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¿Rico y cristiano?

domingo, 10 de octubre de 2021
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hqdefaultDel blog de Tomás Muro, La Verdad es libre:

Homilía Domingo XXVIII per annum

  1. Algunas constataciones iniciales

         Podemos hacernos conscientes de algunas cuestiones iniciales:

  •  Todos queremos ser felices, vivir en paz y serenidad y queremos vivir felizmente.

Aquel hombre, -joven o no-, se acerca a Jesús porque quiere vivir: ¿Qué tengo que hacer para tener vida, vida eterna-definitiva?

  •  Si aquel hombre se acerca a Jesús es porque no encuentra la vida en el “sistema religioso” y en los criterios culturales de su tiempo. El mero cumplimiento de la ley, de los mandamientos no parece que lleve a una vida amable y serena. Aquella persona que se acerca a Jesús lo había cumplido todo, pero no vivía: su vida era un “sin vivir”.
  •  Se trata de vivir no solamente en el “más allá”, sino ya desde ahora, en el “más acá”. Es decir, no es que ahora tengamos que “rellenar” una buena hoja de servicios religiosos para que luego, post mortem, Dios nos premie. No es esa la cuestión, sino que se trata de vivir y vivir bien desde ahora, en el tiempo, caminado hacia la eternidad.
  •  Otra constatación -evidente según me parece- es que el dinero es el gran “dios-ídolo” ante el que nos postramos. Quien manda y reclama adoración en el mundo es el dinero. Podríamos decir que el rico, -cuando somos ricos-, no es tanto una cuestión moral, sino que el dinero nos convierte en idólatras. Adoramos al “dios dinero”, y tal es nuestro “dios”. Socialmente también la cosa funciona así: “tanto tienes, tanto vales” porque “poderoso caballero es Don dinero”.
  1. ¿Quién es o cuándo somos ricos?

Rico es aquel que pone su confianza (fe) en el dinero. Cuando ponemos nuestra confianza en el dinero somos creyentes, idólatras. Rico es quien vive conforme a la mentalidad de la riqueza. Entonces nos hacemos esclavos del dinero y lejanos del Reino de Dios: lejanos de la gratuidad, distantes de la misericordia, de la justicia y de la solidaridad.

  1. ¿Por qué amamos tanto el dinero? ¿puede el hombre hacerse feliz a sí mismo?

         Si nos apegamos al dinero es porque la riqueza supuestamente nos ofrece seguridad. Un buen sueldo y una cuenta corriente saneada nos asegura la vivienda, alimentación, el placer del consumismo, incluso la salud …

Ahora bien, ¿Puede el hombre hacerse feliz y darse vida a sí mismo? Creo que no. Por naturaleza deseamos y esperamos una plenitud de vida que no está en nuestra naturaleza. La vida es gracia y regalo desde el nacimiento hasta después de la muerte. Nadie compró la vida para nacer y nadie la compra después de la muerte.

         Es cierto que el dinero es necesario para vivir, pero nunca el dinero es bastante y nos solemos “autoengañar” pensando que con dinero nos vamos a solucionar los problemas más fundamentales de la vida, lo cual creo que no es cierto.

Los grandes valores de la vida no se compran con dinero: el amor, la libertad, el sentido de la vida, la esperanza, el respeto, la solidaridad, la ética no salen a la venta en la bolsa ni en el supermercado de “al lado”.

La riqueza no deja espacio a la gratuidad, a la confianza ni a la solidaridad.

Ser rico es no fiarse de Dios Muchos católicos no se fían de Dios. Prefieren asegurarse la vida: esta y la otra. Por esto prefieren la seguridad que les pueda dar el dinero, una persona, un confesor, el mero cumplimiento de la ley. Pero no cumplen por afecto, sino por terror a Dios: la gente religiosa desconfía de Dios. Por eso mucha gente lo que le importa es la seguridad absoluta y pretende comprar a Dios, con actos, con Misas y ritos, etc.

Sin embargo, la relación con Dios es de balde, gratuita: de ahí viene la palabra gracia. El cristianismo no es una banca religiosa.

La experiencia cristiana es la confianza absoluta en la ultimidad: sólo en Dios descansa mi vida, sólo Dios basta.

         El discípulo de Jesús, el cristiano es un agradecido radical y la vida, los bienes los vive como regalo, como don.

         La primera condición para tener vida es el amor. La vida está en el amor, no en el dinero.

Jesús se le quedó mirando y le mostró su amor.

  1. ¿Se salvan los ricos?

         Esta pregunta es de amplio espectro y la respuesta también.

Dios quiere que todos nos salvemos y nos salvamos porque para Dios no hay nada imposible.

         La salvación es un don de Dios, no algo que yo conquisto.

         Los ricos se salvan por la misma razón que nos salvamos todos, hasta el más humilde pecador de la historia.

         Que vamos a vivir bien allá es evidente desde el Evangelio. Lo que hace falta vivir bien -vida eterna- desde aquí. Y esa vida no se consigue con riqueza, sino con gratuidad, amor y libertad.

Jesús se le quedó mirando y le mostró su amor.

  1. No se trata de discutir mucho qué es la pobreza.

Jesús le mira con misericordia a aquella persona rica y siente lástima de ella, porque era rica.

La cuestión de la pobreza crea enseguida un cierto escozor y discusión. Comúnmente pensamos que el dinero es la base de la felicidad. Si tienes dinero -o bienes- eres feliz.

Pero la experiencia nos dice que la riqueza no da la felicidad, ni la vida. El dinero, la riqueza nunca son bastante, nunca satisfacen plenamente. Más bien vemos que la riqueza, el ansia de dinero y riqueza crea insatisfacción y neurosis, pero no vida.

Podemos discutir, pero según JesuCristo, No se puede ser rico y feliz. El rico puede ser una buena persona, un hombre/mujer honestos, religiosos, pero no cristianos felices, con vida abundante. Y es infinitamente más importante ser viviente feliz que ser religioso y que ser rico.

Es difícil hablar de la pobreza y casi imposible tratar de convencer a nadie de que “Bienaventurados los pobres” es verdad.

Apelo a la propia experiencia que podamos tener Estas son vivencias, experiencias que se tienen en el fondo de la vida, del ser.

  1. La pobreza crea tres ámbitos de vida.

Vivir pobremente (no digo miserablemente) crea espacios de libertad, compasión-solidaridad y austeridad.

Libertad: la pobreza crea un estilo de vida sencillo, desprendido, libre, de estima de lo realmente valioso y definitivo, y eso no se compra con dinero.

compasión-solidaridad: La pobreza hace brotar sentimientos de misericordia y solidaridad. Y la compasión hace bien al que la recibe y al que la ofrece.

La limosna y la solidaridad han perdonado y perdonan más pecados que todas las confesiones del mundo

Austeridad: En la vida nos hace bien vivir austeramente. Una cosa es la celebración, la fiesta y otra la vida cotidiana de trabajo y sencillez. Austeridad en el estilo de vida, en la vestimenta, en la comida, en el consumismo, en el trabajo, etc.

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¡Ya nos conocemos!

jueves, 7 de octubre de 2021
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Os inventáis historias,
sucesos cuentos,
casualidades y coincidencias…
para justificar vuestras torpes creencias.

Preguntáis en público,
no para buscar claridades
sino para mostrar vuestras habilidades
y poner a otros en dificultad.

Os agarráis a normas y leyes,
a lo antiguo y viejo, a lo de siempre,
a lo que a vosotros os favorece
y a otros oprime y empobrece.

Soñáis despropósitos,
amáis la risa y el triunfo fácil,
no os interesa la Buena Nueva
y queréis que solucione vuestras ocurrencias…

Así sois los hombres y mujeres:
siempre pensando en ponerme a prueba
en vez de enamoraros y enamorarme,
que es lo que deseo y me gusta.

¡Qué ganas de complicaros la existencia
y de cambiar mi propuesta
para mantener vuestros privilegios
olvidándoos de vuestras promesas!

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

***

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“Antes de separarse”. 27 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10, 2-16)

domingo, 3 de octubre de 2021
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Hoy se habla cada vez menos de fidelidad. Basta escuchar ciertas conversaciones para constatar un clima muy diferente: «Hemos pasado las vacaciones cada uno por su cuenta», «mi esposo tiene un ligue, me costó aceptarlo, pero ¿qué podía hacer?», «es que sola con mi marido me aburro».

Algunas parejas consideran que el amor es algo espontáneo. Si brota y permanece vivo, todo va bien. Si se enfría y desaparece, la convivencia resulta intolerable. Entonces lo mejor es separarse «de manera civilizada».

No todos reaccionan así. Hay parejas que se dan cuenta de que ya no se aman, pero siguen juntos, sin que puedan explicarse exactamente por qué. Solo se preguntan hasta cuándo podrá durar esa situación. Hay también quienes han encontrado un amor fuera de su matrimonio y se sienten tan atraídos por esa nueva relación que no quieren renunciar a ella. No quieren perderse nada, ni su matrimonio ni ese amor extramatrimonial.

Las situaciones son muchas y, con frecuencia, muy dolorosas. Mujeres que lloran en secreto su abandono y humillación. Esposos que se aburren en una relación insoportable. Niños tristes que sufren el desamor de sus padres.

Estas parejas no necesitan una «receta» para salir de su situación. Sería demasiado fácil. Lo primero que les podemos ofrecer es respeto, escucha discreta, aliento para vivir y, tal vez, una palabra lúcida de orientación. Sin embargo, puede ser oportuno recordar algunos pasos fundamentales que siempre es necesario dar.

Lo primero es no renunciar al diálogo. Hay que esclarecer la relación. Desvelar con sinceridad lo que siente y vive cada uno. Tratar de entender lo que se oculta tras ese malestar creciente. Descubrir lo que no funciona. Poner nombre a tantos agravios mutuos que se han ido acumulando sin ser nunca elucidados.

Pero el diálogo no basta. Ciertas crisis no se resuelven sin generosidad y espíritu de nobleza. Si cada uno se encierra en una postura de egoísmo mezquino, el conflicto se agrava, los ánimos se crispan y lo que un día fue amor se puede convertir en odio secreto y mutua agresividad.

Hay que recordar también que el amor se vive en la vida ordinaria y repetida de lo cotidiano. Cada día vivido juntos, cada alegría y cada sufrimiento compartidos, cada problema vivido en pareja, dan consistencia real al amor. La frase de Jesús: «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre», tiene sus exigencias mucho antes de que llegue la ruptura, pues las parejas se van separando poco a poco, en la vida de cada día.

José Antonio Pagola

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“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Domingo 3 de octubre de 2021. Domingo 27º ordinario

domingo, 3 de octubre de 2021
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54-ordinarioB27 cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 2, 18-24: Y serán los dos una sola carne.
Salmo responsorial: 127: Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
Hebreos 2, 9-11: El santificador y los santificados proceden todos del mismo.
Marcos 10, 2-16: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

 En la primera lectura nos encontramos con el segundo relato de la creación, que está centrado en la creación del hombre y de la mujer, ambos formados de tierra y aliento divino. Los dos son hechura de Dios, y por lo tanto deberían ser iguales, a pesar de su diversidad. La relación perfecta entre los dos no está garantizada ni escrita en su sangre: es una conquista de la libertad que ellos deben construir. Un proyecto de unidad que compromete la responsabilidad de cada uno.

El autor de la carta a los hebreos nos dice que la pasión y la muerte de Jesús no son fines en sí mismos, sino solamente un camino hacia la resurrección y la salvación plena. Los cristianos no nos podemos quedar contemplando al crucificado del viernes santo, construyendo nuestra vida desde el dolor, el sufrimiento y la muerte. La misma epístola nos dice que el propio Jesús “en los días de su vida mortal presentó, con gritos y lágrimas, oraciones y súplicas, al que lo podía salvar de la muerte”. Esto quiere decir que él mismo luchó por encontrar una alternativa que no estaba sujeta a su voluntad sino a hacer la voluntad del Padre. Estamos en hora de superar todo tipo de devoción que se queda en la contemplación de los sufrimientos y dolores de Jesús y construir nuestra vida cristiana desde la esperanza que nos ofrece la resurrección.

En el evangelio, los fariseos ponen a prueba a Jesús preguntándole qué piensa sobre el divorcio y si era lícito repudiar a una mujer. La respuesta de Jesús es significativa cuando caemos en cuenta de que, tanto en el judaísmo como en el mundo greco-romano, el repudio era algo muy corriente y estaba regulado por la ley. Si Jesús respondía que no era lícito, estaba contra la ley de Moisés. Por eso les devuelve la pregunta y les dice que la ley de Moisés es provisional y que ahora se han inaugurado los tiempos de la plenitud en los que la vida se construye desde un orden social nuevo, en el que el hombre y la mujer forman parte de la armonía y el equilibrio de la creación. La novedad de esta afirmación de Jesús saltaba a la vista; en su interpretación desautorizaba no sólo las opiniones de los maestros de la ley que pensaban que a una mujer se le podía repudiar incluso por una cosa tan insignificante como dejar quemar la comida, sino incluso, relativizaba la misma motivación de la ley de Moisés. Además tiraba por tierra las pretensiones de superioridad de los fariseos, que despreciaban a la mujer, como despreciaban a los niños, a los pobres, a los enfermos, al pueblo. Nuevamente, al defender a la mujer, Jesús se ponía de parte de los rechazados, los marginados, los ‘sin derechos’.

Pero como los discípulos en esto compartían las mismas ideas de los fariseos, no entendieron y, ya en casa, le preguntaron sobre lo que acababa de afirmar. Jesús no explicó mucho más, simplemente les amplió las consecuencias de aquello: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra la primera; y lo mismo la mujer: si repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

El segundo episodio de nuestro evangelio nos presenta un altercado de Jesús con sus discípulos porque ellos no permiten que los niños se acerquen a Jesús para que él los bendiga. Los discípulos pensaban que un verdadero maestro no se debía entretener con niños porque perdía autoridad y credibilidad. Decididamente algo no era claro en ellos. No acababan de asimilar las actitudes de Jesús ni los criterios del Reino. Y Jesús se enojó con ellos; su paciencia también tenía límites y si algo no toleraba era el desprecio hacia los marginados. Y les dijo con mucha energía: dejen que los niños se me acerquen. ¿Con qué derecho se lo impiden, cuando el Padre ha decidido que su Reinado sea precisamente en favor de ellos? ¿No entienden todavía que en el Reino de Dios las cosas se entienden totalmente al contrario que en el mundo?

