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Hay! ¿Habrá miedo, y angustia,? ¡Hay!

domingo, 1 de diciembre de 2024
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IMG_8776Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.-  Angustia en la vida

        Es importante intuir qué final nos aguarda; o de otro modo, es decisivo tratar de saber cuál pueda ser el sentido de nuestra vida.

El evangelio que hemos acogido hoy está redactado en un lenguaje escatológico-apocalíptico para hablarnos del final de la historia, de nuestro propio final. Es una forma de hablar “tremendista”: habrá signos en el sol, estruendo en el mar, los astros se tambalearán, habrá angustia, miedo y miedo en los seres humanos…

Sabemos que es un lenguaje fuerte, un modo de hablar simbólico y radical y también sabemos que las cosas no sucederán así

Pero creo que no solamente es un lenguaje, sino que la vida misma nos muestra su faz de miedo, angustia.

¿O quizás, hasta cierto punto, nuestro existir no está lleno de miedo y ansiedad? Nuestra propia vida a veces se ve embargada por la desazón y la angustia.

La enfermedad y la muerte generan gran desasosiego, miedo y angustia.

Hoy en día las guerras de Ucrania e Israel nos causan también una cierta angustia a la humanidad ante la realidad bélica ya existente y ante la posibilidad de una tercera guerra mundial

02.- ¿Qué es la angustia?

La angustia es la situación de ansiedad opresiva sin causa precisa. (Diccionario RAE). La angustia es un estado afectivo difuso y penoso que se caracteriza por aparecer como reacción ante un peligro desconocido.

El filósofo (luterano) danés, Sobren Kierkegaard (1813-1855), en su libro “El Concepto de la angustia” vincula la angustia con el pecado y con la libertad.

         Este problema lo tenemos los católicos muy dentro de nosotros mismos.

Una desorbitada insistencia en el pecado, en la condenación, en el infierno ha generado una profunda culpabilidad, escrúpulo y miedo en muchas personas y conciencias

Esta “martille ante” insistencia en la culpabilidad, en el miedo a Dios y al infierno, el escrúpulo han inyectado en el alma de muchos católicos, en un estilo de catolicismo una gran angustia, un pánico a la condenación. Dios es un ser temible al que “hay que tener a raya”. Una dura experiencia de Dios encauza la vida hacia la angustia.

La religión, “los sistemas religiosos” pueden agudizar los problemas más que resolverlos. Por desgracia esta experiencia negativa nosotros la hemos vivido en nuestros tiempos jóvenes, digamos que hasta el concilio Vaticano II. Hizo mucho daño aquella predicación moral, aquellos ejercicios y confesiones torturadoras.

+       Lo malo de aquella educación es que se grababa a fuego en la psicología humana y muchas personas no pueden salir de “aquel infierno”, de aquella angustia y miedo.

         Yo me temo que esta involución que estamos viviendo en la Iglesia pretende volver a aquel tipo de moral, de cristianismo ultra riguroso.

         El Concilio supuso para muchos de nosotros una liberación: levantaos, que está cerca vuestra liberación. El Éxodo supuso la liberación del pueblo, de las tribus hebreas de la esclavitud de Egipto. El Concilio fie también para nosotros un Éxodo, una liberación.

         Yo la a la esclavitud de Egipto, anterior al concilio, no vuelvo…

03.- Algunas consideraciones

+       La angustia es una encrucijada de dimensiones, en ocasiones problemas o conflictos, no asumidos, no resueltos o no “puestos” los caminos de solución, quizás porque “no se ven” tales caminos.

+       Una dura experiencia de “Dios” puede encauzar la vida hacia la angustia.

+       Las neurosis, adicciones, comportamientos compulsivos, fanatismos, escrúpulos, etc. probablemente son expresiones angustiosas de hondos sufrimientos de los que se quiere salir, pero no se hallan caminos.

+       Tres son los ríos principales por los que fluye la angustia:

la culpa-pecado, el absurdo-sin.sentido y la muerte.

03.- La nube.

Cuando veáis venir al Hijo del hombre sobre las nubes, se acerca vuestra liberación.

         Esto no va a ser un hecho histórico. El Hijo del hombre llegará cuando nosotros lleguemos a Él.

La nube no es “quedarse a lo tonto en las nubes”. La nube es el símbolo de la protección de Dios.

+       En su marcha por el desierto, Dios protegía al pueblo del rigor del sol con la nube.

+       En el bautismo de Jesús brotó una voz desde el cielo: este es mi hijo amado.

+       En la Transfiguración la nube les envolvía a los apóstoles allí presentes

+       En la Ascensión JesuCristo quedó tapado por la nube, que significa: Dios.

         Cuando venga el hijo del Hombre o nosotros lleguemos a Él, la nube, el ámbito de Dios nos acogerá, nos cubrirá. Estamos y terminaremos en Dios.

         Esta confianza despeja la angustia y nos confiere una gran serenidad en la vida. ¡Cuántas veces repitió Jesús: no tengáis miedo!

         La esperanza en el futuro es la serenidad y alegría del presente, porque se acerca nuestra liberación

04.- Se acerca vuestra liberación.

         En la situaciones de miedo y angustia, miremos al cielo, a la nube. “Siempre está Dios” que es nuestra liberación.

         Jesús, el cristianismo no hurga en el terror, más bien el cristianismo es todo lo contrario: sana la culpabilidad, la depresión y nuestras enfermedades más profundas, nos libera de la muerte.

+       La salida al problema de la libertad – culpa, no está en que se rebajen las leyes y sea más fácil la cosa, sino en no temer y confiar cuando hemos hecho mal uso de la libertad.

+       La solución al problema de la muerte, no está en la resurrección, sino en la confianza en Dios (Bonhoeffer).

+       La salida al absurdo, al vacío está en confiar en el ser.

+       No temáis, confiad.

05.- Ánimo

        Cada cual y todos comenzamos el Adviento como nos pilla la vida personal y comunitaria: Vivamos serán y esperanzadamente. Hemos de activar la esperanza precisamente cuando no tenemos muchos motivos ni ganas.

Se acerca vuestra liberación

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“Tengan ánimo, se acerca su liberación”, por Consuelo Vélez

domingo, 1 de diciembre de 2024
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IMG_8792De su blog Fe y Vida:

Comentario al evangelio del I domingo de adviento 01-12-2024

Este primer domingo de adviento nos invita a la preparación efectiva, reconociendo que la fidelidad es inherente al seguimiento de Jesús

Cuando las situaciones se tornan difíciles es necesario mantenerse en pie, reconociendo la liberación que se acerca

Llega la palabra de esperanza y fortaleza: enderécense y levanten la cabeza, no se contenten con poco, sigan trabajando por los valores del reino

Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas. En la tierra se angustiarán los pueblos, desconcertados por el estruendo del mar y del oleaje. Las personas desfallecerán de miedo, aguardando lo que le va a suceder al mundo; porque hasta las fuerzas del universo se tambalearán. Entonces verán al Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria. Cuando comience a suceder todo esto, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación. Presten atención, no se dejen aturdir con el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que aquel día no los sorprenda de repente, poque caerá como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Estén despiertos y oren incesantemente, pidiendo poder escapar de cuánto va a suceder, así podrán presentarse seguros ante el Hijo del Hombre (Lc 21, 25-28.34-36)

Comenzamos el tiempo de adviento, es decir, de espera gozosa del Niño que viene, del Jesús que nacerá entre nosotros. Pero el texto que nos ofrece Lucas este domingo tiene un lenguaje apocalíptico que nos habla más de miedo y confrontación que de alegría y gozo. Ahora bien, la alegría cristiana no brota de algo casual o insignificante. Esta viene del triunfo de la vida sobre la muerte, de la alegría sobre la tristeza, del triunfo del Señor Jesús sobre todas las fuerzas del anti reino como celebrábamos la semana pasada en la conmemoración de Cristo Rey. Por tanto, aunque nos iremos acercando a la alegría que viene de reconocer en un pequeño niño al Hijo de Dios entre nosotros, hoy se nos invita a la preparación efectiva para ese momento, reconociendo que la fidelidad es inherente al seguimiento de Jesús y, por tanto, cuando las situaciones se tornan difíciles y pareciera que la buena noticia que trae Jesús no es escuchada por nadie, en ese momento, el mantenerse en pie, es el camino para reconocer la liberación que se acerca y llegar a ser destinatarios de la misma.

No es fácil mantener la fidelidad. Son muchos los esfuerzos que se hacen para vivir el amor y la verdad, la paz y la reconciliación, la solidaridad y le entrega y, cuando se mira a nuestra sociedad y a nuestra iglesia, pareciera que nada cambia e incluso, algunas veces, empeora. Las guerras de nuestro mundo, el hambre, la injusticia social nos hacen sentir que las fuerzas del universo se tambalean y que más vale vivir el momento presente sin trabajar por los cambios necesarios. Todo esto es la realidad que experimentamos muchas veces. Pero aquí viene la palabra de esperanza y fortaleza: enderécense y levanten la cabeza, no se contenten con poco, sigan trabajando por los valores del reino que la promesa del Señor no quedará defraudada y la liberación se hace real en muchas circunstancias y se seguirá concretando, una y otra vez, en la historia que tenemos por delante. Esa esperanza confiada a la que nos invita el texto se personifica en la figura del Hijo del Hombre que representa un personaje mesiánico que vendrá a realizar su juicio en el último día, donde quedará evidente la liberación que el Señor trae, venciendo todas las fuerzas del anti reino que no quieren que llegue.

Orar incesantemente, como dice el texto, no significa refugiarse en una capilla pidiendo que Dios intervenga mágicamente. Por el contrario, la oración que Dios quiere es aquella que se traduce en compromiso, en constancia, en insistencia, en fidelidad, como ya lo dijimos. Comencemos este tiempo de adviento renovando la esperanza, manteniendo la fe, practicando insistentemente el amor en todas nuestras palabras y obras.

(Foto tomada de: https://mividaenxto.com/oracion-en-familia-encender-la-primera-vela-de-la-corona-de-adviento/)

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Primer Domingo de Adviento (Lucas 21,25-28.34-36).

domingo, 1 de diciembre de 2024
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IMG_8795Comentario a la lectura evangélica (Lucas 21,25-28.34-36) del I Domingo de Adviento. Por P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Comenzamos el Adviento y la liturgia nos propone un texto casi como una admonición, una invitación a comprender lo que nos propone hacer Dios.

Una re-creación, en cierto modo.

Porque es una Creación inversa la que describe Lucas al comienzo de este nuevo año litúrgico: el Génesis, en un lenguaje poético y parabólico, relata el paso del caos a la armonía; aquí, Lucas, en un lenguaje denso en imágenes y visiones, llamado apocalíptico, describe el paso de la armonía al caos.

Describe, de forma imaginativa, lo que vive su comunidad, frágil vasija de barro en medio de vasijas de hierro, aparentemente desbordada por los grandes acontecimientos del Imperio: guerras, luchas de poder, migraciones, hambrunas…

Lo que estamos viviendo ahora, en una letanía interminable de agravios, degradación, violencia e incomprensión crecientes, problemas globales sin resolver, desde el clima hasta el trabajo, en una época en la que las guerras han reaparecido y se cobran víctimas en diversos rincones de la Tierra, de un caos que ha puesto al descubierto todas nuestras ilusiones.

De la Creación al caos. Esto está ocurriendo, por supuesto.

O esto es lo que creemos que está ocurriendo.

Y ese hombre siempre ha pensado.

En cada época. En cada momento. En cada vida.

No es nada nuevo quejarse, esperar lo peor.

No es ahí donde radica la novedad del Evangelio. Tampoco nosotros, los cristianos, engrosamos las interminables filas de los quejosos profesionales. Al contrario.

Levantad la cabeza.

Lucas, provocador, entra en escena al principio de este adviento, dándonos la vuelta a la tortilla, tomándonos amablemente por las narices, burlándose de nuestra actitud de todos los días, seria y preocupada, que tanto nos gusta llevar.

Desacredita nuestro victimismo, desacredita nuestras ansiedades.

Nada de escenas de pánico, nada de grupos apiñados de fieles encerrados en sacristías esperando el fin del mundo, nada de sitios apocalípticos de devotos últimos defensores de la fe, de críticos embozados en despachos divinos, de ninguna manera.

Es normal que el mundo esté siempre en equilibrio.

Que nosotros también lo estemos. En equilibrio sobre un abismo, en equilibrio sobre el caos.

Después de todo, ¿no era eso exactamente lo que Dios pretendía cuando creó el Universo? ¿Dar orden al caos sin destruirlo? ¿Orientarlo? ¿Y no fue ésa la tarea que encomendó a ese ser humano hecho a su imagen? ¿La de seguir creando?

Así que, sin aspavientos, cuando se construye una casa es normal que falten los últimos retoques, que haya muchos ladrillos tirados, que ciertas cosas aún no se vean limpias y ordenadas.

El trabajo está en marcha, recordémoslo. El mundo no está completo.

Y ante todos estos acontecimientos, dice Jesús, no nos dejemos llevar por el pánico.

Levantemos la cabeza. Porque el tiempo juega a nuestro favor.

La historia es lo que es. Un conjunto de acontecimientos sombríos y de prodigios.

El tiempo es lo que es, temeroso y pendenciero.

El hombre es lo que es, una mezcla de barro y espíritu divino.

¿De qué nos sorprendemos? Veamos más allá de la apariencia. Es Dios quien viene.

Trabajo en curso…

Pero debemos actuar. No quedarnos de brazos cruzados.

Trabajar, y duro.

Jesús también nos dice lo que debemos hacer: mantengamos nuestro corazón ligero, no dejemos que se agobie en disipaciones, ansiedades y preocupaciones.

Evitemos cargar nuestras vidas, volemos alto, mantengamos nuestros pensamientos y nuestras almas por encima del caos.

No malgastemos el tiempo, las emociones, los pensamientos. Lo poco que tenemos, lo que llevamos en el corazón, no lo disipemos. Guardemos nuestros pensamientos, tengamos el volante de nuestras vidas firmemente en nuestras manos, sabiendo hacia dónde dirigir nuestro coche interior.

No nos aturdamos con ilusiones, con expectativas, con ruidos excesivos. No cedamos a las muchas sirenas que intentan vendernos la felicidad de todas las maneras. Permanezcamos lúcidos.

La vida trae consigo preocupaciones, inquietudes, cosas que hacer, problemas que resolver, por supuesto.

Pero no pueden ocupar todo nuestro espacio interior, no pueden envenenar todo lo que somos.

Y esto sólo podemos hacerlo mirando hacia arriba.

Volviendo a nosotros mismos. Dando espacio al alma que brilla en medio de la oscuridad.

