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Archivo para Domingo, 31 de marzo de 2019

Lágrimas sanadoras

Domingo, 31 de marzo de 2019
abrazo

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 “El padre de la historia del hijo pródigo sufrió mucho. Vio partir a su hijo menor, sabiendo las desilusiones, rechazos y abusos a los que tendría que enfrentarse. Vio a su hijo mayor cargarse de amargura, sin tener la posibilidad de ofrecerle afecto y apoyo. Una gran parte de su vida el padre la pasó esperando. No podía obligar a su hijo menor a regresar al hogar ni tampoco hacer que su hijo mayor olvidara sus rencores. únicamente ellos, por sí mismos, podían tomar la iniciativa de regresar.
Durante esos largos años de espera, el padre lloró copiosas lágrimas y murió muchas muertes. Se vació de sufrimiento. Pero ese vacío creó un lugar de bienvenida para sus dos hijos para cuando fuera la hora de su regreso. Estamos llamados a ser como ese padre.”
*
Henri Nouwen
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En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:

“Ése acoge a los pecadores y come con ellos.”

Jesús les dijo esta parábola:

“Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo:

– “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. “

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.

Éste le contesto:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.

El padre le dijo:

“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

*

Lucas 15, 1-3. 11-32

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Observando al Padre logro distinguir tres caminos que llevan a una auténtica paternidad misericordiosa: el dolor, el perdón y la generosidad. Puede parecer extraño que el dolor conduzca a la misericordia. Pero así es. El dolor me lleva a dejar que los pecados del mundo -incluidos los míos- desgarren mi corazón y me hagan derramar lágrimas, muchas lágrimas por ellos. Si no son lágrimas que brotan de los ojos, por lo menos son lágrimas del corazón. Este olor es oración.

El segundo camino que conduce a la paternidad espiritual es el perdón. Por el perdón constante es como vamos llegando a ser como el Padre. Él perdón es el camino para superar el muro y acoger a los demás en el corazón sin esperar nada a cambio.

El tercer camino para llegar a ser como el Padre es la generosidad. En la parábola, el Padre del hijo que se va no sólo le da todo lo que le pide, sino que le colma de regalos cuando vuelve. Y al hijo mayor le dice: “Todo lo mío es tuyo”. El Padre no se reserva nada. Lo mismo que el Padre se vacía de sí mismo por sus propios hijos, así debo darme a mis hermanos y hermanas. Jesús deja entender a las claras que en esta oblación está el signo del verdadero discípulo: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Darse supone una auténtica disciplina, porque no es algo que brota automáticamente. Cada vez que doy un paso en dirección a la generosidad, me muevo del temor al amor.

Como Padre, debo creer que todo lo que el corazón humano desea se puede encontrar en casa. Como Padre, debo tener el valor de asumir la responsabilidad de una persona espiritualmente adulta y creer que el gozo verdadero y la satisfacción plena sólo pueden venir acogiendo en casa a los que han sido ofendidos y heridos en el viaje de su vida y amándolos con un amor que no pide ni espera nada a cambio.

Se da un vacío terrible en esta paternidad espiritual. Pero este vacío terrible es también el lugar de la verdadera libertad. Libre de recibir la carga de los otros, sin necesidad de valorar, clasificar, analizar. En este estado del ser que no se permitiría nunca juzgar, puedo engendrar una confianza liberadora.

*

Henri Nouwen,
L’abbraccio benedicente,
Brescia 1994, 190-199, passim

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad ,

“Con los brazos siempre abiertos”. 4 Cuaresma – C (Lucas 15,1-3.11-32)

Domingo, 31 de marzo de 2019

hijo prodigoPara no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.

Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado «reprimida» en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía «la parábola del hijo pródigo», pero nunca la han escuchado en su corazón.

El verdadero protagonista de esta parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida: estaba perdido y lo hemos encontrado». Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.

A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.

El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre «lo vio» venir hambriento y humillado, y «se conmovió» hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.

Enseguida «echa a correr». No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. «Se le echó al cuello y se puso a besarlo». Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.

El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Solo Dios acoge y protege así a los pecadores.

El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.

Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que el Misterio último de la vida es Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.

José Antonio Pagola

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“Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”. Domingo 31 de marzo de 2019. 4º de Cuaresma

Domingo, 31 de marzo de 2019

20-cuaresmaC4 cerezoLeído en Koinonia:

Josué 5, 9a. 10-12: El pueblo de Dios celebra la Pascua, después de entrar en la tierra prometida.
Salmo responsorial: 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
2Corintios 5, 17-21: Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo.
Lucas 15, 1-3. 11-32: Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.

Análisis

La primera lectura, del libro de Josué, nos presenta un elemento fundamental para la liturgia, que es la celebración de la Pascua en el desierto. El texto presenta una serie de elementos que pueden discutirse desde una perspectiva “histórica”: el nombre Guilgal seguramente no se remite a lo que dice aquí el texto sino a un “círculo” de piedras que puede haber dado origen a un sitio que hoy no conocemos con seguridad (hay diferentes locaciones posibles). Pero no es esto lo importante, sino que algo importante ha terminado. Esto es presentado como “el oprobio” de Egipto. Dado que el término oprobio se usa en Gn 34,17 para hablar de la circuncisión se ha pensado en que se refiere a haber estado bajo el dominio de “incircuncisos”. Esto ha sido cuestionado porque los egipcios se sometían a la circuncisión, pero no es a la “sola circuncisión” que debemos referirnos, no se ha de olvidar que esta es signo de la alianza de Dios con su pueblo (Gn 17,2.11) y ciertamente los egipcios no participan de esta alianza. Por otra parte, el v.9 pertenece de hecho a la unidad anterior (5,1-9) donde la circuncisión es el tema fundamental. Haber estado dominados por un pueblo “incircunciso” constituye un verdadero oprobio, pero el fin del éxodo (que de eso se trata esta unidad) marca también el fin de esta etapa.

No interesa, en este comentario, la parte histórica de notar que todavía no se han unido en la fiesta pascual la comida del cordero y la comida de los panes sin levadura., Esto parece haber ocurrido en tiempos de Josías (622 a.e.c.; 2Re 23,21-23: ¿Josué = Josías?), lo importante es que la celebración no sólo marca la culminación de un período sino el comienzo de uno nuevo, y este período está marcado por la memoria de los acontecimientos salvadores de Dios en el éxodo y el desierto. Es interesante notar la importancia que da esta unidad a los tiempos: “catorce del mes”, “día siguiente”, “ese mismo día”, “al día siguiente”, “aquel año”, un tiempo nuevo ha comenzado, y la celebración de la pascua es signo de ello.

