermos de Cafarnaúm. Ahora se sitúa en soledad ante Dios, para así descubrir de un modo directo, por sí mismo, su misión. No tiene las cosas resueltas de antemano; por eso se pone en oración, para descubrir el camino que debe recorrer.

Ésta es la primera vez que Jesús aparece abiertamente en oración en Marcos, aunque parece claro que su experiencia anterior, tras el bautismo (cuando ha visto los cielos abiertos, y al Espíritu bajando sobre él: 1, 11-12), ha sido de oración. Ahora le vemos orando expresamente, muy temprano, aún de noche, en un lugar desierto, después de su primera acción mesiánica, y en esa misma línea le veremos otras veces en el evangelio. Es evidente que el desierto no es aquí lugar de penitencia, ni de lucha contra el diablo (sin más), sino de encuentro personal con Dios .

b. Simón y sus compañeros (hoi met’autou: cf. Mc 1, 36) le persiguen (1, 36-37). Deben ser del grupo de pescadores de hombres de 1, 16−20, que salen en su persecución (katediôxen), apelando a la necesidad de la multitud (todos te buscan: 1, 37). Éste es el primer enfrentamiento, la primera discusión mesiánica, y Simón (a quien todavía no se le llama Pedro/Roca, como se le llamará desde 3, 16) parece actuar como portavoz de una iglesia que quiere utilizar a Jesús para servicio propio, como si fuera un curandero doméstico establecido ante (o en) su propia casa a la que acudirían los necesitados y enfermos del entorno (cf. 1, 33-34).

Quizá podríamos decir que este Simón no quiere servir a los demás (en contra de lo que ha hecho su suegra), sino servirse de Jesús para provecho propio, interpretando en forma egoísta la tarea de pescador que ha recibido. Así quiere actuar como «dueño» de Jesús, representante de su empresa, cabeza de una Iglesia establecida .

Estamos ya ante una comunidad de Jesús que tiende a convertirse en sistema establecido, una especie de club de curaciones en torno a la casa de Simón (en Cafarnaúm o en Jerusalén), a diferencia de Pablo y de aquellos que quieren abrir el mensaje de Jesús al mundo entero. De esa manera, implícitamente, Marcos dice que la misma dinámica de la actividad de Jesús rompe y supera las fronteras de un sistema establecido (como el que quiere Simón). Leer más…

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La conducta atípica de Jesús. Domingo 5. Ciclo B

domingo, 8 de febrero de 2015
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Day_SimonsMotherinLaw_710Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El evangelio del domingo pasado contaba el asombro causado por la predicación de Jesús y por su poder sobre los espíritus inmundos. Todo eso ocurrió un sábado en la sinagoga de Cafarnaúm. El evangelio del próximo domingo nos cuenta cómo terminó ese sábado y qué ocurrió en los días siguientes.

Jesús cura en sábado

La doctrina de Jesús causó admiración porque enseñaba con autoridad, no como lo escribas. Y esa misma autoridad la demuestra curando en sábado a la suegra de Pedro. Quien lee este relato de Marcos no presta atención al hecho de que la curación tenga lugar en sábado. Pero cuando se conocen los otros evangelios, y se sabe que una de las acusaciones más fuertes contra Jesús fue la de curar en sábado, el detalle adquiere mayor importancia.

Un relato de milagro consta generalmente de los siguientes elementos: a) se presenta al enfermo, subrayando a veces la gravedad de la enfermedad; b) el interesado u otra persona pide su curación; d) Jesús lo cura, a veces con solo su palabra, a veces con algún tipo de acción; e) el enfermo demuestra que ha sido curado; p. ej., el paralítico carga con su camilla, el cojo da saltos. En nuestro caso, el relato es extraordinariamente breve y todo se cuenta con rapidez:

La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.

La fiebre de la enferma no es de escasa importancia, le obliga a guardar cama. Y el hecho de que se lo cuenten a Jesús significa que le preocupa a la familia. Él no dice una palabra, se limita a tomarla de la mano y levantarla. Para demostrar que se ha curado plenamente, se pone a servirlos.

Una feminista radical estadounidense dedujo de este detalle final que ni siquiera el evangelio libera a la mujer de su situación de esclavitud a los varones. Pero es una visión demasiado norteamericana y actual del relato. Lo que quiere decir Marcos no es que la mujer cristiana deba estar al servicio del varón, sino que la suegra se curó plenamente.

Un día en la vida de Jesús: ayuda y oración

Nosotros, no sé desde cuándo ni por qué, comenzamos el nuevo día a las 0 horas, cuando cualquier persona sensata está en la cama (menos muchos españoles). En la Biblia, el día termina al ponerse el sol (a eso de las 17:30 o algo más tarde según la época del año). Por eso, el relato de la creación no dice “pasó una mañana y pasó una tarde, el día primero”, sino “pasó una tarde y pasó una mañana…” Este detalle es importante para comprender lo que cuenta Marcos.

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

Al ponerse el sol termina el sábado, día de descanso, y comienza el día siguiente. La gente puede caminar, comprar, etc., y aprovecha la ocasión para llevar ante Jesús a todos los enfermos y endemoniados. En este contexto dice Marcos, casi de pasada, que Jesús “expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.” Esta idea, que ya apareció el domingo pasado en el relato del endemoniado y que se repetirá en otros momentos, la presentó Wilhelm Wrede en 1901 como “el secreto mesiánico en Marcos”. Jesús no quiere que la gente sepa desde el principio su verdadera identidad, tienen que irla descubriendo poco a poco, escuchándolo y viéndolo actuar.

Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: 

̶  Todo el mundo te busca.

Él les respondió: 

̶  Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido. 

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

No se dice cuánto tiempo dedicó a curar a muchos de ellos. Se supone que hasta tarde. En Israel, como en todo el Mediterráneo, la noche no cae de repente. Tampoco se dice dónde cenan Jesús y sus discípulos, ni dónde se quedan a dormir. Los evangelios no son biografías ni se detienen en detalles que consideran secundarios.

En cambio, Marcos indica que Jesús se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Vienen a la mente las palabras del Salmo 63: “¡Oh Dios, tu eres mi Dios, por ti madrugo.” Estamos al comienzo del evangelio, y Marcos indica algo que será una constante en la vida de Jesús: su oración, el contacto diario e intenso con el Padre, del que saca fuerzas para llevar adelante su misión.

Esta misión no se caracteriza por elegir lo cómodo y fácil. En Cafarnaúm toda la gente pregunta por él, quiere verlo y escucharlo. Sin embargo, él decide recorrer de nuevo toda Galilea. Ya lo había hecho solo, cuando metieron a Juan en la cárcel. Ahora lo hace acompañado de los cuatro discípulos. Y no sólo predica, también expulsa demonios.

Job, Jesús y nosotros

No sé qué ha movido a elegir el texto de Job como primera lectura. En cualquier caso, este espléndido texto, muy poético, ofrece un profundo contraste con la actitud de Jesús. Job es el hombre destrozado por el sufrimiento, sin horizonte, que considera la vida un absurdo. Jesús ve la vida como una inmensa posibilidad de servir a los demás. No olvidemos que a Job el sufrimiento lo convierte en un personaje encerrado en sí mismo, mientras que Jesús está abierto a Dios y a los demás. De nosotros depende cuál de los dos modelos elegir.

Lectura del libro de Job 7,1-4.6-7

Habló Job, diciendo:

«El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio,

sus días son los de un jornalero;

como el esclavo, suspira por la sombra,

como el jornalero, aguarda el salario.

Mi herencia son meses baldíos,

me asignan noches de fatiga;

al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré?

Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba.

Mis días corren más que la lanzadera,

y se consumen sin esperanza. 

Recuerda que mi vida es un soplo,

y que mis ojos no verán más la dicha.»

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«Democracia y derechos humanos en la Iglesia», por José María Castillo

lunes, 2 de febrero de 2015
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mafalda_derechos_humanosLeído en su blog Teología sin Censura:

Para plantear, desde el primer momento, el tema que intento explicar, empiezo haciendo una pregunta: ¿Qué autoridad moral o qué credibilidad puede tener, ante los ciudadanos de nuestro tiempo, una institución (la Iglesia) que, tal como está pensada y organizada, no puede ser gobernada como una democracia, ni puede suscribir y poner en práctica los derechos humanos? Esta pregunta se nos hace más apasionante, y también más incómoda, si pensamos (al menos, por un instante) que la Iglesia pretende “evangelizar”, es decir, “transmitir el Evangelio”. Pero, ¿cómo va a intentar transmitir “lo más sublime” (el Evangelio de Jesús), si no puede ni cumplir “lo más elemental” (la democracia y los derechos fundamentales)?

Supuesta la pregunta que acabo de hacer, el punto de partida de mi reflexión es éste: la democracia en el gobierno de la Iglesia, así como la puesta en práctica de los derechos humanos en ella, son dos asuntos tan vitales y tan urgentes, que, de la correcta solución que se les dé a estos dos problemas, depende que la Iglesia pueda ser o no ser fiel a sus orígenes (o sea, al Evangelio). Lo mismo que, de la fidelidad a la democracia y a los derechos humanos, depende también que la Iglesia recupere la credibilidad que tanto necesita y pueda cumplir con la misión que tiene asignada en este mundo. Pienso, además, que la Iglesia (en su conjunto) no ha tomado aún conciencia de la importancia apremiante de lo que acabo de apuntar.

Y todavía, una observación, que para mí es vital: en esta conferencia voy a decir (ya las he apuntado) cosas que van a resultar desagradables para algunos. Si hablo de esta manera, no es por resentimiento o alejamiento de la Iglesia. Todo lo contrario. Digo estas cosas porque es mucho lo que me interesa la Iglesia y es muy fuerte el cariño que siento por la Iglesia. La Iglesia que tenemos, no la que yo pueda tener en mi cabeza. Porque en esta Iglesia he nacido. En ella vivo. Y en ella quiero morir. A la Iglesia le debo el conocimiento de Jesús y su Evangelio. Lo que pasa es que con frecuencia veo la distancia y hasta la contradicción, que palpa tanta gente, entre la Iglesia y el Evangelio. Ante esto no me puedo callar. En esto radica el contenido y la intención de lo que voy a decir aquí.

