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“Dios danza” – San Juan 16, 12-15 – , por Joseba Kamiruaga Mieza

domingo, 15 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones a través del Espíritu que hemos recibido, escribe San Pablo. Es gracias al Espíritu que nos hemos descubierto -nos estamos descubriendo- agapetoi, amados por el Señor.

Y cuando nos descubrimos amados, crece la esperanza, que es confianza en el futuro, que es clave para interpretar y dar un giro al presente.

Estamos aquí, discípulos tenaces de lo imposible, testigos asombrados del asombro.

Custodios del misterio escondido durante siglos, llamados a contarlo, a decirlo.

Sabemos que Dios existe y que es hermoso.

No lo sabemos porque seamos genios -ni mucho menos-, sino porque Él, el Señor, se ha revelado.

Como en una búsqueda del tesoro, de pista en pista, impulsados por la alegría.

Porque el cristianismo tiene que ver con Dios. Y con la alegría.

Y también nosotros, como los Apóstoles aturdidos por tantas emociones, masticados y florecidos, sabemos que el Espíritu nos acompaña a la verdad completa.

Porque no podemos soportar el peso de toda la belleza, de todo el amor que Dios quiere derramar sobre nosotros. Lo hacemos por etapas, por partes, paso a paso.

Y es gracias al Espíritu, don del Resucitado, que los discípulos del Señor descubrieron una verdad que nos deja atónitos.

Dios existe, y es una relación de amor.

¿Qué Dios?

Y es irónico que esta banda de simpáticos discípulos que es la Iglesia, no esa chismosa de los medios de comunicación ni la descrita como desorganizada y moribunda que se lee en los sitios web de los católicos puros y duros, sino ese Pueblo de Dios santo y en conversión al que el Resucitado confía la construcción del Reino, gracias al Espíritu Santo, se pregunte en qué Dios estamos creyendo.

Y aunque poco a poco estamos dejando que la lógica del mundo nos contagie, que la política (la fea política para ser más exactos) trate la fe como un objeto contundente, que las paranoias, las fobias y las aproximaciones sustituyan a la vida espiritual, el mensaje que se nos transmite permanece.

No creemos en Dios. Creemos en el Dios de Jesucristo.

Es otra cuestión, sinceramente. Otro enfoque.

Yo nunca habría llegado a Dios si Él no hubiera venido a mi encuentro. 

El Dios monstruoso

Lo escribo y lo digo a menudo: estoy convencido de que todos llevamos en el corazón una imagen de Dios, incluso los que creen no creer.

No siempre es bella, sinceramente: una idea espontánea, inconsciente, cultural, ligada a nuestra educación y alimentada por alguna predicación o catequesis escuchada distraídamente.

Dios existe, claro, pero es incomprensible, lunático, inaccesible.

Te ama, se dice, pero luego, si no lo amas, Él, que te quiere tanto, te envía una gran desgracia.

Es omnipotente, pero no defiende al niño vendido para prostituirse. Ni aplasta al cura pedófilo que abusa de él.

Existe, obra, claro. Pero casi nunca hace mi bien.

Mejor mimarlo a Dios, nunca se sabe. Mejor tratarlo bien, esperando que no te pase una desgracia.

Y, a decir la verdad, quizá yo sería capaz de actuar mejor que Él y resolver algún que otro problemilla mundial.

La idea de Dios que llevamos en el corazón, seamos sinceros, es horrible en general.

Hasta que llegó Jesús y trastornó nuestras pequeñas, tantas veces pobres y mezquinas, ideas sobre Dios.

Y habló de Él como nadie había hablado antes y envió al Espíritu para que, finalmente, lo entendiéramos. 

El Dios de Jesús

Jesús nos revela que Dios es Trinidad, es decir, comunión.

Nos dice que, si vemos «desde fuera» que Dios es único, en realidad esta unidad es fruto de la comunión de un Padre/Madre que ama a un Hijo, y este amor es tan intenso que se convierte en una persona: el Espíritu Santo. Tan unidos que son uno, tan orientados el uno hacia el otro que están totalmente unidos.

Dios no es soledad, perfección inmutable y aséptica, supremo egoísta ególatra que se basta a sí mismo, sino banquete, abrazo, bienvenida, casa, comunión, encuentro, fiesta, familia, amor, tensión del uno hacia el otro.

Solo Jesús podía hacernos entrar en el hogar interior de Dios, solo Jesús podía revelarnos la alegría íntima, el tormento íntimo de Dios: la comunión, la esponsalidad. Una comunión plena, un diálogo tan armonioso, un don de sí mismo tan realizado, que nosotros, desde fuera, vemos un Dios único.

Dios es Trinidad, relación, danza, fiesta, armonía, pasión, don, corazón.

Entonces, por fin, entiendo la inútil lección de catequesis de cuando, de niño, veía al párroco escribir en la pizarra la suma: 1 + 1 + 1 = 1 y dibujaba un triángulo equilátero.

Qué tierno. Con el amor medio que un niño tiene por la geometría, se había metido en un buen lío.

Hoy lo entiendo.

Se equivocó en la operación. En Dios, 1x1x1=1.

Precisamente porque el Padre ama al Hijo, que ama al Padre, y este amor es el Espíritu Santo, nosotros, desde fuera, vemos una unidad absoluta. 

¿Y yo?

Si Dios es comunión, en Él estamos bautizados y a su imagen hemos sido creados; esta comunión habita en nosotros y a imagen de esta imagen hemos sido creados. La hermosa parábola del Génesis nos recuerda cómo Dios se miró en el espejo, sonriendo, para diseñar al hombre.

Pero, si esto es cierto, las consecuencias son enormes.

La soledad nos resulta insoportable porque es inconcebible en una lógica de comunión, porque estamos creados a imagen de la danza.

Si jugamos nuestra vida como solitarios egoístas, nunca encontraremos la luz interior porque nos alejamos del proyecto.

Jean Paul Sartre decía: «El infierno son los otros», Jesús nos reitera: «Sed perfectos en la unidad».

Y aunque la comunión sea difícil, es indispensable, vital, y cuanto más apuntamos a la comunión, más realizamos nuestra historia, más nos ponemos en la escuela de la comunión de Dios, más nos realizamos.

La Iglesia debe construirse a imagen de la Trinidad. Nuestra comunidad se inspira en Dios Trinidad, miramos a Él para tejer relaciones, para respetar las diversidades, para superar las dificultades.

Al observar nuestra forma de ser, de relacionarnos, de respetarnos, de ser auténticos, quienes nos rodean comprenderán quién es Dios y, para nosotros, la idea de un Dios que es Trinidad se convertirá en luz.

Este es el Dios que Jesús vino a anunciar.

Aquél por cuya existencia apuesto.

El que el Espíritu nos permite conocer y experimentar, descubriéndonos amados, entrando en la danza.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo de la Santa Trinidad, 15 de junio de 2025

1.- Comunión que se comunica.

2.- Una comunión de amor y vida.

3.- La Trinidad: fuente de sabiduría para vivir.

4.- La Trinidad: comunión de amor, flujo de vida divina.

5.- Lo que es del Padre es también nuestro.

6.- La Trinidad: infinita sabiduría de la vida.

7.- El Dios gozoso multiplica la vida.

8.- Dios danza – San Juan 16, 12-15 –.

9.- Trinidad, sonrisa de Dios.

10.- Trinidad, fe en movimiento.

11.- Trinidad, ventana del Misterio de Dios.

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 Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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La curación espiritual.

sábado, 14 de junio de 2025
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La curación espiritual es el acceso a la verdad de nuestra relación con Dios. Toda la actividad pastoral de la Iglesia, palabra y sacramentos, tiende a lograr tal meta. La curación interior es una sanación del psiquismo. No afecta inmediatamente a la relación con Dios y a la vida teologal, sino a la organización de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad, de nuestra memoria y de nuestra afectividad sensible. En nuestro psiquismo pueden darse nudos o bloqueos de origen espiritual. Y tenemos necesidad de ser liberados de ellos. De ordinario, se llega a esta liberación no de un golpe, de manera súbita, sino por el camino de una oración confiada en el don de Dios, fraterno, perseverante, llevado a cabo en la práctica humilde y paciente de la vida cristiana en la Iglesia«

*

 

Yves M.-J.Congar,
El Espíritu Santo,
Barcelona 1982, 385.

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“Pentecostés no es sólo una vigilia”, por Carmiña Navia Velasco

sábado, 14 de junio de 2025
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Inicialmente en el pueblo Judío, Pentecostés fue una fiesta para dar gracias por la cosecha, es decir por la Vida. Podemos dar gracias por el Espíritu que nos habita siempre, hacerlo consciente y presente en nuestras vidas. El Espíritu animó y orientó siempre la vida de Jesús de Nazaret: su entrega a los otros y otras, su anuncio de una sociedad diferente fraterna y sorora, sus llamados al amor.

Cuando Jesús sintió que la hora de su muerte llegaba invitó a sus amigos y amigas a recibir el Espíritu que él les enviaba con una nueva fuerza. Ese Espíritu que ya los habitaba, debía hacerse fuerte en ellos y orientarles la vida en ausencia física de su Maestro y sus palabras. Los discípulos agobiados por el dolor, sintieron unos días después en medio de su duelo, que esa presencia de Luz, de Calor y de Vida les ardía en sus pechos y los llamaba a una nueva misión: llevar el mensaje evangélico a todos los rincones de la tierra.

La celebración de Pentecostés no puede ser simplemente un ritual, una noche de antorchas, velas, cantos. Este ritual adquiere todo su sentido en la medida en que responde a nuestra vida diaria, a nuestras relaciones y proyectos. Por ello el tiempo de Pentecostés, estas semanas post-pascuales, son una invitación a abrir espacio en nuestras vivencias y actitudes a la Energía de la Divinidad. Un Espíritu que nos llama a la unidad, que nos invita al amor, que nos motiva a la entrega. Es necesario hacer pentecostés en nuestros días, en cada hora, ante cada elección.

Ese Espíritu es también la Sabiduría que debe siempre acompañar cada elección en nuestros días. Pero la sabiduría sólo puede llegar en corazones que alberguen la humildad, la búsqueda, el deseo permanente de alcanzar nuevas metas y buscar nuevas sendas. El Espíritu no deja oír su voz en medio de consumos, ruidos, satisfacciones permanentes… La Sabiduría de Dios, su Energía de luz, nos habla en el silencio, en la pregunta que cada situación nos hace, en medio de la compasión y las entrañas de misericordia.

Dar gracias al Espíritu por su presencia en nuestras vidas es asumir la vida desde sus parámetros: Buscar el fondo de nosotros mismos, buscar la unidad inherente que constituye a los humanos, construir proyectos de hermandad universal, de acogida y encuentro. Hacer del ágape nuestro norte más último. Pentecostés sólo puede ser una fiesta en la Asamblea de creyentes si esa Asamblea busca actualizar en sus rutas las palabras y los hechos del Maestro Jesús de Galilea. Y esto, en medio de un mundo que tiende a la expoliación de los recursos naturales, a la explotación del hombre por el hombre, a la guerra que destruye masivamente y desdice cada día de Dios. Un mundo que se mueve entre la muerte… La Asamblea de creyentes puede celebrar Pentecostés si la Vida de todo ser sobre la tierra, es el centro de sus prácticas diarias.

Carmiña Navia Velasco

Santiago de Cali, en el tiempo de Pentecostés del 2025

Fuente Fe Adulta

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Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

jueves, 12 de junio de 2025
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En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:

+ «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado.

Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos.

Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

*

Juan 17, 1-2.9. 14-26

***

En la época de Jesucristo cada uno de los componentes de la cena pascual tenían un valor simbólico relacionado con la huída de Egipto del pueblo elegido por Dios. En la última cena Jesucristo les da un nuevo sentido, ya no simbólico sino real ya que mediante la transsubstanciación ( la sustancia del pan y el vino se convierten en la carne y sangre de Jesús) es Dios mío el que se nos ofrece diariamente en cuerpo, sangre, alma y divinidad.

Al decirnos «tomad» Jesucristo nos da a entender que no es una obligación sino que es un ofrecimiento que podemos aceptar o rechazar. Ésta es la nueva alianza que profetizó Jeremías en la lectura anterior

***

Jesús vino a la tierra para abrir un camino entre los hombres, para que éstos, a su vez, tomen este camino y sigan a Jesús. No hay otro camino posible para ningún hombre. Antes o después, de un modo o de otro, cada hombre se encuentra en el camino de Jesús, aunque probablemente sólo sea en la hora de su muerte.

Jesús habla a menudo de aquellos que le siguen y a los que llama discípulos. Les traza el camino, les indica las condiciones, los riesgos, las insidias. Los modos del seguimiento de Jesús son múltiples, pero todos los caminos tienen como desembocadura la misma entrega total de nosotros mismos a Jesús, a aquella obediencia que fue la suya, una obediencia hasta la muerte en una cruz, precio y camino de la resurrección. Seguir a Jesús es renegar de nosotros mismos, aceptar perder aparentemente nuestra propia vida. Una propuesta así sería no sólo arriesgada, sino también aberrante, si Jesús no hubiera añadido tres breves palabras que cambian radicalmente su sentido: «Por mi causa».

A causa de Jesús. Quien se atreve a hablar así lo hace por amor. Y quien habla por amor no propone un itinerario que conduce a la muerte, sino que se abre a la vida. El que ama se ha arrancado a sí mismo del objeto de su amor. Ya no es capaz de vivir replegado sobre sí mismo, porque el amor tiende a desplegar al máximo todas las posibilidades que hay en él. El amor les da dinamismo, decuplica sus fuerzas, fecunda sus palabras, sus acciones. Y qué decir cuando se trata del amor de Jesús?

A causa de Jesús, podrá decir san Pablo, y para conocer la sublimidad de su amor se ha atrevido a considerar todas las cosas como basura (cf. Flp 3,8). A causa de Jesús. Estas cuatro breves palabras dicen aún otras cosas. En efecto, el amor no sólo potencia los recursos de aquel que ama, sino que hace entrar también en el misterio de aquel a quien se ama. A causa de Jesús equivale a decir quemados en lo íntimo por el amor que nos arrastra, pero también «como Jesús», o sea, empujados y arrastrados por el amor que él mismo siente por nosotros y cuya poderosa ternura no nos abandona un solo instante.