Los niños que no pueden reclamar méritos, carecen de privilegios y no tienen poder, son ejemplo para los discípulos, porque están desprovistos de cualquier ambición o pretensión egoísta y por eso pueden acoger el Reino de Dios como un don gratuito. De los que son como ellos es el Reino de Dios, dice Jesús.

Es necesario que nuestra experiencia cristiana sea verdaderamente una realidad de acogida y de amor para todos aquellos que son excluidos por los sistemas injustos e inhumanos que imperan en el mundo. Nuestra tarea fundamental es incluir a todos aquellos que la sociedad ha desechado porque no se ajustan al modelo de ser humano que se han propuesto. Si nos reconocemos como verdaderos seguidores de Jesús, es necesario comenzar a trabajar por la humanidad que a los débiles de este mundo se les ha arrebatado.

Una nota crítica:

Para este tema del evangelio, que centrará hoy la homilía de este domingo en muchas comunidades cristianas, el divorcio, la liturgia propone como primera lectura el relato de la creación del hombre y de la mujer, en el relato del Génesis, lógicamente. Por ser de la Biblia, por ser del Génesis, por ser del relato de la creación… todo pareciera dar a suponer que contiene en sí mismo el fundamento religioso último y máximo de la visión cristiana del matrimonio. Probablemente, en muchas homilías, el relato bíblico se constituirá en la única referencia, en la referencia totalizante y suprema, y se querrá sacar de ella el fundamento integral de la postura actual de la Iglesia sobre el matrimonio. ¿No será eso fundamentalismo?

Hoy ya sabemos que el relato de la «creación» no es un relato científico, de historia natural; más aún: no tiene nada que decir ante lo que la ciencia nos dice hoy sobre el origen de la Tierra, de la Vida, de nuestra especie humana o sobre nuestra sexualidad. El relato no es histórico, no hay que entenderlo como una narración de algo que realmente ocurrió… hoy nadie sostiene lo contrario. En las catequesis bíblicas solemos decir ahora que tenemos que «tratar de captar lo que los autores bíblicos querían decir…», que no era lo que la mera letra dice… En realidad, no se trata ni de eso siquiera, porque los autores bíblicos no escribían para nosotros, ni estaban pensando en un mensaje distinto de lo que leemos.

La verdad es que no deberíamos abandonar una postura de profunda humildad en este campo, porque los cristianos, durante casi toda nuestra historia, hasta hace unos cien años –algo más para los protestantes– hemos estado pensando lo contrario de esto que ahora decimos. Hemos estado pensando que eran textos históricos, que había que entender al pie de la letra y que había que creerlos ciegamente, y que su contenido era real, e incluso «más que científico, estaba por encima de la ciencia» (la ciencia no podría contradecirlos): porque eran textos directamente divinos, revelados, y por tanto dogmáticos. Hace apenas 100 años el Pontificio Instituto Bíblico, la máxima autoridad oficial católico-romana, condenó taxativamente a quienes pusieran en duda el «carácter histórico» de los once primeros capítulos del Génesis… y en todo el conjunto de la Iglesia se pensaba así, desafiando arrogantemente a la ciencia.

Durante siglos, durante más de un milenio, el texto del relato de la creación que hoy leemos ha sido utilizado para justificar directa o indirectamente el androcentrismo, o sea, la inferioridad de la mujer, creada «en segundo lugar», y «de una costilla de Adán». Más aún: durante más de dos mil años –y aún hoy, para la mayor parte de la civilización occidental– este texto ha justificado el antropocentrismo, el mirar y entender la realidad toda como puesta al servicio de este ser diferente, superior a todos los demás, «sobre-natural», que sería el ser humano, poniéndolo todo bajo «el valor absoluto de la persona humana», a cuyo servicio y bajo cuyo dominio habría puesto Dios toda la «creación», con el mandato de explotar omnímodamente la naturaleza: «crezcan y multiplíquense, y dominen la Tierra»…

Desde hace medio siglo un coro reciente y creciente de científicos y humanistas achacan a los textos bíblicos la minusvaloración y el desprecio que la tradición cultural occidental ha sentido y ejercido sobre la naturaleza, hasta provocar la actual crisis ambiental que nos ha puesto al borde del colapso y amenaza con colapsar efectivamente.

Viene todo esto a decir que hoy no podemos deducir directamente de los textos bíblicos nuestra visión de los problemas humanos -matrimonio y divorcio incluidos-, como si la construcción de nuestra visión moral y humana dependiera de unos textos que en buena parte contienen las experiencias religiosas de unos pueblos nómadas del desierto hace unos tres mil años… Sería bueno que los oyentes de las homilías supieran discernir con sentido crítico la dosis de fundamentalismo que algunas de nuestras construcciones morales clásicas pueden contener. Sería todavía mejor que los autores de las homilías incorporaran a sus contenidos esta visión crítica y esta superación del fundamentalismo. Debemos salir del bibliocentrismo: no podemos vivir encerrados en un libro, con toda nuestra perspectiva, categorías y normas sometidas al limitado alcance cultural de un libro de hace varios milenios… Si queremos buscar las palabras más profundas que puedan iluminarnos, debemos buscarlas también y sobre todo en la Realidad, en la Naturaleza, en el libro del cosmos, de la Vida y de nuestra propia misteriosa naturaleza… Leer más…

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Dom 3.10.21 (27 TO) ¿Puede el hombre expulsar a la mujer por cualquier causa?

domingo, 3 de octubre de 2021
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1575D863-A8DD-4912-A5D0-6619A74B9DDD-576x1024Del blog de Xabier Pikaza:

Este pasaje de Mc 10, 2-12, ha sido y sigue siendo entendido y resuelto de diversas formas, personales y sociales, jurídicas e incluso dogmáticas. Aquí sólo puedo evocar sus presupuestos. ¿Puede el hombre expulsar a su mujer?

En principio, el tema no era la indisolubilidad del matrimonio, sino el poder que el marido tenía en ciertos momentos de expulsar a la mujer dándole un “libelo” (documento) de repudio, según ley (Dt 24, 1-3)

Jesús responde diciendo que éste no es asunto de ley, sino de vida: Dios ha hecho que hombre y mujer sean personas, y puedan unirse formando una carne (sarx), proyecto y camino de convivencia en amor y libertad. Lo primero no es fijar leyes, sino impulsar “convivencias”, maneras gozosas, gratuitas, fecundas de comunicación.

La ley se cumple en el amor; por eso, el hombre no puede expulsar a la mujer ni la mujer al hombre, pues ambos deben vincularse en amor, y amorosamente han buscar lo mejor, uno para el otro (juntos o por separado).

(Pero la historia real es más compleja. Así lo muestra la primera imagen: Abraham expulsa a Agar, por envidia de Sara… En la segunda imagen, tomada de mi libro sobre el tema, las dos mujeres de Abraham cabalgan sobre camellos, mientras Abraham da la mano a los dos hijos, uno de cada mujer).

Mc 10, 2-9

 Y acercándose unos fariseos, para ponerlo a prueba, le preguntaron si era lícito al varón despedir a su mujer. Y respondiendo les dijo: ¿Qué os prescribió Moisés?  Ellos contestaron: Moisés ordenó escribir un documento de divorcio y despedirla. Jesús les dijo: Por la dureza de vuestro corazón escribió Moisés para vosotros este mandato. Pero al principio de la creación Dios los hizo macho y hembra.  Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una carne.  Por tanto, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre (Mc 10, 2-9).

 Introducción 

            Mc 10, 2  afirma que los fariseos “quieren tentarle”. Esto supone, según el contexto, que ellos conoce la actitud de Jesús, que se ha opuesto al derecho que cierta “ley” concede a los varones, afirmando que ellos pueden “expulsar” a sus mujeres, con tal de darles un documento o “libelo” de repudio.  Ésta es la pregunta que Marcos  plantea en un lugar abierto, en medio de camino de Jesús, que va pasando por las fronteras entre Judea y Perea (Mc 10, 1): Los fariseos preguntan, y él responde, mostrando que su forma de actuar (¡niega a los varones el derecho de expulsar a las mujeres!) forma parte de su doctrina abierta, conocida por todos (cf. Mc 10, 2-9). El texto ofrece después una profundización eclesial, que tiene lugar en la casa, es decir, en el ámbito privado de la comunidad (10, 10-12).

Ésta es una pregunta con trampa, para tentar a Jesús (peiradsontes auton: 10, 2). Si él dice que el hombre no puede expulsar a la mujer, le acusarán de oponerse a la Escritura que lo permite (cf. Dt 24, 1.3). Por el contrario, si dicen que puede expulsarla le acusarán de laxista pues deja desamparada a la mujer. En el fondo está el hecho de que la tradicióntiende a concebir el matrimonio como un contrato de dominio: el varón adquiere a la mujer y puede repudiarla (divorciarse de ella). Parece que los fariseos tientan a Jesús, para mostrar que su ideal de fidelidad resulta imposible y que, además, va en contra de la Ley, que concede al varón el poder de “expulsar” a su mujer, dentro de un orden jerárquico donde el marido (que está arriba), puede y debe dominar a la mujer (que es inferior).

Ellos piensan así que el matrimonio debe regularse a través de una ley que está en manos del varón (no del Estado, como en tiempos posteriores), suponiendo que allí donde esa ley jerárquica pierde importancia y el varón pierde su derecho preferencial, el matrimonio quiebra y queda a merced del puro deseo cambiante de los hombres (varón y mujer); precisamente para asentarlo de manera firma, ellos reconocen al varón el poder de divorciarse. El tema no es en general el divorcio, sino si el varón (anêr) puede expulsar (apolysai), a la mujer (gynê), conforme a una la ley o concesión bíblica (Dt 24, 1-3).

Interpretación de la Escritura. La Familia en la Biblia

Los fariseos tientan a Jesús con un texto bíblico y Jesús les responde con otro más profundo, para fundamentar así el carácter básico de la fidelidad matrimonial, suponiendo que Gen 1, 27, tiene primacía sobre unas leyes posteriores que Moisés habría formulado sólo para hombres que son duros de corazón, como suponen estos fariseos que le tientan (cf. hymin: 10, 3). Jesús supera así una ley particular (restrictiva, al servicio de algunos), para buscar la voluntad original de Dios, en una línea cercana a la de Rom 5 (que pone la promesa universal de salvación antes del cumplimiento de la ley israelita).

Como buen hermenéutica, este Jesús de Marcos busca la palabra original de Dios (Gen 1-2) por encima de la ley particular y patriarcalista de Moisés (Dt 24), recuperando de esa forma el sentido de la nueva humanidad mesiánica (con un argumento paralelo al de Mc 7, 8-13). Todo nos permite suponer que esta primera respuesta ha sido formulada por el mismo Jesús:

El un plano jurídico, Jesús acepta la Ley del divorcio (Mc 10, 3-4), concedida o, mejor dicho, presupuesta por Moisés (Dt 24, 1-3), pero la interpreta como una concesión (¡Por la dureza de vuestro corazón…! Mc 10, 5), es decir, como una norma provisional, que sirve para controlar jurídicamente una situación de ruptura injusta, en un contexto de poder jerárquico, donde los más fuertes (varones) pueden controlar a sus mujeres, pero no al contrario (aunque se exigía a los varones que dieran a las mujeres divorciadas un documento de libertad y les impedía casarse de nuevo con ellas). Pues bien, a juicio de Jesús, incluso con sus atenuantes (documento de repudio, prohibición de nuevo matrimonio con las divorciadas…) esa ley refleja el duro corazón de algunos varones, su deseo posesivo, su violencia.

− Superando esa ley, Jesús apela a la fidelidad original del Dios de la alianza, que no ha rechazado a su pueblo, tal como lo prueba el texto de la creación: «Al principio (arkhê) Dios los hizo macho y hembra… de manera que no han de ser ya dos, sino una carne» (Mc 10, 6-9; cf. Gén 1, 27; 2, 24). Al citar ese pasaje, Jesús sitúa al ser humano en su mismo origen, esto es, en el lugar donde varón y mujer pueden vincularse para siempre, en igualdad (sin dominio de uno sobre otro). Por encima de una ley que reprime o regula la vida con violencia, en perspectiva de varón, Jesús apela a la experiencia originaria de varones y mujeres que celebran el amor de manera no impositivo, en fidelidad personal, retomando así el mensaje de los grandes profetas (cf. Tema 5) que habían destacado la fidelidad de Dios: Si él no expulsa a su pueblo Israel, tampoco el hombre puede expulsar a su mujer.

Esa respuesta ha vinculado dos pasajes fundamentales del principio de la Escritura, Gen 1, 27 (varón y mujer los creo) y Gen 2, 24 (de manera que no son ya dos, sino una carne), interpretando el uno desde el otro, conforme a una técnica exegética que podían emplear (y han empleado) en un plano formal diversos grupos del judaísmo de su tiempo. Pero Jesús no ha unido esos pasajes de un modo puramente formal, sino volviendo, de manera programada, al origen de la comunidad humana, entendida a partir de la unión personal del varón y la mujer, antes de toda imposición de un sexo sobre el otro, y de toda ley patriarcalista que permite a los varones el derecho al divorcio, para controlar de esa manera a las mujeres.

Al negar al varón ese derecho, Jesús quiere situar a varones y mujeres en las fuentes de la creación, tal como ha sido propuesta en la Escritura (Génesis), en línea de unión personal. En ese sentido podemos afirmar que Jesús redescubre y ratifica en su verdad más honda (en su proyecto mesiánico) aquello que un judío puede considerar como la realidad y verdad más antigua: Que hombres y mujeres puedan unirse (vincularse) en igualdad y entrega mutua, para siempre, sin dominio de uno sobre el otro. En esa línea, él vuelve a la arkhê ktiseôs (10, 6), al principio de la creación, distinguiendo, según eso, dos niveles.

