Auténtico
Del blog Nova Bella:

Cuando realmente somos nosotros mismos, muchas personas se alejan, pero esto creo el espacio necesario paar que la gente adecuada llegue.
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Herman Hesse
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Del blog Nova Bella:

Cuando realmente somos nosotros mismos, muchas personas se alejan, pero esto creo el espacio necesario paar que la gente adecuada llegue.
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Herman Hesse
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Nos ha dejado espléndidas metáforas y una doctrina del
perdón que puede anular el pasado. (Esa sentencia la
escribió un irlandés en una cárcel.) Jorge Luis Borges, de
su poema: Cristo en la cruz.
Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas
de que tu hermano tiene algo contra ti,
deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda,
reconcíliate primero con tu hermano (a),
y entonces ven y presenta tu ofrenda.
Del Evangelio de Mateo.
Me surgen muchos interrogantes cuando veo en la televisión a algunos hombres de armas: guerrilleros, paramilitares, militares… “pedir perdón”. Y siento que esas frases no son más que una retórica autodefensiva y que no muestran ni reflejan el menor “arrepentimiento”. Los interrogantes se duplican cuando el presidente de la República, pide perdón a las madres de jóvenes asesinados por el Estado, pero reduce esta petición, a una pequeña excusa en voz baja y a la carrera, al final de un extenso discurso en el que ha recopilado al infinito supuestas o reales ofensas de todos contra todos…
Me pregunto: ¿Qué es pedir perdón? ¿Qué es perdonar? ¿Se puede perdonar a quién no se ha arrepentido de lo hecho? ¿Qué significa realmente que la paz en Colombia pase por pedir perdón y perdonar? ¿Quién tiene que perdonar… a quién, cómo, cuándo? ¿Qué supone reconciliarse en un país en el que han sido atacadas no sólo “comunidades”, sino en el que se han destruido muchos miles de vidas de personas individuales, especialmente mujeres?
Me vienen a la mente unas palabras de la escritora italiana Natalia Ginzburg, que vivió en carne propia las consecuencias del fascismo. Voy a citarlas aunque sean un poco largas, porque me identifico con ellas:
Perdón y arrepentimiento son palabras que pertenecen a nuestra vida privada… verlas utilizadas en la vida política y pública las corrompe…
El arrepentimiento de quien haya cometido actos de violencia o de sangre, o de quien haya inducido a otros a cometerlos, tiene lugar en el secreto de su espíritu, se traduce en actos y pensamientos individuales y no debería tener ningún tipo de resonancia pública. Puede ser también un arrepentimiento completamente sincero, pero en el momento, nadie es capaz de conocer su sinceridad, su dolor, su intensidad y su medida…
En realidad el verdadero arrepentimiento nace de una zona desconocida para todos… Puede durar toda una existencia, de modo que sólo después de años y años se podrán distinguir sus signos desde fuera. No aporta ventajas prácticas ni utilidades de ningún tipo. Es un sentimiento de naturaleza privada y secreta. El verdadero arrepentimiento y el verdadero perdón son completamente gratuitos y en la mayoría de los casos secretos y silenciosos. (Natalia Ginzburg: Sobre el arrepentimiento y el perdón, en: Las tareas de la casa y otros ensayos – Lumen 2016).
Si nos situamos en el ámbito de Jesús y del evangelio, un arrepentimiento verdadero -a mi juicio el único que demanda el perdón- se traduce, se muestra, en metanoia, es decir en cambio radical, en transformación… vida nueva que asume los valores que antes negó y pisoteó. Jesús habla de nacer de nuevo… ¿Qué significa esto en nuestro país, en hombres (y alguna vez mujeres) que despojaron a otros de sus tierras, que asesinaron, que violaron, que acabaron con las vidas de tantas y tantas personas? A mi juicio no son tolerables esas “pedidas de perdón o excusas” en la televisión, que no hacen otra cosa que esconder dinámicas perversas que la mayoría de las veces se mantienen de diferentes formas. ¿Cómo traducir lo moral a lo jurídico? Porque no bastan leyes, ésas se saltan fácilmente, se trata de una transformación de actitudes y sentimientos.
Nos dice: Vladimir Jankélévitch:
El arrepentimiento implica drama y vida moral: vida moral, es decir, acto de contrición; vida moral, es decir, pesar vergonzoso, acompañado del sabio propósito de mejorar en el porvenir, endosando valerosamente el sufrimiento; el arrepentido da vueltas y vueltas al recuerdo de la culpa y procura redimirla. El tiempo del arrepentimiento, por oposición a los veinte años huecos de la prescripción, es, por tanto, una plenitud meditativa y recogida: lo que opera en el arrepentimiento es la sinceridad del lamento y el ardor intensivo de la resolución. 3
El arrepentimiento es redentor porque es, ante todo, una voluntad activa de redención… (Vladimir Jankélévitch: El perdón).
Ante un arrepentimiento de esta naturaleza en el que haya lágrimas y transformación, la víctima puede y tal vez, debe…reunir fuerzas para que el perdón la visite y la cobije. Pero no son estas las actitudes que nos encontramos en los grupos que asisten a la JEP (Justicia Especial para la Paz) buscando negociar su propia impunidad y muy lejos de buscar una auténtica reparación. ¿Cuántos de los machos violadores tienen sentimientos de culpa? No creo que la conozcan.
Todo este panorama se complejiza mucho más si hablamos (o mejor si sentimos) de la realidad de la violación y los vejámenes sexuales contra las mujeres. En el proceso colombiano se habla de: El macrocaso 11 se denomina “Violencia basada en género, violencia sexual, violencia reproductiva, y otros crímenes cometidos por prejuicio basados en la orientación sexual, la expresión y/o identidad de género diversa en el marco del conflicto armado colombiano». Víctimas de las cuales el 89,2% son mujeres. Un porcentaje del que indudablemente hay una altísima proporción de violaciones.
¿Cómo las mujeres podemos perdonar las violaciones -que en ciertas circunstancias son una real epidemia- en medio de una sociedad violadora? Rita Segato habla con mucha lucidez de La guerra contra las mujeres:
Mi escucha de lo dicho por estos presidiarios, todos ellos condenados por ataques sexuales realizados en el anonimato de las calles y a víctimas desconocidas, respalda la tesis feminista fundamental de que los crímenes sexuales no son obra de desviados individuales, enfermos mentales o anomalías sociales, sino expresiones de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y fantasías y les confiere inteligibilidad. (Rita Segato: La guerra contra las mujeres). Ella llama a esa estructura profunda el mandato de la masculinidad en la sociedad patriarcal.
Nuestras dinámicas sociales no se arrepienten de las violaciones y los feminicidios, por el contrario, las producen. Desde el inconsciente colectivo más antiguo, aún el religioso, las violaciones se incitan y promueven. Zeus y Júpiter las figuras máximas de los panteones griego y romano son unas divinidades violadoras, raptoras de mujeres… y disponen de las mujeres o ninfas a su antojo y según su capricho. Por otro, lado Mahoma se casa con una de sus mujeres cuando ésta es una niña de seis años y una de las tribus del judaísmo está fundada sobre un rapto y violación masiva de mujeres, narrada en el libro de los Jueces.
¿Hacia dónde miramos las mujeres? ¿Cómo podemos perdonar violencias y violaciones masivas en una sociedad que propicia e incita a ese tipo de prácticas?
Definitivamente la reconciliación social no puede pasar por un perdón que no se ha pedido desde el fondo del alma. Para que haya reconciliación se tiene que pasar por una trasformación que reconozca ese “mandato” del que habla Segato y lo transforme en invitación a la acogida, al ágape, al encuentro, sólo así los varones podrán llevar su ofrenda ante el altar, sólo así anularemos los pasados de horror. Sólo así no veremos más pantomimas de “perdón” en las televisiones. La reconciliación de las mujeres con su entorno, pasa por arroparse entre ellas en círculos de sanación y de sororidad.
Carmiña Navia Velasco
Santiago de Cali, Octubre de 2023
Carl Gustav Jung en 1915
Hoy existe una preocupación fundamental: rescatar la razón sensible o cordial (del corazón) para equilibrar el exceso desastroso de la razón instrumental-analítica. Tenemos que armonizar el logos con el pathos, el anima con el animus si queremos resolver los problemas sociales y enfrentar la alarma ecológica. La mente está incorporada siempre, por lo tanto, siempre impregnada de sensibilidad y no solo cerebrizada. Jung vivía esta conexión profunda.
En sus Memorias dice: «hay tantas cosas que me llenan: las plantas, los animales, las nubes, el día, la noche y el eterno presente en los hombres. Cuanto más inseguro me siento sobre mí mismo, más crece en mí el sentimiento de mi parentesco con todo» (p. 361).
En este contexto afirma: «es importante proyectarnos en las cosas que nos rodean. Mi yo no está confinado a mi cuerpo. Se extiende a todas las cosas que hice y a todas las cosas a mi alrededor. Sin esas cosas, yo no sería el mismo, no sería un ser humano, sería tan solo un simio humano, un primate. Todo lo que me rodea es parte de mí… Estoy profundamente comprometido con la idea de que la existencia humana debe estar enraizada en la Tierra» (pp.189;190).
Para Jung, todas las cosas son más que cosas. Nos penetran en forma de símbolos y arquetipos, cargados de emociones y van componiendo la constelación de nuestro yo profundo. Viene al caso recordar esta confesión de C.G. Jung: «mi vida es la historia de la autorrealización del inconsciente». No dice de “mi inconsciente”, sino del inconsciente colectivo que posee dimensiones humanas, cósmicas, animales y vegetales. La culminación del proceso de individuación reside en la integración del todo del cual nos sentimos parte y parcela.