Sabemos el lugar central que da el evangelio de Lucas a la “misericordia”. No vamos a desarrollar un comentario a toda la parábola sino a detenernos en lo fundamental. El movimiento de la parábola es sencillo: presentación de los personajes (vv.11-12), actitud del hijo menor (vv.13-20a), actitud del padre frente al hijo perdido (vv.20b-24), actitud del hijo mayor frente al hijo perdido (vv.25-32). Como se ve, las tres primeras escenas son paralelas a las actitudes del pastor y la mujer ante el objeto perdido, la novedad viene dada por la actitud del hijo mayor. Ciertamente este refleja la actitud de los fariseos y escribas ante los pecadores. No deja de ser interesante el lenguaje de la comida en la parábola, lo que nos recuerda el contexto: “hubo hambre” (v.14), deseaba comer las algarrobas (v.16), los jornaleros del padre “tiene pan en abundancia” (v.17), el padre manda “matar el novillo engordado, comamos y celebremos una fiesta” (v.23), “nunca me diste un cabrito para una fiesta con mis amigos” se queja el mayor (v.29) y aclara “ese hijo tuyo que devoró tus bienes con prostitutas” (v.30); además, en vv.23.24.29.32 utiliza eufrainô que como vimos es festejar en un banquete…

Como se ve, el contraste es entre dos personajes con respecto a una misma situación: el hijo/hermano menor. Como otras parábolas de dos personajes, quizá el título debería reflejar estas dos actitudes más que remitir al “hijo pródigo”.

Por una parte, se ocupa de mostrar qué bajo cayó el hijo menor con una serie de elementos muy críticos para cualquier judío: “país lejano”, “vida libertina/prostitutas”, “pasar necesidad”, “cuidar cerdos”, no le dan ni siquiera algarrobas, que es comida preferentemente de animales (¿las debe robar?), hasta el punto que pretende volver “a su padre” como un asalariado. Hay que prestar atención a palabras como “no merezco” (vv.19.21) y “es bueno/conviene” (v.32), a las que volveremos. Descubriendo su miseria el hijo parte “hacia su padre” (no dice a su casa, aunque se supone “pros”; vv.18.20), el hijo mayor es quien no entra “en la casa” (v.25). El movimiento de partida y regreso del hijo es semejante al perder-encontrar, y más aún a la muerte-resurrección (con este paralelismo termina la intervención del padre y vuelve a repetirse al intervenir el hijo mayor).

El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra las costumbres orientales- “corre” al encuentro del hijo al que ve de lejos, sino que le devuelve la filiación que había “perdido”: eso significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además, en la fiesta por “este hijo mío”.

El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de hijo no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta. Nuevamente el padre sale al encuentro de un hijo y debe escuchar los reproches. El mayor se niega a reconocerlo como hermano (“ese hijo tuyo”) cosa que el padre le recuerda (“tu hermano”). El padre no le niega razón a que el hijo mayor “jamás desobedeció una orden”, es un “siempre fiel”, uno que “está siempre con el padre” y todo lo suyo le pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la dinámica de la justicia: el menor “no merece”, pero “es bueno” festejar. La misericordia supone un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen, pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos, mira al caído. Los fariseos y escribas son modelos de grupos “siempre fieles”, pero su negativa a recibir a los hermanos que estaban muertos y vuelven a la vida los puede dejar fuera de la casa y de la fiesta. Los mayores también pueden irse de la casa si no imitan la actitud del padre, o pueden ingresar y festejar si son capaces de recibir a los pecadores y comer con ellos.

Comentario

En nuestra vida cristiana solemos movernos con caricaturas de Dios; sea por lo que creemos, por lo que mostramos, o por lo que nos enseñaron. Sea un Dios bonachón, un cascarrabias eterno que espera nuestra equivocación para quebrarnos, un distraído y olvidado de las cosas de los humanos a los que creó “hace tanto tiempo”, un “padre” autoritario y caprichoso que decide arbitrariamente y no permite discusiones en la realización de su voluntad… ¿Cómo es nuestro Dios?

Es importante saber cómo es el Dios en el que creemos, pero más importante es saber cómo es el Dios en el que creyó Jesús, cómo es el Dios que Él nos reveló. Como siempre, Jesús nos hablaba de Dios no sólo con palabras, sino también con lo que hacía. Haciendo, Jesús nos mostraba al Padre Dios, ¡al verdadero! Hoy Jesús nos cuenta una parábola, una parábola que nos habla de Dios, pero una parábola que nace de una actitud de Jesús, y él nos dice que frente a los hermanos despreciados, podemos obrar de dos maneras diferentes, como Dios -que es también como obra Jesús- o también como los judíos religiosos, los “separados” del resto, los puros.

El pecado es el no-amor-dado, y el amor no-dado, y por eso nos aleja de Dios, que es amor; nos separa de su casa paterna. Pero con su amor, que se sigue derramando, y de un modo preferencial por los pecadores, Dios sigue tendiendo constantemente su mano amiga, a la espera de la vuelta de sus hijos. Nosotros, en una frecuente caricatura de Dios, solemos rechazar, juzgar y condenar a los que creemos pecadores. Nosotros, al igual que Jesús, también mostramos con nuestras actitudes al Dios en el que creemos; pero, a diferencia de Jesús, mostramos un Dios que en nada se asemeja al Eterno Buscador de Hijos Perdidos.

El Jesús que ama y prefiere a los pecadores, y come con ellos, no hace otra cosa que conocer la voluntad del Padre y realizarla concretamente, sus mesas compartidas y sus comidas nos hablan de Dios, ¡claramente! En el comportamiento de Jesús se manifiesta el comportamiento de Dios, Jesús mismo es parábola viviente de Dios: su acción es entonces una revelación. ¿Qué Dios, qué Iglesia, qué ser humano revelamos con nuestra vida? Con frecuencia, como hermanos mayores estamos tan orgullosos de no haber abandonado la casa del padre, que creemos saber más que Él mismo: “Dios es injusto”, para nuestras justicias; Dios es “de poco carácter” para nuestra inmensa sabiduría. Quizá, Dios ya esté viejo, para dedicarse a su tarea y debería jubilarse y dejarnos a nosotros…

Frente a tanta gente que rechaza la Iglesia (“creo en Dios, no en la Iglesia”), a veces decimos “pero Dios sí quiere la Iglesia”. ¿No debemos preguntarnos constantemente qué Iglesia es la que Él quiere? ¿No debemos preguntarnos, en nuestras actitudes, qué Iglesia mostramos? Esta Iglesia, la que yo-nosotros mostramos, ¿es como Dios la quiere? Jesús, con su vida, y hasta con sus comidas, muestra el rostro verdadero de Dios, muestra la comunidad de mesa en la que él participa; hasta comiendo Él revela al verdadero Dios. Quizá debamos, de una vez, dejar nuestra actitud de hijo mayor, y ya que nos sale tan mal el papel de Dios, debamos asumir el papel de hijo menor; debemos volver a Dios para llenarlo de alegría, para participar de su fiesta; y, participando de su alegría, empecemos a mostrar el rostro de la misericordia de este Dios de puertas abiertas.