No hay ni un solo sufrimiento sembrado en nuestro cuerpo, en nuestro corazón e incluso en nuestro espíritu que no nos construya, por así decirlo, en plenitud, conduciéndonos a dar nuestros frutos más bellos. Y aquí se encuentra también la fuente de nuestra alegría. Sí, haciéndolo todo y soportándolo todo a causa de Cristo,exultaremos con una alegría inefable y llena de la gloria de Dios.

*

A. Louf,

Sólo el amor sería suficiente

París 1982).

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San Bernabé, apóstol.

miércoles, 11 de junio de 2025
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José, apodado Bernabé, que significa ‘hijo de la consolación’, recibe el nombre de apóstol, aunque no fue uno de los Doce. Y recibe este nombre precisamente porque desarrolló un papel decisivo en la difusión del Evangelio. Como se dice en los Hechos de los apóstoles, fue un hombre de gran fe, y, al entrar en la comunidad cristiana, vendió todos sus bienes y los puso a disposición de los apóstoles (4,36ss). Colaboró con Pablo en la evangelización de los paganos. Desarrolló su actividad misionera sobre todo en la ciudad de Antioquía, desde donde partió con Pablo para el primer viaje misionero. Murió mártir en la tierra donde había nacido, en la isla de Chipre.

 

 

En aquellos días, fue grande el número de los que creyeron y se convirtieron al Señor. La noticia llegó a oídos de la iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía. Cuando éste llegó y vio lo que había realizado la gracia de Dios, se alegró y se puso a exhortar a todos para que se mantuvieran fieles al Señor, pues era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una considerable multitud se adhirió al Seńor.

Después fue a Tarso a buscar a Saulo. Cuando lo encontró, lo llevó a Antioquía, y estuvieron juntos un año entero en aquella iglesia, instruyendo a muchos. En Antioquía fue donde se empezó a llamar a los discípulos ‘cristianos’.

En la iglesia de Antioquía había profetas y doctores: Bernabé, Simón el Moreno, Lucio el de Cirene, Manaén, hermano de leche del tetiarca Herodes, y Saulo.

Un día, mientras celebraban la liturgia del Seńor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo:

Separadme a Bernabé y a Saulo para la misión que les he encomendado.

Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los despidieron.

*

Hechos 11,21b-26; 13,1-3

***

 

Incluso desde el punto de vista histórico, son más que preciosas las noticias que Lucas nos ofrece en esta primera lectura. En primer lugar, tienen que ver con las relaciones entre la Iglesia madre de Jerusalén y la comunidad cristiana de Antioquía. Bernabé, ‘hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe’, puede ser considerado muy bien como el nexo de unión entre Jerusalén y Antioquía. De este modo, colaboró no sólo en la evangelización, sino también en la edificación de la Iglesia.

En segundo lugar, Bernabé fue también importante en la vida de la Iglesia naciente porque fue él quien tomó a Pablo como colaborador, aunque Pablo le superara después en su intento de inculturar la fe. Ambos, conjuntamente, constituyen una pareja de misioneros, a cuya iniciativa y genialidad debe mucho la comunidad cristiana de todos los tiempos.

Pero son sobre todo las noticias históricas relativas a la ciudad de Antioquía y a la presencia en ella de los primeros cristianos las que tienen una importancia de primer orden. Antioquía constituye, en efecto, el punto de partida y el punto de llegada de los viajes misioneros de Pablo, después de que éste pudiera formarse en ella, compartiendo su vida con Bernabé y con muchos otros ‘profetas y doctores’ que hacían extremadamente interesante aquella experiencia de fe. En Antioquía, además, se empezó a llamar por vez primera ‘cristianos’ (11,26) a los discípulos de Jesús. Esta noticia, en su descarnada sencillez, nos dice qué viva y vivaz era la fe que los primeros creyentes vivían en aquella ciudad que se asomaba al Mediterráneo.

***

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

+ Id anunciando que está llegando el Reino de los Cielos.

Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, expulsad a los demonios; gratis lo recibisteis, dadlo gratis.

No llevéis oro, ni plata ni dinero en el bolsillo; ni zurrón para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni cayado, porque el obrero tiene derecho a su sustento.

Cuando lleguéis a un pueblo o aldea, averiguad quién hay en ella digno de recibiros y quedaos en su casa hasta que marchéis. Al entrar en la casa, saludad, y si lo merecen, la paz de vuestro saludo se quedará con ellos; si no, volverá a vosotros.

*

Mateo 10,7-13

***

 

Esta página evangélica pertenece al llamado ‘discurso misionero’ que, según Mateo, Jesús dirigió a sus apóstoles durante su ministerio público.

Vale la pena recordar, en primer lugar, el contexto en el que el evangelista sitúa este discurso: Jesús está recorriendo las ciudades y los pueblos de su tierra, anuncia el Evangelio del Reino y cura a los enfermos. Al mismo tiempo, constata que las muchedumbres están abatidas y abandonadas a sí mismas, ‘como ovejas sin pastor’ (Mt 9,35-38). Entonces llama a sus doce discípulos, les da poder para expulsar a los espíritus inmundos y les envía en misión. Según la perspectiva de Mateo, esta misión está dirigida sólo a las ovejas dispersas de la casa de Israel: como Jesús, también sus discípulos -por ahora- deben concentrar sus energías en el interior de un horizonte muy limitado, en espera de aperturas mucho más grandes, requeridas por la Pascua del Señor.

Tras el contexto, vale la pena seńalar el método que recomienda Jesús a sus misioneros. Éste se caracteriza por dos notas típicas. Los misioneros del Reino deben continuar propagando lo que Jesús ha dicho y lo que Jesús ha hecho, nada más. Pero, sobre todo, deben imprimir la más absoluta gratuidad al ministerio que están emprendiendo: no es el oro o la plata lo que debe constituir el centro de su atención, sino sólo el deseo de bendecir y beneficiar. Eso es exactamente lo que afirmará san Pedro en uno de sus famosos discursos: ‘No tengo plata ni oro; pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar’’(Hch 3,6).

 

***

La invitación a la gratuidad que caracteriza, en primer lugar, al método misionero recomendado por Jesús a sus discípulos y apóstoles constituye el objeto de nuestra meditación. Es incluso demasiado fácil trivializar el tema de la gratuidad, considerándolo sólo desde el punto de vista material, aunque esta dimensión no debe ser en absoluto desatendida, ya que es muy apreciada en el ambiente social en el que viven hoy los cristianos. La gratuidad, sin embargo, expresa algo bien diferente, impulsa mucho más allá: requiere una claridad interior y un coraje que no es ciertamente patrimonio de la mayoría.

La gratuidad es, antes que nada, fruto de un corazón educado evangélicamente, de un corazón que late en plena sintonía con el de Jesús. Por eso, sólo puede decir que tiene una actitud gratuita quien, honestamente, pueda decir que tiene un corazón ‘manso y humilde’ (cf. Mt 11,29). Gratuita, también, es la actitud de quien  está dispuesto a dar, tanto material como espiritualmente, sin esperar nada a cambio. El verdadero discípulo de Jesús se contenta y goza con dar, sin esperar nada a cambio, recordando la enseñanza de Jesús: ‘Hay más felicidad en dar que en recibir’ (Hch 20,35). Gratuita es, por último, la acción de quien abre la mano para dar y no la cierra nunca, incluso ante quien rechaza el don y no manifiesta ninguna gratitud. Esa mano permanece siempre abierta porque su corazón se ha dejado educar en la escuela del Evangelio.

 

ORACIÓN

Pertenece al hambriento el pan que guardas en tu cocina. Al hombre desnudo, el manto que está en tu armario. Al que no tiene zapatos, el par que se estropea en tu casa. Al hombre que no tiene dinero, el que tienes escondido. Los juguetes que rompes son los juguetes de los nińos desheredados; el alimento que malgastas es el alimento del que está desnutrido; los utensilios que tiras son los utensilios de quien no tiene casa; las obras de caridad que no haces son otras tantas injusticias que cometes.

*

Basilio de Cesárea,

‘Cuando el rico es un ladrón’,
en El buen uso del dinero,

Desclée de Brouwer, Bilbao 1995, p. 59.

***

Comoquiera, pues, que estoy convencido y siento íntimamente que, habiéndoos dirigido muchas veces mi palabra, sé que anduvo conmigo el Señor en el camino de la justicia, y me veo también yo de todo punto forzado a amaros más que a mi propia vida, pues grande es la fe y la caridad que habita en vosotros por la esperanza de su vida (Tit 3,6); considerando, digo, que de tomarme yo algún cuidado sobre vosotros para comunicaros alguna parte de lo mismo que yo he recibido, no ha de faltarme la recompensa por el servicio prestado a espíritus como los vuestros, me he apresurado a escribiros brevemente, a fin de que, juntamente con vuestra fe, tengáis perfecto conocimiento.

Ahora bien, tres son los decretos del Señor: la esperanza de la vida, que es principio y fin del juicio; el amor de la alegría y regocijo, que son el testimonio de las obras de la justicia. En efecto, el Dueńo, por medio de sus profetas, nos dio a conocer lo pasado y lo presente y nos anticipó las primicias del goce de lo por venir.

Y pues vemos que una tras otra se cumplen las cosas como él les dijo, deber nuestro es adelantar, con más generoso y levantado espíritu, en su temor (‘Carta de Bernabé’, I, 4-7, en Padres apostólicos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 21967, pp. 771-772).

 ***

La salvación, por parte de Cristo, es pura gracia. Si esto valía para los judíos que se dirigían a Cristo, tanto más evidente era esto en los paganos. Bernabé se dio cuenta de ello enseguida, en cuanto admiró la Iglesia surgida en Antioquía como por encanto. Comprendemos muy bien que pudiera sentirse lleno de alegría y que, frente a la acción de la gracia, no le quedara otra cosa que hacer que  ‘amonestar a todos a perseverar en el Señor’[…]. Flota, sin duda, en el aire cierto aire de tragedia en el hecho de que Pedro -dado su particular temperamento-, junto con Bernabé, precisamente en Antioquía, se pusiera en una situación difícil, haciéndose merecedor de la censura de Pablo, como este último nos dice en su Carta a los Gálatas (cf. 2,11 ss).

La gracia de Dios no excluye la libertad humana, pero engendra a menudo un estado de tensión entre lo humano y lo divino, del que se sirve para despejar el camino de la Iglesia y guiarla hasta su meta.

Bernabé no había perdido de vista a Saulo. ‘Fue a Tarso a buscar a Saulo’. Experimentamos una extraña sensación al leer estas palabras. Ahora bien, ¿dónde estaba Saulo? Había tenido que dejar Jerusalén como fugitivo después de su primer encuentro con la comunidad: los hermanos le habían hecho partir para Tarso (9,23-30). No sabemos lo que hizo Pablo durante estos años de ausencia. ¿Estuvo inactivo por completo? Pero Bernabé no ha olvidado a Pablo. Fue él quien hizo en su momento de intermediario, en Jerusalén, de aquel hombre cuando acababa de llegar de Damasco, y había intentado granjearle la confianza de la comunidad madre, atestiguando el encuentro de Saulo con el Seńor (9,27).

Los Hechos de los apóstoles no nos dicen cómo Bernabé estaba tan bien informado respecto a Pablo. Fue una disposición providencial, y como tal siguió la amistad de estos dos hombres.

El Espíritu que guía a la Iglesia se sirve de vínculos humanos personales para el bien de la sociedad. Volvemos a preguntarnos qué habría pasado si Bernabé, durante su estancia en Antioquía, no se hubiera acordado de Saulo. ¿Por qué fue a buscarle? A buen seguro, no por su propio interés. Pensaba ya en Pablo desde hacía tiempo, como podemos presumir, y sabía que su amigo sufría por estar tan alejado de aquella obra a la que parecía llamado. No sin motivo nos dice nuestro texto que Bernabé era ‘un hombre de bien’ .

*

J. Kürzinger,

Comentarios Espirituales sobre el Nuevo Testamento. Hechos de los Apóstoles,

Roma 21969, I, pp. 304ss.

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Tu amor es mi luz.

martes, 10 de junio de 2025
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Puri Mercedes Garrido, laica cisterciense del monasterio Santa María de Sobrado de los Monjes (Galicia),
ASTURIAS

ECLESALIA, 26/05/25.- Con la mirada sorprendida descubro y admiro un pequeño rayo de luz, que pasea alegremente, iluminando y transformando todos los rincones de mi salón.

Su luz saltarina me regala una mirada nueva, para admirar transformadas todas las cosas cotidianas que me rodean.

La luz a su vez, me transforma, pero no me confunde o desdibuja mis contornos, sombras y entrañas, sino que me acaricia y calienta por dentro, como un microondas mágico que desentraña mis debilidades, mi memoria enferma, mis mentiras y miedos, blanqueando les con su fuego purificador.

Inundada por Tu luz recobro toda mi verdad, mi armonía, mi pureza interior, pero distingo con claridad que Tú eres , y yo soy solo yo, como una sombra humana desdibujada a Tu imagen y semejanza.

Percibo que aunque estamos plenamente unidos, somos diferentes y distintos.

Palpo que haciéndote hueco en mi soledad, encuentro Tu solitaria soledad.

Descubro Tu luz que no se confunde con nada de lo que iluminas, es única, absoluta, silenciosa como una pluma blanca de ave elevándose en el aíre, como una estrella en el firmamento, que me guía en la noche.

Cuando Tu luz me cubre, eres mi sangre y mi carne.

Luz que siempre me iluminas toda, en silencio sonoro y música callada, bailando y riendo por todo y por nada.

En ese instante mágico, Tu luz nos envuelve, como un abrazo ardiente y prolongado, que está por encima de todo, incluso de nosotras, de nosotros.

Nada puede oscurecer nuestra luz.

Nada puede  tocarnos y hundirnos en las sombras de muerte.

Somos intocables envueltas en Tu luz purificadora.

En el secreto silencio de nuestra soledad solidaria, en ese instante, Tu luz me cubrió con su sombra y el Hijo de Dios se hizo carne.

En el silencio siempre está la luz, en la nada siempre está el amor.

Hago silencio en soledad, sin temores, porque Tu luz siempre está presente.

El silencio me enseña a desenganchar me de todo, para regresar a Tu luz abrasadora y ardiente de amor.

En el silencio me espera el Absoluto.

En el secreto silencio, se hace carne el hijo, en comunión y unión plena con  el despertar de la Maternidad Universal (Sri Mata Amritanandamayi Devi).

silencio eterno, en comunión interminable, me recuerda que soy moldeada con arcilla, hecha de silencio y barro a imagen tuya; Dios Uno y Trino.