Pocos estudiosos del alma humana han dado más importancia a la espiritualidad que Jung. Veía en la espiritualidad una exigencia arquetípica fundamental de la naturaleza humana en la escalada rumbo a su completa individuación. La imago Dei o el arquetipo “Dios” ocupa el centro del Self: aquella energía poderosa, en lo más profundo de nuestra psique, que atrae todos los arquetipos y los ordena a su alrededor como el sol hace con los planetas (cf. el libro clásico de R. Hostie, C.G.Jung und die Religion, Karl Alber, Freiburg/München 1957).
Sin la integración de este arquetipo axial, el ser humano queda manco y con una incompletitud abismal. Por eso escribe:
«Entre todos mis clientes en la segunda mitad de la vida, es decir, con más de 35 años, no hubo uno solo cuyo problema más profundo no fuera la cuestión de su actitud religiosa. Todos en última instancia estaban enfermos por haber perdido aquello que una religión viva ha dado siempre, en todos los tiempos, a sus seguidores. Y ninguno se curó realmente sin recobrar la actitud religiosa que le era propia. Esto, está claro, no depende en modo alguno de la adhesión a un credo particular, ni de hacerse miembro de una iglesia, sino de la necesidad de integrar su dimensión espiritual».
La función principal de la religión o de la espiritualidad es religarnos a todas las cosas y a la Fuente de donde promana todo ser, Dios. Ese es el propósito básico del Mysterium Conjunctionis que Jung consideraba su opus magnum. Pues en él se trata de realizar la conjuntio, es decir, la conjunción del hombre integral con el mundus unus, el mundo unificado, el mundo del primer día de la creación cuando todo era uno y no había aún ninguna división ni diferenciación. Era la situación plenamente urobórica del ser. Esa fusión es el anhelo más secreto y radical del ser humano y el permanente llamado del Self.
El drama del hombre actual es haber perdido la espiritualidad y su capacidad de vivir un sentimiento de pertenencia.
Lo que se opone a la religión o a la espiritualidad no es el ateísmo o la negación de la divinidad. Lo que se opone es la incapacidad de ligarse y religarse con todas las cosas. Hoy las personas están desenraizadas, desconectadas de la Tierra, del anima, y por eso sin espiritualidad.
Para Jung el gran problema hoy es de naturaleza psicológica. No de la psicología entendida como disciplina o solo una dimensión de la psique, sino de la psicología en el sentido abarcador que le daba, como la totalidad de la vida y del universo en cuanto percibidos y articulados con el ser humano, sea por el consciente sea por el inconsciente personal y colectivo. Y en este sentido escribe: «Es mi convicción más profunda que, a partir de ahora hasta un futuro indeterminado, el verdadero problema es de orden psicológico. El alma es padre y madre de todas las dificultades no resueltas que lanzamos en dirección al cielo» (Cartas III, p.243). Siempre tuvo preocupación por el futuro de la humanidad. Previó, en sus visiones, a partir del inconsciente colectivo, la primera y la segunda guerra mundial. Ocurrieron como lo previó.
Me gustaría saber qué visiones tendría Jung sobre la alarma ecológica actual. Nos dejó una pista: una semana antes de su muerte, el 6 de junio de 1961, tuvo una terrible visión que reveló a Marie-Louise von Franz, que lo acompañó hasta el final: “gran parte del mundo sería destruído”. Pero añadió: “Gracias a Dios, no todo” (Jung vida e obra: uma memória biográfica por Barbara Hannah, Vozes 2022, p.478). Es lo que grandes analistas prevén en el caso de que no cambiemos el rumbo de nuestra cultura anti-vida, consumista y materialista.
El hecho es que la Tierra está enferma porque nosotros estamos enfermos. La Covid-19 lo mostró bien. En la medida en que nos transformamos, transformamos también la Tierra. Jung buscó esta transformación hasta su muerte. Es el único camino que nos puede librar de su visión terrible de destrucción de gran parte de nuestro mundo.
C.G.Jung demuestra ser un maestro y un guía que nos dibuja un mapa apto para orientarnos en estos momentos dramáticos en que vive la humanidad. Él creía profundamente en lo Transcendente y en el mundo espiritual. No será seguramente el capital material sino el capital espiritual, colocado ahora en el centro de nuestras búsquedas, el que nos permitirá evitar un armagedón ecológico. Entonces, así lo creo y espero, podremos vivir una fase nueva de la Tierra y de la Humanidad, la fase planetaria y ecoespiritual.
Leonardo Boff
Traducción de Mª José Gavito Milano
*Leonardo Boff es coeditor de la traducción de la obra completa de C.G.Jung (19 vol), publicada por la Editora Vozes.
Fuente Leonardo Boff.org
Del blog Nova Bella:

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir
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Jeremías
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Detalle de un dibujo de Isabel Pavón.
De su blog Tus ojos abiertos:
Creer en Jesús es ir a él y beber. Para querer beber hay que sentir sed. Para querer beber mucho hay que tener mucha sed.
01 de septiembre de 2023
El último día de la fiesta, que era el más importante, Jesús, puesto de pie, dijo con voz fuerte:
— El que tenga sed, venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva.
Con esto quería decir Jesús que quienes creyesen en él recibirían el Espíritu. Y es que el Espíritu todavía no había venido, porque Jesús aún no había sido glorificado.
Jn 7:37-39
Si Jesús dijo el que tenga sed, venga a mí. Si fuimos creados del polvo de la Tierra y somos barro, o arcilla si lo prefieres, en manos del Hacedor alfarero. Si de verdad nos transforma para que podamos servirle…, yo quiero ser botijo. Botijo cocido en horno, con mi asa circular a modo de peineta pegada arriba para que puedan moverme, ser llevado de un lugar a otro, según convenga. Pregunto: ¿hay algún recipiente natural que conserve el agua fresca en su interior mejor que esta vasija? Vuelvo a preguntar, ¿hay agua más buena que la que ofrece el barro? No. En absoluto. Y lo digo con toda la firmeza que soy capaz. Lo que se tiene por dentro se saborea por fuera con gusto. Y punto.
A un botijo se acude por la gran necesidad de saciar la sed que angustia. Si yo, como cristiana, tengo un buen mensaje que conservar en su frescura, y si ese mensaje es el evangelio que Jesús depositó en mí, sus buenas noticias no pueden pudrírseme dentro, así lo entiendo, ¿tú no? Pues lo dicho, yo tengo la ilusión de ser botijo, sin lugar a dudas, con sus tres piedrecillas dentro como mandan los cánones del refrigerio y que me recuerden, como sonajero, lo que llevo dentro.
Pretendo ser un botijo que hermosee, sea cual sea el lugar donde se encuentre. En Andalucía, en Málaga, sabemos muy bien de esto.
Cuando descansa en el centro de la mesa, al alcance de todos los presentes, el botijo llama a sentarse alrededor, convoca esa unión de comensales como si poseyera una atracción invisible.
Reconozco que, quizá, no tiene la mejor hechura que mandan las modernuras, pero ¿quién está diseñado a gusto de todos y para toda la vida? Lo importante es lo que se guarda dentro.
Me he empeñado en esto, sí, y perdona si no te agrada mi conjetura. Ojalá pueda ser botijo de los mejores, de esos que, de la manera más natural, ecológica y saludable, suda por sus poros hasta encharcar el plato que lo sostiene; botijo de esos que no se adornan por fuera ni con dibujos de flores, ni de pájaros, ni ha sido vidriado.
Lo que me propongo con esto, a ver si consigo explicarme de una vez y no te canso, es que Jesús es agua viva y yo me ofrezco, con la humildad de la arcilla, a que cada cual sacie su sed al beber de las enseñanzas del Señor que contengo, que no son las mías, yo poco tengo que aportar al mundo. Me refiero a que, dada su naturaleza, elijas para beber el lugar que te apetezca, ya sea por el pitorrillo chico o por la boca ancha, la libertad se hace presente, más no puedo. Y concluyo: el agua es al botijo lo que el evangelio a mi interior.
Creer en Jesús es ir a él y beber. Para querer beber hay que sentir sed. Para querer beber mucho hay que tener mucha sed. Jesús se ha puesto de pie. Nos llama a gritos y nos dice que es la fuente de aguas vivas. Nos envía al Espíritu que se manifiesta en la Iglesia a través de los dones que pone al servicio de la comunidad y contribuyen, además, a la unidad y a reconocer juntos que Jesús es el Señor.
Estar en comunión con él y llevar a otros a la fuente; dar de beber a otros para que del interior de ellos también corran ríos de agua viva al acercarse a Jesús. Porque como dice Plutarco Bonilla, cuando Jesús pasa, algo pasa.
Es posible que otro día, antes de que se me marchite la flor de la edad en la que me encuentro, comparta contigo otra de mis ilusiones, ser salero y salerosa, como toda malagueña que se precie y como todo cristiano verdadero. A ver si, ya sea una cosa u otra, lo consigo.

(Curas villeros argentinos, al servicio de los más pobres)
Hoy y siempre, nos guste o no,
preguntar por la licitud de un impuesto,
cuando tenemos dinero y patrimonio
y vivimos muy dignamente,
es querer defendernos frente a los otros
-sean el césar,
la hacienda pública,
los pobres de la acera
o la propia conciencia-.
Y querer que Tú aclares
y justifiques nuestros quereres
de servir a dos señores
-cuando nos conviene-
o de enfrentarlos sin escrúpulos
-cuando nos conviene-,
es jugar a ser hipócritas
aunque no aparezcamos en la escena
y sean otros los que abren las puertas.