La misma cena eucarística es expresión de la universalidad del amor de Dios: es comida para el perdón de los pecados. El Dios de la misericordia, no quiere excluir a nadie de su mesa; es más, quiere invitar especialmente a todos aquellos que son excluidos de las mesas de los hombres por su situación social, por su pobreza, por su sexo o por cualquier otro motivo; y va más allá, no ve con buenos ojos que crean participar de su cena quienes no esperan a sus hermanos excluidos de la mesa por ser pobres. El Dios que no hace distinción de personas, ama dilectamente a los menos amados. Sin embargo, muchas veces tomamos la actitud del hermano mayor. ¿Cuándo nos sentaremos en la mesa de los pobres, y abandonaremos nuestra tradicional postura soberbia y sectaria de “buenos cristianos”? ¿Cuándo nos decidiremos a participar de la fiesta de Dios reconociéndonos hermanos de los rechazados y despreciados? Jesús nos invita a su comida, una comida en la que mostramos -como en una parábola- cómo es el Dios, como es la fraternidad en la que creemos. Y nos mostraremos cómo somos hermanos, cómo somos hijos en la medida de participar de la alegría del padre y del reencuentro de los hermanos. Leer más…

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31.3.19. Un hombre tenía dos hijos… el problema son los hermanos

Domingo, 31 de marzo de 2019

70c343d09b9bd40bdcced549fdf99e33Del blog de Xabier Pikaza:

Mi hermano musulmán, mi hermano extranjero, mi hermano delincuente

 Fácil es tener dos hijos, eso lo puede “hacer” casi cualquiera… Lo difícil es lograr que ellos se quieran, y eso es algo que quizá, vistas las cosas que pasan en el mundo, sólo pueda conseguirlo el Dios de Cristo.

Un hombre tenía dos hijos…Así comienza la Biblia, contando la historia de Caín y Abel (Gen 4), hermanos querido y enfrentados, de tal forma que uno terminó matando al otros. De esa manera comienzan casi todos los “mitos” o relatos de la historia humana, como han puesto de relieve antropólogos y pensadores, de Kant a Hegel, de Marx a Freud y R. Girard.

Esta es nuestra historia: Somos hermanos, como nos decía la Revolución Francesa (igualdad, libertad, fraternidad…), pero nos seguimos enfrentando, no somos iguales y libres. Y así estamos enfrentados:

 blancos con negros, indígenas con emigrantes, autóctonos con invasores, ricos con pobres, nacionales con extranjeros… hombres con mujeres. Somos lo más querido, hermanos, y sin embargo nos queremos a muerte.

Imágenes:

1-2- Hijo pródigo, cuadros de Rembrandt y Murillo (fijarse en los dos hermanos), y 3-4. Caín y Abel, los dos hermanos: Panel de la Catedral de Salerno (siglo XI, de autor desconocido) y de la puerta del  baptisterio de Florencia (siglo XV, de L. Ghiberti)

Un hombre tenía dos hijos, es decir, había dos hermanos con un padre

50557964eefef016b19ddbd6023e2e9eAsí comienza esta parábola, una de las parábolas más importantes de la historia de la humanidad, atribuida a Jesús (aunque ha podido ser creada por uno de sus seguidores, para condensar precisamente el sentido de su vida y mensaje). Ha sido leída, escuchada, meditada, contemplada y vivida por millones de cristianos, aunque en general desde una perspectiva algo estrecha, fijándose sólo en la relación entre el hijo pródigo y el padre, cuando los personajes de la parábola son tres (un padre, un hijo pródigo, un hijo cumplidor…), y las relaciones que se establecen entre ellos son también tres:

  1. Es sin duda importante la relación del padre con el pródigo, en línea de “pecado” del pródigo, arrepentimiento (se supone) y perdón del padre misericordioso.
  1. Pero es quizá más importante en la parábola la relación del padre con el hijo “cumplidor”, que no acepta la vuelta del pródigo y no le quiere ver en casa, sin que, al parecer, el padre logre convencerle de que se reconcilie con su hermano.
  1. Y finalmente la relación más importante, el centro de la parábola, es la que puede y debe establecerse entre los dos hermanos, y no tanto desde la perspectiva del pródigo,sino del cumplidor.

Un caso de hermana

  He comentado cien veces esta parábola en cursos, cursillos y clases, pero no sé si he logrado convencer a alguien de su verdad (y no sé si estoy convencido yo mismo). Pero tenía yo una amiga profesora de clásicas, con la que mantuve amistad durante más de treinta años, fallecida ya, una gran cristiana.

Pues bien, ella tenía un hermano “pródigo” en el mal sentido de la palabra, que había gastado gran parte de la fortuna de la casa, y que quería volver para gastar el resto… con grandes gestos de arrepentimiento… Y mi amiga tuvo que acudir al juez, y el juez dictó sentencia prohibiendo al hermano volver, bajo pena de cárcel, a la casa de su padre.

Mi amiga profesora me decía, una y otra vez: Yo no puedo recibirle en la casa, para que nos robe y engañe de nuevo… Sé que quizá está mal, se lo pregunto a Jesús, y Jesús me dice que le quiera… Pero no puedo recibirle en casa. Estoy segura de que, cuando contó esta parábola, Jesús no tenía un hermano como éste… Y además, él habla del padre, y no de los hermanos…

Me han dicho que ha muerto al fin la hermana profesoras, y ha muerto el hermano mal‒pródigo, ladrón de la casa de su padre… Y en la nueva vida de la resurrección Jesús les habrá contado de nuevo, quizá de otra manera, esta parábola.

 3        Dejo el caso, vuelvo al tema. Leed por favor la parábola (Lucas 15, 1-3. 11-32) y hablemos de nuevo. O Jesús no entendía nada, o estaba loco, decía mi amiga…  Nadie en el trabajo puede cumplir esta parábola, nadie en la política… y, seguía diciendo mi amiga,  nadie en la Iglesia la cumple: “la predican, pero no la cumplen… La toman como un sentimiento interior de piedad ante Dios, pero no la cumplen como Jesús quería que se cumpliera…”.

La conducta de Jesús

Dejemos a mi amiga (que está sin duda gozando del Dios de la parábola, que a ella le hacía sufrir…), vengamos al contexto:

  1. Hermanos pródigos: Por un lado estaba Jesús, que aceptaba en su grupo a los pródigos… A los enfermos y marginados, a los débiles, expulsados, oprimidos, a los publicanos, pecadores, prostitutas, a los leprosos y quizá los poseídos por espíritus diabólicos. A todos acogía en su grupo, a buenos y malos, rompiendo de esa forma el buen orden del sistema social y religioso de su tiempo.
  1. Hermanos cumplidores: Por otro lado estaban los fariseos y escribas, con los sacerdotes, es decir, los defensores del orden establecido. Ellos eran los limpios, los “legales”, los cumplidores de la constitución de Israel, los amigos oficiales de  Dios, jueces y guías de los hombres y mujeres, aquellos que “sostienen” el orden  del mundo, con su justicia, con su fuerza.

