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“Hablar de la vida”, por Gema Juan, OCD

Domingo, 10 de mayo de 2015

17111265399_19b8f04161_mDe su blog Juntos Andemos:

Hablar de la vida ante la muerte es arriesgado. Hay que hacerlo, porque lo merecen los perdidos y todos los que sufren la pérdida. Y porque el mundo está levantado sobre unos andamios que tienen tramos falsos y resquebrajados, que hay que transformar.

¿Cómo hablar de la vida ante cuatrocientas personas muertas en el mar, mientras intentaban alcanzar una vida mejor? ¿Y ante las enormes cifras que se han vuelto a sumar, convirtiendo el mediterráneo en una triste fosa común? ¿Cómo hacerlo tras la masacre de Kenia o de Nigeria o de…? ¿Cómo hablar ante tanta muerte sin sentido?

Un comunicado de Cáritas española decía que todos estos muertos no son anónimos, que «tenían nombre, familia. Eran dueños de su propia historia y de sus sueños. Eran seres humanos como nosotros, únicos e irrepetibles». Así es: no existen personas anónimas, no hay latitud en la que se carezca de nombre y rostro.

Jesús habló de la vida ante la muerte. Tuvo el valor de hacerlo, porque se ofreció como vida. Decía que tenía que anunciar una buena noticia en medio del sufrimiento, que para eso había sido enviado. Por eso, curaba y devolvía el aliento, cuando era posible. Pudo consolar y devolver la confianza, lo mismo a una mujer de un pueblecillo que a un jefe de la sinagoga. Y, en ambos casos, usó la fuerza de su bondad para aliviar el dolor.

Algo de eso animó a otra mujer, siglos después de que Jesús se pusiera a disposición de los sufrientes de la tierra, para aliviarles y mostrarles otra vida posible. En una pequeña ciudad francesa, Teresa de Lisieux –Teresita– escribía que su «deseo de salvar almas creció de día en día», desde que entendió que eso era lo que hacía el amor de Jesús.

Seguía los pasos de su Madre, Teresa de Jesús, que hablaba de la «caridad de los que verdaderamente aman este Señor y conocen su condición». Esos –decía– «¡Qué poco descanso podrán tener si ven que son un poquito de parte para que una alma sola se aproveche y ame más a Dios, o para darle algún consuelo, o para quitarla de algún peligro!».

Teresita había comprendido bien la vocación que Teresa de Jesús abrió en la Iglesia. Y había reconocido a Jesús como la vida misma. Había experimentado aquellas palabras del Viviente: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».

Comprendió que la fe –como decía Jesús– puede mover montañas. Que la confianza mueve el mundo y el amor sostiene las fuerzas que trabajan por el bien. Y, cuando se veía impotente ante el sufrimiento del mundo, ante las pérdidas humanas, decía: «Sufriendo se puede salvar almas».

¿Acaso creía Teresita en un Dios al que se podía satisfacer o conquistar con sufrimientos? En absoluto. Sentía muy vivo al Padre de Jesús, como Dios de bondad y misericordia, por eso decía: «Comprendo tan bien que fuera del amor no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que es el amor el único bien que ambiciono».

Lo que entendía es que unirse al Cristo vivo era seguir su camino y que lo que podía crear resurrección, en medio de los dolores del mundo, era dejar el propio descanso para cuidar a los demás. Sin ingenuidades ni heroísmos de hojalata, porque su experiencia profunda la privó de cualquier credulidad y ensoñación sobre la santidad.

Cuando Teresita diga que se sienta a la «mesa de los pecadores», será una proximidad verdadera la que tenga con los sufrientes del mundo. Ella que escribió: «Nunca hubiera creído que se pudiese sufrir tanto» sintió, también, que su descanso sería seguir trabajando por la vida de todos.

Así, llegará a decir: «Yo no puedo convertir mi cielo en una fiesta, no puedo descansar mientras haya almas que salvar», mientras haya seres humanos con nombre propio, sueños e historia que no pueden vivir a causa de unos andamios perniciosos, construidos por otros seres humanos.

Es necesario levantar otra estructura, para un mundo truncado por tantos cabos. Y, como decía Teresa y tan bien asimiló Teresita: «Cuando no puede con obras, con oración, importunando al Señor por las muchas almas que la lastima de ver que se pierden».

