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“De teologías y lugares santísimos”, por Carlos Osma

Viernes, 18 de agosto de 2017

traserosDe su blog Homoprotestantes:

En la primera carta que Pablo escribió a la iglesia de Corinto les recordaba: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo1, además explicaba que unos eran mano, otros ojo, oreja, o píe. Es decir, que cada uno tenía una función en ese cuerpo que era la comunidad de Corinto, y gracias a todos ellos y ellas, la comunidad funcionaba correctamente. Posteriormente esta metáfora se ha utilizado para hablar de todos los cristianos y cristianas que forman la Iglesia independientemente de cualquier condición. Y como la reflexión cristiana se hace siempre desde el lugar simbólico que ocupamos, la Iglesia se ha visto influenciada por teologías que provienen de diferentes lugares corporales. Dicho de otro modo, la teología no sólo ha modelado cuerpos, sino que los cuerpos también han construido teologías.

Algunas se han elaborado desde el cerebro, situándolo a él como el elemento principal desde el que entender quien es Dios y qué quiere de nosotros. Otras, alejándose o no del cerebro, creen que el lugar privilegiado desde el que podemos hablar de Dios son las manos. Gracias a la labor que ellas realizan el Reino de Dios se puede hacer presente. También hay teologías que se centran en la boca, en repetir como cacatúas lo que antes han dicho otros, sin pasar en ningún momento esa información por el cerebro, y mucho menos utilizando las manos para verificar que se está diciendo algo con sentido. Por descontado también están las que se hacen desde el ombligo, desde la reflexión en uno mismo, en lo que necesito, lo que quiero, lo que es mío. Y podríamos seguir y seguir enumerando el resto de lugares del cuerpo y las teologías que de ellas se desprenden, pero para no aburrir a nadie acabaré recordando la teología indecente que hacía Marcella Althaus-Reid quitándose las bragas.

Antes de seguir avanzando con mi reflexión, animo a mis lectoras y lectores más conservadores en lo teológico a que aborten su lectura en ese momento y vayan en busca de otros u otras autoras que no les pongan de los nervios con sus experimentaciones teológicas. Y es que al leer el otro día un comentario que me envió una lectora y que decía: “Dios no creó el ano para que lo penetre un hombre”, caí en la cuenta de que siguiendo el símil corporal de Pablo había personas que en el cuerpo de Cristo debían ocupar el ano, y por tanto su reflexión teológica debía proceder de allí. Entonces me pregunté porqué después de tantos años de haber escuchado comentarios similares, nunca antes me había percatado de que las teologías homófobas que padecemos los cristianos y cristianas LGTBI, están elaboradas a partir de los traseros presuntamente impenetrables de muchos especialistas.

Dice el mismo Pablo que ese cuerpo que los creyentes formamos es el Templo del Espíritu Santo2, y si en la Biblia hay un Templo, así con mayúsculas, es el que construyó Salomón en Jerusalén en el siglo X a.C. Así que para un judío como Pablo es posible que el templo que forman todas las cristianas y cristianos fuera muy similar al de Salomón. Si alguien tiene interés en saber como era, solo tiene que buscar en su Biblia, o si no la tiene a mano, hacer una búsqueda en Google. Allí descubrirá que el Templo de Jersusalén estaba dividido en tres zonas: el vestíbulo, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. Supongo que el superlativo habrá ayudado a deducir que el Lugar Santísimo era el más importante. Tan importante que nadie podía entrar ya que allí dentro se creía que residía la presencia de Dios en toda su plenitud. Por todo lo dicho anteriormente uno ata cabos y deduce que la relevancia del ano en muchas teologías se debe a que éstas lo consideran su Lugar Santísimo, el espacio privilegiado donde pueden encontrar al Dios del que nos hablan. Un Dios que rechaza a quienes se atreven a entrar en sus aposentos, y que acepta a quienes sumisamente se niegan a traspasar el bello y fino velo que les permitiría estar en la gloria (la gloria de Dios me refiero).

