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Domingo VII del Tiempo Ordinario
19 febrero 2023
Mt 5, 38-48
La radicalidad de la que hablábamos la semana anterior parece llegar al extremo en la doble fórmula que da título a este comentario: amar a los enemigos y ser perfectos. ¿Realmente es algo que se puede pedir a los seres humanos?
El amor a los enemigos únicamente es posible desde la comprensión experiencial de lo que somos. Gracias a ella, podemos reconocer que cada persona hace en cada momento lo mejor que sabe y puede. Por lo que el mal o daño que se hace es siempre fruto y consecuencia de la ignorancia (entendida, no como falta de inteligencia, sino como no saber lo que realmente somos). Más aún, la comprensión nos muestra que, hablando con propiedad y desde el nivel profundo, no hay nadie que haga nada. De manera similar a como los personajes del sueño creen ser actores, pero el único hacedor real es la mente del soñador, aquí también creemos ser sujetos de los actos, pero el único sujeto real, que merece ese nombre es la consciencia (la vida o la totalidad).
La comprensión, por tanto, hace posible el amor al enemigo, porque incluso nos impide verlo como “enemigo”. Sigue siendo, también él, no-otro de mí. Sin embargo, esto no quita que nuestra sensibilidad reaccione al daño recibido, sobre todo en circunstancias que lo agravan o lo hacen particularmente doloroso. Es legítimo, por tanto, el sentimiento de enfado, rabia e incluso ira. Lo que hará la comprensión será evitar que nos apropiemos de tales sentimientos, alimentándolos y eternizándolos. Habremos de acogerlos, entender su porqué… y soltarlos.
En cuanto a la “perfección” de que habla el texto, me parece importante destacar dos cuestiones: por una parte, en el plano profundo -y mirando desde ahí-, todo es perfecto: “y vio Dios que todo era muy bueno”, como dice el libro del Génesis; por otra, en el plano de las formas -en concreto, de nuestra personalidad- la “perfección” es imposible, ya que todo lo humano es imperfecto. En este caso, perfección significa completitud, es decir, la capacidad de aceptar nuestra realidad completa, con sus luces y sus sombras. La persona capaz de aceptarse a sí misma con toda su verdad es la persona “lograda”, unificada, armoniosa, humilde, comprensiva y compasiva…
Comentarios desactivados en El que es incapaz de perdonar, es incapaz de amar. Marin Luther King
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- Conclusiones desde las bienaventuranzas.
Acogemos las derivaciones que Jesús extrae de las bienaventuranzas del sermón de la montaña.
Hoy San Mateo nos presenta el núcleo central de la moral de Jesús: el amor incluso a los enemigos: «amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian«.
Vivir en esta actitud de respeto y amor supone una gran calidad humana y cristiana. La ética de Cristo en resumen es únicamente esta: vivid en y desde el amor.
Decía K. Rahner que la Iglesia únicamente debiera proclamar el amor como pauta de comportamiento. Las normas concretas para la vida las extraería el cristiano fiel.
Podríamos sintetizar el cristianismo desde el evangelio de hoy: Se os dijo: cumplid con la ley, pero to os digo: amad incluso a los enemigos…
Algunas consideraciones sobre el amor y el perdón:
02.- El amor es lo más importante de la vida.
Probablemente el amor es la cuestión más importante de la vida. El amor nos es necesario en todas las etapas y situaciones de la vida. Después, el amor revestirá diversas modalidades según las etapas de la vida, según las circunstancias, los problemas, etc.
Desde niños hasta la muerte necesitamos querer y ser queridos: en la adolescencia, en la juventud, en la madurez, en el matrimonio, en el celibato en todas las etapas de la vida es absolutamente necesario el amor.
Podemos vivir sin dinero, sin libertad, incluso sin justicia, pero no podemos vivir amablemente sin amor. El amor es lo que hace que vivamos equilibrada y serenamente.
Las crisis de afecto producen grandes desequilibrios en la persona humana. Y las crisis y heridas son más profundas cuanto más íntima es la relación que se rompe.
03.- Cristianismo y amor.
Ser cristiano es tener experiencia de amor. Quien no tiene la experiencia del amor de Dios y del amor humano es muy difícil que sea cristiano, porque ser cristiano es experimentar que Dios nos ama y que la vida vale la pena desde el amor. Puede que una persona sea un excelente religioso: cumplidor estricto de todo lo establecido como los fariseos y los sacerdotes del templo, o como el joven rico y el letrado que habían cumplido todos los mandatos desde la infancia. Pero eso no es ser cristiano. Cristianos son el hijo pródigo, Magdalena, la hemorroísa, Zaqueo, la oveja perdida, etc.: personas que han tenido experiencia del amor y del perdón.
No nos cansemos de sentirnos queridos por Dios.
04.- El perdón es un proceso psicológico-espiritual complejo.
A veces el amor reviste forma de perdón. En ciertos momentos, amar es perdonar.
Pero todos somos conscientes por experiencia de que a veces no es sencillo perdonar; es difícil la reconciliación. Seguramente que en nuestra vida familiar hay problemas de este tipo, miremos igualmente a la situación social, bélica que estamos viviendo. Caín y Abel se repiten en la historia.
El perdón requiere tiempo, aunque el mero paso del tiempo por sí mismo no resuelve nada.
En el perdón entran en juego todas las facultades psíquicas, afectivas y espirituales, que tratan de ver la realidad sufriente en la que se está viviendo.
Una situación de rencor, de odio no es que sea solamente mala moralmente, sino que hace daño a todos, daño personal, daño social, daño incluso psico-físico. El odio no es solamente algo religiosamente malo, sino que crea situaciones y personas psíquicamente enfermas.
Perdonar hace bien, sana. El perdón es un proceso que comporta un cambio de actitud afectiva y racional. Lo que pasó no tiene vuelta atrás. Lo que pasó, pasó. Tal vez tenga alguna reparación, pero lo que pasó, queda incrustado en nuestra existencia y personalidad.
Ahora ya, se trata de sanar, -sanear- viejas emociones con actitudes positivas de empatía, si es posible de compasión y benevolencia.
A veces hemos oído o leído: “el pueblo no perdona”, “ni olvido ni perdono…”
El que perdona tampoco olvida, recuerda pero desde otras profundidades. El que perdona recuerda desde el corazón. Se puede recordar desde la venganza, desde el odio pero también se puede recordar desde el amor: perdón.
El perdón no arregla el pasado, pero alivia el presente y mejora el futuro.
05.- Poner razón en la pulsionalidad del odio.
A veces perdonar es poner un poco de razón en la pulsionalidad del odio. Los impulsos brotan casi inconscientemente. Pero somos animalesracionales. Sabemos que es difícil evitar la pulsión instintiva del odio. Ante viejas cuestiones familiares, políticas, eclesiásticas, etc. hace bien poner un poco de razón, inteligencia en la vida. Ser razonables y, cuando menos, aparcar tales cuestiones y al menos pasar al respeto mutuo.
Decía Martin L King que: el que es incapaz de perdonar, es incapaz de amar.
06.- Padre, perdónanos
Tal vez nos haga bien poner nuestro pasado, nuestro recuerdo corrosivo, nuestros recorridos en la vida en manos del Señor, sin más. Dejar estar nuestra existencia en manos de Dios y de la vida.
A veces basta con mirar al crucificado y evocar en nuestro interior: Sus heridas nos han curado (1Ped 2,25). Eso sana nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.
Recordemos esperanzadamente desde la memoria de Cristo.
Padre, perdónales –perdónanos- porque no saben lo que hacen
Comentarios desactivados en “El habla De Dios”, por Ramón Hernández
De su blog Esperanza radical:
De tanques y tractores
Tremenda y muy arriesgada la reflexión que hoy se nos plantea debido a que podría llevarnos a conclusiones realmente revolucionarias. Porque, si decimos que hubo un tiempo en que Dios habló a su pueblo y que ahí están los libros que contienen su voz, emitida hace ya tantos siglos y recogida en las Escrituras, entonces es difícil entender una supuesta mudez suya actual, equivalente para algunos a su muerte, como si se hubiera ausentado para siempre de nuestras vidas y, dada la evolución radical de las costumbres y de los pensamientos humanos, como si se hubiera dado media vuelta y nos hubiera confinado en la más absoluta indigencia intelectual y afectiva. Pero la verdad palmaria de cada cosa y de cada acción humana, que tan claramente nos proyectan su presencia, hacen que su voz no se apague nunca. Un supuesto silencio actual suyo requeriría un cambio substancial en el ser y en el obrar de un Dios que, habiendo sido antaño tan celoso de su pueblo, se muestra hogaño indiferente a su postración y a su sufrimiento.
Pero si decimos que Dios sigue hablándonos a través de cuanto acontece en cada instante de nuestras vidas, entonces se desencadena la intriga de saber qué nos está diciendo y de si su palabra actual rubrica o descalifica la de tantos profetas que se erigen en portavoces suyos. Teniendo en cuenta lo esencial y partiendo del hecho de que Dios no puede desdecirse, que su voz es siempre la misma, porque no puede cambiar ni un ápice su forma de proceder, debemos confiar en que sigue vivo junto a nosotros y en que está interviniendo de alguna manera en cuanto somos y hacemos. De ahí que nuestra gran preocupación, en vez de fijarse en si nos sigue hablando, debe ceñirse a qué nos está diciendo realmente en nuestro tiempo y a discernir si sus supuestos portavoces nos transmiten realmente su voz o persiguen otros intereses. De hecho, la fe revierte siempre en una oración que es conversación amistosa con un Dios que nunca se cansa de hablar con nosotros.
No deja de ser curioso y hasta contradictorio que la Iglesia de nuestro tiempo, o más bien sus jerarcas y doctores, sostengan que la Escritura, que es la palabra de Dios, se cerró con el último libro canónico del Nuevo Testamento, pero que nosotros debemos estar atentos a los dictados actuales del Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús que la sostiene y la guía. Pero no son las suyas revelaciones dictadas al oído, como algunos suponen que ocurrió con las Escrituras, sino mensajes que nos transmiten los llamados “signos de los tiempos”, ambigua denominación que, en boca de los aprovechados oportunistas de turno, lo mismo vale para un roto que para un descosido. Pero, en el fondo, nos queda la duda de si Dios habla o calla en nuestro tiempo.
De no hablarnos, puesto que el eco de su antigua voz es poco menos que indescifrable e incluso resulta imperceptible, estamos definitivamente perdidos, pues nunca seremos capaces de dar razón por nosotros mismos de nuestra propia vida y, lo que es más importante, de esbozar siquiera un horizonte que ilumine el recorrido humano. En otras palabras, por nosotros mismos no seremos capaces más que de decapitar la vida al confinarla en la sinrazón y la náusea. Pero si realmente nos habla, debemos apretarnos los machos, primero, para captar su voz y, segundo, para responder al diálogo que siempre provoca, sin olvidar en ningún momento que lo que hoy nos dice debe estar en completa armonía con lo que nos dijo ayer, habida cuenta en ambos casos de las circunstancias de lugar y cultura en que su voz toma cuerpo, pues la suya no puede ser más que una única palabra.
Si los cristianos decimos que esa palabra se llama Jesús de Nazaret, el judío que predicó en Palestina y el Cristo que sigue vivo entre nosotros, lo primero que debemos preguntarnos es qué es lo que realmente conserva de ese mismo Jesús la Iglesia de la que nos consideramos miembros. Para no entretenernos con menudencias e ir directamente a lo más determinante, cabría preguntarse a bocajarro si quien proclamó abiertamente que su reino no es de este mundo podría estar conforme con que hoy su Iglesia sea y se comporte como Estado, presidido por una especie de vicario-rey, rodeado de una corte de príncipes, y que dicha Iglesia esté formada por comunidades de seguidores establecidas en territorios gobernados por una especie de señores feudales. ¿Pudo Jesús sospechar siquiera o incluso temer que sus seguidores se organizarían en una estructura de poder tan férreo y atosigante como el que realmente ejercen los papas, los cardenales y los obispos sobre el pueblo de Dios? Si la respuesta es obviamente negativa y que todo ello ha obedecido a la necesidad imperiosa de ir acoplando el mensaje evangélico a los tiempos, la conclusión obvia sería que también hoy debemos seguir en esa línea, aunque sin las fijezas y fidelidades con que nos anclamos a costumbres y procedimientos forzosamente cambiantes y efímeros. Seguir en la misma línea requiere únicamente acoplar el mensaje cristiano a los tiempos actuales, tiempos en que, por ejemplo, las monarquías absolutas y las tiranías de cualquier pelaje están fuera de lugar, razón por la que son rechazadas de plano como sistemas válidos y legítimos de gobierno de los pueblos.
Si de las estructuras jerárquicas saltamos al lenguaje en sí mismo, deberíamos tener muy en cuenta que este evoluciona para no seguir grabando a fuego en la mente del cristiano terminologías hoy extrañas por obsoletas. ¿Seríamos capaces de entablar hoy una guerra por aquilatar conceptos tan complejos y distantes como los de “naturaleza” y “persona” a la hora de proclamar en nuestro Credo que el Dios de nuestra fe es Trinidad porque en él hay tres “personas”, pero que, a la postre, se trata de “un” solo Dios, porque sus tres personas tienen una única “naturaleza”? ¿Debe todo esto tener alguna repercusión en la vida de los cristianos de nuestro tiempo? Y, sin embargo, el “misterio” de la Trinidad, misterio que no debería serlo tanto al haber sido desvelado tan claramente por la inserción en él de los términos filosóficos de persona y naturaleza, sirvió en el pasado no solo para construir sobre él un emporio de dogmas y un baluarte de espiritualidad, sino también para ser utilizado como punta de lanza para pronunciar excomuniones y dictar condenas a morir en la hoguera.
Todavía no hace mucho, al discrepante y al contrincante se los tildaba fácilmente de “herejes”, igual que hoy se los tilda de “fascistas. ¿Qué lenguaje utiliza hoy el Espíritu de Jesús para hablarnos? Solemos decir que lo hace a través de “los signos de los tiempos”, pero la triste realidad es que los signos de nuestro tiempo apuntan claramente a la guerra, a la eliminación de los contrincantes y a la muerte por hambre de millones de seres humanos, procedimientos perversos que los cristianos debemos erradicar partiendo del hecho evidente de que vivimos en un mundo con recursos suficientes para que todos podamos llevar una vida digna, construida sobre la libertad y la justicia. De ahí que esos mismos signos tengan hoy un clamoroso timbre denunciador en demanda de conversión personal y de cambio de rumbo social.