Prepararnos para la Navidad, hacer sitio a Dios, sin jugar con emociones ñoñas pero conscientes de que Cristo pide continuamente entrar en nuestras vidas, nacer en nuestras opciones cotidianas.

Cabe, sí, y hoy podemos empezar de nuevo.

No nos escondamos detrás de la preocupación de un mundo que se desmorona. No pongamos excusas a nuestro evidente malhumor, no pongamos condiciones a la felicidad.

Conciencia, eso es lo que hace falta.

Jerusalén será rebautizada ‘Señor nuestra justicia’, es decir, el Señor ha conseguido inculcarnos la justicia. Así anima Jeremías a los que han vuelto del exilio y sólo han encontrado escombros y están desanimados, sabiendo que no podrán ver la reconstrucción de la ciudad y del templo.

Llevará tiempo, y mucho tiempo, ver Jerusalén reconstruida.

Harán falta siglos y la venida del Mesías.

Pero Jeremías nos señala una clave, un horizonte, un más allá.

No, el mundo no está cayendo en el caos, como dicen los agoreros, falsos profetas, sino en los brazos de Dios. Yo lo creo, lo vivo con dificultad, lucho por construir espacios de Reino en el caos, oportunidades de luz en la oscuridad, orden en mí y donde vivo.

Como el cantero que tallaba una piedra para la Catedral que nunca vería terminada, yo también hago mi parte viviendo con justicia y mirando hacia arriba.

Él viene, el Señor, no lo dudemos.

Que nos sepamos en buenas manos, es decir, amados en medio de tanta turbulencia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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“Come del fruto y sal del Edén”, por Carlos Osma.

viernes, 15 de noviembre de 2024
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De su blog Homoprotestantes:

Los Dioses cisheteropatriarcales crean siempre al hombre, y después a la mujer, a su imagen y semejanza. Su soplo, con el que los trae a la vida, es un soplo limitado al binarismo que se presenta como complementariedad, pero que en realidad protege el privilegio de algunos hombres. Después les da un nombre: Adán y Eva, con el que los limita, predispone, obliga, y marca para siempre. Finalmente, los encierra en su jardín del Edén desnudos —pero ciegos para ver el color de su desnudez o la diversidad que alberga su cuerpo— y les arrebata el poder sobre su cuerpo y su deseo.

En el centro de todos y cada uno de los jardines que esos Dioses han creado hay plantados dos árboles al servicio de la protección del sistema cisheteropatriarcal: el árbol de la vida, y el árbol del conocimiento del bien y del mal. El primero es la promesa de lo imposible, la mentira de evitar la muerte. Es el anhelo por el que cualquier ser humano estaría dispuesto a todo, incluso a someterse al silencio, la negación, la doble vida, o una pseudoterapia reparativa. El segundo es una amenaza para las disidencias, para quienes necesitan conocer, para quienes se saben parte de un mundo donde el bien y el mal conviven sin saber a veces dónde termina uno y comienza el otro. Sin embargo, es también la puerta de salida de cada uno de los jardines del Edén a un lugar desconocido donde los dioses cisheteropatriarcales ya no son todopoderosos.

Es complicado liberarse de la amenaza del árbol de la vida, por eso les Noemí y las Jonathan que han sido colocados en esos jardines con un nombre que no es el suyo —Adán y Eva—, se afanan en alcanzar estos arquetipos totalmente inasumibles para elles. Y vagan y vagan por el jardín del Edén buscando su lugar, aprendiendo de serpientes silenciosas a arrastrarse sin ser descubiertas. Algunos creían que los Dioses cisheteropatriarcales luchaban por expulsarlas del Edén, pero no es cierto, necesitan a muchas Noemí y Jonathan sufrientes para —como el árbol de la vida— atemorizar a Adán y Eva. Necesitan redibujarlos, caricaturizarlos, hablar por elles, para que su Edén permanezca para siempre. Sin ese Edén, el Dios cisheteropatriarcal y sus adoradores, perderían todo sentido, por eso hay que protegerlo a toda costa.

No hay un único Edén, sino muchos, tantos como los Dioses cisheteropatriarcales necesitan, y cada uno de ellos se adapta para poder sobrevivir. Por eso hay Edenes en los que junto a Eva y Adán —o incluso prescindiendo de ellos— Noemí y Jonathan pasean tranquilas sonrientes. No hay expulsión, ni caricatura, sino selección de las Noemí y Jonathan que podrían pasar por Eva y Adán, reforzando así el estereotipo al que hay que adaptarse para que el Edén Rainbow no sea más que una copia del Edén de toda la vida. Y donde el árbol de la vida que está plantado en medio del jardín, a pesar de estar repleto de luces y banderas de colores, advierte de la muerte que les espera a las disidentes, a las que ya no quieren vivir en un lugar donde no son libres ni felices, donde no son elles mismes, sino caricaturas al servicio de algún Dios decadente.

También hay muchas Noemí, Jonathan, Alex, Fátima, invisibilizadas por los ventrílocuos de los Dioses patriarcales, porque van con todo el cuerpo, con su propio cuerpo tal y como elles lo viven y lo comprenden: tal como es. No se las quiere escuchar porque hablan con una voz propia y se explican son palabras que han creado ellas mismas porque no tenían otras a su disposición donde estuvieran incluides. Hay muches Isabella, Aimar, Cris, Noa, que quieren explicar su deseo, mostrar como aman, como sienten, pero ningún jardín del Edén se lo permite, porque no se someten, porque no refuerzan el poder de los Dioses cisheteropatriarcales. Hay también, incluso muchos Adán y Eva que están cansados de ser utilizados como el arquetipo de Adán y Eva, que no quieren ser ejemplos para nadie, sino vivir libremente con el resto, y que su identidad no sea utilizada contra la identidad de las demás.

Todes elles son una amenaza constante para el mantenimiento del jardín del Edén, y los Dioses cisheteropatriarcales están dispuestos a todo para silenciarlos. Pero jamás los expulsará, las prefieren controladas en el espacio que controlan. Como sabe cualquier El Padrino —cualquier Dios de la mafia— hay que mantener a los amigos cerca, pero a los enemigos aún más cerca. Parece que no hay escapatoria posible, que están condenades a vivir encerradas en esa llanura primigenia que jamás existió, pero cuya opresión es muy real. Y eso se debe a qué solo son capaces de pensar en los términos de la teología fundamentalista y cisheteropatriarcal. Pero para liberarse hay que repensarlo todo, mirarlo con ojos nuevos, atreviéndose a hacer lo que nunca antes habían hecho: atreverse a interpretar y habitar el mundo desde su necesidad de vida y liberación.

El gran enemigo del Dios cisheteropatriarcal es la serpiente, por eso ella es para las disidentes la voz del dios liberador. Solo hay una forma de salir del jardín del Edén, comiendo del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Del fruto de ese árbol que no engaña, que revela la finitud del ser humano y, por tanto, la importancia de vivir plenamente cada instante. Del fruto de ese árbol que dejará desnudes a todes y les mostrará la realidad de su vulnerabilidad, y de la vulnerabilidad de les demés. Del fruto del árbol que les libera de unas normas inamovibles, eternas y universales, para llamarlas a la responsabilidad de vivir discerniendo en cada momento, en cada circunstancia, en cada cuerpo y deseo, que es lo bueno, y que es lo malo. Que es lo humano, y que lo inhumano.

Eva es el origen del pecado en el mundo cisheteropatriarcal, pero para nosotras es el origen de la liberación de quienes no queremos vivir en ese jardín. Ella se atrevió a seguir el consejo del dios liberador y desobedeció al Dios cisheteropatriarcal, en su desobediencia abrió la puerta de salida del Edén que no había escogido y donde había sido encerrada, pero no solo lo abrió para ella, sino también para Adán, Fátima, Cris, Jonathan… para todas nosotras. Además de la salida de su Edén particular, visibilizó que es posible dejar atrás los miles y miles de Edenes en los que hemos sido encerrados junto al resto de la creación. Debemos coger del mismo fruto para escapar, nuestro encierro no es eterno, hay una escapatoria posible que nos lleva a lugares en los que tendremos que construir los espacios donde nuestra vida y la de las demás puede ser vivida sin coacción, en libertad. Come del fruto y sal del Edén.

Carlos Osma

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“El perdón te libera”, por Miguel Ángel Mesa

viernes, 25 de octubre de 2024
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De su blog Otro mundo es posible:

«Perdonar es el valor de los valientes. Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar»
(Gandhi).

Los medios de comunicación nos ofrecen constantemente situaciones de enfrentamientos que producen enemistades, odios: guerras, conflictos entre países o etnias, entre empresas…; de unas estrellas mediáticas, deportivas, famosas, contra las demás; de unos partidos políticos contra otros de signo adverso…

Algo que cada vez se está dando con más frecuencia es la condena a alguien, sin que se haya sentenciado judicialmente su culpabilidad, como es obligatorio en un Estado de Derecho. Simplemente por los indicios, por las primeras pruebas, por los comentarios que se realizan en los mass-media y las redes sociales creemos que es suficiente para condenar a una persona, organismo o asociación. Se está perdiendo poco a poco la presunción de inocencia.

Y, por otra parte, tanto en la ciudadanía, como en algunos partidos políticos y asociaciones de diverso género, se aboga porque los presos cumplan íntegras las penas, que se amplíen estas a cadena perpetua, sin rebajas, e incluso, en casos más extremos, a que se implante la pena de muerte. La rehabilitación y recuperación de las personas que han cometido un delito, parece que no se acepta ni se contempla en la realidad de nuestro sistema penitenciario y en la opinión pública.

Resolver muchos de estos conflictos no es fácil, si no hay buena voluntad por ambas partes. Y si, a través de algún tipo de mediación, se resuelven sobre el papel alguno de estos enfrentamientos, suele quedar en el hueco de la memoria el resentimiento, la indignación, el odio larvado. Lo que conlleva el que a la más mínima provocación se reabra la herida.

Como dice Gandhi en la frase que encabeza esta página, no es nada fácil perdonar.Y quizá sea aún más difícil pedir perdón a quien se ha ofendido. Pero no hay nada que libere más interiormente que solicitar el perdón o que otorgarlo. Nos humaniza, engrandece y restablece la armonía perdida, tanto entre las personas individuales como en las relaciones sociales.

Jesús experimentó en su propia vida y en la de los demás el valor terapéutico del perdón: a quienes le ofendían y acosaban sin parar; a las personas que se sentían esclavizadas por el sentimiento, cierto o inducido, de haber pecado; hasta llegar a ofrecer el perdón a quienes le condujeron a la cruz… Setenta veces siete había que perdonar, es decir, siempre.

Deberíamos tener pues siempre a mano para resolver cualquier problema y cerrar la herida, el bálsamo de la comprensión y la disculpa. Y que no nos despierte el amanecer de un nuevo día sin solucionar cualquier situación que nos haya enfrentado con otra persona. De cualquier circunstancia, positiva o negativa, podemos recibir una enseñanza. Pero no digamos: «yo perdono, pero no olvido», porque la semilla de la cizaña estará siempre acechando en nuestro interior, sin dejar que sanemos por completo.

Sabiendo, por otra parte, que no son incompatibles la proclamación de la verdad y la justicia, con la compasión y el perdón. Que quienes intentan incluir, rehabilitar, no acallar nada, olvidar, perdonar en definitiva, como la única forma de reconciliación y verdadera convivencia fraterna, llevarán la dicha a sus vidas. Quienes han descubierto el tesoro del perdón, no dejan de esparcir y sembrar las semillas de un mundo nuevo, reconciliado, justo y en paz.

«Felices quienes al llegar el atardecer del día se sienten bien, porque han enterrado en el olvido todos sus rencores».

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“San Juan de la Cruz: mística de la compasión”, por Juan José Tamayo.

viernes, 2 de agosto de 2024
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Leído en su blog:

Prólogo de ‘San Juan de la Cruz. Clave para la liberación y la esperanza’ (Tirant)

«Antonio es un excelente conocedor de la vida, la obra y el pensamiento del más reconocible carmelita descalzo del siglo XVI y quizá de todos los tiempos, sobre el que ha escrito páginas de gran hondura mística y humanista»

«La obra está escrita desde una hermenéutica creativa de la personalidad de Juan de la Cruz con un enfoque que es difícil encontrar en otros estudios de especialistas sanjuanistas»

«Me parece de gran fuerza intelectual el diálogo que Mialdea establece entre el místico descalzo y algunas tendencias teológicas actuales. Me parece de gran originalidad la aproximación a su pensamiento a través de cuatro categorías: liberación, esperanza, compasión y a-teología»

«Me ha sorprendido gratamente la relación que establece entre Juan de la Cruz y la teología de la liberación»

Muchas veces oí decir a mi padre: “El agua y los consejos cuando te los pidan”. Yo aplico este refrán a los prólogos: “Los prólogos cuando te los pidan”. A decir verdad, no faltan peticiones de personas amigas que me piden prólogos para sus libros. Mi respuesta es siempre afirmativa, y no considero que con ella esté haciendo un favor. Todo lo contrario: para mí la petición en sí ya es un privilegio, porque me permite leer el libro, unas veces en temas en los que puedo aportar algo y otras en los que tengo mucho que aprender.

Cuando mi entrañable amigo y colega Antonio Mialdea me pidió con voz queda que escribiera el prólogo a su libro San Juan de la Cruz. Clave para la liberación y la esperanza (Tirant, Valencia, 2024) acepté desde el minuto uno. En primer lugar, porque me resultaba atractivo el tema o, mejor, la figura del carmelita descalzo Juan de la Cruz. Y junto a su figura, el tratamiento y el enfoque tan originales y creativos, de los que voy a dar cuenta a continuación. La tercera razón fue porque Antonio es un excelente conocedor de la vida, la obra y el pensamiento del más reconocible carmelita descalzo del siglo XVI y quizá de todos los tiempos, sobre el que ha escrito páginas de gran hondura mística y humanista. Con tan favorable predisposición me puse a leer el libro y no he quedado defraudado.

 La obra está escrita desde una hermenéutica creativa de la personalidad de Juan de la Cruz con un enfoque que es difícil encontrar en otros estudios de especialistas sanjuanistas. Su perfil humano, religioso y literario comienza con una primera experiencia que va a iluminar su vida posterior: “consigue la plenitud de su libertad de ser desde los primeros años de su vida”, afirma Mialdea. Pobreza como práctica evangélica -que la teología de la liberación traduce hoy como “opción por los pobres”-, inconformismo, heterodoxia, espíritu reformador y, como consecuencia, persecución religiosa son los rasgos de su personalidad y de su estilo de vida, que no dejan de sorprendernos en tiempos de fanatismo e intransigencia dentro de la teocracia entonces vigente, como era la época en la que vivió Juan de la  Cruz.