¿Se puede hablar de la vida? ¿Es posible vivir en la alegría? Sí, porque la fe en el amor puede ser más fuerte que todo el dolor y más tenaz que la persistencia del mal. Pero jamás –y así lo expresaba Teresita– habrá descanso ni gozo completo hasta que todos, sin excepción, encuentren el gozo y el descanso.

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“Desempolvar a Dios”, por Gema Juan OCD

Miércoles, 8 de octubre de 2014

15243177266_e7e4107ab9_mLeído en su blog Juntos Andemos:

Los evangelios, escritos por manos diferentes, en situaciones distintas y para comunidades diversas, tienen muchas cosas en común. La principal es la necesidad transmitir la buena noticia que es Jesús y con Él, la alegría de recuperar a Dios, al Dios verdadero.

Los evangelistas querían sanear la idea que las gentes tenían de Dios, porque les importaba su felicidad y una idea equivocada de Él podía generar mucha angustia y tristeza; pues Dios pasaba de ser el aliento y la bondad que sostiene la vida, a ser un quisquilloso supervisor.

Jesús quitaba vendas de los ojos y devolvía la voz a quienes la habían perdido, desataba los pies trabados y reponía la fuerza a los que encallaban en la arena de la vida. Lo hacía con una ternura conmovedora, que dejaba ver la pasión que le movía, la que le llevaba a sacudir los cimientos de su religión y a desmontar comercios y marañas espirituales que ahogaban la fe. Cerraba grietas, para que no se desangrara ningún inocente y abría unas entrañas maternas infinitas, para que nadie, absolutamente nadie, pensara que tenía cerrado el acceso a Dios.

Jesús hablaba así de su Padre. Pero con el tiempo, esa imagen se cubrió de polvo y apenas se podía ver su verdadero rostro. Tanto amor revelaba un Dios que no tenía fronteras, que no ponía límites a su bondad. Y eso tambaleaba la imagen de un Dios justo, que «premia a los buenos y castiga a los malos». Rompía las reglas de un juego establecido.

Desempolvar al Dios verdadero ha sido tarea de muchos creyentes y todavía es una tarea necesaria hoy. Sacarle de las alacenas, por más honorables que sean estas. Quitar la máquina registradora, no llevar cuentas, no tener resguardos ni hacer negocios con Él.

Una mujer, que se reconoció entre aquellos de los que Jesús decía: «Dejad que se acerquen a mí», que se veía entre los menores y menos considerados, quitó una gruesa capa de polvo al buen Dios. Era muy cuidadosa y no perdía ocasión de agradarle y mostrarle su amor. Pero tenía una intuición: el amor era confiar sin límites y solo la confianza podía unir a Dios.

Así fue desempolvando y redescubriendo al Dios de Jesús. Conforme avanzaba, quedaban más lejos de ella los usos de su tiempo: un tiempo consagrado a un Dios más justiciero que justo, un Dios que pagaba a sus fieles y castigaba a los insumisos. Y un tiempo donde servir a Dios tenía un camino por excelencia: hacer méritos y sufrir por Él.

couv5850g_260Teresa de Lisieux, muy cerca siempre de Jesús, fue desmontando falsos altares. No siguió un camino confortable, pero tenía una fe muy profunda y una sinceridad extraordinaria. Con ambas cosas, trazó rutas sencillas de acceso al verdadero Dios. Sintió que no podía traficar con Él y no cedió a las presiones, a pesar de alejarse de los cánones de santidad del momento.

Se sentía íntimamente impulsada por el amor descubierto, por el Dios que «se hace mendigo de nuestro amor… Te aseguro que Dios es mucho mejor de lo que piensas» —le decía a su hermana Leonia. Y con ello advierte, todavía hoy, a todo el que se acerca a Dios.

Así es como llega a comprender una idea que compartirá con un hombre que nace poco después de su muerte, Dietrich Bonhoeffer. Los dos refrescan la idea de un Dios a quien no satisface el sacrificio por sí mismo, sino descubrir su misericordia en todo y aceptarla como un camino de seguimiento. El teólogo protestante y la monja carmelita se unen desempolvando el rostro de Dios.

