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¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!…

Domingo, 13 de junio de 2021

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El Sembrador

De aquel rincón bañado por los fulgores
del sol que nuestro cielo triunfante llena;
de la florida tierra donde entre flores
se deslizó mi infancia dulce y serena;
envuelto en los recuerdos de mi pasado,
borroso cual lo lejos del horizonte,
guardo el extraño ejemplo, nunca olvidado,
del sembrador más raro que hubo en el monte.

Aún no sé si era sabio, loco o prudente
aquel hombre que humilde traje vestía;
sólo sé que al mirarle toda la gente
con profundo respeto se descubría.
Y es que acaso su gesto severo y noble
a todos asombraba por lo arrogante:
¡Hasta los leñadores mirando al roble
sienten las majestades de lo gigante!

Una tarde de otoño subí a la sierra
y al sembrador, sembrando, miré risueño.
¡Desde que existen hombres sobre la tierra
nunca se ha trabajado con tanto empeño!
Quise saber, curioso, lo que el demente
sembraba en la montaña sola y bravía;
el infeliz oyóme benignamente
y me dijo con honda melancolía:
-Siembro robles y pinos y sicomoros;
quiero llenar de frondas esta ladera,
quiero que otros disfruten de los tesoros
que darán estas plantas cuando yo muera.

-¿Por qué tantos afanes en la jornada
sin buscar recompensa? dije. Y el loco
murmuró, con las manos sobre la azada:
-Acaso tú imagines que me equivoco;
acaso, por ser niño, te asombre mucho
el soberano impulso que mi alma enciende;
por los que no trabajan, trabajo y lucho,
si el mundo no lo sabe, ¡Dios me comprende!

Hoy es el egoísmo torpe maestro
a quien rendimos culto de varios modos:
si rezamos, pedimos sólo el pan nuestro.
¡Nunca al cielo pedimos pan para todos!
En la propia miseria los ojos fijos,
buscamos las riquezas que nos convienen
y todo lo arrostramos por nuestros hijos.
¿Es que los demás padres hijos no tienen?…
Vivimos siendo hermanos sólo en el nombre
y, en las guerras brutales con sed de robo,
hay siempre un fratricida dentro del hombre,
y el hombre para el hombre siempre es un lobo.

Por eso cuando al mundo, triste contemplo,
yo me afano y me impongo ruda tarea
y sé que vale mucho mi pobre ejemplo,
aunque pobre y humilde parezca y sea.
¡Hay que luchar por todos los que no luchan!
¡Hay que pedir por todos los que no imploran!
¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan!
¡Hay que llorar por todos los que no lloran!
Hay que ser cual abejas que en la colmena
fabrican para todos dulces panales.
Hay que ser como el agua que va serena
brindando al mundo entero frescos raudales.
Hay que imitar al viento, que siembra flores
lo mismo en la montaña que en la llanura.
Y hay que vivir la vida sembrando amores,
con la vista y el alma siempre en la altura.

Dijo el loco, y con noble melancolía
por las breñas del monte siguió trepando,
y al perderse en las sombras, aún repetía:
¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!…

*

Marcos Rafael Blanco Belmonte

***

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

-“El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.”

Dijo también:

-“¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

*

Marcos 4,26-34

***

La Iglesia es el «sacramento originario» de la salvación preparada para los hombres según el eterno consejo de Dios. Una salvación que, por otra parte, no es monopolio de la Iglesia, sino que, en virtud de la redención obrada por el Señor, que murió y resucitó «para la salvación de todo el mundo», está ya de hecho presente de una manera eficaz en todo este mundo […].

        Esto equivale a decir que, en ella, se hace audible y se vuelve visible lo que está presente «fuera de la Iglesia», allí donde hombres de buena voluntad se adhieren de hecho, personalmente, al ofrecimiento divino de la gracia y la hacen suya, aunque no de un modo reflexivo o temático.

        Precisamente en cuanto sacramento de salvación, ofrecido a todos los hombres, la Iglesia es el «sacramento del mundo»: es la esperanza no sólo para los que se han adherido a ella, sino que es, simplemente, la spes mundi, la esperanza para todo el mundo. En ella aparece plenamente y está presente, como en una profecía, el misterio de la salvación que Dios lleva a cabo a lo largo de toda la historia humana, y que en ella -gracias al dato imperecedero de la viviente profecía de la Iglesia- no cesará nunca de realizarse. Podríamos decir que la Iglesia es la manifestación de la salvación existencial del mundo; revela el mundo a sí mismo; le muestra al mundo lo que es y lo que aún puede llegar a ser en virtud del don de la gracia de Dios. Por eso la Iglesia espera no sólo por sí misma, sino por el mundo entero, a cuyo servicio está .

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E. Schillebeeckx,
Cott-Kirche-Welt,
Mainz 1970, vol. II.

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“No todo es trabajar”. Domingo 11 Tiempo ordinario – B (Marcos 4,26-34)

Domingo, 13 de junio de 2021

32_11_TO_B_1467536Pocas parábolas pueden provocar mayor rechazo en nuestra cultura del rendimiento, la productividad y la eficacia que esta pequeña parábola en la que Jesús compara el reino de Dios con ese misterioso crecimiento de la semilla, que se produce sin la intervención del sembrador.

Esta parábola, tan olvidada hoy, resalta el contraste entre la espera paciente del sembrador y el crecimiento irresistible de la semilla. Mientras el sembrador duerme, la semilla va germinando y creciendo «ella sola», sin la intervención del agricultor y «sin que él sepa cómo».

Acostumbrados a valorar casi exclusivamente la eficacia y el rendimiento, hemos olvidado que el evangelio habla de fecundidad, no de esfuerzo, pues Jesús entiende que la ley fundamental del crecimiento humano no es el trabajo, sino la acogida de la vida que vamos recibiendo de Dios.

