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¡Salid, amigos y amigas!

lunes, 2 de junio de 2025
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¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Vosotros sois mis testigos en medio del mundo.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Os esperan fuera vecinos y conciudadanos.
Sed expresión certera
de la ternura del Dios de la vida.

Ternura en vuestro rostro,
ternura en vuestros ojos,
ternura en vuestra sonrisa,
ternura en vuestras palabras,
ternura en vuestras obras,
ternura en vuestra lucha.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.

Vosotros sois mis manos
para construir un mundo nuevo
de fraternidad, libertad y justicia.

Vosotros sois mis labios
para anunciar a pobres y marginados
la buena noticia de la libertad y la abundancia.

Vosotros sois mis pies
para acudir al lado de los hombres y mujeres
que necesitan palabras y gestos de ánimo.

Vosotros sois mi pasión
para hacerme creíble en vuestras casas y ciudades
y lograr que todas las personas vivan como hermanos.

Vosotros sois mi avanzadilla
para lograr la primavera del Reino
y ofrecer las primicias a los que más lo necesitan.

¡Salid, amigos y amigas!
Derramad por doquier
ternura y vida.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Mirad toda esa multitud que os espera.

Marchad con alegría.
¡Yo voy con vosotros!

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

***

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Mensaje de Ascension a las personas LGBTQ+: Vayan y díganlo

lunes, 2 de junio de 2025
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Sandra Worsham

La reflexión de hoy (01 de junio de 2025) es de la bloguera invitada Sandra Worsham, profesora de inglés jubilada, quien fue despedida del ministerio musical de su parroquia debido a su relación con otra mujer. Su historia aparece en Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions (Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas).

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Séptimo Domingo de Pascua, Solemnidad  de la Ascensión del Señor,  se pueden encontrar aquí.

En una conferencia católica hace unos diez años, conversé con la hermana Jeannine Gramick, cofundadora del New Ways Ministry, sobre la decisión de cuándo «salir del armario«. En un momento de la conversación, me dijo lo que Cristo dijo a sus discípulos justo antes de la Ascensión: «Vayan y den testimonio«. Quería que volviera a mi ciudad natal, Milledgeville, Georgia, y «se lo contara a alguien«. Como Jesús resucitado les dijo a las mujeres en el sepulcro: «Vayan y díganselo«. Cuanta más gente conozca a alguien gay, dijo, mejor para todos. Esto aplica a cualquier persona en este mundo a la que consideramos diferente. Recuerdo la camiseta que decía: «Cuidado con a quién odias. Podría ser alguien a quien amas«.

Pero tenía una buena reputación que perder. Había enseñado inglés durante treinta años en la misma escuela secundaria de la que me gradué en 1965. Era conocida y respetada en la ciudad como «una buena profesora«. Incluso fui elegida Profesor del Año de Georgia en 1982 e incluida en el Salón Nacional de la Fama de los Profesores en 2000. Estaba aterrorizada. Decírselo significaba llamar la atención de forma negativa. No sentía orgullo. Sentía que iba a confesarme, a revelar mi defecto, como si señalara un grano en la cara que ocultaba el flequillo. Les pediría a los demás que aceptaran algo de mí que yo no había podido aceptar.

La Ascensión’ de Jorge Cocco

La semana siguiente, durante la cena después del ensayo del coro, en una gran mesa circular en nuestro Applebee’s local, les dije a los demás miembros del coro de la iglesia que me había dado cuenta, «en mi vejez», de que era gay y que quería que conocieran a Letha, a quien había conocido en Match.com. Les enseñé su foto y les expliqué que la amaba tanto como ellos a sus maridos y esposas. Les pedí que imaginaran cómo se sentirían si les dijeran que tenían que estar con una pareja del mismo sexo. Hicieron una mueca y negaron con la cabeza. «Bueno, así es como me sentiría yo estando con un hombre«, expliqué.

Desde que empecé a contarle a la gente quién es la verdadera Sandra Worsham —maestra, amiga y también mujer gay—, he sentido aceptación y apoyo aquí, en este pueblito donde crecí. La hermana Jeannine me ha dicho que mi vida es un sermón, que tengo un llamado. Sin embargo, me advirtió: no esperes que sea fácil. No fue fácil para el Señor, y tú no puedes esperar que sea fácil para ti. El siervo no es mayor que el amo.

Hace poco, recibí una llamada de mi pasado. Después de jubilarme de la docencia en el año 2000, asistí a Bennington College en Vermont y obtuve mi maestría en Escritura y Literatura. Durante el tiempo que estuve allí, nunca estuve donde debía estar. Un grupo de lesbianas estaban sentadas juntas en el comedor, grupos de jóvenes en otra mesa. Pero yo era mayor, soltera, sin hijos y aún sumida en la homofobia interiorizada. Aún no me había admitido mi sexualidad. Iba de grupo en grupo, pero seguía sintiéndome sola, como si no encajara en ningún sitio.

No reconocí el nombre de la persona que me llamó. El hombre me preguntó si aún vivía en Milledgeville y si podía quedar para almorzar con él, ya que iba a visitar Andalusia, la patria de la escritora católica Flannery O’Connor. Cuando nos vimos en el restaurante Brick del centro de Milledgeville, me dijo que había estado en Bennington cuando yo estuve allí y que me recordaba de una pequeña reunión de un grupo LGBT que se reunió el último día antes de mi graduación. Me dijo que recordaba cómo me había parado, con la voz temblorosa, y había dicho: «Nunca había estado en algo así». Dijo que le conmovió lo vulnerable que me sentí ese día. Entonces recordé la valentía que me había costado ir a esa reunión hace tantos años.

Ahora me doy cuenta de que la primera persona a la que tuve que decirle que era gay fui yo misma. Ahora, a los setenta y ocho años, cuando miro hacia atrás y pienso en quién era entonces, siento como si Jesús me dijera: «Primero, díselo a ti mismo. Luego, díselo a los demás». Les dijo a sus discípulos: «Esperen aquí hasta que el Espíritu Santo venga a ustedes. Luego, salgan y díselo a los demás». Los demás no pueden aceptarnos hasta que nos demos cuenta de que Dios nos aceptó primero, nos creó como somos, nos tejió en el vientre de nuestra madre (Salmo 139). Primero, tenemos que decirnos a nosotros mismos y aprender a amarnos tal como Dios nos creó. Luego, podremos permitir que los demás hagan lo mismo.

–Sandra Worsham, 1 de junio de 2025

Para leer la historia de Sandra sobre su despido del ministerio parroquial, así como otras historias, tanto positivas como negativas, sobre personas LGBTQ+ que trabajan en espacios católicos, consulte la última publicación de New Ways Ministry, Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas.

El libro es una antología de 12 historias de fe, sacrificio, alegría y dolor de personas LGBTQ+ que han trabajado en parroquias y escuelas católicas. Para más información, haga clic aquí.

Fuente New Ways Ministry

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El día en que Jesús “hizo las maletas”. ¿Dónde estaban Mateo y Juan?

domingo, 1 de junio de 2025
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La Ascensión del Cristo es el complemento lógico de su Resurrección y el preludio necesario para su divinización.

En posts anteriores he señalado que se suponía que el mítico fundador de Roma, Rómulo, había corrido la misma suerte .

Añadiré hoy un complemento sobre el valor histórico, desde el punto de vista de algunos, que convendría conceder a tal hecho, bajo el pretexto de que figuraría en documentos que son históricos y presentados como testimonios. Cuando digo “de”, entendamosnos: el relato de la Ascensión figura bien en ciertos evangelios apócrifos; pero dejemos éstos de lado por hoy, ya que, según el punto de vista que adopto, es decir el de la historia infestada de teología, los llamados evangelios apócrifos no serían creíbles, de todo modo; mientras que los cuatro canónicos lo serían. Veamoslos pues.

Primera observación: de los cuatro Evangelios decretados creíbles, sólo dos hablan de la Ascensión : Marcos y Lucas. El pasaje de Marcos es de una brevedad notable: “Entonces, el Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. “(Marcos 16 , 19 ) . Cada uno sacará las conclusiones que quiera. Lucas es un poco más largo, pero tiene una vaga mirada de la narración, ya que el lugar es mencionado como un gesto (bendición) : “Después los llevó Jesús hasta Betania; allí alzó las manos y los bendijo. Sucedió que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y fue llevado al cielo”. (Lucas 24, 50-51) Esto es realmente corto , sobre todo teniendo en cuenta el hecho de que los Evangelios de Marcos y Lucas son muy abundantes en los detalles de género “vivido” y esto para cantidad de episodios que están lejos de tener la importancia de este último.

Los teólogos no tuvieron ningún problema para edificar un razonamiento para establecer que esta brevedad es querida y significativa; posiblemente veremos allí el signo tangible de la salida simultánea del tiempo y del espacio que debía tener su equivalente en el estilo del relato… ¿Por qué no? Pero los historiadores no pueden, evidentemente, seguirlo y se preguntarán más bien si no se trata, muy tontamente, de una interpolación, es decir de un añadido ulterior debido a un copista que encontraba sin duda que la Ascensión, que conocía por otro lado, sea por la tradición oral, sea por otros evangelios, verdaderamente faltaba en éste y que esto podía ser sólo como consecuencia de un error de uno de sus predecesores, un error que había que reparar.

¿Pero entonces, en este caso, por qué la Ascensión no figuraba en el Evangelio de Mateo y en el de Juan, ya que, de cerca o de lejos, no se encuentra en estos dos textos ninguna mención de tal acontecimiento? Pues bien, primero: nada permite afirmar que no hubieran existido evangelios, según Mateo y según Juan, que no hubieran contenido, precisamente, una mención breve, a manera de Marcos y Lucas, del último episodio de la Ascensión. Haré, un poco más tarde, un post sobre los primeros manuscritos íntegros de los evangelios que poseemos. Los manuscritos muy antiguos de los cuatro evangelios no están exentos de divergencias entre ellos con gran numero de variaciones en relacion a los más antiguos que poseemos. Pero no hay ninguno, claro está, que se sepa que incluya una mención de la Ascensión. No obsante, la hipótesis de que haya existido alguno no es descabellada.

Desconfiemos, sin embargo, de hipótesis históricas y quedémonos con el hecho de que Mateo y Juan no mencionan la Ascensión. Pero recordamos también el hecho, porque está ahí, que Orígenes y Jerónimo se quejan de las variantes que observan en los diversos manuscritos que tienen a su disposición.

Para concluir sobre la Ascensión, la ausencia de este episodio en Mateo y Juan parece estar más cerca del hecho de que, – por lo menos teóricamente ¿debiera suscribirlo? Es otra la cuestión – Mateo y Juan son testigos directos de los acontecimientos que cuentan, contrariamente a Marcos y Lucas.

Suponiendo que Mateo y Juan hayan estado ocupados con otras cosas el día de la Ascensión – lo que sería poco menos que un desastre – por lo menos debían habernos dicho que sus compañeros habían visto … ¿Será que la importancia de la Ascensión se les había escapado? Pero, en este caso, habría sido necesario que el Espíritu Santo que los inspiraba, se hubiera, él mismo,  distraído…

*
Jean-Paul Yves le Goff

http://www.lelivrelibre.net

Fuente:  fr.soc.religio

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***

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

– “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.”

Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo.

Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo.

Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

*

Lucas 24, 46-53

***

Si Cristo nos ha dado la vida eterna, es para vivirla, anunciarla, manifestarla, celebrarla como la cima de todas las felicidades, como nuestra bienaventuranza. Hace dos mil años que Cristo habló del pan, de la paz y de la libertad. Pero lo que ha traído a la tierra es más: ha traído la vida eterna. Y es la vida eterna lo que nosotros con él, en la Iglesia, debemos continuar llevando. Si no somos nosotros quienes damos la vida eterna, nadie lo hará en nuestro lugar. Eso equivale a afirmar que ésta es la base de nuestra vocación cristiana; es distinguir de manera infalible nuestra vocación religiosa de una vocación política, de un sistema de pensamiento; es demostrar que a nosotros no nos interesa en absoluto la conquista del mundo; lo que nos apremia es que cada hombre pueda encontrar, como nosotros lo hemos encontrado, un Dios al que amamos y que antes ha amado a cada hombre. Necesitamos aprender, expresar la vida de un hombre invadido de vida eterna, y eso, tal vez, hasta nuestra muerte. Ahora bien, esta vida existe para ser cantada, cantada después o antes de la muerte; y a lo largo del camino no se canta con un folio de papel: se canta con el corazón. No debéis ninguna fidelidad al pasado en cuanto pasado; sólo debéis fidelidad a lo que os ha traído de eterno, es decir, de caridad.

*

Madeleine Delbrél,
Indivisible amor. Fragmentos de cartas,
Cásale Monferrato 1994, pp. 27s.

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“El último gesto”. Ascensión del Señor – C (Lucas 24, 46-53) Domingo de la 7a semana de Pascua

domingo, 1 de junio de 2025
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35537547-DF19-423C-8443-A698EFC49FD5Jesús era realista. Sabía que no podía transformar de un día para otro aquella sociedad donde veía sufrir a tanta gente. No tiene poder político ni religioso para provocar un cambio revolucionario. Solo su palabra, sus gestos y su fe grande en el Dios de los que sufren.

Por eso le gusta tanto hacer gestos de bondad. «Abraza» a los niños de la calle para que no se sientan huérfanos. «Toca» a los leprosos para que no se vean excluidos de las aldeas. «Acoge» amistosamente a su mesa a pecadores e indeseables para que no se sientan despreciados.

No son gestos convencionales. Le nacen desde su voluntad de hacer un mundo más amable y solidario en el que las personas se ayuden y se cuiden mutuamente. No importa que sean gestos pequeños. Dios tiene en cuenta hasta el «vaso de agua» que damos a quien tiene sed.

