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Del desencanto al entusiasmo. Domingo 3º de Pascua. Ciclo A.

domingo, 26 de abril de 2020
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20._jesus_appears_at_emmaus-lowresDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Pandemia y esperanza (nota previa)

Los profetas de Israel siempre nadaron contra corriente. Cuando la situación parecía buena desde el punto de vista político, social y económico, denunciaron las injusticias y la corrupción religiosa. Cuando todo iba mal, como después del destierro a Babilonia (en el siglo VI a.C.), transmitieron al pueblo un mensaje de esperanza y consuelo. En estos momentos tan duros, las apariciones de Jesús resucitado desean fomentar nuestra esperanza en un futuro mejor, después de pasar por la trágica experiencia del dolor y la muerte, como le ocurrió a Jesús.

Hay que olvidar lo que sabemos

Para comprender el relato de los discípulos de Emaús hay que olvidar todo lo leído en los días pasados, desde la Vigilia del Sábado Santo, a propósito de las apariciones de Jesús. Porque Lucas ofrece una versión peculiar de los acontecimientos. Al final de su evangelio cuenta solo tres apariciones:

            1) A todas las mujeres, no a dos ni tres, se aparecen dos ángeles cuando van al sepulcro a ungir el cuerpo de Jesús.

            2) A dos discípulos que marchan a Emaús se les aparece Jesús, pero con tal aspecto que no pueden reconocerlo, y desaparece cuando van a comer.

            3) A todos los discípulos, no sólo a los Once, se aparece Jesús en carne y hueso y come ante ellos pan y pescado.

            Dos cosas llaman la atención comparadas con los otros evangelios: 1) las apariciones son para todas y para todos, no para un grupo selecto de mujeres ni para sólo los once. 2) La progresión creciente: ángeles – Jesús irreconocible – Jesús en carne y hueso.

Jesús, Moisés, los profetas y los salmos

            Hay un detalle común a los tres relatos de Lucas: las catequesis. Los ángeles hablan a las mujeres, Jesús habla a los de Emaús, y más tarde a todos los demás. En los tres casos el argumento es el mismo: el Mesías tenía que padecer y morir para entrar en su gloria. El mensaje más escandaloso y difícil de aceptar requiere que se trate con insistencia. Pero, ¿cómo se demuestra que el Mesías tenía que padecer y morir? Los ángeles aducen que Jesús ya lo había anunciado. Jesús, a los de Emaús, se basa en lo dicho por Moisés y los profetas. Y el mismo Jesús, a todos los discípulos, les abre la mente para comprender lo que de él han dicho Moisés, los profetas y los salmos. La palabra de Jesús y todo el Antiguo Testamento quedan al servicio del gran mensaje de la muerte y resurrección.

La trampa política que tiende Lucas

            Para comprender a los discípulos de Emaús hay que recordar el comienzo del evangelio de Lucas, donde distintos personajes formulan las más grandes esperanzas políticas y sociales depositadas en la persona de Jesús. Comienza Gabriel, que repite cinco veces a María que su hijo será rey de Israel. Sigue la misma María, alabando a Dios porque ha depuesto del trono a los poderosos y ensalzado a los humildes, porque a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Los ángeles vuelven a hablar a los pastores del nacimiento del Mesías. Zacarías, el padre de Juan Bautista, también alaba a Dios porque ha suscitado en la casa de David un personaje que librará al pueblo de Israel de la opresión de los enemigos. Finalmente, Ana, la beata revolucionaria de ochenta y cuatro años, habla del niño Jesús a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. Parece como si Lucas alentase este tipo de esperanza político-social-económica.

Del desencanto al entusiasmo

            El tema lo recoge en el capítulo final de su evangelio, encarnándolo en los dos de Emaús, que también esperaban que Jesús fuera el libertador de Israel. No son galileos, no forman parte del grupo inicial, pero han alentado las mismas ilusiones que ellos con respecto a Jesús. Están convencidos de que el poder de sus obras y de su palabra va a ponerlos al servicio de la gran causa religiosa y política: la liberación de Israel. Sin embargo, lo único que consiguió fue su propia condena a muerte. Ahora sólo quedan unas mujeres lunáticas y un grupo se seguidores indecisos y miedosos, que ni siquiera se atreven a salir a la calle o volver a Galilea. A ellos no los domina la indecisión ni el miedo, sino el desencanto. Cortan su relación con los discípulos, se van de Jerusalén.

En este momento tan inadecuado es cuando les sale al encuentro Jesús y les tiene una catequesis que los transforma por completo. Lo curioso es que Jesús no se les revela como el resucitado, ni les dirige palabras de consuelo. Se limita a darles una clase de exégesis, a recorrer la Ley y los Profetas, espigando, explicando y comentando los textos adecuados. Pero no es una clase aburrida. Más tarde comentarán que, al escucharlo, les ardía el corazón.

            El misterioso encuentro termina con un misterio más. Un gesto tan habitual como partir el pan les abre los ojos para reconocer a Jesús. Y en ese mismo momento desaparece. Pero su corazón y su vida han cambiado.

            Los relatos de apariciones, tanto en Lucas como en los otros evangelios, pretenden confirmar en la fe de la resurrección de Jesús. Los argumentos que se usan son muy distintos. Lo típico de este relato es que a la certeza se llega por los dos elementos que terminarán siendo esenciales en las reuniones litúrgicas: la palabra y la eucaristía.

Del entusiasmo al aburrimiento

Por desgracia, la inmensa mayoría de los católicos ha decidido escapar a Emaús y casi ninguno ha vuelto. «La misa no me dice nada». Es el argumento que utilizan muchos, jóvenes y no tan jóvenes, para justificar su ausencia de la celebración eucarística. «De las lecturas no me entero, la homilía es un rollo, y no puedo comulgar porque no me he confesado». En gran parte, quien piensa y dice esto, lleva razón. Y es una pena. Porque lo que podríamos calificar de primera misa, con sus dos partes principales (lectura de la palabra y comunión) fue una experiencia que entusiasmó y reavivó la fe de sus dos únicos participantes: los discípulos de Emaús. Pero hay una grande diferencia: a ellos se les apareció Jesús. La palabra y el rito, sin el contacto personal con el Señor, nunca servirán para suscitar el entusiasmo y hacer que arda el corazón.

Los discípulos de Emaús

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. 

Él les dijo:

― ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: 

― ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?

Él les preguntó:

― ¿Qué?

Ellos le contestaron:

― Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.

Entonces Jesús les dijo:

― ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. 

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Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: 

― Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron:

― ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: 

― Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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III Domingo de Pascua. 26 de abril, 2020.

domingo, 26 de abril de 2020
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Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.”

(Lc 24, 13-35)

Nos ponemos en marcha, en camino, como los dos discípulos que iban a Emaus.

Y es que esto de la resurrección es un proceso.

La Vigilia Pascual tiene un día señalado en el calendario pero el encuentro de cada una con el resucitado no tiene por qué coincidir. Tampoco las primeras discípulas de Jesús se encontraron con el resucitado en el mismo momento ni de la misma manera.

Dios es mucho más original, mucho más sorprendente y, sobre todo, mucho más delicado. Nos conduce y sabe lo que necesitamos.

Sabe que hay personas que no pueden esperar a que amanezca y que llegarán al sepulcro al despuntar la aurora, como María Magdalena, sabe que otras correrán y creerán, al mismo tiempo que otras tomarán el camino contrario alejándose de Jerusalén, de Jesús.

Los dos de Emaus se marchan abrumados por una realidad que a sus ojos tiene un único nombre: FRACASO. Mientras caminan comparten sus esperanzas rotas. Conversan y discuten. Se hacen preguntas. Pero andan enredados en un torbellino sin salida.

Así el resucitado se hace presente sin ser reconocido y lo primero que hace es escucharles. Dejar que desahoguen el corazón.

¡Cuánta ternura y delicadeza en este gesto del resucitado! Él, que conoce mejor que nadie lo que ha sucedido, se deja contar la historia por dos discípulos que van abandonando el seguimiento…

Jesús sigue empeñado en que no se pierda ni uno solo y hace con cada una de nosotras el camino. Aun cuando el camino sea equivocado.

Sabe que lo mejor para nosotras es que Le sigamos, pero cuando la vida nos llena de dudas y decidimos caminar otro camino, nos acompaña. Pierde el tiempo con nosotras. Nos escucha, nos habla. Se toma tiempo para transformarnos.

Hace arder nuestros corazones.

Oración

Nuestra oración de hoy puede ser la misma súplica de los dos de Emaus: “-¡Quédate con nosotras porque atardece y el día va de caída! ¡Quédate!

Y su respuesta: «entró para quedarse…»

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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A Jesús vivo se le hace presente.

domingo, 26 de abril de 2020
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emmausLc 24, 13-35

Por tercer domingo consecutivo se nos propone un relato enmarcado en el “primer día de la semana”. Estos dos discípulos pasan, de creer en un Jesús profeta pero condenado a una muerte destructora, a descubrirlo vivo y dándoles Vida. De la desesperanza, pasan a vivir la presencia de Jesús. Se alejaban de Jerusalén tristes y decepcionados; vuelven a toda prisa, contentos e ilusionados. El pesimismo les hace abandonar el grupo, el optimismo les obliga a volver para contar la gran noticia.

El relato de los discípulos de Emaús, es un prodigio de teología narrativa. En ella podemos descubrir el verdadero sentido de los relatos de apariciones. El objetivo de todos ellos es llevarnos a participar de la experiencia pascual que los primeros seguidores de Jesús vivieron. En ningún caso intentan dar noticias de acontecimientos históricos. Los dos discípulos de Emaús no son personas concretas, sino personajes. No quiere informarnos de lo que pasó una vez, sino de lo que les está pasando cada día a los discípulos de Jesús.

Es Jesús quien toma la iniciativa, como sucede siempre en los relatos de apariciones. Los dos discípulos se alejaban de Jerusalén decepcionados por lo que le había pasado a Jesús. Solo querían apartar de su cabeza aquella pesadilla. Pero a pesar del desengaño sufrido por su muerte y muy a pesar suyo, van hablando de Jesús. Lo primero que hace Jesús es invitarles a desahogarse, les pide que manifiesten toda la amargura que acumulaban. La utopía que les había arrastrado a seguirlo, había dado paso a la más absoluta desesperanza. Pero su corazón todavía estaba con él, a pesar de su horrible muerte.

En este sutil matiz, podemos descubrir una pista para explicar lo que les sucedió a los primeros seguidores de Jesús. La muerte les destrozó, y pensaron que todo había terminado; pero a nivel subconsciente, permaneció un rescoldo que terminó siendo más fuerte que las evidencias tangibles. En el relato de la conversión de Pablo, podemos descubrir algo parecido. Perseguía con ahínco a los cristianos, pero sin darse cuenta, estaba subyugado por la figura de Jesús y en un momento determinado, cayó del burro.

La manera en que el relato describe el reconocimiento (después de haber caminado y discutido con él durante tres kilómetros) y la instantánea desaparición, nos indican claramente que la presencia de Jesús, después de su muerte, no es la de una persona normal. Algo ha cambiado tan profundamente, que los sentidos ya no sirven para reconocer a Jesús. Estos pormenores nos vacunan contra la tentación de interpretar de manera física los detalles de los relatos que nos hablan de Jesús después de su muerte.

Nosotros esperábamos… Esperaban que se cumplieran sus expectativas. No podían sospechar que aquello que esperaban, se había cumplido. Fijaos bien, como refleja esa frase nuestra propia decepción. Esperamos que la Iglesia… Esperamos que el Obispo… esperamos que el concilio… Esperamos que el Papa… Esperamos lo que nadie puede darnos y surge la desilusión. Lo que Dios puede darnos ya lo tenemos. El desengaño es fruto de una falsa esperanza. Por no esperar lo que Jesús da, la desilusión está asegurada.