El comentario que me envió mi lectora y que ha dado pié a esta reflexión, no tiene en cuenta que en el caso de los hombres es recomendable que a partir de cierta edad visitemos un urólogo para que éste, previamente enguantado, haga la revisión pertinente de nuestra próstata. Así que como todo en la vida, las normas tienen sus excepciones, y si es un doctor con tan buenas intenciones, y en nuestra cara solo se vislumbra el malestar por el difícil trago que hemos de pasar, pues tendremos que estar agradecidos de que Dios haya creado tan sensible orificio para que, con la única intención de salvarnos la vida, pueda ser penetrado por los dedos firmes y precisos de un urólogo. Llegados a este punto me percato de que también en el Lugar Santísimo había excepciones y que en el día de Yon Kipur el Sumo Sacerdote (¿un urólogo espiritual?) podía introducir sus deditos y el resto del cuerpo dentro de esta pequeña estancia para intentar salvar la vida de todo el pueblo de Israel, pidiendo a Dios perdón por los pecados realizados el año anterior. A día de hoy muchas personas sin ser judías siguen viviendo su particular Yon Kipur cuando se percatan de la intención de algún Sumo Sacerdote o Sacerdotisa (las cosas avanzan que es una barbaridad) de introducirse dentro de su trasero con la intención de pedir perdón por no se qué pecados y excesos cometidos.

Personalmente no soy mucho de dar prioridad a unas partes del cuerpo más que a otras, y por muy interesante que me puedan parecer algunos Lugares Santísimos, me niego a creer que las teologías que intentan hacer de ellos un lugar impenetrable sean cristianas. Para empezar porque creo que es bastante significativo que el evangelio nos aclare que tras la muerte de Jesús el velo del Templo se rasgó3. Una manera de decir que el Dios de Jesús no está encerrado en ningún lugar en particular, y que del Lugar Santísimo podemos ahora entrar y salir sin temor alguno a estar realizando una aberración castigada con la muerte. No sé si esto ayudará a quienes tan preocupados están por los anos de los demás, y supongo que por el suyo, aunque mucho me temo que no, porque lo que a estas personas les motiva es decir a la gente como tienen que vivir, pensar o incluso que pueden o que no pueden hacer con su culo. Lo que les hace tilín, y así entre nosotras, lo que les pone tontorrones y tontorronas, es crear un mundo donde la naturalidad, espontaneidad, felicidad, placer, o las ganas de experimentar, brillen por su ausencia. No hace falta mirarles el trasero, su cara deja bien claro lo infelices e insatisfechos que viven con su teología.

Volviendo a lo que la muerte de Jesús puede decirnos sobre lugares privilegiados para hacer teología, supongo que pensando un poco, y desdiciéndome de lo dicho en el párrafo anterior, sólo la teología hecha desde el corazón es netamente cristiana. Esa fue la máxima de Jesús, el amor, por mucho que no les guste a los teólogos y teólogas del ano. Por eso creo que más que la cabeza, las manos, la boca o el ano, Jesús es el corazón del cuerpo que formamos todos los creyentes. Y su sangre la que nos da vida y nos dignifica. Cualquier teología que privilegie un lugar del cuerpo que no sea el corazón, que no sea Jesús, lo hace para humillar o hacer sufrir a algún ser humano. Y las teologías que se centran únicamente en el corazón, y olvidan la importancia del resto de partes del cuerpo (el prójimo), son teologías muertas, incapaces de bombear la sangre necesaria al resto de órganos para seguir con vida. Así que a todas esas teólogas y teólogos del ano, yo le diría que se pasen al corazón, a un corazón que bombee vida constantemente, que por muy Santísimo que les parezca el trasero de algunas personas, no hay nada más Santo que el amor.

Carlos Osma

1  1 Cor 12,27
2  1 Cor 3,16

3  Mc 15,38)

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“Como un cristiano insensato”, por Carlos Osma

Lunes, 26 de junio de 2017

holybibleDe su blog Homoprotestantes:

La carta a los Gálatas es conocida como la carta de la libertad cristiana, quizás porque eso es lo que está en juego en las comunidades a las que va dirigida. Carta completamente actual en un contexto como el nuestro, donde a veces se afirma la libertad cristiana para después ahogarla con innumerables condiciones. Los judeocristianos de las comunidades gálatas, mucho más cercanos a la teología tradicional de su tiempo que Pablo, defendían como él la libertad; sin embargo su libertad sólo podía ser vivida correctamente sometiéndose a la Ley.