Bonhoeffer señalaría un error importante: la creencia de que se sirve más a Dios en el sufrimiento que en la alegría. Y advertía que el seguimiento se realiza acogiendo su voluntad, sea cual sea. Si es a través de circunstancias amables, seguirle en ellas. Si es en el camino del sufrimiento, hacerlo igualmente. ¿Qué Dios sería ese a quien le fuera más grato el sufrimiento?

Teresa, en la última etapa de su vida, enferma ya, decía a su hermana Inés que en otro tiempo, para mortificarse, mientras comía pensaba en cosas repugnantes. Y le añadió: «Después, me pareció más sencillo ofrecerle a Dios lo que me gustaba». Ese es el Dios que descubre: un Dios que desea lo bueno para todos y que, por eso mismo, alienta la generosidad en cada corazón.

A Teresa le llevó un tiempo comprender que «fuera del amor nada puede hacernos gratos a Dios», que a Él solo el amor le sirve. Desde ahí llegaría a entender lo que el teólogo supo después, que servir a Dios es decir: «Hágase tu voluntad». «¡Nada de merecer! Dar gusto a Dios». De eso se trataba.

Con un humor delicioso, diría a la madre María de Gonzaga, que le hacía tener una estufilla en invierno: «Las demás se presentarán en el cielo con sus instrumentos de penitencia, y yo con un brasero, pero solo cuenta el amor y la obediencia». Cuenta decir: «Hágase».

Teresa decía: «Compruebo con gozo que, amándole a Él, se ha agrandado mi corazón, y se ha hecho capaz de dar a los que ama una ternura incomparablemente mayor que si se hubiese concentrado en un amor egoísta e infructuoso». El Dios desempolvado rescata lo mejor de los seres humanos. Por ello, merece la pena seguir quitando cualquier capa que cubra su verdad.

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Teresa de Lisieux: “El abandono es el fruto delicioso del amor”

Miércoles, 1 de octubre de 2014

Hoy, en la Fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, meditamos en su camino de infancia espiritual, de abandono en las manos generosas y misericordiosas del Padre…

tumblr_mxqqcpgwxO1riarmho1_500 Hay en la tierra un árbol, árbol maravilloso,
cuya raíz se encuentra,¡oh misterio!, en el cielo.

Acogido a su sombra, nada ni nadie te podrá alcanzar;
sin miedo a la tormenta, bajo él puedes descansar.

El árbol inefable lleva por nombre «amor».
Su fruto deleitable se llama «el abandono».

Ya en esta misma vida este fruto me da felicidad,
mi alma se recrea con su divino aroma.

Al tocarlo mi mano, me parece un tesoro.
Al llevarlo a la boca, me parece más dulce todavía.

Un mar de paz me da ya en este mundo,
un océano de paz,
y en esta paz profunda descanso para siempre.

El abandono, sólo el abandono
a tus brazos me entrega, ¡oh Jesús mío!,
y es el que me hace vivir con la vida de tus elegidos.

A ti, divino Esposo, me abandono, y no quiero
nada más en la vida que tu dulce mirada.

Quiero sonreír siempre, dormirme en tu regazo
y repetirte en él que te amo, mi Señor.

Como la margarita de amarilla corola,
yo, florecilla humilde, abro al sol mi capullo.

Mi dulce sol de vida, mi amadísimo Rey,
es tu divina hostia pequeña como yo…

El rayo luminoso de tu celeste llama
nacer hace en mi alma el perfecto abandono.

Todas las criaturas pueden abandonarme,
lo aceptaré sin queja y viviré a tu lado.

Y si tú me dejases, ¡oh divino tesoro!,
aun viéndome privada de tus dulces caricias,
seguiré sonriendo.

En paz yo esperaré, Jesús, tu vuelta,
no interrumpiendo nunca mis cánticos de amor.

Nada, nada me inquieta, nada puede turbarme,
más alto que la alondra sabe volar mi alma.

Encima de las nubes el cielo es siempre azul,
y se tocan las playas del reino de mi Dios.

Espero en paz la gloria de la celeste patria,
pues hallo en el copón el suave fruto
¡el dulcísimo fruto del amor!