No es Jesús el que cambia para que le reconozcan, son los ojos de los discípulos los que se abren y se capacitan para reconocerle. No se trata de ver algo nuevo, sino de ver con ojos nuevos lo que tenían delante. No es la realidad la que debe cambiar para que nosotros la aceptemos. Somos nosotros los que tenemos que descubrir la realidad de Jesús Vivo, que tenemos delante de los ojos, pero que no vemos. Hay momentos y lugares donde se hace presente Jesús de manara especial, si de verdad sabemos mirar.

1) En el camino de la vida. Después de su muerte, Jesús va siempre con nosotros en  nuestro caminar. Pero el episodio nos advierte que es posible caminar junto a él y no reconocerlo. Habrá que estar mucho más atento si, de verdad, queremos entrar en  contacto con él. Es una crítica a nuestra religiosidad demasiado apoyada en lo externo. A Jesús ya no lo vamos a encontrar en el templo ni en los rezos sino en la vida real, en el contacto con los demás. Si no lo encontramos ahí, cualquier otra presencia será engañosa.

La concepción dualista que tenemos del mundo y de Dios nos impide descubrirle. Con la idea de un Dios creador que se queda fuera del mundo, no hay manera de verle en la realidad material. Pero Dios no es lo contrario del mundo, ni el Espíritu es lo contrario de la materia. La realidad es una y única, pero en la misma realidad podemos distinguir dos aspectos. Desde el deísmo que considera a Dios como un ser separado y paralelo de los otros seres, será imposible descubrir en las criaturas la presencia de la divinidad.

2) En la Escritura. Si queremos encontrarnos con el Jesús que da Vida, tenemos en las Escrituras un eficaz instrumento. Pero el mensaje de la Escritura no está en la letra sino en la vivencia espiritual que hizo posible el relato. La letra, los conceptos, no son más que el soporte, en el que se ha querido expresar la experiencia de Dios. Dios habla únicamente desde el interior de cada persona, porque el único Dios que existe es el que fundamenta cada ser. Dios solo habla desde lo hondo del ser. Esa experiencia, expresada, es palabra humana, pero volverá a ser palabra de Dios si nos lleva a la vivencia.

3) Al partir el pan: No se trata de una eucaristía, sino de una manera muy personal de partir y repartir el pan. Referencia a tantas comidas en común, a la multiplicación de los panes, etc. Sin duda el gesto narrado hace también referencia a la eucaristía. Cuando se escribió este relato ya había una larga tradición de su celebración. Los cristianos tenían ya ese sacramento como el rito fundamental de la fe. Al ver los signos, se les abren los ojos y le reconocen. Fijaos, un gesto es más eficaz que toda una perorata sobre la Escritura.

4) En la comunidad reunida. Cristo resucitado solo se hace presente en la experiencia de cada uno, pero solo la experiencia compartida me da la seguridad de que es auténtica. Por eso él se hace presente en la comunidad. La comunidad (aunque sean dos) es el marco adecuado para provocar la vivencia. La experiencia compartida, empuja al otro en la misma dirección. El ser humano solo desarrolla sus posibilidades de ser, en la relación con los demás. Jesús hizo presente a Dios amando, es decir, dándose a los demás. Esto es imposible si el ser humano se encuentra aislado y sin contacto alguno con el otro.

El mayor obstáculo para encontrar a Cristo, hoy, es creer que ya lo tenemos. Los discípulos creían haber conocido a Jesús cuando vivieron con él; pero aquel Jesús, que creían ver, no era el auténtico. Solo cuando el falso Jesús desaparece, se ven obligados a buscar al verdadero. A nosotros nos pasa lo mismo. Conocemos a Jesús desde la primera comunión, por eso no necesitamos buscarle. El verdadero Jesús es nuestro compañero de viaje, aunque es muy difícil reconocerlo en todo aquel que se cruza en nuestro camino.

Meditación

Caminó con ellos, discutió con ellos, pero no lo conocieron.
Ni teologías, ni exégesis racionales, te llevarán al verdadero Jesús.
El único camino para encontrarlo es el que conduce al “corazón”.
Tenemos que abrir los ojos, pero no los del cuerpo.
Debemos agudizar la mente, pero no la racional.
Si los ojos de nuestro corazón están abiertos,
lo descubriremos presente en todos y en todo.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Epístola de Pablo a Isidro.

domingo, 26 de abril de 2020
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Arcabas-Emmaus26 de abril. DOMINGO III DE PASCUA

Lc 24, 18-19

Y dijo: ¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su huerto

Estimado Isidro en el Señor:

Naciste en el Magerit, cuando su territorio formaba parte de la taifa del Toledo del área dominada por el Al-Andalus, según cuentan las crónicas del tiempo y en las que se relata tu vida de juventud: una mezcla de los modelos de santidad islámica y cristiana.

Te pasaste la vida arando mientras yo recorría caminos por tierra y por mar, aunque ambos sembrábamos semillas evangélicas semejantes.

Y mientras tú rezabas , los ángeles del cielo hacían horas extraordinarias que nadie les pagaba, cuando yo, en cambio, tenía que trabajar en pieles, en casa de Lidia, vendedora de telas de púrpura y originaria de Tiatira, ¿pues acaso no dije yo en Tesalónica que el que no trabaja que no coma?

Te escribo esta Carta en abril, que es época de sementera, aunque ya me han informado de que tus fiestas son en mayo. Y te la escribo de mi puño y corazón, para que todos vean y recuerden el ejemplo laboral que tú y yo les dimos, pues hay mucho desmemoriado y ciego por esos mundos de Dios.

La zona en la que vivías, Isidro Labrador, era militarmente inestable, e hizo que tu familia se trasladase a Torrelaguna, lugar de refugio, donde conociste a la que sería tu esposa, María de la Cabeza.

Tomás de Bretón compuso para ti la zarzuela La verbena de la Paloma, en la que Julián le canta a Susana:

¿Dónde vas con mantón de manila?
¿Dónde vas con vestido chiné?

Y a la que esta le responde con estilo de manola:

A lucirme y a ver la verbena,
y a meterme en la cama después.

Todo esto no es tampoco un invento mío, Isidro, me lo dijeron también las crónicas, y es posible que sea cierto.

En Los Hechos de los Apóstoles 4, 32, me dijo Pedro lo que contó sobre la comunidad de bienes:

“La multitud de los creyentes tenía una sola alma y un solo corazón. No llamaban a ninguna de sus posesiones, antes lo tenían todo en común”.

Y otro tanto hacías tú, Isidro, con tus vecinos, una de las razones por las que te hicieron santo.

¿Acaso no dijo el Señor: “Dad y se os dará”?

Javier de Granado, un poeta boliviano, describe tu manera de realizar sus diarios quehaceres en un poema. Javier disfrutaba enormemente con los sabores que le ofrecía el campo, el contacto con la naturaleza y la vida campestre: su padre tenía una hacienda en Cochabamba, una bella ciudad rodeada de campos de cultivo, en la que los criados araban la tierra y sembraban semillas.

EL VALLE

Embozado en su poncho de alborada,
la lluvia de oro el sembrador apura,
y el cielo escarcha la pupila oscura
del buey que yergue su cerviz lunada.

Bajo el radiante luminar caldeada,
de agua clara, la tierra se satura,
y la mano del viento en la llanura,
riza de sol la glauca marejada.

Cuaja el otoño las espigas de oro,
y las mocitas en alada ronda
vuelcan su risa en manantial sonoro.

Se curva el indio y en su mano acuna
de un haz de mieses la cabeza blonda,
que siega la guadaña de la luna.

 

 Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Leyendo la narración de Emaús en la comunidad de Lucas.

domingo, 26 de abril de 2020
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CLOFAS~1Cuando Cleofás terminó de narrar en la comunidad su encuentro con el Resucitado en el camino de Emaús, uno de los presentes dijo: «¡Dichosos vosotros, que comisteis y bebisteis con el Señor después de su Resurrección! No ha sido esa nuestra suerte,  sino que lo vamos conociendo de oídas y, aunque creemos en él, no es igual que haber visto su rostro y haber escuchado sus palabras…» Otros hermanos asintieron y todos nos quedamos en silencio.

Era inevitable que llegara aquél momento, y recordé palabras que decían proceder de Jesús en las que llamaba dichosos a los que creyeran en él a pesar de no haberle visto. Era una bienaventuranza difícil, como todas las suyas, que invitaba a los que no le conocimos personalmente a buscarle en el hoy de la comunidad, a contar cada día con su presencia y a seguir abiertos a su acción salvadora.

Me di cuenta de que estábamos en una situación grave y me decidí a preguntar:-«Dime, Andreas ¿de dónde venías antes de estar aquí esta noche?» -«Acabo de llegar de Magdala, adonde me enviasteis para conocer a unos galileos que quieren entrar en nuestro camino» -«¿Y tú, Ana?» -«Estuve llevando a Lidia, la viuda, la colecta que hicimos para ella y sus hijos». Epafras, el presbítero, dijo: «Yo pasé la tarde releyendo en el Profeta Isaías el cuarto canto del Siervo para comentarlo el domingo en la fracción del Pan».

Volví a tomar la palabra: «Os digo de verdad, hermanos, que cada uno de vosotros, ha tenido en el día de hoy un encuentro con el Señor Jesús: Estaba en esos galileos desconocidos a los que acogiste, Andreas. Estaba en las palabras de Isaías que tú leías, Epafras, y te hablaba en ellas. Y estaba en Lidia, la viuda con la que Ana y todos nosotros, compartimos los bienes.

Está aquí ahora, entre nosotros, que le recordamos al partir el Pan. ¿No veis que son las mismas formas de presencia que acabamos de escuchar a Cleofás? No, no fueron sus primeros discípulos más afortunados que nosotros porque él es el Viviente y se nos hace el encontradizo cada día lo mismo que a los de Emaús.»

Han pasado muchos años pero aún recuerdo la alegría que vi en aquellos rostros y la luz que brilló en sus miradas: estaban experimentando, también ellos, el deslumbramiento de reconocer a Jesús y su corazón estaba en ascuas: el Espíritu les había desvelado el misterio del «hoy» y ahora tenían la convicción expectante de que en cada ser humano, en cada palabra de la Escritura en cada gesto de compartir fraterno, el Señor Resucitado, como a los de Emaús, les estaba saliendo al encuentro.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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El camino que vence a la tristeza

domingo, 26 de abril de 2020
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compasion-en-guerra-coreaDomingo III de Pascua

26 abril 2020

Lc 24, 15-35

Parece claro que esta catequesis de Lucas responde a la que era, probablemente, la mayor inquietud de aquellos primeros discípulos: ¿cómo entender que Dios hubiera permitido la muerte violenta de Jesús?; ¿no sería esa una señal de que se trataba de un falso profeta? Si realmente era el “Hijo de Dios”, ¿no habría venido Dios en su ayuda? “Nosotros esperábamos…”, confiesan desde su decepción. Pues bien, a esa frustración y a todos esos interrogantes, la catequesis responde: “era necesario”, ya estaba anunciado en las Escrituras.

         Es sabido que esta lectura sería “elaborada” por la teología posterior, dando lugar a interpretaciones absolutamente deformadas de la muerte de Jesús y del significado de la cruz. Hasta el punto de que cruz y muerte se entenderían como la condición necesaria para que Dios pudiese perdonar el pecado de los “primeros padres”, mostrando la imagen de un Dios ofendido y vengativo que habría exigido “reparar” en Jesús, a través del dolor, la “ofensa” o pecado de Adán y Eva.

        Desde nuestra perspectiva, podemos ver que se trataba sencillamente de una interpretación “intencionada” -en cierto modo, se se entiende bien, “inventada”-, a la que recurrió la primera comunidad para explicarse el “escándalo” de la cruz. Pero el texto no se detiene aquí, sino que parece invitar a los creyentes el camino para encontrarse con el Resucitado: acoger a los desconocidos.