Todo el mundo sabía que según lo acordado por los dirigentes de la Iglesia en Jerusalén, no se podía exigir a los nuevos cristianos que se circuncidasen, por eso los judeocristianos intentaban revalorizar la Ley para afirmar posteriormente que la circuncisión era la consumación de la fe cristiana. Revalorizar la ley es el primer paso para intentar defender una tradición, un punto de vista, o la cosmovisión que se supone incuestionable. Posteriormente habrá que hacer cábalas teológicas para explicar que la obligación de cumplir la ley no pone en entredicho la libertad cristiana, sino que la afirma. Todas estas disquisiciones se hacen siempre en un plano teórico, pero inevitablemente, tiene sus consecuencias negativas en la vida real de muchas personas.

La oración matutina del judaísmo decía: “Bendito Eres Tú, Oh D-os nuestro Señor, Rey del Universo, que no me hiciste pagano…que no me hiciste esclavo…que no me hiciste mujer… Sea Tu voluntad, Señor, D-os nuestro y D-os de nuestros padres, que nos habitúes a Tu Torá y nos ligues a Tus mandamientos (1)”. Oración que refleja la división a la que daba lugar el planteamiento que los judeocristianos estaban introduciendo en las comunidades gálatas. Distinción que no pretendía potenciar la diversidad que se da en el mundo, sino despreciarla, poniendo a unas personas por encima de otras dependiendo de algunas características personales, o incluso circunstanciales. Oración judía, pero oración que con unos pequeños cambios puede ser muy nuestra: “Bendito Eres Tú, Oh Dios nuestro Señor, Rey del Universo, que no me hiciste musulmán o ateo, esclavo o inmigrante, mujer, heterosexual, pobre, inculto, enfermo…Sea tu voluntad que pueda justificar con tu palabra mis intereses, y condenar los del resto”.

Pablo contraataca  duramente al afirmar: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (2)”. Ante Cristo todos somos iguales, las diferencias se diluyen, nuestras características personales son irrelevantes, y nos encontramos los unos a los otros tal y como somos. Cuando esto no es así, es porque nos hemos alejado de Cristo. No se trata de anular lo que somos, de disolver nuestra personalidad en la nada, sino de supeditar a Cristo todo lo que somos. Unidad en Cristo frente a la división de la Ley. Encuentro del hermano y hermana en Cristo, frente a la autosuficiencia que se justifica en leyes humanas disfrazadas de divinidad.

Los cristianos gálatas habían llegado al cristianismo gracias a la predicación de Pablo, pero en este momento estaban a punto de aceptar el engaño judeocristiano. Muchos de ellos se disponían a ser circuncidados, y otros lo habían hecho ya. Habían aceptado que la cruz de Cristo no era suficiente, que debían añadir algo más a su fe. Habían empezado intentando agradar a Dios, pero ahora se disponían a seguir las condiciones que les imponía una falsa religiosidad. De ser personas liberadas por el mensaje de Jesús, habían pasado a ser verdaderos esclavos de la Ley. Mejor les hubiese ido no conocer a Cristo, piensa Pablo. Mejor le hubiese sido a más de uno de nosotros no conocer el mensaje de Cristo que se predica en algunas comunidades, así podríamos haber sido un poco más libres. Aunque lo preferible, es que cada uno tengamos la convicción que Pablo intenta transmitir a los gálatas, y que muchas comunidades actuales predican: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: «¡Abba, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo (3)”.

