Comentarios desactivados en De dos en dos: por qué las discípulos trabajan mejor juntos
La reflexión de hoy es de Ariell Watson Simon, colaboradora de Bondings 2.0, cuya breve biografía y publicaciones anteriores se pueden encontrar aquí.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el 14º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
En la lectura litúrgica de hoy, tomada del Evangelio de Lucas, Jesús comisiona a sus discípulos, enviándolos de dos en dos a curar enfermos, proclamar el reino de Dios y preparar la región para su ministerio. No es una elección tradicional de lecturas para una boda católica, pero cuando mi esposa y yo empezamos a planificar nuestra ceremonia juntos, buscamos en las Escrituras una lectura del Evangelio que reflejara nuestra vocación como pareja queer. Finalmente, nos decidimos por el envío de Jesús a sus discípulos.
Elegimos esta historia porque refleja nuestra experiencia vocacional. Mi esposa y yo, durante nuestros años de soltería, nos comprometimos a seguir el camino de Cristo. Gran parte de nuestro discernimiento matrimonial consistió en darnos cuenta de que éramos discípulos más alegres, más equilibrados e incluso más eficaces como pareja que solos. La sabiduría popular (y la lógica básica) nos dice que «1 + 1 = 2». Pero ella y yo juntos, de alguna manera, parecemos ser tres, ya que el Espíritu Santo multiplica nuestros dones en la relación mutua. Hemos experimentado que un matrimonio cristiano lleno del Espíritu es más que la suma de sus partes. «Mejor juntos» se convirtió en nuestro lema y, con el tiempo, en el hashtag de nuestra boda. Un amigo incluso hizo un adorno para pastel con la frase «Mejor juntos» para nuestra recepción (ver foto abajo), celebrando este tema que ha resonado a lo largo de nuestra vida en común.
Mi esposa y yo trabajamos en servicio directo con personas marginadas. El sueldo puede ser pésimo, las horas largas y las necesidades abrumadoras, pero al final de un largo día, nos cuidamos mutuamente y nos arraigamos en el abundante amor de Dios. Este cuidado y ánimo mutuos nos permiten seguir adelante, y hacerlo con alegría.
Imagino que Jesús tenía estos beneficios en mente cuando encargó a sus discípulos que fueran de dos en dos. Seguramente podrían haber cubierto más terreno si cada uno hubiera emprendido una misión en solitario, pero Jesús decidió enviar a sus discípulos de dos en dos. Quizás tenía en mente la sabiduría del Eclesiastés, que mi esposa y yo elegimos como primera lectura en nuestra boda:
Mejores son dos que uno, porque obtienen una buena recompensa por su trabajo:
Si uno de ellos cae, El otro lo levanta.
Pero tengan compasión del que cae y no tiene quien lo levante.
Además, si dos se acuestan juntos, uno a otro se calentarán.
Pero uno solo ¿cómo puede entrar en calor?
Aunque uno pueda ser vencido, dos pueden defenderse.
Además, la cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente.
(Eclesiastés 4:9-12)
Los comentaristas bíblicos han asumido durante mucho tiempo que los dúos en este pasaje son parejas no románticas de hombres heterosexuales. Pero ¿por qué? Las académicas Joan Taylor y Helen Bond han argumentado que este pasaje probablemente se refiere a parejas de hombre y mujer, que habrían tenido acceso a más esferas sociales en la cultura estrictamente segregada por género de la Judea del primer siglo. Si hombres y mujeres fueran enviados como compañeros de viaje, parece extremadamente probable que fueran parejas casadas. Esto abre dos caminos de interpretación sobre las personas que Jesús podría haber emparejado históricamente para la misión: parejas heterosexuales casadas o parejas del mismo sexo. A caballo entre estas dos líneas, veo el camino que Dios nos ha llamado a mi esposa y a mí: una pareja del mismo sexo enviada a proclamar el reino de Dios en nuestros días.
El matrimonio que no es homosexual rara vez se reconoce, y mucho menos se celebra, como un camino vocacional válido. Pero incluso desde el primer momento en que los envió, Jesús anticipó que no todos recibirían bien a sus discípulos. Les dijo qué hacer cuando esto sucediera: sacudirse el polvo de ese pueblo de sus pies. Los estudiosos dicen que este es un gesto solemne y simbólico. Creo que también es un acto de autocuidado, una invitación a purificarse de los recuerdos ásperos de un rechazo doloroso. Cuando mi esposa y yo hemos sido rechazados, ya sea por nuestra fe, nuestra sexualidad o la intersección de ambas, a menudo siento una sensación generalizada de suciedad. Jesús dijo que, en lugar de permitir que estas irritaciones persistieran, los rozaran y los hicieran sentir impuros, los discípulos debían sacudirse el polvo públicamente. No tenían nada de qué avergonzarse, así que podían «sacudirse«, dejando atrás el juicio.
Sacudirse el polvo de los pies es un acto serio, como lo describió Jesús. Nunca lo he hecho, pero he intentado sacudirme la arena de las sandalias al salir de la playa. Es una torpeza: pararse en un solo pie, a veces dando saltos, y en general sintiéndome tonto e ineficaz. No me imagino sacudiéndome el polvo de los pies mientras mantengo una sensación de ira justificada.
Así que, cuando leo este pasaje, prefiero pensar en «sacudirnos de encima» con la desenfrenada libertad de estar en una pista de baile. Me imagino a mi esposa y a mí rodeados de amigos en la fiesta de nuestra boda, todos bailando al ritmo de la música. Una hora antes, nuestra ceremonia había proclamado que «estamos mejor juntos«, fortalecidos por nuestra unidad para vivir el Evangelio. Ahora, era el momento de liberarnos de la vergüenza y el estigma que nos impone una sociedad homofóbica. Estábamos sudorosos, libres y sin vergüenza, cantando al ritmo de la exitosa canción de Taylor Swift:
«Y los que odian van a odiar, odiar, odiar, odiar, odiar… Cariño, solo voy a sacudirme, sacudirme, sacudirme, sacudirme Me sacudo, me sacudo«.
Cuando Jesús envió a sus discípulos de dos en dos, lo hizo en el contexto de una comunidad mucho mayor de 72 seguidores que hacían la misma obra, en sus propios caminos. Este es el valor de las amistades y aliadas queer: cuando nos reunimos en bodas, graduaciones, ordenaciones y celebraciones del orgullo, nuestra presencia reafirma el llamado de cada una. Juntos nos desprendimos de lo que nos rodea. Juntos encontramos nuestra fuerza como comunidad. En verdad, juntos somos mejores.
—Ariell Watson Simon, New Ways Ministry, 6 de julio de 2025
Comentarios desactivados en “Con medios pobres”. 14 Tiempo ordinario – C (Lucas 10,1-12.17-20)
Con frecuencia entendemos el acto evangelizador de manera excesivamente doctrinal. Llevar el Evangelio sería dar a conocer la doctrina de Jesús a quienes todavía no la conocen o la conocen de manera insuficiente.
Si entendemos las cosas así, las consecuencias son evidentes. Necesitaremos antes que nada «medios de poder» con los que asegurar la propagación de nuestro mensaje frente a otras ideologías, modas y corrientes de opinión.
Además serán necesarios cristianos bien formados, que conozcan bien la doctrina y sean capaces de transmitirla de manera persuasiva y convincente. Necesitaremos también estructuras, técnicas y pedagogías adecuadas para propagar el mensaje cristiano.
En definitiva, será importante el número de personas preparadas que, con los mejores medios, lleguen a convencer al mayor número de personas. Todo esto es muy razonable y encierra, sin duda, grandes valores. Pero, cuando se ahonda un poco en la actuación de Jesús y en su acción evangelizadora, las cosas cambian bastante.
El Evangelio no es solo ni sobre todo una doctrina. El Evangelio es la persona de Jesús: la experiencia humanizadora, salvadora, liberadora que comenzó con él. Por eso evangelizar no es solo propagar una doctrina, sino hacer presente en el corazón mismo de la sociedad y de la vida la fuerza salvadora de la persona de Jesucristo. Y esto no se puede hacer de cualquier manera.
Para hacer presente esa experiencia liberadora, los medios más adecuados no son los de poder, sino los medios pobres de los que se sirvió el mismo Jesús: amor solidario a los más abandonados, acogida a cada persona, ofrecimiento del perdón de Dios, creación de una comunidad fraterna, defensa de los últimos…
Entonces, lo importante es contar con testigos en cuya vida se pueda percibir la fuerza humanizadora que encierra la persona de Jesús cuando es acogida de manera responsable. La formación doctrinal es importante, pero solo cuando alimenta una vida más evangélica.
El testimonio tiene primacía absoluta. Las estructuras son necesarias precisamente para sostener la vida y el testimonio de los seguidores de Jesús. Por eso lo más importante no es tampoco el número, sino la calidad de vida evangélica que puede irradiar una comunidad.
Quizá debamos escuchar con más atención las palabras de Jesús a sus enviados: «No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias». Llevad con vosotros mi Espíritu.
Comentarios desactivados en “Descansará sobre ellos vuestra paz”. Domingo 06 de julio de 2025. 14º Domingo del tiempo ordinario
Leído en Koinonia:
Isaías 66, 10-14c: Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz. Salmo responsorial: 65: Aclamad al Señor, tierra entera. Gálatas 6, 14-18: Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. Lucas 10, 1-12. 17-20: Descansará sobre ellos vuestra paz.
Primera lectura. La alegría del pueblo de Israel cuando contempla su renacer después de todas las amarguras del destierro la muestra el tercer Isaías con la figura del parto y los hijos recién nacidos que necesitan de la madre para mamar de sus pechos y recibir sus consuelos, los llevaran en sus brazos y sobre las rodillas los acariciarán. Están en la mano del Señor y como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo.
La figura de Dios Madre es muy querida para los profetas. Sin duda la experiencia familiar del padre, de la madre y de los hijos, es quizás la más admirable y comprensible para todos, cuando se quiere hablar del amor de Dios.
Cuando la Biblia habla de Dios Padre, ciertamente no está determinando el género masculino de la divinidad. Es cierto que esta denominación y esta traducción están condicionadas sociológicamente y sancionadas por una sociedad de carácter varonil. Pero, realmente, a Dios no se le quiere concebir simplemente como a un varón. Sobre todo en los profetas, Dios presenta rasgos femeninos maternales. La noción de Padre aplicada a Dios, debe interpretarse simbólicamente. Padre es un símbolo patriarcal -con rasgos maternales-, de una realidad transhumana y transexual que es la primera y la última de todas.
El profeta Oseas en el capítulo undécimo, trae uno de los textos más bellos del Antiguo Testamento. La experiencia del amor de Dios hace decir al profeta que el Señor ha ejercido las tareas de un padre-madre con el pueblo. También otros profetas presentan a Dios con características materno-paternales: un Dios que consuela a los hijos que se marchan llorando, porque los conduce hacia torrentes por vía llana y sin tropiezos (Jer 31,9); un Dios a quien le duele reprenderlos: ¡Si es mi hijo querido Efraim, mi niño, mi encanto! Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión. (Jer 31,20).
Esa ternura del amor de Dios queda expresada de manera inigualable en la figura de la madre:
¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Is 49,15).
Como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo (Is 66,13).
Realmente el pueblo se sentía hijo de Yahveh. Desde la primera experiencia salvífica de Dios en la salida de Egipto, el Señor ordenó a Moisés decir al Faraón: Así dice el Señor. Israel es mi hijo primogénito, y yo te ordeno que dejes salir a mi hijo para que me sirva (Ex 4,23). Y esa seguridad que la experiencia de Dios-Padre daba a los israelitas no les permitía sentirse huérfanos porque, si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá (Sal 27, 10).
La paternidad de Dios evocaba también una atención especial y una relación de protección de frente a aquellos que necesitaban ayuda y cuidado. Los profetas muestran la predilección de Dios por los pobres, los pecadores, los huérfanos y las viudas, en una palabra por todos aquellos que sólo podían esperar la salvación de la intervención amorosa del Padre-Madre que se preocupa más por los hijos desprotegidos y abandonados que por los demás.
Segunda lectura. En la despedida de su carta a los Gálatas, Pablo de manera muy sintética reafirma dos de sus temas preferidos. La salvación no se da por la ley, y el hombre en Cristo es una nueva criatura.
La circuncisión era una muestra clara del cumplimiento de la Ley, pero Pablo les dice a los Gálatas que la salvación no proviene de la ley sino de Cristo. Y se apoya en la Cruz, signo de ignominia para los romanos, los paganos y los judíos, que ahora es el signo de la victoria y de la salvación, y por eso Pablo se gloría en ella, como también todos los cristianos, porque de ella brota la vida.
Circuncidarse o no circuncidarse no es lo importante. Lo importante es renacer como nueva criatura. El mundo de la ley ha muerto. Ya no hay diferencia entre judíos y paganos. Ya no hay circuncisos e incircuncisos, lo único que cuenta es el hombre nuevo, el hombre que es capaz de superar la tragedia del pecado y realizar el proceso de la resurrección de Jesús, para vivir como una persona nueva.
Por segunda vez en el evangelio de Lucas, Jesús envía a sus discípulos a la misión. Ahora la época de la cosecha ha llegado y es necesario muchos obreros para recoger la mies; son setenta y dos, un número que evoca la traducción de los Setenta en Génesis 10, en donde aparecen setenta y dos naciones paganas. Jesús va camino hacia Jerusalén, el camino que debe ser modelo del camino de la Iglesia futura. Salen de dos en dos para que el testimonio tenga valor jurídico según la ley judía (cfr. Dt 17,6; 19,15).
La misión no será fácil; debe llevarse a cabo en medio de la pobreza, sin alforjas ni provisiones. La misión es urgente y nada puede estorbarla, por eso no pueden detenerse a saludar durante el camino; tampoco los discípulos deben forzar a nadie para que los escuchen pero sí es el deber anunciar la proximidad del Reino.
Este modelo de evangelización es siempre actual. Ciertamente es una tarea difícil si se quiere ser fieles al evangelio de Jesús. Muchas veces por una falsa comprensión de la inculturación se hacen concesiones que van contra la esencia del evangelio.
Cuando los discípulos regresan de la misión están llenos de alegría. Hay una expresión que merece un poco de atención: Hasta los demonios se nos someten en tu nombre. ¿Qué significado tienen los demonios? Una breve explicación del término se dará al final.
Jesús manifiesta su alegría porque se han vencido las fuerzas del mal, porque él rechaza cualquier forma de dominio, y exhorta a sus discípulos a no vanagloriarse por las cosas de este mundo. Lo importante es tener el nombre inscrito en el cielo, es decir participar de las exigencias del Reino y vivir de acuerdo con ellas (cfr. Ex 32,32).
Hay otro motivo de alegría para bendecir la Padre. Sus discípulos son una muestra de que el Reino se revela a los sencillos y humildes. No son los conocimientos lo que permite la experiencia del Reino. Es esa experiencia de Dios por medio del contacto íntimo con Jesús y su seguimiento. Leer más…
Comentarios desactivados en 6.7.25. Paz a esta casa… Misión universal cristiana (Lc 10, Dom 14 TO)
Del blog de Xabier Pikaza:
Dos discursos misioneros tiene Lucas, Uno para los judíos, con los 12 apóstoles (Lc 9, 1-6). Y otro para todos los pueblos de la tierra, con los setenta misioneros (Lc 10, 1-12). El evangelio de hoy recoge el segundo discurso, que voy a introducir en las reflexiones que siguen.
