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Hacia un idolatría de la Eucaristía.

domingo, 22 de junio de 2025
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[…] El mismo Cristo  debe asfixiarse en nuestros ostensorios de oro, en nuestros cálices incomparables, en nuestros copones incrustados de joyas, Él quiso sólo la paja del Pesebre o la madera de la cruz. El culto exagerado de la Eucaristía tiende a hacer de nuestras iglesias templos paganos.

*

Louis Evely

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Condúceme de lo irreal a lo real, condúceme de las tinieblas a la luz, condúceme de la muerte a la inmortalidad.

*

Brihadaranyaka Upanishad

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Una liturgia sin compromiso místico

Los faraones de Egipto han sido divinizados y los monumentos no dejan de representar su investidura divina. Cuando, más tarde, Alejandro el Grande conquistó Egipto, no creyó que pudiera asegurar su dominación sobre las colonias sin hacerse reconocer como Dios. Del mismo modo los emperadores romanos, para consolidar la unidad de su imperio, aceptaron, luego finalmente impusieron, esta divinización de Roma y de su persona.

Pero esta divinización del faraón provocaba también, casi necesariamente, la “faraonización” de dios. Había una simbiosis, una suerte de comunidad de vida en la que las reacciones eran recíprocas y, finalmente, la imagen de la divinidad se amoldaba a la del faraón divinizado.

¿Hasta qué punto esta situación ha sido reproducida a lo largo de los siglos, incluso en el pensamiento de Israel? ¿En qué medida nuestra liturgia no guarda vestigios de este intercambio ambiguo entre la realeza terrestre y la realeza divina? ¿Hasta qué punto incluso el concepto de la realeza divina no es simplemente una emanación de la realeza humana?

¿En qué medida, en Bizancio, la liturgia de Palacio y la liturgia de Santa Sofía no coincidían en una misma imagen, donde la realeza divina y la realeza humana se confundían de nuevo?

Y en qué medida nuestra liturgia no es todavía una supervivencia de las liturgias reales que no comprometen nunca el fondo del alma? ¿No podemos pensar, a veces, que en nuestra misma liturgia, se trata de rendir homenaje a un soberano, de procesiónar alrededor de su altar, de erigirle un santuario dedicado a él, y una vez hecho esto, queda con Dios, todo esto que puede realizarse y celebrar sin ninguna especie de compromiso místico?

Algo extremadamente peligroso

Es evidente que, si el hombre de la calle es tan a menudo completamente extraño a lo que pasa en nuestras iglesias, es porque no pasa allí ningún acontecimiento susceptible de tocarlo aunque sea un poco. El no se siente allí de ninguna manera alcanzado y concernido a lo más íntimo de él mismo.

Hay una religión aparente que  no asume compromiso profundo. Esto es extremadamente grave, y podemos preguntarnos hasta qué punto esto no es a causa de la Eucaristía que llegamos a una confusión tan radical sobre la esencia misma del mensaje de Jesús.

Una especie de materialismo religioso, el peor de todos; puede trágicamente establecerse alrededor de la Eucaristía; tenemos un catalizador de paladio, un pararrayos celeste, sobre la casa, podemos dormir tranquilo, Dios está allí en su cajita y lo tenemos constantemente a nuestra disposición.

¿Nos hemos cuestionado suficientemente sobre  el valor de nuestras comuniones? ¿sobre elvalor de esos niños? ¿Qué producen? ¿Qué cambian?

En las comuniones sin compromiso, donde se cuenta con el opus operatum (un efecto producido infaliblemente por el hecho de que se recibe el sacramento), en las comuniones donde mecánicamente se debe ser santificado porque se abrió la boca o se tendió la mano para recibir la hostia: hay allí algo extremadamente peligroso porque no se ve en absoluto toda la exigencia que está en la base de una conversión verdadera, y que supone a un nuevo nacimiento; no vemosen absoluto la exigencia de la comunión que implica esta transformación radical donde se pasa del mí posesivo al mi oblativo. Incluso, ¿cuántos sacerdotes  que celebran la misa cada día todavía pueden, quizá, estar todavía allí?

Resituar la Eucaristía en la perspectiva evangélica

Debemos pues resituar la Eucaristía, hay que situarla allí dónde la vida de la Iglesia debe encontrar su unidad, hay que situarla en su sitio, es decir en la perspectiva evangélica que se nos impone en los últimos encuentros del Señor con sus discípulos.

La última consigna que resuena en todas las páginas delrelato joánico, es que os améis unos a otros como yo os he amado. Y esta consigna es también el criterio que hace reconocer a los discípulos de Jesús: ” en esto os reconocerán que sois mis discípulos, si os amais los unos a los otros.

Y para dar una lección a sus discípulos, Jesús les lavó los pies. “Esto es lo que es amar a tu prójimo: lo que he hecho es para que hagáis vosotros lo mismo los unos a los otros”.

Por extraño que pueda parecer, la Eucaristía parece haber desaparecido, ni siquiera se nombra en este lugar, ¿por qué? Debido a que está implícita en esta mandato (lavatorio de los pies). Está implícitamente contenida en el mandato y en la consigna final del Señor: “Amaos los unos a los otros”, ya que es exactamente la misma cosa.

“Os conviene que yo me vaya “

Recordemos las trágicas palabras de Jesús en el discurso después de la Última Cena: “Es bueno que yo me vaya porque, si no me voy, el Paráclito, el Espíritu Santo, no vendrá a a vosotros”. ¿Cómo no ver en estas palabras la confesión de un fracaso? Jesús nunca convirtió a nadie … ¡a nadie! Ni la muchedumbre, ni los sacerdotes, ni las autoridades, ni Herodes ni sus discípulos, ni incluso el discípulo amado que se dormirá como los otros enseguida en el Jardín de la Agonía: no ha convertido a nadie.

Y la llamada suprema que les dirige  a sus discípulos en el lavatorio de los pies se quedará sin eco: no comprenden que el reino de Dios está dentro de ellos mismos.

No comprenderán que es para hacer nacer este reino interior que Jesús se arrodilla delante de ellos para lavarles los pies, y no comprenden  que es para arrancar la piedra de nuestros corazones que Jesús muere sobre la cruz. Y la última pregunta que le harán a Jesús justo antes de la Ascensión será significativa de esta total  incomprensión.

¡La humanidad de Jesús debe pues desaparecer! Y es sólo en lo invisible, en el fuego del Pentecostes, como encontrarán a su Maestro como una presencia interior, no lo verán en lo sucesivo ya más delante de ellos sino dentro de ellos, y es en aquel momento cuando lo reconocerán. ¿Podemos desde entonces imaginar un solo instante que Nuestro Señor nos haya dado la Eucaristía para que refabriquemos con este sacramento un culto idolátrico, para que pudiéramos poseerlo allí, al alcance de nuestra mano, encerrándole en una caja para que nos pertenezca? ¿ Podemos concebir un materialismo igual por parte del Señor? ¿Cómo podemos imaginar que les hubiera robado su presencia visible a los Apóstoles para restituirnos en la hostia un foco de idolatría, como si pudiéramos disponer de Dios como el resultado de un objeto? Es absolutamente imposible, es exactamente lo contrario que sucede cuando Jesús nos da la Eucaristía.

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Maurice Zundel

La Rochette, 1963

(Fuente)

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En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

“Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.”

Él les contestó:

“Dadles vosotros de comer.”

Ellos replicaron:

“No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.”

Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos:

“Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.”

Lo hicieron así, y todos se echaron.

Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

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Lucas 9, 11b-17

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El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde en el pueblo de Dios se escucha la Escritura cuya exégesis mesiánica nos proporcionó Jesús, y, por consiguiente, allí donde se respeta la Escritura y se obedece su Palabra, que encuentra su expresión actual en la asamblea de la comunidad.

Eso significa: allí donde se vive la vida cotidiana bajo el lema de la voluntad de Dios […]. El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde se celebra el banquete mesiánico, al que Jesús quiso invitarnos precisamente a todos, a los justos y a los pecadores, a los sanos y a los enfermos, a los invitados de la primera hora y a los que se quedan mirando los toros desde la barrera, es decir, allí donde se ha hecho posible, a continuación, la integración y la unanimidad de aquellos que quieren ponerse al servicio ae la construcción del pueblo de Dios. Eso significa: allí donde al convivium, o sea, al banquete de la eucaristía, le corresponde de nuevo el convivir, o sea, la convivencia de los creyentes que precede y sigue a la eucaristía, y encuentra su síntesis festiva en la celebración de semana en semana, de una fiesta a la otra.

