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Dom 2 Pascua. Jn 20, 19-3. Dom 19.20.20. Pascua de Tomás: Tocar las llagas, crear comunidad, ser evangelio

domingo, 19 de abril de 2020
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295692feccfe9d17d8e31e31fc9060e6Del blog de Xabier Pikaza:

El 2º de Pascua es el Domingo de Tomás, uno de los personajes más importantes de la Iglesia, después de Magdalena (a la que hemos recordado en dom 1º de Pascua). Así lo indicaré esta postal, que consta de tres partes:

(1) Comentario del evangelio, Jn 20,19‒31: Aparición de Jesús a sus discípulos, sin Tomás y con Tomas, con el tema de fondo de “tocar las llagas” (heridas visibles de clavos, heridas internas de coronavirus, en tiempos de confinamiento “por miedo”…), para crear nuevas formas de comunidad y de celebración, con un evangelio renovado.

(2) Tomás apóstol y evangelista, breve biografía. La mayoría de los lectores podrán quedar en la parte anterior, centrada en la liturgia del día. Pero algunos querrán saber quién era ese Tomas, que irrumpe de pronto en la comunidad, en la familia, para tocar/compartir/curar las llagas y heridas de Jesús, en este tiempo de “miedo”, antes desconocido, que es tiempo de nueva celebración, en casas y comunidades, no sólo por miedo, sino por desbordamiento y alegría pascual.

(3) Evangelio de Tomás,  apócrifo esencial para entender una línea más gnóstica y mística de iglesia (en la línea del evangelio de Juan). Los lectores que no han parado en la primera parte, y han leído la segunda… podrán animarse y llegar a esta tercera, la más larga, donde expongo el tema y contenido de evangelio apócrifo de Tomas. Si no tenéis en casa  un libro de Evangelios apócrifos: cf.:  https://mercaba.org/FICHAS/Religion/evangelio_segun_el_apostol_tomas.htm o en http://escrituras.tripod.com/Textos/EvTomasGn.htm

   Será una buena lectura para esta pascua de confinamiento… Y ya de paso leed entero el evangelio canónico de Juan, que ése sí, está en todas las biblias.(Los temas que siguen están tomados Ciudad‒Biblia, Historia de Jesús y de Gran Diccionario de la Biblia).

1) DOM 2 PASCUA, JN 20,19‒31: APARICIÓN DE JESÚS, SIN Y CON TOMAS.

María Magdalena había “tocado a Jesús”, que le dijo “deja ya de tocarme” (noli me tangere), vete y diles a mis hermanos…  (Jn 20, 17). Ahora es Tomás el que tiene que tocar, un apóstol a quien la tradición dará una inmensa importancia (como indica el evangelio de su nombre, no incluido en el canon). Quizá está vinculado con un tipo de “gnosis” (cristianismo sin Jesús resucitado en la carne); por eso se mueve fuera de la Gran Comunidad, un Jesús que ha resucitado sólo de un modo espiritual, sin verdadera cruz, ni compromiso social, sin verdadera comunidad abierta al mundo. Por eso, no está el “primer domingo de Pascua” con los restantes discípulos.

 Pero se “convierte” y viene el domingo siguiente, y no sólo le “ve”, sino que le toca. Esta experiencia de tocar a Jesús forma parte esencial del misterio de la pascua cristiana. Así lo destaqué en una postal muy antigua (15 4 07), así lo destaco ahora, resituando el texto de entonces, dentro del Via Lucis pascual

La Gran Comunidad (Jn 20, 19-23). Falta Tomás

IncredulEstá reunida la comunidad, formada por un grupo grande de creyentes (más que los Doce). Es evidente está María Magdalena, la única que ha creído ya viendo al Señor (cf. Jn 20, 11-18); también está el discípulo amado, que no ha tenido que ver a Jesús para creer, pues le basta la experiencia del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 8). Parece que los demás no creen, pero es evidente que están reunidos y separados, en una casa cerrada, por medio de los judíos (20, 19). Son iglesia en frágil, oración y dudas, son comunidad que necesita la presencia del Señor. En este contexto se inscribe la visión:

A la tarde de aquel día primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos, por el medio a los judíos, vino Jesús y se colocó en medio de ellos diciendo: – ¡La paz con vosotros! Y diciendo esto les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron viendo al Señor. Y les dijo de nuevo: – ¡La paz con vosotros! Como me ha enviado el Padre os envío también yo. Y diciendo esto sopló y les dijo: – Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados; y a quienes se los retengáis les serán retenidos (Jn 20, 19-23).

 Los discípulos se encuentran reunidos en forma de comunidad eclesial que se ha separado ya del judaísmo. Tienen miedo y Jesús les conforta con su palabra y su presencia sensible (manos y costado), su envío y su poder de perdón. Es el Jesús “real” que vive en ellos, no una fantasía. Ellos son la iglesia la que está reunida ante Jesús y por Jesús, que les envía a realizar su misión (ofrecer su perdón).

Notas de la Pascua

– La Pascua es ante todo paz. Jesús saluda a sus discípulos dos veces, con la misma palabra: paz a vosotros (Eirênê hymin: 20,19.21). Sobre un mundo atormentado por la guerra y la violencia, ofrece Cristo paz fundante, creadora. Sobre una comunidad encerrada por el miedo extiende el Cristo pascual la gracia de su vida hecha principio de misión universal. Jesús es paz para aquellos que le reciben y para todos. Eso es pascua.

– La pascua es presencia gloriosa del crucificado. El Señor resucitado es el mismo Jesús que se entregó por los hombres. Como señal de identidad, como expresión de permanencia de su pasión salvadora, Jesús mostró a sus discípulos las manos y el costado (20, 20), en gesto que después va a recibir nuevo contenido ante el rechazo de Tomás (cf 20, 24-29). Creer en la pascua es descubrir el valor del sufrimiento, es descubrir a Jesús crucificado como Señor glorioso. En el fondo está la misma experiencia teológica de Lc: ¡Era necesario que el Cristo muriera…! (Lc 24, 26.46). En ese fondo está la más honda experiencia social: Jesús resucitado está en los que sufren sobre el mundo.

– La pascua se vuelve así Pentecostés. Jesús resucitado sopla sobre sus discípulos diciendo recibid el Espíritu Santo (20,22), en gesto que evoca sin duda una nueva creación. El mismo Dios había soplado en el principio sobre el ser humano, haciéndole viviente (Gen 2, 7). Ahora sopla Jesús, como Señor pascual, para culminar la creación que en otro tiempo había comenzado. Recordemos que Lucas 24 y Hech. 1 habían separado cuidadosamente los matices, poniendo primero la pascua y después Pentecostés (cf 17ª estación). Juan ha vinculado ambos momentos, uniéndonos en un único misterio: la misma aparición pascual se vuelve efusión del Espíritu de Dios (que es Espíritu del Cristo rescatado) sobre el conjunto de la iglesia. Esto es la pascua: aquel que muere por los demás abre un camino de amor y de transformación sobre la tierra. Éste es el don de Pascua: tener el mismo Espíritu de Jesús, vivir de su aliento.

– La pascua se vuelve misión: ¡como el Padre me ha enviado así os envío yo! (20, 21). A lo largo de todo el evangelio, Jn ha presentado a Jesús como enviado de Dios: misión es toda su existencia. De ahora en adelante, los cristianos son enviados de Jesús. Realizan una obra que es propia del Señor resucitado: expanden y despliegan su camino, realizan su misterio sobre el mundo. Etán cerrados por miedo, tienen que abrirse. Están a la defensiva: tiene que ofrecer su testimonio a todos, generosamente.

– El texto culmina en un signo de perdón: a quienes perdonéis los pecados… (20, 23). El camino de Jesús se vuelve gracia creadora de perdón. Este es a los ojos de Jn el gran problema del mundo: no hay perdón, los hombres se encuentran divididos, destruidos; carecen de medios para expresar el perdón, no hay para ellos sacrificios que puedan transformarles. Ha perdido su sentido el sacerdocio de Jerusalén, no consigue perdonar el templo. Pues bien, sobre ese desierto de pecado (falta de perdón), Juan ha interpretado la pascua como experiencia transformante de perdón. Le Iglesia es perdón que se abre a todos, sin excepciones, sobre un mundo donde los hombres no perdonan.

– ¿Simetría pascual entre perdón y no perdón? Ciertamente, el texto divide a las personas de una forma que parece simétrica (a quienes perdonéis, a quienes retengáis…), de tal modo que alguno pudiera pensar que la iglesia es una institución neutral, que reparte perdón o no perdón de forma indiferente. Pues bien, en contra de eso, a la luz de todo el evangelio, debemos afirmar que la iglesia sólo es comunidad de Jesús si es signo y fuente de perdón. Ella misma expresa el perdón y así lo encarna y anuncia sobre el mundo. Por eso, donde ella ofrece perdón hay perdón y donde ella muestra que no existe perdón es que los hombres siguen enfrentados. Esta experiencia de gracia pascual pertenece al conjunto de la comunidad. Aquí no está reservada a los Doce o los presbíteros, no es algo que se deba encerrar en algunos iniciados varones. Aquí no hay varones ni mujeres, hay creyentes, todos con la misma experiencia, todos con la misma tarea. Aquí no hay sólo Pedro ni Zebedeos, aquí está María Magdalena, con la otra María, con todas las Marías… Ésta es la Iglesia universal de los que escuchan la palabra, y reciben el aliento de Jesús. La iglesia entera, desde el don pascual de Cristo, es signo y principio de perdón sobre la tierra. Allí donde el perdón se expresa y se hacer carne en una comunidad está presente y se hace visible el Señor resucitado.

Tomas entra en la Gran Comunidad: Tocar a Jesús (20, 24-29).

icono-santo-tomas-apostolBastaban las señales anteriores: la paz de Cristo, el recuerdo de su entrega (manos y costado), el perdón en el Espíritu. Pero el texto sigue diciendo que faltaba Tomás, precisamente uno de los Doce. No es un cristiano normal el que ha dejado de participar en la asamblea, sino uno de los antiguos compañeros de Jesús, de sus Doce seguidores. Precisamente Tomás, uno de los líderes de la iglesia primitiva, corre el riesgo de entender la resurrección de un modo espiritualista, fuera de la comunidad (icono de Santo Tomás)

Éste Tomás es un seguidor «especial» de Jesús, máxima autoridad en plano espiritualista, pero sin “carne y sangre”, es decir, sin compromiso social. Los otros discípulos le dicen hemos visto al Señor de las llagas, al Señor del Perdón para todos los pueblos (Jn 20, 25). Pero él duda, tiene su Jesús interior, no quiere otro. Por pide un signo (si no veo en sus manos la huella de los clavos…). No es un signo de «resurrección sin más», sino de resurrección en la carne, como principio de misión y perdón universal. Pide un signo y Jesús se lo concede, en eta bellísima parábola pascual:

Y ocho días después, estaban de nuevo sus discípulos en casa y Tomás con ellos; llegó Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio y dijo: – ¡Pas a vosotros! Luego dijo a Tomás: – Trae tu dedo aquí y mira mis manos, trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo sino fiel! Respondió Tomás y dijo: – ¡Señor mío y Dios mío! Y Jesús le dijo: – Porque has visto has creído. ¡Felices los que no han visto y han creído! (Jn 20, 26-29).

 En medio de la comunidad reunida, como signo de falta de fe y de confesión creyente (de en la resurrección carnal, de fe en la presencia de Jesús en los que sufren), el evangelio de Juan ha destacado la figura de Tomás (el cristiano espiritual, el apóstol-jerarca separado del pueblo), elaborando en torno a él esta bellísima escena pascual. Tomás es la expresión del ser humano al que le cuesta creer en la resurrección del Jesús Histórico, del Jesús de las llagas en los manos y el costado, del Jesús de la carne, del Jesús del pueblo crucificado.

 Probablemente cree en Jesús, pero en un Jesús espiritual (puramente interior), sin necesidad de compromiso comunitaria… sin llagas en las manos y el costado. Probablemente cree en un Cristo glorioso, desligado de la historia de Jesús, de las manos que han tocado a los pobres, del corazón que ha amado a los expulsados de la sociedad. Pues bien, en contra de eso, la comunidad, que es aquí la Gran Iglesia, le dice que hay que “tocar a Jesús”, que el resucitado es el mismo Jesús de la historia, el de las llagas en las manos y el costado.

Tocar al Cristo, la pascua mística.

Ciertamente hay un tipo de “toque espiritual”, del que han hablado los místicos. Así lo ha señalado la primera carta de Juan:

Lo que existía desde el principio, lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos sobre la Palabra de la Vida, y la Vida se ha manifestado y hemos visto y damos testimonio… Eso que vimos y oímos os lo anunciamos ahora (1 Jn 1, 1-3). Leer más…

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«El Tomás incrédulo y las comunidades creyentes». Domingo 2º de Pascua. Ciclo A.

domingo, 19 de abril de 2020
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expo3Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Todas las apariciones de Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé), y también tres en Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo, lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el del próximo domingo.

Un relato con dos partes y un epílogo (Jn 20,19-31)

            Lo que cuenta Juan se divide en dos partes, separadas por ocho días, y el final de su evangelio (al que más tarde se añadió otro final, el c.21).

            Lo que ocurre al anochecer del primer día de la semana contiene un clímax y un anticlímax. El clímax lo representa la aparición de Jesús, que transforma el miedo de los discípulos en alegría, y el don del Espíritu Santo. El anticlímax, la reacción incrédula de Tomás, que no estaba presente en aquel momento y su exigencia de unas pruebas claras para creer en la resurrección de Jesús. No olvidemos que Tomás fue el que dijo, cuando Jesús decidió ir a curar a Lázaro: «Vamos también nosotros y muramos con él». Tomás quiere mucho a Jesús, pero la otra vida no entra en su perspectiva.