No hace falta nada más, reconocerse hijos, dejar de sentirse esclavo de absurdos planteamientos que no tienen nada que ver con uno mismo. Dejar de querer ser lo que no se es y ser agradecidos ante la herencia recibida gracias a Cristo. Él lo pone todo, nosotros sólo somos salvados por su sacrificio, no por los nuestros. La Ley es maldición de la que Cristo nos redimió (4). El Espíritu de Cristo nuestra guía hacía una libertad que produce frutos como “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,  mansedumbre, templanza (5)”. Los que han decidido vivir “bajo la carne”, es decir, los que creen que es necesario completar el sacrificio de Cristo con los suyos propios, exigen a los demás el cumplimiento de la Ley. Pero la única ley que debemos cumplir es la que Cristo nos enseñó y que Pablo nos recuerda: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo (6)”.

El apóstol rechaza la circuncisión como prueba de estar en el camino correcto: “De nada vale estar o no circuncidados; lo que sí vale es el haber sido creados de nuevo”.  Es esto en lo que vale la pena reflexionar, en si realmente somos parte o hacemos presente la nueva creación que Dios quiere para nuestro mundo. Algunos se jactan en sus perfecciones porque cumplen las normas y condiciones que quieren imponer al resto, pero Pablo termina su carta explicando como se manifiesta la nueva creación en él: “las cicatrices que llevo en el cuerpo demuestran que soy un siervo de Jesús (7)”.

Carlos Osma

 NOTAS:

(1) http://www.madregot.com/plegaria/plegariaheb01.html#Asher%20Yatzar

(2) Gal 3,28

(3) 4,6-7.

(4) 3,13.

(5) 5,22

(6) 5,13.

(7) 6,17

Biblia, Espiritualidad , , , ,

“Otra lectura de Efesios 2,1-10”, por Carlos Osma

Jueves, 3 de diciembre de 2015

fe-en-accionLeído en su blog Homoprotestantes:

Todo el texto de Efesios 2,1-10 queda sintetizado en poco más de un versículo, concretamente en las frases: “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no es de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe”. Donde destacan cuatro palabras sobre las que parece pivotar toda la reflexión: gracia, salvación, fe y obras. Las interpretaciones que se hacen de este texto son diversas ya que cada una de ellas nace de una pregunta distinta, y por tanto, da prioridad a una de estas palabras sobre las otras tres.

Si nos acercamos a la experiencia de la comunidad del silgo I donde nació el texto que estamos leyendo, la pregunta que parece decisiva para el autor es: ¿Quién se salva? Si los judeocristianos afirmaban que además de la fe en Jesús era necesario formar parte del pueblo de Dios, del judaísmo, y que había que cumplir la Ley; los seguidores de Pablo, como el autor de este libro, afirmaban que Jesucristo había roto la barrera que separaba al pueblo de Israel del resto de la humanidad. Dios, mediante Jesucristo, había reconciliado al mundo con Él, por eso no hacia falta que los paganos tuvieran que hacerse judíos y cumplir todas sus leyes. En resumidas cuentas: todo el mundo podía salvarse por medio de Jesucristo.

En el siglo IV Agustín, que había rechazado en principio el cristianismo con el que su madre le había educado, había pasado gran parte de su vida dejándose llevar por sus pasiones y buscando un sentido para su existencia. En esta situación se hace la pregunta: ¿Cómo puedo salvarme? Una pregunta que en aquel momento el Pelagianismo responde diciendo que depende de lo que él haga, y el Maniqueísmo diciendo que no hace falta que haga nada que todo depende de la voluntad divina. Ante esa tesitura Agustín acaba encontrando la respuesta a su pregunta afirmando que hay un camino intermedio: Aunque el ser humano es libre, el pecado original lo limita y le impide hacer el bien, por eso es necesaria la gracia de Dios que le permite recuperar el dominio perdido sobre él mismo.

En el siglo XVI Lutero, un joven al que le acompañaba el temor a un Dios castigador buscaba también la salvación, para ello era capaz de autoflagelarse buscando la reconciliación con Dios. Las propuestas que le ofrecía su entorno para encontrar la salvación era el sufrimiento o el pago de las indulgencias que le evitarían una eternidad en el purgatorio o el infierno. Ante esta experiencia Lutero también se pregunta: ¿De qué he de salvarme? Y lo tiene muy claro, tiene que salvarse del infierno que lo atormenta, de la imposición caprichosa de la iglesia, del poder de un papa inquisitorial.