El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde se vuelve vital la fe en que el hombre no vive sólo de pan, sino que vive, en primer lugar, de la Palabra de Dios, de su promesa y de la voluntad de aquel que se ha creado un pueblo al que debe llevar a una tierra que mana leche y miel. Eso significa que el milagro tiene lugar asimismo allí donde los creyentes se atreven a dar pruebas de su propia fe y a ponerla a prueba.

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R. Pesch,
El milagro de la multiplicación de los panes. ¿Hay solución al hambre mundial?,
Brescia 1997, pp. 182ss, passim.

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“Compartir lo nuestro con los necesitados”. Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – C (Lc 9,11-17)

domingo, 22 de junio de 2025
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Dos eran los problemas más angustiosos en las aldeas de Galilea: el hambre y las deudas. Era lo que más hacía sufrir a Jesús. Cuando sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar, a Jesús le salieron desde muy dentro las dos peticiones: «Padre, danos hoy el pan necesario»; «Padre, perdónanos nuestras deudas, pues también nosotros perdonamos a los que nos deben algo».

¿Qué podían hacer contra el hambre que los destruía y contra las deudas que los llevaban a perder sus tierras? Jesús veía con claridad la voluntad de Dios: compartir lo poco que tenían y perdonarse mutuamente las deudas. Solo así nacería un mundo nuevo.

Las fuentes cristianas han conservado el recuerdo de una comida memorable con Jesús. Fue al descampado y tomó parte mucha gente. Es difícil reconstruir lo que sucedió. El recuerdo que quedó fue este: entre la gente solo recogieron «cinco panes y dos peces», pero compartieron lo poco que tenían y, con la bendición de Jesús, pudieron comer todos.

Al comienzo del relato se produce un diálogo muy esclarecedor. Al ver que la gente tiene hambre, los discípulos proponen la solución más cómoda y menos comprometida; «que vayan a las aldeas y se compren algo de comer»; que cada uno resuelva sus problemas como pueda. Jesús les replica llamándolos a la responsabilidad; «Dadles vosotros de comer»; no dejéis a los hambrientos abandonados a su suerte.

No lo hemos de olvidar. Si vivimos de espaldas a los hambrientos del mundo, perdemos nuestra identidad cristiana; no somos fieles a Jesús; a nuestras comidas eucarísticas les falta su sensibilidad y su horizonte, les falta su compasión. ¿Cómo se transforma una religión como la nuestra en un movimiento de seguidores más fiel a Jesús?

Lo primero es no perder su perspectiva fundamental: dejarnos afectar más y más por el sufrimiento de quienes no saben lo que es vivir con pan y dignidad. Lo segundo, comprometernos en pequeñas iniciativas, concretas, modestas, parciales, que nos enseñan a compartir y nos identifican más con el estilo de Jesús.

José Antonio Pagola

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“Comieron todos y se saciaron”. Domingo 22 de junio de 2025. Festividad del cuerpo de Cristo

domingo, 22 de junio de 2025
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Leído en Koinonia:

Génesis 14, 18-20: Sacó pan y vino:
Salmo responsorial: 109, 1. 2. 3. 4: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
1Corintios 11, 23-26: Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor.
Lucas 9, 11b-17: Comieron todos y se saciaron.

La primera lectura (Gen 14,18-20) es un antiguo texto legendario, originalmente quizás de naturaleza política-militar, en el que el misterioso personaje Melquisedec rey de Salem ofrece a Abraham un poco de pan y vino. Se trata de un gesto de solidaridad: a través de aquel alimento, Abraham y sus hombres pueden reponerse después de volver de la batalla contra cuatro reyes (Gen 14,17). El pasaje, sin embargo, parece contener una escena de carácter religioso, siendo Melquisedec un sacerdote según la praxis teológica oriental.

El gesto podría contener un matiz de sacrificio o de rito de acción de gracias por la victoria. El v. 19, en efecto, conserva las palabras de una bendición. Las palabras de Melquisedec y su gesto ofrecen una nueva luz sobre la vida de Abraham: sus enemigos han sido derrotados y su nombre es ensalzado por un rey-sacerdote. El capítulo 7 de la Carta a los Hebreos ha construido una reflexión en torno a Cristo Sacerdote a la luz de este misterioso texto del Génesis, según la línea teológica ya presente en las palabras que el Sal 110,4 dirige al rey-mesías: “Tú eres sacerdote para siempre al modo de Melquisedec”.

La segunda lectura (1Cor 11,23-26) pertenece a la catequesis que Pablo dirige a la comunidad de Corinto en relación con la celebración de las asambleas cristianas, donde los más poderosos y ricos humillaban y despreciaban a los más pobres. Pablo aprovecha la oportunidad para recordar una antigua tradición que ha recibido sobre la cena eucarística, ya que el desprecio, la humillación y la falta de atención a los pobres en las asambleas estaban destruyendo de raíz el sentido más profundo de la Cena del Señor.

Se coloca así en sintonía con los profetas del Antiguo Testamento que habían condenado con fuerza el culto hipócrita que no iba acompañado de una vida de caridad y de justicia (cf. Am 5,21-25; Is 1,10-20), como también lo hizo Jesús (cf. Mt 5,23-24; Mc 7,9-13). La Eucaristía, memorial de la entrega de amor de Jesús, debe ser vivida por los creyentes con el mismo espíritu de donación y de caridad con que el Señor “entregó” su cuerpo y su sangre en la cruz por “vosotros”.

Esta lectura paulina nos recuerda las palabras de Jesús en la última cena, con las que cuales el Señor interpretó su futura pasión y muerte como “alianza sellada con su sangre” (1 Cor 11,25) y “cuerpo entregado por vosotros” (1 Cor 11,24), misterio de amor que se actualiza y se hace presente “cada vez que coman de este pan y beban de este cáliz” (1 Cor 11,26). La fórmula del cáliz eucarístico, semejante a la fórmula de la última cena en Lucas (Mateo y Marcos reflejan una tradición diversa), está centrada en el tema de la nueva alianza, que recuerda el célebre paso de Jer 31,31-33. Cristo establece una verdadera alianza que se realiza no a través de la sangre de animales derramada sobre el pueblo (Ex 24), sino con su propia sangre, instrumento perfecto de comunión entre Dios y los hombres.

La celebración eucarística abraza y llena toda la historia dándole un nuevo sentido: hace presente realmente a Jesús en su misterio de amor y de donación en la cruz (pasado); la comunidad, obediente al mandato de su Señor, deberá repetir el gesto de la cena continuamente mientras dure la historia “en memoria mía” (1Cor 11,24) (presente); y lo hará siempre con la expectativa de su regreso glorioso, “hasta que él venga” (1 Cor 11,26) (futuro). El misterio de la institución de la Eucaristía nace del amor de Cristo que se entrega por nosotros y, por tanto, deberá siempre ser vivido y celebrado en el amor y la entrega generosa, a imagen del Señor, sin divisiones ni hipocresías.

El evangelio de hoy relata el episodio de la multiplicación de los panes, que aparece con diversos matices también en los otros evangelios (¡dos veces en Marcos!), lo que demuestra no sólo que el evento posee un cierta base histórica (no necesariamente milagrosa), sino que también es fundamental para comprender la misión de Jesús.

Jesús está cerca de Betsaida y tiene delante a una gran muchedumbre de gente pobre, enferma, hambrienta. Es a este pueblo marginado y oprimido al que Jesús se dirige, “hablándoles del reino de Dios y sanando a los que lo necesitaban” (v. 11). A continuación Lucas añade un dato importante con el que se introduce el diálogo entre Jesús y los Doce: comienza a atardecer (v. 12). El momento recuerda la invitación de los dos peregrinos que caminaban hacia Emaús precisamente al caer de la tarde: “Quédate con nosotros porque es tarde y está anocheciendo” (Lc 24,29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al caer el día.