            Al cabo de ocho días se presenta de nuevo Jesús y se dirige especialmente a Tomás, que nos representa a todos nosotros, para darle y darnos la gran lección: «Dichosos los que creen sin haber visto».

            El epílogo insiste en la finalidad del evangelio. Todo lo escrito, que podría haber sido mucho más, pretende que creamos «que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y con esta fe tengáis vida gracias a él». Este mensaje de fe y vida resulta muy adecuado en estos momentos, cuando estamos tan rodeados de noticias de enfermedad y muerte.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

–Paz a vosotros.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

– Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

– Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

– Hemos visto al Señor.

Pero él les contestó:

– Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

– Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás:

– Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Contestó Tomás:

– ¡Señor Mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

– ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Las peculiaridades de este relato de Juan

  1. El miedo de los discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la calle.
  2. El saludo de Jesús: «paz a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal; los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun». Pero no es tan fácil como piensa. Este saludo, «paz a vosotros» sólo se encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea (Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos, el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su vida y especialmente durante su pasión.
  3. Las manos, el costado, las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber visto».
  4. La alegría de los discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.
  5. La misión. Con diferentes fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.
  6. El don de Espíritu Santo y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.

Dos lecturas contra Tomás

Las dos primeras lecturas le quitan la razón a Tomás cuando piensa que para creer hace falta una demostración personal y científica. Las dos hablan de personas que creen en Jesús resucitado y viven de acuerdo con esta fe sin pruebas de ningún tipo.

La primera, de Hechos, ofrece un cuadro espléndido, quizá demasiado idílico, de la primitiva comunidad cristiana. Que en medio de numerosas críticas y persecuciones un grupo de gente sencilla desee formarse en la enseñanza de los apóstoles, comparta la oración, los sentimientos y los bienes, es algo que supera todo expectativa. Estas personas creen, sin necesidad de prueba alguna, que Jesús ha resucitado y las salva.

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

La segunda, tomada de la Primera carta de Pedro, alaba a Dios por su gran misericordia y destaca la fe de la comunidad en medio de diversas pruebas. Para terminar con unas palabras, las que indico en rojo, que son el mejor comentario a lo que dice Jesús a Tomas:

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe –de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego– llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

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Domingo II de Pascua. 19 Abril, 2020

domingo, 19 de abril de 2020
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Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengáis en él vida eterna.”

(Jn 20, 19-31)

Hoy es fácil hablar de los apóstoles reunidos “a puerta cerrada” o de las dudas de Tomás. También de la insistencia del resucitado en ofrecerles paz a aquellos discípulos amedrantados por el miedo.Y está muy bien hablar de todas estas cosas. Ya que muchas veces el conocer la experiencia de otras personas nos ayuda a confrontar nuestras vidas.

Pero lo cierto es que al leer el evangelio me han golpeado los dos últimos versículos. Los que la Biblia de la Casa de la Biblia titula: “Finalidad del evangelio”. Los dos versículos con los que hemos empezado este comentario:

“Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengáis en él vida eterna.” (Jn 20, 30-31)

De manera que el evangelio, los evangelios, no pretenden contarnos la vida de Jesús, un Galileo del siglo primero. Tampoco nos quieren contar lo que sucedió en un momento dado, no son una crónica. El evangelio es un despertador.

Su finalidad, lo que quiere conseguir es que CREAMOS y “para que creyendo tengáis en él (en Jesús) vida eterna.”

Por eso no podemos acercarnos a los evangelios buscado una respuesta. Algo así como la receta exacta para la felicidad plena.

No hay recetas. La fe no es una respuesta, es un camino. Casi podríamos decir que la fe es una pregunta. Y creer es tratar de dar respuesta a ese anhelo. Como enamorarse. Cuando te enamoras no encuentras una respuesta, lo que encuentras es un camino lleno de novedad.

Podemos decir que los evangelios fueron escritos para “enamorarnos. Para mostrarnos un camino lleno de novedad.

Si creemos, si amamos… entonces comenzamos a dar pasos, a entrar en la VIDA eterna, en la vida plena.

Oración

Trinidad Santa, despierta nuestro corazón para que CREAMOS.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Solo en la comunidad podemos descubrir a Jesús vivo.

domingo, 19 de abril de 2020
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Es esclarecedor que en los relatos pascuales Jesús solo se aparece a los miembros de la comunidad. O como es el caso de hoy, a la comunidad reunida. No hace falta mucha perspicacia para comprender que están elaborados cuando las comunidades estaban ya constituidas. No tiene mucho sentido pensar, como sugieren los textos, que el domingo a primera hora de la mañana o por la tarde ya había una comunidad establecida. Los exégetas han descubierto algo muy distinto.

“Todos lo abandonaron y huyeron”. Eso fue lo más lógico, desde el punto de vista histórico y teológico. La muerte de Jesús en la cruz perseguía precisamente ese efecto demoledor para sus seguidores. Seguramente lo dieron todo por perdido y escaparon para no correr la misma suerte. La mayoría de ellos eran galileos, y se fueron a su tierra a toda prisa. La muerte en la cruz no pretendía solo matar a la persona sino borrar completamente su memoria.

Hoy tenemos claro que en el origen del cristianismo, existieron dos comunidades, una en Judea (Jerusalén) y otra en Galilea. La de Jerusalén, parece ser que sustentada por sus familiares más cercanos y la de Galilea por sus discípulos que se volvieron a su tierra, decepcionados por la muerte de su maestro. Las dos siguieron trayectorias distintas y tenían muy diversas maneras de interpretar a Jesús. Más tarde surgió la de Pablo, que no procedía de ninguna de las dos y que se desarrolló en la diáspora. Él mismo afirma que lo que enseña lo aprendió por revelación.

Cómo se fueron estructurando esas primeras comunidades es una incógnita. Ese proceso de maduración de los seguidores de Jesús no ha quedado reflejado en ninguna tradición. Los relatos pascuales nos hablan ya de la convicción absoluta de que Jesús está vivo. Es una falta de perspectiva histórica el creer que la fe de los discípulos se basó en las apariciones. Los evangelios nos dicen que para “ver” a Jesús después de su muerte, hay que tener fe. El sepulcro vacío, sin fe, solo lleva a la conclusión de que alguien lo ha robado y las apariciones, a pensar en un fantasma.

Esa experiencia de que seguía vivo, y además, les estaba comunicando a ellos mismos Vida, no era fácil de comunicar. Antes de hablar de resurrección, en las comunidades primitivas, se habló de exaltación y glorificación, del juez escatoló­gico, del Jesús taumaturgo, de Jesús como Sabiduría. Estas maneras de entender a Jesús después de morir, fueron condensándose en la cristología pascual, que encontró en la idea de resurrección el marco más adecuado par explicar la vivencia de los seguidores de Jesús. En ninguna parte de los escritos canónicos del NT se narra el hecho de la resurrección. La resurrección no puede ser un fenómeno constata­ble empíricamente.

La experiencia pascual sí fue un hecho histórico. Cómo llegaron los primeros cristianos a esa experiencia no lo sabemos. En los relatos se manifiesta la dificultad del intento de comunicar a los demás esa vivencia, que está fuera del tiempo y el espacio. Fueron elaborando unos relatos que intentan provocar en los demás lo que ellos estaban viviendo. Para ello no tuvieron más remedio que encuadrarlos en el tiempo y el espacio que por sí no tenía.

Reunidos el primer día de la semana. Jesús comienza la nueva creación el primer día de una nueva semana. La práctica de reunirse el domingo se hizo común muy pronto entre los cristianos. Los que seguían a Jesús, todos judíos, empezaron a reunirse después de terminar la celebración del Sábado, que seguían manteniendo como buenos judíos. Al reunirse en la noche, era ya para ellos el domingo. El texto se ve que estaba ya consolidado el ritmo de las reuniones litúrgicas.

Se hizo presente en medio sin recorrer ningún espacio. Jesús había dicho: “Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Él es para la comunidad fuente de Vida, referencia y factor de unidad. La comunidad cristiana está centrada en Jesús y solamente en él. Jesús se manifiesta, se pone en medio y les saluda. No son ellos los que buscan la experiencia sino que se les impone. Después de lo que habían vivido, era imposible que pensaran en Jesús vivo.

Los signos de su amor (las manos y el costado) evidencian que ese Jesús que están viendo es el mismo que murió en la cruz. Este es el objetivo de todos los relatos pascuales. Lo que ven no es un fantasma ni una elucubración o alucinación mental de cada uno. El miedo, que les había atenazado al ser testigos de su muerte en la cruz, desaparece. Ahora descubren que la verdadera Vida nadie puede quitársela a Jesús ni se la quitará a ellos. La permanencia de las señales, indica la permanencia de su amor. La comunidad tiene la experiencia de que Jesús comunica Vida.

“Sopló” es el verbo usado por los LXX en Gn 2,7. Con aquel soplo se convirtió el hombre barro en ser viviente. Ahora Jesús les comunica el Espíritu que da la verdadera Vida. Queda completada así la creación del hombre. «Del Espíritu nace espíritu» (Jn 3,6). Ahora toman conciencia de lo que significa nacer de Dios. Se ha Hecho realidad, en Jesús y en ellos, la capacidad para ser hijos de Dios. La condición de hombre-carne queda transformada en hombre-espíritu.

La aclaración de que Tomás no estaba con ellos prepara una lección magistral para todos los cristianos. Separado de la comunidad, es imposible llegar a la experiencia de un Jesús vivo; está en peligro de perderse. Solo cuando se está unido a la comunidad se puede ver a Jesús, porque solo se manifiesta en el amor a los demás, que sería imposible si no hay alguien a quien amar. Nadie puede pensar en un amor intimista que pudiera existir sin hacerse efectivo en los demás.

Cuando los otros le decían que habían visto al Señor, le están comunicando la experiencia de la presencia de Jesús, que les ha trasformado. Les sigue comunicando la Vida, de la que tantas veces les había hablado. Les ha comunicado el Espíritu y les ha colmado del amor que ahora brilla en la comunidad. Jesús no es un recuerdo del pasado, sino que está vivo y activo entre los suyos. De todos modos queda demostrado que los testimonios no pueden suplir la experiencia personal.

A los ocho días, es decir, en la siguiente ocasión en que la comunidad se vuelve a reunir, quiere dejar claro que Jesús se hace presente en cada celebración comunitaria. El día octavo es el día primero de la creación definitiva. La creación que Jesús ha realizado durante su vida, el día sexto, y que tiene su máxima expresión en la cruz, llega a su plenitud en la Pascua. Tomás se ha reintegrado a la comunidad, allí puede experimentar la presencia de Jesús y el Amor.

¡Señor mío y Dios mío! La respuesta de Tomás es tan extrema como su incredulidad. Se negó a creer si no tocaba sus manos traspasadas. Ahora renuncia a la certeza física y va mucho más allá de lo que ve. Al llamarle Señor y Dios, reconoce la grandeza, y al decir mío, el amor de Jesús y lo acepta dándole su adhesión. Naturalmente Tomás no es una persona concreta sino un personaje que representa a cada uno de los miembros de la comunidad que duda y supera esas dudas.

Dichosos los que crean sin haber visto. Todos tienen que creer sin haber visto. Lo que se puede ver no hace falta creerlo. Lo que Jesús le reprocha es la negativa a creer el testimonio de la comunidad. Tomás quería tener un contacto con Jesús como el que tenía antes de su muerte. Eso ya no es posible. Solo el marco de la comunidad hace posible la experiencia de Jesús vivo pero desde una perspectiva completamente nueva. Se trata de una presencia que renueva la persona.

Meditación

Sin experiencia pascual, no hay cristiano posible.
si no vivimos lo que vivió Jesús no le conocemos.
Es necesario un proceso de interiorización de lo aprendido sobre Jesús
El difícil paso, que dieron los discípulos de Jesús,
es el paso que tengo que dar yo, del conocimiento teórico de Jesús,
a la vivencia interna de que me está comunicando su misma VIDA.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Entrar en la intimidad de Jesús.

domingo, 19 de abril de 2020
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14-doubtingthomas_1La intimidad es la cercanía con otra persona, al igual que la intimidad que se desarrolla entre amigos cuando le cuentas a otra persona la historia de tu vida y todos tus secretos y sueños (Aforismo)

19 de abril. DOMINGO II DE PASCUA

Jn 20, 19-31

Dicho esto, les mostró las manos y el costado, y los discípulos se alegraron de ver al Señor

Jesús nos invita a entrar en su intimidad cuando el evangelista Lucas nos dice en 24, 39:

“Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Tocadme y miradme. Los fantasmas no tienen carne ni huesos, como veis que yo tengo”

Una intimidad con la que nos sentimos renacidos al Espíritu, a través del fuego que ha quemado nuestros egoísmos, como expresó poéticamente san Juan de la Cruz:

¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma el más profundo centro! 

Razón por la cual, dice Lc en 6, 19: Toda la gente procuraba tocarle porque salía de él una fuerza que curaba a todos.

Y cuando en la zarzuela de José Serrano escuché esta canción se me saltaron las lágrimas:

«Mujer, primorosa clavelina / que brindas el amor, / yo soy caminante / que al pasar / arranca las hojas de la flor / y sigue adelante / sin recordar tu amor».

Me había percatado de lo que tan furtivamente había sentido tan preciosa clavelina, y nuevamente volvieron a saltárseme las lágrimas.

Dice un aforismo español:

“La intimidad es la cercanía con otra persona, al igual que la intimidad que se desarrolla entre amigos cuando le cuentas a otra persona la historia de tu vida y todos tus sueños y secretos.

 

Y Jesús tuvo con nosotros la valentía de contárnoslos:

“El Padre y yo somos uno” (Jn 10, 30)

“Salí del Padre y he venido al mundo” (Jn 16, 28)

En mi libro de “El Legendario reino de los sentimientos” tengo un poema que hace referencia a la interconexión de corazones.