La sociedad actual nos empuja con tal fuerza hacia el trabajo, la actividad y el rendimiento que ya no percibimos hasta qué punto nos empobrecemos cuando todo se reduce a trabajar y ser eficaces.

De hecho, la «lógica de la eficacia» está llevando al hombre contemporáneo a una existencia tensa y agobiada, a un deterioro creciente de sus relaciones con el mundo y las personas, a un vaciamiento interior y a ese «síndrome de inmanencia» (José María Rovira Belloso) donde Dios desaparece poco a poco del horizonte de la persona.

La vida no es solo trabajo y productividad, sino regalo de Dios que hemos de acoger y disfrutar con corazón agradecido. Para ser humana, la persona necesita aprender a estar en la vida no solo desde una actitud productiva, sino también contemplativa. La vida adquiere una dimensión nueva y más profunda cuando acertamos a vivir la experiencia del amor gratuito, creativo y dinamizador de Dios.

Necesitamos aprender a vivir más atentos a todo lo que hay de regalo en la existencia; despertar en nuestro interior el agradecimiento y la alabanza; liberarnos de la pesada «lógica de la eficacia» y abrir en nuestra vida espacios para lo gratuito.

Hemos de agradecer a tantas personas que alegran nuestra vida, y no pasar de largo por tantos paisajes hechos solo para ser contemplados. Saborea la vida como gracia el que se deja querer, el que se deja sorprender por lo bueno de cada día, el que se deja agraciar y bendecir por Dios.

José Antonio Pagola

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“Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas”. Domingo 13 de junio de 2021. Domingo 11º Ordinario

Domingo, 13 de junio de 2021

PLANTAS_GERMINANDODe Koinonia:

Ezequiel 17,22-24: Ensalzo lo árboles humildes.
Salmo responsorial: 91: Es bueno darte gracias, Señor.
2Corintios 5,6-10: En destierro o en patria, nos esforzamos en agradar al Señor.
Marcos 4,26-34: Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas.

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.”

Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.” Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

La gran virtud de las parábolas es la de superar los obstáculos más obvios e inmediatos del entendimiento. Una parábola es un arco que se eleva por el aire y cae justo en su objetivo, evadiendo los obstáculos, enfocándose a su meta. Las parábolas de Jesús tienen un efecto similar. Frente a las interpretaciones oscuras y cargadas de sanciones con las que los maestros de la ley solían responder a sus interlocutores, las palabras de Jesús se imponen con una claridad demoledora. Frente a las intrincadas y sofisticadas interpretaciones de los maestros griegos, las enseñanzas de Jesús se presentan con una evidencia incontrovertible. Las palabras de Jesús hablan de la vida cotidiana: el campesino que salva su cosecha; de la persona que al cocinar administra con tino y prudencia la sal. Las palabras del profeta Ezequiel nos hablan del cedro, un árbol excepcional por su longevidad y por la calidad de su madera. Pablo nos hablará del cuerpo, como un domicilio provisional, y sin embargo imprescindible, para alcanzar una residencia permanente en un cuerpo resucitado.

El profeta Ezequiel compara la acción de Dios con la de un campesino que reforesta las cumbres áridas con cedros que se caracterizan por su tamaño excepcional, por la duración de su madera y por su singular belleza. El nuevo Israel será un rebrote joven plantado en lo alto de los montes de Judá; atrás quedaría la soberbia de la monarquía y todos los peligros de su desmesurada avidez de poder. El profeta tiene la esperanza de que su pueblo renazca luego del exilio y su estirpe perdure como lo hacen los cedros que pueden llegar a durar dos mil años.

Las parábolas de Jesús, en cambio, no hablan desde la perspectiva de los árboles grandes, sino de los arbustos que pueden crecer en nuestros jardines sin derribar la casa ni secar las otras hortalizas. La primera parábola habla de la fuerza interna de la semilla, que opera prácticamente sin que el campesino se percate. Si la semilla encuentra las condiciones favorables, florecerá. La labor del campesino se limita a preparar el terreno para que ofrezca esas condiciones que hacen posible el cultivo; a los cuidados indispensables para que la semilla germine y se fortalezca, y a la acción oportuna para cosechar los frutos. De manera semejante opera la acción del cristiano, favoreciendo la implantación de la semilla del Reino.

La homilía podría orientarse también muy justificadamente, más que por esa línea bíblica, por la línea teológica: el tema del Reino, que es el protagonista de las parábolas de Jesús del evangelio de hoy. En realidad sabemos que el tema del Reino fue… la pasión, la manía, el estribillo, la obsesión de Jesús. Por que fue también «Su Causa», la Causa por la que vivió y luchó, la causa por la que fe perseguido, capturado, condenado y ejecutado. Para comprender a Jesús nada hay más importante que tratar de comprender el Reino y la relación de Jesús con él.

[Es importante recordar –sin marcar bien los contrastes históricos caemos en el riesgo de repetir los errores pasados- que el Reino era en realidad un ausente mayor en el cristianismo clásico, incluso en el cristianismo que los hoy día «mayores» aprendimos y vivimos antes del Concilio Vaticano II… En el último milenio de la Iglesia se dio lo que Teófilo Cabestrero denomina «el eclipse del Reino»: la Iglesia prácticamente lo desconoció. Empleaba la palabra, el término, pero confundiéndolo. Típica es la expresión de esta confusión en las palabras del P. Vilariño, jesuita español de principios del siglo XX que sintetizaba su definición de Reino de Dios en aquel triple nivel: el Reino de Dios es el cielo, porque allí es donde Dios puede reinar efectivamente; el Reino de Dios es la Iglesia, porque la Iglesia sería el Reino de Dios en la tierra…; y el Reino de Dios, en tercer lugar, sería la gracia santificante en las almas, pues por medio de ella Dios se hace presente y reina en nuestro interior… Ninguna de estas tres definiciones coincide con lo que el obsesionado Jesús tenía en mente cuando hablaba y soñaba y se exponía por el Reino de Dios…]