En Ti, nuestro amor es Eterno (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedenciaPuedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

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Esto es Pentecostés. Esto es Orgullo.

lunes, 9 de junio de 2025
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La publicación de hoy es de Ariell Watson Simon, colaboradora de Bondings 2.0, cuya breve biografía y publicaciones anteriores se pueden encontrar aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Domingo de Pentecostés se pueden encontrar aquí.

Recuerdo mi primera celebración del Orgullo. Vivía en Boston por aquel entonces, y mi novia estaba de visita. Nos subimos a un tren abarrotado, apretados entre otros pasajeros ataviados con atuendos arcoíris y maquillajes extravagantes. El ambiente en el tren era festivo. Aún no habíamos llegado a la ruta del desfile, pero todos parecían ansiosos por empezar la fiesta. Alguien ponía música a todo volumen por un altavoz, y desconocidos cantaban. Mi pareja me abrazó y disfrutamos de la novedad de sentir que nuestro amor era completamente normal y corriente entre tanta gente. En medio de este extraordinario grupo de desconocidos, éramos personas comunes y corrientes. Esto, pensé, es el Orgullo.

Unas paradas antes de la ruta del desfile, nos separamos de la multitud y bajamos del tren. Conociendo mi aversión a las grandes multitudes y mi amor por la historia, mi pareja había planeado una forma más tranquila de celebrar. Entramos en el sombrío interior de una casa victoriana de piedra rojiza para recorrer la casa de Charles Gibson, un miembro destacado de la subcultura queer de Boston a principios del siglo XX. El recorrido se organizó en honor al Mes del Orgullo, una celebración de la historia queer de la ciudad. Mientras recorríamos habitaciones llenas de lujosos muebles y objetos históricos, me sentí conmovida por la valentía y la creatividad de nuestros antepasados ​​queer que se forjaron una vida en esta ciudad. Murmuré una oración silenciosa de gratitud por su legado. Esto, pensé, es el Orgullo.

Mi celebración del Orgullo se veía bastante diferente a la de los asistentes al desfile que bailaban en las calles. A lo largo de este mes, millones de personas celebrarán el Orgullo en ciudades, pueblos, bares y casas particulares de todo el mundo. Los desfiles de las grandes ciudades acapararán la mayoría de los titulares, pero son solo la punta del iceberg. Cada persona y cada comunidad lo conmemorará a su manera, según su personalidad, idioma, cultura y costumbres. Esta es la magia del Orgullo: cada uno es único y celebramos esa individualidad juntos. Nuestra particularidad es nuestro vínculo comunitario.

Hoy es el Domingo de Pentecostés, que conmemora otra celebración de la unidad en la diversidad. En las lecturas bíblicas de hoy, el leccionario católico combina dos pasajes para narrar cómo los primeros discípulos recibieron el don del Espíritu Santo. En la primera lectura litúrgica de hoy, tomada del libro de los Hechos, escuchamos la descripción que hace San Lucas de la llegada del Espíritu Santo como un viento impetuoso y lenguas de fuego. Parece grande, enérgico y emocionante. El Espíritu «llenó toda la casa donde estaban» y luego se derramó por las calles. Al igual que los asistentes al desfile del Orgullo, los discípulos están tan llenos de vida que brillan con ella y la proclaman a los cuatro vientos. Su exuberancia es dramática y contagiosa. Esto es Pentecostés.

El relato del Evangelio de San Juan es algo completamente diferente. Él describe al Espíritu Santo no como un viento impetuoso, sino como un aliento tranquilizador, dado a personas que estaban apiñadas por el miedo. Jesús repite dos veces: «La paz sea con vosotros». Su mensaje es reconfortante, adaptado a los discípulos que luchan contra el terror y la duda. Para ellos, el don del Espíritu significa paz. Significa un renovado sentido de propósito al darse cuenta de que no estaban solos, algo similar a lo que encontré en la Casa Charles Gibson. Mientras Jesús sopla sobre ellos con ternura e intimidad, imagino que la tensión abandona sus hombros y que el nudo de ansiedad en la base de sus estómagos se desvanece. Esto es Pentecostés.

Estos dos seguidores de Jesús escribieron sobre su experiencia de recibir el Espíritu Santo de dos maneras totalmente diferentes. Me pregunto si hay tantas maneras de contar esta historia como discípulos hubo (y hay).

El salmo responsorial de hoy declara: «Cuando envías tu espíritu, son creados y renuevas la faz de la tierra». Así como cada uno de nosotros fue creado de manera única por nuestro Dios amoroso, experimentamos la renovación y la Presencia Divina de manera diferente. Como dice el pasaje de hoy de la primera carta a los Corintios: «Hay diferentes clases de dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo».

Este mes del Orgullo, espero que encuentres una manera única de celebrar y que sientas el Espíritu obrar en ti. Quizás sea entre desconocidos o en la comodidad de un grupo de amigos cercanos. Quizás el Orgullo te haga sentir gozoso y emocionante. Quizás te haga sentir paz, una oración de gratitud por haber sido creado como eres.

Sea cual sea tu forma de celebrar, oro para que experimentes la confianza que sintieron los discípulos de Jesús cuando recibieron el Espíritu. Al igual que quienes asistían al Orgullo, los apóstoles celebraron sin complejos, confiando en que algunos comprenderían y recibirían su mensaje. Algunos no aceptarían su testimonio, pero eso no importaba. Porque cuando estamos llenos del Espíritu, este irradia de nosotros. Nos crean o no los observadores externos, decimos nuestra verdad porque arde en nuestro interior. Esto es Pentecostés. Esto es Orgullo.

—Ariell Watson Simon, New Ways Ministry, 8 de junio de 2025

Más sobre Pentecostés y el Orgullo:

The Animated, Extravagant and Flamboyant Spirit of God (El Espíritu de Dios, Animado, Extravagante y Flamígero): La entrega de Pentecostés de Journeys, el conjunto en línea de ejercicios de reflexión bíblica del New Ways Ministry , diseñado para el ministerio LGBTQ+, que puede usarse para la contemplación individual y el diálogo en grupo. Esta serie es una invitación a caminar con nuestros antepasados, descubrir la gran fuente del amor y celebrar nuestra identidad como hijos de Dios, personas LGBTQ+ y aliados.

ÉXODO: De Orgullo y Marchas: Otro ejercicio de reflexión bíblica sobre el Orgullo.

Fuente New Ways Ministry

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Cuando Dios se hizo madre”: Santa María, Madre de la Iglesia. 9 de junio de 2025, por Joseba Kamiruaga Mieza

lunes, 9 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana:

Los que estamos aquí tenemos los mismos sentimientos; somos objeto de un amor sin fin de parte de Dios. Sabemos que tiene los ojos fijos en nosotros siempre, también cuando nos parece que es de noche. Dios es Padre, más aún, es madre. No quiere nuestro mal; sólo quiere hacernos bien, a todos. Y los hijos, si están enfermos, tienen más motivo para que la madre los ame. Igualmente nosotros, si acaso estamos enfermos de maldad o fuera de camino, tenemos un título más para ser amados por el Señor” (Juan Pablo I, Ángelus del 10 de septiembre de 1978).

Palabras, de hace casi 47 años, llenas de ternura para el mundo, desgarrado por matanzas inútiles entonces y ahora.

Sin embargo, fueron palabras que despertaron sospechas en algunos bienpensantes versados en teología, maestros del dogma, peritos del canon, que gritaron herejía, pero también en parte del Pueblo de Dios, acostumbrado a verlo como un Padre, un hombre, un ministro ordenado y no como una mujer o una madre.

¿Tenían razón? ¿Se puede o no se puede decir que Dios es también madre?

La Biblia está llena de referencias a un Dios con características maternales: su ternura, los verbos utilizados para predicar su amor, los miembros involucrados en su actuar (entre ellos las entrañas de la misericordia), revelan una naturaleza tradicionalmente considerada maternal: «Yo soy tranquilo y sereno, como un niño destetado en brazos de su madre, como un niño destetado es mi alma» (Salmo 131,2); si el abandono a Dios se vive con tanta confianza, típica del niño que hunde su rostro en la dulzura de los brazos maternos, entonces Dios debe ser como una madre.

¿Y qué decir de las palabras dirigidas por Dios mismo a su pueblo, hijo visceralmente amado: «Cuando Israel era joven, yo lo amé (…) yo era para ellos como quien sostiene a un niño en sus mejillas, me inclinaba sobre él para darle de comer…» (Oseas 11,1.4). ¿Quién no vería en estas imágenes el cuidado típico de una madre?

Si por maternidad entendemos también el misterio del origen, del seno de la vida, del nacer, no hay nada más divino que esto; de hecho, al crear al ser humano: «Dios dijo: hagamos al hombre» (Génesis 1,26). Hagamos y no: hago. Utilizó la primera persona del plural para revelarse a sí mismo como padre y madre de la criatura, única y sexuada al mismo tiempo.

Una metáfora, pero también una esencia divina que encarna y trasciende la distinción humana de los sexos. Trasciende la paternidad y la maternidad humanas, aunque es su origen y su imagen, por exceso de amor: «Mi padre y mi madre me han abandonado, pero el Señor me ha acogido» (Sal 27,10): es la comparación que todo creyente podría hacer entre sus padres y Dios.

Una relación confirmada, doctrinalmente, por el Catecismo de la Iglesia Católica (239): «conviene recordar que Dios (…) no es ni hombre ni mujer (…) trasciende, por tanto, la paternidad y la maternidad humanas». Una verdad reconocida desde los antiguos Concilios, como, por ejemplo, el de Toledo (XI, en el año 675), que, distanciándose tanto del monoteísmo patriarcal como del panteísmo matriarcal, estableció que el Hijo fue engendrado y puesto en el mundo de utero patris.

Si Dios no fuera madre, ¿dónde estaría Él en las raíces de nuestra memoria, perfumadas de leche?

Si Dios no fuera madre, ¿dónde estaría allí donde los hijos son negados, abandonados, desconocidos por sus padres?

Si Dios no fuera madre, ¿dónde estaría allí donde no hay nadie más que ella para salir temprano por la mañana a llevar comida a casa para todos?

Si Dios no fuera madre, ¿quién estaría para consolar las lágrimas de los hijos y de los pobres en los territorios del hambre, de la guerra, de la vergüenza?

Si Dios no fuera madre, ¿dónde estaría allí donde solo las manos de una mujer curan las heridas de los enfermos y moribundos, de todos y de cada uno de los santos inocentes?

Si Dios no fuera madre, ¿dónde estaría Él para Jesús, allí en Nazaret, cuando no había ningún padre carnal para una madre sola?

¿Dónde estaría para ese hijo solo en la cruz, que grita: «Padre mío, ¿por qué me has abandonado?», si Él no se reflejara en una madre tenaz y torturada por el dolor bajo el oprobio del mal que hace el hombre?

Dios también se hizo madre para cuidar de la humanidad.

 ***

1.- Cuando Dios se hace madre.

2.- María entona el Magníficat desde su Corazón.

3.- Mater Virgo et Virgo Mater.

 

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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“El arte de vivir desde el Espíritu De Dios”. Pentecostés – C (Jn 20,19-23)

domingo, 8 de junio de 2025
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Nunca los cristianos se han sentido huérfanos. El vacío dejado por la muerte de Jesús ha sido llenado por la presencia viva del Espíritu del Resucitado. Este Espíritu del Señor llena la vida del creyente. El Espíritu de la verdad que vive con nosotros está en nosotros y nos enseña el arte de vivir en la verdad.

Lo que configura la vida de un verdadero creyente no es el ansia de bienestar ni la lucha por el éxito, ni siquiera la obediencia a un ideal, sino la búsqueda gozosa de la verdad de Dios bajo el impulso del Espíritu.

El verdadero creyente no cae ni en el legalismo ni en la anarquía, sino que busca con el corazón limpio la verdad. Su vida no está programada por prohibiciones, sino que viene animada e impulsada positivamente por el Espíritu.

Cuando vive esta experiencia del Espíritu, el creyente descubre que ser cristiano no es un peso que oprime y atormenta la conciencia, sino que es dejarnos guiar por el amor creador del Espíritu que vive en nosotros y nos hace vivir con una espontaneidad que nace, no de nuestro egoísmo, sino del amor. Una espontaneidad en la que uno renuncia a sus intereses egoístas y se confía al gozo del Espíritu. Una espontaneidad que es regeneración, renacimiento y reorientación continua hacia la verdad de Dios.

Esta vida nueva en el Espíritu no significa únicamente vida interior de piedad y oración. La verdad de Dios genera en nosotros un estilo de vida nuevo, enfrentado al estilo de vida que brota de la mentira y el egoísmo. Vivimos en una sociedad donde a la mentira se le llama diplomacia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; al sexo; amor; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad.

Difícilmente puede esta sociedad entender o aceptar una vida acuñada por el Espíritu. Pero es este Espíritu el que defiende al creyente y le hace caminar hacia la verdad, liberándolo de la mentira social, la farsa y la intolerancia de nuestros egoísmos.

José Antonio Pagola

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“El Espíritu Santo os lo enseñará todo”. Domingo 05 de junio de 2022. Pentecostés

domingo, 8 de junio de 2025
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Leído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 2,1-11:  Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.
Salmo responsorial: 103:  Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
1Corintios 12,3b-7.12-13: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.
Juan 20,19-23:  Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

En el presente ciclo C pueden utilizarse tambien las siguientes lecturas:

Romanos 8, 8-17: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.
Juan 14, 15-16. 23b-26: El Espíritu Santo os lo enseñará todo

Nota 1: Este año, como ciclo C, hay otras lecturas posibles este día; consúltese esta fecha en el calendario litúrgico (http://www.servicioskoinonia.org/biblico/calendario), o directamente aquí:

http://servicioskoinonia.org/biblico/calendario/texto.php?codigo=20100523&cicloactivo=2010&cepif=0&cascen=0&ccorpus=0

Nota 2: Como casi todas, Pentecostés no es una fiesta originariamente cristiana (propuesta por Jesús) ni siquiera israelita (decidida por Israel), sino una celebración que es parte de una cultura religiosa que siempre está en evolución, y se acomoda y se enriquece con el transcurso del tiempo y la sucesión de las distintas vivencias del pueblo. Como «Fiesta de las Semanas» o «de la Cincuentena», en Israel fue una fiesta netamente agraria, que celebraba el inicio de la cosecha. Se celebraba siete semanas (cincuenta días) a partir de la Pascua, para dar gracias a Dios por la nueva cosecha (cf. Ex 23,16;34,22; Lv 23,15-21; Dt 16,9-12). En el judaísmo tardío se transformó en festividad plenamente religiosa: pasó a ser memoria del don de la Ley en el Sinaí al pueblo liberado de Egipto. Para recordar o estudiar la interesante «prehistoria» de las festividades cristianas, casi desconocida, y muy iluminadora, recomendamos el clásico libro de Thierry MAERTENS, «Fiesta en honor de Yahvé». (Puede ser recogido en la biblioteca de Koinonía: servicioskoinonia.org/biblioteca).