A Jesús le gusta sobre todo «bendecir». Bendice a los pequeños y bendice sobre todo a los enfermos y desgraciados. Su gesto está cargado de fe y de amor. Desea envolver a los que más sufren con la compasión, la protección y la bendición de Dios.

No es extraño que, al narrar su despedida, Lucas describa a Jesús levantando sus manos y «bendiciendo» a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sus seguidores quedan envueltos en su bendición.

Hace ya mucho tiempo que lo hemos olvidado, pero la Iglesia ha de ser en medio del mundo una fuente de bendición. En un mundo donde es tan frecuente «maldecir», condenar, hacer daño y denigrar, es más necesaria que nunca la presencia de seguidores de Jesús que sepan «bendecir», buscar el bien, hacer el bien, atraer hacia el bien.

Una Iglesia fiel a Jesús está llamada a sorprender a la sociedad con gestos públicos de bondad, rompiendo esquemas y distanciándose de estrategias, estilos de actuación y lenguajes agresivos que nada tienen que ver con Jesús, el Profeta que bendecía a las gentes con gestos y palabras de bondad.

José Antonio Pagola

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“Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo”. Domingo 01 de junio de 2025. Ascensión del Señor

domingo, 1 de junio de 2025
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32-AscensionC cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 1, 1-11: Lo vieron levantarse.
Salmo responsorial: 46: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
Efesios 1, 17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo.
O bien:
Hebreos 9, 24-28; 10, 19-23:
Cristo ha entrado en el mismo cielo.
Lucas 24, 46-53: Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo.

En primer lugar recomendamos vivamente revisitar un excelente texto de Leonardo BOFF, tanto para quienes han de preparar una homilía, como para quienes quieran utilizarlo en la reunión de estudio bíblico, o incluso para el estudio personal; puede ser tomado de la biblioteca de los Servicios Koinonía, aquí: http://www.servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm Además, les ofrecemos un comentario tradicional.

Lucas ha escrito dos libros: un evangelio y los Hechos de los apóstoles. En Hch 1,1-2 Lucas retoma la referencia a Teófilo que hizo al comienzo de su Evangelio (“oh ilustre Teófilo” Lc 1,3). «Teó–filo» significa “amigo de Dios”. El hecho de agregarlo aquí, después de separarse su obra en dos, refuerza la idea que Teófilo es una designación simbólica general. Todos los que leemos estos libros somos Teó-filos, amigos, buscadores de Dios.

Su evangelio termina con «Jesús llevado al cielo» (Lc 24,51). Los Hechos comienzan con el relato de «Jesús yéndose al cielo» (Hch 1,6-11). En el evangelio se presenta a Jesús con su cuerpo. En los Hechos ya no está corporalmente. Actúa por medio de su Espíritu. La orden que Jesús da a los apóstoles en Hch 1,4 exige pasividad total: no ausentarse de la ciudad y aguardar. En Lc 24,49 es semejante: permanecer en la ciudad (con la connotación de esperar sin hacer nada). La permanencia y espera pasiva debe durar “hasta que sean bautizados en el Espíritu Santo” (Hch 1,5) o “hasta que sean revestidos del poder de lo alto” (Lc 24,49). Lucas se está aquí refiriendo claramente a Pentecostés.

El misterio del resucitado se expresa de muchas maneras en el Nuevo Testamento: está vivo, se ha despertado, se ha levantado… En la Carta a los Efesios vemos un ejemplo de estas manifestaciones: Pablo hace un claro énfasis en la glorificación de Jesús a la derecha del Padre. Y es a partir de esa glorificación como nosotros y nosotras, sus discípulos, recibiremos la fuerza del Espíritu Santo, espíritu de sabiduría y de revelación, para conocerle perfectamente y conocer así su voluntad, asumiendo por completo el desafío de continuar su tarea a favor del Reino.

Lucas quiere mostramos también que Jesús ha sido «glorificado» por Dios: ha entrado en la gloria del Padre. Separa ambos eventos (resurrección y ascensión), para subrayar el carácter histórico que cada uno de ellos tiene. Jesús resucitado, antes de su ascensión-exaltación-glorificación, convive con sus discípulos: come con ellos y los instruye. La ascensión de Jesús señala, en Lucas, la tensión en la que entra la comunidad de los discípulos desde aquel momento, una vez que han terminado las apariciones del Resucitado: tensión entre la ausencia y al mismo tiempo la presencia del Señor. Jesús continúa su acción y enseñanza después de ser llevado al cielo; Jesús resucitado sigue actuando y enseñando en la comunidad después de su ascensión. Lucas (como también Pablo en el pasaje de la segunda lectura) une íntimamente la ausencia física con el Don del Espíritu Santo.

La insistencia de que los discípulos veían a Jesús subiendo hacia el cielo, podría considerarse alusiva a las escenas de asunción de Elías, cuando Eliseo tuvo asegurado el espíritu de profecía del maestro porque pudo verlo. Así, la comunidad de los discípulos queda configurada en la ascensión como la comunidad profética que hereda el Espíritu de Jesús para continuar su misión. En la ascensión Jesús no se va, sino que es exaltado, glorificado. La parusía no es el retorno de un Jesús ausente, sino la manifestación gloriosa de un Jesús que siempre ha estado presente en la comunidad. Esto aparece claramente en las últimas palabras de Jesús en Mt 28,19: “he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de este mundo”. La ascensión expresa el cambio en Jesús resucitado, una nueva manera de ser, gloriosa, glorificada, pero siempre histórica, pues Jesús glorificado sigue viviendo en la comunidad.

La narración de la ascensión es para Lucas, la culminación del itinerario de Jesús, y el tránsito entre el “tiempo de Jesús” y el “tiempo de la Iglesia”, inaugurada con el Espíritu Santo, prometido por Jesús. Al recibir el Espíritu la comunidad de los creyentes asume en sí la misión de continuar el trabajo inaugurado por Jesús, de manifestar el Reino del Padre. Leer más…

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1.6.25. Ascensión de Jesús. El cielo del Apocalipsis

domingo, 1 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Hay muchas imágenes cristianas del cielo o paraíso, pero entre todas destaca la del Apocalipsis (Ap 21-22), sobre la que ofrezco dos reflexiones   

(a): una más breve (Ap 21, 1-6) que presenta el tema en perspectiva de Bodas mesiánicas (unión de Cristo con la humanidad-esposa);

 (b) otra más extensa (Ap 22, 9-27) donde ofrezco una “geografía” del cielo, entendido como “cubo” de Dios y paraíso.

| Xabier Pikaza

Primera visión (Ap 21, 1-6).

 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe más. 2 Y yo vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén que descendía del cielo de parte de Dios, preparada como una novia adornada para su esposo. 3 Oí una gran voz que procedía del trono diciendo: «He aquí el tabernáculo de Dios está con los hombres, y él habitará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. 4 Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. No habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas ya pasaron.»

5 El que estaba sentado en el trono dijo: «He aquí yo hago nuevas todas las cosas.» Y dijo: «Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas.» 6 Me dijo también: ¡Está hecho! Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed, yo le daré gratuitamente de la fuente de agua de vida.

Comentario

Pone de relieve el tema de las “bodas” de Dios y de los hombres, por medio de Cristo. El cielo es, según eso, un amor culminado. “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva…” (Ap 21, 1). Así empieza la escena, haciendo suya la tradición de Is 65, 17; 66, 20 (cf. 2 Ped 3, 13), reasumiendo y superando el principio de toda la Escritura (Gen 1,1): el primer cielo y la primera tierra, han cumplido su misión y ya no ofrecen nada a los humanos. Al final no está el fracaso. A los ojos del Apocalipsis la historia no termina por pecado o vejez, cansancio o muerte sino la culminación mesiánica.

La primera creación duraba siete días, organizados de forma cósmica, progresiva, en armonía temporal septenaria. Ahora no existen días, ni habrá mar como abismo vinculado al miedo (21, 1), ni serán necesarios los astros arriba, pues no existe un arriba y abajo, día ni noche. Todo habrá culminado (cf. 21, 23). Desde ese fondo se entienden los tres rasgos principales de esa nueva creación:

(a) La Ciudad Santa, Nueva Jerusalén (Ap 21, 2). La antigua no había podido permanecer, pues se había convertido en signo de soberbia y pura lucha (cf. Babel: Gen 11), solemne prostituta (cf. Ap 17). Frente a ella se ha elevado, cumpliendo la esperanza de Israel, la Buena Ciudad, signo de unión con Dios y de justicia: la Santa Jerusalén que baja de Dios.

(b) Baja del Cielo, desde Dios (Ap 21, 2), como había prometido Ap 3, 12-13. Ciertamente, el cielo es la culminación de la vida de los hombres y se despliega en forma de “tierra nueva”; pero no puede brotar de la tierra, sino que viene de Dios. En esa línea, podemos decir que Dios mismo ha bajado y se “encarna” entre los hombres; éste es el cielo.

(c) Como Novia que se adorna… (Ap 21, 2). Es ciudad de amor, belleza de bodas, lugar de encuentro con Dios (y de los hombres entre sí). El primer mundo se convirtió en campo de lucha: no hubo armonía y bodas verdaderas. Ahora, esta Ciudad está madura para el amor, ciudad adornada, amor que es cielo, sin muerte, amor de Cristo con la humanidad. En ese sentido podemos decir que el cielo cristiano es la plenitud del mensaje y de la vida de Jesús.

Éste es el cumplimento divino de la historia de los hombres, de tal forma que el mismo Dios puede decir y dice: ¡Gegonan, se han hecho! han sido ya cumplidas las promesas (Ap 21, 6a). Sólo ahora se puede abrir el libro de la historia de Dios (¡Soy Alfa y Omega, Principio y Fin!: Ap 21, 6a; cf. 1, 8), de manera que ese mismo Dios aparece como cielo para los hombres que le acojan: ¡Al sediento le daré a beber gratis de la fuente del agua de la vida (Ap 21, 6b). El Dios de Jesús responde a la sed de la historia ofreciendo gratis el agua de vida y haciendo que los hombres sean ya plenamente hijos suyos y vivan para siempre.

Segunda visión (Ap 21, 9-27).

 Texto:

9 Vino uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete últimas plagas, y habló conmigo diciendo: «Ven acá. Yo te mostraré la novia, la esposa del Cordero.»10 Me llevó en el Espíritu sobre un monte grande y alto, y me mostró la santa ciudad de Jerusalén, que descendía del cielo de parte de Dios.

11 Tenía la gloria de Dios, y su resplandor era semejante a la piedra más preciosa, como piedra de jaspe, resplandeciente como cristal.

12 Tenía un muro grande y alto. Tenía doce puertas, y a las puertas había doce ángeles, y nombres inscritos que son los nombres de las doce tribus de los hijos de Israel.

13 Tres puertas daban al este, tres puertas al norte, tres puertas al sur y tres puertas al oeste.

14 El muro de la ciudad tenía doce fundamentos, y sobre ellos los doce nombres de los apóstoles del Cordero.

15 El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro.

16 La ciudad está dispuesta en forma cuadrangular. Su largo es igual a su ancho. Él midió la ciudad con la caña, y tenía 12000 estadios. El largo, el ancho y el alto son iguales.

17 Midió su muro, 144 codos según medida de hombre, que es la del ángel.

18 El material del muro era jaspe, y la ciudad era de oro puro semejante al vidrio limpio.

19 Los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era de jaspe, el segundo de zafiro, el tercero de ágata, el cuarto de esmeralda,

20 el quinto de ónice, el sexto de cornalina, el séptimo de crisólito, el octavo de berilo, el noveno de topacio, el décimo de crisoprasa, el undécimo de jacinto, el duodécimo de amatista.

21 Las doce puertas eran doce perlas; cada puerta fue hecha de una sola perla. La plaza era de oro puro como vidrio transparente.

Comentario

 El profeta ha visto ya, pero su ángel-guía (uno de los Siete Ángeles de la Presencia y acción final de Dios, que han marcado el ritmo del Apocalipsis) quiere mostrársela mejor y para ello le conduce a montaña: ¡Ven, te mostraré a la Novia, Esposa del Cordero! (Ap 21, 9). Dice que vendrá la Novia, pero en su lugar aparece, como verdadera “esposa de Dios” la Ciudad Santa, que es Jerusalén, descendiendo del cielo de Dios, para ser el cielo de los hombres en la nueva tierra (cf. Ap 21, 10). La misma ciudad es teofanía (aparición de Dios), la misma Ciudad es el cielo.

 Esta Ciudad se define por su muralla que significa seguridad y hogar. Fuera quedan los posibles enemigos; dentro está la casa, encuentro para todos los humanos. Como línea de separación y unidad entre el fuera y dentro se eleva la muralla cuadrangular, con doces puertas y pilares, conforme a un modelo de Ezequiel (cf. Ez 40-47), bien conocido por la tradición judía, que los monjes de Qumrán han determinado con detalle en sus diversas Descripciones de la Nueva Jerusalén (textos de Qumrán en 2QNJ; 4QNJ; 5QNJ).

 a. Es Ciudad-cielo con murallas abiertas a todos los pueblos.