Aquel día que, mirándonos a los ojos, dijiste
«al César lo que es del César
y a Dios lo que es de Dios«,
abriste una brecha en el horizonte:
proclamaste la soberanía de Dios Padre,
la autonomía de la creación entera,
la libertad de conciencia de las personas,
la repulsa de toda ideología política y religiosa
y el uso de Dios para nuestros intereses.
Sabemos que no es evangélico
llegar a Dios por la presión del poder que impera
ni defender el estado apelando a su voluntad.
Con el proyecto de Dios no se juega.
No hay nadie, por grande que sea,
dentro o fuera de la iglesia,
que pueda adueñarse del mismo, o hacerse su guía,
apelando a poderes, leyes y costumbres
o a la gracia divina.
Y como lo de Dios tiene que ver,
no solo con las cosas religiosas,
también con las realidades y decisiones políticas,
toda iglesia que quiera ser evangélica
no puede quedarse encerrada
ni en los corazones ni en las sacristías;
ha de salir a las plazas públicas
para defender el proyecto de Dios
y la autonomía de la sociedad laica.
Por eso, Señor, enséñanos
a ser cristianos y ciudadanos.
*
Florentino Ulibarri
Fe Adulta
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La reflexión de hoy es de Michaelangelo Allocca, colaborador de Bondings 2.0.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el 29º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
“Dad, pues, al César lo que es del César; y a Dios las cosas que son de Dios”. Escuchada en la selección de este domingo del evangelio de Mateo, esta es una de las declaraciones de Jesús más malinterpretadas y causantes de problemas.
Muchos lo leen superficialmente como “cállate, paga tus impuestos y obedece la ley”. Por otro lado, se ha citado a la sierva de Dios Dorothy Day diciendo: “Si entregáramos a Dios todas las cosas que pertenecen a Dios, no quedaría nada para el César”, aparentemente argumentando que el punto de vista de Jesús era precisamente lo opuesto. . Las palabras de Jesús, por concisas y memorables que sean a menudo, ofrecen un excelente ejemplo de cómo una cita de las Escrituras puede generar interpretaciones no sólo diferentes, sino diametralmente opuestas. Necesitamos profundizar más para comprender lo que Jesús realmente quiso decir con esta declaración específica, y también para comprender mejor el tema más amplio al que se refiere: la relación entre la ley de Dios y la ley humana/civil en general.
Este tema ha sido un lío para nosotros, el segmento queer de la población. Las dificultades surgen tanto del “muro de separación” como de los puntos de vista “intrínsecamente entrelazados”. Revisaré ejemplos de eventos recientes con más detalle, después de alguna exégesis de la Escritura misma.
Lo primero que se necesita para comprender mejor cualquier pasaje de las Escrituras en particular es el contexto. El primer contexto relevante lo proporciona la primera lectura de hoy, de Isaías, elegida para acompañar esta selección de evangelios. “Así dice Jehová a su ungido Ciro, a quien tomo por la diestra, sometiendo naciones delante de él y haciendo correr reyes a su servicio”, nos muestra a Dios hablándole a un rey elegido para hacer la voluntad de Dios. Superficialmente, parecería reforzar la lectura superficial que ve a Jesús apoyando la obediencia a los gobernantes políticos, las herramientas del plan de Dios. Pero esto sólo funciona mientras sigamos ignorando el trasfondo histórico y teológico a partir del cual y dentro del cual el profeta pronunció estas palabras.
El Ciro mencionado aquí no es un rey judío, sino un jefe del Imperio Persa, uno de los enemigos tradicionales de Israel y, por lo tanto, una elección un tanto poco ortodoxa (si puedo usar esa palabra para las operaciones del Todopoderoso) para ser instrumento de Dios. La ironía se ve realzada por el título “ungido”, que de hecho es la misma palabra hebrea, mashiach (griego christos, respectivamente anglicizado, por supuesto, como “Mesías” y “Cristo”) utilizada para el descendiente de David prometido como el salvador. de Israel. ¿Cuánto más potente sería si oyéramos que el conquistador de Israel fuera llamado el “Mesías Ciro” del Señor o su “Cristo Ciro”?
Cualquiera de esas representaciones sería más fiel al impacto original. Isaías estaba profetizando a un pueblo teocrático. La única “constitución” que tenían era el pacto hecho en el Sinaí (Éxodo 20), y se suponía que solo Dios era su gobernante. Como sabemos, este marco no duró, ya que Israel finalmente exigió un rey, “como todas las naciones” (1 Samuel 8:5), olvidando que su don especial era haber sido elegidos por Dios para ser diferentes de otras naciones. Lo que surge de esta confusa historia es un largo patrón en las Escrituras hebreas de advertencias sobre lo que sucede cuando la gente –supuestamente el pueblo de Dios– cree que su seguridad y salvación están en manos de gobernantes seculares.
Dos ejemplos muestran el tipo de lecturas sesgadas que se han hecho de este texto profético. Quizás recuerden a David Koresh, el hombre que dirigió un movimiento cristiano radical separatista a principios de los años 90, que terminó en una carnicería ardiente cuando las fuerzas estadounidenses atacaron el complejo del movimiento en Waco, Texas. Quizás no sepas que su nombre era originalmente Vernon Wayne Howell, hasta que lo cambió legalmente. «David«, más obviamente, pretendía significar su papel como descendiente del rey elegido por Dios, y «Koresh» es la versión hebrea de… Ciro.
Más recientemente, los líderes evangélicos de derecha lucharon durante un tiempo sobre cómo unir fuerzas con un candidato presidencial que a veces parecía empeñado en romper tantos mandamientos de Dios como fuera posible: esa lucha terminó cuando decidieron que él era el Ciro de esta generación. .
El contexto antiguo resaltado por la lectura de Isaías fue parte del escenario del evangelio de hoy: aquellos que intentaron atrapar a Jesús plantearon el dilema de si la ley judía, que exigía lealtad exclusiva a Dios, permitía pagar impuestos al César, un gobernante extranjero llamado «divino«. ”en monedas que llevaban su imagen. Jesús sabía bien que la historia sagrada de su pueblo no ofrecía una solución fácil a este dilema, como también lo sabían sus interrogadores, al menos en teoría. Los lectores modernos a menudo pasamos por alto que hay algo sospechoso en que “los fariseos y los herodianos” anduvieran juntos, ya que los primeros generalmente odiaban a los segundos, de una manera más o menos similar a la forma en que la Resistencia francesa odiaba al gobierno de Vichy: sólo que un enemigo común (Jesús ) podría unirlos.
Jesús respondió con el golpe maestro que ganó el concurso incluso antes de responder (en realidad, nunca lo hizo) su pregunta: “muéstrame la moneda”. Incluso al llevar una moneda romana, como la mayoría de la multitud habría reconocido, sus adversarios traicionaron su hipocresía, ya que equivalía a manipular un ídolo. El verdadero punto de la respuesta de Jesús fue su negativa a respaldar la necedad de definir la justicia en referencia al poder secular.
A veces podemos olvidar esta poderosa advertencia. Por ejemplo, cuando se cuestiona la justicia de la igualdad en el matrimonio civil por motivos religiosos, me retuerzo cuando escucho alguna respuesta como «qué lástima, Obergefell es una ley establecida«. Confiar en Ciro o en César –o incluso en David, el monarca “como lo han hecho otras naciones”– como garantía de justicia es algo que deberíamos haber aprendido a no hacer; Dios puede determinar lo que es justo, un rey no.
En caso de que el peligro no sea lo suficientemente claro, darle la vuelta y aplicar la misma lógica a naciones donde es un crimen simplemente ser gay. ¿Estamos satisfechos si alguien señala eso como “derecho establecido” y, por lo tanto, no debería ser cuestionado?
No existen respuestas fáciles para preguntas complicadas sobre la interacción entre religión y ley civil, pero el consejo de las Escrituras es claro, tal como lo enseñó no sólo Jesús, sino también la Torá durante siglos antes de Él: nuestra salvación y felicidad no descansan en los sistemas de este mundo, sino sobre el sistema de Dios, que es amor y no legalismo.
—Michaelangelo Allocca, Ministerio New Ways, 22 de octubre de 2023
Fuente New Ways Ministry

La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley […].
El concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, o cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el Espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que éstos se reducen meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinados obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con vehemencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo personalmente conminaba graves penas contra él. No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa por otro. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, o sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación.
*
Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo octual, nn. 42-43, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1970, 319-322).
***
En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron:
-“Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?”
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
-“Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.”
Le presentaron un denario. Él les preguntó:
-“¿De quién son esta cara y esta inscripción?”
Le respondieron:
-“Del César.”
Entonces les replicó:
-“Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.”
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Mateo 22,15-21
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La trampa que tienden a Jesús está bien pensada: «¿Es lícito pagar tributos al César o no?». Si responde negativamente, lo podrán acusar de rebelión contra Roma. Si acepta la tributación, quedará desacreditado ante aquellas gentes que viven exprimidas por los impuestos, y a las que él tanto quiere y defiende.
Jesús les pide que le enseñen «la moneda del impuesto». Él no la tiene, pues vive como un vagabundo itinerante, sin tierras ni trabajo fijo; no tiene problemas con los recaudadores. Después les pregunta por la imagen que aparece en aquel denario de plata. Representa a Tiberio, y la leyenda decía: «Tiberius Caesar, Divi Augusti Filius Augustus». En el reverso se podía leer: «Pontifex Maximus».
El gesto de Jesús es ya clarificador. Sus adversarios viven esclavos del sistema, pues, al utilizar aquella moneda acuñada con símbolos políticos y religiosos, están reconociendo la soberanía del emperador. No es el caso de Jesús, que vive de manera pobre pero libre, dedicado a los más pobres y excluidos del Imperio.