Sugerencias para la homilía (Escritas para el Diario Bíblico Latinoamericano en un ciclo anterior por el biblista Silvio Báez, recientemente nombrado obispo auxiliar de Managua, a quien agradecemos).

El Espíritu es la misma vida de Dios. En la Biblia es sinónimo de vitalidad, de dinamismo y novedad. El Espíritu animó la misión de Jesús y se encuentra también a la raíz de la misión de la Iglesia. El evento de Pentecostés nos remonta al corazón mismo de la experiencia cristiana y eclesial: una experiencia de vida nueva con dimensiones universales.

La primera lectura (Hch 2,1-11) es el relato del evento de Pentecostés. En ella se narra el cumplimiento de la promesa hecha por Jesús al final del evangelio de Lucas y al inicio del libro de los Hechos (Lc 24,49: “Por mi parte, les voy a enviar el don prometido por mi Padre… quédense en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de lo alto”; Hch 1,5.8: “Ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días… ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo”).

Con esta narración Lucas profundiza un aspecto fundamental del misterio pascual: Jesús resucitado ha enviado el Espíritu Santo a la naciente comunidad, capacitándola para una misión con horizonte universal. El relato inicia dando algunas indicaciones relativas al tiempo, al lugar y a las personas implicadas en el evento. Todo ocurre “al llegar el día de Pentecostés” (Hch 2,1). Pentecostés es una fiesta judía conocida como “fiesta de las semanas” (Ex 34,22; Num 28,26; Dt 16,10.16; etc.) o “fiesta de la cosecha” (Ex 23,16; Num 28,26; etc.), que se celebraba siete semanas después de la pascua.

Parece ser que en algunos ambientes judíos en época tardía, en esta fiesta se celebraban las grandes alianzas de Dios con su pueblo, particularmente la del Sinaí que estaba directamente relacionada con el don de la Ley. Aunque Lucas no desarrolla esta temática en el relato de Pentecostés, seguramente conocía esta tradición y es probable que haya querido asociar el don del Espíritu, enviado por Cristo resucitado, al don de la Ley recibido en el Sinaí. En la comunidad de Qumrán, contemporánea a Jesús, Pentecostés había llegado a ser la fiesta de la Nueva Alianza que aseguraba la efusión del Espíritu de Dios al nuevo pueblo purificado (cf. Jer 31,31-34; Ez 36).

El texto de los Hechos da otra indicación: “estaban todos juntos en un mismo lugar” (Hch 2,1). Con estas palabras se quiere sugerir que los presentes estaban unidos, no sólo en un mismo sitio, sino con el corazón. Aunque no se habla de una reunión cultual, no sería extraño que Lucas imaginara a los creyentes en oración, esperando la venida del Espíritu, de la misma forma que Jesús estaba orando cuando el Espíritu bajó sobre él en el bautismo (Lc 3,21: “Mientras Jesús oraba… el Espíritu Santo bajó sobre él”; Hch 1,14: “Solían reunirse de común acuerdo para orar en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de los hermanos de éste”).

Lucas utiliza en primer lugar el símbolo del viento para hablar del don del Espíritu: “De repente vino del cielo un ruido, semejante a una ráfaga de viento impetuoso y llenó la casa donde se encontraban” (Hch 2,2). Aunque los discípulos estaban a la espera del cumplimiento de la promesa del Señor resucitado, el evento ocurre “de repente” y, por tanto, en forma imprevisible. Es una forma de decir que se trata de una manifestación divina, ya que el actuar de Dios no puede ser calculado ni previsto por el ser humano. El ruido llega “del cielo”, es decir, del lugar de la trascendencia, desde Dios. Su origen es divino. Y es como el rumor de una ráfaga de viento impetuoso.

El evangelista quería describir el descenso del Espíritu Santo como poder, como potencia y dinamismo y, por tanto, el viento era un elemento cósmico adecuado para expresarlo. Además, tanto en hebreo como en griego, espíritu y viento se expresan con una misma palabra (hebreo:ruah; griego: pneuma). No es extraño, por tanto, que el viento sea uno de los símbolos bíblicos del Espíritu. Recordemos el gesto de Jesús en el evangelio, cuando “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22), o la visión de los esqueletos calcinados narrada en Ezequiel 37, donde el viento–espíritu de Dios hace que aquellos huesos se revistan de tendones y de carne, recreando el nuevo pueblo de Dios.

“Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos” (Hch 2,3). Lucas se sirve luego de otro elemento cósmico que era utilizado frecuentemente para describir las manifestaciones divinas en el Antiguo Testamento: el fuego, que es símbolo de Dios como fuerza irresistible y trascendente. La Biblia habla de Dios como un “fuego devorador” (Dt 4,24; Is 30,27; 33,14); “una hoguera perpetua” (Is 33,14). Todo lo que entra en contacto con él, como sucede con el fuego, queda transformado. El fuego es también expresión del misterio de la trascendencia divina. En efecto, el ser humano no puede retener el fuego entre sus manos, siempre se le escapa; y, sin embargo, el fuego lo envuelve con su luz y lo conforta con su calor. Así es el Espíritu: poderoso, irresistible, trascendente.

El evento extraordinario expresado simbólicamente en los vv. 2-3 se explicita en el v. 4: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Dios mismo llena con su poder a todos los presentes. No se les comunica un auxilio cualquiera, sino la plenitud del poder divino que se identifica en la Biblia con esa realidad que se llama: el Espíritu. Se trata de un evento único que marca la llegada de los tiempos mesiánicos y que permanecerá para siempre en el corazón mismo de la Iglesia. Desde este momento el Espíritu será una presencia dinámica y visible en la vida y la misión de la comunidad cristiana.

La fuerza interior y transformadora del Espíritu, descrita antes con los símbolos del viento y del fuego, se vuelve ahora capacidad de comunicación que inaugura la eliminación de la antigua división entre los seres humanos a causa de la confusión de lenguas en Babel (Gen 11). “Y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les concedía expresarse” (v. 4). En Jerusalén, no en la casa donde están los discípulos, ni en el espacio cerrado de unos pocos elegidos, sino en el espacio abierto donde hay gente de todos las naciones (v. 5), en la plaza y en la calle, el Espíritu reconstruye la unidad de la humanidad entera e inaugura la misión universal de la Iglesia.

El pecado condenado en el relato de la torre de Babel es la preocupación egoísta de los seres humanos que se cierran y no aceptan la existencia de otros grupos y otras sociedades, sino que desean permanecer unidos alrededor de una gran ciudad cuya torre toque el cielo. El Espíritu debe venir continuamente para perdonar y renovar a los seres humanos para que no se repitan más las tragedias causadas por el racismo, la cerrazón étnica y los integrismos religiosos.

El Espíritu de Pentecostés inaugura una nueva experiencia religiosa en la historia de la humanidad: la misión universal de la Iglesia. La palabra de Dios, gracias a la fuerza del Espíritu, será pronunciada una y otra vez a lo largo de la historia en diversas lenguas y será encarnada en todas las culturas. El día de Pentecostés, la gente venida de todas las partes de la tierra “les oía hablar en su propia lengua” (Hch 2,6.8). El don del Espíritu que recibe la Iglesia, al inicio de su misión, la capacita para hablar de forma inteligible a todos los pueblos de la tierra.

En el evangelio se narra la aparición del Señor Resucitado a los discípulos el día de pascua. Todo el relato está determinado por una indicación temporal (es el primer día de la semana) y una indicación espacial (las puertas del lugar donde están los discípulos están cerradas).

La referencia al primer día de la semana, es decir, el día siguiente al sábado (el domingo), evoca las celebraciones dominicales de la comunidad primitiva y nuestra propia experiencia pascual que se renueva cada domingo. La indicación de las puertas cerradas quiere recordar el miedo de los discípulos que todavía no creen, y al mismo tiempo quiere ser un testimonio de la nueva condición corporal de Jesús que se hará presente en el lugar. Jesús atravesará ambas barreras: las puertas exteriores cerradas y el miedo interior de los discípulos. A pesar de todo, están juntos, reunidos, lo que parece ser en la narración una condición necesaria para el encuentro con el Resucitado; de hecho Tomás sólo podrá llegar a la fe cuando está con el resto del grupo.

Jesús “se presentó en medio de ellos” (v.19). El texto habla de “resurrección” como venida del Señor. Cristo Resucitado no se va, sino que viene de forma nueva y plena a los suyos (cf. Jn 14,28: “me voy y volveré a vosotros”; Jn 16,16-17) y les comunica cuatro dones fundamentales:la paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo.

Los dones pascuales por excelencia son la paz (el shalom bíblico) y el gozo (la járis bíblica), que no son dados para el goce egoísta y exclusivo, sino para que se traduzcan en misión universal. La misión que el Hijo ha recibido del Padre ahora se vuelve misión de la Iglesia: el perdón de los pecados y la destrucción de las fuerzas del mal que oprimen al ser humano. Para esto Jesús dona el Espíritu a los discípulos. En el texto, en efecto, sobresale el tema de la nueva creación: Jesús “sopló sobre ellos”, como Yahvé cuando creó al ser humano en Gen 2,7 o como Ezequiel que invoca el viento de vida sobre los huesos secos (Ez 37). Leer más…

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Pentecostés: Un siglo de nacimiento de la iglesia (30-130 dC)

domingo, 8 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Hubo “calentones” de anochecer y madrugada (Jn 20, Lc 23, Hech 2), pero Pentecostés fue un siglo de nacimiento de la iglesia (30-130 dC),  el siglo que tardaron  los cristianos en explorar las consecuencias de la pascua (30 d.C) con presencia y acción de Cristo  en las comunidades, fijando su identidad en el  NT, en vinculación con la historia y Escritura del AT, en un proceso fuerte de mutación divina de la vida humana, en apertura a todos los pueblos, distinguiéndose así de un judaísmo que quiso seguir englobando y definiendo el evangelio en el interior de su tradición y  ley nacional.

Este siglo de pentecostés (30-130 d.C)  ha tenido momentos y ritmos distintos, según las iglesias, pero hacia el 130 d.C., la suerte se hallaba lya echada. Los judíos de Jesús  con los “gentiles” unidos, en proceso de fermentación imparable, con fuertes dolores e inmensas  alegría empezaban rápidamente a vincularse entre sí,  en forma de Gran Iglesia, con supervisores/obispos, Escrituras a (NT) y vida propia, hasta hoy (2025).

| Xabier Pikaza

INTRODUCCIÓN

 Lo que podía haber terminado diluyéndose en forma de grupitos inarticulados de Jesús vino a ser comunión  unificada y abierto, gran Iglesia de Jesús,  Katholiké Ekklesia, comunidad de comunidades, animadas por el Espíritu de Cristo, no por un tipo de Ley propia de la nación israelita, mientras los judíos nacionales, superada la segunda y durísima gran guerra y derrota contra Roma/Adriano (122-125 d.C., echando por la borda el lastre del helenismo universal recreaban su identidad rabínica (sinagogal, misnaica),  que ha perdurado hasta el día de hoy (año 2025).

La Iglesia  formada por aquellos que conocieron directamente a Jesús  y/o participaron de la primera experiencia pascual, interpretada en forma de acción  (expresión y expansión) del Espíritu Santo. En ella introducimos a los primeros cristianos de Galilea (de los que sabemos muy poco),  a los Doce discípulos fundantes, reunidos en la comunidad de Jerusalén con las mujeres y parientes de Jesús (cf. Hech 1, 13-14), y a los «helenistas» de Jerusalén con los apóstoles y Pablo que entendieron la pascua de Jesús como principio de la efusión universal del Espíritu santo, es decir, de una misión abierta a todos los humanos (Hech 6 ss).

            Estrictamente, sólo hay una primera comunidad cristiana, la de Galilea y Jerusalén, la de Magdalena y las mujeres, con Pedro y los Doce, con los Zebedeos, y especialmente con los helenistas y Pablo y Santiago, el Pequeño,  el hermano de Jesús, De esta primera comunidad, de los cuarenta primeros años, de la muerte de Jesús a la caída del Templo (30-70 d.C.), trata lo que sigue. Éste es el tiempo del Gran Pentecostés, En este tiempo surgió y comenzó a brotar todo lo que ha sido obra del espíritu Santo, hasta el día de hoy.

Sólo después evocaremos la figura y acción de algunos grupos de la segunda, y tercera generación cristiana, las tres generaciones posteriores de consolidación bíblica de manifestación y fijación del Espíritu, que podrían condensarse  70-100 (primera generación post-paulina, con Marcos y Mateo) y 100-130 (segunda generación t en la que quiero destacar las figuras de Lucas y del Discípulo Amado.).   principio y fuente del Espíritu Santo) [1].

PRIMERA GENERACIÓN (3-70 d.C).   COMIENDO DEL CRISTIANISMO

Los comienzos suelen ser enigmáticos.  Los  beneficiarios  de un acontecimiento salvador apenas son conscientes de aquello que les sucede: viven antes de reflexionar sobre sus vivencias, crean antes de teorizar sobre sus creaciones. Así sucede con estos primeros cristianos,  seguidores  del movimiento de Jesús.  Le han bajado de la cruz, le han enterrado [2].

