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«Teolog[IA] ChatGPT», por Carlos Osma

jueves, 3 de julio de 2025
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De su blog Homoprotestantes:

Ayer recibí la recensión de un alumno sobre el artículo de Agustí Borrell: Jesús de Nazaret, entre historia y teología. La verdad es que comencé a leer con mucho interés la presentación y contextualización del artículo, pero tras leer unas pocas frases ya era evidente que aquello no parecía estar escrito por un ser humano. La poca pericia de mi alumno, que probablemente utilizó una herramienta de IA que tenía un límite de palabras que debía introducir para que le hiciera la recensión, hizo que en su trabajo no apareciese ni un solo comentario sobre la última mitad del artículo. Era bastante evidente que ni se había leído el artículo de Agustí Borrell, ni su supuesta propia recensión, antes de enviármela. Quizás no tuvo tiempo: ¡qué sé yo!

La parte del trabajo donde debía hacer una valoración personal del artículo fue quizás la más decepcionante, me dieron alergia las frases compuestas tan largas y bien construidas, el lenguaje tan pomposo como superficial y tan preciso como frío. No había nada humano, nada que hubiera pasado por su experiencia, no había conexión alguna entre el texto y su vida, o la vida de las personas que tiene a su alrededor. Ninguna duda, incomodidad, crítica, nada le interpelaba; es como si las consideraciones de Agustí Borrell sobre la situación actual de los estudios sobre el Jesús de la historia, y sus implicaciones para la teología, fueran algo que no tenían nada que ver con él. Me resultaron insoportables las frases hechas, y me molestaba saber nada más empezar a leerlas cómo iban a acabar. Creer que se puede hacer una valoración personal con IA de un texto teológico, muestra una forma perversa de entender la teología, una en la que se asume que un ente ajeno a mí y a la experiencia humana, dicta como debemos comprender correctamente cosas como la vida y el mensaje de Jesús.

No es que crea que la IA no pueda ser una herramienta al servicio de la teología, lo que no comparto es que la sustituya. Ya me dijo el editor de mi libro Él Discípulo Que[er] Jesús maba que actualmente es posible generar libros realizados íntegramente con IA, siempre y cuando no se quiera aportar nada, únicamente repetir o reforzar algo que otros han dicho antes. Algo que me llevó a contestarle en tono humorístico que después de leer muchos libros y artículos de teología, o de temática cristiana, deberíamos plantearnos la posibilidad de que muchos autores lleven la IA integrada de serie.  Digamos que esta forma de teología, que yo llamo la Teolog[IA] ChatGPT, consciente o inconscientemente aceptada, nunca me ha resultado atrayente. Por muchas limitaciones y errores que tenga, prefiero la teología que parte de la experiencia compartida en el pasado, en el presente, y abierta al futuro de quien la realiza. Aunque no entienda, o no esté de acuerdo con sus conclusiones.

Después de la corrección de la recensión de mi alumno, pensándolo un poco más, llegué también a la conclusión de que en el fondo él solo había modernizado algo que se lleva haciendo desde tiempos inmemoriales, me refiero a la delegación de la responsabilidad a la hora de pensar, entender, e incluso poner en práctica, el mensaje de Jesús. La novedad está quizás en que si tradicionalmente dentro de las iglesias esa responsabilidad se confiaba al padre, el pastor, el obispo, o a cualquier institución que protegiera la sana doctrina y la ortodoxia, ahora se hace sobre un ente que parece estar más allá de lo humano, y que no está sujeto a su arbitrariedad, ni a su mala prensa. Por eso, quizás solo es cuestión de tiempo que —como los robots de seguridad a los policías chinos— la IA sustituya a nuestras mejores predicadoras, al Dicasterio para la Doctrina de la Fe católica, a la junta directiva de la Alianza Evangélica, y a todos los que tratan de decirnos qué podemos creer, quién puede creer, y cómo podemos hacerlo. Algo que por el momento no estoy seguro si será bueno, malo, o regular. Habrá que verlo. Estaremos expectantes.

Huelga decir, que mucho antes de que eso ocurra los profesores seremos —en el mejor de los casos— como la máquina de coser de mi abuela que todavía conservo en el trastero. ¿Para qué sirve la formación teológica? Si es únicamente para que nuestros alumnos repitan como loros y cotorras la sana doctrina —que no es otra cosa que la ideología teológica impuesta por quienes tienen el poder de hacerlo­— entonces el presente ya es de la Teolog[IA] ChatGPT. Si no se tiene ni siquiera la necesidad de pensar por una misma, si se tiene miedo a equivocarse, si la teología solo es algo a lo que yo debo amoldarme, y a la que por todos los medios el resto del mundo —sea o no cristiano— debe amoldarse también, entonces la Teolog[IA] ChatGPT ya ha triunfado. En poco tiempo le pediremos también que genere al nuevo profesorado, que lo cree a su imagen y semejanza. Serán mucho más baratos, dóciles, y políticamente correctos.

Antes de que llegue todo eso, podemos todavía poner en valor la teología evangélica, y no estoy hablando de la teología de una determinada confesión religiosa. Como bien decía Karl Barth «el Dios del Evangelio rechaza cualquier conexión con una teología inmovilista y estática. La teología evangélica solo podrá existir y permanecer en vigoroso movimiento, cuando sus ojos se hallen fijos en el Dios del Evangelio… la teología evangélica es una teología eminentemente crítica, porque siempre está expuesta al juicio y nunca se halla aliviada de la crisis en la que está expuesta por su objeto o, más exactamente, por su sujeto vivo» [1].  Y su sujeto vivo no es el ChatGPT.

Carlos Osma

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 El Discípulo Que[er] Jesús maba,

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Notas: 

[1] Karl Barth, Introducción a la Teología Evangélica (Salamanca: Sígueme, 2021), 28.

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad , , , ,

«Tú tienes la respuesta»

miércoles, 2 de julio de 2025
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Frente al rostro migrante de Jesús

Yolanda Chávez
Los Ángeles (USA).

ECLESALIA, 13/06/25.- Hace unos días, me regalaron un cuadro de Jesús migrante.
Lo tengo frente a mí, colgado en una pared sencilla.
No sé si soy yo quien lo mira… o si es Él quien me mira primero.

Una mirada insistente.
Como si quisiera llamarme.
Un rostro moreno, de ojos profundos. Una mirada que no huye: cuestiona, dialoga.
Una mirada triste, sí… pero cargada de una dignidad que no se doblega.

Está detrás de una cerca de alambres de púas.
Sus manos —llagas visibles— se aferran al alambre:
una a la altura de su barba, otra por encima de su cabeza.
Detrás de él, un fondo dorado. Una aureola roja lo rodea.

En estos días violentos —días de redadas, de persecución institucional, de miedo colectivo—
me acerco más a su rostro.
Le hablo, casi en susurro:
¿Conoces este sufrimiento, verdad?
Fuiste perseguido.
Arrestado.
Sentenciado.
Fuiste condenado injustamente.

Y lo sigues siendo.
Cuando esto le pasa a nuestra comunidad migrante,
también lo vuelven a hacer contigo.

Entonces le pregunto, desde mi desasosiego:
¿A dónde va todo esto?

Jesús no responde con palabras.
Pero su mirada se queda.
Sigue allí, clavada en la mía.
Firme. Compasiva. Dolida. Inquebrantable.

Y es como si me dijera, sin decirlo:
Tú tienes la respuesta.”

Por ahora mi respuesta es mirar al Cristo tras la cerca… y dejar que su mirada me sostenga hasta que vuelva la esperanza.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedenciaPuedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , ,

Aprendiendo a convertirse en una roca.

lunes, 30 de junio de 2025
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Mike O’Donnell,

La publicación de hoy es de Mike O’Donnell, miembro de Dignity/Washington y profesor de teología.

Las lecturas litúrgicas de hoy para la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo (29  de junio), se pueden encontrar aquí.

Cuando Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?«, los invitó a reflexionar sobre la atractiva percepción pública de su identidad. Los discípulos respondieron con lo que debieron ser los rumores más comunes: «Algunos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que Jeremías o uno de los profetas«. En otras palabras, la gente intentaba categorizar a Jesús, encajarlo en narrativas conocidas, darle sentido poniéndole etiquetas conocidas.

Pero entonces Jesús cambió el enfoque: «¿Y ustedes quién dicen que soy yo?«. Ya no se trataba de lo que otros decían. Ahora era personal. «Ustedes han caminado conmigo, han compartido comidas conmigo, han presenciado los milagros, ¿quién dicen que soy?«.

Es Simón Pedro quien habla, dejando de lado el ruido de la especulación y escuchando para decir la verdad: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo«.

Este momento siempre ha sido impactante en las Escrituras, pero al reflexionar sobre él recientemente, no pude evitar ver un paralelismo con la experiencia de la comunidad LGBTQ+. Al igual que Jesús, nosotros también nos debatimos constantemente entre dos cuestiones de identidad: ¿Quiénes dicen ser y quiénes somos realmente?

Ya sabemos lo que mucha gente dice. La sociedad, y desafortunadamente incluso nuestras iglesias y familias a veces, han intentado definirnos con etiquetas dañinas. Nos han llamado «confundidos«, «desordenados» e incluso «intrínsecamente malvados«. Estas palabras son profundamente hirientes. Y cuando se repiten una y otra vez, no se quedan solo en el exterior. Se arraigan en el alma, internalizándose hasta hacerse difíciles de eliminar.

A algunos nos ha costado creer que somos dignos de amor, no solo amor humano, sino amor divino. Otros han pasado años intentando reconciliar su fe con quienes saben que son. Hemos orado por claridad, por sanación, por la capacidad de ser aceptados.

Y así vuelvo a la pregunta de Jesús, no solo a los discípulos, sino a nosotros: «¿Quién dices que eres?«. Y más importante aún: «¿Quién dice Dios que eres?«.

Mi esperanza y oración es que cada persona LGBTQ+ tenga un Simón Pedro en su vida: alguien que pueda trascender el ruido cultural y decir la verdad sobre quién es. Alguien que no se base en viejos prejuicios ni doctrinas trilladas, sino que te vea con ojos de amor y perspicacia espiritual.

Pero si no tienes ese Simón Pedro ahora mismo, si nadie te ha dicho esa verdad últimamente, que sea así:

* ¿Confundido? Quizás tu camino ha sido confuso a veces. Quizás has luchado con tu identidad y tu fe. Pero no te confundas. Estás hecho de manera hermosa y maravillosa, creado a imagen y semejanza de Dios.

* ¿Desordenado? No veo desorden. Veo a alguien que lucha por la plenitud, la verdad y el amor; alguien profundamente ordenado hacia las relaciones, la comunidad y sí, incluso hacia Dios.

* ¿Intrínsecamente malo? ¡Para nada! Llevas dentro una bondad intrínseca que nadie te puede quitar. Eres un hijo amado de Dios.

Cuando Pedro hizo su declaración, Jesús respondió con una profunda afirmación. Lo bendijo y le dijo: «Esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre celestial». En otras palabras, esa verdad —la que trasciende el miedo, la confusión y el prejuicio— no proviene de la opinión humana, sino de la revelación divina.

Jesús entonces llamó a Pedro una roca y prometió que las puertas del infierno no prevalecerían.

Necesitamos ser esa clase de roca. Porque todavía hay voces que dicen hablar en nombre de Dios mientras difunden condenación. Puede que hablen en nombre de la religión, pero no debemos permitir que esas voces ahoguen la verdad. Debemos mantenernos firmes, arraigados en la dignidad, sabiendo que somos amados, llamados y bendecidos.

A quienes se sienten marginados por la iglesia o repudiados por sus seres queridos, sepan esto: la voz de Jesús sigue hablando hoy. La verdad de quién eres no se encuentra en las etiquetas que otros te asignan, sino en el amor que Dios ya ha derramado en ti. Así que, cuando el mundo se sienta abrumado por el rechazo o el odio, recuerda esta promesa: Tú eres la roca. Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ti.

–Mike O’Donnell, 29 de junio de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Seguir a Jesús”. 13 Tiempo ordinario – C (Lucas 9,51-62)

domingo, 29 de junio de 2025
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«Seguir» a Jesús es una metáfora que los discípulos aprendieron por los caminos de Galilea. Para ellos significa en concreto: no perder de vista a Jesús; no quedarse parados lejos de él; caminar, moverse y dar pasos tras él. «Seguir» a Jesús exige una dinámica de movimiento. Por eso el inmovilismo dentro de la Iglesia es una enfermedad mortal: mata la pasión por seguir a Jesús compartiendo su vida, su causa y su destino.