MI ISLA INTERIOR

Mi isla interior no es una isla
perdida en el mar del Universo.
Yo la siento trenzada con el Mundo
mirándose en el celestial espejo.
Mi corazón y el suyo, unidos, laten
en unívoco amor y sentimiento.
Que haya o no puentes construidos
sobre el frágil sentir de los océanos
!!qué importa¡¡:
las islas interiores no son islas
perdidas en el mar del Universo.

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Hemos visto al Señor?

domingo, 19 de abril de 2020
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0703still-doubting-jn-granville-gregoryJn 20,19-31

Jesús, el crucificado, ha salido a nuestro encuentro, está vivo, en medio de nosotros. Esta experiencia ha cambiado nuestra vida, somos personas nuevas, distintas… porque “hemos visto al Señor”.

Hoy se nos regala un texto evangélico que podemos leer en primera persona sin mucho esfuerzo. Juan nos hace descubrir en estas dos escenas, como en todas las que llamamos de “apariciones”, una experiencia profunda de los apóstoles, la experiencia que sostiene su fe: Jesús, el que había muerto, ha salido a su encuentro, está vivo en medio de ellos. Esta experiencia ha cambiado su vida, son personas nuevas, distintas… porque “han visto al Señor”. Esta experiencia de encuentro es fundamental para los primeros cristianos, y lo es también para nosotros. ¿No narra este evangelio, de alguna forma, nuestro caminar hasta el encuentro con Jesús vivo a nuestro lado?

En estos días en los que hemos aprendido a mirar hacia dentro y reflexionar, en que nos hemos preguntado tantas cosas, en los que hemos parado y hemos estado solos tantos ratos, seguro que nos va a costar muy poco descubrir que cada uno de nosotros somos miembros de esta comunidad y, con frecuencia, cada uno de nosotros somos Tomás.

¿A quién no le resulta familiar eso de estar en casa, con las puertas cerradas porque…? Sí, ese “#yo me quedo en casa,” tan repetido estos días, acompaña aún nuestro “Aleluya”. Y me quedo en casa con muchos miedos, con mucho dolor, con muchas inseguridades y preocupaciones por la propia vida y la de los míos, por el trabajo, por los proyectos, los sueños… Y nos preguntamos: ¿ahora qué?

Una experiencia semejante es la de los discípulos. Jesús ha muerto, lo han matado, todo se perdió, ¿que les va pasar? su vida peligra, no ven futuro… ¡y tienen tantos miedos! Y los miedos nos cierran, a ellos y a nosotros. Nos cerramos, nos paralizamos, perdemos toda perspectiva y capacidad de reaccionar. ¿No es una experiencia que compartimos?

“Y en esto…”, sin que nosotros sepamos cómo, Jesús se hace presente. Está en medio de la casa y de nuestras vidas, aunque las puertas sigan estando cerradas. Y a nosotros, cómo a ellos, nos cuesta reconocerle y miramos pasmados, asombrados… ¿De verdad eres tú? Pero nosotros te vimos clavado en la cruz, muerto en la cruz… Nosotros te creíamos muerto, ya no pensábamos encontrarte más, fíjate en todo lo que está pasando, estamos tan tristes… Y Jesús con una ternura y paciencia sobrecogedoras les muestra las manos, las heridas, “sus marcas” y los saluda. Nada de reproches ni de preguntas sobre su miedo y falta de fe. Les habla, nos habla, para tranquilizarlos y darles su Paz.

Y entonces le reconocen y todo cambia. La alegría, que es expansiva e invita a abrir puertas y ventanas, se apodera de ellos, casi no les cabe en el corazón. La razón, la suya y la nuestra: ¡Hemos visto al Señor!

Jesús hace un gesto muy significativo para ellos y para nosotros hoy: sopla sobre ellos. Ya lo sabemos, el aliento de Dios es signo de vida (Gen 2, 7) ¡Cómo valoramos estos días no tener dificultades para respirar, sentir que el aire llena nuestros pulmones! Para un enfermo de coronavirus es como volver a la vida, estar curado…  Y con este gesto Jesús les da su Espíritu, el que les comunica una vida nueva, el que les va a consolidar en la alegría, esa alegría que nadie ya les podrá quitar, el que les empuja y sostiene en esta nueva misión encomendada por Jesús: salid, id, predicad, perdonad…

La comunidad ha quedado transformada. La experiencia profunda de haber descubierto que Jesús está vivo y está con ellos en el centro de su comunidad, es definitiva. Ya están preparados para todo, ya no tienen miedo. Ya son en verdad discípulos del Resucitado.

¿No hemos sentido eso nosotros alguna vez? ¿No nos hemos sentido transformados sin saber muy bien cómo, después de una experiencia fuerte en la que el Señor se ha hecho presente? A veces oímos a alguien decir: soy otra persona… después de esto en mi vida hay un antes y un después. El encuentro personal con el Resucitado es el fundamento de nuestra fe, muy bien lo sabían las primeras comunidades que aún vivían en medio de persecuciones, pero que “habían visto al Señor”. Sí, nosotros también somos esa comunidad.

Pero resulta que, entonces y ahora, falta uno… alguien que no está cuando llega el Señor, cuando pasa algo decisivo para la comunidad… Y al que falta le suele pasar lo que a Tomás, que el testimonio de los demás no le sirve para creer: “Si no veo y no meto mi dedo…”

Y ocurre algo que nos sorprende, Jesús vuelve. Vuelve porque falta uno, ya nos lo había dicho con aquella oveja que se perdió y era solo una entre cien (Lc 15, 4-6). Vuelve, buscando al que no estaba y le llama por su nombre: ¡Tomás! Vuelve y le dice: trae tu dedo. Le enfrenta con su situación, con sus dudas, con su manera desconfiada de ser… Y Tomás no solo comprueba que es Jesús. Se encuentra cara a cara, corazón a corazón, con Él. Con quien desde ese momento, será “su Señor y su Dios”.

Tras la experiencia de Tomás, en la que podemos vernos reflejados, termina el evangelio diciendo cómo Jesús se acuerda de nosotros, de ti y de mí, de los que creemos “sin haber visto” y nos llama dichosos, bienaventurados.

Es verdad, no somos de esa primera generación. No hemos “comido y bebido con Él”. Pero también hemos sentido que, cómo a Tomas, el Señor nos ha llamado y nos ha dicho, trae tu dedo, trae tu dolor, trae tu fracaso… Y algo se nos ha movido por dentro y caemos en la cuenta de que solo Él es nuestro Dios y Señor, nuestro Salvador. Porque encontrarse con Él no es solo verle con los ojos, es abrirse a reconocerlo en tantas presencias en las que él nos espera y transforma nuestra vida. Por eso, porque somos capaces de decir: “Señor mío y Dios mío” somos bienaventuradas, somos bienaventurados.

Mª Guadalupe Labrador Encinas,  fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Vida es lo único que hay

domingo, 19 de abril de 2020
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Tierra-luz-225x300Domingo II de Pascua

19 abril 2020

Jn 20, 19-31

El evangelio de Juan se escribe varias décadas después de los hechos que narra. Y es precisamente a los discípulos de esa tercera generación a quienes les dirige esas palabras: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

          En esta nueva catequesis, son varias las cuestiones que se abordan: la insistencia en la resurrección, para lo que apela a “señales corporales” (manos, costado), el miedo de los discípulos y las dificultades/dudas para creer, el don de la paz y del Espíritu que leen como regalo del Resucitado y, sobre todo, la afirmación conclusiva, en la que se encontraría la clave última de lectura: todo se ha escrito “para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.

          Si hay un anhelo que ocupe y vibre en el corazón humano es el de vivir, tener vida. En este mismo evangelio, Jesús proclama: “Yo soy la vida”. Pero la lectura que hacen los discípulos –de naturaleza mental y en clave teísta– parece entender la vida como “algo” que tenemos y que, en todo caso, tiene que “venirnos” de otro, sea Jesús (“en su nombre”) o Dios.

          Trascendida la lectura mental, podemos reconocer que la “vida” no es “algo” que podemos tener o perder, sino uno de los nombres con los que nos referimos al Fondo común y compartido de todo lo que es, la identidad última de todos los seres. Acertaba plenamente Jesús al afirmar que era vida, pero no alcanzaron a verlo sus discípulos al no reconocer que aquella afirmación era válida para todos: todos somos vida.

          En cierto sentido, podría decirse con verdad que la vida es lo único que es. Solo hay vida; todo lo que percibimos a través de los sentidos no son sino formas que adopta la vida o en las que se oculta. Somos vida experimentándose en formas –personas– concretas. Vivir con sabiduría consiste en atender y cuidar todas las formas sin perder la conexión consciente con la comprensión de que somos vida.

¿Qué me ayuda a comprender que soy vida?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La presencia de Cristo en una comunidad confiere: paz, alegría y aliento vital

domingo, 19 de abril de 2020
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010-主耶稣向门徒显现-远景-20160129Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1. El primer día de la semana.

Evocando el Génesis, la creación, San Juan sitúa esta escena en el primer día de la semana. Es decir, el día de la resurrección, el día de la nueva creación. Ha comenzado la vida definitiva.

Sin embargo, los discípulos (la comunidad cristiana / la iglesia) estaban encerrados, enquistados y con miedo.

Cuando Cristo no está presente en nuestra vidas o en la vida eclesial vivimos cerrados mental y cristianamente y con miedo a todo.

         En estos momentos de sufrimiento por la pandemia, vivimos físicamente encerrados por motivos sanitarios. Que ese confinamiento no nos cause miedo ni angustia. Estamos en el amanecer de una nueva creación de una nueva vida en esta tierra, en este tiempo y en la eternidad del “más allá”.

  1. La resurrección impregna la vida de paz, alegría y espíritu

         La resurrección del Señor “no la vieron físicamente”[1], lo que vieron fueron los “resultados”, los efectos, las consecuencias de la resurrección.

         Pocas huellas y poco testimonio de resurrección daba aquella comunidad eclesial: aquellos “Diez” (“Doce”) (faltaban Judas y Tomás), y, sobre todo, faltaba Cristo. Por eso estaban -vivían-encerrados, con las puertas cerradas y con miedo, enquistados, tristes, sin paz.

         La presencia de Cristo en nuestras vidas, en una comunidad cristiana, en la Iglesia, confiere: paz, alegría y aliento vital (ganas de vivir).

         Cuando Cristo está presente en nosotros experimentamos una profunda paz-serenidad, una inmensa alegría-gozo y su espíritu nos infunde vitalidad.

         San Juan de nuevo vuelve al Génesis. Dios, para terminar la creación exhaló su aliento sobre el barro humano y así llegó, llegamos- a ser seres vivientes, (Gn 2,7).

         La creación termina en vida, en ganas de vivir.

Superamos la debilidad del barro humano, la materialidad corpórea con el espíritu-aliento vital.

         Los decaimientos humanos, las depresiones, la misma pandemia que estamos padeciendo, tienen un buen antídoto en el espíritu que nos confiere ganas de vivir.

  1. Tomás no estaba en el grupo.

         Las grandes cuestiones de la vida son comunitarias: la familia, el pueblo, la cultura, el idioma, la fe, los valores son cuestiones comunitarias.

Tomás no estaba en el grupo. Por eso no llega a la fe.

Es muy difícil vivir fuera del grupo, de la familia, del pueblo, de la propia cultura, de la comunidad cristiana.

Tomás vuelve a un grupo que “ha visto al Señor”, es decir un grupo que vive en paz, en alegría e ilusión. Si Tomás vuelve a la comunidad es porque le han dado testimonio de que han visto al Señor y, por otra parte, en ese grupo se puede vivir y convivir en la paz y alegría del Señor. Nadie vuelve a Egipto o a Auswitch.

         ¿Por qué se ha marchado tanta gente?

         ¿Por qué, como Tomás, se ha marchado tanta gente del grupo,  de la Iglesia? Es un simplismo fanático decir a lo tonto que la gente se ha ido del Evangelio porque es atea, increyente, infiel o pecadora, consumista, etc.

         ¿Y si la iglesia fuese un remanso de paz, de sosiego, de convivencia, de contento, de vida? ¿Quién no quiere vivir en paz y alegría?

  1. Pascua 2020:

Las circunstancias que estamos viviendo en la Pascua de estos años duras y extrañas. Haremos mucho bien si volvemos al Resucitado y  damos testimonio de la vida: hemos visto al Señor, de manera que transmitamos un poco de calma, de serenidad, de aliento vital.

         Cuando un cristiano, como Tomás, dice: ¡Señor mío y Dios mío! no está resolviendo el teorema de Pitágoras teológico, sino que cuando decimos, como Tomás,  ¡Señor mío y Dios mío! es porque estamos en paz, esperanzados, con gozo en la familia, en el pueblo, en la parroquia, en el trabajo, en el Señor.

         Como Tomás podemos decir con esperanza  en nuestro interior:

¡Señor mío y Dios mío!

[1] Es una tesis ya clásica entre muchos biblistas, afirma Armand Puig, decano de la Facultad de Teología de Barcelona.

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“Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.”

domingo, 5 de mayo de 2019
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No te he negado

Por causa de Tú causa me destrozo
como un navío, viejo de aventura,
pero arbolando ya el joven gozo
de quien corona fiel la singladura.

Fiel, fiel…, es un decir. El tiempo dura
y el puerto todavía es un esbozo
entre las brumas de esta Edad oscura
que anega el mar en sangre y en sollozo.

Siempre esperé Tú paz. No Te he negado,
aunque negué el amor de muchos modos
y zozobré teniéndote a mi lado.

No pagaré mis deudas; no me cobres.
Si no he sabido hallarte siempre en todos,
nunca dejé de amarte en los más pobres.

*

Pedro Casaldáliga,
El Tiempo y la Espera,
Sal Terrae 1986

***

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

Simón Pedro les dice:

“Me voy a pescar.”

Ellos contestan:

“Vamos también nosotros contigo.