          Y aquí entramos ya en un principio de sabiduría universal: la humanidad se salva de la decepción gracias al encuentro con los demás. Al compartir el camino y acoger a las personas, notamos que nuestro corazón empieza a “arder” y vuelve la alegría. Porque la alegría –como la felicidad– no tiene un sujeto individual; solo es posible en la experiencia de comunión, cuando es compartida.

¿Vivo la acogida y la comunión como gozo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Solamente el que pronunció la primera palabra creadora, tiene la última palabra de vida

domingo, 26 de abril de 2020
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JESÚS - ROSTRO 170 - PEREGRINOS DE EMAÚSDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. una hermosa página del evangelio.

         El relato de los dos discípulos de Emaús (Lc 24,13-35)constituye una de las páginas más hermosas de la Biblia y del Evangelio de San Lucas.

         Podemos sentirnos identificados con los dos de Emaús, al fin y al cabo somos también caminantes, discípulos, que nos vamos del grupo, a veces desesperanzados, muchas veces discutiendo, etc…

         Bueno será que cada uno volvamos al texto y lo leamos, lo meditemos desde nuestra vida, y más en estos momentos que nos tocan vivir.

Vayan algunas consideraciones que, tal vez, puedan ayudarnos.

  1. v 15: Jesús en persona se acercó, iba con ellos.

         Aquellos dos discípulos se marchaban de la comunidad, del grupo e iban discutiendo por el camino de todo lo acontecido…

         Jesús se acerca e iba con ellos dice el texto original.

En el camino de la vida, Cristo -Dios- va siempre con nosotros. Aunque nosotros no le veamos o no le reconozcamos, como los dos de Emaús, Dios está siempre con nosotros; sobre todo en las situaciones personales, sociales, de enfermedad (pandemia) que son fuente de gran cansera y desesperanza. El Señor nos acompaña. Dios nos acompaña siempre, sobre todo cuanto mayor es nuestro fracaso o la dificultad de la vida. No estamos solos, en la vida siempre nos acompaña y nos queda Dios.

  1. v 14: Iban hablando y discutiendo.

         Aunque desilusionados, no habían perdido la memoria de Jesús. Por eso caminaban recordando, evocando, discutiendo y haciéndose preguntas sobre Jesús: lo que le habían escuchado, lo que le habían visto hacer, cómo la gente le quería, la persecución que sufrió sobre todo por parte del poder de los religiosos: fariseos, sacerdotes, etc. Recordarían sobre todo el trágico final de Jesús.

         También nosotros podemos estar cansados y apesadumbrados por el momento que nos toca vivir. Por eso hablamos y discutimos del virus que ha truncado muchos proyectos, ilusiones, que nos hace dudar de si y cómo “saldremos de esta”. Pero quizás “no nos hacemos preguntas”, no surgen las grandes cuestiones de la vida. Nos preguntamos -como mucho- ¿quién tiene la culpa de esto? ¿Por qué no nos dejan salir de casa? ¿Por qué el gobierno, las ideologías, etc…?

         Pero “no está permitido” que surjan las preguntas más hondas del ser humano broten: el sentido de la vida, la muerte como problema humano y no como mera estadística, la bondad de Dios… Ni la ciencia, ni la política, ni la economía tienen respuesta a las grandes cuestiones de la vida; por eso, “mejor no tocarlas”.

         Los creyentes, al menos, no perdamos la memoria, el recuerdo de Jesús.

  1. v 21: Nosotros esperábamos.

Los dos de Emaús se marchan frustrados de todo lo que había ocurrido con Jesús. El fracaso más absoluto. Esperaban que Jesús hubiera liberado a Israel, quizás esperaban algún cargo en el Reino que Jesús iba a instaurar, per todo ha terminado en una decepción espantosa.

         ¡También nosotros esperábamos tantas cosas de la vida!

         Hemos podido trabajar, esforzarnos, hemos tenido proyectos, pero se nos han derrumbado tantas ilusiones y se nos ha venido todo abajo.

         La frustración es una situación muy humana.

Pero incluso en los desengaños, Cristo permanece, sigue caminando y alentando la palabra, el diálogo con los suyos.

         Cristo les fue explicando cordialmente la Escritura, la Palabra, lo que es la vida, lo que iba a acontecer, lo que nos va a suceder en la vida.

         Dos breves consideraciones

  1. Los políticos, sanitarios y colectivos que trabajan por erradicar la pandemia tienen una palabra que decir y tienen mucho mérito; es una palabra necesaria, pero la «última palabra» (“explicar las Escrituras de la vida”) la tiene el que pronunció la «primera palabra» creadora y creativa.

En el principio existía la Palabra (Jn 1,11). In principum erat Verbum. Y la «última palabra» no la podemos decir nosotros, sino solamente Dios. Las nuestras pueden ser palabras intermedias, necesarias pero penúltimas. Solo quien ha pronunciado  la primera palabra, puede decir la última. De otro modo hace unos días lo decía el científico Pedro Miguel Etxenike: No somos Homo Deus, hemos de seguir siendo homo sapiens. Nosotros tenemos “una palabra, pero no la “última Palabra”. Quiera Dios que al menos seamos y vivamos como homo sapiens.

  1. Sería de desear que los cristianos, la Iglesia dijera una palabra sensata, evangélica. Francisco ha tenido, tiene presente en sus homilías de Semana Santa y otros días y momentos ese grave problema.

         Pero gran parte de las diócesis y obispos, se están limitando a poner o quitar preceptos dominicales, procesiones, a decir si vale la misa o confesión por internet o tv, a cuándo celebrar las primeras comuniones o, incluso, los funerales, etc.

         ¿Y la esperanza? ¿Quién sino el cristianismo puede dar un paso más allá de la ciencia y con ello intuir esperanza en estos momentos?

El evangelio de Jesús es una humilde palabra de esperanza  a los anhelos de plenitud que anidan ya en nuestro presente. El evangelio de Jesús nos dice que todo lo que vivimos y padecemos tiene sentido y no está irremisiblemente condenando al olvido o es absurdo y no merece la pena.

  1. v 29: quédate con nosotros, que atardece.

Es una hermosa, una gran oración: vísperas de un acto de fe profundo y ardiente: quédate con nosotros. Quédate conmigo.

La vida tiene muchos atardeceres en los que no vemos la luz ni el camino, porque hemos quedado bloqueados por una mala situación personal moral, de salud, por una ruptura, por un mal momento de salud personal o colectiva, por una situación eclesiástica, diocesana que nos deja el corazón helado… No faltan atardeceres y “noches oscuras” del alma  y del cuerpo, incluida la noche final.

         En muchas situaciones nos hará bien esta nostalgia de que el Señor se quede con nosotros. Pueden fallar familiares, amigos, políticos, obispos, instituciones. Cristo permanece siempre con nosotros

         A veces la oración de nuestra alma dolida puede ser: quédate con nosotros, conmigo, Señor, que atardece.

  1. vv 32.35: ¿No ardía nuestro corazón? le reconocieron al partir el pan

         La fe y la confianza no son cuestiones racionales, al menos únicamente racionales. En la fe hay mucho de sentimiento y amor.

         Son las dimensiones no racionales de la fe.

         En la vida hay dimensiones que no son especialmente racionales, pero son valiosas: el afecto, la emoción estética, sentir misericordia, compartir la pena, la pertenencia a un pueblo-cultura, etc. son aspectos “no lógicos, matemáticos”, no racionales.[1]

         A los dos de Emaús les ardía el corazón.

Las ideas mueven el mundo, y es verdad, porque las ideas mueven el corazón. San Agustín decía que solamente se conoce lo que se ama.

         Jesús no fue un ideólogo, sino que se pasó la vida haciendo el bien: curando enfermos, sanando al que sufre…

         El cristianismo no es solamente cuestión de ideas super-precisas, la Iglesia no es una cuestión de ultraortodoxia, sino que ha de hacer arder el corazón. Probablemente los super-puritanos de la teología, de la liturgia, del clerygman, etc, lo son porque no les arde el corazón.

  1. v 35. le conocieron al partir el pan.

         El relato de los dos de Emaús es la Eucaristía: les explica las Escrituras y le reconocen al partir el pan.

         Gracias a Dios estamos viviendo esta pandemia con muchos gestos de “partir el pan”, es decir, en solidaridad: ayudas, donaciones, voluntariado, etc.

         Es muy cristiano no tanto celebrar una “mini-misa” con cinco personas a dos metros de distancia cada una, sino el gesto del vecino que le hace la compra a una persona anciana, el personal sanitario que entrega su vida, aquel a quien le arde el corazón y ve a Cristo en el necesitado

         Solemos cantar: te conocimos, Señor, al partir el pan. La Eucaristía, la fracción del pan no es un rito, sino es compartir el pan con quien tiene hambre, con quien sufre, cuando intentamos aliviar al que pena, al que está hundido, decepcionado, enfermo. Te conocemos, Señor, al partir el pan.

Quédate con nosotros, que atardece…

[1] En otro orden de cosas, la circulación de la sangre, la digestión, el sueño no son cuestiones que pertenezcan al discurso intelectual, sino que van como van…

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Resucitó

viernes, 17 de abril de 2020
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artehjhjj (Jn 11,25)Marcos, Mateo, Lucas (por partida doble) y Juan, nos ofrecen unos relatos de la Resurrección tan diferentes, que resulta imposible hacerlos casar entre sí. Para explicarlo, los especialistas afirman que no están relatando hechos, sino expresando su fe en que el crucificado vive, y que vive exaltado a la diestra de Abbá. Y lo expresan a su estilo, es decir, a través de unos textos llenos de imágenes preciosas, que reflejan una experiencia profunda que cambia la vida de quienes la viven y la historia de la humanidad. En la cruz muere su fe en el mesías libertador de Israel, y resucita una fe renovada, plena, en ese hombre lleno del Espíritu, viva imagen de su padre Abbá.

Pero todo empieza el domingo anterior con su entrada en Jerusalén. Jesús de Nazaret tiene la osadía de subir a Jerusalén a predicar la Buena Noticia del Reino en el mismo corazón del judaísmo y en plena celebración de la Pascua, y esta osadía le cuesta la vida. El jueves por la noche, los levitas lo prenden en Getsemaní y los sumos sacerdotes lo declaran blasfemo en casa de Anás. El viernes por la mañana, el sanedrín ratifica su sentencia, y los romanos lo condenan a muerte y lo crucifican hacia el mediodía. Sus amigos galileos permanecen encerrados por miedo a los judíos, y solo las mujeres se atreven a acompañarle en su agonía.

Han conocido a Jesús en Galilea, han quedado fascinados por él y lo han dejado todo por seguirle. Creen firmemente que es el que “había de venir”, pero ha muerto, y su fe ha sufrido un golpe brutal. Se preguntan con quién está Dios: ¿Con su maestro que cuelga destrozado de un madero, o con los sacerdotes que le han vencido?… Le han visto tantas veces salir airoso de sus enfrentamientos con escribas y fariseos, que no conciben que puede fracasar, y al verle crucificado, quedan apabullados y aterrados.

Probablemente salen de Jerusalén confundidos con la multitud de gente que regresa a su tierra tras celebrar la Pascua, y probablemente, también, se reincorporan a sus trabajos al llegar a Galilea. Su íntimo amigo, Juan, los sitúa pescando en Genesaret un tiempo después de la muerte de Jesús. Han creído mal, esa fe ha quedado hecha añicos en la cruz, y ya solo les queda retomar sus vidas. Pero Dios tiene otros planes, y cuando parece no haber ya lugar para la esperanza, algo sucede en lo más íntimo de su ser que les lleva a renovar su fe de forma distinta y arrolladora.