Este perfil coincide con el que traza Lola Josa, una de las mejores especialistas mundiales en la obra sanjuanista, en su edición del Cántico espiritual: “Qué incómodo tuvo que ser el místico para las fuerzas y la vigilancia oficiales, poco menos que un revolucionario que defendía la no necesidad de absolutamente nada de lo que pudiera ofrecer el orden implantado. Él, pobre de nacimiento, que cuidó a enfermos desahuciados, sabía que la bondad y la caridad, atributos de la voluntad del vacío, pueden más que cualquier gobierno”. Juan de la Cruz, persona compasiva con las personas más vulnerables, como desarrollaré más adelante.

Juan de la Cruz no necesitó nada de lo que ofrecía el poder, del que tan alejado estuvo. Me recuerda a otra figura poética, mística, pobre por opción, subversiva del desorden establecido y comprometida con la liberación de las personas y colectivos empobrecidos del siglo XX: Pedro Casaldáliga, que define su vida en pobreza en el poema “Pobreza evangélica” de esta guisa:

No tener nada.

No llevar nada.

No poder nada.

No pedir nada.

Y, de pasada, no matar nada;

no callar nada.

Solamente el Evangelio, como una faca afilada.

Y el llanto y la risa en la mirada.

Y la mano extendida y apretada.

Y la vida, a caballo dada.

Y este sol y estos ríos

y esta tierra comprada,

para testigos de la Revolución ya estallada.

¡Y «mais nada»!

Entrando ya en el contenido del pensamiento de Juan de la Cruz, me parece de gran fuerza intelectual el diálogo que Mialdea establece entre el místico descalzo y algunas tendencias teológicas actuales. Me parece de gran originalidad la aproximación a su pensamiento a través de cuatro categorías: liberación, esperanza, compasión y a-teología. Leyendo esta aproximación me ha recordado la afirmación del padre de la Iglesia Gregorio Nacianceno: “la Biblia crece con sus lectores. Efectivamente, con su nueva interpretación Mialdea ha dado actualidad, relevancia y resignificación al autor del Cántico espiritual.

Me ha sorprendido gratamente la relación que establece entre Juan de la Cruz y la teología de la liberación. No, no es fruto de alucinaciones mentales del autor, ni de una cercanía forzada y ajena a la realidad de los textos sanjuanistas, sino que ambos se encuentran en sintonía. Mialdea habla certeramente de la liberación de todas las esclavitudes, interiores y exteriores, en el carmelita descalzo, y vincula la libertad con la liberación, ambas inseparables: “la libertad solo se alcanza si hay un proceso de liberación previa”, afirma. Son los propios teólogos y teólogas de la liberación quienes confirman dicha sintonía al alimentar su teoría y praxis de liberación y su espiritualidad en las fuentes de la poesía y la experiencia sanjuanistas. Estos son algunos ejemplos: Gustavo Gutiérrez, Segundo Galilea, Camilo Maccise, Ernesto Cardenal, Pedro Casaldáliga, el papa Francisco, etc.

san-juanEn el caso de Casaldáliga la convergencia no solo es ideológica, sino literaria, ya que ambos hablan de la liberación poéticamente. La mejor forma de comprobarlo es la reciente publicación Antología poética, del obispo-profeta hispano brasileño de Mato Grosso (Monte Carmelo, Burgos, 2023), que inaugura un nuevo género literario en la teología de la liberación: la teo-poética de la liberación, junto con Ernesto Cardenal y Rubem Alves. He leído los poemas mayores de Juan de la Cruz y el libro de Casaldáliga y he podido comprobar la afinidad entre ambas concepciones de la liberación. El obispo poeta y místico dedica un poema a San Juan de la Cruz. Considero, por ello, magistrales y sólidamente argumentadas la páginas dedicadas a la relación entre el carmelita descalzo y la teología de la liberación. Las he leído con verdadera fruición.

Lúcido, extenso y creativo es el estudio de Mialdea sobre la centralidad de la esperanza en la obra sanjuanista, cuyo rastro sigue en detalle en cada uno de sus libros. Para Juan de la Cruz, la esperanza no es la huida hacia adelante, sino la posibilidad del ser humano de escapar de situaciones-límite extremadamente negativas y la apertura hacia la U-topía: “vuelo de esperanza hacia las cosas que no se poseen”, subraya el místico.

Especial interés me ha causado la conexión que establece Antonio entre Juan de la Cruz y algunos pensadores de los orígenes del cristianismo como Pablo de Tarso y de los actuales como el filósofo de la utopía Ernst Bloch, el teólogo de la esperanza Jürgen Moltmann y yo mismo. Le agradezco que me cite junto a los pensadores mayores en torno a la esperanza. De Bloch subraya la esperanza no solo como virtud, sino como Principio (Das Prinzip Hoffnung) y el Todavía-no-ser (Noch-Nicht-Sein). En mi caso retoma la definición que doy de la persona como ser-en-esperanza y su carácter proyectivo. De Moltmann cabe destacar la esperanza como anticipación del futuro y como virtud subversiva y desestabilizadora. Con Pablo de Tarso concuerda en la idea fontal de la esperanza contra toda esperanza cuya mejor demostración es que logra vencer incluso a la muerte. Así lo manifiesta en la petición que hizo al prior de la comunidad en su lecho de muerte de que le leyera el siguiente verso del Cantar de los cantares: “Fuerte como la muerte es el amor” (8,6).

Quizá la principal aportación del Mialdea a la categoría de la esperanza en Juan de la Cruz sea que implica el olvido del propio yo egoísta y lleva derechamente al reconocimiento de la alteridad, a la apertura a los otros. La identidad se convierte entonces en alter-identidad o inter-identidad, en consonancia con la antropología africana Ubuntu: “Yo solo soy si tú también eres.

La tercera categoría a la que recurre el autor para interpretar la obra y la vida de Juan de la Cruz es la compasión que, si bien aparece pocas veces en sus escritos, constituye el horizonte de su senti-pensar y relaciona con mi definición del ser humano como “ser compasivo”. Hoy la compasión es una palabra devaluada, incluso en los diccionarios, y se ha convertido en una virtud bajo sospecha porque se entiende y se vive como sentir pena y lástima ante el sufrimiento de las víctimas desde fuera y con cierto complejo de superioridad, sin asumir como propio el dolor de los otros. Antonio depura esa palabra de sus connotaciones negativas y la presenta como el fundamento de la ética, de los juicios morales y de los comportamientos humanos. La compasión no es misericordia, ni debilidad, sino, en palabras de Mialdea, “el único camino hacia la nueva Humanidad”. O dicho en otras palabras: la compasión es la que nos hace realmente humanos; su ausencia nos torna inhumanos.

Juan de la Cruz relaciona la compasión con la “Noche oscura”: “grande compasión -afirma- debe tener el alma que Dios pone en esta tempestuosa y horrenda Noche”, y vincula su crecimiento con la unión amorosa con Dios: “la compasión de los prójimos tanto más crece cuanto más el alma se junta con Dios por amor”. Experiencia religiosa, compasión y amor: he aquí los tres elementos que conforman la personalidad del místico descalzo y uno de los mejores legados que nos deja.

La cuarta categoría, de reciente creación, es a-teología. Mialdea establece una certera distinción entre ateísmo y a-teología y sitúa a Juan de la Cruz del lado de esta última o, si se prefiere, de la teología apofática, que, en la tradición cristiana, arranca del Peudo-Dionisio y tiene su culminación en las diferentes tradiciones místicas. Asimismo, pone en relación al místico descalzo con el Maestro Eckhart. Los dos hablan de la nada de Dios, Juan de la Cruz lo hace implícitamente en la primera estrofa del Cántico espiritual. Eckhart define a Dios como la Nada. Los dos coinciden en que Dios es Misterio, inescrutable, inmanipulable, innombrable.  Pero es Juan de la Cruz quien lo lleva hasta las últimas consecuencias al no nombrar a Dios en ninguno de sus grandes poemas.

Otro coincidencia entre Juan de la Cruz y Eckhart radica en que el vacío y la desnudez son las formas de acceder a Dios. Para encontrarlo y saborearlo hay que desnudarse, descalzarse y vaciarse. En su edición del Cántico espiritual Lola Josa afirma que la espiritualidad judía convirtió la desnudez del cuerpo humano en la mejor representación física del vacío y llega a aseverar que en el Cántico la desnudez es el mismo Dios.

Aquí termina mi función, que no es otra que la de pórtico para acceder al libro y ofrecer algunas claves de lectura para no perderse en tan maravilloso recorrido por la vida, la obra y pensamiento de San Juan de la Cruz. Ahora dejo a las lectoras y los lectores con el libro cara a cara, que les llevará a conocer mejor y reconocer la personalidad irrepetible de Juan de la Cruz, autor del Cántico espiritual, uno de los poemas mayores de la literatura universal y una de las cumbres de la poesía mística de todos los tiempos. Gracias, Antonio, por este regalo.

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“María y la liberación de los pobres”, por Segundo Galilea.

martes, 12 de diciembre de 2023
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191213_4084586_Reaparece_imagen_de_la_Virgen_de_Guadalupe_bEl tema de María en la liberación cristiana e integral de los pobres y oprimidos va a surgir como el resultado del encuentro entre la devoción popular mariana (que es la propia de esos pobres) y la aspiración y movilización de esos mismos pobres en busca de su dignidad, de sus derechos y de su libertad violados por sistemas socialmente injustos y muchas veces políticamente opresivos.

La cuestión puede plantearse así: ¿de qué manera influye la piedad y espiritualidad popular mariana en las aspiraciones y tareas de liberación de los pobres? ¿Tiene María un lugar en una sana teología espiritual de la liberación de los pobres? La respuesta eclesial es afirmativa. Puede ser articulada teológicamente e integrarse en la tradición mariológica de la iglesia. Ello es posible debido a que el tercer mundo católico ha ido tomando conciencia, casi simultáneamente: a) de los caminos de su liberación, b) de la naturaleza colectiva que ésta tiene en los pobres, c) de las potencialidades liberadoras de su catolicismo popular y de su piedad mariana.

Por eso, la relativamente reciente reflexión cristiana sobre la liberación ha dado un lugar a María desde el inicio, al lado del lugar central de Jesucristo. Esta mariología liberadora se ha ido enriqueciendo en los últimos años, no sólo con la experiencia espiritual de las comunidades cristianas y con la elaboración de los teólogos, sino muy decisivamente con intervenciones del magisterio de la iglesia. Los enfoques de Juan Pablo II sobre María y la liberación, la dignidad de los pobres y la justicia, expresados sobre todo en sus viajes a América Latina, son abundantes al respecto.

No se trata de extrapolar los evangelios a nuestra situación actual, ni de forzar las fuentes de la revelación, haciendo de María una militante de la liberación y de la justicia, en los términos y maneras que hoy lo entendemos. Ello sería tan errado como innecesario. Si María tiene un lugar en la liberación y justicia de los pobres, es por su actitud y por su capacidad de inspiración evangélica y humanizadora, y no tanto como modelo de acción militante. Así como María es también modelo de acción misionera e inspiración y criterio para los misioneros, aunque ella nunca haya sido misionera en el sentido que hoy lo entendemos. No; de cara a la misión o a la liberación, María no fue una militante, ni hay que buscar en ella modelos de militancia según los términos actuales.

El lugar de María en la liberación es mucho más profundo: ella nos revela por el testimonio de su vida las grandes actitudes cristianas que deben acompañar a los militantes de la liberación; por la función maternal que ejerce en los hijos de Dios ella inspira y nutre las motivaciones de los cristianos que luchan por la liberación y la justicia; ella es un signo que alimenta la esperanza cristiana en la liberación total de los pobres y sufrientes. María es necesaria para que los pobres y oprimidos tengan presentes las actitudes y criterios que se requieren para hacer de su liberación un camino auténtico de libertad de toda forma de servidumbre humana. María les testimonia, por su pobreza y humildad, que la verdadera liberación y libertad no es hacerse rico, ni actuar insolidariamente, ni buscar poder para abusar de otros más débiles, ni acceder al desarrollo para caer en servidumbres nuevas de hedonismo y materialismo.

La contribución de María a una espiritualidad de solidaridad liberadora con los pobres puede resumirse así:

1. La Predilección de María por los pobres y oprimidos.

María formó parte del pueblo llano de su tiempo, compartió su vida ardua y anónima. (El grado sociológico de la pobreza de María —o de Jesús, para el caso— no tiene importancia aquí.) Por ello se identifica con los sencillos y modestos de la tierra. Al compartir su suerte les revela su dignidad: la madre de Dios y de los hombres es una mujer como ellos. Esta solidaridad de María con la pobreza y los pobres es ya un factor en su liberación, pues la liberación comienza y se alimenta con el descubrimiento de la dignidad de los pobres y de su mutua solidaridad.

Esta opción preferencial por los pobres en María no es sólo un hecho evangélico: en la condición ardua y pobre del nacimiento de Jesús, en la inseguridad de la persecución de Herodes, que la llevó a exiliarse en Egipto con su familia, en la vida opaca y modesta de Nazaret como una mujer más del pueblo, etc. Es también un aspecto de la devoción popular mariana. El pueblo sencillo y pobre siente a María cercana, una de ellos. Las tradiciones sólidas de apariciones marianas (Guadalupe, Lourdes, Fátima como ejemplos bien conocidos) se dan en lugares pobres y a gente sencilla, a menudo niños y niñas. Los grandes lugares de veneración mariana son visitados sobre todo por los más pobres, necesitados, sufrientes y oprimidos, aun sociopolíticamente. Todo esto encierra un gran mensaje mariano sobre la dignidad de los pobres y una llamada a la solidaridad por su liberación humana.

2. María arroja una nueva luz en la liberación de inspiración cristiana.

Ésta se afirma esencialmente en la dignidad de los pobres y en los derechos que esta dignidad reclama. La liberación es la plenitud de la dignidad humana. La liberación tiene también por base la solidaridad fraterna de todos los hombres, creados todos a semejanza de Dios e hijos de Dios por gracia. La liberación debe conducir no sólo a sistemas más justos, sino sobre todo a la convivencia fraterna, debe transitar por los caminos de la solidaridad y no por las vías del odio, de la violencia y la lucha ciega y sistemática. Los logros puramente materiales de la liberación son relativos y aun ambiguos si no conducen a crecer en dignidad y en fraternidad de lo cual María fue modelo y es inspiración.

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3. María era consciente y solidaria con las miserias y servidumbres del pueblo de Israel.