(1) Anuncio general del reino, según Mc 1, 14-15. (2) Jesús trató de paz, no de pecado y envió a sus misioneros como testigos de paz vida, sin más armas ni riquezas que su propia vida ya pacificada
(2) La palabra central de ese evangelio es: 5Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. 6Y si hay gente de paz,…
La imagen es un porta-paz que se empleaba cuando yo er niño, a fin de la misa, para ofrecer paz a todos
| Xabier Pikaza
TESTIGOS DEL REINO (Mc 1, 14-15). CAMBIO DE MENTE
Jesús no tiene conciencia personal de pecado, no estádominado por la angustia de la muerte, sino enriquecido por don de Dios. Pero tenía una inmensa conciencia y sufrimiento por el sufrimientos de los hombres. No salió al mundo a perdonar pecados, sino a superar enfermedades y dolores.
Muchos profetas y “fundadores” religiosos antiguos se hallaban marcados por un fuerte sentimiento de culpabilidad, de manera que debían ser purificados (cf. Is 6, 5). Algunos pensadores cristianos han presentado a Jesús como un profeta obsesionado por los pecados de los hombres, en sentido penitencial, intimista, como un predicador horrorizado por la maldad moral de la población, en la línea de Juan Bautista, como si su mensaje central hubiera sido “sois pecadores, estáis condenados, aunque añadiendo después, en vez de decir “venid al río, que yo os bautizo”, como Juan, Jesús dice, más bien, venid conmigo y nos perdonamos y amamos unos a los otros.
14 Después que Juan fue entregado,
marchó Jesús a Galilea, proclamando el evangelio de Dios
15 Y diciendo: El tiempo se ha cumplido. El reino de Dios ha llegado.
Cambiad de mente y creed en el evangelio.
Ésta es la experiencia original, el principio y motor del cristianismo. La solución de los problemas que atenazan a los hombres no depende simplemente de ellos, de forma que no se encuentran condenados a buscar su salvación con obras propias, con un esfuerzo duro al servicio del cambio social o personal. Hay algo previo, hay evangelio: Dios existe y viene (está viniendo ya) para ofrecer su reino o señorío salvador para los hombres.
– Se ha cumplido el tiempo. La llegada del Reino marca la plenitud del tiempo. Juan Bautista moraba todavía al otro lado, antes de que el tiempo terminara y se cumpliera; por eso, dentro de la lógica de la profecía israelita, debía mantenerse en actitud de conversión penitencial. Pero ahora, cuando llega el reino que Jesús anuncia, el tiempo (kairos) de los hombres se ha cumplido. Nos encontramos ya del otro lado de la historia. Por eso, frente a las posibles pequeñas conversiones que sólo cambian por fuera lo que existe, dejando que en el fondo todo siga como estaba, Jesús nos ha ofrecido la mutación, es decir, el nuevo nacimiento. Dios nos hace ser, y de esa forma somos: herederos y testigos de su gracia.
-Convertíos…(meta-noeite) Dejad que Dios os cambié, que cambie vuestra forma de pensar, de sentir, de querer… Esta conversión no se expresa ya en forma de arrepentimiento y penitencia, sino en cambio de mente y vida, es decir, como meta-noia, mutación interior y exterior, no por obra humana, sino por presencia y acción de Dios. Los nuevos creyentes del evangelio no cambian de vida por aquello que son (lo que ellos hacen), sino por lo que Dios hace en ellos. Superando el nivel previo de lucha de la vida, de acción y reacción (de obra y sanción), viene a desplegarse ahora un extenso y gozoso continente de existencia filial, hecha de gratuidad y expresada comofe en el evangelio, es decir, como acogida de la buena noticia de Dios. No es la conversión la que causa el evangelio sino al revés: el evangelio de Dios, que aceptamos por Jesús con fe gozosa, nos convierte, nos transforma, haciéndonos capaces de acoger y construir la familia mesiánica o iglesia.
-Creed en el evangelio. Frente a los principios antiguos de la vida, que son luchas por la supervivencia, fuertes envidias y estrategias de poder (como irá señalando todo el evangelio), Jesús pone a los hombres ante el principio de la fe. No se trata de creer en cualquier cosa, en ejercicio posible de autoengaño, sino de creer en el evangelio, en la buena nueva de Dios que ama a los hombres. De una vez y para siempre, en la tierra Galilea, ha venido a realizarse la mutación humana principal, el cambio que conduce de la vieja a la nueva historia. Al a venida del reino de Dios responde el hombre con fe, es decir, con el propio y fuerte asentimiento. Aceptar el don de Dios, reconocerse amado: esta es la verdad, es el poder del evangelio de Dios en nuestra vida.
Los cuatro momentos anteriores son fundamentales y se implican mutuamente. Viene Dios, ofreciendo al hombre su ser) como evangelio; por eso nos transforma por sí mismo, es decir, desde el principio de su gracia; pero es tan intenso su poder que logra transformarnos de manera humana, haciendo que nosotros mismos nos hagamos seres nuevos.
El evangelio no es anuncio de un Dios que flota por arriba, dejando que la historia de los hombres siga como estaba, sino fuerza superior e interna del Dios que ha penetrado en nuestra vida. Hasta ahora, esa actuación/presencia de Dios no podía realizarse; tenían posibilidad de ser transformados por Dios, pero no estaban dispuestova a ponerla en marcha. Tenían capacidad, pero no escuchaban, tenían posibilidad de transformarse en Dios, pero no se dejaban. Tenían necesidad de que viniera uno distinto, como Jesús, que les transformara y que ellos se dejaran transformar.
Alguien podría decir que Jesús se ha limitado a proclamar, en nombre de Dios, esta buena nueva de transformación, como un simple pregonero que habla y deja que las cosas sigan como estaban. Pero a lo largo de todo lo que sigue, iremos descubriendo que este anuncio de reino es un impulso de reino. Jesús no se ha limitado a proclamarlo, sino que lo ha expandido y desplegado como vida, ofreciéndolo con obras y palabras a los hombres de su entorno (1,14-8,26).
Jesús no ha pedido nada. No ha exigido nada. Simplemente ha querido que hombres y mujeres “escuchan” su palabra, que crean en ella, que la acepten y se dejen transformar por su ofrecimiento y su llamada. Jesús sitúa a sus oyentes en la misma actitud del Shema israelita (Dt 6, 4 ss): Escucha Israel. Esto es lo que Jesús pide a sus oyentes: Que escuchen, que se dejan transformar (recrear) por su voz, por su llamada de Evangelio. Jesús no aparece como un suplicante que implora a Dios agua para el campo, hijos para la familia, fortuna para la casa, vida para los enfermos… Simplemente ha ido en busca de Dios, con los penitentes del Bautista y ha escuchado la voz ¡eres mi Hijo! descubriendo que Dios no pide penitencia (que nos sacrifiquemos ante él), sino que nos ofrece gracia. No nos pide nada, sino que nos da todo lo que tiene, para que seamos con él y como él.
El Reino es Palabra de Dios que nos llama, dialoga con nosotros, haciéndonos capaces de palabra, conversando unos con otros. Escuchar la palabra y responde a ella, eso es el Reino. No viene a través de una victoria militar externa, sino por una palabra que nos dice que seamos. Escuchar esa palabra, eso es el Reino. de los hombres (donde aparece y se despliega la Palabra de Dios). El Reino es palabra compartida, no propaganda para comprar, publicidad comercial para vender, sino ofrecimiento gratuito de vida, que viene de Dios y que los hombres pueden compartir, amorosamente.
El Reino es curación, esto es, salud: Que hombres y mujeres puedan no sólo decir y escuchar palabras aisladas sino vivir en plenitud, compartiendo la vida. En esa línea, el evangelio identifica el Reino de Dios con la Salud, que es Vida abundante, que los hombres y mujeres aceptan como don de Dios, viviendo en transparencia, encontrando y compartiendo así vida unos en otros. Entre la Palabra y la Salud hay una conexión recíproca: la misma Palabra cura y la salud hace posible que los hombres compartan la Palabra.
El Reino es encuentro de amor, presencia de Dios en los hombres/mujeres (de los hombres/mujeres en Dios), siendo así comunicación amorosa de unos con otros (en) otros. No se trata de creer unas verdades separadas de la vida, sino de vivir en fe, es decir, de “creerse”, comunicándose la vida. Ésta es quizá la nota distintiva del Reino que Jesús anuncia. Todo es de Dios (Dios es todo) y, sin embargo, los hombres y mujeres han realizarlo todo, no esperando que llegue de un modo pasivo, sino haciendo que llegue, siendo ellos mismos profetas mesiánicos, en comunicación de amor. En ese sentido decimos que todo hombre/mujer es Mesías, porque Dios actúa cada uno, de tal manera que podemos añadir que cada hombre (especialmente el más pobre) es Dios para los restantes hombres y mujeres [1].
Jesús no es un “filósofo” que habla de Reino en teoría, ni un político que quiere instaurarlo por fuerza, sino alguien que lo anuncia y comienza a construirlo ya, aquí mismo, desde la periferia de los campesinos-artesanos de Galilea, recreando así la experiencia israelita, no a solas, sino con aquellos que quieran seguirle vincularse en Dios por su palabras
El Reino es pan: que los hombres vivan .No es sólo palabras, que los hombres y mujeres se comuniquen entre sí, sino que vivan, que compartan mutuamente la comida, no el dinero en abstracto, ni un tipo de posesiones materiales, sino el alimento de cada día, pan nuestro, que nos hace hermanos, palabra común vida que nos regalamos unos a otros.
El Reino de Dios es banquete, no alimento material, sino comida compartida. (Lc 14, 16-24; Mt 22, 1-14; cf. Ev. Tom 64). Según un tradición antigua, Dios había preparado su comida para todos y de un modo preferente para los “buenos judíos” (representantes de unas “clases” superiores, “elegidas”). Pero, siguiendo la inspiración y experiencia del Bautista, Jesús ha descubierto que los invitados preferentes han rechazado la llamada: No han venido, ni quieren que otros vengan a compartir su banquete. En ese contexto, Jesús se ha sentido enviado por Dios para ofrecer la invitación a los “cojos, mancos, ciegos”, expulsados por razones económicas, sociales y/o religiosas (que vagan por plazas y caminos: cf. Lc 14, 21-23).
El Reino es Comunión, comida para todos, superando las fronteras de los hijos, “elegidos” de Israel, como muestra el pasaje ejemplar de la siro-fenicia que pide para su hija las “migajas” de la mesa de los hijos del reino (cf. Mc 7, 28). Avanzando en esa línea, un nuevo pasaje afirma que vendrán personas de todas las naciones (de norte y sur, levante y poniente), para tomar parte en el banquete final, que no es comida para cuando el mundo acabe, sino para este mismo mundo, empezando por los antes excluidos (Mt 8, 11-12; Lc 13, 28).Siendo del todo israelita, el mensaje de Jesús es totalmente universal, de manera que, en último término, sólo puede expresarse y expandirse allí donde se abre a todos, empezando por los pobres.
El Reino es vida para los condenados a muerte en el mundo. He comenzado presentando el Reino como pan: que hombres y mujeres puedan comer cada día, compartiendo los dones de Dios (de la tierra) con gozo y salud.
El hombre no ha sido creador para producir, sino para compartir. Hasta el momento actual (siglo XXI), los hombres han aprendido a producir, no a compartir y, en general, cuanto más producen menos comparten. Así sucedía ya en la sociedad urbana y comercial de Galilea, en tiempos de Jesús. Desde ese contexto se entiende la opción de Jesús, que abandona la producción de bienes materiales y deja el trabajo (pues cuanto más se progresa y produce en una línea menos suele compartirse en otra) para enseñar a compartir y compartir con más intensidad, en actitud de gracia, no sólo su palabra, sino su pan con los hombres y mujeres de su entorno. ¡Hay una producción de bienes materiales que es en realidad una fábrica de hambre! Por eso, Jesús no enseña a producir (¡eso ya lo sabían los hombres de su tiempo y lo saben los del nuestro!), sino a comunicar la vida en gratuidad, compartiendo así los bienes, que pueden mostrarse de esa forma como una señal de Dios.
-Un proyecto desde la pobreza. Sólo allí donde se aprende a compartir, por don de amor, no por imposición, se puede vivir en gratuidad. Eso significa que el Reino es un “regalo” que viene de Dios, pues Dios mismo es regalo que se expresa allí donde los hombres y mujeres comparten lo que son y lo que tienen, de manera que su vida y sus bienes se convierten en signo y mediación de amor. Desde ese fondo, Jesús empieza a actuar como profeta de los campesinos desposeídos de Galilea, haciendo que ellos mismos puedan confiar (¡son hijos de Dios, herederos del Reino!) y abrir un camino de pan y amistad, no para imponerlo por la fuerza, sino para acogerlo, regalarlo, cultivarlo, de un modo gratuito. Jesús no quiere la pobreza, sino la comunión, una comunión que sólo puede surgir allí donde los hombres y mujeres superan el deseo de posesión particular e inician un camino de comunicación gratuita y creadora de vida, desde, con los pobres, al servicio de la vida de todos.
La novedad de Jesús es que el Reino se instaura a partir de los pobres (no desde los sabios, ricos, fuertes soldados u observantes religiosos). El Reino de Dios no se impone ni realiza por la fuerza, desde arriba (a través de una victoria militar), ni se logra con más producción (por riqueza), sino que “está viniendo” como gracia (desde Dios), a partir de los expulsados de la sociedad, allí donde ellos se acogen y aman entre sí, para abrirse, al mismo tiempo, a los propietarios (productores, sedentarios), para ofrecerles su riqueza de Reino (curación) y recibir lo que ellos puedan ofrecerles (casa, alimento), iniciando una experiencia de vida común, donde la producción y comunicación se vinculan mutuamente, como seguiremos indicando.
En este contexto, recreando las promesas davídicas, Jesús descubre que no hace falta un rey más poderoso (para imponerse sobre todos), ni un propietario más productor y un rico más rico (fabricando comida para todOs), pues el Reino empieza a desplegarse desde el amor de los más pobres (campesinos sin campo, artesanos sin “arte”, prescindibles), portadores de una vida/salud que ellos ofrecen a los ricos/productores y lo hacen de tal forma que éstos puedan y quieran acogerles, poniendo su posesión y producción al servicio de todos.
En ese sentido, el reino es perdón, la vida como regalo, más que como ley. No llega a través de la toma de poder de los ricos/poderosos (ni de pobres que toman el poder, como han querido algunos celosos), pues Dios no es poder, ni de unos, ni de otros, sino impulso de amor que proviene de los más pequeños que pueden sanar a ricos, a fin de que todos vayan en comunión con todos [2].
COMO JESÚS. MISIONEROS PORTADORES DE PAZ
Juan Bautista esperaba y preparaba a los hombres para el paso del desierto a la tierra prometida, por medio del Juicio (hacha, huracán, fuego), pues parecía que el pecado dominaba sobre el mundo. Jesús, en cambio, sabe que el mundo es de Dios, no del pecado y que el tiempo (kairós) del pecado se se ha cumplido, de manera que el Reino (basileia) ha venido y está ya presente. Por eso invita a sus oyentes a que crean, es decir, a que acepten la buena noticia (Evangelio), dejándose cambiar por ella, pues el impuso de vida es la gracia de Dios, no el pecado.
– Jesús no tiene conciencia personal de pecado, no estádominado por la angustia de la muerte, sino enriquecido por don de Dios. Muchos profetas y “fundadores” religiosos antiguos se hallaban marcados por un fuerte sentimiento de culpabilidad, de manera que debían ser purificados (cf. Is 6, 5). Algunos pensadores cristianos han presentado a Jesús como un profeta obsesionado por los pecados de los hombres, en sentido penitencial, intimista, como un predicador horrorizado por la maldad moral de la población, en la línea de Juan Bautista, como si su mensaje central hubiera sido “sois pecadores, estáis condenados, aunque añadiendo después, en vez de decir “”venid al río, yo os bautizo”, como Juan, dice, más bien, venid a mí que yo os perdono.
