La Transfiguración: Una lectura desde el pensamiento de Monseñor Romero
Mauricio Manzano*
El viernes 05 de agosto se celebró la misa en el atrio de catedral en honor al Divino Salvador del Mundo. En la tarima principal se encontraban autoridades religiosas y políticas, muchas personas portaban poster y camisas con el rostro sonriente de Monseñor Romero. En este contexto litúrgico un amigo me pregunto ¿Cómo entendía Romero la Transfiguración? Algunas reflexiones.
En Teología, la transfiguración indica la transformación experimentada por Jesús en el Monte Tabor ante la presencia de Pedro, Juan y Santiago. Con la “aparición” de Elías y Moisés, el relato fue de gran importancia para las primeras comunidades cristianas que fue plasmando en tres evangelios: Mateo 17,1-9, Marcos 9, 2-10 y Lucas 9,28.36.
Este relato de la Trasfiguración de Jesús impactó profundamente a Romero, sus acciones se pueden leer a la luz de éste. Para él, la Teología de la Trasfiguración abarca y trasciende todo, de esta “Gran Teología” se derivan tres teologías que se vislumbran en sus escritos: la teología sobre Cristo, la teología antropológica y la teología eclesial. Para Romero la transfiguración es una transformación, implica un cambio de forma y de fondo de las personas, de la iglesia y de las estructuras sociales injustas.
Ciertamente, el principio y fundamento de la vida de Romero fue Jesús. Como el niño va formando su símbolo en base al juego y a la imitación, Romero fue configurándose con Jesús en base a la oración, al discernimiento y la contemplación. Tanto en su diario espiritual como en sus homilías, en el centro ubica la figura de Jesús quien fue su referencia de imitación y seguimiento. Para Romero, Jesús no era una divinidad abstracta alejada de la historia, en la humanidad de Jesús percibía su divinidad.
Sin una pizca de ingenuidad, Romero sabía que esta concepción, seguimiento e imitación de Jesús no estaban exentos de conflictos; en una homilía lo expreso: “Cristo es piedra de escándalo, por eso a mí me hacen un inmenso honor cuando me rechazan porque me parezco un poquito a Jesucristo, que también fue piedra de escándalo…” (Hom. 12/08/1978). La teología cristológica de Romero consiste en hacer de Jesús el fundamento más profundo de su vida y, desde esa concepción cristológica, se logra comprender su amor por los pobres y su pasión por la justicia. Sabía que la transfiguración en Jesús, en ocasiones, pasa por el calvario de la cruz, y lo asumió.
También Romero tenía claro que no hay transformación auténtica sin conversión personal. Para Romero la fe en Jesús lleva implícito la exigencia de una transformación humana. Un cambio de estructura si no pasa por un cambio de la persona no sirve de nada, dice Romero, en una homilía, dejando claro que la trasfiguración social demanda un cambio personal:
“Yo creo, queridos hermanos … que nosotros, los cristianos, somos los llamados a ofrecer a la historia del Continente latinoamericano, los hombres nuevos que los obispos señalaron allá en Medellín cuando dijeron: ‘De nada sirve cambiar estructuras económicas, sociales, políticas, de nada sirven estructuras nuevas si no hay hombres nuevos’. Y los hombres nuevos, los hombres renovados, son aquellos que con su fe en la resurrección de Jesucristo hacen suya toda esta grandiosa Teología de la Transfiguración” (Hom. 02/03/ 1980).
Por último, la iglesia transfigurada de Romero es una iglesia encarnada e identificada con los más vulnerables.
Son cuatro cartas pastorales las que escribió, y es significativo que tres de ellas fueron publicadas en el contexto de la fiesta de la trasfiguración de Jesús. Y en las cuatro cartas aparece la convicción de una Iglesia encarnada e identificada con los sufrimientos de los pobres. Incluso, algunos testimonios afirman que adrede detuvo la construcción de la catedral, argumentando que una iglesia de lujo era una ofensa para muchos feligreses que vivían en casas de cartón y lámina.
La misión de la iglesia lleva implícita un mensaje de redención y trasformación de las estructuras injustas, “el reto amoroso de la transfiguración de Cristo a los salvadoreños: la transfiguración de nuestro pueblo”, afirmó el obispo mártir. Y la Iglesia debe ser imagen y testimonio de trasformación.
A Romero se le dio la gracia de entrar al corazón de su Referente y conocer la justicia que lo habitaba y con todos los riesgos que suponía se aferró a ello. Esto era peligroso, sin duda. Para Romero, Cristo fue su principio y fundamento. Una de las causas por las que asesinan a Jesús es por su pretensión de asimilarse a Dios (Marcos 15,2); podemos decir de Romero que una de las causas por lo que es asesinado es por su pretensión de asimilarse a Jesús.
Para Romero, la transfiguración es una transformación que implica un cambio de forma y de fondo de las personas, de la iglesia y de las estructuras sociales injustas. Estaba convencido que este mundo es posible pero transfigurado, es decir, si los que lo habitan, en unidad, se comprometen a realizar una trasformación estructural de la sociedad, más justa, solidaria e inclusiva, que ponga en el centro al ser humano de manera integral, especialmente a los más pobres.
Año con año, el pueblo salvadoreño sigue celebrando la transfiguración de Jesús como parte de su identidad religiosa y cultural. Romero llamó a comprometerse con la transformación. Sus palabras deben seguir inspirando esta tarea que hoy por hoy sigue siendo la mayor deuda de la sociedad salvadoreña, y sobre todo de aquellos y aquellas que un día la propugnaron como la razón de ser de sus vidas.
*Catedrático e investigador de la Universidad Luterana Salvadoreña
Fuente Universidad Luterana Salvadoreña