Abren las altas murallas de la Ciudad doce puertas (Ap 21, 12), relacionadas con doce ángeles de Dios y las doce tribus de Israel. El simbolismo de puerta y portero es importante no sólo en el Antiguo Testamento (con los 24 grupos de porteros del templo: cf. 1 Crón 26, 1-19) sino en el Nuevo Testamento donde el mismo Jesús aparece vinculado al tema (cf. Jn 10, 1-9). Las puertas de Ciudad tienen aquí ángeles y nombres de tribus: Doce ángeles las presiden, oficiando de guardianes, ostiarios celestes, dirigiendo la peregrinación final de los pueblos. Las puertas llevan nombres de las tribus de los hijos de Israel, abiertas ahora a todos los pueblos.

b. La Ciudad-cielo es Cuadrada, tetragônos,

de cuatro ángulos, con longitud y anchura iguales (Ap 21, 16a), de 12.000 estadios (1.000 por cada tribu) de perímetro o, quizá mejor, de cada lado (unos 2.130 kilómetros). Cuadradas eran las grandes ciudades simbólicas del mundo antiguo, tanto Babilonia como Roma. Cuadrada y perfecta será está ciudad inmensa, defendida por hermosas murallas, extendida en la llanura infinita del mundo. Ella es centro de todo el universo; por eso, las gentes del entorno, los pueblos del mundo ensanchado a sus lados, vienen a buscar refugio en ella, pues su plaza es Trono de Dios y el cordero; de ella brota el Río de la Vida que ofrece agua muy fresca de amor y curación para todos los vivientes (21, 24: 22, 1-5).

La Ciudad es un Cubo, el Cuadrado perfecto de Dios.

Completando y superando la imagen anterior, el mismo Juan ha presentado la ciudad en forma de Cubo perfecto, con longitud, anchura y altura iguales, como dice con toda precisión el texto (Ap 21, 16b). Evidentemente, esta Ciudad es el Todo, signo del Dios pleno: Cubo Divino que encierra la realidad entera. Los griegos concibieron el Cubo como señal de perfección y solidez completa. Cubo era también para los judíos el Santo de los Santos o Debir en el que Dios habita, Morada llena interiormente de su presencia. Lógicamente será Cubo, Casa toda interioridad, esta Ciudad completa en la que Dios mismo se vuelve morada y templo para los humanos, que habitan dentro del Cubo de Dios (que puede entenderse también a manera de Esfera cuadrada).

Es posible que al fondo de esta imagen se encuentren especulaciones sapienciales que han desembocado luego en la cábala y en otras visiones religiosas que comparan a Dios (toda realidad) con un Cubo sagrado, abarcador. El mismo Islam puede haber evocado este signo, a partir de la Kaaba o Templo (casi) Cúbico donde está la Piedra Sagrada. Han vuelto al signo los judíos medievales e incluso los cristianos que han representado a Dios (el cielo) a modo de Cubo Sagrado de Piedra (por ejemplo en el Coro de la Basílica del Escorial, en España). Dentro del cubo-esfera que es Dios, muro y centro, plaza y río, árboles y presencia de amor, habitan los humanos.

La Ciudad es una Pirámide.

Posiblemente, al presentar la ciudad (al mismo tiempo) como cuadrada o plana y cúbica, Juan está proyectando sobre ella la imagen de una base que se va elevando y estrechando, en forma de pirámide inscrita en un Cubo Transparente. Es normal que evoque las Pirámides de Egipto o las torres elevadas (Zigurat) de Babilonia. Sobre una base cuadrada se va elevando una torre escalonada, cuya altura es igual que los lados del cuadrado de la base. Ella está inscrita en el Cubo Transparente, de manera que en la plaza superior queda el trono de Dios y el agua que brota de ese trono va descendiendo por ella. De esta forma se unirían las imágenes del cuadrado y cubo, la pirámide y montaña de los dioses, propia de la tradición religiosa de muchos pueblos antiguos. Resulta conocida la fascinación que han ejercido las pirámides en muchas culturas, como imagen de gradación y jerarquía, de estabilidad y vida eterna. Leer más…

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1.6.25 Descendit ad inferos, ascendit in coelum. Descendió a los infiernos, subió al cielo

domingo, 1 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Los dos artículos del credo de los apóstoles (o romano) son  equivalentes. Los dos forman parte de la tradición bíblica y de la fe de la iglesia antigua. El primero se conserva y  venera con más devoción en la iglesia ortodoxa, el segundo en la católica.

| Xabier Pikaza

El descenso de Cristo a los infiernos de la historia y de la muerte (para así liberar con Adán y Eva a todos los condenados) y su ascenso al cielo con todos los salvados forman las dos caras (cruz y cara) del único misterio de salvación.

Sin bajar a los infiernos de la historia, sin compartir amor y vida con las víctimas del mundo no hay posible ascensión al cielo de la Vida en Dios. En Cristo se vinculan y cumplen estos dos “artículos” de fe y vida cristiana, como digo en lo que sigue: Descendió a los infierno, subió a los cielos

  Descendit ad ínferos, El infierno de JesúsEl credo oficial más antiguo de la iglesia (el apostólico o romano) dice que Cristo bajó a los infiernos, poniendo así de relieve el momento final de su encarnación; sólo se encarnó del todo muriendo con toos y visitando (liberando) a los condenados al infierno..

 Quien no muere del todo no ha vivido plenamente: no ha experimentado la impotencia abismal, el desvalimiento pleno de la vida humana. Jesús ha vivido en absoluta intensidad; por eso muere en pleno desamparo. Ha desplegado la riqueza del amor; por eso muere en suma pobreza, preguntando por Dios desde el abismo de su angustia. De esa forma se ha vuelto solidario de los muertos. Sólo es solidario quien asume la suerte de los otros. Bajando hasta la tumba, sepultado en el vientre de la tierra, Jesús se ha convertido en el amigo de aquellos que mueren, iniciando, precisamente allí, el camino ascendente de la vida.

Jesús fue enterrado y su sepulcro es un momento de su despliegue salvador (cf. Mc 15, 42-47 y par; l Cor 15, 4). Sólo quien muere de verdad, volviendo a la tierra, puede resucitar de entre los muertos. Jesús ha bajado al lugar de no retorno, para iniciar allí el retorno verdadero. Como Jonás «que estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches…» (Mt 12, 40), así estuvo Jesús en el abismo de la muerte, para resucitar de entre los muertos (Rom 10, 7-9). En el abismo de muerte ha penetrado Jesús y su presencia solidaria ha conmovido las entrañas del infierno, como dice la tradición: «La tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos de los cuerpos de los santos que habían muerto resucitaron» (Mt 27, 51-52). De esa forma ha realizado su tarea mesiánica: «Sufrió la muer­te en su cuerpo, pero recibió vida por el Espíritu.

Fue entonces cuando proclamó la victoria incluso a los espíritus encarcela­dos (ángeles caídos, hombre)  que fueron rebeldes, cuando antiguamente, en tiempos de Noé…» (1 Pe 3, 18-19).

Se ha dicho que esos espíritus encarcelados eran los humanos del tiempo del diluvio, como supone la liturgia, pero la exégesis moderna piensa que ellos pueden ser los ángeles perversos que en tiempo del diluvio fomentaron el pecado, siendo por tanto encadenados.

Jesús no empezó a morir cuando expiró en la cruz y le bajaron al sepulcro; había empezado cuando se hizo solidario con el dolor y destrucción de los hombres, compartiendo la suerte los expulsados de la tierra. Jesús había descendido ya en el mundo al infierno de los locos, los enfermos, los que estaban angustiados por las fuerzas del abismo: ha asumido la impotencia de aquellos que padecen y perecen aplastados por las fuerzas opresoras de la tierra, llegando de esa forma hasta el infierno de la muerte.

La liturgia, continuando en la línea simbólica de los textos anterior, relaciona a Jesús con Adán, el hombre originario que le aguarda desde el fondo de los tiempos, como indica una antigua homilía pascual:

«¿Que es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra: un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo. Va a buscar a nuestro primer padre, como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte (cf. Mt 4, 16). Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y Eva. El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: mi Señor esté con todos. Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: y con tu espíritu. Y, tomándolo por la mano, lo levanta diciéndole: Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz (cf. Ef 5, 14). Yo soy tu Dios que, por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo. Y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: ¡salid!; y a los que se encuentran en tinieblas: ¡levantaos!. Y a ti te mando: despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mi y yo en ti­ formamos una sola e indivisible persona». (P. G. 43, 439. Liturgia Horas, sábado santo).

Jesús ha descendido hasta el infierno para encarnarse plenamente, compartiendo la suerte de aquellos que mueren. Pero al mismo tiempo ha descendido para anunciarles la victoria del amor sobre la muerte, viniendo como gran evangelista que proclama el mensaje de liberación definitiva, visitando y liberando a los cautivos del infierno. Por eso, la palabra de la iglesia le sitúa frente a Adán, humano universal, el primero de los muertos.

Cristus Victor. Hasta el sepulcro de Adán ha descendido Jesús, como todos los hombres penetrando hasta el lugar donde la muerte reinaba, manteniendo cautivos a individuos y pueblos. Ha descendido allí para rescatar a los muertos (cf. Mt 11, 4-6; Lc 4, 18-19), apareciendo de esa forma como Christus Victor, Mesías vencedor del demonio y de la muerte. Su descenso al infierno, para destruir el poder de la muerte constituye de algún modo la culminación de su biografía mesiánica, el triunfo decisivo de sus  exorcismos, de toda su → batalla contra el poder de lo diabólico. Lo que Jesús había empezó en Galilea, curando a unos endemoniados, lo ha culminado con su muerte, descendiendo al lugar de los muertos, para liberarles a todos del Gran Diablo de la muerte. Tomado en un sentido literal, este misterio (¡descendió a los infierno) parece resto mítico, palabra que hoy se dice y causa asombro o rechazo entre los fieles. Sin embargo, entendido en su sentido más profundo, constituye el culmen y clave de todo evangelio. Aquí se ratifica la encarnación redentora de Jesús: sus curaciones y exorcismos, su enseñanza de amor y libertad.

¿Es posible un infierno cristiano? Desde las observaciones anteriores y teniendo en cuenta todo el proceso de la revelación bíblica, con la muerte y resurrección de Jesús, se puede hablar de dos infiernos.

Hay un primer infierno,al que Jesús ha descendido del todo por solidaridad con los expulsados de la tierra y por su muerte con los condenados de la h historia. Este es el infierno de la destrucción donde los humanos acababan (acaban) penetrando al final de una vida que conduce sin cesar hasta la tumba. Había sobre el mundo otros infiernos de injusticia, soledad y sufrimiento, aunque sólo el de la muerte era total y decisivo. Pero Jesús ha derribado sus puertas, abriendo así un camino que conduce hacia la plena libertad de la vida (a la resurrección), en ámbito de gracia. En ese infierno sigue viviendo gran parte de la humanidad, condenada al hambre, sometida a la injusticia, dominada por la enfermedad. El mensaje de Jesús nos invita a penetrar en ese infierno, para solidarizarnos con los que sufren y abr ir con ellos y para ellos un camino de vida (Mt 25, 31-46).

Podría haber un segundo infierno o condena irremediable de aquellos que rechazando el don de Cristo y oponiéndose de forma voluntaria a la gracia de su vida, pueden caer en la oscuridad y muerte por siempre (por su voluntad y obstinación definitiva). Así lo suponen algunas formulaciones básicas), se habla de premio para unos y castigo para otros (cf. Dan 12, 2-3). Esta visión culmina, parabólicamente en Mt 25, 31-46, donde Jesús dice a los de su derecha «venid, benditos de mi Padre, heredad el reino, preparado para vosotros» y a los de su izquierda «apartaos de mi, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles».

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Ascensión y entronización de Jesús. Fiesta de la Ascensión. Ciclo C.

domingo, 1 de junio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Un peligro que conviene evitar

      De las tres lecturas de esta fiesta, dos son fáciles de entender: los dos relatos de la Ascensión escritos por Lucas al final del evangelio y al comienzo del libro de los Hechos; en cambio, la carta a los Efesios puede resultar un galimatías casi ininteligible. Corremos el peligro de pasarla por alto, aunque es la que da el sentido de la fiesta. Ascensión y entronización son las dos caras de la misma moneda.

Una sola cadena de televisión con dos visiones muy distintas

            Los dos textos principales de la misa de hoy (Hechos de los Apóstoles y evangelio de Lucas) se prestan a una interpretación muy simplista, como si el monte de los Olivos fuese una especie de Cabo Cañaveral desde el que Jesús sube al cielo como un cohete. Cualquier cadena de televisión que hubiera filmado el acontecimiento habría ofrecido la misma noticia, aunque hubiera variado el encuadre de las cámaras.

            En este caso solo hay presente una cadena de televisión: la de Lucas. Los otros evangelistas no cuentan la noticia. Pero Lucas ha elaborado dos programas sobre la Ascensión, uno en el evangelio y otro en los Hechos, y cuenta lo ocurrido de manera muy distinta, con notables diferencias. Eso demuestra que para él lo importante no es el hecho histórico sino el mensaje que desea transmitir. Tanto el evangelio como Hechos podemos dividirlos en dos partes: las palabras de despedida de Jesús y la ascensión. Para no alargarme, omito la introducción al libro de los Hechos.

Palabras de despedida de Jesús

            En el evangelio, Jesús dice a los discípulos que su pasión, muerte y resurrección estaban anunciadas en las Escrituras (“Así estaba escrito” se refiere a los libros atribuidos a Moisés y los profetas). Por consiguiente, lo ocurrido no debe escandalizarlos ni hacerles perder la fe. Todo lo contrario: deben predicar la penitencia y el perdón a todos los pueblos. Para llevar a cabo esa misión necesitan la fuerza del Espíritu Santo, que deben esperar en Jerusalén.

«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»

            En el libro de los Hechos se repite lo esencial, esperar al Espíritu Santo, pero se añaden dos temas: la preocupación política de los discípulos y la idea de ser testigos de Jesús en todo el mundo (cosa que en el evangelio sólo se insinuaba).

            Una vez que comían juntos, les recomendó:

            – «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» 

            Ellos lo rodearon preguntándole:

            – «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»

            Jesús contestó:

            – «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»

La ascensión: dos relatos muy distintos

            Versión del evangelio

Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

            Versión de Hechos

Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: 

– «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.» 

* En el Evangelio, Jesús bendice antes de subir al cielo (en Hch, no).

* En Hechos una nube oculta a Jesús (en el evangelio no se menciona la nube).