¿Qué ha ocurrido?… ¿Qué experiencia extraordinaria ha sido capaz de provocar un cambio tan radical en sus vidas?… Porque unas semanas más tarde de haber salido de Jerusalén aterrorizados por miedo a las autoridades judías y desmoralizados por la muerte de su maestro, aquellos hombres se presentan de nuevo en el Templo –en el mismo lugar en que predicaba Jesús–, afirmando, y empeñando su vida en ello, que lo han visto vivo después de su muerte y que han recibido de él una misión.

«Varones israelitas, escuchad estas palabras —es Pedro quien les habla—: Jesús de Nazaret, varón probado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales, fue entregado y muerto en la cruz por vosotros por medio de hombres sin Ley. Pero Dios lo resucitó después de soltar las ataduras de la muerte, por cuanto no era posible que fuera dominado por ella; y nosotros somos testigos de ello».

Aquellos galileos cobardes y apocados que poco tiempo atrás habían huido de noche, irrumpen entonces con tal fuerza, que en su primera catequesis logran tres mil seguidores. A Jesús, después de un año de predicación, le habían seguido a Jerusalén ciento cincuenta… Entonces quizás recordasen las palabras que les dirigió el día que entraron triunfalmente en ella: «Es preciso que el grano de trigo caiga a tierra y muera para que dé fruto».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Fuente Fe Adulta

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Hacia una nueva vida

jueves, 16 de abril de 2020
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Del blog de Henri Nouwen:

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«Jesús nos llama a reconocer que el gozo y la pena nunca se separan, que la alegría y la tristeza van muy juntas, y que el luto y el baile son partes de un mismo movimiento. Por eso Jesús nos pide dar gracias por cada momento que hemos vivido, y afirmar nuestro particular camino como la manera con la que Dios moldea nuestro corazón para mayor armonía con Él. La cruz es el símbolo principal de nuestra fe, y nos invita a encontrar esperanza donde vemos dolor y a reafirmar la resurrección donde vemos muerte. El llamado de ser agradecido es para confiar que cada momento de nuestra vida es un viacrucis que conduce a una nueva vida».

*

Henri Nouwen

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Y resucitó al tercer día

miércoles, 15 de abril de 2020
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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La semana pasada compartí un texto de Karl Barth sobre la pasión de Cristo; ahora, para cerrar el tema, transcribo su comentario a la frase del Credo: «Al tercer día resucitó de entre los muertos», en su Esbozo de dogmática. Lectura provechosa para este tiempo…

«El mensaje de Resurrección es: «Resucitó al tercer día de entre los muertos»; y significa que Dios no se humilló en vano en su Hijo; antes bien, obrando así, lo hizo también para su propia gloria y para confirmación de su gloria. Al triunfar su misericordia, justamente, en su humillación, se realiza la exaltación de Jesucristo. Si antes dijimos que en la humillación se trataba del Hijo de Dios y por lo tanto de Dios mismo, ahora hemos de subrayar que se trata de la exaltación del hombre. El hombre es glorificado en Jesucristo y destinado a una vida para la cual Dios le ha hecho libre en la muerte de Jesucristo. Dios ha abandonado, por así decirlo, el espacio de su gloria y el hombre puede ahora pasar a ocuparlo. Este es el anuncio de Resurrección, el fin y objeto de la reconciliación, la redención del hombre. Es la meta que ya se hacía visible el Viernes Santo. En tanto Dios intercede por el hombre (los escritores del Nuevo Testamento no han temido emplear el término de «pagado») éste es un rescatado.

Apolytrosis es vocablo forense para designar el rescate de un esclavo. He aquí la meta: el hombre es puesto en una nueva situación jurídica; ya no pertenece a Aquel que tenía derecho sobre él, no pertenece al terreno de la maldición, la muerte y el infierno, sino que ha sido trasladado al ‘Reino de su amado Hijo. Significa esto que legalmente no le son ya reconocidos su estado, su constitución, su estatus jurídico como pecador. Dios no considera ya al hombre en serio como pecador. Sea el hombre lo que quiera, dígase de él lo que se diga, repróchese él mismo lo que fuere, Dios ya no lo toma en serio como pecador. El hombre ha muerto al pecado… allá, en la cruz del Gólgota. Para el pecado, el hombre ya no existe. Y es que Dios lo ha reconocido y señalado como justo, como uno que agrada a Dios. El hombre tal como se halla en el mundo, no deja de tener su existencia en el pecado y por consiguiente en su culpa, pero esa existencia se halla detrás de él. El cambio ha sido realizado definitivamente. No es que se trate de que podamos decir: Yo me he cambiado definitivamente, yo he hecho la experiencia… No; ese «una vez para siempre», ese «definitivamente» es el de Jesucristo. Sólo que si creemos en Cristo, ello tiene validez también para nosotros. En Jesucristo, muerto por el hombre, y conforme a su resurrección, el hombre es el Hijo amado de Dios que puede vivir del agrado de Dios y para agrado de Dios. Este es el mensaje de Resurrección. Se comprende pues que en la resurrección de Jesucristo en realidad se trata simplemente de la revelación del fruto todavía escondido de la muerte de Cristo. El cambio antes mencionado es precisamente lo que está aún oculto en la muerte de Cristo, oculto bajo el aspecto en que aparece allí el hombre, consumido por la ira de Dios. El Nuevo Testamento atestigua que ese aspecto del hombre no es el sentido del suceso del Gólgota, sino que detrás de ese aspecto se esconde el verdadero sentido del suceso, sentido que se revela al tercer día. En este día tercero se inicia una nueva historia del hombre, de modo que cabría dividir también la vida de Jesús en dos grandes períodos: El primero de treinta y tres años, hasta su muerte; y el segundo, muy breve y decisivo, de cuarenta días, que son los habidos entre su muerte y su ascensión a los cielos. Al tercer día comienza una nueva vida de Jesús. Pero simultáneamente empieza al tercer día un nuevo eón, una nueva forma del mundo, después que, en la muerte de Jesucristo, el mundo antiguo fue completamente desechado y concluido.

Y esto es la Resurrección: iniciación de un tiempo y un mundo nuevos en la existencia de Jesús hombre, el cual ahora, como portador triunfante y victorioso, como aniquilador de la carga del pecado del hombre que le fue impuesta, empieza una nueva vida. La Iglesia primitiva vio en esa distinta existencia de Jesucristo no sólo, digamos, una continuación sobrenatural de lo que hasta entonces fue su vida, sino una vida completamente nueva, la vida de Jesucristo glorificado, y en ello, simultáneamente el principio de un mundo nuevo. (Vanos son los intentos de relacionar la Resurrección con ciertas renovaciones como las que tienen lugar en la vida creada; por ejemplo, en primavera, o, también, en el despertar matutino del hombre etc. etc. Pero a la primavera sigue el invierno inevitablemente y al despertar sigue, después, el sueño. En todo esto se trata de un movimiento cíclico del renovarse y envejecer. ¡Pero la renovación de Resurrección es una renovación definitiva!) Según el Nuevo Testamento, se anuncia en la resurrección de Jesucristo que la victoria de Dios en favor del hombre ya ha sido ganada en la persona de su Hijo.

Primeramente, es la Resurrección la gran prenda de nuestra esperanza; pero, al mismo tiempo, ese futuro se hace ya actualidad en el mensaje de Resurrección: el anuncio de una victoria lograda ya. La guerra ha terminado…, aunque aquí o allá algunas unidades del ejército sigan disparando por ignorar la capitulación. El juego está ya ganado…, aunque el contrincante pueda seguir haciendo algunas tiradas todavía. ¡Prácticamente ya está mate! El reloj ha gastado toda su cuerda…, aunque el péndulo prosiga oscilando un par de veces. Nosotros estamos viviendo en ese espacio intermedio! «¡Las cosas viejas pasaron! he aquí’, todo es hecho nuevo!». El mensaje de Resurrección nos dice que el pecado, la maldición y la muerte, nuestros enemigos, en fin, han sido vencidos. Por fin ya no pueden causar ningún mal. Claro está que siguen comportándose como si el juego aún estuviese indeciso, como si no hubiese sido librada la batalla; por eso hemos de contar aún con ellos, pero, en el fondo, no tenemos por qué temerles. Quien haya oído el anuncio de Resurrección, no puede seguir andando por ahí con rostro trágico ni llevar la existencia malhumorada del que no tiene esperanza. Jesús ha vencido: Esto es lo único que vale… y lo único verdaderamente serio. Toda seriedad que al llegar aquí quisiera volver la vista atrás como la mujer de Lot, no es seriedad cristiana. Posiblemente habrá fuego a nuestras espaldas (en realidad, está ardiendo!), pero no es eso lo que debemos mirar, sino lo otro, o sea, que somos llamados y estamos invitados a tomar en serio la victoria de la gloria de Dios en ese hombre, que es Jesús, y a alegrarnos de ella. Entonces viviremos en agradecimiento, pero no en temor.

La resurrección de Jesucristo revela y lleva a cabo ese anuncio de la victoria. No interpretemos la Resurrección como un proceso espiritual. Es preciso oír y escuchar que se nos diga que hubo un sepulcro vacío y que más allá de la muerte se ha visto una nueva vida. «Este (el hombre salvado de la muerte) es mi Hijo amado: A él oíd». En la Resurrección sucede y se manifiesta aquello que fue anunciado en el Bautismo del Jordán. Y a los que esto saben les es anunciado el final del mundo viejo y el principio del nuevo. Todavía han de recorrer un breve trecho, hasta que se haga patente que Dios lo ha consumado todo por ellos en Jesucristo».

*

Karl Barth
Esbozo de dogmática

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«Pascua en pandemia», por José Arregi

miércoles, 15 de abril de 2020
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01ca3b7b9933e2c1f1685b7279d1711aCristo del Corcovado. Homenaje al personal sanitario

Leído en su blog:

Adoro el misterio inmortal de la Vida en todos los vivientes, también en ti, amiga, amigo. La primera luna de la primavera aún está llena, el bosque reverdece, los lirios florecen, el cuco y el mirlo cantan. Levanta la vista y mira, abre los oídos y escucha. Es la Pascua de la Vida, tan débil y fuerte, vulnerable y poderosa. El misterio de la energía vital de la que venimos. De la Tierra venimos y de más allá de la tierra y del cosmos, del origen eterno de todo. Al Infinito presente volvemos.

Es la Pascua de la pandemia, pero dime: ¿no brota toda Pascua de alguna pandemia convertida en travesía fecunda, del arte de revertir el veneno en vacuna, la pasión en parto, la pérdida en libertad, el egoísmo en compasión, el yo en nosotros? Es la Pascua del confinamiento, pero observa: en el silencio de tu casa cerrada resuena y se revela el universo infinito, todo se abre. Es la Pascua de la alarma general, pero créeme: la Paz lo sostiene todo y lo fecunda, a pesar de todo.

Es la Pascua o el “Paso” de Jesús, que es mi manera de decir todas las pascuas: todas las cruces, todos los cantos, el respiro profundo de todos los seres, de todas las mujeres y hombres, de toda la tierra, de todos los astros, desde el primer cuanto de energía hasta la última galaxia. Todo y más allá de todo. Pero advierte: cuando digo Jesús, no me refiero al hombre divino y humano, sino al hombre divino en lo humano, como tú y como yo en la medida, humilde medida, en que somos de verdad humanos, humildes, hermanos. Jesús lo fue, sin tener que ser perfecto.

En su corta, intensa vida, conoció muchas pandemias: la miseria de los campesinos asfixiados por las deudas, enajenados de sus tierras por ricos latifundistas, la opresión romana, los impuestos abusivos de Herodes y del templo, el hambre y las enfermedades y la desesperación violenta del pueblo empobrecido. Y de esas pandemias hizo Jesús que brotara la vida, como brotan las yemas en las cepas dormidas. Se volverán sarmientos cargados de racimos y, cuando den su fruto, se dejarán podar. Pasó la vida haciendo el bien, denunciando el mal, curando heridas, comiendo con gente impura, arriesgando la vida ante el Pretorio y el Templo, dando su vida hasta exhalar su último aliento, uno con el Aliento primero, inmortal de la Vida.