(b) Posiblemente él tenía conciencia de pecado cuando era discípulo de Juan y esperaba su bautismo (cf. Mc 1, 9).Pero, habiendo recibiendo el bautismo de Juan,, tras haber escuchado la palabra de Dios que le “engendra” diciéndole “tú eres mi Hijo”, Jesús ya no tienes conciencia de pecado. Dios no le ha dicho “antes eras pecador” pero yo te he perdonado, sino que le dice “tú eres mi hijo, en ti me he complacido”. Por eso es desde ahora y para siempre, Jesús es un hombre de paz, de manera que sus discípulo, compañeros, han de ser también portadores de paz En esto se distingue radicalmente el bautismo de Jesús de la experiencia de nacimiento profético de Isaías, conforme a la cual Dios le dice “ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado” ( וסר עונך וחטאתך תכפר Is 6, 8). Isaías es un perdonado, conforme al rito de expiación de Lev 16. Jesús, en cambio, es un amado, que nace del amor de Dios, sin pecado.
(c) No teniendo conciencia de pecado, en sentido moralista, Jesús no ha centrado su misión en el ofrecimiento de perdón por el pecado, sino en el ofrecimiento y despliegue de paz como principio y contenido del reino. No va diciendo a los hombres “Dios os perdona”, sino ¡paz con vosotros, llega el Reino. Jesús no ha tenido señales de angustia o sentimiento de culpa ante Dios, ni ha ido por Galilea perdonando de un modo “altivo” (por superioridad) a otros hombres y mujeres diciendo “yo os perdono” situándose así por encima de ellos) Éste no es un dato “moralista” secundario sino el elemento “teológico” esencial de la vida y mensaje de Jesús, que ha superado el nivel moralista y penitencial de Isaías y de Juan Bautista (para perdón de los pecados), iniciando así una misión de amor (de nuevo nacimiento, curación y vida), en paz que es amo por encima de los pecados. En ese sentido, lo que llamamos “perdón de Jesús”, no ha de entenderse en sentido penitencial (de arrepentimiento y cambio externo, sino en sentido filial de “nuevo” o más alto nacimiento.
(d) Este mensaje y camino superior de paz (nuevo nacimiento) de Jesús se sitúa por encima del nivel penitencial del templo de Jerusalén, con sus sacrificios expiatorios y sus rituales sacrificiales. En ese sentido debemos entender el mismo Padrenuestro, que en su versión original no dice “perdona nuestros pecados (ἄφες ἡμῖν τὰς ἁμαρτίας ἡμῶν: Lc, 11, 12,), sino “perdona nuestra deudas” (ἄφες ἡμῖν τὰ ὀφειλήματα ἡμῶν: Mc 6, 12). El templo era por entonces una inmensa “máquina” sacrificial y clerical de perdonar pecados… Pero Jesús no va al templo, para dejarse perdonar, ni para perdonar a otros a través de esa máquina de sacrificios, sino que vive y expresa el perdón en casas, campos y caminos, acogiendo, dialogando, dejándose querer y queriendo, ofreciendo así una terapia de vida/perdón por la que enseña a los hombres y mujeres a quererse y perdonarse mutuamente, en gratuidad, superando todas las “deudas”. Jesús no dice a los ·pecadores” “yo” os perdono, insistiendo en su yo, como si él pudiera perdonar y los otros no… (casos como el de la adúltera de Jn 8 o el paralítico de Mc 2, 5 par han de entenderse de un modo especial), sino mostrando que Dios ha confiado a los hombres la autoridad y gracia del perdón (Mt 9, 7; en otra perspectiva, cf. Jn 20,21-23).
Este mensaje de perdón de Jesús no es una enseñanza más, entre las enseñanzas de los escribas judíos de su tiempo, ni un elemento del mensaje de Jesús entre otros, sino la raíz y el argumento central de su enseñanza, que la tradición de los evangelios ha vinculado a su bautismo (Mc 1, 9-11 par). Éste es el gran cambio, el nacimiento mesiánico de Jesús como “hijo de Dios”, nacido en la historia de los hombres.
Todo lo anterior forma parte de su vida como israelita, discípulo de Juan, compañero suyo en el desierto del Jordán junto al río. Como un israelita ha venido Jesús para bautizarse en río de Juan Bautista. Parece uno más entre todos los que vienen, y como uno más le acoge y bautiza Juan. Pero lo que entonces comienza es totalmente distinto.
Estando ya mi casa sosegada
Tras haber sido Bautizado (Mc 1, 9) y haber salido del agua penitencial, habiendo cumplido y superado el camino de arrepentimiento israelita, Jesús queda integrado en el amor gratuito de Dios, que es vida y nuevo nacimiento, amor mutuo, por encima incluso de todas las deudas a las que puede aludir Mt 6, 12, conforme al lenguaje de la iglesia (Rom 3, 8-10), donde ya no hay deudas, sino que todo es gratuidad.
Jesús descubre al Dios Padre, que le llama Hijo, afirmando que ha puesto en él sus complacencias, concediéndole su Espíritu Santo, para transformar en palabra y amor la vida de los hombres. De un modo consecuente, agradeciendo al Bautista su enseñanza de juicio y de muerte y enfrentándose al poder diabólico, Jesús vuelve a Galilea, su tierra, para anunciar con-versión (meta-noia), pasando de la amenaza de pecado a la promesa de vida, como ofrecimiento de paz (Mc 1, 12-15).
Esta es la palabra clave del segundo mensaje misionero de Lucas. El primero (Lc 9, 1-6), dirigido los 12 “apóstoles”, para los judíos, está tomado de Mc 6, 6-13 y se centra en la curación de enfermos endemoniados y en el anuncio del Reino de Dios. El segundo (Lc 10, 1-12), reelaborado a partir del documento Q (cf. Mt 10, 7-16), está dirigido a los setenta discípulos de la misión universal de Jesús, tras la pascua, en una línea más paulina y contiene las palabras más significativas del evangelio, centradas en la “paz” :
2Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies…
4No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
5Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”.
6Y si hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
7 Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan…9curad a los enfermos … y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 10, 2-9).
Esta es la palabra y misión central: Ofrecer la paz con vuestra propia vida, más que con teoría. Si no reciben la paz, si no la aceptan, no la perdáis vosotros. Quedad en paz y salid, buscando nuevos lugares donde ofrecer la paz de de Jesús, que es paz de la humanidad entera vida.
NOTAS
[1] Cf. Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños (Mt 25,31-46), Sígueme, Salamanca 1984.
[2] A través de la toma de poder religioso, económico o militar no llega el Reino de Dios, sino un tipo de imperio que termina imponiéndose al fin sobre todos, para hacerles sus esclavos. El Reino implica pan (abundancia de bienes), pero no un pan que se produce y ofrece a todos por presión social, vinculada al “poder”, sino un pan de gratuidad, que los hombres y mujeres pueden compartir, desde los más pobres, todo aquello que son y tienen, abriendo un camino que culmina en la Cena de Jesús, Mc 14, 25
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6.7.25. Dom 14 TO. Nueva misión cristiana: Cuando entréis en una casa…
Presenté ayer el tema, comentado el evangelio del domingo (Lc 10) en el que Lucas describe la segunda misión cristiana, la de los 70 misioneros, para todo los pueblos del mundo.
Esta es una misión dirigida a las familias como grupos de convivencia y vida, y no a personas por aislado. Es una misión centrada esencialmente en la paz, no en un tipo de cambio interior meramente espiritualista. Así dice su párrafo central:
-Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz….
No se trata de cambiar personas separadas, sino de recrear las relaciones humana (familias, casas, comunidades de experiencia y camino de vida compartida). Esta misión de los 70 no pretende curar a individuos aislados, sino crear comunidades de diálogo y amor mutuo, superando la guerra..
Lo contrario al cristianismo no son personas incrédulas en sentido subjetivo, sino comunidades humanas que no viven en paz. superando en comunión la guerra.
| Xabier Pikaza
Introducción
La nueva misión cristiana del siglo XXI ha de ser como quería el Papa Francisco “misión de familias, de los antiguos y nuevos grupos sociales en línea sinodal, no para conservar sin más las relaciones que hay (en una vía en parte muerta), sino para crear desde Jesús nuevas vías de familia y de comunicación universal humana
Sirvan estas reflexiones de introducción al tema. Dentro de dos días seguiré, pues quedará sin duda materia pendiente.
Por naturaleza e instinto los vivientes nacen dentro de un nicho ecológico, que ellos pueden adaptar por instinto: “Las zorras tienen madrigueras, los pájaros hacen nidos, los hombres, en cambio no tienen donde reclinar la cabeza” (Mt 8, 20):
Vienen al mundo indefensos, han de ser acogidos, cuidados y educados largos años, en familia. No tienen casa previa, han de hacerla, haciéndose a sí mismos, en un plano personal y social, cultural y religioso. Así lo ha sabido Jesús, que acepta su desamparo radical de hijo del hombre), para iniciar así su gran tarea de ser (=hacer) casa para aquellos que no la tienen.
Esa tarea (hacer casa) vincula y define todos los hilos de la vida, desde la posesión del suelo hasta la arquitectura, con implicaciones personales, sociales, laborales y económica, siempre con el riesgo de construir sobre arenas movedizas y no sobre roca, como pasa hoy en España (Mt 7, 24-27). La casa no es un problema más, es “el problema”, como muestra la crisis sangrienta en que vivimos, con una economía desquiciada y desalmada que se muestra en la especulación (hacer casa para enriquecerse a costa de otros) y al desahucio de los pobres.
Esta tarea no se arregla con un ligero barniz ornamental, sino que necesita un toque más hondo, estructural y personal, económico y financiero, político y moraly, en el fondo, ecológico, en sentido radical humano. Ciertamente, un tipo de riqueza es importante para casa en el sentido de “haus” (mansión esteran), pero no para ser “home”, convirtiendo así la casa en hogar, espacio habitado de humanidad, en familia y amor, en acogida y ternura.
Estamos en centro de una gran crisis de casa, casa, unos por pobreza material (errantes sin casa sobre el mundo)…, otros por exceso de riqueza, pero sin humanidad. Tal como están las cosas, la crisis en esa doble dirección no ha hecho más que empezar. O cambiamos mucho o nos destruimos. La Biblia puede ayudarnos a caminar en la buena dirección.
Israel, una casa
Los hebreos (nómadas de estepa, emigrantes, evadidos de Egipto, cananeos pobres…) lograron superar su desamparo y construir un pueblo donde cada familia tuviera su propia casa y todos una Casa Común. Tardaron siglos, entre dificultades y crisis económicas, sociales y religiosas, pero lo intentaron, como sabe la Escritura. Creyeron ser casa de Dios y en parte lo fueron.
Su construcción siguió un ideal agrario de autonomía: Cada familia era y tenía una casa, con un campo propio, y estaba gobernada por un padre que mantenía unidos a los miembros del grupo (bet-ab, casa paterna), vinculados en clanes sociales más amplios, de manera que todos pudieran vivir tranquilos, cada uno “bajo su parra y su higuera” (cf. 1 Rey 4, 25), bajo un techo propio. Como garantía de unidad y justicia social, los judíos construyeron la Casa Común de Dios (el templo de Jerusalén) y desde ese trazaron las leyes del año sabático y del jubileo (que culminan en Lev 25), garantizando a todas las familias una casa y propiedad en Israel.
En principio no podía desahuciarse, ni expulsarle de su casa a nadie durante más de siete años, y además debían rescatarle (acogerle) sus familiares. De todas formas, ese ideal no logró imponerse nunca del todo (y hubo que dictar leyes de protección para emigrantes, huérfanos, viudas y esclavos sin casa), para remediar las situaciones de desamparo. No lograron ser perfectos aquellos judíos, pero lo intentaron y sus leyes sociales eran mucho más justas que las nuestras.
A pesar de ello, en tiempos de Jesús, muchos judíos (en especial galileos) cayeron bajo la opresión de los poderes políticos y económicos vinculados al Templo y al Imperio de Roma, perdiendo sus casas “materiales”, en manos de la oligarquía dominante, perdiendo sus hogares por ruptura social y familiar, en una situación parecida a la nuestra (año 2019).
Jesús, arquitecto
Mc 6, 3 le presenta como tekton, constructor (albañil, herrero, carpintero) , y su oficio era hacer casas, como artesano subordinado, al servicio de los nuevos terratenientes ricos de las ciudades controladas por emperadores, reyes (Herodes, Antipas…) y sacerdotes (Anás, Caifás…) dedicados a la megalomanía de las grandes edificaciones (templos, puertos, palacios…), mientras los pobres perdían tierras y casas, por deudas y embargos.
Un día descubrió que su tarea no era construir más casas para el sistema económico, sino salir a la calle para iniciar una conversión-revolución de tipo social y familiar, económico y religioso, a fin de que todos pudieran tener no sólo casa-edificio en la tierra de Dios sino casa-familia entre los hijos de Dios.
A partir de ese descubrimiento, Jesús se liberó sin sueldo y, dejando su trabajo de tekton-constructor, se hizo arqui-tekton del Reino de Dios a fin de que todas las familias tuvieran casa, empezando por los expulsados sociales, cojos-mancos-ciegos, leprosos-excluidos. No hizo casitas para pobres sin techo en las laderas y costas de Galilea, sino algo anterior: Les ofreció dignidad y conciencia, solidaridad y deseo de vivir, para que ellos mismos pudieran crear casa (construirla y compartirla). Su revolución tuvo dos rasgos principales:
‒ Llamó a los sin techo (nómadas de la vida, itinerantes) y los envió para curar-transformar a los propietarios ricos, que podían ser enfermos de la vida (de su orgullo y su prepotencia…). No empezó desde arriba, cambiando le economía del César de Roma con sus gobernadores y reyes. La buena nueva de la Casa de Dios (para todos) debía empezar desde los pobres, excluidos, sin-techo, portadores de una nueva esperanza de vida y casa compartida. Éste fue el oficio de Jesús “tekton” (arquitecto), constructor de casas de humanidad, abiertas a los pobres y excluíos, a los impuros y a los niños.
‒Creyó que los ricos podrían cambiar por el testimonio y palabra de los pobres, pero no por guerra militar (como querían los celotas), por conquista armada de Jerusalén, sino por transformación social, personal…. No se trataba de controlar el poder existente (para que todo siguiera lo mismo, aunque con nuevos dueños), sino de superar una estructura de poder que expulsaba de la casa a los pobres e impedía que los ricos pudieran tener verdadera casa/hogar (fogueera, sukalde, etxea, en el sentido radical de ls palabra). Pensó que los ricos podían cambiar y construir hogares, pero sólo acogiendo a los pobres.
Jesús, el tekton de casas materiales, al servicio del orden establecido, se hizo así arqui-tekton, constructor de una humanidad reconciliada, a partir de los pobres. Por eso criticó a los viñadores homicidas (especuladores, sacerdotes), que se habían adueñado de la “finca” para su servicio (Mc 12, 1-12). Evidentemente, esos constructores que habían tomado la viña, para construir en ella sus palacios y templos, le juzgaron y mataron, oponiéndose así a la revolución de los pobres. Pero los cristianos saben que su muerte no fue en vano y que Dios le convirtió en “piedra angular” de la nueva casa del Reino (Mc 12, 10, cita de Sal 118, 22).