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dice:

“Muchachos, ¿tenéis pescado?”

Ellos contestaron:

“No.”

Él les dice:

“Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.”

La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:

“Es el Señor.

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.

Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:

– “Traed de los peces que acabáis de coger.”

Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

Jesús les dice:

“Vamos, almorzad.

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”

Él le contestó:

“Sí, Señor, tú sabes que te quiero.”

Jesús le dice:

“Apacienta mis corderos.”

Por segunda vez le pregunta:

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”

Él le contesta:

-“Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Él le dice:

“Pastorea mis ovejas.”

Por tercera vez le pregunta:

– “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:

-“Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice:

– “Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.

Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:

“Sígueme.”

*

Juan 21, 1-19

***

 

El amor de Cristo por Pedro tampoco tuvo límites: en el amor a Pedro mostró cómo se ama al hombre que tenemos delante. No dijo: «Pedro debe cambiar y convertirse en otro hombre antes de que yo pueda volver a amarlo». No, todo lo contrario. Dijo «Pedro es Pedro y yo le amo; es mi amor el que le ayuda para ser otro hombre». En consecuencia, no rompió la amistad

Para reemprenderla quizás cuando Pedro se hubiera convertido en otro hombre; no, conservó intacta su amistad, y precisamente eso fue lo que le ayudó a Pedro a convertirse en otro hombre. ¿Crees que, sin esa fiel amistad de Cristo, se habría recuperado Pedro? ¿A quién le toca ayudar al que se equivoca, sino a quien se considera su amigo, aun cuando la ofensa vaya dirigida contra él?

El amor de Cristo era ilimitado, como debe ser el nuestro cuando debemos cumplir el precepto de amar amando al hombre que tenemos delante. El amor puramente humano está siempre dispuesto a regular su conducta según el amado tenga o no perfecciones; el amor cristiano, sin embargo, se concilio con todas las imperfecciones y debilidades del amado y permanece con él en todos sus cambios, amando al hombre que tiene delante. Si no fuera de este modo, Cristo no habría conseguido amar nunca: en efecto, ¿dónde habría encontrado al hombre perfecto?

*

Søren Kierkegaard

S. Kierkegaard,
Las obras del amor,
Guadarrama, Barcelona, s. f.

***

***

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“Al amanecer”. 3 Pascua – C (Juan 21,1-19)

domingo, 5 de mayo de 2019
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san pedro el pescadorEn el epílogo del evangelio de Juan se recoge un relato del encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos a orillas del lago Galilea. Cuando se redacta, los cristianos están viviendo momentos difíciles de prueba y persecución: algunos reniegan de su fe. El narrador quiere reavivar la fe de sus lectores.

Se acerca la noche y los discípulos salen a pescar. No están los Doce. El grupo se ha roto al ser crucificado su Maestro. Están de nuevo con las barcas y las redes que habían dejado para seguir a Jesús. Todo ha terminado. De nuevo están solos.

La pesca resulta un fracaso completo. El narrador lo subraya con fuerza: «Salieron, se embarcaron y aquella noche no pescaron nada». Vuelven con las redes vacías. ¿No es esta la experiencia de no pocas comunidades cristianas que ven cómo se debilitan sus fuerzas y su capacidad evangelizadora?

Con frecuencia, nuestros esfuerzos en medio de una sociedad indiferente apenas obtienen resultados. También nosotros constatamos que nuestras redes están vacías. Es fácil la tentación del desaliento y la desesperanza. ¿Cómo sostener y reavivar nuestra fe?

En este contexto de fracaso, el relato dice que «estaba amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla». Sin embargo, los discípulos no lo reconocen desde la barca. Tal vez es la distancia, tal vez la bruma del amanecer, y, sobre todo, su corazón entristecido lo que les impide verlo. Jesús está hablando con ellos, pero «no sabían que era Jesús».

¿No es este uno de los efectos más perniciosos de la crisis religiosa que estamos sufriendo? Preocupados por sobrevivir, constatando cada vez más nuestra debilidad, no nos resulta fácil reconocer entre nosotros la presencia de Jesús resucitado, que nos habla desde el Evangelio y nos alimenta en la celebración de la cena eucarística.

Es el discípulo más querido por Jesús el primero que lo reconoce: «¡Es el Señor!». No están solos. Todo puede empezar de nuevo. Todo puede ser diferente. Con humildad, pero con fe, Pedro reconocerá su pecado y confesará su amor sincero a Jesús: «Señor, tú sabes que te quiero». Los demás discípulos no pueden sentir otra cosa.

En nuestros grupos y comunidades cristianas necesitamos testigos de Jesús. Creyentes que, con su vida y su palabra, nos ayuden a descubrir en estos momentos la presencia viva de Jesús en medio de nuestra experiencia de fracaso y fragilidad. Los cristianos saldremos de esta crisis acrecentando nuestra confianza en Jesús. A veces, no somos capaces de sospechar su fuerza para sacarnos del desaliento y la desesperanza.

José Antonio Pagola

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“Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado”. Domingo 05 de mayo de 2019. 3er Domingo de Pascua

domingo, 5 de mayo de 2019
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28-pascuaC3 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 5, 27b-32. 40b-41: Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.
Salmo responsorial: 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Apocalipsis 5, 11-14: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza.
Juan 21, 1-19: Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado

En el pasaje de Hechos, los apóstoles son llamados a rendir indagatoria ante el Sanedrín, o Junta Suprema de los judíos. Conviene reflexionar sobre lo que implica concretamente la fe en la resurrección de Jesús; esto es, el testimonio de que él continúa vivo y actuando no ya físicamente, sino a través de la comunidad que ha asumido con el coraje y la valentía de su Maestro el proyecto del Reino. La Resurrección carece de pruebas históricas, y el creyente no las necesita. La prueba más segura y contundente nos la da, precisamente, la comunidad misma de creyentes que se fue formando alrededor de la fe en la Resurrección y que da testimonio de ella a través de una experiencia vital que ha evolucionado desde una total ignorancia e incapacidad para comprender a Jesús, hasta un cambio tan radical que ya nadie teme dar testimonio de que Jesús está vivo y que su proyecto sigue adelante. Con una valentía increíble, aquellos que habían huido abandonando al Maestro en su prendimiento, recalcan ahora que seguirán predicando porque “hay que obedecer a Dios antes que a los humanos”. Esta situación se repetirá innumerables veces en la historia de la Iglesia, cuando la autenticidad del mensaje entre en conflicto con los intereses que se le oponen.

En el evangelio Jesús se presenta a los apóstoles junto al lago Tiberíades, en medio de la vida ordinaria a la que ellos estaban acostumbrados. Habían dejado de ser los pescadores de personas a que los había llamado Jesús, y tras el supuesto fracaso del Maestro habían vuelto a su oficio de siempre. Allí se les presenta Jesús y aprovecha lo que les es familiar. Y allí Dios les manifiesta su poder y su gloria, a través del símbolo de la pesca y de la comida.

El Resucitado los invita a tirar la red, que recogerá una pesca milagrosa; una red que es símbolo de la Iglesia y de la pesca multitudinaria que harían los seguidores de Jesús después de este encuentro, cuando vuelvan a tomar el rumbo que habían perdido.

El discípulo a quien el Señor más amaba le reconoce en el milagro de la abundancia de peces, y Pedro se siente nada delante de aquel que le encomendó una tarea especifica que dejó de cumplir.

El capítulo 21 del cuarto evangelio fue agregado posteriormente. Es claro que Jn 20,30-31 era la conclusión original. Y es interesante que el capítulo 21 esté centrado en la figura de Pedro. En todo el evangelio los grandes protagonistas habían sido “el discípulo amado”, los discípulos en general y especialmente las discípulas, y entre ellas la madre de Jesús y María Magdalena. La figura de Pedro tiene relieve secundario; más aun, aparece siempre contrapuesta y subordinada a la del “discípulo amado”. Para Juan lo más importante es ser discípulo/discípula. Ahora, en el capítulo 21, se afirma a Pedro como pastor a partir de la inquietante pregunta triple de Jesús resucitado: “Simón, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas”. Pedro es reconocido como pastor porque ahora cumple la condición de buen discípulo. Durante la Pasión negó tres veces ser discípulo de Jesús. Ahora el Señor le pide una triple confesión de su sincero amor como discípulo.

Antes que jerárquica, la Iglesia es una comunidad de discípulos. En la tradición de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) es una iglesia fundada y dirigida por los 12 apóstoles, llamados también comúnmente los 12 discípulos. El capítulo 21 de Juan expresa la armonización de la dos tradiciones: Pedro es reconocido como pastor, pero bajo la condición de que acepte su definición fundamental como discípulo. Una vez reconocido como pastor, Jesús le anuncia la clase de muerte con la que glorificaría a Dios: su crucifixión en Roma. Después el Señor le reiterará su consigna favorita: “sígueme”, es decir, lo urge formalmente a ser su discípulo. Leer más…

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5.5.19 Pedro ¿me quieres? (Cura ¿ tú me amas?)

domingo, 5 de mayo de 2019
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Del blog de Xabier Pikaza:

Ministro del evangelio: una historia de amor

Saber amar, no hay otra condición

No hay otra condición para ser testigo de Jesús, ministro de la iglesia: papa, como Pedro (imagen 3), o cura de barrio como  Federico (Imagen 1).  Lo que importa es  querer ala gente de Jesús y ser querido por la gente. En esa línea, este Jesús resucitado que pregunta Pedro si le quiere para confiarle el encargo de animar a la iglesia (Jn 21) es cualquiera de los creyentes, la viejecita o el niño, el profesor o el carbonero.

Saber querer y ser querido por la gente: esa es la tarea del Papa de Roma o del vicario de Villagarcía, y al mismo tiempo la misión todos los cristianos y cristianas que realizan funciones de Jesús (¡todos!) en el ancho mundo y en la Iglesia.

Éste es el argumento del evangelio de este Dom. 3 después de Pascua (Jn 21). Después de Magdalena (dom. 1) y de Tomás (dom 2) vienen Pedro y el Discípulo Amado (dom. 3), y su experiencia de pascua como amor complementario de estos dos discípulos constituye el centro de la Iglesia.

pescamilagrosaContengo la respiración al comentar este evangelio, pues día tras día me avergüenzo de leer en la prensa escándalos de curas pederastas o poco finos en amores. A pesar de todo, pienso que es necesario comentar ese evangelio, con amor y temblor, con temor y  esperanza, pues la Iglesia de Jesús resucitado no tiene más herencia ni capital que el amor, de manera que sus ministros (Pedro y/o Discípulo Amado/a) han de saber que sólo en amor es mi ejercicio (Juan de la Cruz)

Todo lo demás, si papa y clérigos son casados o solteros (si son célibes por vocación o circunstancia), varones o mujeres, homo- o hetero-sexuales) es a la postre secundario, tomar el rábanos por la hojas y no por su «cuerpo» comestible.

   Varias veces he tratado de este argumento en mi blog. Ahora me limito a ofrecer un comentario general de Jn 21. Ciertamente, está en el fondo el tema de la pederastia o mal amor, pues donde es más grande la llamada al amor puede ser mayor su riesgo, sobre todo si va unido a un tipo de poder eclesiástico y/o civil.  Pero de aquí en adelante no me ocupo ya de la pederastia (aunque todo lo que digo puede aplicarse a ella).

Siga quien quiera, y que tenga buen domingo (domingo de la madre o del padre, del amigo… y de cura), pues Jesús pidió y ofreció a los suyos simplemente que se amaran, es decir, que amaran y se dejaran amar por los demás, de un modo integral, como buena nueva o evangelio de Dios.

   Este es el tema de fondo que he desarrollado en alguno de mis libros, cuya portada presento a continuación, especialmente la del Diccionario de la biblia o la de La novedad e Jesús. Buen domingo a todos.

Introducción. Jn 21, un evangelio especial, resumen de todo el evangelio.

   Habían pasado algunos decenios desde el comienzo de la Iglesia, con idas y venidas y variantes, y hacia el  año 100 una comunidad cristiana muy especial, de origen judío, que había empezado a desarrollarse primero en Jerusalén y después (quizá tras la guerra del 67-70) en alguna zona del entorno (Siria-Transjordania o Asia Menor), se integró en la Gran Iglesia.

pedro-me-amas-001Esa comunidad que llamó a las puertas de Pedro (símbolo de la Gran Iglesia) había estado animada por un personaje enigmático, que se presentaba como el «discípulo amado» (cf. Jn 21, 24), su máxima autoridad era el Espíritu Santo, que Jesús les había prometido y ofrecido (cf. Jn 14, 16; 15, 16; 16, 13) y desarrolló una intensa fraternidad, de tipo carismático, sin grandes instituciones externas.

Pues bien, pasados unos decenios (entre el 30-90 d. C.), esos «amigos de Jesús», a quienes podemos presentar como carismáticos del amor, representados por el Discípulo Amado, corrieron el riesgo de perder su identidad, entre disputas internas y tensiones de tipo gnóstico (impulsadas por un tipo de espiritualismo que podría separarles del Jesús de la historia) y entonces, algunos (quizá una mayoría) se integraron en la Gran Iglesia, donde la memoria y autoridad de Pedro aparecía como garantía de fidelidad cristiana y unidad eclesial [1].

Ellos trajeron consigo un evangelio (Jn) donde, al lado del Discípulo amado, que era signo clave de la comunidad, se  reconocía también a Pedro (Jn 1, 40; 6, 68; 11, 6-9) y se recordaba su figura en el contexto de la pascua (Jn 20, 1-17) y, sobre todo, de la misión de la iglesia, como indicaremos, comentando de un modo especial el capítulo final (Jn 21), añadido quizá en la última etapa de la redacción del evangelio, para trazar las relaciones históricas e institucionales entre Pedro (Iglesia organizada y misionera) y el Discípulo amado (libertad en el amor, identidad carismática cristiana).