*

Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz

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Arroja en el Señor tus ansiedades y Él te sustentará: El abandono en Teresa de Lisieux

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María

Lunes, 8 de septiembre de 2014

En la Festividad de la Natividad de María. Del blog de la Communion Béthanie:

Caminemos todo el verano con el papa Juan XXIII

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“Cualquiera que sean nuestros estados de vida y de responsabilidades,

estamos totalmente envueltos en la maternidad dulce de María,

que cumple para nosotros los mismos hechos que toda madre prodiga a sus hijos:

ama, vela, protege, intercede…

Como la pequeña Teresa de Lisieux, ama siempre más a María,

y, siempre más también,  has de saber hacerla amar.

Qué, por ella, traigas a tus hermanos a Cristo Jesús.”

*

Su Santidad Juan XXIII

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“El ascensor II: Descender”, por Gema Juan OCD

Viernes, 13 de junio de 2014

14044052317_1eda925f7b_mLeído en su blog Juntos Andemos:

«No sentí ningún viento impetuoso al descender el Espíritu Santo, sino más bien aquella brisa tenue cuyo susurro escuchó Elías en el monte Horeb».

Así explicaba Teresita lo que había sentido al recibir lo que ella llamaba el «sacramento de amor», la confirmación. Esa «brisa tenue» le llevará a descubrir, poco a poco, qué es el amor y a unirse al Espíritu que desciende.

Años después de esa experiencia, diría a sus hermanas, Inés y María, dos cosas: que solo «la confianza puede conducirnos al amor» y que es «propio del amor abajarse». Si fiarse es ascender, confiar también va a ser descender, dejándose llevar por el Espíritu.

Teresita ha entendido muy bien la doctrina de su querido Juan de la Cruz, que decía: «En este camino el bajar es subir, y el subir, bajar» y añadía que, para enseñar al alma, «suele Dios hacerla subir por esta escala para que baje, y hacerla bajar para que suba». Así se avanza por el camino del amor.

Juan de la Cruz no estaba haciendo un juego de palabras, sino poniendo de manifiesto algo que Teresita ha captado, y que pertenece al alma del evangelio: Jesús revela al Dios que invierte los términos, que busca a los últimos y para quien los pobres son bienaventurados.

Con frecuencia, en sus escritos, ella misma dice que se ha visto inspirada. Detrás de esas inspiraciones está el que ella llamaba «Espíritu de amor». Recordará las palabras de Jesús: «Nadie puede venir a mí, si no lo trae mi Padre que me ha enviado», y las de Pablo: «Sin ese Espíritu de amor, no podemos llamar “Padre” a nuestro Padre que está en el cielo».

Jesús había dicho que el Espíritu Santo animaría la fe de sus discípulos, los de la primera hora y los que vendrían después. El Espíritu «hará que recordéis… os lo explicará todo… os iluminará para que podáis entender la verdad completa». Esa parece ser la experiencia de Teresita, que recupera la esencia del evangelio y comprende qué es el amor.

Sus intuiciones son muy hondas. Hablará de confianza y amor, de desprendimiento, lucidez y generosidad. Hablará de cómo el Espíritu activa el modo de ser de Jesús, en quien se deja conducir. Pero ella misma decía: «Los pensamientos más hermosos no son nada sin las obras». Por eso, buscaba al Espíritu en lo cotidiano y vivía con Él, en las más pequeñas cosas.

De esta manera, habla con naturalidad de comunión y desprendimiento, a la vez. No como un esfuerzo o como resultado de heroísmos imposibles, sino como quien ve a los demás dignos de tener y compartir todo lo que parece propio, porque son hermanos e hijos de un mismo Padre.

Comprende que «las intuiciones de la inteligencia y del corazón» son riquezas, por eso, llega a decir cosas tan radicales como que: «Si alguna vez me ocurre pensar y decir algo que les gusta a mis hermanas, me parece completamente natural que se apropien de ello como de un bien suyo propio. Ese pensamiento pertenece al Espíritu Santo y no a mí».