Y, si del lenguaje pasamos a las costumbres, ¿condenaría hoy Jesús a las adúlteras de nuestro tiempo cuando en vida encontró la manera de perdonar a cuantas se cruzaron en su camino? El hambriento come, el leproso se cura, el ciego ve, el cojo anda y, en general, el pecador se arrepiente. Tales eran los signos y los prodigios con que él acreditaba su proceder mesiánico para implantar en la tierra el reino de Dios. ¿Acaso era Jesús un ser fantasmal venido de otro mundo o un filósofo sabio, un gran matemático, un sobresaliente general de algún ejército, un destacado constructor de templos o un rico comerciante de especias? Por fortuna para todos, no fue más que un sencillo judío devoto y fiel, ungido por la gracia de Dios, de quien recibía la fuerza con que obraba las maravillas con que justificaba su poder y su obra. Ateniéndonos a cuanto de él nos cuentan las Escrituras, nos enseñó a cambiar nuestra forma de ver el rostro de un Dios que había sido, y aún sigue siéndolo para muchos en nuestro tiempo, duro como el pedernal, insaciablemente vengativo, terriblemente celoso y cruel más allá de todo lo imaginable, capaz de infligir terribles castigos “eternos” por nimiedades, para contemplarlo gozosamente como un hacendoso hortelano, que cuida y mima los lirios del campo, o un bondadoso padre, que no desespera de que su hijo díscolo retorne un buen día al hogar paterno.
Aunque para el cristiano no haya otro camino que el de la cruz de Jesús, de seguir sus pasos, todo en su vida ha de volverse positivo por la fe que profesa creyendo en el Dios que él predica. Por muchas vueltas que le demos al hecho de ser cristianos, no hay más camino que el recorrido por el judío que todo lo hizo bien, generoso en el perdón y dedicado de lleno a mejorar la vida de cuantos le rodeaban y escuchaban. Incluso su muerte por sedición, en el seno de un pueblo atenazado por un poder extranjero y sometido al juego sucio de manipuladores de la ley, salvó realmente a “su” pueblo, pueblo del que los cristianos formamos parte. En vida y muerte, él cumplió la voluntad de su Padre y bebió hasta la última gota amarga de su cáliz en beneficio de su pueblo, de todo pueblo.
Sin la menor duda, el Espíritu Santo, el espíritu de Jesús, nos habla hoy a través de los acontecimientos que entretejen y cincelan nuestras propias vidas. Hay en este mundo nuestro muchas guerras y hambres a las que todos los cristianos, como una piña, debemos poner remedio sirviéndonos de cuantos recursos y fuerzas tengamos. De estar persuadidos de que esa es la voluntad que Dios nos manifiesta a través de los signos de nuestro tiempo, podemos llegar muy lejos en el logro de tan encomiable cometido. El tirano que subyuga a unos y el codicioso que imposibilita la vida de otros deberían ser denostados como se merecen en el seno de nuestras comunidades. Son precisamente ellos los que convierten esta hermosa vida nuestra en un purgatorio y, seguramente, en el único infierno que nos acecha o que de hecho nos engulle. Desde luego, no me cabe la más mínima duda de que el Espíritu de Jesús nos está gritando con fuerza, a través de los signos de nuestro tiempo, que es mucho mejor vivir amándonos que odiándonos y que nuestros mortíferos tanques deben “convertirse” en vivificadores tractores.
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Yunuen Trujillo
La reflexión de hoy es de la colaboradora de Bondings 2.0, Yunuen Trujillo, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el VI Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
“No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas. No he venido a abrogar, sino a cumplir”. (Mt 5,17)
La primera vez que vi una imagen religiosa en un libro no religioso, me sorprendió. Mientras hacía algunas lecturas obligatorias para una clase de ciencias políticas en la universidad, me encontré con una pintura de Moisés. Allí estaba él, en una montaña, sosteniendo las tablas de los Diez Mandamientos. Había visto la imagen cientos de veces, pero nunca en un libro escolar no religioso; fíjate, esto fue antes de que Texas y Florida comenzaran a intentar convertir las escuelas seculares en cristianas.
Moisés es, sin duda, uno de mis personajes favoritos de las Escrituras Hebreas. Después de haber sido criado de la manera más privilegiada, descubre que en realidad pertenece al grupo que consideraba “los otros”. Es testigo de la injusticia cometida contra los hebreos, su pueblo, y finalmente es exiliado. Más tarde, Dios lo llama a liberar a su pueblo. Después de enumerar todas las razones por las que no es la mejor persona para hacerlo, se embarca en una misión, a pesar de todos sus miedos y dudas. Se las arregla para sacar a su pueblo de Egipto, y vagan por el desierto. Eventualmente, Moisés se dio cuenta de que para coexistir en paz, todos tenían que seguir algunas reglas, leyes inspiradas por Dios. También nombra a un grupo de sabios para que sean jueces y representantes del pueblo, y lo ayuden a gobernar.
¿Por qué les hablo de Moisés? Porque es importante darse cuenta de cuán entrelazadas a veces están las leyes religiosas y civiles. Moisés fue una figura de referencia para muchos de los primeros filósofos políticos modernos. Algunos se inspiraron en lo que creían que era un patrón de gobierno representativo en la historia de Moisés. Otros, sin embargo, creían que el gobierno representativo debería ser completamente secular. Para ser claros, soy un defensor de la separación entre la iglesia y el estado, pero la verdad es que las leyes civiles y la política han sido, y aún lo son, en gran medida moldeadas por creencias religiosas. Al mismo tiempo, las creencias religiosas suelen estar moldeadas por nuestra comprensión cultural y sociopolítica del mundo. En los Estados Unidos de hoy, nuestras diferencias políticas son más una diferencia en teología y nuestra comprensión de cómo Dios quiere que sea el mundo.
Todas las lecturas litúrgicas de hoy se enfocan en el concepto de “la ley”. Cuando Jesús dijo que no vino a abolir la ley sino a cumplirla, se refería claramente a la ley religiosa de su tiempo: no tenía ningún interés en luchar contra el Imperio Romano. Tampoco estaba tratando de abolir a Moisés o la ley establecida por él. Sin embargo, al enseñarnos que la mayor ley es amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos ya Dios, desafió muchas ideas preconcebidas de su tiempo. Cuestionó las reglas —tanto religiosas como no religiosas— que discriminaban a los marginados, incluidas las minorías sexuales y de género.
Hemos recorrido un largo camino desde donde existió Jesús, pero todavía queda un largo camino por recorrer.
Para aquellos de nosotros en los países desarrollados, una declaración como esta puede no parecer revolucionaria. Incluso puede sonar decepcionante porque «homosexualidad» sigue siendo el término elegido para referirse a las personas LGBTQ. Sin embargo, debemos recordar que nuestra Iglesia es global y los hermanos LGBTQ en muchos países todavía sufren persecución y criminalización en formas que otras naciones (en su mayoría) han dejado atrás. Además, el poder y el alto perfil del papado hacen que esta declaración sea importante. Su mensaje es un recordatorio para la sociedad de que Dios está con nosotros en la comunidad LGBTQ.
Más recientemente, en una conferencia de prensa durante el vuelo, el Papa también dijo que las personas LGBTQ somos hijos de Dios, que Dios camina con nosotros y que condenar a personas como nosotros es un pecado. Incluso en los círculos seculares, estas declaraciones tienen un gran impacto.
Regocijémonos entonces en el movimiento del Espíritu Santo a través del Papa Francisco, pero recordemos también que es el Espíritu Santo —no el Papa ni ningún otro líder— quien está moviendo a esta Iglesia y al mundo entero de una manera más amorosa, inclusiva, y dirección de bienvenida para las personas LGBTQ. El Espíritu Santo viene a recordarnos a todos las enseñanzas de Jesús y a ayudarnos a construir lo nuevo. No estamos aquí para abolir lo viejo, sino para perfeccionarlo gozosamente.
—Yunuen Trujillo (ella/ella), 12 de febrero de 2023
Comentarios desactivados en Camino en la esperanza.
Mañana no será como ayer.
Pero contigo Señor,
miro hacia adelante con confianza.
Sé que el mundo que conozco
va a tener que cambiar.
Acabar el despilfarro, la contaminación, la explotación
significa menos opulencia
y menos exotismo.
Sé también que cambiar de vida,
cambiar de corazón,
es ir hacia más felicidad.
Tú me invitas a no ver el cambio
como una renuncia,
sino como una llamada a más vida,
una llamada a inventar un nuevo mundo,
un mundo compartido,
lejos de la esclavitud del haber y del poder.
Vuelto hacia el otro y la belleza del mundo.
Vuelto hacia Ti.
Señor, contigo,
camino en la Esperanza.
*
Élise Bancon
revista Prier 11/2011
***
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– [“No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.] Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. [Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.]
Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. [Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.” Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.]
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: [ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo.] A vosotros os basta decir “si” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.”
*
Mateo 5,17-37
***
Respecto a la totalidad que nos manifiesta la sabiduría, las formas provisionales necesariamente se encuentran ligadas al principio de la coacción, de la constricción, y la constricción no es la ley del corazón. Esta condición de la existencia es una condición dura y ha que vivirla con la esperanza de que un día pasará este mundo, anclado en el pecado. Tenemos que preparar aquel mundo y, dentro de lo posible, anticiparlo ahora entre nosotras, sabiendo que se trata de una breve lluvia benéfica, de un fugaz rayo solar, ya que la verdadera estación esta por llegar Debemos, de alguna manera insertar la levadura futuro dentro del presente. Esta es nuestra tarea, en lo pequeño y en lo grande. Estas son las nuevas formas propuestas clara y límpidamente, can la maravillosa y misteriosa música de las palabras evangélicas: <<Habéis oído que se dijo, pero yo os digo».
Nos encontramos en esta oscilación y es muy importante vivirla conscientemente, sin bandazos, sin fanatismos místicos que destruyen la antinomia de este mundo provisional, y sin mundanalidad —enorme en numerosos cristianos—, sino integrando las dos dimensiones y convirtiendo las palabras de la sabiduría en principio normativo de la saciedad, en regla de vida social.
Ninguna sociedad responderá jamás, hasta que salgamos de este mundo transitorio, a las esperas y esperanzas que brotan de lo profundo. La respuesta que nos viene del Espíritu es una respuesta que brilla en el futuro, y sólo llega a nuestros días el reflejo de la luz.
Comentarios desactivados en “No a la guerra entre nosotros”. 12 de febrero de 2023. 6 Tiempo ordinario (A). Mateo 5, 17-37.
Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.
También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él para hacer la vida más justa y fraterna.
Por eso, según Jesús, no basta cumplir la Ley, que ordena «no matarás». Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata cumple la Ley, pero, si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.
Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos, proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.
Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.
No es este un hecho que se dé solo en la convivencia social. Es también un grave problema en el interior de la Iglesia. El papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de «cristianos en guerra contra otros cristianos». Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: «No a la guerra entre nosotros».
Así habla el Papa: «Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?». El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que «todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis».
Eclo 15,16-20: No mandó pecar al hombre Salmo responsorial 118: Dichoso el que camina en la voluntad del Señor 1Cor 2,6-10: Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria Mt 5,17-37: Se dijo a los antiguos, pero yo les digo
Las lecturas de este domingo tienen como fin hacernos ver cómo Dios actúa en medio de la humanidad, nos permiten comprender la lógica de Dios, nos revelan la manera en que Dios salva al ser humano del pecado, entendiendo el pecado como esa tendencia presente en el interior de la persona que la lleva a encerrarse en sí misma, en sus propios límites humanos, sin poder abrirse a la experiencia infinita de salvación traída por el mismo Dios.
La primera lectura, del libro del Eclesiástico, desarrolla el tema de la libertad que posee el ser humano para elegir lo bueno o lo malo, la vida o la muerte. Somos libres, y «condenados a ser libres» de alguna manera. No podemos abdicar de nuestra responsabilidad. Ante nosotros tenemos las grandes opciones, las grandes Causas, esperando que nos decidamos. «Muerte y vida» están ante nosotros, al alcance de nuestra mano, por la vía de una opción ineludible.
Si en nuestra vida dominan el mal y la muerte, y con ellos el sinsentido y la desesperación, hemos sido advertidos: podemos hacer de nuestra vida una cosa u otra, gracias al poder de la libertad que se nos ha dado, la capacidad de elegir la muerte o la vida, y con ello, la capacidad de convertirnos en vida o en muerte. La capacidad de hacernos a nosotros mismos. Es uno de los misterios más grandes de nuestra existencia, el misterio de la libertad.
En el fragmento de la carta a los Corintios que hoy leemos, Pablo habla, de pasada, de «una sabiduría que no es de este mundo», que procede de otro mundo, que está en otro mundo, el mundo de Dios, que es un mundo «superior», situado literalmente encima del nuestro. Es el mundo superior que los filósofos y sabios del mundo cultural helenista han «imaginado» (no deja de ser una «imagen») para explicar la realidad, y que ha resultado ser una imagen genial, que parece expresar una explicación natural y obvia del mundo, que será acogida por casi todas las culturas subsiguientes (hasta la época moderna).
Y es un conocimiento escondido, inalcanzable, que nada tiene que ver con los saberes de este mundo, y que pertenece sólo a Dios y a quienes Él quiera revelarlo… Es la visión «gnóstica», de la «gnosis» o «conocimiento», un conocimiento divino que pasa a fungir como símbolo del principal bien salvífico: participar de ese conocimiento que salva es el objetivo de la vida humana, porque ese conocimiento es el que salva a la persona al hacerle tomar las decisiones adecuadas en su vida, las decisiones que le hacen caminar el camino de Dios. Es la misma tradición de «la Sabiduría», ya presente en el Primer Testamento, por influjo también helenista. Pablo se mueve en ese mismo ámbito de pensamiento y en esa misma cosmovisión griega de los dos mundos, o dos pisos, uno arriba (el de Dios y los suyos, o el de las Ideas, según Platón) y otro abajo (el de los humanos, o el de la materia corruptible según Platón).
Hoy continuamos leyendo el evangelio de Mateo, en secuencia consecutiva con los fragmentos proclamados en los domingos anteriores. Es el sermón de la Montaña, que comenzó con las Bienaventuranzas, y que continúa con la exposición de las exigencias de la Ley de Moisés (Torá), explicadas por Mateo, que está escribiendo para una comunidad de judíos que se han hecho cristianos, obviamente sin dejar de ser judíos, como ocurrió por lo demás con todos los cristianos. Tenemos pues que caer en la cuenta de que esta re-presentación de la Ley en el evangelio de Mateo está escrita para esa comunidad concreta, que difiere no poco de las nuestras. Obviamente, tiene también un valor universal, pero debe saberse la peculiaridad de esta comunidad, para no hacernos «judaizar» innecesariamente a todos los demás.
Pero, además de esa peculiaridad del evangelio de Mateo, todo el evangelio tiene otra peculiaridad significativa en este campo de lo moral, de la Ley, y es semejante a la que hacíamos notar respecto a la lectura anterior, la de Pablo sobre el conocimiento salvífico o gnosis. La moral vendría a ser también una especie de conocimiento gnóstico: es una voluntad, divina, superior, venida de fuera, desde arriba, desde «el segundo piso», que tenemos que tratar de escuchar en esa dirección. Es una moral «heteró-noma», una norma ajena, venida de fuera, y de arriba, a la que nos tenemos que someter. Someterse a esa ley es el sentido de la vida humana.