Las primeras generaciones cristianas nunca olvidan que ser cristiano es «seguir» a Jesús y vivir como él. Esto es lo fundamental. Por eso Lucas le da tanta importancia a tres dichos de Jesús.

Primer dicho. A uno que se le acerca decidido a seguirle Jesús le advierte así: «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza». El instinto por sobrevivir en medio de la sociedad moderna nos está llevando hoy a los cristianos a buscar seguridad. La jerarquía se afana por recuperar un apoyo social que va decreciendo. Las comunidades cristianas pierden peso y fuerza para influir en el ambiente. No sabemos «dónde reclinar la cabeza». Es el momento de aprender a seguir a Jesús de manera más humilde y vulnerable, pero también más auténtica y real.

Segundo dicho. A uno que le pide ir antes a enterrar a su padre Jesús le dice: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». En la Iglesia vivimos con frecuencia distraídos por costumbres y obligaciones que provienen del pasado, pero no ayudan a generar hoy vida evangélica. Hay pastores que se sienten como «muertos que se dedican a enterrar muertos». Es el momento de volver a Jesús y buscar primero el reino de Dios. Solo así nos colocaremos en la verdadera perspectiva para entender y vivir la fe como quería él.

Tercer dicho. A otro le dice: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios». Mirando solo para atrás no es posible anunciar el reino de Dios. Cuando se ahoga la creatividad o se mata la imaginación evangélica, cuando se controla toda novedad como peligrosa y se promueve una religión estática, estamos impidiendo el seguimiento vivo a Jesús. Es el momento de buscar, una vez más, «vino nuevo en odres nuevos». Lo pedía Jesús.

José Antonio Pagola

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«Sólo Jesús edifica la Iglesia». 29 de junio de 2025 S. Pedro y S. Pablo (C) Mateo 16, 13-19

domingo, 29 de junio de 2025
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El episodio tiene lugar en la región pagana de Cesarea de Filipo. Jesús se interesa por saber qué se dice entre la gente sobre su persona. Después de conocer las diversas opiniones que hay en el pueblo, se dirige directamente a sus discípulos: “Y vosotros, ¿ quién decís que soy yo?”.

Jesús no les pregunta qué es lo que piensan sobre el sermón de la montaña o sobre su actuación curadora en los pueblos de Galilea. Para seguir a Jesús, lo decisivo es la adhesión a su persona. Por eso, quiere saber qué es lo que captan en él.

Simón toma la palabra en nombre de todos y responde de manera solemne: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús no es un profeta más entre otros. Es el último Enviado de Dios a su pueblo elegido. Más aún, es el Hijo del Dios vivo. Entonces Jesús, después de felicitarle porque esta confesión sólo puede provenir del Padre, le dice: “Ahora yo te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Las palabras son muy precisas. La Iglesia no es de Pedro sino de Jesús. Quien edifica la Iglesia no es Pedro, sino Jesús. Pedro es sencillamente “la piedra” sobre la cual se asienta “la casa” que está construyendo Jesús. La imagen sugiere que la tarea de Pedro es dar estabilidad y consistencia a la Iglesia: cuidar que Jesús la pueda construir, sin que sus seguidores introduzcan desviaciones o reduccionismos.

El Papa Francisco sabe muy bien que su tarea no es “hacer las veces de Cristo”, sino cuidar que los cristianos de hoy se encuentren con Cristo. Esta es su mayor preocupación. Ya desde el comienzo de su su servicio de sucesor de Pedro decía así: “ La Iglesia ha de llevar a Jesús. Este es el centro de la Iglesia. Si alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, sería una Iglesia muerta”.

Por eso, al hacer público su programa de una nueva etapa evangelizadora, Francisco propone dos grandes objetivos. En primer lugar, encontrarnos con Jesús, pues “él puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestras comunidades… Jesucristo puede también romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo”.

En segundo lugar, considera decisivo “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio” pues , siempre que lo intentamos, brotan nuevos caminos, métodos creativos, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual”. Sería lamentable que la invitación del Papa a impulsar la renovación de la Iglesia no llegara hasta los cristianos de nuestras comunidades.

José Antonio Pagola

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«Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos». Domingo 29 de junio de 2025. 13ª semana de tiempo ordinario. Pedro y Pablo, apóstoles

domingo, 29 de junio de 2025
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Leído en Koinonia:

Hechos 12,1-11: Era verdad: el Señor me ha librado de las manos de Herodes
Salmo responsorial: 33:El Señor me libró de todas mis ansias.
2Timoteo 4,6-8.17-18:
Ahora me aguarda la corona merecida
Mateo 16,13-19:
Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos

Hoy la Iglesia celebra en su liturgia la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, columnas y apóstoles de la Iglesia.

En la primera lectura nos encontramos con el relato de la liberación de Pedro de la cárcel por obra de un ángel enviado por Dios. Eran tiempos de una persecución devastadora contra aquéllos que habían decidido seguir a Jesús, el Hijo de Dios; tanto así que este tiempo será recordado como la era de oro de la Iglesia, pues incontables mártires, niños y niñas, jóvenes y adultos, dieron testimonio con su sangre de la verdad de Cristo, al no aceptar la religión del imperio romano ni apostatar de su fe en el Señor Jesús.

En la segunda lectura nos encontramos con un pasaje de la despedida del apóstol Pablo a su discípulo amado Timoteo, en el cual le exhorta a dar un buen combate en la fe tal como lo ha hecho él, sin importarle las consecuencias que traiga consigo semejante actitud. Reconoce el apóstol que su fe está puesta en Cristo, quien lo fortalece en los momentos en que se encuentra prisionero en Roma, a la expectativa de lo que vayan a hacer con su vida. Espera la corona merecida y seguirá confiando hasta el final en el Señor, pues él lo seguirá librando de todo mal.

La fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo ofrece la ocasión para reflexionar, a partir del texto evangélico propuesto, sobre la confesión de fe como forma de construcción de la Iglesia.

El relato consta de una doble pregunta de Jesús a sus discípulos con su correspondiente respuesta (vv. 13-16) y de la bienaventuranza de Simón (vv. 17-19).

Las preguntas y respuestas sirven para la separación de dos categorías de personas, según la evaluación que hagan sobre Jesús. De una parte tenemos a la «gente», de la otra a «los discípulos». La gente o «los seres humanos» no captan el sentido auténtico de la actividad de Jesús. Su opinión lo coloca en continuidad con personajes del pasado: Juan el Bautista, Elías, Jeremías o uno de los profetas. Como Herodes en Mt 14,2 esta valoración puede estar entremezclada de elementos desfavorables.

Por el contrario los discípulos, de quienes Pedro es portavoz, han captado el verdadero significado de la actuación de Jesús. No solamente confiesan que es el Mesías esperado sino también que su mesianismo se origina en su filiación divina, condición que le posibilita transmitir la Vida de Dios, a diferencia de los ídolos muertos. El «Hijo de Dios vivo» se ha hecho presente en la vida de la humanidad, en una comunidad que lo reconoce el «Dios con nosotros» (cf Mt 1,23; 28,20).

Este reconocimiento recibe, a su vez, la proclamación de felicidad y dicha que hace Jesús respecto a sus seguidores de los que Pedro, gracias a su fe, se ha convertido en prototipo e imagen. Frente a la opinión de la gente, Pedro ha aceptado la revelación del Padre a los sencillos y humildes.

La originalidad de su confesión hace de Pedro y de sus compañeros, mensajeros de la fe en medio de un mundo hostil. Más allá de la historicidad sobre el nombre de su padre (aquí, hijo de Jonás, en Juan 21,15 hijo de Juan), en él se pueden detectar los rasgos de Jonás, el profeta que debió llevar la Palabra de Dios a la ciudad hostil y que, en ese intento, corrió el riesgo de ser sumergido en el mar (cf 14,30) y fue liberado de ese peligro mortal (cf 14,31).

En la Asamblea del desierto, Moisés recibió de Dios el don de la Ley (Dt 9,10; 10,4 etc.). Aquí el discípulo recibe el don de la fe en Jesús que lo convierte en elemento apto para la edificación de una nueva Asamblea, el Israel mesiánico, constituida en torno a Jesús como la Asamblea del desierto se constituía en torno a Moisés.

Se realiza entonces para la comunidad lo que se realizaba en el individuo sensato que ha colocado su cimiento sobre la roca de las palabras de Jesús (Mt 7,24-25). Los discípulos que adhieren a Jesús construyen una ciudad inconmovible, a la que no pueden derrotar las fuerzas de la Muerte o del Abismo.

Se crea de esta forma un espacio inexpugnable frente a las potencias del mal, en el que los discípulos no son sólo cimiento sino también administradores: A ellos se les han consignado las llaves y a ellos se les consigna la función judicial de tomar la decisión de aceptar o no la entrada a aquella ciudad: «Atar o desatar». Esta fórmula quiere significar una participación de la comunidad en la autoridad de Jesús.

La proclamación de la fe en Jesús por parte de Pedro, prototipo de los creyentes, es el cimiento inconmovible capaz de superar los embates de las fuerzas del Mal actuantes en la historia humana. Los que la proclaman pueden ofrecer asilo acogedor a quienes están amenazadas por aquellas fuerzas. Pueden también negar ese asilo a los que rechazan el designio salvífico. Leer más…

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29.6.25. Apártate, Satán. La dudosa, difícil y esperada conversión de Pedro (Mc 8, 27-35)

domingo, 29 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

La iglesia celebra la conversión de Pablo el 25 de enero, y ciertamente Pablo se convirtió, aunque queda queda pendiente si se convirtió al cristianismo como religión distinta o a otro tipo de judaísmo

La conversión de Pedro, en cambio, resulta más dudosa y hay diversas versiones de ella, pues no queda clara la función de Pedro como primero de los Doce y obispo de Roma, al principio de la iglesia y en la actualidad. Algunos se atreven a decir que Pedro se convirtió a un  Jesús imaginario, para tener poder sobre otros, no para quererles y servirles (tema de fondo del final del evangelio de Juan)

| Xabier Pikaza

Me interesé por el tema leyendo un libro de R. M. Fowler, Let the reader understand (=Que el lector entienda, 1991). Fowler supone (y quizá demuestra) que Pedro estuvo con Jesús, pero sin convertirse, pues queda pendiente el final de Marcos (Mc 16, 1-8), con las mujeres encargadas de convertirle, pero quizá incapaces de lograrlo.

El tema fue tan importante en la iglesia antigua que tanto Mateo, como Lucas y Juan escriben sus evangelios para decir que Pedro al fin se convirtió (como ratifica finalmente 2 Pedro). Si tanto les importa demostrarlo es que quizá no lo tenían claro,  según el texto base de Mc 8, 27-35.

El estudio de esta cuestión nos permite evitar triunfalismo y para situar mejor los riesgos de  un anti-cristianismo no sólo de Pedro, sino de otros, en la historia y actualidad de la iglesia, como intenté mostrar en Comentario de Marcos, donde expongo (y justifico) algunas ideas que. Mi reflexión no es una crítica de Pedro, sino una admirada versión de su camino cristiano,

Texto

  • 27Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo;
  • por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» 28Ellos le contestaron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas».
  • 29Él les preguntó: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy?».
  • Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías».
  • 30Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto. 31Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». 32Se lo explicaba con toda claridad.
  • Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo.33Pero Jesús se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
  • 34Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.35Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá;
  • pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

Mientras van de camino (en tê hodô: 8, 27) por la zona de Cesárea de Felipe, junto a las fuentes del Jordán, Jesús pregunta por su identidad a los discípulos. Algunos opinan que es el mismo Juan Bautista, que ha revivido, como pensaba Herodes con miedo. Es normal que le sigan identificando con el Bautista, como si fuera un continuador de su obra, y no alguien que tiene una tarea diferente y propia.