Entendía, también, que está lejos del Espíritu rehuir al que pide, esquivar, en cualquier circunstancia, la necesidad ajena. Sobre todo, cuando esta no aparece con humildad. Con agudeza, explicaba cómo la propia soberbia no soporta la altivez ajena, mientras que renunciar a cualquier tipo de superioridad une al Espíritu de Jesús.

Es este Espíritu de amor el que le hace descubrir lo que llamaba «derechos imaginarios» que, por supuesto, no tocan ningún derecho humano fundamental sino lo que, tal vez, es menos humano: el egoísmo. Teresita ve, con lucidez, lo que desgasta el inútil afán de que a uno se le dé la importancia que cree merecer. Y cuánto ciega para ver lo que importan los demás.

Le gustaba rezar con una oración muy sencilla. Decía: «Atráeme». Con ella resumía sus deseos, sabía que esa atracción era ir hacia la comunión plena, y lo que quería «identificarse con el fuego… hasta parecer una sola cosa con él».

Lo hizo progresivamente, alentando con su vida la idea de que el camino es posible para todos. Muy pronto había sentido que entraba en ella la caridad, «la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás», pero con el tiempo entendió que «cuanto más adelanta uno en este camino, más lejos se ve del final».

Tan lejos y tan cerca, podrá escribir que Dios es el lugar definitivo de todo, el auténtico punto de apoyo, «Él mismo, Él solo». Llegará a compenetrarse con el Espíritu y a descender con Él: «No me abalanzo al primer puesto, sino al último; en vez de adelantarme con el fariseo, repito llena de confianza la humilde oración del publicano».

Teresita comprende que «la única cosa necesaria» es unirse a Jesús y dejar actuar a su Espíritu. Decía: «Cuanto más unida estoy a Él, más amo a todas mis hermanas». Así pudo «penetrar en las profundidades misteriosas de la caridad» y vivir con «amorosa audacia», infundiendo esperanza.

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“El ascensor I: ascender”, por Gema Juan OCD

Jueves, 12 de junio de 2014

levitacion4Leído en su blog Juntos Andemos:

Poco antes de dejar caer el lápiz con el que anotaba en su último cuaderno, Teresa de Lisieux –Teresita– escribió una página que impresiona, por el exceso de confianza. Confiar tanto parece una osadía. Supone, además, una valentía extraordinaria cuando esa confianza se sostiene, intacta y crecida, en el momento en que se afronta el paso de la muerte, en medio del dolor.

Decía ella que, «aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse», confiaría en Jesús. Sentía que era pura gracia no haber caído en los abismos del mal humano, y añadía: «No es esa la razón de que yo me eleve a Él por la confianza y el amor». Esas fueron las últimas palabras que apuntó.

Quien escribía esas líneas era una mujer joven, que había ingresado, siendo casi una niña, en un monasterio de carmelitas descalzas. Antes, había vivido rodeada de cariño, en un ambiente sumamente espiritual y bondadoso… Teresa apostaba por la confianza y el amor como camino de vida, pero ¿qué sabía de los seres humanos, cuando proponía su «caminito»?

Como ella misma decía, había hecho su «estudio del mundo», sabía que estaba lleno de riberas diferentes. Conocía ya algo del misterio del mal, que después experimentaría desde lo más profundo, y sabía que hay quien queda atrapado en la oscuridad, generando dolor alrededor.

No era tan ingenua como podría insinuar el lugar que ocupaba en el mundo. Un realismo sorprendente acompaña sus palabras y sus pasos. También las responsabilidades que irá asumiendo y sus opciones más personales.

Teresita entronca de lleno con su madre Teresa de Jesús. Por ese realismo y por la conciencia que tiene de lo que ha recibido; por lo enamorada que vive y por el imperioso deseo de comunicar y contagiar a los demás la fuerza, la alegría y la esperanza que regala vivir con Dios.

Escribía, en cierta ocasión, a su hermana Celina: «aprovechémonos de esa predilección de Jesús que en tan pocos años nos ha enseñado tantas cosas, no descuidemos nada que pueda agradarle». Muy pronto comprende que cuando hay una elección por parte de Dios es, únicamente, para el servicio, para el bien de los demás.

Y pronto, también, se hace cargo de dos cosas: de que la única manera de alimentar la paz común es salir de uno mismo, y de que muchas «enfermedades morales son crónicas». Ella va a tomar una decisión: «desempeñar con esas almas heridas el oficio de buen samaritano».