La moral, los preceptos, los mandamientos… con su constricción sobre la vida humana, y la consiguiente amenaza de pecado y de condenación, han sido uno de los frentes clásicos de fricción de la religión con el mundo moderno. Durante todo el mundo antiguo, configurado con los patrones del autoritarismo, los imperios, el feudalismo, las monarquías absolutas… el ser humano aceptaba «como lo más natural del mundo» que el «mundo de arriba» era estructuralmente como el de aquí abajo, es decir, un mundo donde está Dios sentado en su trono (como el emperador o el rey o el señor feudal aquí abajo), con su séquito de cortesanos y servidores de la «Corte celestial» (como en la Corte de cualquier rey humano), vigilando el mundo para que se cumplan las órdenes que desde allí se dictan.
San Ignacio de Loyola, como hombre todavía del medievo en su cosmovisión, lo refleja ejemplarmente en su explicación global del sentido de la vida humana, en su meditación central, la del Principio y fundamento (con su castellano medieval): «el hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados» (Ejercicios espirituales, 23).
No inventó nada nuevo ahí san Ignacio. Expresaba -antológicamente, eso sí- la visión medieval y premoderna de una cosmovisión salvífica estructurada en dos pisos, uno superior (no sólo porque está encima, sino porque es absolutamente superior en su naturaleza), y otro inferior (temporal, pasajero, corruptible, peligroso…). Del piso de arriba viene todo: el Ser, el Amor, la Verdad, la Belleza… y la moral. Una moral pues absolutamente heterónoma, indiscutible, abrumadoramente inapelable, y en ese sentido fácilmente perceptible como constringente y ciegamente obligatoria, ajena a toda explicación justificativa, y en ese sentido opresiva.
El mundo moderno cambió radicalmente. El Ancien Regime del autoritarismo, imperialismo, de la obediencia ciega, del sometimiento omnímodo y a-racional se acabó. Los imperios, reinos y monarquías se acabaron, y aparecieron las repúblicas y las democracias, y los derechos de los ciudadanos (que ya no súbditos). Una moral exterior, pre-establecida, superior, sin justificación, inapelable… es sentida ahora como sofocadoramente opresora.
Con el advenimiento de la modernidad, en todos los campos, el mundo de arriba -el segundo piso que genialmente configuraron los helenistas, con Platón a la cabeza- desaparece, como que se evapora. No hace falta que sea negado, sino que la ciencia, con sus avances, cada día lo desplaza hacia atrás, replegándose en favor del descubrimiento de que todo funciona «etsi Deus non daretur», como si Dios no existiese. El cristiano moderno -el que no sigue viviendo con su cabeza en el mundo premoderno medieval- no puede aceptar aquella visión escindida en dos mundos, por muy espiritual que se presente, sino que pasa a vivir en un mundo nuevo, un mundo único, en la única realidad, sin dos pisos superpuestos.
Esta transformación ya es una realidad en la cultura moderna -por más que muchos cristianos y no pocas religiones sigan viviendo escindidamente entre la vida real de la calle y la vida espiritual dualista de sus representaciones religiosas-. Por eso, muchos cristianos se sienten retrotraídos al mundo de sus abuelos cuando escuchan este tipo de discursos morales «heterónomos», como si continuaran existiendo unos preceptos caídos de lo alto, revelados, y por eso mismo indiscutibles, incuestionables, a los que sólo cabría someterse acríticamente como súbditos del Rey del cielo (de un segundo piso). Leer más…
Comentarios desactivados en No matar, no adulterar, no jurar (12.2.23. Mt 5. Dom 6 TO)
Del blog de Xabier Pikaza:
Dejo a un lado el tema de la vigencia de la ley antigua y el divorcio, para centrarme en los tres motivos centrales del evangelio de hoy (Mt 5, 17-35): asesinato (destrucción de vida ajeja), adulterio (destrucción de matrimonio ajeno) y juramento (apelar a Dios de un modo falso).
Éste es un evangelio fuerte y lo comento con palabras de mi libro de Mateo.
NO MATAR (Mt 5, 21-26)
5 21 Habéis oído que se ha dicho a los antiguos: “No matarás; el que mate será reo de juicio22. Pero yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo de juicio”. Pues el que llame a su hermano imbécil, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame renegado/invertido, será reo de la gehena de fuego.
‒ 23 Pues si llevas tu ofrenda ante el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; y entonces, volviendo, presenta tu ofrenda. 25 Intenta reconciliarte con tu adversario pronto, mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. 26 Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último cuadrante [1].
Jesús pasa por alto los mandamientos de tipo más religioso (no tendrás otros dioses frente a mí, no te harás ídolos…), propios de Israel, para insistir en los de tipo ético, que tienen un carácter universal, de forma que pueden aplicarse a todos los seres humanos, conforme a la segunda “tabla” del Decálogo (cf. Ex 20, 1-11; Dt 5, 7-15). Lógicamente comienza con el homicidio, que es el pecado que aparece con más fuerza a lo largo de la Biblia, desde la muerte de Abel (Gen 4) hasta la de Jesús, asesinado por las autoridades legales de su tiempo. Desde el trasfondo de la Biblia, el hombre aparece como un ser que puede matar a otros seres humanos, de manera que la primera la “ley” se establece para impedirlo (Gen 9, 6; Ex 30, 13; Dt 5, 17) [2].
Jesús retoma una larga tradición bíblica centrada en el “no matarás”, que aparece ya en la legislación noáquica (de Noé), tras el diluvio, como ley universal, para todos los pueblos: «El que derrame sangre de hombre, su sangre será derramada por hombre; porque a imagen de Dios él hizo al hombre» (Gen 9, 4) Pues bien, Mt 5, 17-26 profundiza en el homicidio, pero no en un plano de ley, promulgando con más fuerza el talión (cf. Mt 5, 28-32), sino situando el tema en un plano anterior, que es el de la ira (ovrgh), que está en la raíz del homicidio, insistiendo en el riesgo de enojarse en contra su hermano (5,22o` ovrgizo,menoj tw/| avdelfw/| auvtou/), retomando así el motivo de fondo del pecado de ira de Caín contra Abel (Gen 4, 4-16). De manera sorprendente, Mateo nos sitúa ante el principio de la violencia homicida, que es la “ira”, la raíz mala del pecado, de la que se ocupan los apocalípticos (4 Esdras, 2 Baruc) y Pablo. La solución no es matar al homicida, sino superar la ira, esto es, el rechazo del prójimo [3].
Ésta es la visión que Pablo ha formulado en claves más teológicas (paso de la ira de Dios al perdón del pecador: Rom 1-3) y Mateo más sociales. Ésta ha sido la experiencia clave de los primeros cristianos, que han ido descubriendo con Jesús que ellos pueden superar la ira (la violencia homicida interior), para convertir la vida en encuentro personal con el hermano. Éste es el tema que irán desarrollando, desde diversas perspectivas, las antítesis siguientes, especialmente las dos últimos: superar el talión, amar al enemigo. Estos son los elementos básicos de esta primero antítesis:
‒ Principio: no airarse contra el hermano. Un proyecto de fraternidad (5, 22 a). El tema fundante es la superación de la ira, el movimiento interior de enojo contra el hermano. Por eso, el punto de partida ha de ser la limpieza interna, la transformación del corazón (lo que Dios quería de Caín en Gen 4): Que no se deje dominar por la “mordedura” de la rabia interna. Jesús condena expresamente la ira contra el hermano (tw/| avdelfw/|, 5, 22), que, en un primer momento, es el compañero de comunidad o iglesia (el co-judío o co-cristiano). Pues bien, desde la perspectiva de Gen 4, con Abel y Caín como símbolo de la humanidad y desde Mt 25, 31-46 hermano es cualquier hombre o mujer que está a tu lado, en especial el pobre.
Un tipo de judaísmo había marcado la importancia de la fraternidad nacional, con elementos de elección, tradición y cumplimiento legal; pues bien, superando ese estrechamiento, Jesús insiste en la fraternidad más alta, fundada en Dios Padre y abierta a los excluidos sociales, sin nación establecida. Sin duda, el hermano puede empezar siendo el correligionario, pero a la luz del alcance universal del mal deseo (ira), en el contexto también universal del “no-matar” (que supera los límites nacionales), parece evidente que hermano es cualquier hombre o mujer a quien puedo ofrecer o negar mi ayuda (cf. Mt 25, 31-46). En esa línea, este pasaje nos sitúa ante la tarea suprema y más honda de la fraternidad, sobre un mundo donde el ser hermano se ha vuelto objeto de “ira/enojo” que lleva a la muerte. En esa línea, se trata de pasar del cainismo antiguo (Gen 4) a la afirmación mesiánica: vosotros, todos, sois hermanos (Mt 23, 8) [4]
La palabra hermano toma un sentido extenso, en un plano personal, social y familiar. Antes que elemento religioso ella es un momento esencial de la vida humana, que se expresa de formas diversas (en familia y pueblo, en religión y humanidad). Todo el evangelio de Mateo se despliega en torno a este motivo de la fraternidad, de fondo judío y dimensión universal. Mateo sabe que el primer pecado consiste en “airarse” contra el hermano, que es, por un lado aquel que está más cerca (miembro del propio clan o grupo) y que por otro cualquier hombre o mujer (en línea de universalidad).
‒ Homicidio verbal (5, 22 b): airarse contra el hermano y llamarle raka (~raka,, frívolo, quizá invertido sexual) o môre (mwre,, loco/imbécil). El primer insulto consiste en despreciar al hermano, diciendo que carece de valor, que es una nulidad, despreciable, tanto en un plano mental como físico o moral, invertido u homoxexual, en forma de desprecio[5]. Tratar así al hermano es lo mismo que “matarle” en un plano personal, de manera quien comete ese pecado debería ser llevado al juicio del “sanedrín”, es decir, de la asamblea social que regula la vida de la comunidad. Dando un paso más, el que llama a su hermano “môre”, que podemos traducir como necio/loco, en sentido personal y religioso, aparece como digno de la “gehena del fuego”, es decir, del castigo de aquellos que son expulsados de la asamblea de Israel, condenados para siempre [6].
Este homicidio verbal es más que un gesto de ira interior que Jesús condenaba en 5, 22a como principio de los males; es una “ira hecha palabra”, un insulto que descalifica al otro, negándole la dignidad y expulsándole así de la comunidad que se expresa y despliega en forma de palabra compartida. Allí donde se insulta al hermano o se le niega la palabra se está cometiendo un homicidio. Entendido así, este pasaje nos sitúa en el contexto de una comunidad judeo-cristiana, de lenguaje y simbolismo básicamente judío. Una de las palabras condenadas es raka, de origen arameo; la otra es môre, es de origen griego, y, a pesar de lo dicho, no es fácil distinguir su sentido, pero es claro que ambas son insultos que destruye la dignidad de la persona. La condena (sanedrín, gehena) nos sitúa en un contexto judío, y aparece en forma de talión (juicio de la comunidad…); se trata de una “condena simbólica”, que Jesús ha puesto de relieve, desde una perspectiva judeocristiana, insistiendo en la gravedad del “pecado” verbal, en línea de talión. Como seguiremos viendo, las dos últimas antítesis (5, 38-48) nos llevan a superar ese plano de talión.
‒ Reconciliación más que sacrificio (5, 23-24). Si cuando llevas tu ofrenda al altar… Conforme a una visión religiosa muy común (pre-, extra-cristiana), debemos ofrecer cosas a Dios (toros y corderos, aceite y flor de harina, monedas de impuesto), llevándolas al templo donde los sacerdotes las reciben, las consagran y en parte las consumen. Pues bien, conforme a este pasaje, de origen claramente judeo-cristiano, Jesús no ha rechazado de manera directa las ofrendas dirigidas a Dios, pero dice que ellas son secundarias. Leer más…
Comentarios desactivados en Dijo Jesús “no juréis” (Mt 5) y sin embargo juramos (CEC 2154). Contra los juramentos en la Iglesia
Del blog de Xabier Pikaza:
Ofrecí ayer una visión de conjunto de Mt 5, 17-37. Hoy me ocupo de los juramentos (Mt 5, 33-37). Jurar ha sido y sigue siendo ocasion y lugar de pecado para las iglesias.
Jesús no juraba, sino que decía “si o no” porque así es la palabra de Dios. Pablo, en cambio, parece que juraba, pensando quizá que, con sus juramentos, por Jesús y en contra de sus adversarios, defendía a Dios, sin pensar que con ello iba en contra de Jesús. La iglesia posterior siguió jurando, en una línea de AT, también en contra de Jesús.
Estoy convencido de que, para ser fiel a Jesús,la iglesia debe abandonar los juramentos (a pesar de lo que dice el CEC). No todos estarán de acuerdo con mi exposición y mis argumentos. Pero estoy seguro de que en este campo nos estamos jugando el futuro del cristianianismo.
| X Pikaza Ibarrondo
INTRODUCCIÓN. CEC Y CLERECÍA DE SALAMANA
Yo no me había fijado en el tema, a pesar de que había escrito un par de libros sobre Mateo, en el que Jesús dice taxativamente que no juremos, hasta que el año 1992 J. Ratzinger y Juan Pablo II promulgaron el problemático Catecismo de la Ecclesia Católica (CEC) donde exponen brillantemente el tema (num. 2150-2155), sacando conclusiones que a mi juicio van en contra de Jesús, apelando sin razón a Pablo:
2153Jesús expuso el segundo mandamiento en el Sermón de la Montaña: «Habéis oído que se dijo a los antepasados: “no perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos”. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno… sea vuestro lenguaje: “sí, sí”; “no, no”: que lo que pasa de aquí viene del Maligno» (Mt 5, 33-34.37; cf St 5, 12). Jesús enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra. La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones.
2154Siguiendo a san Pablo (cf 2 Co 1, 23; Ga 1, 20),la Tradición de la Iglesia ha comprendido las palabras de Jesús en el sentido de que no se oponen al juramento cuando éste se hace por una causa grave y justa (por ejemplo, ante el tribunal). “El juramento, es decir, la invocación del Nombre de Dios como testigo de la verdad, sólo puede prestarse con verdad, con sensatez y con justicia” (CIC can. 1199, §1).
2155 La santidad del nombre divino exige no recurrir a él por motivos fútiles, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran hacerlo interpretar como una aprobación de una autoridad que lo exigiese injustamente. Cuando el juramento es exigido por autoridades civiles ilegítimas, puede ser rehusado. Debe serlo, cuando es impuesto con fines contrarios a la dignidad de las personas o a la comunión de la Iglesia.