El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Por una parte los apóstoles que quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos para que se compren comida, proponen una solución “realista”. En el fondo piensan que está bien dar gratis la predicación pero que es justo que cada cual se preocupe de lo material. La perspectiva de Jesús, en cambio, representa la iniciativa del amor, la gratuidad total y la prueba incuestionable de que el anuncio del reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la gente.

Al final del v. 12 nos damos cuenta que todo está ocurriendo en un lugar desértico. Esto recuerda sin duda el camino del pueblo elegido a través del desierto desde Egipto hacia la tierra prometida, época en la que Israel experimentó la misericordia de Dios a través de grandes prodigios, como por ejemplo el don del maná. La actitud de los discípulos recuerda las resistencias y la incredulidad de Israel delante del poder de Dios que se concretiza a través de obras salvadoras en favor del pueblo (Ex 16,3-4).

La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” (v. 13) es un recurso literario para poner en destaque la misión de los discípulos. Éstos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús, preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. Después de que los discípulos acomodan a la gente, Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para los distribuyeran entre la gente” (v. 16).

Al final todos quedan saciados y sobran doce canastas (v. 17). El tema de la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico. La saciedad es la consecuencia de la acción poderosa de Dios en el tiempo mesiánico (Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; Jer 31,14). Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado (Ex 16; 2Re 4,42-44). Los doce canastos que sobran no sólo subraya el exceso del don, sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los Doce representan el fundamento de la Iglesia, son como la síntesis y la raíz de la comunidad cristiana, llamada a colaborar activamente a fin de que el don de Jesús pueda alcanzar a todos los seres humanos. Leer más…

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22.6.25. Fiesta del Corpus: Jesús brinda con nosotros, invitándonos al vino del Reino

domingo, 22 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Antes que Cuerpo/Sangre de Cristo, el Corpus es brindis y promesa de Cristo, invitándonos a su Vino Nuevo en el Reino

Actualmente, el Corpus es una procesión Eucarística por el entorno del templo, venerando al Cristo que Pan Compartido y Vino de alianza de los hombres con Dios en Cristo. Pero en principio, la eucaristía fue una fiesta de vino compartido de Jesús con sus compañeros y amigos, una fiesta en la que Jesús, que va a ser condenado a muerte toma vino con ellos y brinda diciendo. ¡La próxima copa la tomamos en el Reino!.

Así lo muestra el texto más antiguo de la institución eucarística (Mc 14, 25) que proviene del mismo Jesús y que ha sido interpretado, recreado y reformulado por las iglesias cristianas en dos textos esenciales, uno de Pablo (1 Cor 11, 23-26) y otro de Mc 14, 22-24, que la iglesia actual interpreta como propios del Cristo de la Pascua (no del Jesús histórico).

He dedicado al tema 10 ó 12 trabajos histórico/teológicos, recogidos básicamente en Fiesta del pan, fiesta del vino  y Gran Diccionario

| Xabier Pikaza

Antes que Cuerpo/Sangre de Cristo, el Corpus es brindis y promesa de Cristo, invitándonos a su Vino Nuevo en el Reino

Actualmente, el Corpus es una procesión Eucarística por el entorno del templo, venerando al Cristo que Pan Compartido y Vino de alianza de los hombres con Dios en Cristo.

Pero en principio, la eucaristía fue una fiesta de vino compartido de Jesús con sus compañeros y amigos, una fiesta en la que Jesús, que va a ser condenado a muerte toma vino con ellos y brinda diciendo. ¡La próxima copa la tomamos en el Reino!.

Así lo muestra el texto más antiguo de la institución eucarística (Mc 14, 25) que proviene del mismo Jesús y que ha sido interpretado, recreado y reformulado por las iglesias cristianas en dos textos esenciales, uno de Pablo (1 Cor 11, 23-26) y otro de Mc 14, 22-24, que la iglesia actual interpreta como propios del Cristo de la Pascua (no del Jesús histórico).

He dedicado al tema 10 o 12 trabajos histórico/teológicos, recogidos básicamente en Fiesta del pan, fiesta del vino  y Gran Diccionario

PUNTO DE PARTIDA. Parece evidente que Jesús celebró con sus discípulos una Cena de solidaridad y despedida, asumiendo y superando los rituales de la pascua nacional judía —centrada en el cordero—, para insistir en el signo del pan compartido (como en las «multiplicaciones»). No sabemos cuál ha sido la forma primera de la bendición del pan, que Jesús ha utilizado en su Cena, pero debe ir en la línea de las palabras de bendición de las multiplicaciones, y de las comidas judías.

Es probable que esa Cena tuviera un carácter dramático, y marcara una ruptura entre el ideal/camino de Jesús y la propuesta «real» de sus discípulos. En ese contexto histórico puede y debe situarse el logión escatológico del vino (Mc. 14:25), que marca el rasgo distintivo de la esperanza de Jesús, centrada en la ofrenda del vino (que no se identifica todavía con su sangre). Según ese “logion del Vino”, la cena de Jesús estuvo centrada en la promesa Reino de Dios, más que en su persona.

 PRIMER EUCARISTÍA, BRINIS DE VINO.(Mc 14,25). Este pasaje ofrece la primera versión eclesial e histórica de la eucaristía como bendición) gozosa del vino, entendido como signo del Reino de Dios, sin referencia directa a la muerte de Jesús —no se dice que el vino sea su sangre— y sin vinculación al pan. Esta palabra constituye el «testamento» de la vida y obra de Jesús, que ratifica así, en el momento final, lo que ha dicho a lo largo de su ministerio (anunciando la llegada del Reino) y lo que ha hecho (ofreciendo a los suyos el pan multiplicado).

  • En verdad os digo:
  • no volveré a beber del fruto de la vid hasta
  • el día aquel en que lo beba nuevo en el reino de Dios (Mt 14, 25)

 Este logion vincula dos elementos: (1) Jesús hace un voto de renuncia, comprometiéndose a no tomar más vino mientras siga existiendo el mundo actual. (2) Jesús hace un voto de abundancia: Promete a los suyos el vino del Reino. El texto comienza de un modo elevado (en verdad os digo…), y sigue con una triple negación(que ya no beberé: ouketi ou mê…), que debe interpretarse como juramento o voto sagrado, en el que el mismo Dios actúa como testigo, en fórmula que podría traducirse: «así me haga Dios en el caso de que…».

En el momento más solemne y decisivo de de su vida, rodeado por sus discípulos, tomando con ellos la última copa, Jesús se compromete a no beber más hasta que llegue en plenitud el día  Reino que él ha prometido a sus discípulos iniciado (cf. Mc 9, 1; 13, 30) [1]. Este juramento puede interpretarse como voto de abstinencia escatológica, en línea nazirea, de tal manera que, de ahora en adelante, Jesús puede presentarse como nazireo del reino.

El vino (con el pan) ha sido un signo importante de su vida y esperanza. Lógicamente, al acercarse el momento decisivo, Jesús proclama que ya no beberá más vino en este mundo viejo, en este orden de cosas (pues podrán matarle), pero añade que llega (se está acercando de inmediato) el reino [2]. De todas formas,  estrictamente hablando, estas palabras  no son un voto de abstinencia, sino una promesa de culminación futura de su reino. Jesús no ofrece su cuerpo a Dios como expiación por el pecado de los hombres, ni entiende su sangre como reparación por los pecados del pueblo (en la línea del Yom Kippur de Lev 16, sino que toma con sus discípulos y amigos una copa de solidaridad y promesa de vida, asegurándoles que la próxima la tomará con ellos en el reino.

El centro y sentido de esta copa final de final de Jesús no es su muerte¸ él no dice como en el relato post-pascual de su eucaristía “esta copa es mi sangre entregada por vosotros”, sino  esta copa que ahora tomamos es anuncio y promesa del Vino nuevo, que he  de beber muy pronto en el reino (¡la próxima copa en del Reino!)

Conforme a esta palabra, esta copa de vino que Jesús bebe con sus amigos y compañeros no es signo de la sangre que él derrama por ellos (como sacrificio de expiación ante Dios,  sino que es signo de vida y de fiesta. (a) Es la copa que él bebe y comparte con ellos, alegrándose de su compañía. (b) Bebiendo esta copa con ellos él les promete que la próxima copa la beberán de nuevo juntos, en la fiesta suprema del reino que llega.

