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“Dios como creatividad del universo”, por José Arregi

Miércoles, 8 de febrero de 2023

dios-universoDe su blog Umbrales de Luz:

¿Merece aún la pena hablar de “Dios”? Sinceramente no lo sé, pero, con todas las dudas, para mucha gente –y para mí mismo– sigue siendo una buena manera de decir el Misterio indecible más hondo y mejor del universo, y una fuente inspiradora de justicia y paz en un mundo que tanto lo necesita.

La palabra Dios (Deus, Dieu, Dio…), derivada de la raíz indoeuropea deiw (“luz”) es una metáfora: una expresión que, más allá de su significado, nos remite al Misterio último o a la Realidad primera inefable. Lo mismo sucede con la palabra God (o Gott…), derivada de la raíz indogermánica gheu(“invocar”), y así podríamos seguir, de metáfora en metáfora, con todas las palabras con que en las diversas lenguas se dice Dios. Sería una bella y humilde, reveladora teología metafórica de lo Inefable.

Creatividad” me parece una de las concreciones metafóricas más evocadoras del Misterio de los misterios, de lo Real de todas las realidades, de Dios. Así lo propuso hace más de una década Stuart Kauffman (1939-), prestigioso biólogo, laureado en 1987 con el premio MacArthur al “genio”, investigador de la teoría de la complejidad, “humanista secular” en sus propias palabras, pensador visionario en las fronteras de la ciencia. Declara rotundamente ser ateo del “Dios” teísta (Ente Supremo omnipotente, creador, personal distinto del mundo), y con la misma rotundidad, sin embargo, declara que hoy, cuando el siglo XXI avanza veloz, para salvar a la humanidad y a la comunidad de los vivientes, necesitamos redescubrir y reconocer la sacralidad del universo, y que la vieja palabra Dios puede aún sernos útil y necesaria para referirnos justamente a esa sacralidad y vivir de acuerdo a ella. Claro que para ello se requiere reinventar a Dios o lo sagrado (cf. su libro Reinventing the Sacred: A New View of Science, Reason and Religion, 2008). Recojo de manera libre algunas claves fundamentales del pensamiento del autor al respecto.

Es preciso, dice, “reinventar lo sagrado natural” o al “Dios natural”. Evidentemente, “lo sagrado” no es para él algo contrapuesto a “lo profano” ni “natural” significa algo subordinado a “sobrenatural”. “Natural” designa toda la naturaleza, el universo de cuanto existe, y “sagrado” es toda la naturaleza en cuanto suscita asombro, reverencia, respeto, responsabilidad. Repárese a cada uno de estos términos.

El reconocimiento de la creatividad inspira, funda, sostiene la ética. Contemplo la realidad transida, habitada, movida por la misteriosa energía o dinamismo creador, y me embarga el asombro. El asombro me lleva a la reverencia: ¡oh sagrada realidad en permanente movimiento, relación y transformación, tú que nos haces ser y que hacemos ser!, ¡oh círculo infinito con el centro en todo, sin circunferencia ni comienzo ni fin!, te adoro y te invoco en todo, más allá y más acá de todo. La reverencia me mueve al respeto absoluto de todos los seres, desde las partículas a las galaxias y al multiverso si existe: yo soy en relación con todo, nada me es ajeno, de todo recibo y a todo me debo. El respeto me inspira y me incita a la responsabilidad: todo me llama, me interpela, me invoca. Amarás al prójimo como a ti mismo, y así serás tú mismo.

La creatividad universal no es exterior al universo. No hay acción ni agente exterior, no hay un “Dios” que actúe desde fuera. La realidad universal es autocreativa, eterna o transtemporal. “Hágase”, dice Dios una y otra vez en el mito bíblico del Génesis. Que todo se haga a sí mismo dejándose hacer por todo y haciéndolo. Eso es Dios, “suficiente Dios”, dice Kauffman. Es más íntimo y más infinito que todo “Dios” imaginado como Ente Supremo personal, humano y “particular” en el fondo.