Fue crucificado por su vida, y en su vida y en la Cruz resucitó. Lo primero es un hecho histórico, lo segundo es mi confesión cristiana desnuda, sin tumbas vacías ni apariciones “milagrosas”. Resucitó en su libertad profética, en su palabra provocadora, en su esperanza subversiva, en su praxis sanadora, en su comensalía transgresora, en su bondad feliz, en su bienaventuranza solidaria con todos los crucificados. Y así, el Hermano Herido se hizo, en lenguaje cristiano, primicia o anticipo, icono y sacramento, profecía y revelación de la Pascua universal. Dilo tú en tu propio lenguaje. Dilo.

Y déjame que insista: la resurrección que confieso no es una prerrogativa única y exclusiva de Jesús, sino mi manera de expresar –más allá de la ciencia y de toda filosofía y religión–, entre dudas y preguntas, como Santo Tomás o como el mismo Jesús, mi confianza última en esta pobre humanidad contradictoria, en la vida que era y será, en la Tierra que nos engendró, en el Cosmos infinito, en el Fondo del Ser, en el Aliento que todo lo anima eternamente: que todo se transforma en todo, como el grano de trigo que muere, que la llama de la vida es inextinguible, que solo el amor la mantiene encendida, que solo la bondad es invencible, que solo en la comunión universal de los vivientes hallaremos la dicha, y que podemos y merece la pena intentarlo cada día, aunque parezca que fracasamos, porque quien da la vida se hace uno con la Vida, y cada día es el primer día de la creación en que todo es bueno.

Cada día es el primer día de la Pascua, en el que Jesús se une a los incontables mártires o testigos de la vida, en medio de tanto panorama desolador, desde el fondo luminoso de sus llagas, se te acerca y te dice: “No temas. Seas quien fueres, estés como estés, creas o dejes de creer, acoge la Paz que te recrea, que todo lo crea. La Paz que hace que las criaturas se desahoguen y fluyan en el amor y se vuelvan cada una un sostén para la otra: compasión, proximidad, compañía. Entra más adentro y ensancha tu presencia. Más adentro, hasta abrazar el secreto de la Vida en su centro universal.

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Ojos de Pascua

martes, 14 de abril de 2020
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De Eclesalia:

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A propósito de Juan 20, 1-9

Está amaneciendo cuando María Magdalena llega al sepulcro donde reposaba el cuerpo del maestro, del amigo, del amado.

Reposaba en su corazón el cuerpo amado, como semilla viva de resurrección.

Sepulcro abierto al amanecer. Sepulcro vacío.

Amanece esta Pascua 2020, amanece sobre nuestra historia personal y sobre la humanidad herida.

Se lame las heridas esta humanidad, no solo aquellas dejadas por el virus, también las heridas que siguen supurando: violencia, guerras, pobreza, odio, fanatismo, discriminación.

Amanece la Pascua sobre estas heridas y desde estas heridas.

Amanece y el sepulcro está vacío.

Nunca hubo nadie en el sepulcro y siempre estuvo abierto.

El cuerpo del Cristo, semilla de resurrección, fecundó la tierra con la sangre de la cruz y de nuestras heridas.

La Pascua aconteció desde dentro de la cruz, no después.

Nunca hay un después para el Amor. Siempre es, aquí y ahora.

Amanece la Pascua desde el otro lado de la cruz.

Nuestras heridas no son impedimento a la Vida: ¡al contrario!

Son el vacío por el cual la Pascua se cuela y los sepulcros se abren. Son rendijas por donde la luz fluye serena y siembra resurrección.

Es Pascua, y el Amor amanece sobre nuestras existencias personales, sobre la humanidad entera y la madre tierra.

Siempre el Amor está amaneciendo y siempre encuentra los sepulcros abiertos.

Si encontramos sepulcros cerrados es porque no estamos amando y hemos arrinconado al Amor en un lugar oscuro de nuestro corazón.

La Pascua es tremendamente viva y actual con su único y eterno mensaje: solo el Amor es real.

Es ahora el momento oportuno y siempre fue ahora.

Es el momento de amanecer sobre la humanidad herida con la linterna del Amor y mirar así.

Pascua es mirar con los ojos amanecidos del Amor.

Ojos frescos y nuevos.

Tú que me lees: ¡mírate así y así, ama tus heridas y las de tus hermanos!

Mirar a la gente y a las cosas con estos ojos.

No tenemos que esperar un mundo nuevo, ilusión de los ciegos que se escapan del presente y huyen de la Vida.

¡No hay esperanza futura que no tenga raíz en el presente!

El mundo nuevo ya está y late en el fondo de tu mirada que amanece en el Amor.

Palpita el mundo nuevo en las profundidades, donde solo ojos de Pascua alcanzan a ver.

Amanecen ojos de Pascua que transforman las heridas en perlas y la sangre en fértil abono, a punto de florecer.

Esta es Pascua: otros ojos que solo ven sepulcros abiertos y manos extendidas.

Otros ojos que descubren posibilidades y senderos de bellezas.

Ojos amaneciendo en el Amor, ojos del Cristo vivo y viviente, que todo lo llena.

Ojos desparramando por doquier la paz que nos habita.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

*

Stefano Cartabia,
Oblato
Uruguay

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(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Sí: ¡Feliz Pascua!

martes, 14 de abril de 2020
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c457cfecf568833b31446172d881-1588685.jpg!dJuan Zapatero Ballesteros
Sant Feliú de Llobregat (Barcelona).

ECLESALIA, 12/04/20.- Qué bien que la Pascua nos llegue siempre en primavera. Y, a pesar de que este año la primavera huela un tanto a “moho”, seguirá siendo la primavera que tanto nos anima y que nadie nunca nos podrá quitar ni arrebatar. Sí, porque no existe otro momento como este para celebrar que los campos, los jardines, los árboles, las flores, todas las plantas huelen a vida que empuja, que pide salir hacia fuera porque ya no aguanta por más tiempo la oscuridad y la muerte forzada que trajo el invierno. Porque, siendo primavera, la Pascua nos quiere decir con ello que solamente entiende de vida que, por lo mismo, no es exclusiva de unos pocos ni de nadie, sino que les pertenece a todos los hombres y mujeres. Sí, a todas y a todos, independientemente de cualquier tipo de condición y diferencia. También del “credo” o de la “fe” que puedan profesar y, en su caso, de la ausencia de ambos; más aún, incluso de su rechazo o indiferencia hacia ellos. Por tanto, la primavera nos hace a todos los hombres y mujeres testigos de vida y, por lo mismo, nos invita a disfrutarla y a contagiarla como la mejor de las epidemias por la que vale la pena que todo esté contagiado. Para quienes creemos en Jesús, o al menos nos esforzamos porque así sea, nos obliga a ser hombres y mujeres de vida; una obligación que no tiene nada que ver con imposición forzada ni con ultimátum despótico, sino con una invitación cariñosa y casi pordiosera a seguir siendo testigos de la mejor de las “noticias” que no es otra que la vida.

Quiero comenzar, pues, felicitando la Pascua a todas las personas que preñan de un mínimo de ilusión y de esperanza la vida de tantas/os que arrastran su alma, carentes de al menos un pequeño horizonte por el que puedan llegar a otear que, a pesar de todo, vale la pena seguir caminando. Son esas víctimas de una inercia dañina que no sabemos a quién, o quizás sí, al menos lo intuimos, le interesa muy mucho que vayan viviendo y mal llevando el caminar de cada día sin rumbo ni razón. Pues, con ello, ese “quien” pretende impedir que todas esas masas de hombres y mujeres se conviertan en conflicto punzante contra sus intereses y los de quienes, dirigidos por él “a distancia”, se encuentran, detrás o delante, moviendo los hilos como si las otras y los otros fueran marionetas inertes y carentes de vida.

Feliz Pascua, a quienes se dejan su vida, la que la gente entiende que es de verdad, es decir: la del placer, la del disfrutar; la del comer y beber sin pensar en quienes no pueden hacerlo; la del crecer y escalar, aunque sea a costa del bajar, descender y hundirse en la más profunda de las miserias de una gran mayoría. Sí, ellas y ellos: los que tienen un sitio más que minúsculo en los informativos de última hora; las y los que no ocupan ni siquiera aquel rincón tan pequeño, porque su compromiso no engorda las estadísticas ni los porcentajes que, a la postre, es lo que acostumbra a generar interés en las masas. Son todas y todos, cuantas y cuantos, han hecho realidad, desde el conocimiento o la ignorancia, las palabras de aquel “galileo” de hace veinte siglos: “Nadie ama más que quien da la vida”.

Feliz Pascua, a quienes la han dado toda, llegando a “perderla” totalmente a los ojos de la gente que los miraba; aunque, para ellas y ellos la hayan “ganado”, porque se fiaron a pie juntillas de lo que un día dijera Él o intuyeron que solamente ese podía ser el resultado. Son los mártires de todos los tiempos y de todos los lugares. Algunos o muchos, creyentes en religiones importantes y de prestigio, cuyos dirigentes les levantaron un día altares y monumentos; no dudando tampoco en proclamar en voz alta que estaban muy cerca de Dios; ¡mira tú! Otras y otros, en cambio, sin religión reconocida y menos aún de prestigio; sin creer en lo que mandan los “cánones”, pero creyentes a pie juntillas en la vida, ¡que ya es y cuesta a veces! Y en su caso también y seguro, a pesar de que ellas y ellos no lo intuyeran en ningún momento, muy cerca, pero que muy cerca de Dios; ¡solo faltaba! No importa que nadie se lo reconociera en su momento y que, muy posiblemente, nunca se lo lleguen a reconocer. Pues, a decir verdad, ya tuvieron el mejor y el más grande de los reconocimientos, que no es otro que el de su conciencia que, al fin y al cabo, es lo más sagrado e importante que puede o debiera tener toda persona.

Feliz Pascua, a todas las personas, cuya vida les ha sido arrebata de forma impune; tantas veces de manera cruel y violenta; siempre de manera irracional y absurda, pues no hay nunca razón y sentido que pueda justificar una sola muerte.

Feliz Pascua, a todas y todos vosotros quienes, desde gestos bien sencillos de vuestra vida diaria, hacéis cuanto está en vuestras manos de cara a preservar el medio ambiente y favorecer toda clase de vida que pulula en el planeta que habitamos; impidiendo con ello que acabe convirtiéndose en un lugar donde la muerte se imponga a la habitabilidad de las personas y a todo tipo de vida.

Feliz Pascua, finalmente, a quienes, por vivir en el hemisferio norte, estamos en primavera, celebrando que renace y rebrota la vida. También a quienes viven en el hemisferio sur y ya se están preparando para sembrar nuevas simientes que, meses más tarde, se convertirán en frutos abundantes. Eso sí: a unos y a otros en medio del dolor y del sufrimiento provocado por un “virus” que, vete tú a saber, por qué tuvo que llegar “ahora” y con qué “intenciones” lo hizo.

Amigas y amigos, humanidad entera: nos encontramos en un momento difícil, pero, a pesar de todo, preñado de una gran esperanza, la misma que nos recuerda que estamos ante la mejor de las oportunidades para hacer el brindis más esperanzador-

¡FELIZ PASCUA!

¡VIVA LA VIDA!

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Pascua: Todo es suyo

lunes, 13 de abril de 2020
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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«Que todo es mío precisamente porque todo es de Él. Si no le perteneciera, jamás podría pertenecerme. Si no pudiera ser mío, Él tampoco lo querría para sí mismo. Y todo lo que es suyo, es su mismísimo yo. Y de cierto modo, todo lo que Él me brinda se vuelve mi propio yo. Entonces, ¿qué es mío? Él es mío. ¿Y qué es suyo? Yo soy suyo».