Participaba en el anhelo de liberación de ese pueblo; integró ese anhelo en la promesa de Dios y en la obra de Cristo como redentor del pecado y como salvador de toda servidumbre humana. María dio a los anhelos de liberación de su pueblo un horizonte de esperanza en la venida del reino de Dios, que haría nuevas todas las cosas.

Esta actitud de María está condensada en su Magnificat (Lc 1,46-55). En el tercer mundo creyente se reza el Magníficat teniendo presente esta actitud. En algunos lugares se ha convertido en un texto clave para entender la actitud de María en la liberación de su pueblo. El propio magisterio de la iglesia ha hecho uso de él en este sentido (cf Puebla 297; instrucción sobre “Libertad cristiana y liberación”, Cong. de la Fe, n. 48; encíclica de Juan Pablo II sobre la “Bienaventurada Virgen María en la vida de la iglesia peregrina” (Redemptoris Mater, n. 37). El tema ha sido reiterado por el propio papa Juan Pablo II, particularmente en sus viajes a Iberoamérica, comenzando por su homilía en Zapopán, México (AAS LXXI, p. 230). En todo esto no hay abuso sociológico o ideológico con respecto al Magníficat; sólo la constatación de que las promesas de Dios, que se han comenzado a realizar con la venida de Cristo, por las que María da gracias al haber sido elegido como humilde instrumento, incluyen la realización de un reino de justicia entre los hombres. Un reino que enaltece a los humildes y derriba a los poderosos, que colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos (Lc 1,51-53). Esta promesa forma parte para siempre de la esperanza de los pobres, de la que María es un testigo privilegiado.

El mordiente liberador de la piedad mariana, ¿es sólo una hermosa teoría o responde a experiencias y hechos? ¿Ha habido momentos en la historia de esos pueblos en que María haya simbolizado e inspirado la causa de la justicia y la libertad? Hechos pasados y recientes responden que sí. Aunque en esto las motivaciones del pueblo o de los líderes sean complejas y se dé siempre la tentación de utilizar política o ideológicamente la devoción religiosa con las ambigüedades consiguientes, existe siempre el hecho de que en momentos de crisis, cuando está en juego la libertad, la intuición religiosa popular vio en María una protección y un símbolo de Dios que hace suya la justa causa de los pobres. Todo país en que la devoción mariana tiene una envergadura popular podría contribuir con ejemplos. Ya recordamos más atrás el caso, entre otros, del lugar de María en las gestas de emancipación de los países de Iberoamérica. Ejemplos contemporáneos tampoco faltan, desde los campesinos mexicoamericanos que en California luchan por sus reivindicaciones bajo el estandarte de la Virgen de Guadalupe hasta el pueblo filipino, que en 1986 cambió su sistema de gobierno no con armas ni puras consignas políticas, sino con manifestaciones pacíficas presididas por imágenes de María y rezando el rosario.

Segundo Galilea

Diccionario de Mariología

Fuente Reflexión y Liberación

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“¿Por qué sufrimos? ¿Podemos liberarnos?”, por José Arregi

martes, 10 de octubre de 2023
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hombre-llorandoDe su blog Umbrales de Luz:

Buena parte de los animales –desde gusanos a mamíferos, pasando por insectos, moluscos, anfibios, peces, reptiles y aves– sienten dolor. Y no solo sienten un dolor concreto y aislado, sino un malestar general del organismo. En modos y grados diversos, pero sufren. Los seres humanos formamos parte de una inmensa comunidad planetaria de vida sufriente, que de solo mirarla sobrecoge y turba.

Y hay razones para pensar que los seres humanos sufrimos más que ningún otro viviente conocido. Nuestra extraordinaria complejidad neuronal nos hace ser física y psíquicamente más sensibles a todo tipo de accidentes y enfermedades, conflictos, hambres y guerras, miedos y angustias, que ninguna otra especie conocida, incluidas otras especies humanas del pasado. Sufrimos consciente o inconscientemente. Sufrimos por lo que sentimos y lo que pensamos, lo que recordamos y lo que tememos, lo que nos duele y lo que imaginamos. Sufrimos por un dolor de muelas y por la derrota de un equipo de fútbol. Lo físico, lo emocional, lo mental y lo social: todo se funde y se traduce en fuente inagotable de placer y de alegría de vivir, pero también de malestar y de sufrimiento.

Y hoy, cuando hemos alcanzado un nivel de conocimiento científico y de poder tecnológico nunca alcanzado hasta ahora, cuando se avista la posibilidad de que la inteligencia artificial, las neurociencias y la biotecnología puedan superar todas las enfermedades e incluso la muerte, sufrimos y hacemos sufrir más que nunca. Sufrimos demasiado. Hasta, no pocas veces, preferir la muerte a la vida. Y hasta preguntarnos si valió la pena que, hace 300.000 años, en este maravilloso planeta azul y verde, surgiera este Homo Sapiens tan dotado y tan vulnerable. Y si algún día esta especie se supera a sí misma y cumple sus sueños de poder supremo, ¿será para bien? ¿Habrá desaparecido el sufrimiento de todos o será el colapso total de lo humano?

Una doble pregunta es, pues, más apremiante e inexcusable que nunca: ¿Por qué sufrimos y hacemos sufrir tanto? ¿Cómo podremos aliviar tanto dolor, personal y colectivo, físico o psíquico, real o imaginario, sufrimiento al cabo? Todas las grandes tradiciones espirituales de la humanidad Sapiens han querido ofrecer respuestas creíbles y eficaces a esas preguntas esenciales, en coherencia con su cosmovisión y sus posibilidades en cada época y lugar. No nos sirven sus mitos entendidos como relatos históricos, ni nos valen sus categorías explicativas y propuestas liberadoras tomadas a la letra, pero las intuiciones de fondo que sugieren pueden inspirarnos todavía. Me referiré a tres tradiciones: las sabidurías de la India, el monoteísmo profético judío y Jesús de Nazaret.

1. Los sabios de la India, desde hace seis milenios, enseñaron que sufrimos por ignorancia o por error, por identificarnos mental y emocionalmente con nuestro ego irreal, separado, hecho de sensaciones, emociones, ideas, recuerdos, aspiraciones, temores… Buda (s. VI a.C.) resumió lo esencial de la sabiduría védica y upanishádica en su tercera “noble verdad”: la raíz del sufrimiento es el deseo, el apego al ego físico-psíquico, superficial y pasajero. A diferencia del mero dolor físico, el sufrimiento sería un constructo mental-emocional equivocado.

Del diagnóstico se deduce el tratamiento: el camino decisivo para liberarnos del sufrimiento es el viaje interior –eminentemente personal e individual– para despertar al conocimiento auténtico, a la conciencia profunda de nuestra naturaleza real, a la unidad (yoga) con nuestro verdadero Ser originario, llámesele la Nada o el Vacío, el Uno o el Todo, o Dios o Brahman.

Este camino interior místico es imprescindible, pero ¿bastará por sí solo? ¿Nuestra interioridad no es acaso projimidad? ¿La conciencia de nuestro Ser profundo sin forma no emerge acaso de la estructura concreta –físico-química, biológica, social, cultural, política…– que nos sustenta y nos constituye? Aun siendo verdad que sufrimos por no conocernos, ¿no es verdad igualmente que la conciencia de nuestro Ser profundo depende del aire que respiramos, del agua que bebemos, del pan que comemos, de las relaciones que nos engendran, de la educación que recibimos, de la cultura que nos conforma, del sistema económico y político que nos configura? ¿Cómo liberarnos de nuestra falsa conciencia sin transformar las estructuras que nos condicionan o determinan?

2. La tradición monoteísta hebrea, estrechamente relacionada con las religiones teístas del Creciente Fértil que se extendía desde Mesopotamia a Canaán, propuso un diagnóstico y un camino de liberación diferente: la ética profética de la justicia personal y política. No es un camino contradictorio con la sabiduría mística oriental, ni siquiera complementario. Todos los caminos en su fondo auténtico se exigen y se incluyen mutuamente. La Tanaj o “Biblia hebrea”, escrita durante cerca de mil años entre los siglos X-II a.C., no es revelación divina de verdades sobre el comienzo y el fin o sobre los últimos porqués del sufrimiento. Es expresión multiforme, cultural, de la experiencia humana de siempre: de la Presencia oculta que la habita y de la Ausencia que padece, de la Promesa que la mueve y del Drama que sufre.

Cuenta el Génesis que Dios, al crear el mundo, dispuso para el ser humano –Adán, que significa “tierra”, y “Eva”, que significa “viviente”– un jardín paradisíaco sin sufrimiento ni daño ni muerte, en el que podían comer del árbol de la vida y de todos los demás salvo del “árbol del conocimiento del Bien y del Mal”. Pero Adán y Eva quisieron “ser como Dios”: omnipotentes, inmortales y señores absolutos del Bien y del Mal. Por haber “desobedecido a Dios”, por haberse convertido en criterio y centro del bien y del mal, “fueron expulsados” del paraíso: nacemos y vivimos en el dolor, trabajamos y penamos, matamos y morimos, ambicionamos poder y saber y con ello añadimos sufrimiento sobre sufrimiento.

Ya no podemos creer en un “Dios” Ente Supremo, que en un pasado remoto creó el mundo de la nada, que impuso mandamientos, que premia y castiga, exige obediencia, culto y ritos expiatorios. Ya no podemos creer en un Dios que tendría la respuesta a nuestra pregunta lacerante: “¿por qué sufrimos?”. Pero todo eso no es lo esencial de la Biblia. Lo esencial es que la vida sigue, que hay sufrimiento y debemos combatirlo, y que el paraíso, la Tierra sin males, está ante nosotros. “Otro mundo en este mundo es posible”, dice en el fondo toda la Biblia. “Tú puedes”, dice el Infinito incluso a Caín, el asesino de su hermano, y lo marca en la frente con una señal de protección “para que no lo mate quien lo encuentre” (Gn 4,7.15). Entre todos, viene a decir, podéis aliviar e incluso eliminar el sufrimiento que os aflige, transformar las estructuras –biológicas, psíquicas, sociales, económicas– que hacen que la vida sufra y gima. Escoged la vida buena y feliz para todos, empezando por el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero. Escoged la justicia y la paz. Descansad y dejad descansar al prójimo, a los animales y a todos los seres. Cuidad la Tierra, pues eres tierra viviente. Cumplid los mandamientos de la Vida y de la Bienaventuranza universal, de la Comunión de todos los seres, del Aliento del universo y de tu propio Aliento profundo.

3. Hace 2000 años surgió un profeta, Jesús de Nazaret, en quien reconozco de manera muy particular el Aliento transformador, el icono de la Compasión subversiva. Miro a Jesús a través de los diversos e incluso contradictorios relatos que nos han llegado de él, lo miro más allá de su historicidad concreta y de los dogmas con que lo revistieron siglos más tarde y que hoy nos resultan incomprensibles y ya no nos mueven a la compasión subversiva. No creo que fue perfecto, ni siquiera me importa si fue el mejor. En él reconozco la bondad que nos habita y nos puede liberar, se le llame “Dios” o de otra manera. En él me reconozco. Lo miro como figura del mundo liberado que debemos y podemos recrear.

Se dejó inspirar en lo más profundo por el Espíritu que mueve a todas las profetisas y profetas, religiosos o no. Vivió y murió fiel a su religión judía, pero quiso renovarla profundamente, pues se había convertido en sistema opresor y patógeno, en religión clerical del templo y del sacrificio, aliada de los grandes ídolos: el Dinero y el Imperio. Jesús creía en Dios y lo imaginaba de acuerdo a la religión judía de su época, pero no le importaban tanto las doctrinas, los ritos y las normas cultuales, cuanto la confianza profunda, la misericordia entrañable, la fraternidad universal subversiva de todas las estructuras inhumanas. Eso es en el fondo la divinidad que Jesús me inspira, no ligada a ningún sistema religioso.

Se ocupó del sufrimiento, no de culpas, pecados y sacrificios expiatorios. Miró de cerca el sufrimiento de los pobres, enfermos y marginados, y vio cuál era su causa principal: la injusticia estructurada, los poderes que empobrecen, enferman y matan. Y se le removieron las entrañas de compasión, se indignó y actuó. Proclamó el Jubileo, la liberación de la opresión, la Paz fruto de la justicia. Contó parábolas conmovedoras y provocadoras como la del Buen Samaritana, durísima crítica de la religión centrada en la ortodoxia, el culto y la pureza, interpelante relato de la violencia que hiere al mundo y del único remedio posible: la compasión personal y política. Se retiraba a orar en soledad: a respirar, a encontrarse consigo mismo, con su Aliento vital más hondo o con Dios, y a sentirse más unido con las multitudes desamparadas. Y practicaba la comensalía abierta con los impuros y mal mirados. Así devolvía la autoestima y la esperanza a muchas personas sufrientes, y recuperaban la salud, que –como la enfermedad y como toda dolencia– es inseparablemente física, psíquica y socio-política.

He ahí el camino: la contemplación mística y el conocimiento científico, la interioridad y la projimidad, la transformación espiritual y estructural, la compasión subversiva y la política inspirada… Solo articulando sabiamente los diversos caminos y solo recorriéndolos conjuntamente a nivel planetario podremos vencer al sufrimiento. Si no, el sufrimiento nos habrá vencido. El reto de la Vida es urgente.

José Arregi

(Publicado en italiano: “Perché soffriamo? Possiamo liberarci?”, en Paolo Scquizato [coord.], Del male, di Dio e del nostro amore, Gabrielli Editori, 2023, p. 13-17)

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Significado de monseñor Romero hoy: «Modelo y referente del cristianismo liberador»

martes, 19 de septiembre de 2023
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Desde San Salvador, en el Natalicio de Monseñor Romero

Cristianismo liberador, ciudadanía crítica, pedagogía de la liberación, democracia participativa y cultura de paz

«La figura de Monseñor Romero no ha caído en el olvido, sino que sigue viva, activa y muy presente en el pueblo salvadoreño»

«Este pueblo centroamericano está sufriendo un fuerte retroceso en el proceso de democratización que costó tanta sangre en las décadas de los ochenta y los noventa del siglo pasado»

Me encuentro en San Salvador invitado por el colectivo Encuentro Romeriano para participar en la primera celebración del Natalicio de Monseñor Romero, con el apoyo de la Escuela Política para un Nuevo Proyecto, la Fraternidad Teológica de América Latina y la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). El Encuentro Romeriano es un movimiento laico que se inspira en Monseñor Romero, tiene una vocación ecuménica, promueve la formación, concientización y organización popular, e intenta recuperar y actualizar la herencia de los mártires salvadoreños.