Maná caído del cielo


Cuando observamos que los años van deteriorando nuestra salud y que también nosotros nos vamos acercando al final de nuestros días, algo se rebela en nuestro interior. ¿Por qué hay que morir, si desde lo hondo de nuestro ser algo nos dice que estamos hechos para vivir?
De Koinonia:
Del blog de Xabier Pikaza:
Jesús no dijo “Soy el que soy” en absoluto (Ex 3, 14, sino yo soy el pan (ho artos), es decir, el alimento (en hebreo: lejem), aquello que hace vivir, añadiendo ho dsôn, es decir, el pan que está vivo (en hebreo, hayyim), como el mismo Dios que es Hay, Hayyim, Viviente, la Vida.
Ser hombre de verdad (mesías de Dios) implica convertir la vida en «carne» (pan de vida) para otros El hombre se alimenta de comida, leche y pan, fruta, cereales etc., pero sobre todo de alimento humana: Por el cuidado de padres y formadores hemos crecido, por su amor somos los que somos, de forma que no sólo nos alimentamos juntos (compartimos comida), sino que vivimos unos de la vida de otros.
Del blog 
DOMINGO 18 (B)
El texto joánico de Juan 6,24-35 resume el centro de todas las acciones cristianas en la fe en Jesús: “
Domingo XVIII del Tiempo Ordinario
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
De su blog Fe y Vida:

Trump tampoco leyó este libro…
¿Para qué entonces esa fijación? No solo porque la pretendida estrategia sirve de cortina de humo para sus problemas internos, sino también porque la “normalización” de prácticas que creíamos desterradas de nuestro viejo continente despeja gradualmente los límites éticos de la acción política. Como en el poema de Kavafis, si finalmente los bárbaros somos nosotros, será más fácil que la propia barbarie se instale y termine triunfando.
Al volverse líquidas, cuando no irreconocibles, nuestras comunidades de copertenencia dejan de ser los espacios naturales de solidaridad y de transmisión de los recuerdos y valores comunes que nos definen y nos dan arraigo, como tan bien explicara Simone Weil. El sálvese quien pueda que abre la motosierra de Milei o las estúpidas diatribas de Abascal justifican en el fondo la secesión de los ricos, la desarticulación social y la competición desalmada entre los de abajo, queriendo vender como imposible cualquier impulso de solidaridad. No es casualidad, por ello, que la justicia social o el discurso del Papa Francisco estén constantemente en sus dianas.

En el caso de Casaldáliga la convergencia no solo es ideológica, sino literaria, ya que ambos hablan de la liberación poéticamente. La mejor forma de comprobarlo es la reciente publicación Antología poética, del obispo-profeta hispano brasileño de Mato Grosso (Monte Carmelo, Burgos, 2023), que inaugura un nuevo género literario en la teología de la liberación: la teo-poética de la liberación, junto con Ernesto Cardenal y Rubem Alves. He leído los poemas mayores de Juan de la Cruz y el libro de Casaldáliga y he podido comprobar la afinidad entre ambas concepciones de la liberación. El obispo poeta y místico dedica un poema a San Juan de la Cruz. Considero, por ello, magistrales y sólidamente argumentadas la páginas dedicadas a la relación entre el carmelita descalzo y la teología de la liberación. Las he leído con verdadera fruición.

¿De verdad tenemos clara la relación de blasfemias contra nuestro Cristo y su Dios, en nuestra Fe, cuando hay un ir tirando convencional del cristianismo occidental sobre mil muertes de hambre, sed y vida física entre los más pobres del mundo, y lo reducimos a unas modestas peticiones en la Oración de los Fieles, una Colecta ocasional, y una Comida de hermandad el mismo día porque es la Fiesta del Santo fundador?
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