Otros identifican a Jesús con  Elías o con otro profeta, retomando un motivo comienzo del evangelio (Mc 1, 1-7).  Marcos sabe que Jesús no es simplemente un profeta final de conversión y juicio como Elías. Pero la figura de Elías, asociada a la acción de Juan Bautista, y a la esperanza de la gran transformación escatológica, le sigue acompañando hasta el Calvario, donde vuelve a plantearse el tema (cf. 15, 35). Según Marcos, Elías no es Jesús (ni Jesús le ha llamado desde la cruz, sino que ha llamado a Dios: cf. Mc 15, 33-34), pero el recuerdo de Elías le precede (cf. 9, 1-13) y en algún sentido le impulsa y acompaña. Por eso, los que dicen que Jesús es Elías (o un profeta como Elías) no le han conocido todavía plenamente, pero van por buen camino-

Pero  Pedro (=Kephas, ho Petros, con artículo: El Piedra). contesta  ¡Tú eres el Cristo! (8, 29), no un profeta de penitencia, sino un mesías político y social, dispuesto a tomar el mando sobre Israel y sobre las naciones.  En un aspecto, podemos afirmar que Pedro ha visto bien: ha sacado las consecuencias del camino anterior; ha entendido a Jesús como Cristo/Mesías y se muestra dispuesto a seguirle, pero e n una línea social (=militar) de poder, no en la que va tomando Jesús de “milagritos y sanaciones, con mucho  enfermo y loco por medio de Jesús.

Quien habla así es el “Pedro histórico” (del tiempo de la vida de Jesús, cuyo recuerdo se mantiene en las comunidades), pero es también el Pedro de la Iglesia quien, según Marcos, ha visto y confesado a Jesús como Cristo, pero no ha dado el paso para confesarle de verdad como Hijo de Hombre que entrega la vida por los hombres, como animador de un grupo de marginados, de-mentes y mujeres dudosas.

–Al oír eso, Jesús responde pidiendo a todos que se mantengan en silencio (Mc 8, 30). Ha preguntado para escucharles. Ahora les manda que callen, pues lo que Pedro ha dicho sólo puede entenderse haciendo el camino de subida a Jerusalén, para dar la vida por el Reino.   ¡Les manda que no hablen de él a nadie! (hina mêdeni legôsin peri autou; 8, 30). Este silencio que Jesús les pide puede compararse al que ha exigido a los “endemoniados”, que le llamaban “Santo de Dios” (Mc 1, 24), “hijo de Dios” (2, 12) o “hijo de Dios Altísimo (5, 7; cf. 1, 34), pues en sí mismos, desligados de la vida y obra de Jesús, esos títulos pueden tener un fondo “demoníaco”. En esa línea, Jesús pide a sus discípulos que no hablen de él a nadie, pues lo que pueden decir es falso, y va en contra del evangelio, de manera que en vez de ayudar a la causa de Dios la destruye.

Diciendo que Jesús es el Cristo, Pedro quiere decir que es más que Juan Bautista, más que los profetas antiguos, más que los simples exorcistas, con personas de duda identidad Pedro quiere un Cristo que triunfa, que tiene poder… no un Cristo que tiene que morir por amor a los hombres.   Según eso, Marcos nos sitúa ante un Pedro que, para estar de verdad con Jesús “debe” convertirse, aceptando al Cristo que muere por los demás. En el fondo, Pedro sólo quiere a un Cristo que le conceda poder sobre los otros,  un Cristo de dignidad,  poder y dinero…Por eso le critica el evangelio de Marcos, donde Jesús le dice a Pedro: Tú eres muy “piedra” pero poco cristiano.

Este Jesús de Marcos no se opone simplemente a Pedro, como persona, sino al proyecto mesiánico que Pedro ha representado y quiere seguir representando en en la primera Iglesia, un proyecto que choca con el camino de entrega de Jesús, pues en el principio de la Iglesia Pedro no ha reconocido ni acepta el sentido de de la muerte de Jesús, ni ha querido morir con él. Para decirlo con otras palabras, según Marcos Pedro fue un un “cristiano a medias”,alguien que en el fondo rechaza a Jesús, como irá mostrando el resto del evangelio.

Todo nos permite suponer que Pedro y otros discípulos habían visto a Jesús  como Cristo vencedor, un Cristo que no muere… Y así habían seguido pensando tras la muerte de Jesús. No quieren ser seguidores de un crucificado, candidatos a la derrota y crucifixión. Quieren una iglesia gloriosa, no de derrotados. Tanto Pedro como Jesús (ambos conforme a la visión de Marcos) están sacando las consecuencias de lo que Jesús y ellos han hecho hasta el momento. Pedro ha llamado a Jesús “Cristo”, y al hacerlo ha querido resituar su obra en el ámbito de las promesas y esperanzas mesiánicas de Israel.

Pedro dice a Jesús en este pasaje que ha llegado su hora y le pide que se ponga al servicio de un mesianismo triunfante israelita, que empiece ya su obra verdadera de dominio sobre el mundo. Eso es lo que dijo en el tiempo de la historia de Jesús, y lo que ha seguido diciendo en la primera Iglesia. Eso significa que, según Marcos, Pedro no se ha convertido todavía de un modo radical (en línea de evangelio, en línea de Pablo), sino que le ha seguido cerrando en la red de un mesianismo intra-israelita.

Tras la crucifixión de Jesús, Pedro toma el liderazgo del grupo y quiere confesar y presidie el proyecto de Jesús en la línea del mesianismo nacional, triunfante, de Israel; lo que él dice parece bueno, conforme a la esperanza de Israel y a las posibilidades de Jesús, en este contexto de su vida. (b) Pero el verdadero Jesús tiene otro plan y, por eso, pedirá a Pedro y a su gente que se callen, que no lo diga a nadie, pues lo que podrían decir en esa línea es falso.

Por eso, Jesús exige que no hablen a nadie sobre él (8, 30), que se olviden.Éste es uno de los textos más enigmáticos del evangelio. No que es Jesús pida que no hablen de sus milagros o de sus títulos de grandeza, como en casos anteriores  (cf. Mc 1, 44; 5, 43; 7, 36; 8, 26). Lo que pide aquí es más radical: ¡Exige a sus discípulos silencio: que no hablen de él (peri autou) en modo alguno, y se lo pide no solo a Pedro, sino a todos (autois)!

Se puede suponer que los del grupo de los Doce de Pedro  han empezado ya a hablar, como si fueran portavoces del proyecto de Jesús, como si supieran decir algo sobre su persona… como si fueran representantes  de una sociedad//iglesia de poder Pues bien, Jesús se lo prohíbe, de un modo terminante. Pueden seguir a su lado, pero sin hablar de él, sin comentar nada de lo que hace. Para que su mensaje siga adelante (y llegue de esa forma el reino), todo tiene que cambiar, todo tiene que ser diferentes, de manera que Jesús debe imponer silencio sobre su persona, hasta que le conozcan de verdad, hasta que “aprendan” a decir y a vivir conforme a su proyecto verdadero de Reino.

Ésta es la mayor descalificación que Jesús puede hacer de sus discípulos. Les ha escogido para que estuvieran con él, para expulsar demonios y para enviarlos a proclamar su Reino (cf. Mc 3, 13-19; 7, 7-13). Pues bien, ahora les manda guardar silencio, como si no fueran fiables, como si fueran incluso peores que los endemoniados, a quienes Jesús también imponía silencio (cf. 1, 9-11; 1, 25.34, etc.).

Este Jesús de Marcos impone silencio a Pedro, es decir, a la Iglesia que Pedro representaba en su momento, una Iglesia vinculada en el fondo al triunfo de Israel, más que al camino de Jesús, con su muerte y su pascua.

El Jesús de Marcos impone silencio a Pedro y a su grupo (que son los Doce), porque no han entendido su mesianismo. Pero (¡y ésta es la novedad!) sigue confiando en ellos: les lleva a su lado, con la esperanza de que un día cambiarán, de modo que puedan entenderle y hablar de verdad en su nombre, no sólo en clave israelita como hacían antes (cf. 6, 6b-13), sino en palabra abierta a todas las naciones (cf. 13, 19; 14, 9) [1].

El mandato de silencio que Jesús impone a Pedro y a los Doce ha de de entenderse desde la perspectiva anterior (antes de la crucifixión de Jesús, pero sobre todo después, al comienzo de la iglesia). Lo mejor que puede hacer este Pedro y esta iglesia d gentes como él es estar callados… no hablar de Jesús, pues hablan mal.

Jesús no quiere que otros le manipulen, ni siquiera sus discípulos, no quiere que Por eso, lo que ahora sigue, el conjunto del evangelio de Marcos es un “evangelio para Pedro” (no un evangelio de Pedro), un evangelio para que Pedro aprenda  y cambie,; un evangelio para que los partidarios de una iglesia como la de Pedro callen y se “conviertan” y pueden abandonar Jerusalén (con su tumba vacía) y seguir y encontrar de verdad a Jesús en Galilea, con las mujeres (Mc 16, 1-8.

En ese contexto, debemos recordar que Pedro y los Doce no fueron tan obtusos y negativos como aquí aparecen; ellos aceptaron a Jesús y le acompañaron, pero de un modo interesado, para obtener así el mando político sobre la iglesia y el mundo, tal como los interpreta Marcos, desde su opción eclesial.

Marcos desea “liberar” a Jesús (al verdadero Jesús) de la mala doctrina legal que le quieren seguir imponiendo Pedro y los Doce. Por eso polemiza con ellos y centra el verdadero mesianismo de Jesús en su camino de muerte, poniendo así de relieve que le mataron los mismos representantes del Israel jerárquico. Ciertamente, Marcos presenta una visión “sesgada” de la historia de Jesús y sus primeros seguidores, pero lo hace desde una perspectiva que (a su juicio, y a juicio de gran parte de la Iglesia posterior) recoge y expresa mejor la identidad de Jesús y la verdad de su proyecto de Reino.

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Fiesta de san Pedro y san Pablo

domingo, 29 de junio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 Una pareja extraña para una fiesta peculiar

Cuando Pablo tuvo un serio altercado con Pedro en Antioquía de Siria, acusándolo casi de estar traicionando a Jesús, no podía imaginar que la Iglesia terminaría celebrando su recuerdo el mismo día. (Para los interesados, el conflicto lo cuenta el mismo Pablo en la carta a los Gálatas 2,11-21). Pero estoy convencido de que le gustaría la idea: lo que pretende la Iglesia al unirlos en una celebración común no es cantar la gloria de ninguno de los dos sino celebrar la obra común que Dios llevó a cabo a través de ellos.

Pedro, el cabecilla

Entre los discípulos de Jesús, Pedro fue sin duda el más lanzado, con el peligro que eso conlleva. Era el cabecilla del grupo, el primero en hablar en cualquier circunstancia, sin miedo a reprender a Jesús cuando anuncia su pasión, sin miedo a llevarle la contraria cuando quiere lavarle los pies o cuando anuncia que todos los traicionarán. El ser tan lanzado lo sitúa también en el lugar más peligroso, y termina negando a Jesús. Pero, como él mismo termina confesando después de la resurrección: «A pesar de todo, tú sabes que te amo». No es raro que Jesús lo viese como el cabecilla natural del grupo después de su muerte.

Pablo, el hombre universal

Pero la expansión de la Iglesia primitiva es humanamente inconcebible sin la figura de Pablo. Todos hemos leído su conversión. Lo que muchos no conocen es la revelación que Dios le hizo y en la que él tanto insiste en sus cartas: que la buena noticia de Jesús no era sólo para los judíos sino también para todo el mundo; para judíos y paganos. Es cierto que a mediados del siglo I ya hay cristianos en Roma (a ellos les dirige Pablo su famosa carta), pero si el evangelio se extiende por lo que actualmente es Turquía, Grecia, quizá España, es gracias a la labor de Pablo, que recorrió miles de kilómetros y se expuso a toda clase de peligros por llevar la fe en Jesús «hasta los confines de la tierra».

El enfoque de las lecturas

La liturgia concede especial importancia a Pedro, dedicándole las lecturas primera y tercera (evangelio). A Pablo dedica la segunda. En ambos casos se destacan los aspectos de protección divina y misión.

PEDRO: PROTECCIÓN Y MISIÓN

1ª lectura: protección divina

Se expresa a través de un sorprendente milagro: Pedro, a pesar de estar encadenado y vigilado por cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, es liberado durante la noche por un ángel.

En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando de su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenla intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua, Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. La noche antes de que lo sacara Herodes, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo:
Date prisa, levántate.
Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió:
Ponte el cinturón y las sandalias.
Obedeció, y el ángel le dijo:
Échate el manto y sígueme.
Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo:
Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.