Éstos números del CEC recogen una larga tradición de iglesia que ha jurado y ha exigido que se jure (en una línea de AT, como en los tribunales USA). Pero, a mi juicio, no responden a la intención más honda de Pablo a quien apelan, y además van directamente en contra del mensaje y de la vida de Jesús.
Este Catecismo (CEC 1992) dice cosas muy buenas, pero en varios puntos no responde al evangelio de Jesús, como yo sentí aquel año cuando, como profesor de la UP de Salamanca debía proclamar el Juramento Anti-modernista. Leí bien el juramente (sentí que era obsesivo y ofensivo) y cuando, en la gran ceremonia de la Clerecía del Espíritu Santo, vestidos de gala académica de varios colores, debíamos jurar, salí discretamente del lugar sagrado, de manera que algunos me preguntaron después si estaba enfermo.
LECTURA DE MATEO 5, 33-37. ¿POR QUÉ DICE JESÚS NO JURÉIS Y JURAMOS?
Los cristianos de cierta “responsabilidad” deben jurar con cierta frecuencia: Deben jurar los profesores para enseñar teología o religión cristianas, igual que los que asumen los que asumen cargos o responsabilidades de iglesia.
El tema es serio. Jesús dice que no juremos, que los juramentos (¡poner a Dios como testigo de una verdad humana, apelar a él para resolver nuestros conflictos!) es algo que viene del Diablo (del Maligno), porque Dios es afirmación (sí si, no no)… y el diablo la duda y mentira. Por eso, cuando la Iglesia pide a alguien que jure está dudando de él, sospechando de su verdad
El AT incluye cientos de juramentos… (Lev 19, 12; Num 30, 3; Dt 23, 22.). En el mismo NT parece que Pablo jura y jura muchas veces, como si no hubiera escuchado a Jesús, diciendo “no juréis”. Y para colmo el mismo evangelio de Mateo (23, 16-22), en otro lugar, sin duda por instigación de cristianos que no estaban conformes con lo que había dicho Jesús, ofrece unas “aclaraciones sobre juramentos buenos y malos”, que parecen matizar lo dicho en 5, 33-37. Eso indica que a la Iglesia antigua le costó ya mantener la doctrina de este texto central del Sermón de la Montaña:
Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso» (no perjurarás) y «Cumplirás tus votos al Señor». Pues yo os digo que no juréis en absoluto: [ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo.] A vosotros os basta decir «si» o «no». Lo que pasa de ahí viene del Maligno (Mt 6, 33-37).
El juramente aparece así como como un medio de “control” religioso: poner a Dios como testigo de algo, hacer que alguien invoque sobre sí el castigo de Dios para el caso de que no diga la verdad. Es una forma de utilizar la religión para ejercer un control social (la sociedad te obliga a jurar) y personal (de conciencia: alguien que jura tiene miedo de que Dios le castigue si no cumple su juramento). En esa línea jura y perjura Pedro, diciendo que no conoce a Jesús (cf. Mc 14, 66-72 par)
Contexto y contexto. Las antítesis de Mt 5, 17-48.
El evangelio de Mateo, que ha crecido en diálogo con el judaísmo legal, ha trazado en forma de antítesis las relaciones entre un tipo de judíos y cristianos. En este contexto se entienden las seis antítesis que son para Mateo una aportación específica de Jesús al judaísmo. Quizá más que antítesis se podrían llamar síntesis, porque en general no niegan la ley anterior, sino que la profundizan.
(a) Mt 5, 21-26. No matar… no airarse. Lo que se dijo a los antiguos (¡no matar!) es para Jesús insuficiente. No basta con evitar el asesinato externo, sino que es necesario que los hombres superen todo tipo de ira y violencia contra el prójimo.
(b) Mt 5, 27-30. No adulterar → no desear mal. Para Jesús la maldad del divorcio no empieza en el hecho externo, sino en el mal deseo del corazón, que se deja llevar consciente y voluntariamente por la intención de “apoderarse” de una persona que vive otra realidad de amor y de familia.
(c) Mt 5, 31-32. Ley de divorcio → no divorciarse. La ley permite el divorcio, para regular el orden social. Jesús va más allá de la ley y pide fidelidad plena a un varón y a una mujer (aunque el texto de Mt modula esa fidelidad, suponiendo que veces no existe ya, no hay matrimonio).
(d) Mt 5, 33-37. No perjurar… → no jurar. La ley exige mantener el juramento, como acto religioso (pues Dios mismo es quien avala los juramentos). La prohibición de Jesús (¡no jurarás!), matizada por el mismo Mt en otro contexto (Mt 23, 16-22), tiene un sentido básicamente religioso: Dios no está ahí para avalar los juramentos, sino que tiene valor en sí mismo, por encima de ese tipo de palabras sagradas. La verdad religiosa del hombre se sitúa en el plano de la vida profana, sin necesidad de introducir una palabra religiosa (de juramento) para ratificar por ella las relaciones humana.
(e) Mt 5. 5, 38-42. Talión (ojo por ojo) → no violencia. La Ley se sitúa en un plano de oposición, suponiendo que para vencer el mal hay que aplicar otro mal (ojo por ojo). De esa forma, la ley se sitúa en la línea del juicio, con la violencia que ello implica. En contra de eso, Jesús quiere que la vida de los hombres sea experiencia y expresión de gratuidad, renunciando de esa forma a la violencia.
(f) Mt 5, 43-47. Amor al amigo → al enemigo. La ley aplica el talión en el campo de las relaciones humanas, dividiendo a los hombres en amigos y enemigos (en buenos y malos para mí). En contra de eso, Jesús presenta la vida como don creador, que puede abrirse a todos, superando la división de amigos y enemigos. En el fondo de las antítesis se expresa la oposición entre la ley (que sostiene lo que existe a través de la fuerza y la venganza) y la gracia (que entiende la vida como fidelidad personal y amor activo). En sentido estricto, el Jesús de las antítesis no va en contra de la ley, ni discute sus implicaciones (como hará la tradición rabínica de la Misná), sino que (a no ser en el caso del divorcio, donde Mt introduce una cláusula exceptiva) se sitúa por encima de ella: busca y ofrece un principio de gratuidad creadora, que va más allá de la ley, en una línea de trasparencia y fidelidad humana. En esa línea, pide a los hombres que no juren, es decir, que renuncien a un gesto religioso muy significativo, como es el juramento.Los juramentos … pertenecen al plano de la religión. No es que sean malos, aunque pueden convertirse en malos. Hay juramentos bueno… y puede haber juramentos malos. Y en ese plano la ley del AT (y la ley de cierta iglesia posterior) quiere que los juramentos sean buenos y que siendo buenos se cumplan….
Pues bien, Jesús no quiere ese tipo de religión de juramentos… ni siquiera los buenos… No quiere que manejemos a Dios, sino que digamos la verdad por sí misma. Es evidente que la Iglesia (empezando por Pablo) ha tenido miedo a Jesús, ha tenido miedo a la gente no actúe bien (no sea responsable) sin juramentos… y así ha pedido y pide a sus fieles que juren.
Al pedir a sus obispos, provinciales religiosos, profesores de teología/religión y demás personas “responsables” que juren, la Iglesia está desconfiando de ellos, poniéndose así en contra de Jesús. Éste me parece un tema serio, un tema grave. Una Iglesia que así actúa no vive en un nivel de confianza y gratuidad, sino de sospecha. No es una iglesia sana, iglesia amiga, sino una sociedad obsesivamente enferma, neurótica, llena de sospechas y miedos, exigiendo por eso a sus responsables el juramento (para sentirse así más segura, para atar a los creyentes bajo pecados que ella misma inventa). Matices del juramento.
Ha de entenderse desde el trasfondo social. Recordemos que los judíos no podían jurar por Dios (pues a Dios ni se le nombraban), sino por realidades vinculadas a Dios. Por eso, en contexto judío, Mt ofrece una lista de cosas por la que no se puede jurar:
No juréis ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo
Ha dicho Jesús que no juremos, que digamos “si si, no no”, y que todo lo demás viene del diablo. No le hemos hecho caso, no le ha hecho caso un tipo Iglesia, que pide que se jure, siguiendo así al Diablo más que a Dios.
Se pueden ofrecer mil pueden dar cien matizaciones, y así ha podido hacerlo quizá el mismo Pablo, que juraba, defendiéndose… Puede responder el mismo Mateo 23 cuando matiza la doctrina de los juramentos (e incluso Mc 14, 25) … donde parece que Jesús jura. Pero que todo eso son al fin excusas. Si la Iglesia creyera de verdad en Dios y en los hombres, según el ejemplo de Jesús, dejaría mañana mismo de pedir juramentos a su gente.
DIOS, VERDAD DEL HOMBRE, NO NECESITA JURAMENTOS
Entre las palabras históricamente más fiables de Jesús se encuentra ésta: “Habéis oído que se ha dicho a los antiguos “no perjurarás” (Lev 19, 12), sino cumplirás tus juramentos. Yo, en cambio, os digo: no juréis en modo alguno” (Mt 5, 33). Esta prohibición va en la línea de la trascendencia de Dios (y de la prohibición de la idolatría), pero, en sentido más estricto, va en contra de un rasgo importante de la Ley judía y, en general, de toda religión que no solamente se atreve a jurar, apelando a Dios en las discusiones humanas, sino que manda que se “jure” (poniendo a Dios como testigo) en discusiones y asuntos importantes, como si él tuviera que ser garante legal de las afirmaciones humanas.
Las bienaventuranzas y las parábolas de la sal y de la luz, leídas en los domingos anteriores, forman la Introducción al Sermón del Monte. A partir de este momento, Mateo presenta la oferta religiosa de Jesús, contraponiéndola a la de los escribas y fariseos:
“Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no entraréis en el reino de los cielos”.
“Justicia” no significa aquí “justicia social”, sino fidelidad a Dios, cumplimiento de lo que él considera justo. Y lo que está en juego es entrar en el reino de los cielos, formar parte de la comunidad cristiana en este mundo, y del futuro reino de Dios.
Ya que el evangelio nos sitúa ante una alternativa: entrar o no entrar en el reino de Dios, la primera lectura se orienta en la misma línea.
El agua y el fuego, la vida y la muerte (1ª lectura: Eclesiástico 15,16-21)
Aquí la alternativa consiste en observar los mandamientos de Dios o negarse a ello. No se trata de algo indiferente. Lo primero equivale a elegir el agua y la vida; lo segundo, a optar por el fuego y la muerte.
Si quieres, guardarás los mandamientos [del Señor] y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua: extiende tu mano a lo que quieras. Ante los hombres están la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera. Porque es grande la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo. Sus ojos miran a los que le temen, y conoce todas las obras del hombre. A nadie obligó a ser impío y a nadie dio permiso para pecar.
Advertencia previa sobre el evangelio
La liturgia ofrece dos posibilidades: 1) una lectura breve, que recoge solo algunas de las afirmaciones principales contenidas en Mt 5,17-37; 2) una lectura larga, que no omite nada, desarrollando el contenido de la breve. Aunque la primera resulta a veces descarnada y omite ideas muy importantes, la segunda es tan compleja, y con temas tan distintos, que resulta imposible explicarlos en una homilía. Me limitaré a algunas indicaciones sobre la breve. Quien desee un comentario a todo el pasaje puede verlo en J, L, Sicre, El evangelio de Mateo. Un drama con final feliz (Verbo Divino 2019) páginas 114-123.
Los escribas
Para este domingo y el próximo, la liturgia ha elegido solamente la diferencia que debe darse entre el cristiano y el escriba.
Sociológicamente, los escribas constituyen un grupo muy heterogéneo, al que pertenecen sacerdotes de elevado rango, simples sacerdotes, miembros del clero bajo, de familias importantes y de todos los estratos del pueblo (comerciantes, carpinteros, constructores de tiendas, jornaleros). Incluso encontramos gente que no eran de ascendencia israelita pura, sino hijos de madre o padre convertidos al judaísmo. El poder de los escribas radica en exclusivamente en su ciencia. Quien deseaba ser admitido en la corporación debía hacer un ciclo de estudios de varios años. Generalmente, desde los 14 años de edad dominaba la exégesis de la Ley (Pentateuco). Pero la edad canónica para la ordenación eran los 40 años. A partir de entonces estaba capacitado para zanjar por sí mismo las cuestiones de legislación religiosa y ritual, para ser juez en procesos criminales y tomar decisiones en los civiles, bien como miembro de una corte de justicia, bien individualmente. Tenía derecho a ser llamado rabí. Y se les abrían los puestos claves del derecho, de la administración y de la enseñanza.
El peligro del legalismo
A pesar de la gran estima de que gozan entre la gente, a Jesús no le resultan simpáticos. No quiere que sus seguidores se parezcan a los escribas, ni que los puedan confundir con ellos. Porque en su postura existe un peligro gravísimo de legalismo, es decir, de exaltación de la ley y de la norma por encima de todas las cosas. Al legalismo, se puede llegar por dos caminos muy parecidos:
a) Buscando seguridad humana. Una persona inmadura, con miedo a correr riesgos, prefiere que le indiquen en cada momento lo que debe hacer. Cuantas más normas, mejor, porque así no se siente insegura.
b) Buscando seguridad religiosa. Estas personas conciben la salvación como algo que se gana a pulso, a base de esfuerzo, cumpliendo en todo momento la voluntad de Dios. Esta voluntad de Dios no la conciben como una actitud global en la vida, sino concretada en una serie de actos. Cuantas más normas me dicten, mejor conoceré lo que Dios quiere y me resultará más fácil salvarme.
En lo anterior hay cosas buenas y malas. Pero lo más grave es que la persona amante de las normas corre el peligro de quedarse en la letra de la ley, sin profundizar en su espíritu, que es más exigente. Por ejemplo, la ley manda no comer carne los viernes de cuaresma. Y se queda tranquila con cumplir la letra de la ley, pero no le preocupa comer langosta o gambas. La ley manda ir a misa los domingos y días de fiesta, y la cumple a rajatabla; pero quizá no dedica ni un minuto a Dios durante el resto de la semana.
Otro grave riesgo de la mentalidad legalista es que, con la ley en la mano, se puede machacar al prójimo y amargarle la existencia. Se critica al que no vive como uno considera conveniente, se lo condena, incluso se lo persigue.
¿Cómo superar el legalismo?
Para combatir esta postura legalista y enseñar a sus discípulos a actuar cristianamente, Mateo pone en labios de Jesús seis casos concretos, referentes al asesinato, adulterio, divorcio, juramento, venganza, y amor al prójimo (Mateo 5,21‑48). Este domingo se leen tres de los cuatro primeros [la lectura breve omite el caso del divorcio]; el domingo próximo se leerán los dos últimos.
En el primer caso, asesinato, Jesús lleva la ley a sus consecuencias más radicales.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: Todo el que se deje llevar de la cólera contra su hermano será procesado.