Creatividad significa que la realidad en su conjunto se autoconstituye a través de la emergencia, ese fenómeno fundamental por el que brotan nuevas formas o totalidades gracias a organizaciones más complejas de elementos más simples. Misteriosa creatividad por la que de menos sale más. Las partículas se reúnen y crean átomos, los átomos se reúnen y crean moléculas, las moléculas se reúnen y crean células ¡vivientes!, las células se reúnen y crean tejidos, órganos, organismos increíblemente complejos, hongos, plantas, peces, aves, mamíferos, primates hominoideos, homínidos, humanos… y lo que vendrá todavía, o lo que existe ya y no conocemos. Sin embargo, no podemos dejar de pensar que en aquello más simple existía la posibilidad de unirse en formas más complejas y de crear así formas aún inimaginables. ¿Qué es lo “más simple”? Es potencialidad.

La creatividad hace justamente que de elementos más simples emerjan nuevas formas más complejas cualitativamente distintas, irreductibles a los elementos de los que han emergido. Nuevas formas más complejas que se rigen por leyes distintas y están dotadas de propiedades distintas que no son explicables por las solas leyes que rigen en las formas más simples de las que han emergido. “Más complejo significa diferente” (P. W. Anderson, Premio Nobel de física). La biología no se explica sin leyes físicas y químicas ni solo con ellas. La espiritualidad no se explica sin leyes biológicas ni solo con ellas. La vida emerge de la física y de la química, pero no es reductible a ellas; la mente emerge de las células neuronales, pero no es reductible a ellas; la conciencia emerge del cerebro, pero no es reductible a él. Las moléculas no son reductibles a los átomos, ni la célula viviente a las simples moléculas, ni el chimpancé – ni el pájaro, ni el pez, ni la planta– a un mero conjunto de órganos. Ni la inteligencia y la conciencia de un ser transhumano que pudieran emerger serán reductibles a nuestra especie Sapiens. Y, sin embargo, más complejo no significa en ningún caso ni superior, ni más importante, ni más digno.

La creatividad significa también que no existe determinismo absoluto. El universo autocreativo es una realidad abierta. El futuro es impredecible, pues no podemos conocer todos los factores emergentes que lo configurarán o todas las nuevas leyes a las que obedecerá. Todo fenómeno –meteorológico, económico, político…– es efecto de una serie infinitamente larga y compleja de causas ligadas entre sí, y todo fenómeno, por insignificante que sea, es al mismo tiempo el inicio de otra serie incalculable de factores que podrían, al final, provocar inundaciones o seguías, cosechas o hambrunas, imperios y revoluciones, y alterar la historia. El resultado final es siempre un fruto imprevisible de la creatividad.

Sagrada creatividad que religa todo con todo en un cuerpo cósmico enteramente creado y creador. Un cuerpo en el que cada forma es un todo formado de partes, y es a la vez una parte de un todo mayor. Un cuerpo en el que toda parte es agente y toda acción es creadora, para bien o para mal (si es que podemos llamar “creación” a una acción que crea hambre y miseria, guerra y destrucción, tantas cosas que nos estremecen). Un cuerpo en el que todos los seres somos, en comunión, co-agentes de la Creación o de la Creatividad infinita y eterna.

La metáfora de la creatividad evoca un Misterio último, una Realidad primera, una Presencia eterna que trasciende toda contraposición entre materia-energía inanimada y espíritu inmaterial: la realidad originaria es a la vez, eternamente, “materia-energía espiritual” creándose y “espíritu material” creador. Es la transcendencia del universo inmanente y la inmanencia de la transcendencia universal. La creatividad no existe sino en las formas que se van creando, y las formas no existen sino en cuanto animadas de creatividad.

La metáfora de la creatividad nos remite, pues, más allá de un panteísmo burdo en que todos los seres serían partes de “Dios” y “Dios” sería la suma de todas las partes. La creatividad podría conciliarse con el panenteísmo (en griego “pan en Theó” = “todo en Dios”), en cuanto que todos los seres somos en Dios, pero sin imaginar que Dios sea Algo o Alguien en el que somos. La creatividad podría tal vez expresarse mejor en el término teoenpantismo (“Theós en panti” = “Dios en todo”) –neologismo que me permito proponer–, en cuanto que Dios no es sino en los seres, como el misterio de la creatividad o el poder ser-hacer que los anima.