Resulta imposible no pensar en la liberación de los israelitas de Egipto, cuando el ángel marcha delante de ellos también durante la noche. Esta es la tercera vez que meten a Pedro en la cárcel, y la segunda que lo saca un ángel. Algo que llama la atención, porque otros cristianos no gozan del mismo grado de protección divina: a Esteban lo apedrean, a Santiago lo degüellan, a Pablo lo persiguen a muerte y tienen que descolgarlo en una espuerta… Por otra parte, el mismo Pedro terminará crucificado según la tradición.

Esta primera lectura, que puede provocar una sonrisa escéptica en muchos cristianos actuales, tiene gran valor simbólico. Basta pensar en los últimos Papas, atados con todo tipo de cadenas: geográficas, culturales, económicas (desde el lejano caso Marcinkus hasta los recientes escándalos del IOR), tradiciones que tienen muy poco que ver con el evangelio, y vigilados por multitud de cardenales, obispos y teólogos (más atentos que las cuatro cohortes romanas de Pedro). Buen momento para pedirle a Dios que envíe un ángel a liberar a Francisco.

Evangelio: misión

La misión se cuenta con el famoso episodio de la confesión de Cesarea de Felipe, que parte de la gran pregunta: ¿quién es Jesús? El pasaje se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente; 2) lo que afirma Pedro; 3) la promesa de Jesús a Pedro.

Lo que piensa la gente

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
― ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron:
― Unos que Juan Bautista, otros que Ellas, otros que Jeremías o uno de los profetas.

Jesús realiza una encuesta: quién dice la gente que es él. Un lector moderno con cierta cultura bíblica pensará que el resultado no puede ser más descorazonador. Para la gente, Jesús no es un personaje real, sino un muerto que ha vuelto a la vida, se trate de Juan Bautista, Elías, Jeremías o de otro profeta. De estas opiniones, la más «teológica» y con mayor fundamento sería la de Elías, ya que se esperaba su vuelta, de acuerdo con Malaquías 3,23: «Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible; reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra».

Al lector moderno le puede resultar interesante que el pueblo vea a Jesús en la línea de los antiguos profetas, en lo que pueden influir muchos aspectos: su poder (como en los casos de Moisés, Elías y Eliseo), su actuación pública, muy crítica con la institución oficial, su lenguaje claro y directo, su lugar de actuación, no limitado al estrecho espacio del culto…

Sin embargo, cuando se conoce la época de Jesús, la visión anterior resulta inadecuada. En la mentalidad popular, el título de «profeta» tiene fuertes connotaciones políticas; significa que la gente ve a Jesús como un libertador. Flavio Josefo nos ha dejado testimonio de varios «profetas» surgidos por entonces. Su visión es muy negativa, pero interesante:

«Hombre engañadores e impostores, que bajo apariencia de inspiración divina realizaban innovaciones y cambios, induciendo a la multitud a actos de fanatismo religioso y la llevaban al desierto, como si allí Dios les hubiese mostrado los signos de la libertad inminente. Félix envió caballería e infantes contra estos, matando a gran cantidad. Mayor desgracia fue la que trajo sobre los judíos el falso profeta egipcio. Efectivamente, llegó al país un hombre charlatán, que, habiéndose ganado reputación de profeta, reunió a casi treinta mil de los seducidos por él; desde el desierto los llevó al monte de los Olivos, desde donde, según decía, podía penetrar a la fuerza en Jerusalén, vencer a la guarnición romana e imponerse como tirano sobre el pueblo» (Guerra de los Judíos II, 258-263).

Este mentalidad popular del profeta como libertador político es la que comparten los discípulos de Emaús; para ellos, Jesús era «un profeta poderoso en obras y en palabras… nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel» (Lc 24,19-21).

Lo que afirma Pedro

Jesús quiere saber si sus discípulos comparten esta mentalidad o tienen una idea distinta:

Él les preguntó:
― Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
― Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Es una pena que Pedro se lance inmediatamente a dar la respuesta, porque habría sido interesantísimo conocer las opiniones de los demás.

Según Mc 8,29, la respuesta de Pedro se limita a las palabras «Tú eres el Mesías». Mt añade «el Hijo de Dios vivo». ¿Aporta algo especial este añadido? Según algunos, Pedro confesaría no sólo la misión salvadora de Jesús (Mesías), sino también su filiación divina (Hijo de Dios). Sin embargo, esta teoría no es tan clara como parece. El rey de Israel -y por tanto el Mesías- era presentado desde antiguo como «Hijo de Dios» o «Hijo del Altísimo». En el fondo, parece que Mateo no añade nada nuevo. En cualquier caso, hay un dato indiscutible: confesar a Jesús como «Hijo de Dios» ya lo habían hecho los discípulos después de verlo caminar sobre las aguas (14,33). Por consiguiente, la novedad no reside aquí, sino en el título de Mesías. En su origen, el Mesías era el rey de Israel, al que se ungía derramando aceite sobre la cabeza. Con el paso del tiempo, especialmente en los siglos II y I a.C., la imagen del Mesías fue adquiriendo rasgos cada vez más sorprendentes, como se advierte en los Salmos 17 y 18 de Salomón (de origen fariseo, no forman parte de la Biblia). De él se esperaba la liberación política de Israel y la instauración de una sociedad de justicia, paz en entrega al Señor.

Por consiguiente, la confesión de Pedro reviste una importancia y novedad enormes. Además, es importante advertir que se sitúa inmediatamente después del episodio de fariseos y saduceos, representantes del judaísmo oficial, que no aceptan a Jesús. Pedro, contra la opinión oficial, ve en Jesús al salvador del pueblo elegido por Dios.

Las promesas de Jesús a Pedro

Jesús le respondió:

― ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

Esta tercera parte es exclusiva de Mateo y es la fundamental para la fiesta de hoy. En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: «Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías». Sin embargo, Mateo introduce aquí unas palabras de Jesús a Pedro.

Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. Humanamente hablando, Pedro es un hereje o un loco. Para Jesús, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar».

Basándose en este revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la «roca» es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras «y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).

La segunda afirmación («te daré las llaves del Reino de Dios«) se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín: «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá«. Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.

¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.

Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era «el Papa«, ni gozaba de la «infalibilidad pontificia», las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. «Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo». Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.

PABLO: PROTECCIÓN Y MISIÓN

De Pablo se podrían haber elegido infinidad de textos, dada la abundancia de sus cartas y lo mucho que cuenta de él el libro de los Hechos. La liturgia ha elegido un breve pasaje, muy autobiográfico, de la segunda carta a Timoteo. A punto de morir, Pablo recuerda su intensa actividad apostólica y espera el premio prometido. Al mismo tiempo, es consciente de que siempre contó con la ayuda y la fuerza del Señor. Igual que a Pedro lo liberó milagrosamente, a él lo ha librado también de la boca del león, no milagrosamente, sino después de naufragios, azotes, apedreamientos, hambre y sed.

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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Fiesta Santos Pedro y Pablo

domingo, 29 de junio de 2025
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“En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”

Mt 16, 13-20

Jesús pregunta a sus discípulos: “-¿Quién dice la gente es el Hijo del Hombre?”  Los discípulos lo reconocen como el Mesías y el Hijo del Dios vivo.

Las dificultades, los fracasos y las crisis nos ayudan a plantearnos la vida y las opciones de una manera seria y decidida. En realidad, nos llevan a esas dos preguntas fundamentales: ¿quién soy?, ¿qué hago aquí? Dos preguntas que no acabamos de cerrar nunca, que crecen y evolucionan con nosotras. Pueden pasar temporadas como dormidas pero despiertan de vez en cuando cuestionando nuestra identidad y nuestra misión.

Jesús, que fue plenamente humano, también se cuestionó, en más de una ocasión, su identidad y su misión. Se preguntaba quién era y qué hacía y por eso preguntaba a sus discípulos: “¿Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Hoy en la fiesta de los santos Pedro y Pablo nos encontramos con un ejemplo de unidad en la diversidad. Ambos fueron apóstoles de Cristo que anunciaron la Buena Noticia de la Resurrección de Cristo, cada uno desde quien era.

Esta fiesta puede ser un impulso para preguntarnos quienes somos en esencia. También para mirar a nuestro alrededor y ver a las demás personas en la esencia que son. Y así formar una Iglesia y una humanidad en la verdad, que es Cristo.

Oremos

Danos, Trinidad Santa, la audacia de confrontarnos y cuestionar lo que somos y lo que hacemos para poder transitar nuestro camino desde la autenticidad. Amén.

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Columnas que siendo tan diferentes sostienen el mismo templo.

domingo, 29 de junio de 2025
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SAN PEDRO Y SAN PABLO

Mt 16,13-19

Hay constancia de que, ya en el s IV, se celebraba una fiesta en honor de S. Pedro y S. Pablo. No es fácil descubrir las razones que llevaron a aquellos primeros cristianos a unir en una misma celebración litúrgica, dos figuras tan distintas. Está muy clara la complementariedad de las dos personalidades.

Pedro es la figura más destacada de las personalidades el NT. Su nombre aparece 182 veces. Aun así, sabemos poco de su vida. Muchas referencias de los evangelios son acomodaciones hechas después de que se le consideró cabeza.

Pablo es la persona mejor documentada. Es el único apóstol del que podemos hacer una biografía casi completa. Los Hechos nos cuentan las peripecias del apóstol con precisiones minuciosas. Aunque se presenta como hecho fundamental de su vida la misteriosa caída del caballo, la realidad fue mucho más prosaica.

Después de estar varios años “dando coces contra el aguijón”, un buen día cayó del burro (el caballo no se menciona). Su conversión no supuso ningún cambio de actitud; pasó de ser un fanático fariseo a ser un fanático cristiano. Predicó un Jesús idealizado, poco que ver con el Jesús que Pedro conocía muy bien.

Pedro no pierde ocasión de manifestar su oposición a lo que decía Jesús. Se niega a aceptar un Jesús que tiene que ir a la muerte. En la Cena se opone a que su “jefe” le lave los pies. Un poco más tarde, en el momento más difícil para Jesús, le niega tres veces, que quiere decir que le niega absolutamente, sin paliativos.

Pablo fue un fanático de su religión, aunque desde la perspectiva de la diáspora greco-romana, que tenía su peculiaridad. Por defender el judaísmo se convirtió en perseguidor de todos aquellos que seguían a Cristo, la mayor herejía surgida del judaísmo. También su formación personal fue completamente diferente.

Pedro era simplemente un pescador, sin ninguna preparación, pero testarudo y sincero. Pablo era un intelectual. Había pasado por la universidad, que entonces era el estudio de la Ley. Uno, con su sencillez y espontaneidad judía y el otro, con su agudeza intelectual gentil, construyen la misma y única Iglesia.

Esa dificultad que tuvieron Pedro y Pablo para seguir a Jesús, puede ser de mucha ayuda para nosotros hoy. Pedro, antes de la experiencia pascual, siguió a un Jesús acomodándolo a sus ideales e intereses de buen judío. Pablo, antes de la caída del caballo servía al Dios del AT que estaba a años luz del Dios de Jesús.

La dificultad que los dos experimentaron para aceptar la figura de Jesús, hace más creíble la sincera adhesión a su persona. No sirve de nada seguir a Jesús sin haberse identificado con él. Solo después de haber superado nuestros prejuicios, estaremos preparados para aceptar el verdadero mensaje de Jesús.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

domingo, 29 de junio de 2025
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Mt 16,18 «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia«. Fragmento del Codex Sinaiticus.

Aunque es casi imposible, para leer la Palabra con una cierta novedad hay que escapar de las interpretaciones que hemos oído desde siempre porque, con frecuencia, se ajustan poco al evangelio. Una de ellas es la que dice que estamos asentados sobre la roca de Pedro y que la Iglesia siempre estará ahí. Discutible.

Lo que dice el texto que hemos leído es algo de esto: el llamado Simón, es su nombre, recibe el sobrenombre de Pedro (Petros): piedra arrojadiza, un canto del camino, un guijarro (roca, por su parte se dice lithos). Aunque adherido a Jesús, Pedro es  terco y cerril para entender los mecanismos del reino: así es Pedro. Y Jesús dice que SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARÉ MI IGLESIA.

Es decir, la Iglesia de Jesús se asienta sobre la debilidad de Pedro (y la nuestra). Y si no se hunde es porque Jesús la sostiene porque si no fuera así, hace ya tiempo que esto se hubiera acabado. Es un milagro que la Iglesia perdure cuando está basada sobre el frágil cimiento que somos nosotros. La fuerza de Jesús es la que sostiene a la comunidad cristiana. Sostenidos por él.