La cuestión de fondo era el Templo que debía ser “casa de oración”, es decir, de diálogo y encuentro, de fraternidad y gozo para todos, y de un modo especial para los pobres (es decir, un tipo de Parlamento, al servicio de la justicia y la igualdad). Pues bien, los sacerdotes y senadores (aliados con Roma) lo habían convertido en “cueva de ladrones” (Mc 11, 17), para legalizar sus intereses financieros, mientras los pobres, a quienes Jesús prometía el Reino, quedaban sin casa.
No le mataron por cuestiones religiosas separadas de la vida, sino por intereses muy materiales pero, al mismo tiempo, muy humano, muy social, vinculado a la construcción de hogares de humanidad, abiertos a todos, en especial a los más pobres. Evidentemente, conspiraron contra él y le mataron los sacerdotes de Jerusalén, que habían pactado con Roma, para seguir siendo dueños de la Casa/Templo (con devotos sometidos y dinero), convirtiendo la religión en un mercado, cueva de bandidos, mientras los pobres no tenían casa familiar, como he puesto de relieve en mi Historia de Jesús (Verbo Divino, Estella 2013).
Evangelios, la casa
Los cristianos no empezaron formando una nueva religión instituida, sino una federación de casas inter-dependientes, abiertas, desde y para los pobres, creando redes de comunicación y de vida fraterna, casas-familias, impulsadas por el testimonio y presencia de Jesús, a quien descubren como resucitado. Entre los diversos grupos hubo divisiones y tendencias, pero en todos formaban una “ekklesia”, una asamblea de personas y familias, compartiendo casa y esperanza, edificio y comida, fuego, luz, espacio de comunión donde los niños fueran recibidos…. Podríamos fijar los tipos de casas de la Iglesia primitiva (en el documento Q en los escritos de Pablo), o presentar la iglesia como casa-para-los-sin-casa (1 Pedro), pero he querido centrarme Marcos,, que ratifican de forma solemne la experiencia de la casa cristiana.
Marcos describe la forma en que los “señores” del mundo (gobernadores, sacerdotes) mataron a Jesús para mantener su “casa” (imperio, templo) como negocio sobre el pueblo. Su visión de los seguidores de Jesús se resume en tres símbolos centrales que son Pan, Casa y Palabra, como destaqué en un libro titulado precisamente así (Sígueme, Salamanca 1998). Ese convencimiento me ha llevado a redactar un largo comentario del Evangelio de Marcos (Pan, casa y palabra, Verbo Divino, Estella 2012), poniendo como centro del mensaje de Jesús la experiencia y tarea de la casa.
Desde ese fondo se entiende la palabra y tarea central de Jesús: “Quien deje casa o hermanos… por el evangelio tendrá cien casas y hermanos…” (cf. Mc 10, 28-31).Jesús no pide a los suyos que dejen la casa por ascetismo o mendicidad, sino por el evangelio: Por comunión con los pobres, para compartirla con ellos, creando espacios de familia más amplia. El problema no era (ni es) que no haya casas (¡las hay, y muchas…!), es que no se comparten. Los ricos hacen casas para su disfrute privado, no para bien de todos.
El tema de fondo no es de pobreza, sino de participación; Jesús no quiere que sus amigos quemen casas, sino que las compartan, de manera que así se multipliquen. Ésta es su nueva contabilidad, su “mercado de Reino: No se trata de tener contra los otros (multiplicando así los millones propios), sino de tener con y para todos, disfrutando así el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas.
Un esquema de casa
— Principio. Casa (oikia, oikos) es lugar de reunión y comunidad reunida. La nueva familia de Jesús, formada por hermanos/as, hijos y madres (sin padres de tipo patriarcal: 3, 31-35; l0, 29-30), aparece como casa en Marcos. Los seguidores de Jesús no son sinagoga (estancia judía de oración y estudio de la ley) ni iglesia en el sentido posterior de comunidad sagrada, sino casa y/o comunión fraterna. Frente al templo nacional israelita, construido en jerarquía sobre el privilegio de los sacerdotes, Jesús edifica la casa de Dios (cf. 12, 10-11), abierta a todas las naciones (11, 17). Lógicamente, le condenan pues ello implica la «caída» del templo israelita (11, 12-14; 14, 58; 15, 29).
— Textos. Jesús ha iniciado un movimiento laical de personal que abandonan templo y sinagoga para convivir y descubrir el sentido de Dios (el mesianismo)en la casa familiar donde se juntan, dialogan y oran:
— Casa de Simón y Andrés, lugar la curación (resurrección) y servicio (1, 29), frente a sinagoga «de ellos» (judíos) donde habita el hombre impuro (1, 23)
— Casa de curación y perdón criticado por los escribas (2, 1-12), casa del publicano que invita a Jesús y sus discípulos, superando la ley de pureza de los escribas de los fariseos (2, 15-17).
— Casa de familia donde Jesús reúne al «corro» de madres, hermanos/as, que cumplen la voluntad de Dios, superando la crítica de escribas y familiares antiguos ( 3, 20-35).
— Casa del Archisinagogo que se hace creyente con su esposa, pues entra Jesús con tres discípulos y cura a la hija enferma/muerta (5, 35-43).
— Casa de libertad y universalidad mesiánica (7, 17; cf. 9, 28), por encima de la ley de los escribas, con pan/curación para los gentiles (7, 24-30).
— Casa de igualdad/fidelidad matrimonial (10, 10), donde el niño es el más grande (9, 33)
— Casa de Simón leproso, donde la mujer unge a Jesús para la sepultura y se anuncia (anticipa) la misión universal (14, 3-9). En esa línea se puede hablar de una casa eucarística, aunque Marcosn o llama al cenáculo casa sino habitación superior (katalyma:14, 14) donde Jesús instaura su pascua.
— Conclusión. La casa no es negocio, sino experiencia de humanidad Una humanidad económica y políticamente enferma como la nuestra (Europa, España 2025), donde es muy difícil ganar lo suficiente para construir/comprar una casa es una injusticia estructural. El hecho de que muchos jóvenes o menos jóvenes no puedan tender posibilidades de construir/edificar una casa constituye un problema que es más que económico y político, un problema estructurl, de humanidad.
Mateo sigue básicamente a Marcos y pone en el centro de su mensaje el tema de la casa, pero añadiendo que Jesús quiso edificar (oiko-domeô) una casa universal, dando las llaves a Pedro para que todos pudieran habitar en ella, prometiendo que nada ni nadie (ni siquiera el infierno, ni el neo-capitalismo) podría destruirla (Mt 16, 18-19). Esa ha sido su alternativa judeo-mesiánica de la casa frente a la casa judeo-sacerdotal de Jerusalén, convertida en cueva de bandidos, dando a Pedro recibió la función (a veces no cumplida) de abrir la casa de modo que todos pudieran tener cabida en ella.
Esa visión se expresa en la parábola del juicio (Mt 25, 31-46), donde el tema de la casa (los sin-casa, extranjeros…) se inscribe en un contexto más amplio de necesidades personales, familiares y sociales (hambre, sed, desnudez, enfermedad, cárcel). Centro de esas necesidades son los sin-ropa (dignidad) y de los sin-casa (xenoi, extraños), que son los que vienen de fuera (emigrantes no acogidos) y también (como en nuestra sociedad) los expulsados (desahuciados) de las casas. En contra de la injusticia actual, el centro del proyecto de Jesús es acoger (ofrecer casa) a los que, por diversas circunstancias, no la tienen.
Lucas introduce en su evangelio algunas novedades de tipo económico y social, pero ha concretado su proyecto de Reino en el libro de los Hechos, presentando desde el principio la utopía de la casa común (cf. Hech 2-4). Los primeros cristianos formaron una “federación de casas”, compartiendo la fe de Jesús y la comida. No tenían apenas estructuras exteriores, pero se reunían en las casas de los miembros (hermanos), convertidas en espacios de comunicación monetaria (¡bienes, comida!) y personal, de acogida y diálogo abierto en especial a huérfanos, viudas y sin-casa (cf. Hch 6).
Aquí se planteó el primer gran problema de la Iglesia, que Pablo interpretó como “dogma” central del evangelio: Las comidas compartidas en las casas de la Iglesia (Hch 15; cf. Gal 2, 5.14). Algunos querían “comidas y casas separadas” (para judíos por un lado, gentiles, por otros…). Pablo, en cambio, recordó que según Jesús todos los creyentes debían ser acogidos en las casas de la comunidad, compartiendo dignidad y comida. Así entendió el evangelio en forma de relación de casa y mesa, en comunión abierta a judíos y griegos, hombres y mujeres, libres y esclavos (Gal 3, 28). El problema de la Iglesia no es de ley ni clero, sino de casa y comida.
Juan ofrece una doctrina absolutamente necesaria para entender y resolver el tema, como indicó Caifás, Sumo Sacerdote, afirmando que debía morir Jesús, para que se mantuviera el “orden de la casa”, el sistema religioso y social de la oligarquía de Jerusalén, vinculada a los romanos, que concede casas a unos y expulsa a otros (Jn 11, 47-53). Esa doctrina sigue siendo esencial en nuestro tiempo: Para que el sistema siga deben “morir” los pobres, quedarse sin casa Jesús, en cambio, murió (fue asesinado “legalmente”) porque quiso “reunir a todos los hijos dispersos” (ofrecer a todos casa-familia). Era peligroso para la Gran Casa de Jerusalén, sigue siendo peligroso.
En esa línea avanza la exigencia suprema de Jesús, que es de transparencia. El sistema de poder se mantiene por mentira y ocultamiento: Unos saben, a otros se les niega el saber; unos pueden, a otros se les quita el poder; unos tienen grandes casas, otros son expulsados de ellas. Pues bien, para invertir esa situación, Jesús propone un remedio: ¡Que todo se sepa! (Jn 15, 15). Ése es también hoy el principio de la solución: ¡Que se sepa quién manipula las casas, quien roba, quien excluye, de manera que empiece ya aquí el juicio de Mt 25, 31-46! Sólo donde se sepa y se diga en todas las plazas quiénes y cómo expulsan a los otros de las casas podrá iniciarse un camino de renovación.
Nosotros, una encrucijada económica…
Nuestro tiempo (2025) se parece en muchos rasgos al de Jesús. (a) Los poderes especulativos (ceo-capitalismo, bancos), manejando al Estado, han empleado parte del capital para construir casas, no para bien de la gente (¡que pueda vivir!), sino para ganancia propia, subiendo el precio y creando una inmensa burbuja inmobiliaria y financiera… Por otra parte están los cientos de miles y millones de migrantes sin casa, que vagan por mares desiertos y fronteras buscan un lugar donde puedan ser acogidos y crear una cas..
(b) Una parte considerable de los que han comprado las casas en esas condiciones, con grandes hipotecas, tienen dificultades en pagarlas y corren el riesgo de perderlas (ser desahuciados). La solución tiene aspectos políticos, sociales y económicos que desbordan mi planteamiento. Pero la Biblia (mensaje de Jesús) ofrece al menos dos indicaciones significativas:
La situación es escandalosa y anti-cristiana, en ella están implicadas las mismas iglesias oficiales (parecidas al templo de Jerusalén, que Jesús rechazó). Este escándalo ha surgido (al menos en España) en una sociedad de catolicismo básico (nacional-catolicismo), pero la Iglesia oficial no ha tenido la lucidez de verlo ni la valentía de condenarlo. Será tiempo de que lo haga…. Y en el fondo sigue siendo escandalosa la riqueza de algunos que no tienen más casa que el capital, ni más hogar que la fuerza
La solución no es sólo el cristianismo, pero los cristianos ten mucho que decir y proponer, en la línea del mensaje de Jesús: O sabemos presentar el evangelio como experiencia y tarea de “casa compartida”, o terminaremos haciendo su mensaje y la misma Iglesia se vuelva irrelevante. ¿Si la sal se vuelve insípida con qué se salará? (Mt 5, 13).
Este es un problema de nueva construcción de hogares‒casas de evangelio… Con una iglesia que sea casa abierta para los sin casa, con casas que sean hogares para los ricos, que habitan en ellas y acojan a otros… Esta es la situación creada para miles y miles (millones) sin techo, si casa material y su casa humana.
Pero el tema es mucho más que de economía. Seguiré mañana
El verano (en España) con sus olas de calor no se presta a grandes reflexiones teológicas. Además, los tres textos de este domingo van cada uno por su cuenta. Pero nos ponen en contacto con tres personalidades muy distintas e interesantes.
Un profeta demasiado optimista: Jerusalén y Gaza (Isaías 66,10-14)
Recuerda las imágenes que has visto de Gaza: ruina total, niños hambrientos, madres desesperadas… Jerusalén durante los siglos VI y V a.C. también estaba en ruina y, además, vacía. Su población había sido deportada a Babilonia, había huido a Egipto o se había dispersado por las regiones vecinas.
En este contexto, un profeta proclama su mensaje utópico, centrado en la vuelta de los hijos a su madre: la mayor alegría para Jerusalén y el mayor consuelo para los desterrados. El profeta también habla de la paz y la riqueza que inundarán la ciudad. Un mundo maravilloso de alegría, consuelo, paz y esplendor.
¿Cómo se consigue? ¿Qué deben hacer los judíos? Según este poema, nada. Todo lo hace Dios. Es él quien hace derivar hacia Jerusalén la paz y la riqueza de las naciones; es él quien consuela. Es él quien manifiesta a sus siervos su poder (su mano), como dice la última frase del poema.
Vuelve la mirada a Gaza. El único que ha propuesto una solución es Trump, que desea convertirla en una ciudad turística. Netanyahu prefiere seguir bombardeándola. ¿Habrá algún profeta capaz de consolar a los gazatíes? ¿Servirá de algo su consuelo?
Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis,
alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto.
Mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos,
y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes.
Porque así dice el Señor:
«Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz,
como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones.
Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán;
como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo,
y en Jerusalén seréis consolados.
Al verlo, se alegrará vuestro corazón,
y vuestros huesos florecerán como un prado;
la mano del Señor se manifestará a sus siervos.
Un judío rebelde: Pablo (Gálatas 6,14-18)
En algunas instituciones y colegio se ha propuesto (incluso llevado a cabo) suprimir los crucifijos. En tiempos de Pablo eso no era problema porque no existían. El buen israelita (y muchos cristianos de origen judío) no presumían de llevar una cruz al cuello sino de estar circuncidados. Esa era la garantía de pertenecer al pueblo de Dios y de hallarse en buena relación con él. Pablo, circuncidado a los ocho días, terminó convencido de que la circuncisión no sirve de nada. El único que salva es Jesús al morir por nosotros. La cruz de Cristo es su único motivo de gloria. Y los que se pasan el día hablándole de lo maravillosa que es la circuncisión, que hagan el favor de dejarlo tranquilo.
Hermanos: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva criatura. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma, también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén
Un optimista realista: Jesús (Lucas 10,1-12)
[La liturgia ofrece la posibilidad de elegir una lectura breve. Es la que sigo].
En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:
‒ La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino!
Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.
Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios.»
Jesús lleva tiempo dedicado a la actividad misionera, pero quiere que sus discípulos se entrenen para sucederlo. Según Mateo, envió a los Doce para esa tarea, dándoles antes una serie de instrucciones. Lucas, que escribe hacia el año 80, cuando el cristianismo se ha difundido por el imperio romano, sabe que la expansión del evangelio no ha sido sólo obra de los Doce sino también de otras muchas personas anónimas. E introduce un cambio muy importante: el discurso que Jesús dirige a los Doce en el evangelio de Mateo, en Lucas se lo dirige a setenta y dos (6 x 12, un número simbólico).
Curiosamente, lo primero que deben hacer es rezar para que el Señor envíe operarios a su mies. El dueño de la mies no es Dios Padre, sino el mismo que Jesús, que les ordena ponerse en camino. Con una advertencia y unas órdenes.