   Ya lo sé, cualquiera que lea la parábola dirá que las cosas no son tan sencillas, que no puede hablarse sin más de los buenos pródigos y de los malos cumplidores… Además, los cumplidores, los buenos trabajadores, los defensores del orden legal o constitucional son necesarios para que exista derecho en el mundo…

Ya lo sé… Jesús no dijo nunca que lo pródigos, enfermos, pecadores… eran buenos, sino que estaban necesitados, y que es preciso acogerles. Jesús nunca pensó que es malo trabajar, crear un orden de justicia en el mundo… Pero ese orden de justicia pierde todo su sentido si no ayuda a los necesitados, a los expulsados, emigrantes, pródigos de todo tipo

–  Jesús llega al lugar de los expulsados, para ofrecerles comunión en su reino: toca a los leprosos, acoge a las mujeres que la sociedad considera pecadoras/impuras, come con los publicanos, ofrece casa, comida a los marginados; cura a los enfermos para ofrecer a los humanos un signo de Dios, para romper las barreras que dividen y separan a hombres y mujeres, para crear en fe una familia mesiánica en que caben (son hermanos) todos los que acogen la palabra de Dios Padre (cf. Mc 3, 31-35) y están necesitados (Mt 25, 31-46). Leer más…

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Cuatro historias de padres e hijos. Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo C.

Domingo, 31 de marzo de 2019

HIJO-PRÓDIGO5_thumb1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo pasado, a propósito de la conversión, Jesús contaba cómo un viñador intenta salvar a la higuera infructuosa pidiendo un año de plazo al propietario. Nosotros debíamos identificarnos con la higuera y agradecer los esfuerzos del viñador por impedir que nos cortasen. El evangelio de este domingo sigue centrado en la conversión, pero con un enfoque muy distinto: el propietario se convierte en padre, y no tiene una higuera sino dos hijos. Conociendo la historia de la parábola y teniendo en cuenta la lectura de la carta de Pablo podemos hablar de cuatro padres y distintos hijos.

  1. El hijo rebelde y el padre irascible que perdona (Oseas)

            La idea de presentar las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel como las de un padre con su hijo se le ocurrió por vez primera, que sepamos, al profeta Oseas en el siglo VIII a.C. En uno de sus poemas presenta a Dios como un padre totalmente entregado a su hijo: le enseña a andar, lo lleva en brazos, se inclina para darle de comer; pasando de la metáfora a la realidad, cuando era niño lo liberó de la esclavitud de Egipto. Pero la reacción de Israel, el hijo, no es la que cabía esperar: cuanto más lo llama su padre, más se aleja de él; prefiere la compañía de los dioses cananeos, los baales. De acuerdo con la ley, un hijo rebelde, que no respeta a su padre ni a su madre, debe ser juzgado y apedreado. Dios se plantea castigar a su hijo de otro modo: devolviéndolo a Egipto, a la esclavitud. Pero no puede. “¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. No ejecutaré mi condena, no te volveré a destruir, que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador” (Oseas 11,1-9).

            El hijo que presenta Oseas se parece bastante al de la parábola de Lucas: los dos se alejan de su padre, aunque por motivos muy distintos: el de Oseas para practicar cultos paganos, el de Lucas para vivir como un libertino.

         Mayor diferencia hay entre los padres. El de Oseas reacciona dejándose llevar por la indignación y el deseo de castigar, como le ocurriría a la mayoría de los padres. Si no lo hace es “porque soy Dios, y no hombre”, y lo típico de Dios es perdonar. Lucas no dice qué siente el padre cuando el hijo le comunica que ha decidido irse de casa y le pide su parte de la herencia; se la da sin poner objeción, ni siquiera le dirige un discurso lleno de buenos consejos.

  1. El hijo arrepentido y el padre que lo acoge (Jeremías)

            La gran diferencia entre Oseas y Lucas radica en el final de la historia: Oseas no dice cómo termina, aunque se supone que bien. Lucas se detiene en contar el cambio de fortuna del hijo: arruinado y malviviendo de porquerizo, se le ocurre una solución: volver a su padre, pedirle perdón y trabajo. En cambio, no sabemos qué pasa por la mente del padre durante esos años. Lucas se centra en su reacción final: lo divisó a lo lejos, se enterneció, corrió, se le echó al cuello, lo besó. Cuando el hijo confiesa su pecado, no le impone penitencia ni le da buenos consejos. Parece que ni siquiera le escucha, preocupado por dar órdenes a los criados para que organicen un gran banquete y una fiesta.

            ¿Cómo se le ocurrió a Lucas hablar de la conversión del hijo? Oseas no dice nada de ello, pero sí lo dice Jeremías. A este profeta de finales del siglo VII a.C. le gustaban mucho los poemas de Oseas y a veces los adaptaba en su predicación. Para entonces, el Reino Norte ha sufrido el terrible castigo de los asirios. El pueblo piensa que el perdón anunciado por Oseas no se ha cumplido, pero no por culpa de Dios, sino por culpa de sus pecados. Y le pide: “Vuélveme y me volveré, que tú eres mi Señor, mi Dios; si me alejé, después me arrepentí, y al comprenderlo me di golpes de pecho; me sentía corrido y avergonzado de soportar el oprobio de mi juventud”. Y Dios responde: “Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto. Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión” (Jeremías 31,18-28). En estas palabras, que reflejan el arrepentimiento del pueblo y su confesión de los pecados, se basa la reacción del hijo en Lucas.

  1. El padre con dos hijos muy distintos (evangelio)

            Sin embargo, cuando leemos lo que precede a la parábola, advertimos que el problema no es de Dios sino de ciertos hombres. A Dios no le cuesta perdonar, pero hay personas que no quieren que perdone. Condenan a Jesús porque trata con recaudadores de impuestos y prostitutas y come con ellos.

            Entonces Lucas saca un as de la manga y depara la mayor sorpresa. Introduce en la parábola un nuevo personaje que no estaba en Oseas ni Jeremías: un hermano mayor, que nunca ha abandonado a su padre y ha sido modelo de buena conducta. Representa a los escribas y fariseos, a los buenos. Y se permite dirigirse a su padre como ellos se dirigen a Jesús: con insolencia, reprochándole su conducta.

            El padre responde con suavidad, haciéndole caer en la cuenta de que ese a quien condena es hermano suyo. “Estaba muerto y ha revivido. Estaba perdido y ha sido encontrado”.