Esto tiene unas consecuencias decisivas para nuestra manera de entender la fe:

· Humildad: es preciso aceptar la debilidad de la Iglesia con humildad. El papa León ha pedido a los cristianos que seamos más humildes. Que, a estas alturas, andemos gloriándonos de que somos tantos y tales indica que nos cuesta entender lo básico del evangelio.

· Confianza: nuestra evidente debilidad remite a la confianza en Jesús que ha de traducirse en confianza en los hermanos. Sin esa doble confianza no puede persistir la fe de la Iglesia. Una fe asentada en la desconfianza es camino sin salida.

· Futuro: mirar hacia atrás es la manera de poner en peligro la pervivencia de la Iglesia. Y eso por la sencilla razón de que el evangelio mira al futuro, no al pasado. Una fe anclada en el pasado es un peligro para la Iglesia.

No creamos que una vivencia de la fe asentada en estas certezas se vuelve irrelevante. Todo lo contrario: la actividad social y de mediación del Papa León en estos primeros pasos de su pontificado nos hace ver que la Iglesia, si se apoya en los valores del evangelio, puede hacer una gran contribución a la mejora de la sociedad. El evangelio, no lo dudemos, es terapéutico.

Hace ya años que el teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer profetizó: «Nuestra Iglesia, que durante estos años sólo ha luchado por su propia subsistencia, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de reconciliar y redimir a los hombres y al mundo. Por esta razón las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer, y nuestra existencia de cristianos sólo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres». Pues bien, oremos y trabajemos por la justicia. Por esas sendas la comunidad cristiana se hace fuerte y tiene un horizonte ante ella.

Fidel Aizpurúa Donazar

29 de junio de 2025

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¿Quién es Jesús para mí?

domingo, 29 de junio de 2025
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Mateo 16, 13-19

¿Somos conscientes de que la respuesta debe ser tan viva que casi a diario sea nueva? ¿Nos aferramos a respuestas, o vivimos el dinamismo de la búsqueda, personal y comunitaria?

El evangelio de hoy puede dejarnos tres invitaciones:

La primera a seguir caminando conscientes de Quien camina con nosotros

Imaginarnos a Jesús caminando con sus discípulos es algo fácil porque se repite más de una vez en los evangelios. Jesús que se queda atrás, que les adelanta, que habla o va callado, pero que se interesa por lo que van hablando “por el camino” “¿De qué discutíais por el camino?” A los que iban peleándose por ser los primeros… (Mc 9, 33) o “¿De qué venís hablando?” A los desilusionados y atemorizados discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Hoy, llegando a una región considerada extranjera, Jesús se vuelve a interesar, no solo por lo que hablan por el camino sino por lo que “escuchan” mientras van de camino. Y en este caso les hace una pregunta concreta, ¿qué escucháis y que decís de mí? Abriendo con ellos un dialogo serio y vital.

Y es que muchas veces, no hay que buscar espacios o tiempos especiales, distintos, solitarios… es en la vida ordinaria, en lo que vivimos y en nuestras relaciones con los demás donde nuestras palabras, nuestras conversaciones y certezas adquieren peso y hondura.

El texto nos invita a seguir caminando, a hacernos conscientes de lo que hablamos, como espejo de lo que vivimos, por el camino de la vida. Conscientes de que mientras vamos caminando, Jesús camina con nosotros. Podemos no reconocerle como los de Emaús, durante algún trecho del camino, pero si ponemos atención terminaremos por reconocerle en multitud de signos, personas y situaciones.

La segunda invitación, a tomarnos en serio la pregunta que nos hace Jesús

Una vez conscientes de su presencia a nuestro lado, sentimos que nos invita a escuchar y tomarnos en serio sus preguntas. Quizá de entrada nos descoloquen, no nos pregunta de qué hablamos o que nos pasa, como a los de Emaús, sino por Él mismo.

¿Qué hemos oído que se dice de Él? Y esta pregunta es relativamente fácil, basta con repetir lo que hemos oído, incluso lo que nos imaginamos viendo a la gente. Hoy se oyen quizá demasiadas afirmaciones gratuitas sobre lo que dice la gente de Jesús. ¿Cuál serían las nuestras?

Pero Jesús no nos deja tranquilos tras esta lista de opiniones de otros. Y formula la pregunta definitiva, y tú, y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Intuimos que la fuerza de la pregunta ha cambiado. Ahora nos está pidiendo mirarnos por dentro, ¿qué hay en mí con respecto a Jesús? ¿Cuál es mi experiencia de caminar con Él a lo largo de mi vida? Tomarnos su pregunta en serio no es repetir una respuesta de catecismo, aquello que aprendimos, que es dogmáticamente correcto… Vislumbramos que Jesús va por otro sitio. Eso entienden sus discípulos, que sienten que la pregunta es personal, para cada uno, incluso para cada etapa de la propia vida. Que hay cosas en la vida que no se consensuan en grupo, que cada uno las descubre según su propia experiencia en la relación con Jesús. Por eso Pedro se lanza a hablar, a poner en palabras lo que él piensa de Jesús, su identidad profunda, su importancia… «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Hoy se nos invita a mirar a Jesús que camina a nuestro lado y a mirarnos por dentro, ¿cómo es mi experiencia de Jesús? En tantos años que camino con Él, ¿qué supone su vida, su presencia a mi lado, en mi vida? ¿Cómo contestaríamos a eso hoy? ¿Seremos capaces de mojarnos o seguiremos intentando escapar repitiendo lo que “otros dicen” por muy teólogos o profesores que sean, lo que dice mi grupo cristiano…? ¿Nos animamos a verbalizar lo que hoy es Jesús para nosotros?

Porque no nos sirve de nada repetir formulas hechas, si no tenemos sucesivas experiencias de encuentro personal con Jesús que transformen nuestra vida. ¿De qué sirve aprender de memoria quien es Jesús, si lo conocemos de oídas? ¿En qué espacios y tiempos gestamos la respuesta a esa pregunta? ¿Somos conscientes de que la respuesta debe ser tan viva que casi a diario sea nueva? ¿Nos aferramos a respuestas, o vivimos el dinamismo de la búsqueda, personal y comunitaria?

La tercera, a escuchar la reacción de Jesús, y abrirnos a la acción del Espíritu que cambia nuestra vida

La respuesta de Pedro, para un judío de su tiempo, es algo novedoso, una imagen distinta de Mesías a la que enseñaban en la sinagoga, a la que esperaba el pueblo, el mesías triunfante, poderoso… Una imagen nueva de Dios que cambia no solo sus ideas, sino su forma de vivir. Pedro se juega su vida, la pone en manos de Jesús en su respuesta. La reacción de Jesús puede sorprendernos. No le dice que bien piensas Pedro, cuánto sabes, que bien te expresas. No, le llama feliz, bienaventurado, porque su respuesta no es suya, es del Espíritu. Eso no es fruto de tu trabajo, te lo ha revelado mi Padre. Y por eso te daré un nombre nuevo y una misión nueva.

Las primeras comunidades han visto siempre en este texto la acción directa de Jesús que cambia a Pedro de nombre y le da una misión en su naciente Iglesia, la de guiar y sostener la fe de sus hermanos, la de perdonar y unir… la de las “llaves”. Y al mismo tiempo le asegura que “el poder del maligno”, pongámosle también otros nombres hoy, no le derrotará. Pero no olvidemos la sombra de la cruz que tanto rechazo le ha producido a Pedro al tener que entrelazarla con Jesús, mesías, Hijo de Dios. (Mt 16, 23-28, Mc 8, 33) Y es que todo es acción del Espíritu. Este cambio en Pedro y en nosotros.

¿Nos hemos abierto a esta acción del Espíritu? Sin ella no podremos conocer ni nombrar a Jesús, pero tampoco podemos reconocernos o sentirnos nombrarnos a nosotros mismos. No podremos descubrirnos como hijos y hermanos, como personas amadas y enviadas a construir el reino, a abrir y cerrar puertas a los demás… la pregunta y la contestación no es solo para Pedro. Hoy todos de alguna forma somos reconocidos, nombrados y enviados si nos abrimos a la acción del Espíritu y nos dejamos cambiar el nombre viejo, ese aprendido y defendido, por un nombre nuevo, desconocido, realizado por el Espíritu mientras vamos caminando con Jesús.

Que este domingo tengamos el coraje de abrirnos al Espíritu, abandonar la seguridad de respuestas “hechas” y expresar de verdad lo que pensamos y sentimos, lo que nos hace felices o desgraciados… y eso nos llevará, como a Pedro, a recibir un nombre y una misión nueva, a renovar y cambiar nuestra vida. Que puede empezar a ser más complicada o a tener más cercana la sombra de la cruz, pero que sin duda será más plena y feliz, como toda vida en el Espíritu. Y esto, no lo olvidemos, es un don de Dios.

Mª Guadalupe Labrador Encinas, fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Lo que se halla en juego

domingo, 29 de junio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 29 junio 2025

Lc 9, 51-62

El carácter hiperbólico -tan del gusto oriental- de las respuestas que el evangelista pone en boca de Jesús tiene una finalidad manifiesta: subrayar la prioridad absoluta de lo que se halla en juego. Carece, por tanto, de sentido una lectura literalista que se apresura a sacar conclusiones que poco o nada tienen que ver con el sentido del texto.

¿Y qué es exactamente lo que se halla en juego, aquello que hace relegar a un segundo plano valores tan importantes con enterrar a los muertos o ni siquiera despedirse de la propia familia?

El propio Jesús parece que se refería a ello con una expresión polisémica, absolutamente nuclear y característica del evangelio: el “Reino de Dios”. Con tal expresión se alude, tanto a la urgencia de construir un “mundo nuevo”, caracterizado por la vivencia de la fraternidad -uno de los ejes de todo el mensaje de Jesús-, como a la comprensión de lo que realmente somos -el “tesoro escondido” del que habla en sus parábolas-.

Una (inapropiada) lectura literalista se enreda al entrar en comparaciones entre los valores que aparecen en el relato. Pero el mensaje no va por ahí. Lo prioritario -viene a decir- es que llegues a comprender lo que realmente eres… y todo lo demás “se te dará por añadidura”.

Ahora bien, esa tarea prioritaria requiere motivación firme y dedicación constante, consciente además de que se te podrán caer todos los apoyos: no te quedará ni “una piedra donde poder reclinar la cabeza”. El camino que conduce a la comprensión de lo que somos nos irá desnudando de todo aquello que habíamos ido colocando en un primer plano. Y es justamente esa experiencia de desnudez la que nos hará anclarnos en lo realmente, aquello que somos en profundidad, lo que nunca nació y nunca morirá. Esto es lo que se halle en juego, ya que, como dijera el mismo Jesús en otra ocasión, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida(Mt 16,26).

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Apacienta -apacienta- mis ovejas

domingo, 29 de junio de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. TENEMOS VIVA MEMORIA DEL PRIMADO.

En nuestra vida hemos conocido el pontificado de varios papas y todavía tenemos reciente el recuerdo de la muerte del papa Francisco y la elección del papa León. Tales acontecimientos nos sitúan de modo más vivo ante la cuestión del Primado romano.

Vayamos un poco más allá del frívolo y periodístico tratamiento que hacemos de estas cosas: que si el papa viste así, calza de tal manera, si vive aquí o allá, si es progresista o conservador…

02. ¿EL PAPA UN JEFE DE ESTADO O UN PASTOR DEL REBAÑO DE JESUCRISTO?

Hemos escuchado en el evangelio el texto en el que Jesús elige a Pedro, -la fe de Pedro- como roca de la Iglesia.

Al final del evangelio de San Juan y a las preguntas de Jesús a Pedro sobre si le amaba. Pedro, ¿me amas? Jesús le responde a Pedro: apaciente mis ovejas. Y en otro momento Jesús le dice a Pedro: confirma a tus hermanos en la fe, (Lc 22,32).

Por los recorridos históricos el obispo de Roma ha pasado a ser un jefe de estado, pero la misión de Pedro, del papa, es la de ser un buen pastor que apacienta la Iglesia y nos anima y confirma en la fe.

Jesús no pensó en un jefe de estado, en un jefe de gobierno, sino en un Pastor que apacienta y anima la fe del pueblo de Dios.