Hay que subrayar que el tema del Reino de Dios, su redescubrimiento, a partir de ese citado «eclipse del Reino», es sin duda el tema teológico que más ha transformado a la Iglesia –y a la eclesiología y a la teología toda-. Véase la descripción del «Reinocentrismo» (por ejemplo en el libro Espiritualidad de la Liberación, de Casaldáliga-Vigil, disponible en servicioskoinonia.org/biblioteca) para desarrollar el tema dela transformación de la teología y de la espiritualidad con el re-descubrimiento del tema jesuánico del Reino…

El Reinocentrismo significa la superación del eclesiocentrismo, que se instaló en la Iglesia bien pronto, en contra de la mentalidad de Jesús. Y no es una «nueva teología», sino el pensamiento mismo de Jesús… Leer más…

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Dom 11 TO. Una tierra preñada de Dios. La buena noticia de Mc 4, 26-29

Domingo, 13 de junio de 2021

5923FBF4-F400-43A4-A32A-7F3D07883491Del blog de Xabier Pikaza:

El evangelio del domingo consta de dos parábolas de Marcos:  Tierra “preñada” del semen de Dios (4, 26-29); grano de mostaza, la menor de las semillas (4, 30-34).

La segunda (grano de mostaza) ha sido interpretada y reelaborada por Mateo y Lucas. La segunda, en cambio, ha sido silenciada por por Mateo y Lucas pero reelaborada en otra clave por de Juan.

Mateo y Lucas han tenido otras prioridades: La Nueva Ley (Mateo); el mensaje explícito del evangelio (Lucas). De manera mucho más audaz, Marcos se sitúa (y nos sitúa) en un plano anterior, conectando con el mensaje de las grandes religiones y con la esperanza del Antiguo Testamento. Sólo Juan (y en otra línea Pablo) se atreven a seguir su camino.

 Como el lector habrá notada por el título, he querido situar esta parábola a la luz deJuan de la Cruz, conforme a su letrilla/villancico: Del Verbo divino /la virgen preñada / ya va de camino /¡si le dais posada”.

En vez de Verbo (en la línea de Jn 1) he puesto Semen, como en la parábola; en vez de Virgen ha puesto Tierra (también como en la parábola); en vez de “preñada” podía haber puesto “sembrada”, pero la palabra “preñada” se entiende bien en este contexto.

  He presentado esta parábola en Comentario de Marcos.  En vez de insistir en una Iglesia que tiende a volverse “Empresa o multinacional de Reino SL”, con mandos y normas muy precisas, esta parábola nos sitúa ante la semilla de Reino.  Esa semilla es lo que importa, no lo que hagamos nosotros.

Texto:

 Mc 426 Y decía: El reino de Dios es como un hombre que echa simiente en la tierra 27 y duerme y se levanta noche y día y la simiente germina y crece, sin que él sepa cómo. 28 Por sí misma da fruto la tierra: primero tallo, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. 29 Y cuando el fruto está a punto, (el hombre) envía inmediatamente la hoz, porque ha llegado la siega.

Unos principios para entender la parábola

El texto comienza diciendo que el Reino de Dios se parece a un hombre que siembra semilla en la tierra…

– El hombre sembrador puede ser Jesús (como en Mc 4, 3-9), primer sembrador del evangelio, que no ha venido imponer su Reino, al modo de David, ni a crear estructuras de alta gestión, sino a sembrar… Pero, siendo sembrador, él aparece a la vez como “simiente” (semen, sporos, grano sembrado en la tierra). Ser (hacerse) simiente de Dios, ésa es quizá la tarea o, quizá mejor, la esencia misma de la vida, como ha interpretado esta parábola el Evangelio de Juan (Jn 1, 1-18)

– En otro plano, ese hombre sembrador es el mismo Dios que planta su semilla (=se siembra a sí mismo) en la tierra, y descansa (duerme, se levanta, vuelve a dormir. Jn 1, 1 empezará diciendo que en el principio era la Palabra… para acabar diciendo que la Palabra es “carne”, simiente de humanidad en la tierra (Jn 1, 14). Hacerse simiente es “ser palabra”. Así interpreta nuestra parábola (Mc 4, 26-29) el relato de la creación de Gen 1, reelaborado de cien formar en el AT.  Dios mismo se ha hecho palabra/simiente sembrada en la tierra.

– El sembrador es semilla sembrada en la tierra… En un primer momento parece que esa tierra está “fuera de Dios”. En esa línea, algunos antiguos decían que la tierra es la “materia no divina” en la que Dios se ha sembrado. Se ha sembrado a sí mismo fuera de sí mismo… Así se ha dicho, y quizá sea bueno ese lenguaje. Pero es muy posible que las cosas deban entenderse también de otra manera de modo que  Dios sea sembrado, simiente y tierra de siembra… Destinatarios  de esa siembra de Dios, “Dios encarnado” y enterrado (hecho tierra fecunda de resurrección); eso somos los hombres…

Una primera reacción ante esta parábola podría ser: “tranquilos”, que no cunda el pánico, pues en principio no tenemos nada que hacer, sino dejar que la semilla de Dios sea en nosotros… Simplemente, esta parábola nos dice que aceptemos lo que somos y seamos: Semilla de Dios, en una tierra buena que es el mismo Dios…