* En el evangelio, los discípulos se postran (en Hch se quedan mirando al cielo).

* En Hch se les aparecen dos personajes vestidos de blanco que les anuncian la segunda venida de Jesús. El evangelio no dice nada de esto.

* La vuelta a Jerusalén, donde están siempre en el templo alabando a Dios (Evangelio), coincide en parte con lo que cuentan los Hechos: en Jerusalén permanecen en oración “con María, la madre de Jesús”. (Pero esto no se lee).

            Dadas estas diferencias, queda claro que Lucas no pretende contar lo ocurrido con toda fidelidad. Más bien está invitando al lector a prescindir de los datos secundarios y fijarse en el mensaje que pretende transmitir. ¿Cuál es ese mensaje?

Esto no es fácil, porque la idea de la ascensión resulta chocante al lector moderno por dos motivos muy distintos: 1) no es un hecho que hayamos visto; 2) se basa en una concepción espacial puramente psicológica (arriba lo bueno, abajo lo malo), que choca con una idea más perfecta de Dios.

            Precisamente por esta línea psicológica podemos buscar la explicación. Desde las primeras páginas de la Biblia encontramos la idea de que una persona de vida intachable no muere, es arrebatada al cielo, donde se supone que Dios habita. Así ocurre en el Génesis con el patriarca Henoc, y lo mismo se cuenta más tarde a propósito del profeta Elías, que es arrebatado al cielo en un carro de fuego. Interpretar esto en sentido histórico (como si un platillo volante hubiese recogido al profeta) significa no conocer la capacidad simbólica de los antiguos.

            Sin embargo, existe una diferencia radical entre estos relatos del Antiguo Testamento y el de la ascensión de Jesús. Henoc y Elías no mueren. Jesús sí ha muerto. Por eso, no puede equipararse sin más el relato de la ascensión con el del rapto al cielo.

            La explicación hay que buscarla en la línea de la cultura clásica greco-romana, en la que se mueve Lucas y la comunidad para la que él escribe. También en ella hay casos de personajes que, después de su muerte, son glorificados de forma parecida a la de Jesús. Los ejemplos que suelen citarse son los de Hércules, Augusto, Drusila, Claudio, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Estos ejemplos confirman que los relatos tan escuetos de Lucas no debemos interpretarlos al pie de la letra, como han hecho tantos pintores, sino como una forma de expresar la glorificación de Jesús. El final largo del evangelio de Marcos subraya este aspecto al añadir que, después de la ascensión, Jesús “se sentó a la derecha de Dios”. Y esto es lo que afirma también la Carta a los efesios.

No Ascensión, sino entronización (2ª lectura: Efesios 1,17-23)

           Entronización de Jesús3 La carta a los efesios no habla de la ascensión. Pasa directamente de la resurrección de Jesús al momento en que se sienta a la derecha de Dios y todo queda sometido bajo sus pies. Por desgracia, la parte final, que es la más relacionada con la fiesta, y la más clara, está precedida de una oración tan recargada que resulta confusa. La idea de fondo es clara: Dios nos ha concedido tantos favores y tan grandes (vocación, herencia prometida en el cielo, resurrección) que resulta difícil entenderlos y valorarlos. Igual que nos sentimos abrumados por la inmensidad del universo, no logramos comprender lo mucho que Dios ha hecho y hace con nosotros. Por eso pide “espíritu de sabiduría”, “conocimiento profundo”, que Dios “ilumine los ojos de vuestro corazón”. Y para aclarar la grandeza del poder que actúa en nosotros, habla del poder con que resucitó a Cristo y lo sentó a su derecha, sometiendo todo bajo sus pies.

Hermanos que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría que os revele un conocimiento profundo de él; que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza de su llamada, cuál la riqueza de la gloria de su herencia otorgada a su pueblo y cuál la excelsa grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, según la fuerza de su poderosa virtud, la que ejerció en Cristo resucitándolo de entre los muertos, sentándolo a su derecha en los cielos por encima de todo principado, potestad, autoridad, señorío y de todo lo que hay en este mundo y en el venidero; todo lo sometió bajo sus pies y a él lo constituyó cabeza de la Iglesia por encima de todas las cosas; la Iglesia es su cuerpo, la plenitud de todo lo que existe.

Resumen

            Ante la ascensión no debemos tener sentimientos de tristeza, abandono o soledad, al estilo de la Oda de fray Luis de León (“Y dejas, pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, con soledad y llanto…”). Como dice el evangelio, la marcha de Jesús debe provocar una gran alegría y el deseo de bendecir a Dios. Porque lo que celebramos es su triunfo, como demuestran los textos de la cultura greco-romana en los que se inspira Lucas y subraya la carta a los Efesios. Viene a la mente la imagen del acto de fin de carrera, cuando el estudiante recibe su diploma y la familia y amigos lo acompañan llenos de alegría.

            Al mismo tiempo, las palabras de despedida de Jesús nos recuerdan dos temas capitales: el don del Espíritu Santo, que celebraremos de modo especial el próximo domingo, y la misión “hasta el fin del mundo”. Aunque estas palabras se refieren ante todo a la misión de los apóstoles y misioneros, todos nosotros debemos ser testigos de Jesús en cualquier parte del mundo. Para eso necesitamos la fuerza del Espíritu, y eso es lo que tenemos que pedir.

La ascensión en la cultura greco-romana.

            Por si a alguno le interesa, copio los textos clásicos.

Tito Livio a propósito de Rómulo:Llevadas a cabo estas empresas inmortales, en una ocasión en que asistía a una concentración para pasar revista a las tropas en un campo junto a la laguna de la Cabra [campo de Marte], se desató de golpe una tempestad con gran fragor de truenos y envolvió al rey en una nube tan densa que los reunidos no podían verlo; después, ya no reapareció Rómulo sobre la tierra…. Según los senadores que estaban de pie a su lado, había sido arrebatado a las alturas por la tempestad. Luego, todos a la vez saludan a Rómulo como dios hijo de un dios, rey y padre de la ciudad de Roma. Tengo entendido que no faltaron tampoco quienes, en voz baja, sostenían que el rey había sido despedazado por los senadores con sus propias manos, pues también esta versión circuló, aunque muy soterrada; la otra versión fue consagrada por la admiración hacia aquel personaje y por el miedo que se dejaba sentir.

Le añadió además credibilidad, dicen, la habilidad de un solo individuo. Próculo Julio, hombre de peso según dicen, aunque avalase un acontecimiento fuera de lo común, se presenta a los reunidos y dice: “Quirites, Rómulo, padre de esta ciudad, al rayar hoy el alba ha descendido repentinamente del cielo y se me ha aparecido. Al ponerme en pie, sobrecogido de temor, dispuesto a venerarlo, rogándole que me fuese permitido mirarle cara a cara, me ha dicho: ‘Ve y anuncia a los romanos que es voluntad de los dioses que mi Roma sea la capital del orbe; que practiquen por consiguiente el arte militar; que sepan, y así lo transmitan a sus descendientes, que ningún poder humano puede resistir a las armas romanas.’ Dicho esto -dijo-, desapareció por los aires.» Es sorprendente el crédito tan grande que se dio a aquel hombre al hacer esta comunicación y lo que se mitigó, entre el pueblo y el ejército, la añoranza de Rómulo con la creencia en su inmortalidad” (Ab urbe condita 1,16).

A propósito de Hércules escribe Apolodoro en su Biblioteca Mitológica: “Hércules… se fue al monte Eta, que pertenece a los traquinios, y allí, luego de hacer una pira, subió y ordenó que la encendiesen (…) Mientras se consumía la pira cuenta que una nube se puso debajo, y tronando lo llevó al cielo. Desde entonces alcanzó la inmortalidad” (II, 159-160).

Suetonio cuenta sobre Augusto: No faltó tampoco en esta ocasión un expretor que declaró bajo juramento que había visto que la sombra de Augusto, después de la incineración, subía a los cielos (Vida de los Doce Césares, Augusto, 100).

Drusila, hermana de Calígula, pero tomada por éste como esposa, murió hacia el año 40. Entonces Calígula consagró a su memoria una estatua de oro en el Foro; mandó que la adorasen con el nombre de Pantea y le tributasen los mismos honores que a Venus. El senador Livio Geminio, que afirmó haber presenciado la subida de Drusila al cielo, recibió en premio un millón de sestercios.

De Alejandro Magno escribe el Pseudo Calístenes: Mientras decía estas y otras muchas cosas Alejandro, se extendió por el aire la tiniebla y apareció una gran estrella descendente del cielo hasta el mar acompañada por un águila, y la estatua de Babilonia, que llaman de Zeus, se movió. La estrella ascendió de nuevo al cielo y la acompañó el águila. Y al ocultarse la estrella en el cielo, en ese momento se durmió Alejandro en un sueño eterno (Libro III, 33).

Con respecto a Apolonio de Tiana, cuenta Filóstrato que, según una tradición, fue encadenado en un templo por los guardianes. Pero él, a medianoche se desató y, tras llamar a quienes lo habían atado, para que no quedara sin testigos su acción, echó a correr hacia las puertas del templo y éstas se abrieron y, al entrar él, las puertas volvieron a su sitio, como si las hubiesen cerrado, y que se oyó un griterío de muchachas que cantaban, y su canto era: Marcha de la tierra, marcha al cielo, marcha” (Vida de Apolonio de Tiana VIII, 30).

Sobre la nube véase también Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma I,77,2: Y después de decirle esto, [el dios] se envolvió en una nube y, elevándose de la tierra, fue transportado hacia arriba por el aire”.

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Septimo Domingo de Pascua, la Ascensión. Ciclo C

domingo, 1 de junio de 2025
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la-ascension

 

“…el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día 
y en su nombre se predicará la conversión 
y el perdón de los pecados a todos los pueblos,…”

(Lc 24, 46-53)

Jesús, en el momento de la ascensión a los cielos, nos deja como herencia o legado sus propio ministerio, su servicio.

Tanto en el evangelio de Mateo como en el de Marcos encontramos que Jesús comienza su predicación con un anuncio: Se ha cumplido el plazo y está llegando el reino de Dios. Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1, 15). “Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos (Mt 4, 17).

Lucas, sin embargo, coloca este anuncio en labios del Resucitado. Aquello que había sido la vida y el anuncio del Maestro se convierte ahora en la misión de los discípulos.

Nuestra tarea es anunciar, el mensaje es claro: llega el tiempo del perdón. Y el único requisito es abrirse a él, o dicho de otra manera: convertirse.

Es una pena que hayamos hecho de la conversión algo tan oscuro y pesado. La palabra conversión la tenemos asociada a la cuaresma, a la penitencia, al combate… prácticamente al castigo. ¡Y nada de eso! La conversión nos abre al Perdón. Convertirnos es decir sí a Dios. Convertirnos es decir sí a lo que ya somos: bondad y amor, aunque a veces no lo veamos a simple vista.

Nos hemos engañado pensando que “convertirse” significa ser personas pluscuamperfectas ajenas a nosotras mismas, ¡nada de eso! Cada ser humano lleva dentro de si esa semilla divina que le hace SER.Ya somos bondad y amor. Y convertirse significa reconocerlo. Reconocer nuestra semejanza con Dios y empezar a vivir desde ella.

Oración

Trinidad Santa, danos fuerza, en este día de la Ascensión, para llevar el mensaje de Jesús allá donde vayamos. Que nuestras vidas hablen de tu entrañable perdón y de la Vida abundante que nace de la resurrección de Jesús.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Celebramos un relato simbólico, no un acontecimiento histórico.

domingo, 1 de junio de 2025
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asencion01ASCENSIÓN (C)

Lc 24,46-53

Hemos llegado al final del tiempo pascual. La Ascensión es una fiesta que resume todo lo celebrado desde la muerte de Jesús el Viernes Santo. Lucas, que es el único que relata la ascensión, nos da dos versiones muy distintas sin inmutarse: una al final del evangelio y otra al comienzo del los Hechos. Para comprenderlo, es necesario ponernos en su lugar.

El mundo dividido en tres estadios: el superior, habitado por la divinidad. El del medio era la realidad terrena y humanos. El tercer estadio es el inframundo donde mora el maligno. La encarnación era una bajada del Verbo, desde la altura a la tierra. Su misión era la salvarnos, por eso tuvo que bajar a los infiernos (inferos) para que la salvación fuera total.

No tiene sentido seguir hablando de bajada y subida. Si no intentamos cambiar la mente, estaremos transmitiendo conceptos que hoy no podemos comprender. Una cosa fue la predicación de Jesús y otra la vivencia de la comunidad, después de la experiencia pascual. El telón de fondo es el mismo, el Reino de Dios, vivido y predicado, pero a los primeros cristianos les llevó tiempo encontrar la manera de trasmitir lo que había experimentado.

Resurrección, ascensión, sentarse a la derecha de Dios, envío del Espíritu apuntan a una misma realidad, pero no material sino vivencial, pascual: El final de Jesús no fue la muerte sino la Vida. El misterio pascual es tan rico que no podemos abarcarlo con una sola imagen. Lo desdoblamos artificialmente para ir analizándolo por partes y poder digerirlo.

Una vez muerto, Jesús pasa a otro plano donde no existe tiempo ni espacio. Sin tiempo y sin espacio no puede haber sucesos. En los discípulos sí sucedió algo. Su experiencia de resurrección sí fue constatable y la vivieron con una gran intensidad. Sin esa experiencia que fue un proceso que duró muchos años, no hubiera sido posible la religión cristiana.

Los tres días para la resurrección, los cuarenta días para la ascensión, los cincuenta días para la venida del Espíritu, son tiempos teológicos, Kairós. Lucas, en su evangelio, pone todas las apariciones y la ascensión en el mismo día. En cambio, en los Hechos habla de cuarenta días de permanencia de Jesús con sus discípulos y a continuación la ascensión.