La advertencia: no van a una labor fácil ni agradable. Van como corderos en medio de lobos. El peligro no es la dentellada que provoca la muerte sino la que desprestigia y tira por tierra el mensaje del evangelio. El imperio romano estaba repleto de grupos y predicadores religiosos parecidos a muchos de los actuales que utilizan la religión como forma de ganarse la vida. Por eso, la mejor forma de evitar las dentelladas de los lobos es llevar una forma de vida totalmente pobre y austera: No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias. La talega hace referencia al dinero, la alforja al alimento, las sandalias al vestido.
Luego añade unas palabras que sólo se encuentran en Lucas: «no os detengáis a saludar a nadie por el camino». Eso mismo le dijo el profeta Eliseo a su criado Guejazí, un día que lo envió a una misión urgente (curar al hijo de la sunamita). Lucas, que conocía el Antiguo Testamento de memoria, pensó que este momento era el adecuado para poner en boca de Jesús las mismas palabras. La misión de los discípulos es urgente, no se puede perder el tiempo charlando a mitad de camino.
¿Qué hacer cuando llegan a un pueblo o aldea? Jesús concede una importancia capital al alojamiento, insistiendo en no cambiar de casa. Probablemente refleja su experiencia personal; y Lucas, la de los primeros misioneros. Cambiar de casa puede provocar muchos celos y tensiones.
Las palabras siguientes resultan extrañas en este sitio: Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios.» Los discípulos ya habían llegado a un pueblo y habían sido bien acogidos por una familia, que les da de comer. Si Lucas hubiera escrito con ordenador, quizá hubiera marcado bloque, cortado y pegado, cambiando el orden de las frases. O quizá no, porque este orden ilógico deja para el final, dándole mayor importancia, la misión de los discípulos: curar a los enfermos y anunciar la cercanía del Reino de Dios.
El contraste entre la lectura de Isaías y el evangelio
El mundo utópico de Isaías, el esplendor de Jerusalén, se realiza sin esfuerzo alguno, por pura obra de Dios. En cambio, el mundo utópico que predican Jesús y los discípulos conlleva mucho sacrificio y esfuerzo. Además, es un mensaje que puede ser rechazado, como le ocurrió al mismo Jesús en Corozaín y Betsaida.
Además, esos discípulos enviados a la misión no son un grupo de selectos. Todos hemos conocido gente que nos ha hecho gran bien desde el punto de vista humano y cristiano, que nos han anunciado el Reino de Dios. Y también nosotros hemos llevado y debemos llevar adelante esa tarea, a veces dura, y muchas veces con sensación de fracaso. Pero esto no es motivo para dejar de esperar en el triunfo de la utopía.
Jesús tiene urgencia por anunciar el Reino y se decide a compartir su misión personal con un grupo a quienes envió delante de él. Los seguidores de Jesús somos camino en el Camino, casa en Casa y alegría en la Alegría. Jesús nos habla de ser cauces, puentes de CORRESPONSABILIDAD, COMUNIÓN, pero antes nos instruye desde el espíritu del amor. Nos advierte de las dificultades, al mismo tiempo que nos abre el camino de la confianza.
“La mies es abundante”: nos habla de que hay mucho trabajo por realizar, pero no nos dice que nos estresemos y agobiemos, sino que roguemos para que nos envíen ayuda.
“Rogad por tanto al dueño de la mies”: en una sociedad de la inmediatez, donde cada vez somos más autosuficientes, Jesús nos ruega que oremos, que pidamos al Padre, que seamos pequeñas y humildes, sabiendo que nuestra fuerza es LA CONFIANZA en Dios.
“Que envíe obreros”: esto somos los seguidores de Jesús, obreros, personas que trabajamos un campo que no es nuestro. Hij@s que descubren el Reino del Amor y no solo entregan su tiempo, sino su Vida entera. No nos pertenecemos porque no somos pagados con dinero sino retribuidas con Amor, y el Amar de Dios es calidad.
“Y nos envía como corderos en medio de lobos”: nos habla de vulnerabilidad, de fragilidad, y así somos los seguidor@s de Jesús, pequeñ@s, frágiles pero sabemos que la fuerza se realiza en la debilidad. Solo en lo pequeño, en lo frágil y vulnerable Dios actúa, porque ahí es donde nos dejamos acariciar. En lo grande y perfecto, Dios no tiene espacio, se queda fuera.
Oración
Padre, ayúdanos a entregar la vida por el Reino desde nuestra fragilidad.
Comentarios desactivados en El llevar a los demás el Evangelio es connatural a vivirlo.
DOMINGO 14º (C)
Lc 10,1-12; 17-20
En el relato se puede apreciar que se trata de un claro reflejo a lo que se practicaba en las primeras comunidades. En ningún evangelio se percibe un grado de organización suficientemente sólida como para llevar a cabo una programación como esta. Por otra parte, los seguidores de Jesús no se enteraron de nada hasta la experiencia pascual.
De todas formas, las recomendaciones son una mina para conocer la estructura de las primeras misiones comunitarias. “De dos en dos”, porque para los judíos la opinión de uno solo no tenía ningún valor en un juicio, y los misioneros son, sobre todo, testigos. También, porque el amor exige por lo menos dos para ser vivido y proclamado.
“Poneos en camino”. La itinerancia es la clase de vida que eligió Jesús cuando se decidió a proclamar la buena noticia. El anuncio no se puede hacer sentado. Seguir a Jesús exige una dinámica continuada. Nada se puede comunicar desde una cómoda instalación personal. La disponibilidad y la movilidad son exigencias básicas del mensaje.
“Os mando como ovejas en medio de lobos”. Cuando se escribieron los evangelios, las primeras comunidades cristianas estaban viviendo la oposición, tanto del mundo judío como del pagano. Esa oposición no impidió el desarrollo de la misión de predicar.
“Ni talega ni alforja ni sandalias”. La pobreza es signo del abandono de toda seguridad. Significa no confiar en los medios externos para llevar a cabo la misión. Se trata de confiar solo en Dios y el mensaje. Tenemos obligación de utilizar al máximo los medios que la técnica proporciona, pero no debemos poner nuestra confianza en ellos.
“No os detengáis a saludar a nadie por el camino”. No se trata de negar el saludo a nadie. En aquella cultura, el saludo llevaba consigo un largo ceremonial que podía durar horas o días. Esta recomendación quiere destacar la urgencia de la tarea a realizar.
“Decid primero: ¡Paz! Nuestro concepto de paz no expresa lo esencial. “Salom” no significaba ausencia de problemas y conflictos, sino la abundancia de medios para que un ser humano pudiera conseguir su plenitud humana. Llevar la paz es proporcionar esos medios que hacen al hombre sentirse a gusto e invitado a humanizar su entorno.
“Comed y bebed de lo que tengan”. Lo más difícil es aceptar la dependencia de los demás en las necesidades básicas, no poder elegir ni lo que comes ni con quien comes. Muchos intentos de evangelizar han fracasado por no tener esto en cuenta.
Curad. Seguimos dando demasiada importancia a la salud corporal. Curar en este contexto, significa ayudar a un ser humano alcanzar su plenitud. Curar significa alejar de un ser humano de todo lo que le impide ser él. Las mayores carencias no son materiales.
“El Reino está cerca”. Ni teología, ni apologética, ni ideología. Lo único que un ser humano debe saber es que Dios le ama. Dios es (está) en ti. Descúbrelo y lo tendrás todo. El que proclama el Reino de Dios, tiene que manifestar que pertenece a ese Reino. Tiene que responder a las necesidades del otro. Tiene que estar dispuesto al servicio. No debe exigir nada, ni siquiera la adhesión. Tiene que limitarse a hacer una oferta.
«El Señor designó a otros 72 y los mandó por delante»
Decía José Enrique Ruiz de Galarreta, que «el sueño de Dios no puede ser la raquítica salvación de media docena de perfectos, sino que es toda la creación, realizada y perfecta, lo que constituye el sueño de Dios; su proyecto; el Reino». Consecuente con esa idea, José Enrique definía la humanidad en los siguientes términos: «Una comunidad de Hijos queridos por Dios que sólo amándose como hermanos podrá realizarse».
Si concebimos así la historia –como proyecto de Dios– podremos entender dos aspectos cruciales para nuestra vida. El primero, que caminamos hacia esa plenitud individual y colectiva que constituye el Reino, es decir, hacia un mundo libre de las pasiones que lo deshumanizan.
El segundo, que los protagonistas de la última etapa del camino somos nosotros; que Dios ha confiado en nosotros, ha puesto en nuestras manos su proyecto y nos ha dotado de tal grado de inteligencia y de libertad, que tenemos de hecho la capacidad de culminarlo… o malograrlo; de tomar el camino que lleva a la meta… o tomar otro y vernos condenados a vagar por la historia desorientados y sin llegar a ninguna parte.
Y esta disyuntiva es la que nos lleva a Jesús, pues Jesús se sintió enviado por Dios para marcar el rumbo de la humanidad –el Reino–, y porque a su muerte nos envió a nosotros por el mundo para completar su obra: «Como Dios me envió, así os envío yo a vosotros»…
Los cristianos somos, por tanto, enviados por Jesús con su misma misión, y nuestra seña de identidad por excelencia es el compromiso con la misión; es decir, con esa tarea apasionante y descomunal de poner nuestro grano de arena en el logro de la plena realización humana.
Creemos, por tanto, que la humanidad tiene un destino, pero también creemos que tiene una gran propensión a equivocarse y necesita buenos guías que le muestren el camino para no perderse; para salvarse del desastre. Desde nuestra perspectiva, los criterios de Jesús son cauce de salvación, aunque no pensamos que esos criterios sean exclusivos de los cristianos, sino que están presentes en muchas personas, religiones y filosofías ajenas a él que las convierte en agentes de salvación.
La diferencia está en que entre los seguidores de Jesús (los que verdaderamente le siguen), estos criterios se convierten en la esencia de todo, en la propia razón de su existencia; en su norma de vida; en el sentido de su vida.
Pero hay varias formas de entender a Jesús; muchas de ellas válidas y la mayoría insuficientes. Unos lo conciben como gran maestro de sabiduría al igual que tantos que ha habido en el mundo, otros, como portador de unos criterios que propician una sociedad más justa e igualitaria, otros, como encarnación de Dios que se hace hombre para abrirnos las puertas de la vida eterna… Otros, finalmente, como el camino a seguir para que el proyecto de Dios, el Reino de Dios, llegue a hacerse realidad: «Yo soy el camino…»
Es probable que conozcan la leyenda de aquel maestro de obra que en plena Edad Media visitaba la sección de cantería en el solar donde se estaba construyendo una catedral. Dice la leyenda que se acercó a uno de los canteros, y le preguntó: «¿Qué estás haciendo?», y él le respondió: «Estoy tallando este bloque de mármol». Le hizo la misma pregunta a un segundo cantero, y éste le dijo: «Estoy fabricando un capitel». Siguió su camino, y ante la misma pregunta un tercer cantero le respondió: «Estoy construyendo una catedral»… Los tres estaban haciendo lo mismo, pero con una perspectiva y una motivación muy diferentes.
Nuestra catedral es la humanidad y nuestro compromiso llevarla a buen puerto al estilo de Jesús; como la semilla, como la levadura, siendo sal, siendo luz… siendo conscientes de que no estamos tallando un bloque de mármol; que estamos construyendo una catedral; la catedral definitiva.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
El binomio bíblico y cristiano más genuino es el de Profeta-rey. En ese sentido, rey es sinónimo de poder económico, ideológico y político. Profeta es quien pronuncia la palabra de perfección en el amor y quien denuncia la manipulación e injusticia del poder, es decir, del rey, del poderoso, del opresor. El/la profeta de Yavé Dios no denuncia ni anuncia desde sí mismo/a, aunque también corre el peligro de hacerlo, sino desde la experiencia del dolor, de la pobreza del pueblo (porque pertenece al pueblo) y desde las exigencias de la justicia que Dios quiere. El/la profeta clama contra el opresor, contra el poderoso, porque no se siente o no quiere sentirse culpable de su ignominia, de sus infamias; le pone al descubierto de su falsedad, de sus argucias, de sus embustes, pero también despierta en los oprimidos, en los dominados, la conciencia de liberación para evitar callejones sin salida, para abrir las puertas que les encierran en sus propios miedos, para acoger y confiar en la Ruah Divina que todo lo llena, todo lo impulsa.
Es posible salir de ese binomio paralizante Profeta-rey si abandonamos el poder opresor, el dominio de unos sobre otros mediante la conversión y la reconciliación. Es lo que simboliza el número 72 que, según la tradición judía, (¡ojalá lo tuvieran en cuenta los genocidas, los corruptos!) corresponde al número de pueblos esparcidos por toda la tierra. ‘Poneos en camino’. ‘La mies es abundante y los obreros pocos’.
La misión es universal. Los/as misioneros/as deben ir de dos en dos, es decir, toda la comunidad cristiana es sinodal, misionera, al servicio de la evangelización de la sociedad, sin triunfalismos, sin etiquetas, con medios pobres, humildes, ‘sin alforja ni sandalias’, en medio de dificultades, en un mundo lacerado por el dolor, la guerra, la pobreza, los egoísmos.
“Cuando entréis a una casa decid primero: ‘Paz a esta casa’ y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz”. La casa común, la madre tierra, la creación que se nos regaló para cuidarla, amarla, protegerla de depredadores sin escrúpulos, enviados como corderos en medio de lobos y ‘no os detengáis a saludar a nadie por el camino’; que nada ni nadie os enrede, os desvíe de vuestro propósito, de renunciar a una vida con sentido… La misión es urgente y su contenido lleva siempre un mensaje de paz que proviene del Abbá Dios, de su Palabra. Es, además, una tarea responsabilidad de todos los bautizados, no de ‘sabios ni ricos’.
En la primera lectura Isaías nos recuerda que un insignificante pueblo de repatriados, una comunidad mermada, humillada, escucha de su profeta una palabra de aliento, de esperanza (Is 66,10-14c). El simbolismo del amor filial y maternal habla de Dios, anuncia paz, ensancha la esperanza, aun estando crucificada, y hace sentir una presencia de salvación. En Gaza, Ucrania, Sudán del sur, Haití, Congo, Yemen… pero también en la división entre iguales, entre ciudadanos enfrentados por intereses mezquinos de los dirigentes… se descubre una presencia fuerte y auténtica: ‘Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones’. Esperar, a pesar del horror, una paz que termine con la inhumanidad de sembrar el odio y la muerte.
Con el Papa Francisco la Iglesia se proclama a sí misma como sinodal, en perspectiva misionera y de comunión, poniendo en el centro de su ser la evangelización. En otras palabras, la misión de la Iglesia es la evangelización viviendo la comunión juntos, en sinodalidad. Para ello hay que volver a los orígenes y replantear la estructura ministerial en la Iglesia, de modo que no exista una diferencia perpetuada hasta el concilio vaticano II en la Lumen Gentium cuando afirma que, entre el sacerdocio universal de los fieles y el sacerdocio ministerial «existe una diferencia esencial y no solo de grado», es decir, presupone que existen dos órdenes ontológicos separados [1]: bautizados en un orden inferior y ordenados en el superior.
El evangelio incide precisamente en que es la comunidad el centro de la vida eclesial y no al revés, situando el ministerio en el lugar que le corresponde, el del servicio. ‘Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya y proclamad: “Está cerca de vosotros el Reino de Dios”. El aparato estructural no puede nunca ahogar la espontaneidad del Espíritu.
Sinodalidad es un nuevo Pentecostés que derribó barreras (lenguas, culturas, jerarquías religiosas judías), capacitó a todos para profetizar y convirtió un grupo de personas vulnerables y temerosas en una comunidad de amor y misionera.