El quinto mandamiento prohíbe matar. La mentalidad legalista, ateniéndose a la letra, se contenta con no hincarle un puñal al prójimo. Jesús dice que el espíritu del mandamiento va mucho más lejos. Lo importante no es sólo respetar la vida física del prójimo, sino también toda su persona. [La lectura larga concreta tres delitos cada vez peores contra el prójimo: encolerizarse con él, insultarlo y ofenderlo gravemente].
En el segundo caso, adulterio, Jesús también interpreta el mandamiento de forma radical.
Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
La letra de la ley sólo se fija en el hecho físico. Pero Jesús va a su espíritu profundo, teniendo en cuenta incluso el peligro remoto de caer. Su enseñanza coincide con la de otros rabinos: «No puedes decir que se llame adúltero a quien ha cometido adulterio con cuerpo; el que ha cometido adulterio con sus ojos también se llama adúltero» (Simeón ben Lakish).
En el cuarto caso, a propósito del juramento (y en el tercero, sobre el divorcio, omitido en la lectura breve), anula la ley.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus juramentos al Señor». Pero yo os digo que no juréis en absoluto. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.
Jesús se mueve en una sociedad que usa y abusa del juramento. El discípulo de Jesús tiene que moverse en una honradez y sinceridad tan absolutas que le baste decir sí y no.
Este domingo hemos visto dos formas de combatir el legalismo: llevar la ley a sus consecuencias más radicales y anularla. El próximo domingo veremos otro recurso: cambiar la ley por una norma más exigente.
Reflexión final
La primera lectura habla de una alternativa entre agua y fuego, vida y muerte. Para Jesús, la alternativa consiste en entrar en el reino de Dios o quedarse fuera. El escriba estaría de acuerdo en que lo mejor es guardar los mandamientos y ser fiel a la voluntad de Dios. Pero Jesús diría: “Depende de cómo interpretes esa voluntad”. Si lo haces en plan legalista, limitándote a la letra de la ley, no puedes seguirme, no puedes entrar en el Reino de Dios. El evangelio de hoy se presta a un examen de conciencia, especialmente a propósito de nuestra relación con el prójimo, al que a veces estamos asesinando sin darnos cuenta.
Jesús, que a los ojos de los letrados y fariseos es un trasgresor de la ley, aparece aquí diciendo que no ha venido a abolir la Ley sino a llevarla hasta sus últimas consecuencias.
Las leyes ya sean religiosas, civiles o de tráfico están puestas como base de un mínimo acuerdo. Tratando de delimitar y salvaguardar los derechos de las personas, de todas las personas. Derechos que se entrecruzan y relacionan con otros derechos, con deberes y obligaciones. Y en esa complicada trama la ley trata de guiar y dar algo de luz.
Pero como toda trama esa trama es tremendamente complicada, llena de recovecos, nudos y discontinuidades. Por eso seguir la ley al pie de la letra no garantiza un comportamiento justo, ni siquiera bueno.
De ahí que Jesús nos advierte: “si no sois mejores que los letrados y fariseos no entraréis en el Reino de los cielos.”
Después de más de 2000 años de historia identificamos a estos personajes como los “malos de la película”. Los letrados y fariseos son los que se opusieron a Jesús, quienes le condenaron y obligaron a las autoridades romanas a crucificar a Jesús.
Visto así es sencillo ser mejor que los letrados y fariseos. Pero si nos ponemos en la piel de las primeras comunidades cristianas o de las primeras personas que se acercaron a Jesús. Esas gentes sencillas de Galilea provenientes del judaísmo. Para ellas ser mejores que los letrados y fariseos era prácticamente imposible. Ellos eran los oficialmente buenos. Los santos. Los irreprochables.
Y los mismos letrados y fariseos se creían buenos. Fieles cumplidores y custodios de las tradiciones y de la Santa Ley. Se sentían cercanos a Dios y seguros en el cumplimiento de sus leyes y preceptos.
Eran gente de bien que se había cerrado sobre sus propias verdades y habían dejado fuera a quienes se salían del esquema.
Por eso la advertencia de Jesús sigue siendo válida para nosotras. “Si no somos mejores que los letrados y fariseos no entraremos en el Reino de los cielos”.
Oración
No permitas, Trinidad Santa, que nos creamos mejores que las demás.
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DOMINGO 6º (A)
Mt 5,17-37
Seguimos en el sermón del monte de Mateo. La lectura de hoy afronta un tema complicado. Cómo armonizar la predicación y la praxis de Jesús con la Ley, que para los judíos era sagrada y definitiva. Ir más allá de lo establecido es el problema radical que se plantea en todos los órdenes de la vida. Damos valor absoluto a lo ya conocido pero nuestro conocimiento será siempre limitado; debemos ir siempre más allá.
Tuvo que ser muy difícil para un judío aceptar que la Ley no era absoluta. Jesús fue contundente en esto. Abrió una nueva manera de relacionarnos con Dios. El Dios todopoderoso, que está en los cielos y ordena y manda, deja paso al Dios “Ágape” que se identifica con cada uno de nosotros y nos invita a descubrirlo en los demás. A pesar de ello, muchos años después, los cristianos se estaban peleando por circuncidar o no circuncidar, comer o no comer ciertos alimentos, cumplir o no el sábado…
Toda norma metida en palabras, incluso las de Moisés en la Biblia, no podrá ser nunca definitiva. Esto, bien entendido, es el punto de partida para comprender las Escrituras. El hombre siempre tiene que estar diciendo lo que dijo Jesús en el evangelio: habéis oído que se dijo, pero yo so digo, porque conocemos cada vez mejor la naturaleza y al ser humano. Si Jesús y los primeros cristianos hubieran tenido la misma idea de la Biblia que muchos cristianos tienen hoy, no se hubieran atrevido a rectificarla.
Cuando hablamos de “Ley de Dios”, no queremos decir que, en un momento determinado, Dios haya comunicado a un ser humano su voluntad en forma de preceptos, ni por medio de unas tablas de piedra, ni por medio de palabras. Dios no se comunica a través de signos externos, porque no es un ser fuera que tenga voluntad propia para imponerla. La voluntad de Dios está en la esencia de cada criatura.
Si fuésemos capaces de bajar hasta lo hondo del ser, descubriríamos allí esa voluntad de Dios; ahí, sin decir palabra, me está diciendo lo que es bueno o malo para mí. La voluntad de Dios no es nada añadido a mi propio ser, no me viene de fuera. Está siempre ahí pero no somos capaces de verla. Esta es la razón por la que tenemos que echar mano de lo que nos han dicho algunos que sí fueron capaces de bajar hasta el fondo de su ser y descubrir lo que Dios es y lo que somos cada uno de nosotros. Lo que otros descubrieron y nos cuentan nos puede ayudar a descubrirlo en nosotros.
Moisés supo descubrir lo que era bueno para el pueblo que estaba tratando de aglutinar, y por tanto lo que era bueno para cada uno de sus miembros. No es que Dios se le haya manifestado de una manera especial, es que él supo aprovechar las circunstancias especiales para profundizar en su propio ser. La expresión de esta experiencia es voluntad de Dios, porque lo único que Él quiere de cada uno de nosotros es que seamos nosotros mismos, que lleguemos al máximo de nuestras posibilidades.
¿Qué significaría entonces cumplir la ley? Algo muy distinto de lo que acostumbramos a pensar. Una ley de tráfico se puede cumplir perfectamente solo externamente, aunque estés convencido de que el «stop» está mal colocado, yo lo cumplo y consigo el objetivo de la ley, que no me la pegue con el que viene por otro lado y además, evitar una multa. En lo que llamamos Ley de Dios, las cosas no funcionan así. Dios no ha dado nunca ninguna Ley. Lo que es bueno o lo que es malo está inscrito en mi ser.
A trancas y barrancas hemos superado la idea de una Ley venida de fuera. Nos queda mucho camino por andar para superar la idea de un Legislador que impone su voluntad a pesar nuestro. En la Biblia encontramos 613 preceptos. Nos parecen infinitos, pero resulta que el Código de Derecho Canónico tiene 1.752 cánones. No hemos sido capaces de asimilar el mensaje de Jesús que insistió en superar toda norma. Nos dejó un solo mandamiento: que os améis, y el amor nunca puede ser fruto de una ley.
Desde esta perspectiva, podemos entender lo que Jesús hizo en su tiempo con la Ley de Moisés. Si dijo que no venía a abolir la ley, sino a darle plenitud, es porque muchos le acusaron de saltársela a la torera. Jesús no fue contra la Ley, sino más allá de la Ley. Quiso decirnos que toda ley se queda siempre corta, que siempre tenemos que ir más allá de la pura formulación, hasta descubrir el espíritu. La voluntad de Dios está más allá de cualquier formulación, por eso tenemos que superarlas todas.
Jesús pasó, de un cumplimiento externo de leyes a un descubrimiento de las exigencias de su propio ser. Esa revolución que intentó Jesús está aún sin hacer. No solo no hemos avanzado nada en los dos mil años de cristianismo, sino que en cuanto pasó la primera generación de cristianos hemos ido en la dirección contraria. Todas las indicaciones del evangelio, en el sentido de vivir en el espíritu, han sido ignoradas. Seguimos más pendientes de lo que está mandado que de descubrir lo que somos.
“Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, pero yo os digo: todo el que está enfadado con su hermano será procesado”. No son alternativas, es decir o una o la otra. No queda abolido el mandamiento antiguo sino elevado a niveles increíblemente más profundos. Nos enseña que la actitud negativa hacia otro es ya un fallo contra tu propio ser, aunque no se manifieste en una acción concreta contra el hermano.
“Si cuando vas a presentar tu ofrenda, te acuerdas de que tu hermano tiene queja contra ti, deja allí tu ofrenda y vete a reconciliarte con tu hermano…” Se nos ha dicho por activa y por pasiva que lo importante era nuestra relación con Dios. Toda nuestra religiosidad está orientada desde esta perspectiva equivocada. El evangelio nos dice que más importante que nuestra relación con Dios, es nuestra relación efectiva con los demás. Si ignoramos a los demás, nunca nos encontraremos con Dios.
No dice el texto: si tú tienes queja contra tu hermano, sino “si tu hermano tiene queja contra ti”. ¡Que difícil es que yo me detenga a examinar si mi actitud pudo defraudar al hermano! Es impresionante, si no fuera tan falseado: “deja allí tu ofrenda y vete antes a reconciliarte con tu hermano”. Las ofrendas, las limosnas, las oraciones no sirven de nada si otro ser humano tiene pendiente la más mínima cuenta contigo.
De todas formas, la eliminación de las leyes no funcionaría si no suplimos esa ausencia de normas por un compromiso de vivencia interior que las supere. Las leyes solo se pueden tirar por la borda cuando la persona ha llegado a un conocimiento profundo de su propio ser y descubre las más auténticas exigencias del verdadero ser. Ya no necesita apoyaturas externas para caminar hacia su definitiva meta. Recuerda: “ama y haz lo que quieras” o “el que ama ha cumplido el resto de la Ley”.
«Habéis oído que se dijo a los antiguos … pero yo os digo»
Hay quien concibe el evangelio como culminación del antiguo testamento. Otros van más lejos y hablan de ruptura, pero, en cualquier caso, es innegable la gran novedad que supuso Jesús; una novedad tan patente y arrolladora, que el propio Mateo —un escriba posiblemente de secta farisea— no tiene más remedio que reconocer. Y aunque en el texto de hoy se hace un pequeño lío por tratar de ser fiel a su tradición —«no he venido a abolir la ley…»—, se muestra más explícito en su capítulo nueve donde compara a Jesús con el vino nuevo que rompe los odres viejos.
Y es que Jesús se está ofreciendo como alternativa a Moisés, y está pidiendo a sus seguidores que superen el concepto de Ley y se abracen al evangelio. Les viene a decir que no se trata de ser santos e irreprochables a los ojos de Dios, sino de crear humanidad; que no se trata de cumplir una serie de preceptos y tradiciones, sino de sentirse amados por Dios y responder amando, sirviendo, perdonando…
Como decía Ruiz de Galarreta: «La diferencia entre la ley y el evangelio es que la ley deja a la persona a sus propias fuerzas, le pone preceptos que ha de esforzarse en cumplir, le amenaza, le premia… mientras que el evangelio la coloca ante el don de Dios, le hace conocer a su Padre, le convierte en hijo, lo cambia por dentro… y ya no tiene que mandarle nada».
Sabemos que la reacción de la gente ante este mensaje fue muy dispar. Aquellos que se sintieron necesitados de ese Dios, le siguieron hasta el final. En cambio, los ricos y acomodados estaban tan satisfechos tal como estaban que prefirieron al Juez que da a cada uno según su mérito, porque a ellos ya les había juzgado y —a la vista de la prosperidad de la que gozaban— les había declarado justos y dignos de premio.
Los escribas y fariseos lo rechazaron desde el principio y se posicionaron de manera inequívoca en su contra. Y no les faltaba razón. Habían consagrado su vida al Dios de Abraham, al Dios de Moisés, en definitiva, al Dios de la Tradición, y aquella nueva doctrina era para ellos la mayor de las imposturas. No les cabía duda de que aquel nazareno que la proclamaba era un impostor; además un impostor peligroso, porque si lo suyo triunfaba, ellos, junto con los sacerdotes, serían los más perjudicados.
Para todo israelita la conversión a Abbá suponía abandonar al Dios de sus padres, renunciar a la tradición de Israel y lanzarse al vacío… y sus mentes no estaban preparadas para asimilar ese mensaje. Les entusiasmaba lo de Jesús, pero no podían aceptar que aquello pudiese entrar en conflicto con sus creencias milenarias. Por eso, todo cuanto le oían decir quedaba amoldado a la horma de sus tradiciones, y acababa interpretándose más en clave política que religiosa…
Para hacernos una idea de la novedad que en su tiempo supuso Jesús, baste pensar que, veinte siglos después, nosotros, la Iglesia, no acabamos de digerir sus palabras y retornamos, una y otra vez, al Dios juez justo y misericordioso que va a juzgarnos y premiarnos por nuestras buenas acciones.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
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Mateo 5,17-37
¿Qué era la Ley para Jesús? ¿Qué es para mí cumplir la ley?
En el evangelio de este domingo Jesús nos invita a pararnos y reflexionar sobre la ley. Tema posiblemente poco atractivo para la mayoría y más en estos tiempos, en los que en cada telediario oímos hablar de leyes nuevas, o leyes que se modifican, en unos tonos y términos que nos hacen sospechar que no siempre es el bien común o la justicia lo único que hay detrás.
Por eso, es posible que al escuchar esta primera afirmación que Mateo pone en boca de Jesús “No he venido a abolir la ley, sino a darle su plenitud”, o su cumplimiento, como se traduce a veces, no nos sintamos especialmente emocionados.