1. Punto de partida

El gran problema, que aquí afrontamos, no es el problema que consiste en precisar si la Iglesia puede o no puede ser democrática; debe o no debe ser democrática. Eso, por supuesto. Pero hay un problema previo al que nunca le hincamos el diente. Me refiero al problema de la estructura misma de la religión. Si hablamos de la relación entre Iglesia y democracia, entre Iglesia y derecho, nos metemos en un callejón sin salida, si previamente no afrontamos el problema de la relación entre la Iglesia y la religión. ¿Por qué? Porque la religión – tal como el hecho religioso nos es conocido y fuera de muy contadas excepciones – no consiste sólo en la “relación con Dios”, sino además de eso, es también “relación mediada”. Es decir, la religión consiste en una relación con Dios que se realiza por medio (relación “mediada”) de mediadores asociados a jerarquías que entrañan un sistema de ritos, rangos y poderes sagrados, que implican dependencia, obediencia, sumisión y subordinación a superiores invisibles (Cf. Walter Burkert, La creación de lo sagrado, Barcelona, Acantilado, 2009, 146). De ahí que el “sentimiento religioso” específico es el “sentimiento de veneración” y el consiguiente “sometimiento” (Jean Bottéro, La religión más antigua: Mesopotamia, Madrid, Trotta, 2001, 59-65). Sometimiento, no sólo a Dios, sino también sometimiento a los mediadores, que actúan de “puentes” (“pontífices”), entre los seres humanos y el Trascendente. Entre la “inmanencia” y la “trascendencia”.

Ahora bien, en la medida en que la religión se acepta así, se vive así y se mantiene así, es sencillamente contradictorio y, por tanto, imposible establecer una relación, que se pueda justificar y llevar a la práctica, entre religión y democracia, entre religión y derechos humanos. Y por eso también, es imposible una relación normal entre Iglesia y democracia o entre Iglesia y derechos humanos. Esta contradicción no suele ser “argumentada racionalmente” o discursivamente. Pero sí suele ser “vivida emocionalmente” por importantes sectores de la población, especialmente en los países más desarrollados. De ahí la frecuente conflictividad que se suele producir entre los ciudadanos y las jerarquías de la religión. Con frecuencia, esta conflictividad se suele explicar, en el caso de los jerarcas, echando mano de la pérdida de la fe, del relativismo moral, de la degradación de las costumbres… Y en el caso de los ciudadanos, se rechaza a las jerarquías religiosas por motivaciones culturales, sociales, políticas y éticas. En todo eso puede haber, sin duda, algo o mucho de verdad. Pero en nada de eso está la verdadera razón del eterno conflicto entre jerarcas y fieles, entre sacerdotes y laicos.

mafalda

Y es que, cuando nos quedamos en esas rencillas, inevitablemente nos ponemos a dar palos de ciego. Porque, si nos quedamos en esas discusiones y en esos enfrentamientos, verdaderamente unos y otros estamos ciegos. Por eso, los palos que damos son palos de ciego. Porque el ciego, ya sea el obispo, el teólogo o el laico, si se queda en lo superficial y no llega al fondo del asunto, sin más remedio va por la vida como un ciego. A mí, por lo menos, esto justamente es lo que me ha ocurrido demasiadas veces.

2. Libertad e igualdad

Para hablar con propiedad, sobre la democracia y los derechos humanos, hay que empezar, como es lógico, por donde empieza la Declaración Universal: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” (Art. 1). Por tanto, la libertad y la igualdad son los dos fundamentos básicos de la democracia y de los derechos fundamentales de los seres humanos. Por consiguiente, donde no hay igualdad y no hay libertad, no hay – ni puede haber – democracia. Porque precisamente la democracia es el sistema de gobierno y de convivencia que acaba con las desigualdades y los sometimientos. Donde hay desigualdades y sometimientos no puede haber democracia.

Ahora bien, lo más opuesto, lo radicalmente opuesto, a los dos principios que acabo de apuntar (la libertad y la igualdad), es la religión. Porque religión es jerarquía y obediencia. Por supuesto, jerarquía y obediencia a Dios. Pero no sólo a Dios. Sino jerarquía y obediencia a Dios a través de los “mediadores”, que son esenciales en la religión. Y que son los que constituyen las jerarquías constitutivas de la religión. Ahora bien, jerarquía es lo mismo que desigualdad (de rangos, dignidades, poderes, categorías…). Y jerarquía es lo mismo que sometimiento. de unos (los que obedecen) a otros (los que mandan). Sometimiento en dogmas, ritos, normas, tradiciones…). Por tanto, donde hay religión no puede haber libertad, ni puede haber igualdad. Lo cual no quiere decir que donde hay relación con Dios no pueda haber libertad, ni pueda haber igualdad. Una cosa es la relación con Dios. Y otra cosa es la relación con la religión de lo sagrado, con sus jerarquías y sus consiguientes desigualdades y sumisiones.

DERECHOS HUMANOS DignidadEnseguida hablo de esto. Pero antes es necesario aclarar otra cuestión importante.

3. Igualdad y diferencia

Una cosa es la desigualdad y otra cosa es la diferencia. La diferencia es un hecho. La igualdad es un derecho. Es un hecho que los hombres son diferentes de las mujeres, los blancos son diferentes de los negros, etc. Pero esto no quiere decir que los hombres tengan derechos que no pueden tener las mujeres. O que los blancos tengan derechos que no pueden tener los negros, etc. La “diferencia es un término descriptivo”. Mientras que la “igualdad es término normativo” (Luigi Ferrajoli, Derechos y garantías. La ley del más débil, Madrid, Trotta, 2001, 79). Las diferencias nunca pueden ser “factores de desigualdad” (o. c., 79-80). Porque cuando las diferencias se erigen en desigualdades, se pasa del ámbito de los “hechos” al ámbito de los “derechos”. Lo cual da pie a que, cuando uno es diferente (por el motivo que sea), ese “hecho” se constituya en un “derecho” o en una fuente de derechos que no están al alcance de los demás.