            ¿Sirve de algo esta instrucción? La mayoría de los escribas y fariseos responderían: “Bien muerto estaba, ¡qué pena que haya vuelto!” Y no podríamos condenar su reacción porque sería la de la mayoría de nosotros ante las personas que no se comportan como nosotros consideramos adecuado. El mundo sería mucho mejor sin ladrones, asesinos, terroristas, adúlteros, abortistas, gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, banqueros, políticos… y cada cual puede completar la lista según sus gustos e ideología.

            La diferencia entre el padre y el hermano mayor es que el hermano mayor solo se fija en la conducta de su hermano pequeño: “se ha comido tu fortuna con prostitutas”. En cambio, el padre se fija en lo profundo: “este hermano tuyo”. Cuando Jesús come con publicanos y pecadores no los ve como personas de mala conducta, los ve como hijos de Dios y hermanos suyos. Pero esto es muy difícil. Para llegar ahí hace falta mucha fe y mucho amor.

  1. El padre con un hijo y multitud de adoptados (2ª lectura)

            Lo que dice Pablo a los corintios permite proponer una historia en línea con lo anterior. Este padre tiene un hijo y una multitud de adoptados que dejan mucho que desear. Pero no se queda en la casa esperando que vuelvan. Les manda a su hijo para que intente traerlos de vuelta. No debe portarse como el hermano mayor de la parábola, no debe reprocharles nada ni “pedirles cuenta de sus pecados”. Sin embargo, para conseguir convencerlos, deberá morir, cosa que acepta gustoso. ¿Cómo termina la historia? “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. De nosotros depende. Podemos seguir lejos o volver a nuestro padre.

Nota sobre la 1ª lectura

            La primera lectura de los domingos de Cuaresma recoge momentos capitales de la Historia de la Salvación. Después de Abraham (2º domingo) y Moisés (3º), se recuerda el momento en que el pueblo celebra por primera vez la Pascua desde que salió de Egipto y goza de los frutos de la Tierra Prometida.

LOS TEXTOS DE LA LITURGIA

Lectura del libro de Josué 5, 9a. 10-12

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: «Hoy os he despojado del oprobio de Egipto». Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 17-21

Hermanos: El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo reconciliando consigo y nos encargó el ministerio de reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.

Lectura del evangelio según san Lucas 15,1-3. 11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publícanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola:

-Un hombre tenía dos hijos; el menos de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado». Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud». Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y el replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado».

El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado».

 

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IV Domingo de Cuaresma. 31 marzo, 2019

Domingo, 31 de marzo de 2019

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“Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, y profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.”

(Lc 15, 1-3.11-32)

Estamos ya en plena Cuaresma, y hoy se nos muestra cómo es el amor de Dios.

Es algo bastante común tener roces con quienes quieres, en la familia, en la comunidad… El hijo pequeño de la parábola quiere romper definitivamente con su familia. Pedir su parte de la herencia era querer olvidarse de su padre y de la vida a su lado. No nos resulta muy lejana esa sensación de querer decir ¡basta! Algo que sorprende de esta historia es que el padre le da lo que le pide. A pesar de estar demandando una barbaridad, él acepta.

Pero las cosas no van bien para quien se ha marchado y prefiere humillarse ante su familia antes que morirse de hambre, y vuelve cabizbajo… “Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, y profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos”. ¡Qué maravilla de escena! Es tan fácil cerrar los ojos y ver al padre, anciano, corriendo, abrazando y besando a su pequeño… Así es el amor de Dios: sin límites, sin condiciones, sin letra pequeña. ¡Una pasada! Ojalá vivamos este amor, no como una teoría, una cosa que nos han contado, sino como una experiencia que nos transforma la vida. Que nos sintamos vestidas con los mejores trajes, con anillo y sandalias nuevas, y que celebremos la fiesta de la vida.

Pero la parábola no termina ahí. También a veces podemos no saber ver ese amor de Dios. Quizás por costumbre, porque no pasa nada nuevo, nos olvidamos que la vida junto a Dios es siempre motivo de gozo, de acción de gracias. La historia queda abierta. Siempre tenemos la libertad de elección. Dios nos quiere libres.

Oración

Gracias Señor, por tu amor. Gracias por estar siempre dispuesto a acogernos, incondicionalmente.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Nuestro objetivo es llegar a ser el Padre.

Domingo, 31 de marzo de 2019

Hijo-Pródigo-J.-J.-TissotLc 15,11-32

La liturgia propone este relato, con la intención de que nos identifiquemos con el hijo menor. Pretende que tomemos conciencia de nuestros pecados y nos convirtamos. Es una propuesta insuficiente, porque la parábola no va dirigida a los pecadores, sino a los fariseos que murmuraban de Jesús que acogía a los pecadores. Se trata de un relato ancestral presente en muchas culturas. Se trata de tres arquetipos del subconsciente colectivo, realidades escondidas de todo ser humano. Es un prodigio de conocimiento psicológico y experiencia religiosa. Los tres personajes represen­tan distintos aspectos de nosotros mismos.

La comprensión de esta parábola ha sido para mí una verdadera iluminación. He visto reflejado en ella, de manera sublime, todo lo que debemos aprender sobre el falso yo y nuestro verdadero ser. Pero también, la necesidad de interpretar la parábola, no desde la perspectiva de un Dios externo a nosotros sino desde la perspectiva de un Dios que se revela dentro de nosotros mismos. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que perdonar, acoger e integrar todo lo que hay en mí de imperfecto y engañoso. Ser verdadero hijo no es vivir sometido al padre o alejado de él, sino llegar a identificarse en él.

El padre es nuestro verdadero ser, nuestra naturale­za esencial, lo divino que hay en nosotros. Es la realidad que tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser y de la que tanto hemos hablado últimamente. No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros, formando parte de nosotros mismos. Esa verdadera realidad que somos está siempre esperando abrazar todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera fundir todo el hielo que hay en nosotros. Esa realidad fundante, nunca lucha contra nada sino que lo intenta abarcar todo e integrarlo en ella misma.

El hijo menor simboliza nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que realmente somos. Es la ola que se siente capaz de vivir sin el océano, porque lo considera una cárcel. Quiere seguir siendo yo. Opone resistencia a todo lo que no es ella y cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, tarde o temprano, surge la inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por ese camino nunca podrá satisfacerle. Ser hijo menor es un trago inevitable.

El hijo mayor representa también nuestro “ego”, pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado todavía con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su naturaleza egocéntri­ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio. Sigue creyendo que la individualidad es imprescindible y no puede aceptar el verdadero ser de los demás, porque no se ha identificado con su verdadero ser. El “yo” y el “ser verdadero” aún siguen separados.

El Padre, que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior y en los demás (el hermano). El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder Al Padre externo. No es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre. Todos tenemos que dejar de ser “hermano menor”, y “hermano mayor”, para convertirnos finalmente en “Padre”.

La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado, nos ha hecho interpretar la parábola de una manera unilateral. Es un error llamar a este relato la parábola del “hijo pródigo”. No va dirigida a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios. Se trata de defender la postura de Jesús para con los publicanos y pecadores, que manifiesta lo que es Dios para todos nosotros, seamos “buenos” o “malos”. En la manera de actuar con los dos hijos, el Padre de la parábola hace presente a Dios.