«La salvación pertenece al orden del amor, de la libertad y de la entrega. Si la conquistamos no es nuestra; sólo ocurre cuando la recibimos gratuitamente, cuando es gratuitamente concedida».

«La gracia significa que no hay oposición entre el hombre y Dios».

*

Thomas Merton
El hombre nuevo

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Domingo de Resurrección: Ya estamos resucitando

lunes, 13 de abril de 2020
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22204Del blog de Jesús Espeja La Iglesia se hace diálogo:

Una Semana Santa despojada de sus vestiduras

«La muerte y la resurrección de Jesús de algún modo tuvieron lugar a lo largo de su existencia. Cuando curaba enfermos, cuando compartía con los pobres, cuando manifestaba esa compasión solidaria ante los excluidos, cuando lamentaba la cerrazón egoísta de los arrogantes»

Lectura del Evangelio:

Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. De pronto hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo y, acercándose, removió la piedra y se sentó sobre ella. El ángel dijo a las mujeres: No temáis vosotras, porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificad. No está aquí, pues ha resucitado”

    Los primeros cristianos creen o experimentan que el mismo Crucificado ha vencido a la muerte y ha entrado en la plenitud de la vida. Y manifiestan esa experiencia con lenguaje simbólico. Los “sumos sacerdotes y fariseos” –los enemigos del Evangelio- sellaron la losa sepulcro. Pero la fuerza de Dios, eso significa la presencia del ángel, levanta   la losa y se sienta en ella, tiene poder sobre la muerte.

  1. Los seres humanos llevamos dentro la sombra negra de la muerte; pero a la vez también puja en nosotros un anhelo de vida en plenitud. Por eso ya en pueblos religiosos anteriores a la religión bíblica se creía en la supervivencia después de la muerte. Como solución a ese deseo de supervivencia, el filósofo griego Platón lanzó la teoría sobre la inmortalidad del alma. Sin embargo en la revelación bíblica la esperanza en la resurrección de los muertos entra muy tarde, hacia el s. II a. Cr.; pero con una novedad. El argumento no es el anhelo de supervivencia que todos llevamos dentro ni la inmortalidad del alma. El fundamento es otro: Dios amor y dueño de la vida, no puede abandonar en la oscuridad del sepulcro a sus fieles. Es el argumento que Jesús emplea para demostrar el error de los saduceos, un grupo de judíos que, en contra de la fe común en aquel pueblo, negaban la resurrección de los muertos al final de los tiempos.
  2. Según la fe o experiencia de las primeras comunidades, lo que entre los judíos se esperaba para el final de los tiempos, ha sucedido y en Jesús de Nazaret que fue crucificado por blasfemo e indeseable. Lo confiesa Pedro cuando en Pentecostés proclama la fe p experiencia de la primera comunidad cristiana: “A este Jesús de Nazaret que, motivado por el amor, pasó por el mundo haciendo el bien hasta entregar la propia vida por los demás, Dios le ha resucitado”. Y la resurrección de Jesús no es una reanimación, o vuelta a la vida anterior que sigue amenazada por la muerte; tal fue por ejemplo el caso de Lázaro que cuenta el cuarto evangelista. Jesucristo resucitado “ya no muere más”. Ha entrado en la plenitud de la vida donde no hay dolor ni muerte.
  3. Según san Pablo, la resurrección de Jesús es como primicia de una gran cosecha que somos toda la humanidad. Es como el sí a ese anhelo de supervivencia y de inmortalidad al que tratan de responder las religiones y las filosofías con la supervivencia después de la muerte o la inmortalidad. Pero la gran novedad del Evangelio: la Presencia de amor que llamamos Dios y nos sostiene a la largo de nuestra vida, es más fuerte que la muerte.

La muerte y la resurrección de Jesús de algún modo tuvieron lugar a lo largo de su existencia. Cuando curaba enfermos, cuando compartía con los pobres, cuando manifestaba esa compasión solidaria ante los excluidos, cuando lamentaba la cerrazón egoísta de los arrogantes, Jesús era el hombre para los demás y en su conducta el Dios de la vida pasaba venciendo a la muerte. No dudo de que en la entrega por amor gratuito de tantas personas tratando de atender a los más débiles y de buscar el bien para todos, arriesgando incluso la propia vida, ya estamos resucitando, en camino hacia esa plenitud de de vida sin muerte. Que sigamos siempre ese camino. Me gusta esa canción: “Alegría, hermanos, que si hoy nos amamos es que resucitó”.

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“Jesucristo Verdaderamente Vive”

domingo, 12 de abril de 2020
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Cristo, resucitado y glorioso
es la fuente profunda de nuestra esperanza.
Su resurrección no es algo del pasado;
Entraña una fuerza de vida
que ha penetrado el mundo.

Donde parece que todo ha muerto,
por todas partes vuelven a aparecer
Brotes de la resurrección.
Es una fuerza imparable.

Verdad que muchas veces
parece que Dios no existiera:
Vemos injusticias, maldades, indiferencias
y crueldades que no ceden.

Pero también es cierto
que en medio de la oscuridad
siempre comienza a brotar algo nuevo,
que tarde o temprano produce un fruto.

En un campo arrasado
Vuelve a aparecer la vida,
tozuda e invencible.
Habrá muchas cosas negras,
Pero el bien siempre tiende
A volver a brotar y difundirse.

Cada día en el mundo renace la belleza,
Que resucita transformada
A través de los tormentos de la historia…
esta es la fuerza de la resurrección
y cada evangelizador
es un instrumento de este dinamismo.

*

Papa Francisco

 Exhortación Apostólica  “La alegría del Evangelio” n.276.

Fuente: Red Mundial de Comunidades Eclesiales

***

¡Cristo verdaderamente ha resucitado!

¡Feliz Pascua!

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***

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y le dijo:

– “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.”

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no había entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

*

Juan 20, 1-9

***

En el fluir confuso de los acontecimientos hemos descubierto un centro, hemos descubierto un punto de apoyo: ¡Cristo ha resucitado!

Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado!

Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato hubiera tenido razón cuando preguntó con desdén: «¿Qué es la verdad?». Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, todas las cosas más preciosas se habrían vuelto indefectiblemente cenizas, la belleza se habría marchitado de manera irrevocable. Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, el puente entre la tierra y el cielo se habría hundido para siempre. Y nosotros habríamos perdido la una y el otro, porque no habríamos conocido el cielo, ni habríamos podido defendernos de la aniquilación de la tierra. Pero ha resucitado aquel ante el que somos eternamente culpables, y Pilato y Caifas se han visto cubiertos de infamia.

Un estremecimiento de júbilo desconcierta a la criatura, que exulta de pura alegría porque Cristo ha resucitado y llama junto a él a su Esposa: «¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven!».

Llega a su cumplimiento el gran misterio de la salvación. Crece la semilla de la vida y renueva de manera misteriosa el corazón de la criatura. La Esposa y el Espíritu dicen al Cordero: «¡Ven!». La Esposa, gloriosa y esplendente de su belleza primordial, encontrará al Cordero.

*

Pavel Florenskij,
Il cuore cherubico,
Cásale Monferrato 1999, pp. 172-174, passim

***

***

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“Creer en el Resucitado”. 12 de abril de 2020. Pascua de Resurrección (A). Mateo 28, 1- 10.

domingo, 12 de abril de 2020
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5610_159130280184_684985184_3801385_7704869_nLos cristianos no hemos de olvidar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Mucho más incluso que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años. 

Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.  

Creer en el Resucitado es creer que Jesús se hace presente en medio de los creyentes. Es tomar parte activa en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que, cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está él poniendo esperanza en nuestras vidas. 

Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración a Cristo no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.  

Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.  

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.  

Creer en el Resucitado es saber descubrirlo vivo en el último y más pequeño de los hermanos, llamándonos a la compasión y la solidaridad.  

Creer en el Resucitado es creer que él es «el primogénito de entre los muertos», en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abre ya la posibilidad de vivir eternamente.  

Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento, ni la injusticia, ni el cáncer, ni el infarto, ni la metralleta, ni la opresión, ni la muerte tienen la última palabra. Solo el Resucitado es Señor de la vida y de la muerte. 

José Antonio Pagola

 

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“Él había de resucitar de entre los muertos”. Domingo 12 de abril de 2020. Domingo de Pascua.

domingo, 12 de abril de 2020
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23-PascuaA1Leído en Koinonia:

Hch 10,34-43: Nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección
Salmo responsorial 117: Este es el día en que actuó el Señor sea nuestra alegría y nuestro gozo
Col 3,1-4: Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo
Jn 20,1-9:  Él había de resucitar de entre los muertos

A) Primer comentario

Para este domingo de Pascua nos ofrece la liturgia como primera lectura uno de los discursos de Pedro una vez transformado por la fuerza de Pentecostés: aquél que pronunció en casa del centurión Cornelio, a propósito del consumo de alimentos puros e impuros, lo que estaba en íntima relación con el tema del anuncio del Evangelio a los no judíos y de su ingreso a la naciente comunidad cristiana. El discurso de Pedro es un resumen de la proclamación típica del Evangelio que contiene los elementos esenciales de la historia de la salvación y de las promesas de Dios cumplidas en Jesús. Pedro y los demás apóstoles predican la muerte de Jesús a manos de los judíos, pero también su resurrección por obra del Padre, porque “Dios estaba con él”. De modo que la muerte y resurrección de Jesús son la vía de acceso de todos los hombres y mujeres, judíos y no judíos, a la gran familia surgida de la fe en su persona como Hijo y Enviado de Dios, y como Salvador universal; una familia donde no hay exclusiones de ningún tipo. Ese es uno de los principales signos de la resurrección de Jesús y el medio más efectivo para comprobar al mundo que él se mantiene vivo en la comunidad.

Una comunidad, un pueblo, una sociedad donde hay excluidos o marginados, donde el rigor de las leyes divide y aparta a unos de otros, es la antítesis del efecto primordial de la Resurrección; y en mucho mayor medida si se trata de una comunidad o de un pueblo que dice llamarse cristiano.

El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena madrugando para ir al sepulcro de Jesús. “Todavía estaba oscuro”, subraya el evangelista. Es preciso tener en cuenta ese detalle, porque a Juan le gusta jugar con esos símbolos en contraste: luz-tinieblas, mundo-espíritu, verdad-falsedad, etc. María, pues, permanece todavía a oscuras; no ha experimentado aún la realidad de la Resurrección. Al ver que la piedra con que habían tapado el sepulcro se halla corrida, no entra, como lo hacen las mujeres en el relato lucano, sino que se devuelve para buscar a Pedro y al “otro discípulo”. Ella permanece sometida todavía a la figura masculina; su reacción natural es dejar que sean ellos quienes vean y comprueben, y que luego digan ellos mismos qué fue lo que vieron. Este es otro contraste con el relato lucano. Pero incluso entre Pedro y el otro discípulo al que el Señor “quería mucho”, existe en el relato de Juan un cierto rezago de relación jerárquica: pese a que el “otro discípulo” corrió más, debía ser Pedro, el de mayor edad, quien entrase primero a mirar. Y en efecto, en la tumba sólo están las vendas y el sudario; el cuerpo de Jesús ha desaparecido. Viendo esto creyeron, entendieron que la Escritura decía que él tenía que resucitar, y partieron a comunicar tan trascendental noticia a los demás discípulos. La estructura simbólica del relato queda perfectamente construida.

La acción transformadora más palpable de la resurrección de Jesús fue a partir de entonces su capacidad de transformar el interior de los discípulos -antes disgregados, egoístas, divididos y atemorizados- para volver a convocarlos o reunirlos en torno a la causa del Evangelio y llenarlos de su espíritu de perdón.