Sabe que hay enfermedades que no se curan y psicologías rotas. Que la reincidencia forma parte de la naturaleza humana y que hay quienes, aunque vean y experimenten la bondad, no pueden unirse a ella y vivir bien. Lo reflejará diáfanamente en su obrita La huida a Egipto donde, quien ha sido sanado y colmado de bendiciones, vuelve a romper la armonía. Ella no va a cejar: la misericordia de Dios y la salvación que trae Jesús son más fuertes que todo.

Con ese equipaje, en un tiempo de bosques espesos, con un ramaje moral y religioso abigarrado, Teresita da con el claro del bosque, el único lugar desde donde podía verse el cielo abierto: la confianza.

No la encontró ni recibió de golpe. La fue amasando en el tiempo, buscando continuamente en la Palabra de Dios, auscultando su propia vida, haciéndose cargo de lo que la rodeaba, mirando a Jesús. Y esa confianza la llevará a comprender que la misericordia de Dios es absoluta: lo precede y lo acompaña todo, y ella es el juicio que Dios hace.

La confianza era para ella «abandono y gratitud». Significaba vivir sabiendo que Dios es hogar, que es «más tierno que una madre» y cobija, pero que impulsa a la vez y, por eso, decía: «Comprendí que la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón». El abandono que vive y al que incita es el de la gratuidad.

Abandonarse era aceptar la maduración propia de la vida, manteniendo la fe, que pierde todo brillo en muchos sucesos de la vida. Y era buscar el bien, a través del amor concreto y continuo. Ambas cosas le llevan a escribir: «Mis deseos infantiles han desaparecido… es el amor lo único que me atrae».

Teresita intuía que había algo de «audaz y temerario» en su camino y, sin embargo, lo veía abierto a todos, porque decía de sí misma: «Soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección». Y, con aquel sano realismo que la caracterizaba, añadía: «Agrandarme es imposible». De modo que tenía que haber un modo de subir.

Buscó y, para hacerlo, se habituó a una buena compañía: «Siento que [Jesús] está dentro de mí, y que me guía momento a momento». Así comprendió que ascender es fiarse y que, si había que subir una escalera en la fe, sería dejándose llevar por Jesús. Por eso habló del invento del ascensor.

En la página final de sus manuscritos, aún añadió: «Dado que Jesús ascendió al cielo, yo solo puedo seguirle siguiendo las huellas que Él dejó… Solo tengo que poner los ojos en el santo Evangelio». Así tomó Teresita el ascensor de subida: siguiendo a Jesús, fiada en su palabra.

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“Creer (III)”, por Gema Juan, OCD.

Miércoles, 14 de mayo de 2014

14027474442_cb475e0120_mLeído en su blog Juntos Andemos:

El breve recorrido hecho apunta continuamente a la fe como encuentro y a la certidumbre de que «no estamos huecos en lo interior», sino habitados. El ser humano es más de lo que aparenta, como recuerda la misma Teresa: «Veo secretos en nosotros mismos que me traen espantada muchas veces».

Habitados por un Dios inmenso que, a la vez, está muy cerca. A Teresa le preocupa que se presente a Dios como un ser lejano e inalcanzable, porque impide encontrarse con Él: «viene todo el daño de no entender con verdad que está cerca, sino imaginarle lejos». Y anima a «no extrañarse de [tener] tan buen huésped», porque la grandeza de Dios está en que no se le «pueden agotar sus misericordias».

Como tantos creyentes, Teresa de Jesús ha vivido de fe y a través de la confianza se ha unido a Dios. Del mismo modo que ella, son muchos los que desde todos los márgenes, han buscado al verse asaltados por una presencia, al intuirla o, sencillamente, al desearla.

Algunos desde muy lejos, como Simone Weil, que decía: «en toda mi vida, jamás, en ningún momento, he buscado a Dios». Sin embargo, tendrá una experiencia de una intensidad estremecedora. Siente que Cristo se hace presente y la toma. Y dirá que era «una presencia más personal, más cierta, más real que la de un ser humano».