Solo Lucas al final de su evangelio y al comienzo de los “Hechos”, narra la ascensión. Si los dos relatos constituyeron al principio un solo libro, se duplicó el relato para dejar uno como final y otro como comienzo. Para él, el evangelio es el relato de todo lo que hizo y enseñó Jesús; los Hechos es el relato de todo lo que hicieron los primeros seguidores.

Esa constatación de la presencia de Dios como Espíritu, primero en Jesús y luego en los discípulos, es la clave de todo el misterio pascual y la clave para entender la fiesta que estamos celebrando. Para visualizar esa presencia nos narra la venida del Espíritu.

La Ascensión no es más que un aspecto del misterio pascual. Jesús participa de la misma Vida de Dios y por lo tanto, está en lo más alto del “cielo”. Las palabras son apuntes para que nosotros podamos entendernos, siempre que no las entendamos al pie de la letra.

Nuestra meta, como la de Jesús, es ascender hasta lo más alto, el Padre. No se trata de movimiento alguno, sino de toma de conciencia. Como Jesús, la única manera de alcanzar la meta es descendiendo hasta lo más hondo de mí y poniendo todo al servicio de todos.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Profesión de fe.

domingo, 1 de junio de 2025
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4399_ar2124f1Lc 24, 46-53

«Y mientras los bendecía, se separó de ellos»

La lógica nos dice que la muerte es el final del camino; que todo muere en este mundo y que el ser humano no tiene por qué ser la excepción a la regla. Heidegger, por ejemplo, afirma que «venimos de la “nada de antes” y vamos a la “nada de después”, y debemos ser capaces de aceptar esta realidad y asumir la angustia de caminar hacia la nada». Y ésta es una forma muy “lógica” de ver las cosas, pero el evangelio nos ofrece una alternativa más esperanzadora en el texto que hoy leemos … Pero es preciso leerlo bien.

Esto significa que no debemos verlo como una narración de hechos sucedidos, sino como una hermosa profesión de fe: “Jesús, tras su muerte, es exaltado al lugar que le corresponde; a la diestra del Padre”. Pero no sólo es una profesión de fe en Jesús, sino también en nosotros los seres humanos, pues con los ojos de la fe podemos ver que nuestro destino no es la muerte, sino la liberación definitiva del poder del mal que aquí nos somete; que nuestro destino es Dios; que es tal nuestra grandeza que estamos destinados a alcanzar la divinidad.

Y esto lo vemos en Jesús. Por eso Jesús es fundamentalmente para nosotros el que da sentido tanto a nuestra vida como a nuestra muerte. A nuestra vida, porque no sólo nos invita a trabajar por un mundo mejor –el Reino–, sino que nos da una excelente razón para ello: que la humanidad es el proyecto de Dios, el sueño de Dios, y que estamos invitados a participar en este proyecto como protagonistas. También da sentido a nuestra muerte, porque nos dice que no somos unos animalillos condenados a morir y desaparecer, sino que somos Hijos queridos que, tras la tarea, regresan a la casa del Padre. Es tan buena la Noticia que nos ofrece el evangelio que dudamos de que pueda ser cierta… Pero es la que en él se proclama.

Un último apunte referido al sentido de la vida.

Hay personas que buscan el sentido de la vida en Dios y fracasan, y las hay que lo buscan fuera de Dios y también fracasan. Y este hecho nos lleva a formular una consideración final. Si convenimos que la esencia de lo humano es la “humanidad”, es decir, la facultad de amar, de sentir cariño por la gente, de compadecer a quienes lo pasan mal, de solidarizarse con ellos y no permanecer indiferentes e inactivos ante la desgracia ajena, la única forma de dar sentido a la vida será a través de su práctica. Y esto puede ser independiente de las creencias o increencias de cada uno, pues cualquier actitud vital que genere humanidad es portadora de sentido, y cualquiera otra que no lo haga provocará un vacío imposible de llenar con actividades mundanas o con prácticas religiosas.

Entonces ¿cuál es la diferencia?… Pues la diferencia está en que la capacidad que ha demostrado la religión para motivar a comportamientos humanitarios es muy superior a cualquier otra. De hecho, la praxis del cristianismo se asienta en el amor fraterno; en la humanidad.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Adoración, alegría y bendición

domingo, 1 de junio de 2025
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porta-asc10[1]El evangelio de Lucas intenta decir algo acerca de la presencia de Jesús después de su muerte. La narración de hoy nos cuenta que Jesús, una vez resucitado, relee su vida a partir de los textos sagrados. Su misión, que incluye su vida, muerte y resurrección tiene sentido en cuanto que puede comprenderse dentro del designio de Dios para con toda la historia de la humanidad.

Los discípulos son testigos de esto. Son testigos, pero no solo de manera externa sino también interna, es decir no solo ven lo que pasa como meros espectadores, sino que sus vidas se delimitan y organizan en relación con el Mesías resucitado. Ellos son sus testigos. Su identidad queda marcada así por la cercanía de la persona en la que se cumplen los designios de Dios.

Ser testigos, entendido como aquello que determina la identidad de los discípulos tras la resurrección de Jesús, no implica únicamente mirar para sí mismo y conocer algo novedoso. Ser testigo implica salir y dar testimonio. Eso parece evidente. Sin embargo, la orden de Jesús es la contraria a salir. Ellos son ciertamente testigos, pero deben “Permanecer en la ciudad”. Si en los diferentes relatos de envíos, durante la vida pública de Jesús, la respuesta es “inmediata”, es decir “salen corriendo a anunciar lo que han visto”, tras la resurrección la respuesta requiere quedarse, permanecer, esperar. Esperar una fuerza, una energía que los “revestirá”.

Revestir es una palabra extraña que puede significar imbuirse o dejarse llevar por esa fuerza, o cubrir el cuerpo con un ropaje (como lo hace, por ejemplo, el sacerdote en la eucaristía que se reviste con los ornamentos litúrgicos). Las dos acepciones encajan aquí, ya que la fuerza es interior pero también corporal y exterior. La fuerza reviste las emociones y reviste el cuerpo. Así el testimonio será creíble y tangible: estas dos dimensiones son fundamentales en el anuncio de cualquier mensaje.

Sin embargo, de momento, el recibir esta fuerza es solo una promesa; no una realidad. Antes, han de recibir una bendición, en Betania. Betania es el lugar del encuentro, del descanso, del fortalecimiento, de la acogida y de la fiesta que Jesús y sus discípulos bien conocen. Ese lugar sigue siendo un lugar de bendición, y es allí el lugar propio para que Jesús los bendiga (casi como a los niños que quiere que se acerquen a él).

Pero esta bendición anuncia la despedida. Ahora sí. Si la muerte de Jesús anunciaba una primera separación, llena de pena, decepción y desorientación, la ascensión confirma una segunda separación, pero esta vez, a diferencia de la primera, produce alegría y adoración. Nuevamente llama la atención que, de momento, no se convierten en testigos activos y evangelizadores dinámicos en salida. Se convierten, a primera vista, en todo lo contrario. Son simplemente y ciertamente adoradores: se postran ante Jesús, van a Jerusalén (la ciudad del gran templo) y “estaban en el templo bendiciendo a Dios”. De momento su testimonio es exclusivamente y esencialmente alegría y bendición. Y así será hasta que reciban la fuerza de lo alto prometida.

En nuestra sociedad cargada de activismo, este texto se presenta como de una radical humanidad que nos pide tener tiempo y darse tiempo. Tiempo para aceptar la decepción, para aceptar separaciones, para dar lugar al dinamismo propio de la muerte-resurrección y para no adelantar procesos sino dejar que los afectos se decanten.

Este dinamismo muerte-resurrección, como momento esencial de todo ser vivo, nos recuerda la distancia, pero también la cercanía; una cercanía trascendente (como una “fuerza que viene de lo alto”) y que, como una bendición, nos fortalece y nos reviste. Es decir, la nueva forma de vincularnos, a partir de las experiencias de muerte y de resurrección, no contrapone la cercanía y la distancia, sino que las integra.

Esta forma de entender la vida y el tiempo nos recuerda también la importancia de dar espacio a la adoración, a la alegría y la bendición. El hecho de considerar el tiempo del que disponemos, que transcurre desde el nacimiento a la muerte, nos recuerda que se trata de un tiempo que es limitado y que por tanto nos urge la acción. Pero, para que esta acción sea fecunda, requiere de momentos de espera y de quietud. Momentos para releer nuestra historia comunitaria y personal dentro de los designios de Dios. Y para vislumbrar y dar lugar a lo que viene por delante.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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¿Testigos de la verdad… o de la propia creencia?

domingo, 1 de junio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 1 junio 2025

Lc 24, 46-53

Pareciera como si, por defecto, el ser humano tendiera a ser proselitista. Detrás de esa tendencia, parecen apreciarse dos hechos significativos: una necesidad básica de seguridad y un anhelo noble de hacer el bien. Lo que sucede es que, con frecuencia, el modo como ambos se han articulado ha producido efectos muy perjudiciales.

La necesidad de seguridad lleva a identificar la propia creencia con la verdad. Lo que solo era un mapa mental se confunde con el territorio definitivo. Al instante, la persona cree estar en posesión de la verdad, a la vez que crece en ella la sensación de seguridad. No cabe duda de que esa creencia parece otorgarle algo que desea constantemente: llevar el control.

Pero hay también un anhelo noble: ayudar a los otros a vivir, ofreciéndoles aquello que a uno mismo le ha hecho bien. Esto explica que muchas veces el propio sujeto haya visto y vivido su proselitismo como un acto de amor y de servicio.

Y, sin embargo, el proselitismo siempre encierra una trampa, por lo que, antes o después, termina pasando factura. La trampa consiste en pensar que la verdad puede encerrarse en una fórmula, un concepto o una creencia, que más tarde podría “exportar” a otros. Lo cierto, sin embargo, es que la mente solo puede tener creencias o mapas, nunca la verdad.

La verdad no es “algo” que se tenga y pueda expresarse verbalmente. La verdad no puede tenerla nadie, únicamente la podemos ser. Pero, en cuanto reconoces eso, sabes que toca acallar la mente y permanecer en silencio, porque comprendes que todo otro es también verdad. Y cuando comprendes que el otro, por más que tenga una mente confusa, es verdad, como tú, habrás modificado de manera radical tu modo de verlo. No lo verás más como alguien a quien “convertir” a tu verdad, sino como la misma verdad que se está desplegando en esa persona mientras busca reconocerla.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No os quedéis plantados mirando al cielo, pero mirad al cielo. La Ascensión

domingo, 1 de junio de 2025
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3101A04D-0A69-4AE3-998A-FB9F2D5E69A4Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- La fiesta de la Ascensión.

La Muerte, Resurrección y Ascensión constituyen un único acontecimiento. Por “pedagogía teológico-litúrgica” celebramos por separado la Pasión, la Muerte, la Resurrección, Ascensión del Señor, la Venida del Espíritu… Pero es un único acontecimiento.

La cuestión no es si JesuCristo concluyó en Dios el viernes santo a primera hora de la tarde, el domingo de Pascua o a los cuarenta días. No se trata de un tiempo material, cronológico, sino teológico –existencial- expresado en un lenguaje simbólico-poético.

Según el Evangelio de Lucas todo aconteció el mismo día de Pascua. Según el libro de los Hechos, la Ascensión aconteció a los 40 días de la resurrección

    Tampoco se trata de una cuestión espacial: Jesús habría subido al cielo como un astronauta. Es un mundo alegórico: Jesús “subió” junto a Dios, y una nube (símbolo de la protección de Dios) lo acogió en Dios.

    La Ascensión es el “día sin fin”, el “día eterno de Pascua” para Cristo, para nuestros hermanos difuntos y para toda la humanidad.

En esta fiesta de la Ascensión celebramos que Jesucristo concluyó su historia en Dios y nuestra historia concluirá también en Dios. Terminaremos en el Señor y terminaremos como Él, en la casa del Padre.

Por ello, esta fiesta es de gran esperanza e impregna de esperanza toda nuestra existencia y nuestra historia.

02.- La gran crisis de nuestro tiempo es la esperanza / desesperanza.

    Allá por los años 1950 / 60 la crisis de nuestra sociedad era la fe, el ateísmo, la muerte de Dios, el marxismo, etc. Hoy en día la crisis es más bien de esperanza. Nuestro momento ha clausurado el futuro. No hay nada que esperar.

    Hemos sustituido la esperanza por unas vacaciones, el ser por la nada y la fe por los ritos del “self service” eclesiástico. Y esto crea mucha cansera, mucha desesperanza.

    La cuestión más grave que tenemos no es la pandemia, ni la guerra, la cuestión más seria que tenemos es la nada, el nihilismo que termina por minar y socavar los cimientos de la existencia y nos sume en una profunda desesperanza. La nada y la desesperanza, cuando no la desesperación,  terminan por quitar el sentido de la vida y las ganas de vivir.

Quizás por esta razón es por lo que está aumentando el número de suicidios. Tenemos cosas para vivir, lo que ya no tenemos son ganas de vivir.

En el País Vasco se da un suicidio cada dos días. En el año 2020 se suicidaron 184 personas en el País Vasco, en España, 70.000.

El hombre actual sabe y tiene, pero no espera; sin embargo los humanos somos seres esperantes, porque quien deja de esperar, deja de vivir.

03.- La Ascensión es una fiesta de esperanza.

Dice el profeta Isaías una honda verdad: en la esperanza está vuestra fortaleza. (Is 30,15)

La fiesta de la Ascensión nos habla del sentido de la vida y nos anima a vivir confiada y esperanzadamente. Tal vez el núcleo central de esta fiesta de la Ascensión es recordarnos que el final del ser humano y de la historia está en Dios y esto nos llama vivir confiadamente. Cristo es el principio y fin de la vida. El lugar del ser humano es Dios, el amor de Dios.