Hemos considerado la parábola como dirigida los “hijos pródigos”. Da por supuesto que todos tenemos mucho de hijo menor, que es el malo. La verdad es que el mayor no sale mejor parado que el menor y debía de ser objeto de una atención más cuidada. Es relativamente fácil sentirse hijo pródigo. Es fácil tomar conciencia de haber dilapidado un capital que se nos ha entregado sin haberlo merecido. Es fácil tomar conciencia de que hemos renunciado al padre y a la casa, hemos deseado que estuviera muerto para heredar. Todo para potenciar nuestro egoísmo, para satisfa­cer nuestro hedonismo a costa de lo que se nos había entregado con amor. La desesperada situación facilita la toma de conciencia.

Es más difícil descubrir en nosotros al hermano mayor, y sin embargo, todos tenemos más rasgos de éste que del menor. No entendemos el perdón del Padre, nos irrita que otra persona que se han portado mal, sean tan queridas como nosotros. No percibimos que rechazar al hermano es rechazar al Padre. No solo no nos sentimos identificados con el Padre, sino que intentamos que el Padre se identifique con nosotros; cosa que no le pasa por la cabeza al hermano menor. Tampoco descubrimos que tenemos que regresar al Padre. Por eso la parábola deja en un suspense la respuesta del hermano mayor.

El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debía ser el motivo de alegría para uno y para otro.

Aspirar a ser Padre no supone el ignorar nuestra condición de hermano menor y mayor, hay que aceptarlo. Debemos intentar superarlo, pero mientras ese momento llega, hay que aceptarlo y sobrellevarlo desplegando el amor incondicional del Padre. Tanto el hermano menor como el hermano mayor, que hay en cada uno de nosotros, deben ser objeto del mismo amor. La parábola no exige de nosotros una perfección absoluta, sino que nos demos cuenta de que nos queda un largo camino por recorrer. Lo que pretende es ponernos en el camino de la verdadera conversión: la superación de todo egoísmo e individualismo.

El descubrimiento de que somos el hermano menor y a la vez, el hermano mayor, nos tiene que hacer ver el objetivo de la parábola, que es llevarnos al Padre. Todos estamos llamados a dejar de ser hermanos e identificarnos con el Padre como Jesús. (“Yo y el Padre somos Uno”). Nuestra maduración tiene que encaminarse a reproducir en nosotros al Padre. No se trata de imitarle. No hay por ahí fuera alguien a quien imitar. Yo tengo que convertirme en Padre. Dios necesita de mí para existir y hacerse presente entre los seres humanos.

Permanecer alejados de nuestro verdadero ser es impedir que Dios exista para mí. Si seguimos necesitando al Dios de fuera, (como el hermano mayor) es que no nos hemos enterado de lo que somos. Pero vivir junto a Dios sin conocerlo es hacer de Él un ídolo y alejarse también de la meta. Lo malo de esta opción es que seguiremos creyendo que caminamos en la verdadera dirección, lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.

Meditación

Yo y el Padre somos UNO.
Tú también eres UNO con Dios, pero todavía no te has enterado.
Si lo descubres, esa frase saldrá de lo más hondo de tu ser.
Descubre lo que hay en ti de hermano menor:
No tienes que imitar a alguien que está “en los cielos”
sino ser lo que eres en lo más hondo de tu ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Anillo en el dedo y sandalias en los pies

Domingo, 31 de marzo de 2019

hijo-prodigoLas personas con metas tienen éxito porque saben para donde van (Earl Nightingale)

31 de marzo. IV domingo de Cuaresma “Laetare”

Lc 15, 1-3. 11-32

Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado (31)

Traed el mejor vestido y vestidlo, ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies (15, 2).

Dice Fray Marcos que las verdaderas tentaciones vienen de dentro, y que generalmente el demonio nos oferta en el desierto. Es posible que sea así, pero a mí, que soy persona corporal humana, me encantan las que vienen de fuera intentando satisfacer todos mis sentidos: sabor, olor, color, sonido y tacto: una manzana reineta, un frasquito de Armani, el rojo de una rosa, una suite de Händel o la piel suave de la modelo Halle Berry. Y lo tengo muy claro que, a pesar de mis aficiones musicales, y sin despreciar las otras, me quedo con la piel suave de Halle.

Un día dije que mi virginidad del alma me la hicieron perder hace ya tiempo, y la del cuerpo, ¡¡ni digamos cuándo!! Desde entonces trabajo, magnis itineribus, para recuperar el tiempo perdido.

Brigitte Bardot, considerada como un mito erótico y el mayor sex symbol de Francia, la perdió, ha dicho ella, en cuanto pudo. Su gran belleza y sensualidad natural comenzaron a mostrarse en la adolescencia, etapa en la que apareció por primera vez en el cine. Sus gestos, tan personales, estaban llenos de una sensualidad diferente, que no dejaba a nadie afuera; parecía buscar complicidad y picardías en el espectador. Su cuerpo hablaba en las fotografías, demostrando continuamente diversos mensajes.

Angelina Jolie, actriz y modelo y muchas más, hicieron otro tanto. Entre las más famosas, Safos de Mitilene, Hipatia de Alejandría, Cleopatra, Claudia Cardinale, Rita Hayworth, Jessica Lange, y un larguísimo etc.

La poetisa griega llamada Safo de Mitilene contó estos excitantes versos:

“¡Oh, tú en cien tronos Afrodita reina,
Hija de Zeus, inmortal, dolosa:
No me acongojes con pesar y sexo
Ruégote, Cipria!”

Aquello de que los enemigos del hombre son el mundo, el demonio y la carne no va conmigo; aunque con una excepción, la del demonio.

A los eremitas del desierto, les tentaba la lujuria. Salvador Dalí tiene un óleo sobre lienzo, La tentación de San Antonio, en el Musée Royaux des Beaux-Arts – Bruselas. Asombrosas figuras desproporcionadas desfilan, una mujer desnuda ofrece sus encantos corpóreos situada en la cima de un elefante, mientras un caballo relincha encabritado, al mismo tiempo que San Antonio Abad la reprende con un crucifijo, una de las representaciones más famosas en la iconografía pictórica sobre este tema.

 

Este Poema, de autor desconocido indio, refleja todo el drama.

 EL HIJO PRÓDIGO

Como hijo te avergoncé al irme de tu casa;
dije que no eras buen padre,
que mi autosuficiencia bastaba.

Me lancé a nuevos rumbos
desconocidos, deslumbrantes,
sin sentido me dote malgastaba,
y tu esperabas a lo lejos a este hijo sin casa.