Pentecostés es el Espíritu de Dios que nos humaniza, que ‘sacramentaliza’ el cuerpo de los pobres para amar a Dios, es el Espíritu que irrumpe para desacralizar la religión del poder y encarnar la Gracia en lo humano, desde los bienaventurados descartados y los samaritanos misericordiosos.
El clericalismo se resiste porque Pentecostés fue siempre subversivo frente al poder religioso establecido… Jesús no vino para fundar una religión ni para cambiar un clericalismo por otro, que es lo que hacen las ideologías políticas, incluso las eclesiásticas, cuando llegan al poder.
La sinodalidad desafía el «control sacralizado» del clericalismo, desmontando toda una estructura de ritos, lenguaje y sumisión que oculta los abusos de poder, de conciencia, económico y sexual. El clericalismo es una idolatría que, en lugar de liberar lo humano para lo trascendente, lo somete a la inmanencia de un clero que se cree superior al Pueblo de Dios [2].
Como comunidad de los/as seguidores de Jesús somos llamados/as a liberar, a ser Gracia y don para los demás. Nuestro compromiso se juega en la lucha pacífica por instaurar la paz y la bondad a nuestro alrededor.
¡Shalom!
Mª Luisa Paret
[1]B. Pérez Andreo, teólogo. “Si la curia es un cáncer hay que extirparlo, no reformarlo”.
[2] G. J. Kowalski, teólogo por la UCA. Argentina.
En la conclusión de un relato nacido en las primeras comunidades de seguidores de Jesús, que trataba de regular la forma de vida y de acción de los misioneros itinerantes, se ha colado un dicho de profunda sabiduría acerca de la alegría incondicionada.
Mientras los discípulos vuelven alegres por lo que han conseguido -un poder que somete incluso a los demonios-, Jesús les muestra que el motivo real de la auténtica alegría no tiene que ver con lo que se hace, lo que se tiene, lo que se logra o consigue. La alegría incondicionada no es un estado de ánimo que se halla a merced de las circunstancias o acontecimientos, sino un estado de ser que, como tal, permanece estable e inalterado.
En cuanto estado de ánimo, la alegría (con minúscula) se alterna con la tristeza. Y ambos tienen su lugar y su razón de ser dentro del abanico de los sentimientos humanos. Así los reconocemos, los acogemos y los gestionamos de la manera más constructiva.
Pero aquí se habla de la Alegría (con mayúscula), aquella que constituye nada menos que nuestra identidad más profunda. En el texto se recurre a una expresión acorde con el contexto religioso teísta y mítico: “vuestros nombres están inscritos en el cielo”.
En las culturas antiguas, el nombre equivalía a la identidad. Por tanto, la afirmación evangélica podría “traducirse” de este modo: estad alegres porque vuestra identidad es eterna. Sea lo que sea que suceda u os ocurra, lo que sois se halla siempre a salvo. Tal comprensión nos hace ver que la auténtica Alegría no requiere ninguna condición:somos Alegría.
Comentarios desactivados en La paz no es ausencia de guerra, sino un estado de gracia
Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:
Con la que está cayendo, bueno será que hoy pensemos y oremos un poco por la paz.
Las dos lecturas de hoy: Haré llegar como un río la paz, (Isaías), Llevad la paz por las casas (Evangelio) pueden ayudarnos a pensar, a desearnos y orar por la paz personal, socio-política, eclesial.
01.- Shalom: Paz de Jesús.
Jesús, como buen judío, saludaba con la paz: «shalom«. Deseaba la paz. Todavía hoy los judíos se saludan con la paz: «shalom«. Pero cuando un judío saluda a otro con la paz no le desea sólo que no hagan la guerra. Paz significa algo más que ausencia de guerra.
Por otra parte, y al mismo tiempo, Jesús desea y siembra la paz. Desde el nacimiento de Jesús amanece la paz. Los pastores escuchan en la noche de Belén: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra: paz.
Jesús confiere salud, paz. A los enfermos les manda en paz: vete en paz. Hoy hemos escuchado cómo Jesús envía a los suyos a transmitir paz: paz a esta casa. Cuando Jesús se hace presente en el desilusionado grupo de creyentes les confiere paz: paz a vosotros. (Jn 20,26). Jesús nos deja su paz: la paz os dejo, mi paz os doy, (Jn 14,20)
02.- ¿Qué paz?
Shalom, la paz de Jesús no es sólo la mera ausencia de guerra. La paz tampoco es una “victoria”. (La otra cara de la moneda de una victoria es una derrota).
La paz o dejo mi paz os doy, pero no como la da el mundo, (Jn 14,27)
Podríamos decir que vivir en paz es vivir en serenidad y armonía integrando y “poniendo en su sitio y orden” las dimensiones personales y sociales: la libertad, la economía, la etnia, la patria, los bienes, el placer.
Al mismo tiempo la paz brota cuando asumimos las limitaciones personales, la o las enfermedades, incluso la muerte.
03.- La paz: hermosa y difícil tarea.
La paz siempre ha sido y es una tarea difícil. También hoy en día apenas vivimos en paz personal y social. Vivimos permanentemente agitados, en ocasiones en una honda ansiedad, frustrados, decepcionados, en guerra, en conflictos económicos…
Y vivimos así porque nuestra armonía interior se ha desorganizado, porque perseguimos valores y realidades que no son tan importantes como parecen y en cuya consecución estamos dejando, hecha girones parte de nuestra vida interior, esa vida interior que nos equilibra, que nos hace dominar los acontecimientos en lugar de ser vapuleado por ellos.
La ausencia de paz es el resultado y consecuencia de la pérdida de la paz personal.
Si lo más importante en la vida es ser rico (el dinero), la grandeza de la patria norteamericana, rusa, vasca, española o la que fuere… es muy difícil que vivamos en paz personal, social, incluso eclesiástica como estamos viendo estas semanas en el episcopado español.
Nos alejamos de la paz por los criterios que barajamos en la vida.
La ansiedad, la falta de paz, la guerra comienzan en los criterios que empleamos en la vida y transmitimos en la familia, en los parlamentos, en la Iglesia en las aulas, en los medios de comunicación.
Yo no soy político ni entiendo mucho de política ni debo entrar en política partidista, ¿pero en qué cabeza cabe que se pretenda la paz aumentando el presupuesto armamentístico?
¿Cómo amanecerá la paz si nuestra máxima aspiración es ser ricos?
¿Cómo viviremos en paz con el racismo y el desprecio hacia el migrante en nuestra mente?
¿Cómo vamos a vivir en paz si la suprema aspiración es el placer?
04.- La paz interior personal en el plano de la conciencia.
No es menos cierto que la Iglesia, la religión ha transmitido miedo y falta de paz. En la Iglesia se ha jugado demasiado con el pecado, la culpabilidad, la condenación, el remordimiento, la angustia, el escrúpulo, el infierno…
Todo esto ha hecho mucho daño y ha minado paz de muchísimas personas.
¡Y hoy en día, en ciertos sectores de la Iglesia actual se pretende volver a esas posturas!
Los dos grandes problemas que pueden quitarnos la paz y causarnos desasosiego: el pecado y la muerte, encuentran paz en JesuCristo.
05.- Hacia la paz: La paz os dejo mi paz os doy.
Resulta entrañable el regalo de Cristo a los suyos: la Paz os dejo, mi paz os doy.
Ante las grandes potencias e intereses del mundo puede parecer una simpleza hablar y vivir en paz serena, en reconciliación, respeto, solidaridad a fondo, sin embargo la paz está ahí y no en los drones, en los aranceles,
La paz será posible cuando dejemos de pensar como valores fundamentales el dinero, el poder, el prestigio y un largo etcétera de posibilidades semejantes.
Quiera Dios que cesen las guerras actuales y todas las guerras. Pero la paz no es sólo ausencia de la guerra, sino un verdadero estado de gracia, de serenidad, construido en lo más profundo del ser humano.
La paz comienza en la mente y en el corazón del ser humano, en la familia, en la escuela y en la universidad, en los parlamentos…
La paz comienza cuando consideramos al otro como un hermano y no como un extranjero o de otra raza, o de otra religión.
La paz os dejo, mi paz os doy. No como la da el mundo.
Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo:
+ «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: «¡Que descienda la paz sobre esta casa!». Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.
En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios está cerca de ustedes». Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: ¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca». Les aseguro que, en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.
Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo:
– «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre».
Él les dijo:
+ «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder de caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo»
(Lucas 10, 1-12.17-20).
El evangelio de Lucas nos presenta a Jesús enviando a los Doce a proclamar el Reino de Dios y a curar, en el capítulo nueve. En este capítulo diez, el envío es a setenta y dos, de dos a dos, delante de sí a todas las ciudades donde él había de ir. En los dos pasajes se ven semejanzas, pero también diferencias. En este segundo texto podemos ver una intencionalidad del evangelista: si el anuncio a Israel se confía a los Doce, aquí el anuncio del reino ha de hacerse más allá de las fronteras de Israel, es decir, también a los paganos.
Otro dato interesante de este pasaje es la referencia a la mies abundante y la falta de obreros. Se necesitan muchos obreros para anunciar la buena noticia del reino. Es un texto vocacional para anunciar Buenas Noticias en un mundo amplio, necesitado de ellas. Para esta predicación Jesús da unas recomendaciones muy concretas. Es una misión que ha de realizarse en medio del conflicto, porque las fuerzas del anti reino están presentes y a eso han de enfrentarse los enviados. El pasaje termina haciendo referencia a la alegría de los discípulos porque “hasta los demonios se les someten” pero Jesús les dice que no debe ser ese el motivo de la alegría, sino el que “sus nombres estén escritos en el cielo”, es decir, por haber cumplido la misión, por ser portadores de la buena noticia, sin enorgullecerse por ello.
Jesús les dice a sus discípulos que no lleven dinero, ni alforja, ni calzado y no se detengan a saludar a nadie. Todo va encaminado a mostrar la prioridad del anuncio sobre todas las distracciones que pueden retrasarlo. También que “no vayan de casa en casa” sino que entren a las ciudades, es decir, les insiste en este ir más allá de los lugares cercanos para que el evangelio se anuncie en las plazas, en todos los lugares posibles. Les advierte de la posibilidad de no ser recibidos a lo que deben responder con la constancia del anuncio en otros lugares. Diríamos, con nuestras palabras, es un anuncio gratuito y quien no lo escucha se pierde la oportunidad. Pero, por parte del discípulo, ha de seguir adelante con la misión encomendada con gratuidad, sin depender de que sea recibida.
A veces se escuchan demasiados lamentos del mundo como alejado de Dios, de los valores, del bien. Y, sin embargo, en el mundo hay muchas búsquedas, muchos deseos positivos, muchos esfuerzos humanos realizando el devenir histórico. En ese horizonte ha de predicarse la buena noticia de manera significativa, actualizada y generosa. Con seguridad muchos más la acogerían si supiéramos anunciarla.
Pidamos acoger la misión que Jesús nos confía hoy a nosotros y realizarla con la libertad, desprendimiento, amplitud, sencillez y generosidad suficientes de manera que llegue a muchos y nuestro mundo pueda ser, cada vez, un mundo más justo y en paz.
(Foto tomada de: https://paroquiaamparopvh.org.br/noticia/jesus-envia-seus-discipulos-em-missao)
Comentarios desactivados en Yo os envío – San Lucas 10, 1-12.17-20 -, por Joseba Kamiruaga Mieza.
De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):
Del miedo al Covid al miedo a la vacuna, del miedo a la crisis económica al miedo a la guerra. Desde hace años, nos alimentamos de miedos.
La crisis económica, cultural y civilizatoria que estamos viviendo pone de relieve algunas cosas que quizá aún no estaban tan claras.
El momento es bastante delicado, los nudos se están deshaciendo. También para la Iglesia. Nuestra Iglesia.
Respiramos cristianismo desde que venimos al mundo, estamos inmersos en testimonios artísticos que remiten continuamente al Evangelio, ¡nos importan tanto nuestras fiestas cristianas!
Todo eso es cierto.
Más o menos.
Pero vivir en una sociedad en la que las referencias histórico-culturales siguen remitiendo al Evangelio no significa ser discípulos de aquel Nazareno que se profesaba Maestro y Señor. Y, al final, esto se ha hecho evidente.
Ciertamente, hay amplias zonas del país en las que las parroquias reúnen a mucha gente y se respira una religiosidad popular fuerte y arraigada. Pero, en cuanto se tocan las cuestiones verdaderas del Evangelio, se produce una huida generalizada.
Nos descubrimos egoístas, victimistas, racistas, rabiosos.
Como escribió hace tiempo el Cardenal Ravasi: es el pensamiento cristiano el que está en minoría, no el cristianismo. No es el cristianismo el que está en crisis, sino la forma histórica que ha adoptado en Occidente y que tiene dificultades para hablar de Dios.
He aquí, pues, la pregunta incómoda: ¿sigue existiendo la Iglesia? ¿Quién es la Iglesia? ¿Qué identifica a los discípulos?
El gran Lucas nos ayuda en este camino, poniendo de relieve las necesidades del discípulo.
Desde el punto de vista de Jesús, no desde el nuestro.
Otra historia
Israel creía que el mundo estaba compuesto por setenta y dos naciones: cada año, en el Templo de Jerusalén, se sacrificaban setenta bueyes para la conversión de las naciones paganas.
Jesús envía a todo el mundo, a las setenta y dos naciones, a sus discípulos.
Jesús no se limita a rezar por su conversión. No se lamenta del rumbo que está tomando la historia, del mal giro de los acontecimientos. Actúa: envía discípulos creíbles para proponer a todos un cambio de vida.
Sin duda, es otra historia.
Y es interesante notar un matiz en algunas nuevas traducciones litúrgicas del texto: no se habla de pocos obreros, sino de pocos que trabajan.
Hay muchos obreros, demasiados: presbíteros, religiosas, religiosos, catequistas, laicos comprometidos. Pero ¿cuántos de nosotros, en realidad, tenemos ese fuego que arde dentro por el deseo de anunciar a Cristo? ¿De vivirlo? ¿De hacerlo presente y accesible? ¿Cuántos de nosotros (yo el primero, que soy el primero de los ignorantes) hemos hecho de las palabras del Evangelio nuestro estilo de vida, de modo que seamos creíbles y se nos crea?
Aunque estuviéramos repletos de presbíteros, religiosos y laicos comprometidos, pero no tuviéramos a nadie que trabajara, no cambiaría mucho… Si, al final, no logramos comunicar el amor que hemos descubierto (que estamos buscando, que nos habita, que nos fascina), nos convertimos solo en funcionarios de lo sagrado.
Anunciar, pues. Y eso es difícil.
Hablar de Jesús a los cristianos, ¡terrible! Ya lo saben todo.
Pero se puede hacer.
Estilo
Los discípulos son enviados de dos en dos, precediendo al Señor.
No debemos convertir a nadie: es Dios quien convierte, es Él quien habita en los corazones.
A nosotros solo nos corresponde preparar el camino.
Somos enviados en pareja: el anuncio no es una actitud carismática de algún gurú, sino una dimensión de comunidad que se construye, un esfuerzo por estar juntos.
Y nos pide que recemos: no para convencer a Dios de que envíe obreros (¡eso es precisamente lo que Él quiere!), sino para convencernos a nosotros, los discípulos, de que nos convirtamos finalmente en evangelizadores.
El anuncio se fecunda con la oración: ¿por qué no convertirnos en terroristas silenciosos del bien, sembrando bendiciones y oraciones secretas allí donde trabajamos?
¿Confiar en el Señor, en lugar de juzgar?