Pedro Pescador, la iglesia misionera,iglesia de los Siete

Pedro, que aparece como representante de la iglesia institucional, sale a pescar en la barca, con otros seis discípulos, como para recordar que la misión fundadora de la iglesia, en su primera apertura a los pueblos, fue decisión y tarea de Siete discípulos del Cristo (no de los Doce, ni siquiera de otros misioneros como Pablo). Al frente de esos Siete (que recuerdan a los helenistas de Hech 6-7) se encuentra Pedro y a su lado, inseparable y necesario, está el Discípulo amado, que así aparece como testigo de la verdad del evangelio, pues se ha dejado transformar por ella y no tiene más autoridad y tarea que amar y ser amado, a partir de un Cristo a quien vemos como presencia de Dios (es Señor, Hijo Divino), siendo fundador de una comunión de «amigos» (Jn 15, 15).

Este discípulo expresa la esencia de la iglesia, refleja su verdad, pero debe mantenerse unido a Pedro. Por eso, si se aísla y separa, puede acabar destruyendo al mismo grupo, pues la comunidad necesita estructuras para organizar el amor. Así le vemos, y vemos a su Iglesia, en comunión con Pedro.

La función de Pedro aparecía anunciada al principio del evangelio (Jn 1, 42), cuando Jesús le dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que significa Pedro, es decir, Piedra-cimiento de la iglesia (como suponía Mt 16, 17-18). Por eso, el Discípulo Amado acepta a Pedro, como expresión de identidad eclesial, junto a la autoridad carismática del Espíritu (que aquí recibe el nombre de Paráclito: abogado, animador, consuelo).

maxresdefaultDe esta manera se indica la gran tarea de la Iglesia: La comunidad del Discípulo amado (que ha condensado su más honda experiencia en el Paráclito) debe dialogar con la iglesia institucional (simbolizada en Pedro); por eso tiene que aceptar y acepta al final de su evangelio a Pedro. En esa línea, este (Jn 21) parece la expresión de un pacto constituyente, quizá implícito, que se realizó en el paso del siglo I al II, entre la Gran Iglesia (representada por Pedro) y la comunidad del Discípulo amado.

Este pasaje, todo Jn 21, no quiere narrar unos hechos antes ignorados, nuevas historias sobre Jesús y sus discípulos, sino recrear la esencia cristiana, vinculando la comunidad del Discípulo amado con la iglesia de Pedro, como había hecho, desde otra perspectiva y con otro lenguaje, aunque con intenciones semejantes, el evangelio de Mateo (cf. Mt 16, 16-19).

(1) Según Mateo, Pedro era garante de una interpretación universal de la Ley, testigo y signo de la apertura del evangelio a los gentiles y a los pobres; por eso, los judeo-cristianos legalistas, que habían ido elaborando las tradiciones de Mateo, debían confiar en Pedro y aceptar su misión universal (Mt 28,16-20).

(2) Según Juan, Pedro es también garante de una misión universal que se funda en la pascua de Jesús y lleva a los creyentes desde el Mar de Galilea a todos los pueblos de la tierra; pero Jn 21 añade que esa misión debe realizarse conforme a los principios de un amor del Discípulo amado.

Los símbolos de Jn 21 (pesca milagrosa, comida a la orilla del lago…) son tradicionales (cf. Lc 5, 1-11). Nueva es su forma de entenderlos.

En el comienzo del relato está Simón Pedro que dice voy a Pescar. Sin esta decisión de Pedro, que asume la iniciativa misionera del evangelio (que de hecho parece haber surgido entre los helenistas y Pablo), no hubiera existido una iglesia universal. Pedro aparece así guiando un grupo de Siete discípulos (no Doce), con Tomás, Natanael, los zebedeos (Santiago y Juan) y otros dos cuyos nombres no se dicen (Jn 21, 2).

Uno de ellos, a quien la tradición posterior identificará sin pruebas con Juan Zebedeo, es el Discípulo amado. El tiempo de los Doce testigos de las tribus de Israel ha terminado, y también el de Santiago de Jerusalén. Estamos en el tiempo de los Siete (entre ellos Pedro y el Discípulo amado). Pedro lleva a sus amigos al «mar de Galilea», que es la tierra de Jesús y símbolo del mundo entero (no va a Roma como hace Pablo en Hechos).

Una noche sin pesca

Subieron a la barca y esa noche no pescaron nada. Amanecía y estaba Jesús a la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo:«¡Muchachos! ¿Tenéis algo de comer?». Respondieron: «¡No!». Él les dijo: «¡Echad la red a la derecha de la barca y encontrareis!». La echaron y no podían arrastrarla por la cantidad de peces. Entonces, el Discípulo al que Jesús amaba dice a Pedro: «¡Es el Señor!». Y Simón Pedro, oyendo es el Señor, se ciñó el vestido y se lanzó al mar (Jn 21, 3-7).

Pedro ha dirigido la faena, pero no conoce aún a Jesús, no le distingue en la noche, de manera que parece incapaz de discernir lo que está haciendo (lo que de verdad está pasando en la noche de la historia humana, sobre el mar desconocido). Por el contrario, el Discípulo amado ha conocido a Jesús en la noche y sabe lo que pasa y se lo dice a Pedro, compartiendo de esa forma su experiencia con los compañeros de la barca. Pedro dirige la faena (en la línea de lo que podrá hacer luego el Papa de Roma), pero depende de los otros y especialmente del Discípulo amado, y no sólo de Jesús que espera en la orilla, recibiendo los peces que traen los discípulos y ofreciéndoles el pan y el pez del Reino.

Oficio de amor

Pues bien, cuando todo parece haber terminado y los discípulos toman en la orilla el pan de Jesús con los peces de la pesca misionera, el texto sigue, de manera sorprendente, como seguiré comentando:

Después que comieron, Jesús dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me amas más que estos?». Le dijo «¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero». Le dijo: «¡Apacienta mis corderos!». Por segunda vez le dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me amas?». Le dijo: «¡Sí, Señor! Tu sabes que te quiero». Le dijo: «¡Apacienta mis ovejas!». Por tercera vez le dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me quieres?». Se entristeció Pedro, porque por tercera vez le había dicho ¿me quieres? Y le dijo: «¡Señor! Tú lo sabes todo, sabes que te quiero». Y le dijo:«¡Apacienta mis ovejas!» (Jn 21, 15-17).

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Perseguido, exaltado, misterioso. Tres aspectos de Jesús. Domingo 3º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 5 de mayo de 2019
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pedro-me-amas1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Domingo 3º de Pascua. Ciclo C.

Las lecturas de este domingo nos ofrecen tres rasgos muy distintos de Jesús.

Jesús perseguido (1ª lectura)

           En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

[Nota: La traducción litúrgica ha suprimido algo esencial: los azotes a los apóstoles. El texto griego dice: “llamando a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron”. En el leccionario, al faltar los azotes, no se comprende por qué se marchan “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”].

            En esta lectura Jesús es perseguido no en sí mismo, en su persona, sino en sus seguidores. Lo ocurrido en Sri Lanka hace pocos días es la versión ampliada y más trágica de lo que cuenta el libro de los Hechos. A los apóstoles los dejaron con vida; gran parte de los cristianos (y no cristianos) de Sri Lanka murieron. Los apóstoles salieron contentos de sufrir por Jesús; los de Sri Lanka seguirán llorando a sus difuntos, con el único consuelo de la fe en la resurrección. La celebración de la Pascua no anula las dificultades y angustias de muchos cristianos a lo largo del mundo.

Jesús exaltado (2º lectura)

Este tema lo ha tratado Pedro ante el sumo sacerdote cuando dice: “La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador”.  El Apocalipsis desarrolla este aspecto hablando del Cristo glorioso del final de los tiempos.

          Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos-, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje

Jesús misterioso (evangelio)

El cuarto evangelio tuvo dos ediciones. La primera terminaba en el c.20. Más tarde, no sabemos cuándo, se añadió un nuevo relato, el que leemos hoy. El hecho de que se añadiese a un evangelio ya terminado significa que su autor le daba especial importancia.

Un comienzo sorprendente

            Según el cuarto evangelio, cuando Jesús se aparece a los discípulos al atardecer del primer día de la semana, les dice: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Pero ellos no deben tener muy claro a dónde los envía ni cuándo deben partir. Vuelven a Galilea, a su oficio de pescadores; en todo caso, resulta interesante que Natanael, el de Caná, no se dirige a su pueblo; se queda con los otros. Pero no son once, solo siete. Pedro propone ir a pescar, y se advierte su capacidad de liderazgo: todos le siguen, se embarcan… y no pescan nada.

Algunos comentaristas han destacado las curiosas semejanzas entre los evangelios de Lucas y Juan. Aquí tendríamos una de ellas. En el momento de la vocación de los cuatro primeros discípulos, también han pasado toda la noche bregando sin pescar nada, y una orden de Jesús basta para que tengan una pesca abundantísima. Por otra parte, en la propuesta de Pedro: “Me voy a pescar”, resuenan las palabras de Jesús: “Yo os haré pescadores del hombres”.

            En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

            Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice:

            – Me voy a pescar.

            Ellos contestan:

            – Vamos también nosotros contigo.

            Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

            Jesús les dice:

            – Muchachos, ¿tenéis pescado?

            Ellos contestaron:

            – No.

            Él les dice:

            – Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

            La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.

            Dos reacciones: el impulsivo y el creyente

El relato de lo que sigue es tan escueto que parece invitar al lector a imaginar la escena y completar lo que falta.

Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:

            – Es el Señor.

            Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:

            – Traed de los peces que acabáis de coger.

            Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

            El contraste más marcado es entre el discípulo al que Jesús tanto quería y Pedro. El primero reconoce de inmediato a Jesús, pero se queda en la barca con los demás. Pedro, al que no se le pasado por la cabeza que se trate de Jesús, se lanza de inmediato al agua… pero no sabemos qué hace cuando llega a la orilla. Tampoco Jesús le dirige la palabra. Espera a que lleguen todos para decir que traigan los peces, y de nuevo es Pedro el que sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla. Hay dos formas de protagonismo en este relato: el de la intuición y la fe, representado por el discípulo al que quería Jesús, y el de la acción impetuosa representado por Pedro.

            [La cantidad de 153 peces se ha prestado a numerosas teorías, pero ninguna ha conseguido imponerse.]

El misterio de la fe: seguridad sin certeza

Jesús les dice:

            – Vamos, almorzad.

            Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

            Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

            La mayor sorpresa para el lector, y uno de los mensaje más importantes del relato, son las palabras: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.” Lo saben, pero no pueden estar seguros, porque su aspecto es totalmente distinto. Es otro de los puntos de contacto entre Lucas y Juan. Los dos insisten en que Jesús resucitado es irreconocible a primera vista: María Magdalena lo confunde con el hortelano, los discípulos de Emaús hablan largo rato con él sin reconocerlo, los once piensan en un primer momento que es un fantasma.

            Frente a la apologética barata que nos enseñaban de pequeños, donde la resurrección de Jesús parecía tan demostrable como el teorema de Pitágoras, los evangelistas son mucho más profundos y honrados. Sabemos, pero no nos atrevemos a preguntar.

Pedro de nuevo: humildad y misión

La última parte, que se puede suprimir en la liturgia, vuelve a centrarse en Pedro. Va a recibir la imponente misión de sustituir a Jesús, de apacentar su rebaño. Hoy día, cuando se va a nombrar a un obispo, Roma pide un informe muy detallado sobre sus opiniones políticas, lo que piensa del aborto, del matrimonio homosexual, el sacerdocio de la mujer… Jesús también examina a Pedro. Pero solo de su amor. Tres veces lo ha negado, tres veces deberá responder con una triple confesión, culminando en esas palabras que todos podemos aplicarnos: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. A pesar de las traiciones y debilidades.

            Y Jesús le repite por tres veces la nueva misión: “pastorea mis ovejas”. Cuando escuchamos esta frase pensamos de inmediato en la misión de Pedro, y no advertimos la novedad que encierra “mis ovejas”. La imagen del pueblo como un rebaño es típica del Antiguo Testamento, pero ese rebaño es “de Dios”. Cuando Jesús habla de “mis ovejas” está atribuyéndose ese poder y autoridad, semejantes a los del Padre, de los que tanto habla el cuarto evangelio.

            Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

            Él le contestó:

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

            Jesús le dice:

            – Apacienta mis corderos.

            Por segunda vez le pregunta:

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

            Él le contesta:

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

            Él le dice:

            – Pastorea mis ovejas.

            Por tercera vez le pregunta:

            – Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

            Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
– Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice:

– Apacienta mis ovejas.

Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.»
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.

Dicho esto, añadió:

– Sígueme.

Reflexión final

            Las lecturas de este domingo son muy actuales. Además de la persecución sangrienta de Jesús a través de los cristianos, está el intento de silenciarlo, como pretendía el sumo sacerdote. Aunque a veces, el problema no es que nos prohíban hablar de Jesús, sino que no hablamos de él por miedo o por vergüenza.

            Otras veces nos resulta difícil, casi imposible, identificarlo en la persona que tenemos enfrente. O admitir ese triunfo suyo del que habla el Apocalipsis. Las lecturas nos invitan a reflexionar y rezar para vivir de acuerdo con la experiencia de Jesús resucitado.

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III Domingo de Pascua. 05 mayo, 2019

domingo, 5 de mayo de 2019
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3Do-Pascua

“Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla;

pero los discípulos no sabían que era Jesús…”

(Jn 21, 1-19)

 

El tiempo de Pascua es el tiempo de las sorpresas del Resucitado. Los discípulos y discípulas de la primera hora nos han legado su experiencia de encuentro con el Resucitado. En cada uno de esos encuentros hay un algo de sorpresa.

Siempre les cuesta descubrir quién es el personaje que irrumpe en la escena, da igual que se haya aparecido otras veces, es difícil de reconocer. El texto nos dice que era “la tercera vez que Jesús se aparecía a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.”