Así parece que el sembrador se acuesta y se levanta, día tras día… como si no se preocupara, pues la semilla germinará “por sí misma”. La suerte de Dios (de la vida) está echada. La humanidad (la historia de la vida) está “preñada” de Dios. No vamos en un barco perdido hacia el vacío; somos barco velero de la ruta de Dios. En esa ruta estamos implicados

Algunos discípulos de Jesús (que se sienten trabajadores esenciales del evangelio) han podido pensar que son ellos los que deciden la llegada del Reino; más aún, algunos han podido angustiarse, suponiendo que el Reino depende de lo que hagan… Pues bien, este Jesús de la parábola de Marcos les dice que no se angustian, que no se precipiten: Que navegan en el barco del Padre, que crecen en la tierra de la siembra de Dios. Que la suerte de la vida (de su vida, de la vida de la humanidad entera) está ya decidida, pues ha decidido hacerse y ser simiente de humanidad. Según esta parábola no hay condena de Dios, pues todos somos semilla y camino de Dios.

– Otros discípulos, en cambio, se creen muy eficientes y han creado una “industria de siembra”, eso que he llamado la “Sociedad del Reino SL”. Sí, es una sociedad anónima, esto es, universal… Pero ellos, los jefes de la empresa lo tienen que dirigir y organizar todo. Ellos han corregido de plano a Jesús… No duermen, no descansan, todo depende lo que ellos hagan con la empresa del Reino.

 Análisis de personajes y temas. 

1. Además de ser Dios, el hombre de la parábola (anthropos, ser humano: 4, 26) es Jesús (sembrador principal de Mc cf. 4, 3-9), pero también sus discípulos (en el tiempo de la iglesia), quizá angustiados, porque les parece que el Reino no crece o no llega a su fin, como habían supuesto. Pues bien, este Jesús pascual les dice que no se preocupen.

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Dos parábolas sobre el reino de Dios. Domingo XI. Ciclo B

Domingo, 13 de junio de 2021

arbol-mostaza-semilla-granoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Después de contar cómo se formaba una pequeña comunidad en torno a Jesús, introduce Marcos una serie de parábolas. Algo que el lector esperaba desde hace tiempo, porque el evangelista ha insistido en que Jesús enseñaba, pero no decía qué enseñaba. De ese largo discurso (34 versículos), la liturgia ha elegido dos parábolas y el final del discurso (el resto lo comento en El evangelio de Marcos, Verbo Divino, Estella 2020, 363-367).

El campesino y la tierra

En aquel tiempo decía Jesús a las turbas:

– El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.

           Lo que dice esta primera parábola parece una tontería: que el campesino siembra y luego se olvida de lo que ha sembrado hasta llegar el momento de la siega; la que trabaja es la tierra, es ella la que hace crecer los tallos, las espigas y el grano. Eso lo saben todos los galileos que escuchan a Jesús. ¿Dónde radica la novedad de la parábola? En que Jesús compara la actividad del campesino con lo que ocurre en el reino de Dios. También aquí la semilla termina dando fruto sin que el campesino trabaje, mientras duerme.

Y entonces surgen los interrogantes: ¿quién es el campesino?, ¿es Jesús? No parece lógico, porque el campesino de la parábola no sabe lo que ocurre. ¿Son los apóstoles y misioneros que anuncian el evangelio, y este da fruto, aunque ellos no se den cuenta? ¿Quién es la tierra? ¿Es cada cristiano, en el que la semilla va dando fruto mientras el que ha sembrado duerme? En esta línea personal parece pensar la liturgia, y por eso ha elegido el Salmo 91, como indicaré al final.

Cabe otra explicación: la parábola habla del proceso misterioso por el que crece el reino de Dios, la comunidad cristiana, semejante al de la simiente que crece sin que el campesino intervenga ni se dé cuenta. Cuando uno piensa en la forma misteriosa en que la simiente plantada por Jesús y sus discípulos en una región remota y sin importancia del imperio romano terminó produciendo fruto en todos los países del mundo, el sentido de la parábola resulta más claro. Es una invitación a confiar en la acción misteriosa de Dios en la Iglesia y en cada uno de nosotros, renunciando a considerarnos los protagonistas de la historia y a pensar que todo depende de lo que hacemos.

Sin embargo, parece que la parábola resultó demasiado extraña y difícil de entender, y quizá por eso Mateo no la copió. También falta en Lucas, aunque en este caso algunos lo atribuyen a que Lucas usó una primera edición de Marcos que no contenía esta parábola.

La mostaza de Marcos (4,30-32) y el cedro de Ezequiel (Ez 17,22-24)

Dijo también:

– ¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

       La segunda comparación es más clara y de enorme actualidad, sobre todo en muchos países occidentales, donde el cristianismo parece andar de capa caída. Jesús compara a la comunidad cristiana, el reino de Dios en la tierra, con la semilla de mostaza; algo diminuto, pero que, al cabo del tiempo, se convierte en árbol y puede acoger a los pájaros del cielo. No hay que desanimarse si la Iglesia es un arbol pequeño, poco mayor que las hortalizas.

Quien conoce el Antiguo Testamento, advierte que esta parábola recoge una comparación de Ezequiel 17,22-24, modificándola radicalmente. Este profeta se dirige a los judíos de su tiempo, desanimados por tantas desgracias políticas, económicas y religiosas. Para infundirles esperanza, compara al pueblo con un árbol. Pero no con el de la mostaza, sino con un majestuoso cedro, del que Dios arranca un esqueje para plantarlo «en un monte elevado, en la montaña más alta de Israel».

Esto dice el Señor Dios:

– Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas.

        Todo es grandioso en Ezequiel; en el evangelio, todo es modesto. Pero el resultado es el mismo; en ambos árboles pueden anidar los pájaros. La comparación de Ezequiel recuerda la imagen de una Iglesia universal dominante, grandiosa, respetada y admirada por todos. La de Jesús, una comunidad modesta, sin grandes pretensiones, pero alegre de poder acoger a quien la necesite.

