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Dom 11 TO. Una tierra preñada de Dios. La buena noticia de Mc 4, 26-29

Domingo, 13 de junio de 2021

5923FBF4-F400-43A4-A32A-7F3D07883491Del blog de Xabier Pikaza:

El evangelio del domingo consta de dos parábolas de Marcos:  Tierra “preñada” del semen de Dios (4, 26-29); grano de mostaza, la menor de las semillas (4, 30-34).

La segunda (grano de mostaza) ha sido interpretada y reelaborada por Mateo y Lucas. La segunda, en cambio, ha sido silenciada por por Mateo y Lucas pero reelaborada en otra clave por de Juan.

Mateo y Lucas han tenido otras prioridades: La Nueva Ley (Mateo); el mensaje explícito del evangelio (Lucas). De manera mucho más audaz, Marcos se sitúa (y nos sitúa) en un plano anterior, conectando con el mensaje de las grandes religiones y con la esperanza del Antiguo Testamento. Sólo Juan (y en otra línea Pablo) se atreven a seguir su camino.

 Como el lector habrá notada por el título, he querido situar esta parábola a la luz deJuan de la Cruz, conforme a su letrilla/villancico: Del Verbo divino /la virgen preñada / ya va de camino /¡si le dais posada”.

En vez de Verbo (en la línea de Jn 1) he puesto Semen, como en la parábola; en vez de Virgen ha puesto Tierra (también como en la parábola); en vez de “preñada” podía haber puesto “sembrada”, pero la palabra “preñada” se entiende bien en este contexto.

  He presentado esta parábola en Comentario de Marcos.  En vez de insistir en una Iglesia que tiende a volverse “Empresa o multinacional de Reino SL”, con mandos y normas muy precisas, esta parábola nos sitúa ante la semilla de Reino.  Esa semilla es lo que importa, no lo que hagamos nosotros.

Texto:

 Mc 426 Y decía: El reino de Dios es como un hombre que echa simiente en la tierra 27 y duerme y se levanta noche y día y la simiente germina y crece, sin que él sepa cómo. 28 Por sí misma da fruto la tierra: primero tallo, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. 29 Y cuando el fruto está a punto, (el hombre) envía inmediatamente la hoz, porque ha llegado la siega.

Unos principios para entender la parábola

El texto comienza diciendo que el Reino de Dios se parece a un hombre que siembra semilla en la tierra…

– El hombre sembrador puede ser Jesús (como en Mc 4, 3-9), primer sembrador del evangelio, que no ha venido imponer su Reino, al modo de David, ni a crear estructuras de alta gestión, sino a sembrar… Pero, siendo sembrador, él aparece a la vez como “simiente” (semen, sporos, grano sembrado en la tierra). Ser (hacerse) simiente de Dios, ésa es quizá la tarea o, quizá mejor, la esencia misma de la vida, como ha interpretado esta parábola el Evangelio de Juan (Jn 1, 1-18)

– En otro plano, ese hombre sembrador es el mismo Dios que planta su semilla (=se siembra a sí mismo) en la tierra, y descansa (duerme, se levanta, vuelve a dormir. Jn 1, 1 empezará diciendo que en el principio era la Palabra… para acabar diciendo que la Palabra es “carne”, simiente de humanidad en la tierra (Jn 1, 14). Hacerse simiente es “ser palabra”. Así interpreta nuestra parábola (Mc 4, 26-29) el relato de la creación de Gen 1, reelaborado de cien formar en el AT.  Dios mismo se ha hecho palabra/simiente sembrada en la tierra.

– El sembrador es semilla sembrada en la tierra… En un primer momento parece que esa tierra está “fuera de Dios”. En esa línea, algunos antiguos decían que la tierra es la “materia no divina” en la que Dios se ha sembrado. Se ha sembrado a sí mismo fuera de sí mismo… Así se ha dicho, y quizá sea bueno ese lenguaje. Pero es muy posible que las cosas deban entenderse también de otra manera de modo que  Dios sea sembrado, simiente y tierra de siembra… Destinatarios  de esa siembra de Dios, “Dios encarnado” y enterrado (hecho tierra fecunda de resurrección); eso somos los hombres…

Una primera reacción ante esta parábola podría ser: “tranquilos”, que no cunda el pánico, pues en principio no tenemos nada que hacer, sino dejar que la semilla de Dios sea en nosotros… Simplemente, esta parábola nos dice que aceptemos lo que somos y seamos: Semilla de Dios, en una tierra buena que es el mismo Dios…