Parece que los discípulos se han quedado tan sobrepasados tras la muerte violenta de su maestro que no pueden reconocerle resucitado, pero recuerdan sus gestos. Porque ya en otras ocasiones les había invitado a echar las redes o había bendecido con ellos los alimentos.

La apariencia del Resucitado es distinta, desconocida, pero sus gestos son inconfundibles, en ellos sus discípulos reconocen al Crucificado. Lo que la lógica es incapaz de razonar lo descubre el amor en los gestos pequeños.

Un pequeño gesto es capaz de cambiar por completo la dirección de una vida. Cuenta el autor de un libro que se titula “La guerra no es santa: Relato del infierno Muyahidin”, cómo la ternura de un gesto le hizo conectar con la luz que después de toda la violencia vivida, aún quedaba en su corazón. Invitado en casa de un amigo se puso enfermo con una fiebre muy alta, entonces la madre de su amigo se acercó a su cama y le tomó la fiebre poniéndole la mano sobre su frente. Ese gesto le recordó lo que solía hacer su propia madre cuando él era pequeño y enfermaba.

Ese gesto le hizo descubrir la ternura en las personas que siempre había considerado enemigas, infieles y a las que deseaba eliminar. Había crecido en un país lleno de violencia y con la creencia de que matar “infieles” era la llave de entrada al Paraíso.

Él, que había crecido viendo semanalmente como los infieles eran castigados con la muerte de una manera pública, a modo de espectáculo y con ello se había ido oscureciendo su corazón, afirma que aquel gesto, unido a otros, hizo que el pequeño punto blanco que todavía quedaba en su corazón fuera ganando espacio.

Los gestos, nuestros gestos como los del Resucitado pueden transformar la realidad. Claro que no vale con cualquier gesto, son los gestos nacidos del amor, aquellos que brotan de lo más puro, de nuestra misma esencia. Gestos que no siempre son fáciles porque en nosotros también hay violencia y oscuridad.

Oración

Ayúdanos, Trinidad Santa, a vivir conectadas a nuestra propia esencia, ese lugar bondadoso e inviolable, del que nace el amor que nos hace semejantes a Ti.

 

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Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Nadie le reconoce… pero sabían bien qué era el Señor.

domingo, 5 de mayo de 2019
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Nuestro problema sigue siendo la experiencia pascual. Se trata de una vivencia interior que, o se tiene y entones no hay que explicar nada, o no se tiene y entonces no hay manera de explicarla. Esta simple constatación es la clave para afrontar los textos evangélicos que quieren transmitir dicha experiencia. No hay ni palabras ni conceptos en los que poder meter la realidad vivida, por eso lo primeros cristianos acudieron a los relatos simbólicos.

El objeto de estos textos no es explicar ni convencer, sino invitar a la misma experiencia que hizo posible la absoluta seguridad de que Jesús estaba vivo. Descubriremos la fuerza arrolladora de esa Vida y podremos intuir la profundidad del cambio operado en ellos. Las autoridades religiosas y romanas no solo pretendieron matar a Jesús, sino borrarle de la memoria de los vivos. La crucifixión llevaba implícita la absoluta degradación del condenado y la práctica imposibilidad de que esa persona pudiera ser rehabilitada de ninguna manera.

La probabilidad de que Pilato condenara a la cruz a Jesús por la mañana y por la tarde permitiera que fuera enterrado con aromas y ungüentos, en un sepulcro nuevo, es prácticamente inexistente. Pero es lógico que los primeros cristianos tratasen de eliminar las connotaciones aniquilantes de la muerte de Jesús. También es natural que, al contar lo sucedido a los que no conocieron lo hechos, tratasen de omitir todo aquello que había sido inaceptable para ellos mismos y los sustituyeran por relatos más de acuerdo con su deseo.

En el relato que hoy leemos, nada es lo que parece. Todo es mucho más de lo que parece. Responde a un esquema teológico definido, que se repite en todas las apariciones. No pretenden decirnos lo qué pasó en un lugar y momento determinado, sino transmitirnos la experiencia de una comunidad que está deseando que otros seres humanos vivan la misma realidad que ellos estaban viviendo. En aquella cultura, la manera de transmitir ideas, era a través de relatos, que podían estar tomados de la vida real o construidos para el caso.

«Se manifestó« (ephanerôsen) tiene el significado de “surgir de la oscuridad”. Implica una manifestación de lo celeste en un marco terreno. “Al amanecer”, cuando se está pasando de la noche al día, los discípulos pasan de una visión terrena de Jesús a través de los sentidos, a una experiencia interna que les permite descubrir en él lo que no se puede ver ni oír ni tocar. Seguimos el esquema, de que hablábamos el domingo pasado.

Situación dada.- Los discípulos están pescando, es decir, habían vuelto a su tarea habitual, ajenos a lo que les va a pasar, ni lo esperan ni lo buscan. Los discípulos están juntos, es decir, forman comunidad. No se hace alusión a los doce. Aparece el siete que es signo de plenitud, (todas las naciones paganas). Misión universal de la nueva comunidad. La noche significa la ausencia de Jesús. Sin él, la labor misionera es estéril. El relato distorsiona la realidad a favor del simbolismo. La pesca se hace de noche, no de día. Sin embargo, aquella a la que se refiere el relato se consigue cuando se siguen las directrices de Jesús.

Jesús se hace presente.- Toma la iniciativa y, sin que ellos lo esperen, aparece. La primera luz de la mañana es señal de la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje simbólico. Jesús es la luz que permite trabajar y dar fruto. Jesús no les acompaña; su acción en el mundo se ejerce por medio de los discípulos. Las palabras de Jesús son la clave para dar fruto. Cuando siguen sus instrucciones, encuen­tran pesca y le descubren a él mismo.

Saludo.- Una conversación que pretende acentuar la cercanía. “Muchachos» (paidion) diminutivo de (pais) = niño. Es el “chiquillo de la tienda”. Al darles ese nombre, está exigiéndoles una disponibilidad total. Por parte de Jesús, la obra está terminada. Él tiene ya pan y pescado. Ellos tienen que seguir buscando y compartiendo ese alimento. Jesús sigue en la comunidad, pero sin actuar directamente en la acción que ellos tienen que realizar.

Lo reconocen.- La dificultad de reconocerle se manifiesta en que solo uno lo descubre, el que está más identificado con Jesús. Reconoce al Señor en la abundancia de peces, es decir, en el fruto de la misión. Solo el que tiene experiencia del amor sabe leer las señales. El éxito, es señal de la presencia del Señor. El fracaso delataba la ausencia del mismo. Juan Comunica su intuición a Pedro. Así se centra la atención en éste para introducir lo siguiente.

Pedro no había percibido la presencia, pero al oír al otro discípulo comprendió enseguida. El cambio de actitud de Pedro, reflejado de un modo simbólico en la palabra «se ató». La misma que se utilizó Jn para designar la actitud de servicio cuando Jesús se ató el delantal en el relato de la última cena. Se tira al agua después de haberse ceñido el símbolo del servicio, dispuesto a la entrega. Solo Pedro se tira al agua, porque solo él necesita cambiar de actitud. Jesús no responde al gesto de Pedro; responderá un poco más tarde.

No ven primero a Jesús, sino fuego y la comida, expresión de su amor a ellos. Son los mismos alimentos que dio Jesús antes de hablar del pan de vida. Allí el pan lo identificó con su carne, dada para que el mundo viva. Es lo que ahora les ofrece. El alimento que él les da se distingue del que ellos logran por su indicación. Hay dos alimentos: uno es don gratuito, otro se consigue con el esfuerzo. El primero lo aporta Jesús. El segundo lo deben poner ellos.

El don de sí mismo queda patente por la invitación a comer y es tan perceptible que no deja lugar a duda. Recuerda la multiplicación de los panes. Es el mismo alimento, pan y pescado. Jesús es ahora el centro de la comunidad, donde irradia la fuerza de vida y amor. Esa presencia hace capaces a los suyos de entregarse como él. Al decirnos que es la tercera vez que se aparece, significa que es la definitiva. No tiene sentido esperar nuevas apariciones.

La misión.- Hoy se personaliza la misión en otro personaje, Pedro. Había reconocido a Jesús como Señor, pero no lo aceptaba como servidor a imitar. Con su pregunta, Jesús trata de enfrentar a Pedro con su actitud. Solo una entrega a los demás, como la de Jesús, podrá manifestar su amor. La respuesta es afirmativa, pero evita toda comparación. Solo él lo había negado. Jesús usa el verbo “agapaô” = amor. Pedro contesta con “phileô” =querer, amistad.

Apacentar. Jesús le pide la muestra de ese amor. Procurar pasto es comunicar Vida. Solo puede hacerse en unión con Jesús. “Corderos” y “ovejas” indican a los pequeños y a los grandes. Debe renunciar a toda idea de Mesías que no coincida con lo que Jesús es. Pedro le había negado porque no estaba dispuesto a arriesgar su vida. Para la misión, Jesús es modelo de pastor, que se entrega por las ovejas. Para la comunidad, es el único pastor.

Al preguntarle por 3ª vez, pone en relación este episodio con las tres negaciones. Espera una rectificación total. Ahora es Jesús el que usa el verbo “phileô”, ¿me quieres?, que había utilizado Pedro. Le hace fijarse en ello y le pregunta si está seguro de lo que ha afirmado. Ser amigo significa renunciar al ideal de Mesías que se había forjado. Jesús no pretende ser servido sino que sirva a los demás. Pedro comprende que la pregunta resume su historia de oposición.

Meditación

Solo el discípulo más cercano a Jesús lo reconoce.
Si vivo la presencia de Jesús, dentro de mí,
lo descubriré en los acontecimientos más sencillos de la vida.
No lo buscaré en personas o hechos espectaculares.
Si pongo amor en las cosas que hago,
estaré haciendo presente al Dios manifestado en Jesús.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Reconocer a Jesús

domingo, 5 de mayo de 2019
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A6D7C498-A326-4637-8F8B-3FD005FBA91ALa vida no es fácil, pero hay un motor llamado corazón, un seguro llamado fe, y un conductor llamado Dios.

5 de mayo. Domingo III de Pascua

Jn 21, 1-9

El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.

Jacques Leclercq señala en El problema de la fe: “La conversión es un encuentro con Cristo; encuentro personal con la persona viva de Cristo, es una auténtica experiencia vital. Si Cristo es lo que dice ser, no hay más remedio que seguirle, y no hay cosa alguna fuera de ésta, que pueda interesarnos. Así, pues, la fe cristiana es un contacto de hombre a hombre, de creyente a Salvador. Se presenta como un estado de confianza en una persona determinada”.

A lo que José A. Pagola añade que “Para los cristianos, es vital reconocer y confesar cada vez con más hondura el misterio de Jesús el Cristo. Si ignora a Cristo, la Iglesia vive ignorándose a sí misma. Si no le conoce, no puede conocer lo más esencial y decisivo de su tarea y misión. Pero para conocer y confesar a Jesucristo, no basta llenar nuestra boca con títulos cristológicos admirables. Es necesario seguirlo de cerca y colaborar con él día a día. Esta es la principal tarea que debemos promover en los grupos y comunidades cristianas”.

Los textos de la Biblia son muy sugerentes al respecto. Citaremos algunos de los más significativos:

“Por tanto, digo: El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!” (Lamentaciones 3, 24)

“Si alguien reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios” (1 Juan 4, 15)

“Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Respondió Natanael y le dijo: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás. Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo. En esta escritura podemos ver como Natanael reconoce a Jesús al decirle “tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel” (Juan 1, 48-51).

“Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos. Y aconteció que, estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón. Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan” (Lucas, 24, 29-35).

Esta escritura es un fragmento del pasaje “El camino a Emaús” que nos narra el capítulo 24 del evangelio según San Lucas, para poder entender esta escritura veremos el contexto de estos acontecimientos. Necesitamos que el Señor abra nuestros ojos (sentidos espirituales) para poder reconocerle, así como estos discípulos, que pasaron de la tristeza y la desesperanza a tener una pasión por Jesús. Esto lo demuestran los discípulos al decir “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” Lo interesante es que cuando reconocen a Jesús se levantan y vuelven a reunirse con el grupo.

Pedro, que tenía una fe profunda en Jesús, se arroja al agua sin dudarlo. Una manera de seguirle muy propia de este apóstol profundamente testarudo.

Rabindranath Tagore cantó el episodio de este modo en el poema:

CAMINO DE EMAÚS

Soy como un jirón de una nube de otoño, que vaga inútilmente por el cielo.

¡Sol mío, glorioso eternamente; aún tu rayo no me ha evaporado, aún no me has hecho uno con tu luz! y paso mis meses y mis años alejado de ti.

Si éste es tu deseo y tu diversión, ten mi vanidad veleidosa, píntala de colores, dórala de oro, échala sobre el caprichoso viento, tiéndela en cambiadas maravillas.

Y cuando te guste dejar tu juego, con la noche, me derretiré, me desvaneceré en la oscuridad; o quizás, en una sonrisa de la mañana blanca, en una frescura de pureza transparente.

Me has hecho conocer a amigos que no conocía, me has hecho sentar en casas que no eran la mía. me has llevado cerca del lejano y convertido al extraño en un hermano.

Cuando uno te conoce ninguno es extranjero, ninguna puerta está cerrada.

Escucha mi oración: que nunca pierda la caricia del uno en el juego de los muchos.

Vicente Martínez

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Fuente Fe Adulta

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Comunión en la diversidad

domingo, 5 de mayo de 2019
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EA40232D-AF96-4855-9D82-7ABC120861C7El evangelio de Juan se nos muestra siempre cargado de símbolos y de una gran hondura narrativa. Su complejidad es a veces difícil de desentrañar para los lectores y lectoras contemporáneos porque nuestros marcos culturales y sociales están ya muy lejos de los que estaban vigentes en el mundo en que vio la luz este texto.