03. PEDRO.

En la época del NT y en los primeros momentos la iglesia iba naciendo y creciendo remontándose a varias tradiciones vinculadas a un lugar geográfico concreto, y referidas a la autoridad de determinados apóstoles.

La autoridad de estos apóstoles servía para legitimar una visión teológica, un modo eclesial. Así las tradiciones más importantes invocaban la autoridad de Pablo, Pedro, Tomás, Juan, Santiago, etc… Durante algunos años estas diversas tradiciones convivieron y se fecundaron unas a otras, pero:

con el tiempo la tradición más directamente vinculada a Pedro asimiló o desplazó, al menos en occidente, a las demás tradiciones apostólicas, convirtiéndose en la tradición hegemónica, frente otras corrientes, consideradas como heterodoxas, y que por esta razón han tenido menos influencia en la historia posterior de la Iglesia

GUIJARRO, S., en: Pedro en la Iglesia Primitiva, p 17.

El obispo de Roma fue pronto primado de los obispos, el Papa de la cristiandad. A lo largo de la historia, el ministerio del Papa ha sido responsable directo de los cristianos de la diócesis de Roma, catalizador de la comunión de las Iglesia locales, impulsor de la unidad ecuménica,

03. PEDRO Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA.

La función del Sucesor de Pedro es el servicio de la unidad en la fe, que algo de eso es lo que le dijo Jesús a Pedro: apacienta, ayuda a tus hermanos en la fe.

Pablo VI fue muy consciente de la misión del papa de mantener la unidad de la Iglesia y se lamentaba cuando decía que -sin embargo- el papado es motivo de diferencias y enfrentamientos.

El ministerio de Pedro ha desembocado en -fórmulas siempre humanas- el Romano Pontífice que es para «confirmar a los hermanos en la fe» y para ayudar a hacer y vivir en unidad.

Por otra parte, mantener la unidad no es tarea fácil. El papa Francisco supo y sufrió mucho por esto y marchó de este mundo sin haber podido desplegar la diversidad, sin ver el pluralismo cristiano-eclesial, sin adaptar la Iglesia a las nuevas situaciones y problemas de la historia.

04. UNA PALABRA ECUMÉNICA

El papa Francisco, siendo arzobispo de Buenos Aires, era el delegado de ecumenismo en la Conferencia Episcopal argentina. Ya papa, Francisco dijo: tendremos mucho que aprender sobre el primado de las Iglesias ortodoxas.

Hoy la sede de Roma no puede esperar, en la pacífica

posesión de su autocomprensión tradicional, que las demás Iglesias lleguen a reconocer el poder dogmáticamente legítimo del Obispo de Roma. La sede de Pedro habrá de hacer grandes esfuerzos para llegar a un acuerdo en esta cuestión.

En defensa de esta postura hay que decir que no se puede justificar todas y cada una de las potestades de las que los papas se han hecho poseedores a lo largo de los siglos, no se puede justificar que estas potestades formen parte clara y necesariamente de la esencia dogmática del ministerio de Pedro. (Rahner, K.).

05. SAN PABLO

El 29 de junio celebramos la fiesta de los santos Pedro y Pablo. Pero dicho esto, no es menos cierto que, al final, solamente es la fiesta de San Pedro. S Pablo queda en un segundo plano, si no olvidado.

Sin embargo S Pablo fue el que llevó el cristianismo adelante y quien extendió el cristianismo al mundo pagano tanto geográfica como culturalmente.

Posiblemente si no hubiese existido “un” S Pablo, el cristianismo habría terminado siendo una secta judía más.

San Pablo es el que abrió un cristianismo judío en su origen a un cristianismo universal, abierto, libre.

06. CURSUM CONSUMMAVI ET FIDEM SERVAVI (2TIMOTEO).

Hemos escuchado en la segunda lectura un hermoso párrafo de la 2 Timoteo.

Las cartas a Tito y 1 y 2 Timoteo (cartas pastorales) son más tardías que San Pablo. Cuando se escriben estas cartas Pedro y Pablo habían muerto martirizados en Roma el año 67. Estas cartas son de tradición paulina, datan de finales del siglo I y evocan -“recuerdan”- un Pablo anciano que ha terminado el curso de su vida, ha combatido bien, ha conservado la fe y confía en el Señor también al final de su vida.

Tal vez esta pueda ser la actitud de algunos (muchos o pocos) de nosotros. Hemos recorrido el camino de la vida, hemos trabajado y conservado la fe. Hemos crecido y vivido el evangelio en el tono vital del concilio Vaticano II.

Previsiblemente no veremos muchos cambios, novedades. Ni las esperamos tampoco. Seguiremos la eclesiología de San Juan: permaneced en lo que os enseñé desde el comienzo: permaneced en mi amor. Para nosotros la mirada está en el Señor, en el Reino de Dios.

Esto no es pesimismo, sino esperanza.

He librado un buen combate, he dado fin a mi carrera, he conservado la fe. Ahora me queda esperar la corona, el final en JesuCristo. (2 Tim 4,7).

ORACIÓN DE LO

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«Pidamos por la reforma y conversión del Papado para ser una Iglesia sinodal», por Consuelo Vélez

domingo, 29 de junio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

Fiesta de San Pedro y San Pablo, Apóstoles 29-05-2025

El evangelio de hoy expresa lo que Pedro será en la Iglesia católica: garante de unidad, de sucesión apostólica, de continuidad de la fe

A Pablo por su dedicación total a la predicación, su testimonio constante, se le considerara al mismo nivel que Pedro

Actualmente es urgente una reforma del Papado, como ya lo había señalado el papa Francisco y el Documento final del Sínodo de la Sinodalidad, para que ese ministerio sea testimonio de servicio e inclusión, con menos señales de Iglesia imperial y más de Iglesia de Jesucristo

 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

+ «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?».

Ellos le respondieron:

– «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

+ «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió:

– «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y Jesús le dijo:

– «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo»

(Mateo 16, 13-19)

Este domingo coincide con la fiesta de San Pedro y San Pablo a los que la Iglesia considera fundamentales en el despliegue de la Iglesia, cada uno con características propias. El evangelio de hoy se refiere a Pedro y su confesión de fe. Seguramente este texto es post pascual, es decir, Pedro confiesa a Jesús como Cristo después de la experiencia de la resurrección. Pero esto no significa que su protagonismo no se refleje en todos los evangelios desde el inicio de su seguimiento de Jesús, al ser, muchas veces, vocero de los Doce y ocupar el primer lugar en diversas circunstancias. Además, este evangelio expresa lo que Pedro será en la Iglesia católica: garante de unidad, de sucesión apostólica, es decir, de continuidad de la misma fe.

Por su parte Pablo no formó parte de los Doce, sino que tiene la experiencia de Jesús unos 3 o 4 años después de los acontecimientos pascuales. Pero su dedicación total a la predicación, su testimonio constante, hizo que con el tiempo se le considerara al mismo nivel que Pedro.

De hecho, el libro de los Hechos de los Apóstoles dedica la primera parte a Pedro y la segunda parte a Pablo, y relata hechos similares de los dos, mostrando su importancia en el desarrollo de la Iglesia. Según los datos de este libro, se encontraron dos veces en Jerusalén y una en Antioquía, donde mostraron diferencias.

Se cree que Pedro fue asesinado en Roma por el año 64. De Pablo se dice lo mismo, aunque los datos no son muy precisos. Los primeros cristianos que conmemoraban a sus compañeros mártires, juntaron a Pedro y Pablo en la fiesta del 29 de junio, en el que se celebraba la inauguración del templo de Quirino, considerado fundador de Roma; para decir que Roma estaba fundada con la sangre de Pedro y Pablo. Lo interesante es que ellos son ejemplo de la unidad en la diversidad y así debería ser nuestra iglesia para que en verdad quepan “todos, todos, todos”, como decía el Papa Francisco y ha repetido el Papa León XIV.

Precisamente con la elección del nuevo Papa y las celebraciones litúrgicas a las que asistimos el mes pasado del inicio de este pontificado, hemos podido ver cómo se organiza la Iglesia católica y de qué manera el Papa es continuador de estos Apóstoles, piedras vivas, de la Iglesia. De todas maneras, está por realizarse una reforma del Papado, como ya lo había señalado el papa Francisco y el Documento final del Sínodo de la Sinodalidad, para que ese ministerio fundamental sea testimonio de servicio e inclusión, con más descentralización, más sinodalidad, más austeridad, reflejando más el ardor misionero de los primeros apóstoles y menos el poder y organización de una iglesia con las mismas características del Imperio. Pidamos por la reforma del Papado y de la organización eclesial para ser verdaderamente una iglesia sinodal.

(Foto tomada de: https://corazoneucaristicodejesus.blogspot.com/2011/06/pedro-y-pablo.html)

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“Jesús se hace pregunta“, por Joseba Kamiruaga Meza CMF

domingo, 29 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

El episodio evangélico de la «confesión de Pedro» está situado por Mateo en los alrededores (literalmente «hacia las partes de») de Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la tierra de Israel, en las laderas del monte Hermón, donde nace el Jordán, cerca de aquella ciudad que en su propio nombre lleva las huellas de sus orígenes romanos y de su nobleza imperial. Cesarea es la Imperial. Fue llamada Cesarea precisamente por Felipe, el tetrarca, en honor al emperador.

Y es precisamente allí donde tiene lugar la confesión que proclama a Jesús como Mesías. Es interesante observar que estamos muy lejos de Jerusalén, prácticamente en el vértice geográfico, pero también simbólico, opuesto al lugar donde se encuentra la «ciudad santa».

Es en esta zona excéntrica, periférica y paganizada donde resuena la confesión mesiánica de Pedro. De hecho, con esta statio en las cercanías de Cesarea de Filipo, el itinerario que llevó a Jesús a Genesaret (14,34), luego a las cercanías de Tiro y Sidón (15,21), luego a lo largo del mar de Galilea (15,29) y a la región de Magadán (15,39), llega a su última etapa. Inmediatamente después, el camino de Jesús tomará otra dirección, dirigiéndose hacia Jerusalén: «Desde entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén» (Mt 16,21).

En Cesarea de Filipo, Jesús interroga a sus discípulos. Y los interroga en dos ocasiones. Primero de manera indirecta, luego directa o, podríamos decir, sin escapatoria. Tras una primera pregunta genérica sobre quién dice la gente que es el Hijo del hombre, una pregunta que no interpela personalmente y no involucra demasiado a sus discípulos, les hace una pregunta de la que no pueden escapar: «¿Quién decís que soy yo?». Es más, el texto contiene un matiz adversativo: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Es decir, según Jesús, su condición de discípulos debería haberles llevado a un conocimiento diferente y más profundo de él, más allá de las habladurías y opiniones de la gente. No solo eso, en la primera pregunta, Jesús pregunta por la identidad del Hijo del hombre, quizás el título mesiánico más elevado (cf. Mt 9,6; 10,23; 16,27-28; 19,28; 24,27.30; 26,64; etc.), pero en la segunda pasa directamente al yo y la pregunta se vuelve personal, apremiante, incluso dolorosa.

Vosotros que habéis vivido conmigo, vosotros que habéis escuchado de cerca mis palabras, vosotros que habéis compartido conmigo un tramo de vida y de camino existencial, vosotros, ¿quién decís que soy yo? Jesús se hace pregunta por sus discípulos. Y Jesús nos alcanza como pregunta.

Él mismo es la pregunta que nos inquieta, que nos sacude, que no pide ser evadida con una respuesta ilusoriamente exhaustiva, sino que se repite cada día y en cada etapa de la vida. Incluso para el creyente, Jesús no es ante todo y únicamente una respuesta, o la respuesta, sino una pregunta, la pregunta.

Y precisamente este carácter interpelador de Jesús es vital, vivificante y dinamizador. Ciertamente, como una espina en la carne. Jesús es una pregunta a la que no es nada fácil responder. Como se desprende también de nuestro texto. Si a la primera pregunta de Jesús sigue una respuesta colectiva, de todos los discípulos: «Ellos dijeron» (Mt 16,14), a la segunda, que también está dirigida a todos ellos, responde solo uno, Pedro. Esta pregunta hace huir a muchos, deja mudos a muchos, opera una selección radical: esta pregunta pone a prueba a los discípulos que, antes de huir en el momento de la pasión, ya se desvanecen incapaces de decir nada. Excepto Pedro.

