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Entradas Etiquetadas ‘Confianza.’

Eres la gota de mi océano.

sábado, 21 de junio de 2014
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Del blog À Corps… À Coeur:

 

image¡Confianza y sumisión en toda circunstancia son, a fe mía, muy difíciles! ¡Cuando el Amor tiene como bueno el llamar a nuestra puerta, es a menudo más fácil quedar enclaustrado en tu casa, en tu malestar, tu tristeza, tus expectativas, tus sufrimientos e ilusiones que abrirle la puerta al Amigo! ¡Todos nosotros hemos tenido esta experiencia! ¡Y sin embargo la Sabiduría en el fondo de nuestro corazón nos dice exactamente lo que Rûmî traduce en este poema!

Ayer por la mañana pasando, el Amigo me dijo:

«Estás enamorado y fuera de ti; ¿cuánto tiempo durará esto? Mi rostro es la envidia de la rosa, mientras que tú tienes los ojos enrojecidos y buscas las espinas».

Le contesté:

«¡Oh tú ante quien el tamaño del ciprés parece un arbusto,
Oh tú, ante cuyo rostro la antorcha del cielo parece sombría,
Oh tú por quien el cielo y la tierra se estremecen!
no es de extrañar que no me hagas caso , ¿verdad?«

Respondió:

«¿Yo soy tu propia alma y tu propio corazón, por qué te asombras? No dijo palabra y permaneció junto a mí llorando.»

Le dije:

«Oh tú que has robado el descanso a mi corazón y a mi alma. No tengo la fuerza para quedarme en calma».

Me dice por fin:

«Tú eres la gota de mi océano. No hables. Sumérgete. Y tu alma, como una concha, se llenará de perlas.»

*

Rûmi, Odes mystiques Numéro 1022

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«El ascensor I: ascender», por Gema Juan OCD

jueves, 12 de junio de 2014
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levitacion4Leído en su blog Juntos Andemos:

Poco antes de dejar caer el lápiz con el que anotaba en su último cuaderno, Teresa de Lisieux –Teresita– escribió una página que impresiona, por el exceso de confianza. Confiar tanto parece una osadía. Supone, además, una valentía extraordinaria cuando esa confianza se sostiene, intacta y crecida, en el momento en que se afronta el paso de la muerte, en medio del dolor.

Decía ella que, «aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse», confiaría en Jesús. Sentía que era pura gracia no haber caído en los abismos del mal humano, y añadía: «No es esa la razón de que yo me eleve a Él por la confianza y el amor». Esas fueron las últimas palabras que apuntó.

Quien escribía esas líneas era una mujer joven, que había ingresado, siendo casi una niña, en un monasterio de carmelitas descalzas. Antes, había vivido rodeada de cariño, en un ambiente sumamente espiritual y bondadoso… Teresa apostaba por la confianza y el amor como camino de vida, pero ¿qué sabía de los seres humanos, cuando proponía su «caminito»?

Como ella misma decía, había hecho su «estudio del mundo», sabía que estaba lleno de riberas diferentes. Conocía ya algo del misterio del mal, que después experimentaría desde lo más profundo, y sabía que hay quien queda atrapado en la oscuridad, generando dolor alrededor.

No era tan ingenua como podría insinuar el lugar que ocupaba en el mundo. Un realismo sorprendente acompaña sus palabras y sus pasos. También las responsabilidades que irá asumiendo y sus opciones más personales.

Teresita entronca de lleno con su madre Teresa de Jesús. Por ese realismo y por la conciencia que tiene de lo que ha recibido; por lo enamorada que vive y por el imperioso deseo de comunicar y contagiar a los demás la fuerza, la alegría y la esperanza que regala vivir con Dios.

Escribía, en cierta ocasión, a su hermana Celina: «aprovechémonos de esa predilección de Jesús que en tan pocos años nos ha enseñado tantas cosas, no descuidemos nada que pueda agradarle». Muy pronto comprende que cuando hay una elección por parte de Dios es, únicamente, para el servicio, para el bien de los demás.