Así parece que el sembrador se acuesta y se levanta, día tras día… como si no se preocupara, pues la semilla germinará “por sí misma”. La suerte de Dios (de la vida) está echada. La humanidad (la historia de la vida) está “preñada” de Dios. No vamos en un barco perdido hacia el vacío; somos barco velero de la ruta de Dios. En esa ruta estamos implicados

Algunos discípulos de Jesús (que se sienten trabajadores esenciales del evangelio) han podido pensar que son ellos los que deciden la llegada del Reino; más aún, algunos han podido angustiarse, suponiendo que el Reino depende de lo que hagan… Pues bien, este Jesús de la parábola de Marcos les dice que no se angustian, que no se precipiten: Que navegan en el barco del Padre, que crecen en la tierra de la siembra de Dios. Que la suerte de la vida (de su vida, de la vida de la humanidad entera) está ya decidida, pues ha decidido hacerse y ser simiente de humanidad. Según esta parábola no hay condena de Dios, pues todos somos semilla y camino de Dios.

– Otros discípulos, en cambio, se creen muy eficientes y han creado una “industria de siembra”, eso que he llamado la “Sociedad del Reino SL”. Sí, es una sociedad anónima, esto es, universal… Pero ellos, los jefes de la empresa lo tienen que dirigir y organizar todo. Ellos han corregido de plano a Jesús… No duermen, no descansan, todo depende lo que ellos hagan con la empresa del Reino.

 Análisis de personajes y temas. 

1. Además de ser Dios, el hombre de la parábola (anthropos, ser humano: 4, 26) es Jesús (sembrador principal de Mc cf. 4, 3-9), pero también sus discípulos (en el tiempo de la iglesia), quizá angustiados, porque les parece que el Reino no crece o no llega a su fin, como habían supuesto. Pues bien, este Jesús pascual les dice que no se preocupen.

Ellos han hecho lo que debían hacer, no han guardado la semilla en su bolsón, no han cerrado en sí mismos la Palabra, sino que la han “sembrado”, de manera que, en un plano, deben descansar, dormir y levantarse. No son responsables finales del fruto, están comprometidos en una tarea que les desborda, porque es de Dios.

2. Simiente (4, 26). El hombre arroja en la tierra una simiente (sporos) que lleva en sí misma el poder de germinar, porque es de Dios… y porque la tierra también es de Dios. Por eso, el hombre puede dormir y levantarse, porque la simiente germina y crece, sin que él sepa cómo, es decir, sin que pueda controlarla, porque la semilla no es suya, no es de su “empresa SL”, sino de Dios. Hay una “lógica de creatividad”, un “plus de realidad y de vida” que los sembradores no pueden dominar ni dirigir, conforme a principios mensurables. Ciertamente, ellos pueden ser limitados y pequeños, porque son siempre humanos, hombres y/o mujeres, ancianos y/o niños, pero llevan en sus manos una semilla de Reino, una realidad que, siendo suya, les desborda. No se trata de que duerman sin más, sino que duerman en brazos de la Vida, sabiendo que forman parte del despliegue de una Vida/Simiente que, siendo de ellos, les desborda: son Simiente, Palabra de Dios.

3. Tierra (4, 28). De manera abrupta, allí donde parece que bastaba la referencia a la simiente, sin ninguna partícula que sirva de unión con lo anterior (ni un kai, ni un gar: y, pues…), el texto añade que la tierra (hê gê) “produce por sí misma” (automatê, automáticamente). Da la impresión de que esa frase alude a Gen 1, 24, donde Dios dijo a la tierra que produzca los vivientes, que provienen de la palabra de Dios, pero que, al mismo tiempo, provienen de la misma tierra. Nos hallamos pues ante la imagen de la “madre tierra” que recibe semilla de Dios (del hombre), pero que karpophorei, da fruto, por sí misma, una “tierra madre” que se identifica en un sentido muy hondo con el mismo Dios. En una parábola anterior (en Mc 4, 3-9), en otro contexto, Jesús nos ponía ante cuatro tipos de tierras. Ahora, en cambio, estamos ante un solo tipo de tierra generosa que acoge la semilla y da fruto generoso, suponiendo y diciendo que toda tierra es buena, arriesgada pero bueno, una tierra que es el mismo Dios expandido, ampliado, el Dios-Tierra donde se siempre y florece su palabra/semilla (la vida de los hombres).