La metáfora divina de la creatividad apunta así más allá tanto del teísmo como del ateísmo, “puede salvar la brecha –dice S. Kaufman– entre los que creen en alguna forma de Dios y los humanistas seculares como yo que no lo hacemos”. “Necesitamos algo más”, añade, “un nuevo tipo de espacio sagrado”. Creo que sí. En estos tiempos de profunda transición cultural, necesitamos ciertamente superar el viejo teísmo y los viejos credos religiosos que, en su literalidad, se han vuelto insostenibles, pero necesitamos igualmente superar, en palabras de Kauffman, “el páramo espiritual” en que nos hallamos.

En resumen, el biólogo filósofo norteamericano propone una nueva visión de la realidad, de la ciencia, y también de la religión, de lo sagrado o de Dios: “un nuevo Dios –dice–, no como trascendente, ni como agente, sino como la creatividad misma del universo”. Y a todos nos convoca a una mirada mística y ético-política más allá del positivismo científico y del dogmatismo religioso (que es otra forma de positivismo).

Pero ¿por qué seguir utilizando todavía el equívoco nombre Dios para referirse a lo sagrado de la realidad universal? S. Kauffman responde: “porque Dios es el ‘símbolo más poderoso que hemos creado’ ”. No sé si es razón suficiente, pero el hecho es que miles de millones de seres humanos designan todavía con la metáfora “Dios” (en todas sus versiones) lo más real, lo más sagrado e indecible de todo lo real: la creatividad que lo anima y nos interpela.

En cualquier caso, no se trata de utilizar una palabra u otra, de sustituir un nombre por otro. Tampoco se trata de creer o dejar de creer algo. Se trata de crear, de dejarnos crear y de que seamos agentes de la creatividad sagrada, a saber, de que hagamos que donde haya guerra pongamos paz, donde haya odio pongamos perdón, donde haya muerte pongamos vida, y donde haya destrucción pongamos creación.

Aizarna, 25 de enero de 2023

 

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“Criaturas y creadores en creación”, por José Arregi

Viernes, 11 de noviembre de 2022

5B936102-37E0-4EC3-B78F-501B78800128De su blog Umbrales de Luz:

La sobrecogedora destrucción que se extiende en la Tierra me mueve a mirar el profundo misterio de creatividad que la habita. Somos hijos e hijas de la creatividad, y responsables de ella.

Soy criatura del aire que respiro, de la sangre que circula en todo mi cuerpo, de las sustancias que me nutren, de los átomos y moléculas, células y tejidos de que estoy hecho, de los órganos que ejercen mis funciones vitales, de los cerca de 100 mil millones de neuronas y más de 100 billones de conexiones neuronales que me hacen ser y sentirme “yo”, ser consciente de mi ser con una consciencia aún incipiente que los seres humanos Sapiens compartimos al menos con numerosas especies animales.

Y de los vegetales ¿qué diremos? Sabemos al menos que, aun sin neuronas ni cerebro, muchas plantas –o todas, cada una a su manera–, son inteligentes. Saben crear –como ningún biólogo ni ingeniero ni creador humano lo sabe hacer todavía– flores que engendran semillas de las que brotan nuevas plantas. Y todas saben nacer y crecer sin codicia, vivir sin inquietud, darse en comunión, dejarse comer, morir sin angustia y dejarse renacer en innumerables otras formas. Suprema sabiduría.

Soy criatura del óvulo materno y del espermatozoide paterno que me engendraron, de los genes que me transmitieron. Soy criatura de las relaciones y condiciones familiares, sociales, culturales, económicas o políticas que me han forjado y me siguen forjando tanto como los genes. Soy criatura de todo lo que veo, oigo, gusto, huelo, toco, de todos los sentidos que me comunican con todos los seres, próximos o lejanos, con lo otro, con todo. Soy criatura de la luz del sol que mantiene encendida la llama de la vida en todos los vivientes. Soy criatura del universo o multiverso autocreador y de sus condiciones creadoras. Y puesto que todos los seres forman parte de las condiciones creadoras del universo y todas están interrelacionadas entre sí, a la vez que criatura soy también creador, co-creador, de dichas condiciones. Cada criatura es, a su manera y en su medida, creador del universo.

También soy, sin duda, criatura de mis propias decisiones. Ahora bien, mis decisiones solo son posibles gracias a un sinfín de circunstancias y condicionamientos. Todas mis decisiones y elecciones –creadoras o destructoras– están enteramente condicionadas por infinidad de condiciones externas e internas. Pero soy yo quien las adopto, y mi decisión es única e intransferible. Y cada una de las decisiones o elecciones que adopto se convierten a su vez en factor –insignificante o decisivo ¿quién lo sabe?– de la decisión de todos los seres.