La pequeña comunidad de los discípulos no sólo había sido disuelta por el «ajusticiamiento» de Jesús, sino también por el miedo a sus enemigos y por la inseguridad que deja en un grupo la traición de uno de sus integrantes.

Los corazones de todos estaban heridos. A la hora de la verdad, todos eran dignos de reproche: nadie había entendido correctamente la propuesta del Maestro. Por eso, quien no lo había traicionado lo había abandonado a su suerte. Y si todos eran dignos de reproche, todos estaban necesitados de perdón. Volver a dar cohesión a la comunidad de seguidores, darles unidad interna en el perdón mutuo, en la solidaridad, en la fraternidad y en la igualdad, era humanamente un imposible. Sin embargo, la presencia y la fuerza interior del «Resucitado» lo logró.

Cuando los discípulos de esta primera comunidad sienten interiormente esta presencia transformadora de Jesús, y cuando la comunican, es cuando realmente experimentan su resurrección. Y es entonces cuando ya les sobran todas las pruebas exteriores de la misma. El contenido simbólico de los relatos del Resucitado actuante que presentan a la comunidad, revela el proceso renovador que opera el Resucitado en el interior de las personas y del grupo.

Magnífico ejemplo de lo que el efecto de la Resurrección puede producir también hoy entre nosotros, en el ámbito personal y comunitario. La capacidad del perdón; de la reconciliación con nosotros mismos, con Dios y con los demás; la capacidad de reunificación; la de transformarse en proclamadores eficientes de la presencia viva del Resucitado, puede operarse también entre nosotros como en aquel puñado de hombres tristes, cobardes y desperdigados a quienes transformó el milagro de la Resurrección.

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 125 ó 126, Sus audios, así como los guiones de literarios de los episodios y sus correspondientes comentarios teológicos se pueden encontrar y tomar en http://www.untaljesus.net

B) Segundo comentario: «El Resucitado es el Crucificado»

Como otros años, incluimos aquí un segundo guión de homilía, netamente en la línea de la espiritualidad latinoamericana de la liberación, que titulamos con ese conocido lema de la cristología de la liberación que encabeza este apartado.

Lo que no es la resurrección de Jesús

Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho “histórico”, con lo cual se quiere decir no que sea un hecho irreal, sino que su realidad está más allá de lo físico. La resurrección de Jesús no es un hecho realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido fotografiar aquella resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie la vio. Los testimonios que nos aportan son de experiencias de creyentes que, después, “sienten vivo” al resucitado, pero no son testimonios del hecho mismo de la resurrección.

La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la “reviviscencia” de Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver (de hecho, en teoría, no repugnaría creer en la resurrección de Jesús aunque hubiera quedado su cadáver entre nosotros, porque el cuerpo resucitado no es, sin más, el cadáver). La resurrección (tanto la de Jesús como la nuestra) no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de Dios.

Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la resurrección no es la adhesión a un “mito”, como ocurre en tantas religiones, que tienen mitos de resurrección. Nuestra afirmación de la resurrección no tiene por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un sentido muy profundo, que es el que queremos desentrañar.

La “buena noticia” de la resurrección fue conflictiva

Una primera lectura de los Hechos de los Apóstoles suscita una cierta extrañeza: ¿por qué la noticia de la resurrección suscitó la ira y la persecución por parte de los judíos? Noticias de resurrecciones eran en aquel mundo religioso menos infrecuentes y extrañas que entre nosotros. A nadie hubiera tenido que ofender en principio la noticia de que alguien hubiera tenido la suerte de ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de Jesús fue recibida con una agresividad extrema por parte de las autoridades judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual: hoy día nadie se irrita al escuchar esa noticia. ¿La resurrección de Jesús ahora suscita indiferencia? ¿Por qué esa diferencia? ¿Será que no anunciamos la misma resurrección, o que no anunciamos lo mismo en el anuncio de la resurrección de Jesús?

Leyendo más atentamente los Hechos de los Apóstoles ya se da uno cuenta de que el anuncio mismo que hacían los apóstoles tenía un aire polémico: anunciaban la resurrección “de ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Es decir, no anunciaban la resurrección en abstracto, como si la resurrección de Jesús fuese simplemente la afirmación de la prolongación de la vida humana tras la muerte. Tampoco estaban anunciando la resurrección de un alguien cualquiera, como si lo que importara fuera simplemente que un ser humano, cualquiera que fuese, había traspasado las puertas de la muerte.

El crucificado es el resucitado

Los apóstoles no anunciaban una resurrección muy concreta: la de aquel hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado, excomulgado y condenado.

Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus discípulos lo abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si estuviera de acuerdo. Todo pareció concluir con su crucifixión. Todos se dispersaron y quisieron olvidar.

Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso: sintieron que estaba vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la cara por Jesús, y se empeñaba en reivindicar su nombre y su honra. “Jesús está vivo, no pudieron hundirlo en la muerte. Dios lo ha resucitado, lo ha sentado a su derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su palabra, de su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo y despreciaron su Causa. Dios está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El Crucificado ha resucitado, !vive!

Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les irritó estando vivo, y les irritó igualmente estando resucitado. También a ellas, lo que les irritaba no era el hecho físico mismo de una resurrección, que un ser humano muera o resucite; lo que no podían tolerar era pensar que la Causa de Jesús, su proyecto, su utopía, que tan peligrosa habían considerado en vida de Jesús y que ya creían enterrada, volviera a ponerse en pie, resucitara. Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado condenado y excomulgado. Ellos creían en otro Dios.

Creer con la fe de Jesús

Pero los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios (como Dios de Jesús) comprendieron que Jesús era el Hijo, el Señor, la Verdad, el Camino, la Vida, el Alfa, la Omega. La muerte no tenía ningún poder sobre él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y “seguirlo”, “persiguiendo su Causa”, obedeciendo a Dios antes que a los hombres, aunque costase la muerte. Leer más…

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Resucitó el Señor. Un mapa de experiencias pascuales

domingo, 12 de abril de 2020
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Del blog de Xabier Pikaza:

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Ha resucitado Cristo, Aneste Khristós. Ésta es la experiencia central del evangelio, el centro de la vida cristiana. Todo el Nuevo Testamento es un testimonio de ella. Felicidades a todos.

   Muchos de nosotros estamos encerrados, en cuarentena forzosa, este año 2020. Pero la Palabra no está en cuarentena. Por eso la debemos escuchar, proclamar, compartir, desde nuestras casas convertidas en “catacumbas pascuales”. En este contexto de gozo sereno y gran esperanza quiero ofrecer a mis lectores lo mejor que yo puedo hacer: Un mapa o tabla de experiencias pascuales, según el Nuevo Testamento.

    Es una “tabla” para revivir la Pascua, para pasar de cuadro a cuadro y completarlos todos… Sería hermoso recrear con esta tabla una “Ciudad‒Pascua”, en la línea de “Ciudad‒Biblia”. Pero eso lo podrá hacer cada lector. Que tome su Biblia y me siga. Buen día de Pascua a todos, felicidades.

  1. SEPULCRO VACÍO. HISTORIA PASCUAL DE MUJERES

586465fe9d612af0bd4b5c6e8e859defEmpezando con el evangelio de Marcos, que nos lleva a la sepultura de Jesús, con unas mujeres temblorosas, azoradas, exultantes. Ellas son el principio de la pascua. En este relato del “principio pascual” sobresale la figura de María Magdalena… Falta el testimonio de María, la Madre, que se sitúa en otro plano, que debemos completar desde nuestra propia experiencia, conforme al testimonio de conjunto del Nuevo Testamento y de la tradición cristiana.

  1. Mujeres ante el sepulcro. No está en la tumba (Mt 28, 1-3; Mc 16,1-3; Lc 24,1; Jn 20,1). Éste es motivo pascual más importante en el principio origen de la Iglesia: Unas mujeres amigas van a llorar al sepulcro de Jesús, con el deseo de ungir su cadáver. Pero el “ángel” de Dios le dice que no está allí, que no es un muerto en un sepulcro. Que está vivo, que vayan a decirlo a sus amigos, que le busquen y le hallarán en Galilea, donde había vivido y amado, donde habría preparado la llagada del Reino de Dios. Toda el cristianismo posterior depende de esta experiencia de las mujeres. Especialmente centrada en María Magdalena, como ratifica la tradición de fondo de Mc 16,9.
  2. Unas mujeresazoradas… ¿Han cumplido el encargo pascual? ¿Están, estamos todavía en camino? Varios textos desarrollan el motivo anterior. Las mujeres llegan al sepulcro, viendo que está abierto y dentro a un joven (ángel) que les dice que Jesús ha resucitado, mandándoles que vayan y lo anuncien a los discípulos y a Pedro en Galilea (cf. Mc 16,4-7; Lc 24,2; Jn 20,1-2). Ese motivo se enriquece y complica después, pues el evangelio Marcos dice que ellas no fueron donde Pedro y los discípulos (16, 8), que no lograron ir, que es difícil transmitir la experiencia del encuentro pascual… Los demás evangelios dicen que fueron. Ésta es nuestra experiencia el año 2020: Todos nosotros somos aquellas mujeres: ¿Hemos ido de verdad, hemos dicho al mundo que ha resucitado? ¿Estamos todavía en camino?
  3. Las mujeres han visto a Jesús resucitado. Ellas son las primeras, son la llave de la pascua. Ésta es la versión que ofrece Mt 28, 8-10, en contra de Mc 16, 7-8. Mateo afirma que las mujeres han ido, están siempre en camino para anunciar la pascua… Que ellas saben algo que nos demás no sabemos. Ellas siguen estando en camino y mientras avanzan han visto a Jesús. Este evangelio supone y dice que las mujeres han y saben algo que los demás no sabemos. Han “tocado” a Jesús, han escuchado su palabra… y mientras el conjunto de la Iglesia parece estar muda en un inmenso silencio… ellas dicen, proclaman la Palabra, son el principio de la nueva Iglesia.
  4. Versión del evangelio de Juan: La primera es Magdalena; los varones no ven, van y vienen. Ella queda en el “huerto de la pascua”. María ve. Pedro y el Discípulo amado, avisados por Magdalena, llegan al sepulcro, lo ven abierto, con las vendas y sudario en el suelo; el Discípulo Amado cree que Jesús ha resucitado, sin necesidad de verle (Jn 20, 3-10); pero el evangelio no dice cómo le ve y cree… Pedro va y viene. Sólo María Magdalena ve y dialoga con Jesús en el huerto, como sabe Mc 16, 9. Ella es en el principio toda la iglesia.
  5. La pascua, una experiencia de mujeres. María Magdalena “ve” a Jesús. Es la primera que tiene un experiencia pascual, conforme al Evangelio de Juan: Ella vuelve al huerto del sepulcro, ve primero a un ángel y luego a Jesús (Jn 20, 11-16; Mc 16,9). Hay más mujeres que “ven” al Cristo pascual y cuentan sus experiencias a los discípulos pero ellos no les creen (Mc 16,10-11; Lc 24,9-11). Las mujeres aparecen así como un grupo de testigos que han “visto” a Jesús, pero no han sido creídas `por los discípulos.
  6. De las mujeres a Pedro… el principio de la Iglesia. Aparición a Simón, llamado Cefas/Pedro (Lc 24,34; 1 Cor 15, 5; cf. Jn 20, 8). La tradición posterior de la Iglesia interpreta esta “aparición” o experiencia pascual de Pedro como origen del movimiento cristiano. Pero es el “primero de los apóstoles” porque ha tenido la primera experiencia de Jesús y ha puesto en movimiento el movimiento cristiano.