 4 Hombre segador (4, 29). El “hombre con semilla” del principio (4, 26) viene a convertirse al final en “hombre con hoz” (drepanon; 4, 29), conforme a una imagen que aparece, casi en los mismos términos, en Ap 14, 14-19 donde se habla de un Hijo de Hombre con hoz (drepanon), al que se le dice que envíe (pempson) su hoz, y así lo hace. También en nuestro caso el “hombre” (que ahora puede ser ya el mismo Jesús en cuanto segador final) envía la hoz, pero no con el verbo más neutral del Apocalipsis (pempô), sino con el más específicamente cristiano de apostellô, vinculados a los “apóstoles” de 3, 14 y 6, 7. No es una hoz para cortar/matar, ni para separar a buenos de malos, sino un hoz/mano amorosa para recoger  y dar vida a todos los seres humanos, que son siembra de Dios, Dios mismo sembrado en la tierra [1].

 5. Una parábola que sólo aparece en el evangelio de Marcos. Esta parábola es muy significativa para Marcos, pero ni Mateo ni Lucas han querido (o podido) recogerla en sus evangelios, lo que indica que quizá se han sentido molestos con ella, que no han querido ni podido introducirla en la temática de fondo de sus evangelios (en la palabra-ley nueva de Mateo, en la palabra-historia misionera de Luchas-Hechos). No es que vayan en contra de Marcos, pero no asumen plenamente su mensaje de fondo (porque les parece quizá peligroso, porque quizá no saben entenderlo).

De un modo sorprendente, solo el evangelio de Juan retoma este motivo de fondo de Marcos en el comienzo y totalidad de su evangelio, a partir de Jn 1, 1-18. En esta línea de Marcos, que culmina en Juan, no hay tierras buenas ni malas, no hay buena y mala siembra, sino que todo es positivo. Es como si la semilla de Dios (del sembrador, del evangelio) fuera tan fuerte y tan buena que produce automáticamente (es decir, por sí misma) la vida [2].

6. Somos semilla de Dios…, Dios encarnado en la tierra. Ésta es la novedad y mensaje de la parábola de Marcos. No trata en primer lugar del hombre (lo que él debe hacer), sino de Dios: Lo que él es, siendo “semilla”, siembra de vida en forma humana. No se trata pues de “hacer cosas”, sino de acoger la palabra, de ser lo que somos, Dios en forma humana. Éste es el mensaje, el principio y sentido de fondo de esta preciosa parábola, que puede y debe estudiarse también desde otras perspectivas. Aquí me limitaré a ofrecer una pequeña versión del villancico de San Juan de la Cruz, al que aludía al principio de esta postal.

Del Verbo Divino la Virgen Preñada… Juan de la Cruz

Estas palabras forman parte del villancico de adviento de Juan de la Cruz y son propias de la Vigilia de la Navidad: Del verbo (semen) divino / la Virgen (tierra) preñada/ viene de camino/ si le dais posada:

1. Viene de camino el mismo Dios que es “adviento” (de ad-venir, advenimiento), y viene con él y para el María, la virgen preñada del Verbo Divino, como todos nosotros venimos, “pregnantes” de Dios…La Virgen Pregnante, embarazada y liberada para/en el amor le lleva, y con ella nosotros, la Humanidad entera, portadores y “madres” del Verbo de Dios, que ha querido encarnarse y decir su palabra (habitar) en nosotros (Jn 1, 14)

2. Del Verbo Divino viene ella preñada, portadora de la semilla (sporos, semen) de Dios y venimos nosotros, pues en él existimos y somos (Hch 17), porque Dios habla y nos ama desde el comienzo del tiempo, de muchas maneras, para decirse al fin plenamente en el Cristo de María, que es la humanidad plenificada

3. ¡Si le dais posada! Así pide este verso final, en forma de petición velada y deseo. El Verbo de Dios, que es vida hecha Palabra peregrina de amor, necesita de nosotros, y espera que abramos nuestra puerta, para él en persona, pues viene y llama en todos los que vienen llamando de oriente y occidente, pidiendo posada o cobijo, un lugar de acogida.  Éste es el tema final de las letrillas: Dar posada al Verbo de Dios en nuestra vida, y en él a todos los peregrinos (enfermos, exilados, oprimidos) de la tierra, como seguirá diciendo el evangelio de pascua (Mt 25, 31-46).