La esperanza en el futuro es la alegría y el sentido del presente. Lo que esperamos ilumina el momento presente.

    Aquellos buenos teólogos que llevaron adelante el concilio Vaticano II, cultivaron estas ideas: caminamos hacia la finalización, (Teilhard de Chardin). Vivir mirando y esperando el futuro absoluto infunde ánimo, espíritu y coraje.

    Sembremos esperanza. ¿Cómo es posible que en los colegios y universidades, en los medios de comunicación no se dedique un tiempo, una asignatura a la esperanza, al sentido de la vida, al horizonte absoluto? Estas cosas no son “religión”, son sentido común, sembrar esperanza.

    Caminamos hacia el punto final, hacia el horizonte, que es Cristo.

04.- Jesús les bendijo y se marchó de entre nosotros. Y dejas Pastor santo.

    Una hermosa coincidencia:

  • San Lucas comienza su evangelio con la bendición del anciano Zacarías bendice a Dios: Bendito sea el Dios de Israel … puedes dejar a tu siervos marchar en paz
  • Y ahora, al final, Jesús se marcha bendiciendo a los suyos.

    Bendecir significa decir bien en la vida

Estamos llenos de maldiciones, de decir mal, de descalificaciones, de linchamientos personales, morales, de acepción de personas. Y eso no es bueno, ni hace bien. La Ascensión nos habla de una creación originaria y de futuro bien dicho por JesuCristo para toda la humanidad.

Jesús se marchó.-como había vivido- Bendiciendo. Diciendo y haciendo bien.

Es un gran programa de vida pasar por la vida diciendo bien y marcharnos dejando algo de bien.

05.- No os quedéis plantados mirando al cielo, pero mirad al cielo

La fiesta de la Ascensión es una llamada al futuro. Y porque creemos en el futuro, nos empuja a trabajar en el presente

Creemos en la Ascensión y por eso, “miramos al cielo” con nostalgia infinita y con ojos limpios por la esperanza y sin intereses. Y porque miramos al cielo y al futuro absoluto, no nos quedamos en las mediaciones ni vivimos en “babia” alelados en espiritualismos celestes anquilosantes y evasivos

Porque creemos en la Ascensión, confiamos y esperamos con ilusión el futuro, el futuro de Dios. Y porque miramos al cielo, vivimos y trabajamos en la tierra por cambiar este presente.

Miremos con intensa nostalgia al cielo pisando tierra.

No os quedéis plantados mirando el cielo, pero mirad al cielo.

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«Dejar de mirar al cielo para comprometernos con la historia presente», por Consuelo Vélez

domingo, 1 de junio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

Ascensión del Señor 1-05-2025

Los discipulos han sido los testigos de todo lo acontecido con Jesús y llega el momento de dar testimonio

Jesús, efectivamente se va a ir, no se aparecerá más y el legado queda en manos de los discípulos

La ascensión es la fiesta que nos recuerda que los testigos de Jesús ahora somos nosotros y hemos de predicar la buena noticia del reino con la alegría que este trae.

 

Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».

Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.  Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

(Lucas 24, 46-53)

Los domingos anteriores hemos visto la aparición de Jesús a los suyos en diversos textos y hoy el evangelio de Lucas va a cerrar estas apariciones con la ascensión de Jesús, terminando así su evangelio, para pasar al libro de Hechos que, también se le atribuye a Lucas, donde comenzará la vida de la Iglesia. En Hechos, Lucas, después de dar las razones de por qué va a escribir este libro, relata nuevamente la ascensión de Jesús.

Notemos que Jesús se aparece a los suyos y les hace una especie de resumen de lo que ha pasado diciéndoles:   “así estaba escrito, el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día y en su nombre se ha de predicar el perdón de los pecados a todas las naciones”. Para Lucas todo sucede en Jerusalén, mientras que, para Marcos y Mateo, Jesús se aparece en Galilea. Jerusalén será, entonces, el lugar desde donde el mensaje se ha de expandir a todas las naciones.

Jesús continúa dando la razón de por qué les está diciendo esto. Ellos han sido los testigos de esos acontecimientos y llega el momento de dar testimonio. Pero esta predicación no la podrán hacer por sus propias fuerzas, de ahí que les recuerda la promesa que el Padre les ha hecho -nosotros sabemos que es el Espíritu Santo, pero el texto no lo dice-, y se compromete, él mismo, a cumplir esa promesa.

Aunque les dice que permanezcan en la ciudad, o sea, en Jerusalén, hasta que se cumpla la promesa, se los lleva a Betania, ciudad a unos 3 km de Jerusalén y allí se va a dar la ascensión. Primero Jesús eleva las manos y los bendice y luego es llevado a los cielos. Los términos que se usan en el relato -levantar las manos, ser elevado- acompañan el acontecimiento que se está realizando. Jesús, efectivamente se va a ir, no se aparecerá más y el legado queda en manos de los discípulos.

El texto concluye diciendo que ellos volvieron llenos de alegría a Jerusalén y no cesaban de alabar a Dios en el Templo.

La ascensión es entonces, la fiesta que nos recuerda que los testigos de Jesús ahora somos nosotros y hemos de predicar la buena noticia del reino con la alegría que este trae. Ya nadie puede ver a Jesús si no es a través de nuestras palabras y obras. En el relato de la ascensión del libro de Hechos, se aparecen dos hombres que dicen a los discípulos: ¿qué hacen mirando al cielo? Estas palabras podrían ayudarnos a tomar en serio la tarea que tenemos en la tierra. En otras palabras, la ascensión no es para mirar al cielo sino para trabajar en la tierra. Sentirnos discípulos de Jesús es reconocer su envío, confiar en la fuerza de su Espíritu y con gozo realizar la misión evangelizadora de la Iglesia que ahora está en nuestras manos.

(foto tomada de: https://brujulacotidiana.com/es/la-ascension-del-senor)

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“ De esto sois testigos vosotros”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 1 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Hoy la Iglesia celebra la Ascensión, acontecimiento pascual que Lucas narra en su Evangelio (el pasaje de hoy) como el acontecimiento final de la vida de Jesús de Nazaret y en los Hechos de los Apóstoles como el acontecimiento inicial de la vida de la Iglesia (cf. Hch 1,1-11, también proclamado hoy en la liturgia).

Es significativo que los dos relatos no sean totalmente armonizables entre sí, ya que leen el mismo acontecimiento desde dos perspectivas diferentes. En los Hechos, la ascensión de Jesús al cielo tiene lugar cuarenta días después de su resurrección de entre los muertos (cf. Hch 1,3), mientras que en el Evangelio se sitúa en la tarde de ese «día sin fin», «el primer día de la semana» (Lc 24,1), día del descubrimiento del sepulcro vacío y de la aparición del Resucitado a las mujeres (cf. Lc 24,1-12), a los dos discípulos en el camino a Emaús (cf. Lc 24,13-35) y, finalmente, a todos los discípulos reunidos en una casa en Jerusalén (cf. Lc 24,36-49).

Dos maneras diferentes de narrar el único acontecimiento de la resurrección, que Lucas trata de iluminar en toda su amplitud: la resurrección significa, en efecto, la entrada de Jesús como Kýrios en la vida eterna a la derecha de Dios Padre (Ascensión) y también la venida del Espíritu (Pentecostés: cf. Hch 2,1-11).

En la página final de su Evangelio, Lucas cuenta cómo Jesús se separó de los suyos, no para abandonarlos, sino para estar siempre con ellos, el «Emmanuel», el Dios-con-nosotros (cf. Mt 1,23; 28,20), en una nueva forma de vida. Su existencia humana terminó con la muerte, y ahora, tras la resurrección de su cuerpo, la vida de Jesús es otra, es la del Señor vivo, es la vida divina de aquel que está en la vida íntima de Dios, a su derecha, el lugar del Hijo elegido y amado (cf. Sal 109,1 bc; Lc 3,22; 9,35).

Nos encontramos, pues, en la casa de los discípulos en Jerusalén: los dos de Emaús han regresado y han contado su experiencia, mientras los Once y los demás testigos también dan testimonio de que Cristo ha resucitado y ha sido visto por Simón Pedro (cf. Lc 24,33-35). Mientras todos hablan de Jesús, Él mismo está en medio de ellos, les da la shalom, la paz (cf. Lc 24,36), y luego pronuncia unas palabras que resuenan con absoluta novedad: «Estas son las palabras que os dije cuando aún estaba con vosotros» (Lc 24,44a).

Sí, porque Jesús ya no está con ellos como antes, como hombre, maestro y profeta; ahora es el Señor vivo que ya no habla en arameo, con el sonido de su voz humana que ellos habían escuchado durante tanto tiempo, sino de una manera nueva, más eficaz, persuasiva, porque su voz está dotada de la fuerza del Espíritu de Dios plenamente activo en el Resucitado.

En la potencia del Espíritu, el Señor Jesús muestra a los discípulos el cumplimiento de las Escrituras y el cumplimiento de sus palabras en los acontecimientos que precedieron a ese día (cf. Lc 24,44-47). El Resucitado explica las Escrituras de manera que los discípulos comprendan la conformidad entre lo «estado escrito» y lo que han vivido: ahora los discípulos pueden finalmente comprender lo que antes no podían entender.

Sin duda habían leído muchas veces la Torá, los Profetas y los Salmos, pero ahora que los hechos se han cumplido pueden comprenderlos creyendo, a la luz de la fe. Jesús les había anunciado varias veces la necessitas de su pasión y muerte (cf. Lc 9,22.43-44), pero estas palabras les habían parecido escandalosas, enigmáticas (cf. Lc 9,45). Ahora, sin embargo, que se han cumplido, no por destino o fatalidad, sino por la necesidad mundana según la cual «el justo» (Lc 23,47) en un mundo injusto debe morir (cf. Sab 1,26-2,22) y por la necesidad divina por la cual Jesús, en obediencia a la voluntad del Padre, no se defiende, sino que acoge el odio sobre sí mismo amando hasta el final, ahora sí es posible creer en las Sagradas Escrituras.

Y creyendo es posible convertirse en «testigos», hasta anunciar la muerte y resurrección de Jesús como acontecimiento que exige conversión y da la remisión de los pecados: el perdón de Dios a toda la humanidad, en espera de la buena nueva de la salvación. Todos son testigos —subraya Lucas—, todos anunciadores del Evangelio, no solo los Once, los apóstoles, sino también los demás presentes en el mismo lugar.

Sí, Jesús, este hombre de Nazaret, hijo de María y de Dios, que solo Dios podía darnos, había venido sobre todo como visita de parte de Dios (cf. Lc 1,68): una visita no para castigar los pecados cometidos por el Pueblo de Dios y por toda la humanidad, sino una visita que anunciaba el perdón de los pecados (cf. Lc 1,77). Con esa muerte de «hombre justo» que acogía sobre sí el odio, la violencia y la mentira de los malvados, y respondía no con violencia sino con amor, Jesús entregaba al Padre la verdadera imagen de Dios, el Adán que Dios había querido (cf. Col 1,15).

Y precisamente como justo que está del lado de los pecadores, solidario con los publicanos, los impuros, las prostitutas, los ladrones y los malhechores, Jesús subía al Padre dirigiéndole la oración incesante que implora perdón y misericordia. Entre sus últimas palabras antes de morir, ¿no había dicho: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)? ¿Y no fue acaso a un malhechor a quien dirigió su última promesa: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)?

Por lo tanto, los discípulos, testigos de esta misericordia vivida, enseñada y contada por Jesús, deben anunciarla a todos los pueblos. Esta es la predicación de la Iglesia, que, en cambio, a menudo se ve tentada a atribuirse tareas que el Señor no le ha encomendado: la única tarea evangélica es anunciar y hacer misericordia, lo que significa servicio a los pobres, a los enfermos, a los que sufren, cercanía y solidaridad con los pecadores.

«Comenzando por Jerusalén» y hasta los confines del mundo, los testigos, como viajeros y peregrinos, anunciarán en todas partes el perdón de los pecados, perdonarán e invitarán a todos a perdonar: este es el Evangelio, la buena nueva.

Ser testigos de este anuncio (¡y de nada más!) es una tarea ardua, porque parece poco creíble, casi imposible de realizar, y, sin embargo, aquellos pobres discípulos y discípulas, la noche de Pascua, escucharon, comprendieron y desde entonces intentaron poner en práctica nada más que esto: el perdón, la remisión de los pecados.

Se necesitará «el poder que viene de lo alto», la venida del Espíritu Santo de Dios, para estar capacitados para cumplir este mandato, pero no hay que temer: cuando Jesús, el Hijo de Dios, asciende al cielo, desciende del cielo el Espíritu de Dios, que es también y siempre el Espíritu de Jesucristo, fuerza que siempre nos acompaña y nos inspira en esta misión.

¿Cómo contar la ascensión de Jesús con palabras humanas? Lucas intenta narrarla, recordando cómo el profeta Elías había dejado esta tierra para ir a Dios (cf. 2 Re 2,1-14), y así escribe que Jesús, después de haber llevado a Betania a aquellos discípulos que ya se habían convertido en testigos, les dejó la bendición y, «mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo». Este es el éxodo de Jesús de la tierra al Reino de Dios.

El Evangelista no atenúa en modo alguno la separación de Jesús de los suyos: Él ya no está presente como antes, pero la bendición que da es una bendición continua, es la inmersión de los suyos en el Espíritu Santo (cf. Lc 3,16). Es también el último acto del Resucitado: da la bendición sacerdotal que había sido suspendida, no dada al principio del evangelio por el sacerdote Zacarías, después de la aparición del ángel y el anuncio de la venida del Mesías (cf. Lc 1,21-22).