Ésta es por tanto una copa de fiesta doble: La fiesta que ellos celebran ahora, en este mundo, despidiéndose como compañeros y amigos; la próxima copa que ellos beberán juntos, de nuevo, en el reino de Dios. El signo que une está fiesta en el mundo (en la última cena) y la próxima copa en el reino de Dios es la “copa de vino”, no una oración que rezan juntos (eso también). No un simple abrazo, un apretón de manos, sino una copa de vino que todos comparten.

Ciertamente, Jesús les invita al reino de Dios, a ellos, en concreto,  pero les invita con una copa de vino de fiesta. El elemento distintivo del reino de Dios como fiesta será una copa compartida de vino. Aquí en el mundo el vino viejo, antiguo, de la vida. En el reino de Dios el vino nuevo de la vida culminada. Hay otros signos del reino  (vestidos nuevos, visión beatífica: 1 Cor 13). Pero, según este pasaje, el signo determinante y decisivo es una copa de vino nuevo compartido.

 En ese sentido, esta copa de vino que Jesús bebe con sus amigos no es expresión de un voto abstinencia, sino todo lo contrario: Es una promesa de continuidad, de compañía, de plenitud. Ésta es su última copa en este mundo. La siguiente será en el reino. En un sentido, ésta es la última en este mundo antiguo; pero, en otro sentido, se puede interpretar como principio de la nueva como copa en reino de Dios, que así aparece simbolizado por el vino.

Jesús promete abstenerse de beber vino “hasta que beba (con vosotros) el vino nuevo del Reino”. No se trata de una “abstinencia ascética) por rechazo del vino de solidaridad o de alegría,  sino de una abstinencia mesiánica. Porque llega la próxima como en el Reino de Dios que así aparece como vino compartido.

Eso significa que ha puesto su destino al servicio de la viña de Dios, es decir, de la plenitud de vino en el mundo de Dios. Con el “vino de este mundo”, en la fiesta de su despedida (se despide porque van a prenderle y matarle, se despide dándoles su vida como vino compartido, prometiéndoles el “vino nuevo” de la nueva cosecha del Reino.

Esta promesa final de vino del reino aparece así como culminación de todo el camino de Jesús con sus discípulos. Ha sido un camino fuerte como indicaremos, un camino  de condena (van amatarle), pero un camino que puede condensarse en una copa de vino compartido.

Jesús ha ofrecido su mesa (pan y peces) a los marginados y pobres, a los publicanos y multitudes. Ahora, en el momento final, asumiendo y recreando la mejor tradición israelita, él declara y proclama delante de sus amigos que ha cumplido la misión que Dios le ha enconmendado, ha terminado su tarea: sólo queda pendiente la respuesta de Dios, el vino del “año nuevo”, la fiesta del Reino.

Así pasa del “vino antiguo” de esta fiesta de despedida (que el ritual  posterior de la institución eucarística interpretara como copa de alianza: Mc 14, 23-24) al “vino nuevo” de la promesa de culminación mesiánica. Al beber así la última copa (copa antigua, que termina en la muerte) puede y debe interpretarse como  promesa y comienzo de la copa nueva del reino, Jesús les está invitando a tomar la “nueva copa” del Reino, es decir, en la copa de la vida plena de Dios para siempre. Entendido de esa forma, este logion desborda el nivel de los elementos centrales de la pascua judía (pan sin levadura, hierbas amargas o cordero sacrificado), abriéndose a la nueva tierra y vino del Reino [3].

Recordando esa palabra sobre el vino, la tradición evangélica sabe que Jesús se ha mantenido fiel a su proyecto de Reino, hasta la muerte. Sin esa “fidelidad” hubiera sido imposible el camino posterior del evangelio (el nacimiento de la Iglesia). Pues bien, esa fidelidad se inscribe en un contexto de “negación” de los discípulos que, en el momento decisivo, no han querido (o no han podido) aceptar el proyecto de Jesús, abandonándole y dejándole a solas con la muerte. En este mismo contexto se sitúa el relato posterior de Marcos la “fundación eucarística” posterior de la iglesia (Mc 14, 22-24 par).

En ese ambiente de tensión ha situado el evangelio la “crisis” de los discípulos que, al ponerse ante las últimas consecuencias del gesto de Jesús, no acaban de aceptarlas. Ellos no son protagonistas pasivos de una historia externa, espectadores de algo que sucederá con Jesús, sino que forman parte de su entrega de Reino y, llegado el momento final, no la aceptan, al menos en la forma en que Jesús la acepta y la proclama.

La nueva copa  la tomarán en el Reino, maten a Jesús o no le maten. Jesús supone así que llega de inmediato el Reino, tanto por su vida (si triunfa, y Dios trae ya ese Reino), como por su muerte (si muere, su muerte será para el reino), en una línea que puede compararse a la de Pablo en Flp 1:21-24.

En este contexto define al vino  «fruto de la vid» (genêma tês ampelou) en imagen que Jn 15 ha expandido en rico simbolismo: Como la vid se expresa por su fruto de vino, así Jesús ratifica el don de su vida con una copa compartida del fruto de la vid. Entre la última copa con sus discípulos en la Cena y el vino nuevo del Reino de Dios se establece una profunda conexión que da sentido a todo el evangelio, convirtiendo el recuerdo de Jesús en anticipación escatológica.

Entre esta última copa de Jesús y la llegada del Reino se abre, según Marcos, todo el tiempo de la Iglesia, fundada precisamente en este gesto de Jesús y en lo que ese signo significa (el compromiso concreto de entrega, y la entrega concreta de la vida). Éste es, según Marcos, el signo definitivo del proyecto de Jesús, centrada en sus discípulos, abierto a todos los hombres y mujeres: La copa de vino nuevo del Reino que él ha anunciado (preparado) y que ahora promete a los suyos, desde el borde de la muerte.

Marcos sólo ha empleado la palabra «nuevo», gr. kainos, en contextos especiales de ruptura y recreación: habla de «enseñanza nueva», didakhê kainê, como título y nota principal del evangelio (1:27); de «nuevos odres», askous kainous, para el vino «joven», neon, con el sentido de kainon, del banquete nupcial del mesías (2:21-22). Desde ese fondo ha de entenderse la alusión al vino nuevo del Reino de Dios, que los seguidores de Jesús podrán compartir con él. Así se vinculan comida de Jesús con los pecadores en Mc 2,13-17 (vino nupcial, que toman al casarse, de una copa, novio y novia: Mc 2:21-22), cena con los discípulos (gesto de la copa) y banquete escatológico del vino del reino.

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Jesús alimenta, la comunidad recuerda. Fiesta del Corpus Christi Ciclo C

domingo, 22 de junio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

La institución de la Eucaristía se celebra el Jueves Santo. ¿Qué sentido tiene dedicar otra fiesta al mismo misterio? Podríamos decir que, en el Jueves Santo, el protagonismo es de Jesús, que se entrega. En la fiesta del Corpus, el protagonismo es de la comunidad cristiana, que reconoce y agradece públicamente ese regalo. Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

            En el ciclo C, las lecturas centran la atención en el compromiso del cristiano con Jesús, al que debe recordar continuamente con gratitud (2ª lectura), porque él lo sigue alimentando igual que alimentó a la multitud (evangelio).

1ª lectura. ¿El primer anuncio de la Eucaristía? (Gn 14,18-20)

Melquisedec ofrece pan y vino a Abrán

El c.14 del Génesis cuenta una batalla casi mítica de cinco reyes contra cuatro, en la que termina tomando parte Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Al volver victorioso, el rey de Salén (Jerusalén), que es sacerdote del Dios Altísimo, «le ofreció pan y vino» y lo bendijo. En respuesta, Abrán le da el diezmo del botín recuperado.

Este breve pasaje está plagado de misterios que no podemos tratar aquí. Pero contiene dos datos que explican su elección para esta fiesta; 1) Melquisedec no es solo rey, es también sacerdote, 2) Lo que ofrece a Abrán no es una comida normal (un cabrito o un ternero) sino pan y vino; además, lo bendice.