‒  En el principio (Gen 1-2) está la voluntad de Dios, expresada a modo de igualdad de varón y mujer, pues ambos forman una sola carne, uniéndose así en el nivel de “las cosas que Dios ha unido” (Mc 10, 9), en clave de entrega de la vida y no de dominio o poder de unos sobre otros (en contra de Pedro, cf. Mc 8, 33). La fidelidad del Dios de la alianza (tal como aparece en los profetas de Israel) funda la alianza fiel del matrimonio, que puede compararse y se compara con el amor de de Dios por Israel (profetas) y con la entrega mesiánica de Jesús (evangelio). Es evidente que aquí no se formula de manera expresa el “fondo cristológico” del tema (como hará Ef 5, 21-33, aunque con peligro de volver a un tipo de patriarcalismo), pero ese fondo está al principio de esa unidad originaria del hombre y la mujer. Jesús se “entrega” a favor del Reino, en gesto de plena fidelidad plena; de un modo semejante han de entregarse varón y mujer, sin que el varón tenga el poder expulsar a la mujer (o viceversa).

‒  En contra de esa voluntad de Dios (que es fuente de fidelidad) se alza el deseo (=dureza de corazón) de los aquellos varones (cf. Mc 10, 5) que quieren regular por sí mismos (en casamiento y divorcio) su autoridad sobre la mujer («separando aquello que Dios ha unido»: 10, 9). Esos varones piensan al modo de los hombres, como se dice de Pedro, no al modo de Dios (cf. 8, 33). Por eso, en ese plano, Jesús supone que la misma Ley de Moisés ha de entenderse como una “concesión” (hoy se diría un mal menor), que no responde la voluntad original de Dios. Eso significa que el divorcio, en la línea de Moisés, es sólo un “mal menor”, una “excepción” (mientras dure el “mal” de los varones).

 Al interpretar la Ley de esa manera, Jesús choca con la exégesis normal de muchos escribas, pues declara que una parte de su ley (que está al fondo de Dt 24, 1-3, es creación de hombres, varones) y no expresión de la voluntad original de Dios (como Pablo ha visto de un modo más argumentativo en Gal y Rom en relación con el conjunto de la misma Ley). De todas formas, la reinterpretación (y superación) de un pasaje bíblico por (con) otro forma parte de los recursos de la exégesis judía. Por otra parte, es evidente que Jesús no propone una nueva ley matrimonial, pues en ese plano puede seguir la de Moisés o alguna otra, creada por los hombres (en clave de imposición), sino que apela a la voluntad original de Dios, entendida como revelación del sentido de la vida.

 En busca de la norma originaria.

La interpretación bíblica de Jesús es radicalmente israelita, pero va en contra del tipo de judaísmo de los fariseos (cf. Mc 10, 1-2), que aparecen aquí como tentadores, con su interpretación del divorcio. Ellos necesitan regular por ley la relación del hombre con la mujer, y así tienden a pensar, además, que entre el origen (creación) y la promulgación positiva de las leyes de Moisés existe una identidad de base. Pues bien, en contra de eso, Jesús descubre un desfase entre ambos planos, de manera que a su juicio el “judaísmo legal” (más centrado en Moisés) representa una caída respecto al origen (Génesis), donde se revela la identidad del ser humano.

No es que Jesús rechace a Moisés, pero, como otros muchos apocalípticos, él ha querido fundar la raíz de su movimiento mesiánico en un principio anterior, más allá de Moisés (e incluso de Henoc, de Matusalén o de otros patriarcas antidiluvianos), para retomar el fundamento de Adán y Eva, conforme a la misma Biblia (como hace Pablo en Rom). En ese sentido, podríamos decir que él supera la visión de un Moisés particular (con la ley concesiva de Dt 24, 1-3), para llegar al Moisés originario, que se expresa en Gen 1-2. Aquí se arraigan sus dos afirmaciones, fundadas en dos textos complementarios del principio de la Biblia, que ratifican la unión y la igualdad de varón y mujer:

‒ Según Gen 1, 27, Dios no creo al varón con poder sobre la mujer (como suponen los fariseos), sino que los creo varón y hembra (arsen kai thêly: 10, 6; cf. Gen 1, 26-27). En este contexto no se puede hablar, por tanto, de un Adam/primero y de una Eva/posterior o derivada (como podría suponer el nuevo relato de la creación, en Gen 2, 5-25), sino que ambos han surgido al mismo tiempo, como seres complementarios de una humanidad dual. Conforme a este pasaje, el anêr/varón fariseo (Mc 10, 2) no puede arrogarse el poder de expulsar a la gynê/mujer, pues ambos se hallan principio en igualdad, sin que uno pueda presentarse como superior al otro. Según eso, la superioridad del varón sobre la mujer en el caso del matrimonio va en contra del relato originario de la creación en Gen 1, 27

‒ Según Gen 2, 24, el anthropos/varón dejará al padre/madre y se unirá a su gynê/mujer y serán ambos una sóla sarx o realidad humana(Mc 10, 7-8). Pasamos así de Gen 1 (texto más sacerdotal), donde varón y mujer se hallaban juntos, desde el principio) a Gen 2 (más profético), donde parece que la historia empieza a contarse desde la perspectiva del varón/Adán, del que provendría la mujer/Eva), pero añadiendo, en ese mismo contexto, que, para realizarse en su verdad, el hombre/varón ha de «superar» su origen (padre/madre) y vincularse en unidad definitiva y concreta con su esposa (formando una sarx con ella). En esa línea, el mismo varón, que podría parecer anterior a la mujer, debe superar su origen (padre y madre), para vincularse ella de manera definitiva.

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El problema del divorcio y la bendición de los niños. Domingo XXVII. Ciclo B

domingo, 3 de octubre de 2021
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divorcio1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La formación de los discípulos, a la que Marcos dedica la segunda parte de su evangelio, abarca aspectos muy diversos y no sigue un orden lógico. Si el domingo pasado se habló de amigos y enemigos, y del problema del escándalo, el evangelio de hoy se centra en el divorcio. El relato contiene dos escenas: en la primera, los fariseos preguntan a Jesús si se puede repudiar a la mujer, y reciben su respuesta (10,2-9); en la segunda, una vez en la casa, los discípulos insisten sobre el tema y reciben nueva respuesta (10,10-12). Aquí terminaría la lectura breve que permite la liturgia. La larga añade el episodio de la bendición de los niños (10,13-16), muy relacionado con lo anterior, porque mujeres y niños son los seres más débiles de la sociedad familiar. Y Jesús se pone de su parte.

El ideal inicial del matrimonio (Génesis 2,18-24)

En el Génesis, Dios no crea a la mujer para torturar al varón (como en el mito griego de Pandora), sino como un complemento íntimo, hasta el punto de formar una sola carne. En el plan inicial no cabe que el hombre abandone a su mujer; a quienes debe abandonar es a su padre y a su madre, para formar una nueva familia. Las palabras de Génesis 1,27 sugieren claramente la indisolubilidad del matrimonio: el varón y la mujer se convierten en un solo ser.

El Señor Dios se dijo:

-No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle a alguien como él, que le ayude.

Entonces el Señor Dios modeló de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó a Adán, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que Adán le pusiera. Así Adán puso nombre a todos los ganados, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontró ninguno como él, que le ayudase.

Entonces el Señor Dios hizo caer un letargo sobre Adán, que se durmió; le sacó una costilla, y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios formó, de la costilla que había sacado de Adán, una mujer, y se la presentó a Adán. Adán dijo:

-¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer”, porque ha salido del varón.

Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. 

La triste realidad del divorcio

De acuerdo con lo anterior, cualquier judío sabe que Dios crea al hombre y a la mujer para que se compenetren y complemen­ten. Pero también sabe que los problemas matrimoniales comienzan con Adán y Eva. El matrimonio, incluso en una época en la que la unión íntima y la convivencia amistosa no eran los valores primordiales, se presta a graves conflictos.

Por eso, desde antiguo se admite, como en otros pueblos orientales, la posibilidad del divorcio. Más aún, la tradición rabínica piensa que el divorcio es un privilegio exclusivo de Israel. El Targum Palestinense (Qid. 1,58c, 16ss) pone en boca de Dios las siguientes palabras: «En Israel he dado yo separación, pero no he dado separación en las naciones»; tan sólo en Israel «ha unido Dios su nombre al divorcio».

La ley del divorcio se encuentra en el Deuteronomio, capítulo 24,1ss donde se estipula lo siguiente: «Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa…»

Un detalle que llama la atención en esta ley es su tremendo machismo: sólo el varón puede repudiar y expulsar de la casa. En la perspectiva de la época tiene su lógica, ya que la mujer se parece bastante a un objeto que se compra (como un televisor o un frigorífico), y que se puede devolver si no termina convenciendo. Sin embargo, aunque la sensibilidad de hace veinte siglos fuera distinta de la nuestra (tanto entre los hombres como entre las mujeres), es indudable que unas personas podían ser más sensibles que otras al destino de la mujer. Este detalle es muy interesante para comprender la postura de Jesús. En cualquier caso, la ley es conocida y admitida por todos los grupos religiosos judíos. Por eso resulta desconcertante, a primera vista, la pregunta de los fariseos a Jesús.

Los fariseos y Jesús (Mc 10,2-9)

En aquel tiempo, acercándose unos fariseos, preguntaban a Jesús para ponerlo a prueba:

‒ ¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer?

Él les replicó:

‒ ¿Qué os ha mandado Moisés?

Contestaron:

‒ Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.

5Jesús les dijo:

‒Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto. Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

Cualquier judío piadoso habría respondido: «Sí, el hombre puede repudiar a su mujer». Sin embargo, Jesús, además de ser un judío piadoso, se muestra muy cercano a las mujeres, las acepta en su grupo, permite que lo acompañen. ¿Estará de acuerdo con que el hombre repudie a su mujer? Así se comprende el comentario que añade Mc: le preguntaban «para ponerlo a prueba». Los fariseos quieren colocar a Jesús entre la espada y la pared: entre la dignidad de la mujer y la fidelidad a la ley de Moisés. En cualquier opción que haga, quedará mal: ante sus seguidoras, o ante el pueblo y las autoridades religiosas.

La reacción de Jesús es tan atrevida como inteligente. Porque él también va a poner a los fariseos entre la espada y la pared: entre Dios y Moisés. Empieza con una pregunta muy sencilla: «¿Qué os ha mandado Moisés?». Luego contraataca, distinguiendo entre lo que escribió Moisés en determinado momento y lo que Dios proyectó al comienzo de la historia humana. Al recordar «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre», Jesús rechaza de entrada cualquier motivo de divorcio.

La aceptación posterior del repudio por parte de Moisés no constituye algo ideal, sino que se debió a «vuestro carácter obstinado». Esta interpretación de Jesús supone una gran novedad, porque sitúa la ley de Moisés en su contexto histórico. La tendencia espontánea del judío era considerar toda la Torá (el Pentateuco) como un bloque inmutable y sin fisuras. Algunos rabinos condenaban como herejes a los que decían: «Toda la Ley de Moisés es de Dios, menos tal frase». Jesús, en cambio, distingue entre el proyecto inicial de Dios y las interpretaciones posteriores, que no tienen el mismo valor e incluso pueden ir en contra de ese proyecto.

Los discípulos y Jesús (Mc 10,10-12)

En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo:

‒Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

  Esta escena saca las conclusiones prácticas de la anterior, tanto para el varón como para la mujer que se divorcian. Las palabras: Si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio, cuentan con la posibilidad de que la mujer se divorcie, cosa que la ley judía solo contemplaba en el caso de que la profesión del marido hiciese insoportable la convivencia, como era el caso de los curtidores, que debían usar unos líquidos pestilentes. En cambio, la legislación romana admitía que la mujer pudiera divorciarse. Por eso, algunos autores ven aquí un indicio de que el evangelio de Marcos fue escrito para la comunidad de Roma. Aunque en los cinco primeros siglos de la historia de Roma (VIII-III a.C.) no se conoció el divorcio, más tarde se introdujo.

Reflexión sobre el divorcio

Cada vez que se lee este evangelio en la misa, donde los matrimonios que participan no están pensando en divorciarse, y las religiosas no pueden hacerlo, cabe pensar que podría haber sido sustituido por otro. Sin embargo, la realidad del divorcio se ha difundido tanto en los últimos años, y afecta de manera tan directa a muchas familias cristianas, que es bueno recordar el ideal propuesto por el Génesis de la compenetración plena entre el varón y la mujer. Hay motivos para que los que siguen unidos den gracias a Dios y para pedir por los que se hallan en crisis y por los que han emprendido una nueva vida.

Los niños, los discípulos y Jesús (10,13-16)

La escena anterior ha tenido lugar «en casa». Ahora se supone que han salido a la calle y ocurre lo siguiente.

Acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos los regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo:

-Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño no entrará en él.

Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos.

Si llevan los niños a Jesús para que los toque, es porque sus padres piensan que el contacto físico con un personaje religioso excepcional será beneficioso para ellos.

¿Por qué los reprenden los discípulos? ¿Porque molestan a Jesús? ¿Porque lo distraen de cosas más importantes? En el fondo, late la idea de que los niños no merecen atención.

La importancia de los niños en relación con el reinado de Dios la hemos visto en el Domingo 25, a propósito de Mc 9,36-37. A lo comentado entonces podemos añadir que en Israel se valoraba especialmente la inocencia de los niños; un midrás tardío decía que la Sekiná marchó al destierro, no con el Sanedrín ni con las secciones sacerdotales, sino con los niños (Eka Rabbati 1,6).

Al final, los padres obtienen mucho más de lo pedían. Querían que Jesús tocase a sus hijos. Él los toma en brazos y los bendice.