Estoy participando también en conferencias en la UCA, en el encuentro de rectores de las Universidades Evangélicas y Protestantes y en la Fraternidad Teológica Latinoamericana. Dichos eventos son la mejor demostración de que la figura de Monseñor Romero no ha caído en el olvido, sino que sigue viva, activa y muy presente en el pueblo salvadoreño.

El Salvador está viviendo una situación represiva de los derechos humanos y especialmente contra los activistas defensores de dichos derechos, a quienes se culpabiliza de colaborar con las maras y se les detiene arbitrariamente. Esa situación represiva es particularmente aguda en las poblaciones más pobres y en el área rural, considerando que la gran mayoría de los arrestos masivos y arbitrarios, los cateos de las casas y los cercos militares suceden precisamente en las zonas marginadas.

IMG_0414Este pueblo centroamericano está sufriendo un fuerte retroceso en el proceso de democratización que costó tanta sangre en las décadas de los ochenta y los noventa del siglo pasado. De una democracia incipiente y apenas experimentada de 1992 a 2019, El Salvador ha pasado ahora a un Gobierno autocrático. Todo ello supone una fuerte merma de los derechos y las libertades de la ciudadanía salvadoreña, sometida a un régimen de control en su vida cotidiana y en sus actividades cívicas.

En tan dramática situación creo necesario recuperar la figura profética de Monseñor Romero como modelo y referente del cristianismo liberador y de una ciudadanía crítica, activa y protagonista de la vida política y social, y activar su dimensión política subversiva y su teología de la liberación a servicio de las personas más vulnerables, de los sectores empobrecidos y al pueblo oprimido y sufriente.

Monseñor Romero nos enseña una serie de lecciones a aprender y a practicar, que resumo en las siguientes:

1. Cristianismo liberador. Romero es un símbolo luminoso de un cristianismo liberador en el horizonte de la teología de la liberación frente a las tendencias alienantes y neoconservadoras y comprometido con la causa de los pobres. Puso en práctica, la afirmación de Paulo Freire: “No podemos aceptar la neutralidad de las iglesias ante la historia”.

2. Ciudadanía crítica, activa y participativa.  Romero fomentó a través de sus homilías, la emisora de la arquidiócesis, los programas radiofónicos, el ejercicio de una ciudadanía crítica, activa y participativa. Romero reconocía la existencia de una conciencia crítica que iba formándose en el cristianismo salvadoreño, un cristianismo consciente, no de masas. Citando la Conferencia Episcopal Latinoamericana celebrada en Puebla de los Ángeles (México) en 1979, Romero defendía la necesidad de “ser forjadores de nuestra propia historia”, no permitiendo que sean otros quienes desde fuera nos impongan el destino a seguir. La Iglesia tiene que implicarse en dicha ciudadanía activa: “En la medida en que seamos Iglesia, es decir, cristianos verdaderos, encarnadores de Evangelio, seremos el ciudadano oportuno, el salvadoreño que se necesita en esta hora” (Homilía 17/1/1979).

3. Pedagogía concientizadora desde la opción por los pobres. Monseñor Romero fue un excelente pedagogo que siguió el método jocista del ver-juzgar-actuar y el de concientización de Paulo Freire: paso de la conciencia ingenua e intransitiva a la conciencia transitiva y activa, de la conciencia mítica a la conciencia histórica, de la conciencia a la acción transformadora y a la praxis liberadora.

 4. Espiritualidad liberadora. Monseñor Romero fue una persona espiritual, un místico, pero sin caer en el espiritualismo. Fue una persona profundamente piadosa, pero no con una piedad alienante ajena a los conflictos sociales. Fue un pastor, pero de los que huelen como pide el papa Francisco a los sacerdotes y obispos católicos. Vivió la devoción a María, pero no la María sumisa, sino la María de Nazaret del Magnificat que declara destronados de los poderosos y empoderados a los humildes, despojados de sus bienes a los ricos y saciados a los pobres.

5. Monseñor Romero fue un referente en la lucha por la justicia para creyentes de las diferentes religiones y no creyentes de las distintas ideologías. Igualmente lo fue para los políticos por su nueva manera de entender la relación crítica y dialéctica entre poder y ciudadanía, así como para los dirigentes religiosos por su correcta articulación entre espiritualidad y opción por los pobre, ejercicio pastoral y actitud profética.

6. Democracia participativa. La democracia hoy está enferma, gravemente herida, y, si no sabemos defenderla, es posible que esté herida de muerte. Se encuentra sometida al asedio del mercado y acorralada por múltiples sistemas de dominación, que son más fuertes que ella y amenazan con derribarla. Estos sistema de dominación son: el capitalismo en su versión neoliberal; el colonialismo en su versión neocolonial extractivista, anti-indigena y anti-afrodescendiente; el patriarcado en su versión más extrema de la violencia de género (machista), que el año pasado se saldó con 60.000 feminicidios en todo el mundo; los fundamentalismos religiosos y su irracional y destructora deriva terrorista; el modelo científico-técnico de desarrollo de la modernidad, que destruye nuestra casa común, la naturaleza; la violencia estructural del sistema, que somete a miles de millones de personas a situaciones de extrema e inhumana pobreza.

Como respuesta frente a la democracia herida de muerte es necesario, en palabras del sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, democratizar la revolución y revolucionar la democracia. Monseñor Romero puede ser un referente en esta tarea.

7. Trabajo por la paz y la justicia a través de la no violencia activa. Ignacio Ellacuría dijo que: “Con monseñor Romero Dios ha pasado por El Salvador”. Yo me atrevería a decir: monseñor Romero es piedra angular en el edificio de la cultura de paz que estamos llamados a construir todas y todos en El Salvador, América Latina y en todo el mundo. Eso sí, desde la opción por los pobres. Él ejemplificó como nadie la propuesta del poeta cubano José Martí: “Con los pobres de la tierra mi suerte yo quiero echar”.

8. Invitación a la utopía. La utopía sufre hoy un enorme desdén, cuando no un grave desprecio, un largo destierro y un maltrato semántico. Calificar a una persona, a un colectivo o a un proyecto de utópico no es precisamente un piropo, sino una descalificación en toda regla, es como  llamarla ingenua, fantasmagórica, ilusa, ajena a la realidad, etc. La utopía vive un largo destierro. Es excluida de todo los campos del saber y del quehacer humano y natural: de la ciencia, donde impera la razón científico-técnica;  de la filosofía, donde impera la razón instrumental; de las ciencias sociales, por ejemplo, de la economía, donde impera la razón contante y sonante; de la política, donde se impone la razón de Estado; de las religiones, donde se tiende a proponer la salvación  espiritual más allá de la historia.

La utopía sufre también un maltrato semántico por parte de los diccionaristas, que suelen definirla como plan bueno y muy halagüeño, pero irrealizable, subrayando su imposibilidad de realización y sometiendo a los seres humanos a una especie de fatalismo histórico que da por buena la afirmación “las cosas son como son y no pueden ser de otra manera”, los lleva a instalarse cómodamente en la realidad y a renunciar a todo cambio.

Monseñor Romero no se instaló cómodamente en el (des)orden establecido, ni con-sintió con el pecado estructural, ni hizo las paces con el gobierno, como le pedía Juan Pablo II. Encarnó en su vida, su mensaje y su práctica liberadora la realización de la utopía, no como un ideal irrealizable y fantasmagórico, sino conforme a los dos momentos que la caracterizan: la denuncia y la propuesta de alternativas.

– Denuncia de la negatividad de la historia, encarnada en los poderes que oprimían y explotaban a las mayorías populares: oligarquía, ejército, escuadrones de la muerte, gobierno de la Nación.

–  Propuesta de alternativas, en lenguaje cristiano del reino de Dios como la gran utopía, que Romero traducía en la construcción una sociedad no violenta, justa e igualitaria, y de una “Iglesia de la esperanza”.

IMG_0416La mejor expresión de la utopía de Romero fue la respuesta que dio a un periodista, unos días antes de ser asesinado: “Si me matan, resucitaré en el pueblo”. No estaba hablando del dogma de la resurrección de los muertos, ni de la vida eterna, sino de la nueva vida del pueblo salvadoreño liberado de la violencia, la injusticia y la pobreza. Su resurrección era la resurrección del pueblo. Tristemente tal resurrección no se ha producido, pero habrá que continuar caminando por la senda de la esperanza con la mirada puesta en la utopía de Otro Salvador Posible y la resistencia popular para que se haga realidad.

Para profundizar en la figura de Monseñor Romero: Juan José Tamayo (dir.), San Romero de América, mártir por la justicia (Tirant, Madrid, 2015)

Fuente Religión Digital

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A ti te entrego las llaves.

lunes, 26 de junio de 2023
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Dave Picard for Oberst-4

A ti te entrego las llaves:
en tus manos pongo la creación entera,
también mi Reino, mis ilusiones,
y mi confianza y palabra de Padre.
Te hago portero de esperanzas y proyectos
para que te sientas libre y responsable.

Llaves para abrir las puertas cerradas,
los corazones duros e insolidarios
y todos los secretos fabricados.
Llaves para repartir los bienes de la tierra,
todo lo que puse y produce,
sin que te sientas ladrón de haciendas.

Llaves para mostrar todos los tesoros
de arcas, baúles y bibliotecas,
y poder sacar las cosas buenas.
Llaves para dar a conocer
los misterios de la ciencia
y desenredar conciencias.

Llaves para abrir lo que otros cierran
–bancos, fábricas, fronteras e Iglesias–,
quizá tu casa, tu patio, tu cuenta.
Llaves para entrar en cárceles,
quitar trabas, soltar cadenas,
anular grilletes, conocer mazmorras.

Llaves para perdonar barbaridades,
quitar miedos y culpabilidades
y andar erguido y sin genuflexiones.
Llaves para que nadie encuentre
las puertas de su camino cerradas
aunque sea noche oscura.

Llaves para desatar leyes,
mandatos, edictos y normas
de señores, jefes y prepotentes.
Llaves para liberar a los que sienten
que tienen las puertas cerradas
y la vida hecha y planificada.

Llaves para poder salir al mundo
a que te dé sol y brisa
y te quite la costra que llevas encima.
Llaves para que nadie se atrinchere
y busque refugio en tus rincones
cuando ha herido a los más pobres.

Llaves para que los insensatos
no pierdan el tiempo quejándose,
y puedan entrar aunque lleguen tarde.
Llaves para que siempre puedas,
a quien llega a tiempo o deshora,
enseñar tus entrañas y acogerle.

Llaves para abrir heridas
–en el cuerpo, en el alma, en las estructuras–
y así poder curarlas.
Llaves para cuidar y mostrar
la buena noticia, mi casa,
mis tesoros de Padre y Madre.

A ti te entrego las llaves;
pero mira los rostros setenta veces siete
antes de creerte juez, clérigo o jefe.

*

Florentino Ulibarri
Fe Adulta

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Relación de Comunión

domingo, 4 de junio de 2023
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Maurice Zundel escribió páginas emocionantes sobre el corazón humano, este espacio donde la conciencia que se despierta accede en el sentido de su dignidad de su inviolabilidad, y que se revela, detrás del mí prefabricado y condicionado que lo recubre, como un espacio de pura acogida del otro, el espacio que no puede ser violado por principios autoritarios, ni siquiera divinos, sino que vive de la apertura y de la comunión con el Otro, a la imagen del Dios de Pobreza que  se desposee de él mismo perpetuamente en la relación de ofrenda que mantienen entre ellas las tres Personas de la Trinidad.

” (…) La Trinidad es la liberación de una pesadilla en la que la humanidad se debate cuando se sitúa frente a una divinidad de la que depende y a la que es sometida: ¿Por qué Él bastante más que yo? ¿Por qué soy la criatura, y Él el Creador? ¿Por qué, si es mi creador, me puso en esta situación de saber que yo soy su esclavo? ¿Por qué me dio justo bastante inteligencia para comprender que dependo de Él? ¡Hay una rebelión sorda e implacable qué sube del corazón del hombre en esta confrontación de su espíritu con esta especie de Dios que aparece en él como la apisonadora del espíritu!

En la apertura del Corazón de Dios a través del Corazón del Cristo, hay justamente esta manifestación increíble y maravillosa que Dios es Dios porque se comunica, que es Dios porque se da todo, porque el es la desapropiación infinita y eterna, porque tiene la transparencia de un niño, la transparencia en la que toda especie de apropiación es imposible, donde la mirada siempre es dirigida hacia “El Otro”, donde la personalidad, donde el yo, es sólo un altruismo puro e infinito. ¡Allí está la gran confidencia qué resplandece en el Evangelio de Cristo! ¡La perla del reino, es para que Dios sea este Dios!

¡Jesús, revelándonos la Trinidad, nos libró de Dios! Nos libró de este Dios pesadilla, exterior a nosotros, límite y amenaza para nosotros: ¡nos libró de aquel Dios! Nos libró de nosotros mismos que necesariamente estábamos, y sordamente, aunque no nos atrevíamos a reconocerlo, en rebelión contra este Dios.

Con la Trinidad, entramos en el mundo de la relación. (…)

Subsistir en forma de don, subsistir como una relación con los demás otro, subsistir en una respiración pura de amor, tenemos ahí el Dios que se transparenta y se revela personalmente en Jesucristo. (…)

Lo que justamente es tan patético, y lo que nos hace sensible la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el paso que trasciende que hay que obrar del uno al otro, es que, mientras que en el Antiguo Testamento el pecado supremo, el pecado original, es querer ser como Dios, en el Nuevo,  es esto mismo lo único que es necesario. (…)

¡Se trata de ser como Dios! Y, en el fondo, esta intuición nietzscheana, esta voluntad de ser Dios, de no sostener a ningún Dios aparte de sí mísmo, es el bosquejo de una vocación auténtica. ¡Pero atención! ¡Sí, ser como Dios, pero después de haber reconocido en Dios justamente  la desapropiación infinita, la pobreza suprema, el despojo translúcido!

Si Dios es aquel Dios, si hay en nuestro corazón una espera infinita, ser como Dios, ahora esto quiere decir desapropiarnos fundamentalmente de nosotros mismos para que nuestra vida se cumpla como la suya en un don sin reserva.”