Siglos más tarde, el autor de la Carta a los Hebreos estableció un paralelismo entre Melquisedec y Jesús. Con estos elementos, no es raro que los Padres de la Iglesia vieran en esta escena un anuncio de la Eucaristía y que los artistas plasmaran esta idea. Lo mejor que Melquisedec pudo ofrecer a Abrán es pan y vino. Lo mejor que Jesús nos ofrece es su pan y su vino.

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y bendijo a Abrán, diciendo: «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos.» Y Abrán le dio un décimo de cada cosa.

2ª lectura. “En recuerdo mío” (1 Corintios 11,23-26)

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

            Dos veces insiste Pablo en que esto hay que realizarlo «en memoria mía». Me evoca la imagen de un padre o una madre que, antes de morir, entrega un foto suya a los hijos diciéndoles: «acuérdate de mí». En mi opinión, lo que pide Jesús es que lo recordemos en todo lo que hizo por nosotros a lo largo de su vida. La eucaristía nos obliga a echar una mirada al pasado y agradecer todo lo que hemos recibido de Jesús. Pablo no omite la mirada al pasado, pero la limita a la muerte de Jesús, su acto supremo de entrega; y la proyecta luego al futuro, «hasta que vuelva».

            Pablo escribe estas palabras por los desórdenes que se habían introducido en la celebración de la Eucaristía en Corinto, donde algunos se emborrachaban o hartaban de comer mientras otros pasaban hambre. Por eso les advierte seriamente: cuando celebráis la cena del Señor, no celebráis una comida normal y corriente; estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

Segundo anuncio de la Eucaristía (Lucas 9,11b-17)

            Si la lectura del Génesis ha sido considerada el primera anuncio de la Eucaristía, la multiplicación de los panes es el segundo.

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

            ‒ «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

Él les contestó:

                + «Dadles vosotros de comer.»

 Ellos replicaron:

               – «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.»

Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos:

                 + «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

 Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

            Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

            Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

            ¿Cómo hay que interpretar la multiplicación de los panes?

            Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

            Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.

            Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por solo doce personas (a unas mil por camarero, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido?

            Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

            El trasfondo del Antiguo Testamento

            Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos.

            En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés. Pero hay también otro relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Re 4,42-44).

            Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

            ¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre?

            Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomad y comed… tomad y bebed”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

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Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo C. 22 de junio, 2025

domingo, 22 de junio de 2025
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Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban.”

(Lc 9, 11b-17)

Así empieza el evangelio que la liturgia nos propone para la fiesta de hoy: Jesús hablando del Reino y curando. Y ese es el núcleo fuerte de la eucaristía: ser un tiempo y un espacio para el encuentro sanador con Dios y con los hermanos.

Jesús era único en el arte de saber perder el tiempo a favor de la debilidad humana. Los evangelios nos lo muestran una y otra vez, aquí y allí, en público y en privado, entablando conversaciones, haciéndose comida y también agua viva.

Para esto he venido” llegará a decir. Ha venido para comunicarnos la Buena Noticia de que Dios es Bondad y Amor.

El pan y el vino son la bondad y el amor de Dios derramados, derrochados sin cálculo ni medida. La medida la ponemos con nuestra hambre y nuestra sed.

¿Cómo iríamos a la Eucaristía si estuviéramos convencidas de que vamos a encontrarnos con la Bondad y el Amor de Dios?

Es cierto que tantos años de historia y una buena capa de rito, en ocasiones nos dificulta el encuentro con lo más esencial, pero no es excusa. Podemos hacer el esfuerzo por escarbar hasta encontrar el tesoro. Tenemos la responsabilidad de buscarlo, de encontrarlo y compartirlo.

Como personas cristianas tenemos la misión de ser “otros Cristos”, estamos aquí para la misma tarea en la que se ocupó Jesús: anunciar la Bondad y el Amor de Dios.

Y lo mejor de todo es que él mismo nos acompaña, nos anima y nos alienta. Él se hace pan pequeño y cotidiano para fortalecernos y vino alegre y abundante para devolvernos la esperanza. Nos quiere embriagadas para ser capaces de vivir el reino en el que siempre se oye música de fiesta.

Oración

Sácianos, Trinidad Santa, con tu pan y embriáganos con tu vino, para que también nosotras seamos parte de tu Cuerpo y tu Sangre. Amén.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Los signos no son la realidad significada.

domingo, 22 de junio de 2025
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CORPUS 2025 (C)

Lc 9,11-17

Es muy difícil hablar de este sacramento. Serían tantas las desviaciones que habría que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto este sacramento que lo hemos convertido en algo ineficaz.

Hemos convertido la eucaristía en un rito cultual que se desarrolla fuera de nosotros y al que asistimos pasivamente. Nuestra tarea debe ser volverlo a cargar de humanidad. Dios es la Realidad que está en nosotros siempre y no tiene que hacer nada. El sacramento lo necesitamos nosotros para descubrirlo.

El problema de este sacramento es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente su esencia, que es su aspecto sacramental. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda comunicación entre seres humanos se realiza a través de signos. El signo no es el pan sino el pan partido, preparado para ser comido. La clave del signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido. El signo está en la disponibilidad para ser comido.

El segundo signo es el vino servido, preparado para ser bebido. Es muy importante tomar conciencia de que, para los judíos, la sangre era la vida. Si no tenemos esto en cuenta, se pierde el significado. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente no pertenece a lo esencial y nos despista de su verdadero valor.

La realidad significada es trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Esa realidad es eterna y no se puede ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Si celebrar la eucaristía no me lleva a descubrirla, es que se ha convertido en garabato.

El principal objetivo de este sacramento es tomar conciencia de la presencia divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Si nos conformamos con realizar el signo sin alcanzar lo significado, solo será un garabato.

En la eucaristía re-significamos el amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total sin límites. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando como sino cuando me dejo comer, como hizo él.

Todas las muestras de respeto hacia los signos están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir menospreciando o ignorando al prójimo, es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia.

 Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Parábola del Pan y del Vino.

domingo, 22 de junio de 2025
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Lc 9, 11-17

«Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo…»

Hoy, día del Corpus Cristi, no me resisto a incluir aquí una preciosa reflexión de José E. Ruiz de Galarreta sobre el sentido profundo de la fiesta que celebramos.

Dice así:

En la fiesta de hoy, la Iglesia no conmemora propiamente la eucaristía; es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la fiesta del pan y del vino. Muchas veces, los cristianos centramos la celebración en la adoración de la presencia real de Cristo en el pan (el vino suele brillar por su ausencia). Nos perdemos lo mejor. Lo mejor está, como siempre, en las parábolas, en el sentido parabólico de las expresiones. Vamos a explicarnos. Igual que Jesús al hablar del Reino decía: ¿A qué compararemos el Reino?… “El Reino se parece ade esa misma manera, podemos decir que el cuerpo y la sangre de Cristo son como el pan y el vino. Vamos a meditarlo desde esa óptica.

El pan, nacido de granos de trigo sembrados, muertos, multiplicados, molidos, amasados, fermentados por la levadura, para ser alimento de muchos, para convertirse en los que lo comen. Los granos de uva, milagros de la vida en la vid, machacados también y estrujados, que también fermentan en la oscuridad para ser bebidos y dar fuerza y alegría a los que beben. El grano de trigo, los granos de uva, el pan y el vino enlazan con lo mejor y más profundo de las parábolas.

Podemos imaginar a Jesús contemplando la resurrección de los granos de trigo enterrados en otoño. El grano olvidado en el granero está muerto. El grano que muere en la tierra resucita en los verdes brotes que serán espigas, portadoras de muchos granos… Asistiendo a la fiesta de la vendimia en su pueblo de Galilea. Los racimos arrancados de la vid, pisados sin piedad, estrujados, exprimidos, fermentados en la oscuridad de las cubas. El milagro del vino…

Imaginemos la casa de Cafarnaúm al atardecer. El grupo de Jesús alrededor de la mesa. Compartiendo la Palabra y el pan. El pan, los granos de trigo molidos, amasados, abrasados al horno. El pan va a morir. Lo comen y ya no existe. El triunfo del grano de trigo es desaparecer para que el que lo come tenga vida. La copa de vino que corre de mano en mano. El vino que alegra el corazón de todos. El triunfo de los granos de uva que mueren para ser alegría.