Este desplazamiento de los hechos a los derechos es mucho más frecuente de lo que imaginamos. Sucede en política, en el mundo empresarial y laboral, en el ámbito de la ciencia y el saber, en la sociedad en general…. Y de un modo muy especial, se produce – y reproduce – en las religiones, concretamente en la Iglesia: los hombres tienen derechos que no tienen las mujeres, los clérigos gozan de derechos que no pueden tener los laicos, etc, etc. Lo cual, para amplios sectores de la población, resulta sencillamente irritante. Especialmente en dos ámbitos de la vida a los que casi todos somos muy sensibles. Me refiero a todo lo relacionado con el dinero y con el sexo. Que la Iglesia es vista como una religión, es un hecho. Que este hecho se ha convertido en una fuente de derechos, que de facto son privilegios, es algo que está a la vista de todos. Esto ya, por sí solo, es indignante. Pero, si a esto se añade la opacidad de lo que se oculta, de lo que no se informa a la opinión pública…, entonces lo “indignante” llega a resultar “irritante”. Nadie sabe exactamente el dinero que ingresa la Iglesia. Nadie sabe de dónde proviene ese dinero. Nadie sabe en qué se invierte tanto dinero. Ni cómo se invierte. Es verdad que hay obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, que son ejemplares y hasta heroicos. Pero también es cierto que, por ejemplo, los privilegios fiscales de la Iglesia son importantes. Pero, ¿qué representa eso? ¿qué consecuencias tiene? Se sabe que esos beneficios eran, al menos los años del gobierno de Zapatero, mayores que los privilegios que tenía la Iglesia en tiempo de Franco (Cf. Julio Jiménez Escobar, Los beneficios fiscales de la Iglesia Católica, Bilbao, Desclée, 2002, 371). Y en cuanto al ámbito del sexo, baste con decir que, hasta el pontificado de Juan Pablo II, era el Vaticano el que prohibía severamente que se supiera nada de lo relacionado con los abusos de menores. Desde los tiempos de Pío XII, yo sabía de tales abusos. Como también sabía de las severas prohibiciones que Roma imponía en este asunto.

4. Jesús y la religión
Por todo lo que acabo de decir, impresiona más lo que representa la originalidad, la genialidad y la actualidad que tiene el Evangelio. Porque – lo digo ya desde ahora – ni el Evangelio es una religión (en el sentido que acabo de explicar), ni la Iglesia puede ser una institución que representa a una religión.

Me explico. Sabemos que Jesús fue perseguido, insultado, amenazado, juzgado, condenado y ejecutado por los representantes jerárquicos y mandatarios de la religión del templo, la religión de lo sagrado, la religión de la ley y de los ritos, la religión que amenaza con castigos y condenas. Los hombres de la religión, en tiempo de Jesús, se dieron cuenta de que lo que ellos representan y lo que representaba Jesús eran dos cosas incompatibles. Leer más…

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«Un enseñar nuevo». 4 Tiempo Ordinario – B (Marcos 1,21-28)

domingo, 1 de febrero de 2015
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793782-203x300El episodio es sorprendente y sobrecogedor. Todo ocurre en la «sinagoga», el lugar donde se enseña oficialmente la Ley, tal como es interpretada por los maestros autorizados. Sucede en «sábado», el día en que los judíos observantes se reúnen para escuchar el comentario de sus dirigentes. Es en este marco donde Jesús comienza por vez primera a «enseñar».

Nada se dice del contenido de sus palabras. No es eso lo que aquí interesa, sino el impacto que produce su intervención. Jesús provoca asombro y admiración. La gente capta en él algo especial que no encuentra en sus maestros religiosos: Jesús «no enseña como los escribas, sino con autoridad».

Los letrados enseñan en nombre de la institución. Se atienen a las tradiciones. Citan una y otra vez a maestros ilustres del pasado. Su autoridad proviene de su función de interpretar oficialmente la Ley. La autoridad de Jesús es diferente. No viene de la institución. No se basa en la tradición. Tiene otra fuente. Está lleno del Espíritu vivificador de Dios.

Lo van a poder comprobar enseguida. De forma inesperada, un poseído interrumpe a gritos su enseñanza. No la puede soportar. Está aterrorizado: «¿Has venido a acabar con nosotros?» Aquel hombre se sentía bien al escuchar la enseñanza de los escribas. ¿Por qué se siente ahora amenazado

Jesús no viene a destruir a nadie. Precisamente su «autoridad» está en dar vida a las personas. Su enseñanza humaniza y libera de esclavitudes. Sus palabras invitan a confiar en Dios. Su mensaje es la mejor noticia que puede escuchar aquel hombre atormentado interiormente. Cuando Jesús lo cura, la gente exclama: «este enseñar con autoridad es nuevo».

Los sondeos indican que la palabra de la Iglesia está perdiendo autoridad y credibilidad. No basta hablar de manera autoritaria para anunciar la Buena Noticia de Dios. No es suficiente transmitir correctamente la tradición para abrir los corazones a la alegría de la fe. Lo que necesitamos urgentemente es un enseñar nuevo.

No somos «escribas», sino discípulos de Jesús. Hemos de comunicar su mensaje, no nuestras tradiciones. Hemos de enseñar curando la vida, no adoctrinando las mentes. Hemos de anunciar su Espíritu, no nuestras teologías.

José Antonio Pagola

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» Enseñaba con autoridad.» Domingo 1 de febrero de 2015. Domingo cuarto del tiempo ordinario

domingo, 1 de febrero de 2015
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13-ordinarioB4 cerezoLeído en Koinonia:

Deuteronomio 18,15-20: Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca.
Salmo responsorial: 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.».
1Corintios 7,32-35: La soltera se preocupa de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos.
Marcos 1,21-28: Enseñaba con autoridad.

