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Archivo para Jueves, 6 de diciembre de 2018

Esperar como discípulos 2 (Adviento).

Jueves, 6 de diciembre de 2018

Del blog de Henri Nouwen:

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Es una espera abierta.

Es confiar que algo se realizará, pero se realizará de acuerdo con las promesas y no con nuestros deseos. Por tanto la esperanza tiene siempre un final abierto, y de ahí que sea muy importante hacer a un lado mis deseos y volverme a la esperanza. Es así como lo realmente nuevo puede sucederme. Esta espera abierta es una actitud inmensamente radical hacia la vida, confiando en alguien que sobrepasa mi imaginación; es dejar de tratar de controlar mi futuro, permitiendo que Dios defina nuestra vida. Seremos entonces, modelados, no por nuestros miedos, sino por su amor.

Esperando juntos.

No esperamos solos, porque somos parte de una comunidad de fe, que ha de ser comunidad de apoyo, celebración y afirmación, donde podemos elevar lo que ya ha comenzado en nosotros. Reunidos en oración alrededor de una promesa, eso es la Iglesia, eso es la eucaristía: elevar lo que ya está ahí, dar gracias por la semilla que ha sido plantada. Decimos: esperamos a Jesús, que ya ha venido, y vendrá siempre… Eso es la comunidad: el espacio seguro donde podemos esperar el cumplimiento de la promesa; donde hallaremos las condiciones para que fructifique la semilla; donde la llama se mantendrá encendida, sin el peligro de apagarse.

Esperando en torno a la Palabra.

Esperamos activos, pacientes, expectantes, abiertos y juntos, sabiendo que Alguien nos habla, nos interpela, nos convoca. Así es que estamos espiritualmente en nuestra casa, alertas, para abrirle la puerta cuando Él toque, y que entre y se haga carne en nosotros. Por eso la Palabra de Dios está siempre en medio de los que se reúnen en su nombre: para hacerse carne, para nacer y tener una vida nueva en nosotros.

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Ideas recreadas de Henri Nouwen

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

“¿Podemos esperar un mundo mejor?”, por José Arregi

Jueves, 6 de diciembre de 2018

46071302891_7750804bb0Leído en su blog:

El pasado 11 de noviembre, en muchas capitales europeas se celebrósolemnemente el centenario del final de la Primera Guerra Mundial. La ceremonia más fastuosa, con asistencia de cerca de 70 gobernantes mundiales, tuvo lugar en París bajo al Arco del Triunfo, construido por orden de Napoleón Bonaparte para conmemorar la victoria del imperio francés en la batalla de Austerlitz (1805) contra el imperio austro-húngaro y el imperio ruso. “Volveréis a casa bajo arcos triunfales”, había prometido Napoleón a sus soldados supervivientes. Pobre consuelo, pues también ellos habían sido derrotados. Emperadores, imperios, guerras y más guerras, vencedores y vencidos, los vencedores vencidos. Pobre historia humana.

En la Primera Guerra Mundial perdieron la vida 10 millones de combatientes y 7 millones de civiles. Todos los Arcos de Triunfo son una farsa, monumentos de la estupidez humana. Las guerras las perdieron todos. Y quienes pensaron que el armisticio significaría la paz se equivocaron. A los 21 años de aquel “cese de armas”, en la misma Europa tan ilustrada se desencadenó otra guerra mucho más mortífera todavía: entre 50 y 100 millones de muertos (nadie sabe ni contarlos). Y luego siguieron muchas más guerras, casi siempre fuera de Europa, pero no sin Europa de por medio.