Reflexión sobre el bautismo de niños

Desde el siglo II hasta san Agustín se discutió acaloradamente en la Iglesia si los niños debían ser bautizados, o debía esperarse a que fueran adultos. En nuestros tiempos vuelve a plantearse el problema. Lo que no admite duda es que el niño bautizado recibe el reino de Dios como puro regalo, sin mérito alguno, por la fe de sus padres. En este sentido, es un ejemplo perfecto para quienes piensan que forman parte de Dios por sus propios méritos. Nos invitan a todos a recordar nuestro bautismo con agradecimiento y humildad.

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Domingo XXVII del Tiempo Ordinario. 03 de octubre de 2021

domingo, 3 de octubre de 2021
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Al verlo, Jesús se enfadó”.

(Mc 10, 2-16)

El evangelio de hoy viene con un paréntesis. Hay un texto entre paréntesis que puede omitirse por razones pastorales. Sucede en más de una ocasión y es cierto que a veces el texto es muy largo pero en lugar de quitarle al evangelio podríamos acortar homilías…

Nos racionan el evangelio igual que la comunión. Las formas con las que comulgamos se parecen poco al pan que se come en una cena.

Sea como sea cuesta creer que exista alguna razón pastoral por la cual haya que omitir estos tres versículos de hoy, en un evangelio que, por otra parte, es corto.

Es cierto que parece que habla de dos temas que no tienen nada que ver. Por un lado, la obstinación de los varones con el divorcio. Por el otro, los niños que se acercan a Jesús.

Lo que hay de fondo es lo mismo: exclusión. Los varones (los judíos y los discípulos) están a favor de excluir a las mujeres, dejarlas fuera. Y los discípulos también quieren dejar fuera a los niños. Excluirlos. Impedir que toquen a Jesús.

Es la tentación del poder que nos hace creer que solo un pequeño grupo, o una sola persona es la que conoce y sabe lo que es mejor para todas las demás. A más poder, mayor tentación. Y cuántos más años se ostenta el poder más nos aliamos con él. Hasta el punto de volvernos ciegas a nuestras propias injusticias.

Todos los poderes son peligrosos pero quizá el peor de todos es el poder “religioso” que en último término nos hace creer que nuestro punto de vista es la voluntad de Dios.

Jesús no se cansó de advertirnos en este sentido: “No llaméis Padre…”, “escoged el último puesto”, “el que quiera ser el primero…” Nos sabemos de memoria las palabras de Jesús, pero aun así caemos una y otra vez.

Es muy complicado ser hermanas y hermanos, siempre buscamos algo que nos coloque en un escalafón diferente. “Que si yo llevo ya muchos años”, “que si a mí me han encargado esto…” Nos guste o no todos tenemos dentro el virus de la exclusión y más activo de lo que queremos reconocer.

Tan familiar que ni lo vemos y todos sus efectos nos parecen razonablemente justificables. Lo que en otras personas apuntamos como pecado, racismo o exclusión, cuando está en nuestro “haber” le cambiamos el nombre. Si negamos información a alguien es para su bien o por el bien de una tercera persona. Cuando no escuchamos a alguien es porque no sabe del tema.

Nuestra empatía no es tan amplia y acogedora como nos gustaría y lo más fácil es “culpar” al otro, como hacían los varones al excluir a las mujeres o como hacían los discípulos al excluir a los niños.

Oración

Trinidad Santa, no permitas que ande buscando piedras con las que castigar a las demás cuando mi pecado es el mismo. Amén.

 

 

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa 

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El matrimonio es el marco más adecuado para una plena humanización.

domingo, 3 de octubre de 2021
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matrimoniogay1Mc 10, 2-16

Seguimos en el contexto de subida a Jerusalén y la instrucción a los discípulos. La pregunta de los fariseos, tal como la formula Marcos, no es verosímil. El divorcio estaba admitido por todos. Lo que se discutía eran los motivos que podían justificar un divorcio. En el texto paralelo de Mateo dice: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo? Esto sí tiene sentido, porque lo que buscaban los fariseos era meter a Jesús en la discusión de escuela.

En tiempo de Jesús el matrimonio era un contrato entre familias. Ni el amor ni los novios tenían nada que ver con en el asunto. La mujer pasaba de ser propiedad del padre a ser propiedad del marido. El divorcio era renunciar a una propiedad que solo podía hacer el propietario, el marido. Querer entender el evangelio desde nuestra perspectiva actual es una quimera. Los conocimientos humanos que hoy tenemos nos obligan a otro planteamiento.

No podemos hablar hoy de matrimonio sin hablar de sexualidad; y no podemos hablar de sexualidad sin hablar del amor y de la familia. Son los cuatro pilares donde se desarrolla una verdadera humanidad. En la materia que más puede afectar al progreso de lo específicamente humano, debemos aprovechar al máximo los conocimientos de las ciencias humanas y no quedarnos anclados en visiones arcaicas, por muy espirituales que parezcan.

El matrimonio es el estado natural de un ser humano adulto. En el matrimonio se despliega el instinto más potente del hombre. Todo ser humano es por su misma naturaleza sexuado. Bien entendido que la sexualidad es algo mucho más profundo que unos atributos biológicos externos. ¡Cuánto sufrimiento se hubiera evitado y se puede evitar aún si se tuviera esto en cuenta! La sexualidad es una actitud vital instintiva que lleva al individuo a sentirse varón o mujer y le permite desplegar la naturaleza característica de cada sexo.

La base fundamental de un matrimonio está en una adecuada sexualidad. Un verdadero matrimonio debe sacar todo el jugo posible de esa tendencia, humanizándola al máximo. La capacidad humana consiste en la posibilidad de darse al otro y ayudarle a ser él, sintiendo que en ese darse, encuentra su propia plenitud. En esta posibilidad de humanización no hay límites. Es verdad que tampoco los hay al utilizar la sexualidad para deshumanizarse. La línea divisoria es tan sutil que la mayoría de los seres humanos no llegan a percibirla.

Lo importante no es el acto sino la actitud de cada persona. Siempre que se busca por encima de todo el bien del otro y es expresión de verdadero amor, la sexualidad humaniza a ambos. Siempre que se busca en primer lugar el placer personal, utilizando al otro como instrumento, deshumaniza. El matrimonio no es un estado en que todo está permitido. Estoy convencido de que hay más abusos sexuales dentro del matrimonio que fuera de él.

Hoy no tiene sentido hablar de matrimonio sin dejar claro lo que es el amor. Si una relación de pareja no está fundamentada en el verdadero amor, no tiene nada de humana. Pero lo complicado es aquilatar lo que queremos decir con amor. Es una palabra tan manoseada que es imposible adivinar lo que queremos decir con ella en cada caso. Al más refinado de los egoísmos, que es aprovecharse de lo más íntimo del otro, también le llamamos amor.

El afán de buscar el beneficio personal arruina toda posibilidad de unas relaciones humanas. Esta búsqueda del otro, para satisfacer mis necesidades, anula todas las posibilidades de una relación de pareja. Desde la perspectiva hedonista, la pareja estará fundamentada en lo que el otro me aporta, nunca en lo que yo puedo darle. La consecuencia es nefasta: las parejas solo se mantienen mientras se consiga un equilibrio de intereses mutuos.

Esta es la razón por la que más de la mitad de los matrimonios se rompen, sin contar los que hoy ni siquiera se plantean la unión estable sino que se conforman con sacar en cada instante el mayor provecho de cualquier relación personal. Desde estas perspectivas, por mucho que sea lo que una persona me está dando, en cualquier momento puedo descubrir a otra que me puede dar más. Ya no tendré motivos para seguir con la primera. También puede darse el caso de encontrar otra persona que dándome lo mismo, me exige menos.

El amor consiste en desplegar la capacidad de darse sin esperar nada a cambio. No tiene más límites que los que ponga el que ama. Aquel a quien se ama no puede poner los límites. Pero la superación del falso yo y el descubrimiento de mi auténtico ser es limitado y debo reconocerlo. Debemos tomar conciencia clara de cuál es la diferencia entre el servicio y el servilismo. Jesús dijo que tan letal es el someter al otro como dejarse someter. Si la pareja ha superado mi capacidad de aguante, debo evitar que me someta y aniquile.

Desde nuestro punto de vista cristiano, tenemos un despiste monumental sobre lo que es el sacramento. Para que haya sacramento, no basta con ser creyente e ir a la iglesia. Es imprescindible el mutuo y auténtico amor. Con esas tres palabras, que he subrayado, estamos acotando hasta extremos increíbles la posibilidad real del sacramento. Un verdadero amor es algo que no debemos dar por supuesto. El amor no es puro instinto, no es pasión, no es interés, no es simple amistad, no es el deseo de que otro me quiera. Todas esas realidades son positivas, pero no son suficientes para el logro de una mayor humanidad.

Cuando decimos que el matrimonio es indisoluble, nos estamos refiriendo a una unión fundamentada en un amor auténtico, que puede darse entre creyentes o no creyentes. Puede haber verdadero amor humano-divino aunque no se crea explícitamente en Dios, o no se pertenezca a una religión. Es impensable un auténtico amor si está condicionado a un limitado espacio de tiempo. Un verdadero amor es indestructible. Si he elegido una persona para volcarme con todo lo que soy y así desplegar mi humanidad, nada me podrá detener.

El divorcio, entendido como ruptura del sacramento, es una palabra vacía de contenido para el creyente. La Iglesia hace muy bien en no darle cabida en su vocabulario. No es tan difícil de comprender. Solo si hay verdadero amor hay sacramento. La mejor prueba de que no existió auténtico amor, es que en un momento determinado se termina. Es frecuente oír hablar de un amor que se acabó. Ese amor, que ha terminado, ha sido siempre un falso amor, es decir, egoísmo que solo pretendía el provecho personal interesado y egoísta.

Los seres humanos nos podemos equivocar, incluso en materia tan importante como esta. ¿Qué pasa, cuando dos personas creyeron que había verdadero amor y en el fondo no había más que interés recíproco? Hay que reconocer sin ambages que no hubo sacramento. Por eso la Iglesia solo reconoce la nulidad, es decir, una declaración de que no hubo verdadero sacramento. Y no hacer falta un proceso judicial para demostrarlo. Es muy sencillo: si en un momento determinado no hay amor, nunca hubo verdadero amor y no hubo sacramento.

Fray Marcos

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El amor conyugal.

domingo, 3 de octubre de 2021
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los_amores_oscurosMc 10, 2-16

«Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre»

Sin ánimo de interpretar el texto, sino de reflexionar sobre él, vemos que la respuesta de Jesús va, como siempre, mucho más allá de la pregunta planteada: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse dándole acta de repudio a su mujer? … Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre»… Tradicionalmente hemos caído en el error de pensar que Dios une por medio del sacerdote y a través del rito matrimonial, pero no es así. La unión ya existía desde mucho antes de llegar a la ceremonia, y esa unión que proclama el oficiante es en unos casos obra de Dios… y en otros no.

Dios une en el amor, y el amor conyugal es probablemente la experiencia que más nos acerca a Dios; su mejor reflejo; lo que más nos ayuda a intuir su esencia. Es por ello que esta unión siempre se ha considerado un sacramento; es decir, un hito excepcional en el encuentro con Dios. Nos equivocamos al identificar el sacramento con la ceremonia; la ceremonia es solo el signo, el sacramento es la vida en común de los esposos.

Esta unión basada en el amor es indisoluble, y el hombre no puede separarla porque es mucho más fuerte que él. Pero no debemos olvidar que el amor no es el único vínculo que lleva a una pareja al pie del altar, pues las hay que llegan unidas por el dinero, la conveniencia social, los intereses familiares o la mera atracción física… No parece que Dios haya tenido mucho que ver en ellas, y por tanto serán efímeras (a no ser que de ese primer vínculo surja el amor).

Tampoco todo lo que parece amor es amor. Muchas parejas se casan muy enamoradas y luego fracasan, y la causa está en que el enamoramiento se parece mucho al amor —Fromm lo define como una intoxicación por amor—, pero no es amor, y por tanto, no basta y produce uniones precarias… Entonces, ¿cómo distinguir el amor verdadero de lo que no lo es?

El amor se manifiesta en un deseo de la felicidad del otro, en sentirse bien si el otro está bien aun cuando esto suponga sacrificio propio. Porque amar es básicamente dar, no recibir. La esfera más importante del dar es el dar de sí mismo y cuando se da así, no se puede dejar de recibir; de hacer de la otra persona un dador, y compartir ambos la alegría de lo que han creado (Fromm).

El enamoramiento es pasión —somos pasivos ante él— y el amor es esencialmente acción, y por ello, el salto del uno al otro requiere esfuerzo, trabajo, respeto y compromiso… No es gratis, pero cuando se logra, todo esfuerzo parece poco.

Un último apunte. La Iglesia  se basa en el texto del evangelio de hoy para defender a ultranza el ideal del matrimonio indisoluble basado en el amor. Y es un ideal admirable que se funda en una de las manifestaciones humanas más positivas y humanizadoras como es el amor conyugal. Pero un ideal es un ideal, y no es bueno convertirlo en una exigencia cuya quiebra lleve aparejada un alejamiento de Dios y de la Iglesia.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Igualdad del hombre y la mujer.

domingo, 3 de octubre de 2021
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NO VIVIMOS EL PLAN DE DIOS DESDE LA CREACIÓN Y ASÍ NOS VA

Vaya por delante que es únicamente por el compromiso adquirido con Fe Adulta de comentar la liturgia de este domingo, que me dispongo a escribir unas letras porque si por mí fuera, no gastaría ni tinta ni esfuerzo en comentar unas lecturas en las que tenemos que emplear un montón de tiempo en explicar lo que no quieren decir, y entresacar el auténtico mensaje de liberación y de vuelta a los orígenes al principio de la Creación.

Por eso, resulta muy doloroso, y quienes establecen los textos bíblicos para las lecturas litúrgicas tendrían que saberlo, volver una y otra vez a escuchar esos pasajes que no nos proporcionan un juicio moral de Jesús ante situaciones como el divorcio, porque ese no era en ningún momento su propósito, y sin embargo nos vuelven a recordar que no vivimos el ideal por el que fuimos creados: la igualdad, la mutualidad, la complementación entre los sexos.