El pan y el vino tuvieron el honor de ser elegidos como la parábola de las parábolas, en la cena de despedida de Jesús. Muchas cosas habría encima de la mesa en aquella cena. Cordero (si es que fue una cena pascual), verduras, salsas, candelabros para iluminar la estancia… Muchas de ellas habían sido ya elegidas como símbolos del mesías: el cordero inmolado, la luz que resplandece en las tinieblas. Pero aquella noche, los ojos de Jesús se fijaron en signos más sencillos, el pan y el vino. Jesús se sintió pan, se sintió grano de trigo enterrado y muerto para ser fecundo, hogaza fermentada por el viento de Dios para que muchos tuvieran alimento. Se sintió grano de uva estrujado y exprimido, fermentado hasta ser vino generoso que enciende el espíritu del que lo bebe.

Y se sintió pan y vino compartido por muchos, alrededor de una mesa de hermanos que, al compartir el pan y el vino con él mismo, se sentían más hermanos, compartían con él su entrega para ser pan y vino para muchos.

Jesús no fue un grano de trigo conservado en un viril para ser adorado. Jesús no fue un frasco de vino precioso reservado por su dueño para admirar a los huéspedes. Jesús no fue pan y vino desde aquella cena de despedida. Jesús leyó durante la cena su vida entera, como se lee la vida en la inminencia cierta de la muerte, y se interpretó a sí mismo con la más bella de todas las parábolas.

Así, la cena de despedida de Jesús coronó todas sus comidas y cenas con pecadores, en las que se sembraba y se derramaba con riesgo de su prestigio y de su vida. Aquellas comidas que expresaban con perfección toda su forma de vivir: sembrarse en cualquier terreno, aunque estuviera lleno de piedras y de cardos, a voleo, generosamente, sabiendo que sería pisado, ahogado por las zarzas, rechazado por la tierra endurecida por la sequía. La cena de despedida resumió en el pan y en el vino la vida entera de Jesús, su estilo, su concepción del Reino, el modo de proceder de los que quisieran seguirle, su imagen de Dios.

Por eso los que se atrevieron a seguirle, los que después de verle morir en la cruz vencido y humillado se atrevieron a proclamar que Dios estaba con él, significaron también toda su fe y su modo de vida compartiendo el pan y el vino en un recuerdo que hacía presente a Jesús; que invitaba a la comunión con él y con todos los que se reunían alrededor de la mesa. Y allí, alrededor de la mesa, cada uno presenta y ofrece su grano de trigo y se presenta a sí mismo como grano de trigo entregado con Jesús y como Jesús, para que haya más vida en el mundo.

Es estremecedor pensar en la profundidad de la imagen del pan y del vino y su enorme superioridad sobre la idea de sacrificio ritual de una víctima sustitutoria. El verdadero sacrificio de Jesús no fue solamente ser cordero inmolado en la cruz, sino ser grano de trigo sembrado desde que se dejó llevar del Espíritu, allá en el Jordán, desde el entorno del bautista.

El cordero es una imagen sangrienta, espectacular y momentánea. El grano de trigo es una imagen cotidiana, desapercibida, constante. El sacrificio del templo es oficiado por el sacerdote y contemplado por los demás. El grano enterrado es cada uno, todos los días, como sacerdote de su propio sacrificio que es toda su vida.

Y no es bueno que se mezclen, porque el sacrificio del cordero inmolado por el sacerdote tiene el atractivo de los espectáculos cultuales, y sus resplandores hacen olvidar fácilmente al grano cotidiano, enterrado en silencio.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Una fiesta llena de plenitud

domingo, 22 de junio de 2025
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El espacio natural y fecundo descrito en Lucas 9, 11-17 parece mostrar que el Reino de Dios -del que habla Jesús (v. 11)- finalmente está presente en un tiempo y en un lugar. Jesús reúne a la gente, multitud sanada que lo sigue a donde vaya (v. 11) que ni siquiera parece preocuparse de su alimento (v. 12). Posiblemente tengan razón. A diferencia de los apóstoles que se preocupan por el alimento de todos (v.12), ellos viven un presente sin preocupación. Casi como siguiendo la recomendación de no preocuparse por lo que van a comer o vestir (cf. Mt 6,25), todo lo reciben, el alimento, la compañía, la salvación… hasta saciarse (v.17). Un, tiempo colmado de presente, un espacio cargado de relaciones.

El relato está plagado de connotaciones eucarísticas. Jesús toma el pan y el pescado, levanta los ojos al cielo, da gracias, lo parte y lo da… (v. 16). No hay connotaciones sacrificiales ni nada que empañe la plenitud del momento. Ciertamente, la multitud (a diferencia de los discípulos) conoce a Jesús y confía.

Este relato, leído en la celebración de la Iglesia del Corpus Christi, nos recuerda la verdad de la vida sacramental: la transparencia de la presencia de Jesús en medio de la vida, su presencia curativa y plenificadora, su amor cuidadoso y atento. Es una fiesta de plenitud de la vida más elemental, y por ello mismo, más llena de Dios. Es la fiesta de la abundancia y de la confianza radical en que todo viene de Dios y todo depende de su providencia. Como afirma Teresa de Lisieux, y la multitud que siempre sigue a Jesús bien sabe, “la confianza, solo la confianza, es la que debe conducirnos al amor”.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Bendecir y compartir.

domingo, 22 de junio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 22 junio 2025

Fiesta del Corpus

Lc 9, 11b-17

La persona feliz es buena: bendice y comparte. Parece claro, a pesar de no hacerlo consciente, que quien no bendice a los demás, tampoco sabe bendecirse a sí mismo; y quien no comparte con otros, tampoco sabe tenerse en cuenta a sí mismo.

Bendecir significa, literalmente, “decir bien”. Y se requiere haber aprendido a “decirse bien” a sí mismo para hacerlo con los demás. Quien dice mal de otros -en el extremo: maldecir- no se ama a sí mismo, por más que parezca lo contrario. Más que amarse limpia y humildemente, lo que hace es vivir acorazado en un caparazón narcisista, que utiliza como refugio. Solo cuando aprenda a amarse de manera genuina, estará en paz con él, podrá bendecirse y bendecirá a los demás.

Compartir requiere -sea de manera explícita o simplemente intuitiva- comprender lo que somos. Al comprender lo que soy, comprendo que soy no-otro de los demás, y empezaré a querer para ellos lo mismo que quiero para mí, y no les haré a ellos lo que no quisiera que me hicieran a mí.

Cuando no sabemos compartir -vivir empatía y compasión-, no sabemos qué somos. Lo que hacemos entonces es resguardarnos en el antes mencionado caparazón narcisista, con nuestros temores inconfesados y nuestras necesidades básicas no resueltas. Dado que no nos queremos bien, pensaremos que nunca tenemos bastante, por lo que viviremos acaparando y replegados sobre nosotros mismos.

La bendición y el amor nacen de la comprensión de lo que somos. Y, a su vez, constituyen un test cierto del nivel real de la misma.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Corpus Christi: Dadles vosotros de comer. Gaza, hambre en el mundo

domingo, 22 de junio de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Multiplicación de los panes

Celebramos hoy el día del Corpus Christi. Fiesta que data del siglo XIII.

Hemos escuchado el relato más antiguo de la Eucaristía del Nuevo Testamento. Nos los relata San Pablo (que no conoció a Jesús). En el evangelio hemos escuchado la multiplicación de los panes de San Lucas, en la que está inserta la Eucaristía.

Comienza el texto evangélico diciendo que era el atardecer del día. Lo mismo que con los dos de Emaús, atardecía y se sentaron a la mesa, después de haber escuchado la Palabra y le reconocieron al partir el pan.

(Si no se es liturgista de vía estrecha, podemos apreciar la Eucaristía tanto en Emaús como en la multiplicación de los panes).

Como sabemos, para los judíos el día comienza al atardecer. Tanto para aquellas cinco mil personas, como para los dos de Emaús, está comenzando el nuevo día, el día de Jesús.