Jesús añade entonces algo que nadie le ha planteado. Le preguntan por los derechos del César y él les responde recordando los derechos de Dios: «Pagadle al César lo que es del César, pero dad a Dios lo que es de Dios». La moneda lleva la imagen del emperador, pero el ser humano, como recuerda el viejo libro del Génesis, es «imagen de Dios». Por eso nunca ha de ser sometido a ningún emperador. Jesús lo había recordado muchas veces. Los pobres son de Dios; los pequeños son sus hijos predilectos; el reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.
Jesús no dice que una mitad de la vida, la material y económica, pertenece a la esfera del César, y la otra mitad, la espiritual y religiosa, a la esfera de Dios. Su mensaje es otro: si entramos en el reino, no hemos de consentir que ningún César sacrifique lo que solo le pertenece a Dios: los hambrientos del mundo, los subsaharianos abandonados que llegan en las pateras, los «sin papeles» de nuestras ciudades. Que ningún César cuente con nosotros.
José Antonio Pagola
Leído en Koinonia:
Isaías 45,1.4-6: Llevó de la mano a Ciro para doblegar ante él las naciones.
Salmo responsorial: 95: Aclamad la gloria y el poder del Señor.
1Tesalonicenses 1,1-5b: Recordamos vuestra fe, vuestro amor y vuestra esperanza.
Mateo 22,15-21: Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?” Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.” Le presentaron un denario. Él les preguntó: “¿De quién son esta cara y esta inscripción?” Le respondieron: “Del César.” Entonces les replicó: “Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.”
En la primera lectura nos encontramos ante un texto que se encuentra ubicado en lo que se llama el «Segundo Isaías» o «libro de la consolación» de pueblo de Israel. Este dato, aparentemente simple, nos permite entrar al texto desde una clave de interpretación especial. Isaías, el profeta del juicio y el castigo, siempre tiene al final una palabra de ánimo, de esperanza, de consolación, sobre todo en estos tiempos en los que las propuestas alternativas son buscadas por el sistema globalizante para eliminarlas.
Yahvé habla a Ciro –una persona que «no conoce a Dios», insiste el texto- y le habla, para encomendarle una misión. Es decir: el no conocer a Dios no es una limitación para ser llamados por Dios a una misión, y la de Ciro va a ser la de anunciar palabras de consuelo. El monopolio de la elección de Dios por parte de sólo un pueblo entre todos los pueblos de la humanidad, se desdibuja ante este relato del profeta. Constatamos que un «no judío» puede servir también de mediación adecuada para la actuación de Dios. En buena parte, eso es una gran novedad.
En Pablo, la realidad que Isaías presenta como alianza es elección en comunidad («tenemos presente la obra de su fe, los trabajos y sobre todo la tenacidad de su esperanza»): Son las palabras de Pablo y compañía a la comunidad que se reúne en Tesalónica, quienes se dejan guiar por la acción del Espíritu Santo…
El evangelio de Mateo –el más comentado en la historia de la iglesia y a la vez el evangelio del cual se ha hecho la interpretación más dogmática y espiritualista– es el marco de un texto polémico en un contexto social en el que se divinizaba al Emperador. El evangelio de Mateo es la primera síntesis de la tradición judía y cristiana después de la destrucción del templo de Jerusalén en la guerra de los años 66-74 d.C. El fragmento que hoy leemos forma parte de una serie de controversias entre Jesús y los fariseos (y otros grupos) sobre temas como el tributo, la resurrección de los muertos, el mandamiento principal, el hijo de David… Todas estas controversias tienen como telón de fondo la confrontación de Jesús con la ley romana.
Bajo el tema del tributo, una realidad que sufrían las comunidades cristianas (en las que se fue elaborando el texto del evangelio) bajo el dominio del imperio romano, el pueblo de Israel –que siglos antes había soñado una sociedad como confederación de tribus, en la que el único Señor fuese Dios, el Dios de la liberación–, vive ahora las consecuencias de una monarquía que exprime al pobre para sostener su estructura. Los más pobres son los más afectados por la política fiscal, pues la tasación recaía más directamente sobre los que trabajaban la tierra, campesinos o inquilinos.
Pero yendo un poco más allá del tributo, fijémonos en la figura del Emperador. Roma cargaba sobre sí la influencia del mundo religioso de Egipto y Grecia. La relación de los romanos con estos dioses forma parte de la estructura ordinaria y cotidiana de la vida social: se entendía al Emperador como un dios; Roma era una teocracia.
Las comunidades cristianas que habían optado por otra forma de entender la relación con Dios, con el Dios de Jesús, con el Abba, no podían entender cómo el emperador se presentaba como Dios, y se enfrentan a la religión oficial optando por lo alternativo, que en este caso es la propuesta de vida en pequeñas comunidades de hermanos y hermanas.
Ante esta realidad, la comunidad cristiana busca en la experiencia vivida con el maestro y nos trae al escenario esta frase que ha conseguido ser aceptada como adagio popular: «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Por tanto ya en los albores de la reflexión de la comunidad está la conciencia de que el emperador no es Dios, y nunca lo será, porque Dios es amor, justicia, amor, igualdad… valores ausentes en cualquier imperio, de cualquier época.
Con el correr del tiempo, lo que es alternativo se transforma en oficial, y se hace necesario reemprender el camino de la creatividad, de la renovación, de lo alternativo.
En la actualidad no hay emperadores que se presenten como Dios, pero sí nos encontramos con ciertas estructuras religiosas monárquicas e imperiales que lejos de reflejar la vivencia de la comunión entre los hermanos y hermanos, pretenden imponer la explotación de los pobres al mejor estilo del imperio Por eso, al leer este texto desde el hoy, tenemos que decir con voz profética: «a la estructura oficial religiosa lo que es de ella» y «a Dios lo que es de Dios», o sea, «a Dios Padre y a su Reino toda nuestra entrega y fidelidad».
El evangelio de Mateo con su fuerza eclesiológica renovadora, nos impulsa a trabajar incansablemente por una iglesia más cercana a la propuesta de Jesús, más centrada en las personas, en las relaciones entre los hermanos, y menos pendiente de la norma y estructura, que cuya atención no puede ponerse por encima de la Justicia y de la defensa de los pequeños, los predilectos de Dios. Leer más…
Del blog de Xabier Pikaza:
Jesús quiso el Reino de Dios para pobres y excluidos de los reinos y templos de este mundo. Pero, mientras llegaba el Reino (a fin de que llegue), muchos cristianos optaron por pagar tributo, convirtiéndose ellos mismos a veces en César.
Por eso es importante volver a la palabra enigmática “devolved” (apodôte) al César…, no entréis en la disputa de tributos, en un mundo de césares contrapuestos, donde cada uno quiere su tributo: los legionarios de Roma y los celotas del monte de Galilea.
Este pasaje puede ayudarnos a entender y situar los conflictos económico-políticos del momento actual entre los que se cuentan el de Ucrania/Rusia, Palestina/Israel. Mientras muchos luchan, matan y mueren por tributos, el camino del reino de Dios sigue abierto para los que creen en el evangelio.
| X.Pikaza
Texto
En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?» Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.» Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?» Le respondieron: «Del César.» Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.” (Mt 22, 15-21)
Lectura del texto
Ésta es la pregunta que plantean en Jerusalén, en el momento clave de su revelación mesiánica. El signo de fondo es el denario del tributo, que significativamente Jesús no lleva, no por casualidad (como si hubiera olvidado tomarlo), sino por principio, pues él mismo ha pedido a sus discípulos que anuncien el Reino sin dinero o vestidos de repuesto (Mc 6, 6b-13). Por eso ha dicho al rico que venda lo que tiene, que reparta lo obtenido entre los pobres, para iniciar un camino en el que deben compartirse casas-campos y relaciones familiares (Mc 10, 17-31). En este contexto fija este relato la relación entre el movimiento de Jesús y el imperio, sobre el fondo de la tensa situación de Palestina (Israel), que desembocará tras unos años (67 d.C.) en una dura guerra contra Roma:
‒ Los defensores del Imperio, tenderán a justificar la economía y política de Roma, pagando unos impuestos que se entienden como un modo de participar en ese Imperio, en comunión con otros pueblos de aquel tiempo. El denario del tributo constituye una forma de contribuir al orden externo (mundano) de Dios.
‒ Los enemigos del Imperio, entenderán el tributo como atentado contra la sacralidad israelita. Posiblemente, identifican la familia de Dios con el grupo nacional judío y quieren acuñar moneda propia, avalada con el nombre de Jerusalén. Por eso rechazan al César y su impuesto. Unos u otros, diga Jesús lo que diga, podrán acusarle: si afirma, le llamarán colaboracionista; si niega, insumiso, anti-romano.
Pues bien, Jesús no defiende la oposición violenta (no pagar, guerra contra Roma), ni apoya el orden de Roma (pagar), pues sabe que le tientan y, subiendo de nivel, responde que devuelvan (apodôte) al César el dinero que pertenece al César. En principio, podemos suponer que él era contrario al pago del tributo, no sólo por lo que ello implicaba de colaboración con el Imperio, sino también porque ese impuesto estaba al servicio de una economía fundada en el dinero. En esa línea, su respuesta (¡devolved al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios!) no se puede entender como declaración de guerra contra Roma, pero tampoco como aceptación de su tributo, sino que nos obliga a subir nivel, invitándonos a un tipo distinto de comunión humana.