La cuestión del evangelio del domingo se centra en la pregunta con doble intención por parte de los fariseos a Jesús sobre si le está permitido al marido repudiar a la mujer. ¿Por qué le hacen esa pregunta si saben que la ley mosaica lo permite? ¿Qué quieren, que Jesús diga que no, y “pillarle” contradiciendo la ley de Dios dada a Moisés?

Para darles respuesta Jesús se remonta al Génesis (parte del texto que se nos presenta como primera lectura de la liturgia de hoy) Gn 2: 18-24. “Dios los hizo varón y hembra por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y serán los dos un solo ser; de modo que ya no son dos, sino un solo ser”.

Por lo obstinados que sois”… les dice Jesús os dejó escrito Moisés ese mandamiento. El plan de Dios era otro muy distinto…pero el egoísmo, la búsqueda de placer instantáneo, la falta de compromiso real en una relación de amor maduro lleva a “destrozar” la vida de tantas mujeres que a lo largo de la historia han sido y siguen siendo tratadas como objetos.

Jesús, con su predicación del Reino de Dios, cimienta las relaciones humanas en el amor, en el entendimiento mutuo, en el respeto y en el servicio bien entendido. Precisamente Jesús nos presenta a un Dios Abba que está por encima de la ley y los preceptos: la ley mata, el espíritu da vida.

Resulta imposible reconciliar el Dios ley y el Dios Abba de Jesús. Son dos lenguajes tan diferentes, dos experiencias tan distintas que solo pueden llevar al conflicto.

¿Buscamos en Jesús respuestas a cuestiones concretas que tienen que ver con las decisiones morales? Jesús apela a nuestra conciencia, a nuestra dignidad, de manera personal. No hay una ley que aplique a todos los casos por igual.

Y además, ¿cómo vamos a entender esa pregunta hoy cuando en aquellos tiempos la mujer era vista como propiedad del marido, su alianza de matrimonio era algo acordado entre dos varones: él y el padre de la novia? Se podía deshacer de ella como quien se deshace de algo que ya no le sirve. ¿Cómo podemos usar este texto para decir que en nuestra religión no aceptamos el divorcio? ¿Tenía entonces la mujer alguna posibilidad de romper el compromiso con su marido?

Recientemente, ante la noticia de la vuelta de los talibanes al gobierno de Afganistán después de tantos años de guerra, el mundo occidental se ha puesto en pie y reaccionamos entre otras cosas a su “maltrato y abuso” de las mujeres.

Las mujeres estamos cansadas de tener que defender nuestros derechos con respecto a los varones en múltiples áreas de nuestras vidas y cómo no, en la iglesia católica. Sí, puntualizo en la iglesia católica, porque otras iglesias cristianas hace tiempo que se han dado cuenta de que el patriarcado ha dominado durante demasiados siglos nuestras culturas y también ¡cómo no!, nuestra manera de hacer iglesia. No es que otras comunidades lo tengan ya todo conseguido, pero desde luego sus decisiones responden más a los signos de los tiempos que las nuestras.

No podemos admitir en pleno siglo XXI que las mujeres sigamos sufriendo el “dominio” de los varones. Sin embargo, nos deberíamos preguntar en nuestras comunidades cristianas, ¿cómo vivimos la igualdad, la mutualidad, la paridad entre mujeres y hombres? ¿Se hace real el mensaje de Jesús de liberación de cargas culturales, religiosas, tradiciones en lo que se refiere a los ministerios, las tomas de decisiones? LAS MUJERES DECIMOS QUE NO. El plan de Dios desde el principio de la creación no lo vivimos… y así nos va.

Carmen Notario, SFCC

Fuente espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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La verdad, realidad y tarea.

domingo, 3 de octubre de 2021
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66800546-02F8-4F14-9CF2-87DC5F4D3E83Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

3 octubre 2021

Mc 10, 2-16

Suele ser habitual que los seguidores de una religión –en particular, de las llamadas “religiones del libro” o teístas– absoluticen los textos fundantes de la misma. El motivo es creer que tales textos provienen directamente de Dios mismo. El riesgo grave –dejando aparte las peleas internas motivadas por la existencia de interpretaciones diferentes– es caer en algún tipo de fundamentalismo que pretende someter la realidad presente a la exigencia de aquellos textos, erigidos en criterio absoluto de juicio.

En realidad, el riesgo es triple: en primer lugar, porque el fundamentalismo ignora en la práctica el cambio social y cultural, con las consecuencias que ello implica. En segundo lugar, porque exige una heteronomía que puede llegar a ser alienante, al promover la adhesión a unas creencias, en lugar de estimular la búsqueda autónoma que responda lo más adecuadamente posible a cuestiones presentes. Y, en tercer lugar, porque esa misma adhesión previa a unos textos concretos actúa como factor de separación e incluso de enfrentamiento con otras personas y grupos que no comparten su creencia.

Solo una actitud fundamentalista puede sostener la pretensión de hablar sobre cuestiones como el divorcio o la homosexualidad a partir de textos de hace dos mil años. Desde ella, los exegetas -o “interpretadores” de los textos- se enzarzan en discusiones tan estériles como interminables.

La verdad no cabe en la mente… ni es posible encerrarla en ningún texto escrito, por más que se proclame “revelado”. Esa es nuestra paradoja: somos verdad, pero no podemos poseer la verdad. El mismo Jesús, hombre sabio, dijo “Yo soy la verdad”, pero nunca dijo “Yo tengo la verdad”. Y eso es aplicable para todos nosotros: nuestra identidad profunda es verdad, bondad y belleza, una con todo lo que es; pero, en el día a día, hemos de ir “construyendo” -o descubriendo- la verdad en todo nuestro mundo personal. Por lo que, cuanto más en conexión vivamos con nuestra identidad profunda -en el silencio de la mente pensante-, más estaremos posibilitando que la verdad se abra camino a través de nuestra persona. A más identificación con el ego, más ignorancia y confusión; a más desidentificación, más verdad.

Por todo ello, frente al fundamentalismo y su pretensión de poseer la verdad, no encuentro palabras más sabias que las del poeta Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

¿Soy capaz de cuestionar todas mis construcciones mentales?


Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

 

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¿Y qué es lo que Dios ha unido?

domingo, 3 de octubre de 2021
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hqdefaultDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Afectividad – sexualidad.

Todos los humanos, hombres y mujeres, casados y célibes, quedamos emplazados en la vida ante estas cuestiones del amor, afectividad, sexualidad, amistad, familia, etc. Todos vivimos obligados a tomar decisiones ante la experiencia fundamental del amor-afectividad. Esta cuestión es de tal calado que de ella depende el equilibrio, la madurez y la felicidad de cada persona.

El amor es el campo donde más se sufre, se goza, se fracasa y también se realiza la persona humana.

  1. Ha cambiado mucho la sociología de la sexualidad y del matrimonio.

En 2019 se celebraron 165.578 bodas en toda España. 129.240 fueron civiles.

El 80 % de los matrimonios celebrados en España son civiles. (En el País Vasco el número de matrimonios civiles alcanza el 87,4%) Por tanto, solamente el 20% de los matrimonios son canónicos.

Por otra parte, en el plano de la sexualidad, afectividad, etc. estamos viviendo notables cambios culturales y sociológicos que -según me parece- no están del todo resueltos:

  • o El gran movimiento feminista está haciendo que el papel de la mujer haya cambiado y mejorado notablemente en la sociedad: en cuanto a respeto hacia su dignidad, trabajos y competencias fuera del hogar, fuente de economía. Esto planteará otros problemas, como cuál sea el·”rol” de hombre y mujer, ¿quién cuida los hijos? (¿terminarán en casa de ó con los abuelos?)
  • o La familia era amplia en la sociedad rural: en el caserío, en el pueblo rural las familias tenían muchos miembros, hijos, nietos, algunos tíos que quedaban “descolgados”. Hoy la familia es “mínima”, los pisos no tienen ni la amplitud del caserío, ni la vida más sencilla del mundo rural. El consumismo tampoco permite tener muchos hijos.
  • o La concepción de la sexualidad hoy en día es muy diversa a la que tradicionalmente hemos conocido: homosexualidad, transexualidad, etc. / LGBT es la sigla compuesta por las iniciales de las palabras Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgénero. Esta visión de la swexualidad “está ahí” en la sociedad, no sé si bien o mal resueltas.
  1. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

    Recojamos las palabras de Jesús: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Bueno pero ¿qué es lo que Dios ha unido? Entendemos que Dios ha unido en amor a dos personas que se quieren.

Pero, ¿Qué hacer cuando -por las razones que fueren- desaparece el amor y no se quieren? No quedan sino los papeles, “papel mojado” decimos en castellano. Y Dios no mantiene una unión, que ya no es unión. Dios no pretende una unión meramente legal, unos papeles firmados, una “unión” que en muchos casos es un infierno. Dios no quiere infiernos para nadie.

Infidelidades profundas, desavenencias, enfermedades ocultas, conflictos, interferencias familiares, etc. pueden hacer que un matrimonio sea ya inviable.

Al menos la Iglesia debiera mostrarse comprensiva y bondadosa con quienes han visto fracasar su amor.

  1. Tras un accidente, todo el mundo tiene derecho a curarse.

    Tras un fracaso, tras una ruptura matrimonial, todo el mundo tiene derecho a recomponer y reestructurar su vida. Los separados / divorciados también. Y en el plano eclesial pastoral los divorciados / separados merecen un trato, un tratamiento mejor que el que la Iglesia les da.

El papa Francisco es muy consciente de ello:

«A veces la separación puede incluso ser moralmente necesaria cuando se intenta proteger al cónyuge más débil o a los hijos más pequeños de las heridas causadas por la prepotencia, la violencia, la humillación, la extrañeza y la indiferencia». (24.06.2015)

Pero no se han dado más pasos. Francisco lo tiene muy difícil para reformar esta y otras cuestiones

En todo caso, no seamos legalista ni en esto ni en nada y tengamos siempre misericordia con quien se ha divorciado o ha fracaso en su vida afectiva, matrimonial.

  1. Frivolidad y fidelidad.

    Los criterios y esquemas de vida con los que funcionamos tampoco ayudan mucho a pensar y preparar matrimonios y familias.

La confusión entre placer y felicidad, entre erotismo y amor, el desajuste entre eros y ágape, el deseo de una vida cómoda, rápida, etc. no contribuyen a una madurez personal y convivencial.

No todo en la vida es de color de rosa, ni es todo sencillo y feliz. La vida tiene momentos y etapas de esfuerzo y sufrientes. La convivencia es hermosa y dura al mismo tiempo. ¿Dónde y en qué pueblo, familia, comunidad, parroquia, etc. no hay discrepancias, conflictos y sufrimiento?

La vida es placer y muerte: eros y thanatos, decía Freud.

    En una sociedad tan erotizada, que vive o propone como “paraíso terrenal” casi exclusivamente el eros, es muy difícil ¿imposible? que se pueda vivir una madurez afectiva.

    Por otra parte quizás hemos olvidado la fidelidad, la lealtad a los compromisos adquiridos en la vida con nosotros mismos y con las personas: compromisos de matrimonio, de vocación, de responsabilidades, de fidelidad a los talentos que Dios nos ha dado.

    El ágape, el amor la entrega y la donación personal enmarca bien la amistad y el eros.

    Los divorcios y separaciones quizás disminuyan en la medida que el amor (ágape) forme parte también de la vida.

Permanezcamos en el amor

y que lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

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“Desempolvar a Dios”, por Gema Juan OCD

viernes, 1 de octubre de 2021
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15243177266_e7e4107ab9_mHoy celebramos la fiesta de Teresa de Lisieux,  mujer excepcional,  profeta, poeta, escritora, mística y monja. Disfrutemos de este texto que nos acerca a su espiritualidad de confianza y que “desempolvamos” del archivo de  Cristianos Gays:

Leído en el blog Juntos Andemos:

Los evangelios, escritos por manos diferentes, en situaciones distintas y para comunidades diversas, tienen muchas cosas en común. La principal es la necesidad transmitir la buena noticia que es Jesús y con Él, la alegría de recuperar a Dios, al Dios verdadero.

Los evangelistas querían sanear la idea que las gentes tenían de Dios, porque les importaba su felicidad y una idea equivocada de Él podía generar mucha angustia y tristeza; pues Dios pasaba de ser el aliento y la bondad que sostiene la vida, a ser un quisquilloso supervisor.

Jesús quitaba vendas de los ojos y devolvía la voz a quienes la habían perdido, desataba los pies trabados y reponía la fuerza a los que encallaban en la arena de la vida. Lo hacía con una ternura conmovedora, que dejaba ver la pasión que le movía, la que le llevaba a sacudir los cimientos de su religión y a desmontar comercios y marañas espirituales que ahogaban la fe. Cerraba grietas, para que no se desangrara ningún inocente y abría unas entrañas maternas infinitas, para que nadie, absolutamente nadie, pensara que tenía cerrado el acceso a Dios.

Jesús hablaba así de su Padre. Pero con el tiempo, esa imagen se cubrió de polvo y apenas se podía ver su verdadero rostro. Tanto amor revelaba un Dios que no tenía fronteras, que no ponía límites a su bondad. Y eso tambaleaba la imagen de un Dios justo, que «premia a los buenos y castiga a los malos». Rompía las reglas de un juego establecido.

Desempolvar al Dios verdadero ha sido tarea de muchos creyentes y todavía es una tarea necesaria hoy. Sacarle de las alacenas, por más honorables que sean estas. Quitar la máquina registradora, no llevar cuentas, no tener resguardos ni hacer negocios con Él.

Una mujer, que se reconoció entre aquellos de los que Jesús decía: «Dejad que se acerquen a mí», que se veía entre los menores y menos considerados, quitó una gruesa capa de polvo al buen Dios. Era muy cuidadosa y no perdía ocasión de agradarle y mostrarle su amor. Pero tenía una intuición: el amor era confiar sin límites y solo la confianza podía unir a Dios.