La multiplicación de los panes no es una cuestión de magia, (Jesús no es un prestidigitador) sino de solidaridad.Es un milagro que el ser humano dé. Sin embargo, cuando Cristo está presente en nuestra mente y en nuestro corazón, cuando celebramos la Eucaristía, se reparte lo que hay: cinco panes y dos peces, se reparte. Nos  saciarnos todos e incluso llega a sobrar. La multiplicación de los panes es multiplicar la vida.

El milagro de la multiplicación de los panes y los peces es el milagro de la solidaridad y la generosidad. Es la multiplicación del trabajo, del alimento, es compartir la vida.

02.- Multiplicación de los panes y Eucaristía.

En el evangelio de San Lucas la multiplicación de los panes tiene sabor Eucarístico. San Lucas sitúa la Eucaristía en la multiplicación de los panes: Jesús toma el pan, alza los ojos al cielo, bendice, parte el pan, lo da, distribuye…

En el mundo hay bienes más que suficientes para que todos podamos comer.

La Eucaristía será cuando todo el mundo tenga un plato para comer, un techo bajo el que cobijarse, un libro (cultura), una medicina, respeto, acogida… Tenía mucha razón el padre Arrupe cuando decía que, mientras exista hambre en el mundo, la Eucaristía no será plena. Mientras exista hambre en tantas personas, niños, en Gaza, mientras existan las guerras ¿cómo podremos celebrar la Eucaristía?

¿Cómo celebrar la Eucaristía con tanto odio, racismo, patriotismo, egoísmo económico?

03.- La Eucaristía es vida.

Al mismo tiempo, la Eucaristía hemos de situarla en el contexto de las muchas comidas – cenas salvíficas que Jesús celebró con mucha gente: comidas de encuentro y de vida.

Recordemos:

  • El encuentro del hijo pródigo con el Padre se sella con un banquete, porque ese hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida (Lc 15, 11-32).
  • A Jesús le echaban en cara que comía con pecadores y publicanos, (Mc 2,16).
  • Recordemos el encuentro de Jesús con Zaqueo: hoy ha entrado la salvación a esta casa (Lc 19, 1-10).
  • Recordemos la infinidad de momentos en los que Jesús evoca el banquete, la comida como encuentro de salvación (Mt 22,1-14).
  • San Juan no sitúa la Eucaristía no tanto en la última Cena, sino también en la multiplicación de los panes, (Jn 6). El pueblo tiene hambre. Cristo es pan de vida: Yo soy el pan de vida (Jn 6).
  • El Reino de los cielos se parece a un banquete de bodas, (Mt 22,24)
  • Ofrece un banquete, llama a pobres, mancos, cojos, ciegos, (Lc y serás bienaventurado
  • Recordemos cómo Cristo resucitado come con sus compañeros y discípulos.
  • Los dos de Emaús reconocen la Vida al partir el pan (Lc 24, 13-35, v 30: Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio).
  • Junto al lago Jesús les dice a los suyos si tienen algo que comer, comen pan y pescado (Lc 24, 36-49) y cuando compartieron el pan, se les abrió la inteligencia y comprendieron (v 45).
  • La multiplicación de los panes, que hemos escuchado en el Evangelio es una Eucaristía (Lc 9, 11b-17: v 16: Jesús tomando los cinco panes, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio para que los sirvieran a la gente).

La Eucaristía no es un rito, una liturgia, mucho menos es una ley o precepto para cumplir con la Iglesia y salvar mi alma. La Eucaristía es más hermoso, más serio y  profundo: la eucaristía es  vida y redención, es asamblea. Impregnemos nuestra vida de Vida. Disfrutemos de la vida.

Da pena cuando del obispado llega una nota un tanto “jeroglífica” que dice, por ejemplo, que el día de San José es día de precepto, pero como no es fiesta laboral, quedamos dispensados de asistir a Misa, si bien los párrocos han de hacer lo posible para que los fieles puedan acudir a alguna misa.

Igualmente da pena cuando algunos preguntan si tal día es de “precepto”.

¿La vida es de precepto?

04.- La mesa del Señor está abierta a todos.

        Se hace extraño cómo el rigor litúrgico y moral ha ido reduciendo “los cubiertos de los comensales” de la mesa de JesuCristo. Para los que viven del entramado jurídico-moral-litúrgico la Eucaristía es un restaurante de no sé cuántas estrellas y que se ha de celebrar con  la “rigidez normativa litúrgica del desfile del día de la victoria”.

Pero para los que andamos como podemos en la vida, la Eucaristía es Emaús, es el banquete que el padre ofrece al hijo perdido. Somos pobres personas desilusionadas que tienen la fortuna de encontrarse con Cristo a la mesa para que “arda nuestro corazón”.

A veces pensamos en una Iglesia de perfectos, gente de élite, milimétricos en moral, puros y puritanos. Sin embargo la Iglesia nunca fue así y nunca lo será, porque estamos los que estamos: pecadores profundos, que amamos la vida, pero no acertamos.

Es de mucho consuelo saber que la mesa del Señor está abierta a todos, especialmente a los pecadores y publicanos.

        La mesa de los ricos y de los poderosos está cerrada a los pobres, probablemente “por razones de seguridad”.

Es profundamente inhumano interceptar, negar la ayuda que les pueda llegar a esos niños y gentes de Gaza. La mesa del Señor está abierta incluso a Judas.

        Da mucho alivio saber que todos tenemos sitio en la casa, en la mesa, en la fiesta del Padre. No importa nuestra condición moral, nuestro pecado. Somos hijos pródigos, publicanos, “magdalenas”, hemorroísas, pero Dios nos sienta encantado a su mesa.

05.- La Eucaristía crea la Iglesia.

        Cristo dijo a los suyos: “haced esto en memoria mía” Lo que Jesús nos dijo es: “quiero estar en medio de vosotros: en vuestro pensamiento, en vuestras opciones y decisiones, en vuestra vida. Se trata de que el Señor esté presente en nosotros”. Cuando Jesús dijo haced esto en memoria mía, guardad mi presencia entre vosotros no se refería al sagrario, sino a las personas, a las comunidades, a las gentes

        Cristo está en el sagrario, pero donde hace falta que esté es en nuestra vida, en nuestras parroquias y diócesis.

06.- Dadles vosotros de comer.

        Demos gracias a Dios, que eso es la Eucaristía: acción de gracias.

        Hay gente que se pregunta con un cierto escándalo progresista: ¿Y qué hace Dios que permite el hambre en el mundo, la guerra, que tantos niños mueran de paludismo?

        Pues la respuesta está en el evangelio de hoy: Dios nos ha hecho a nosotros

Dadles vosotros de comer

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“ Eucaristía y justicia social van de la mano”, por Consuelo Vélez

domingo, 22 de junio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

CORPUS CHRISTI 22-05-2025

Del hecho histórico de la multiplicación de los panes, lo que interesa decir es que este relato se suma a los signos con los que Jesús predica el reinado de Dios y, en este caso, muestra la super abundancia de los frutos que el reino trae

La intencionalidad de Lucas es claramente eucarística: Jesús toma los cinco panes y peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia sobre ellos la bendición, los parte y los entrega a los discípulos para que ellos lo entreguen a la gente

En esta fista del Corpus Christi, a veces se pone más énfasis en el encuentro de cada persona con Jesús y se olvida que el pan eucarístico es para dar y repartir, para que todos se sacien, para que nadie se quede sin los frutos del reino

El los recibió, les habló del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:

– «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto».

Él les respondió:

+ «Denles de comer ustedes mismos».

Pero ellos dijeron:

– «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente».

Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos:

+ «Háganlos sentar en grupos de cincuenta».

Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.