Jesús no se pronuncia, por tanto, en contra de la ley, sino “fuera de ella”, esto es, al margen, pues busca las “cosas de Dios” (cf. Mc 8, 33) más allá del dinero y de la espada, no en un plano de ideales espiritualistas, sino de relaciones humanas (como indica en otra perspectiva el Sermón de la Montaña: Mt 5-7; Lc 6, 20-46). Se sitúa en el margen y desde el margen responde, para resolver así desde Dios los temas de conflicto de los hombres: Pagar o no pagar; pagar a quién (al Cesar o a los guerrilleros celotas enemigos del César). Las “cosas” de Dios que definen la identidad de su proyecto mesiánico, se sitúan en un espacio de gratuidad y pan compartido, no de dinero y talión, como sabe Mt 5, 21-48: “habéis oído que se ha dicho; yo, en cambio, os digo…”.
‒ ¿Es lícito pagar o no? Fariseos y herodianos quieren situar a Jesús ante la alternativa entre el sí y el no, en un plano monetario, en una sociedad campesina en la que apenas circula el dinero, de forma que, para muchos, no existe casi más moneda que la del tributos. Pero Jesús ha superado esa alternativa. No se trata de pagar o no pagar, sino de situarse en una dimensión más alta de revelación de Dios, es decir, de humanidad solidaria, por encima de una economía y política fundada en la posesión de la moneda. Jesús no acepta el tributo ni lo rechaza, sino que supera ese plano monetario (pagar o no pagar), pidiendo que se devuelva a Roma el dinero de sus impuestos, para iniciar de esa manera un camino distinto de evangelio.
‒ Jesús no tiene moneda, y así pide una a sus tentadores. Ellos se la traen, y él la mira, preguntando por la inscripción y la imagen grabadas en ella. Por una parte, él quiere superar el nivel de economía en que parecen situase todos. Por otra parte, él sabe que la moneda tiene valor de curso legal (económico), pero no es profana, en el sentido moderno del término, sino que lleva grabada una imagen del César, que en ella actúa como autoridad religiosa, es decir, como signo de divinidad. También la inscripción (que podía ser “Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto”) tenía carácter sagrado. Según eso, el tributo del César situaba a los hombre ante un “dios” que actúa por interés de dinero (Mammón), y eso Jesús no lo puede aceptar, como ha dicho en Mt 6, 24.
‒ Devolved al César… No combate con armas contra el César, pero tampoco le obedece (no emplea su dinero), sino que sale fuera del espacio de su dominio, para situarse en un ámbito de vida y convivencia donde el tributo al César sea innecesario. Aquellos que le tientan están dispuestos a emplear la moneda del César. Pues bien, Jesús les dice que se la devuelvan, de modo que no tengan nada que deberle, nada que pagarle. No se trata, por tanto, de luchar en guerra contra el César (no pagarle, como pretendían los celotas, para crear después su propio impuesto), sino de devolverle su dinero al César, para que él lo emplee como él quiera, pues el Reino se le alcanza y crea con monedas.
Jesus no ha caído, por tanto, en la trampa que quieren tenderle (pagar o no pagar), sino que propone un camino distinto: Devolver la moneda al César, darle lo suyo, es decir, salid de su imperio económico, para así ocuparse en verdad de las cosas de Dios. Devolved al Cesar lo que es del César, es decir, “salid de su imperio”, salid de su dinero… romper el esquema imperial del denario
‒ Y dad a Dios lo que es de Dios… Sólo allí donde al César se le devuelve la moneda (sin entrar en cálculos con él) se puede dar a Dios lo que es de Dios, es decir, todo lo que somos y tenemos, inaugurando un tipo de vida distinta, en gratuidad, esto es, sin “capital” de imperio, sin la violencia política y económica que simboliza el tributo. Esta propuesta ha de entenderse a la luz de todo el evangelio. Cerrada en sí misma, ella podría tomarse como puro enigma, una salida ingeniosa, llena quizá de ironía, pero sin sentido positivo. Pues bien, ella recibe un sentido más preciso a la luz de toda la enseñanza y conducta de Jesús, que no ha querido comprar con dinero los panes y los peces de las multiplicaciones (cf. 6, 37; 10, 17-22; 14, 3-9), sino que ha mandado a los suyos que compartan lo que tienen.
Habían querido tenderle una trampa (pagar el tributo, oponiéndose a los nacionalistas judíos, o no pagarlo, enfrentándose con Roma). Pero Jesús se elevó de plano, sin caer en la trampa de fariseos y herodianos. No dice “sí” (paguen), ni dice “no” (niéguense a pagar), sino algo anterior y mucho más profundo: Apodote (devolvedle) al César lo que es suyo (salid de su campo), a fin de “dar” a Dios lo que es de Dios (para realizar su proyecto en el mundo). Por eso, el texto acaba comentando que se admiraban de él, aunque sus acusadores podrán decir más tarde que él ha ido soliviantando a la gente, para que no pague tributos al César, con lo que eso significa en aquel contexto (cf. Lc 23, 2).

Jesús no sataniza al dinero y a su César (contra los celotas), ni lo diviniza (como hace Roma), sino que lo expulsa el ámbito mesiánico, pues él mismo ha dicho que lo opuesto a Dios es Mammón, el dinero convertido en “dios” supremo de este mundo (cf. Mt 6, 24), por encima incluso del imperio de Roma y del templo de Jerusalén. En esa línea debemos añadir que tarea y proyecto de Reino es una experiencia y tarea de gratuidad universal, superando el plano del dinero (cf. Mc 10, 17-31). En esa línea debemos seguir afirmando que el proyecto de Jesús va en contra de la raíz económica y religiosa del Imperio, pues él pide a los suyos que devuelvan el dinero al Cesar, saliendo así de su dominio.
Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:
Dos posturas ante el tributo al César
Seguimos en la explanada del templo de Jerusalén, en medio de los enfrentamientos de diversos grupos con Jesús. Esta vez, fariseos y herodianos lo van a poner en un serio compromiso preguntándole sobre la licitud del tributo al emperador romano. Por entonces, además de los impuestos que se pagaban a través de peajes, aduanas, tasas de sucesión y de ventas, los judíos debían pagar el tributo al César, que era la señal por excelencia de sometimiento a él.
Fariseos y herodianos no tenían dudas sobre este tema; ambos grupos eran partidarios de pagarlo. Los fariseos, porque no querían conflictos con los romanos mientras les permitieran observar sus prácticas religiosas. Los herodianos, porque mantenían buenas relaciones con Roma. Como a nadie le gusta pagar, los rabinos discutían si se podía eludir el tributo. Y algunos adoptaban la postura pragmática que refleja el tratado Pesajim 112b: «… no trates de eludir el tributo, no sea que te descubran y te quiten todo lo que tienes».
Sin embargo, otros judíos adoptaban una postura de oposición radical, basada en motivos religiosos. Dado que el pago del tributo era signo de sometimiento al César, algunos lo interpretaban como un pecado de idolatría, ya que se reconocía a un señor distinto de Dios. Este era el punto de vista de los sicarios, grupo que comienza con Judas el Galileo, cuando el censo de Quirino, a comienzos del siglo I de nuestra era. Al narrar los comienzos del movimiento cuenta Flavio Josefo: «Durante su mandato [de Coponio], un hombre galileo, llamado Judas, indujo a los campesinos a rebelarse, insultándolos si consentían pagar tributo a los romanos y toleraban, junto a Dios, señores mortales» (Guerra de los Judíos II, 118). Más adelante repite afirmaciones muy parecidas: «Judas, llamado el galileo…, en tiempos de Quirino había atacado a los judíos por someterse a los romanos al mismo tiempo que a Dios» (Guerra de los Judíos II, 433).
La trampa de la pregunta
Con este presupuesto, se advierte que la pregunta que le hacen a Jesús sobre si es lícito pagar el tributo podía comprometerlo gravemente ante las autoridades romanas (si decía que no), o ante los sectores más progresistas y politizados del país (si decía que sí). Además, la pregunta es especialmente insidiosa, porque no se mueve a nivel de hechos, sino a nivel principios, de licitud o ilicitud.
En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron:
̶ Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?
La respuesta de Jesús
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
– Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.
Le presentaron un denario. Él les preguntó:
̶ ¿De quién son esta cara y esta inscripción?
Le respondieron:
̶ Del César.
Entonces les replicó:
̶ Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Jesús, que advierte enseguida la mala intención, ataca desde el comienzo: «¿Por qué me tentáis, hipócritas?» Pide la moneda del tributo, devuelve la pregunta y saca la conclusión. Jesús, como sus contemporáneos, acepta que el ámbito de dominio de un rey es aquel en el que vale su moneda. Si en Judá se usa el denario, con la imagen del César, significa que quien manda allí es el César, y hay que darle lo que es suyo.
Estas palabras de Jesús, tan breves, han sido de enorme trascendencia al elaborar la teoría de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Y se han prestado también a interpretaciones muy distintas.
Las cosas de Dios
Si analizamos el texto, las palabras: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», no constituyen una evasiva, como algunos piensan. Van al núcleo del problema. Los fariseos y herodianos han preguntado si es lícito pagar tributo desde un punto de vista religioso, si ofende a Dios el que se pague. La respuesta contundente de Jesús es que a Dios le interesan otras cosas más importantes, y ésas no se las quieren dar. Teniendo presente el conjunto del evangelio, «las cosas de Dios», lo que le interesa, es que se escuche a Jesús, su enviado, que se acepte el mensaje del Reino, que se adopte una actitud de conversión, que se ponga término al raquitismo espiritual y religioso, que se sepa acoger a los débiles, a los menesterosos, a los marginados. Eso no interesa ni preocupa a fariseos y herodianos, pero es la cuestión principal. Si el evangelio no fuese tan escueto, podría haber parafraseado la respuesta de Jesús de esta manera: ¿Es lícito poner el sábado por encima del hombre? ¿Es lícito cargar fardos pesados sobre las espaldas de los hombres y no empujar ni con un dedo? ¿Es lícito llamar la atención de la gente para que os hagan reverencias y os llamen maestros? ¿Es lícito impedir a la gente el acceso al Reino de Dios? ¿Es lícito hacer estúpidas disquisiciones sobre los votos y juramentos? ¿Es lícito dejar morir de hambre al padre o a la madre por cumplir un voto? ¿Es lícito pagar los diezmos de la menta y del comino, y olvidar la honradez, la compasión y la sinceridad? En todo esto es donde están en juego «las cosas de Dios», no en el pago del tributo al César.