Las primeras comunidades cristianas procedentes del judaísmo, a las que se dirige Mateo, tienen la experiencia de haber vivido siempre buscando cumplir la Ley. Esa Ley que liberó al pueblo en tiempos de Moisés pero que en tiempos de Jesús se ha convertido en un montón de preceptos, 613 prescripciones que había que cumplir escrupulosamente o encontrar una justificación para saltárselos “quedando bien”. Y Jesús afirma que ha venido a cumplir y dar plenitud a la ley y a enseñar a todos a cumplirla. Y que quien haga como Él será grande en el Reino.
Esto nos lleva a preguntarnos, ¿qué era la Ley para Jesús? y ¿qué es para mí cumplir la ley? ¿Desde dónde hago lo que “tengo que hacer”? ¿Desde la rutina o la costumbre? ¿Desde la presión del qué dirán de mí?… ¿o desde el corazón?
El evangelio continúa introduciendo una nueva palabra, justica. Siempre en boca de Jesús Mateo afirma sorprendentemente que si nuestra justicia no es mayor que la de estos grupos que “oficialmente” son los cumplidores de la ley, no entraremos en el Reino. Esta afirmación es luminosa y liberadora, descubrimos en ella que Jesús no nos está hablando del cumplimiento de una multitud de preceptos al pie de la letra, deshumanizados y lejos de lo que se fragua en el corazón. Para Jesús la plenitud de la Ley es la justicia.
Si buscamos el significado de justica en el diccionario encontramos: “Principio moral que lleva a determinar que todos deben vivir honestamente. (…) constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.” (rae)
Es decir, que cumplir la ley en su plenitud no es cumplir preceptos, sino vivir en referencia a Dios y a los otros, a todo hombre y mujer que es mi prójimo. Y esta referencia a Dios y a los demás no de una forma aislada o separada. Si mi hermano o mi hermana, cualquiera que este sea, tiene algo contra mí, eso me impide acercarme a Dios intentando “cumplir” lo que entiendo como preceptos religiosos. Porque ¿cómo va a aceptar Dios, padre y madre misericordioso, una ofrenda nuestra si sus otros hijos tienen quejas contra nosotros y no las atendemos? La exigencia de esta manera de vivir la ley hace que nos vayamos transformando por dentro, que nuestro corazón se haga más comprensivo, que sepamos perdonar, que la reconciliación sea nuestro talante para poder hacer comunidad… porque la plenitud de la ley está en el corazón no solo en los hechos externos.
Lo que sigue en el texto evangélico concreta y expresa esta forma de cumplir la ley que Jesús quiere en situaciones candentes en las primeras comunidades, el tema del divorcio y de los juramentos.
El acta de repudio que cualquier varón podía dar a su mujer por causas mínimas, dejándola sin posibilidades de una vida digna, despreocupándose de ella, es claramente una costumbre injusta que va contra el fondo, el objetivo último de la ley y Jesús avisa de esto a sus seguidores. Ampliando nuestra mirada, ¿qué nos dice hoy a nosotros? ¿A cuántas personas damos cualquier tipo de “acta de divorcio” y nos desentendemos de ellas? Porque no son de los nuestros, porque no nos gusta lo que hacen o piensan…. Y luego, ¿podemos acercarnos sin más a celebrar la eucaristía?
En una sociedad en la que el valor de la palabra era inmenso porque no había otro tipo de contrato, se había llegado a desvirtuar el juramento. Ya no se apoyaba en la verdad de lo que se afirmaba jurar o prometer, sino en por quién o por qué se juraba, con lo que la verdad podía quedar abolida por retorcidas afirmaciones. El evangelio rechaza cualquier forma de juramento. Jesús nos invita a amar la verdad, a vivir en verdad y decir la verdad. Simplemente, sencillamente… lo demás no es del Reino. Seguro que estamos recordando ese otro pasaje en el que Jesús afirma que es la Verdad. (Jn 14, 6) ¿Qué valor real damos a la verdad? ¿La disimulamos, la ignoramos, hacemos pactos para lograr otros intereses que la desvirtúan?
Cuando este domingo escuchemos “Habéis oído que se dijo, pero yo os digo” caeremos en la cuenta de que Jesús no cambia, añade o quita preceptos, sino que los da hondura, los lleva al corazón, al centro, la raíz de la persona, de donde brota la justicia.
Acojamos esta invitación a dar plenitud a la ley en nuestra vida. Escuchemos la voz de Jesús que nos dice: ¡Cuidado! Hay formas de cumplir la ley que no nos hacen justos, buenos… Se lo dice a sus primeros discípulos y a nosotros, a nosotras, ¿somos justos, buenos, santos al cumplir la ley, los mandamientos, los preceptos de la Iglesia?
Si vivimos profundamente la Palabra de Dios, si su Ley cala directamente en nuestro corazón, lo que pensemos, digamos o hagamos será sincero, auténtico, profundo. Será expresión del amor, del perdón y la comprensión a los hermanos y así, solo así, el vivir los mandamientos, la Ley, nos acercará a Dios y nos hará felices. Porque, como dice el evangelio eso es llevar la Ley a su plenitud. Mª Guadalupe Labrador Encinas fmmdp
Mateo, que escribe a una comunidad de origen judío, se ve obligado a hacer equilibrios entre la continuidad y la ruptura que supone el mensaje de Jesús. En esa línea, afirma que cumple con toda la ley judía pero que, al mismo tiempo, la trasciende de manera radical.
Más allá de los casos propuestos -y superado el apego a la literalidad del texto-, lo que parece evidente es el carácter radical de la propuesta de Jesús. A veces, nuestra mente suele asociar “radicalidad” a exigencia, voluntarismo, perfeccionismo, mortificación… Es probable que en esta misma trampa cayera el propio Mateo cuando habla de “sacarse un ojo” o “cortarse una mano”.
Sin embargo, en su sentido propio, radicalidad remite a “raíz”. Con lo cual, el acento pasa de lo que hago al desde dónde lo hago. Porque es precisamente este “desde dónde” el que, si quiero vivir coherentemente, me guía a la raíz o núcleo de lo que somos.
La radicalidad no consiste, por tanto, en cambiar el “contenido” de la norma -cambiar el qué-, sino en vivirse en aquel “lugar” -el dónde- en el que de habita nuestra verdadera identidad.
En concreto, todo lo que emprendemos podemos hacerlo desde el ego que creemos ser o desde la consciencia que somos. Y los frutos serán radicalmente diferentes, porque nacen de raíces muy distintas.
Dado que la diferencia se da entre lo que creemos ser y lo que realmente somos, si queremos vivir con radicalidad -desde la raíz-, necesitamos crecer en comprensión. Es la comprensión la que nos permite salir de las creencias acerca de nosotros mismos para vivir en la certeza de ser. Y es ahí donde somos transformados. Si no la reducimos a mero razonamiento mental, la comprensión transforma porque nos hace ver: qué somos, qué son los otros, que es esta sociedad, qué es nuestro mundo… Nuestra mirada cambia y de ella brotará la acción adecuada.
Comentarios desactivados en Se os dijo: cumplid… pero yo os digo: amad…
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- Anotaciones previas.
Continuamos escuchando las «conclusiones» que se derivan del sermón de la montaña, de las bienaventuranzas.
01.2 Recordemos y tengamos presente que Mateo es un evangelio escrito para comunidades cristianas compuestas por personas de origen judío, de cultura y religión judías. Por tanto, estas comunidades conocen y viven del AT, de la ley de Moisés y de la cantidad de preceptos (613), normas que de la ley habían extraído los escribas y la tradición judía.
Este tránsito, este paso del AT al NT lo podríamos comparar con el cambio que se produjo en gran parte de la Iglesia preconciliar a la Iglesia postconciliar (Vaticano II), nos sentimos liberados. Hay quien nunca pasó del Sinaí a las bienaventuranzas. Hay quien nunca amó el Vaticano II
01.3 Jesús después de proclamar la “nueva ley” en las Bienaventuranzas, comienza a desmantelar todo el sistema religioso del AT.
Todo el capítulo quinto de San Mateo seguirá ya esta estructura: SE OS DIJO, PERO YO OS DIGO, Se os dijo en el AT, pero yo os digo
Mt 5, 1-12 BIENAVENTURADOS los pobres, los humildes, los que trabajan por la paz…
Mt 5, 13-16 Sed LUZ y SAL (testimonio) de la tierra.
Mt 5, 21-26 SE OS DIJO: no matarás… PERO YO OS DIGO ni tan siquiera os peleéis …
Mt 5, 27-31 SE OS DIJO: no cometerás adulterio… PERO YO OS DIGO, sé siempre fiel en tu amor…
Mt 5, 33-37 SE OS DIJO: no jurarás en falso… PERO YO OS DIGO que digáis la verdad.
Mt 5, 38-42 SE OS DIJO: Ojo por ojo y diente por diente… PERO YO OS DIGO: no hagáis mal a nadie.
Mt 5 43-48 SE OS DIJO: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo… PERO YO OS DIGO: amad a vuestros enemigos.
02.- La plenitud de la ley es el amor.
Jesús dice que no ha venido a abolir la ley, sino a darle plenitud.
Fácil y precipitadamente solemos pensar –y vivir- un cristianismo como si fuesen unas “rebajas teológicas” del AT; una especie de “saldos religiosos” a buen precio, unas leyes más fáciles de cumplir, una Iglesia más permisiva y tolerante.
Y no es eso.
Muchos de nosotros esperamos un cristianismo, una Iglesia que “facilite las cosas”, que “rebaje los precios”.
Pero esa no es la cuestión.
Jesús cuando habla de dar plenitud está hablando de que la ley ha terminado y ha comenzado “el tiempo del amor”. “Se os dijo…”, “pero yo os digo” que la plenitud de la vida está en el amor, o -lo que es lo mismo-, toda la ética y la moral cristiana hay que leerla y vivirla desde el amor.
En palabras de San Agustín, la plenitud de la moral de Cristo es: Ama y haz lo que quieras.
Ante las dudas y dilemas de la vida, actúa con amor y estarás haciendo lo correcto.
(Quizás el libro del Eclesiástico (1ª lectura) es un poco optimista cuando al hablar de la libertad dice: Si quieres, guardarás los mandatos del Señor. El mismo San Pablo “le corregirá” un poco la plana cuando dice: no hago el bien que quiero, sino que hago el mal que no quiero… Rom 7,19).
El hombre es amado por Dios siempre –y sobre todo- en la situación de pecado.
03.- Los sistemas religiosos permanecen en el plano de la ley:
Las religiones construyen una serie de doctrinas, normas, ritos y obligaciones: se puede hacer esto, no se puede hacer lo otro para así obtener el favor de los dioses
También entre nosotros, los católicos, ocurre algo de esto. Para muchas personas, para muchos eclesiásticos, se trata de cumplir con la ley y cuanto más fácil sea esa ley, mejor.
Probablemente nuestra concepción del cristianismo es puramente legal: hemos reducido el evangelio a Derecho canónico
Pero el cristianismo no es eso, el cristianismo es sentirse amado por Dios y vivir desde ese amor con los demás. La plenitud de la ley es el amor. La ley de Jesús ha desembocado en el amor.
04.- Se os dijo, pero yo os digo.
También a nosotros se nos dijeron muchas cosas más propias del AT, que de Jesús: se trataba (se os dijo) que había que confesarse y comulgar una vez al año, por Pascua. Se trataba (se os dijo) de ir a Misa los domingos, (se os dijo) que no se puede controlar la natalidad, (se os dijo) ayunar unas cuantas veces al año, etc…
Esa moralidad es la propia del AT: de la ley, del cumplimiento.
La moral habitual parte como criterio único de lo que está permitido o prohibido. La moral evangélica parte del amor del seguimiento de Jesús. Vivir según la ley o según el amor son modos distintos de vivir.
Vivir desde la ley es la moral de los fariseos, es la moral del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, la del joven rico del evangelio, la de gente autosuficiente.
Jesús ve la vida desde el amor (y sus variantes: compasión, lástima, etc.) Así surge el cristianismo del amor. La moral cristiana es la del Buen Samaritano, la de Magdalena, de Zaqueo, del Hijo pródigo, que viven conforme al corazón y al amor.
Comentarios desactivados en Sólo un Dios que sufre puede ayudar ( con D. Bonhöffer y D. Sölle )
Del blog de Xabier Pikaza:
Este dicho abismal, situado en el contexto del Holocausto-Shoah, del que acaban de cumplirse los años (27.1.23), retomado y profundizado por D. Sölle, en el contexto de las bienaventuranzas, proclamadas por la Iglesia Católica el pasado domingo (29-1.23), nos sitúa ante la “definición” de Dios (que he venido presentando desde la perspectiva de Zubiri y Ratzinger.
Retomando una palabra clave de D. Bonhöffer, Dorothee Sölle, inmensa teóloga alemana del siglo XX, se preguntaba en un trabajo, dedicado al Sufrimiento, en el Diccionario de Teología feminista: ¿Por qué nos resulta tan difícil pensar a Dios como vida, alegría y dolor, en vez de pensarle como poder dominador.
Sí, un Dios que es vida, alegría y sufrimiento, buena nueva y bienaventuranza en el dolor… De eso he tratado el pasado domingo, estudiando las bienaventuranzas. De eso quiero seguir tratando hoy a partir de unas reflexiones de Sölle. Comienzo la postal con una bio/Bibliografia de D.Sölle (Bonhöfer es más conocido); sigo con su visión de protesta y misterio ante el sufrimiento, retomando unas páginas de mi Diccionario de la Biblia.
Sölle, Dorothee (1929-2003). Teóloga luterana de Alemania y USA, figura representativa del pensamiento cristiano del siglo XX, por su radicalidad intelectual y por la intensidad de su compromiso a favor de la paz. Estudió en la Universidad de Colonia, doctorándose con una tesis sobre teología y poesía, para seguir enseñando en la misma Universidad. Promovió diversos actos de protesta por la Guerra de Vietnam, a favor del desarme y en contra de la injusticia económica y social del mundo.
Del 1968 al 1972 organizó las famosas Politisches Nachtgebet (Oraciones políticas nocturnas), con su marido F. Steffensky, que había sido monje benedictino. De 1975 al 1987 enseñó teología sistemática en el Union Theological Seminary de New York. Sus obras escritas en alemán y/o en ingles han tenido mucho influjo, no sólo en el campo teológico, sino en la vida social y política de Alemania y Europa.