*

Maurice Zundel,
Le Problème que nous sommes“,
Le Sarment, Fayard, 2000, pp 39-42

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Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

*

Juan 3, 16-18

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Si se pretendiese que una oración tuviera la precisión de un tratado de teología, entonces la oración a la Trinidad seria una cima casi inalcanzable. Sin embargo, la oración no es el fruto de unos razonamientos. En caso contrario, esperemos que la teología nos saque de esta contradicción. Ella, en efecto, ha creado el término técnico de circumincesión (o pericoresis, según la etimología griega) para hablar del “movimiento inamovible” de la presencio recíproca de las tres personas de la Trinidad – “Lo mismo que tu estés en mi y yo en ti”, le dice Jesús al Padre- en el rico “tránsito” de la circulación del Amor. De la misma forma, la verdadera oración trinitaria, como cualquier oración cristiana pasa sin cesar de una Persona a la otra. De este modo, Cristo, desde el momento que lo contemplamos como Hijo de Dios, nos remite al Padre, que nos lo “entrega”, y el Padre, cuando le expresamos nuestra acción de gracias, nos remite al Espíritu que el Hijo nos da “de parte” del Padre, y así incesablemente, cualquiera que sea el orden que empleemos e indistintamente de la Persona a la que inicialmente nos dirijamos en nuestra oración. Porque la oración trinitario sigue la lógico del amor, que es compartido y comunicado.

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J. Moingt,
Los tres visitadores. Conversaciones sobre la Trinidad,
Mensajero, Bilbao 2000.

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«María y la liberación de los pobres», por Segundo Galilea.

lunes, 12 de diciembre de 2022
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191213_4084586_Reaparece_imagen_de_la_Virgen_de_Guadalupe_bEl tema de María en la liberación cristiana e integral de los pobres y oprimidos va a surgir como el resultado del encuentro entre la devoción popular mariana (que es la propia de esos pobres) y la aspiración y movilización de esos mismos pobres en busca de su dignidad, de sus derechos y de su libertad violados por sistemas socialmente injustos y muchas veces políticamente opresivos.

La cuestión puede plantearse así: ¿de qué manera influye la piedad y espiritualidad popular mariana en las aspiraciones y tareas de liberación de los pobres? ¿Tiene María un lugar en una sana teología espiritual de la liberación de los pobres? La respuesta eclesial es afirmativa. Puede ser articulada teológicamente e integrarse en la tradición mariológica de la iglesia. Ello es posible debido a que el tercer mundo católico ha ido tomando conciencia, casi simultáneamente: a) de los caminos de su liberación, b) de la naturaleza colectiva que ésta tiene en los pobres, c) de las potencialidades liberadoras de su catolicismo popular y de su piedad mariana.

Por eso, la relativamente reciente reflexión cristiana sobre la liberación ha dado un lugar a María desde el inicio, al lado del lugar central de Jesucristo. Esta mariología liberadora se ha ido enriqueciendo en los últimos años, no sólo con la experiencia espiritual de las comunidades cristianas y con la elaboración de los teólogos, sino muy decisivamente con intervenciones del magisterio de la iglesia. Los enfoques de Juan Pablo II sobre María y la liberación, la dignidad de los pobres y la justicia, expresados sobre todo en sus viajes a América Latina, son abundantes al respecto.

No se trata de extrapolar los evangelios a nuestra situación actual, ni de forzar las fuentes de la revelación, haciendo de María una militante de la liberación y de la justicia, en los términos y maneras que hoy lo entendemos. Ello sería tan errado como innecesario. Si María tiene un lugar en la liberación y justicia de los pobres, es por su actitud y por su capacidad de inspiración evangélica y humanizadora, y no tanto como modelo de acción militante. Así como María es también modelo de acción misionera e inspiración y criterio para los misioneros, aunque ella nunca haya sido misionera en el sentido que hoy lo entendemos. No; de cara a la misión o a la liberación, María no fue una militante, ni hay que buscar en ella modelos de militancia según los términos actuales.

El lugar de María en la liberación es mucho más profundo: ella nos revela por el testimonio de su vida las grandes actitudes cristianas que deben acompañar a los militantes de la liberación; por la función maternal que ejerce en los hijos de Dios ella inspira y nutre las motivaciones de los cristianos que luchan por la liberación y la justicia; ella es un signo que alimenta la esperanza cristiana en la liberación total de los pobres y sufrientes. María es necesaria para que los pobres y oprimidos tengan presentes las actitudes y criterios que se requieren para hacer de su liberación un camino auténtico de libertad de toda forma de servidumbre humana. María les testimonia, por su pobreza y humildad, que la verdadera liberación y libertad no es hacerse rico, ni actuar insolidariamente, ni buscar poder para abusar de otros más débiles, ni acceder al desarrollo para caer en servidumbres nuevas de hedonismo y materialismo.

La contribución de María a una espiritualidad de solidaridad liberadora con los pobres puede resumirse así:

1. La Predilección de María por los pobres y oprimidos.

María formó parte del pueblo llano de su tiempo, compartió su vida ardua y anónima. (El grado sociológico de la pobreza de María —o de Jesús, para el caso— no tiene importancia aquí.) Por ello se identifica con los sencillos y modestos de la tierra. Al compartir su suerte les revela su dignidad: la madre de Dios y de los hombres es una mujer como ellos. Esta solidaridad de María con la pobreza y los pobres es ya un factor en su liberación, pues la liberación comienza y se alimenta con el descubrimiento de la dignidad de los pobres y de su mutua solidaridad.

Esta opción preferencial por los pobres en María no es sólo un hecho evangélico: en la condición ardua y pobre del nacimiento de Jesús, en la inseguridad de la persecución de Herodes, que la llevó a exiliarse en Egipto con su familia, en la vida opaca y modesta de Nazaret como una mujer más del pueblo, etc. Es también un aspecto de la devoción popular mariana. El pueblo sencillo y pobre siente a María cercana, una de ellos. Las tradiciones sólidas de apariciones marianas (Guadalupe, Lourdes, Fátima como ejemplos bien conocidos) se dan en lugares pobres y a gente sencilla, a menudo niños y niñas. Los grandes lugares de veneración mariana son visitados sobre todo por los más pobres, necesitados, sufrientes y oprimidos, aun sociopolíticamente. Todo esto encierra un gran mensaje mariano sobre la dignidad de los pobres y una llamada a la solidaridad por su liberación humana.

2. María arroja una nueva luz en la liberación de inspiración cristiana.

Ésta se afirma esencialmente en la dignidad de los pobres y en los derechos que esta dignidad reclama. La liberación es la plenitud de la dignidad humana. La liberación tiene también por base la solidaridad fraterna de todos los hombres, creados todos a semejanza de Dios e hijos de Dios por gracia. La liberación debe conducir no sólo a sistemas más justos, sino sobre todo a la convivencia fraterna, debe transitar por los caminos de la solidaridad y no por las vías del odio, de la violencia y la lucha ciega y sistemática. Los logros puramente materiales de la liberación son relativos y aun ambiguos si no conducen a crecer en dignidad y en fraternidad de lo cual María fue modelo y es inspiración.

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3. María era consciente y solidaria con las miserias y servidumbres del pueblo de Israel.

Participaba en el anhelo de liberación de ese pueblo; integró ese anhelo en la promesa de Dios y en la obra de Cristo como redentor del pecado y como salvador de toda servidumbre humana. María dio a los anhelos de liberación de su pueblo un horizonte de esperanza en la venida del reino de Dios, que haría nuevas todas las cosas.

Esta actitud de María está condensada en su Magnificat (Lc 1,46-55). En el tercer mundo creyente se reza el Magníficat teniendo presente esta actitud. En algunos lugares se ha convertido en un texto clave para entender la actitud de María en la liberación de su pueblo. El propio magisterio de la iglesia ha hecho uso de él en este sentido (cf Puebla 297; instrucción sobre “Libertad cristiana y liberación”, Cong. de la Fe, n. 48; encíclica de Juan Pablo II sobre la “Bienaventurada Virgen María en la vida de la iglesia peregrina” (Redemptoris Mater, n. 37). El tema ha sido reiterado por el propio papa Juan Pablo II, particularmente en sus viajes a Iberoamérica, comenzando por su homilía en Zapopán, México (AAS LXXI, p. 230). En todo esto no hay abuso sociológico o ideológico con respecto al Magníficat; sólo la constatación de que las promesas de Dios, que se han comenzado a realizar con la venida de Cristo, por las que María da gracias al haber sido elegido como humilde instrumento, incluyen la realización de un reino de justicia entre los hombres. Un reino que enaltece a los humildes y derriba a los poderosos, que colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos (Lc 1,51-53). Esta promesa forma parte para siempre de la esperanza de los pobres, de la que María es un testigo privilegiado.

El mordiente liberador de la piedad mariana, ¿es sólo una hermosa teoría o responde a experiencias y hechos? ¿Ha habido momentos en la historia de esos pueblos en que María haya simbolizado e inspirado la causa de la justicia y la libertad? Hechos pasados y recientes responden que sí. Aunque en esto las motivaciones del pueblo o de los líderes sean complejas y se dé siempre la tentación de utilizar política o ideológicamente la devoción religiosa con las ambigüedades consiguientes, existe siempre el hecho de que en momentos de crisis, cuando está en juego la libertad, la intuición religiosa popular vio en María una protección y un símbolo de Dios que hace suya la justa causa de los pobres. Todo país en que la devoción mariana tiene una envergadura popular podría contribuir con ejemplos. Ya recordamos más atrás el caso, entre otros, del lugar de María en las gestas de emancipación de los países de Iberoamérica. Ejemplos contemporáneos tampoco faltan, desde los campesinos mexicoamericanos que en California luchan por sus reivindicaciones bajo el estandarte de la Virgen de Guadalupe hasta el pueblo filipino, que en 1986 cambió su sistema de gobierno no con armas ni puras consignas políticas, sino con manifestaciones pacíficas presididas por imágenes de María y rezando el rosario.

Segundo Galilea

Diccionario de Mariología

Fuente Reflexión y Liberación

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Madre nuestra de la Esperanza.

viernes, 30 de septiembre de 2022
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Madre nuestra de la Esperanza que estás presente en nuestro Universo, en nuestra Tierra, en el aire que respiramos, en la Humanidad, en nuestra más profunda intimidad.

Madre, bendito sea tu nombre. Hoy te queremos llamar Madre de la Esperanza, tanto para nosotros y nosotras como para toda la humanidad.

Madre, por medio de tu divino Espíritu, te pedimos que nos des perseverancia, aliento y esperanza, para ayudar a crear un mundo mejor, más habitable, respetuoso de las diferencias, justo, fraterno y sororal, libre de verdad y en paz.

Madre de la Esperanza, sabemos que tu deseo es que los hombres y las mujeres vivan dignamente, en plenitud y sean felices, teniendo las necesidades vitales cubiertas. Para ello debemos vivir sencillamente y compartiendo con los demás lo que somos y tenemos, nuestros mejores dones y carismas.

Madre de la liberación, infúndenos ánimo y valor para perdonar y para pedir perdón. Porque cuando perdonamos nos sentimos plenamente liberados y nos crece desde dentro un árbol lleno de frutos maduros de esperanza.

Madre de la esperanza, no dejes que nos acomodemos ni que nos aburguesemos, entregándonos con gozo a los demás, acompañando sus procesos de superación del sufrimiento, la injusticia, la insolidaridad, la opresión. Sembraremos así semillas de ilusión, fe, confianza… y Amor. Amén.

*

Miguel Ángel Mesa

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Relación de Comunión

domingo, 12 de junio de 2022
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Maurice Zundel escribió páginas emocionantes sobre el corazón humano, este espacio donde la conciencia que se despierta accede en el sentido de su dignidad de su inviolabilidad, y que se revela, detrás del mí prefabricado y condicionado que lo recubre, como un espacio de pura acogida del otro, el espacio que no puede ser violado por principios autoritarios, ni siquiera divinos, sino que vive de la apertura y de la comunión con el Otro, a la imagen del Dios de Pobreza que  se desposee de él mismo perpetuamente en la relación de ofrenda que mantienen entre ellas las tres Personas de la Trinidad.

” (…) La Trinidad es la liberación de una pesadilla en la que la humanidad se debate cuando se sitúa frente a una divinidad de la que depende y a la que es sometida: ¿Por qué Él bastante más que yo? ¿ Por qué soy la criatura, y Él el Creador? ¿ Por qué, si es mi creador, me puso en esta situación de saber que yo soy su esclavo? ¿ Por qué me dio justo bastante inteligencia para comprender que dependo de Él? ¡ Hay una rebelión sorda e implacable qué sube del corazón del hombre en esta confrontación de su espíritu con esta especie de Dios que aparece en él como la apisonadora del espíritu!

En la apertura del Corazón de Dios a través del Corazón del Cristo, hay justamente esta manifestación increíble y maravillosa que Dios es Dios porque se comunica, que es Dios porque se da todo, porque el es la desapropiación infinita y eterna, porque tiene la transparencia de un niño, la transparencia en la que toda especie de apropiación es imposible, donde la mirada siempre es dirigida hacia “El Otro”, donde la personalidad, donde el yo, es sólo un altruismo puro e infinito. ¡ Allí está la gran confidencia qué resplandece en el Evangelio de Cristo! ¡ La perla del reino, es para que Dios sea este Dios!

¡Jesús, revelándonos la Trinidad, nos libró de Dios! Nos libró de este Dios pesadilla, exterior a nosotros, límite y amenaza para nosotros: ¡ nos libró de aquel Dios! Nos libró de nosotros mismos que necesariamente estábamos, y sordamente, aunque no nos atrevíamos a reconocerlo, en rebelión contra este Dios.

Con la Trinidad, entramos en el mundo de la relación. (…)

Subsistir en forma de don, subsistir como una relación con los demás otro, subsistir en una respiración pura de amor, tenemos ahí el Dios que se transparenta y se revela personalmente en Jesucristo. (…)

Lo que justamente es tan patético, y lo que nos hace sensible la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el paso que trasciende que hay que obrar del uno al otro, es que, mientras que en el Antiguo Testamento el pecado supremo, el pecado original, es querer ser como Dios, en el Nuevo,  es esto mismo lo único que es necesario. (…)

¡ Se trata de ser como Dios! Y, en el fondo, esta intuición nietzscheana, esta voluntad de ser Dios, de no sostener a ningún Dios aparte de sí mísmo, es el bosquejo de una vocación auténtica. ¡ Pero atención! ¡ Sí, ser como Dios, pero después de haber reconocido en Dios justamente  la desapropiación infinita, la pobreza suprema, el despojo translúcido!

Si Dios es aquel Dios, si hay en nuestro corazón una espera infinita, ser como Dios, ahora esto quiere decir desapropiarnos fundamentalmente de nosotros mismos para que nuestra vida se cumpla como la suya en un don sin reserva.”

*

Maurice Zundel, “Le Problème que nous sommes“, Le Sarment, Fayard, 2000, pp 39-42

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.

Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.”