Naturalmente, la comunidad cristiana pudo sacar de aquí consecuencias prácticas. Frente a la postura intransigente de los sicarios, defender que no era pecado pagar tributo al César. Y, con una perspectiva más amplia, fundamentar una teoría sobre la convivencia del cristiano en la sociedad civil, sin necesidad de buscar por todas partes enfrentamientos inútiles. Siempre, incluso en las peores circunstancias políticas, nadie podrá arrebatarle a la iglesia y al cristiano la posibilidad de dar a Dios lo que es de Dios.
El emperador no siempre es enemigo (1ª lectura)
En Israel, desde los primeros siglos, hubo gente fanática y enemiga de conceder el poder político a un hombre mortal. El único rey debía ser Dios, aunque no quedaba claro cómo ejercía en la práctica esa realeza. Otros grupos, sin negarle la autoridad suprema a Dios, aceptaban el gobierno de un rey humano. Pero siempre debía tratarse de un israelita, no de un extranjero. La novedad del texto de Isaías, una auténtica revolución teológica para la época, es que Dios, aunque afirma su suprema autoridad («Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios»), él mismo escoge al rey persa Ciro, lo lleva de la mano, le pone la insignia y le concede la victoria. Porque Ciro, al cabo de pocos años, será quien conquiste Babilonia y libere a los judíos, permitiéndoles volver a su tierra.
Este proceso de esclavitud – liberación – vuelta a la tierra recuerda al ocurrido siglos antes, cuando el pueblo salió de Egipto. La gran novedad, escandalosa para muchos judíos, es que ahora el salvador humano no es un nuevo Moisés sino un emperador pagano.
El texto ha sido elegido para confirmar con un ejemplo histórico que se puede respetar al emperador, pagar tributo, sin por ello ofender a Dios.
Así dice el Señor a su Ungido, a Ciro, a quien lleva de la mano: «Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.
El escrito más antiguo del Nuevo Testamento (2ª lectura)
Desde este domingo hasta el 33 inclusive la segunda lectura se toma de la 1ª carta de Pablo a los tesalonicenses, escrita en Corinto hacia el año 49/50.
El breve fragmento elegido por la liturgia de hoy solo contiene el exordio, con loselementos típicos (remitentes, destinatarios, saludo) y el comienzo de la acción de gracias, donde Pablo recuerda las tres grandes virtudes de los tesalonicenses (fe, amor, esperanza) y el don de la elección. Adviértase el tono tan cordial con que escribe Pablo.
Pablo, Silvano y Timoteo, a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros no hubo sólo palabras, sino, además, fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda, como muy bien sabéis.

“Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: -¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.”
El evangelio de este domingo nos enseña que podemos caer en la tentación de creernos mejores que los fariseos y pensar: “mira qué mala gente, cómo quería pillar a Jesús.”
Bien, precisamente esa fue la tentación en la que cayeron los fariseos. Ellos se creían mejores que Jesús y eso les llevó a buscar dejarle en evidencia.
Creernos ser mejores que las demás es una gran tentación y un gran peligro. De hecho, está en la base de los grandes conflictos de la historia pasada y la que vamos escribiendo.
Los grandes conflictos surgen de la creencia de que lo propio es mejor y por lo mismo nos consideramos con derecho a imponerlo o a rechazar lo diferente.
Pensemos por un momento en la situación política actual en la que cada quien repite su maravillosa idea sin escuchar la realidad ajena. ¿Cómo puede haber diálogo? No puede haberlo. Si no estamos dispuestos a dejarnos afectar por las ideas y puntos de vista ajenas no hay comunicación.
En el evangelio los fariseos se presentan como queriendo dialogar, cuando en realidad su intención es comprometer a Jesús. Jesús en lugar de entrar en su juego pone de manifiesto sus intenciones y zanja el problema sin evadirse en largas discusiones estériles, otorgando a cada cosa su lugar: “al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios.”
Dialogar no es aportar una idea sino arriesgarla. “Comprendiendo su mala voluntad”. Se trata de exponer mi propio punto de vista, aceptando que no es el único y ni siquiera es el mejor. Es más, quizá ni siquiera sea bueno para otras personas que ven otras cosas porque tienen diferentes realidades.
Para dialogar se necesita mucha humildad y apertura, un corazón pacífico y una mente flexible. Es una pena que en nuestras sociedades modernas, en la era de la comunicación, nos enseñen a hablar y a opinar, pero no a dialogar.
Oración
Trinidad Santa, comunión en la diferencia, enséñanos el arte de la escucha que nos abre a la realidad ajena. Danos la humildad que necesitamos para poder encontrarnos y dialogar
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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa
***
DOMINGO 29 (A)
Mt 22, 15-21
Los jefes comprendieron que las tres parábolas se referían a ellos (los obreros de última hora, los hermanos mandados a la viña, el banquete de boda. Contraatacan con tres preguntas que intentan tenderle una trampa para tener de qué acusarlo. La primera es la del tributo al César que acabamos de leer. La segunda es sobre la resurrección de los muertos. La tercera, cuál es el primer mandamiento, que leeremos el próximo domingo.
Merece atención el texto del segundo Isaías que hemos leído. Es muy interesante, porque es la primera vez que la Biblia habla de un único Dios. Estamos a mediados del s. VI a. c., y hasta ese momento, Israel tenía su Dios, pero no ponía en cuestión que otros pueblos tuvieran sus propios dioses. Esto no lo hemos tenido nunca claro. El creer en un Dios único es un salto cualitativo increíble en el proceso de maduración de la revelación.
El evangelio de hoy no es sencillo. Con la frasecita de marras, Jesús contesta a lo que no le habían preguntado. No se mete en política, pero apunta a una actitud vital que supera la disyuntiva que le proponen. Una nefasta interpretación de la frase de Jesús la convirtió en un argumento para apoyar el maniqueísmo en nombre del evangelio. Seguimos entendiendo la frase como una oposición entre lo religioso y lo profano; hoy entre la Iglesia y el Estado. Se trata de una falta absoluta de perspectiva histórica.
Moisés utilizó a Dios para agrupar a varias tribus en un solo pueblo. Israel fue siempre una teocracia en toda regla. Cuando se instauró la monarquía por influencia de las naciones próximas, al rey se le consideró como un representante de Dios (hijo de Dios), sin ningún poder al margen del conferido por su divinidad. Al proponer la pregunta, los fariseos no piensan en una confrontación entre el poder religioso y el poder civil, sino entre su Dios y el César divinizado. La moneda es clave para entender la respuesta.
TI(berius)CAESAR DIVI AUG(usti) F(ilius) AUGUSTUS: PONTIF(ex) MAXIM(us)
Tiberio César, glorioso hijo del divino Augusto, sumo pontífice
Jesús pregunta: ¿De quién es esa imagen e inscripción? Se cuestiona si un judío tiene que aceptar la soberanía del César o seguir teniendo a Dios como único soberano. Con su respuesta, Jesús no está proponiendo una separación del mundo civil y el religioso. En tiempo de Jesús tal cosa era impensable. No hay en el evangelio base alguna para convertir la religión en una especulación de sacristía sin influencia en la vida real.
Fariseos y herodianos, enemigos irreconciliables, se unen contra Jesús. Los fariseos eran contrarios a la ocupación, pero se habían acomodado. Los herodianos eran partidarios del poder de Roma. La pregunta era una trampa. Si decía que no, se ponía en contra de Roma. Los herodianos lo podían acusar de subversivo. Si decían sí, los fariseos podían acusarlo de contrario al judaísmo, porque se ponía en contra del sentir del pueblo.
El verbo que emplea Jesús, «apodídômi«, no significa dar sino devolver. El que emplean los fariseos (dídomi), sí significa “dar”. Una pista para comprender la respuesta. Estaban contra el César, pero utilizaban su moneda y tiene derecho a exigir que se la devuelvan. Un verdadero judío tenía que renunciar a utilizar el dinero de Roma. Les hace ver que ya han contestado, pues han aceptado la soberanía de Roma.
Al preguntar por la imagen, Jesús está haciendo clara referencia al Génesis, donde se dice que el hombre fue creado a imagen de Dios. Si el hombre es imagen de Dios, hay que devolver a Dios lo que se le ha arrebatado, el hombre. La moneda que representa al César tiene un valor relativo, pero el hombre tiene un valor absoluto, porque representa a Dios. Jesús no pone al mismo nivel a Dios y al César, sino que toma claro partido por Dios. El hombre como valor supremo es la clave del mensaje de Jesús.
Tampoco se puede utilizar la frase para justificar el poder. Si algo está claro en el evangelio es que todo poder es nefasto, porque machaca al hombre. Se ha repetido hasta la saciedad que todo poder viene de Dios. Pues bien, según el evangelio, ningún poder puede venir de Dios, ni el político ni el religioso. En toda organización humana, el que está más arriba está allí para servir a los demás, no para dominar.
Jesús dice que el César no es Dios, pero no hemos dudado en convertir a Dios en un César (he leído una homilía: “el único César que existe es Dios”). No es fácil asimilar que tampoco Dios es un César. No se trata de repartir dependencias, ni siquiera con ventaja para Dios. Dios no hace competencia a ningún poder terreno, sencillamente porque no tiene ningún poder. Esto, bien entendido, evitaría toda solución falsa. El problema es una trampa en sí mismo. No existe una alternativa entre César y Dios.