La historia de los últimos 100 años parece cerrar toda puerta a la esperanza, al igual que el desolador panorama del mundo actual:África se desangra, Oriente Medio arde, América se extravía, la desigualdad crece, el colapso ecológico está en marcha. La economía se rige por los intereses del 1% de la población mundial, impone su imperio sobre los partidos políticos, pone y depone gobiernos a su gusto, y mata más que ninguna guerra lo hizo jamás. El progreso se acelera, pero también el estrés. ¿Para qué tanto desarrollo? ¿Hacia dónde progresamos? Los grandes patrones del sistema se han propuesto, sin saberlo, desmentir la promesa del Génesis: “Y todo era bueno”. Y se empeñan en hacernos creer que no hay alternativa. Así que otro mundo peor es probable. Si no esperamos un mundo mejor, avanzaremos seguro hacia un mundo peor.

Y nadie será “culpable”, pero el sufrimiento será inmenso y lo padeceremos todos los vivientes del planeta. Nadie es “culpable” en el sentido tradicional: nadie hace tanto mal consciente y libremente, por maldad, sino por falta de consciencia y libertad. No es culpa, sino una grave ignorancia. Y las penas expiatorias no sirven de nada. Lo que hace falta es despertar la conciencia y la responsabilidad. ¿Cómo lo conseguiremos?

Las ciencias (biotecnología, neurociencias, inteligencia artificial…) pueden ofrecernos buena parte de la solución, pero solo a condición de que adquiramos la sabiduría previa para saber cómo y en qué y para quién investigar e invertir. De lo contrario, dominada por los intereses del 1%, la ciencia acelerará el antigénesis y creará un monstruo (organismo, ciborg o robot), enemigo de la especie humana y de la vida, que nos hundirá en el abismo. Ése es el mayor desafío de hoy.

¿Y las religiones? Las religiones podrían aportarnos su sabiduría, su grito de indignación y de aliento, como hicieron sus profetas y lo siguen haciendo. Pero sus instituciones se estancaron en el pasado, aferradas a códigos y credos que ya no inspiran. Si persisten en ello, ahogarán la esperanza que las animó en su origen.

Quiero reanimar esa esperanza más allá del optimismo ilusorio sobre el presente y del pesimismo resignado sobre el futuro. Quiero estrenar cada día el Adviento que la liturgia cristiana vuelve a estrenar el próximo domingo, 2 de diciembre. Quiero escuchar de nuevo a Jesús de Nazaret: “Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”. Pero también: “Tened cuidado. Estad despiertos”.

Marana tha (“Ven, Señor”, “Ven, mundo mejor”), repetían en arameo los primeros cristianos para decir y reavivar su esperanza. Esperar no es pedir ni aguardar que alguien venga o que algo suceda. Es alzar la cabeza y abrir los ojos, levantarse cada día, dejarnos inspirar por el Espíritu que alienta en todo, sembrar y anticipar el mundo mejor necesario y posible, como hizo Jesús. Así sí que debemos y podemos esperar. Y merece la pena aunque fracasemos. Te lo aseguro: esa esperanza nunca fracasa.

Espiritualidad , , , ,

Cristianos contra el fascismo que llega

Jueves, 6 de diciembre de 2018

cross-168737_1920-768x432Imagen extraída de: Pixabay

Xavier Casanovas. [Diari Ara] Si hay que agradecer a alguien la victoria de los demócratas en la Cámara de Representantes de EEUU, es en parte a la comunidad cristiana. Hace unos días leía sobre la campaña que miembros de la Iglesia evangélica impulsaron bajo el lema “Vote common good” [Vota por el bien común]. Cientos de voluntarios y voluntarias se dedicaron a recorrer los estados donde habían ganado los republicanos en las últimas elecciones y explicar que votar Trump es ir contra el Evangelio. Argumentos no les faltaban: familias brutalmente separadas en la frontera, menosprecio hacia las mujeres, ultranacionalismo, voluntad de volver al juego de la Guerra Fría fomentando el militarismo… Todas son razones más que suficientes para afirmar que, efectivamente, el discurso de Trump es antievangélico.