La palabra Deuteronomio viene de Deuteros = segundo, y Nomos = ley. Es la segunda versión de la legislación mosaica. El Deuteronomio fue elaborado a partir de pequeños fragmentos que fueron compilados por el autor o los autores a lo largo de más de seiscientos años. El material que conocemos tuvo un origen muy diverso. Una parte pertenece a la gran tradición oral que la confederación de tribus empleó para regular la aplicación de la justicia al interior de la comunidad y entre las tribus durante el tiempo de los Jueces. Otra parte proviene de las tradiciones del reino del Norte, elaborada por grupos que se oponían a la monarquía y proponían legislaciones alternativas para tratar de cambiar el despótico gobierno instalado en Samaría. Otra parte, es elaboración de tradiciones orales del reino del Sur vigentes en tiempos del rey Josías. Esta diversidad fue re-elaborada después del destierro por los sacerdotes y los sabios, hasta alcanzar la forma que hoy conocemos.

El documento tuvo varias ediciones en las que fue sucesivamente ampliado. Insiste en la necesidad de vivir unas relaciones interhumanas justas. La ley no es, en este documento, un fárrago de decretos aislados. Cada precepto está en función de defender la vida y la dignidad de cada persona en la comunidad. La ley expresa la vida íntima de la comunidad, la necesidad de que cada persona tenga lo mínimo para sobrevivir y nadie viva en una situación oprobiosa y miserable. De este modo, la ley deja de ser una ominosa obligación y pasa a ser un «don» que otorga Dios a todo el pueblo. Este don o alianza se fundamenta en el derecho de cada familia a poseer lo mínimo necesario, esto es, un pedazo de tierra donde pueda cultivar y donde pueda vivir sin ser una carga para los demás: “Como Yavé ha hecho don de este país su pueblo, nadie puede apropiarse de la tierra” (Dt 15, 4).

Para este autor la alianza, la ley o «don» debe ser interiorizada. La convivencia en el país que Dios ha dado al Pueblo peregrino exige un cambio de mentalidad que se traduce en una organización social donde el derecho divino prevalece sobre todas las instituciones. Lo central de este derecho es la justicia interhumana, entendida como fundamento de la convivencia social. “El rey debe ser hermano y recortar ventajas e intereses personales. Este abrirse generosamente a los otros es lo que demuestra la pertenencia a Yavé y lo que permite la pertenencia a este pueblo”.

En esta misma línea se ubica la promesa acerca del profeta venidero. Ese profeta se compara con Moisés. No viene a recordar al pueblo una u otra cosa. Viene para indicar cuál es el rumbo que el pueblo debe seguir. El profeta se preocupará por mantener vivo el Espíritu de la Ley, tema en el que insiste el Deuteronomio, de modo que no se convierta en una mera formalidad, sino que exprese las necesidades vitales de la comunidad y de cada ser humano.

El Deuteronomio da inicio a una tendencia que Jesús llevará adelante. Para Jesús, y en general para todos los profetas, lo fundamental de la ley es preservar la dignidad, la intimidad y el valor de cada ser humano, el derecho a vivir en una comunidad donde sea valorado por lo que es y no por lo que tiene. De este modo, la legislación deja de ser un precepto que rige alguna cosa en particular, y se convierte en expresión de las necesidades vitales del ser humano. A esto llama la Biblia “llevar la Ley en el corazón”.

Esta nueva manera de ver la ley es la que aplica Pablo en la carta a los corintios. Él aconseja, sugiere, opina, exhorta y amonesta teniendo en cuenta la situación de la comunidad, en el marco social, y la situación de la persona, en el marco de la comunidad. No impone criterios rígidos que agobien la conciencia de las personas, sino que busca que cada persona esté a gusto con su situación.

La comunidad, preocupada por opiniones adversas al matrimonio, le pregunta al apóstol Pablo: ¿sería preferible no casarse? Para Pablo lo importante es que cada persona de la comunidad cristiana se sienta a gusto y motivada para servir. Por eso su mensaje no orienta a los que están casados, sino que se preocupa por los judíos y por los esclavos. Los judíos para que no renieguen de su cultura y tradiciones, pero para que tampoco se la impongan a los demás. A los esclavos los anima a no desanimarse por su condición y a buscar una oportunidad para liberarse. De este modo, ninguno se puede sentir ni inferior ni superior a los otros. Todos son iguales porque al interior de la comunidad se respeta la diferencia. Este es el principio de igualdad.

En todos los casos, situaciones, estados civiles, posiciones sociales… Pablo insiste en la urgencia de buscarse un camino para vivir la libertad que nos dejó Cristo y, siendo libres, preparar la irrupción del Reino. El Señor vuelve cuando la comunidad, libre ya de trabas sociales, culturales o ideológicas, da testimonio de un modo de vivir alternativo y liberador.

Esta capacidad, para discernir cada situación en particular, fue una de las cosas que más admiró la multitud en Jesús. Mientras otros maestros y líderes respondían con exhaustivas explicaciones y citando códigos, preceptos y doctrinas, Jesús respondía con la verdad simple y llana.

Jesús estaba interesado en la situación particular de cada ser humano: en sus sufrimientos, en las ideas que lo atormentaban, en aquellas cosas que le impedían ser libre y espontáneo. Este interés no obedecía a un interés político encubierto, sino a una genuina valoración de cada persona que encontraba en el camino. Muchos movimientos y grupos muestran interés por los individuos mientras estos sirven a sus intereses proselitistas, mientras son sus adeptos, luego, si disienten, los ignoran o los marginan. Jesús se manifestó abiertamente contra este modo de actuar y lo declaró abiertamente: el sábado, o sea la ley, las costumbres, todo lo prescrito, está al servicio de cada ser humano y no al contrario.