¿Todos los seres deciden acaso? Creo que se puede decir que, efectivamente, todos los seres deciden, que todos los organismos eligen, cada uno a su manera. Todo organismo obedece a la santa ley de la vida, a la maravillosa ley creadora que le guía. No puede hacer otra cosa. Pero no por ello es una obediencia ciega, sino iluminada. El girasol es capaz de orientarse al sol, de elegir el misterioso impulso vital que lo anima y lo mueve. En esa capacidad de elegir la vida consiste su libertad; la libertad consiste, en el fondo, en secundar desde dentro la poderosa creatividad que lo mueve todo, que nos mueve. Y ninguna elección es automática, tampoco la del girasol. Su elección concreta –su decisión, se podría decir análogamente– es fruto de tantas y tan complejas condiciones, ligadas a las partículas de sus átomos y a las galaxias más lejanas, que nunca es automáticamente previsible ni predecible de antemano y en detalle. En un extenso campo de girasoles recién brotados en primavera, ¿quién podrá predecir con seguridad si una cualquiera de esa plantita realizará, y en qué grado, la libertad de vivir, fructificar y darse, si llegará a crecer y florecer, si podrán germinar y si, llegado el final del verano o el comienzo del otoño, podrán madurar sus sabrosas semillas llenas de aceite?

Nosotros, los humanos de hoy, seres tan complejos y frágiles, a medio camino todavía de nuestra realización, somos especialmente criaturas de nuestras propias decisiones ineludibles. Decidimos gracias y de acuerdo a innumerables condiciones, pero decidimos. Un impulso irresistible, una maravillosa creatividad, nos empuja a elegir, a ser libre, es decir: a realizar nuestra vocación creadora, a crearnos y a crear en lugar de destruirnos y destruir. Cada uno de nosotros es el agente, único e irremplazable, de su elección. Cada uno, desde el fondo de nuestro ser, de la Tierra que nos engendra, del Universo en el que somos, escucha una voz eterna como el universo: “Ante ti están la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia” (libro bíblico del Deuteronomio 30,19).

Toda elección es, insisto, enteramente condicionada y, a la vez, personalmente adoptada. Y las condiciones externas e internas son tantas y tan infinitamente complejas, que nuestras opciones, aun siendo enteramente condicionadas, nunca son enteramente predecibles. La libertad no consiste en elegir sin condiciones –“libre albedrío”–, sino en hacerme sujeto responsable de las condiciones que me constituyen y de las decisiones que tomo. La libertad es la sabiduría de actuar sabiendo que dependo de todo, que me debo a todos, y es la sabiduría de decidir como si todo dependiera de mí. Humildemente, responsablemente, solidariamente.

Yo soy el agente de mi elección, el agente insustituible de mi decisión, de mi opción de abrirme o de cerrarme, de darme o de reservarme, de cuidar o de descuidar, de crear o de destruir. Yo soy agente y responsable de mis decisiones condicionadas, en relación con todo lo que me ha creado y estoy llamado a crear. Debo a la vez cuidar las condiciones que me hacen y las decisiones de las que soy agente, debo responder tanto de aquellas como de éstas, para crearme mejor. Y este deber es gracia y poder.

No estoy aún creado del todo. Tampoco lo está la especie humana Sapiens, que no es la primera ni será la última de las especies humanas. Ninguna especie, nada está creado del todo. Empujado por esa fuerza imparable de la creatividad, en un universo absolutamente dinámico, interrelacionado y evolutivo, soy criatura inacabada, criatura creándose, criatura en proceso de creación. Todo cuanto existe podría decir lo mismo de sí: “Soy creado, creador y creándose”. Creado y creando, estoy aún por crear y por crearme del todo. Justamente, el término creatura, en latín, no solo significa algo creado, sino que también es nominativo femenino del participio activo futuro del verbo creare (crear) y significa “la que va a crear”; al igual que natura no designa únicamente “naturaleza”, sino que es a la vez el nominativo femenino del participio activo futuro del verbo nascere (nacer), y significa: “la que va a nacer”. Estamos naciendo, en una Tierra que gime en dolores de parto.