Dietrich Bonhoeffer en el siglo XX vivió en un momento en el que el nazismo se apoderó de la sociedad alemana. La iglesia evangélica alemana, a la que pertenecía, simpatizó con el nazismo y él, junto a otros cristianos y cristianas se separan y crean la Iglesia Confesante. En este contexto Bonhoeffer se pregunta: ¿Para que sirve la salvación? Y su respuesta es clara: la salvación necesita concretarse en obras que se opongan al nazismo y sean capaces de abrir espacios donde todas y todos puedan vivir, también quienes no son como yo.

Cuando una persona es capaz de leer este texto desde su experiencia, el texto puede recobrar vida. Cuando somos capaces de leer desde nuestra situación, nuestras preguntas, miedos o alegrías, el texto bíblico puede convertirse en un lugar de revelación. Es desde esta convicción que me pregunto, y os animo a preguntaros: ¿Cómo puedo relacionar en mi experiencia conceptos como gracia, salvación, fe y obras?

Salvación

¿De qué hemos de salvarnos? Si una persona jamás ha tenido necesidad de salvarse de algo, es evidente que este texto sólo lo podrá leer a nivel teórico, pero no entenderá nunca lo que se está diciendo en él.

Si la respuesta que damos parte de una experiencia personal, imagino que la mayoría de nosotros puede dar una o varias respuestas claras a esta pregunta, sólo hace falta que pensemos en los momentos en los que nos hemos sentido oprimidos, en los que nos faltaba el aire, la vida. Después, podemos analizar cuales eran las razones, los mecanismos, que producían esta situación opresiva. La salvación siempre es concreta, no teórica. La mayoría de personas LGTBI podemos decir por ejemplo que la heteronormatividad ha sido el poder que nos ha producido, y sigue produciendo, opresión y angustia, y que es sobre ella sobre la que necesitamos salvarnos.

Pero la salvación no tiene únicamente una dimensión individual, de hecho la salvación debe ser colectiva para ser real. No nos libraremos de la homofobia solos, auque se necesita de nuestra determinación, acabar con la homofobia es una tarea de todas y de todos. Y esto no ocurre sólo con la homofobia sino con cualquier opresión. Nuestra sociedad entiende a menudo la salvación como una lucha de unos contra otros, mi salvación es la opresión de otros seres humanos, mi salvación es negación de otras salvaciones. Pero cuando en el cristianismo hablamos de salvación, hablamos de la salvación de todas y de todos, para todos y para todas.

¿Para qué hemos de salvarnos? Esta es otra de las posibles preguntas. Si no queremos vivir, si estamos bien tal y como estamos ahora, cualquier mensaje sobre salvación no dejará de ser un discurso falso. Quien no es consciente de que necesita ser liberado, no busca la salvación. Muchas personas LGTBI buscan amor, aceptación, comprensión… pero no buscan salvación. Están dispuestas a aceptar la discriminación que existe en sus familias, su trabajo, su iglesia, mientras no se las rechace de una manera directa. Aceptan la homofobia porque no son capaces de creer que merecen ser salvados, merecen ser libres, merecen ser tratados como cualquier otro ser humano. Queremos la salvación para vivir con dignidad.

Gracia

La gracia es un acto de amor de Dios hacia nosotros que muestra su inequívoca voluntad de salvarnos. No son nuestros méritos, buenos o malos, los que justifican la voluntad divina de salvarnos. La gracia muestra el trato misericordioso de Dios hacia nosotros no por lo que valemos o por lo que hacemos, sino por el amor incondicional de Dios hacia nosotros.

Los evangelios hablan de esta gracia de Dios manifestada en Jesucristo. Cuando la gente que necesitaba salvación se acercaba a Jesús para pedírsela, él les liberaba, les daba vida. Nunca era una acción legal que valoraba los méritos de la persona oprimida. Era por misericordia, por pura gracia.