Así fue desempolvando y redescubriendo al Dios de Jesús. Conforme avanzaba, quedaban más lejos de ella los usos de su tiempo: un tiempo consagrado a un Dios más justiciero que justo, un Dios que pagaba a sus fieles y castigaba a los insumisos. Y un tiempo donde servir a Dios tenía un camino por excelencia: hacer méritos y sufrir por Él.

couv5850g_260Teresa de Lisieux, muy cerca siempre de Jesús, fue desmontando falsos altares. No siguió un camino confortable, pero tenía una fe muy profunda y una sinceridad extraordinaria. Con ambas cosas, trazó rutas sencillas de acceso al verdadero Dios. Sintió que no podía traficar con Él y no cedió a las presiones, a pesar de alejarse de los cánones de santidad del momento.

Se sentía íntimamente impulsada por el amor descubierto, por el Dios que «se hace mendigo de nuestro amor… Te aseguro que Dios es mucho mejor de lo que piensas» —le decía a su hermana Leonia. Y con ello advierte, todavía hoy, a todo el que se acerca a Dios.

Así es como llega a comprender una idea que compartirá con un hombre que nace poco después de su muerte, Dietrich Bonhoeffer. Los dos refrescan la idea de un Dios a quien no satisface el sacrificio por sí mismo, sino descubrir su misericordia en todo y aceptarla como un camino de seguimiento. El teólogo protestante y la monja carmelita se unen desempolvando el rostro de Dios.

Bonhoeffer señalaría un error importante: la creencia de que se sirve más a Dios en el sufrimiento que en la alegría. Y advertía que el seguimiento se realiza acogiendo su voluntad, sea cual sea. Si es a través de circunstancias amables, seguirle en ellas. Si es en el camino del sufrimiento, hacerlo igualmente. ¿Qué Dios sería ese a quien le fuera más grato el sufrimiento?

Teresa, en la última etapa de su vida, enferma ya, decía a su hermana Inés que en otro tiempo, para mortificarse, mientras comía pensaba en cosas repugnantes. Y le añadió: «Después, me pareció más sencillo ofrecerle a Dios lo que me gustaba». Ese es el Dios que descubre: un Dios que desea lo bueno para todos y que, por eso mismo, alienta la generosidad en cada corazón.

A Teresa le llevó un tiempo comprender que «fuera del amor nada puede hacernos gratos a Dios», que a Él solo el amor le sirve. Desde ahí llegaría a entender lo que el teólogo supo después, que servir a Dios es decir: «Hágase tu voluntad». «¡Nada de merecer! Dar gusto a Dios». De eso se trataba.

Con un humor delicioso, diría a la madre María de Gonzaga, que le hacía tener una estufilla en invierno: «Las demás se presentarán en el cielo con sus instrumentos de penitencia, y yo con un brasero, pero solo cuenta el amor y la obediencia». Cuenta decir: «Hágase».

Teresa decía: «Compruebo con gozo que, amándole a Él, se ha agrandado mi corazón, y se ha hecho capaz de dar a los que ama una ternura incomparablemente mayor que si se hubiese concentrado en un amor egoísta e infructuoso». El Dios desempolvado rescata lo mejor de los seres humanos. Por ello, merece la pena seguir quitando cualquier capa que cubra su verdad.

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Agustín Moreno Fernández: Los ejercicios de Ignacio de Loyola.

miércoles, 29 de septiembre de 2021
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F8C69C30-25F8-4C0E-8E4B-0EC2BDA90955Recensión del libro de Juan Antonio Estrada.

Este último libro de Juan Antonio Estrada viene a suponer, una vez más, una referencia ineludible en el panorama de los estudios sobre la religión en general, y entre aquellos que de forma interdisciplinar (concienzuda, fundamentada y sólidamente) entrecruzan la filosofía, la teología y otras disciplinas de las humanidades y las ciencias sociales, como la historia del cristianismo y la psicología en el volumen que nos ocupa. Muy particularmente, en esta ocasión, esta obra no puede ser obviada por quienes se interesen por la espiritualidad hoy, en concreto la cristiana y, en estas coordenadas, la de Ignacio de Loyola.

Juan Antonio Estrada. Los ejercicios de Ignacio de Loyola. Bilbao, Desclée De Brouwer, 2019

El estudio supone un comentario exhaustivo de sus ejercicios, conjugando la precisión del detalle y la visión panorámica. De la genealogía histórica a los caminos transitados por los ejercicios espirituales de san Ignacio a lo largo de los siglos, hasta llegar a la actualidad. Estos se comprenden en su integridad y en sus diversas versiones; en la plasmación de los debates interpretativos a su respecto; en la concreción de su práctica secular tanto en la Compañía de Jesús como en la Iglesia católica universal; a través de diversas ópticas, propias y ajenas, que el autor hace comunicar entre sí: de su inserción en la biografía de Ignacio y en sus coordenadas socio-históricas, culturales, religiosas, teológicas y espirituales del siglo XVI y sus antecedentes, a las interpretaciones efectuadas por planteamientos como la psicología de Jung, el estructuralismo de Barthes, o la teología de Rahner, en el siglo XX, por nombrar algunos ejemplos. A lo que hay que añadir la propia valoración experta del autor que, sin quedarse en una compilación de puntos de vista, realiza un balance crítico, ponderado, riguroso y ecuánime que posibilita el aggiornamento que él mismo propone para estos ejercicios espirituales como un clásico llamado a pervivir en el futuro más allá del contexto de la espiritualidad cristiana.

El libro Los ejercicios de Ignacio de Loyola es, pues, a un tiempo: un libro de historia, un libro de espiritualidad, un libro de teología, un libro de filosofía, una obra de carácter biográfico, psicológico, literario, amén de actual. Un estudio interdisciplinar que aborda, abarcando con una visión de 360º y de profundidad radiográfica, un texto del siglo XVI, a través de una profusa bibliografía especializada en las principales lenguas modernas, y en el que se ofrece una hermenéutica que poquísimas personas pueden forjar y aplicar, dadas las especialísimas virtudes y condiciones formativas, intelectuales y personales de su autor, como refleja su biografía pública, su trayectoria de indiscutible rigor y repercusión internacional, tanto en docencia como en investigación en filosofía y teología, y que no excluye el ámbito de los ejercicios espirituales. Entre otras virtudes, la honestidad con la verdad, la erudición al servicio de la propia creatividad y la autoexigencia, que aquí se hacen patentes, son dignas de destacar, como el hecho de que no se elude ninguna cuestión, por espinosa o prolija que pueda resultar.

El volumen se compone de siete capítulos: 1. Liberarse para encontrar a Dios. 2. Conciencia de pecado y división interna. 3. La cristología, un proyecto de sentido. 4. Discernir, buscar a Dios y elegir. 5. La crisis final del seguimiento. 6. Otra forma de ver la vida y 7. Las reglas para sentir en la Iglesia. Se va haciendo un recorrido por cada una de las cuatro semanas de las que se componen los ejercicios espirituales, considerando los diversos ejercicios, meditaciones y contemplaciones, estudiando también las reglas para el discernimiento de espíritus más propias para las dos primeras semanas. Se conjugan la exposición, el análisis y la síntesis; las referencias históricas, eruditas y multidisciplinares, que alumbran las consideraciones propias de Estrada al respecto de cada cuestión. El autor recalca que estamos ante un texto muy peculiar, el de Ignacio, que es un método más que una doctrina (aunque no esté exento de presuposiciones doctrinales de todo tipo que se elucidan sin falta); el testimonio de una experiencia espiritual, hecha instrucción y reglas para aquellos que han de dar los ejercicios, que además es sometida al escrutinio de la psicología profunda, a la interpelación de la pregunta filosófica, al cuestionamiento histórico, crítico, teológico, hermenéutico, filológico, en un rico y continuo balance de perspectivas.

Entre las tensiones y dialécticas propias de Ignacio y sus ejercicios, así como en torno a su recepción y críticas (que en ocasiones tornan lo dialéctico en dilemático), podemos subrayar las siguientes entre: antropología y teología, libertad y gracia, orden natural y gracia sobrenatural, praxis y misticismo, teocentrismo y humanismo naturalista… No resultando extrañas consecuentemente, y como se dice reiteradamente en el libro, las acusaciones a Ignacio, ora sospechoso de pelagianismo, ora de iluminismo, o a la vez de ambas cosas. Entre las amplias y diversas evaluaciones de Estrada al respecto del santo de Loyola y el mundo de referencias de su método de ejercitación espiritual, citamos algunas a modo de ejemplo. El cuestionamiento de la teología sacrificial anselmiana de la que es deudor, más paulina que jesuana, y patente tanto en lo referido a la eucaristía como a la Pasión. O los déficits en la consideración ignaciana de la naturaleza intersubjetiva y social de la persona, que no se subraya, y su paradójico prácticamente olvido del Espíritu Santo, salvo alguna excepción, incluso en el discernimiento de espíritus, interpretado por Estrada como posible cautela ante las acusaciones de hereje iluminado en su época. Otro aspecto que se cuestiona, de nuevo no ajeno al tiempo en que vive el personaje, es el de una concepción periclitada de una eclesiología en tanto que jerarcología con “tendencia papalizante”, superada al menos documentalmente por el Concilio Vaticano II. Y, junto con ella, se revisa una concepción de la obediencia en nombre de Dios que va aparejada, y a través de la que se ha ejercido la manipulación legitimando arbitrariedades de la superioridad jerárquica en la orden jesuita y en la Iglesia. Una obediencia revestida de un carácter sacrificial, dolorista y hasta sadomasoquista incluyendo un instrumentalizado sacrificio del intelecto, que confunde la fe con el mantenimiento decisionista de un subproducto ideológico; apuesta ciega, sentimiento irracional y opción irresponsable, opuesta a su carácter personal y dialogal (en términos de W. Kasper, citado en la obra). Como advierte Estrada: “¡Y qué mayor presión que hacer, querer y pensar algo, en contra de las propias evidencias, en nombre de Dios!” (p. 396). Algo de lo que se han servido no pocos corruptores eclesiales hasta en los últimos tiempos protagonizando escándalos con no pocas víctimas. El autor del libro aboga explícitamente por “corregir la regla trece desde un “disentimiento” fiel a la Iglesia, que es lo que practicó Ignacio cuando se sintió movido a dificultar las decisiones del Papa”, en un ejercicio de la libertad (ejemplificado también a continuación con una referencia a la Congregación General 32 y el desacuerdo con Pablo VI al respecto de la discusión del cuarto voto en la orden).

Entre los aspectos que hacen que la espiritualidad ignaciana cobre especial resonancia en la actualidad se encuentran su sintonía con los vigentes planteamientos que enfatizan las inteligencias emocional y espiritual. La particular atención de Ignacio al cuerpo en la dinámica de la oración, con coincidencias con modos y prácticas orientales. El carácter práctico y aplicable a la toma de decisiones de su método de discernimiento espiritual, de nuevo atento a las (e)mociones y a la propia psicología, a la búsqueda y contemplación de Dios a través de todas las cosas. La consideración como “maestro de la sospecha” cristiano, consciente de las trampas y engaños de la subjetividad. La relevancia de la distinción entre medios y fines y su jerarquización para poner los primeros al servicio de los segundos en aras de un proyecto de vida y la clarificación de la propia identidad y el camino personal, donde es clave la noción de “indiferencia”, analizada excepcionalmente por Juan Antonio Estrada.

Quien tenga curiosidad por los debates intelectuales hallará relevantes disputas de contenido ignaciano como las encarnadas por Rahner y Kolvenbach (lectura renovada de acuerdo con coordenadas teológicas actualizadas vs. lectura tradicional), o entre Cusson y Fessard (acento del papel activo de la persona como agente de la historia junto con la gracia vs. relativización de ese papel y desconsideración del valor de las criaturas por sí mismas, solo supeditadas al fin supremo divino (incluso a pesar de ser valiosas para Dios mismo). Quien tenga interés por la filosofía y la teología hallará un variadísimo y enorme plantel de autores de toda la historia del pensamiento que sobrepasa las lindes del pensar filosófico y teológico y que se patentiza de forma dinámica y en diálogo múltiple entre ellos, seña característica del profesor Estrada, tanto en sus publicaciones como en su desempeño docente. Bien hubiera merecido la pena por parte de la editorial la confección de un índice onomástico al respecto al final del volumen.

La mera introducción al libro de Estrada es ya encomiable, como precisa justificación de cómo hemos de situarnos hermenéuticamente ante los clásicos, cual lo es san Ignacio con sus ejercicios, así como muestra de los propósitos y planteamientos que aborda el autor. Pueden resultar especialmente atrayentes los capítulos primero, tercero y cuarto, en tanto que son muy destacables cuestiones fundamentales de los ejercicios y que los trascienden, como la búsqueda de Dios y el discernimiento o la libertad, que se resalta en el insoslayable comentario en torno al texto del Principio y Fundamento (capítulo primero).