El eterno Silencio que resuena, la Voz de la creatividad o de Dios que se pronuncia en el fondo de cuanto es nos dice: “Sois creaturas, sois creadores, estáis en creación. Creaos, cread”.

Oh sagrada creatividad, ábrenos a tu inspiración y guárdanos fieles a tu aliento creador.

Aizarna, 19 de octubre de 2022

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Conversión y creatividad

Sábado, 15 de febrero de 2020

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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“En ningún pasaje del Evangelio se nos dice que el misterio de la cruz, el misterio de la Resurrección y otros, se reduzcan a las menudas formalidades a las que los hemos reducido… Ciertas estructuras tienen que ser sacudidas, ciertas estructuras tienen que caer. No necesitamos ser revolucionarios dentro de nuestras instituciones… Lo que uno necesita hacer es iniciar uno mismo una conversión y una nueva vida, en la medida de lo posible. Así, mi nueva vida y mi contribución a una renovación del monasticismo empieza dentro de mí y en mi propia vida cotidiana… La creatividad tiene que empezar conmigo y no puedo quedarme aquí sentado, perdiendo el tiempo y pidiendo a la institución que se vuelva creativa y profética…”.

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Thomas Merton
Acción y contemplación

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Libertad y creatividad

Lunes, 19 de noviembre de 2018

Del blog de Henri Nouwen:

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“Me sorprende constantemente el hecho de que aquellos que están más desprendidos de las cosas de la vida, que al vivir han aprendido que no hay nada ni nadie a lo que aferrarse, son las personas realmente creativas. Son libres para moverse constantemente lejos de los lugares familiares y seguros para moverse hacia las áreas nuevas e inexploradas de la vida”.

*

Henri Nouwen,
Una carta de consuelo

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“Búsqueda creativa”. 19 de noviembre de 2017. 33 Tiempo ordinario(A). Mateo 25, 14-30

Domingo, 19 de noviembre de 2017

007-parable-talentsA pesar de su aparente inocencia, la parábola de los talentos encierra una carga explosiva.

Sorprendentemente, el “tercer siervo” es condenado sin haber cometido ninguna acción mala. Su único error consiste en “no hacer nada”: no arriesga su talento, no lo hace fructificar, lo conserva intacto en un lugar seguro.

El mensaje de Jesús es claro. No al conservadurismo, sí a la creatividad. No a una vida estéril, sí a la respuesta activa a Dios. No a la obsesión por la seguridad, sí al esfuerzo arriesgado por transformar el mundo. No a la fe enterrada bajo el conformismo, sí al trabajo comprometido en abrir caminos al reino de Dios.

El gran pecado de los seguidores de Jesús puede ser siempre el no arriesgarnos a seguirlo de manera creativa. Es significativo observar el lenguaje que se ha empleado entre los cristianos a lo largo de los años para ver en qué hemos centrado con frecuencia la atención: conservar el depósito de la fe; conservar la tradición; conservar las buenas costumbres; conservar; la gracia; conservar la vocación…

Esta tentación de conservadurismo es más fuerte en tiempos de crisis religiosa. Es fácil entonces invocar la necesidad de controlar la ortodoxia, reforzar la disciplina y la normativa; asegurar la pertenencia a la Iglesia… Todo puede ser explicable, pero ¿no es con frecuencia una manera de desvirtuar el evangelio y congelar la creatividad del Espíritu?

Para los dirigentes religiosos y los responsables de las comunidades cristianas puede ser más cómodo “repetir” de manera monótona los caminos heredados del pasado, ignorando los interrogantes, las contradicciones y los planteamientos del hombre moderno, pero ¿de qué sirve todo ello si no somos capaces de transmitir luz y esperanza a los problemas y sufrimientos que sacuden a los hombres y mujeres de nuestros días?

Las actitudes que hemos de cuidar hoy en el interior de la Iglesia no se llaman “prudencia”, “fidelidad al pasado”, “resignación”… Llevan más bien otro nombre: “búsqueda creativa”, “audacia”, “capacidad de riesgo”, “escucha al Espíritu” que todo lo hace nuevo.

Lo más grave puede ser que, lo mismo que le sucedió al tercer siervo de la parábola, también nosotros creamos que estamos respondiendo fielmente a Dios con nuestra actitud conservadora, cuando estamos defraudando sus expectativas. El principal quehacer de la Iglesia hoy no puede ser conservar el pasado, sino aprender a comunicar la Buena Noticia de Jesús en una sociedad sacudida por cambios socioculturales sin precedentes.