No importa si soy un hijo, si esclavo me llamas;
no importa si soy siervo si puedo vivir en tu casa,
mi camino de regreso, doloroso se tornaba
al ver todas las posadas, donde mi alma
había sido saqueada.

Con caminar apesadumbrado,
me acercaba a tu casa
con mil argumentos que mi mente preparaba.

Yo no te veía aún, pero tu a lo lejos me mirabas;
reconociste en la sombra al hijo que amabas,
y saliste corriendo, y mi camino se acortaba;
yo lloraba de vergüenza, tu de felicidad llorabas.

Esa tarde hablaban mis ojos:
¡perdóname!, no, no digas nada.

Y un abrazo profundo constreñía
entre tus brazos mi alma;
enjugando mis lágrimas y penas
mientras al oído me susurrabas: No llores, es una fiesta.

¡¡Tu eres mi Hijo y esta es tu casa!!

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Comenzar de cero y relacionarnos

Domingo, 31 de marzo de 2019

HIJO-PRODIGOEl texto evangélico que nos propone hoy la liturgia comienza con los gritos de los fariseos que se quejan porque Jesús habla con paganos y pecadores. Y Jesús les responde con una parábola que, humanamente hablando, es bastante cercana a situaciones cotidianas: hijos que reclaman herencias, hermanos disgustados con los repartos, padres cuyo único deseo es que sus hijos estén unidos…

La parábola se mueve entre el despilfarro y el egoísmo. El hijo menor reclama bienes, y le son dados. Pero el relato nos dice que no los sabe aprovechar, sino que los malgasta. Por el otro lado, el hermano mayor tiene todo (“todo lo mío es tuyo”) pero es incapaz de disfrutarlo. El padre va por el camino del desapego, de la ofrenda, del regalo, de la fiesta. La percepción del padre es abundancia. No regatea el reparto, sino que da a quien le pide. Y su propuesta es de una fiesta en la que estén presentes todos los hijos.

Los fariseos comprenden que el relato se refiere a ellos y que Jesús los invita a hacer una elección y a ubicarse a sí mismos escogiendo entre la actitud del hermano mayor, del hermano menor o del padre de la parábola. Los bienes espirituales (en este caso, la cercanía de Jesús), al igual que los materiales, son abundancia y regalo. No pueden ser regateados a quienes no cumplen, ni pueden ser exclusivos de los herederos de Israel, sino que son don siempre abundante para todos. Así los fariseos han de ampliar su mirada y no despilfarrar ni acaparar los bienes que Dios les regala, porque Jesús viene para todos y especialmente para los perdidos.

La liturgia presenta, sin embargo, esta parábola como parte del camino cuaresmal con la pretensión de invitar a la reconciliación y al perdón. Y es que, volviendo a la parábola, la mala utilización de los bienes propaga el distanciamiento y la separación.

La antífona previa al evangelio, además, da un giro significativo al recordar la frase “estaba muerto y ha revivido”. Es una frase que se repite dos veces en el texto evangélico. La separación fraternal y filial no es un evento menor: produce la muerte. Por ello el significado teológico del perdón implica la comunicación, la unión y la vida. No es un perdón distante y solitario, sino que, como recuerda la segunda lectura,  “nosotros, unidos a él, recibamos la justificación”.

El perdón ciertamente es un nuevo comienzo, un empezar de cero.  Y la primera lectura insiste: “lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”. Así el perdón es conjuntamente un nuevo comienzo y es una original manera de relacionarse, de percibir las cosas y el mundo. Los dos hermanos tienen que aprender a relacionarse con las cosas y con los demás. El hermano mayor tiene que aprender que, más allá de los bienes, “tú siempre estás conmigo” y “todo lo mío es tuyo”. Parece que los dos hermanos han de aprender la misma lección: el perdón devuelve la unidad y restituye la justicia.

La percepción hoy bastante generalizada de soledad, aislamiento y falta de pertenencia tiene mucho que ver con situaciones de ruptura que requieren del perdón como camino hacia la comunicación. No es posible perdonar sin más y muchas veces las situaciones de injusticia económica han de resolverse. Se requiere volver a “organizar” la situación de manera que se reestablezcan los vínculos de manera justa, no desde el egoísmo sino desde la comunión y la abundancia como modelo vincular entre las personas y con el cosmos. Y así poder festejar juntos que todo procede de Dios.

Paula Depalma

31-3

Fuente Fe Adulta

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Volver a casa

Domingo, 31 de marzo de 2019

201309141901335f466dDomingo IV de Cuaresma

31 marzo 2019

Lc  15, 1-3. 11-32

De una forma u otra, las tradiciones espirituales utilizan dos metáforas para aludir a nuestra verdadera identidad: la del “tesoro escondido” y la de la “casa”. Ambas aparecen también en los evangelios, en forma de parábolas.

La paradoja que encierran ambas metáforas puede expresarse de este modo: el tesoro está dentro de nosotros, pero lo buscamos afanosamente fuera; siempre estamos en casa, pero lo ignoramos.

¿Cómo se explica tan desconcertante paradoja? De un modo simple: por nuestra identificación con el yo. En el instante mismo en que asumimos esa creencia mental –soy el yo que mi mente piensa–, nos percibimos como carencia, que ha de ser “completada” por algo que se halla fuera, lejos y, probablemente –creemos– en el futuro.

En ese mismo movimiento por que el desconectamos de lo que somos, “olvidamos” el tesoro y nos “alejamos” de la casa. Ya hemos caído en la ignorancia original, de donde nace toda confusión y todo sufrimiento.

A partir de ese equívoco radical, si no hemos caído en un cinismo resignado, plantearemos nuestra existencia como una carrera por alcanzar “aquello” –no sabemos bien qué ha de ser– que supuestamente habría de aportarnos la plenitud que de fondo no podemos dejar de anhelar.

Ese engaño nos lleva a “alejarnos” de casa y a proyectar nuestro anhelo en objetivos medibles o creencias más o menos ilusorias. Pensamos así que lo que habrá de “completarnos” serán bienes, títulos, profesión, alguna relación especial o la creencia en Dios… Y ahí seguiremos…, hasta que, como en el caso del hijo pequeño de la parábola, la Vida nos lleve a alguna situación tan insoportable –cuidar cerdos era la tarea más inmunda que podía imaginar un fiel judío– que nos haga caer en la cuenta de nuestro extravío.

Tal vez entonces, desde la docilidad a la Vida y la flexibilidad ante lo real, encontremos el camino de conduce a casa, para descubrir, con sorpresa, que, por más que estuviéramos completamente confundidos, en realidad nunca habíamos estado fuera de ella. Esa casa, como aquel tesoro, es nuestra verdadera identidad.

¿Dónde y cómo busco la “casa”? ¿Dónde y cómo busco el “tesoro”?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Hay que celebrar una fiesta.

Domingo, 31 de marzo de 2019

hijo-prodigoDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

El evangelio del Evangelio.