Podemos afirmar que estamos ante una nueva, ambiciosa y bien lograda empresa intelectual del catedrático de la Universidad de Granada Juan Antonio Estrada. Y que es ilustrativa de una distinción de Ignacio Ellacuría, citada en el libro, según la cual algo no se conoce si no se integran las tres dimensiones que distingue entre la noética de hacerse cargo de la realidad, la ética de cargar con ella y la praxis de transformarla. En este sentido cabe aseverar que el autor se hace cargo, carga y ayuda a actualizar la realidad práctica de los ejercicios ignacianos, asumiendo toda su complejidad y ambigüedades, que conoce fehacientemente, y que comenta  situando a los lectores ante la perspectiva por él ya ganada al respecto de ellos, haciendo gala de un conocimiento no meramente teórico pero que jamás elude el componente teórico, que otros pretenderían esconder so pretexto de supuestas experiencias o revelaciones espirituales más o menos “puras”. Estrada no nos priva de nada en la exposición de todos los principios, en la letra y en el espíritu. Tanto los fundamentos y pilares de los ejercicios mismos de Ignacio, como los principios hermenéuticos. Tanto los presupuestos explícita e implícitamente asumidos por Ignacio, como los aplicados por él al analizarlos (sin eludir el principio de reflexividad), posibilitando la renovación en su aplicación práctica. Pues el estudio también se nutre –muestra de ello es además la bibliografía– de los ejercicios espirituales en sus desarrollos e interpretaciones a través de sus aplicaciones y ejercitaciones durante cinco siglos hasta llegar a nuestro hoy, en coherencia con la propuesta de la superación de límites y de reafirmación actualizada de su vigencia. Esta sería una de las mayores aportaciones del filósofo y teólogo Juan Antonio Estrada para todas aquellas personas cuya búsqueda espiritual es honesta y no están presas de la idiocia o el sectarismo teológico, espiritual, confesional, o filosófico de dogmas o escuela, incluido el dogmatismo escéptico. En particular, dado que el libro comenta el legado principal del fundador de una de las órdenes más señeras del catolicismo, la Compañía de Jesús, también será de utilidad para esta congregación. Eso sí, para quienes no entiendan que su pertenencia a ella  o a sus instituciones debe ser sinónimo de sacralización y momificación, o acrítica beatería ingenua (o cínica) del legado de los ejercicios espirituales. Su dinamismo interno experiencial, el crítico ejercicio del discernimiento y la apertura mística que no es fuga mundi (sin exención a la tentación de caer en ella), indefectiblemente ligados a la biografía y al método del fundador de los jesuitas, trascienden las coordenadas concretas de su despertar espiritual y de su elaboración creativa e innovadora plasmada en los ejercicios. Si estos superan la tentación de su fetichización o esclerotización por dogmatismos píos o escépticos, ambos en la antítesis de una genuina búsqueda espiritual, pueden seguir siendo un aldabonazo en el primer cuarto del siglo XXI del segundo milenio del cristianismo, para seguir atendiendo a los signos de los tiempos en tantos ámbitos y fronteras y ante tantas cuestiones y retos del mundo actual, dentro y fuera de la órbita ignaciana y cristiana, objeto de estudio y de interés para las humanidades, la filosofía y las ciencias sociales. La contribución de Estrada resulta en este sentido una aportación de primer orden, llamada a ser un clásico en la literatura acerca de los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola.

Agustín Moreno Fernández

Profesor Ayudante Doctor, Universidad de Granada

Gazeta de Antropología, septiembre 2021

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Camino de Tolerancia y radicalidad

lunes, 27 de septiembre de 2021
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Vamos a compartir
los abrazos y besos que surgen en este instante,
los gozos tenidos en el camino,
esta naturaleza libre y exuberante
y los latidos de nuestro corazón herido.

Vamos a compartir
lo poco que vamos comprendiendo,
la exigua luz que nos alcanza y no retenemos,
los intentos fallidos por salir del laberinto
y los miedos acumulados de todos los tiempos.

Vamos a compartir
los borradores de nuestros proyectos no hechos,
el clamor de los gritos y del silencio,
los balbuceos y suspiros más íntimos
y los sudores de nuestro cuerpo.

Vamos a compartir
la palabra que nos nace de las entrañas,
la que nos llega de arriba como escarcha,
la que nos surge de manantiales inciertos
y la que nos alcanza y puja por ser derramada.

Vamos a compartir
la tolerancia y la radicalidad
de tu evangelio y propuesta abierta,
olvidándonos de nuestros dogmas
para entrar en tu casa solariega.

Vamos a compartir
el tiempo de los poemas y de las canciones,
de la danza y de la palabra sagrada;
la sabiduría de los años acumulada
y las yemas que nos quedan de la infancia.

Vamos a compartir
las enseñanzas del espacio fraterno,
el calor de un hogar fecundo,
las redes de nuestro trabajo en equipo
y las madejas de todos nuestros sueños.

Vamos a compartir
lo que parecen locas intuiciones,
nuestras pocas e inseguras verdades,
las sendas y caídas al origen
y las cabañas que nos protegen.

Nunca compartamos
últimas y definitivas palabras,
atisbos de superior sabiduría,
argumentos sin experiencia,
sentar cátedra o verdades absolutas.

Compartamos solo la penumbra de la fe,
de la caridad y de la esperanza,
de la ciencia, de la pobreza y de la gracia,
del gozo y la risa humana.

Y así, Señor, somos y nos vamos haciendo
hijos, hermanos y amigos,
pueblo, familia e Iglesia,
lo que Tú soñaste para nosotros desde los orígenes,
compartiéndonos.

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

***

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Agrelo: «En las costas de Almería el mar está arrojando a las playas cadáveres de hombres, mujeres, niños, que son cuerpo de Cristo»

lunes, 27 de septiembre de 2021
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Emigrantes-muertos-playa_2380871892_15726543_660x371«En lo que va de año, en el mar que une África y las Islas Canarias han muerto o han desaparecido más de 1.900 personas»

«Queremos comulgar con él, queremos que él sea en nosotros, que él viva en nosotros, que él ame en nosotros, que él continúe en nosotros su lucha contra el mal que aflige a la humanidad»

«La fe nos pedirá mucho más: reclamará nuestra vida para la salvación de los verdugos, de los que esclavizan, de los que crucifican, de los que asisten al espectáculo, de los que desprecian el dolor de los crucificados»

El hecho es que sólo quiero hablar de Cristo Jesús, de aquel a quien confieso “Señor mío y Dios mío”, aquel a quien reconozco como mi salvador, mi redentor, mi luz, mi vida.

Sólo quiero hablar de él; pero en realidad eso significa que quiero escuchar sus palabras, fijarme en lo que hace, imitar su vida, seguir sus pasos.

También lo podríamos decir así: queremos comulgar con él, queremos que él sea en nosotros, que él viva en nosotros, que él ame en nosotros, que él continúe en nosotros su lucha contra el mal que aflige a la humanidad.

Por el misterio de la encarnación, fue él quien buscó primero esa comunión con nosotros, ese encuentro con los necesitados de salvación.

No hay fe cristiana si no reconocemos la comunión de Cristo Jesús con nosotros y nuestra comunión en Cristo con la humanidad entera.

cadaver-playa-almeriaLas dos pertenecen al corazón de nuestra fe: la “comunión de Cristo Jesús con nosotros”, y “nuestra comunión con la humanidad”. Pero ninguna de ellas sería posible si la palabra comunión se quedase fuera del vocabulario del amor, fuera del amor que Cristo Jesús nos tiene, fuera del amor que Cristo Jesús nos pide tener a toda la humanidad: un amor verdadero, eficaz, poderoso para expulsar demonios; un amor humilde para dar a beber un vaso de agua a quien tenga sed.

En las costas de Almería el mar está arrojando a las playas cadáveres de hombres, mujeres, niños, que son cuerpo de Cristo, que son nuestra propia carne.

En lo que va de año, en el mar que une África y las Islas Canarias han muerto o han desaparecido más de 1.900 personas, hombres, mujeres, niños, que son cuerpo de Cristo, que son nuestra propia carne.

No veo cómo podamos ser creyentes sin solidaridad con las víctimas de la iniquidad fratricida, de la indiferencia deshumanizada, de la violencia homicida.

Esa solidaridad no debiera resultarnos difícil. Pero la fe nos pedirá mucho más: reclamará nuestra vida para la salvación de los verdugos, de los que esclavizan, de los que crucifican, de los que asisten al espectáculo, de los que desprecian el dolor de los crucificados.

“En esto hemos conocido el amor de Dios: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos”.

Esa es nuestra vocación: Amar a todos, como Jesús. Salir en busca de todos, como Jesús. Dar la vida por todos, como Jesús.

cropped-Patera-cargada-de-inmigrantesCristo Jesús es la ley perfecta, el precepto fiel, el mandamiento verdadero. Él es descanso del alma.

Para nosotros la vida está en aprender a Jesús, en comulgar con Cristo Jesús, en ser de Cristo Jesús.

Ojalá escuchemos hoy su voz. Que él abrace hoy con nuestros brazos a la humanidad que sufre. Que él se ofrezca hoy en nuestras vidas a los necesitados de salvación.

Feliz comunión con el amor de Dios en Cristo Jesús.

Fuente Religión Digital

Biblia, Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, General , ,

Acoger lo nuevo.

domingo, 26 de septiembre de 2021
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TE HAS DE ENCONTRAR

Tarde o temprano
te has de encontrar.
No sigas siendo un extraño
en tu heredad.

Vuélcate sobre ti mismo,
abierto de par en par.

Sólo el que sabe enfrentarse
descubrirá la verdad.

Solamente el que se acepta
acogerá a los demás.

Sólo encuentra al Dios oculto
el que se sabe buscar.

*

Pedro Casaldáliga,

***

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús:

“Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.”

Jesús respondió:

“No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa...”

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Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

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Habla H. Cox de dos concepciones de la personalidad. Una concéntrica, la otra excéntrica. La concepción excéntrica no hemos de entenderla en el sentido de extraña o extravagante, sino como algo que tiene su centro fuera de sí. Es la persona que acoge lo nuevo, lo inesperado, lo que llega de «otra parte». Es la persona abierta al Espíritu, disponible a su «juego», capaz de aceptar los riesgos que comporta. Con la concepción concéntrica, tenemos un mundo encerrado en sí mismo, que no reserva sorpresas, que no va más allá de sus propias posibilidades, caracterizado por la rigidez y por la esclerosis. En la concepción excéntrica tenemos un mundo tocado por la gracia, caracterizado por lo imprevisible y por la llegada de lo imprevisto, con personas todas diferentes, siempre «fuera de los esquemas».

        El error más trágico y más común. Todo lo que no está recogido en los códigos queda descalificado. Todo lo que no pertenece al campo de lo «ya visto» y representa una amenaza para la seguridad, para la regularidad, tiene que ser declarado ilegítimo.

        Todo lo que es diferente ha de ser declarado abusivo. Es una operación que, por desgracia, siempre está de moda. Todo lo que se mueve se vuelve automáticamente sospechoso. Es preciso que mantengamos presente esta terrible posibilidad, a través de la cual buscamos al Espíritu como sospechoso y peligroso y tendemos a meterlo en una ¡aula!

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A. Pronzato,
Evangelios molestos,
Ediciones Sígueme, Salamanca 1997.

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“Luchamos por la misma causa”. 26 Tiempo Ordinario – B (Marcos 9,38-43.45.47-48)

domingo, 26 de septiembre de 2021
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6677d1a5-6eab-44d2-9514-f184ded5f4b6Con frecuencia, los cristianos no terminamos de superar una mentalidad de religión privilegiada que nos impide apreciar todo el bien que se promueve en ámbitos alejados de la fe. Casi inconscientemente tendemos a pensar que somos nosotros los únicos portadores de la verdad, y que el Espíritu de Dios solo actúa a través de nosotros.

Una falsa interpretación del mensaje de Jesús nos ha conducido a veces a identificar el reino de Dios con la Iglesia. Según esta concepción, el reino de Dios solo se realizaría dentro de la Iglesia, y crecería y se extendería en la medida en que crece y se extiende la Iglesia.

Y sin embargo no es así. El reino de Dios se extiende más allá de la institución eclesial. No crece solo entre los cristianos, sino entre todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que hacen crecer en el mundo la fraternidad. Según Jesús, todo aquel que «echa demonios en su nombre» está evangelizando. Todo hombre, grupo o partido capaz de «echar demonios» de nuestra sociedad y de colaborar en la construcción de un mundo mejor está, de alguna manera, abriendo camino al reino de Dios.

Es fácil que también a nosotros, como a los discípulos, nos parezca que no son de los nuestros, porque no entran en nuestras iglesias ni asisten a nuestros cultos. Sin embargo, según Jesús, «el que no está contra nosotros está a favor nuestro».

Todos los que, de alguna manera, luchan por la causa del hombre están con nosotros. «Secretamente, quizá, pero realmente, no hay un solo combate por la justicia –por equívoco que sea su trasfondo político– que no esté silenciosamente en relación con el reino de Dios, aunque los cristianos no lo quieran saber. Donde se lucha por los humillados, los aplastados, los débiles, los abandonados, allí se combate en realidad con Dios por su reino, se sepa o no, él lo sabe» (Georges Crespy).

Los cristianos hemos de valorar con gozo todos los logros humanos, grandes o pequeños, y todos los triunfos de la justicia que se alcanzan en el campo político, económico o social, por modestos que nos puedan parecer. Los políticos que luchan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, los obreros que logran una mayor solidaridad, los educadores que se desviven por educar para la responsabilidad, aunque no parezcan siempre ser de los nuestros, «están a favor nuestro», pues están trabajando por un mundo más humano.

Lejos de creernos portadores únicos de salvación, los cristianos hemos de acoger con gozo esa corriente de salvación que se abre camino en la historia de los hombres, no solo en la Iglesia, sino también junto a ella y más allá de sus instituciones. Dios está actuando en el mundo.

José Antonio Pagola

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“El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Domingo 26 de septiembre de 2021. Domingo 26º de tiempo ordinario

domingo, 26 de septiembre de 2021
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53-OrdinarioB26 cerezoDe Koinonia:

Números 11, 25-29: ¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!
Salmo responsorial: 18: Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.
Santiago 5, 1-6: Vuestra riqueza está corrompida.
Marcos 9, 38-43. 45. 47-48: El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si tu mano te hace caer, córtatela

Una clave de comprensión para las lecturas de este domingo: «Nadie puede ser excluido del servicio que se realiza en nombre de Dios».

En medio de las tradiciones del pueblo israelita por el desierto, el libro de los Números nos presenta el relato del «reparto» del espíritu de Moisés, entre setenta miembros del pueblo. La intención es que Moisés no tenga que llevar la carga solo. Con esta decisión de Yavé, la responsabilidad queda repartida: cada uno de quienes han recibido «parte» del espíritu que estaba en Moisés debería ser profeta en el pueblo. Ahora bien, tendríamos que atenernos al contexto para intuir qué características implicaba la tarea de estos personajes.