José Antonio Pagola

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“Amor: unión creativa”, por J. I. González Faus

Sábado, 7 de mayo de 2016

love-699480_640J. I. González Faus. Dicen los teólogos que Dios se revela a través de Su Palabra (el testimonio bíblico sobre Jesús) y de Su creación. Sobre la creación, lo único que pretende enseñar la Biblia es que todo es obra de Dios (y de ningún otro principio divino o diabólico); y que Dios crea “diciendo” (sin ninguna materia previa). Y más tarde, que Dios crea para acabar comunicándose a Sí mismo. El resto lo dice la creación por sí misma.

Pues bien: la ciencia ha ido descubriendo que la creación se lleva a cabo mediante un proceso de unión-creativa. Tras la  primera dispersión inicial (big-bang), aparece una fuerza de atracción, lenta pero potente, que va  produciendo uniones y unidades cada vez más serias: partículas que se convierten en átomos, en moléculas, en células, en organismos vivos…, hasta llegar a la atracción corporal y la atracción humana.

La unión ha ido generando así un proceso de crecimiento. Al constatar esto,  Teilhard de Chardin intuyó que ese proceso había de estar provocado por una meta final, que él llama Omega, y que es a la vez “aglutinante y atrayente”. Y creyó constatar que todo lo que se da en los estadios superiores se encontraba ya, “de una manera oscuramente primordial”, en los estadios inferiores más primitivos. Y Teilhard pone este ejemplo: la gravedad es como una prefiguración del amor: la fuerza misteriosa e inexplicable de la gravedad, acaba siendo la fuerza unitiva y creadora del amor.

La evolución creadora progresa entonces según un doble “parámetro de complejidad-conciencia”:  las cosas creadas son cada vez más complejas pero, con esa complejidad, aparece la posibilidad de la conciencia: la posibilidad de no ser sólo cosa inerte, sino sujeto (que sabe que es). Algo de eso se refleja en la casi infinita complejidad relacional de nuestro cerebro.

Luego volveremos a Teilhard.  Ahora dejémonos empapar un momento por el milagro y la maravilla de la atracción humana. Es quizá la realidad más bella de la vida y la más sorprendente. Intentamos justificarla por las grandezas que descubrimos en el otro polo: que nos parece “una persona, maravillosa”, genial, etc. Pero me resulta más exacto a la inversa: es la misma dinámica atractiva de la evolución la que nos hace descubrir esos valores. Con lo cual, la atracción humana deja de ser ciega.

Aquí aparece otra maravilla sobre la que hemos reflexionado demasiado poco: la sonrisa. Tan elemental, tan fácil, tan agradable. Expresión de que la presencia del otro me es gratificante, y de una acogida mía que quisiera también ser grata para él. Pero con el aviso de cómo puede ser falsificada en las mil sonrisas falsas, que sólo buscan seducirnos o colocarnos un producto. El crecimiento en calidad implica también el crecimiento de las posibilidades de falsificación.

Así, con la entrada en escena del hombre, la gravedad convertida en atracción se complica mucho. Al llegar al estadio personal, la evolución deja de ser ciega, y pasa a ser pilotada por el ser humano, responsable ahora de ella. De modo parecido, la atracción humana se vuelve infinitamente más compleja: si se la reduce a la mera atracción corporal (como hace la cultura moderna) la atracción pierde fuerza: podrá ser reproductora pero ya no será creadora. Si, aunque no excluya la atracción corporal, la trasciende, la atracción mantiene su calidad pero las cosas tampoco resultan fáciles: porque hay que evitar que la atracción se convierta en dominio, en autoafirmación, en dependencia… y hasta en choque. Pero si, evitando esos obstáculos, la “gravedad creadora” consigue ir por el camino recto, entonces Teilhard profetiza que la humanidad camina hacia formas inéditas de socialismo en comunión y en libertad. Y escribe esto desde la pura ciencia, al margen de las realidades políticas de su hora histórica.

La visión de la historia ahí anunciada responde sencillamente a lo que han sido muchos sueños de la humanidad: evoquemos “la tierra sin males”, el paraíso comunista o el triple paso, genial y hegelianamente formulado por Marx: “masa-persona-comunión”… Y responde también al esbozo que traza el Nuevo Testamento de una progresiva conquista de libertades hasta concluir en el “Dios-todo-en-todas-las-cosas”.