Se ha predicado que había que estar más pendiente del César religioso que del César civil. Ningún ejercicio del poder es evangélico. No hay nada más contrario al mensaje de Jesús que el poder. Siempre que pretendemos defender los derechos de Dios, estamos defendiendo nuestros propios intereses. El que te diga que está defendiendo a Dios, en realidad lo está suplantando. Tampoco el estado tiene derecho alguno que defender. Los dirigentes civiles tienen que defender siempre los derechos de los ciudadanos.
No hablamos de anarquismo. Al contrario, una sociedad, aunque sea de dos personas, tiene que estar ordenada y en relaciones mutuas de interdependencia. En ella, una tiene mayor responsabilidad; pero todas las relaciones humanas deben surgir del servicio a los demás, no del dominio. Ningún ser humano es más que otro ni está por encima de otro. “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie jefe, no llaméis a nadie señor”.
No existe una realidad sagrada y otra profana. Hoy no existe un César con poder absoluto, ni existe un Dios que disputa el poder al César. Es descabellado hacer creer a la gente que tiene unas obligaciones para con Dios y otras con la sociedad civil. Dios se encuentra en todo lo terreno, pero en lo más hondo del ser. Si solo lo encontramos en la iglesia, hemos caído en la idolatría. La única manera de entender todo el alcance del mensaje de hoy es superar la idea de un Dios fuera que arrastramos desde el neolítico.
Fray Marcos
Fuente Fe Adulta

Mt 22, 15-21
«Hipócritas, ¿por qué me tentáis?»
Los fariseos y los herodianos se odiaban a rabiar, y el objeto de la extraña alianza que muestra el texto es sin duda tapar todo resquicio por el que Jesús pudiese escapar de la trampa que le habían tendido. Si contestaba que sí, que era lícito pagar tributo al César, los fariseos le acusarían ante el pueblo de ser amigo de sus opresores romanos, y si contestaba que no, que no era lícito, los herodianos lo prenderían por sedicioso. Lo que no esperaban era que Jesús fuese capaz de salir airoso de aquel atolladero: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Y como argumento para conjurar la trampa que le habían tendido es genial… pero lo del César también es de Dios.
El cronista del capítulo primero del Génesis se inventa un relato precioso para decirnos una sola cosa: que todo es obra de Dios; que todo es reflejo de Dios. Y por eso, en el mundo no hay nada que pueda considerarse profano, sino que todo es sagrado; obra de Dios. Nosotros hacemos distinción entre lugares sagrados, los templos, y lugares profanos, el resto. También distinguimos en tiempos sagrados, en los que vamos al templo a cumplir con Dios, y tiempos profanos, que son para nosotros y en los que Dios no tiene parte alguna.
Para Jesús todo es sagrado. Ve a Dios en todas las cosas; todo es revelación de Dios para él, reflejo de Dios, y por eso es capaz de hablar de Él con las cosas más sencillas y cotidianas. Tampoco hace distinción entre tiempos sagrados y profanos; todo el tiempo es de Dios; tanto el que dedica a la oración de madrugada para confortarse en presencia de Abbá, como el que consagra luego a curar y enseñar; a proclamar el Reino por los caminos de Palestina.
Recuerdo que Ruiz de Galarreta se despedía de nosotros al finalizar la eucaristía con estas palabras: «Ya nos hemos alimentado… ahora a trabajar». El mundo no es un lugar profano para dedicarnos sin más a nuestras cosas, sino nuestro lugar de trabajo como cristianos. El templo es sagrado en la medida en que vayamos a él alimentarnos. El mundo lo es en la medida en que nos tomemos en serio nuestro compromiso de proclamar el Reino; de ser sal, de ser luz, de ser semilla…
Una de las cosas más característica y distintiva de la propuesta de vida que nos hace el evangelio, es que no nos propone huir de la realidad humana, sino dar pleno sentido a toda realidad humana. Porque el Reino no es esencialmente renunciar a nada, sino dirigirlo todo hacia ese fin. Ni poseer, ni casarse, ni trabajar, ni descansar, ni disfrutar, ni esforzarse, ni dimensión humana alguna, está fuera de esta categoría esencial: medios para construir el Reino.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí
Fuente Fe Adulta
Mateo 22, 15-21
Un día más, estábamos sentados en la ladera del monte, esperando que Jesús abriera su corazón y nos hablara. Cuando vimos que se acercaba un grupo de herodianos, y observamos la expresión de sus rostros, supimos que venían buscando el conflicto. Desde hacía tiempo, tanto ellos como los fariseos, tenían interés en dejar a Jesús en ridículo, públicamente. Querían desprestigiarle ante la gente que le seguíamos y le escuchábamos con atención.
– ¡Vienen a por él! Se oyó a lo lejos. Y asentimos con la cabeza.
Saludaron a Jesús con la falsedad que era habitual en ellos y rápidamente abordaron el tema de los impuestos. Un tema espinoso, porque cada grupo político tenía su posición particular, lo que provocaba enfrentamientos y violencia.
Los herodianos, junto con muchos sacerdotes de alto rango, se beneficiaban directamente de los impuestos; lo mismo que muchos funcionarios, recaudadores, etc. Por eso no querían ningún cambio. Años antes, Herodes el Grande se distinguió por vivir entre la tiranía, la ambición y el despilfarro; impuso grandes tributos que sus seguidores han venido manteniendo, año tras año, a costa de la sangría de nuestro pueblo.
Por otra parte, algunos grupos revolucionarios nos proponían que nos negáramos a pagar impuestos; nos decían que así proclamábamos que Dios es el único Señor de Israel. Era muy difícil tomar postura, porque me arriesgaba a ser perseguida.
Me preguntaba: ¿qué hará Jesús ante esta trampa que le tienden los discípulos de los fariseos y los herodianos?
Jesús mantuvo la calma y pidió un denario. Rápidamente le ofrecieron uno, acuñado con el rostro del César. Por el hecho de tener ese rostro, las autoridades religiosas consideran que la moneda es impura, tan impura que no podemos usarla en el templo de Jerusalén, ni para pagar los servicios religiosos, ni para dar limosna.
Dentro del templo se acuñan las monedas “puras”, las de uso religioso. Los cambistas reciben las monedas impuras, las pesan y nos entregan el equivalente de su valor en monedas del templo. Bueno, se encargan también de quedarse con un porcentaje que muchas veces es abusivo, sobre todo a costa de la gente más pobre e ignorante.
– “Dad al César lo que es del César”, dijo Jesús, mirando fijamente al grupo.
Los herodianos respiraron tranquilos. Se dieron media vuelta para retirarse. No había de qué preocuparse. Entonces Jesús dijo con voz potente:
– “Y dad a Dios lo que es de Dios”.
Se armó un revuelo. En el aire fueron quedando muchas preguntas: ¿Qué es de Dios y qué no es de Dios? ¿Qué hay que darle? ¿Dios necesita lo que le damos? ¿No es suficiente con alguna limosna?
Entonces recordé que, pocos días antes, Jesús había dicho: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Y me pareció entender que todas las personas son de Dios, ya sean galileas o samaritanas, judías o gentiles, justas o pecadoras… Y que solo puedo darle a Dios aquello que le doy al prójimo.
Me volví pensativa a casa. Por la noche, apague el candil para no gastar aceite, y salí a meditar bajo las estrellas, pidiendo al Abbá que me ayudara a comprender con hondura lo que nos había dicho Jesús con tanto énfasis.
María, discípula amada.
Han pasado casi 2.000 años. Y este fin de semana, ante los inhumanos acontecimientos que están viviendo el pueblo palestino y el pueblo judío, también podemos hacernos preguntas:
· ¿Por qué se mezclan las noticias para que confundamos a un grupo terrorista con toda la población palestina y al fundamentalismo judío con todo el pueblo judío?
· Unos intereses económicos brutales han acallado la voz de quienes deben y pueden parar la masacre que se ha anunciado ¿Hasta cuándo el dinero hará enmudecer a quienes tienen en su mano abrir caminos para la paz?
· Una vez más, se mueve el negocio de las armas y de ese río revuelto saldrán grandes fortunas. ¿Qué podemos hacer?
· A los ojos de Dios ¿qué valor puede tener una tierra, frente al valor de miles y miles de vidas humanas inocentes?
· ¿Contrastamos la información que recibimos, antes de compartirla desde lo más visceral de nuestro ser?
· ¿Buscamos gestos de esperanza y compromiso, contra toda desesperanza? ¿Oramos por la paz del mundo?
Que el Abbá nos ayude a comprender con hondura las palabras de Jesús: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”
Marifé Ramos
Fuente Fe Adulta
Domingo XXIX del Tiempo Ordinario
22 octubre 2023
Mt 22, 15-21
En gran medida, los debates le encantan al ego, porque lo entretienen y lo alimentan. Lo entretienen porque, mientras discute, evita mirar su propia problemática interna. Y lo alimentan porque le permiten compararse con otros, luchar por imponerse y, en definitiva, creerse “alguien”. Todo ello explica que, como es fácil observar, es muy extraño que una persona que debate de esta manera cambie su opinión. Más bien sucede al revés: cada cual se fortalece y atrinchera en su posición.
Criticar el debate, al que estamos acostumbrados a través de los diferentes medios, no significa negar el valor del diálogo. Pero este tiene unos requisitos, que son los que marcan la diferencia. El primero de ellos es que el objetivo del diálogo no es “tener razón”, ni “salirse con la suya”, sino la búsqueda desapropiada de la verdad. Y, en paralelo, otro segundo requisito es la capacidad de reconocer la parte de verdad que toda posición contiene, porque no se olvida que cada persona tiene su verdad.