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Juan 16, 12-15

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Lentamente he empezado a darme cuenta de que en el gran circo, lleno de domadores de leones y de trapecistas que con sus maravillosas acrobacias reclaman nuestra atención, la historia verdadera y real la contaban los payasos. Los payasos no están en el centro de los acontecimientos. Aparecen entre una gran exhibición y otra, se mueven con torpeza, caen y nos hacen sonreír de nuevo tras la tensión creada por los héroes que veníamos a admirar. Los payasos no están coordinados entre ellos, no consiguen realizar las cosas que intentan hacer; son cómicos, se mueven con un equilibrio precario y son desmañados, pero… están de nuestra parte. No reaccionamos ante ellos con admiración, sino con simpatía; no con estupor, sino con comprensión; no con la tensión, sino con una sonrisa. De los acróbatas decimos: «¿Cómo conseguirán hacerlo?». De los payasos decimos: «Son como nosotros». Los payasos, con una lágrima y una sonrisa, nos recuerdan que compartimos las mismas debilidades humanas […].

Entre las acciones emocionantes de los héroes de este mundo, tenemos una constante necesidad del payaso, de personas que con su vida vacía y solitaria -de oración y de contemplación nos revelen la otra cara y nos ofrezcan así consuelo, alivio, esperanza y una sonrisa. En esta grande, ajetreada, fascinante y turbadora ciudad continuamos sintiendo la tentación de unirnos a los domadores de leones y a los trapecistas, que reciben la máxima atención. Pero cada vez que aparecen los payasos se nos recuerda que lo que cuenta realmente es algo diferente a lo espectacular y a lo sensacional: es lo que pasa entre una escena y otra. Los payasos, con su comportamiento «inútil», nos muestran no sólo que muchas de nuestras preocupaciones, de nuestros afanes, de nuestras ansias y tensiones tienen necesidad de una sonrisa, sino que también nosotros tenemos pintura blanca en nuestro rostro y estamos llamados a comportarnos como payasos.

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H.J.M. Nouwen,
Il clown di Dio. Una vita spirituale per il nostro tempo,
Brescia 2000, pp. 7 y 162, passim.

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José María Castillo: «Donde encontramos a Dios es en la liberación del sufrimiento de los oprimidos de este mundo»

jueves, 12 de mayo de 2022
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bajarcruzpobresDe su blog Teología sin censura:

 «Lo que más quiere Dios no es la observancia sumisa de los ‘religiosos'»

«Dios es el Trascendente. Y la ‘trascendencia’ es incomunicable. Está fuera del ámbito de nuestra capacidad de conocimiento»

A Dios solamente lo podemos conocer, no por lo que es, sino por lo que hace A Dios se le conoce únicamente si nos dedicamos a la tarea que Él nos propone y nos impone: “He visto la opresión de mi pueblo… He bajado a librarlo”

«La conducta que tuvo Jesús, anteponiendo la liberación de los que sufren a las leyes y rituales de la Religión, esa conducta fue la que llevó a Jesús a ser alzado en la cruz»

Nuestra relación con Dios es tan simple y tan complicada, ambas cosas a la vez, que seguramente muchos de los que nos consideramos creyentes, en realidad, posiblemente somos ateos. Y a la inversa, muchos de los que aseguran que son ateos, en realidad y seguramente, son creyentes.

¿Por qué esta interpretación tan extraña y contradictoria? La Biblia, en el libro del “Éxodo”, dice que Dios se reveló a Moisés en una zarza ardiendo (Ex 3, 1-3). Y de la zarza salió la voz del Señor que dijo: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores, conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo…” (Ex 3, 7-8). Como es lógico, ante una tarea tan difícil, Moisés le preguntó a Dios: “Si me preguntan: ¿Cuál es tu nombre?” A lo que Dios respondió: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Les dirás: “Yo soy” me envía a vosotros” (Ex 3, 14). Y concluyó: “Este es mi nombre para siempre” (Ex 3, 15).

¿Qué significa todo esto? Dios se da a conocer con un nombre y una tarea. El nombre se expresa en una oración gramatical que tiene sujeto y verbo, pero no tiene predicado. El nombre de Dios, si nos atenemos a lo que es o quién es, no sabemos, ni podemos saber, nada de Él. A Dios no se le puede conocer, si es que pretendemos conocer su ser o su esencia. Dios es el Trascendente. Y la “trascendencia” es incomunicable. Está fuera del ámbito de nuestra capacidad de conocimiento.

A Dios solamente lo podemos conocer, no por lo que es, sino por lo que hace A Dios se le conoce únicamente si nos dedicamos a la tarea que Él nos propone y nos impone: “He visto la opresión de mi pueblo… He bajado a librarlo”. Aquí está la clave y la tarea en la que podemos conocer a Dios. Lo determinante, en este asunto tan oscuro, no son las “ideas” de nuestra cabeza, sino las “obras” que produce nuestra vida.

El Evangelio de Juan pone, en boca de Jesús, hasta 18 veces la expresión “yo soy”. Casi siempre con un predicado: “yo soy” el pan de la vida, la luz del mundo, el buen pastor, la puerta, el camino… Pero, en sus enfrentamientos con los dirigentes de la Religión, Jesús les dijo: “Si no creéis que “yo soy”, moriréis en vuestros pecados” (Jn 8, 24). Más aún, en el mismo enfrentamiento, Jesús afirmó: “antes de que Abrahán existiera, “yo soy” (Jn 8, 58). Por eso Jesús llega a decir: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 29). Jesús se identifica con Dios.

Pero, ¿en qué se fundamenta semejante identificación? ¿En una argumentación especulativa de ideas o teorías, por muy sublimes que fueran tales argumentaciones? Nada de eso. La identificación de Jesús con Dios no se basa en teorías y argumentos. Todo se basa en la conducta de Jesús, en las obras que Jesús hacía. Lo dijo el mismo Jesús: “Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí” (Jn 10, 25). Y más claro aún: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis a mí, creed a mis obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn 10, 37-38).

Ahora bien, ¿a qué “obras” se refería Jesús? A lo mismo que se refería Dios cuando le habló a Moisés en el desierto: “He visto la opresión de mi pueblo… conozco sus sufrimientos” (Ex 3, 7). Aquí y en esto tocamos el fondo de la cuestión. Lo dijo Jesús muy claro: “Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que Yo soy” (Jn 8, 28). La conducta que tuvo Jesús, anteponiendo la liberación de los que sufren a las leyes y rituales de la Religión, esa conducta fue la que llevó a Jesús a ser alzado en la cruz.

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Lo que más quiere Dios no es la observancia sumisa de los “religiosos”. Antes que todas las observancias de la Religión, lo que Dios quiere ante todo y donde encontramos a Dios es en la liberación del sufrimiento de los oprimidos de este mundo. Por esto resulta evidente que hay tantos fieles observantes, que tranquilizan sus conciencias cumpliendo con su Religión tranquilizante. Pensando ellos que son muy religiosos, en realidad son ateos. Como también resulta evidente que quien centra su vida en la lucha contra el sufrimiento de los oprimidos, aunque no sea observante y sumiso a las minuciosas observancias de la Religión, en realidad ese es el que puede decir: si alguien quiere de verdad remediar el sufrimiento de este mundo, aunque fracase como un delincuente, ese “yo soy”.

Biblia, Espiritualidad , , , ,

A tus pies.

lunes, 4 de abril de 2022
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Aquí estoy, Señor, a tus pies,
asustada, y aturdida,
temblorosa y silenciosa,
estremecida y expectante,
sabiendo que he llegado acusada,
pero sintiendo que avivas, en mi corazón,
las cenizas del deseo y la esperanza
y despiertas, con tu mirada y roce
mis entrañas yermas.

Aquí estoy, Señor, a tus pies
rodeada por quienes ves
y sus corazones de piedra,
abrumada por mis hechos
y mi conciencia mal enseñada,
juzgada y condenada
sin poder decir una palabra.
Soy carne despreciada y chivo expiatorio
de quienes pueden y mandan

Aquí estoy, Señor, a tus pies
sin dignidad ni autoestima,
con los ojos desorientados
pero con el corazón palpitando,
con el anhelo encendido,
con el deseo disparado,
aguardando lo que más quiero – tu abrazo–,
luchando contra mis fantasmas y miedos,
desempolvando mi esperanza olvidada,
y nuestros encuentros y promesas enamoradas.

Aquí estoy, Señor, a tus pies,
medio cautiva, medio avergonzada,
necesitada, sin entender nada…
pero queriendo despojarme
de tanto peso e inercia,
rogándote que cures las heridas de mi alma
y orientes mis puertas y ventanas
hacia lo que no siempre quiero
y, sin embargo, es mi mayor certeza.

Aquí estoy, Señor, a tus pies.,
¡Tú sabes cómo!

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

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«Extirparse a Dios del cuerpo», por Carlos Osma

miércoles, 23 de marzo de 2022
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CuerpoDe su blog Homoprotestantes:

Guatemala ha sido declarada esta semana Capital Provida de Iberoamérica por la entidad cristiana Congreso Iberoamericano por la Vida y la Familia, después de que su Congreso de la República aprobase una ley que discrimina a las familias LGTBIQ, elimina la educación sexual en las escuelas, y penaliza el aborto. Dicha entidad cristiana no dijo nada de la impunidad que existe en Guatemala con la violencia hacia las mujeres y las niñas, o sobre los ataques constantes a las personas que defienden la tierra o el medioambiente. Tampoco sobre el silencio, cuando no apoyo, del Gobierno guatemalteco ante las agresiones y asesinatos de personas LGTBIQ.

Según ACNUR en este momento más de dos millones y medio de ucranianas se han convertido en refugiadas en países vecinos, aunque se espera que en los próximos días superen los cuatro millones. Además, estima que más de doce millones de personas que viven en ese país necesitan ayuda humanitaria, y que el número de civiles asesinados supera ya el medio millar. Según el fundamentalismo cristiano, lo que ocurre en Ucrania muestra como Europa merece ser castigada por Dios por el adoctrinamiento que ejerce a sus niños y niñas en la ideología de género, por los abortos, por abandonar la fe cristiana. Según el Patriarca Kirill de la Iglesia ortodoxa rusa, la guerra es correcta porque es contra el lobby gay, porque en Occidente «se quiere imponer por la fuerza un pecado condenado por la ley de Dios y, por lo tanto, obligar a las personas a negar a Dios y su verdad».

Creo que Paul Preciado no fue certero en su análisis cuando hace quince años publicó en el periódico La Vanguardia el artículo Cuerpos Insumisos, en el que decía que «en los últimos dos siglos, el cuerpo progresivamente desalojado por lo sagrado, lo metafísico y lo estatal… se deja okupar por las fuerzas del capitalismo global». Porque la religión y los poderes políticos, siguen queriendo okupar nuestros cuerpos, a insultos, amenazas, golpes, hambre, cárcel, metralla, o bombas que caen desde aviones de combate rusos. El capitalismo no ocupa el cuerpo, sino que lo moldea, alimenta, tunea, controla, resignifica, o explota, si puede sacar de él beneficio, y cuando ya no es así lo destruye. Pero por mucho que ruja, la realidad muestra que es incapaz de plantarle cara al fundamentalismo religioso, que ha aprendido a aprovecharse de él, y que sus armas de disuasión económica no pueden detener las barbaries que se hacen en nombre de la seguridad nacional, como la que ahora está teniendo lugar en Ucrania.

Los cuerpos de los ucranianos quieren ser utilizados como escudos entre la OTAN y Rusia, los cuerpos de las mujeres, y de las personas LGTBIQ son secuestrados para ocultar la corrupción en Guatemala, o en Uganda. Los cuerpos de mujeres y hombres en el Sudán, Yemen, Chad, o en las zonas más degradadas de nuestras ciudades, son borrados, no ocupados, por el capitalismo. Y hay discursos religiosos que dan cobertura a estas acciones de ocupación o eliminación. Hay discursos religiosos que ven a Dios en estos poderes. Hay discursos religiosos que abandonan a las personas, sus necesidades, deseos, o esperanzas, para irse al mundo de la teoría, la ideología, y la doctrina, donde se encuentran y hacen alianzas con quienes quieren ocuparnos el cuerpo para sus propios intereses.

Ojalá tuviera razón Paul Preciado y solo tuviéramos que defender nuestro cuerpo del capitalismo, pero todavía hay que trabajar para construir sociedades donde sepamos reconocer cuándo un poder está intentando ocuparnos el cuerpo, y cuáles son las consecuencias, para poder decir libremente si queremos, y hasta cuando queremos que lo haga. Sociedades más libres y humanas, donde los intereses de unos no se consigan a costa de las vidas de otros. Donde nos comportemos como tantas y tantos ucranianos hoy, negándonos a que nos ocupen, negándonos a ser controlados por la fuerza. Trabajando también en comunidades cristianas que nos acompañen a todas en el proceso de extirparnos a Dios del cuerpo, esa imagen de Dios construida por la mirada y los intereses de quienes se creen autorizados a decirnos qué debemos, y qué no debemos hacer con nuestro cuerpo. No es una tarea fácil, hay muchos intereses en juego, y una pugna constante de diferentes poderes por mover sus fronteras y ponernos a sus servicio.

No sé si puede existir un cuerpo no ocupado, de hecho, este término me hace pensar en la muerte. Creo que los cuerpos con vida siempre lo están, pero esas ocupaciones deberían ser siempre consentidas, nunca forzadas. Producidas por la conquista del amor, y no por la amenaza de penas de prisión, del castigo del infierno, o de tanques que destruyen lo que hasta hoy mismo era nuestro mundo. Lo que nos ocupa, nos define, nos permite una vida feliz o una que no lo es, nos hace crecer o nos destruye. Ojalá en Guatemala, en Ucrania, en Palestina, en Barcelona, en todo el mundo, pudiéramos vivir todas y todos en paz. Ojalá las comunidades cristianas, las judías, las musulmanas, las de cualquier otra religión o espiritualidad, nos ayudaran a extirparnos el odio, el temor, el orgullo, y las ansias de poder del cuerpo. Ojalá los poderes que quieren ocuparnos, se comportaran como el dios que aparece en el libro del Apocalipsis, ese que llama respetuosamente a nuestra puerta, para que, si queremos, le invitemos a entrar y cenar juntos. A ese dios no quiero extirparlo, quiero que se siente en mi mesa.

Carlos Osma

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El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido… Para dar libertad a los oprimidos

domingo, 23 de enero de 2022
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Una llamada a la entrega, al compromiso de seguirle sólo a Él:

*

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Preguntas para subir y bajar el monte Carmelo

(A Gustavo Gutiérrez,
maestro espiritual
en los altiplanos de la Liberación,
por su itinerario latinoamericano
Beber en su propio pozo).