Pero antes de todo, los discípulos pasan revista a las identificaciones de Jesús que circulaban entonces entre la gente. El rasgo común de las diferentes identificaciones es el carácter profético atribuido a Jesús. En primer lugar, Juan el Bautista, a quien Jesús mismo reconocía como profeta, es más, como «más que un profeta» (Mt 11,9), como precursor del Mesías (Mt 11,10). Mateo señala que la multitud consideraba a Juan «un profeta» (Mt 14,5; 21,26). Ciertamente, al identificar a Jesús con el Bautista, se suponía que Juan había resucitado, ya que Herodes lo había condenado a muerte (Mt 14,3-12). Esta identificación era también la opinión de Herodes, que decía de Jesús: «Este es Juan el Bautista. Ha resucitado de entre los muertos y por eso tiene poder para hacer prodigios» (Mt 14,2).

En cuanto a Elías, la tradición bíblica lo consideraba precursor de la venida del Señor (Mal 3,23; Eclo 48,10) y Jesús lo identificó con el Bautista (Mt 11,14; 17,10-13). Solo en Mateo se encuentra la referencia a Jeremías. Este fue el profeta que vivió una verdadera pasión, sufriendo mucho a causa de la casta sacerdotal y padeciendo mucho en Jerusalén. Quizás, por tanto, en la referencia a Jeremías en relación con Jesús se esconde la alusión a la historia de contradicción y sufrimiento que esperará al Hijo del hombre en su camino, que encontrará en Jerusalén su etapa decisiva (cf. Mt 16,21).

Para otros, finalmente, Jesús es simplemente un profeta, un profeta como otro cualquiera. Pero todas estas palabras quedan en la superficie, y Jesús mismo no se conforma con ellas. Sobre todo, le interesa saber qué han comprendido de él sus discípulos.

A la segunda pregunta de Jesús, Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Pedro retoma la confesión de los discípulos que estaban en la barca: «Tú eres el Hijo de Dios» (Mt 14,33); antepone la confesión mesiánica: «Tú eres el Cristo», y añade el adjetivo «vivo». Pedro retoma del Primer Testamento la expresión que define al Dios de Israel como el «Dios vivo» (cf. Dt 5,26; Os 2,1) y, unificando la confesión mesiánica y el reconocimiento de la divinidad, compone un título único, típicamente cristiano, en el que emerge la centralidad de Jesús como manifestación de la plenitud de la vida que viene de Dios.

Pedro reconoce en Cristo a aquel que da vida a Dios en su existencia. Pedro, la piedra que se hundía en las aguas del mar de Galilea, agobiado por la poca fe y las dudas sobre quién era realmente Jesús («Si eres tú»: Mt 14,28), ahora se convierte en piedra viva (cf. 1 P 2,5) gracias a la fe, y a una fe que es por gracia, por revelación, como Jesús mismo le declarará (Mt 16,17). Del «Si eres tú» al «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» se produce un paso que no se debe a una evolución de la inteligencia, sino al don de Dios.

De hecho, Jesús responde a Pedro proclamando su bienaventuranza como depositario de una revelación desde lo alto. Jesús reconoce que Pedro se ha convertido en receptáculo de la revelación de Dios. La confesión de Pedro está bajo el signo de la gratuidad, no del mérito. Y el hecho de que Jesús llame a Pedro con la expresión aramea que contiene el patronímico, «Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17), y luego utilice la fórmula hebrea «carne y sangre», indica que esta revelación se ha depositado sobre la debilidad humana de Pedro, sobre su humanidad frágil y pobre.

Como destinatario de la revelación divina, Pedro es uno de los pequeños objetos de la benevolencia y la complacencia divinas. La bienaventuranza dirigida a Pedro se hace eco de la alabanza dirigida por Jesús al Padre «porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños» (cf. Mt 11,25).

Esta proclamación dirigida a Pedro está en la base de la afirmación sobre la Iglesia (Mt 16,18). La Iglesia nace de la gracia y del don de Dios. Una gracia y un don que Pedro ha experimentado en primera persona. La firmeza de Pedro va acompañada de la conciencia de su fragilidad y debilidad, que ciertamente no le son quitadas, como se verá en el resto del relato evangélico: la última mención de Pedro en el primer Evangelio nos lo muestra entre lágrimas después de su triple negación (Mt 26,75).

Pedro, aquí gratificado -en sentido etimológico- con una bienaventuranza dirigida nominalmente a él, no volverá a ser mencionado por Mateo en los relatos de las apariciones del Resucitado. La figura de Pedro permanece con toda su ambivalencia, que lleva a Jesús a declararlo roca y piedra de escándalo, destinatario de la revelación del Padre y de Satanás (Mt 16,23).

La afirmación de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia expresa el hecho de que la Iglesia, obra de Cristo mismo y fundada sobre su resurrección, prolonga la vida de Jesús que, resucitado de entre los muertos, da esperanza a todos los hombres. La apertura al don de Dios permite a la Iglesia contrarrestar la acción de las fuerzas del mal, dando espacio al poder de Cristo mediante la fe. La Iglesia vive de la promesa de Cristo.

Por último, Jesús habla de las llaves del Reino entregadas a Pedro y de su poder de atar y desatar (Mt 16,19). Estas palabras designan a Jesús como aquel que determina los criterios de la acción eclesial. Las «llaves» designan la autoridad (cf. Is 22,22). Jesús es el Señor y las posee y las entrega a quien lo reconoce, confiándole así la autoridad para enseñar de acuerdo con su palabra.

Si los fariseos se llevaron la llave del conocimiento impidiendo la entrada al Reino a quienes querían entrar (cf. Lc 11,52), las llaves del Reino que Jesús entrega son esenciales para que todos los pueblos entren en el Reino: «Id y haced discípulos a todos los pueblos […] enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19).

El poder de las llaves va acompañado del poder de atar y desatar, es decir, de prohibir o permitir, en el ámbito disciplinario y doctrinal. Y se convierte, en particular, en el ámbito eclesial, en el poder de perdonar los pecados, verdadero poder que narra la potencia de la resurrección.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo de los Santos Pedro y Pablo, 29 de junio de 2025

1.- Jesús se hace pregunta.

2.- ¿Quién decís que soy yo?.

3.- El primado de la fe de Pedro.

4.- ¿Quién eres Señor?.

5.- La bienaventuranza de Pedro.

6.- Llaves que abren las hermosas puertas de Dios.

7.- Una pregunta que da vida.

8.- Confesión de fe.

 Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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“Aprended de mí, dice el Señor, a acoger y a incluir”, por Joseba Kamiruaga Meza.

sábado, 28 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Me gustaría proponer tres pasajes de la Biblia, de los Evangelios, que nos ayudan a arrojar luz sobre cómo la Iglesia puede trabajar con las personas LGBTQ+ porque entiendo que en todo esto, es necesario mirar a Jesús porque Jesús es el modelo para saber cómo tratar a todos en la Iglesia y cómo hacer cualquier cosa.

1.- En Cafarnaúm, Jesús es abordado por un centurión romano al mando de cien hombres.

Este soldado le dice que su siervo está enfermo. Jesús se ofrece a ir a su casa y el hombre le dice que no es necesario, porque basta con que Él lo diga y su siervo se curará. También le explica a Jesús que tiene muchas personas bajo su autoridad, que obedecen todas sus órdenes. Jesús se queda atónito y afirma que nunca ha visto una fe así en ningún lugar de Israel. Al final del pasaje, Jesús cura al siervo del hombre.

Para la mayoría de los cristianos, esta historia muestra el poder de Jesús, capaz de curar enfermedades con solo sus palabras. Pero hay otro significado que a veces se nos escapa…

El centurión romano es completamente ajeno a la sociedad judía. No es judío. No es monoteísta. No cree en un solo Dios. Probablemente es politeísta, cree en la religión de Roma. Sin embargo, Jesús no condena a este personaje, a pesar de que no es de cultura judía, ni le pide que se convierta antes de dirigirse a Él ni como condición para la concesión del favor que le solicita. Al contrario, le escucha y se encuentra con él. Le escucha atentamente y luego le hace un gran favor, curando a su siervo.

Esta es una primera indicación de cómo Jesús trata a las personas marginadas, y creo que es una gran lección para todos nosotros, en la Iglesia y en la sociedad, sobre cómo tratar a las personas que desean encontrar a Dios y que desean tener una relación con Dios. Es exactamente lo que quiere el centurión romano: al pedir su ayuda, declara que quiere una relación con Jesús. Y Jesús le ayuda, le trata con respeto, compasión y sensibilidad.

2.- La segunda historia es la de la mujer en el pozo, o la samaritana.

En la época de Jesús, los judíos y los samaritanos estaban enfrentados por motivos principalmente religiosos. Se tiende a interpretar la parábola del buen samaritano como una invitación a ser siempre buenas personas y a ayudar al prójimo, pero esa historia tiene un significado adicional para la gente de la época porque los samaritanos eran «los otros», el grupo odiado.

En el Evangelio de Juan, Jesús se encuentra en Samaria, la región donde viven los opositores al judaísmo, y al mediodía se encuentra con una mujer samaritana junto a un pozo. Más adelante en la historia, comprendemos por qué esa mujer estaba en el pozo al mediodía, a pesar del gran calor: se había casado varias veces y ahora vivía con un hombre que no era su marido. Probablemente, por lo tanto, había sido excluida por las otras mujeres y tal vez se sentía marginada. Jesús comienza a hablarle a pesar de ser una mujer samaritana. Y, en lugar de condenarla o criticarla, escucha su historia y los dos mantienen una de las conversaciones más largas de todos los Evangelios.

También en este caso, como en la historia anterior de Cafarnaúm, Jesús trata a una persona marginada —una mujer samaritana que vive con un hombre que no es su marido— con respeto, compasión y sensibilidad. La encuentra, la escucha, crea una intimidad revelándose a ella.

3.- La tercera historia, la última, es la historia de Zaqueo —invito a interpretar a este personaje como un ejemplo, un emblema de las personas LGBTQ+ en la Iglesia— y se encuentra en el Evangelio según Lucas.

Jesús está atravesando Jericó, una de las ciudades más grandes de la época. En Jericó vive un hombre llamado Zaqueo, que es el jefe de los publicanos, lo que en aquella época significaba ser el peor de los pecadores (ser jefe de los publicanos significaba estar confabulado con los romanos, y esto hace que Zaqueo se sienta extremadamente marginado). Zaqueo es descrito como un hombre de baja estatura y es descrito como incapaz de ver a Jesús debido a la multitud. En la historia, Jesús está pasando y Zaqueo se sube a un árbol para verlo. Ese era su deseo, y para intentar cumplirlo decide subirse a un árbol, porque entre la multitud no puede verlo. Y mientras Jesús atraviesa la multitud, no señala a un líder religioso, a un rabino o a uno de sus discípulos, sino que se dirige a Zaqueo y le pide que baje inmediatamente, porque quiere quedarse en su casa. Esta es una señal pública de acogida hacia alguien que está marginado. Zaqueo baja lleno de alegría. Zaqueo baja y le acoge en su casa.

Al ver la escena, todos murmuraban. Todos los que vieron a Jesús extender su gracia a una persona marginada se enfadaron, porque extender la gracia a los marginados siempre enfada a alguien. Pero Zaqueo permanece en su lugar y dice que dará la mitad de sus bienes a los pobres y que, si ha defraudado a alguien, le devolverá cuatro veces más. Por lo tanto, se convierte. Y con «conversión» no me refiero a una terapia de conversión, de la que algunos hablan en relación con las personas LGBTQ+, sino que hablo de conversión, en griego metanoeîn: un cambio en el corazón y en el pensamiento que el encuentro con Dios siempre produce. Zaqueo, después de haber sido acogido por Jesús, vive entonces una experiencia de conversión, y Jesús le dice que, ese día, la salvación ha entrado en su casa. Una vez más, Jesús no condena ni critica a una persona marginada, sino que le da una especie de bendición pública.

Para Jesús no existe un nosotros y un ellos. Solo existe un nosotros. Jesús quería desplazar y llevar a las personas del centro a los márgenes de las periferias y del exterior al interior. Este es el movimiento de Jesús, que quería crear un único nosotros. Un sentido cada vez más amplio y profundo del nosotros, de quiénes somos.