Las comunidades cristianas, que están detrás de este evangelio, se fueron configurando entrono a un proyecto de discipulado en el que confluyeron diferentes corrientes no sin conflictos, tanto en su desarrollo interno como en sus relaciones con otros grupos cristianos. Este caminar fue dejando su huella a lo largo de todo el evangelio y posibilitó que los y las creyentes que sostenían su fe en estas comunidades fuesen progresivamente profundizando en la persona de Jesús de Nazaret a la luz de las tradiciones heredadas y de su fe en él.

El capítulo 21 que hoy comentamos, fue añadido cuando la obra ya estaba terminada y es signo de un proceso difícil de consenso que posibilitó a la comunidad joanica incorporarse plenamente a la corriente mayoritaria de la Iglesia naciente. Una corriente que posteriormente se denominó la Gran Iglesia y en la que se sustenta la Iglesia que conocemos hoy.

El relato de la pesca milagrosa se presenta como un escenario en el que van a confluir dos personajes que van a representar las dos corrientes cristianas que han de articularse para que las comunidades receptoras del evangelio puedan responder a los desafíos doctrinales y organizativos que están viviendo. Estas figuras son Pedro y el discípulo amado.

En el marco de un peculiar relato de aparición del Resucitado Juan pone las bases de la incorporación de las comunidades de su círculo a las que ya han reconocido a Pedro como el líder indiscutible de los comienzos cristianos. En el centro de la escena está Jesús invitando a sus compañeros galileos a un nuevo encuentro con él.

Los discípulos, decepcionados y cansados después de una pesca infructuosa, no son capaces de ver en el visitante que se acerca a la orilla al maestro con el que tantas veces compartieron la comida y la tarea. Solo uno de ellos, el discípulo amado, es capaz de recordar la voz y los gestos del Maestro. Él era el testigo central de la fe en Jesús para las comunidades destinatarias del cuarto evangelio. Y en el relato es él que confiesa la fe primero.

Sin embargo, Pedro, necesita una nueva llamada por parte del Maestro para tomar conciencia y asumir la nueva realidad que amanece en su vida tras el encuentro con el resucitado. Pedro va a ser confirmado como la figura que ha de liderar el nuevo comienzo de la primera comunidad de creyentes en Cristo.

El desarrollo de la escena, la actitud de los dos personajes centrales y la autoridad del resucitado ofrecen a las comunidades jónicas el fundamento y las razones para incorporarse al grupo mayoritario. Pero en esta incorporación no se difuminan las diferencias, sino que se reconocen los carismas diferentes y los valores que cada grupo representa. El discípulo amado cree y su fe sale fortalecida en el encuentro con el Resucitado. Pedro, arriesga un nuevo comienzo, confía en los resultados de la pesca y la pesca es milagrosa. Su fe necesita mas tiempo y más dialogo, pero se compromete con valentía en el seguimiento.

Esta experiencia vivida por las comunidades joanicas, sus desafíos iluminados por su encuentro con el Resucitado, nos hablan a nosotras y a nosotros hoy. Las diferencias enriquecen, pero solo el dialogo, el encuentro, el respeto nos permitirán reconocer nuestros dones diversos, nuestras miradas plurales, nuestros orígenes diferentes como una “pesca milagrosa” que nos hace comunidad, fortalece nuestra fe y nuestra esperanza y nos constituye en testimonio auténtico de Cristo Resucitado.

Carmen Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Somos cauce y vida, a la vez

domingo, 5 de mayo de 2019
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FE66EB5D-083F-49CE-9794-8A9F63C7CB02III Domingo de Pascua

5 mayo 2019

Jn 21, 1-9

El capítulo 21 del cuarto evangelio constituye un apéndice tardío, cuyo objetivo parece claro: legitimar la tradición joánica sobre la base de la figura del “discípulo amado”, frente a la gran Iglesia, representada por Simón Pedro. De ahí que todo este apéndice gire en torno a ambas figuras, para subrayar, por un lado, que es el discípulo amado el primero en reconocer al resucitado y para clarificar, por otro, el destino diferente de ambos discípulos. En la misma línea “apologética”, concluirá garantizando la veracidad de lo atestiguado.

En el texto presente hallamos una catequesis, mucho más elaborada que otras, sobre la presencia inequívoca de Jesús en medio de la actividad (misión) del grupo y, especialmente, en la eucaristía (representada aquí por el pescado y el pan).

La barca era símbolo de la propia comunidad –todavía hoy se oye hablar de la “barca de Pedro” para referirse a la Iglesia– y la pesca era imagen de la misión.

Toda la noche –en el cuarto evangelio, este término denota oscuridad interior– han estado trabajando, pero solo cuando toman consciencia de la presencia de Jesús, el trabajo da fruto. Esa toma de consciencia no hay que leerla en un sentido mágico –alguien, desde fuera, opera un milagro–, sino como una presencia interior que nos hace anclarnos en nuestra verdadera identidad. Al hacer así, venimos a descubrir que somos solo cauce, puente, canal, a través del cual la Vida, gratuita, fluye. Y es entonces cuando se opera el milagro, en todas las dimensiones de nuestra existencia. Hasta que no nos percibimos como canal, nuestro propio ego –con el que nos mantenemos identificados– constituye un bloqueo que tapona la Vida.

Finalmente, el relato aporta otra constatación, que tampoco es superflua, al afirmar que “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor”. La presencia del Resucitado no es idéntica a la del Jesús terreno; aunque no se palpa como anteriormente –y esto resulta frustrante para nuestros sentidos y nuestra mente–, la certeza permanece.

Se trata, sin duda, de una certeza experimentada a nivel “transpersonal”. Acallada la mente, emerge la evidencia de la Unidad en la que todo es sin costuras de ningún tipo, la Unidad no-dual en la que los discípulos se perciben no-separados de Jesús, compartiendo comida, misión y vida en la Presencia atemporal que todos somos.

El trabajo que da fruto es aquel que brota limpiamente de nuestra verdad interior; el que es consecuencia de nuestro alinearnos con la Vida y su sabiduría.

El ego puede esforzarse hasta el agotamiento e incluso, en un cierto nivel, creer que los frutos son resultado de su propio mérito. La realidad, sin embargo, es que la apropiación del trabajo, antes o después, pervierte el resultado. Por el contrario, al ajustarnos al fluir de la Vida, brotará la acción adecuada en cada momento: esa es, vista desde otro ángulo, la sabiduría del presente.

 ¿Vivo el gozo de saberme Vida que se expresa a través del cauce de mi persona?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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La Iglesia no es un Ghetto

domingo, 5 de mayo de 2019
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6F0B6AEC-C680-478B-9177-2195C0170370 Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

El pasado domingo veíamos cómo los discípulos estaban en el cenáculo encerrados y con miedo. Hoy están ya afuera, en el lago (el mar es siempre lugar de riesgos y peligros). La Iglesia naciente se ha abierto.

         Están en el lago “Tiberíades” (de Tiberio, emperador romano). Lo normal hubiese sido que hablaran del lago de Galilea, pero quieren subrayar el aspecto de paganismo en el que se encuentran.

         Aquella iglesia naciente no se lamenta de la situación: ¡qué mal estamos!, ¡cuánta secularización y ateísmo tenemos! ¡La gente se ha ido y las iglesias están vacías! No es esa la actitud de Pedro y de la iglesia naciente; enseguida Pedro dirá: voy a pescar. El lugar del evangelio es el mundo, la sociedad, si se le quiere llamar paganismo, pues el paganismo. Ser cristiano es vivir abiertos, en la sociedad, en diálogo con el mundo, con la vida, las gentes, la cultura, la política, etc. Eso es la Gaudium et Spes del Vaticano II: la Iglesia en el mundo.

         Nosotros tenemos una concepción de iglesia casi exclusivamente jerárquica y clerical.

Cuando nosotros pensamos o preguntamos: qué dice la Iglesia acerca de un determinado problema: del divorcio, del aborto o lo que fuere, estamos pensando en que dice la jerarquía, el papa, el obispo acerca de tal cuestión. No pensamos en lo que dice el pueblo de Dios, que no puede decir nada, sino que tenemos in mente lo que dice la Jerarquía… Pero Iglesia no es sola y exclusivamente la jerarquía, los obispos, la conferencia episcopal, los curas, etc. Iglesia somos todo el pueblo de Dios.

         La Iglesia es la presencia de Cristo en la historia a través o por medio de los creyentes. Esta es la idea de la Iglesia como sacramento: la Iglesia es la comunidad de creyentes que continúan haciendo presente a Cristo en la historia.

         Todos los creyentes, mejor o peor, hacemos presente a Cristo en la vida.

         Todos somos Iglesia.

Pedro tiene una cierta relevancia en la vida eclesial: toma la iniciativa de ir a pescar (v 3), se echa al mar (v 7), saca la red llena de peces (v 11), por tres veces dirá al Señor que le ama, que es su amigo: un juego de palabras entre ágape y filia: amor y amistad.

La autoridad en la Iglesia viene del amor y es para apacentar, para pastorear la comunidad.

Posiblemente como evocación de las tres negaciones de Pedro, ahora Jesús, antes de encargar a Pedro la tarea de apacentar la comunidad le pregunta tres veces si le ama: ¿Pedro, me amas?

La autoridad proviene y se ejerce desde el amor y con amor, o si no se convierte en un despotismo tiránico, como tantas veces hemos visto en la historia de la Iglesia y también en algunas iglesias locales hoy en día.

Dice la 1ª carta de Pedro (5,2-3):

Cuidad de las ovejas de Dios que os han sido confiadas;hacedlo de buena voluntad, como Dios quiere, y no como a la fuerza o por ambición de dinero. Realizad vuestro trabajo de buena gana, no comportándoos como si fuerais dueños de quienes están a vuestro cuidado, sino procurando ser un ejemplo para ellos.

         En la iglesia de JesuCristo la autoridad no es el poder que emanan unas elecciones, sino el servicio a la comunidad proveniente del amor.

         Por otra parte apacentar el rebaño no es dominarlo.

No pescaron nada y la razón es evidente: estaban de noche y Cristo no estaba con ellos.

         Que no se nos olvide -que se nos ha olvidado- que lo más importante, lo único decisivo en la Iglesia es Cristo: infinitamente más importante que las estructuras, los curas, las Unidades Pastorales, la jerarquía, los ritos y las leyes, más decisivo que todo eso, es Cristo.

         Una Iglesia en la que se da una dialéctica del poder, o una búsqueda de los puestos, una iglesia en la se discute quién manda aquí, o cuestiones menores como una absolución general o particular, la misa así o asá, es una iglesia en la que Cristo queda relegado y, por tanto, “no tienes que ver nada conmigo” (Jn 13). Si eso sigue así, seguiremos sin pescar nada.

         La luz es Cristo, donde hay luz está Cristo o donde está Cristo, hay luz.

Donde una persona y una comunidad buscan caminos para la luz y la Verdad, Cristo está ya está muy cerca.

No hay gente en las iglesias, no hay seminaristas, ni vocaciones… A lo mejor es que Cristo no va en nuestra barca.

Tal vez en la iglesia no hemos llegado a decir, como Tomás, ¡Señor mío uy Dios mío! o, como el discípulo amado: ¡es el Señor!

Quien es decisivo en la Iglesia, -y en la vida-, es Cristo.

Amanecerá en la Iglesia y en nuestra vida, la pesca será abundante cuando el Señor se haga presente en la vida.

¡Cuánta paz infunde en el alma “ver y estar con el Señor”: ¡es el Señor!

         Este relato del lago es una Eucaristía. Cristo celebra la Eucaristía con los suyos. Cristo es el pan de Vida. Cristo es la Vida y el calor (las brasas) de la comunidad. Una comunidad cristiana, un grupo en el que Cristo está presente, tiene Vida y nadie pasa necesidad.

Lo de las brasas tiene su retranca y su ternura: está resonando la noche de la pasión del Señor, cuando Pedro niega a Jesús tres veces: hacía frío, los soldados romanos hacen fuego ya había unas brasas, (Jn 18,18). Resuena también el atardecer de Jesús con los dos de Emaús al calor del hogar.

Las brasas de Cristo son calor y vida.

¿Y qué otra cosa debería ser la iglesia, sino recordar a Cristo y Eucaristía?

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Apariciones entre interrogantes (III), por Salvador Santos.

martes, 19 de junio de 2018
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SAN PEDRO Y SAN PABLOLo que os transmití fue, ante todo, lo que yo había recibido:…

que se apareció a Pedro y más tarde a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez: la mayor parte viven todavía, aunque algunos han muerto. Después se le apareció a Santiago, luego a los apóstoles todos. Por último se me apareció también a mí, como al nacido a destiempo”. (I Cor 15,5-8)

Tradición de selectos

En la relación de personajes presentada por Pablo destacan rasgos susceptibles de ser interpretados como originarios de una incipiente institución. La supresión de las mujeres se debe tal vez al intento de restarles protagonismo y, al tiempo, excluirlas de zonas de influencia. El resto de mencionados parecen escalonados en orden al reconocimiento de su autoridad.

Pablo, modestamente último

Pablo se introduce entre los destinatarios de las apariciones del Galileo. Se nombra, con educación, en último lugar. Pero lo hace en un aparte. Con una descripción adornada de confidencias que destacan por su exagerada humildad:

“Por último se me apareció también a mí, como al nacido a destiempo. Es que yo soy el menor de los apóstoles; yo, que no merezco el nombre de apóstol, porque perseguí a la Iglesia”. (I Cor 15,8-9).

Y no deja de echarse flores envueltas en una modestia algo indigesta:

“Sin embargo, por favor de Dios soy lo que soy y ese favor suyo no ha sido en balde; al contrario: he rendido más que todos ellos, no yo, es verdad, sino el favor de Dios que me acompaña” (I Cor 15,10).

Pedro, delante.