El Señor nos pide que vayamos sin muchos medios, utilizando los instrumentos siempre y solo como instrumentos, yendo a lo esencial. Lo sé, amigas catequistas: el curso de natación o la semana blanca son mil veces más atractivos que vuestra hora de catequesis. Pero vosotras tenéis algo que no se le pide a ningún entrenador: el amor hacia vuestros chicos.
Y nos advierte: «Somos ovejas en medio de lobos», ¡y cuán proféticas se están volviendo estas palabras en nuestro mundo impregnado de ira! Siempre y cuando no nos convirtamos también nosotros en lobitos esperando que los lobos se conviertan.
El Señor nos pide que llevemos la paz, que seamos personas tolerantes, pacificadas. Nadie puede llevar a Dios con la soberbia y la fuerza, la arrogancia del anuncio nos aleja de Dios de manera definitiva.
Por último, el Señor nos pide que permanezcamos, que moremos, que compartamos con autenticidad.
No somos diferentes, no estamos aparte: el cansancio, la ansiedad, las dudas, las alegrías y las esperanzas de nuestros hermanos son de manera precisa las nuestras, exactamente las nuestras.
¡Alegraos!
Es agotador. Es fatigante, lo sabemos.
También lo sabe Pablo, que, a pesar de convertir la cuenca del Mediterráneo, siente todas las limitaciones de su carácter. También lo sabe Pablo, que nos aclara que el problema no son las reglas (en su caso, la circuncisión), sino ser una nueva criatura. Y nosotros, la Iglesia, por desgracia, somos percibidos como los garantes de las reglas.
Como Isaías, estamos llamados a animar a los exiliados que regresan de Babilonia, a volar alto, a soñar en grande, a construir el sueño de Dios que es la Iglesia. Y paciencia por los resultados que faltan: la nuestra es una época de profecía. Es tiempo de sembrar, no de cosechar.
Entonces podremos experimentar verdaderamente la alegría del anuncio, la alegría de ver que Dios, ¡de verdad!, pasa a través de nuestras pequeñas y balbuceantes palabras, ver que la Palabra se viste con nuestras pequeñas reflexiones.
¡Qué alegría sentimos al ver a otros compartir nuestra misma fe!
Si doce hombres de Galilea incendiaron el mundo con su amor, ¿qué podemos hacer nosotros?
Dejemos de quedarnos estancados en la rutina, superemos los miedos del mundo, no valoremos los resultados como una empresa sagrada: alegrémonos, amigos, nuestros nombres están escritos en los cielos, Dios ya llena nuestros corazones y nos confía el Reino.
Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 6 de julio de 2025
Comentarios desactivados en “El agua cristalina de la confianza (salmo 6)“, por Miguel Ángel Mesa.
De su blog Otro Mundo es posible:
Si tú eres el Dios del amor, es imposible que castigues y condenes.
Además tu palabra nos ayuda a rectificar,
a cambiar de actitud, a reflexionar
sobre nuestras conductas erróneas.
Tú eres pura misericordia, que nos libera del odio y del egoísmo.
La muerte tiene su propio reino,
pero tú eres el Dios de la vida,
y nos invitas a gozar de ella cada día.
A veces me siento irritado, confundido,
por tantas contradicciones
como asumo en mi existencia.
Y entonces mi oración se dirige a ti,
mi súplica te alcanza desde mi hondón personal
y siento que estás a mi lado, que me escuchas,
y es cuando brota como de un manantial
el agua cristalina de la confianza.
Comentarios desactivados en “Padre y Madre nuestra del Camino”, por Miguel Ángel Mesa.
De su blog Otro mundo es posible:
Padre y Madre buena y entrañable, que estás siempre en el camino de nuestra vida, en el sendero que nos conduce a los demás, en la vereda hacia el cielo del encuentro y de nuestro propio corazón.
Tu nombre solo es bendecido cuando nuestros caminos se cruzan con los de los demás, cuando nos conducen al encuentro, al abrazo, para devolver la dignidad a las personas caídas en las cunetas de la vida.
Cumplimos tu voluntad de llevar felicidad y plenitud, cuando construimos con nuestro compromiso el camino hacia otro mundo posible, tu Reinado de paz, justicia y fraternidad/sororidad ya en nuestra tierra, desde el espíritu de las Bienaventuranzas que nos mostró Jesús con su propia vida.
En este camino hacia la felicidad en común tenemos que compartir lo que somos y tenemos, y trabajar para que los seres humanos puedan vivir con dignidad en todos los ámbitos de su vida, compartiendo la misma mesa, el mismo pan y brindando con el vino de la común humanidad.
El perdón, la reconciliación, la compasión y la generosidad deben alfombrar el itinerario para solucionar los conflictos y caminar hacia la reconciliación y la paz.
Te pedimos, Dios de la Vida y de todos los Caminos que conducen a ti, que nos ayudes a no caer en la comodidad, el individualismo y la apatía, marchando siempre hacia el encuentro con los demás, luchando contra la opresión, la exclusión, la violencia y buscando así el camino de la paz, que siempre va unida a la justicia, para el bien de toda la humanidad, de la Madre Tierra y de todo el Universo. Amén.
Comentarios desactivados en Aprendiendo a convertirse en una roca.
Mike O’Donnell,
La publicación de hoy es de Mike O’Donnell, miembro de Dignity/Washington y profesor de teología.
Las lecturas litúrgicas de hoy para la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo (29 de junio), se pueden encontrar aquí.
Cuando Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?«, los invitó a reflexionar sobre la atractiva percepción pública de su identidad. Los discípulos respondieron con lo que debieron ser los rumores más comunes: «Algunos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que Jeremías o uno de los profetas«. En otras palabras, la gente intentaba categorizar a Jesús, encajarlo en narrativas conocidas, darle sentido poniéndole etiquetas conocidas.
Pero entonces Jesús cambió el enfoque: «¿Y ustedes quién dicen que soy yo?«. Ya no se trataba de lo que otros decían. Ahora era personal. «Ustedes han caminado conmigo, han compartido comidas conmigo, han presenciado los milagros, ¿quién dicen que soy?«.
Es Simón Pedro quien habla, dejando de lado el ruido de la especulación y escuchando para decir la verdad: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo«.
Este momento siempre ha sido impactante en las Escrituras, pero al reflexionar sobre él recientemente, no pude evitar ver un paralelismo con la experiencia de la comunidad LGBTQ+. Al igual que Jesús, nosotros también nos debatimos constantemente entre dos cuestiones de identidad: ¿Quiénes dicen ser y quiénes somos realmente?
Ya sabemos lo que mucha gente dice. La sociedad, y desafortunadamente incluso nuestras iglesias y familias a veces, han intentado definirnos con etiquetas dañinas. Nos han llamado «confundidos«, «desordenados» e incluso «intrínsecamente malvados«. Estas palabras son profundamente hirientes. Y cuando se repiten una y otra vez, no se quedan solo en el exterior. Se arraigan en el alma, internalizándose hasta hacerse difíciles de eliminar.
A algunos nos ha costado creer que somos dignos de amor, no solo amor humano, sino amor divino. Otros han pasado años intentando reconciliar su fe con quienes saben que son. Hemos orado por claridad, por sanación, por la capacidad de ser aceptados.
Y así vuelvo a la pregunta de Jesús, no solo a los discípulos, sino a nosotros: «¿Quién dices que eres?«. Y más importante aún: «¿Quién dice Dios que eres?«.
Mi esperanza y oración es que cada persona LGBTQ+ tenga un Simón Pedro en su vida: alguien que pueda trascender el ruido cultural y decir la verdad sobre quién es. Alguien que no se base en viejos prejuicios ni doctrinas trilladas, sino que te vea con ojos de amor y perspicacia espiritual.
Pero si no tienes ese Simón Pedro ahora mismo, si nadie te ha dicho esa verdad últimamente, que sea así:
* ¿Confundido? Quizás tu camino ha sido confuso a veces. Quizás has luchado con tu identidad y tu fe. Pero no te confundas. Estás hecho de manera hermosa y maravillosa, creado a imagen y semejanza de Dios.
* ¿Desordenado? No veo desorden. Veo a alguien que lucha por la plenitud, la verdad y el amor; alguien profundamente ordenado hacia las relaciones, la comunidad y sí, incluso hacia Dios.
* ¿Intrínsecamente malo? ¡Para nada! Llevas dentro una bondad intrínseca que nadie te puede quitar. Eres un hijo amado de Dios.
Cuando Pedro hizo su declaración, Jesús respondió con una profunda afirmación. Lo bendijo y le dijo: «Esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre celestial». En otras palabras, esa verdad —la que trasciende el miedo, la confusión y el prejuicio— no proviene de la opinión humana, sino de la revelación divina.
Jesús entonces llamó a Pedro una roca y prometió que las puertas del infierno no prevalecerían.
Necesitamos ser esa clase de roca. Porque todavía hay voces que dicen hablar en nombre de Dios mientras difunden condenación. Puede que hablen en nombre de la religión, pero no debemos permitir que esas voces ahoguen la verdad. Debemos mantenernos firmes, arraigados en la dignidad, sabiendo que somos amados, llamados y bendecidos.
A quienes se sienten marginados por la iglesia o repudiados por sus seres queridos, sepan esto: la voz de Jesús sigue hablando hoy. La verdad de quién eres no se encuentra en las etiquetas que otros te asignan, sino en el amor que Dios ya ha derramado en ti. Así que, cuando el mundo se sienta abrumado por el rechazo o el odio, recuerda esta promesa: Tú eres la roca. Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ti.
Comentarios desactivados en “Seguir a Jesús”. 13 Tiempo ordinario – C (Lucas 9,51-62)
«Seguir» a Jesús es una metáfora que los discípulos aprendieron por los caminos de Galilea. Para ellos significa en concreto: no perder de vista a Jesús; no quedarse parados lejos de él; caminar, moverse y dar pasos tras él. «Seguir» a Jesús exige una dinámica de movimiento. Por eso el inmovilismo dentro de la Iglesia es una enfermedad mortal: mata la pasión por seguir a Jesús compartiendo su vida, su causa y su destino.
Las primeras generaciones cristianas nunca olvidan que ser cristiano es «seguir» a Jesús y vivir como él. Esto es lo fundamental. Por eso Lucas le da tanta importancia a tres dichos de Jesús.
Primer dicho. A uno que se le acerca decidido a seguirle Jesús le advierte así: «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza». El instinto por sobrevivir en medio de la sociedad moderna nos está llevando hoy a los cristianos a buscar seguridad. La jerarquía se afana por recuperar un apoyo social que va decreciendo. Las comunidades cristianas pierden peso y fuerza para influir en el ambiente. No sabemos «dónde reclinar la cabeza». Es el momento de aprender a seguir a Jesús de manera más humilde y vulnerable, pero también más auténtica y real.
Segundo dicho. A uno que le pide ir antes a enterrar a su padre Jesús le dice: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». En la Iglesia vivimos con frecuencia distraídos por costumbres y obligaciones que provienen del pasado, pero no ayudan a generar hoy vida evangélica. Hay pastores que se sienten como «muertos que se dedican a enterrar muertos». Es el momento de volver a Jesús y buscar primero el reino de Dios. Solo así nos colocaremos en la verdadera perspectiva para entender y vivir la fe como quería él.
Tercer dicho. A otro le dice: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios». Mirando solo para atrás no es posible anunciar el reino de Dios. Cuando se ahoga la creatividad o se mata la imaginación evangélica, cuando se controla toda novedad como peligrosa y se promueve una religión estática, estamos impidiendo el seguimiento vivo a Jesús. Es el momento de buscar, una vez más, «vino nuevo en odres nuevos». Lo pedía Jesús.
Comentarios desactivados en «Sólo Jesús edifica la Iglesia». 29 de junio de 2025 S. Pedro y S. Pablo (C) Mateo 16, 13-19
El episodio tiene lugar en la región pagana de Cesarea de Filipo. Jesús se interesa por saber qué se dice entre la gente sobre su persona. Después de conocer las diversas opiniones que hay en el pueblo, se dirige directamente a sus discípulos: “Y vosotros, ¿ quién decís que soy yo?”.
Jesús no les pregunta qué es lo que piensan sobre el sermón de la montaña o sobre su actuación curadora en los pueblos de Galilea. Para seguir a Jesús, lo decisivo es la adhesión a su persona. Por eso, quiere saber qué es lo que captan en él.
Simón toma la palabra en nombre de todos y responde de manera solemne: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús no es un profeta más entre otros. Es el último Enviado de Dios a su pueblo elegido. Más aún, es el Hijo del Dios vivo. Entonces Jesús, después de felicitarle porque esta confesión sólo puede provenir del Padre, le dice: “Ahora yo te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.
Las palabras son muy precisas. La Iglesia no es de Pedro sino de Jesús. Quien edifica la Iglesia no es Pedro, sino Jesús. Pedro es sencillamente “la piedra” sobre la cual se asienta “la casa” que está construyendo Jesús. La imagen sugiere que la tarea de Pedro es dar estabilidad y consistencia a la Iglesia: cuidar que Jesús la pueda construir, sin que sus seguidores introduzcan desviaciones o reduccionismos.
El Papa Francisco sabe muy bien que su tarea no es “hacer las veces de Cristo”, sino cuidar que los cristianos de hoy se encuentren con Cristo. Esta es su mayor preocupación. Ya desde el comienzo de su su servicio de sucesor de Pedro decía así: “ La Iglesia ha de llevar a Jesús. Este es el centro de la Iglesia. Si alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, sería una Iglesia muerta”.
Por eso, al hacer público su programa de una nueva etapa evangelizadora, Francisco propone dos grandes objetivos. En primer lugar, encontrarnos con Jesús, pues “él puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestras comunidades… Jesucristo puede también romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo”.
En segundo lugar, considera decisivo “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio” pues , siempre que lo intentamos, brotan nuevos caminos, métodos creativos, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual”. Sería lamentable que la invitación del Papa a impulsar la renovación de la Iglesia no llegara hasta los cristianos de nuestras comunidades.
Comentarios desactivados en «Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos». Domingo 29 de junio de 2025. 13ª semana de tiempo ordinario. Pedro y Pablo, apóstoles
Hechos 12,1-11: Era verdad: el Señor me ha librado de las manos de Herodes Salmo responsorial: 33:El Señor me libró de todas mis ansias.
2Timoteo 4,6-8.17-18: Ahora me aguarda la corona merecida
Mateo 16,13-19: Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos
Hoy la Iglesia celebra en su liturgia la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, columnas y apóstoles de la Iglesia.
En la primera lectura nos encontramos con el relato de la liberación de Pedro de la cárcel por obra de un ángel enviado por Dios. Eran tiempos de una persecución devastadora contra aquéllos que habían decidido seguir a Jesús, el Hijo de Dios; tanto así que este tiempo será recordado como la era de oro de la Iglesia, pues incontables mártires, niños y niñas, jóvenes y adultos, dieron testimonio con su sangre de la verdad de Cristo, al no aceptar la religión del imperio romano ni apostatar de su fe en el Señor Jesús.
En la segunda lectura nos encontramos con un pasaje de la despedida del apóstol Pablo a su discípulo amado Timoteo, en el cual le exhorta a dar un buen combate en la fe tal como lo ha hecho él, sin importarle las consecuencias que traiga consigo semejante actitud. Reconoce el apóstol que su fe está puesta en Cristo, quien lo fortalece en los momentos en que se encuentra prisionero en Roma, a la expectativa de lo que vayan a hacer con su vida. Espera la corona merecida y seguirá confiando hasta el final en el Señor, pues él lo seguirá librando de todo mal.
La fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo ofrece la ocasión para reflexionar, a partir del texto evangélico propuesto, sobre la confesión de fe como forma de construcción de la Iglesia.