Esta bendición llena de alegría a la comunidad de Jesús precisamente cuando él se separa de ella, pero también la convierte en sacerdotal (cf. 1 P 2,9): los creyentes en Jesús son, de hecho, un nuevo templo, sacerdotes y adoradores del Resucitado, capaces de responder con la oración de bendición a la bendición de Jesús.

La incredulidad es finalmente vencida y la fe en Jesús Señor y Dios es tal que permite a los discípulos sentir a Jesús presente en medio de ellos incluso después de la separación de su cuerpo glorioso, ahora en la intimidad del Padre, Dios.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo de la Ascensión, 1 de junio de 2025

1.- Convertirse en Iglesia – Lucas 24, 46-53 –.  

2.- Una gravedad que atrae hacia arriba.

3.- Jesús entra en lo más profundo de todas las vidas.

4.- El último gesto de Jesús es bendecir

5.- Una «fuerza de gravedad» que empuja hacia arriba.

6.- De esto sois testigos vosotros

7.- La plenitud en el desprendimiento.

8.- La última palabra: una bendición.

9.- La bendición infinita de Jesús.


1.- Subió al cielo.

2.- Ascensión – Salvador Dalí –.

3.- Jesús Resucitado es el cielo.

4.- En su ascensión, todo asciende.

 P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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“ María ‘se puso de pie‘“, (Lucas 1,39-45), por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 31 de mayo de 2025
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IMG_9067De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Comentario a la lectura evangélica (Lucas 1,39-45)

Por medio de María, que se hizo obediente a la Palabra, Dios visita a su pueblo y su pueblo le reconoce. Este reconocimiento es el fin de su designio, el término de su trabajo (Lc 19,44; 13,34), el cumplimiento de la historia de la salvación (Rm 11,25-36). El misterio de la visitación es el anticipo de este acontecimiento escatológico, en el que la misericordia se manifestará a todos los que estaban encerrados en la desobediencia (Rm 11,32). Es la alegría final del encuentro, tan impedido y tan anhelado, entre el esposo y la esposa, del que habla el Cántico. La visita del Señor es el sentido de la historia personal y universal.

«En aquellos días, María subió a la montaña». María va «de prisa» a visitar a Isabel. No va por ansiedad o incertidumbre, sino por alegría y preocupación. No va por curiosidad o por saber; cree lo que le han dicho de su prima. A Zacarías, que no cree y pide una señal, Dios no le da ninguna, salvo quedarse mudo y sin expresión. A María, en cambio, que cree, le dará la verdadera señal en el reconocimiento de Isabel. Si uno no cree, no puede aceptar el don de Dios, sea cual sea el signo que se le dé.

«Y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». El saludo hebreo es ‘shalom’, ‘¡paz!’ María desea, promete y trae la paz a esta casa, signo de la visita del Señor. Más allá del saludo, el que es saludado «bendice» al que acoge. Dice «bien» del que, al acogerlo, «le da bien compartir con él el techo y el pan». El huésped en Israel es sagrado y la hospitalidad una bendición. En ella se deja fluir el bien recibido, reconociendo su fuente inagotable. Al dar el don recibido, se entra en el círculo de la vida de Dios.

«El niño saltó en su vientre»: en presencia de María, las entrañas de Isabel saltaron. ¡Los dos niños se reconocen ante sus respectivas madres, que se conocían bien! Hay un reconocimiento visceral entre la promesa y el cumplimiento, del que los respectivos portadores se dan cuenta más tarde. La acción de Dios que promete y cumple nos impacta hasta lo más profundo. Por esto lo reconocemos. Esta historia anticipa Pentecostés: el mismo Espíritu que aquí llenará a los apóstoles llena a Isabel. El encuentro con el Señor es, en definitiva, siempre este don del Espíritu, reconocible por los frutos.

«Y bienaventurada la que ha creído»: Isabel finalmente llama bienaventurada a María porque creyó en el cumplimiento de la palabra del Señor. Es la primera bienaventuranza, la fundamental: la fe en la promesa, que permite al Señor vivir “hoy” en el creyente que lo escucha. Su bienaventuranza como Madre de Dios es compartida por todo creyente que escucha y practica la Palabra (8,21; 11,27ss).

Una propuesta para tu contemplación podría ser detenerse en los títulos marianos de este pasaje evangélico…

El saludo de María provoca en Isabel, “por relación causal”, la exaltación del niño que lleva en su seno y la efusión del Espíritu. Isabel puede así conocer la verdadera identidad de María, determinada por su maternidad hacia el Señor y por su fe. El oráculo de la madre de Juan detalla tres títulos, que sitúan a María en el centro de la escena y también de la salvación:

  1. a) “bendita tú entre las mujeres” (Lc 1,42) se hace eco de la bendición de Jael y Judit (Jue 5,24; Jdt 13,18) pero con una carga escatológica, en cuanto a Jesús es un superlativo que reconoce que Dios hizo fértil el vientre de la Virgen, haciendo germinar en ella al propio autor de la vida. A la bendición de María le sigue la del “fruto de su vientre“, que según la ley del paralelismo explica y especifica el significado de la primera: Jesús es la fuente de la bendición de María.
  1. b) “La Madre de mi Señor” (Lc 1,43) implica una homología cristológica: Jesús es proclamado Señor tanto en un sentido real y mesiánico como en un sentido trascendente y divino como será reconocido después de la resurrección. Por tanto, el título indica a María como la Ghebirah (señora) o Madre real del Mesías y al mismo tiempo Madre del Hijo de Dios.
  1. c) “bienaventurada la que ha creído” (Lc 1,45) interpreta la respuesta de María al ángel como un acto de fe. De ello forma parte la propia maternidad mesiánica de María, que no fue sólo de naturaleza biológica. Con la fe como escucha de la palabra y obediencia, María entra en el criterio de discriminación para formar parte de la familia escatológica que formará Jesús. A pesar de haber recibido un signo (1,36-37), fue una creyente que la palabra de Dios es suficiente.

Otra propuesta para tu contemplación podría ser contemplar el encuentro – la danza entre estas dos mujeres embarazadas…

María ‘se puso de pie‘. Es el verbo de la resurrección. De alguna manera María ha pasado por una muerte, un vaciamiento, que Dios ha llenado de gracia y de verdad, y “resucitada” emprende su camino, con el impulso de la vida nueva de Jesús en su seno, para llegar a Aquel que puede comprender el misterio y el escándalo de su fe.

Isabel y María son dos hijas de Israel, su historia se entrelaza y se confunde con la de su pueblo; ambas están embarazadas porque, de diferentes maneras, hicieron lugar a la promesa de Dios y el bien de sus vidas se cumplió dentro de un bien mayor, un bien que nos alcanza. Son dos mujeres que han conocido lo imposible de Dios en su carne.

Isabel es avanzada en años, casada con un hombre de clase sacerdotal, y es estéril; María es una joven, comprometida con un carpintero, y es virgen; son, por tanto, muy diferentes, pero comparten el misterio de una vida recibida “por gracia” y esto disipa cualquier distancia, cualquier vergüenza, cualquier miedo al juicio: su encuentro se convierte en motivo de alegría y de bendición. Es el encuentro y la danza que nos gustaría que ocurriera al menos una vez, por qué no, a cada uno de nosotros.

Incluso antes de nacer, Jesús, en el vientre de su madre, comienza a recorrer los caminos de Galilea y Judea; incluso antes de nacer, Juan comienza a alegrarse en él, el Esperado por todos los hombres; Incluso antes de nacer, Isabel reconoció su presencia y la bienaventuranza de María “por haber creído en el cumplimiento de lo que el Señor le decía“. Incluso antes de nacer, María se hace discípula de aquel Hijo, que “al entrar en el mundo dice: He aquí, vengo a hacer tu voluntad, oh Dios“. Hay, pues, algo que sucede también en el tiempo de la espera, la espera de quien camina en la fe hacia la luz que no conoce ocaso.

Cada día el Señor Jesús camina por nuestras calles, viene a nuestro lado de las más diversas maneras, su vida en nosotros es la que marca la diferencia. Él es el destino y la bienaventuranza de quien escucha la palabra de Dios y la pone en práctica, incluso en los días difíciles y oscuros, cuando creer parece poco inútil, ir contra la corriente y estar exactamente donde no se quiere estar.

Y si María es bendita entre las mujeres no en sentido excluyente sino inclusivo, es decir, entre todos, entonces escuchar a Dios es también escuchar a los hermanos entre los que vivimos. Cada día, como Isabel, estamos llamados a reconocer los signos de la presencia del Señor, dondequiera que se encuentren, para bendecir a Dios y alegrarnos de él y del bien que todavía hace entre nosotros. Cuánta esperanza trae el bien reconocido y bendito, el bien que ya existe en la vida cotidiana de muchas personas, jóvenes y mayores, el bien que no hace ruido, no hace audiencia.

Cada día, al atardecer, antes de que la oscuridad lo envuelva todo, la Iglesia canta el Magnificat, el canto de María, que se hace eco del de otras mujeres de su pueblo: Miriam, hermana de Moisés, Ana, madre de Samuel… Un canto de confianza y de esperanza, que acompaña el tiempo de espera e ilumina las tinieblas de la noche: Dios no deja nunca de visitarnos en los pliegues y heridas de nuestra existencia. Podemos creer y esperar que ya ahora, en nuestra irremplazable adhesión a la Palabra y al Espíritu, esté en gestación ese mundo nuevo en el que los poderosos sean derribados de sus tronos, los humildes sean exaltados, los hambrientos sean colmados de bienes y el abrazo de misericordia alcance todo y a todos.

Comentarios para la fiesta de la Visitación:

1.- María y Isabel: el Dios de las mujeres y de dos maternidades imposibles.

2.- Un canto a la vida.

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“La verdad nos hace libres, el credo súbditos”, por Beto Vargas.

jueves, 29 de mayo de 2025
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HijoUnigénitodeDiosnacidodelPadreantesdetodoslossiglosDiosdeDiosLuzdeLuzDiosverdaderodeDiosverdaderoengendradonocreadodelamismanaturalezaqueelPadreporélfueronhechastodaslascosas - 1De su blog Dios en minúscula:

La memoria de Jesús no es dogmática

Quien se acerca al nuevo testamento como un manual religioso para el catolicismo del siglo XXI difícilmente puede captar la ironía de tantas de sus expresiones respecto a las autoridades de la época, o la carga de resistencia frente al poder político, religioso y económico del momento en que surge el cristianismo y se expande por el imperio romano. Los evangelios, las cartas de Pablo, el sermón a los hebreos o el Apocalipsis, tienen en muchas de sus páginas expresiones que proponen una contracultura, valores distintos y distantes de los propuestos por Roma, por las élites Judías o por las alucinantes religiones griegas. El más pertinente ejemplo es que en el primer evangelio escrito, por un autor al que llamamos Marcos, en la ejecución de Jesús tenemos a un centurión romano que al verlo morir declara que verdaderamente ese hombre era hijo de dios. Siendo un militar romano debía por mandato practicar la religión imperial y declarar que el César era hijo de dios.

Hoy en día, el catolicismo como religión que se arroga el derecho de considerar suyos aquellos textos y cuyas facciones más conservadoras se deliran opuestas al orden establecido por proferir juicios a diestra y siniestra en todo lo relacionado con la reproducción humana, en realidad es una religión inofensiva para quienes manejan los hilos del poder, irrelevante para quienes crean y usan a su favor las reglas del mercado, e inconsecuente para quienes hacen algún intento de oponerse a la crueldad de «los jefes de las naciones». Si bien el Papa Francisco ha sido uno de los pontífices de los últimos siglos que con mayor vehemencia ha señalado las estructuras que oprimen y despojan de derechos y dignidad a tantos seres humanos en el planeta, hacer ese tipo de declaraciones lo ha convertido en el objeto de odio de una parte de sus hermanos en el episcopado, en el clero y en la feligresía; con lo cual se refuerza el que seamos percibidos como una religión inofensiva, irrelevante, inconsecuente. Y se lo debemos, al menos en parte, a Nicea.

Esa presencia del cristianismo como una fuerza de resistencia a la cultura imperial y de propuesta de valores contrarios o al menos distintos a los proclamados desde Roma venía precisamente de esas formas de predicación y testimonio de las primeras generaciones cristianas, para las que afirmar el mesianismo de Jesús, su condición de hijo de dios, o su entrega salvífica en la cruz, no tenía implicaciones metafísicas ni ontológicas porque aquellas palabras estaban muy lejos de ser parte de su jerga o de sus preocupaciones, sino que tenía implicaciones directas sobre su cotidianidad, su forma de ser parte de la sociedad, y su forma de acercarse a los otros y vincularse con ellos.La memoria de Jesús no es dogmática, mucho menos filosófica, es comunitaria y sacramental. Al señor resucitado lo vemos en las hermanas y hermanos con quienes compartimos la vida y partimos el pan.

Llegado el tiempo en el que se convoca el concilio de Nicea – un concilio organizado desde las élites imperiales – ya el cristianismo había salido de las catacumbas y se había convertido en una especie de sociedad paralela con incidencia en esas élites. Fue entonces cuando disminuyó el ímpetu evangelizador y aumentó el afán político y el complejo intelectual. En estas clases dominantes había una fascinación por las escuelas y corrientes filosóficas, por las discusiones y debates argumentativos, por las doctrinas de aquella «religión altamente intelectualizada» como llamaba Jaeger a la filosofía griega. Y el cristianismo, que había surgido contando historias de semillas y de lámparas, de ovejas y tesoros, de un mesías esclavo, que lavaba los pies de sus discípulas y discípulos, no tenía credenciales para aspirar a convertirse en una corriente realmente relevante en el imperio, a menos que todo su discurso tuviera las características que fascinaban a las gente importantes del imperio. Y así lo hicieron.