«Por aquí ya no hay camino».
¿Hasta dónde no lo habrá?
Si no tenemos su vino
¿la chicha no servirá?

¿Llegarán a ver el día
cuantos con nosotros van?
¿Cómo haremos compañía
si no tenemos ni pan?

¿Por dónde iréis hasta el cielo
si por la tierra no vais?
¿Para quién vais al Carmelo,
si subís y no bajáis?

¿Sanarán viejas heridas
las alcuzas de la ley?
¿Son banderas o son vidas
las batallas de este Rey?

¿Es la curia o es la calle
donde grana la misión?
Si dejáis que el Viento calle
¿qué oiréis en la oración?

Si no oís la voz del Viento
¿qué palabra llevaréis?
¿Que daréis por sacramento
si no os dais en lo que deis?

Si cedéis ante el Imperio
la Esperanza y la Verdad
¿quién proclamará el misterio
de la entera Libertad?

Si el Señor es Pan y Vino
y el Camino por do andáis,
si al andar se hace camino
¿qué caminos esperáis?

(Desde la Amazonia brasileña,
en tiempos de probación
y de invencible esperanza criolla).

*

Pedro Casaldáliga
El Tiempo y la espera. Sal terrae, 1986

***

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendio por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista.

Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.”

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:

–  “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oir.”

*

Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

***

El anuncio del Mesías va dirigido antes que nada a los afligidos. En primer lugar, dispone a los humildes por estar humillados; después, a los abatidos, a los que tienen roto el corazón por las penas; a continuación, se dirige a las cárceles para gritar a los prisioneros la libertad, para abrir los cepos de los atados. El Mesías no distingue entre culpables e inocentes, sino que proclama en su tiempo una amnistía general, que afecta, naturalmente, a los siervos, a los esclavos vendidos.

A Jesús le correspondió leer un sábado estos versículos de Isaías en la sinagoga. Fue en Nazaret, como nos cuenta el evangelio de Lucas. Leyó ante su gente estos versículos plenos de poder y anunciadores de la llegada de grandes cambios. Cuando acabó la lectura declaró que aquellas palabras de Isaías se habían vuelto urgentes, actuales, a través de él, Jesús. Él era el ungido de Dios, el Mesías venido a cumplir en el presente las profecías pendientes. Los presentes se quedaron estupefactos y, después, reaccionaron con hostilidad, expulsándole. Para ellos, era una blasfemia que un hombre se pudiera declarar mesías.

Ahora bien, por encima de esto, estaban espantados por el anuncio de que los versículos de Isaías pudieran cumplirse verdaderamente en su tiempo. Aunque una persona de fe pueda pedir a Dios que venga su Reino y se haga su voluntad, no por ello estará dispuesta a acoger el primero y la segunda. Aquí está el Mesías que consuela a los humildes y a los abatidos y libera a los prisioneros y a los siervos de sus cepos.

Estos versículos de Isaías, como muchos otros, ponen a prueba a las personas de fe: ¿están dispuestas a resistir la venida, el cumplimiento de los tiempos anunciados? Al final, pocos están dispuestos a creer que los versículos de Isaías son actuales. Pocos se comportarían de una manera diferente a los habitantes de Nazaret. Sin embargo, cada generación pasa rozando al Mesías, y corresponde sólo a los creyentes allanar su llegada.

*

E. de Luca,
Ora prima,
Magnano 1997, pp. 75-77, passim.

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“ Nuestra naturaleza es la esperanza”, por Carlos Osma.

viernes, 7 de enero de 2022
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99BEC659-4F88-4D5B-9C2F-6033B6B9436CLeído en su blog:

Podríamos hacer correr ríos de tinta sobre cualquiera de los temas que aparecen delante de nuestros ojos cuando leemos los relatos bíblicos sobre el nacimiento de Jesús: la voz de las mujeres, el respeto a sus decisiones, la marginación social, la humildad, el servicio, el atreverse a correr riesgos, la opresión del poder, la diversidad familiar, el patriarcalismo… Pero hay uno que para mí se presenta como esencial para abordar el resto: la esperanza. Porque las personas LGTBIQ «necesitamos de la esperanza crítica como el pez necesita el agua incontaminada» [1].

La esperanza es algo más que nuestro medio natural, o que la piel con la que sentimos y entramos en contacto con aquello que nos rodea. Las personas LGTBIQ llevamos la esperanza tatuada en cada una de las cadenas de polinucleótidos que forman nuestro ADN. La evolución ha jugado a favor nuestro incrustándola en cada uno de nuestros genes. Tenemos esperanza por naturaleza, o mejor dicho, ella es nuestra naturaleza, y cuando la perdemos, nos quedamos sin identidad, a merced de quienes nos quieren mal, a merced de quienes viven sin esperanza.

No nos cuesta nada imaginar formas de familia diferentes, relaciones diversas, iglesias inclusivas, sociedades plurales y abiertas, o un mundo mejor. Y eso ocurre porque esas son las familias, relaciones, iglesias, sociedades y mundos, donde nuestra vida es viable de forma humana. Pero también, porque otras personas LGTBIQ que vinieron antes de nosotras hicieron posibles muchas de esas esperanzas que en su momento eran imposibles, inviables, inimaginables. No tenemos que esforzarnos demasiado, ni echar mano de una fe inquebrantable, la esperanza surge espontánea, de manera natural, sería estúpido desesperar para quienes hemos visto a lo largo de la vida como nuestros sueños inalcanzables se quedaban cortos ante lo que hoy es nuestra normalidad.

Pero «pensar que la esperanza sola transforma el mundo y actuar movido por esa ingenuidad, es un modo excelente de caer en la desesperanza, en el pesimismo, en el fatalismo».[2] Los relatos bíblicos de la Navidad muestran la esperanza cristiana, a Jesús, como un bebé indefenso de una familia humilde que corrió muchos riesgos para traerlo al mundo. Para que Jesús se hiciera historia, para que pudiera llegar a la vida, no se necesitó únicamente esperanza, sino también práctica, acciones decididas. Para que nuestra esperanza innata, biológica, genética, profética, no se quede en nada, para que se expanda y alcance también a quienes hoy la necesitan, urge compromiso. Tampoco las amenazas que pretenden hacer retroceder nuestros derechos y libertades, se esfumaran únicamente con esperanza.

Hay muchas personas LGTBIQ a las que su identidad les pesa, que lo único que quieren es vivir en paz, sin necesidad de echar mano de la esperanza. Sienten como una responsabilidad que no han pedido el hecho de tener que transformar sus familias, sus relaciones, la iglesia, la sociedad y el mundo. Solamente aspiran a ocupar los espacios que les dejan, y a alimentarse con las migajas que las buenas personas les lanzan. El mundo tal y como está les es suficiente, la esperanza les atormenta. Por eso se sienten a gusto en los establos donde habitan quienes no son merecedores de derechos humanos, en lugares donde el frío de la noche hace imposible sus sueños. Pero muy a su pesar, en esos establos se hace siembre un hueco la vida de donde surge la esperanza cristiana. No es posible para las personas LGTBIQ evadirse de la esperanza por mucho tiempo, al final resurge, es nuestra naturaleza, y lanza un grito desesperado, como el de un bebé que necesita la leche materna para sobrevivir.

Lo que esperamos tiene que ver con nuestra vida, pero también con la de los demás. Tiene que ver con el respeto a la diversidad, pero también con la eliminación de cualquier discriminación. No es esperanza exigir que todo el mundo tenga derecho a amar a cualquier persona, pero no exigir que todo el mundo tenga derecho a un trabajo digno, o a un hogar, a la libre circulación, a poder desarrollarse y expresarse libremente en el lugar donde ha nacido, a tener hijos o no tenerlos… Las esperanzas no se pueden agotar en lo particular, lo que las caracteriza es que tienen un imán que las aproxima a otras esperanzas.

Tratar de vivir en la esperanza concreta tiene sus riesgos, contradicciones y fracasos. Sin embargo para nosotras no hay elección posible, no la podemos arrancar de nuestro ADN, siempre acaba por resurgir, huyendo del cielo y de los imposibles para tomar forma en el presente, quizás de forma imperfecta, pero muy real. No esperamos a mañana, ni al más allá, esos no son nuestros espacios, los nuestros son el hoy y la realidad. Porque el Mesías, cuyo nacimiento celebramos estos días, no nos trajo doctrinas, ni nos llamó a la pasividad y la resignación, sino que «nos mostró como los objetos de nuestra esperanza se encarnan día a día en realidades concretas»[3]. Celebrar la Navidad, es vivir y celebrar la vida bajo esa esperanza.

Carlos Osma

Notas:

[1] Paulo Freire, Pedagogía de la esperanza, México: Siglo XXI Editores 1999, p.24.

[2] Ibid. 24.

[3] Enric Capó, Per què i per a què sóc cristià, Madrid: Fliedner Ediciones 2011, p.96

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«¿Te confiesas? «, por Carlos Osma

martes, 21 de diciembre de 2021
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pexels-photo-6275804Leído en su blog:

Uno de los significados de la palabra confesar según la RAE es: «Expresar voluntariamente los actos, ideas o sentimientos». Siguiendo esta acepción, podríamos decir que la confesión ha sido una de las herramientas más importantes que  hemos tenido las personas LGTBIQ para transformar nuestros entornos. Explicar con experiencias vividas el daño que nos ha producido la LGTBIQfobia ha cambiado más nuestro mundo que cualquier reflexión teórica de académicos y académicas queer. Y no estoy infravalorando estas reflexiones, todo lo contrario, porque nos han proporcionado un marco teórico para comprendernos; lo que pretendo decir es que sin confesión, estaríamos todavía en el mismo pozo donde nos lanzó la LGTBIQfobia.

Puede haber salida del armario sin confesión, puedo gritarle a todo mi mundo que soy marica, pero no explicarles lo que esa palabra puesta en su boca ha significado para mí. Puedo decirle a mi familia que soy bollera como si les estuviera diciendo que he decidido hacerme vegetariana. Puedo pedirle a mi hermano que me llame Rosa en vez de Juan, como cuando le pido que no me llame Juanito porque tengo treinta años y ya no soy un niño. Es cierto que esto no suele ser así, y salvo excepciones, hemos confesado claramente que hemos sufrido, y que hemos necesitado tiempo para armarnos de valor para poder hacer dicha confesión. Sin embargo, percibo cada vez más que, en aras de construir una imagen política de la persona LGTBIQ positiva, se quiere pasar por alto su confesión.

En muchas comunidades cristianas, o en grupos de apoyo, hay espacio para dar testimonio, es decir para confesar experiencias vividas al resto de la comunidad. Eso mismo hemos hecho las personas LGTBIQ, comprobado tanto los beneficios personales como los sociales. A nosotras, a nivel personal, nos ha ayudado el poder hablar, el poder confesar cosas que teníamos calladas y nos quemaban por dentro. También escuchar, porque las experiencias de otras nos han armado de valor para dar pasos de liberación. La confesión empodera, personal y comunitariamente, de eso no hay duda. Pero la confesión ha cambiado además la percepción de personas fuera de nuestro colectivo que se han dado cuenta de las consecuencias que tienen sus prejuicios y comportamientos en la vida de las personas LGTBIQ. Evidentemente no de todas, el camino es todavía largo, y es difícil cambiar solo con testimonio a personas e instituciones sin corazón. Para quienes lo importante es la norma y la ley, el testimonio es prácticamente inútil, y únicamente pueden ser cambiados con educación, normas y leyes.

Otro de los significados de la palabra confesar según la RAE es «Declarar los pecados que se han cometido». Lo de pecados suena religioso, podría substituirse por injusticias, por ejemplo, para que todo el mundo lo entienda. Y es esta acepción de confesar en la que creo que todavía hay mucho camino por recorrer cuando hablamos de LGTBIQfobia. Y lo digo porque he leído muchas experiencias, he visto diversas películas, he asistido a un sinfín de conferencias y mesas redondas donde personas LGTBIQ confiesan lo que han vivido, donde relatan el valor y las estrategias que han tenido que desarrollar para sobrevivir, para poder casarse, para vestirse como ellas consideran, para poder operarse, ser miembro de una iglesia, tener hijos, para cobrar una herencia, para trabajar, etc. Pero en muy pocas ocasiones, las puedo contar con los dedos de la mano, he leído o escuchado la confesión de las personas que ejercieron sobre nosotras su LGTBIQfobia. No sé, algunas veces parece que nos lo hemos intentado todo, que la LGTBIQfobia era un aire que solo respirábamos nosotras. O un látigo con el que nos encanta flagelarnos.

Creo que nos faltan artículos de personas que confiesen la transfobia que ejercieron sobre su hijo, las consecuencias que eso le supuso, y que pidan perdón por ello. Faltan sermones de hermanos que confiesen como su homofobia destruyó su familia, y pidan disculpas por ello. Faltan experiencias de profesoras que confiesen como ejercían bifobia sobre alumnas y alumnos, y entonen el mea culpa. Faltan declaraciones de iglesias que confiesen las prácticas LGTBIQfóbicas con las que hicieron daño a tantas personas, y les pidan perdón. Faltan mesas redondas de amigos, tías, primos, compañeras de trabajo, hijos, abuelas, pastores, doctoras, ancianos, teólogas, obispos, etc., en las que confiesen las estrategias que utilizaron contra las personas LGTBIQ, muestren su arrepentimiento, y pidan perdón.

Personalmente, no pongo el énfasis en la demanda de perdón, sino en la confesión. Pero aquí hay un matiz que hemos aprendido todas en nuestra infancia: cuando la ofensa es pública, la demanda de perdón debería también serlo. Creo que la confesión puede suponer una liberación personal y comunitaria, pero lo que es más importante, puede ayudar a que otras personas e instituciones tomen conciencia de su LGTBIQfobia. La confesión, como he dicho antes, no nos cambia solo a nosotras, también tiene un impacto en nuestro entorno. Todas tenemos responsabilidad en su erradicación, quienes la hemos padecido y quienes la hemos ejercido (no pocas veces se ha estado en los dos lados). Están perfectas las reflexiones teóricas de tantas y tantos aliados, pero sin confesión, suenan a veces huecas. Por eso, a partir de ahora, he decidido que cada vez que alguien me pregunte como me afectó la LGTBIQfobia, le pediré que confiese su experiencia ejerciéndola. No para culpabilizarlo, sino porque la liberación debe darse en ambos lados. Incluso lo voy a hacer sin que me pregunten nada, porque nos faltan esas confesiones, porque les hace falta también a ellas y ellos confesarse. Así que aprovecho mis dos últimas palabras para preguntarte: ¿Te confiesas?

Carlos Osma

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