No mandó Dios a su Hijo para juzgar al mundo
Dom 4 Cuaresma. Jn 3, 14-21. No ha venido a juzgar, ha venido a salvar. El juicio no es de Dios (de Dios es la salvación),pero los hombres pueden caer en manos del juicio que ellos suscitan…
Sólo en esta línea se entiende su vida, su anuncio de reino, su forma de relacionarse con los pecadores y expulsados del sistema: no vino a ponerles ante la amenaza del juicio, sino a ofrecerles (con gestos y palabras) el perdón incondicional, la total solidaridad ante el reino. Jesús no fue profeta escatológico del juicio divino, mensajero de castigo, sino mesías del reino, portador de la gracia de l Padre.
Ciertamente, anunció el juicio, pero no para los pecadores (publicanos, prostitutas, leprosos, enfermos, expulsados…), sino precisamente para aquellos que rechazan el perdón. Eso significa que, para Jesús, Dios es sólo perdón, de tal forma que sólo aquellos que no aceptan ese perdón (que no reciben en amor y concordia a los pecadores) se destruyen a sí mismos, quedando en manos de un juicio, que no proviene de Dios, sino de ellos mismos. En esta perspectiva se sitúa nuestra interpretación del evangelio.
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»
Más allá del juicio, el amor
Esa visión, propia del texto que acabamos de citar, puede resumirse en dos afirmaciones:
a. Dios no ha enviado a su Hijo para juzgar y condenar, sino para salva a todos.
b. Pero los hombres y mujeres que juzgan a los otros pueden caer en la dinámica de su propio juicio y condenarse a sí mismo
Más allá del juicio está el amor creador
La palabra del evangelio de Juan (Dios no ha enviado a su Hijo para juzgar…. sino para salvar) ha de vincularse a la palabra de los sinópticos: ¡No juzguéis y no seréis juzgados…!.
– Esa llamada al no-juicio no ha de verse en clave regresiva. No es un retorno a la infancia de la indiferenciación, ni al mundo como un todo sin distinciones. No es una renuncia a la racionalidad judicial, a la buena justicia, sino todo lo contrario: Al final de la justicia (para que ella sea justa) ha de estar la misericordia.
– La apertura a ese más alto nivel de supra-juicio es un don de Dios (que ha enviado a su Hijo). No es meta que podamos alcanzar por análisis de tipo intelectual, por razonamiento filosófico-científico o batalla social (como el marxismo quería en su lucha de clases). Según vamos diciendo, la razón humana tiende a cerrarse en sí misma, creando sistemas absolutos de comprensión y práctica social donde cada humano acaba determinado por la estructura dictatorial del conjunto (según el ejemplo del ordenador que nos controla). Racionalmente es imposible superar ese nivel de dictadura del sistema.
– El despliegue de ese suprajuicio sólo es posible desde un fondo de iluminación o gracia, como han dicho las religiones. Ellas han visto que el ser humano, fundado en la naturaleza y realizado a través de la razón, se sigue abriendo, sin embargo a un plano superior de comprensión no discursiva de la realidad en donde todo viene a desvelarse como gracia y diálogo en que todos encuentran un lugar, descubren un sentido.
Vivir como Jesús, más allá del juicio:
Gran parte de nuestra cultura moderna tiene miedo de la gratuidad y del perdón: piensa que no tiene consistencia, es ilusión de mente, simple huida. Pues bien, en contra de eso, el ser humano se define en su verdad más honda como gracia, no-juicio amoroso:
– La gratuidad sólo brota y despliega su sentido como don de amor, revelación del Dios que nos desborda y fundamenta. No es algo que nosotros hagamos sino Alguien que nos hace. A este nivel, la vida entera es un regalo que podemos y debemos recibir agradecidos.
– Esta gracia no se impone por fuera sino que nos ilumina y transforma por dentro,como Jesús ha pedido a sus oyentes: convertíos, metanoeite (Mc 1, 15). Más que arrepentimiento moral, esta meta-noia es experiencia de una vida que culmina más allá (meta) de la razón (noein), en gesto de humanización fundante.
– La revelación de la gratuidad transciende el moralismo legal en dimensión de amor activo. . Más allá de la ley (que se puede convertir siempre en sistema impositivo) viene a expandirse la vida como gracia, el amor que fundamenta la existencia.
– Esta gratuidad se convierte en principio de acción transformadora. Pasar a la gratuidad no significa abandonar el campo racional de la lucha humana (guerra económica, social, ideológica, estructural…) sino todo lo contrario: influir en ese plano racional y convertirlo en campo de encuentro programado y gratuito entre los humanos.
Este es un camino de ida y vuelta:
Hay que ascender del plano judicial (conflicto humano) al nivel de la gratuidad para vivir la experiencia fundante del don de la vida; pero luego hay que descender otra vez de ese plano de no juicio al campo de conflictos y estructuras de la vida, para iluminarlas y cambiarlas partiendo de la gracia. Sólo así en el doble camino de ascenso y retorno transfigurado se puede superar, desde la gracia, la violencia de la vida. Leer más…


























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