El capítulo 11 del libro de los Números nos da cuenta de las etapas de la marcha por el desierto; la narración se centra en una dificultad que tiene el pueblo: llevan varios meses comiendo maná y ya se encuentran hastiados: «tenemos el alma seca» (v. 6), «no vemos más que maná» (v. 6b), y con esto viene la tentación de añorar el tiempo de abundancia de comida en Egipto. Por aquí podemos intuir la grave dificultad en que se halla Moisés, ¿cómo hacer para que el pueblo no siga pensando en Egipto? El desierto es el gran desafío. Detrás está Egipto, con su abundancia, pero también con su esclavitud. Hacia delante está la promesa de una tierra, una libertad, una vida digna, pero que hay que conquistar a precio de privaciones, sacrificios, esfuerzos.

El relato causa admiración porque Yavé monta en cólera… Es un recurso literario para introducir la preocupación de Moisés, que se expresa en una bella oración de intercesión por el pueblo. La solución que plantea Yavé es la adecuada: reunir setenta representantes del pueblo para repartir entre ellos el espíritu que estaba en Moisés; de esa manera la dirección, orientación y concientización del pueblo sería obligación de muchos y no sólo de Moisés.

El espíritu que se dona a todas estas personas viene a ser, entonces, profético; es decir, está en función de profetizar. Hay que asumir que esta actividad profética está orientada a ayudar al pueblo a tomar más y más conciencia del plan de Dios con ellos, a entender lo que hay realmente detrás: Egipto y su abundancia de comida pero con su esclavitud que es lo contrario al plan divino, y lo que está por delante: un desierto inevitable, desafiante, mortal, pero al fin y al cabo, un medio que es necesario asumir para poder llegar a la tierra de la libertad, tierra de promisión. A cualquier persona del pueblo que, entendiendo las cosas así, «catequizara» a sus hermanos en este sentido había que verlo como profeta «autorizado» no porque hubiera estado necesariamente en la tienda del encuentro, sino por estar en comunión con el ideal de Yavé.

Ese parece ser el caso de Eldad y Medad. Ellos no estuvieron en el momento del reparto del espíritu y sin embargo estaban profetizando. Viene la reacción de Josué, el mismo que más tarde se encargará de guiar a su pueblo en los trabajos de conquista y ocupación de la tierra prometida. Josué no entiende todavía que todo el que influya de manera positiva en la conciencia del ser hermano, debe ser considerado profeta, y por eso aconseja a Moisés que lo prohíba (v. 28). Por su parte, Moisés ha captado muy bien que en el trabajo de liberación del pueblo, todos y todas tienen una gran tarea, y responde a Josué con palabras aparentemente duras, pero que en definitiva buscan también abrir la conciencia de su ayudante: «ojalá todo el pueblo fuera profeta» (v. 29); ojalá cada uno asumiera con verdadero empeño la tarea de concientizarse y concientizar a su semejante, a su prójimo, ¿no es eso justamente lo que Dios quiere y espera? A Josué pues, no le preocupaba mucho la necesidad de que cada miembro del pueblo tuviera una conciencia bien formada para continuar hacia adelante por el desierto; le preocupaba más defender lo «oficial», lo «autorizado» por Dios en la tienda del encuentro, es decir lo «instituido», la defensa de «los derechos de Dios».

En la misma línea, nos presenta el evangelio de Marcos para este domingo, una situación semejante con los discípulos de Jesús. Apenas transmitida por Jesús la lección sobre quién es el mayor (Mc 9,33-37), se produce un incidente que tiene que ver con la exclusividad de los miembros del grupo seguidor de Jesús. Juan le cuenta a Jesús que le han impedido a un hombre expulsar demonios en su nombre porque no se trataba de uno de los miembros del grupo (v. 38). No hay una pregunta, cómo hacer en casos semejantes, qué posición asumir, etc. La respuesta de Jesús es sabia, «nadie que obre un milagro en mi nombre puede después hablar mal de mí» (v. 39), y «el que no está contra nosotros, está con nosotros». En la tarea de construcción del reino nadie tiene la exclusiva. Tal vez los discípulos no tenían claro o no recordaban que su pertenencia al grupo de Jesús fue un don de pura gratuidad; ninguno de ellos presentó ante Jesús un concurso de méritos para ser elegido; fue Jesús quien se presentó ante ellos, se les atravesó a cada uno por su camino y los llamó, aun a sabiendas de que no eran ni los mejores ni lo más representativo de su sociedad. En ese sentido también otros y otras pueden seguir siendo llamados. En cada hombre y en cada mujer Dios ha sembrado las semillas del bien; cómo y cuándo esas semillas comienzan a germinar y dar frutos, eso es decisión de cada uno. A veces nos parecemos a Juan y al resto de discípulos, nos ponemos celosos de quienes sin pertenecer a la institución hacen obras mejores que las nuestras. Y sale inevitablemente la frase: «pero ése o ésa es de tal o cual religión, o de tal o cual grupo…». Anteponemos a la vocación universal de hacer el bien y a la práctica del amor, unos intereses mezquinos y unos criterios de autoridad y de exclusividad absolutamente rechazados por Jesús (cf. Mc 9,39)

El diálogo de Jesús con sus discípulos refleja la situación de la comunidad para la cual Marcos escribe su evangelio. Una comunidad quizás muy consciente de lo que eran las exclusiones, pero al mismo tiempo en peligro de ser exclusivista, con una excusa quizás aparentemente sana: «ser o no ser de los nuestros», «ser o no ser del camino», «estar o no estar en el proceso…», y en fin otras talanqueras que pretendidamente intentan justificarse con la excusa de defender la «pureza» de la fe o del «credo» o del «orden» o, en definitiva, de «defender los derechos» de Dios.

Pues bien, cuando se cae en el extremo de «defender» a Dios, o los «derechos» de Dios, lo que se logra en definitiva es minimizar a Dios, ponerlo en ridículo ante el mundo, y la consecuencia más inmediata, la que previó Jesús y quizás la que ya se veía en la primera comunidad, era la del escándalo a los más pequeños. A Jesús le preocupan los «pequeños», no sólo los menores de edad, sino los que apenas empiezan a intuir la dinámica del reino con la subsiguiente imagen de Dios que él propone.

Con todo, a través de los siglos, los peligros de la comunidad primitiva se convierten en hechos reales: cuántos creyentes promotores del bien, de la justicia y de la paz excluidos o en entredicho sólo porque «no eran de los nuestros», cuántos Josués y Juanes empeñados todavía en «defender» una pretendida exclusividad que, por supuesto, nadie posee, con lo cual lo único que logran es escandalizar cada vez más a muchos, haciéndoles creer que Dios es tan pequeño, que puede reducirse a los estrechos límites de un grupo o de una institución, aunque sus adeptos se cuenten por millares.

Si logramos tomar conciencia de que Dios es más grande que un grupo o una institución y que en ningún momento nuestra vocación es la de defender unos supuestos derechos de Dios, sino simplemente servir, ponernos en función de construir el Reino con y desde las múltiples posibilidades que ello implica dada la insondable riqueza del mismo espíritu, entonces jamás se nos ocurrirá pensar si éste o aquél es o no es «de los nuestros», sino mejor… ¡como cooperar más y mejor con aquél o aquélla que tan bien están luchando por construir aquí el Reino! Leer más…

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Dom 26.9.21 (Mc 9, 38-40): integrismo eclesial: Le impedimos hablar en tu nombre, porque no andaba con nosotros

domingo, 26 de septiembre de 2021
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quienes-son-los-cardenalesDel blog de Xabier Pikaza:

Así hablaban y hablan algunos “controladores” de Iglesia: Podrían contarse entre ellos algunos cardenales (no hace falta dar nombres), con obispos difíciles de catalogar, y miles de cristianos de a pie que quieren excomulgar a los que están fuera su grupo, exigiendo patente de ortodoxia y comunidad al mismo Papa Francisco.

Esos controladores tienen un “famoso” patrono, Juan Zebedeo, hermano de Santiago. Ambos habían exigido a Jesús los puestos de control de la iglesia (Mt 20, 20-28; Mc 10, 35-45), pero  Jesús les criticó y parece que se «convirtieron».

De todas formas, el evangelio hoy afirma que Juan Zebedeo y su grupo siguieron siendo “controladores apostólicos”, pues dijeron a Jesús que prohibiera y expulsara de su ministerio a un exorcista que hablaba en su nombre y hacía exorcismos, sin formar parte del “grupo Zebedeo”.

Jesús criticó a Juan y sus controladores,  pero sigue habiendo muchos de ellos todavía.Aquí no quiero ni puedo hablar de ellos, pues hay medios especializados que tratan de ellos, diciendo la forma en que se oponen incluso al Papa Francisco. Hablo más bien del “complot” integrista de Juan Zebedeo, conforme a mi comentario de Marcos.

Texto. Mc 9, 38-40

(a. Juan)38 Juan le dijo: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos impedido, porque no nos sigue a nosotros.

(b. Jesús) 39 Jesús replicó: No se lo impidáis, porque nadie que realice en mi Nombre un gesto de poder podrá hablar luego mal de mí. 40 Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro.

Introducción

Juan Zebedeo, muy unido a Pedro en principio de la iglesia (ambos aparecen unidos  sn Hech 3, 1-11; 4, 13-19; 8, 14; Gal 2, 9). quiere imponer su autoridad sobre un exorcista que actúa en nombre de Jesús, pero sin formar parte de su grupo (quizá podría ser Pablo, quizá Apolo, quizá el mismo Discípulo Amado).

El texto da a entender que los Doce siguen en la Casa central de la Iglesia (9, 33), donde pueden y deben resolver los problemas apelando a Jesús. Pues bien, entre ellos se plantea un caso no previsto, y así piden consejo a Jesús (¡al Jesús pascual!) o, mejor dicho, le comunican la solución que han tomado: ¡Han impedido que alguien (hombre o mujer) expulse demonios apelando al “nombre” de Jesús, porque no es de su grupo!.

     El texto anterior (Mc 9, 33-37) afirmaba que el más importante para el Reino (y la Iglesia) es el niño, y se oponía al peligro de una autoridad o jerarquía impositiva. Pues bien, en este nuevo texto (9, 38-40) Jesús rechaza un tipo de autoridad impositiva de un grupo oficial (de los Doce) sobre el legado mesiánico de Jesús[1]:

              De un modo sorprendente y decisivo, Jesús desautoriza y rechaza a este Juan  integrista (que parece el “segundo de a bordo” de la iglesia) y sigue presentando su proyecto, de un modo abierto, a todos los que quieran apelar a su “Nombre”, rompiendo así las estructuras de una iglesia “zebedea” (algo que está haciendo en este momento, otoño del 2023, el papa Francisco, contra cardenales y obispos zebedeos)[2].

9, 38. Juan: Se lo hemos impedido

38 Juan le dijo: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos impedido, porque no nos sigue a nosotros.

            Aparece como representante de una iglesia bien establecida (con su estructura interna) y actúa en nombre de ella (se lo hemos impedido: ekôlyomen). Así aparece  como jefe de aquellos que no han entendido (o no han querido aceptar) la enseñanza anterior de Jesús, y quieren una iglesia de poder y control, centrada en ellos mismos. La palabra de Juan Zebedeo (se lo hemos impedido) parece reflejar un lenguaje legal, que encontramos también en Hech 8, 36.

Los mismos que buscaban antes los primeros puestos quieren ahora dominar y controlar el movimiento de Jesús, quien les ha dado el poder de expandir el evangelio, expulsando a los demonios y curando a los enfermos (Mc 6, 6b-13; cf. 3, 14-15). Es normal que se organicen, para cumplir mejor su tarea. No se les puede acusar porque quieran imponer condiciones y controles, impidiendo que otros, de fuera del grupo, utilicen el nombre de Jesús (9, 38)[3].

            De esa manera, según Marcos, los de Juan han querido convertirse en la primera iglesia oficial controladora. Humanamente, en clave social, hay que darles razón. Es como si hubieran inscrito en un registro religioso este nombre (Iglesia de Jesús), de forma que sólo ellos poseyeran el derecho de llamarse los del Cristo (cf. 9, 41). Lógicamente, ellos, los controladores, reaccionan con violencia, oponiéndose al exorcista ajeno (¡se los hemos impedido: ekôlyomen auton!), iniciando así un camino de imposición que se ha vuelto normal en largos trechos de historia cristiana.

Estos cristianos de Juan pretenden la exclusiva de Jesús, quizá por egoísmo (¡este camino es nuestro!), pero quizá también por mantener la pureza del nombre de Jesús y por identidad de grupo (¡sólo nosotros lo hacemos bien!). ¿No tendrán razón? ¿Para qué sirve una Iglesia o comunidad mesiánica si hay otros que apelan a Jesús y curan a los posesos (realizan su función) fuera de ella? Pero Jesús no es como estos cristianos de Juan: acaba de pedirles que acojan a los niños en su nombre (9, 37); por eso les dice ahora que acepten a los de fuera, si emplean el nombre de Jesús para obras buenas[4].

Este Juan es  jefe del grupo Zebedeo y  necesita que la iglesia de Jesús sea una estructura clara, con una identidad propia (como otros tipos de judaísmo), con poder sobre los bienes mesiánicos. Históricamente, este Juan ha sido (tras la muerte de Jesús) un hombre de la Iglesia de Jerusalén, compañero de Pedro, como supone Hch 3-4 y Gal 2, 9, un hombre de autoridad, que quiere imponer (extender) su poder no sólo en Samaria (cf. Hech 8, 14), sino también en Galilea, donde también le encontramos (probablemente), para «controlar» el despliegue de los exorcismos de Jesús

El exorcista “no comunitario” (que no forma parte de la comunidad de Juan) podría formar parte de los nazoreos de Galilea, donde han existido grupos de “cristianos” libres, personas que apelan a Jesús, pero no se integran dentro del modelo eclesial de Juan (o de Pedro y los Doce de Jerusalén). Podría ser también Pablo y su grupo, o Magdalena y las mujeres, o el Discípulo Amado.

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