Su pensamiento es liberador, aunque no pertenezca a la “teología de la liberación”, y es feminista, aunque no pretenda serlo expresamente, pues ha intentado poner su palabra al servicio de todos los oprimidos, en un mundo donde las viejas certezas parecían apagarse. Entre sus libros:
Christ the representative: an essay in theology after the ‘Death of God’ (London 1967; version cast. El Representante, Buenos Aires 1972); Beyond mere obedience: reflections on a Christian ethic for the future (Minneapolis 1970; version cast. Imaginación y obediencia. Reflexiones sobre ética cristiana future (Salamanca 1980); Political theology (Philadelphia, 1974); Suffering (Philadelphia 1975; version cast. Sufrimiento, Salamanca 1978); The strength of the weak: toward a Christian feminist identity (Philadelphia 1984); The window of vulnerability: a political spirituality (Minneapolis 1990); Thinking about God: an introduction to theology (London 1990): Stations of the Cross: a Latin American pilgrimage (Minneapolis 1993); The silent cry: mysticism and resistance (Minneapolis 2001).
En castellano, cf. además; Teología política: confrontación con Rudolf Bultmann (Salamanca 1972);Viaje de ida: Experiencia religiosa e identidad humana (Santander 1977);Dios en la basura (Estella 1993); Mística de la muerte (Bilbao 2009); Reflexiones sobre Dios (Barcelona 1996).
D. SÖLLE, SUFRIMIENTO DE LOS INOCENTES, SUFRIMIENTO DE DIOS (reflexión recreada a partir de M. Mariani y M. Navarro, Cristologie Feministe, 2022).
El punto de partida de Sufrimiento lo ofrece la condición de infelicidad padecida por mujeres y varones, una condición que se justifica a menudo recurriendo a una ambigua y peligrosa teología cristiana del sufrimiento. Ciertamente, esa teología es ambigua y peligrosa, pero –como pone de relieve Sölle-, ella nos obliga a superar la costumbre moderna de preguntarnos solamente por las causas y formas de eliminación del sufrimiento, obligándonos a plantear preguntas sobre su sentido y su función, preguntas que son igualmente fundamentales para encontrar una respuesta a las cuestiones modernas ya indicadas[MM1] [1].
En esa línea, teniendo en cuenta y estudiando las interpretaciones tradicionales que han sido dominantes, D. Sölle eleva sus acusaciones en contra del masoquismo cristiano y del sadismo teológico, y lo hace de un modo más preciso partiendo de un examen más hondo de las interpretaciones tradicionales del tema [2].
Sobre las tendencias sadomasoquistas escondidas en el espíritu humano había tratado extensamente el psicoanálisis, y Sölle descubre esas tendencias en acción no sólo allí donde se habla de la necesidad de someterse a la voluntad de un Dios que no se complace en la felicidad de los hombres (de las creaturas), sino más bien en su sufrimiento. De aquí proviene un tipo de “adoración del verdugo”, conforme a la cual el Dios Omnipotente que guía la historia de los hombres viene a presentarse también como causa de todos sus sufrimientos, infligidos como castigo por el pecado, un castigo que ha de aceptarse de un modo sumiso y obediente.
En la línea de esa concepción se sitúa un tipo de teología de la cruz según la cual el Padre sacrifica al Hijo y lo sacrifica realmente, a diferencia de lo que se dice de Abraham en relación con su hijo Isaac, al que no tuvo que sacrificar, matando en su lugar un cordero (Gen 22). Esa visión nos sitúa ante la representación de un Dios sádico e impasible, una representación propiciada por el hecho de que la teología cristiana ha asumido categorías propias de la filosofía griega, lo que lleva consigo una serie de consecuencias éticas, partiendo de la imitación de un Dios concebido en forme de destino, un Dios que forma justifica la indiferencia, con la apatía personal y social ante situaciones de falta de felicidad. Por otro lado, esta visión hace que el sufriente acepte el sufrimiento como justo y considere necesario el soportarlo [3].
En este contexto resulta emblemática la figura (que Sölle presenta en el principio de su estudio) de la mujer bávara, católica, madre de tres hijos, que soporta un matrimonio infeliz, sin poder ni siquiera imaginar la eventualidad de un cambio, pues vive prisionera dentro de una sociedad patriarcal, de tipo estático, con el convencimiento de que su sufrimiento responde a la voluntad de Dios.
Muchos han querido hacer de Jesús un héroe, atenuando su angustia ante la inminencia de su arresto (el evangelista Lucas reflejaría esta tendencia) o acentuando el carácter extraordinario (heroico) del abandono vivido por Jesús, abandono de los hombres y de Dios. En este contexto objeta Sölle: «Este modo de proponer el problema, propio de aquellos, que, en un mundo de inconmensurable sufrimiento, quieren aislar el de Jesús, para no confrontarlo con otros sufrimientos y comprenderlo después como algo extraordinario, es algo más bien macabro. Entre los intereses de Jesús no está el de haber sufrido más que todos».
En contra de esa visión, la verdad del símbolo del sufrimiento de Jesús está más bien en el hecho de que puede repetirse. Lo que aquí (en los evangelios) se dice sobre el dolor de Jesús puede aplicarse a todos los hombres y mujeres, como lo demuestran los testimonios de muchos que han vivido un sufrimiento extremo [4]. También ellos han experimentado el abandono de Dios y se han liberado de la destrucción del fundamento de la propia vida mediante la verdadera aceptación del dolor, de manera que el cáliz de sufrimiento se convierta en cáliz de revitalización.
Se han dado por tanto otros seres humanos que han sufrido y que se han vuelto agentes (autores) de[MM2] una historia de resurrecciones, con un sentido de representación para otros. La resurrección no es un privilegio especial para algunos seres humanos, cerrados en sí mismos, ni siquiera para Jesús de Nazaret, sino que contiene una esperanza para todos, es decir, para la humanidad» [5].
Oponiéndose a un teísmo que nos lleva a representar a Dios como omnipotente y sádico, D. Sólle se muestra muy sensible al dicho de Bonhöffer: “Sólo un Dios que sufre puede ayudarnos”. En esa línea, ella apela finalmente a la idea de que la potencia de Dios se identifica con un amor que es capaz de dar vida y de hacer que los muertos resuciten, de manera que podamos vincularnos con[MM3] ellos, compartiendo los sufrimientos de los otros y buscando justicia para aquellos que están privados de justicia.
Merece la pena insistir en el hecho de que el libro sobre el Sufrimiento ha puesto de relieve las complejas implicaciones sociales y políticas de un determinado imaginario teológico, sin aludir apenas al tema del género, a no ser en la cita de la mujer bávara, a la que pone como ejemplo de masoquismo cristiano. Ese motivo ha sido explicitado de manera más intensa en otros lugares, entre los que resulta significativa la voz «Leiden/Opfer» (sufrimiento/sacrificio), que Sölle escribió para Wörterbuch der Feministischen Theologie (Diccionario de teología feminista). En ese contexto, ella ha puesto de relieve que las dos reacciones al sufrimiento (una de rebeldía y otra de aceptación) que aparecen en la Biblia (especialmente en Job y en los relatos de la pasión de Jesús ) y en la historia del cristianismo pueden vivirse en una dialéctica que salvaguarde la libertad del ser humano.
Sin embargo, de hecho, en la práctica, la tradición cristiana ha terminado por atribuir a los varones la prerrogativa de la protesta, con la posibilidad de escapar (liberarse) de condiciones familiares o laborales que sean insoportables, mientras que ha impuesto a las mujeres y a los pobres la exigencia de bajar la cabeza con paciencia y humildad ante sus sufrimientos.
La iglesia tiene en este campo mucha responsabilidad porque, según esas categorías (paciencia y humildad), ella predicaba a las mujeres “el servilismo y la aceptación del destino impuesto por Dios” y pasaba por alto la diferencia entre sufrimientos evitables e inevitables [6]; de esa manera traicionaba el compromiso activo y solidario de Cristo por la liberación de todos los seres humanos.
En esa línea, el cristianismo ha mostrado componentes sadomasoquistas, cuyo fundamento ha de verse, por un lado, en la representación de Dios como omnipotente e indiferente al sufrimiento de los hombres, y en la ratificación por otro lado, de un tipo de ordenamiento jerárquico, que sitúa a las mujeres en el último puesto, exigiéndoles que asuman (que lleven con ellas) el sufrimiento, lo mismo que son ellas las que asumen el hecho de llevar en el vientre al hijo que ha de nacer.
Comentarios desactivados en Faustino Vilabrille: «El pecado no ofende a Dios absolutamente en nada»
Leído en su blog:
«La idea del pecado, asociada al mismo tiempo a la del infierno como castigo del mismo por ser una terrible ofensa a Dios, fue uno de los mas grandes martillos, usado durante siglos por la Iglesia oficial para mantener a sus fieles sumisos, dominados, obedientes y dóciles»
«La muerte de Jesús no fue cargar con nuestros pecados como víctima propiciatoria de un ser humano ofrecida a Dios para reparar las graves ofensas de los hombres a Dios»
«El infierno no es una venganza de Dios, ni un castigo reparador, pues Dios no necesita ser reparado de nada»
Cuenta el Evangelio de hoy que Juan Bautista, al ver a Jesús que se acercaba exclamó: “este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
La idea del pecado, asociada al mismo tiempo a la del infierno como castigo del mismo por ser una terrible ofensa a Dios, fue uno de los mas grandes martillos, usado durante siglos por la Iglesia oficial para mantener a sus fieles sumisos, dominados, obedientes y dóciles. Nada más lejos de Jesucristo y su mensaje, porque:
– El pecado es simplemente el mal que hacemos, a nosotros mismos, a los demás o a la creación, o el bien que dejamos de hacernos a nosotros mismos, a los demás o a la creación.
– El pecado no ofende a Dios absolutamente en nada.
– Dios no necesita ningún sacrificio reparador de nadie.
– La muerte de Jesús no fue una ofrenda a Dios por los pecados del mundo.
– La muerte de Jesús no fue cargar con nuestros pecados como víctima propiciatoria de un ser humano ofrecida a Dios para reparar las graves ofensas de los hombres a Dios.
– La muerte de Jesús no fue una víctima sacrificada exigida por Dios para sentirse reparado de las ofensas de los hombres. Esto sería ser un dios, cruel, tirano, justiciero, vengativo, sádico…, que exige ser expiado. Ya el Salmo 39 lo predecía así: “Tu no quieres sacrificios ni ofrendas; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios”. El sacrificio por el sacrificio, o sea, el sufrimiento por el sufrimiento es absurdo: no tiene sentido, solo tiene sentido en función del servicio a los demás, como fue el caso de Jesús y de tantas personas que dan lo mejor de si mismas al servicio de los demás, y en especial de los más empobrecidos, enfermos y necesitados.
– El infierno no es una venganza de Dios, ni un castigo reparador, pues Dios no necesita ser reparado de nada. El miedo a Dios fue un invento de los hombres. La muerte de Jesús fue un asesinato tramado por las “autoridades” religiosas y políticas, confabuladas contra El, por defender a los oprimidos y denunciar a los opresores religioso-políticos del pueblo, que vivían a costa del pueblo al que “imponían grandes cargas a los demás sin mover ni un dedo para ayudarles, que banqueteaban espléndidamente a costa del pueblo, que se hacían llamar señores”.
Jesús dice: “quien me ve a mi ve al Padre”. Por tanto, Jesús es la verdadera imagen de Dios. Dios es lo que vemos en Jesús.
¿Qué vemos en Jesús? Preocupación por los enfermos, por lo hambrientos, por los marginados, por los débiles, por los despre-ciados, por los indefensos, por los vulnerables.
¿Qué vemos en Jesús? Hambre y sed de justicia, de paz, de igualdad, de solidaridad, de verdad, de vida, de amor.
¿Qué vemos en Jesús? Honradez, lealtad, misericordia, nobleza, sinceridad.
Todo eso es lo que vemos en Jesús. Por tanto, todo eso es Dios. Todo eso es lo que debemos ser nosotros. Jesús mismo dice: “yo he venido para que todos tengan vida y vida en abundancia”. Nuestra misión en este mundo es luchar con El y como El para que haya vida en abundancia para Todos los Seres Humanos y para Toda la Creación.
Por tanto, quitar el pecado del mundo es quitar las injusticias, el hambre, las guerras, la corrupción, la violencia, el odio, los malos tratos, los abusos, los engaños, las mentiras, las desigualdades, los miedos, todo aquello que hace sufrir al Ser Humano o a la Creación. Todos esos males son el pecado que vino a quitar Jesús del mundo, que ahora es misión nuestra eliminar. Creer en Jesús es seguirlo a El para hacer en este mundo lo mismo que El hizo.
Jesús lo sintetizó todo en un único mandamiento promulgado por primera vez en la historia de la humanidad, que El formuló así: “un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros”, y lo repite: “este es mi mandamiento, que os améis unos a otros”. Donde hay amor, no hacen falta leyes. Donde no hay amor, no hay leyes que valgan.
Y nunca mejor dicho: Un abrazo muy cordial a tod@s.-Faustino
Comentarios desactivados en Con o sin el Dios de Jesús de Nazaret
ALERTA: desenmascarar la más peligrosa alternativa para la humanidad
Son muchos los problemas o temas que nos envuelven, pero por encima de todos ellos, hay uno que nos condiciona acaso sin saberlo: vivir o no bajo la acción primera de alguien, a quien llamamos Dios, creador del universo
Obviamente, la humanidad incluye a todas las personas, pueblos, naciones y continentes del orbe. Y esa común humanidad viene dotada para convivir en relaciones de igualdad
Ahora, ¿quién fue ese Alguien que vino a revelarnos que Dios es también Padre nuestro y, en consecuencia, nosotros hijos suyos y todos hermanos entre sí?
| Benjamín Forcano
Fijar bien la cuestión
Es lo primero. Son muchos los problemas o temas que nos envuelven, pero por encima de todos ellos, hay uno que nos condiciona acaso sin saberlo: vivir o no bajo la acción primera de alguien, a quien llamamos Dios, creador del universo.
Hacía millones y millones de años que el mundo comenzó a existir un mundo que no salió de la nada, ni fue efecto del azar.
En ese mundo emergía el ser humano que, tras sospecharlo e indagar, dedujo que ese alguien era Dios, pero sin averiguar nombre ni figura.
En el devenir del tiempo, Dios mismo decidió manifestarse para realizar y mostrar ell modo de ser humano.
Dios Padre envió a su hijo, que nació de María y de José y que marcó, hace más de dos mil años, el punto más alto y esclarecedor de la vida humana. Acampado entre nosotros, se dio a conocer como Jesús de Nazaret, el Mesías esperado, Creador y Señor del universo.
Jesús de Nazaret y su Dios
Obviamente, la humanidad incluye a todas las personas, pueblos, naciones y continentes del orbe. Y esa común humanidad viene dotada para convivir en relaciones de igualdad. Es mulitforme pero concuerda en lo esencial, por compartir idéntica naturaleza.
Ahora, ¿quién fue ese Alguien que vino a revelarnos que Dios es también Padre nuestro y, en consecuencia, nosotros hijos suyos y todos hermanos entre sí?