En resumen, las dos parábolas se complementan. La primera habla del crecimiento misterioso del reino; la segunda advierte que, a pesar de su crecimiento, no debemos esperar que se convierta en algo grandioso. Pero, aunque sea modesto como la semilla de la mostaza, podrá cumplir su misión de acoger a los pájaros del cielo.

Final del discurso (Mc 4,33-34)

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

           Marcos ha querido cerrar su discurso con una nota sobre el modo de enseñar de Jesús, sin caer en la cuenta de que se contradice. Comienza diciendo que hablaba en parábolas para acomodarse al entender de su auditorio. Pero la gente no debía de entenderlas, porque sus discípulos tenían necesidad de que se las explicara en privado. Podemos decir, resumiendo mucho, que Jesús utilizaba dos tipos de parábolas: las muy fáciles de entender (hijo pródigo, buen samaritano…) y las que pretendían que la gente pensase; si ni siquiera los discípulos encontraban la respuesta, él se las explicaba (estas son la mayoría).

«Es bueno darte gracias, Señor» (Salmo 91)

         Tanto si la semilla germina y da fruto en cada uno de nosotros o en toda la Iglesia, la respuesta al evangelio debe ser la acción de gracias. El salmo usa también una imagen vegetal, aunque no habla del cedro ni de la mostaza, sino de la palmera. Como ella, el justo «en la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso».

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Domingo XI del Tiempo Ordinario. 13 de junio de 2021

Domingo, 13 de junio de 2021

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“A sus discípulos se lo explicaba todo en privado”

(Mc 4, 26-34)

Al abrir la biblia por la cita de hoy lo primero que leemos es este enunciado: Parábola del grano que crece por sí sólo. El subconsciente de cada cual es muy peculiar pero si el tuyo es de los que saltan disparados para protestar, no tardará en salirte un “¡sí, claro!”. Vamos, que no te parece muy convincente eso de que crezca por sí sólo.

Pues bien, ¿cuántas veces has escuchado o leído que nos tenemos que hacer como niños? Con esta, una más.

Si jugando con un niño haces que, por ejemplo, un muñeco le hable, en un primer momento se sorprenderá pero acto seguido te dirá “has sido tú”. Reconoce que alguien mayor que él ha hecho que el muñeco le hable. Luego, agradecido, incluso él imitará ese gesto que le acabas de enseñar y lo hará con otros niños.

Algo así podríamos hacer en nuestra cotidianidad. No me refiero a hacer cosas extraordinarias y ponernos medallas, qué va, aunque nos encanta. Me refiero a la actitud del niño: sorprendernos con lo que ocurre en el momento presente, es decir, estar despiertas y atentas al ahora, reconocer que lo que vivimos no es mérito nuestro sino que nos viene de Dios, alguien infinitamente más grande que nosotras, y así, llenas de gratitud, imitar entre las demás ese pequeño gesto que nos ha hecho sonreír.

Verás que así el grano sí que crece por sí sólo. Con gratitud y pequeños gestos. Una vez que una hermana acababa de sembrar unas semillas, una noche al acostarse se acordó que no las había regado y un rato después escuchó que comenzaba a llover. Dijo “gracias, Señor, por encargarte tú de regar ahora”… y vaya si crecieron.

Oración

Jesús de Nazaret, Maestro, no dejes de enseñarnos en el Silencio. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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¡Deja crecer la semilla que hay en ti!

Domingo, 13 de junio de 2021

manos-tierraMc 4, 26-34

Todos los exégetas están de acuerdo en que el “Reino de Dios” es el centro de la predicación de Jesús. Lo difícil es concretar en que consiste esa realidad tan escurridiza. La verdad es que no se puede concretar, porque no es nada concreto. Tal vez por eso encontramos en los evangelios tantos apuntes desconcertantes sobre esa misteriosa realidad. Sobre todo en parábolas, que nos van indicando distintas perspectivas para que vayamos intuyendo lo que puede esconderse en esa expresión tan simple.

Podíamos decir que es un ámbito que abarca a la vez materia y espíritu. Todo el follón que se armó el primer cristianismo a la hora de concretar la figura de Jesús, nos lo armamos nosotros a la hora de definir qué significa ser cristiano. El Reino es, a la vez, una realidad divina que ya está en cada uno de nosotros y una realidad humana, terrena, que se tiene que manifestar en nuestra existencia de cada día. Ni es Dios en sí mismo ni se puede identificar con ninguna situación política, social o religiosa.

No debemos caer en la simplicidad ingenua de identificarlo con la Iglesia. Como dice el evangelio: “no está aquí ni está allí”. Tampoco está solamente dentro de cada uno de nosotros. Si está dentro, siempre se manifestará fuera. Esa ambivalencia de dentro y fuera, de divino y humano, es lo que nos impide poder encerrarlo en conceptos que no pueden expresar realidades aparentemente contradictorias. Para nuestra tranquilidad debemos recordar que no se trata de comprender sino de vivir y ese es otro cantar.

Las parábolas no se pueden expli­car. Solo una actitud vital adecuada puede ser la respuesta a cada una. Como nuestra actitud espiritual va cambiando, la parábola me va diciendo cosas distintas a medida que avanzo en mi camino. Tampoco las dos parábolas de hoy necesitan aclaración alguna. Todos sabemos lo que es una semilla y cómo se desarrolla. Si acaso, recordar que la semilla de mostaza es tan pequeña que es casi imperceptible a simple vista. Por eso es tan adecuada para precisar la fuerza del Reino.