         Esta parábola del padre y los dos hijos es el Evangelio del Evangelio. Si alguien nos pregunta qué es el cristianismo, el cristianismo es esta parábola. Los cristianos creemos en un Dios que no se cansa de ser bueno, siempre y con todos.

  1. Parábola de amplio espectro.

         Es un relato intenso y emotivo que tiene -o puede tener- muchas lecturas y perspectivas según sea nuestra situación.

         Me voy a fijar en la memoria del Padre: vivimos de lo que recordamos y tal y como lo recordamos.

  1. el padre.

         La parábola está elaborada con tres personas: un triángulo: el Padre, el hijo menor y el hijo mayor. Pero la figura central es el Padre: un padre que se conmueve y derrama bondad y misericordia.

La parábola la “preside” el padre, y no la preside con grandes símbolos y signos eclesiásticos o litúrgicos, autoritarios, sino con bondad, amor y compasión. A Dios no le cuesta ningún trabajo ser bondadoso ni perdonar.

         Lo central en el cristianismo es un Dios bueno, acogedor, perdonador.

  1. Los dos hijos: dos caminos.

         El hijo mayor y el hijo menor representan dos caminos, dos estrategias para ser libres y supuestamente felices.

  • ü El hijo menor sigue la estrategia dionisíaca del placer, que le lleva a la degradación personal, a situaciones de muerte: estaba muerto y ha vuelto a la vida.El hijo pródigo quiere ser feliz, pero se equivoca de camino.
  • ü El hijo mayor sigue la estrategia del deber y del cumplimiento, que le conduce a una religiosidad servil y esclava que sacrifica la alegría de vivir: no quiso entrar en la fiesta, en la vida.

El hijo mayor es la mentalidad de muchas personas ultra religiosas, que no aman, sino que quieren sacar partido de Dios. Yo lo he cumplido todo y tú me tienes que pagar…

  1. La diferencia está en la memoria de los dos hijos respecto del Padre.

         Los dos hijos guardan una memoria muy distinta del Padre.

  • ü El hijo perdido / muerto (¿y quién no somos hijos pródigos y en situaciones de muerte?) recuerda siempre a su padre como padre, aún en las situaciones más bajas y sombrías de su vida. En su memoria histórica personal evoca al Padre:
  • ü ¡cuántos jornaleros en la casa de mi padre!… Padre, no merezco llamarme hijo tuyo…

El hijo perdido va preparando el elenco de pecados que ha cometido que debe decir a su padre. El Padre “no hace ni caso”[1] de lo que le cuenta su “hijo muerto”, más bien le tapa la boca: se conmueve y le devuelve a la vida: abrazos, túnica, sandalias, anillo, fiesta, música…

         La memoria del Padre es sanante, liberadora, rehabilita en la vida.

         También nosotros podemos llegar a situaciones de muerte, a abismos profundos y no solamente por el pecado, sino también por los fanatismos que podemos ejercer o soportar, por la depresión, por las noches oscuras del alma, abatimientos, decepciones.

         La memoria -el recuerdo- del Padre redime, restaura, abre horizontes.

         La última palabra del Dios de Jesús (del cristianismo) es la bondad, la gracia. La realidad última y definitiva cristiana es la casa el Padre: la vida, la fiesta.

  1. El hijo mayor.

         El hijo mayor es una figura enigmática y trágica:

Nunca llama padre a su padre.

Nunca llama hermano a su hermano.

No es el Padre, sino el hijo mayor quien condena a su hermano menor. El Dios de Jesús no enjuicia a los “hijos perdidos”

         El hermano mayor no considera a su hermano, hermano; mira a al hijo menor con desprecio y odio: ese hijo tuyo… que es un perdido. La mirada que el hermano mayor dirige a su hermano pequeño es la de Caín a Abel, es la mirada de los hermanos mayores a su hermano pequeño, José, (que le venden).

         El hijo mayor en realidad nunca había percibido a su padre como padre. El hijo mayor no se había sentido ni hijo ni querido. El hijo mayor se sentía como un asalariado al que su Padre le debía pagar y nunca lo había hecho: ni siquiera me has regalado un cabrito, una cena…

         ¿No está muy extendida la mentalidad del hijo mayor en muchos católicos, en muchos eclesiásticos católico?

  1. El Padre quiere también a su hijo mayor.

         Tras las protestas del hermano mayor por la fiesta que se está celebrando, el Padre se dirige al mayor con la expresión; ¡Hijo mío …siempre estás conmigo … todo lo mío es tuyo!

         Todos somos hijos de Dios: “mayores y menores”.

         Con un Padre así, con el Dios de Jesús se puede vivir, vale la pena vivir porque la vida es fiesta.

  1. la memoria del hijo mayor es otra.

         La memoria y recuerdo del hijo mayor es otra: es una memoria legalista y cumplidora, justiciera, ultra-ortodoxa, es una mentalidad ultra religiosa, etc., pero no cristiana

         Y no quería entrar en la vida, en la fiesta, en la bondad.

         De la religión servil y esclavizante solamente salimos -y hay que salir cuanto antes- guardando o volviendo a la memoria del Dios de bondad.

  1. Reavivar el fuego de la bondad.

         Probablemente nos hace falta avivar el recuerdo nostálgico de la bondad de Dios. Ello crea o re-crea unas relaciones sanantes, acogedoras, libres y liberadoras, dialogantes, inteligentes,

         La salida a los grandes problemas de la vida no está en lo dionisíaco ni en la ley, ni en la religiosidad leguleya y farisaica, sino en la memoria sanante de un Dios Padre bondadoso.

         No perdamos nunca la memoria de Dios Padre que nos ama no porque nosotros seamos buenos, sino porque Él es nuestro Padre.

  • ü Aplicar esta memoria a nuestra memoria personal, a nuestros viejos sentimientos, a nuestro propio pasado, cura, sana.
  • ü Hermosa tarea la de sanar la memoria y rupturas de nuestras familias y comunidades cristianas,
  • ü Una iglesia, una diócesis en las que las relaciones las presidiera el Padre de la parábola, sería una iglesia muy distinta de la que conocemos, al menos en muchas diócesis, sería una iglesia – diócesis con problemas, pero una asamblea de fiesta y de vida.
  • ü Haríamos bien en aplicar esta parábola -en la medida en que nos sea posible- a la memoria de nuestro pueblo, sería una gran labor pacificadora.
  1. Eucaristía: fiesta de la vida.

         La Eucaristía es fiesta, había que celebrar una fiesta. En ella evocamos cuestiones decisivas para el ser humano: el sentido de la vida, el perdón, la mesa fraterna, la bondad del Padre.

         Siempre en la vida estamos hijos en situación de muerte. Dios no nos abandona, nos aguarda siempre, porque también como el hijo menor:

Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida

[1] El Evangelio no habla de confesión (JM Castillo), sino de encuentro y perdón.

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Recordatorio

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