Del Verbo Divino (del semen/semilla de Dios)

Preñada está María del Verbo de Dios, como mujer/humanidad que acoge en su entraña el misterio, recibiendo la Palabra en su “mente” y corazón más que en puro vientre (prius in mente…). Ella aparece así en la cumbre del antiguo Testamento como “portadora del Verbo”, cantora y testigo del Verbo de Dios que llena y enciende de vida el universo.

Ella “recibe y concibe” al Verbo Dios en su vientre, en sentido total, en su persona, en su amor y su palabra, “gestación y fecundidad divina”. De esa forma, ella aparece como mujer concreta, siendo al mismo tiempo humanidad entera, con José a su lado, y pueblo de Israel, fecundado por Dios, en la línea de la gran imagen cósmica de la Mujer del Apocalipsis (Ap 12, 1-3), enriquecida por Dios como madre de la nueva humanidad, frente al gran Dragón que quiere destruirla.

Es una Virgen “preñada del Verbo divino”. Ella no ha sido objeto de una posesión o violación, como parece decirse en algunos mitos populares del antiguo oriente, donde Baal o Zeus copulan con mujeres a las que se imponen por su fuerza más animal que humaba. Al contrario, conforme al relato de Lc 1, 26-38, San Juan de la Cruz ha puesto de relieve el “consentimiento “ de María (Romance Trinidad 8).

Según eso, el Verbo Divino que habita en su entraña es el mismo “Dios Palabra” que se hace humano para conversar con nosotros, siendo Jesús de Nazaret, el Cristo, pero no en sentido pasivo (como un concepto cerrado en sí mismo), sino activo y misionero, como dice el evangelio de Juan (1, 1-14): Dios es palabra activa, comunicación que se expresa en la historia (espacio y tiempo) de los hombres sino en el cosmos universo.

En un sentido extenso, todos los hombres y mujeres que escuchamos a Dios y le acogemos estamos “preñados del Verbo Dios”, pero de un modo especial  lo está María, la Virgen Preñada por excelencia de Verbo, portadora del Dios que es Palabra, que se concibe por la fe y se expande en el amor como Virgen Camino Virgen preñada.

Entendida así, la humanidad entera se condensa y realiza en una mujer, preñada de Verbo y portadora de la gran Palabra. Está es una imagen y experiencia radical del cristianismo, que proviene de la promesa y esperanza del Antiguo Testamento: Una “virgen ha concebido y dará a luz…” (Is 7, 14, con cita en Mt 1, 23). Entre judíos y cristianos, entre exegetas críticos y más tradicionales, se ha venido dando una disputa interminable sobre el sentido original dela palabra “virgen”:

En hebreo se dice “alma” y no significa “virgen” en un plano sexual (que no ha tenido relaciones sexuales), sino joven mujer, capaz de amar y ser amada por el mismo Dios…Por su parte, los traductores alejandrinos de la Biblia de los LXX han puesto en griego “parthenos” (virgen en plano sexual…), para así destacar que la madre mesiánica ha sido (será) una mujer plenamente abierta al misterio de la vida de Dios, que es la humanidad perfecta.

Pero esa disputa entre “alma”, “parthenos” y virgen, que en un plano sigue teniendo gran importancia filológica y antropológica, debe llevarnos a destacar un dato esencial de la experiencia bíblica y del conjunto de la humanidad creyente: La Virgen “preñada” es en un plano una mujer concreta del entorno de Isaías (la mujer del rey, quizá la del propio Isaías, una muchacha sin nombre…), pero, en un plano más profundo esa “virgen/mujer” es signo de la humanidad entera, preñada de Dios o, mejor dicho, de la palabra de Dios.