El crecimiento de la planta no es consecuencia de una acción externa sino consecuencia de una evolución de los elementos que ya estaban en ella. Este aspecto es muy importante por dos razones: 1ª porque nos advierte de que lo importante no viene de fuera; 2ª porque nos obliga a aceptar que no es algo estático sino un proceso que no tiene fin, porque su meta es el mismo Dios. El Reino que es Dios está ya ahí, en cada uno y en todos a la vez. Nuestra tarea no es producir el Reino, sino hacerlo visible.

Las dos parábolas tienen doble lectura. Se pueden aplicar a cada persona, en cuanto está en este mundo para evolucionar hasta la plenitud que debe alcanzar durante su vida. Y también se puede aplicar a las comunidades y a la humanidad en su conjunto. Hoy estamos muy familiarizados con el concepto de evolución y podemos entender que la obligación de todo ser humano es avanzar hacia una plenitud de humanidad.

Tampoco podemos pensar en una meta preconcebida. Desde lo que cada uno es, en el núcleo de su ser, debe desplegar todas las posibilidades sin pretender saber de antemano a donde le llevará la experiencia de vivir. En la vida espiritual es ruinoso el prefijar metas. Se trata de desplegar una Vida y como tal, es imprevisible, porque es una respuesta interna imprevisible. No pretendas ninguna meta, simplemente camina.

En cada una de las dos parábolas se quiere destacar un aspecto de esa realidad potencial dentro de cada semilla. En el grano de trigo se quiere destacar su vitalidad, es decir, la potencia interna que tiene para desarrollarse por sí misma. En el grano de mostaza se quiere destacar la desproporción entre la pequeñez de la semilla y la planta que de ella surge. Parece imposible que, de una semilla apenas perceptible, surja en muy poco tiempo una planta de gran porte, donde pueden hacer su nido las aves.

Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si, de verdad, hemos descubierto y aceptado el Reino de Dios y si le hemos rodeado de unas condiciones mínimas indispensables para que pueda desplegar su propia energía. Si no se ha desarrollado, la culpa no será de la semilla, sino nuestra. La semilla se desarrolla por sí sola, pero necesita humedad, luz, temperatura y nutrientes para poder desplegar su vitalidad latente. La semilla con su fuerza está en cada uno, solo espera una oportunidad.

No somos nosotros los que desarrollamos el Reino. Es el Reino quien se desarrolla en nosotros. Incluso los que tenemos como tarea hacer que el Reino se desarrolle en los demás, olvidamos ese dato fundamental. No tenemos paciencia para dejar tranquila la semilla, o intentamos tirar de la plantita en cuanto asoma y en vez de ayudarla a crecer la desarraigamos, o la damos por perdida antes de que haya tenido tiempo de germinar.

Puede frustrarnos el ansia de producir fruto sin haber pasado por las etapas de crecer como tallo, luego la espiga y por fin el fruto. La vida espiritual tiene su ritmo y hay que procurar seguir los pasos por su orden. La mayoría de las veces nos desanimamos porque no vemos inmediatamente los frutos. Cada paso que demos es un logro y en él ya podemos apreciar el fruto. Si tomas conciencia de tu verdadero ser, estás en camino.

El Reino no es ninguna realidad distinta de Dios. Él está en nosotros como semilla que está sembrada en cada uno de nosotros. El Reino de Dios no es nada que podamos ver o tocar. Es una realidad espiri­tual más allá del tiempo y del espacio. Está a la vez en todas partes y siempre. Si está o no está en nosotros lo descubriremos, mirando las obras. Si mi relación con los demás es adecuada a mi verdadero ser, demostrará que el Reino está en mí. Si es inadecuada, demostrará que el Reino no se ha desarrollado.

Jesús experimentó dentro de sí mismo esa Realidad y la manifestó en su vida. Toda su predicación consistió en proclamar esa posibilidad. El Reino de Dios está dentro de nosotros pero puede que no lo hayamos descubierto. Jesús hace referencia a esa Realidad. Creo que, aún hoy, nos empeñamos en identifi­car el Reino de Dios con situaciones externas. La lucha por el Reino tiene que hacerse dentro de nosotros mismos.

 

Meditación

El Reino de los cielos no se parece a nada.
Solo tú puedes descubrirlo y mantenerlo.
Dios en ti será siempre único e irrepetible.
La manera de manifestarlo será siempre original.
El Reino nunca será el fruto de una programación.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Creer en Jesús.

Domingo, 13 de junio de 2021

xcomentario-31-julio-jpg-pagespeed-ic-n_cxhnd-57DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

Los hombres creen gustosamente aquello que se acomoda a sus deseos (Julio César)

Mc 4, 26-34

En la parábola de la vitalidad de la semilla, dijo Jesús: “El reinado de Dios es como es como un hombre que sembró un campo, de noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo y la tierra produce fruto por sí misma: primero el tallo, luego las espiga, y después el grano en la espiga; en cuanto el grano madura, mete la hoz, porque ha llegado la siega”

El tema de estas parábolas, la de la semilla y la del grano de mostaza, es el proceso dinámico y paradójico del reino; con la primera se resalta su fuerza vital: crece progresivamente en el silencio, desapercibido, más allá de los éxitos y fracasos humanos, pues es Dios es Dios mismo quien la hace crecer.

Esto no niega la participación humana, pues en la parábola se habla de la siembra y de la siega que realiza el agricultor.

 

Con la segunda se plantea su carácter paradójico, aparentemente se trata de algo insignificante, pero una vez en movimiento, no tiene fronteras, estando abierto a todo.

Dicha parábola es un mensaje de ánimo y de esperanza, no solamente para los discípulos de aquel entonces, sino también para nosotros, los discípulos de ahora.

Se trata de una invitación a trabajar en los asuntos del reino, confiando nuestros esfuerzos en el poder de Dios, y con estos versículos concluye Marcos su presentación de Jesús como Maestro.