Pascal hablará de «una invasión» que le conmueve la vida, para expresar cómo Dios se le había acercado. Y, al igual que sucede a Simone y Teresa, una certeza inamovible se instala en su vida. Cuando Dios irrumpe, cuando se hace presente y caen las barreras interiores que impiden el encuentro, no queda rastro de duda —«queda una certidumbre grandísima», dirá Teresa.

Edith Stein, en cambio, refleja una experiencia serena y silenciosa, pero que contiene un impulso íntimo y una «certeza embriagadora», como ella misma dice. Hablará de un «hecho real, no sentimiento», de los testigos que la han despertado, de poner la vida entera «en contacto con Dios» y de «estar protegido por una bondad y un amor infinitos e inmutables».

Descubre la presencia viva: «Percibo nueva vida en mí… Esta corriente vivificadora proviene de una actividad y una energía que no son las mías, pero que se realizan en mí». Y una aventura que envuelve la vida entera: «Es un mundo infinito que se abre como algo absolutamente nuevo, si uno comienza, en lugar de vivir hacia fuera, hacia adentro».

A Manuel García Morente, que se había llegado a sentir roto en medio del mundo, resentido y perdido de sí, el Dios inmenso, desdeñado por su lejanía e insultante omnipotencia, se le presenta como real, de carne y hueso, tan cercano que no pudo esquivarlo: «Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí». En adelante, una «convicción inquebrantable» acompañará a Manuel: «era Él». Era Dios.

Son solo unos pocos testigos, entre la muchedumbre de los que se ha encontrado con Dios, de quienes se han dado cuenta de que «es muy buen vecino». Han dejado atrás las dudas, porque la experiencia íntima que han vivido tiene efectos que se prolongan en el tiempo. Esa vivencia no quita las vacilaciones que acompañan la vida, ni otras soledades, pero regala una certeza única: «sabemos que siempre nos entiende Dios y está con nosotros. En esto no hay que dudar».

Creer es una decisión profundamente personal que se puede tomar de modos muy diversos. Desde la periferia de las religiones, tal vez sin confesar un Dios personal, pasando por encuentros arrebatadores o pacíficos, hasta decisiones como la de Teresa de Lisieux que, desde el seno mismo del cristianismo, elige creer en medio de la duda más dolorosa y radical.

Teresa explica que Dios «da de muchas maneras a beber», según es cada persona. Y que «hay muchos caminos en este camino del espíritu», para que cada ser humano pueda llegar a encontrarse con Dios. Tiene «tantas maneras y modos» de comunicarse, que no hay obstáculo que sea insalvable para «quien es la misma Sabiduría».

Y añadirá que, como quiera que se dé la experiencia, cualquiera que sea la manera en que Dios se comunica, ese contacto deja un rastro inequívoco: «Queda el deseo de vivir, si Él quiere, para servirle más; y si pudiese, ser parte que siquiera un alma le amase más y alabase».

«Servirle más» es conectar el impulso íntimo del que habla Edith con el «inextinguible impulso, sostenido contra la realidad, de que esta debe cambiar… y se abra paso la justicia». Horkheimer definía de esta manera la religión «en el buen sentido». Así se puede definir la experiencia espiritual en el buen sentido y la mística, cuando lo es en verdad. La fe, en definitiva, cuando es auténtica y personal.

Los testigos que hablan de su encuentro con Dios son los mejores sherpas en el camino de la fe. Unos como destellos y otros como faros, todos dando luz y esperanza para no andar ciegos. Ellos, como Moisés, han visto la «espalda» de Dios: han experimentado su misericordia y su lealtad hecha carne, compañera de vida. Y, viendo, han creído.

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“Mística y violencia: apostar por la paz (III)”, por Gema Juan OCD.

Jueves, 3 de abril de 2014

13045186935_91045a983c_mDe su blog Juntos Andemos:

Al comenzar esta reflexión, recordábamos con D. Sölle, esa parte esencial del mensaje cristiano que recuerda que el ser humano es capaz de cambiar. Y hemos visto que Juan de la Cruz propone un camino para hacerlo, para dejarse transformar.