¿Escondieron el cadáver? ¿lo llevaron a otro lugar? ¿Pudieron llevarlo unos soldados deseosos de borrar sus huellas? ¿O resucitó corporalmente, dejando en la tumba el vacío de unos lienzos ya innecesarios para el cuerpo glorioso? Todas estas preguntas siguen planeando ante los ojos del lector inteligente de Mc 16, 1-8; Mt 28, 1-15; Lc 24, 1-43; Jn 20. Pero los evangelios no han querido situarse a ese nivel, sino que plantean el tema en perspectiva de fe y surgimiento cristiano, que comparten Hech 1-2 y 1 Cor 15. Desde aquí podemos ofrecer un esquema introductorio:

 –  Jerusalén. Allí se han reunido los seguidores «oficiales» de Jesús (los Doce). Quizá esperaban la venida gloriosa del crucificado, el fin del mundo, pero han tenido «visiones» especiales: se les ha revelado (aparecido) Jesús, mostrándoles que está resucitado y vendrá pronto; por eso, para esperarle y reunir su comunidad en el lugar de las tradiciones de Israel, ellos retornan a Jerusalén, donde se establecen, para culminar la historia de Jesús, que allí fue condenado a muerte, que ha de mostrarse allí como Señor glorioso.

Es posible que estos entusiastas de Jesús en Jerusalén conozcan y visiten también una tumba vacía, donde proclaman las palabras del joven pascual que dice a las mujeres: ¡Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde le habían colocado!  (Mc 16, 6). Esa tumba sería para ellos signo de la muerte de Jesús y garantía de su próxima venida triunfal. Pero nos resulta difícil precisar mejor el sentido primero de esa tumba, vinculada al testimonio de las mujeres según Mc 16,18.  Sea como fuera, es claro que los Doce y Pedro se han reestablecido en Jerusalén, como testigos y adelantados del triunfo final de Jesús.

 – Galilea.  Parece que una mayoría de  seguidores y/o simpatizantes de Jesús han quedado en  Galilea, donde le siguen recordando.  Posiblemente han tenido una experiencia de Jesús resucitado, es decir, del triunfo de su obra, del valor de su persona. Pero no se reunen en Jerusalén, sino que quedan en Galilea, realizando allí los gestos de Jesús, continuando su camino. Quizá más que aquel que ha resucitado ya, Jesús es para ellos aquel que ha de venir (resucitar) del todo en el tercer día de su parusía.

Pablo no sabe nada de los cristianos galileos: los ignora o silencia (quizá porque no entran en relación con su misión). Es muy posible que Pedro, al salir de Jerusalén hacia el 43 d. de. C.,  les haya visitado, pues Mc 16, 7 par le recuerda en Galilea. Más aún, Mt 28, 16-20 relanza la misión universal cristiana a partir de Galilea y no de Jerusalén (en contra de lo que supone Pablo y afirma Luc/Hech).

 Lógicamente, debería comenzar presentando la iglesia de Jerusalén, pues ella parece haber sido «heredera oficial» de Jesús, pero he querido cambiar el orden, presentando primero a los cristianos galileos.

Comunidad de Galilea. Espíritu y liberación

Uno de los mayores enigmas del NT está formado por la existencia y  formas de organización de los seguidores y/o simpatizantes de Jesús en Galilea.  Hech 9, 31 supone que existen allí iglesias, pero no dice cómo han surgido, ni el modo de vida que llevan.  Por su parte, Pablo  aparece como verdadero jerosolimitano: no cita ni siquiera de pasada a Galilea. Su relación con los orígenes cristianos pasa por Jerusalén, donde se dirige al principio por dos veces (cf. Gal 1, 18; 2, 1) y donde se dirige al fin, culminar su misión en oriente, antes de iniciar su camino hacia Roma y occidente (Rom  15, 25-26.31; cf. Hech 9,15; 21-25).

Es muy posible que estos cristianos galileos hayan elaborado tradiciones sobre su encuentro con el Jesús glorioso, utilizando para ello narraciones de tipo milagroso o eclesial que ahora se encuentran incluidas en  la misma historia evangélica (curaciones, multiplicación de los panes, paso por el lago en la tormenta: cf. Mc 5-8). Eso significa que Jesús sigue vivo en sus palabras, se muestra resucitado en los mismos gestos de su acción liberadora.

Parece que estos cristianos galileos no han transmitido narraciones separadas sobre Cristo resucitado, sino que han incluido su fe pascual en las mismas narraciones sobre la vida, mensaje y milagros de Jesús. Así lo vendría a reflejar, en un nuevo contexto redaccional (que vincula ya a las mujeres de Jerusalén con Pedro y los discípulos) el final antiguo de Mc 16, 1-8: allá, en la misión de Galilea ha de venir Jesús triunfante a culminar su  obra [3]. Desde este fondo reciben densidad y pueden revalorizarse algunas interpretaciones significativas de la pascua que se han propuesto en los últimos decenios, todas de carácter pneumatológico:

 – Resucitado en el Mensaje, Jesús está vivo en su Espíritu. En esta línea se sitúa la interpretación de R gran parte de la teología kerigmática, centrada en la identiad y sentido del kerigma de Jesús. Más que una afirmación sobre Jesús en sí, más que un hecho que pueda probarse con apariciones, la pascua cristiana transmite la certeza de que Dios ha ratificado el mensaje de Jesús al acogerle en su muerte.  Según esto, los cristianos galileos podrían afirmar que Jesús se encuentra  vivo en su Mensaje:  Jesús resucita (o, mejor dicho, está vivo, como Espíritu de vida en el kerigma o Palabra de la iglesia  y en la vida de aquellos que se dejan transformar al aceptarlo. La pascua es según eso el triunfo del Espíritu (Mensaje) de Jesús sobre la muerte [4].

 – Resucitado en la acción liberadora, el Espíritu de Jesús continúa realizando su obra a través de los creyentes. Algunos exegetas como W.  Marxsen, más atentos a la implicación social del evangelio, han centrado la experiencia pascual en la continuidad de la obra de Jesús, que puede y debe interpretarse en clave pneumatológica. Ciertamente, los cristianos galileos deben suponer que Jesús se encuentra de alguna forma vivo (en Dios).  Pero la novedad cristiana no se encuentra en esa representación,  sino en el hecho de que su acción liberadora  se sigue extendiendo y realizando a través de sus seguidores; ellos son portadores del Espíritu mesiánico de Jesús [5].

– Resucitado en la nueva humanidad, el «espíritu humano», un hombre para los demás.   Muchos pensadores cristianos, entre los que destaca, H. Braun interpreta a Jesús como el «hombre para los demás», el testigo de la gracia y  tarea creadora de la vida: ha sabido que el humano se encuentra perdido sobre el mundo,  pero, al mismo tiempo, sabe y  proclama la llegada de la nueva humanidad espiritual y realizada en plenitud. Sus discípulos han sentido que su mensaje sigue siendo verdadero tras su muerte y así lo han expresado, diciendo que él mismo se halla vivo, como Hijo del humano, Hijo de Dios, Señor o Cristo, es decir, como sentido y  fuerte de la nueva humanidad, es decir, como humanidad plenificada por el Espíritu divino [6].

Desde aquí podemos suponer  que los cristianos galileos han desarrollado una cristología que no se encuentra centrada en el relato pascual de las apariciones del resucitado, sino en la presencia viviente del Jesús, que sigue  expresándose como Espíritu de liberación. Más que hablar de un Espíritu que vendrá, ellos son testigos del Espíritu que ya ha actuado por medio de Jesús y que se sigue expresando, de forma liberadora, a través de su acción (de la acción de los cristianos) en favor de los posesos y marginados de la sociedad. [7] Esta visión incluye tres momentos:

–   En su pasado está Jesús, cuyo mensaje y acción actualizan sus discípulos.  Sin duda alguna, estos «cristianos galileos» se mantienen dentro del judaísmo; pero ellos destacan la figura de Jesús y por eso podemos llamarles judíos jesuánicos, carismáticos y profetas como Jesús, deseosos de mantener su recuerdo y enseñanza.

–  En el futuro ellos esperan a Jesús como a Hijo del Hombre.  Es muy posible que piensen que Dios le ha «elevado» (raptado) de forma que se encuentra ya en su gloria, pero no insisten en ello. La base de su fe está en la certeza de que ese mismo Jesús  ha de venir como Hijo del Humano, para ratificar su obra en el mundo.

En el hueco entre pasado y futuro emerge para ellos la historia cristiana, centrada en el Espíritu. El recuerdo de Jesús les mantiene desde el pasado; su  esperanza les enriquece desde el futuro. En medio quedan ellos, llenos del Espíritu de Jesús, realizando su misma tarea.

 Estos cristianos galileos entienden su historia como un tiempo intermedio entre aquello que Jesús hizo/dijo (=fue) y  lo que hará en venida inminente venida, para culminar así su obra. En ese intermedio están ellos, queriendo ser fieles a Jesús en su ausencia, poseyendo su Esp

  Primera comunidad de Jerusalén. Espíritu y experiencia carismática

 Los primeros miembros de la iglesia de Jerusalén fueron sin duda galileos, que «subieron» con Jesús a la ciudad del templo, quedándose allí tras su muerte o, quizá mejor, retornando allí tras (por) la experiencia de la pascua.  Ellos afirman que han visto a Jesús resucitado, tal como declara taxativamente Pablo (1 Cor 15). Estos cristianos jerosolimitanos acentúan el aspecto de ruptura y culminación de la pascua de Jesús. Ciertamente, les importa su acción y mensaje (como a los galileos), pero tienden a dar más importancia a la persona de Jesús, a su ruptura mesiánica y pneumatológica, viniendo a convertirse en  germen de una «aventura» creadora que ha de abrirse de un modo sorprendente a todos los humanos. Estos son sus elementos característicos, resumidos (reinterpretados) partiendo de Hech 1ss :

 Estos cristianos interpretan la experiencia pascual como signo del fin de los tiempos. No se les ha mostrado Jesús sólo para decirles que está vivo y que sigan realizando para siempre (en largo tiempo) su tarea antigua, sino que les arranca de Galilea (de los exorcismos y las curaciones, de la convivencia con el pueblo del entorno), para juntarlos en Jerusalén, aguardando allí su vuelta. Hech 1, 6 supone que esperan la restauración escatológica de Israel.  Su iglesia es una comunidad de esperanza mesiánica judía.

 Jerusalén forma parte de su propia teología. Ciertamente, es la capital sanguinaria, que ha matado a los profetas y a Jesús, pero ellos  están seguros de que Jesús ha de venir ya de inmediato como mesías. Por eso dejan en Galilea lo que tienen y se juntan en Jerusalén, no para esperar la venida del Espíritu  de la misión universal y salir luego hacia todos los caminos del mundo (como dirá Lucas en Hechos), sino para esperar allí, en Jerusalén, el fin del mundo viejo. El mesías y Jerusalén forman parte de la misma esperanza escatológica.

– Jesús ha de venir como triunfador y la comunidad reunida en su nombre, en el entorno del templo de Jerusalén, espera anhelante su llegada triunfal. Para los cristianos galileos importaba más el cumplimiento de las obras y palabras de Jesús. Por el contrario, los cristianos de Jerusalén  parecen menos empeñados en seguir la obra de Jesús, pues piensan que ella se encuentra de algún modo culminada. Por eso dan más importancia a su venida final, como mesías transcendente (le identifican ya con el Hijo del hombre).

– La comunidad se reúne en torno a los Doce. Parece que el mismo Jesús había instituido el grupo que fracasó  con su muerte (uno le traicionó, otro le negó…).  Pues bien, en dato de gran significado teológico, Hech 1 afirma que, al comienzo de la experiencia pascual, Pedro instituyó de nuevo el grupo. Ellos no son «apóstoles» (enviados al mundo), sino testigos y compañeros del mesías al que esperan, para compartir su triunfo y realizar su juicio sobre el Israel definitivo (cf. Mt  19, 28; Lc 22, 30). Así forman el vínculo de unión entre el pasado de Jesús y su venida futura.

Esperando el fin se  han reunido, constituyéndose en Jerusalén como grupo visible, entre los otros grupos de judíos de aquel tiempo, para simbolizar y anunciar la culminación israelita. Ciertamente, más que las enseñanzas concretas de Jesús acentúan su triunfo (el cambio de los tiempos) y la certeza de su inminente venida.  Esta certeza de que llega el fin va reuniendo a los diversos grupos que aparecen evocados en Hech 1, 13-14 [8].

Pues bien, parece evidente que la iglesia cristiana de Jerusalén se ha creído «poseída» por el Espíritu, que el mismo Jesús resucitado ofrece a sus discípulos, reunidos en comunidad escatológica. Todo nos permite suponer que esta ha sido la novedad más grande de esta iglesia: los creyentes se han sabido y sentido llenos del Espíritu, internamente penetrados por la fuerza de Dios, capaces de vivir y hablar de forma nueva, conforme a una experiencia carismática (extática) que hallamos reflejada al fondo de Hech 2ss.

– Espíritu y  «estado naciente».  Estos primeros son testigos de la irrupción poderosa del Espíritu de Dios, descubriendo la fuerza de su gracia creadora, interpretando su experiencia como signo del triunfo de Cristo y como anticipo (arras) de venida mesiánica final. Por eso,  al lado de los Doce (signo más oficial de culminación), destaca en ellos la presencia de profetas y/o carismáticos.  Más tarde, Lucas ha interpretado la efusión del Espíritu como fuente de apertura misionera (en Hech 2); pero es evidente que, en principio, la certeza de la actuación del Espíritu  aparece vinculada a la misma experiencia carismática (judía) de la comunidad.

– Los primeros cristianos de Jerusalén formaron  una comunidad de extáticos. En esto se han distinguido de Jesús, que fue vidente pero no visionario, carismático pero no extático. Es normal que hayan sido extáticos, grupo de personas emocionalmente transformadas por la experiencia de Jesús (inversión de la muerte, esperanza de la inminente parusía). Desde ese fondo se entenderán los momentos posteriores de su apertura misionera  (misión en Samaria, conversión de Cornelio: Hech 8.10).

– Comunidad de bienes. En la misma línea carismática y de anticipo de la plenitud final ha de entenderse la comunidad de bienes, destacada en Hech 2, 42-47; 4, 32-5, 1.  La angustia ante la muerte, la preocupación por el futuro, divide normalmente a los humanos, pues cada uno de ellos quiere asegurar su propia vida, asegurarse ante los otros. Pues bien, allí donde esa angustia desaparece, como efecto de la experiecia carismática, los creyentes pueden vincularse en gozo compartido, en acción de gracias, en comunidad económica.

Estos primeros cristianos de Jerusalén han constituido, según eso, una comunidad para el fin de la historia. No han tenido planes de futuro, no han querido construir ninguna forma nueva de sociedad, no han planeado conquistas misioneras. Simplemente han querido vivir en fidelidad a Jesús, desde la confianza total en su próxima venida salvadora.