La gracia nos habla de un Dios que no quiere nuestro sufrimiento. No tienen sentido las teologías que predican el sufrimiento, tampoco el aceptar resignadamente la opresión. Quienes nos piden en nombre de Dios que entendamos la homofobia, que aceptemos la homofobia de baja intensidad, no nos está hablando del Dios de la gracia. La gracia nos muestra a un Dios que sufre con nosotros y que está decidido a liberarnos. Nuestra fe, para ser fe cristiana, no puede estar puesta en un Dios castigador o defensor de la opresión, sino en un Dios que tiene la firme voluntad de liberarnos y de salvarnos.

Nuestra esperanza es vivir plenamente, y para eso hemos de denunciar y no aceptar todo aquello que nos resta, que nos limita. Quien nos pida aceptar la opresión, cualquier opresión, en nombre de Dios, no nos está hablando del Dios de la gracia.

Fe y obras

Muchas veces se ha percibido estas dos palabras como antagónicas: ¿Nos salvamos por fe o por obras? El autor de Efesios no está hablando con esta lógica, cuando hablaba de obras se refería a la Ley que los judíos seguían. Eran el pueblo escogido y tenían que ser fieles a la voluntad divina que se reflejaba en la Ley que Dios les había dado. Por esta razón cuando los paganos se convertían al cristianismo (todavía dentro del judaísmo), hubo una tensión. ¿Tenían que cumplir la Ley o no? Pablo y sus discípulos pensaban que no, y esa es la reflexión que encontramos en el libro de Efesios. Aquí no se está negando la importancia de la Ley, pero se está diciendo que lo que rompe cualquier barrera entre judíos y paganos es la fe en Jesucristo.

Hay muchas leyes buenas, tenemos criterios útiles para distinguir lo que es bueno y lo que no lo es, muchas veces criterios basados en el texto bíblico, otras en lo que nuestra sociedad ha ido aprendiendo a lo largo de su historia. Pero por encima de todo eso está la fe en aquel que quiere nuestra salvación. Una fe que no se basa en la creencia o afirmación de unas teologías determinadas, o unos planteamientos políticos o sociales, sino en poner la esperanza en un Dios que quiere salvarnos a todos. Y para eso tenemos que trabajar, tenemos que movernos y arriesgar, como todo el mundo que de verdad quería ser liberado ha hecho a lo largo de la historia.

En la Biblia la fe no es algo intelectual, es una forma de vida, una manera de moverse por ella. Recordad que “gracias a la fe Abraham obedeció y se fue hacia el país que tenía que recibir en herencia… gracias a la fe Moisés abandonó el país de Egipto sin temor a la indignación del rey… gracias a la fe, Rahab la prostituta, que acogió en paz a los exploradores, no murió con los que se negaron a creer…”

Cada uno ha de buscar formas y caminos que le permitan liberarse y liberar a los demás. Como comunidad cristiana también lo hemos de hacer. Es nuestra responsabilidad, lo que se espera de nosotros. No hay soluciones fáciles ni mágicas.

A modo de conclusión

No todas las salvaciones que esperamos llegaran pronto, pero la gracia de Dios nos acompaña, su voluntad de liberarnos. Si tenemos fe, si nos movemos no por la ley, o la tradición, o la verdad, sino con la determinación de acabar con todo aquello que nos oprime a nosotros, y también a los que están a nuestro lado; entonces podremos sentir en nuestra vida que tiene sentido el texto que hemos leído: “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no es de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe”. La salvación definitiva de Dios se puede ver, se percibe cada día a nuestro alrededor, por la fe de las personas que han decidido no dejarse vencer por la opresión. Sea esta del tipo que sea.

Carlos Osma

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“La homofobia no está en la Biblia, sino en sus intérpretes”. Entrevista con el teólogo Renato Lings.