Explicando esta transformación en su Cántico espiritual, dirá que el cambio consiste en dejar a Dios hacer. Lo que Él hace es evacuar todo lo que tiene ajeno de Dios, es decir, todo lo que no es amor, porque –como dirá poco después– Dios no se sirve de otra cosa sino de amor. Por eso, para Juan, apostar por la paz es poder decir: ya no tengo otro oficio, ya solo en amar es mi ejercicio. Es cambiar el móvil de la vida: todo se mueve por amor y en el amor.

En un precioso artículo sobre reconciliación*, Elías López planteaba lo siguiente:

«La cuestión es: ¿Quién quiere convertirse en un cordero de Dios junto con Jesús, para llevar la herida de ser un trabajador por la paz, y para transformar la muerte por violencia en vida de resurrección? Necesitamos «místicos políticos» (que articulen acción-pasividad y palabra-silencio) entre personas corrientes».

Juan de la Cruz, herido de amor por Dios y por la vida, lo hizo. Su vida y sus escritos lo muestran claramente. La lectura política de sus escritos sigue en ciernes pero, en todo caso, él se revela como un claro cordero de Dios, un no violento, un servidor de la paz.

Que una vida sea ejemplar es importante, pero se puede pedir algo más. El más de crear comunidad, dando otra fuerza a la propia vida. La vida de Juan resulta ejemplar, es decir, inspira y mueve, anima y sostiene. Hace sentir que es posible otra dignidad humana, otra forma de estar en el mundo. Su vida muestra una apuesta práctica y concreta por la paz.

Teresa de Lisieux, hermana y discípula de Juan, escribió: «cuando un alma se ha dejado fascinar…, ya no puede correr sola… porque el amor llama al amor». Eso hace Juan, no corre solo, convoca, crea una red espiritual, es decir, una comunidad que es un tejido de relaciones que mantiene la fuerza del deseo profundo: hacer del amor el centro y, por tanto, generar un mundo más pacífico y justo. Una comunidad unida por aquella sabiduría amorosa que da sostén al empeño de algo mejor para todos.

Juan apuesta por la justicia que lleva a la paz. Desde su atención a los enfermos desahuciados, hasta la que presta a los muchachos pobres del barrio de Ajates, durante los cinco años que vive en Ávila, pasando por la acogida en sus conventos de gentes, incluso «retraídos», es decir, algún refugiado de la época, al que recibió como uno de los suyos.

Apuesta por la implicación. Nadie, al pensar en un místico, en un escritor de obras espirituales, imagina la cantidad de kilómetros que Juan llegó a recorrer, tratando de llevar luz y consuelo. En aquellos ásperos viajes, tropezó en más de una ocasión con reyertas violentas y situaciones deshonestas, y se involucraba en ellas para poner paz y orden. No pasaba de largo, no andaba ni vivía abstraído, ajeno a lo que le rodeaba.

También entre sus hermanos actuó como mediador de paz. Aunque deseaba el silencio y la soledad, no rehuía el compromiso de la fraternidad ordinaria, desde su condición de hermano y, más veces de las que deseó, de superior.

Basta, para terminar, recordar un gesto y unas palabras de Juan que lo muestran como ese cordero con el Cordero, siervo con el Siervo que fue Jesús. Como un hombre capaz de sembrar la paz en la vida cotidiana y, a la vez, capaz de provocar a lo largo del tiempo la apuesta por la paz, desde la experiencia profunda de Dios.

El gesto se produce en Baeza, cuando el provincial de los carmelitas calzados de Andalucía se presenta en la comunidad de Juan —descalzo ya—, con un decreto por el cual tenía potestad para corregir y castigar a los frailes descalzos –cosa que con mucho interés iba a hacer. Sucedió que la justicia ordinaria eclesiástica apresó al provincial y a sus acompañantes porque el decreto había sido revocado. La respuesta de Juan fue inmediata: intercedió para que soltaran a sus propios enemigos y los llevó a su casa para obsequiarlos.

Estas palabras pertenecen a sus cartas, a la última que se conserva, escrita poco antes de morir, a modo de testamento por la paz:

Ame mucho a los que la contradicen y no la aman, porque en eso se engendra amor en el pecho donde no le hay; como hace Dios con nosotros, que nos ama para que le amemos mediante el amor que nos tiene.

* Revista Concilium, 349

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