Y pronto, también, se hace cargo de dos cosas: de que la única manera de alimentar la paz común es salir de uno mismo, y de que muchas «enfermedades morales son crónicas». Ella va a tomar una decisión: «desempeñar con esas almas heridas el oficio de buen samaritano».

Sabe que hay enfermedades que no se curan y psicologías rotas. Que la reincidencia forma parte de la naturaleza humana y que hay quienes, aunque vean y experimenten la bondad, no pueden unirse a ella y vivir bien. Lo reflejará diáfanamente en su obrita La huida a Egipto donde, quien ha sido sanado y colmado de bendiciones, vuelve a romper la armonía. Ella no va a cejar: la misericordia de Dios y la salvación que trae Jesús son más fuertes que todo.

Con ese equipaje, en un tiempo de bosques espesos, con un ramaje moral y religioso abigarrado, Teresita da con el claro del bosque, el único lugar desde donde podía verse el cielo abierto: la confianza.

No la encontró ni recibió de golpe. La fue amasando en el tiempo, buscando continuamente en la Palabra de Dios, auscultando su propia vida, haciéndose cargo de lo que la rodeaba, mirando a Jesús. Y esa confianza la llevará a comprender que la misericordia de Dios es absoluta: lo precede y lo acompaña todo, y ella es el juicio que Dios hace.

La confianza era para ella «abandono y gratitud». Significaba vivir sabiendo que Dios es hogar, que es «más tierno que una madre» y cobija, pero que impulsa a la vez y, por eso, decía: «Comprendí que la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón». El abandono que vive y al que incita es el de la gratuidad.

Abandonarse era aceptar la maduración propia de la vida, manteniendo la fe, que pierde todo brillo en muchos sucesos de la vida. Y era buscar el bien, a través del amor concreto y continuo. Ambas cosas le llevan a escribir: «Mis deseos infantiles han desaparecido… es el amor lo único que me atrae».

Teresita intuía que había algo de «audaz y temerario» en su camino y, sin embargo, lo veía abierto a todos, porque decía de sí misma: «Soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección». Y, con aquel sano realismo que la caracterizaba, añadía: «Agrandarme es imposible». De modo que tenía que haber un modo de subir.

Buscó y, para hacerlo, se habituó a una buena compañía: «Siento que [Jesús] está dentro de mí, y que me guía momento a momento». Así comprendió que ascender es fiarse y que, si había que subir una escalera en la fe, sería dejándose llevar por Jesús. Por eso habló del invento del ascensor.

En la página final de sus manuscritos, aún añadió: «Dado que Jesús ascendió al cielo, yo solo puedo seguirle siguiendo las huellas que Él dejó… Solo tengo que poner los ojos en el santo Evangelio». Así tomó Teresita el ascensor de subida: siguiendo a Jesús, fiada en su palabra.

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La confianza.

sábado, 17 de mayo de 2014
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La confianza,

como el arte, nunca proviene de tener

todas las respuestas,

sino de estar abierto

a todas las preguntas.

*

Wallace Stevens

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Despegad …

jueves, 1 de mayo de 2014
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Del blog À Corps… À Coeur:

envolez-vous

Habéis nacido con un potencial. Habéis nacido para la bondad y la confianza. Habéis nacido con ideales y sueños. Habéis nacido para cumplir grandes cosas. Habéis nacido con alas. No estáis hechos para arrastraros, entonces no lo hagáis. Tenéis alas. Aprended a utilizarlas y despegad.

*

Rumi

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Pasar el testigo.

miércoles, 30 de abril de 2014
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Del blog À Corps… À Coeur:

passation-de-serviceRecuerda …

Que si una pequeñez hace sufrir

Una pequeñez también da placer …

Que puedes ser sembrador de optimismo, de ánimo, de confianza …

Que tu buen humor puede alegrar la vida de los demás

Que puedes, en todo, decir una palabra amable …

Que tu sonrisa no sólo te adorna

Sino que embellece la existencia de los que te acercan …

Que tienes manos para dar

Y un corazón para perdonar …

*

Thomas Merton

passationdeservice

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La Confianza.

jueves, 13 de marzo de 2014
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Del blog À Corps… À Coeur:

laconfiance

La confianza, es caminar con los ojos cerrados

Y no tener miedo del que te sujeta la mano.