Pero lo que interesa ahora no son las profecías históricas sino aprender una doble lección: a) el amor es una asombrosa fuerza unitiva y, por eso, creativa: la creación es un proceso inacabado de unión creadora. Y b) La desastrosa situación actual del planeta tierra plantea la pregunta (y nos lanza la llamada) de si estamos en un momento de unión creativa o de desintegración destructiva. La falsificación del amor, y la corrupción de la atracción en “búsqueda del máximo beneficio”, nos han llevado a un planeta poblado de armamentos atroces, sobreabundantes y destructores, y a una tierra gravemente enferma, a la que no sé si lograremos salvar: porque eso nos exige hoy esfuerzos ingentes y universales. Por lo que preferimos cegarnos esperando que “ya se encontrará alguna solución”.

No sé si esto deja a mis sucesores en este “mester de teología”, una pregunta hasta ahora inédita en esta disciplina tan “celestial”: cuál sería el significado teológico de una tierra destruida antes de tiempo… Yo prefiero terminar con el último paso del amor creativo, en el que la atracción ya no es hacia cuerpos, ni hacia personas, sino hacia Dios. Y la gravedad ha llegado hasta el Amor con mayúscula. Ahí culmina la unión creadora.

Fuente Cristianismo y Justicia

Imagen extraída de: Pixabay

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“Hijas e hijos de tres”, por José Arregi

Lunes, 9 de marzo de 2015

9d39be9a54Leído en su blog:

El Parlamento británico ha dado luz verde a la utilización de una novedosa técnica de reproducción asistida que permitirá que los hijos no hereden enfermedades mitocondriales graves de sus madres (ceguera, sordera, fallos cardíacos, daños cerebrales…). La mitocondria –¡qué sé yo de esto, pero es un milagro que exista!– es una especie de minúscula central energética de la célula viviente, todo un mundo infinito invisible a la vista, como el infinito grande y pequeño.

La técnica consiste en sustituir la mitocondria enferma del óvulo materno por la mitocondria sana del óvulo de una tercera persona, la mujer donante, para fecundarlo luego con el espermatozoide del padre e introducirlo en el útero de la madre. La misma operación puede realizarse con los óvulos recién fecundados de madre y donante. La ciencia prolonga el milagro de la naturaleza. En realidad, también la ciencia, como todo lo que somos y hacemos, forma parte de la naturaleza. Y del milagro de la Vida de la que somos hijos.

Pero no todos lo ven así, ni aprueban la nueva terapia. Entre otros, se han opuesto –como es normal, o cuando menos habitual– los altos dirigentes de la Iglesia anglicana y de la Iglesia católica de Gran Bretaña. Arguyen la inexistencia de suficientes garantías médicas y la posible destrucción de embriones. Advierten contra la injerencia en el orden de la naturaleza querida por Dios, y contra la tentación de crear seres humanos a nuestra conveniencia, o contra la disolución de la estructura misma filial-parental en una paternidad-maternidad de tres. Incluso el autor de la primera fecundación in vitro ha protestado, calificando la técnica como “bricolaje de la vida” y preguntando: “¿Es que vamos a crear todos los trozos del ser humano?”. ¿Y por qué no, si es para bien?

Comprendo las objeciones, pero creo que ninguna es suficiente para negarnos a este nuevo paso de la medicina. ¡Ojalá se den pronto muchos más! A condición, eso sí, de no sucumbir a la obsesión de la salud perfecta y de no someternos a los intereses desmedidos de las grandes multinacionales, farmacéuticas u otras, dos de los más graves trastornos de nuestro tiempo, cuyo remedio es mucho más urgente y difícil que el de las enfermedades mitocondriales. Pero eso excede la responsabilidad de los médicos. La vocación de la medicina –sublime profesión– es prevenir, curar, cuidar las heridas de la vida, y a ello contribuye la terapia mitocondrial. La humanidad se lo agradece.