Los evangelistas no son los únicos que se han pronunciado. Con una gran finura pero sin pelos en la lengua, el jesuita estadounidense James Martin se pronunciaba recientemente en Facebook en un video que ya lleva 28 millones de reproducciones y donde afirmaba lo siguiente: “El presidente dijo el otro día que [los inmigrantes] están infestando nuestro país como si fueran parásitos. Así es como los líderes nazis hablaban de los judíos”.

Viendo el empuje de la entrada de cristianos en el debate político americano, me vienen a la mente dos reflexiones importantes.

La primera es sobre la secularización y el espacio público. Hace unos meses José Casanova, profesor de sociología en Georgetown, en su paso por Barcelona explicaba que lo que es propio de las sociedades altamente secularizadas no es el crecimiento del ateísmo, sino el aumento de la pluralidad religiosa. Es decir, la expresión diversa de nuestra confesión y la posibilidad de que sea compartida en el espacio público y, por tanto, interpelada también por el debate político. Hay que reconocer que esto en países como Estados Unidos es mucho más claro y, a pesar del peligro de convertir las religiones en un mercado de propuestas espirituales que pretenden ser todas las más atractivas, tiene algo de liberador. Me parece un signo de sociedad abierta y madura poder hacer interactuar discurso religioso y discurso político con esta naturalidad y no dejar nuestras creencias tan sólo para el espacio privado, donde nada puede ser confrontado y todo acaba oliendo a cerrado y enmohecido.

La segunda es que también en Europa nos convendría que las religiones se plantaran ante el actual crecimiento de la extrema derecha y el fascismo que llega. Los obispos y la Iglesia francesa, por ejemplo, han sido reticentes a pronunciarse sobre el discurso de un partido xenófobo como el Frente Nacional. Tampoco los católicos españoles parecen muy inquietos por el ascenso de discursos similares en nuestro país, ni interesados en mostrar ya, y definitivamente, una ruptura con los diferentes tics nacionalcatólicos que aún colean. Hay que ser muy claros en este debate, antes que nada porque estos movimientos de ultraderecha cooptan el discurso religioso para justificarse y apelar a una cierta pureza o autenticidad. Y en segundo lugar porque nos conviene, si no queremos repetir episodios nefastos de nuestro pasado, trabajar en todos los frentes para detener el peligroso crecimiento de este tipo de propuestas políticas contrarias a los más elementales derechos humanos.

No nos engañemos, sabemos que repetir insistentemente que vendrá el lobo no sirve de gran cosa, sobre todo cuando el lobo ya lo tenemos aquí y viene hambriento de odio. Hay que detener los síntomas pero sobre todo hay que ir a la raíz de la pregunta: ¿por qué cada vez más gente abraza discursos de carácter fascista? Si ya es tarde para responder a esta pregunta es en parte porque ya hemos llegado tarde antes, cuando hemos hecho la vista gorda a unas políticas de frontera que son claramente criminales, o a una lógica económica que puesta al servicio del capital y del máximo lucro está aplastando a las mismas familias que la Iglesia, por otra parte, tanto desea proteger.

Me gustaría ver, también en nuestro país, a muchas personas creyentes haciendo campaña activa contra la usura, contra el odio al diferente, y levantando la voz contra aquellos partidos que muestran un nulo respeto a la dignidad humana más elemental. Hay que contar con las religiones para hacer frente al fascismo que llega y no dejar que arraigue ni levante la cabeza en nuestro país.

Fuente Blog Cristianismo y Justicia

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, General , , , ,

Contra la plumofobia. Parte 2: Feminismo

Jueves, 6 de diciembre de 2018

women-3422243_1280-minContinuación del interesante artículo de Guido Astolfi que hemos leído en Cáscara Amarga:

La homofobia y discriminación (plumofobia1) que la comunidad LGBTTTIQA expresa entre sí es resultado del machismo estereotípico impuesto por la sociedad, pero esencialmente también es resultado de una lucha no aprendida: el feminismo.