Martes, 29 de julio de 2014

DSC02420[1] (1)Interesante entrevista que hemos leído en el blog Homoprotestantes:

El Dr. Renato Lings es traductor e interprete; doctor en Teología y escritor. Ha trabajado entre otras cosas como intérprete en el Parlamento Europeo, como profesor en la Universidad Bíblica Latinoamericana o investigador en la Queen’s Foundation for Ecumenical Theological Education. En 2011 publicó: “Biblia y homosexualidad; ¿se equivocaron los traductores?”. Hace unos días le propuse una entrevista para el blog Homoprotestantes a la que accedió amablemente. Le agradezco que comparta su experiencia, reflexiones y conocimientos con nosotr@s.

Empecemos por el principio. Naciste en Dinamarca dentro de una familia evangélica muy activa dentro de la Iglesia, de hecho tu padre era maestro y encargado parroquial. ¿Cómo fue para ti descubrir tu homosexualidad en ese contexto? ¿Y para tu familia?

Descubrir mi homosexualidad fue una experiencia muy extraña. A partir de los once años aproximadamente me fui dando cuenta que algunos varones me atraían poderosamente. Al mismo tiempo no me atrevía a mostrarles ningún afecto especial. Crecía en un ambiente rural cerrado y represivo en el que era peligroso “pasarse” y reinaba la conformidad en todo. La homosexualidad era un tema tabú y, como medida de autoprotección, yo guardaba instintivamente mi secreto. Durante toda mi adolescencia, nadie se enteró de mi vida sentimental.

¿Cómo era el Dios que tenías dentro del armario? ¿Cambió en algo cuando finalmente pudiste salir de allí?

Era un Dios contradictorio. Por un lado me enseñaron en la escuela dominical la importancia de Juan 3,16, versículo que dice: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo unigénito para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna.” Es una afirmación hermosísima que me ha permitido conservar mi fe cristiana hasta la fecha. Al mismo tiempo, sin embargo, el Dios que reinaba en mi ambiente familiar tenía bastante de dictador porque muchas cosas nos estaban prohibidas. Por ejemplo, a mí y a mis hermanas y hermanos no nos permitían aprender a bailar y no podíamos leer libros y revistas con contenido erótico. A los 18 años intenté salir del armario acudiendo al médico de cabecera pero él me remitió a un psiquiatra bastante retrógrado que me aconsejó esperar algunos años más. Fue una etapa dura y depresiva, de una gran soledad. Sólo conseguí liberarme del armario cuando cumplía 24 años. Fue una auténtica experiencia liberadora. Empecé a entender a Dios de otra manera, aceptándolo como Creador de todo el universo y, por tanto, de la sexualidad humana.

Tus primeros estudios a mediados de los años sesenta fueron “Literatura y Cristianismo” y “Filosofía, griego y hebreo”… interpreto que tenías interés por conocer más profundamente la Biblia. En aquel momento, ¿Qué significaba para ti la Biblia? ¿Era una fuente de liberación o de condena?

Durante mi adolescencia llegó a aburrirme la Biblia hasta el punto de saciedad debido a la manera autoritaria en que nos la imponían. Para una persona joven como yo era prácticamente un documento fosilizado. Además, no me permitían cuestionar nada. Cuando tenía 21 años escuché una charla en que un teólogo analizaba el pecado de Sodoma y Gomorra. Terminó su reflexión afirmando que este relato bíblico condenaba “la homosexualidad”. Eso me asustó y aquel día la Biblia empezó a preocuparme de verdad. A partir de aquella experiencia me he esforzado por entender la naturaleza de la supuesta condena bíblica y desde entonces busco el lado liberador de las escrituras.

Si nos centramos ahora en los textos bíblicos que tradicionalmente son utilizados por los cristianos conservadores para condenar a las personas homosexuales, me pareció interesante la propuesta de tu artículo “Los –yaceres- de una mujer”[1] en la que afirmabas que Levítico 18,22 se puede traducir como. “No cometerás actos de incesto con varones”. Nos puedes explicar brevemente, y para que podamos entenderlo, las razones de esta traducción y sus implicaciones.