Pero, así como al ego le encanta el debate, de la misma manera disfruta poniendo trampas. Porque, al no buscar la verdad, sino lograr imponerse al otro y descalificarlo, desarrollará todas las artimañas a su alcance para ridiculizar o, al menos, acallar a aquel de quien discrepa.
Ante las trampas, carece de sentido el diálogo, porque falla otra de las condiciones básicas: la honestidad. De ahí que el mejor recurso sea evitarlas. A no ser que se posea el ingenio suficiente -como en el caso del relato evangélico que leemos hoy- para mostrar al desnudo la falsedad que la misma trampa encierra.
Quien solo busca la verdad vive el diálogo desde la humildad y el más profundo respeto a la otra persona, por más que no pueda compartir su punto de vista. Pero no entra en debates interminables ni, mucho menos, trata de “cazar” al otro por medio de trampas. Porque, en última instancia, no vive buscándose a sí mismo, sino dejando o permitiendo que la vida fluya y se exprese.
Enrique Martínez Lozano
Fuente Boletín Semanal
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- PREGUNTA TRAMPA
La pregunta que los fariseos le lanzan a Jesús es una pregunta trampa: le preguntan «para comprometer a Jesús». ¿Es lícito pagar el impuesto al César, al opresor extranjero romano?
Jesús se da cuenta de «su mala voluntad». ¿Por qué me tentáis, hipócritas?
Si Jesús contesta que no hay que pagar impuesto al opresor (al César, a los romanos), los fariseos y la clase alta de Israel puede descansar, pues así pueden poner a Jesús en manos de la justicia romana, quienes lo ejecutarán por revolucionario zelota
Si dice que hay que pagar impuesto, todavía es peor, Jesús sería una especie de traidor a la causa judía y el pueblo se pondría en contra de Jesús.
02.- JESÚS CONOCE LA MALICIA E HIPOCRESÍA DE AQUELLA GENTE (v 18).
El ámbito de las relaciones entre el poder del César y la autoridad de Dios es siempre un campo minado, tanto en tiempos de Jesús, como hoy en día: fe e ideologías, Iglesia y estado, razón y fe…
Por eso se suele decir que la Iglesia, los curas, incluso los movimientos religiosos no han de entrar en política, pues es competencia del César.
En la respuesta de Jesús hay una cierta ironía.
Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Césares ha habido y hay siempre muchos, demasiados, y en todas las esferas de la vida: en política, en economía, en los entresijos eclesiásticos.
Las palabras Kaiser y Zar, son variantes de César.
Hay mucho Kaiser suelto en la vida social, política, económica y eclesiástica.
¿Y qué es lo del César, qué quiere el César? Los zares y césares quieren escaños parlamentarios, mayorías absolutas, poder, dineros, palacios, etc. Pues eso es lo que hay que darles.
Por una parte Jesús conocía la malicia e hipocresía de aquellos fariseos. Por otra parte, Jesús, como buen creyente, conocía bien los mandamientos de los que el primero es: Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma…
Por eso ni Jesús, ni los cristianos adoraron nunca al César, al emperador (y por eso murieron, más bien los mataron: mártires). El primer mártir fue el mismo Jesús, y en la historia matarán después a muchos cristianos que no adoraron al emperador romano; a Bonhoeffer que no se postró ante Hitler, asesinaron a Monseñor Oscar Romero, que no pagó el tributo de Dios a los militares, o a Ignacio Ellacuría que sirvió a Dios y al pueblo en su enseñanza y pastoral universitaria y no a los poderes económicos, etc.
“Mi Reino no es como los de este mundo”. El Reino de Dios es de justicia y de paz. Vivir en ese ámbito de Dios es dar a Dios lo que es de Dios.
03.- ¿LA FE ES INEFICAZ?
Una cuestión candente suele ser si el cristiano, la Iglesia ha de entrar en política o no.
En la sociedad, en la vida socio-política la eficacia está en el César, en el Ayuntamiento, en el Gobierno, etc.
Si se quiere construir una casa de cultura, un polideportivo o un colegio en el pueblo, en el barrio hay que recurrir al César: al ayuntamiento, a la diputación-gobierno vasco o al gobierno central. La misma atención médica, la docencia, el tráfico, etc. funcionan sin la fe. La eficacia está en las ideologías, en el poder.
La fe es humilde y -en este sentido- la fe es ineficaz. Solamente con la fe no se construye un hospital o una escuela.
Pero al mismo tiempo la fe es fuerte. La fe es una reserva, una instancia crítica capaz de poner en crisis las tesis del César. Tú, César, tendrás poder, pero no sensatez ni verdad. Tendrás dineros, escaños, monedas, sedes pero –tal vez- no tienes verdad, ni posiblemente bondad (ética). Lo que emanan de los parlamentos y ámbitos de poder en muchos casos no es ni verdad ni bueno.
La fe es la instancia última que ejerce en el creyente una doble función:
a. Por una parte la fe ilumina el camino de la existencia humana, le confiere sentido y horizonte.
b. Por otra parte la fe es enormemente crítica con lo que supone el “César”, con la ética con la que se regulan las cosas en la sociedad.
Por esto el cristiano, el ciudadano cristiano en la medida de sus cualidades, posibilidades y opciones, ha de entrar en la vida social, política, etc. y trabajar incluso “manchándose las manos”. Pero el que cree en Dios, trabaja con la reserva crítica de la fe.
Recordemos cómo hace unas décadas D. José Mª Arizmendiarrieta creaba e impulsaba todo el movimiento cooperativista de Mondragón: Fagor, etc… Recordemos los movimientos obreros: JOC, HOAC, JEC… Recordemos el movimiento de los curas obreros, etc…
El César, el presidente de gobierno, el banquero, el Obispo tienen poder, pero mi fe está en Dios, no en el César.
Trabajo desde una ideología pero yo no creo ni en Marx, ni en mi ideología-partido político, ni en un movimiento eclesiástico determinado…
No adoréis nunca al César, al poderoso. A los “césares” echadles -dadles- lo que os piden: votos, tarjetas opacas, “Moncloas y Ajuria-eneas” pero no deis al Cesar lo que es de Dios.
Yo creo en Dios. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios (1ªlectura)
En último término, si somos algo valientes en ocasiones habremos de hacer nuestro aquello de San Pedro y los apóstoles: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, (HH 5,29).
DADLE AL CÉSAR LO QUE LE GUSTA, LO DE DIOS ES OTRA COSA
Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:

Para ser sentido del enamorado Déjate enamorarte por sus sentidos
Y toda la creación se estremece, muere y vuelve a renacer en tu mirada de cada día.
Bendito seas Padre
Por todo hombre que te escucha con corazón sincero,
Y se abrasa, y se disuelve en el jardín de su creación
Haciéndose corazón del hortelano Del Maestro divino del pozo blanco.
Bendito seas Padre
¡Porque es fácil y posible el verte desde el corazón!
Bendito seas Padre,
¡Porque nos has regalado que es fácil, simple y posible creer en ti, si creyéramos!
Te pedimos perdón, Padre
Porque hacemos imposible lo que tú hiciste posible, Amar-
Haciéndonos nosotros creer, que es imposible por tu redención lo que a todos nos regalaste, para que fuera posible para todos, para todos.
Qué lo imposible no es Amarte,
Ni lo posible no quererte
Que en tu lógica todo es posible,- En la tuya que ya la has hecho- nuestra: Enamórate del buen Dios Padre
Te pedimos perdón, Padre,
Por tantas veces no besar tu carne, Cuando te has hecho el encontradizo en tu Evangelio- nuestro de cada día,
¡Como lo hizo tu hermano Francisco con el pobre de tu Evangelio!-
¡Con tu amigo el leproso!
Y con todos los leprosos de nuestro evangelio de cada día, en nuestras leproserías de nuestras periferias, en las orillas muy cercanas de donde vivimos.
Francisco!
Te rogamos que hagamos la experiencia del Amor,
De ese amor divino, y corazón muy humano que tú le entregaste, y tan bien lo conociste!
Francisco!
Te rogamos que en nuestra torpeza,
Dejemos de serlo, para encontrar la Verdadera Paz.
Ponernos ya en camino para ser- Humildes como tú y tus amigos: Jesús y María, y no buscar otra cosa.
Francisco!
Ser sencillos como tú y tu hermano Jesús y María.
Porque el que se deja encontrar por Él Amor, todo le sale bien… Y- jamás querrá desposarse.
¡Señor, alabado seas!
Por darnos todo y Creer que si creemos, ya lo veremos por haber creído.
¡ Señor, alabado seas!
Que permites todo, incluso caminar en tu presencia por desfiladeros de muerte
para bien nuestro y ser semejanza tuya.
¡Señor, alabado seas por todas las criaturas!
Que te reconozcamos en todo,
En Todo estás tú.
¡Te alabamos Padre!
Por la criatura más bella de toda la Creación, por ser hecha a imagen y semejanza tuya,
Tu muy querido hijo,
Nuestros hermanos y hermanas de la Fraternidad Universal.
¡Padre, Por tu Alegría!
Haz que creamos en tu Madre, Que nos alegremos con nuestra Madre
Porque somos de origen divino
De la misma familia que Jesús y Maria
Francisco, Te rogamos
Que siendo Humildad, es posible dar tu fe, al que no la tiene.
Para que siendo hijos de la Madre, Santa María de la Humildad,
Seamos Hermanos y hermanas de la sencillez-
Para que el que perdió la Fe vuelva a-Ti.
*
Alfonso Olaz
07.10.2023
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