¿Seguridad absoluta? Nunca la hay. El riesgo cero no existe. Hay que considerar cada vez los pros y los contras, medir la proporción entre los resultados y los medios, y decidirse no pocas veces por el bien mayor o el mal menor. No hay ningún principio absoluto, ninguno, aparte de hacer el mayor bien posible. Y la certeza absoluta no existe. ¿Destrucción de embriones? Es deseable evitar la destrucción de embriones o incluso pre-embriones humanos, aunque sean de unas horas, pero la terapia mitocondrial no la conlleva necesariamente, y en cualquier caso me parece abusivo identificar el cigoto inicial con un embrión desarrollado y no digamos con un feto. ¿Injerencia en el misterioso orden de la naturaleza? Toda medicina lo es, desde la aspirina a la nanomedicina. Cultivar la tierra es injerencia. Vivir es injerencia. La cuestión es si cuidamos la salud de la vida, de la vida universal, no solo de la humana.

¿Hijos de tres? Sí, y de muchas, de muchos más. De hecho, nunca somos solamente hijos de dos, ni somos solo los genes que nos dieron. Somos hijos e hijas de la Santa Trinidad, metáfora de la Comunidad de todos los vivientes y de todos los seres. Somos interser, polvo de estrellas extintas, partículas de estrellas aún por nacer.

Bendigo la comunión de la Vida que somos, y a la mujer que dona su óvulo fecundo, y la asombrosa mitocondria que guarda la memoria de nuestra ascendencia universal. Bendigo el Misterio que nos engendra y nutre, transformándonos sin cesar. Creatividad sagrada en el corazón infinito del átomo y del universo. Fondo Bueno de la realidad, Espíritu, Dios. Salud, Salvación, Cuidado. Y está en nuestras manos.

Joxe Arregi

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“Búsqueda creativa”. 16 de noviembre de 2014. 33 Tiempo ordinario(A). Mateo 25, 14-30

Domingo, 16 de noviembre de 2014

56-OrdinarioA33A pesar de su aparente inocencia, la parábola de los talentos encierra una carga explosiva. Sorprendentemente, el “tercer siervo” es condenado sin haber cometido ninguna acción mala. Su único error consiste en “no hacer nada”: no arriesga su talento, no lo hace fructificar, lo conserva intacto en un lugar seguro.

El mensaje de Jesús es claro. No al conservadurismo, sí a la creatividad. No a una vida estéril, sí a la respuesta activa a Dios. No a la obsesión por la seguridad, sí al esfuerzo arriesgado por transformar el mundo. No a la fe enterrada bajo el conformismo, sí al trabajo comprometido en abrir caminos al reino de Dios.

El gran pecado de los seguidores de Jesús puede ser siempre el no arriesgarnos a seguirlo de manera creativa. Es significativo observar el lenguaje que se ha empleado entre los cristianos a lo largo de los años para ver en qué hemos centrado con frecuencia la atención: conservar el depósito de la fe; conservar la tradición; conservar las buenas costumbres; conservar; la gracia; conservar la vocación…

Esta tentación de conservadurismo es más fuerte en tiempos de crisis religiosa. Es fácil entonces invocar la necesidad de controlar la ortodoxia, reforzar la disciplina y la normativa; asegurar la pertenencia a la Iglesia… Todo puede ser explicable, pero ¿no es con frecuencia una manera de desvirtuar el evangelio y congelar la creatividad del Espíritu?

Para los dirigentes religiosos y los responsables de las comunidades cristianas puede ser más cómodo “repetir” de manera monótona los caminos heredados del pasado, ignorando los interrogantes, las contradicciones y los planteamientos del hombre moderno, pero ¿de qué sirve todo ello si no somos capaces de transmitir luz y esperanza a los problemas y sufrimientos que sacuden a los hombres y mujeres de nuestros días?

Las actitudes que hemos de cuidar hoy en el interior de la Iglesia no se llaman “prudencia”, “fidelidad al pasado”, “resignación”… Llevan más bien otro nombre: “búsqueda creativa”, “audacia”, “capacidad de riesgo”, “escucha al Espíritu” que todo lo hace nuevo.

Lo más grave puede ser que, lo mismo que le sucedió al tercer siervo de la parábola, también nosotros creamos que estamos respondiendo fielmente a Dios con nuestra actitud conservadora, cuando estamos defraudando sus expectativas. El principal quehacer de la Iglesia hoy no puede ser conservar el pasado, sino aprender a comunicar la Buena Noticia de Jesús en una sociedad sacudida por cambios socioculturales sin precedentes.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la llamada de Jesús a la creatividad. Pásalo.

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