Es muy interesante el versículo 18,22 del Levítico. El lenguaje hebreo del texto original es opaco, muy difícil de entender. Por eso vienen acumulándose, desde tiempos antiguos, diferentes interpretaciones. Actualmente mis investigaciones bíblicas me permiten catalogar 14 lecturas distintas de Lev 18,22. ¿Cuál es la correcta? La respuesta es sencilla: “No sabemos”. La lectura menos probable es la que pretende presentar el versículo como una condena de “la homosexualidad”. Hace años que esta lectura está de moda porque a los traductores les facilita grandemente su trabajo. No obstante, es un anacronismo atribuir al redactor del texto hebreo actitudes “homófobas”. Este versículo no aporta ningún dato de interés para la gente LGTB de nuestros días. Si nos valemos de criterios literarios y lingüísticos a la hora de analizarlo, la clave interpretativa aparecerá por otro lado. Hasta tiempos muy recientes los estudiosos han hecho caso omiso del tema del incesto. No obstante, una amplia parte del capítulo 18 habla justamente de ese problema. Por tanto, recomiendo que tengamos en cuenta el tema del incesto a la hora de reflexionar sobre Lev 18,22.

En otro de tus artículos, “Sodoma, escenario de un choque cultural”[2] afirmas que dramas como el de Sodoma pueden convertirse en instrumentos de liberación para las personas LGTB. ¿Puedes ponernos un ejemplo? ¿Cómo podemos acercarnos a esta historia bíblica desde nuestra realidad lgtb y sentirnos liberados?

De acuerdo, es muy buena la pregunta porque a primera vista mi propuesta tal vez pueda parecer contradictoria. Si nos atenemos estrictamente a la tradición cristiana, el drama de Sodoma y Gomorra es opresor y violento. Ahí está el origen de toda nuestra vía crucis. Ahora bien, hay otra manera muy distinta de acercarnos al relato bíblico. Si deseamos respetar el testimonio que nos presenta la Biblia hebrea, ahí tenemos a los profetas Isaías, Ezequiel, Jeremías, y otros. Históricamente son los primeros intérpretes del drama de Sodoma. Según esta corriente interpretativa, el pecado de la ciudad no tiene nada que ver con supuestos delitos sexuales. Todas las voces proféticas utilizan el nombre de Sodoma como metáfora para criticar sin pelos en la lengua a los gobernantes y políticos de su época, tildándoles de idólatras, egoístas, arrogantes, opresores y violentos. Por ejemplo, léete el capítulo 1 de Isaías, fijándote en los versículos 10-17. También vale la pena estudiar Ezequiel capítulo 16, versículos 46-51. Si aprendemos a escuchar a los profetas para que nos enseñen a interpretar bíblicamente el drama de Sodoma, el proceso nos ayudará a liberarnos a nosotros mismos, a denunciar la injusticia y a ser solidarios con los desfavorecidos que malviven en nuestro entorno.

Y si vamos al Nuevo Testamento y a las cartas Paulinas, por ejemplo en textos como Rm 1:26-27 o 1 Cor 6:9-10, podríamos interpretar que el Apóstol se posiciona en contra de las relaciones sexuales entre dos hombres. ¿Crees que es así? ¿Cómo deberíamos acercarnos las cristianas y cristianos de hoy a esos textos?

Bueno, son textos muy curiosos y cada uno tiene sus complejidades. Te sugiero que vayamos por partes. Si nos acercamos primero a 1 Cor 6:9-10, te diré que muchos traductores se equivocan a la hora de interpretar dos vocablos griegos como son malakoi y arsenokoitai. Por su parte, malakoi significa “blandos”, “blandengues” o “débiles”, mientras que no se sabe prácticamente nada de arsenokoitai. Literalmente vendría a significar “varones-cama” o “varones que se acuestan”. Posiblemente la palabra tenga que ver con los burdeles y con el tráfico ilegal de prostitutas y de prostitutos jóvenes, negocio muy lucrativo en el imperio romano. Insisto, sabemos muy poco de este vocablo. Es importante darse cuenta que no aparece en la literatura erótica redactada en griego. Por esta razón no podemos interpretarlo como referencia a varones homosexuales. Debemos rechazar enérgicamente las traducciones equivocadas, de las que hay, lamentablemente, unas cuantas. Leer más…

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