Y los cristianos católicos LGBTQ+ también forman parte de ese nosotros. Me parece, por tanto, que existen al menos dos posiciones posibles cuando pensamos en este ministerio en la Iglesia católica o en cualquier ministerio con personas LGBTQ+. Podemos estar con la multitud que murmura al ver que la gracia se extiende a los marginados, como en la historia de Zaqueo, o podemos estar con Jesús y dirigir amor, gracia y compasión tratando a los demás con respeto y sensibilidad.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Sagrado Corazón de Jesús

viernes, 27 de junio de 2025
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EN TU CORAZÓN

Señor, enciérrame

en lo más profundo de tu Corazón.

Y, cuando me tengas ahí,

quémame, purifícame,

inflámame, sublímame,

hasta la satisfacción perfecta

de tus gustos,

hasta la

más completa aniquilación de mí mismo.

*

Pedro Arrupe

*
Orar con el Padre Arrupe. José García, S. J.

04 de mayo de 1974.

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En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola:

+ «Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?

Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».

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Lucas 15, 3-7

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La adoración amorosa y filial habita en el corazón de Jesús durante todo el misterio de la cruz. Esta adoración intenta expresarse, de la manera más realista posible, en su propio cuerpo ofrecido como víctima de holocausto y, de manera definitiva, en su corazón. Al aceptar que su propio cuerpo fuera flagelado y crucificado, pudo ofrecerlo al Padre como holocausto de adoración. Su cuerpo es lo más precioso, noble y excelente que existe en todo el universo, y al ofrecerlo a Dios proclama Jesús oficialmente sus derechos absolutos sobre toda la humanidad y sobre todo el universo.

Este sacrificio de adoración es, al mismo tiempo, un sacrificio de reparación por los pecados de la humanidad, porque Cristo en la cruz redime los pecados de los hombres. Todas las miserias de los hombres pecadores, todas las consecuencias del pecado, las hizo suyas asumiéndolas libremente. Ninguna miseria humana quedó extraña para su corazón. Las conoció todas y a todas las llevó en lo más íntimo de su corazón. Se sufre en la medida en que se ama. Por eso su misericordia con nosotros es tan maravillosa. Jesús sabía lo que hacía. Como buen pastor que conoce a sus ovejas, con sus debilidades y necesidades, sabía que ser hasta el extremo buen pastor de los hombres significaba amar la vida de sus ovejas más que la suya propia, aceptar ser el que se pone en lugar de los pecadores, aceptar ser anatema por sus hermanos y ser reducido a nada, a ser el más miserable, el más despreciado, el más rechazado. Aceptar ser «como uno ante el que se vuelve el rostro» y que tras su muerte no se respete su cadáver, se le abra el costado y le hieran el corazón. Hay, por consiguiente, en el sacrificio de la cruz un máximo de adoración y un máximo de misericordia. En el corazón de Jesús crucificado, la adoración, lejos de impedir a su corazón estar atento a sus hermanos y mostrarse deseoso de ayudarles, le permite ser verdaderamente el que salva a sus propios hermanos llevando sobre sí sus culpas, reparando por ellos y dándoles una vida nueva.

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M. D. Philippe,
Adorarás al Señor tu Dios,
Catania 1959, 68-76, passim).

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«Nada humano es indiferente al corazón», por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 27 de junio de 2025
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La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús también nos sitúa ante el corazón palpitante del Evangelio. A ese corazón radical pero en sentido etimológico: un Evangelio que brota de las raíces y permanece ligado a ellas; en otras palabras, un Evangelio más cristiano auténtica y valientemente evangélico. No hay verdadera fe cristiana y evangélica en la historia y en el mundo si no brota de una escucha radical de la Palabra, si no nace de captar y derivar la capacidad de leer el tiempo, de escuchar al Espíritu y, sólo entonces, indicar caminos y horizontes para el camino.

Cuando experimentamos un cansancio de la mirada -que seguramente es también un cansancio de la escucha- también porque a menudo hemos sumergido la raíz evangélica y la hemos enterrado progresivamente bajo nuestras fatigas, nuestras pérdidas, nuestras prerrogativas, nuestros razonamientos «correctos«, nuestros cultos, nuestras estructuras, nuestros miedos. Tal vez hemos ahogado la raíz porque le hemos puesto tanto material humano, confundiéndolo con divino, que le hemos impedido dar fruto. En nuestro afán y arrogancia por saber ya, hemos sido muy poco radicales, sustituyendo lo pasajero y no esencial por lo que está en el corazón del cristianismo: una buena relación con el Dios encarnado, una relación íntima y luego abierta al mundo, que gira en torno a Cristo resucitado.

El anuncio auténtico y genuino del Evangelio está llamado a seguir reproduciendo en el cristiano aquel corazón a corazón del encuentro con el Cristo del Evangelio. Hay, en el fondo, un corazón a corazón –cor ad cor loquitur, citando a San John Henry Newman- con el Cristo del Evangelio, con el corazón del Dios encarnado, muerto y resucitado, con el corazón del Año de Gracia del Reino de Dios. Esa es la verdadera fuente de la profecía que necesitamos, y de ahí viene la apertura al Espíritu, que luego se convierte en movimiento hacia el exterior. Nada en el mundo nos dará la bondad de Cristo, excepto Cristo mismo. Nada en el mundo nos dará acceso al corazón de nuestro prójimo si no hemos dado a Cristo acceso a nuestro corazón.

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es también una invitación, tan directa como saludable, a detenernos en la «radicalidad» de nuestro ser cristiano: que no es radicalidad de ideología ni de acción sino que es la radicalidad de acceso al corazón, es decir, la voluntad de hacernos y ser accesibles en nuestro corazón. Todo lo demás, me parece, es oropel, accesorio, secundario. Pero a menudo, en la vida cotidiana eclesial y en la espiritualidad cristiana, tendemos a confundir la floritura con la raíz de la fe.

Hace ya unos años, allá por noviembre de 2016, en una peregrinación a Tierra Santa presidí la celebración de la Eucaristía en la Iglesia del Dominus flevit. La denominación de aquella Iglesia recuerda el llanto de Jesús ante la ciudad de Jerusalén (episodio conocido como Flevit super illam es decir «El Señor lloró sobre ella» [la ciudad] en latín), como se menciona también en el Evangelio (cf. Lc 19, 41-44). El interior de aquella Iglesia está dominado por una gran ventana colocada a la altura del altar mayor desde donde se puede contemplar la ciudad de Jerusalén.

Un corazón que se conmueve y que también «puede llorar«. Para qué nos sirve un Señor… o una Iglesia así que «puede llorar«. Me pregunto tantas veces ¿para qué sirve la Iglesia? Para anunciar y dar testimonio del Evangelio en el mundo, ciertamente; pero ¿cómo? La idea que solemos tener de la Iglesia es una idea en la que solemos ver a la Iglesia esencialmente como custodia y proclamadora de verdades. Verdades que deben ser afirmadas y reafirmadas, so pena de fracasar en su misión. Y me pregunto, ante el Sagrado Corazón de Jesús, si ésta es realmente la auténtica visión de la tarea de la Iglesia. Y, sobre todo, me pregunto si éste es realmente el modo de ser fieles a la misión de Jesucristo, aspecto del que -estoy convencido- la Iglesia de todos los tiempos no puede prescindir. Es decir, a la forma en que entendió y llevó a cabo su ser Hijo de Dios.

El Hijo de Dios pasó treinta años de su vida en total clandestinidad, sin decir nada, sin proclamar ninguna verdad, sino sólo compartiendo la vida de todos. Seguramente, también educando y aprendiendo la inteligencia de un corazón que se emociona, se conmueve y llora. Lo esencial, tantas veces lo hemos dicho, es invisible a los ojos… si no son los ojos del corazón. El Hijo de Dios realizó un primer gesto público poniéndose en la fila de los pecadores para recibir el bautismo, pidiendo perdón por pecados que nunca cometió, con la única intención de hacerse semejante a los pecadores. Un Hijo de Dios que pasó por las aldeas de Galilea haciéndose cercano a los que encontraba con sus gestos de atención y de curación antes que con sus palabras. Ciertamente, es un Jesús que no retrocedía cuando había que levantar la voz contra la injusticia, contra la hipocresía, contra la mojigatería de quienes pretendían considerarse justos en detrimento de los demás; pero que ante el dolor y el sufrimiento, en todas sus formas y variantes, Jesús se quedaba sin palabras, conmovido, con el corazón traspasado, y lloraba. Él lloró, como lo ha hecho, lo hace y lo hará todo el mundo. Y actuaba y hablaba como sólo Él podía hacerlo, entregando amor y devolviendo la vida.

¿De qué sirve un Dios con un corazón que llora? ¿De qué sirve un corazón tan compasivo como tan impotente? Probablemente es la misma pregunta que se hacían, y respondían, los que gritaban bajo la cruz «¡Baja y te creeremos!«. Si quieres que te creamos, ¡baja de la cruz! Si quieres ser un dios útil, un dios que nos importe, ¡debes bajar de ahí! Debes decirnos la verdad frente a la muerte; no puedes dejarnos a merced de nuestro sufrimiento, de nuestro dolor. No podemos pensar que un Dios que muere, un Dios que llora, un Dios que grita ‘Padre por qué me has abandonado’, nos sirve realmente para algo.

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús me recuerda también que no siempre tenemos una palabra. Y que tampoco tenemos la «última» palabra –tamquam definitive tenendam– que explique y agote el misterio. Y, sin embargo, sí hay un corazón en el que cabe todo, alegría y dolor, risa y llanto,… Sí hay un corazón capaz de conmoverse mostrando un amor y compartiendo y comunicando vida.

El Sagrado Corazón de Jesús es para mí una imagen entrañable. Era la imagen querida de mi difunta madre, su devoción más devota, emocionada y sentida. Era la imagen que presidía el salón de la casa que hacía de lugar de encuentro familiar. Es la imagen que también me recuerda en otra forma de ser Iglesia. Porque coincide con la manera que Jesús eligió para ser el Hijo de Dios en la tierra. No un Dios que resuelve nuestros problemas, no un Dios que nos pone en la cara soluciones fáciles para ser creídas intelectualmente, sino un Dios que se hace compañero de itinerario, que no nos aparta del vacío, del sinsentido, del abandono que nos coge cuando nos toca la muerte, sino que nos tiende la mano para que los atravesemos no solos sino junto a Él; que los experimentó primero y por eso es creíble, incluso cuando nos susurra al oído que todo esto no es la última palabra. De un Hijo de Dios en el que todo lo humano encontraba eco en su corazón.

Y sigo soñando con una Iglesia así, no sólo de palabra: una Iglesia que sepa dejar entrada en su corazón aquello sublimemente humano y divino; que sepa ser compañera de viaje, presencia que comparte y comprende cada situación humana, con pocas verdades pero mucha compasión en el corazón y mucha esperanza en la mirada, en las manos, en los labios; que sepa no decir sino hacer experimentar a cada ser humano, preferiblemente con sus gestos y cuidados, lo que significa que Dios no abandona y que se hace compañero de cada itinerario porque todo encuentra eco en ese corazón sabio porque es un corazón abierto y traspasado.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Algunas reflexiones sobre el Sagrado Corazón de Jesús.

1.- El Maestro es el corazón.

2.- El corazón, lugar del combate espiritual.

3.- Nada humano es indiferente al corazón.

4.- A la medida del Sagrado Corazón de Jesús.

5.- Las fiestas del realismo de la encarnación… cuerpo… sangre… corazón.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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¡Sobran las palabras, no el Espíritu Santo!

jueves, 26 de junio de 2025
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Del blog de Alfonso J Olaz El Rincón del Peregrino:


¡Bienaventurados los
humildes!
que para sí no quieren nada
porque convencerán con su testimonio y serán voz libre

Bienaventurados los que saben perdonarse
porque aceptaran a todos con su perdón
Y amaran sin limitaciones, ni pena

Bienaventurados los que aceptan sus limitaciones
porque dejarán actuar al Espíritu Santo
Y harán su Voluntad

Bienaventurados los que crean en el amor de Dios
Porque el Salvador les hará de los suyos-
y sabrán discernir y actuar en todas las situaciones de la vida

¡Señor!

Hazme humilde para perdonarme
Perdonándome para amarte en todos
para con todos, ser parte de lo que tú quieres

Que no quieres otra cosa, que te reconozca como pobre y crucificado
Para reconocerte como el resucitado en mi vida y en la de todos!

Y si esto lo acepto, comenzaré a cumplir tu Voluntad
para ser libre y conocer tu Verdad

Del Evangelio a la vida

De la Vida al Evangelio

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