29.10.23. Dos amores que son uno, el credo de Jesús. Mt 22, 34-40 (DOM 29 TO)
Del blog de Xabier Pikaza:
La Iglesia posterior ha fijado dos “credos”, que se llaman símbolos o confesiones de fe y se “rezan” en la misa: el corto (Credo de los Apóstoles) y el largo (Credo Nicea-Constantinopla).Ellos contienen el conjunto de la fe cristiana, centrada en Dios, en Jesús y en el Espíritu Santo. Pero hayun credo o confesión más importante, que proviene del judaísmo (AT) y que ha sido formulado por Jesús, según el evangelio de este domingo. No es un credo para rezar, sino para vivir y sólo contiene dos artículos o normas: amar a Dios y al prójimo. Éste es el contenido de la fe de Jesús. Todo el resto es comentario
| X.Pikaza
Este doble mandamiento evangelio Mt 22, 34-40 recoge la experiencia más profunda de la historia israelita, centrada en el Shema, palabra básica del amor de (a) Dios (Dt 6, 4-9; cf. también Dt 11, 13-21 y Num 15, 37-41), y el mandamiento del amor al prójimo (que se formula con las palabras de Lev 19, 18). En ese sentido, el credo de Jesús es un credo judío. Pero es, al mismo tiempo, un credo totalmente cristiano o, mejor dicho, humano. El camino y sentido de la vida consiste en amar: vivir el amor como don o regalo primero (amar a Dios), desplegar el amor en relación a los demás (amar al prójimo).
Texto: Mt 22, 34-40
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» Él le dijo: «»Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.» Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas.
Esta versión de Mateo está tomada de Mc 12, 28-34. Los herodianos del texto anterior del denario se preocupaban más de la política (césar sí, césar no), a los saduceos les interesaba más el tema de la vida futura, vinculado a las mujeres. Pues bien, los fariseos, se centran en los mandamiento de la ley, que no son mandamientos para creer, sino para cumplir.
El escriba fariseo, que es hombre del Libro, interpreta a Dios como alguien que tiene poder para mandar, es decir, para imponer unos preceptos a sus criaturas, en este caso a los judíos. Ciertamente, su pregunta (¿cuál es el primero de los mandamientos?) es buena y veremos que Jesús la admite. Pero ha de entenderse desde el fondo del mejor judaísmo: el mandamiento (entolê) no es algo que se debe cumplir a la fuerza, sino aquello hace que seamos personas, voluntariamente.
El judaísmo del tiempo de Jesús tenía muchos “mandamientos menores”, que podían resultar muy numerosos. Así se decía que había 248 mandamientos positivos (que dicen lo que hay que hacer) y 365 negativos (que dicen lo que no se puede hacer), en total 613. De todas formas, más que mandamientos eran normas de conducta, en el plano de laz buenas costumbres (para la comida y las relaciones familiares, para el trabajo y los negocios). Todos los judíos sabían que esos mandamientos se condensan y centran en una actitud básica de respeto a Dios y de justicia entre los hombres.
En esa línea se sitúa la pregunta del escriba que busca la raíz de los 613 preceptos, para condensarlos y resumirlos en su base. Así viene donde Jesús y le pregunta. Es un hombre de libro y quizá conoce de memoria los 613. Jesús, probablemente, no los conoce, aunque sabe que están ahí y que pueden ser valiosos para algunas circunstancias. Pero a él sólo le importa la raíz de la fe y de la vida, es decir, el mandamiento básico. De esa forma, acepta el reto y no responde con uno sino con dos “mandamiento, como indicando que al principio no hay un tipo de monismo (sólo Dios o sólo el hombre) sino un dualismo básico, un diálogo entre Dios y los humanos.
Primer mandamiento o Shema: Amarás al Señor, tu Dios…
No es un mandamiento en el sentido actual, sino es una confesión y compromiso de amor. Ésta es la palabra esencial del judaísmo, éste ha sido y sigue siendo el punto de partida de la conciencia de amor de occidente (con el cristianismo y el Islam): El hombre nace y se configura escuchando una palabra de Dios, que le pone en pie y le capacita para responder amando, en gesto abierto al conjunto de la comunidad:
Escucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se la repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas.´´ A Yahvé tu Dios temerás, a él le servirás, por su nombre jurarás (Dt 6, 4-13).
Esta confesión es un credo de pacto, pues expresa e incluye la alianza de Dios con su pueblo. Es una confesión afectiva y fundante, pues no alude todavía a mandatos concretos, sino a la raíz que los sustenta y unifica, vinculando al pueblo con Dios, en el amor o fidelidad básica. Es una confesión que brota de la revelación de Dios que el pueblo acoge, escuchando y respondiendo su palabra. Incluye dos artículos. (1) Sólo Yahvé es Dios y se eleva frente las restantes figuras religiosas que son mentira, idolatría (como saben los judíos, sus elegidos). (1). Israel es pueblo de Dios, llamado entre todos para testimoniar su amor a Dios y responderle en gesto generoso: «Amarás a Yahvé, tu Dios, con corazón, alma y fuerzas».