La expresión “conforme a lo que podían comprender” no se refiere solo al aspecto intelectual sino también a la disposición para acoger a la palabra.

En toda parábola existe un mensaje para la vida: Creer en Jesús es considerar como muy buenas y provechosas las enseñanzas del Maestro, no solamente para la vida de los cristianos, sino también para cuantos pertenecen a cualquiera otra religión.

Hay una hipótesis sobre la religión, que puede incomodar tanto a ateos como a creyentes, pues su universalidad hace pensar que está inscrita en el cerebro humano (gracias a la selección natural) porque cumple alguna función que ayudó a los creyentes a sobrevivir.

De mi libro Naturalia, Los sueños de las criaturas, el siguiente Poema:

SOÑARON

Soñaron que eran dioses y lo eran,
en cada criatura reflejados.

Eran divinos seres encarnados,
que tierra, mar y aire les parieran

¡Qué Olimpo y qué florón si conocieran l
a estirpe celestial que les dio cuna!

¿Quién soñaba por ti ¿el sol? ¿la luna?

Poco importa si fue el sueño o el hado,
lo importante es que todo fue soñado.

Soñaban Tierra y Cielo: ¡qué fortuna!

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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La fuerza de lo oculto.

Domingo, 13 de junio de 2021

germogliMarcos 4, 26-34

13 de junio de 2021

El evangelio de este domingo propone dos parábolas muy sugerentes que nos revelan aspectos esenciales sobre cómo se manifiesta el reinado de Dios en nuestra vida. Jesús prefiere anunciar con parábolas la realidad del reinado de Dios como pedagogía para comprender mejor su mensaje. No es un lenguaje inventado por Jesús, ya los rabinos usaban las parábolas para explicar algún punto de la doctrina o sentido de algún pasaje de la Escritura. La diferencia es que Jesús convierte las mismas parábolas en enseñanza para hacer que el oyente se sumerja en ella y conecte con la misma esencia de su mensaje y no con su literatura.

Estas parábolas se encuadran en el capítulo 4 del evangelio de Marcos, cuyo objetivo es “enseñar” en qué consiste la novedad del mensaje de Jesús con respecto al judaísmo. Es un capítulo especial en cuanto a la palabra pronunciada por Jesús ya que parece que es en el que más habla; su palabra se va convirtiendo en una provocación para situarse ante un Dios que va liberando la religión de lo que no es esencial.

A través de escenas comprensibles de la vida ordinaria, pretende revelar lo incomprensible para movilizar a muchas mentes llenas de prejuicios, ideas prestadas, patrones esclavizantes, dogmatizados y, en algunas ocasiones, rígidos. Jesús no entra en dialécticas teológicas y metafísicas para mostrar y demostrar su verdad, sino que utiliza un método más sereno, sin agresividad y despertando reacción interna en los oyentes, aun reconociendo la realidad de sus destinatarios.

Comienza el relato con una comparación, en boca de Jesús, no para explicar teológicamente lo que es el Reino sino cómo actúa en lo profundo del ser humano. No es casual que lo compare con una semilla que crece por sí sola, un crecimiento que no podemos controlar ni manipular porque pertenece a otro plano. Esta es la primera línea discontinua con respecto al judaísmo radical de entonces y a ese mismo judaísmo, casi inconsciente, que puede seguir presente hoy en nuestra manera de vivir la fe.

Con esta comparación pone de manifiesto que “lo de Dios” es un dinamismo que se escapa a nuestra percepción racional necesitada de cuantificar, sumar, restar, ampliar, clasificar, controlar… El reinado de Dios pertenece a otras categorías porque es un dinamismo que necesita de nuestra percepción espiritual. No se trata tanto de comprender sino de conectar con esta corriente que trasciende nuestra existencia y que es su mismo origen. El reinado de Dios, por tanto, no es un lugar, no ocupa espacio, no tiene tiempo, ni volumen, ni es reservado para aquellos que cumplen fielmente todo cuanto hay que hacer para “salvarse”. No es una conquista que llega por nuestros méritos, no es un premio, ni propiedad de una élite elegida.

El reinado de Dios es el mismo dinamismo divino que se manifiesta en lo humano que, en nuestra existencia, coge volumen, espacio, tiempo y presencia a través de nuestra humanidad. Jesús no lo puede explicar mejor: es una semilla que crece por sí sola, imperceptible, pero pujante, como potencia transformadora, primero como raíz, a través de la que fluye la verdadera naturaleza que somos.

Sería interesante que viviéramos con más conexión a este grano de mostaza, oculto a nuestros sentidos, revelado a nuestra conciencia interior, y que nos hace ser ramas tan grandes que a su sombra anidan los pájaros. Este es el verdadero signo del reinado de Dios: cuando hacemos presente nuestra capacidad de comunión con el género humano a través del respeto a la dignidad de todo cuanto existe. Lo demás se dará por añadidura.

¡¡FELIZ DOMINGO!!

Mari Fe Ramos

Fuente Fe Adulta

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Confianza y liberación

Domingo, 13 de junio de 2021

Sombra-y-luz-300x298Domingo XI del Tiempo Ordinario

13 junio 2021

Mc 4, 26-34

La sabiduría –o comprensión profunda de lo que somos– es fuente de confianza y de liberación. A eso apuntan las parábolas de Jesús y el mensaje de todas las personas sabias que, de mil maneras, proclaman de manera insistente: confiad y liberaos.

          La confianza nace de la certeza de que, en el nivel profundo –al que se refería Jesús con la imagen del “Reino de Dios”–, todo está bien. Con frecuencia, los sucesos cotidianos parecen nublarlo. Porque, en el nivel de las formas, todo es impermanente. Y la impermanencia implica dolor –pérdidas, incertidumbre, temor…–, que se convierte en una burbuja de sufrimiento incesante en cuanto nos identificamos con la “forma” de nuestro yo.