Éste es un tema universal de la religión y cultura del entorno de la Biblia, empezando por los cananeos, vecinos de los judíos, que concebían a la humanidad entera como una “mujer divina” (simbolizada por Ashera o Astarté, la Virgen Madre) a la que el Dios supremo (El o Baal) ha fecundado con la fuerza o presencia de su misma vida. En un primer momento, un tipo de judaísmo celoso de la “diferencia” de Dios ha rechazado esa imagen y ha condenado a los devotos de la fecundidad divina del Dios y de la Diosa. Pero pasado un tiempo esa imagen ha vuelto a emerger en la conciencia de muchísimos judíos, y en especial entre los cristianos, pero con dos novedades:

a) La Virgen preñada del “verbo divino” (de Dios) no es una diosa celeste, sino la misma humanidad, grávida de Dios… La humanidad que va escuchando y recibiendo en “seno” más hondo la voz de Dios, para así transformarse por ella y responderle.

b) Siendo la humanidad entera (varones y mujeres…), esa “virgen preñada” se identifica en concreto con María de Nazaret, la madre histórica de Jesús”. Esa figura nos sitúa por tanto ante el misterio eterno de Dios “encarnado” por María en la vida de los hombres (cf. Jn 1, 14).

La humanidad entera es según eso una “virgen preñada”, que ha escuchado “el Verbo de Dios” y ha respondido con la palabra y camino de su vida. En esa línea, la palabra popular “preñada” (propia de una letrilla amorosa) aparece aquí en lugar del cultismo “pregnante” (mujer encinta). Esa palabra (pre-ñada), que viene del latín pre (=antes de) y gnasci (=nacer, ser nacido) indica, en sentido popular, la hondura de la concepción divina de Jesús.

Según eso, la virgen preñada ha recibido en su seno de mujer (de humanidad) al Verbo de la Vida, de manera que puede “darle a luz”. Ciertamente, esta “virgen preñada” es María, pero es al mismo tiempo la humanidad entera, que recibe en su entraña el “semen” de Dios, la simiente de la humanidad divina, y es, al mismo tiempo cada uno de los auténticos “creyentes”, de aquellos que saben y sienten que el mismo Verbo de Dios les alumbra por dentro, para así nacer y vivir en ello. Éste es un tema que San Juan de la Cruz ha desarrollado en Cántico B, 8, cuando dice que las flechas del Amado nos hieren, de manera que por ellas “concebimos”, pues el mismo Verbo de Dios nace en nosotros… En esa línea podemos recordar que todo verdadero pensamiento es un “concepto”, una idea, verdad o pensamiento que “concebimos”.

Viene de camino Viene de camino en la historia “la Virgen preñada”, pero, al mismo tiempo, con ella y por ella viene el mismo Verbo Dios, de forma que pudiéramos decir que el universo entero (la historia de los hombres) ha de entenderse como despliegue y camino del Verbo Divino, como de algún modo sabían los profetas de Israel, como ha proclamado de forma especial el evangelio de Juan, en el canto de la encarnación y nacimiento (Jn 1, 1-18). Viene de camino en la historia concreta del mundo María, que pasa según el evangelio de Nazaret de Galilea hacia Belén de Judá. Viene así como peregrina, en busca de tierra que le acoja, para dar a luz al niño, que es la Nueva humanidad, como emigrante y extranjero, que busca una una patria para asentarse y dar a luz, como los miles y millones de emigrantes de nuestro tiempo, peregrinos de Dios en la tierra.

Y en ella viene de camino el Verbo de Dios, haciéndose palabra humana, para así vivir y morir en y con ellos. Por eso, el adviento (es decir, el camino de florecimiento de la semilla) no es sólo camino de los hombres, sino itinerario de Dios a los hombres, como he puesto de relieve en mis dos últimos libros sobre Dios: Teodicea, itinerario de los hombres a Dios y Trinidad, itinerario de Dios a los hombres (Sígueme, Salamanca 2012 y 2015).

Si le dais posada Éste es el verso final (y la finalidad) de la letrilla. Lo que a los hombres y mujeres se les pide es que den posada a Dios, dándose posada unos a otros, para que así se alumbre en nosotros el misterio del Verbo Divino. Pero de esta posada de Dios en la historia de Dios entre los hombres hablaré más extensamente otro día.

Notas

[1] He desarrollado el tema en Apocalipsis, Verbo Divino, Estella 1999. Cf. también A. Feuillet, La moisson et la vendange de l’Ap (14, 14-20): NRT 94 (1972) 113-132, 225-250. Para una visión general del tema, cf. N. A. Dahl, The Parables of Growth: Studia Th. 5 (1952) 132-166.

[2] En manos de Dios está la simiente del evangelio; él hará que culmine de manera positiva. Ciertamente, Marcos nos invita al compromiso, pero sabe que la Mano invisible de Dios cuida la semilla y nos cuida, en una tierra buena. Eso significa que Dios “trabaja” para nuestro bien, sin que a veces lo advirtamos.

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