Hoy, entidades de esta gran humanidad (Naciones, Imperios…) pretenden negar la global realidad humana tal como es, sustrayéndole su igualdad esencial, para reducirla a otra configuración, ajena a la histórica de Jesús de Nazaret: Dios creador, hecho hombre y que recorrió el camino de serlo plenamente .
Para quienes pretenden negarlo, Jesús ni era Dios ni podía manifestarlo en su humanidad. Tal atribución era considerada una farsa y un escándalo que cundió y recorrió siglos, precisamente porque Jesús de Nazaret reivindicaba para todos igual dignidad, con especial prioridad para los más despreciados y oprimidos.
Si para el Dios de Jesús es connatural la defensa de los más despreciados y oprimidos, aparece entonces como el Dios liberador de las mayorías empobrecidas.
Nunca, de nadie, en ningún lugar, se dijo lo que de Jesús: HA RESUCITADO
Tal novedad, Jesús la dejó inapelablemente sellada con su resurrección, pero ni por esas los que disponían del Poder y de la Ley dejaron de espiarlo y perseguirlo hasta conseguir crucificarlo por rebelde y subversivo.
La contienda era, y es, radical pues prescindir de Jesús de Nazaret para suplantarlo por un proyecto de convivencia internacional, que somete a todas las naciones al superexaaaaltado ídolo del imperialismo yanqui, supone un objetivo sin precedentes, que clama contra el ser y el destino real de la humanidad.
Es la guerra de hoy, la más cruel, insensata y global: eliminar y suplantar al Dios de Jesús, históricamente liberador de todos, por un imperio, repelente y tiraníco sobre la vida humana y el universo.
El discípulo amado Juan: Seguidores somos de Jesùs de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre
Con razón, y por suerte, tenemos al evangelista Juan, el discípulo amado, (Jn. 1,19-50) quien pudo vivirlo y supo expresarlo con sencilla maestría:
“Jesús de Nazaret existió desde el principio, era hijo único de Dios, estaba lleno de amor y lealtad, hizo todo lo creado, se hizo hombre y era vida y luz que ilumina a todo hombre. Pero, vino a su casa y los suyos no lo recibieron. Y a los que lo recibieron los hace nacer hijos de Dios”.
Palabras que coinciden con las que un día, Jesús en su propio pueblo, en la sinagoga, pronunció, con gran conternación e indignación de todos:
“El espíritu del Señor está sobre mi, porque El me ha ungido, para que de la noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vida a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor (Is. 61,12).
Y añadió : «Hoy en vuestra presencia se ha cumplido este pasaje».
Y Jesús lo reitera para que todo el mundo lo entienda:
* Entre el amor a Dios y al prójimo no hay contraposición. Nadie puede presumir de amar a Dios a quien no ve, si aborrece al prójimo a quien ve. Quien odia al hermano no ha salido de las tinieblas. Y no sabe dónde va. Y sin este amor no se puede entrar en el reino de Dios.
* La construcción de este reino de Dios comienza por uno mismo, dando muerte al egoismo, a la codicia al orgullo y dedicándose a cultivar la fraternidad , puesto que la vida de todo ser humano vale tanto como la de uno mismo.
* La entrada en el reino de Dios exige el cultivo de la fraternidad universal, mediante una relación de apertura a todos los pueblos , en que viven personas de toda raza y cultura.
Por muy astutamente programado que venga el embuste, no se logrará que se imponga la aniquilante trampa de su mal disimulada alternativa.
Broche de oro de Pedro Casaldáliga
Por Jesús de Nazaret, el Señor, el Hermano
“¡Creo que creo de verdad en El! Creo en El y lo adoro. Le amo. Vivo de El, por El. Me gustaría dar la vida por El. Espero, en todo caso, morir en El para vivir con El eternamente.
¡Creo en este amigo que me presentaron mis padres, la Iglesia; Dios hecho hombre, nacido en Belén, de la casta de David, venida a menos, hijo verdadero de María , judío y obrero, natural de un pueblo colonizado; hombre, que ama y sufre y muere, perseguido y condenado por el Poder de los hombres, Resucitado por el Poder de Dios, Hombre Hijo de Dios, misteriosamente igual al Padre, “en quien habita corporalmente la plenitud de la Divinidad”, cuyo Espíritu anima a la Iglesia, Camino, Verdad y Vida, Salvador de los Hombres, el Señor!
Muertos los ídolos y los fantasmas, creo firmemente, creo únicamente en El, el Dios Hombre que ha asumido y revolucionado y solucionado la Historia humana , y es el rostro verdadero del Dios vivo y el rostro primogénito del Hombre Nuevo”.
NO a la tiranía idolátrica del imperialismo yanqui. SI al Dios de Jesús de Nazaret, Creador y Presencia humana viva entre nosotros del ser y destino de la humanidad.
NO al horror de una tiranía la más inhumana y la más opuesta al Dios de Jesús, Padre y Creador del universo.
Comentarios desactivados en “Dios como creatividad del universo”, por José Arregi
De su blog Umbrales de Luz:
¿Merece aún la pena hablar de “Dios”? Sinceramente no lo sé, pero, con todas las dudas, para mucha gente –y para mí mismo– sigue siendo una buena manera de decir el Misterio indecible más hondo y mejor del universo, y una fuente inspiradora de justicia y paz en un mundo que tanto lo necesita.
La palabra Dios (Deus, Dieu, Dio…), derivada de la raíz indoeuropea deiw (“luz”) es una metáfora: una expresión que, más allá de su significado, nos remite al Misterio último o a la Realidad primera inefable. Lo mismo sucede con la palabra God (o Gott…), derivada de la raíz indogermánica gheu(“invocar”), y así podríamos seguir, de metáfora en metáfora, con todas las palabras con que en las diversas lenguas se dice Dios. Sería una bella y humilde, reveladora teología metafórica de lo Inefable.
“Creatividad” me parece una de las concreciones metafóricas más evocadoras del Misterio de los misterios, de lo Real de todas las realidades, de Dios. Así lo propuso hace más de una década Stuart Kauffman (1939-), prestigioso biólogo, laureado en 1987 con el premio MacArthur al “genio”, investigador de la teoría de la complejidad, “humanista secular” en sus propias palabras, pensador visionario en las fronteras de la ciencia. Declara rotundamente ser ateo del “Dios” teísta (Ente Supremo omnipotente, creador, personal distinto del mundo), y con la misma rotundidad, sin embargo, declara que hoy, cuando el siglo XXI avanza veloz, para salvar a la humanidad y a la comunidad de los vivientes, necesitamos redescubrir y reconocer la sacralidad del universo, y que la vieja palabra Dios puede aún sernos útil y necesaria para referirnos justamente a esa sacralidad y vivir de acuerdo a ella. Claro que para ello se requiere reinventar a Dios o lo sagrado (cf. su libro Reinventing the Sacred: A New View of Science, Reason and Religion, 2008). Recojo de manera libre algunas claves fundamentales del pensamiento del autor al respecto.
Es preciso, dice, “reinventar lo sagrado natural” o al “Dios natural”. Evidentemente, “lo sagrado” no es para él algo contrapuesto a “lo profano” ni “natural” significa algo subordinado a “sobrenatural”. “Natural” designa toda la naturaleza, el universo de cuanto existe, y “sagrado” es toda la naturaleza en cuanto suscita asombro, reverencia, respeto, responsabilidad. Repárese a cada uno de estos términos.
El reconocimiento de la creatividad inspira, funda, sostiene la ética. Contemplo la realidad transida, habitada, movida por la misteriosa energía o dinamismo creador, y me embarga el asombro. El asombro me lleva a la reverencia: ¡oh sagrada realidad en permanente movimiento, relación y transformación, tú que nos haces ser y que hacemos ser!, ¡oh círculo infinito con el centro en todo, sin circunferencia ni comienzo ni fin!, te adoro y te invoco en todo, más allá y más acá de todo. La reverencia me mueve al respeto absoluto de todos los seres, desde las partículas a las galaxias y al multiverso si existe: yo soy en relación con todo, nada me es ajeno, de todo recibo y a todo me debo. El respeto me inspira y me incita a la responsabilidad: todo me llama, me interpela, me invoca. Amarás al prójimo como a ti mismo, y así serás tú mismo.
La creatividad universal no es exterior al universo. No hay acción ni agente exterior, no hay un “Dios” que actúe desde fuera. La realidad universal es autocreativa, eterna o transtemporal. “Hágase”, dice Dios una y otra vez en el mito bíblico del Génesis. Que todo se haga a sí mismo dejándose hacer por todo y haciéndolo. Eso es Dios, “suficiente Dios”, dice Kauffman. Es más íntimo y más infinito que todo “Dios” imaginado como Ente Supremo personal, humano y “particular” en el fondo.
Creatividad significa que la realidad en su conjunto se autoconstituye a través de la emergencia, ese fenómeno fundamental por el que brotan nuevas formas o totalidades gracias a organizaciones más complejas de elementos más simples. Misteriosa creatividad por la que de menos sale más. Las partículas se reúnen y crean átomos, los átomos se reúnen y crean moléculas, las moléculas se reúnen y crean células ¡vivientes!, las células se reúnen y crean tejidos, órganos, organismos increíblemente complejos, hongos, plantas, peces, aves, mamíferos, primates hominoideos, homínidos, humanos… y lo que vendrá todavía, o lo que existe ya y no conocemos. Sin embargo, no podemos dejar de pensar que en aquello más simple existía la posibilidad de unirse en formas más complejas y de crear así formas aún inimaginables. ¿Qué es lo “más simple”? Es potencialidad.
La creatividad hace justamente que de elementos más simples emerjan nuevas formas más complejas cualitativamente distintas, irreductibles a los elementos de los que han emergido. Nuevas formas más complejas que se rigen por leyes distintas y están dotadas de propiedades distintas que no son explicables por las solas leyes que rigen en las formas más simples de las que han emergido. “Más complejo significa diferente” (P. W. Anderson, Premio Nobel de física). La biología no se explica sin leyes físicas y químicas ni solo con ellas. La espiritualidad no se explica sin leyes biológicas ni solo con ellas. La vida emerge de la física y de la química, pero no es reductible a ellas; la mente emerge de las células neuronales, pero no es reductible a ellas; la conciencia emerge del cerebro, pero no es reductible a él. Las moléculas no son reductibles a los átomos, ni la célula viviente a las simples moléculas, ni el chimpancé – ni el pájaro, ni el pez, ni la planta– a un mero conjunto de órganos. Ni la inteligencia y la conciencia de un ser transhumano que pudieran emerger serán reductibles a nuestra especie Sapiens. Y, sin embargo, más complejo no significa en ningún caso ni superior, ni más importante, ni más digno.
La creatividad significa también que no existe determinismo absoluto. El universo autocreativo es una realidad abierta. El futuro es impredecible, pues no podemos conocer todos los factores emergentes que lo configurarán o todas las nuevas leyes a las que obedecerá. Todo fenómeno –meteorológico, económico, político…– es efecto de una serie infinitamente larga y compleja de causas ligadas entre sí, y todo fenómeno, por insignificante que sea, es al mismo tiempo el inicio de otra serie incalculable de factores que podrían, al final, provocar inundaciones o seguías, cosechas o hambrunas, imperios y revoluciones, y alterar la historia. El resultado final es siempre un fruto imprevisible de la creatividad.
Sagrada creatividad que religa todo con todo en un cuerpo cósmico enteramente creado y creador. Un cuerpo en el que cada forma es un todo formado de partes, y es a la vez una parte de un todo mayor. Un cuerpo en el que toda parte es agente y toda acción es creadora, para bien o para mal (si es que podemos llamar “creación” a una acción que crea hambre y miseria, guerra y destrucción, tantas cosas que nos estremecen). Un cuerpo en el que todos los seres somos, en comunión, co-agentes de la Creación o de la Creatividad infinita y eterna.
La metáfora de la creatividad evoca un Misterio último, una Realidad primera, una Presencia eterna que trasciende toda contraposición entre materia-energía inanimada y espíritu inmaterial: la realidad originaria es a la vez, eternamente, “materia-energía espiritual” creándose y “espíritu material” creador. Es la transcendencia del universo inmanente y la inmanencia de la transcendencia universal. La creatividad no existe sino en las formas que se van creando, y las formas no existen sino en cuanto animadas de creatividad.
La metáfora de la creatividad nos remite, pues, más allá de un panteísmo burdo en que todos los seres serían partes de “Dios” y “Dios” sería la suma de todas las partes. La creatividad podría conciliarse con el panenteísmo (en griego “pan en Theó” = “todo en Dios”), en cuanto que todos los seres somos en Dios, pero sin imaginar que Dios sea Algo o Alguien en el que somos. La creatividad podría tal vez expresarse mejor en el término teoenpantismo (“Theós en panti” = “Dios en todo”) –neologismo que me permito proponer–, en cuanto que Dios no es sino en los seres, como el misterio de la creatividad o el poder ser-hacer que los anima.
La metáfora divina de la creatividad apunta así más allá tanto del teísmo como del ateísmo, “puede salvar la brecha –dice S. Kaufman– entre los que creen en alguna forma de Dios y los humanistas seculares como yo que no lo hacemos”. “Necesitamos algo más”, añade, “un nuevo tipo de espacio sagrado”. Creo que sí. En estos tiempos de profunda transición cultural, necesitamos ciertamente superar el viejo teísmo y los viejos credos religiosos que, en su literalidad, se han vuelto insostenibles, pero necesitamos igualmente superar, en palabras de Kauffman, “el páramo espiritual” en que nos hallamos.
En resumen, el biólogo filósofo norteamericano propone una nueva visión de la realidad, de la ciencia, y también de la religión, de lo sagrado o de Dios: “un nuevo Dios –dice–, no como trascendente, ni como agente, sino como la creatividad misma del universo”. Y a todos nos convoca a una mirada mística y ético-política más allá del positivismo científico y del dogmatismo religioso (que es otra forma de positivismo).
Pero ¿por qué seguir utilizando todavía el equívoco nombre Dios para referirse a lo sagrado de la realidad universal? S. Kauffman responde: “porque Dios es el ‘símbolo más poderoso que hemos creado’ ”. No sé si es razón suficiente, pero el hecho es que miles de millones de seres humanos designan todavía con la metáfora “Dios” (en todas sus versiones) lo más real, lo más sagrado e indecible de todo lo real: la creatividad que lo anima y nos interpela.
En cualquier caso, no se trata de utilizar una palabra u otra, de sustituir un nombre por otro. Tampoco se trata de creer o dejar de creer algo. Se trata de crear, de dejarnos crear y de que seamos agentes de la creatividad sagrada, a saber, de que hagamos que donde haya guerra pongamos paz, donde haya odio pongamos perdón, donde haya muerte pongamos vida, y donde haya destrucción pongamos creación.
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