          El mensaje de Jesús viene a decir: lo realmente real –el “tesoro escondido”– no son las formas, que tendremos que atender, sino el “reino de Dios”, es decir, aquello que constituye el “Fondo” de todo lo que es y, por tanto, nuestra verdadera identidad. Las formas cambian, nacen y mueren, aparecen y desaparecen; el Fondo permanece siembre estable. Las formas son percibidas por los sentidos y por la mente; el Fondo se hace manifiesto en el silencio de la mente, de manera inmediata y autoevidente, cuando nos abrimos a experimentar “Aquello” que queda cuando no ponemos pensamiento.

          Por eso, el mensaje de confianza es una llamada a la liberación, como si se nos dijera: liberaos de la ignorancia que os ciega y os oprime. La ignorancia o desconocimiento de aquello que realmente somos es la fuente de todo sufrimiento mental, porque como dijera el propio Jesús, en el evangelio de Tomás (logion 67), “quien lo conoce todo, pero no se conoce a sí mismo, no conoce nada”.

       Sin duda, habremos de trabajar por liberarnos y liberar a las personas de un sinfín de esclavitudes que nos atenazan y atemorizan en el mundo de las formas. Pero ojalá no olvidemos que la liberación radical es aquella que nos saca de la ignorancia acerca de lo que realmente somos. Ojalá podamos experimentar que, más allá del yo (o ego), nuestra verdadera identidad es transpersonal.

      Al conectar conscientemente con ella, ahí encontramos la plenitud: unificación, armonía, gratuidad, desapropiación, amor, paz, confianza, libertad, creatividad, compromiso… No ha cambiado nada, pero todo se ha modificado. De modo que bien podrían aplicarse aquí las sabias palabras de Simone Weil: “La perfección es impersonal [transpersonal]. La persona en nosotros es la parte del error”.

¿Qué lugar ocupa la confianza en mi vida cotidiana? ¿Dónde se asienta y cómo la experimento?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Sembrar Vida: Noble tarea.

Domingo, 13 de junio de 2021

porta15ordADel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. LA SEMILLA Y LA VIDA.

Hemos escuchado dos breves parábolas, que nos hablan de la semilla.

Las semillas, a su vez, nos hablan de vida. Los evangelios están llenos de referencia a la vida. Jesús sana, es pan de vida, agua de vida, multiplica los panes (solidaridad), rehabilita, perdona, etc.

Un grano de trigo, un grano de mostaza son semillas humildes, pequeñas, pero llenas de vida. La vida de la semilla es callada, silenciosa, paciente: va creciendo poco a poco: duermas o veles, de día o de noche, la semilla sigue creciendo, desarrollando toda su vitalidad.

La vitalidad de la semilla no depende del trabajo humano, de los esfuerzos humanos. La semilla está llena de vida en sí misma. La vitalidad la da Dios, no nosotros.

Es valioso todo pequeño gesto de vida: un pequeño trabajo bien hecho, un servicio o ayuda, una limosna, es sembrar vida.

02. LAS PRISAS DE LA EFICACIA. PACIENCIA HISTÓRICA

Los tiempos y los ritmos de vida han cambiado mucho. Nosotros estamos muy distantes de la quietud y calma del mundo rural, casi no sabemos lo que es una semilla y “pensamos” que el trigo y la harina crecen en Eroski.

Por otra parte hoy predomina la eficacia, la prisa, cuando no la ansiedad. La eficacia siempre tiene prisa. Queremos que el trigo salga en quince días. Pero las cosas de la vida requieren tiempo, calma y sabiduría.

En la vida hay que tener paciencia. Paciencia en la educación, paciencia en la historia y recorridos personales.

Es inútil que tiremos de la espiga de trigo, de la planta, porque no va a crecer ni antes, ni mejor y, con toda seguridad la vamos a destrozar o arrancar. La semilla, la planta, las flores, los árboles no crecen a tirones ni con saltos espectaculares, sino poco a poco, humildemente.

03. SIEMBRA Y ESPERANZA.

Cuando se siembra es porque se espera la cosecha. Nadie siembra por sembrar o para pasar el rato. Se siembra para crear vida: Toda siembra supone que hay que saber esperar (esperanza) con calma y paciencia.

Cuesta tiempo que un grano de trigo vuelva a ser espiga. Cuesta mucho tiempo, dedicación y, a veces, sufrimiento, educar un niño, un adolescente. No tengamos urgencias morales, ni precipitaciones en las conversiones, en los cambios personales, sociales, políticos, teológicos, pastorales, etc. porque nos puede invadir la ansiedad, y la ansiedad puede generar miedo, angustia, lo cual puede llevarnos a pretender solucionar las cosas con una insaciable prisa y avidez.

04. NOBLE TAREA LA DE SEMBRAR.

Es importante sembrar, propagar la semilla en la familia, en los colegios, en la cultura. Ahí queda depositada en el barro humano, en la tierra. Es vida, ya brotará. Pero hay que tener paciencia histórica. Seguramente que nos despistaremos en la vida, la juventud no está en la Iglesia, etc. Habremos de echar manos de la parábola del trigo y la cizaña, (Mt 13,24-30). No tengamos prisas, menos tengamos ansiedades, ni descalifiquemos a la gente. La semilla dará fruto.

La semilla es buena, está llena de vida. El barro que somos, la tierra también es buena. La lluvia fecunda la tierra.

Como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come, (Isaías 58,10).

Decía Martin Luther King (1929-1968), líder del movimiento de liberación de los negros que “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol” Martin Luther King

SEMBREMOS VIDA

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