Es llorar sobre el hombro de un amigo, sin pudor.

La confianza es amar sin restricciones,

Y aceptar también que se te quiere

Porque tú eres diferente.

La confianza es compartir un secreto

Sin temer ser traicionado.

Es creer sin explicación …

Y seguir sin vacilación.

La confianza, es amar el corazón abierto,

Con los ojos cerrados,

esto es la luz en la oscuridad.

*

Autor desconocido

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Evangelio para tiempo de crisis: del agobio a la confianza. Domingo 8 TO. Ciclo A.

domingo, 2 de marzo de 2014
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confiarDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Después de exponer la diferencia entre la actitud cristiana y la actitud legalista de los escribas (los dos domingos anteriores), el Sermón del Monte pasa a indicar la diferencia entre el cristiano y el fariseo con respecto a las obras de piedad (oración, limosna y ayuno). La liturgia ha omitido esta parte. Y también omite el comienzo de la tercera sección del discurso, donde se trata la diferencia entre el cristiano y el pagano con respecto a los bienes materiales.

La doble experiencia de que Jesús fue traicionado por dinero (Mt 26,14-16) y de que «la seducción de la riqueza ahoga la palabra de Dios y queda sin fruto» (Mt 13,22) hace que el primer evangelio trate con gran energía el tema de los bienes materiales, aunque sus expresiones resultan a veces demasiado concisas e incluso oscuras.
Siguiendo el hilo del discurso encontramos los siguientes temas: una exhortación inicial a poner el corazón en Dios, no en el dinero (Mt 6,19-21); una segunda exhortación a la generosidad (6,22-23); imposibilidad de compaginar el culto a Dios con el culto al dinero (6,24); exhortación a no agobiarse y a tener fe en la providencia (6,25-34).

La liturgia de este domingo se limita a los dos temas finales.

La gran alternativa

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
‒ Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

«No tendrás otros dioses frente a mí», ordena el primer mandamiento. «No podéis servir a Yahvé y a Baal», dice el profeta Elías a los israelitas en el monte Carmelo. La formulación tan parecida del evangelio demuestra que las palabras de Jesús se insertan en la línea de la lucha contra la idolatría. Al principio, los israelitas pensaban que los únicos rivales de Dios eran los dioses de los pueblos vecinos (Baal, Astarté, Marduk, etc.). Los profetas les hicieron caer en la cuenta de que los rivales de Dios pueden darse en cualquier terreno, incluido el económico. Para Jesús, la riqueza puede convertirse en un dios al que damos culto y nos hace caer en la idolatría.

Naturalmente, ninguno de nosotros va a un banco o una caja de ahorros a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los banqueros. Pero podemos estar cayendo en la idola­tría del dinero. Según la Biblia, al dinero se le da culto de tres formas:

1) Mediante la injusticia directa (robo, fraude, asesinato). El dinero se convierte en el bien absoluto, un dios por encima de Dios, del prójimo, y de uno mismo.

2) Mediante la injusticia indirecta, el egoísmo, que no daña directamente al prójimo, pero hace que nos despreocupemos de él (recordar la parábola del rico y Lázaro: Lc 16,19-31).

3) Mediante el agobio por los bienes de este mundo, que nos hace perder la fe en la Providencia. A este tema, fundamental para la mayoría de los cristianos, dedica san Mateo el apartado más extenso de esta sección del discurso.

Del agobio a la fe en la Providencia

Por eso os digo:

No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?

¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?

No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.

Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.

Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.»