El primer lugar de la lista lo ocupa Pedro. Pablo lo coloca en esa posición por su reconocida autoridad. Utiliza para nombrarle su sobrenombre escrito siguiendo la pronunciación en arameo Cefas (Kēfā), el que le puso el Galileo; según Juan, nada más conocerle:

“Tú eres Simón, el hijo de Juan; a ti te llamarán Cefas (que significa ‘Piedra’)” (Jn 1,42).

Sin embargo, ¡en ninguno de los evangelios se afirma que el Galileo se apareció a Pedro de forma individual! ¡Ni en primer, ni en cualquier otro lugar! Resulta evidente que la tradición a la que Pablo alude ideó ese hecho. Y, desde luego, ese pensamiento no salió del mismo Pedro. Este, fuente principal de Marcos, tuvo la sinceridad por emblema. Le aportó al evangelista la información de lo sucedido con total veracidad. Lo hizo sin ensalzarse, antes bien, mostrando sin recato todas sus miserias. Marcos escribió siguiendo idéntica pauta. De ahí que el amigo cabeza dura saliera tan mal parado en ese evangelio.

Después, los Doce

Para Pablo, el Galileo se apareció a continuación a los Doce. Predomina el simbolismo del ‘Doce’ (‘Doce’ equivale a pueblo en la mentalidad judía). Sin embargo la realidad hablaba de Once. Judas se había auto-descartado. Los textos de Mateo y Lucas hablan de los Once al referirse a la aparición al grupo de los discípulos representantes del proyecto del Galileo (Mt 28,16; Lc 24,33). Incluso en el añadido al evangelio de Marcos se usa ese número: ‘Once’ (Mc 16,14). La tradición recogida por Pablo muestra, no obstante, su carácter oficial y su anclaje en la ideología judía al escribir: ‘Doce’.

Aparición a quinientos

También esa tradición se distancia de Mateo, Lucas y Juan al mencionar una aparición del Galileo que los evangelios no citan: “a quinientos hermanos a la vez”. Al margen de otras consideraciones respecto al simbolismo del número quinientos, esta referencia parece querer subrayar la extensión y veracidad de los testimonios de quienes vivieron tal experiencia. De ahí que detalle: “la mayor parte viven todavía, aunque algunos han muerto”.

¿Y quiénes son estos?

El siguiente registro de Pablo emerge por encima de los dos anteriores. Los personajes citados en este apunte sorprenden. Resultan para nosotros tan inesperados como extraños:

“Después se le apareció a Santiago, luego a los apóstoles todos” (v. 7),

¿Quién es Santiago? ¿Y quiénes, esos nuevos apóstoles? A los Doce ya los ha citado con anterioridad En los evangelios no hay ni rastro de estos desconocidos personajes. En cambio, los destinatarios de la carta debían conocerlos sobradamente. Porque Pablo comienza diciendo que lo que escribe ahora repite lo que les habló en su día. Y a ese mensaje llega a llamarle: evangelio:

“Os recuerdo ahora, hermanos, el evangelio que os prediqué…” (v.1).

Pistas en el original

El texto original nos abre algún camino a seguir. El verbo griego traducido por: “se apareció” o “se dejó ver” se usa en cuatro ocasiones y en el mismo tiempo verbal. Se encuentra unido a Cefas, los Quinientos, Santiago y Pablo como destinatarios de la acción de “aparecerse”. Los otros dos receptores, “los Doce” y “los apóstoles todos” están redactados sin verbo y asociados: el primero a Cefas y el segundo a Santiago mediante el mismo adverbio temporal con significación: “después”, “luego”, “a continuación”, “más tarde”. Dos grupos de similares características:

Pedro y los Doce;

Santiago y los apóstoles todos están descritos con idéntica estructura gramatical e iguales nexos de unión. La tradición de Pablo descubre dos colectivos que actúan como dos referentes en paralelo.

La expresión “Santiago y los apóstoles todos”, fórmula incluida en el evangelio anunciado por Pablo a Los Corintios, señala a un conjunto especialmente significado de responsables, cuya autoridad –según Pablo- debía ser reconocida más allá de la jurisdicción en la que actuaban. Este colectivo representa un primer indicio por el que asoma el origen de la tradición a la que alude Pablo. El hecho de que dicha tradición haya omitido a las mujeres como principales testigos orienta hacia algún organismo afín a la mentalidad y la ley judía que no admitía como válido el testimonio de las mujeres.

Santiago, descubierto

El primer paso para aclararlo reclama identificar al tal Santiago. Porque en consonancia con el paralelismo que guarda este grupo con el de ‘Pedro y los Doce’, Santiago figura como personaje principal encabezando al resto de nombrados. Si resulta obvio que no se habla aquí de uno de los hijos de Zebedeo, decapitado en el año 44, ¿quién es este Santiago? ¿Y quiénes, los otros responsables asociados a él y denominados con el nombre de apóstoles?

La carta a los Gálatas, escrita en torno al año 57, aporta un dato importante. Se trata de uno de los hermanos del Galileo:

“Después, tres años más tarde, subí a Jerusalén para conocer a Pedro y me quedé quince días con él. No vi a ningún otro apóstol, excepto a Santiago, el hermano del Señor” (Gál 1,19).

De hermano malpensado a apóstol de primera

Pablo llama ‘apóstol’ a un hermano del Galileo, uno de los del conjunto de familiares que viajaron para prenderle convencidos de que había perdido el juicio. Es más, Pablo afirma que, junto a Pedro y Juan, Santiago está reconocido como columna del colectivo de seguidores. E incluso, al mencionar a los tres, le concede el lugar preeminente:

“…Santiago, Pedro y Juan, los respetados como pilares, nos dieron la mano a mí y a Bernabé en señal de solidaridad…” (Gál 2,9).

Dirigente y responsables

Por lo que parece, Santiago goza de prestigio e influencia. En su círculo más próximo aparecen también una serie de personajes de cierto rango:

“Al día siguiente, Pablo, con nosotros, entró en casa de Santiago donde estaban también todos los responsables” (Hech 21,18).

Los datos brindados por Pablo dan a entender que este hermano del Galileo, Santiago, ocupaba una posición de alto rango. En una mirada superficial, resulta congruente que, a tal condición, le correspondiese una aparición directa y personal del resucitado. Aunque esa supuesta coherencia suscita extrañeza. ¡Los evangelistas ignoraron tan específica y singular aparición!

Un personaje rodeado de interrogantes

La presencia de Santiago genera algunos interrogantes: ¿Cómo pudo convertirse tras la ejecución de su hermano en uno de los pilares de su proyecto si antes lo tuvo por perturbado? ¿No confirmaba la crucifixión del Galileo que tenía razón y no se equivocaba en su juicio respecto a él? ¿Por qué, entonces, se le ocurrió después adherirse a su locura? ¿No tendría otros ocultos intereses? Y ¿qué papel jugó en el arranque del proyecto una vez ejecutado su hermano.

Rumiando qué hacer

Al comienzo del libro de los Hechos, Lucas aporta otros detalles para confirmar esta situación. El Galileo se aparece a los discípulos y permanece con ellos una totalidad concreta (cuarenta días) de tiempo, la duración que necesitan para madurar en sus convicciones y comenzar su andadura. En eso andaban sus cabezas sembradas de dudas. Lucas lo explica diciendo que el Galileo les habló de su proyecto:

“…dejándose ver de ellos durante cuarenta días, les habló acerca del reino de Dios” (Hech 1,3).

Una manera de decir que pasaron una cuarentena devanándose los sesos; recapacitando qué hacer respecto al proyecto del Galileo.

Y ellos, erre que erre

Pero el grupo de seguidores no solo seguía a distancia del proyecto, estaba situado en el polo opuesto. La propuesta del Galileo marcaba una ruta a seguir. El colectivo de discípulos deambulaba indeciso por la otra orilla. Dos itinerarios muy separados entre sí. El proyecto exige una praxis social. El grupo apuesta por la pasividad. Guarecido bajo la bóveda religiosa, se plantan al acecho de una intervención divina y una nueva aparición excelsa del ejecutado. Siguen pensando en sus posibles posiciones de poder. Ellos miran hacia arriba. El proyecto, atento al suelo, requiere hacer camino. Están acomodados en la inmovilidad religiosa:

“Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hech 1,11)

A pesar del mucho esfuerzo realizado por el Galileo animándoles a tomar la iniciativa y abrirse paso con una manera de hacer acorde a su enseñanza, ellos no salían del sueño nacionalista y aguardaban todavía el momento portentoso en el que Israel conseguiría la hegemonía política:

Señor, ¿es en esta ocasión cuando vas a restaurar el reino para Israel?” (Hech 1,6).

Después de tanto tiempo con él, no se habían enterado. Lucas amplía con detalles el posicionamiento del colectivo. Los términos que utiliza desbordan expresividad:

“Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cercano a Jerusalén, a la distancia que se permite caminar un día de sábado. Cuando entraron, subieron a la sala de arriba donde se alojaban; eran: Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo, Simón el Fanático y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, con las mujeres” (Hech 1,12-14a).

No se sitúan como el Galileo fuera de la ciudad (“el monte de los Olivos”), sino en la misma sede político-religiosa (“Jerusalén”) donde dictaron sentencia de muerte contra él. No se han liberado. Continúan encadenados a las estrictas normas judías (“sábado”). Se han establecido en el lugar fijando allí su actitud de espera (“la sala de arriba”). Hasta se ha trastocado la lista de los Doce. No se nombra por parejas de hermanos, sino por orden de autoridad. Prevalece el rango; no, la hermandad (“Pedro y Juan, Santiago y Andrés…”). No se han adherido al proyecto del Galileo, están aferrados a la religión y sus formulismos cultuales (“la oración”).

Las mujeres aparecen al final de esta presentación de Lucas. La recensión denominada ‘occidental’ (Hechos se puede leer en dos recensiones, cosa que no ocurre con ningún otro libro del NT) afirma que ellas son las mujeres de los Once acompañadas de sus hijos.

¡Otra vez María y los hermanos!

El conjunto de seguidores se muestra estático. Unido a ellos, se nombra sorpresivamente a otro pequeño grupo nunca antes asociado a los discípulos y tampoco mencionado más tarde como tal colectivo. Una nueva aparición de la familia del Galileo:

“…además de María, la madre de Jesús, y sus hermanos” (Hech 1,14b)

Por Mc 6,3 y su paralelo Mt 13,55 conocemos los nombres de los cuatro hermanos: Santiago, José, Judas y Simón. La reaparición de los allegados causa sorpresa. A excepción de Santiago, de ese colectivo no quedará ni rastro en el libro de los Hechos. Se habló por primera vez de ellos por su intento de reconducir al Galileo al ordenamiento legal y religioso. En esta ocasión, confirman mantener su pronunciamiento en favor del orden establecido. Pero, ¿qué objetivo persiguen ahora? Si nunca se presentaron unidos al conjunto de seguidores, ¿qué propósito les ha movido a hacerlo cuando está ausente el Galileo? ¿Por qué se sitúan en primera línea en el momento crucial en que los seguidores están a punto de tomar decisiones respecto al camino a seguir? ¿Qué papel desean asumir?

A primera hora y en primera fila

Los congregados imaginaban próxima la irrupción del ideal y definitivo Israel. Se imponía estar preparados para su llegada. El pueblo restaurado abría nuevas posibilidades de acceder a posiciones aventajadas. Disponer de un espacio de influencia requería acudir a primera hora y colocarse en primera fila. No estaba fuera de lógica pensar que la condición de familiares podía favorecer al grupo de allegados. Quizás se le reconocerían ciertas prerrogativas por esa circunstancia. Ellos lo saben. Todos lo saben. Pedro es el primero en ser consciente de ello. De ahí que, en un contexto de predisposición unánime al reconocimiento de un nuevo Israel, Pedro tome la palabra:

“Uno de aquellos días Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había una multitud como de ciento veinte personas -múltiplo de 12 = Pueblo numeroso- reunidas con el mismo propósito) y dijo:” (Hech 1,15).

Pedro los descarta

Buscaban sustituir al traidor Judas para restaurar también el grupo de los Doce. A ellos les competía la máxima responsabilidad del nuevo Israel. Pedro trenzó una jugada redonda:

“Por tanto, uno de los hombres que nos acompañaron todo el tiempo mientras vivía con nosotros el Señor Jesús, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que se lo llevaron a lo alto separándolo de nosotros, uno de esos tiene que ser con nosotros testigo de su resurrección” (Hech 1,21-22).

De un plumazo, descartó a los hermanos del Galileo. Los límites marcados por Pedro les excluían. El duro de mollera anduvo listo y amplió los márgenes al máximo. Desde la primera linde, la del Bautista, hasta el tope último: cuando lo perdieron de vista. ¿Por qué? Posiblemente no se fiaba de ninguno de ellos. Nunca habían acompañado al Galileo.

La elección recayó en un tal Matías, del que nunca más se habla en el NT. Sin embargo, pese a haber sido descartado por Pedro, Santiago aparece en la tradición recogida por Pablo como personaje influyente. ¿Qué otra u otras circunstancias propiciaron que conquistara esa condición de tan alto reconocimiento?

Atados y desunidos

El colectivo instalado en Jerusalén no acababa de soltar amarras. Mantenían los nudos atados bien firmes a la ideología y la religiosidad judía. Las rigideces de los miembros propensos a mantener este formato institucional generaron las primeras grietas. Los integrantes inmigrados de lengua griega no tardaron en sufrir el menosprecio. Los más vulnerables se llevaban la peor parte:

“Por aquellos mismos días, al crecer el número de los discípulos, se produjo una protesta de los de lengua griega contra los de lengua hebrea, a saber, que en el servicio asistencial de cada día desatendían a sus viudas” (Hech 6,1).

El desprecio a los más insignificantes mostraba la latente y profunda división interna, signo evidente de la absoluta contradicción entre las actuaciones del colectivo y el proyecto del Galileo. Leer más…

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Recordatorio

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