Externamente hablando, ellos han estado equivocados: esperaban la venida inminente de Jesús, pero Jesús no ha llegado; se reunieron en Jerusalén, llenos del Espíritu de Dios, para recibir a Jesús y acompañarle en su triunfo mesiánico, pero su esperanza quedó fallida. Sin embargo, en el sentido más profundo, ellos fueron y siguen siendo el testimonio fundante de la historia mesiánica. No llegó Jesús como esperaban, pero vino de hecho y su comunidad, reunida en esperanza, fue de hecho un germen fuerte de humanidad.

Espíritu y carismas.  La confesión pascual se tradujo para los cristianos de Jerusalén en forma de experiencia carismática: ellos, los seguidores del Jesús crucificado (como abandonado de Dios) se sintieron poseídos por el poder de Dios, como encendidos por un fuego interior, animados por un viento poderoso y creador. Ciertamente, ellos sabían que Jesús había resucitado, pero más que la pura afirmación pascual del Señorío de Jesús les importaba su propio cambio personal y social.

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8.6.25. Pentecostés: Todo es comunión, resurrección de la carne.

domingo, 8 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

El credo romano (=de los apóstoles) dice “creo en la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne….

Tres sentidos tiene la palabra comunión, y los tres están vinculados: (a) Comunión con el Dios que es Santo. (b) Comunión entre los hombres, que son santos. (c) Resurrección de la carne.

En esa línea celebramos hoy la Fiesta del Espíritu Santo,  comunión de pensamiento, vida y obra, no sólo de Dios con los hombres, sino de los hombres entre sí.

La santidad (=realidad) del Espíritu Santo es comunicación, vida compartida, no del Espíritu separado de la carne, sino de la carne frágil y fuerte de la vida que es el verdadero espíritu del hombre.

Pero, actualmente (siglo XXI), esa formulación del siglo III-IV dC (comunión de los santos) se nos hace algo extraña, poco comprensible. Por eso prefiero hablar de comunión/comunicación universal sin más

| Xabier Pikaza

El credo romano (=de los apóstoles) dice “creo en la comunión de los santos”, es decir “de las cosas santas”, en el doble sentido de la palabra: (a) Comunión con el Dios que es el Santo. (b) Comunión entre los hombres, que son santos. (c) Resurrección de la carne.

 De esa forma celebramos hoy la Fiesta del Espíritu Santo,  “comunión de pensamiento, vida y obra, no sólo de Dios con los hombres, sino de los hombres entre sí.

La santidad (=realidad) del Espíritu Santo es comunicación, vida compartida, pero no del Espíritu separado de la carne, sino de la carne frágil y fuerte de la vida que es el verdadero espíritu del hombre. Pero, actualmente (siglo XXI), esa formulación del siglo III-IV dC (comunión de los santos) se nos hace algo extraña, poco comprensible. Por eso prefiero hablar de comunión/comunicación universal.

Introducción

A finales del siglo IV, la confesión de fe universal de las iglesias (el credo romano) empezó a incluir en occidente una frase nueva: communio sanctorum, comunión en lo santo (de la coas santas y/o de los santos que son en especial de los hombres. (a) Comunión de las cosas santas, que son Dios y las cosas de Dios, es decir, de los signos santos, bautismo y eucaristía. (b). Comunión de los santos, que son todos los hombres y en especial los creyentes.

. La adición hizo fortuna y, aunque no fue recogida en los credos oficiales de oriente ni en el niceno-constantinopolitano, terminó siendo aceptada en la fórmula oficial o textus receptus del símbolo apostólico o romano. Tras la cláusula latina actual (communio sanctorum) parece haber existido una fórmula griega que no pasó al credo pero que resulta común y valiosa en el oriente, la koinônia tôn hagiôn, esto es, la participación de los creyentes en las cosas santas, especialmente en la palabra de la fe, en la celebración eucarística, y en la vida entero. Todos los seres humanos forman una koinonía, una comunión universal. Esto es: Todos forman, formamos, en Dios y entre nosotros el Espíritu Santo, que es el Cuerpo (Koinonía, sôma) santo.

Comunión en las Cosas Santas.

El Espíritu/cuerpo (sôma)  Santo  es comunión. Esta fórmula (communio sanctorum), lo mismo que su equivalente griego (koinônia tôn hagiôn) puede y debe entenderse de dos formas. Si sanctorum está en neutro, hay que decir «comunión en lo santo», esto es, en o con las cosas santas; si es masculino debe traducirse, como hacemos ordinariamente, «comunión de los santos».

Los investigadores no han llegado a un acuerdo, ya que el uso varía de oriente a occidente, del griego al latín. Pero la misma búsqueda semántica nos muestra que en el fondo de la ambigüedad hay una gran riqueza de matices, que en general pueden resumirse así: Por la participación en lo santo (línea más oriental) puede conseguir­se y se consigue la comunión de los creyentes o los santos (formula­ción más latina). Así comenzaré tratando de la «comunión en lo santo», me fijaré después en la «comunión de los santos». Empezamos, pues, con la comunión en lo Santo (en el Espíritu Santo):

‒ Al antiguo testamento le resulta escandaloso todo intento de buscar una comunión divina. Dios es trascendente y nadie puede introducirse en su misterio. Dios es lejanía de poder, grandeza y fuerza, de tal forma que ningún viviente puede acompañarle en su existencia. Sin embargo, una vez que eso está dicho, después de haber negado toda posibilidad de comunión de naturaleza entre lo humano y 1o divino, Israel ofrece los cimientos para una nueva experiencia de comunión con Dios en términos de alianza, superando el nivel de una fusión vital o intelectual con lo divino. Los verdaderos creyentes sabrán que sólo puede existir comunión auténtica con Dios en línea de libertad y donación entre personas, no en fusión, sino en encuentro.

‒El nuevo testamento está enraizado en la experiencia de Israel, de tal manera que sigue interpretando la comunión con lo sagrado en términos de alianza. Pero, al mismo tiempo, para poner de relieve la presencia de Dios en Jesucristo, puede afirmar (con Heb 2, 14) que Dios ha decidido «comulgar» con nosotros, participando de la carne y de la sangre de los hombres (cf. también 2 Ped 1, 4: estamos en comunión con la naturaleza divina).

No se trata sólo de establecer el parentesco del hombre con lo sagrado (como dice Pablo en Hech 17: somos parientes de Dios), ni de establecer una alianza con el gran Señor lejano, sino de aceptar la gracia del Dios ha querido comulgar con nuestra carne y nuestra sangre, hacerse mundo entre nosotros, tomar parte en nuestra historia. El primero que “comulga”, que celebra y vive la comunión (eucaristía) es Dios.

. Sólo porque hallamos esta primera koinonia incarnatoria, sólo porque Dios asume en Cristo, Logos-hijo, nuestras «especies humanas» (carne y sangre), de una vez y para siempre, nosotros − simples hombres – tenemos un acceso en comunión a lo divino, podremos comulgar con Dios por medio de la carne y de la sangre de Jesús, que es nuestro Cristo.

          Ésta es la experiencia de fondo de1 Jn 4,10: En esto consiste el misterio, no en que nosotros pretendamos estar en comunión con lo sagrado sino en que Dios, el santo, haya querido comulgar con nuestra historia, haciéndose así vida y principio de amor entre los hombres.

Llamados a la comunión

Fundado en esta experiencia, Pablo puede definir a los cristia­nos como aquellos que «han sido convocados a vivir en koinonia con Jesucristo, Hijo de Dios» (1 Cor 1, 9). Comulgar significa aquí participar en Cristo: aceptar su palabra, seguir su camino, revestirse de su muerte, incorporarse a su resurrección, transformarse con su gloria. Para entender mejor la comunión resultaría necesario comen­tar todos los textos donde Pablo y las cartas postpaulinas van hablando de aquello que nosotros somos en el Cristo:

Convivimos y con-sufrimos con él; somos con-crucificados, con-sepultados, co-resucitados, con-glorificados; con él coheredamos y correinamos (cf. Rom 6, 4-8; 8, 17; 2 Cor 7, 3; Gál 2, 19; Col 2, 12-13; Ef 2, 5-6; 2, 2).

Toda nuestra existencia de creyentes se interpreta en forma de comunión de vida y muerte, de camino y esperanza con el Cristo. No somos encerrados en nosotros mismos,  sino implicados, penetrados, unos en los otros, todos en el Cristo de Dios, por el espíritu santo. La vida es comunión, comunicación universal.

Por eso, la comunión «en lo santo» significa «participación en la santidad de Dios», a través de Jesucristo.Esta comunión se realiza de un modo visible en el gesto eucarísti­co: «El cáliz… es la comunión con la sangre de Cristo; el pan…, es la comunión con el cuerpo de Cristo» (1 Cor 10, 16-17).

Así se invierte y recupera el gesto del Dios que se hace humano. Carne y sangre eran primero el lugar en el que Dios se ha humanizado. Ahora, en contexto de celebración eclesial, fundada en el recuerdo y la palabra de Jesús, carne y sangre son la realidad del gran misterio del Cristo, Hijo de Dios, presente entre los hombres.

Allí donde la comunidad cristiana se reúne y celebra a su Señor, los creyentes, unidos entre sí «comulgan con el Cristo», participan de su vida y de su muerte, se introducen en su pascua. Este es el sentido radical de aquello que la iglesia afirma cuando cree en la «comunión de los hombres con lo Santo»; es lo que la iglesia celebra alborozada y llena de temor en el misterio de su fiesta dominical.

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Domingo de Pentecostés. Ciclo C.

domingo, 8 de junio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles que Pablo encontró cierta vez en Éfeso un grupo de cristianos desconocidos. Algo debió de resultarle raro porque les preguntó: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando comenzasteis a creer?” La respuesta fue rotunda: “Ni siquiera hemos oído que hay un Espíritu Santo. Si Pablo nos hiciera hoy la misma pregunta, muchos cristianos deberían responder: Sé desde niño que existe el Espíritu Santo. Pero no sé para qué sirve, no influye nada en mi vida. A mí me basta con Dios y con Jesús”. Esta respuesta sería sincera, pero equivocada. Las palabras que acaba de pronunciar las ha dicho impulsado por el Espíritu Santo. Tiene más influjo en su vida de lo que él imagina. Y esto lo sabemos gracias a las discusiones y peleas entre los cristianos de Corinto.

La importancia del Espíritu (1 Corintios 12,3b-7.12-13)

Los corintios eran especialistas en crear conflictos. Una suerte para nosotros, porque gracias a sus discusiones tenemos las dos cartas que Pablo les escribió. La que originó la lectura de hoy no queda clara, porque el texto, para no perder la costumbre, ha sido mutilado. Quien se toma la pequeña molestia de leer el capítulo 12 de la Primera carta a los Corintios, advierte cuál es el problema: algunos se consideran superiores a los demás y no valoran lo que hacen los otros. Con una imagen moderna, como si un arquitecto despreciase, y considerase inútiles, al delineante que elabora los planos, al informático que trabaja en el ordenador, al capataz que dirige la obra y, sobre todo, a los obreros que se juegan a veces la vida en lo alto del andamio.

La sección suprimida en la lectura (versículos 8-11) describe la situación en Corinto. Unos se precian de hablar muy bien en las asambleas; otros, de saber todo lo importante; algunos destacan por su fe; otros consiguen realizar curaciones, y hay quien incluso hace milagros; los más conflictivos son los que presumen de hablar con Dios en lenguas extrañas, que nadie entiende, y los que se consideran capaces de interpretar lo que dicen.

Pablo comienza por la base. Hay algo que los une a todos ellos: la fe en Jesús, confesarlo como Señor, aunque el César romano reivindique para sí este título. Y eso lo hacen gracias al Espíritu Santo.

Esta unidad no excluye diversidad de dones espirituales, actividades y funciones. Pero en la diversidad deben ver la acción del Espíritu, de Jesús y de Dios Padre. A continuación de esta fórmula casi trinitaria, insiste en que es el Espíritu quien se manifiesta en esos dones, actividades y funciones, que concede a cada uno con vistas al bien común.

Además, el Espíritu no solo entrega sus dones, también une a los cristianos. Gracias al él, en la comunidad no hay diferencias motivadas por el origen (judíos – griegos) ni por las clases sociales (esclavos – libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también elimina las diferencias basadas en el género (varones – mujeres). Hoy día somos especialmente sensibles a la diferencia de género. No podemos imaginar lo que suponía en el siglo I las diferencias entre un esclavo (por más cultura que tuviese) y un ciudadano libre, ni entre un cristiano de origen judío (algunos se consideraban lo mejor de lo mejor) y un cristiano de origen pagano, recién bautizado (para algunos, un advenedizo). [Solo hay un tema en el que ha fracasado el Espíritu: en unir a independentistas y nacionalistas].

En definitiva, todo lo que somos y tenemos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.

Hermanos:

Os manifiesto que nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no es movido por el Espíritu. Hay diversidad de dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de funciones, pero el mismo Señor; diversidad de actividades, pero el mismo Dios, que lo hace todo en todos. A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común. Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, forman un cuerpo, así también Cristo. Porque todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, fuimos bautizados en un solo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido del mismo Espíritu.

¿Cómo comenzó la historia? Dos versiones muy distintas.

            Si a un cristiano con mediana formación religiosa le preguntan cómo y cuándo vino por vez primera el Espíritu Santo, lo más probable es que haga referencia al día de Pentecostés. Y si tiene cierta cultura artística, recordará el cuadro de El Greco, aunque quizá no haya advertido que, junto a la Virgen, está María Magdalena, representando al resto de la comunidad cristiana (ciento veinte personas, según Lucas). Pero hay otra versión muy distinta: la del evangelio de Juan.

 La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)

Lucas es un entusiasta del Espíritu Santo. Ha estudiado la difusión del cristianismo desde Jerusalén hasta Roma, pasando por Siria, la actual Turquía y Grecia. Conoce los sacrificios y esfuerzos de los misioneros, que se han expuesto a bandidos, animales feroces, viajes interminables, naufragios, enemistades de los judíos y de los paganos, para propagar el evangelio. ¿De dónde han sacado fuerza y luz? ¿Quién les ha enseñado a expresarse en lenguas tan diversas? Para Lucas, la respuesta es clara: todo es don del Espíritu.