2. LISTA DE APARICIONES

   icono16 Pasamos así de Marcos y las mujeres de la tumba y del principio de la Iglesia a los tres siguientes evangelio, por orden (Mateo, Lucas, Juan). Ellos nos ofrecen una tabla espléndida, variadas, luminosa de experiencias pascuales (apariciones), que pueden y deben ser las nuestras:

MATEO  

  1. Mateo 1. Principio cósmico. El ángel de Dios corrió la losa del Sepulcro… Transformación cósmica. Gran testimonio divino en Mt 28, 1‒6. La resurrección de Jesús aparece como una especie de “cosmogénesis”, la nueva creación. El ángel de Dios (Dios mismo) abre el sepulcro: tema simbólico de Mt 28,2-4, ha sido desarrollado de forma espléndida por el por Ev. apócrifo de Pedro. No se puede tomar en sentido literal externo, pero muestra la gran novedad de la pascua como despertar cósmico
  2. Mateo 2. Aparición de los resucitados antiguos en Jerusalén, en el momento de la muerte Jesús, Mt 27,52‒53. Este evangelio retoma y reformula un motivo apocalíptico de la resurrección de los justos en el tiempo mesiánico, conforme e a la más antigua experiencia judía: Jesús muere y resucita en Jerusalén… allí ha comenzado ya, junto al valle de Josafat, al otro lado de la ciudad, la gran resurrección de los muertos. Ésa es nuestra historia.
  3. Mateo 3. Jesús empezó a resucitar en Jerusalén…Pero la Iglesia no se expande desde allí, junto al valle de Josafat, sino desde la montaña de Galilea. Esta es la aparición final y en ellas seguimos inmersos nosotros… en una montaña desconocida, quizá en el Tabor, allí nos espera Jesús y desde allí nos envía a todo el mundo. De Galilea venimos, hacia el mundo entero vamos como testigos de la Pascua: “Id a todos los pueblos… y yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”  (Mt 28, 16-20).

1200px-Rembrandt_Harmensz._van_Rijn_023LUCAS

  1. Lucas 1. Aparición a los dos discípulos fugitivos: Camino de Emaús. Aparición en forma de catequesis, de interpretación de la escritura. Estos dos discípulos (¿dos varones? ¿un varón y una mujer?) fueron quizá dos personas históricas. El evangelio quiere decir que somos todos nosotros, que hemos tenido miedo de Jesús, que nos marchamos de Jerusalén para no volver… Pero Jesús nos sale al encuentro y nos muestra su vida, su presencia, en el recuerdo de lo que Jesús ha sido, en la fracción del pan. Por eso regresan a Jerusalén (Lc 24, 13-35; Mc 16, 13-35), donde encuentra a la comunidad reunida y diciendo que la aparición pascual de Jesús es verdadera, está atestiguada por Pedro, en forma de catequesis bíblica, como un encuentro progresivo con el Señor
  2. Lucas 2. Aparición a la iglesia primera, en la casa de la Iglesia de en Jerusalén, Cenáculo (Lc 24, 36-49); Lucas la presenta como “aparición” (experiencia pascual de todos los discípulos).Jesús se manifiesta en la vida entera de la Iglesia, formada por testigos pascuales de Jesús… La aparición se concreta en dos signos: Recibiréis el Espíritu Santo y llevaréis el perdón a todos los pueblos. La presencia pascual es nuevo nacimiento, en forma de perdón y comunión que se ofrece entre todos los pueblos.
  3. Lucas 3. Última experiencia: Monte de los Olivos, Ascensión (Lc 24, 50‒51; Hechos 1). Según Lucas, el tiempo pascual culmina a los 40 días… Cuaresma (cuarenta días) de pasión sigue la Cuaresma pascual, que culmina en el Monte de los Olivos. Allí lleva Jesús a los suyos, a la cumbre, sobre el Huerto de los Olivos… donde había experimentado la Pasión… Allí se eleva, en el lugar donde, según la tradición de Zacarías 14, tendrá que volver Jesús‒Mesías, glorioso, triunfal, para iniciar la nueva Jerusalén
  4. Lucas 4. Experiencia de Pentecostés (Hch 2). Lucas supone que la última aparición de Jesús no se centra en él como persona individual, sino del Espíritu Santo, que se revela como “persona comunitaria, principio de la iglesia”, principio de transformación pascual a los discípulos reunidos en Pentecostés. De esa forma pasamos de loa “cuarenta días” de las apariciones pascuales a la experiencia del Espíritu Santo a los “cincuenta días” de la pascua entera, en el principio de la Iglesia.

aparicion de jesus a tomasJUAN

  1. Juan 1.Aparición a todos los discípulos sin Tomás; el texto supone que algunos “ven a Jesús y no creen…”, como si fueran por libre. Tomás tiene que estar con los demás discípulos para que su experiencia de Jesús pueda ser ratificada por toda la Iglesia. (Jn 20, 19-25; cf. Mc 16,14; Lc 24,36-43).
  2. Juan 2.Aparición a todos los discípulos con Tomás (Jn 20, 24-29). Sólo el hecho de que Tomás tenga una experiencia de Jesús unido a la comunidad indica el valor que tiene ella. Jesús resucitado es el mismo Cristo de la Pasión, con las heridas de la muerte, en las manos y los pies, en el costado. Ésta es “nuestra aparición”, la de Tomás… que vuelve, que viene a la comunidad de los que recuerdan a Jesús, que insiste de nuevo el “cuerpo herido” de Jesús, de todos los que mueren…
  3. Juan 3. Aparición en Galilea (Jn 21). Ésta es en el evangelio de Juan la aparición misionera de Jesús por excelencia, en el contexto de la pesca, en la barca de Pedro. Hay que volver de nuevo a Galilea, dialogar con Jesús, seguirle por los caminos, subir en su barca (la de Pedro, la de todos, la nuestra…). En esta escena está toda la Iglesia pascual, los siete discípulos (caca uno somos uno de ellos, con Pedro, con el Discípulo amado), pescando y sufriendo toda la noche, para ser reanimados en la mañana, enviados…

3.EXPERIENCIA Y TESTIMONIO DE SAN PABLO (1 Cor 15, 3‒9)

Paul2    Pablo no ha escrito un evangelio, pero nos ha ofrecido eso que pudiéramos llamar la tabla oficial de las apariciones… Es una “tabla oficial”, para iglesias que insisten en el testimonio de los varones, fundadores de iglesias oficiales. Pero eso prescinde del testimonio de las mujeres. Su testimonio es muy importante, pero debe ser completado por todo lo anterior:

  1. Se apareció a Cefas, iglesia petrina. Se le llamó Cefas, Pedro, Piedra de la Iglesia, porque había visto y anunciado la pascua de Jesús. Esta aparición a Cefas (nombre arameo de Pedro) está al fondo de Mc 16, 7 y de Jn 21, 15, 17, pero sólo se cita aquí (1 Cor 15, 5) de un modo expreso (y en Lc 24, 34): «Ha resucitado verdaderamente el Señor y se ha aparecido a Simón». Ésta es para Pablo (y Lucas) la primera de las experiencias pascuales, fundamento de la confesión creyente de la Iglesia. Debió ser una “experiencia de conversión”, el principio de una tarea especial de servicio en la Iglesia, como atestigua Lc 22, 29 y de un modo especial el texto de las “llaves” (Mt 16, 17-19), que puede interpretarse en forma de experiencia pascual
  2. Luego se apareció a los Doce, iglesia apostólica. Son los testigos colegiados de la pascua, signo del Israel definitivo que nace con Cristo. Esta experiencia pascual de los Doce sólo ha sido atestiguada en este pasaje del NT, pues en otros textos paralelos los destinatarios de la resurrección no son ya los Doce, sino un grupo indeterminado y quizá más grande de discípulos (cf. Jn 20, 19), reunidos con los Once (Doce menos Judas Iscariote: cf. Lc 24, 33); ella fundamenta y simboliza la misión universal de la Iglesia en el monte de Galilea (Mt 28, 16). Estos Doce aparecen como signo de Israel, con una función propia en la vida de Jesús y al comienzo de la Iglesia “apostólica”,  fundada en los primeros discípulos/apóstoles  de Jesús.
  3. Luego a más de 500 hermanos, iglesia universal. Esos 500 hermanos pueden ser todos los hombres y mujeres de la primera iglesia (en la línea de Lc 24 y Jn 20), aunque el número puede resultar excesivo (pues Hch 1, 15 habla de 120 hermanos). Ellos pueden ser también los congregados de Pentecostés en Jerusalén (cf. Hch 2), o quizá mejor los representantes de las comunidades cristianas de Galilea, que no sólo habían escuchado al Jesús de la historia, sino que habían celebrado su presencia pascual, como muestra la tradición de las multiplicaciones, donde él ofrece y comparte pan a sus seguidores (cf. Mc 6, 30-44; 8, 1-10), aunque en estos casos sea habla de un número más grande (de cinco mil y cuatro mil, según los casos). Sea como fuere, estos quinientos hermanos   son un signo fuerte del primer impacto de la resurrección en el comienzo de la iglesia, pues están situados antes de las experiencias pascuales de Santiago y de los apóstoles, que marcan el comienzo de la iglesia de los hebreos y helenistas, antes de la “conversión” del mismo Pablo.
  4. Luego se apareció a Santiago. No había creído en Jesús durante el tiempo de su vida (cf. Mc 3, 31-35). Pero, en un momento dado, tras su muerte, le descubre y le confiesa como Cristo. Su experiencia y su incorporación a la Iglesia, con los hermanos de Jesús, atestiguada bien por Pablo (cf. Gal 1, 19;  2, 9-12), constituye un elemento esencial del cristianismo. Si no pudiéramos apelar a Santiago y a los «hermanos» (con su madre), si no hubiera una iglesia judeocristiana, correríamos el riesgo de tomar a Jesús  como un mito y separarle de su origen. Al perseguir a los judíos, cierta iglesia posterior ha tendido a olvidar este origen y rasgo judío. De todas formas, esta experiencia no se encuentra al principio del principio, sino que viene después de los Doce y los quinientos, indicando que en el momento de la conversión de Santiago había ya muchos creyentes.
  5. Después a todos los apóstoles. Parecen ser los cristianos los helenistas de Jerusalén (cf. Hch 6-7), los primeros que anunciaron el evangelio a los gentiles, iniciando así una Iglesia universal. Pablo alude aquí a «todos», sin precisar el número, y en ese sentido puede incluir entre ellos a varones y mujeres que han «visto» a Jesús y han actuado como fundadores de iglesias. Posiblemente, algunos le conocieron en Jerusalén, antes de ser crucificado. Sea como fuere, ellos descubrieron el alcance universal del mensaje y de la entrega de Jesús al servicio del Reino. Sin ellos no se hubiera mantenido la memoria distintiva de Jesús, ni Pablo se hubiera “convertido, ni se hubiera mantenido la iglesia.

Para saber más 

  1. J. Bartolomé, La resurrección de Jesús, CCS, Madrid 1994
  2. Benoit, Pasión y Resurrección del Señor, FAX, Madrid 1971
  3. Caba, Resucitó Cristo, mi esperanza, BAC, Madrid 1986
  4. E. Brown, La muerte del Mesías II, Verbo Divino, Estella 2006
  5. D. Crossan, Los orígenes del cristianismo, Sal Terrae, Santander 2002
  6. Müller, El origen de la fe en la resurrección de Jesús, Verbo Divino, Estella 2003
  7. Pikaza, Historia de Jesús, Verbo Divino, Estella 2015
  8. Vidal, La resurrección de los muertos, Sal Terrae, Santander 2025
  9. Wilckens, La resurrección de Jesús, Sígueme, Salamanca 1981 .
  10. N.T. Wright, La resurrección del Hijo de Dios, Verbo Divino, Estella  2008

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Tres reacciones ante la resurrección de Jesús. Domingo de Pascua

domingo, 12 de abril de 2020
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Pedro Y Juan ante la resurrecciónDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Una elección extraña

            Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema.

            Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. 

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.

El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

Las otras dos lecturas: beneficios y compromisos.

A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une:

  1. a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);
  2. b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: 

            «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

HERMANOS:

Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

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