Precisamente, su lucha contra los demonios fue una lucha contra las ideologías instaladas en las sinagogas, que buscaban un mesías glorioso, un militar implacable, un reformador religioso. Jesús nunca se identificó con estos propósitos. Por esta razón, conmina a los “espíritus inmundos” o ideologías opresoras a guardar silencio y a no tratar de seducirlo con falsas aclamaciones y reconocimientos.

El pueblo sencillo reconocía esta lucha contra el formalismo de la ley la ideología que la sustentaba. La propuesta de Jesús los liberaba de la pesada carga moral, económica y cultural que suponía cumplir los más de seis mil preceptos que estaban vigentes para regular todos los aspectos de la vida personal y comunitaria. Mucha gente se preguntaba: ¿no será este hombre el nuevo legislador? ¿No será el hombre prometido como reemplazo del profeta Moisés? ¿No será la propuesta de Jesús, el Reinado de Dios, la “nueva Ley?” ¿Por qué sus acciones liberadoras y su lucha contra el mal es tan eficaz?

Hoy debemos preguntarnos: ¿hemos seguido la propuesta de Jesús de que cada ser humano tenga un valor inalienable? ¿Creemos que nuestra tarea, como anunciadores de la buena nueva, es ayudar a todos los seres humanos a liberarse de las trabas que nos les permiten crecer con libertad y espontaneidad? ¿Tiene carácter normativo la Buena Nueva de Jesús, o la tomamos a la ligera como las noticias de cada día? Leer más…

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Dom 1. 2. 15. Jesús y el demonio de la “sinagoga” (iglesia, ayuntamiento)

domingo, 1 de febrero de 2015
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SINAGOGADel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 4 tiempo ordinario. Ciclo b. Mc 1, 21-28. Lo primero que hizo Jesús al comenzar su tarea de Reino, según Marcos, fue acudir a la escuela/iglesia del lugar (la sinagoga), para expulsar de allí al demonio y ofrece así un espacio de pureza y libertad humana para los dolientes del entorno.

La sinagoga del pueblo era entonces escuela e iglesia, lugar de encuentro y sala del concejo (ayuntamiento), todo junto, como saben bien los expertos en historia judía. Pues bien, iniciado su camino mesiánico, Jesús fue a la escuela-iglesia-ayuntamiento para expulsar al “demonio” que campaba allí a sus anchas, un espíritu malo que curiosamente no estaba en un niño en edad escolar, sino en un hombre mayor (no sé sabe si cura o albañil, maestro o carpintero, rico o pobre) que se refugiaba y camuflaba en aquel entorno.

Este pasaje de evangelio que comentaré recoge un recuerdo histórico/simbólico de gran contenido. Léalo quien quiera trazar bien su ruta de evangelio. Con eso puede bastarle. Si quiere, siga evocando después su sentido. Buen domingo a todos.

Marcos 1, 21-28

21 Y fueron a Cafarnaum y de pronto, llegado un sábado, entró en la sinagoga y se puso a enseñar. 22 La gente estaba admirada de su enseñanza, porque los enseñaba con autoridad, y no como los escribas. 23

Había precisamente en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que se puso a gritar:24 ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quien eres: ¿El Santo de Dios!
25 Jesús lo increpó diciendo: ¡Cállate y sal de él!

26 El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él.

27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: ¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva con autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos le obedecen!
28 Pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región de Galilea.

En el camino de Jesús

Mc 1,21-28Además del templo de Jerusalén (lugar de sacralidad máxima) había en Israel y en la diáspora judía sinagogas donde acudían los fieles para escuchar la Palabra de Dios (Biblia) y comentar (aplicar) sus enseñanzas, resolviendo en común los problemas de la comunidad.

La sinagoga debía ser por tanto como lugar de gran limpieza, espacio santo donde el pueblo cultivaba y mantenía su ideal sagrado. Todo allí tenía que ser santo, celebrantes y fieles comunes. Pues bien, lo primero que hizo Jesús al comenzar su movimiento fue acudir a la sinagoga, pues sabía que allí se refugiba un hombre impuro, precisamente un oprimido, en la casa de la pureza religiosa y social.

La ley sinagogal no ha podido curarle, la escuela no ha podido educarle, sino que han servido para ponerle peor, pues hay una institución que no solamente no vale para curar, sino que fabrica enfermos, porque le conviene. Eso pasaba en aquel tiempo con un tipo de sinagoga. Eso acontece en nuestros días con algunos tipos de iglesia y de ayuntamientos.

Composición de lugar

Ha venido Jesús a promover el Reino de Dios en la tierra. Para eso ha llamado a cuatro agentes de su “gran misión” (el evangelio del domingo pasado: Mc 1, 16-20). Pues bien, el primer lugar donde va con ellos para cumplir su tarea es una sinagoga: casa de enseñanza y oración de los judíos, como he dicho.

Lógicamente, el evangelio de Marcos está proyectando hacia la historia anterior de Jesús su propia experiencia de evangelio: está contando lo que tiene que pasar cuando llegan Jesús y los suyos a una escuela/capilla/ayuntamiento.