(Lucas 9, 11b-17)

Este texto de la multiplicación de los panes está en los cuatro evangelios. En Marcos y Mateo se cuenta dos veces, con muy pocas diferencias, haciendo pensar que debió existir un solo relato que luego, los evangelistas repiten. Lucas lo debió tomar de la fuente marcana, pero omitiendo muchos detalles. Y el evangelio de Juan lo cuenta en el contexto eucarístico que más adelante va a mostrarse más claramente con la afirmación de Jesús como pan de vida (Jn 6, 35). Del hecho histórico lo que interesa decir es que este relato se suma a los signos con los que Jesús predica el reinado de Dios y, en este caso, muestra la super abundancia de los frutos que el reino trae. Se alimentan cinco mil hombres. Como un dato curioso, Mateo añade “sin contar mujeres, ni niños”, mientras que los demás evangelistas no hacen ninguna referencia a las mujeres. En cualquier caso, vemos como las mujeres son un grupo que se relativiza o invisibiliza, muchas veces, en los evangelios.

Volviendo al texto de Lucas, su intencionalidad al narrar este pasaje es claramente eucarística. Esto se ve en las palabras y acciones que realiza Jesús: “toma los cinco panes y peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia sobre ellos la bendición, los parte y los entrega a los discípulos para que ellos lo entreguen a la gente. En efecto, esta es la fiesta que celebramos hoy, la entrega de Jesús en el pan y vino, quedándose para siempre con nosotros.

Ahora bien, tener presente el pasaje de la multiplicación de los panes en la festividad de hoy nos puede ayudar a mantener esa dimensión comunitaria que es inherente a la eucaristía y que muchas veces se olvida. Se pone más énfasis en el encuentro de cada persona con Jesús en las especies del pan y el vino y se olvida que el pan eucarístico es para dar y repartir, para que todos se sacien, para que nadie se quede sin los frutos del reino. La eucaristía va de la mano de la solidaridad, de la justicia social, del bien común. Jesús nos deja su cuerpo y sangre para alimentar la vida comunitaria, para fortalecerla y sostenerla.

Que el conmemorar la entrega total de Jesús en la Eucaristía, renueve nuestra entrega a los demás para que ese pan llegue a muchos a través de nuestro compromiso solidario y se siga repitiendo el milagro de la abundancia en todas las situaciones de carencia, de pobreza, de injusticia, de falta de solidaridad.

(Foto tomada de: https://www.salesianos.edu/estudio-de-la-palabra-ciclo-b-corpus-christi/)

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“He recibido, he transmitido – Lucas 9, 11-17 -”, por Joseba Kamiruaga Mieza

domingo, 22 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

“Yo he recibido del Señor lo que a mi vez os he transmitido: El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado…

Pablo escribe a la comunidad de Corinto incluso antes de que Marcos se decidiera a escribir un Evangelio.

Y Él, Apóstol de reserva, que no conoció ni vivió con el Señor, se preocupa por tranquilizar a sus feligreses: cuenta con escrupulosidad, en primer lugar, como signo de autenticidad de su predicación, lo que Él mismo ha recibido. Lo esencial.

Relata la cena. Esa cena. No la última, sino la primera.

Evoca el mandato: haced esto, si queréis que yo esté con vosotros.

Y lo hacemos, en obediencia.

Creemos que, al repetir esa cena, ese Séder pascual, único y especial, celebramos un memorial, un ziqqaron. Cuando los hermanos judíos celebran la cena de Pesaj, no están recordando al difunto Moisés. Se preguntan de qué faraón deben huir.

Así, cuando repetimos la cena, esa cena, estamos reviviendo el don de Cristo a la humanidad.

El don de sí mismo.

Y hoy la Iglesia, consciente de tener la tarea de hablar de Dios, de anunciar al Dios de Jesús, el Dios feliz que nos hace felices en este tiempo intermedio entre su venida a la Historia y su regreso en la gloria, impulsada y motivada por el Espíritu, inmersa en la comunión trinitaria, señala el pan del camino, el pan del viaje en esta aventura vertiginosa. 

Pan partido

El Evangelio de hoy nos cuenta la multiplicación de los panes y los peces en el relato de Lucas.

Lucas lo estructura dejando entrever, en filigrana, la celebración de la Eucaristía que, probablemente, está viviendo con sus comunidades.

Por otra parte, Lucas conoció la fe gracias a la predicación de Pablo y es escrupuloso en transmitir a sus comunidades lo que Él mismo ha recibido. Porque no creemos en un Jesús que nos hemos construido, sino en el que nos han transmitido los Apóstoles: la nuestra es una fe apostólica.

Algunos detalles de su versión revelan este paralelismo: la multiplicación tiene lugar al atardecer y no podemos evitar pensar en el misterioso caminante de Emaús al que se le pide que se quede porque cae la noche; Lucas es el único que nos dice que Jesús hizo dividir a la multitud en grupos de cincuenta, probablemente el número de miembros de una comunidad, más, y lo vemos bien, se convierte en un grupo anónimo sin relaciones; no solo se partían los panes, sino también los peces, algo improbable, pero sabemos que el pescado, en las primeras comunidades, es símbolo de Cristo: es Él quien se parte.

Lucas, en definitiva, nos envía un mensaje claro: el mayor milagro que realizó Jesús no fue alimentar a las personas, sino sus almas, sus corazones.

Haciéndose Él mismo alimento en la Eucaristía. Porque solo Dios puede colmar nuestra infinita necesidad de infinito.

Enseñándonos a convertirnos en pan partido para la humanidad aturdida y agotada. 

Al final

Porque, al final, el significado de este Domingo del Corpus Domini está todo y solo aquí: durante la celebración de la Eucaristía, de cada Eucaristía, incluso extraña, coja, apresurada, Jesús se hace pan partido, se arriesga, se entrega.

Sin medida, sin condiciones, sin reservas.

Si es así, si tomamos conciencia de ello, si lo saboreamos, entonces no podemos dejar de estar ahí.

Y de alegrarnos, y de hacer todo lo posible para que nuestras celebraciones sean plenas, bellas, auténticas, solares, fuertes, dinámicas, orantes,  fuente y culmen de nuestra fe.

Y esta conciencia debe partir del que preside en nombre del Señor, y que se convierte, en ese momento, en pontefice, es decir, puente, instrumento, paso.

Quizás valga la pena, con serenidad, preguntarnos hoy si no deberíamos celebrar menos Misas y devolverle el espacio a Dios en nuestras Misas, que no son una buena costumbre, sino la realización aquí y ahora de la salvación del Señor.

Quizás debamos atrevernos y cuestionarnos, caminar juntos, hacer sínodo. Sin reducir la pastoral y el anuncio, como hemos hecho a menudo, a la multiplicación de ritos y celebraciones.

Hay menos gente en Misa, es cierto. Pero el problema no es que antes las Iglesias estuvieran llenas y ahora estén vacías, sino que debemos preguntarnos con qué las habíamos llenado. 

Todavía

Melquisedec, que ofrece (¿o recibe?) el pan y el vino como signo de bendición a Abraham, que regresa victorioso de la batalla contra la Alianza del Norte, siempre se ha interpretado como una prefiguración de Cristo. Y tiene sentido.

Pero cuando se escribió ese episodio, probablemente el mensaje era aún más fuerte: la primera vez que se habla de un gesto cultual realizado por un sacerdote en la Biblia es por la oración de un pagano, un cananeo.

Estamos llamados a reconocer en cada hombre el profundo deseo de Dios, porque todos buscan y dan bendición. Y nosotros, los discípulos, los amados, los agapetoi, ahora sabemos quién es Dios y cómo se hace pan para el camino.

Esta es la Eucaristía que celebra la presencia del Señor que bendice, que dice y hace el bien a cada uno de nosotros.

Que tengamos un buen Domingo. Y una buena Misa, dondequiera que estemos.

No dejemos caer al suelo el don más extraordinario que nos ha dejado el Maestro, que se hace pan y vino.

Nos espera, no faltemos.

Para recibirlo y transmitirlo a los que vendrán después de nosotros.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo del Corpus Christi, 22 de junio de 2025

1.- Bajo la guía del cuerpo.

2.- El compartir el pan.

3.- Cuerpo y Sangre de Cristo.

4.- Ese don del «pan» para todos y juntos.

5.- Compartir el juego divino al que el Señor invita a todos.

6.- El milagro del pan compartido, amar significa dar.

7.- Somos ricos en lo que damos de Buena Noticia.

8.- Y vino Aquél que cuida.

9.- La oferta, único camino hacia la amistad.

10.- He recibido, he transmitido – Lucas 9, 11-17 -.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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