Seis veces aparece en este breve párrafo el verbo «agobiarse». No habla Jesús de cualquier tipo de agobio, sino del provocado por las necesidades materiales de la comida y el vestido. En ambos casos hace referencia a imágenes cotidianas (Dios alimenta a los pájaros y viste espléndidamente a los lirios) para infundir fe en la Providencia. Pero en medio y al final incluye unas reflexiones más bien irónicas: «por más que te agobies no vas a vivir un año más», y «no te agobies, que ya se encargará la vida de agobiarte».

Algunos consideran este pasaje es el más utópico y alienante del evangelio, contrario a toda experiencia y al sentido común. Pero hay que ponerse en el punto de vista de Jesús, que se mueve en dos coordenadas muy distintas a las nuestras: una profunda fe en Dios y un despego absoluto con respecto a los bienes de este mundo. Al ponernos como modelos a los pájaros y a los lirios nos está hablando de seres que simplemente subsisten, no acumulan casas, fincas, joyas, tesoros. Para Jesús, basta con subsistir, con tener «el pan nuestro de cada día». Y está convencido de que Dios lo dará. (Los pobres, o las personas que han pasado en algunos momentos de su vida grandes necesida­des, entienden esto mucho mejor que los que se limitan a discutir el problema).

Por otra parte, este texto sobre la Providencia se puede entender muy bien aplicando la teoría marxista de los objetivos a corto y largo plazo. Según el marxismo, el objetivo importante es a largo plazo (la dictadura del proletariado); los objetivos a corto plazo (reivindicaciones salariales, aumento del nivel de vida, etc.) pueden convertirse en una trampa para la clase obrera, que terminaría aburguesada y le haría renunciar al objetivo primordial.

Jesús, con una perspectiva humana y religiosa, adopta la misma postura. Lo importante es «el reino de Dios y su justicia», esa sociedad perfecta que debemos anticipar los cristianos en la medida de lo posible. Dentro de ella no tienen cabida las desigualdades hirientes ni la injusticia, el que hermanos nuestros mueran de hambre o pasen terribles necesidades mientras a otros nos sobran cantidad de bienes. Pero, si nos preocupamos sólo de la comida y del vestido, de las necesidades primarias, renunciaremos a buscar el Reinado de Dios. En cambio, si nos esforzamos ante todo por el Reinado de Dios, «todo eso (la comida, el vestido) se os dará por añadidura».

Para evitar una concepción alienante de la Providencia es útil recordar cómo la entendió la Iglesia primiti­va:

1) En primer lugar, no excluye el trabajo. A los cristianos de Tesalónica les dice Pablo claramente: «El que no trabaja, que no coma» (2 Tes 3,10).

2) Cuando alguien pasa necesidad, los demás no piden a Dios que le ayuden; lo ayudan ellos. Es lo que hicieron los cristianos de Grecia con los de Jerusalén (2 Cor 8-9).

La Providencia de los demás somos nosotros. Lo malo es cuando nuestro egoísmo impide a muchas personas creer en la Providencia. En ese caso deberíamos aplicarnos las palabras de san Pablo: «Por vuestra culpa blasfeman de Dios».

En resumen, todo el mensaje de Jesús se sintetiza en dos princi­pios básicos: a) el valor relativo de los bienes terrenos en comparación con el valor supremo de Dios y de su reinado; b) el valor absoluto de la persona necesitada, que exige de nosotros una postura de generosidad.

La preocupación maternal de Dios

Sión decía:

«Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.»

¿Es que puede una madre olvidarse, de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

El evangelio, para inculcar la fe en la Providencia habla de Dios como un padre que se preocupa de sus criaturas. La brevísima primera lectura usa una imagen más expresiva aún: Dios como madre, incapaz de olvidarse del hijo de sus entrañas.

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Amigo.

viernes, 31 de enero de 2014
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Del blog À Corps… à Coeur:

No es un amigo el que es  amigo de todos,

ni hasta, añadiría, el que es amigo de una multitud.

¡ La amistad supone demasiada confianza,

sinceridad, intimidad – y tiempo!

*

Aristóteles

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