Vivir es escuchar
Esta confesión nos lleva allá del mandato en cuanto tal, hasta el fundamento del que brotan todos los mandatos: escucha, acoge la voz de Dios. Sólo quién oye bien puede cumplir lo mandado. En el fondo de la Ley (lo que debe hacerse) se halla la obediencia, entendida en su sentido original de ob-audire (=escuchar con asentimiento, en griego hyp-akouein). Antes del hacer, en gesto de duro cumplimiento, está el escuchar o acoger la voz de Dios. En el principio, el hombre es oyente de la Palabra. Jesús ha citado los primeros términos del Shemá (escucha…), poniendo su enseñanza a la luz del mensaje fundante de Dt 6, 4-6.
- Escucha (en hebreo shemá; en griego akoue). Este es el principio de todo mandato: oye, es decir, atiende a la voz, acoge la Palabra. En el fondo se dice: no te cierres, no hagas de tu vida un espacio clausurado donde sólo se escuchan tus voces y las voces de tu mundo. Más allá de todo lo que haces y piensas, de todo lo que deseas y puedes, está el ancho campo de la manifestación de Dios (y de los otros, que te hablan): abrirse a su voz, mantener la atención, ser receptivo ante el misterio, ese es el principio y sentido de toda religión y de todo amor, esa es la verdad del mandamiento.
- Israel es la comunidad de aquellos que escuchan a Dios, que se mantienen atentas, oyendo la Palabra: ese es el pueblo que brota de Dios. Quedan en segundo plano los restantes elementos configuradores del pueblo: patriarcas, circuncisión, leyes alimenticias, ritos de tipo sagrado… Todo eso es secundario. Sólo la escucha del único Dios configura al único pueblo israelita.
- El Señor, muestro Dios, es Señor único. Pagano es quien se pierde adorando muchas voces y así acaba escuchándose a sí mismo (a sus ídolos). Israelita, en cambio, es quien sabe a acoger al único Dios (al «nuestro»). La palabra fundante del mandato pide al creyente que escuche sólo a Dios: que se deje transformar por él, que acoja su revelación y que no crea a ningún otro posible «señor» de los que existen (quieren imponerse) sobre el mundo.
- Amarás… Dios habla desde su propia trascendencia, como fuente de gracia; el ser humano le escucha, para responderle con amor, es decir, con la entrega del propio ser. En esta perspectiva, el amor del hombre no es lo primario; no es algo que brota por instinto natural, no es una simple expansión de la especie. Entendido en sentido fuerte, ese amor es gesto de respuesta agradecida, algo que brota cuando se descubre que Dios es amor, y que nos pide que le amemos. Dios es Vida, la Palabra originaria, que empieza pidiendo que le amamos. Se supone que nos ama, pero quiere (pide) que le amemos.
El mandamiento es lo que somos
Entendido en sentido estricto, este mandato primero no expresa aquello que debemos hacer, sino aquello que somos, en perspectiva de gracia abierta al despliegue de la vida. El hombre se define como aquel ser especial que puede escuchar la palabra de amor, respondiendo a ella. Ciertamente, el amor no se puede imperar: si se cumple por obligación ya no es amor. Pero se debe animar y potenciar. Así dice el texto:
(1) Amarás… Surge el amor como respuesta: no es gesto que el hombre ha creado sino gozo que brota allí donde él acoge la voz de Dios. No puede responder quien no ha escuchado: no puede amar quien no se ha descubierto llamado por Dios, elegido por su gracia.
(2) Al Señor, “tu” Dios. Pasamos de Israel colectivo (pueblo que escucha la voz de Dios) a cada uno de sus miembros: la respuesta ha de ser individual. Por eso, cada israelita da gracias a Dios por su llamada, en gesto de profundo reconocimiento. Dios ha creado a cada hombre como alguien que puede amar, y así nos pide que amemos, que le amemos.
(3) Con todo tu corazón/alma/mente/fuerzas. Para este amor de Dios no hay medida, no hay talíón posible (¡ojo por ojo!). El amor desborda Dios los límites y leyes de los hombres.
El que ama es corazón (hebreo leb, griego kardia). El hombre no se empieza a definir por el deseo, la voluntad de poder o el pensamiento discursivo. Al escuchar la voz de Dios y responderle, el ser humano es ante todo corazón: capacidad de amor. El texto original hebreo pone junto al corazón el alma y el poder (naphseka, me’odeka). El evangelio, conservando esos dos términos, traducidos al griego (psychê, iskhys), pero añade uno más, dianoia o mente, ofreciendo así una visión más amplia del ser humano.
Del blog 


Mt 22, 34-40
DOMINGO XXX TO – 29/10/2023.
Domingo XXX del Tiempo Ordinario
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Cuando hablamos de creer en Jesús, veo que en la iglesia admitimos todo tipo de creencia. Desde una fe popular, que se manifiesta en prácticas religiosas con mayor o menor adhesión a Jesucristo, hasta una fe de firme descubrimiento y entrega con seguimiento de Jesucristo.


En esta fiesta cristiana de «Todos los Santos», quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.
Leído en Koinonia:
Del blog de Xabier Pikaza:
Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:
Mt 5, 1-12
Mt 5, 1-12
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