Por eso, cuando escribe el libro de los Hechos, desea inculcar que su venida no es solo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Algo que se prepara con un largo período de oración (¡cincuenta días!), y que acontecerá en un momento solemne, en la segunda de las tres grandes fiestas judías: Pentecostés. Lo curioso es que esta fiesta se celebra para dar gracias a Dios por la cosecha del trigo, inculcando al mismo tiempo la obligación de compartir los frutos de la tierra con los más débiles (esclavos, esclavas, levitas, emigrantes, huérfanos y viudas).

En este caso, quien empieza a compartir es Dios, que envía el mayor regalo posible: su Espíritu. Y lo envía no solo a los apóstoles (los obispos) sino a toda la comunidad, «unas ciento veinte personas».

 El relato de Lucas contiene dos escenas (dentro y fuera de la casa), relacionadas por el ruido de una especie de viento impetuoso.[1]

Dentro de la casa, el ruido va acompañado de la aparición de unas lenguas de fuego que se sitúan sobre cada uno de los presentes. Sigue la venida del Espíritu y el don de hablar en distintas lenguas. ¿Qué dicen? Lo sabremos al final.

Fuera de la casa, el ruido (o la voz de la comunidad) hace que se congregue una multitud de judíos de todas partes del mundo. Aunque Lucas no lo dice expresamente, se supone que la comunidad ha salido de la casa y todos los oyen hablar en su propia lengua. Desde un punto de vista histórico, la escena es irreal. ¿Cómo puede saber un elamita que un parto o un medo está escuchando cada uno su idioma? Pero la escena simboliza una realidad histórica: el evangelio se ha extendido por regiones tan distintas como Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia y Cirene, y sus habitantes han escuchado su proclamación en su propia lengua. Este milagro lo han repetido miles de misioneros a lo largo de siglos, también con la ayuda del Espíritu. Porque él no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios».

            Al llegar el día de pentecostés, estaban todos los discípulos juntos en el mismo lugar. De repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso, llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse.

            Había en Jerusalén judíos piadosos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al oír el ruido, la multitud se reunió y se quedó estupefacta, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Fuera de sí todos por aquella maravilla, decían:

– «¿No son galileos todos los que hablan? ¿Pues cómo nosotros los oímos cada uno en nuestra lengua materna? Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, el Ponto y el Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las regiones de Libia y de Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras lenguas las grandezas de Dios».

La versión de Juan 20, 19-23

Muy distinta es la versión que ofrece el cuarto evangelio. En este breve pasaje podemos distinguir cuatro momentos: el saludo, la confirmación de que es Jesús quien se aparece, el envío y el don del Espíritu.

El saludo es el habitual entre los judíos: La paz esté con vosotros. Pero en este caso no se trata de pura fórmula, porque los discípulos, muertos de miedo a los judíos, están muy necesitados de paz.

Esa paz se la concede la presencia de Jesús, algo que parece imposible, porque las puertas están cerradas. Al mostrarles las manos y los pies, confirma que es realmente él. Los signos del sufrimiento y la muerte, los pies y manos atravesados por los clavos, se convierten en signo de salvación, y los discípulos se llenan de alegría.

Todo podría haber terminado aquí, con la paz y la alegría que sustituyen al miedo. Sin embargo, en los relatos de apariciones nunca falta un elemento esencial: la misión. Una misión que culmina el plan de Dios: el Padre envió a Jesús, Jesús envía a los apóstoles. [Dada la escasez actual de vocaciones sacerdotales y religiosas, no es mal momento para recordar otro pasaje de Juan, donde Jesús dice: “Rogad al Señor de la mies que envíe operarios a su mies].

El final lo constituye una acción sorprendente: Jesús sopla sobre los discípulos. No dice el evangelistas si lo hace sobre todos en conjunto o lo hace uno a uno. Ese detalle carece de importancia. Lo importante es el simbolismo. En hebreo, la palabra ruaj puede significar “viento” y espíritu. Jesús, al soplar (que recuerda al viento) infunde el Espíritu Santo. Este don está estrechamente vinculado con la misión que acaban de encomendarles. A lo largo de su actividad, los apóstoles entrarán en contacto con numerosas personas; entre las que deseen hacerse cristianas habrá que distinguir entre quiénes pueden ser aceptadas en la comunidad (perdonándoles los pecados) y quiénes no, al menos temporalmente (reteniéndoles los pecados).

En la tarde de aquel día, el primero de la semana, y estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo:

+ «¡La paz esté con vosotros!».

            Y les enseñó las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

            Él repitió:

+ «¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros».

            Después sopló sobre ellos y les dijo:

+ «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos».

Reflexión final

            Los textos dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla. Hoy es buen momento para pensar en lo que hemos recibido del Espíritu y lo que podemos pedirle que más necesitemos.

El don de lenguas

«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse».

El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).

El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.

El segundo fenómeno es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el profeta).

Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.

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[1] Es lo que sugiere el texto litúrgico, que traduce ruido en los dos casos. El texto griego usa dos palabras distintas: “ruido” (h=coj) y “voz” (fwnh,). Cabe pensar que el ruido del viento se escucha solo en la casa, y lo que hace que la gente se reúna es la voz de la comunidad cristiana que alaba a Dios.

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Domingo de Pentecostés. 08 junio, 2025

domingo, 8 de junio de 2025
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“…el Espíritu Santo, (…),

será quien os lo enseñe todo

y os vaya recordando todo lo que os he dicho.”

(Jn 14, 25-26)

 

¡Bienvenida, Santa Ruah!

Año tras año te espero impaciente, esta noche es como la noche de Reyes, vienes tú con tus siete dones y yo te espero entre ilusionada y nerviosa.

¿Qué me regalarás este año? Y sea el año que sea, y me encuentre como me encuentre, ¡aciertas! Me das justo lo que necesito.

Fortaleza, Piedad, Temor de Dios, Ciencia, Sabiduría, Entendimiento y Consejo ¡SIETE! Y aunque con los años ya me han ido tocando todos, y alguno más de una vez, la verdad es que siempre son nuevos.

Pero te diré algo: es verdad que me ilusiona recibir algo de ti, pero sobre todo me ilusiona recibirTE a ti, Espíritu Santo, como esa hermosa persona de la Trinidad que eres, conversar contigo, dejar que seas tú quien me lo enseñe todo y me vayas recordando las palabras y los gestos de Jesús.

Sí, me gusta descubrirte como presencia cercana, viva. Como presencia amiga. Más, mucho más que un fuego, una paloma… También tú, Santa Ruah, eres Trinidad, eres Dios como lo son el Padre y el Hijo. Y es así, cercana como una mano amiga, como te descubro yo en mi vida. Y me alegra inmensamente tenerte de nuevo entre mis cosas, en mi cotidianidad en este tiempo especial, en este nuevo pentecostés.

¡Bienvenida Santa Ruah! ¡Entra!, y ponlo todo a tu gusto, ¡estás en tu casa!

Entra en nuestra Iglesia y en nuestras iglesias, en nuestras comunidades y en nuestros corazones y haz lo que tú sabes: ¡descolócanos!

¡Haz sonar la música del Reino! ¡Y sácanos a bailar! a danzar, que nada ni nadie se quede quieto.

Y para terminar oremos con esa oración que resuena a través de los siglos:

Ven, Espíritu Divino
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El Espíritu no tiene que venir de ninguna parte.

domingo, 8 de junio de 2025
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PENTECOSTÉS (C)

Jn 20,19-23

Pentecostés es una fiesta eminentemente pascual. Sin la presencia de Dios como Espíritu, la experiencia pascual no hubiera sido posible. La totalidad de nuestro ser está empapada de Dios-Espíritu. Siempre es el Espíritu el que nos lleva a la unidad y por lo tanto el que nos invita a superar la diversidad que es fruto de nuestro falso yo.

No tiene sentido pensar en un espectáculo de luz y sonido. Lucas nos está hablando de la experiencia de la primera comunidad, no está haciendo una crónica periodística. En el relato utiliza los símbolos que había utilizado ya el AT: Fuego, ruido, viento. Los efectos no se reducen al círculo de Jesús, salen a la calle, donde hay hombres de todo país.

El Espíritu está; no tiene que venir de ninguna parte. Lucas narra cinco venidas del Espíritu. Las lecturas que hemos leído nos dan suficientes pistas para no despistarnos. En la primera (viento, ruido, fuego), hace referencia a la teofanía del Sinaí. La fiesta de Pentecostés conmemoraba la alianza. La Ley ha sido sustituida por el Espíritu.

Hemos dicho tantas cosas sobre el Espíritu que nuestra tarea es “desdecir”, descubrir las cosas sin sentido que hemos repetido hasta la saciedad. El Espíritu no es una entidad separada. Dios Espíritu no es un personaje distinto del Padre y del Hijo, que anda por ahí haciendo de las suyas. Se trata del Dios UNO más allá de toda imagen. No es un don que nos regala el Padre o el Hijo sino Dios como DON absoluto. No es una realidad que tenemos que obtener, sino el fundamento más profundo de mi ser del que surge todo lo que soy.

Todo lo que fue Jesús, se debió al Espíritu: “Concebido por el Espíritu”; «Nacido del Espíritu«; «Desciende sobre él el Espíritu«; «Ungido con el Espíritu«. Está claro que la figura de Jesús no podría entenderse sin el Espíritu. Pero no es menos cierto que no podríamos descubrir lo que es el Espíritu si no fuera por lo que Jesús nos ha revelado.

No se trata de entrar en un mundo diferente, acotado para un reducido número de personas, a las que se premia con el don del Espíritu. Es una realidad que se ofrece a todos como la más alta posibilidad de alcanzar una plenitud humana que todos debíamos tener como meta, si no, quedamos en la exclusiva valoración de la materia.

La experiencia del Espíritu es individual, pero empuja siempre a la construcción de la comunidad. El Espíritu se otorga siempre “para el bien común”. En contra de lo que nos cuentan, no se da el Espíritu a los apóstoles, sino a todos los seguidores de Jesús.

El Espíritu no produce personas uniformes como si fuesen fruto de una clonación. Es esta otra trampa para justificar toda clase de sometimientos. El Espíritu es una fuerza vital que potencia en cada uno las diferentes cualidades y aptitudes. La pretendida uniformidad es la consecuencia de nuestros miedos y falta de confianza en el Espíritu.

En la celebración de la eucaristía debíamos poner más atención a esa presencia del Espíritu. Durante siglos el momento más importante de la celebración fue la epíclesis (la invocación del Espíritu sobre el pan y el vino. Solo mucho más tarde se confirió un poder especial (que ha llegado a ser mágico) a las palabras que hoy llamamos “consagración”.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El viento de Dios.

domingo, 8 de junio de 2025
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Jn 20, 19-31

«Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”»

El espíritu de Dios se cernió sobre la Tierra poniendo orden en el caos primitivo, se coló por las narices del muñeco de barro para que en el mundo pudiese haber amor, tolerancia, libertad, felicidad… suscitó profetas que guiaron a los hombres y mujeres por el camino de la vida y sopló como un huracán en Jesús de Nazaret.

El texto de hoy nos presenta al Espíritu empapando a los discípulos encerrados en Jerusalén tras la muerte de Jesús. Aquellos hombres y mujeres habían creído en él y lo habían dejado todo por seguirle, pero durante todo el tiempo que permanecieron a su lado estuvieron creyendo mal. Estuvieron creyendo que era el mesías esperado por Israel, el que iba a expulsar a los romanos e instaurar un reino de paz y justicia como nunca se había visto otro en el mundo… Y hasta discutían por ver cómo se iban a repartir los escaños de ese reino.

Pero subieron a Jerusalén y todo se desbarató.

La muerte de Jesús en la cruz supuso un golpe demoledor para su fe, porque los hechos demostraban que Dios no estaba con él, sino con los sacerdotes que lo habían vencido. Quizás en un primer momento esperaron que bajase de la cruz, o que resucitase tal como ellos le habían entendido, pero pasaron las horas, pasaron los días, y fueron perdiendo la esperanza.

Dicen los especialistas que permanecieron encerrados en Jerusalén hasta que finalizó la Pascua, y que salieron de allí mezclados con los peregrinos que volvían a sus lugares de origen tras celebrarla. Esta interpretación parece corroborada por el propio Juan, quien afirma en su evangelio que regresaron a Galilea y retomaron sus ocupaciones. Pedro, Andrés y los Zebedeos volvieron a la mar.

Su fe había muerto y el mensaje de Jesús parecía irremisiblemente perdido, pero Dios estaba con él, y su Espíritu actuó con tal fuerza sobre ellos, que sus ojos se abrieron definitivamente y al fin creyeron bien. Y recuperaron la esperanza, y con ella recuperaron también el coraje necesario para abrazar con ímpetu arrollador la misión –aparentemente imposible– de proclamar la fe en un profeta crucificado. Dice Lucas en Hechos que en su primera aparición pública se convirtieron tres mil personas.

Sin duda ha sido también el espíritu de Dios el que ha mantenido el mensaje de Jesús hasta nuestros días a pesar de las innumerables barbaridades que sus seguidores hemos cometido en el seno de “su” Iglesia, y ello nos hace albergar la esperanza de que seguirá soplando hasta llevar a la humanidad a plenitud.

Como decía Ruiz de Galarreta «Creer en el viento de Dios es una hermosa profesión de fe en que Dios no está ausente, sino presente y activo de una manera muy concreta: alentando, empujando».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Me quedo con el asombro.

domingo, 8 de junio de 2025
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“El exceso de explicación nos aleja del asombro”. Esta afirmación de Ionesco, leída por casualidad, resulta muy inspiradora a la hora de celebrar Pentecostés y nos invita a alejarnos un poco del mundo de los razonamientos teológicos y explorar el mundo de las imágenes y los símbolos a la hora de hablar del Espíritu. Porque, además, es el que empleaba el experto en lenguaje que era Jesús cuando hablaba de candiles, remiendos, rebaños, arcas o pellejos de vino para acercar a nosotros el misterio del Reino.

Partimos de imágenes que tienen el copyright de Pablo pero que seguramente aceptaría que las adaptáramos hoy a otros ámbitos como el deporte, la informática o los negocios. Expresarlas en femenino permite ser coherentes con el lenguaje bíblico que califica como Ruaj, un término femenino, a la fuerza espiritual divina.

“Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, él dará testimonio de mí.” (Jn 15,26). La palabra “Paráclito” viene de un verbo griego que expresa la acción de confortar, defender, exhortar, animar… Suele traducirse como “defensor”, pensando seguramente en el papel que hace el abogado con su cliente, pero existen otros ámbitos, aparte del jurídico, que iluminan también en qué consiste la acción del Espíritu. Uno de ellos es el del deporte y, dentro de él, la figura del entrenador de un atleta o de un equipo es un personaje que simboliza bien esa acción de “estar a favor”, de implicarse, de emplear todas sus energías, saberes y estrategias al servicio de los que entrena. Y no hay nadie que tenga más empeño que él en conseguir que jueguen bien y que alcancen la victoria los aquellos a los que ha dedicado su tiempo y su esfuerzo. En este juego de nuestra vida cristiana, sabemos que podemos contar siempre con una “Entrenadora” que está siempre de nuestra parte, que nos anima y nos estimula, que conoce bien nuestros recursos y también nuestros fallos y que puede enseñarnos a sacar partido de todo ello para conseguir la victoria.

“El Espíritu lo sondea todo, incluso las profundidades de Dios” (1Cor 2,10). Al intercambiar sin demasiado esfuerzo el verbo “sondear” por el de “navegar”, uno de los verbos más utilizados en informática, encontramos en ese lenguaje expresiones que permitirían hablar de la Ruaj como Navegadora” porque “permite acceder”, “abre ventanas”, “posibilita la búsqueda de respuestas…” Si la elegimos como Navegadora por defecto, nos dará acceso a la experiencia de la inmerecida generosidad y abrirá nuestras ventanas a la compasión, la solidaridad y el perdón.

“Habéis sido sellados con el Espíritu Santo…” (Ef 1,13b). “El Espíritu atestigua que somos hijos de Dios” (Rom 8,16). Si estamos ante un lenguaje de mercado y el consumo que habla de marcas, sellos de calidad y etiquetas ¿no podemos llamar a la Ruaj “Controladora” de nuestra denominación de origen? Ella nos marca con un sello que atestigua quiénes somos y nos recuerda nuestra verdadera procedencia: “No habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos que nos permite clamar: “Abba, Padre” (Rom 8, 14). “Sois raza escogida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para proclamar la grandeza del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa”, proclama la Primera carta de Pedro (2,9) y Pablo no dejaba que los Filipenses olvidaran qué nacionalidad figuraba en su “pasaporte”: “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos recibir al Señor Jesucristo…” (Fil 3,20).

Solo necesitamos desplegar nuestras velas” y dejar que la Ruaj nos conduzca hacia ese Dios de la donación, la abundancia, la generosidad y el exceso que se nos ha revelado en Jesús.

De todas maneras, quien siga prefiriendo evocar al Espíritu como dulce huésped del alma, sombra en medio del bochorno, brisa que nos refresca o llama que derrite nuestro hielo…, está en su derecho y para ser totalmente sincera, me parece que también yo.

Dolores Aleixandre RSCJ

Fuente Fe Adulta

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Paz a vosotros/as. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

domingo, 8 de junio de 2025
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Al anochecer de aquel día

Juan nos presenta una escena en la que los discípulos y discípulas de Jesús se encuentran escondidos/as y llenos/as de miedo. Las palabras de María Magdalena anunciándoles que el Señor y Maestro estaba vivo (Jn 20, 18) no parecían suficientes para fortalecer su fe y su esperanza.

La noche seguía rodeándoles y el desaliento les hacía vulnerables a las amenazas de quienes seguían cerrados a la oferta salvadora de Jesús. No querían dejar la seguridad de la casa, se sentían abandonados/as y quizá tentados/as a abandonar la causa que había movilizado sus vidas.

Comenzaba el domingo y reunidos/os entorno a la mesa en la que tantas veces se habían encontrado con Jesús, en la que junto al pan y el vino sus mentes se llenaban de recuerdos, de experiencias compartidas, de palabras que habían cambiado sus vidas. Pero el miedo seguía siendo más fuerte que la memoria de lo vivido junto a Jesús y se agarraban a las pocas seguridades que les quedaban.

Cuantas veces, como ellos y ellas, sentimos que el miedo nos paraliza, nos encierra en nosotros/as mismos/as y nos ofrece argumentos para la impotencia, razones para renunciar a la esperanza, oscuridades que nos abrazan y justifican nuestra cobardía.

Les enseñó las manos y el costado.

En la noche de sus vidas casi sin deseos de que amaneciera, Jesús, se hace presente y los invita a abandonar el temor, a abrirse a la osadía de confiar en él a pesar del fracaso de la cruz.

No les reprocha su conducta, ni les pide actitudes heroicas. Sencillamente les ofrece la paz. Una paz que les ayude a mirar de frente, acogiendo su propia fragilidad e impotencia. Una paz que los libere de sus temores y recelos y los capacite para el perdón y la reconciliación con los enemigos de dentro y de fuera. Una paz que serene su corazón y les ayude a ponerse de nuevo en pie, con valentía y decisión. Una paz que los haga de nuevo discípulos y discípulas.

Ahora son de nuevo enviados/as a anunciar la Buena Noticia de un Dios siempre amor y perdón. A construir comunidades liberadas y liberadoras, acompañadas y acompañantes, pacificas y pacificadoras.

Hoy también cada una de nosotras y de nosotros estamos invitadas/os a acoger esa paz sabiendo que no nos ayudará a tranquilizar nuestras conciencias ni a conformarnos con aquietar nuestro espíritu, sino que nos hará más conscientes de la misión a la que somos enviadas/os.

Una paz que, en la misión, nos posibilitará caminos de encuentros, de discernimiento y consenso, y nos facilitará mantener viva la memoria de la esperanza.   Una paz que no silencia el conflicto, sino que lo atraviesa y lo reconcilia. Una paz que no necesita tratados que la aseguren porque ella misma es el verdadero antídoto a la violencia, al odio y a todo lo que quiebra el futuro.

Recibid el Espíritu Santo

No es fácil acoger esa paz, pero la santa Ruah de Dios permanece con nosotras y nosotros. Ella será nuestra brújula para seguir siempre los senderos de la bondad y el perdón. Ella será la brisa que serenará nuestros miedos y nos invitará a confiar siempre en las posibilidades de todo ser humano. Ella nos ayudará a sanar nuestras heridas, a tender puentes con lo distinto y enfrentado porque no es el pecado lo que importa sino reconstruir toda vida rota, hacer florecer lo posible e incluir todo lo que permanecía disperso.

Esa es la promesa de Jesús resucitado y esa es nuestra tarea.

Carme Soto Varela

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Vivir en el gozo.

domingo, 8 de junio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 8 junio 2025

Jn 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

***

La tradición cristiana afirma que el gozo es el gran don del Espíritu. De hecho, algunos de los primeros escritores cristianos nombraban al Espíritu como “El gozo de Dios”. Lo que no queda tan claro es el modo como llegar a vivirlo o las condiciones que se requieren para estar disponibles al mismo.

De entrada, me parece que la condición básica para acceder al gozo es el silencio de la mente. Sin estar acallada, la mente nos sitúa de manera automática en el modo hacer. Pero el gozo no se halla en lo que hacemos, sino en lo que somos. Y únicamente vivimos en modo ser en la medida en que nuestra mente permanece silenciada.

No es difícil comprobar que la mente se halla habitualmente en conflicto con la realidad, porque nunca termina de estar satisfecha. Desearía más bien que las cosas fueran de otro modo. Siempre gira con la idea de que tendría que añadir o quitar algo a cualquier circunstancia que le toca vivir. Por ese motivo, no puede nunca parar: el no-gusto con lo real la lleva a estar todo el tiempo deseando modificarlo. Lo que consigue con ello no es sino aumentar la ansiedad, la insatisfacción y, finalmente, el estrés, que la aleja de la paz y del gozo.

Sin embargo, todos podemos también experimentar que, en nosotros, por debajo de toda esa hiperactividad mental, hay un “lugar” al que le basta con, simplemente, ser. No necesita estar haciendo constantemente, porque no está en conflicto con nada. Sencillamente, es.

Y se descubre entonces una paradoja admirable. Cuando vivimos en modo ser, no se cae en la inactividad. Desde ahí, constatas que aumenta el dinamismo y la creatividad. Pero constatas también que no nacen ya de la ansiedad y del conflicto con la realidad, sino desde la fuente misma de la vida que se despliega armoniosamente.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Pentecostés: espiritual es quien otea siempre el horizonte para hallar un fragmento de paz, alegría y ganas de vivir

domingo, 8 de junio de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Pentecostés concluye la Pascua de Jesucristo.

Con la Pascua de Pentecostés concluimos la celebración de la cincuentena pascual.

Pero no se trata de terminar un ciclo litúrgico a los cincuenta días, sino que significa que el buen espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, permanece en la comunidad cristiana, en los creyentes. Aunque Jesús ya no está físicamente entre nosotros, sin embargo su espíritu, su aliento vital, continúan presentes entre nosotros: en la Iglesia  y ¿por qué no? en la humanidad.

02.- Dos relatos de Pentecostés.

        Hemos escuchado dos relatos de Pentecostés:

  1. De San Lucas en los Hechos de los Apóstoles (1ª lectura).
  2. De San Juan: el mismo día de Pascua. (Evangelio)

El relato del libro de los Hechos es la antítesis de la Torre de Babel. En la Torre de Babel todos querían llegar al “cielo” del poder, y como no había, no tenían un buen espíritu, no se entendían.

La Torre de Babel es lo más parecido a una campaña electoral: todos quieren llegar a la cúspide -al cielo- del poder, por eso no se entienden.

El relato de San Lucas de Pentecostés dice que por Pascua estaban en Jerusalén personas (miles de personas) de todo el mundo: partos, medos y elamitas, de Mesopotamia, Judea, Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, de Roma, judíos, cretenses y árabes; y a pesar de ser tan diversos y dispares, se entendían; comprendían lo que allí se decía porque había un Espíritu común bueno, el espíritu bueno -santo- de Jesús.

En la tradición de San Juan Pentecostés comienza ya en la cruz de Cristo: Inclinando la cabeza, entregó su espíritu a la Iglesia naciente presente en la madre del Señor y el Discípulos Amado.

Y -en San Juan- Pentecostés concluye el día de Pascua, cuando los discípulos, la iglesia naciente se encuentra encerrada, con miedo. Jesús se hace presente y les confiere su espíritu: Recibid espíritu santo, espíritu bueno.

Un aspecto importante a tener en cuenta es que son las mismas palabras que Dios dice en el Génesis sobre el barro de Adán: insufló su aliento (hálito) vital sobre Adán (barro: debilidad) y éste, Adán, comienza a ser viviente, ser humano.

Entonces Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento (hálito) de vida, y resultó el hombre un ser viviente. (Gn 2,7).

Jesús infunde a la iglesia naciente, lo mismo que Dios insufló al barro humano: nefesh, [1] una palabra hebrea un poco rara para nosotros, pero que significa (respiración / garganta) hálito vital, aliento vital, o en lenguaje coloquial: ganas de vivir, ser viviente.

03.- Jesús: el buen espíritu de Jesús

Jesús no se avergüenza de sus discípulos a pesar de que algunos le han traicionado, otros se han marchado desesperanzados (Tomás, los de Emaús, etc). Jesús no nos abandona nunca.

Cuando Jesús se hace presente en aquel grupo desalentado y miedoso les infunde; paz, alegría y aliento vital (espíritu santo).

En una persona, en una institución, en una comunidad en la que el espíritu de JesuCristo está presente se vive en paz, serenidad-alegría y se tiene buen espíritu, aliento vital.

No sería un mal programa de vida para el nuevo papa, León, -y para nosotros- transmitir paz, alegría y ganas de vivir.

04.- El ser humano es espíritu.

Conviene recordarnos que el ser humano es espiritual. Esto no significa que el hombre espiritual tenga un temperamento blando y dado a cuestiones eclesiásticas y melifluas, sino que significa que el ser humano es abierto transcendente.

El hombre es absoluta apertura, el hombre es espíritu. La transcendencia hacia el ser, hacia el horizonte absoluto es la estructura fundamental del hombre. (K. Rahner, Oyente de la. Palabra, 73)

Sin embargo hoy en día en nuestro hábitat cultural hemos dinamitado la dimensión espiritual. No es que no practiquemos la religión o la espiritualidad, sino que la cultura occidental  considera que no somos espirituales, somos pura materia, no espíritu ni trascendencia,

Hemos descartado de la vida humana la dimensión espiritual y transcendente. Y cuando no somos trascendentes, la vida y la sociedad, las personas, incluso la misma Iglesia se tornan intranscendentes.

Lo más importante que hacen o hacemos muchos de nuestros conciudadanos es trabajar para llenar el carro de la compra en Eroski, comer, ver la tv, unas vacaciones y poco más.

Y quizás, por la intranscendencia en que vivimos, no amamos ni buscamos ya la verdad sino la ideología, no amamos la cultura, sino el beneficio que esta pueda reportar. Hemos dejado de tener ideales, y somos vulgares “sanchopanzas” del poder, del placer y del dinero.

El espíritu clerical y el funcionariado eclesiástico en general puede que sea muy religioso o cumplidor, pero eso no es ser espiritual. A una Iglesia de funcionarios no se le puede pedir espíritu, ni amor a la verdad, ni libertad, ni coraje para existir, ni cambios, ni tiene ánimo, no tiene espíritu que transmitir.

Ya San Pablo clamaba: ¡No apaguéis el espíritu! (1Tes 5,19). Si eliminamos la dimensión espiritual y transcendente de nuestra vida y de nuestra sociedad, nos convertiremos a los ídolos, y haremos del vientre, de los aranceles, de la patria, de la nación, del placer, del poder, nuestro Dios.

Espiritual es quien está abierto siempre y en camino, como en el Éxodo, como los dos de Emaús.

Espiritual es quien ama apasionadamente la Verdad y otea siempre el horizonte por si encuentra en él un fragmento de luz y de Verdad, un apunte de Dios.

        El espíritu de Jesús es bueno, es santo: anunciar el evangelio a los pobres, proclamar libertad a los cautivos, sanar los corazones afligidos, para proclamar el año de gracia de Dios. (Lucas 4,18-19)

Así pues: recibid Espíritu Santo.

[1] Nefesh aparece 775 veces en la Biblia y no significa «alma«; de ahí que sea incorrecta en la mayoría de los casos la traducción de los LXX por psyché. Nefesh hace referencia a algo sensible (garganta, cuello, respiración) y, por extensión, significa aliento y vida. Ser “animado”, viviente sería una buena traducción de nefesh.

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