Jesús no ha comenzado ofreciendo su palabra en los lugares que parecen más contaminados. No se dice que empiece acudiendo a las casas públicas, cuarteles, mercados, caminos de “ladrones”; todo eso podrá hacerlo, pero empieza por la Sinagoga, es decir, por su propia Iglesia. Leer más…

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Dos reacciones opuestas ante Jesús. Domingo 4º. Ciclo B

domingo, 1 de febrero de 2015
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Healing_of_the_demon-possessedDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Marcos ha presentado a Jesús recorriendo Galilea para anunciar la buena noticia del reinado de Dios. Pero no ha dicho nada de cómo reaccionaba la gente. Sabemos que cuatro muchachos, atraídos por su persona, lo dejan todo para seguirle. ¿Y el resto? ¿Cómo reacciona? Este será el tema del primer relato extenso del evangelio.

El asombro del auditorio

            Marcos nos sitúa en uno de los pueblos más importantes de Galilea, Cafarnaúm, nudo de comunicaciones con Damasco. Un sábado, Jesús entra en la sinagoga y enseña. Pero Marcos no se detiene a concretar su enseñanza. Lo que le interesa es la reacción del auditorio.

            En aquel tiempo, Jesús y sus -discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.

            “No como los escribas, sino con autoridad”. La idea es curiosa, porque los escribas no eran gente impreparada e ignorante que decían cualquier tontería para salir del paso. Tenían una larga y profunda formación. Pero, en opinión de la gente, enseñaban sin autoridad, incapaces de tener una idea propia, de aportar algo nuevo. Jesús, en cambio, los asombra por esa autoridad. ¿Qué dijo para suscitar esa impresión? Marcos no lo concreta, porque su táctica consiste en despertar la curiosidad del lector y animarle a seguir leyendo el evangelio con interés.

El rechazo de un pobre diablo

            Sin embargo, no todos están de acuerdo con lo escuchado. Hay uno que reacciona en contra: un endemoniado. En realidad se trata de un pobre diablo. No opone resistencia. Sólo puede protestar, reconocer que los suyos están derrotados y abandonar, retorciéndose y huyendo, el campo de batalla.

            Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenla un espíritu inmundo, y se puso a gritar:

            ̶  ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.

            Jesús lo increpó:

            ̶  Cállate y sal de él.

            El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió.

            Las palabras que Marcos pone en su boca son esenciales: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.» En ellas se condensa el misterio de Jesús y de su actividad.

            El que aparentemente es sólo un hombre natural de Nazaret llamado Jesús, es en realidad “el Santo de Dios”. Este título es muy raro. Sólo se encuentra aquí, en el texto paralelo de Lucas, y en el evangelio de Juan, cuando Pedro, después de que muchos abandonen a Jesús, afirma: “Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Santo de Dios.” (Juan 6,69). Lo que Pedro y los demás discípulos han terminado creyendo, superando una gran prueba de fe, el endemoniado lo sabe de entrada. Descubrir el misterio de Jesús será una de las misiones del lector del evangelio.

            En cuanto a su actividad, la pregunta del endemoniado la deja claro: ha venido a acabar con los demonios y el poder de Satanás. Al lector moderno, puede resultarle un lenguaje extraño. Prefiere hablar de lucha contra el mal, de victoria del bien sobre las fuerzas del mal. Pero Marcos se mueve en otras coordenadas culturales y religiosas.

La guerra contra Satanás y los espíritu inmundos

            Marcos concibe su evangelio como una guerra entre el bien y el mal. Inmediatamente después del bautismo, Jesús es impulsado por el Espíritu al desierto, y allí es tentado por Satanás, mientras los ángeles le sirven. Marcos no cuenta ninguna de las famosas tentaciones. Se limita a presentar a los dos adversarios en lucha: Jesús y Satanás. Y esa guerra continúa con una batalla, vencida fácilmente por Jesús, contra un soldado de Satanás.

            Ya que nuestra idea del demonio está muy marcada por ideas posteriores, recuerdo que en el evangelio de Marcos los espíritus inmundos aparecen con dos rasgos principales:

  1. a) sirven para explicar casos muy complicados para la medicina de la época. En Mc hay dos episodios especialmente famosos: el del endemoniado gadareno (Mc 1,23.26; 5,2.8.13) y el del niño sordomudo que padece epilepsia (9,14-29), al que se presenta como poseído por un espíritu mudo (v.17), mudo y sordo (v. 25). En el caso de la hija de la cananea (7,25) no sabemos en qué consiste la enfermedad.
  2. b) expresan la oposición radical al plan de Dios. Lo esencial no es que hagan daño a las personas, sino que protestan de la actividad de Jesús. El endemoniado reconoce su poder, sabe quién es y la misión que tiene: destruirlo. Con este mismo aspecto se menciona a los espíritus inmundos en 3,11.

            Un aspecto esencial de la actividad de Jesús es expulsar demonios (1,34.39). Los discípulos reciben de Jesús ese poder contra ellos (6,7), pero algunos son muy difíciles de echar, hace falta oración (9,28-29).

            Pero Marcos dejará claro a lo largo de su evangelio que los enemigos más peligrosos de Jesús no son los demonios sino los hombres. Serán ellos quienes terminen matándolo.

La admiración final

            Todos se preguntaron estupefactos:

            ̶  ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.

            Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

            Tras la huida del demonio, el protagonismo pasa a los presentes en la sinagoga. Antes se admiraron de la autoridad con la que enseña Jesús. Ahora se quedan estupefactos al ver que, además, tiene también poder sobre los espíritus inmundos. Y se preguntan: “¿Qué es esto?” ¿Qué está ocurriendo aquí?

¿Cuál será nuestra reacción?