Contrario a lo que el machismo (propio o ajeno), la desinformación y los prejuicios nos han hecho creer, el feminismo no es una lucha de las mujeres únicamente. Hay que comenzar por entender que el feminismo es un sistema ideológico que, tomando como punto de partida la perspectiva de género (análisis de la construcción sociocultural del hombre y la mujer) pretende realizar transformaciones funcionales, reales y estructurales en las relaciones culturales y sociales que redunden en el fin de la opresión sexual y la eliminación de jerarquías por género.

 Se le llama feminismo porque la lucha fue iniciada por mujeres a inicio del siglo pasado, pero conforme se ha ido desarrollando ésta ha ido involucrado adeptos, incluso el mismo movimiento por los derechos de la comunidad LGBTTIQA provienen inequívocamente de ideas y propuestas feministas.

El feminismo parte de una base conceptual: la sororidad, un pacto entre mujeres para la “eliminación social de todas las formas de opresión social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer”(2).

La lucha sororidaria es por una integración que evite desgastantes luchas intestinas y que nos haga a todas y todos participes del mismo frente: la erradicación de la violencia de género. Este concepto llega a ser trascendental en la construcción del movimiento feminista, pues permite el robustecimiento y solidificación de sus filas así como la integración de un cuerpo de estudio que permite análisis tan profundos como la deconstrucción del mismo movimiento.

Pese a que nuestros objetivos e ideas son similares, parecemos ubicarnos lejos de ésta identidad feminista, pues son notables las encarnizadas afrentas que vive el colectivo contra si mismo: parece que lejos de reflejarnos, solo nos confrontamos. Los motivos sobran, las conciliaciones faltan.

No es que el feminismo sea la panacea o que no tenga confrontaciones internas, sino que han aprendido a que existen distintas versiones y fuentes del feminismo y por tanto no se puede llegar a un purismo, llevando con ello la aceptación e integración de una manera más o menos respetuosa por las ideas ajenas.

Los miembros del colectivo de diversidad sexual adolecemos de un término similar que nos recuerde de forma más expedita esa hermandad, esa adelfia que nos une como miembros del mismo colectivo en pro de transformar nuestra sociedad por una incluyente, humana, libre de violencia y discriminación.

Adelfia (3) que luche contra la plumofobia, contra perpetuar roles y estereotipos de género; que nos ayude a reflexionarnos e integrarnos de manera profunda como simples seres humanos que cohabitamos el mismo mundo, que seamos como seamos tenemos las mismas capacidades para trabajar, para amar, sentir, soñar.

1 Plumofobia: Discriminación contra los miembros de la comunidad LGBTTIQA por miembros de la misma comunidad.

2 Ríos, M. L. (2006). Pacto entre mujeres: Sororidad. Aportes para el debate, https://www.asociacionag.org.ar/pdfaportes/25/09.pdf.

3 Adelfia: Vocablo griego que apela al sentimiento irrestricto de hermandad

¿Por qué solo esperamos ser tratados con respeto o como iguales por los demás y no lo hacemos nosotros mismos por sinónimo? No es necesario que todo provenga de alguien más. Así mismo, que la limitación lingüística no sea el pretexto para restringir la explorar la mayor cantidad de recursos ideológicos, conceptuales, etcétera que nos ayuden a ser más tolerantes y receptivos de nuevas formas de ser y pensar, por que sí el respeto y aceptación no comienza por uno mismo, no podemos esperar a que comience por el otro.

Bibliografía

Bermejo, D. (27 de Junio de 2017). ‘Plumofobia’, así es la homofobia entre gays que se multiplica en Internet. El Mundo España, pág.http://www.elmundo.es/f5/comparte/2017/06/27/5950fa0a46163f5d4b8b465d.html.

Ríos, M. L. (2006). Pacto entre mujeres: Sororidad. Aportes para el debate, https://www.asociacionag.org.ar/pdfaportes/25/09.pdf.

Fuente Cáscara Amarga

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