Dom 4º de Adviento. José, la conversión del patriarcado.
Teología de la Navidad. No temas al Espíritu Santo
Mt 1, 18-25. No tengas miedo de acoger a María: ha concebido por el Espíritu Santo
El evangelio de este domingo 4 de Adviento (Mt 1, 18-25, 22 XII 2019), ha sido y sigue siendo uno de los más discutidos y manipulados de la historia cristiana. Trata, ciertamente, de María y del Espíritu Santo, de José y del judaísmo (de las promesas de David); pero en el realidad trata de Dios y de la Iglesia, de forma que sólo ahora (desde las reformas del Papa Francisco) puede entenderse plenamente:
- Este evangelio nos lleva de la ley patriarcal, representada por José, hijo de David, a la era de María y del Espíritu Santo, expresada en forma de libertad creadora, de amor que acoge y alumbra (da a luz), de apertura de Dios a todos los pueblos, desde Amazonia a Roma, desde la Meca a Samarcanda.
- Este evangelio marca el cumplimiento (=fin) de la era patriarcal, con el paso de una era de varones muy legales y una ley que encierra a todos en la servidumbre (representada por José, el hombre legal del AT) al Nuevo Testamento de la libertad del Espíritu, que crea vida en María, que no es sólo una mujer, sino la humanidad abierta a la gracia y libertad mesiánica.
- Éste es el evangelio de la obediencia de José, es decir, de la escucha y respuesta creadora de la Iglesia patriarcal, que cumple su último deber desapareciendo, es decir, muriendo, poniéndose al servicio de la libertad creadora de Dios, representada por María y el niño que nace, es decir, por la nueva Iglesia de la gratuidad y comunión, del Dios de las mujeres y los niños que aman y, amando transforman y redimen también a los varones (como José).
- Hablando en un sentido popular, José tiene que hacerse el «harakiri», dejarse morir, pero amando (acogiendo a la madre y al niño, llevándolos a Egipto…), para que nazca la vida de la gracia, como hizo Juan Bautista, diciendo a Jesús: Tengo que menguar para que tú crezcas, para que crezca la gracia de todos (en la que quiero también incluirme)… Algo así tiene que decir hoy la iglesia patriarcal (patriarcalista): Tengo que pasar, para que vengan ellos: Jesús y María, la nueva Comunión universal de los creyentes, habitados y transformados por el Espíritu de Dios.
- Éste no es un morir pasivo (simplemente resignado: Muramos,pues, que vengan otros; tras de mí el «diluvio…»), sino un morir dando vida, es decir, resucitando, poniendo la propia la propia existencia, nuestra propia historia de varones patriarcales al servicio de la nueva humanidad de Dios…, esto es, de la Navidad que es acción creadora del Espíritu, humanidad reconciliada y resucitada (más allá de un tipo de Vaticano, que tiene que morir con José, como he puesto de relieve en una postal anterior).
Desde ese fondo he querido comentar este pasaje de Mt 1, 18-25, que no en vano está (con la genealogía de Jesús, Mt 1, 1-17, que he comentado también en RD con la ayuda de W. Weren) al comienzo del Nuevo Testamento, como puerta de la Biblia Cristiana. Esta ha sido con mucha frecuencia una puerta giratoria, por la que muchos en la iglesia patriarcal han dicho entrar para volver de nuevo a la antiguo y ratificarlo con nuevas razone, privilegios y poderes.
El «comentario» que sigue es largo, está tomado del Comentario a Mateo, y puede resultar «excesivo» para muchos, a quienes recomiendo que lean sólo la primera parte. Pero habrá algunos que quieran llegar hasta el final. Un saludo agradecido a todos,(y feliz preparación de Navidad, con José, que ha de morir (como tiene que morir la Iglesia patriarcal) para que nazca el verdadero José, símbolo de la nueva humanidad reconciliada, con María y Jesús. (En especial para ti, María José V., tú me entiendes).
Nacido por el Espíritu Santo (Mt 1, 18-25).
Las cuatro mujeres anteriores (Mt 1, 1-17) han puesto de relieve la aportación o, quizá mejor, la ruptura femenina en el origen de la vida, y eso aparecerá con toda fuerza en el caso de Jesús, hijo de María, por el Espíritu Santo, como supone este pasaje cuando dice, al final de la genealogía que “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, el llamado Cristo” (1, 16):
1, 18 El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: estando María, su madre, desposada con José, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 19 José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. 20 Mientras pensaba en ello, se le apareció en sueños el ángel del Señor que le dijo: José, hijo de David, no tengas reparo en llevar a María, tu mujer, a casa, porque lo engendrado en ella viene del Espíritu Santo. 21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
22 Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: 23 Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros». 24 Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer 25. Y no la conoció hasta que dio a luz un hijo, a quien puso el nombre Jesús (1, 18-25)[1].
Este relato incluye aspectos de carácter teológico y antropológico, cristológico y sacral, que no pueden resolverse en un simple comentario. Por eso dejo a un lado rasgos que son importantes en otro plano (de crítica histórico/literaria) para centrarme en aquellos que son más significativos, en línea de mensaje, es decir, en perspectiva de novedad cristiana:
– Este pasaje nos sitúa ante un nacimiento irregular. En clave de ley, desde el punto de vista de José, Hijo de David y portador de su promesa, el surgimiento de Jesús se opone al orden patriarcal y nos sitúa en los bordes del mayor “pecado” posible: El adulterio como ruptura del orden familiar. El esposo/padre José, que decide abandonar a María, dejándola a su suerte, aunque sin condenarla externamente, con el hijo ya engendrado, es el signo de una religión que quiere separar a los judíos de los extraños, impuros, diferentes (gentiles), no pudiendo acogerles en su casa, en su comunidad (que en este caso sería la comunidad judeo-cristiana)[2].
– El evangelio amplía la visión de Dios. En contra de lo que podía esperar cierto judaísmo (o judeo-cristianismo), Dios se expresa y actúa a través de una mujer irregular, María, en la línea de las cuatro ya indicadas (extranjeras, problemáticas) para fecundarla con su Espíritu Santo, a fin de que ella sea madre del mesías. Ciertamente, José, que es hombre justo, hijo de David “según la carne” (cf. Rom 1, 3), quiere actuar según ley, en obediencia a la legalidad del propio grupo (es decir, de un tipo de judeo-cristianismo)[3].
– El Espíritu Santo se identifica con la misma acción y presencia de Dios que se revela creadoramente, a través del gesto acogedor de María, superando un tipo de ley patriarcalista simbolizada por José, que era hombre justo (di,kaioj: 1, 19). Allí donde reinaba un orden de justicia eterna, simbolizada por el padre de familia, en línea de buena ley (por medio de José, hombre justo), viene a elevarse/revelarse la más alta función de María, mujer y madre, que aparece como signo de acogida universal humana, en línea de gratuidad[4]. Leer más…





























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