            Marcos ha presentado dos reacciones muy opuestas ante la persona y la actividad de Jesús: admiración y rechazo. Con ello queda claro lo que espera de cada uno de sus lectores. Decía un pensador griego que “el asombro llevó a los hombres a filosofar”. Marcos, de forma parecida, sugiere que la admiración es el punto de partida para creer en Jesús. Poco a poco, la pregunta de la gente “¿qué es esto?” se convertirá en “¿quién es éste?”.

Nota sobre la primera lectura

            Dios promete que, tras la muerte de Moisés, suscitará a un profeta, más bien a una serie de profetas, que transmitirán al pueblo su palabra. Al situar este texto del Deuteronomio como primera lectura, la liturgia nos recuerda que ese profeta prometido es Jesús. De todos modos, el evangelio no pretende presentar a Jesús como profeta ni dice que la respuesta a su palabra sea la obediencia, sino el asombro. La lectura está bastante traída por los pelos.

            Moisés habló al pueblo, diciendo:

            ̶  Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: «No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir.» El Señor me respondió: «Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá

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José María Castillo: «A Francisco le interesa más el Evangelio que la religión»

domingo, 1 de febrero de 2015
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la-foto-1_560x280El teólogo denuncia que «la Iglesia es una institución más religiosa que evangélica»

«Tenemos que insistir no sólo en los deberes de los fieles, sino en los derechos de todos los ciudadanos»

«Para mucha gente, lo importante son los rituales, no Dios. Que haya bodas y procesiones, pero no creen en Dios»

(Jesús Bastante).- Es uno de los teólogos españoles más respetados en España, Latinoamérica y, en los últimos tiempos -coincidiendo con el pontificado de Francisco-, también en Italia. El primero en consseguir un doctorado Honoris Causa por una Universidad Civil. José María Castillo ha intervenido este fin de semana en el Congreso de la Asociación de Teólogos Juan XXIII con una ponencia sobre la Iglesia, la democracia y los derechos humanos. Siempre es un lujo poder conversar con él.

«Francisco es considerado un bicho raro por buena parte de la Curia y del clero vaticano, porque a él le interesa más el Evangelio que la religión«, constata Castillo, quien se pregunta «¿qué autoridad moral o qué credibilidad puede tener, ante los ciudadanos de nuestro tiempo, una institución que, tal y como está pensada y organizada, no puede ser gobernada como una democracia ni puede suscribir ni poner práctica los derechos humanos?«.

«La Iglesia actual no puede transmitir lo más sublime -el Evangelio-, pues no puede cumplir lo más elemental -la democracia y los derechos fundamentales-. Y lo más grave es que la mayoría del mundo eclesiástico, ni la gente, no se dan cuenta de ello», sostiene el teólogo, quien en los últimos tiempos se ha visto rehabilitado por una institución que, en su opinión, «olvidó que lo fundamental es transmitir y vivir el Evangelio».

«La Iglesia necesita recuperar la credibilidad que tanto necesita para poder cumplir la misión que tiene asignada, y para ello ha de intentar vivir con fidelidad a la democracia y a los derechos humanos». En opinión de Castillo, el problema no está tanto en precisar si la Iglesia puede o no ser democrática, sino «afrontar la relación entre la Iglesia y la religión».

 

Para el teólogo, desde el momento en que la relación con Dios se realiza a traés de «mediadores asociados a jerarquías que entrañan un sistema de ritos, rangos y poderes sagrados, que implican dependencia, obediencia, sumisión y subordinación a superiores invisibles». «Sin eso -añade- no hay religión. Pero con eso, no hay derechos humanos, porque no se admite la igualdad ni la libertad. Lo primero no es Dios, sino los rituales».

«Para mucha gente, lo importante son los rituales, no Dios. Que haya bodas y procesiones, pero no creen en Dios», denuncia Castillo, quien contrapone religión, «que es jerarquía y obediencia» a Evangelio, que es «vida e igualdad«. «En la Iglesia, los hombres tiene derechos que no tienen las mujeres, los clérigos gozan de derechos que no pueden tener los laicos…, lo cual, para amplios sectores de la población, resulta sencillamente irritante».

«Ni el Evangelio es una religión, ni la Iglesia puede ser una institución que representa a una religión«, añade José María Castillo, quien insiste en que «Jesús fue perseguido, insultado, amenazado, juzgado, condenado y ejecutado por representantes de la religión del templo. Los hombres de la religión, en tiempo de Jesús, se dieron cuenta de que lo que ellos representaban y lo que representaba Jesús eran dos cosas incompatibles».

«Seamos claros: Jesús no fundó la Iglesia, Jesús no fundó una religión. Más bien, desplazó la religión, la sacó de ‘lo sagrado’ y la puso ‘en la vida'». Por ello, el Evangelio, «como forma de vida y principio organizativo para la Iglesia, se ha ido marginando», lo que lleba a que «la Iglesia hoy es una institución más religiosa que evangélica. Por eso la gente sabe que, cuando se habla de cristianismo y de la Iglesia, estamos hablando de ‘religión’, no de ‘Evangelio'».

Frente a ello, Castillo ofrece cuatro propuestas: «En primer lugar, mantener el papado como lo está intentando el Papa Francisco: ser fundamentalmente el obispo de Roma; en segundo lugar, recuperar el gobierno sinodal, con participación de los laicos, que estuvo vigente en la Iglesia durante el primer milenio; en tercer término, renovar y actualizar la praxis de los sacramentos, para que puedan ser practicados como símbolos de la fe; finalmente, la Iglesia tiene que insistir, no sólo en los deberes de los fieles, sino igualmente en los derechos de todos los ciudadanos«. Ojalá así fuera.

Fuente Religion Digital

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