Décadas de discusiones filosóficas sobre los títulos de Jesús, su naturaleza, su origen/no origen, o la lógica de su obra salvífica fueron mutilando paulatinamente la fuerza transformadora de la buena nueva en un articulado que distrajo la atención de los recién inventados teólogos católicos por los próximos 17 siglos. Las palabras del Centurión romano ya no implicaban ninguna amenaza para el poder imperial porque habían sido elevadas a un plano en el que no se contradecían con la realidad política.Pero además, desde allí la validaban y la canonizaban. Aunque con un par de reveses, a la vuelta de unos años el imperio ya no perseguía cristianos, sino que los fabricaba por la fuerza y con ello legitimaba su poder como algo dado desde el cielo. De modo que entre la predicación cristiana y el credo no solamente no hay un avance en la profundización del misterio, aunque les guste decir eso a los teólogos del dogma, sino que en efecto hay una desactivación de todo aquello que en el evangelio pudiera ser percibido como una forma de resistencia, como una propuesta de transformación, como un intento de dios por hacerlo todo nuevo.

nicea - 2Poco importaba entonces lo que Jesús habría dicho sobre lo que hacen los «Jefes de las naciones» porque pronto cristo sería convertido en rey (ya no crucificado sino entronizado), pantocrátor, engendrado y de la misma naturaleza que el padre. Y poco importaba ya que Jesús hubiera llamado «hipócritas» a los jefes religiosos, porque ahora lo crucial es que los jefes religiosos afirmen la «hipóstasis». El evangelio fue proclamado como una fuerza de liberación, que ponía a los cristianos en una actitud distinta frente a la ley religiosa de la religión madre, frente a las formas de relación y valores de la cultura del imperio, frente a las concepciones de ser humano de las mitologías. El Credo, por su parte, los devolvía a la obediencia, desplazando hacia la metafísica todo lo transgresor de Jesús, y elevando hacia los cielos todo lo que había sido predicado para transformar la tierra. Si la verdad nos hace libres, el credo de Nicea nos hizo súbditos de nuevo.

Hoy, que son tiempos de tiranos, de jefes de las naciones que están exterminando, segregando y oprimiendo, y que a la vez el catolicismo se reviste de nostalgia para celebrar 17 siglos ya de aquellos primeros momentos en los que se hizo relevante como religión mayoritaria para el mismo poder contra el que hablaron los profetas y los apóstoles, no habría mejor celebración que hacer lo necesario para volver a ser una fe peligrosa desde la paz y la alegría: ofensiva desde la bendición de los simples y los pequeños, relevante desde la transformación de las formas de convivir y practicar la solidaridad y consecuente en que se disuelvan todas las estructuras que hacen que nos parezcamos tanto a eso que Jesús nos pidió nunca ser.

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, General , , , , ,

De mano en mano.

martes, 27 de mayo de 2025
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Hoy, precisamente hoy, este poema parece pensado para mi, y lo recibo como un regalo especial… 

San Felipe.- El jueves 23 de septiembre de 2021, inició la transmisión de la primera emisora radial católica en la Diócesis de San Felipe, " Católica 101.3 fm "La voz en el desierto". Una emisora radial dedicada al anuncio del Reino de Dios a través de

De mano en mano,
a través de muchos años
y generaciones de cristianos,
me ha llegado la Buena Noticia,
cubierta de polvo,
como un regalo inesperado.

Ella me anima a vivir
y a unirme a esa brisa
que ha recorrido valles y cumbres,
desiertos y praderas
a través de generaciones de apóstoles
dando vida a tantos corazones.

Hoy, para celebrarlo,
lo cuento y comparto,
extiendo mis brazos,
me siento agarrado y agarro,
sumo mis manos, y salgo
para que esta brisa
llegue a donde todavía no ha llegado.

De mano en mano…
me ha llegado la Buena Noticia,
y no la retengo en mi regazo,
sino que dejo mi refugio
y voy a las plazas, rincones y caminos,
pues anhelo que llegue y meza
nuevos campos aunque no los conozca.

Hoy me siento agraciado
y hondamente agradecido
al sentirme enviado
para ser testigo
de lo que Tú nos has dicho
y nosotros hemos visto
del Dios abierto y compartido.

*

Florentino Ulibarri
Fe Adulta

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , ,

“¿Ante las derivas actuales, qué resistencia esperar?”, por Anne Soupa

martes, 27 de mayo de 2025
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IMG_1259 En Francia, como en el resto del mundo, los cristianos escudriñan con incredulidad los vuelcos surrealistas de la coyuntura mundial: ¿Ante las derivas actuales, qué resistencia esperar?

Anne Soupa es teóloga y escritora. Biblista del Instituto Católico de Paris, antigua directora de la revista Biblia, editada por los Dominicos de Francia, fue cofundadora, en 2009, del “Comité de la jupe” (Comité de la falda), asociación dedicada al lugar de la mujer en la Iglesia, así como de la Conferencia Católica de los Bautizados Francoparlantes

He aquí la meditación que propuso para el 5to domingo de cuaresma de 2025 en la parroquia católica de la ciudad de Niort, en el Centro-oeste del país

En Francia, como en el resto del mundo, los cristianos escudriñan con incredulidad los vuelcos surrealistas de la coyuntura mundial. Anne Soupa, es teóloga y escritora. Biblista del Instituto Católico de Paris, antigua directora de la revista Biblia, editada por los Dominicos de Francia, fue cofundadora, en 2009, del “Comité de la jupe” (Comité de la falda), asociación dedicada al lugar de la mujer en la Iglesia, así como de la Conferencia Católica de los Bautizados Francoparlantes. He aquí la meditación que propuso para el 5to domingo de cuaresma de 2025 en la parroquia católica de la ciudad de Niort, en el Centro-oeste del país.

La ley del más fuerte no es cosa de hoy. Pero está tomando, hoy, proporciones inquietantes: Voluntad de echar mano sobre Estados soberanos, colonización y hasta limpieza étnica, clima de sospecha hacia los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales, negación del riesgo ecológico, absolutización del dinero, discriminación asumida de los extranjeros, reducción de la persona humana a un estatus de simple consumidor, irrespeto de la palabra dada…

Es más, estas actitudes son reivindicadas por cristianos. Efectivamente, Putin y los neoconservadores norteamericanos se dicen defensores del cristianismo. ¿Pero cómo no ver que están instrumentalizando al cristianismo con fines políticos? Y, sobre todo, su cristianismo ignora su dimensión social, sólo se interesa por la esfera privada. Pero la persona es una sola, en su casa y en su vida pública. La responsabilidad cristiana es global.

¿Putin y los neoconservadores norteamericanos se dicen defensores del cristianismoCómo no ver que están instrumentalizando al cristianismo con fines políticos?

¿Si los cristianos no resisten, quién resistirá?

No es, pues, sorprendente, que los cristianos estén profundamente turbados. El objeto de estas reflexiones no es debatir sobre materias jurídicas, económicas o ambientales, se trata de buscar en qué los fundamentos del cristianismo están siendo tocados por las fallas actuales y qué resistencia espiritual se les podría oponer. Esto último me parece no sólo deseable sino indispensable. ¿Si los cristianos no resisten, quién resistirá? Son ellos los guardianes últimos de una fuente evangélica que la comunidad humana necesita más que nunca. ¿Cómo y sobre qué fundamentos resistir?

La cruz: hoja de ruta y regla de vida

La respuesta está en la contemplación de la cruz. De ella toman los cristianos sus reglas de vida. He aquí cuatro de estas reglas.

-Al dejarse clavar en la madera de la cruz, Jesús da su vida. No hay vida social, e incluso vida en sí, sin don. Sin él, es la guerra pues el otro se apoderará por la fuerza de lo que yo poseo.

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-La cruz manifiesta hasta qué punto Jesús se niega a utilizar poder alguno. Él, que no había querido hacerse rey, denuncia la opresión de un sistema de poderes en el cual todo el mundo está amarrado, cada cual ejerciendo su control sobre uno más pequeño que él. Jesús, por lo contrario, adquiere una autoridad moral considerable al volverse servidor, respetuoso de todos y atento a su libertad.

-En la cruz, Jesús se convierte en paria, en el fuera de la ley. Al tomar el lugar de los que no tienen ningún lugar, rechaza el principio mismo de la exclusión. Así, trabaja por la reconciliación de la humanidad

-Y se hace hermano de todos.

Don de sí mismo, servicio, reconciliación de la humanidad, fraternidad, he aquí la “hoja de ruta” cristiana.

Observemos que es también la de una cantidad de personas no cristianas. Numerosos países viven sobre la base de esos mismos valores, desprovistos de referencias trascendentes, y bastante bien resumidos en el lema de la república francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad. E indirectamente, esto se aplica también a la mayoría de las religiones, que tienen en común la “Regla de oro”: No hagas a los otros lo que no quisieras que te hicieran. Una buena parte de la humanidad se encuentra hoy, por tanto, ante este dilema: ¿Respetar los valores de un judeocristianismo secularizado o unirse al bando de los depredadores?

2025: ¡Borrada del horizonte, es la cruz la que está siendo puesta en cruz!

Es cierto que ni el don, ni la primacía del servicio sobre el poder, ni la reconciliación de la humanidad, ni la fraternidad reinan en el mundo. Pero estos valores son el horizonte que muchos se dan. Y, de pronto, este horizonte desaparece. ¿Cómo atravesar esta grave crisis de conciencia, esta experiencia espiritual misma? 

Los cristianos, por su parte, no pueden sino constatar cuánto el mensaje de aquel al que consideran como el Hijo de Dios está siendo apartado, puesto fuera de juego. La cruz ya no es el horizonte del mundo, sino el contra modelo. En lugar del don, se impone la rapacidad ante la ganancia, en lugar del rechazo de un poder opresor, el desprecio de los débiles, en lugar de la reconciliación de la humanidad y de la fraternidad, se imponen las discriminaciones, las exclusiones y el odio del otro. Es la cruz la que está siendo puesta en cruz, ya que se ha convertido en el lugar del sinsentido. Cuando Jesús pregunta al Padre “¿Por qué me has abandonado?”, deja adivinar, en esa soledad, el sinsentido de una muerte que quizá nunca será entendida.

Él, que ha atravesado esta muerte espiritual, invita a los cristianos de 2025, después de tantos otros a lo largo de la historia, a mantenerse despiertos, con Él, para hacer frente a la negación de los valores que les ha legado.

«Estamos ante un ‘Momento teológico’. ¿Cómo responder? ¿Cómo subsistir ante él?»

Sí, el mensaje de la cruz incluye la aceptación de todo lo que la niega. Es una crisis del sentido radical, que nos pone a prueba. En nuestra coyuntura política actual, se vive de nuevo el abandono sentido por Jesús. Como él, estamos ante un “Momento teológico”. ¿Cómo responder? ¿Cómo subsistir ante él?

La Esperanza germina sobre las expectativas quebradas y entra en acción

Es entonces que es bueno volver a dar una mirada a las riquezas cristianas. Aún si las instituciones están fragilizadas por la crisis de los abusos, aún si el pontificado actual no está en estado de lanzar las reformas necesarias, el cristianismo es, de por sí, sumamente potente. Si su fuerza viene del mensaje ético de la cruz, del cual acabamos de hacer un inventario, también consiste en no “sacarle el cuerpo” al mal sino en superarlo con un perdón siempre ofrecido.

Pero por encima de todo, el cristianismo invita a cada uno, de manera casi obsesiva, a crear, a vivir con confianza, a hacer que los talentos den fruto, a embellecer el mundo. Su capacidad de transformación es infinita. No, el cristianismo no es la religión de los débiles. Dice sencillamente: “Todo es posible pero no sin el débil”.

Si es así, a cada uno le toca recordar, alto y fuerte, la suerte que tiene de ser cristiano y la felicidad que esto le brinda. Cuidándose de un cristianismo identitario, con tendencia al “entre sí” y al encierro en el pasado, abriéndose a la dimensión universal del cristianismo.

«El cristianismo invita a cada uno, de manera casi obsesiva, a crear, a vivir con confianza, a hacer que los talentos den fruto, a embellecer el mundo»

En esta misión, las tres virtudes que fortalecen al cristiano son la Fe, la Esperanza y la Caridad. La más aguardada hoy es la esperanza. En este momento, como en otros, ésta se aprende ante la cruz. Un cristiano entra en esperanza cuando enfrenta la burla, la violencia, la fuerza bruta, y se ve en jaque ante ellas. Su esperanza germina y crece sobre sus expectativas quebradas.

«La esperanza es una virtud que se prueba con actos»

Pero esta constatación sólo es un comienzo. La esperanza es una virtud que se prueba con actos. Lo que estamos viendo en este momento impulsa a actuar, de muchas maneras, con la palabra, la caridad, la fraternidad, la inteligencia, la creatividad, la militancia, la prudencia también… Cada una es una modalidad de la resistencia esperada.

Primer paso, dar testimonio

En cuanto a mí, propondría aquí un acto inicial de resistencia. Se trata del testimonio. En efecto, el testigo es la columna de toda comunidad cristiana. Sin él, no habría ni Evangelios, ni siquiera cristianismo. Por tanto, cada cristiano es testigo, tanto por su palabra como por sus actos. Dice en qué el cristianismo lo hace vivir. Eso puede parecer insignificante. Pero es la piedra angular, el zócalo sobre el cual plantear actos concretos de resistencia.

Traducción : Yvonne Belaunde

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Post Data: Invitación –  www.chez-re-nee.com

La asociación francesa Chez Re-née ha creado una plataforma en línea para que todos los que lo deseen puedan dejar su testimonio en línea. ¿Cómo? Grabando un video de unos 2 minutos en el cual contestan a la pregunta siguiente: ¿En qué el cristianismo es bueno para mí, para la sociedad, para el planeta? La plataforma está en francés, pero se pueden dejar testimonios en otro idioma y estos serán traducidos con subtítulos.

Fuente Religión Digital

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