El relato consta de una doble pregunta de Jesús a sus discípulos con su correspondiente respuesta (vv. 13-16) y de la bienaventuranza de Simón (vv. 17-19).
Las preguntas y respuestas sirven para la separación de dos categorías de personas, según la evaluación que hagan sobre Jesús. De una parte tenemos a la «gente», de la otra a «los discípulos». La gente o «los seres humanos» no captan el sentido auténtico de la actividad de Jesús. Su opinión lo coloca en continuidad con personajes del pasado: Juan el Bautista, Elías, Jeremías o uno de los profetas. Como Herodes en Mt 14,2 esta valoración puede estar entremezclada de elementos desfavorables.
Por el contrario los discípulos, de quienes Pedro es portavoz, han captado el verdadero significado de la actuación de Jesús. No solamente confiesan que es el Mesías esperado sino también que su mesianismo se origina en su filiación divina, condición que le posibilita transmitir la Vida de Dios, a diferencia de los ídolos muertos. El «Hijo de Dios vivo» se ha hecho presente en la vida de la humanidad, en una comunidad que lo reconoce el «Dios con nosotros» (cf Mt 1,23; 28,20).
Este reconocimiento recibe, a su vez, la proclamación de felicidad y dicha que hace Jesús respecto a sus seguidores de los que Pedro, gracias a su fe, se ha convertido en prototipo e imagen. Frente a la opinión de la gente, Pedro ha aceptado la revelación del Padre a los sencillos y humildes.
La originalidad de su confesión hace de Pedro y de sus compañeros, mensajeros de la fe en medio de un mundo hostil. Más allá de la historicidad sobre el nombre de su padre (aquí, hijo de Jonás, en Juan 21,15 hijo de Juan), en él se pueden detectar los rasgos de Jonás, el profeta que debió llevar la Palabra de Dios a la ciudad hostil y que, en ese intento, corrió el riesgo de ser sumergido en el mar (cf 14,30) y fue liberado de ese peligro mortal (cf 14,31).
En la Asamblea del desierto, Moisés recibió de Dios el don de la Ley (Dt 9,10; 10,4 etc.). Aquí el discípulo recibe el don de la fe en Jesús que lo convierte en elemento apto para la edificación de una nueva Asamblea, el Israel mesiánico, constituida en torno a Jesús como la Asamblea del desierto se constituía en torno a Moisés.
Se realiza entonces para la comunidad lo que se realizaba en el individuo sensato que ha colocado su cimiento sobre la roca de las palabras de Jesús (Mt 7,24-25). Los discípulos que adhieren a Jesús construyen una ciudad inconmovible, a la que no pueden derrotar las fuerzas de la Muerte o del Abismo.
Se crea de esta forma un espacio inexpugnable frente a las potencias del mal, en el que los discípulos no son sólo cimiento sino también administradores: A ellos se les han consignado las llaves y a ellos se les consigna la función judicial de tomar la decisión de aceptar o no la entrada a aquella ciudad: «Atar o desatar». Esta fórmula quiere significar una participación de la comunidad en la autoridad de Jesús.
La proclamación de la fe en Jesús por parte de Pedro, prototipo de los creyentes, es el cimiento inconmovible capaz de superar los embates de las fuerzas del Mal actuantes en la historia humana. Los que la proclaman pueden ofrecer asilo acogedor a quienes están amenazadas por aquellas fuerzas. Pueden también negar ese asilo a los que rechazan el designio salvífico. Leer más…
Comentarios desactivados en 29.6.25. Apártate, Satán. La dudosa, difícil y esperada conversión de Pedro (Mc 8, 27-35)
Del blog de Xabier Pikaza:
La iglesia celebra la conversión de Pablo el 25 de enero, y ciertamente Pablo se convirtió, aunque queda queda pendiente si se convirtió al cristianismo como religión distinta o a otro tipo de judaísmo
La conversión de Pedro, en cambio, resulta más dudosa y hay diversas versiones de ella, pues no queda clara la función de Pedro como primero de los Doce y obispo de Roma, al principio de la iglesia y en la actualidad. Algunos se atreven a decir que Pedro se convirtió a un Jesús imaginario, para tener poder sobre otros, no para quererles y servirles (tema de fondo del final del evangelio de Juan)
| Xabier Pikaza
Me interesé por el tema leyendo un libro de R. M. Fowler, Let the reader understand (=Que el lector entienda, 1991). Fowler supone (y quizá demuestra) que Pedro estuvo con Jesús, pero sin convertirse, pues queda pendiente el final de Marcos (Mc 16, 1-8), con las mujeres encargadas de convertirle, pero quizá incapaces de lograrlo.
El tema fue tan importante en la iglesia antigua que tanto Mateo, como Lucas y Juan escriben sus evangelios para decir que Pedro al fin se convirtió (como ratifica finalmente 2 Pedro). Si tanto les importa demostrarlo es que quizá no lo tenían claro, según el texto base de Mc 8, 27-35.
El estudio de esta cuestión nos permite evitar triunfalismo y para situar mejor los riesgos de un anti-cristianismo no sólo de Pedro, sino de otros, en la historia y actualidad de la iglesia, como intenté mostrar en Comentario de Marcos, donde expongo (y justifico) algunas ideas que. Mi reflexión no es una crítica de Pedro, sino una admirada versión de su camino cristiano,
Texto
27Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo;
por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» 28Ellos le contestaron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas».
29Él les preguntó: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy?».
Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías».
30Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto. 31Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». 32Se lo explicaba con toda claridad.
Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo.33Pero Jesús se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
34Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.35Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá;
pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
Mientras van de camino (en tê hodô: 8, 27) por la zona de Cesárea de Felipe, junto a las fuentes del Jordán, Jesús pregunta por su identidad a los discípulos. Algunos opinan que es el mismo Juan Bautista, que ha revivido, como pensaba Herodes con miedo. Es normal que le sigan identificando con el Bautista, como si fuera un continuador de su obra, y no alguien que tiene una tarea diferente y propia.
Otros identifican a Jesús con Elías o con otro profeta, retomando un motivo comienzo del evangelio (Mc 1, 1-7). Marcos sabe que Jesús no es simplemente un profeta final de conversión y juicio como Elías. Pero la figura de Elías, asociada a la acción de Juan Bautista, y a la esperanza de la gran transformación escatológica, le sigue acompañando hasta el Calvario, donde vuelve a plantearse el tema (cf. 15, 35). Según Marcos, Elías no es Jesús (ni Jesús le ha llamado desde la cruz, sino que ha llamado a Dios: cf. Mc 15, 33-34), pero el recuerdo de Elías le precede (cf. 9, 1-13) y en algún sentido le impulsa y acompaña. Por eso, los que dicen que Jesús es Elías (o un profeta como Elías) no le han conocido todavía plenamente, pero van por buen camino-
Pero Pedro (=Kephas, ho Petros, con artículo: El Piedra). contesta ¡Tú eres el Cristo! (8, 29), no un profeta de penitencia, sino un mesías político y social, dispuesto a tomar el mando sobre Israel y sobre las naciones. En un aspecto, podemos afirmar que Pedro ha visto bien: ha sacado las consecuencias del camino anterior; ha entendido a Jesús como Cristo/Mesías y se muestra dispuesto a seguirle, pero e n una línea social (=militar) de poder, no en la que va tomando Jesús de “milagritos y sanaciones, con mucho enfermo y loco por medio de Jesús.
Quien habla así es el “Pedro histórico” (del tiempo de la vida de Jesús, cuyo recuerdo se mantiene en las comunidades), pero es también el Pedro de la Iglesia quien, según Marcos, ha visto y confesado a Jesús como Cristo, pero no ha dado el paso para confesarle de verdad como Hijo de Hombre que entrega la vida por los hombres, como animador de un grupo de marginados, de-mentes y mujeres dudosas.
–Al oír eso, Jesús responde pidiendo a todos que se mantengan en silencio (Mc 8, 30). Ha preguntado para escucharles. Ahora les manda que callen, pues lo que Pedro ha dicho sólo puede entenderse haciendo el camino de subida a Jerusalén, para dar la vida por el Reino. ¡Les manda que no hablen de él a nadie! (hina mêdeni legôsin peri autou; 8, 30). Este silencio que Jesús les pide puede compararse al que ha exigido a los “endemoniados”, que le llamaban “Santo de Dios” (Mc 1, 24), “hijo de Dios” (2, 12) o “hijo de Dios Altísimo (5, 7; cf. 1, 34), pues en sí mismos, desligados de la vida y obra de Jesús, esos títulos pueden tener un fondo “demoníaco”. En esa línea, Jesús pide a sus discípulos que no hablen de él a nadie, pues lo que pueden decir es falso, y va en contra del evangelio, de manera que en vez de ayudar a la causa de Dios la destruye.
Diciendo que Jesús es el Cristo, Pedro quiere decir que es más que Juan Bautista, más que los profetas antiguos, más que los simples exorcistas, con personas de duda identidad Pedro quiere un Cristo que triunfa, que tiene poder… no un Cristo que tiene que morir por amor a los hombres. Según eso, Marcos nos sitúa ante un Pedro que, para estar de verdad con Jesús “debe” convertirse, aceptando al Cristo que muere por los demás. En el fondo, Pedro sólo quiere a un Cristo que le conceda poder sobre los otros, un Cristo de dignidad, poder y dinero…Por eso le critica el evangelio de Marcos, donde Jesús le dice a Pedro: Tú eres muy “piedra” pero poco cristiano.
Este Jesús de Marcos no se opone simplemente a Pedro, como persona, sino al proyecto mesiánico que Pedro ha representado y quiere seguir representando en en la primera Iglesia, un proyecto que choca con el camino de entrega de Jesús, pues en el principio de la Iglesia Pedro no ha reconocido ni acepta el sentido de de la muerte de Jesús, ni ha querido morir con él. Para decirlo con otras palabras, según Marcos Pedro fue un un “cristiano a medias”,alguien que en el fondo rechaza a Jesús, como irá mostrando el resto del evangelio.
Todo nos permite suponer que Pedro y otros discípulos habían visto a Jesús como Cristo vencedor, un Cristo que no muere… Y así habían seguido pensando tras la muerte de Jesús. No quieren ser seguidores de un crucificado, candidatos a la derrota y crucifixión. Quieren una iglesia gloriosa, no de derrotados. Tanto Pedro como Jesús (ambos conforme a la visión de Marcos) están sacando las consecuencias de lo que Jesús y ellos han hecho hasta el momento. Pedro ha llamado a Jesús “Cristo”, y al hacerlo ha querido resituar su obra en el ámbito de las promesas y esperanzas mesiánicas de Israel.
Pedro dice a Jesús en este pasaje que ha llegado su hora y le pide que se ponga al servicio de un mesianismo triunfante israelita, que empiece ya su obra verdadera de dominio sobre el mundo. Eso es lo que dijo en el tiempo de la historia de Jesús, y lo que ha seguido diciendo en la primera Iglesia. Eso significa que, según Marcos, Pedro no se ha convertido todavía de un modo radical (en línea de evangelio, en línea de Pablo), sino que le ha seguido cerrando en la red de un mesianismo intra-israelita.
Tras la crucifixión de Jesús, Pedro toma el liderazgo del grupo y quiere confesar y presidie el proyecto de Jesús en la línea del mesianismo nacional, triunfante, de Israel; lo que él dice parece bueno, conforme a la esperanza de Israel y a las posibilidades de Jesús, en este contexto de su vida. (b) Pero el verdadero Jesús tiene otro plan y, por eso, pedirá a Pedro y a su gente que se callen, que no lo diga a nadie, pues lo que podrían decir en esa línea es falso.
Por eso, Jesús exige que no hablen a nadie sobre él (8, 30), que se olviden.Éste es uno de los textos más enigmáticos del evangelio. No que es Jesús pida que no hablen de sus milagros o de sus títulos de grandeza, como en casos anteriores (cf. Mc 1, 44; 5, 43; 7, 36; 8, 26). Lo que pide aquí es más radical: ¡Exige a sus discípulos silencio: que no hablen de él (peri autou) en modo alguno, y se lo pide no solo a Pedro, sino a todos (autois)!
Se puede suponer que los del grupo de los Doce de Pedro han empezado ya a hablar, como si fueran portavoces del proyecto de Jesús, como si supieran decir algo sobre su persona… como si fueran representantes de una sociedad//iglesia de poder Pues bien, Jesús se lo prohíbe, de un modo terminante. Pueden seguir a su lado, pero sin hablar de él, sin comentar nada de lo que hace. Para que su mensaje siga adelante (y llegue de esa forma el reino), todo tiene que cambiar, todo tiene que ser diferentes, de manera que Jesús debe imponer silencio sobre su persona, hasta que le conozcan de verdad, hasta que “aprendan” a decir y a vivir conforme a su proyecto verdadero de Reino.
Ésta es la mayor descalificación que Jesús puede hacer de sus discípulos. Les ha escogido para que estuvieran con él, para expulsar demonios y para enviarlos a proclamar su Reino (cf. Mc 3, 13-19; 7, 7-13). Pues bien, ahora les manda guardar silencio, como si no fueran fiables, como si fueran incluso peores que los endemoniados, a quienes Jesús también imponía silencio (cf. 1, 9-11; 1, 25.34, etc.).
Este Jesús de Marcos impone silencio a Pedro, es decir, a la Iglesia que Pedro representaba en su momento, una Iglesia vinculada en el fondo al triunfo de Israel, más que al camino de Jesús, con su muerte y su pascua.
El Jesús de Marcos impone silencio a Pedro y a su grupo (que son los Doce), porque no han entendido su mesianismo. Pero (¡y ésta es la novedad!) sigue confiando en ellos: les lleva a su lado, con la esperanza de que un día cambiarán, de modo que puedan entenderle y hablar de verdad en su nombre, no sólo en clave israelita como hacían antes (cf. 6, 6b-13), sino en palabra abierta a todas las naciones (cf. 13, 19; 14, 9) [1].
El mandato de silencio que Jesús impone a Pedro y a los Doce ha de de entenderse desde la perspectiva anterior (antes de la crucifixión de Jesús, pero sobre todo después, al comienzo de la iglesia). Lo mejor que puede hacer este Pedro y esta iglesia d gentes como él es estar callados… no hablar de Jesús, pues hablan mal.
Jesús no quiere que otros le manipulen, ni siquiera sus discípulos, no quiere que Por eso, lo que ahora sigue, el conjunto del evangelio de Marcos es un “evangelio para Pedro” (no un evangelio de Pedro), un evangelio para que Pedro aprenda y cambie,; un evangelio para que los partidarios de una iglesia como la de Pedro callen y se “conviertan” y pueden abandonar Jerusalén (con su tumba vacía) y seguir y encontrar de verdad a Jesús en Galilea, con las mujeres (Mc 16, 1-8.
En ese contexto, debemos recordar que Pedro y los Doce no fueron tan obtusos y negativos como aquí aparecen; ellos aceptaron a Jesús y le acompañaron, pero de un modo interesado, para obtener así el mando político sobre la iglesia y el mundo, tal como los interpreta Marcos, desde su opción eclesial.
Marcos desea “liberar” a Jesús (al verdadero Jesús) de la mala doctrina legal que le quieren seguir imponiendo Pedro y los Doce. Por eso polemiza con ellos y centra el verdadero mesianismo de Jesús en su camino de muerte, poniendo así de relieve que le mataron los mismos representantes del Israel jerárquico. Ciertamente, Marcos presenta una visión “sesgada” de la historia de Jesús y sus primeros seguidores, pero lo hace desde una perspectiva que (a su juicio, y a juicio de gran parte de la Iglesia posterior) recoge y expresa mejor la identidad de Jesús y la verdad de su proyecto de Reino.
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